Fieles laicos y movimientos eclesiales contemporáneos (2)

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El siglo XX presenta luces y sombras en la Iglesia católica. El catolicismo está presente en los cinco continentes, es un siglo de gran dinamismo misionero que acoge la gran reflexión que la Iglesia hace de sí misma en el último concilio y también es el tiempo de la acelerada secularización de las sociedades occidentales. Con todo, la última centuria ha visto como la perenne juventud de la Iglesia se manifiesta en los llamados nuevos movimientos. En este articulo, el autor muestra el contexto históricoteológico en el que nacen  y hace una breve síntesis de del espíritu delas que considera más representatives. Focolares, Camino Neocatecumenal, Cuursillos de Cristiandad, Renovación Carismática Católica, Comunión y Liberación. 

  

    Para algunos el siglo XX sería «el siglo de la Iglesia», y efectivamente así lo fue desde el punto de vista de la comprensión que la Iglesia ha tenido de sí misma, con una maduración de pensamiento que culminó en el Concilio Vaticano II. Otros observadores añaden, no sin razón, que la teoría sobre la Iglesia no ha sido seguida por la vida de la Iglesia, la cual está sufriendo un «silencioso éxodo masivo» de sus fieles. Paradójicamente, otros hablan del mismo período como de un despertar religioso, pero frecuentemente se trata solo del interés de los mass media por cuestiones de religión, mientras que, contemporáneamente, la práctica religiosa, también la católica, disminuye en modo alarmante.

    Ante este panorama, una luz esperanzadora proviene de los movimientos eclesiales surgidos a lo largo del pasado siglo, los cuales, con palabras de J. Ratzinger, emergen como la «respuesta del Espíritu Santo a las cambiantes situaciones en las cuales se encuentra la Iglesia», y constituyen también una fuerte defensa ante el proceso de secularización presente en estos tiempos.

    Dentro del reducido límite de estas páginas, me propongo presentar estas nuevas realidades encuadrándolas históricamente, describiéndolas tipológicamente, explicándolas teológicamente, y añadiendo al final algunas consideraciones finales de cara al futuro.

Contexto histórico-teológico

    A lo largo de la historia de la Iglesia se registran diversas olas de movimientos (de reforma, de apostolado, de ideas, de vida consagrada, de misioneros), y el siglo XX no ha sido una excepción. Los movimientos a los que ahora nos referimos se originan en concomitancia con el Concilio Vaticano II: antes, durante o después, pero con referencia esencial a este evento eclesial. Nacen o se desarrollan en la turbia atmósfera de la postmodernidad, en un mundo globalizado, incrédulo después del fracaso de las grandes ideologías, y sumido en la fragmentación del pensamiento y en el indiferente individualismo.

    Desde el punto de vista de la historia de la eclesiología, podemos señalar como punto focal del fenómeno de los movimientos eclesiales la promulgación de la Constituación Dogmática Lumen gentium (LG), en el último concilio (1964), porque en ella se presentan por primera vez a los carismas –y este es el fundamento principal de los movimientos que nos ocupan– como elemento necesario y vital para la Iglesia: el Espíritu Santo, dice este documento, «la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos» (LG 4). Estos carismas son «tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos», y «son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia» (LG 12/2). En los años sucesivos, la aceptación de la existencia y de la función de los carismas en la vida de la Iglesia ha ido decantándose favorablemente, hasta encontrar un desarrollo doctrinal sólido en la Carta Iuvenescit Ecclesia, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2016; en ella (n. 10) se llega a hablar de «co-esencialidad» entre las dimensiones institucional y carismática de la Iglesia.

    En términos generales, podemos describir el desarrollo histórico de los movimientos hablando de: 1) un período de gestación en tiempos del Concilio Vaticano II (antes, durante y después, pero ligado a este evento, como decíamos); 2) un período de maduración, que podemos circunscribirlo al pontificado de san Juan Pablo II, gran animador y entusiasta de estos movimientos; y 3) un período de asentamiento, en el que se pasa de la efervescencia fundacional a la inserción serena en el ritmo ordinario de la vida y de la misión de la Iglesia, estableciéndose también las respectivas formas canónico-institucionales.

