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Diumenge V de Pasqua (cicle C): Els preceptes del Senyor es resumeixen en un: el Manament Nou de l’amor

Les paraules «com jo us he estimat» donen al precepte un sentit i un contingut nous: la mesura de l’amor cristià no està en el cor de l’home, sinó en el cor de Crist.

«En donar-nos el manament nou, Jesús ens demana viure el seu mateix amor, viure del seu mateix amor, que és el signe veritablement creïble, eloqüent i eficaç per anunciar al món la vinguda del regne de Déu. Òbviament, només amb les nostres forces som febles i limitats. En nosaltres roman sempre una resistència a l’amor i en la nostra existència hi ha moltes dificultats que provoquen divisions, ressentiments i rancúnia».

«Però el Senyor ens ha promès estar present en la nostra vida, fent-nos capaces d’aquest amor generós i total, que sap vèncer tots els obstacles, també els que radiquen en el nostre cor. Si estem units a Crist, podem estimar veritablement d’aquesta manera. Estimar als altres com Jesús ens ha estimat només és possible amb la força que se’ns comunica en la relació amb ell, especialment en l’Eucaristia, en la qual es fa present de manera real el seu sacrifici d’amor que genera amor: és la veritable novetat en el món i la força d’una glorificació permanent de Déu, que es glorifica en la continuïtat de l’amor de Jesús en el nostre amor». (Benet XVI)

 

DEL MISAL MENSUAL

EL MANDAMIENTO NUEVO

Hch 14,21-27; Ap 21,1-5; Jn 13,31-33. 34-35

Pocas frases del mensaje cristiano presentes en el cuarto Evangelio han calado tan profundamente en la conciencia de los creyentes como las que ahora escuchamos: los verdaderos discípulos se reconocen por la vivencia del amor fraterno. Efectivamente la filadelfia, entendida como la entrega amorosa y recíproca de los bautizados, es uno de los signos distintivos de la espiritualidad cristiana. La otra dimensión está presente en el discurso de despedida que Pablo y Bernabé dirigen a los discípulos de la región de Antioquía de Pisidia: es necesario vivir la esperanza cristiana de forma perseverante, resistiendo alegremente a los maltratos y contratiempos surgidos a causa de la adhesión a Jesús. El amor y la esperanza coexisten como prolongación tangible de una auténtica vida de fe: quien se apoya con todas sus fuerzas en Cristo Jesús está llamado a amar y perseverar en la esperanza, como él lo hizo.

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 97, 1-2

Canten al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas y todos los pueblos han presenciado su victoria. Aleluya.

Se dice Gloria

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, lleva a su plenitud en nosotros el sacramento pascual, para que, a quienes te dignaste renovar por el santo bautismo, les hagas posible, con el auxilio de tu protección, abundar en frutos buenos, y alcanzar los gozos de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA PRIMERA LECTURA

Contaban a la comunidad cristiana lo que había hecho Dios por medio de ellos.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 14, 21b-27

En aquellos días, volvieron Pablo y Bernabé a Listra, Iconio y Antioquía, y ahí animaban a los discípulos y los exhortaban a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios. En cada comunidad designaban presbíteros, y con oraciones y ayunos los encomendaban al Señor, en quien habían creído.

Atravesaron luego Pisidia y llegaron a Panfilia; predicaron en Perge y llegaron a Atalía. De ahí se embarcaron para Antioquía, de donde habían salido, con la gracia de Dios, para la misión que acababan de cumplir.

Al llegar, reunieron a la comunidad y les contaron lo que había hecho Dios por medio de ellos y cómo les había abierto a los paganos las puertas de la fe.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 144, 8-9. 10-11. 12-13ab

R/. Bendeciré al Señor eternamente. Aleluya.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas. R/.

Que te alaben, Señor, todas tus obras y que todos tus fieles te bendigan. Que proclamen la gloria de  tu reino y den a conocer tus maravillas. R/.

Que muestren a los hombres tus proezas, el esplendor y la gloria de tu reino. Tu reino, Señor, es para siempre, y tu imperio, por todas las generaciones. R/.

SEGUNDA LECTURA

Dios les enjugará todas sus lágrimas.

Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan: 21, 1-5

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía.

También vi que descendía del cielo, desde donde está Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia, que va a desposarse con su prometido. Oí una gran voz, que venía del cielo, que decía:

“Ésta es la morada de Dios con los hombres; vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo. Dios les enjugará todas sus lágrimas y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó”.

Entonces el que estaba sentado en el trono, dijo: “Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 13, 34

R/. Aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. R/.

EVANGELIO

Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros.

Del santo Evangelio según san Juan: 13, 31-33. 34-35

Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.

Credo

PLEGARIA UNIVERSAL

Invoquemos a Cristo, camino verdad y vida y, como pueblo sacerdotal, pidámosle por las necesidades de todo el mundo diciendo: Te rogamos, Señor. (R/. Te rogamos, Señor.)

