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Diumenge III de Pasqua (cicle C): he vingut a vosaltres sobretot per a animar-vos a ser testimonis valents de Crist

Hem escoltat aquestes paraules de Jesús en el passatge evangèlic que s'acaba de proclamar. Es troben dins del relat de la tercera aparició del Ressuscitat als deixebles al costat de les ribes del mar de Tiberíades, que narra la pesca miraculosa.

Després del “escàndol” de la creu havien tornat a la seva terra i al seu treball de pescadors, és a dir, a les activitats que realitzaven abans de trobar-se amb Jesús. Havien tornat a la vida anterior i això dóna a entendre el clima de dispersió i d'extraviament que regnava en la seva comunitat (cf. Mc 14, 27; Mt 26, 31). Per als deixebles era difícil comprendre el que havia esdevingut. Però, quan tot semblava acabat, novament, com en el camí de Emaús, Jesús surt a la trobada dels seus amics. Aquesta vegada els troba en el mar, lloc que fa pensar en les dificultats i les tribulacions de la vida; els troba a l'alba, després d'un esforç estèril que havia durat tota la nit. La seva xarxa estava buida. En certa manera, això sembla el balanç de la seva experiència amb Jesús: l'havien conegut, havien estat amb ell i ell els havia promès moltes coses. I, no obstant això, ara es tornaven a trobar amb la xarxa buida de peixos...

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DEL MISAL MENSUAL

DEL DICHO AL HECHO
Hch 5,27-32.40-41; Ap 5,11-14; Jn 21,1-19
Entre las dos narraciones encontramos un nexo más que claro. En ambos relatos Pedro cumple una función protagónica, en el cuarto Evangelio, el Señor Jesús le comunica un encargo; tendrá que apacentar a sus hermanos y además tendrá que estar dispuesto a vivir en obediencia, dejándose conducir por el designio de Dios. Deberá entregar lo más preciado, la posibilidad de disponer de su propia vida. Ya no podrá anteponer sus intereses a los intereses de Dios; más aún, tendrá que asumir opciones que le resultaran indeseables. Esas palabras de advertencia se cumplen de manera inmediata cuando Pedro sufre azotes, cárcel y persecución a manos del Concejo judío. El apóstol Pedro entiende que la fidelidad a Jesús le exigirá confrontar las medidas abusivas del Sanedrín y asumir las consecuencias de tamaña insubordinación.

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 65, 1-2
Aclama a Dios, tierra entera. Canten todos un himno a su nombre, denle gracias y alábenlo. Aleluya.
Se dice Gloria.


ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido, para que, al alegrarse hoy por haber recobrado la dignidad de su adopción filial, aguarde seguro su gozosa esperanza el día de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo...


LITURGIA DE LA PALABRA
PRIMERA LECTURA
Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo.
Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 5, 27-32. 40-41
En aquellos días, el sumo sacerdote reprendió a los apóstoles y les dijo: “Les hemos prohibido enseñar en nombre de ese Jesús; sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.
Pedro y los otros apóstoles replicaron: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de la cruz. La mano de Dios lo exaltó y lo ha hecho Jefe y Salvador, para dar a Israel la gracia de la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que lo obedecen”.
Los miembros del sanedrín mandaron azotar a los apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos se retiraron del sanedrín, felices de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.


SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 29, 2.4. 5-6. 11-12a. 13b
R/. Te alabaré, Señor, eternamente. Aleluya.
Te alabaré, Señor, pues no dejaste que se rieran de mí mis enemigos. Tú, Señor, me salvaste de la muerte y a punto de morir, me reviviste. R/.
Alaben al Señor quienes lo aman, den gracias a su nombre, porque su ira dura un solo instante y su bondad, toda la vida. El llanto nos visita por la tarde; por la mañana, el júbilo. R/.
Escúchame, Señor, y compadécete; Señor, ven en mi ayuda. Convertiste mi duelo en alegría, te alabaré por eso eternamente. R/.


SEGUNDA LECTURA
Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza.
Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan: 5, 11-14
Yo, Juan, tuve una visión, en la cual oí alrededor del trono de los vivientes y los ancianos, la voz de millones y millones de ángeles, que cantaban con voz potente:
“Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”.
Oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, debajo de la tierra y en el mar —todo cuanto existe—, que decían:
“Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos”.
Y los cuatro vivientes respondían: “Amén”. Los veinticuatro ancianos se postraron en tierra y adoraron al que vive por los siglos de los siglos.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.


ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
R/. Aleluya, aleluya.
Resucitó Cristo, que creó todas las cosas y se compadeció de todos los hombres. R/.


EVANGELIO
Jesús tomó el pan y el pescado y se los dio a los discípulos.
Del santo Evangelio según san Juan: 21, 1-19
En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.
Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.
Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.
Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Quién eres?, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
Se dice Credo.


PLEGARIA UNIVERSAL
Invoquemos, amados hermanos, a Cristo, triunfador del pecado y de la muerte, que siempre intercede por nosotros diciendo: Te rogamos, Señor.
1. Para que Cristo, el Señor, atraiga hacia sí el corazón de los fieles y fortalezca sus voluntades, de manera que busquen los bienes de allá arriba, donde él está sentado a la derecha de Dios, roguemos al Señor.
2. Para que Cristo, amo supremo de la creación, haga que todos los pueblos gocen abundantemente de la paz que en sus apariciones otorgó a los discípulos, roguemos al Señor.
3. Para que Cristo, el destructor de la muerte y el médico de toda enfermedad, se compadezca de los débiles y desdichados y aleje del mundo el hambre, las guerras y todos los males, roguemos al Señor.
4. Para que Cristo, el Señor, salve y bendiga nuestra parroquia, y conceda la paz, la alegría y el descanso den las fatigas a los que hoy nos hemos reunido aquí para celebrar su triunfo, roguemos al Señor.
Acrecienta, en nosotros, Padre misericordioso, la luz de la fe, para que en los signos sacramentales, sepamos reconocer siempre a tu Hijo, que se manifiesta constantemente a nosotros, sus discípulos, y haz que, llenos del Espíritu Santo, proclamemos con valentía ante los hombres que Cristo es el Señor. Él, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Recibe, Señor, los dones que, jubilosa, tu Iglesia te presenta, y puesto que es a ti a quien debe su alegría, concédele también disfrutar de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.


Prefacio I-V de Pascua
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Jn 21, 12-13
Dijo Jesús a sus discípulos: Vengan a comer. Y tomó un pan y lo repartió entre ellos. Aleluya.


ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Dirige, Señor, tu mirada compasiva sobre tu pueblo, al que te has dignado renovar con estos misterios de vida eterna, y concédele llegar un día a la gloria incorruptible de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne, p. 595 (602).


UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO.-La defensa y el logro de nuestro bienestar personal se oponen con frecuencia al logro del bienestar general y en particular, suele ser contraria al querer divino. Pedro quería, sin duda alguna, preservar su salud, su seguridad personal y evitarse conflictos. La brutalidad de los gobernantes había terminado por ejecutar a Jesús el justo y esos mismos gobernantes podrían eliminarlo también a él, si persistía anunciando la victoria de Jesús y la responsabilidad moral de quienes ordenaron su muerte. El relato pascual nos ratifica una certeza, quien ha conocido a Jesús resucitado aprende a vivir en libertad y no se deja intimidar por sus intereses mezquinos ni por la presión popular. La defensa de la vida humana en todas sus formas y más aún, la defensa de todos los vivientes es uno de los retos que en esta época histórica hemos de asumir, aunque contravenga los intereses de grupos de poder, que disponen del dinero para silenciar a los profetas.
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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,27b-32.40b-41)
1ª lectura
El pasaje en que se inserta este relato presenta un cuadro de contrastes marcado por dos mandatos contrarios que se dan a los Apóstoles: el del ángel (“Salid, presentaos en el Templo y predicad al pueblo toda la doctrina que concierne a esta Vida” v. 20) y el del Sanedrín (v. 28). La respuesta de los Apóstoles es muy significativa: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (v. 29).
Aquí se presenta a los Apóstoles proclamando el núcleo de la doctrina cristiana incluso a los miembros del Sanedrín (cfr vv. 30-32). Piensan más en la salud espiritual de sus jueces que en sí mismos: «Dios ha permitido —comenta San Juan Crisóstomo— que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban. (...) Los Apóstoles no se irritan ante los jueces sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas, y sólo buscan el modo de librarles del error y de la cólera divina» (In Acta Apostolorum 13). La intervención de Gamaliel poco después (5,34-39) muestra que su actitud era la correcta.


Gloria al Cordero inmolado (Ap 5,11-14)
2ª lectura
Cristo glorioso merece la misma adoración que el Padre. La grandeza de Cristo-Cordero viene reconocida y proclamada por el culto que recibe, en primer lugar, de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos, luego de todos los ángeles y, por fin, de la creación entera (vv. 11-13). Son tres momentos que San Juan señala para destacar la alabanza de la Iglesia celestial, a la que se une la Iglesia peregrina en la tierra, mediante la oración simbolizada en la imagen de las copas de oro (v. 8).
La gran muchedumbre de ángeles rodeando el trono como guardia de honor (v. 11), proclama la plenitud de la perfección divina de Cristo, el Cordero. En efecto, se enumeran siete atributos que reflejan la plena posesión de la gloria divina por parte del Cordero (v. 12).
Después del canto de las criaturas espirituales e invisibles, resuena el himno de los seres materiales y visibles. Este cántico (vv. 13-14) difiere del anterior porque se dirige además al que está sentado en el trono. Así se ponen a un ­mismo nivel a Dios y al Cordero, cuya divinidad se proclama. De esta forma culmina la alabanza universal, cósmica, en honor del Cordero. El Amén rotundo de los cuatro vivientes, junto con la adoración de los veinticuatro ancianos, cierra esta visión preparatoria.
Como en otros pasajes del Apocalipsis, se habla del oficio de los ángeles en el Cielo (v. 11), poniendo de relieve su adoración y alabanza ante el trono de Dios (cfr 7,11), su misión como ejecutores de los designios divinos (cfr 11,15; 16,17; 22,6; etc.) y su intercesión ante el Señor en favor de los hombres (cfr 8,4). Ten confianza con tu Ángel Custodio. Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día (San Josemaría, Camino, n. 562).