    Para entender en profundidad la naturaleza teológica de los movimientos, es necesario situarlos en el marco de la corresponsabilidad de todos los fieles respecto a la misión de la Iglesia. Esta corresponsabilidad se ejerce primariamente de modo individual, como ha recordado el Decreto Apostolicam actuositatem (AA), n. 16: «El apostolado que se desarrolla individualmente, y que fluye con abundancia de la fuente de la vida verdaderamente cristiana (cfr. Jn 4,14), es el principio y fundamento de todo apostolado seglar, incluso el asociado, y nada puede sustituirle». Hay muchas circunstancias, sin embargo, en las que se requiere «que en el ámbito de la cooperación de los seglares se robustezca la forma asociada y organizada del apostolado, puesto que solamente la estrecha unión de las fuerzas puede conseguir todos los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes» (AA 18/4). Estas asociaciones son aprobadas por la jerarquía de la Iglesia, pero nacen y permanecen como libre iniciativa de los simples fieles; como se afirma en AA 19/4, «pueden los laicos fundar y regir asociaciones, y una vez fundadas, darles un nombre». Algunas de estas asociaciones, particularmente la Acción Católica, «conservando muy estrecha unión con la jerarquía», se configuran eclesiológicamente como «cooperación de los laicos en el apostolado jerárquico» (AA 20/1). Otras formas de apostolado predominantemente laical nacen a partir de un carisma, comunicado por el Espíritu Santo a un fundador y luego compartido y difundido entre otras muchas personas.

    La forma de relacionarse con el ministerio jerárquico determina en gran medida la colocación eclesiológica de la realidad eclesial en objeto. En las simples asociaciones de fieles, la relación con la jerarquía constituye un necesario marco institucional, pero son los mismos fieles quienes impulsan y gobiernan las respectivas actividades. En las asociaciones concebidas como cooperación en el apostolado jerárquico, los laicos «trabajan bajo la dirección superior de la misma jerarquía» (AA 20/6). En las realidades eclesiales de origen carismático, junto a los simples fieles puede estar presente el ministerio ordenado, compartiendo el carisma originario. Esa participación en el carisma por parte del ministerio ordenado puede ser complementaria a la propia vocación y función; puede ser también el origen y el sentido de la propia vocación ministerial; y puede ser incluso un elemento intrínseco y orgánico de esa realidad eclesial.

    Resumiendo y sintetizando lo que se acaba de exponer, podemos pensar en las realidades eclesiales predominantemente laicales agrupándolas del siguiente modo: 

1) aquellas provenientes de la libre iniciativa de los fieles (como las cofradías, las confraternidades y las variadas asociaciones con fines cultuales, caritativos o apostólicos); 

2) aquellas instituidas y/o asumidas por la jerarquía eclesiástica (como la Acción Católica); 

3) las originadas a partir de un carisma del Espíritu Santo. Dentro de estas últimas, algunas constituyen un fenómeno dirigido sustancialmente a fieles laicos, (el Movimiento de Renovación Carismática en el Espíritu Santo), otras incluyen miembros de vida consagrada, (la Comunidad de las Bienaventuranzas), en otras convergen célibes, sacerdotes y fieles laicos (Comunión y Liberación). 

    Existen además otras realidades eclesiales, siempre predominantemente laicales, que siguen una lógica eclesiológica diversa, como son 

4) aquellas intrínsecamente vinculadas a institutos de vida consagrada (las Terceras Ordenes), o 

5) las que se conciben a sí mismas como fenómenos intrínsecamente interconfesionales o interreligiosos (Comunidad de Taizé). 

    Los movimientos eclesiales a los que ahora nos referimos se encuentran dentro de la tercera de las agrupaciones mencionadas (las de origen carismático).