  1. Para que Cristo, esposo de la Iglesia, llene de alegría pascual a todos los que se han consagrado a la extensión de su reino, roguemos al Señor.
  2. Para que Cristo, piedra angular del edificio, ilumine con el anuncio evangélico a los pueblos que aún desconocen la buena nueva de la resurrección, roguemos al Señor.
  3. Para que Cristo, estrella luciente de la mañana, seque las lágrimas de los que lloran y aleje del dolor las penas de los que sufren, roguemos al Señor.
  4. Para que Cristo, testigo fidedigno y veraz, nos conceda ser, con nuestra alegría evangélica, sal y luz para los hombres que desconocen la victoria de la resurrección, roguemos al Señor.

Dios nuestro, que, en tu Hijo Jesucristo, has hecho que todo sea nuevo, escucha nuestra oración y haz que asumamos, como distintivo de nuestra vida, el mandamiento del amor, y que te amemos a ti y a los hermanos como tú nos has amado, para que el mundo te conozca a ti y a tu Hijo Jesucristo. El, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Dios nuestro, que por el santo valor de este sacrificio nos hiciste participar de tu misma y gloriosa vida divina, concédenos que, así como hemos conocido tu verdad, de igual manera vivamos de acuerdo con ella. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I- V de Pascua.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 15, 1. 5

Yo soy la vid verdadera y ustedes los sarmientos, dice el Señor; si permanecen en mí y yo en ustedes darán fruto abundante. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, muéstrate benigno con tu pueblo, y ya que te dignaste alimentarlo con los misterios celestiales, hazlo pasar de su antigua condición de pecado a una vida nueva. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne.

BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)
Confortaban los ánimos de los discípulos (Hch 14,21b-27) 1ª lectura

Lucas, siguiendo la enseñanza paulina (cfr v. 22), señala en estos versículos el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, al tiempo que no deja de apuntar que el camino de los predicadores es un camino de cruz: Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 699). Pablo alude a esta lapidación (v. 19) en 2 Co 11,25.

El texto dice que Pablo y Bernabé designaron u ordenaron —literalmente el verbo griego significa «extender las manos para comunicar una misión»— «presbíteros en cada iglesia» (v. 23). Estos presbíteros reciben el orden sacerdotal aunque no son llamados «sacerdotes» porque este término, en los comienzos de la expansión cristiana, evocaba al ministro de las religiones paganas (hieréus) entre los griegos, o bien al sacerdote levítico (kôhen) entre los hebreos. En el ambiente judío, los ancianos, los presbyteroi, eran los que presidían las comunidades. Al servirse de ese nombre para designar a los ministros de las iglesias se solucionaba el posible equívoco: en la lengua griega su significado podía aplicarse al ministro sin referencia a una religión específica.

Al final, Pablo y Bernabé vuelven a Antioquía de Siria recorriendo de nuevo, en orden inverso, las ciudades visitadas durante el viaje (vv. 24-26). En el puerto de Atalía embarcan para Siria y llegan poco después a Antioquía. El viaje, comenzado posiblemente hacia el 45, ha durado unos cuatro años. A pesar de la animosidad y persecución sufridas en esas ciudades, los dos misioneros no vacilan en visitarlas otra vez. Desean completar la organización de las nuevas iglesias y consolidar la fe de los discípulos. No les asustan los posibles peligros ni les preocupa que puedan repetirse los incidentes que amenazaron su vida.

Cielos nuevos y tierra nueva (Ap 21,1-5a) 2ª lectura

Eliminadas todas las fuerzas del mal, incluso la muerte, el autor contempla ahora, como momento culminante del libro, la instauración plena del Reino de Dios: un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada —la nueva Jerusalén (21,1-4; cfr Is 65,12-25)—, y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso (21,5-8). Esa humanidad —el Pueblo de Dios— es presentada como la Esposa del Cordero, y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo (21,9-22,5). La visión se asemeja a la del profeta Ezequiel cuando contemplaba la nueva Jerusalén y el futuro Templo (cfr Ez 40,1-42,20). Pero aquí  se destaca que la ciudad baja del cielo, expresando así que la instauración plena, y tan anhelada, del reino mesiánico se va a realizar por el poder de Dios y conforme a su voluntad.

Este pasaje del Apocalipsis alimenta la fe y la esperanza de la Iglesia —no sólo en la generación contemporánea de Juan, sino a lo largo de toda la historia— mientras camina aún por este mundo. Así lo proclama el Concilio Vaticano II: «Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que fue sembrado en debilidad y en corrupción, se vestirá de incorruptibilidad; y, permaneciendo la caridad y sus obras, toda aquella creación que Dios hizo a causa del hombre será liberada de la servidumbre de la vanidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).

El mandamiento nuevo (Jn 13,31-33a.34-35) Evangelio

Los preceptos del Señor se resumen en uno solo: el Mandamiento Nuevo del amor (vv. 34- 35). El precepto de la caridad compendia toda la ley de la Iglesia y es signo distintivo del cristiano:

«Todos pueden signarse con la señal de la cruz de Cristo; todos pueden responder amén; todos pueden cantar aleluya; todos pueden hacerse bautizar, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas. Pero los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que practican la caridad son nacidos de Dios; los que no la practican no son nacidos de Dios. ¡Señal importante, diferencia esencial! Ten lo que quieras, si te falta esto sólo, todo lo demás no sirve para nada; y si te falta todo y no tienes más que esto, ¡has cumplido la ley!» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7). Las palabras «como yo os he amado» dan al precepto un sentido y un contenido nuevos: la medida del amor cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Cristo (cfr Mt 5,43-48).

SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

“Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”

Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros: Un mandato nuevo os doy: que os améis unos a otros. ¿No había sido dado ya este precepto en la antigua Ley de Dios, cuando escribió: Amaras a tu prójimo como a ti mismo ¿Por qué, pues, el Señor lo llama nuevo, cuando se conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque, despojándonos del hombre viejo, nos ha vestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva, no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, de la cual, para distinguirla del amor carnal, añade el Señor: “Como yo os he amado”. Porque mutuamente se aman los maridos y las mujeres, los padres y los hijos y todos aquellos que se hallan unidos entre sí por algún vínculo humano; por no hablar del amor culpable y condenable, que se tienen mutuamente los adúlteros y adúlteras, los barraganes y las rameras y aquellos a quienes unió, no un vínculo humano, sino una torpeza perjudicial de la vida humana. Cristo, pues, nos dio el mandato nuevo de amarnos como Él nos amó. Este amor nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del nuevo cántico. Este amor, carísimos hermanos, renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los apóstoles, y es el que también ahora renueva a todas las gentes; y el que de todo el género humano, difundido por todo el orbe, forma y congrega un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa del Hijo unigénito de Dios, de la que se dice en el Cantar de los Cantares: ¿Quién es esta que sube blanca? Blanca, sí, porque está renovada, y ¿por quién sino por el mandato nuevo? Por esto en ella los miembros se atienden unos a otros, y si un miembro sufre, con él sufren los otros; y si un miembro es honrado, con él se alegran todos los miembros. Oyen y observan el mandato nuevo que os doy, de amaros unos a otros, no como se aman los hombres por ser hombres, sino como se aman por ser dioses e hijos todos del Altísimo, para que sean hermanos de su único Hijo, amándose mutuamente con el amor con que Él los ha amado, para conducirlos a aquel fin que les sacie y satisfaga todos sus deseos. Entonces, cuando Dios sea todo en todas las cosas, no habrá nada que desear. Este fin no tiene fin. Nadie muere allí adonde nadie llega sin morir antes a este mundo, no con la muerte común a todos, consistente en la separación del alma del cuerpo, sino con la muerte de los justos, por la cual, aun permaneciendo en la carne mortal, se coloca allá arriba el corazón. De esta muerte decía el Apóstol: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Y quizá por esta razón se ha dicho: Fuerte es el amor como la muerte. Este amor hace que muramos para este mundo aun cuando estemos en esta carne mortal, y nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios; aún más, el mismo amor es nuestra muerte para el mundo y nuestra vida con Dios. Porque, si la muerte es la salida del alma del   cuerpo,

¿cómo no ha de ser muerte cuando del mundo sale nuestro amor? Fuerte como la muerte es el   amor.

¿Qué puede haber más fuerte que aquello con que se vence al mundo?

No vayáis a pensar, hermanos, que, al decir el Señor: Un mandato nuevo os doy: que os   améis unos a otros, se excluya el precepto mayor, que manda amar a nuestro Dios y Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las facultades; como, si excluido éste, pareciera decirse que os améis unos a otros, como si no estuviera incluido en Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos dependen toda la Ley y los Profetas. Pero quienes bien entienden, hallan a ambos el uno en el otro. Porque quien ama a Dios, no puede despreciar su mandato de amar al prójimo. Y quien santa y espiritualmente ama al prójimo, ¿qué ama en él sino a Dios? Es éste un amor distinto  de todo amor mundano, cuya distinción señala el Señor, diciendo: “Como yo os he amado”. ¿Qué amó en nosotros sino a Dios? No porque ya le teníamos, más para que le tuviésemos, para conducirnos, como dije poco antes, allí donde Dios es todo en todas las cosas. De esta manera se dice que el médico ama a los enfermos; mas ¿qué otra cosa ama en ellos sino la salud, que desea restituirles en lugar de la enfermedad, que viene a echar fuera? Pues nuestro amor mutuo ha de ser tal, que procuremos por los medios a nuestro alcance atraernos mutuamente por la solicitud del amor, para tener a Dios en nosotros. Este amor nos lo da el mismo que dice: Como yo os he amado, para que así vosotros os améis recíprocamente. Por esto Él nos amó, para que nos amemos mutuamente, concediéndonos a nosotros, por su amor estrechar con el amor mutuo los lazos de unión; y enlazados los miembros con un vínculo tan dulce, seamos el cuerpo de tan excelente Cabeza.

Por esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis mutuamente. Como si dijera: Los que no son míos tienen también otros dones míos comunes a vosotros, no sólo naturaleza, vida, sentidos, la razón, y la salud, que es común a todos los hombres y a la bestias; sino también el don de lenguas, los sacramentos, el don de profecía, de ciencia, de la fe, de repartir su hacienda a los pobres, de entregar su cuerpo a las llamas; pero, porque no tienen caridad, hacen ruido como los címbalos, nada son, de nada les aprovecha. No por estos dones míos, que pueden tener también quienes no  son discípulos míos; sino por esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros. ¡Oh Esposa de Cristo, hermosa entre las mujeres! ¡Oh la que subes blanqueada y apoyada en tu Amado!, porque con su luz eres iluminada para volverte blanca, y con su ayuda eres sostenida para que no caigas. ¡Oh cuan merecidamente eres loada en aquel Cantar de los Cantares, que es como tu epitalamio: ¡Tus delicias están en el amor! El no pierde a tu alma con la de los impíos; él defiende tu causa y es fuerte como la muerte, y hace todas tus delicias. ¡Qué género de muerte tan admirable, que no sólo no es penoso, sino que es delicioso! Cerremos aquí este tratado, porque al siguiente hay que darle otro preámbulo.