Pesca milagrosa y primado de Pedro (Jn 21,1-19)
Evangelio
1-3. Hay varios datos significativos en esta escena: los discípulos se encuentran «junto al mar de Tiberíades», en Galilea, cumpliendo así el mandato de Jesús resucitado (cfr Mt 28,7); están juntos porque los lazos de fraternidad que los unen son muy fuertes; Pedro toma la iniciativa manifestando de alguna manera su autoridad; por último, se les ve dedicados de nuevo a su oficio de pescadores, probablemente en espera de nuevas instrucciones del Señor.
Al leer este episodio nos viene a la memoria la primera pesca milagrosa (cfr Lc 5,1-11), donde el Señor prometió a Pedro hacerle pescador de hombres; aquí le va a confirmar en su misión de Cabeza visible de la Iglesia.
4-8. Jesús resucitado va en busca de sus discípulos para animarlos y seguir explicándoles la gran misión que les ha encomendado. El relato describe una escena entrañable del Señor con los suyos: Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! (...). Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro: pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible, porque Él es quien dirige la pesca.
Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!
Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros? (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 265-266).
9-14. Queda reflejada la honda impresión que debió de causar a los Apóstoles esta aparición de Jesús Resucitado y el recuerdo entrañable que guardaba de ella San Juan. Jesús manifiesta después de la Resurrección la misma delicadeza que había tenido durante su vida pública. Usa los medios materiales —las brasas, el pez, etc.—, que resaltan el realismo de su presencia y continúan dando el tono familiar acostumbrado en la convivencia con los discípulos.
Los Santos Padres y Doctores de la Iglesia han comentado con frecuencia este episodio en sentido místico: la barca es la Iglesia cuya unidad está simbolizada por la red que no se rompe, el mar es el mundo, Pedro en la barca simboliza la suprema autoridad en la Iglesia, el número de peces significa el número de los elegidos (cfr Comentario sobre S. Juan, in loc.).
15-17. Jesucristo había prometido a Pedro el Primado de la Iglesia (cfr Mt 16,16-19). A pesar de las tres negaciones del Apóstol durante la Pasión, le confiere ahora el Primado prometido. Jesucristo interroga a Pedro, por tres veces, como si quisiera darle una repetida posibilidad de reparar la triple negación. Pedro ya ha aprendido, escarmentado en su propia miseria: está hondamente convencido de que sobran aquellos temerarios alardes, consciente de su debilidad. Por eso, pone todo en manos de Cristo. Señor, tú sabes que te amo (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 267). La entrega del Primado a Pedro fue directa e inmediata. Así lo ha entendido siempre la Iglesia y lo definió en el Concilio Vaticano I: «Enseñamos, pues, y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor (...). Porque sólo a Simón Pedro confirió Jesús después de su resurrección la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño, diciendo: ‘Apacienta mis corderos’. ‘Apacienta mis ovejas’» (Pastor Aeternus, Dz-Sch 3053).
El Primado es una gracia que se confiere a Pedro y a sus sucesores los Papas; es uno de los elementos fundacionales de la Iglesia para custodiar y proteger su unidad: «Para que el episcopado fuera uno e indiviso y la universal muchedumbre de los creyentes se conservara en la unidad de la fe y de la comunión (...) al anteponer al bienaventurado Pedro a los demás Apóstoles, en él instituyó un principio perpetuo de una y otra unidad, y un fundamento visible» (Pastor Aeternus, Dz-Sch 3051; cfr Lumen Gentium, n. 18). Por tanto, el Primado de Pedro se perpetúa en todos y cada uno de sus sucesores por disposición de Cristo, no por costumbre o legislación humana.
En razón del Primado, Pedro, y cada uno de sus sucesores, es Pastor de toda la Iglesia y Vicario de Cristo en la tierra, porque desempeña la potestad vicaria del mismo Cristo. El amor al Papa, al que Santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la tierra», debe estar cuajado de oración, sacrificio y obediencia.
18-19. Según la tradición, San Pedro siguió a su Maestro hasta morir crucificado, cabeza abajo. «Pedro y Pablo sufrieron martirio en Roma durante la persecución de Nerón a los cristianos, que ocurrió entre los años 64 al 68. El martirio de ambos Apóstoles lo recuerda San Clemente, sucesor del mismo Pedro en la Sede de la Iglesia Romana, que escribiendo a los Corintios les propone los ejemplos generosos de los dos atletas, con estas palabras: a causa de los celos y de la envidia, los que eran columnas principales y santísimas padecieron persecución y lucharon hasta la muerte» (Pablo VI, Exhortación Apostólica «Petrum et Paulum», 22-11 1967).
«Sígueme»: Esta palabra evocaría en el Apóstol su primera llamada (cfr Mt 4,19) y las condiciones de entrega absoluta que el Señor impone a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Le 9,23). El propio San Pedro, en una de sus cartas, nos deja el testimonio de que la exigencia de la Cruz es necesaria para todo cristiano: «Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros, dándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas» (1 Pet 2,21).
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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)
La Iglesia militante y la Iglesia triunfante
1. Después de la narración del hecho en que Tomás, su discípulo, por las cicatrices de las llagas, que fue invitado a tocar en la carne de Cristo, vio lo que no quería creer y lo creyó, inserta el evangelista lo siguiente: “Otras muchas maravillas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Más todas estas cosas han sido escritas para que vosotros creáis que Jesús es el Cristo, Hijo de Dios vivo, a fin de que, creyéndolo, tengáis la vida en su nombre”. Este capítulo parece indicar el final de este libro, pero en él se narra aún la manifestación del Señor junto al mar de Tiberíades, y cómo en la captura de los peces se recomienda el misterio de la Iglesia, y cómo ha de ser la futura resurrección de los muertos. Creo que contribuye a dar valor a esta recomendación el que esta conclusión sirviese de prólogo a la narración siguiente, para dejarla, en cierto modo, en un lugar más destacado. Comienza así esta narración: “Después se manifestó Jesús junto al mar de Tiberíades, y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo, y Natanael, que era de Cana de Galilea, y los hijos del Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Díceles Simón Pedro: Voy a pescar. Ellos le replican: Vamos también nosotros contigo”.


2. Con ocasión de esta pesca de los discípulos suele preguntarse por qué Pedro y los dos hijos del Zebedeo volvieron al mismo oficio que tenían antes de ser llamados por el Señor, pues eran pescadores, cuando les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Entonces ellos, dejándolo todo, le siguieron para entregarse a su magisterio; mientras tanto, se alejaba de El aquel rico a quien había dicho: Vete, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme; por lo cual le dijo Pedro:Nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido. ¿Por qué, pues, ahora, como abandonando el apostolado, vuelven a ser lo que eran y vuelven a tomar lo que habían dejado, como olvidados de las palabras que habían escuchado: Nadie que ponga sus manos en el arado y mire para atrás es apto para el reino de los cielos? Si hubiesen hecho esto después de haber muerto Jesús y antes de haber resucitado de entre los muertos (lo cual no hubieran podido hacerlo entonces, porque el día que fue crucificado los tenía suspensos hasta la hora de la sepultura, que fue antes de las vísperas, y al día siguiente era sábado, en que la costumbre de sus padres no les permite trabajo alguno; y en el día tercero ya resucitó el Señor y les devolvió la esperanza, que habían comenzado a perder), si entonces lo hubieran hecho, pensaríamos que lo hicieron en virtud de aquella desesperación que se había apoderado de sus ánimos. Mas ahora, después de tenerle entre los vivos, después de la evidencia de su carne, vuelta a la vida y ofrecida a sus ojos y a sus manos, no sólo para que la viesen, sino también para que la tocasen y palpasen; después de haber visto los lugares de las llagas, hasta llegar a la confesión del apóstol Tomás, que había dicho que de otra manera no creería; después de haber recibido al Espíritu Santo por su insuflación; después de aquellas palabras pronunciadas por su boca en sus mismos oídos: Como mi Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros: a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos, repentinamente se hacen pescadores, no de hombres, sino de peces, como antes lo fueron.