Algunos movimientos y sus principales características 

    No es posible hablar en estas páginas de todos los movimientos; podemos presentar algunos de ellos, eligiendo aquellos que de algún modo –por el número de miembros, por la originalidad del carisma, etc.– pueden ser considerados significativos, de modo que nos permitan llegar a una cierta conceptualización de estas realidades procediendo en modo inductivo.

a) El Movimiento de los Focolares

    El nombre proviene de la palabra italiana «focolare» (hogar). El movimiento es oficialmente llamado Obra de María, y nace en el corazón de su fundadora, Chiara Lubich (Trento, 1920 – Rocca di Papa, 2008), el 7 de diciembre de 1943, cuando ella consagra privadamente su vida a Dios. Tomó entonces cuerpo intensamente en su corazón la realidad de que Dios es amor, que se traducirá en un carisma que acentúa primordialmente la unidad. Ello generará una espiritualidad de comunión, con un fuerte interés por permear con la unidad la entera gama de las actividades humanas: cultura, economía, desarrollo, educación, arte, ciencia, política, etc., y, por supuesto, la esfera religiosa, lo que comportará una orientación privilegiada a favor del ecumenismo y el diálogo interreligioso. En el movimiento se tiene gran aprecio al perfil mariano de la Iglesia, y su presidencia está siempre reservada, por estatutos, a una mujer. Las células fundamentales del movimiento son los «focolares», pequeñas comunidades constituidas separadamente por hombres o mujeres consagrados totalmente a la difusión del carisma focolar. Entre las diferentes iniciativas en las que ha tomado forma el carisma originario, merecen destacarse los focolares de personas unidas en matrimonio (experiencia iniciada con Igino Giordani en 1948, a quien Chiara Lubich consideraba co-fundador de los focolares), cristalizado luego en la ramificación Familias nuevas (1967), los Centros Mariápolis (lugares de encuentros), las Ciudades de vida, Generación nueva, las editoriales Ciudad Nueva, el movimiento sacerdotal focolar (iniciado por don Pasquale Foresi en 1962), constituido por sacerdotes diocesanos que, sin disminuir los vínculos jurídicos con su respectiva diócesis, participan del carisma focolar, robusteciéndose con su espiritualidad y eventualmente reuniéndose en focolares sacerdotales de vida en común.

b) El Camino Neocatecumenal

    La convicción de que la verdadera evangelización pasa necesariamente por la conversión se encuentra en el centro del carisma fundacional del Camino Neocatecumenal. Su nacimiento se remonta al año 1964, cuando Francisco Argüello (1939, graduado en Bellas Artes, conocido como Kiko), en el barrio de Palomeras Altas, en las afueras de Madrid, inició una experiencia de catequesis entre la población de escasos recursos de ese entorno, inspirándose en la espiritualidad de Charles de Foucauld. A él se unió pronto Carmen Hernández (1932-2016, graduada en química y en teología), y más adelante el sacerdote italiano Mario Pezzi (1941). Los tres constituirán más tarde el Equipo Responsable Internacional del Camino. Animados por el arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo, la experiencia se difundió entre muchas parroquias de la zona y luego en Roma, en la parroquia de los Mártires Canadienses. Actualmente el Camino está presente en más de 100 países y en los cinco continentes, cuenta con un centenar de seminarios Redemptoris Mater, aproximadamente 40.000 comunidades en parroquias de todo el mundo, y varios centenares de familias misioneras enviadas a regiones descristianizadas de la sociedad.

    El neocatecumenado es un itinerario de fe y conversión, vivido en comunidades de reducido número (no mayor de 50 personas) en el ámbito parroquial, bajo la guía de catequistas laicos y la supervisión de sacerdotes; está estructurado como una catequesis permanente de adultos, inspirada en la vida de la primitiva cristiandad y con abundantes elementos tomados del judaísmo. Característico de la vida de las comunidades neocatecumenales es una atención esmerada a la liturgia participativa, a la meditación de la Palabra de Dios, a la evangelización de los más alejados, a la formación personal en las virtudes cristianas y a la formación misma de la comunidad. El itinerario se desarrolla a través de una serie de fases, etapas y pasos durante un arco de tiempo que pueden durar más de una década. Quienes sienten la llamada al sacerdocio dentro de una comunidad neocatecumenal se preparan a la ordenación en seminarios del Camino, llamados Redemptoris Mater, de carácter diocesano y dependientes del obispo local. Los presbíteros del Camino son presbíteros diocesanos y como tales quedan incardinados en la diócesis de origen, a la cual sirven durante un período y son luego enviados en misión adonde sea necesaria su presencia. El Camino no se reconoce a sí mismo como un movimiento, prefiriendo ser considerado simplemente como un itinerario de formación católica, asegurando así no encorsetar el carisma específico dentro de un molde que aun no ha encontrado su estadio definitivo.