(Tratados sobre el Evangelio de San Juan, Tratado 65, 1-3, BAC, Madrid, 1965, pp. 296-300)

FRANCISCO – Homilía 28 de abril de 2013

Queridos hermanos y hermanas,

Queridos hermanos que vais a recibir el sacramento de la confirmación, Bienvenidos:

Quisiera proponeros tres simples y breves pensamientos sobre los que reflexionar.

    1. En la segunda lectura hemos escuchado la hermosa visión de san Juan: un cielo nuevo y una tierra nueva y después la Ciudad Santa que desciende de Dios. Todo es nuevo, transformado en bien, en belleza, en verdad; no hay ya lamento, luto… Ésta es la acción del Espíritu Santo: nos trae la novedad de Dios; viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas, nos cambia. ¡El Espíritu nos cambia! Y la visión de san Juan nos recuerda que estamos todos en camino hacia la Jerusalén del cielo, la novedad definitiva para nosotros, y para toda la realidad, el día feliz en el que podremos ver el rostro del Señor, ese rostro maravilloso, tan bello del Señor Jesús. Podremos estar con Él para siempre, en su amor.

Veis, la novedad de Dios no se asemeja a las novedades mundanas, que son todas provisionales, pasan y siempre se busca algo más. La novedad que Dios ofrece a nuestra vida es definitiva, y no sólo en el futuro, cuando estaremos con Él, sino también ahora: Dios está haciendo todo nuevo, el Espíritu Santo nos transforma verdaderamente y quiere transformar, contando con nosotros, el mundo en que vivimos. Abramos la puerta al Espíritu, dejemos que Él nos guíe, dejemos que la acción continua de Dios nos haga hombres y mujeres nuevos, animados por el amor de Dios, que el Espíritu Santo nos concede. Qué hermoso si cada noche, pudiésemos decir: hoy en la escuela, en casa, en el trabajo, guiado por Dios, he realizado un gesto de amor hacia un compañero, mis padres, un anciano. ¡Qué hermoso!

    1. Un segundo pensamiento: en la primera lectura Pablo y Bernabé afirman que «hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios» (Hch 14,22). El camino de la Iglesia, también nuestro camino cristiano personal, no es siempre fácil, encontramos dificultades, tribulación. Seguir al Señor, dejar que su Espíritu transforme nuestras zonas de sombra, nuestros comportamientos que no son según Dios, y lave nuestros pecados, es un camino que encuentra muchos obstáculos, fuera de nosotros, en el mundo, y también dentro de nosotros, en el corazón. Pero las dificultades, las tribulaciones, forman parte del camino para llegar a la gloria de Dios, como para Jesús, que ha sido glorificado en la Cruz; las encontraremos siempre en la vida. No desanimarse. Tenemos la fuerza del Espíritu Santo para vencer estas tribulaciones.
    1. Y así llego al último punto. Es una invitación que dirijo a los que se van a confirmar y a todos: permaneced estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Lo estáis oyendo, jóvenes: caminar contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hay que ser valientes para ir contra corriente y Él nos da esta fuerza. No habrá dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le abrimos cada vez más nuestra vida. Esto también y sobre todo si nos sentimos pobres, débiles, pecadores, porque Dios fortalece nuestra debilidad, enriquece nuestra pobreza, convierte y perdona nuestro pecado. ¡Es tan misericordioso el Señor! Si acudimos a Él, siempre nos perdona. Confiemos en la acción de Dios. Con Él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apostad por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes. Jóvenes, poned en juego vuestra vida por grandes ideales.

Novedad de Dios, tribulaciones en la vida, firmes en el Señor. Queridos amigos, abramos de par en par la puerta de nuestra vida a la novedad de Dios que nos concede el Espíritu Santo, para que nos transforme, nos fortalezca en la tribulación, refuerce nuestra unión con el Señor, nuestro permanecer firmes en Él: ésta es una alegría auténtica. Que así sea.