3. A quienes por esto se turban, hay que responderles que no les fue prohibido agenciarse lo necesario por medio de un arte lícito y concedido, conservando la integridad de su apostolado, si no tenían otro recurso para obtener lo necesario para vivir. A no ser que a alguno se le ocurra pensar o decir que San Pablo no tuvo la perfección de aquellos que, dejando todas las cosas, siguieron a Cristo, porque, para no ser gravoso a ninguno de aquellos a quienes predicaba el Evangelio, él mismo con sus manos se procuraba su manutención, siendo así que más bien en él se cumplía lo que dice: He trabajado más que todos ellos; añadiendo: Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo; de manera que a la gracia de Dios atribuye el poder entregarse en cuerpo y alma más quetodos ellos al trabajo, hasta el punto de no cesar en la predicación del Evangelio, y, no obstante, no tener necesidad del Evangelio para sostener su vida, cuando con mayor extensión y fruto lo sembraba en tantas naciones que no habían oído el nombre de Cristo. Allí demuestra que a los apóstoles no les fue impuesta la obligación de vivir, es decir, de sacar del Evangelio su sostenimiento, sino que se le dio esa facultad. De esta facultad hace mención el Apóstol cuando dice: “Si nosotros hemos sembrado en vosotros bienes espirituales, ¿será mucho que recojamos vuestros bienes materiales? Si otros participan de vuestras haciendas, ¿no tenemos nosotros mayor derecho? Yo nunca he usado de este derecho”. Y poco después añade: “Quienes sirven al altar, en el altar tienen su parte; y así ordenó el Señor a los predicadores del Evangelio que vivan del Evangelio: yo no he hecho uso de estas facultades”. Queda, pues, bien claro que no fue un precepto, sino una facultad concedida a los apóstoles no vivir de otra cosa que del Evangelio; y de aquellos en quienes con la predicación del Evangelio sembraban bienes espirituales, recogiesen los materiales, esto es, lo necesario para su corporal sustento, y, como soldados de Cristo, recibiesen de sus proveedores la soldada. Con este motivo, este mismo soldado de Cristo había dicho poco antes acerca de esto: ¿Quién sirve en la milicia a sus propias expensas? Y esto es lo que él hacía, porque trabajaba más que todos. Si, pues, San Pablo, por no hacer uso, como ellos, de aquella facultad que le era común con los otros predicadores del Evangelio, sino para militar a sus expensas y no escandalizar a los gentiles, tan ajenos al nombre de Cristo, pareciéndoles venal su doctrina y teniendo él otra educación, aprendió oficios que no conocía para no ser gravoso a sus oyentes y vivir del trabajo de sus manos, ¿cuánto mejor San Pedro, que antes había sido pescador, volvió a ejercer lo que ya conocía, si en aquella ocasión no hallaba otro modo de procurarse el sustento?


4. Quizá alguno pudiera objetar: ¿Cómo es que no tenía, si el Señor lo había prometido, cuando dijo: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura? En esta ocasión cumplió Dios su promesa. Porque ¿quién reunió allí los peces que pescaron? Y puede pensarse que El los redujo a aquella penuria que los obligó a pescar, porque quería hacer a su vista aquel milagro, con el que, a la vez que daba el alimento a los predicadores de su Evangelio, recomendaba el mismo Evangelio con el misterio encerrado en el número de los peces. Y ahora, con el favor de Dios, voy a deciros algo sobre esta pesca.


5. Dice Simón Pedro: Voy a pescar. Dícenle quienes con él estaban: Vamos también nosotros contigo. Salieron y subieron a la barca, y en aquella noche no pescaron nada. Hecha ya la mañana, se presentó Jesús en la playa, sin conocer los discípulos que era Jesús. Díceles, pues, Jesús: Muchachos, ¿tenéis algo para comer? Respondiéronle: No. Les dice: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, y no podían arrastrar la red por la cantidad de peces. Dice entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús a Pedro: Es el Señor. Pedro, habiendo oído que era el Señor, se vistió la túnica, porque estaba desnudo, y se lanzó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca (porque no estaban lejos de la tierra, como unos doscientos codos) arrastrando la red con los peces. Luego que tomaron tierra, vieron unas brasas preparadas y sobre ellas un pez, y un pan. Díceles Jesús: Traed de los peces que habéis cogido ahora. Subió Simón Pedro y arrastró la red a la tierra con ciento cincuenta y tres peces de gran tamaño. Y, con ser tantos, no se rompió la red.


6. Este es el gran misterio en el gran Evangelio de San Juan, y para más encarecerlo, escrito en el último lugar. El haber sido siete los discípulos que tomaron parte en esta pesca: Pedro, Tomás, Natanael, los dos hijos del Zebedeo y otros dos cuyos nombres calló, con su número septenario, indican el fin del tiempo. Todo el tiempo da vueltas en los siete días. A esto se refiere el estar Jesús en la playa ya hecha la mañana, porque la playa es el término del mar, y así significa el fin del tiempo, representado también por la extracción de la red hacia la tierra, esto es, hacia la playa por Pedro. Lo cual explicó el mismo Señor cuando expuso la parábola de la red lanzada al mar, y la traen, dice, al litoral. Y exponiendo el significado del litoral, dice: Así será el fin del tiempo.


7. Más aquélla era una parábola por vía de ejemplo: no era un hecho. Con este hecho quiso el Señor dar a entender cómo será la Iglesia en el fin del tiempo; y con aquella parábola, cómo es la Iglesia en el tiempo presente. Por haber dicho aquélla al principio de su predicación y haberse ejecutado esta pesca después de su resurrección, dio a entender que aquella captura de peces significaba a los buenos y a los malos que ahora hay en la Iglesia, y ésta representa solamente a los buenos, que tendrá siempre al fin del mundo y después de la resurrección de los muertos. En aquélla, finalmente, Jesús no estaba de pie en la playa, como en ésta, cuando mandó pescar, sino que, subiendo a una de las naves, que era la de Simón Pedro, le rogó que la retirase un poco de la tierra, y, sentándose en ella, enseñaba a las turbas. Cuando cesó de hablar, dijo a Simón: Rema hacia adentro y lanzad las redes para pescar. Lo que entonces pescaron, fue recogido en las naves, no como ahora, que fue extraída la red hacia la tierra. Por estas señales y otras que quizá puedan hallarse, aquélla representaba a la Iglesia en este mundo, y ésta a la Iglesia en el fin del mundo. Por eso aquélla tuvo lugar antes y ésta después de la resurrección del Señor, porque en aquélla representó Cristo nuestra vocación, y en ésta nuestra resurrección. Allí no se lanza la red, ni a la derecha, para no significar solamente a los buenos, ni a la izquierda, para no entender solamente a los malos; sino de un modo general: Lanzad, dice, las redes para pescar, dando a entender que están mezclados los buenos con los malos; más aquí dice: Echad la red a la derecha de la nave, para significar que a la derecha estaban solamente los buenos. Allí la red se rompía, recordando los cismas; más aquí, como entonces no habrá cismas en aquella paz suma de los santos, tuvo el evangelista cuidado de anotar que, siendo tantos, es decir, tan grandes, no se rompió la red; como acordándose de cuando se rompió, y encareciendo este bien en comparación de aquel mal. En aquélla fue tan grande la multitud de peces, que, llenas las dos naves, se sumergían, esto es, amenazaban sumergirse; no se hundieron, pero estaban en peligro. ¿De dónde hay tantos males en la Iglesia, sino de que no es posible hacer frente a la avalancha que para hundir la disciplina entra en sus costumbres, enteramente opuestas al camino de los santos? En ésta lanzaron la red a la derecha de la nave y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. ¿Qué significa que no podían arrastrarla sino que los que pertenecen a la resurrección de la vida, esto es, a la derecha, y terminan su vida dentro de las redes del nombre cristiano, no aparecerán sino en la playa, es decir, cuando hayan resucitado en el fin del mundo? Por eso no fueron capaces de arrastrar las redes y descargar en la embarcación los peces cogidos, como hicieron con los otros, que rompieron las redes y pusieron en peligro a las naves. A estos que salen de la derecha los guarda la Iglesia en el sueño de la paz, después de salir de esta vida mortal, como escondidos en lo profundo, hasta que llegue a la playa adonde es arrastrada como a unos doscientos pasos. Lo que allí era representado por las dos naves, es decir, la circuncisión y el prepucio, creo que aquí está representado por los doscientos codos en atención a las dos clases de elegidos, ciento de la circuncisión y ciento del prepucio, porque el número, sumadas las centenas, pasa a la derecha. Finalmente, en aquella pesca no se expresa el número de los peces, como si allí se verificase lo que dice el profeta: Prediqué y hablé y se multiplicaron sin número; más aquí no excede ninguno del número, que se fija en ciento cincuenta y tres. Con la ayuda del Señor os daré la razón de este número.