c) Cursillos de Cristiandad

    La idea de hacer frente a la secularización está presente también en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. En 1948, en el ámbito de la Acción Católica de Palma de Mallorca, un grupo de laicos y sacerdotes tuvieron la inspiración de diseñar un método kerigmático para inculcar en breve tiempo nociones fundamentales de vida cristiana a grupos de jóvenes deseosos de incrementar su relación con Dios. El método está estructurado en modo tripartito (precursillo, cursillo, poscursillo) y está centrado en la idea de entender al cristiano como un peregrino. Destacaron en este grupo, como iniciadores del Movimiento, las figuras de Eduardo Bonnín Aguiló (a quien se le considera el principal cofundador), los sacerdotes Sebastián Gayà Riera y Juan Capó Bosch, y el obispo de Mallorca, Mons. Juan Hervàs Benet.. Los cursillos, impulsados por la jerarquía eclesiástica y en sintonía con la Acción Católica, se difundieron rápidamente en el resto de España y desde 1953 en ámbito internacional, llegando a los cinco continentes. Los Cursillos de Cristiandad se definen a sí mismos como un movimiento eclesial, que «mediante un método propio, se propone hacer posible la experiencia viva y la experiencia comunitaria de lo que es fundamental en el cristianismo, con el objetivo de crear grupos de cristianos que fermenten evangélicamente los ambientes, ayudando a descubrir y realizar la vocación personal, en el pleno respeto de la misma». Los cursillos son coordinados por Secretariados diocesanos y nacionales, y un Organismo Mundial, además de constituirse en Grupos Internacionales en el ámbito de algunas Conferencias episcopales.

d) Renovación Carismática Católica

    Pasamos ahora a la Renovación Carismática Católica, conocida también con nombres similares (Renovación en el Espíritu, Renovación Pentecostal Católica). Según el preámbulo de los Estatutos del Servicio Internacional de la Renovación Carismática Católica (aprobados por la Santa Sede en 1993), «es una gracia de renovación en el Espíritu Santo de carácter mundial y con muchas expresiones en la Iglesia Católica, pero ni es uniforme ni unificada. No tiene un único fundador ni grupo de fundadores, y no tiene listas de miembros. Es más bien una corriente de gracia que permite a individuos y grupos expresarse de distintas maneras y formas de organización y actividades, a menudo bastante independientes unas de otras, en diferentes estadios y modos de desarrollo, con diferentes énfasis. No obstante, comparten la misma experiencia fundamental y abrazan los mismos objetivos generales». Estos objetivos consisten en «amparar la conversión madura y constante a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador» y la «receptividad personal decisiva a la persona, presencia y poder del Espíritu Santo» (ibidem). Como siguen explicando estos estatutos, «estas dos gracias espirituales a menudo se experimentan juntas en lo que se llama en diferentes partes del mundo un bautismo en el Espíritu Santo, o una liberación del Espíritu Santo, o una renovación del Espíritu Santo. Muy a menudo se las entiende como una aceptación personal de las gracias de la iniciación cristiana y como una capacitación para el servicio cristiano personal en la Iglesia y en el mundo» (ibidem).