BENEDICTO XVI – Homilía 2 de mayo de 2010 La dimensión cristiana del amor

Visita pastoral a Turín

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos en el tiempo pascual, que es el tiempo de la glorificación de Jesús. El Evangelio que acabamos de escuchar nos recuerda que esta glorificación se realizó mediante la pasión. En el misterio pascual pasión y glorificación están estrechamente vinculadas entre sí, forman una unidad inseparable. Jesús afirma: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él» (Jn 13, 31) y lo hace cuando Judas sale del Cenáculo para cumplir su plan de traición, que llevará al Maestro a la muerte: precisamente en ese momento comienza la glorificación de Jesús. El evangelista san Juan lo da a entender claramente: de hecho, no dice que Jesús fue glorificado sólo después de su pasión, por medio de la resurrección, sino que muestra que su glorificación comenzó precisamente con la pasión. En ella Jesús manifiesta su gloria, que es gloria del amor, que entrega toda su persona. Él amó al Padre, cumpliendo su voluntad hasta el final, con una entrega perfecta; amó a la humanidad dando su vida por nosotros. Así, ya en su pasión es glorificado, y Dios es glorificado en él. Pero la pasión —como expresión realísima y profunda de su amor— es sólo un inicio. Por esto Jesús afirma que su glorificación también será futura (cf. v. 32). Después el Señor, en el momento de anunciar que deja este mundo (cf. v. 33), casi como testamento da a sus discípulos un mandamiento para continuar de modo nuevo su presencia en medio de ellos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (v. 34). Si nos amamos los unos a los otros, Jesús sigue estando presente entre nosotros, y sigue siendo glorificado en el mundo.

Jesús habla de un «mandamiento nuevo». ¿Cuál es su novedad? En el Antiguo Testamento Dios ya había dado el mandato del amor; pero ahora este mandamiento es nuevo porque Jesús añade algo muy importante: «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros». Lo nuevo es precisamente este «amar como Jesús ha amado». Todo nuestro amar está precedido por   su amor y se refiere a este amor, se inserta en este amor, se realiza precisamente por este amor. El Antiguo Testamento no presentaba ningún modelo de amor, sino que formulaba solamente el precepto de amar. Jesús, en cambio, se presenta a sí mismo como modelo y como fuente de amor. Se trata de un amor sin límites, universal, capaz de transformar también todas las circunstancias negativas y todos los obstáculos en ocasiones para progresar en el amor. Y en los santos de esta ciudad vemos la realización de este amor, siempre desde la fuente del amor de Jesús.

Al darnos el mandamiento nuevo, Jesús nos pide vivir su mismo amor, vivir de su mismo amor, que es el signo verdaderamente creíble, elocuente y eficaz para anunciar al mundo la venida del reino de Dios. Obviamente, sólo con nuestras fuerzas somos débiles y limitados. En nosotros permanece siempre una resistencia al amor y en nuestra existencia hay muchas dificultades que provocan divisiones, resentimientos y rencores. Pero el Señor nos ha prometido estar presente en nuestra vida, haciéndonos capaces de este amor generoso y total, que sabe vencer todos los obstáculos, también los que radican en nuestro corazón. Si estamos unidos a Cristo, podemos amar verdaderamente de este modo. Amar a los demás como Jesús nos ha amado sólo es posible con la fuerza que se nos comunica en la relación con él, especialmente en la Eucaristía, en la que se hace presente de modo real su sacrificio de amor que genera amor: es la verdadera novedad en el mundo y la fuerza de una glorificación permanente de Dios, que se glorifica en la continuidad del amor de Jesús en nuestro amor.

Quiero dirigir ahora unas palabras de aliento en particular a los sacerdotes y a los diáconos de esta Iglesia, que se dedican con generosidad al trabajo pastoral, así como a los religiosos y a las religiosas. A veces, ser obreros en la viña del Señor puede ser arduo, los compromisos se  multiplican, las exigencias son muchas y no faltan los problemas: aprended a sacar diariamente de la relación de amor con Dios en la oración la fuerza para llevar el anuncio profético de salvación; volved a centrar vuestra existencia en lo esencial del Evangelio; cultivad una dimensión real de comunión y de fraternidad dentro del presbiterio, de vuestras comunidades, en las relaciones con el pueblo de Dios; testimoniad en el ministerio el poder del amor que viene de lo Alto, viene del Señor presente entre nosotros.

La primera lectura que hemos escuchado nos presenta precisamente un modo especial de glorificación de Jesús: el apostolado y sus frutos. Pablo y Bernabé, al término de su primer viaje apostólico, regresan a las ciudades que ya habían visitado y alientan de nuevo a los discípulos, exhortándolos a permanecer firmes en la fe, porque, como ellos dicen, «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (Hch 14, 22). La vida cristiana, queridos hermanos y hermanas, no es fácil; sé que tampoco en Turín faltan dificultades, problemas, preocupaciones: pienso, en particular, en quienes viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre por el futuro, del sufrimiento físico y moral; pienso en las familias, en los jóvenes, en las personas ancianas que con frecuencia viven en soledad, en los marginados, en los inmigrantes. Sí, la vida lleva a afrontar muchas dificultades, muchos problemas, pero lo que permite afrontar, vivir y superar el peso de los problemas cotidianos es precisamente la certeza que nos viene de la fe, la certeza de que no estamos solos, de que Dios nos ama a cada uno sin distinción y está cerca de cada uno con su amor. El amor universal de Cristo resucitado fue lo que impulsó a los Apóstoles a salir de sí mismos, a difundir la Palabra de Dios, a  dar su vida sin reservas por los demás, con valentía, alegría y serenidad. Cristo resucitado posee una fuerza de amor que supera todo límite, no se detiene ante ningún obstáculo. Y la  comunidad cristiana, especialmente en las realidades de mayor compromiso pastoral, deber ser instrumento concreto de este amor de Dios.