8. Si quisiéramos representar a la Ley por un número, ¿cuál sería sino el diez? Sabemos muy bien que el decálogo de la Ley, esto es, aquellos diez conocidísimos mandamientos, fueron primeramente escritos por el dedo de Dios en dos tablas de piedra. La Ley, sin la ayuda de la gracia, da origen a los prevaricadores, y se queda sólo en la letra. Por esto principalmente dice el Apóstol: La letra mata, más el espíritu vivifica. Júntese el espíritu a la letra para que la letra no mate a quien el espíritu no da vida. Cumplamos los preceptos de la Ley, apoyados no en nuestros méritos, sino en la gracia del Salvador. Cuando a la Ley se une la gracia, es decir, el espíritu a la letra, se añaden siete al número diez. Y que este número septenario significa al Espíritu Santo, lo atestiguan documentos de las Sagradas Escrituras dignos de consideración. La santidad o santificación pertenecen propiamente al Espíritu Santo; y así, siendo Espíritu el Padre y Espíritu el Hijo, porque Dios es Espíritu; y siendo Santo el Padre y Santo el Hijo, el nombre propio del Espíritu de ambos es Espíritu Santo. Y ¿dónde por primera vez sonó en la Ley la palabra santificación sino en el séptimo día? No santificó el día primero, en que creó la luz; ni el segundo, en que creó el firmamento; ni el tercero, en que separó el mar de la tierra, y la tierra brotó las plantas y los árboles; ni el cuarto, en el cual fueron hechos los astros; ni el quinto, en el cual dio el ser a los animales que viven en las aguas y vuelan por los aires; ni el sexto, en que creó los animales que pueblan la tierra y al mismo hombre; sólo santificó al día séptimo, en el cual descansó de todas sus obras. Convenientemente, pues, el número séptimo representa al Espíritu Santo. Asimismo, el profeta Isaías dice: Reposará en mí el espíritu del Señor. Y a continuación, recomendándolo bajo una operación o don septenario, añade: Espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y le llenará el Espíritu del temor de Dios. Y en el Apocalipsis, ¿no se mencionan los siete espíritus de Dios, no siendo más que un solo Espíritu, que reparte a cada uno sus dones cómo quiere? Esta operación septenaria fue así llamada por el mismo Espíritu, que asistía al escritor para mencionar a los siete espíritus. Uniéndose, pues, a la Ley el Espíritu Santo con el número septenario, se forma el número diecisiete; y este número, creciendo con la suma de todos los números que lo componen, da la suma de ciento cincuenta y tres. Así, si a uno le añades dos, dan tres; si a tres le sumas tres y cuatro, son diez; y si después vas añadiendo los números siguientes hasta diecisiete, se llega al número antes dicho; esto es, si a diez, formado por el tres y cuatro a partir del uno, le añades cinco, son quince; súmale seis, y tienes veintiuno; a éste añádele siete, y tendrás veintiocho; súmale sucesivamente ocho, nueve y diez, y serán cincuenta y cinco; añade ahora once, doce y trece, y tendrás noventa y uno; vuelve a sumarle catorce, quince y dieciséis, y sumarán ciento treinta y seis; a éste añádele el que queda, y del cual tratamos, que es el diecisiete, y se completará el número de los peces. Mas no quiere decir esto que sólo ciento cincuenta y tres justos han de resucitar a la vida eterna, sino todos los millares de santos que pertenecen a la gracia del Espíritu Santo. Esta gracia hace como un convenio con la Ley de Dios, como con un adversario, para que, dando vida el espíritu, no mate la letra, antes con la ayuda del espíritu sea cumplida la letra, y si en algo no se cumple, sea perdonado. Cuantos pertenecen a esta gracia son figurados por este número, es decir, son significados figurativamente. Ese número incluye además tres veces al quincuagenario, y tres más por el misterio de la Trinidad. El cincuenta se forma multiplicando siete por siete y añadiéndole uno, porque siete por siete son cuarenta y nueve. Y se le añade uno para indicar que es uno el que se manifiesta a través de las siete operaciones; y sabemos que el Espíritu Santo, cuya venida fue ordenado a los discípulos esperar, fue enviado cincuenta días después de la resurrección del Señor.