    La RCC fue precedida por una experiencia similar en ámbito protestante. En Kansas, en 1901, una joven pidió al pastor Graham que le impusiera las manos implorando el bautismo en el Espíritu Santo, consiguiendo efectos espirituales inmediatos, incluida la glosolalia. La experiencia volvió a repetirse con otros jóvenes y luego con gente de toda edad, y se difundió rápidamente por los Estados Unidos y luego por todo el mundo. Las comuniones protestantes tradicionales, luego de algunos años de recelo, terminaron por acoger este fenómeno como una realidad trasversal benéfica. En ámbito católico la Renovación Carismática inicia bastante más tarde, en 1966 en la Universidad de Duquesne, en Pittsburg, Pennsylvania, entre un grupo de profesores y alumnos, que experimentan en sus corazones el bautismo en el Espíritu obtenido por la imposición de las manos. El fenómeno se repitió y se difundió en el resto del país y luego en el mundo entero, y tuvo al cardenal Leo Suenens como entusiasta partidario. Dado el carácter informal de la Renovación, no es fácil decir cuántos católicos participan en ella, pero a escala mundial se estima un número superior al millón.

e) Comunión y Liberación

    Oficialmente llamado Fraternidad Comunión y Liberación, es frecuentemente denominado con el solo uso de las iniciales CL. Nace en 1954 con el sacerdote italiano Luigi Giussani (1922-2005), llamado al principio Juventud Estudiantil. Se origina como respuesta a la situación crítica del cristianismo en la vida pública, cultural, política y educacional, desarrollándose posteriormente según una espiritualidad de presencia alternativa y acción conjunta, teniendo como ejes principales el descubrimiento del cristianismo como acontecimiento salvífico y adhesión eclesial a la persona de Cristo.

    Este origen determina fuertemente su naturaleza y su actividad, en grandísima parte consistente en formación en la fe, con un fuerte impacto en la cultura y en la educación. La cultura es entendida como reflexión crítica y sistemática de la propia experiencia cristiana, lo cual conlleva excluir la neutralidad en ámbito educacional. CL posee una fuerte dinámica misionera, especialmente dirigida a los jóvenes, a quienes se les propone un cristianismo concentrado en lo esencial y embebido por la experiencia personal del encuentro con Jesucristo.

    En el centro del movimiento se encuentra la Asociación Laical Memores Domini, constituida por personas provenientes de sus filas, los cuales siguen una vida de dedicación total a Dios en medio del mundo practicando los consejos evangélicos, asumidos a través de un compromiso personal y privado, bajo la forma de propósito. En Memores Domini se privilegia la contemplación, entendida como memoria continua de Cristo, y la misión de llevar el anuncio y el testimonio cristiano a la vida de los hombres, especialmente en el ámbito laboral. Se lleva una vida comunitaria en casas masculinas o femeninas, en las que rige una vida de silencio, de oración personal y comunitaria, de pobreza y de caridad fraterna.

    El carisma de CL ha también generado la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo, fundada por monseñor Massimo Camisasca en 1985, y constituida más adelante en Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio. Se ha difundido en Italia y fuera de ella, superando el centenar de miembros sacerdotes. La naturaleza de esta realidad está sintetizada en su nombre: la fraternidad se practica viviendo juntos y buscando juntos la conversión; la ministerialidad se fortalece a través de la oración y la Eucaristía; y la misión toma forma en la disponibilidad a ser enviados a donde la Iglesia los necesite, y de acuerdo con el obispo diocesano, prestan sus servicios en parroquias y capellanías.

(En el próximo artículo se tratará sobre la naturaleza teológica de los movimientos y los los retos actuales más acuciantes a los que se enfrentan).

Perfil del Prof. Philip Goyret es profesor ordinario de Eclesiología en la facultad de Teología en la Pontificia Università della Santa Croce (Roma) de la que es decano. También es rector de la iglesia de san Girolamo della Carità. Sus principales áreas de docencia e investigación son la eclesiología, el ecumenismo, la teología sacramentaria, el sacerdocio y la espiritualidad. Es autor de libros como Renacidos, ungidos, comprometidos. El bautismo y la confirmación (2015), Chiesa e comunione: Introduzione alla teologia ecumenica (2012), El obispo, Pastor de la Iglesia. Estudio teológico del munus regendi en Lumen gentium 27 (1998). 

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