Exhorto a las familias a vivir la dimensión cristiana del amor en las acciones cotidianas sencillas, en las relaciones familiares, superando divisiones e incomprensiones, cultivando la fe que hace todavía más firme la comunión. Que en el rico y variado mundo de la Universidad y de la cultura tampoco falte el testimonio del amor del que nos habla el Evangelio de hoy, con la capacidad de escucha atenta y de diálogo humilde en la búsqueda de la Verdad, seguros de que es la Verdad misma la que nos sale al encuentro y nos aferra. Deseo también alentar el esfuerzo, a menudo difícil, de quien está llamado a administrar el sector público: la colaboración para buscar el bien común y hacer que la ciudad sea cada vez más humana y habitable es una señal de que el pensamiento cristiano sobre el hombre nunca va contra su libertad, sino en favor de una mayor plenitud que sólo encuentra su realización en una «civilización del amor». A todos, en particular a los jóvenes, quiero decir que no pierdan nunca la esperanza, la que viene de Cristo resucitado, de la victoria de Dios sobre el pecado, sobre el odio y sobre la muerte.

La segunda lectura de hoy nos muestra precisamente el resultado final de la resurrección de Jesús: es la nueva Jerusalén, la ciudad santa, que desciende del cielo, de Dios, engalanada como una esposa ataviada para su esposo (cf. Ap 21, 2). Aquel que fue crucificado, que compartió nuestro sufrimiento, como nos recuerda también, de manera elocuente, la Sábana Santa, ha resucitado y nos quiere reunir a todos en su amor. Se trata de una esperanza estupenda, «fuerte», sólida, porque, como dice el libro del Apocalipsis: «(Dios) enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21, 4). ¿Acaso la Sábana Santa no comunica el mismo mensaje? En ella vemos reflejados como en un espejo nuestros padecimientos en los sufrimientos de Cristo: «Passio Christi. Passio hominis». Precisamente por esto la Sábana Santa es un signo de esperanza: Cristo afrontó la cruz para atajar el mal; para hacernos entrever, en su Pascua, la anticipación del momento en que para nosotros enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos ni fatigas.

El pasaje del Apocalipsis termina con la afirmación: «Dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo”» (Ap 21, 5). Lo primero absolutamente nuevo realizado por Dios fue la resurrección de Jesús, su glorificación celestial, la cual es el inicio de toda una serie de «cosas nuevas», a las que pertenecemos también nosotros. «Cosas nuevas» son un mundo lleno de alegría, en el que ya no hay sufrimientos ni vejaciones, ya no hay rencor ni odio, sino sólo el amor que viene de Dios y que lo transforma todo.

Querida Iglesia que está en Turín, he venido entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y con afecto, a permanecer firmes en la fe que habéis recibido, que da sentido a la vida, que da fuerza para amar; a no perder nunca la luz de la esperanza en Cristo resucitado, que es capaz de transformar la realidad y hacer nuevas todas las cosas; a vivir de modo sencillo y concreto el amor de Dios en la ciudad, en los barrios, en las comunidades, en las familias: «Como yo os he amado, así amaos los unos a los otros».

DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

La oración de Cristo en la Última Cena LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la “hora de Jesús” sigue presente en la Liturgia de la  Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la  oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la “hora de Jesús” llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: “Padre Nuestro”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del

Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17,15).

2751  Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

“como yo os he amado”

459 El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí... “(Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: “Escuchadle” (Mc 9, 7; cf. Dt 6, 4-5). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: “Amaos los  unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

1823  Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13,34). Amando a los suyos “hasta el  fin” (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó,  yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

“Sin mí no podéis hacer nada”

2074  Jesús dice: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él,  ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

CAPITULO SEGUNDO: “AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”

Jesús dice a sus discípulos: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34).

2196 En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: “El primero es: ‘Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos” (Mc 12,29-31).

El apóstol S. Pablo lo recuerda: “El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud” (Rm 13,8-10).

III       HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

2822 La voluntad de nuestro Padre es “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2, 3-4). El “usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan” (2 P 3, 9; cf Mt 18, 14). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es  que “nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado” (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).

... como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

2842 Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: “Sed perfectos ‘como’ es perfecto  vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48); “Sed misericordiosos, ‘como’ vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36); “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que ‘como’ yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos  sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, “perdonándonos mutuamente ‘como’ nos perdonó Dios en Cristo” (Ef 4, 32).

Los cielos nuevos y la tierra nueva

756 “También muchas veces a la Iglesia se la llama construcción de Dios (1 Co 3, 9). El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que se convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42 par.; cf. Hch 4, 11; 1 P 2, 7; Sal 118, 22). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre ese fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión. Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios: casa de Dios (1 Tim 3, 15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21, 3), y sobre todo, templo santo. Representado en los templos de piedra, los Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En ella, en efecto, nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en este mundo (cf. 1 P 2, 5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa arreglada como una esposa embellecidas para su esposo (Ap 21, 1-2)”.

865. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos “el Reino de los cielos”, “el Reino de Dios” (cf Ap 19, 6), que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él “santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor” (Ef 1, 4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9), “la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios” (Ap 21, 10-11); y “la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Ap 21, 14).