9. No de balde, pues, se dijo de estos peces que fueron tantos y tan grandes, esto es, ciento cincuenta y tres, y grandes. Y arrastró hasta la tierra la red con ciento cincuenta y tres grandes peces. Porque, habiendo dicho el Señor: No vine a abolir la Ley, sino a cumplirla, y debiendo dar al Espíritu Santo poder cumplirla, como sumando siete a los diez, interpuestas algunas pocas palabras, dijo: Quien desatare el más pequeño de estos preceptos y así lo enseñare a los hombres, éste será llamado mínimo en el reino de los cielos; mas quien los cumpla y enseñe a cumplirlos, será grande en el reino de los cielos. Ese mínimo que con su ejemplo destruye lo que dice con sus palabras, puede representar a la Iglesia, significada en aquella primera pesca, compuesta de los buenos y de los malos, pues a ella se la llama reino de los cielos; y así dice: El reino de los cielos es semejante a la red lanzada a la mar, que recoge toda clase de peces. Donde quiere incluir a los buenos y a los malos, que después en el litoral, esto es, en el fin del mundo, serán separados. Finalmente, para hacernos ver que estos mínimos son los réprobos, que predican el bien con la palabra y lo destruyen con su mala vida, y que no sólo como mínimos, sino que en manera alguna han de estar en el reino de los cielos; después de decir: Será llamado mínimo en el reino de los cielos, añade en seguida: Os digo que, si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Esos son los verdaderos escribas y fariseos, que se sientan en la cátedra de Moisés, de los cuales dice: Haced lo que dicen, mas no hagáis lo que ellos hacen, –porque dicen y no hacen; enseñan con sus predicaciones lo que deshacen con sus costumbres. Y, por consiguiente, quien es mínimo en el reino de los cielos, como entonces será la Iglesia, no entrará en el reino de los cielos, cual entonces será la Iglesia; porque, enseñando lo que no pone en práctica, no pertenecerá a la compañía de los que hacen lo que enseñan, y, por lo tanto, no estará en el número de los peces grandes, pues quien cumple y enseña a cumplir, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Y porque éste será grande, estará allí donde el mínimo no podrá estar. Allí serán tan grandes, que el menor de ellos es mayor que el más grande de acá. Sin embargo, quienes acá son grandes, es decir, en el reino de los cielos, donde la red coge a los buenos y a los malos, y hacen lo que enseñan, en aquella eternidad del reino de los cielos serán mayores, perteneciendo a la derecha y a la resurrección de la vida, significados por los peces de esta pesca. Sigue ahora la narración de la comida del Señor con los siete discípulos y de las palabras que dijo después de la comida y la conclusión de este Evangelio. De todo ello trataremos, si Dios nos lo permite; mas no he de abreviarlo en este sermón.
(Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 122, 1-9, BAC Madrid 1965, pp. 606-618)
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FRANCISCO – Regina Coeli 2013 y Homilías 2013, 2015 y 2016