  1. LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS Y DE LA TIERRA NUEVA

1042  Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los   justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)

1043 La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10).

1044 En este “universo nuevo” (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento” (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado,  “a fin  de que el  mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los  justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 “Ignoramos el momento de la consumación de la tierra  y de la humanidad,  y no sabemos  cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres”(GS 39, 1).

1049 “No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que  puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39, 2).

1050 “Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).

2016 Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf Cc. de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la “bienaventurada esperanza” de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la “Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21,2).

2817    Esta petición es el “Marana Tha”, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor,

¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Un mandamiento nuevo

Hay una palabra que aparece repetidas veces en las lecturas de este Domingo. Se habla de «un nuevo cielo y una tierra nueva», de la «nueva Jerusalén», de Dios que hace «nuevas todas las cosas» y, en fin, en el Evangelio, del «mandamiento nuevo».

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado».

«Nuevo», «novedad» pertenecen a aquel restringido número de palabras «mágicas», que evocan siempre y sólo sentidos positivos. Nuevo de zeca, nuevo o flamante, vestido nuevo, vida nueva, nuevo día, año nuevo. Lo nuevo hace noticia. Son sinónimos. En inglés, «noticias», news, no es más que el sustantivo de «nuevo», new. También, en castellano, «nueva», como adjetivo, significa una cosa nueva y, como sustantivo, una noticia. El Evangelio se llama «la buena noticia» precisamente porque contiene la novedad por excelencia.

¿Por qué nos gusta tanto lo nuevo? No sólo porque lo que es nuevo, no usado (por ejemplo,  un automóvil), en general, funciona mejor. Si fuese sólo por esto, ¿por qué saludamos con tanta alegría al año nuevo, al nuevo día? El motivo profundo es que la novedad, lo que todavía no es conocido y experimentado, deja lugar más a la espera, a la sorpresa, a la esperanza, al sueño. Y la felicidad es precisamente hija de estas cosas. Si estuviésemos seguros que el año nuevo nos va a reservar exactamente las mismas cosas que el viejo, ni más ni menos, ya no nos gustaría más.

Nuevo  no  se  opone  a  «antiguo»  sino  a  «viejo».  Asimismo,  «antiguo»  y   «antigüedad», «anticuario, de hecho, son palabras positivas. ¿Cuál es la diferencia? Viejo es lo que con el pasar del tiempo desmejora y pierde valor; antiguo es lo que con el pasar del tiempo mejora Y adquiere valor. Por esto, hoy se busca evitar usar la expresión «Viejo Testamento» y se prefiere hablar, por el contrario, de «Antiguo Testamento».

Con estas premisas acerquémonos ahora a la palabra del Evangelio. De inmediato, se nos plantea una pregunta: ¿cómo es que se define «nuevo» a un mandamiento, que ya era conocido desde el Antiguo Testamento (cfr. Levítico 19, l8)? Aquí vuelve a ser útil la distinción entre viejo y  antiguo. «Nuevo» no se opone en este caso a «antiguo» sino a «viejo». Oíd qué dice el mismo evangelista Juan en otro fragmento:

«Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo... y sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo» (1 Juan 2, 7-8).

En suma, ¿un mandamiento nuevo? o ¿un mandamiento antiguo? Una y otra cosa. Antiguo según la letra, porque había sido dado desde hacía tiempo; nuevo según el Espíritu, porque sólo con Cristo ha sido proporcionada, también, la fuerza de ponerlo en práctica. Nuevo no se opone aquí, decía yo, a antiguo sino a viejo. Lo de amar al prójimo «como a sí mismo» había llegado a ser un mandamiento «viejo», esto es, frágil y acabado, a fuerza de ser transgredido, porque la Ley imponía, sí, la obligación de amar; pero, no daba fuerzas para hacerlo.

Era necesario, por esto, la gracia. Y, en efecto, en sí, no es cuando Jesús lo formula durante su vida, por lo que el mandamiento del amor llega a ser un mandamiento nuevo, sino cuando, muriendo en la cruz y dándonos al Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, infundiendo en nosotros el amor que él mismo nos tiene para cada uno.

El mandamiento de Jesús es un mandamiento nuevo en sentido activo y dinámico: porque «renueva», hace nuevos, lo transforma todo. «Es este amor lo que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo» (san Agustín, Tratado sobre Juan 65,1). Si hablase el amor podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy:

«Todo lo hago nuevo».

Todos deseamos unos «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2 Pedro 3,13). La palabra de Dios nos desvela cuál es el secreto para dar prisa a su venida. Un poco de cielo nuevo y de tierra nueva se instaura allí donde viene colocado, aunque escondido y pequeño, un acto de amor. No debemos esperar que termine este mundo, para que vengan los cielos nuevos y la tierra nueva. Éstos aparecen cada día. Depende igualmente de nosotros el hacerlas venir.

Y no es necesario ni siquiera que este amor esté siempre inspirada explícitamente por la fe en Cristo. Cuando es genuino y desinteresado, el amor no prescinde nunca del todo de Cristo, quien lo ha hecho el núcleo central de su Evangelio. La condición, que Jesús ha puesto a la caridad hacia el prójimo, no es que sea hecha por amor suyo o en nombre suyo, sino que sea hecha. Ha declarado como hecho personalmente a él lo que se hace al más pequeño de los suyos.

No obstante, no es ciertamente indiferente y sin consecuencias el hecho de rehacerse o no con Cristo y poder contar con su ejemplo y con su gracia. No es fácil para nosotros amar al prójimo, amarlo durante mucho tiempo, amarlo desinteresadamente, sin un motivo superior. Es una cosa absolutamente por encima de nuestras fuerzas. La Madre Teresa de Calcuta decía que, sin el contacto cotidiano con Jesús en la Eucaristía, ella no habría tenido la fuerza para hacer cada día lo que hacía. Una vez, un periodista extranjero, después de haber observado cómo curaba las llagas de ciertos enfermos y se inclinaba sobre los moribundos, exclamó horrorizado: «¡Yo no lo haría por todo el oro del mundo!» A lo que ella respondió: «¡Ni siquiera yo!» (Se entiende: por todo el oro del mundo, no; pero, por Jesús, sí).

Es importante, por lo tanto, tomar en serio la explicación que sigue al mandamiento: «como yo os he amado, amaos también entre vosotros». ¿Cómo ha amado Jesús a los hombres? La Escritura señala, al menos, tres características. Nos ha amado: «en primer lugar» (1 Juan 4, 10); nos ha  amado «mientras éramos enemigos» (Romanos 5,10); nos ha amado «hasta el fin» (Juan 13,1). A propósito del amar «en primer lugar», Jesús ha dicho:

«Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular?» (Maleo 5, 46-47).

A veces, se les oye decir a las personas: «Yo no lo saludo porque él no me saluda», sin pensar que el otro está diciendo posiblemente la misma cosa. Si nadie rompe el hielo, el hielo no hace más que consolidarse. Jesús nos empuja a dar nosotros el primer paso. Si dos personas deciden contemporáneamente dar el primer paso (imaginad la escena), el resultado es que terminan... una en los brazos de la otra. Quizás con una risotada liberadora.

Este consejo es necesario que comencemos a ponerlo en práctica, ante todo, en familia, especialmente en las relaciones entre marido y mujer. Muchas dificultades y muchas crisis matrimoniales nacen del hecho de que cada uno espera que sea el otro en ofrecer la primera sonrisa después de una contienda o que diga la primera palabra de reconciliación. Sería necesario convencerse que no es humillante preceder al otro sino dejarse adelantar por el otro; no llegar primero sino llegar segundo.

Jesús nos ha amado, además, «mientras éramos enemigos» (Romanos 5,10). ¡Dificultad sobre la dificultad! Amar a los enemigos: este es, sobre todo, el punto en donde el mandamiento de Jesús se revela «nuevo». No sólo porque se trata de una exigencia nunca adelantada primeramente en alguna religión, sino, más aún, porque con su ejemplo y con su gracia Jesús ha creado hasta la misma posibilidad de amar igualmente a los enemigos. Gracias a él, nosotros no sólo debemos, sino que podemos amar a los enemigos.

¿No consigues amar a un enemigo tuyo o a uno que te ha hecho mal? No te preocupes; nadie lo consigue. Lo que debes hacer es pedir a Jesús que te dé «su» amor para con los enemigos; para que te ayude él a hacerla. La oración, que san Agustín hacía para obtener la castidad, se puede hacer también para obtener el amor hacia los enemigos: «Señor, tú me pides amar a mi enemigo. Pues bien,

¡dame lo que me pides y después pídeme lo que quieras!»

Una última cosa: amar «hasta el fin». ¿Qué significa? Dos cosas: en cuanto a la intensidad, amar hasta la prueba suprema de dar hasta la vida; en cuanto a la duración, amar hasta el último respiro. Es éste el sentido que tiene la expresión aplicada a Jesús:

«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13, 1).

Todos somos capaces de gestos generosos; pero, cuando se trata de perseverar en el amor y de ser constantes ¡cambian las cosas! Este tipo de amor, que tiene la valentía de recomenzar desde el principio cada día con la sonrisa en los labios, incluso entre las dificultades, brilla en las personas  que trabajan por vocación en instituciones para los enfermos más graves. Pero, también, entre los padres que durante años y años han tenido un hijo con algún handicap o enfermo en casa se encuentran ejemplos luminosos, que llenan de admiración.

Amar hasta el fin, sin esperar nada: nos vendría la tentación de decir que todo esto está fuera de la realidad y que es hasta injusto para consigo mismo. Buscar el bien sólo de los demás: ¿es posible?, ¿es justo? Cuando pensamos así olvidamos que en realidad entre los dos, el que ama y el que es amado, quien más gana precisamente es el que ama. El amor enriquece, abre nuevos horizontes impensados para quien lo facilita; aclara la vida y, lo que más cuenta, nos hace asemejarnos a Dios.

Me gusta terminar con algunos versos de una poesía inglesa:

«Hay quien dice que el amor es un río, que dobla la caña sobre la orilla.

Hay quien dice que es una navaja de afeitar y lo que toca lo hace sangrar.

Hay quien dice que el amor es hambre, necesidad que duele y nunca se apaga.

Yo digo que el amor es una flor y tú su única semilla» .

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