Regina Coeli, 14 de abril de 2013
Ante la adversidad responder con amor y la fuerza de la verdad
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Quisiera detenerme brevemente en la página de los Hechos de los Apóstoles que se lee en la Liturgia de este tercer Domingo de Pascua. Este texto relata que la primera predicación de los Apóstoles en Jerusalén llenó la ciudad de la noticia de que Jesús había verdaderamente resucitado, según las Escrituras, y era el Mesías anunciado por los Profetas. Los sumos sacerdotes y los jefes de la ciudad intentaron reprimir el nacimiento de la comunidad de los creyentes en Cristo e hicieron encarcelar a los Apóstoles, ordenándoles que no enseñaran más en su nombre. Pero Pedro y los otros Once respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús... lo ha exaltado con su diestra, haciéndole jefe y salvador... Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo» (Hch 5, 29-32). Entonces hicieron flagelar a los Apóstoles y les ordenaron nuevamente que no hablaran más en el nombre de Jesús. Y ellos se marcharon, así dice la Escritura, «contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús» (v. 41).
Me pregunto: ¿dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para dar este testimonio? No sólo: ¿de dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? No olvidemos que los Apóstoles eran personas sencillas, no eran escribas, doctores de la Ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo pudieron, con sus limitaciones y combatidos por las autoridades, llenar Jerusalén con su enseñanza? (cf. Hch 5, 28). Está claro que sólo pueden explicar este hecho la presencia del Señor Resucitado con ellos y la acción del Espíritu Santo. El Señor que estaba con ellos y el Espíritu que les impulsaba a la predicación explica este hecho extraordinario. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Cristo muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada ni de nadie, e incluso veían las persecuciones como un motivo de honor que les permitía seguir las huellas de Jesús y asemejarse a Él, dando testimonio con la vida.
Esta historia de la primera comunidad cristiana nos dice algo muy importante, válida para la Iglesia de todos los tiempos, también para nosotros: cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la fuerza de su Resurrección, y no puede dejar de comunicar esta experiencia. Y si esta persona encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión: responde con el amor y la fuerza de la verdad.
Rezando juntos el Regina Caeli, pidamos la ayuda de María santísima a fin de que la Iglesia en todo el mundo anuncie con franqueza y valentía la Resurrección del Señor y dé de ella un testimonio válido con gestos de amor fraterno. El amor fraterno es el testimonio más cercano que podemos dar de que Jesús vive entre nosotros, que Jesús ha resucitado. Oremos de modo particular por los cristianos que sufren persecución; en este tiempo son muchos los cristianos que sufren persecución, muchos, muchos, en tantos países: recemos por ellos, con amor, desde nuestro corazón. Que sientan la presencia viva y confortante del Señor Resucitado.
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La obediencia a Dios es escuchar a Dios
Homilía, 11 de abril de 2013
Es fundamental ser conscientes de que Dios no puede ser objeto de negociaciones, advirtió el Papa Francisco; la fe no prevé la posibilidad de ser “tibios”, buscando, con “una doble vida”, llegar a una componenda con el mundo. Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 27-33). ¿Qué significa “obedecer a Dios”? –se preguntó el Pontífice–. ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción”. En efecto, “obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. La obediencia a Dios es escuchar a Dios. Y esto nos hace libres”. “En este momento, lo he dicho, tenemos tantas hermanas y tantos hermanos que por obedecer, oír, escuchar lo que Jesús les pide son perseguidos –señaló el Santo Padre–. Recordemos siempre que estos hermanos y hermanas han puesto la carne en el asador y nos dicen con su vida: “Yo quiero obedecer, ir por el camino que Jesús me dice”“. “¿Dónde tenemos la ayuda para ir por el camino de la escucha de Jesús? –se preguntó–. En el Espíritu Santo” “que Dios ha dado a quienes le obedecen”.
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Obedecer dialogando
Homilía, 16 de abril de 2015
El Papa Francisco recordó a Benedicto XVI en el día de su octogésimo octavo cumpleaños. Y por el Papa emérito ofreció la misa que celebró el jueves 16 de abril, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, invitando a los presentes a unirse a él en la oración «para que el Señor lo sostenga y le done mucha alegría y felicidad».
En la homilía, el Pontífice hizo referencia al tema de la obediencia, un tema puesto de relieve por la liturgia del día. Y citó inmediatamente las últimas palabras del pasaje del evangelio de Juan (Jn 3, 31-36): «El que no crea al Hijo no verá la vida». Refiriéndose a la primera lectura (Hch 5, 27-33), el Pontífice recordó también el momento en que «los apóstoles dijeron a los sumos sacerdotes: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
«La obediencia -explicó el Papa Francisco- muchas veces nos conduce por una senda que no es la que yo pienso que debe ser: existe otra, la obediencia de Jesús que dice al Padre en el huerto de los Olivos “que se cumpla tu voluntad”». Obrando así, Jesús «obedece y nos salva a todos». Por lo tanto, debemos estar dispuestos a «obedecer, tener la valentía de cambiar de camino cuando el Señor nos lo pide». Y «por ello quien obedece tiene la vida eterna; y quien no obedece, la ira de Dios permanece en él».
Precisamente «en este marco», afirmó el Pontífice, «podemos reflexionar sobre la primera lectura», más precisamente sobre el «diálogo entre los apóstoles y los sumos sacerdotes». Una «historia que había iniciado poco antes, en el mismo capítulo quinto de los Hechos de los apóstoles». Así pues, retomando el tema, «los apóstoles predicaban al pueblo y con frecuencia se reunían en el pórtico de Salomón. Todo el pueblo iba allí a escucharlos: hacían milagros y el número de los creyentes crecía». Pero «un pequeño grupo no se atrevía a unirse a ellos por temor, estaban lejos». Sin embargo, afirmó el Papa, «también de los sitios vecinos, de los poblados vecinos, llevaban a los enfermos a las plazas, en camillas, para que al pasar Pedro, al menos su sombra, los cubriese un poco y los curase. Y se curaban».
Y así, continúa la narración de los Hechos, «los sacerdotes y el grupo dirigente del pueblo se enfureció»: de hecho tenían «muchos celos porque el pueblo seguía a los apóstoles, los exaltaba, los loaba». Y así dieron orden «de meterlos en la cárcel». Pero, continuó Francisco, «por la noche el ángel de Dios los libera, y no es la primera vez que hará esto». Por eso cuando «por la mañana los sacerdotes se reúnen para juzgarlos la cárcel estaba cerrada, toda cerrada y ellos no estaban». Después tienen conocimiento de que los apóstoles habían regresado allí, al pórtico de Salomón, a predicar al pueblo. Y los convocaron de nuevo a su presencia.
El Pontífice dijo que el pasaje de los Hechos que propone hoy la liturgia cuenta lo que sucede en aquel momento: los comandantes y los sirvientes «condujeron a los apóstoles y los presentaron en el Sanedrín». Y, se lee también en la Escritura, «el sumo sacerdote los interrogó diciendo: “¿No os habíamos prohibido expresamente enseñar en ese nombre? Y habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
A estas acusaciones Pedro responde: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y así «repite la historia de salvación hasta Jesús». Pero «al oír este kerigma de Pedro, esta predicación de Pedro sobre la redención realizada por Dios a través de Jesús al pueblo», los miembros del Sanedrín «se enfurecieron y querían matarlos». En realidad, «fueron incapaces de reconocer la salvación de Dios» aun siendo «doctores» que «habían estudiado la historia del pueblo, habían estudiado las profecías, habían estudiado la ley, conocían casi toda la teología de pueblo de Israel, la revelación de Dios, sabían todo: eran doctores».
La pregunta es «¿por qué esta dureza de corazón?». Sí, afirmó el Papa, su dureza «no es dureza de mente, no es una simple testarudez». La dureza está en su corazón. Y entonces «se puede preguntar: ¿cómo es el recorrido de esta testarudez total de mente y corazón? Cómo se llega a esto, a esta cerrazón, que incluso los apóstoles tenían antes de que llegara el Espíritu Santo». Tanto que Jesús dice a los dos discípulos de Emaús: «Necios y torpes para entender las cosas de Dios».
En el fondo, explicó el Papa Francisco, «la historia de esta testarudez, el itinerario, es cerrarse en sí mismos, no dialogar, es la falta de diálogo». Eran personas que «no sabían dialogar, no sabían dialogar con Dios porque no sabían orar y escuchar la voz del Señor; y no sabían dialogar con los demás».
Esta cerrazón al diálogo les llevaba a interpretar «la ley para hacerla más precisa, pero estaban cerrados a los signos de Dios en la historia, estaban cerrados al pueblo: estaban cerrados, cerrados». Y «la falta de diálogo, esta cerrazón de corazón, los llevó a no obedecer a Dios».
Por lo demás «este es el drama de estos doctores de Israel, de estos teólogos del pueblo de Dios: no sabían escuchar, no sabían dialogar». Porque, afirmó el Papa, «el diálogo se hace con Dios y con los hermanos». Y «esta furia y el deseo de hacer callar a todos los que predican, en este caso la novedad de Dios, es decir, que Jesús ha resucitado» es claramente «el signo de que no se sabe dialogar, que una persona no está abierta a la voz del Señor, a los signos que el Señor realiza en el pueblo». Por lo tanto, «no tienen razón, pero llegan» a estar furiosos y a querer matar a los Apóstoles. «Es un itinerario doloroso», insistió el Papa Francisco, también porque «estos son los mismos que pagaron a los guardias del sepulcro para hacer decir que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús: hacen de todo para no abrirse a la voz de Dios».
Antes de seguir con la celebración de la Eucaristía -«que es la vida de Dios, que nos habla desde lo alto, como Jesús dice a Nicodemo»-, el Papa Francisco pidió «por los maestros, por los doctores, por los que enseñan al pueblo de Dios, para que no se cierren, para que dialoguen, y así se salven de la ira de Dios que, si no cambian de actitud, pesará sobre ellos».
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Los santos y los mártires impulsan a la Iglesia
7 de abril de 2016
Son los santos de la vida ordinaria y los mártires de hoy quienes impulsan a la Iglesia con su ser coherentes y valerosos testigos de Jesús resucitado, gracias a la obra del Espíritu Santo. Es la síntesis de cuanto expresó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de la Santa Marta.
El cristiano “se juega la vida en el testimonio verdadero”
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se refiere al valor de Pedro, quien tras la curación del lisiado, anuncia la Resurrección de Jesús ante los jefes del Sinedrio que, enojados, quieren darle muerte. Se le había prohibido predicar en el nombre de Jesús, pero él sigue proclamando el Evangelio porque –dice– “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Este Pedro “valiente” no tiene nada que ver con “Pedro, el cobarde” de la noche del Jueves Santo, “cuando lleno de miedo reniega tres veces al Señor”.
Ahora Pedro se vuelve fuerte en el testimonio. “El testimonio cristiano –observó el Pontífice– tiene el mismo camino de Jesús: dar la vida”. Y de un modo u otro, el cristiano “se juega la vida en el verdadero testimonio”:
“La coherencia entre la vida y lo que hemos visto y escuchado es precisamente el inicio del testimonio. Pero el testimonio cristiano tiene algo más, no es sólo de quien la da: el testimonio cristiano, siempre, se hace de a dos. ‘Y de estos hechos somos testigos nosotros y el Espíritu Santo’. Sin el Espíritu Santo no hay testimonio cristiano. Porque el testimonio cristiano, la vida cristiana, es una gracia, es una gracia que el Señor nos da con el Espíritu Santo”.
Los mártires de hoy
“Sin el Espíritu –subrayó el Papa– no somos capaces de ser testigos”. Testigo es quien es “coherente con lo que dice, con lo que hace y con lo que ha recibido, es decir, el Espíritu Santo”. “Éste es el valor cristiano, éste es el testimonio”:
“Es el testimonio de nuestros mártires, hoy, tantos, echados de su tierra, desalojados, degollados, perseguidos: tienen aquel valor de confesar a Jesús precisamente hasta el momento de la muerte; es el testimonio de aquellos cristianos que viven su vida en serio y dicen: ‘Yo no puedo hacer esto, yo no puedo hacer mal a otro; yo no puedo estafar; yo no puedo conducir una vida a medias, yo debo dar mi testimonio’. Y el testimonio es: decir lo que en la fe ha visto y oído, es decir a Jesús Resucitado, con el Espíritu Santo que ha recibido como don”.
Los santos de todos los días
En los momentos difíciles de la historia – comentó el Obispo de Roma al concluir su homilía – se oye decir que “la patria tiene necesidad de héroes”. Y esto “es verdad, esto es justo”, dijo. “¿Pero de qué cosa tiene necesidad hoy la Iglesia? De testigos, de mártires”, respondió:
“Son precisamente los testigos, es decir los santos, los santos de todos los días, los de la vida ordinaria, pero con la coherencia, y también los testigos hasta el fin, hasta la muerte. Estos son la sangre viva de la Iglesia; éstos son aquellos que llevan la Iglesia adelante, los testigos; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo atestiguan con la coherencia de vida y con el Espíritu Santo que han recibido en don”.
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BENEDICTO XVI – Homilías 2007 y 2010

2007
Sin la gracia divina el trabajo es ineficaz
Queridos hermanos y hermanas:
“Echad la red... y encontraréis” (Jn 21, 6).
Hemos escuchado estas palabras de Jesús en el pasaje evangélico que se acaba de proclamar. Se encuentran dentro del relato de la tercera aparición del Resucitado a los discípulos junto a las orillas del mar de Tiberíades, que narra la pesca milagrosa. Después del “escándalo” de la cruz habían regresado a su tierra y a su trabajo de pescadores, es decir, a las actividades que realizaban antes de encontrarse con Jesús. Habían vuelto a la vida anterior y esto da a entender el clima de dispersión y de extravío que reinaba en su comunidad (cf. Mc 14, 27; Mt 26, 31). Para los discípulos era difícil comprender lo que había acontecido. Pero, cuando todo parecía acabado, nuevamente, como en el camino de Emaús, Jesús sale al encuentro de sus amigos. Esta vez los encuentra en el mar, lugar que hace pensar en las dificultades y las tribulaciones de la vida; los encuentra al amanecer, después de un esfuerzo estéril que había durado toda la noche. Su red estaba vacía. En cierto modo, eso parece el balance de su experiencia con Jesús: lo habían conocido, habían estado con él y él les había prometido muchas cosas. Y, sin embargo, ahora se volvían a encontrar con la red vacía de peces.
Y he aquí que, al alba, Jesús les sale al encuentro, pero ellos no lo reconocen inmediatamente (cf. Jn 21, 4). El “alba” en la Biblia indica con frecuencia el momento de intervenciones extraordinarias de Dios. Por ejemplo, en el libro del Éxodo, “llegada la vigilia matutina”, el Señor interviene “desde la columna de fuego y humo” para salvar a su pueblo que huía de Egipto (cf. Ex 14, 24). También al alba María Magdalena y las demás mujeres que habían corrido al sepulcro encuentran al Señor resucitado.
Del mismo modo, en el pasaje evangélico que estamos meditando, ya ha pasado la noche y el Señor dice a los discípulos, cansados de bregar y decepcionados por no haber pescado nada: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis” (Jn 21, 6). Normalmente los peces caen en la red durante la noche, cuando está oscuro, y no por la mañana, cuando el agua ya es transparente. Con todo, los discípulos se fiaron de Jesús y el resultado fue una pesca milagrosamente abundante, hasta el punto de que ya no lograban sacar la red por la gran cantidad de peces recogidos (cf. Jn 21, 6).
En ese momento, Juan, iluminado por el amor, se dirige a Pedro y le dice: “Es el Señor” (Jn 21, 7). La mirada perspicaz del discípulo a quien Jesús amaba —icono del creyente— reconoce al Maestro presente en la orilla del lago. “Es el Señor”: esta espontánea profesión de fe es, también para nosotros, una invitación a proclamar que Cristo resucitado es el Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, ojalá que esta tarde la Iglesia que está en Vigévano repita con el entusiasmo de Juan: Jesucristo “es el Señor”. Ojalá que vuestra comunidad diocesana escuche al Señor que, por medio de mis labios, os repite: “Echa la red, Iglesia de Vigévano, y encontrarás”. En efecto, he venido a vosotros sobre todo para animaros a ser testigos valientes de Cristo.
La confiada adhesión a su palabra es lo que hará fecundos vuestros esfuerzos pastorales. Cuando el trabajo en la viña del Señor parece estéril, como el esfuerzo nocturno de los Apóstoles, no conviene olvidar que Jesús es capaz de cambiar la situación en un instante. La página evangélica que acabamos de escuchar, por una parte, nos recuerda que debemos comprometernos en las actividades pastorales como si el resultado dependiera totalmente de nuestros esfuerzos. Pero, por otra, nos hace comprender que el auténtico éxito de nuestra misión es totalmente don de la gracia.
En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.
(…) “Echad la red... y encontraréis” (Jn 21, 6). Querida comunidad eclesial de Vigévano, ¿qué significa en concreto la invitación de Cristo a “echar la red”? Significa, en primer lugar, como para los discípulos, creer en él y fiarse de su palabra. También a vosotros, como a ellos, Jesús os pide que lo sigáis con fe sincera y firme. Por tanto, poneos a la escucha de su palabra y meditadla cada día.
(…) La fatigosa pero estéril pesca nocturna de los discípulos es una advertencia perenne para la Iglesia de todos los tiempos: nosotros solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En el compromiso apostólico no bastan nuestras fuerzas: sin la gracia divina nuestro trabajo, aunque esté bien organizado, resulta ineficaz.
Oremos juntos para que vuestra comunidad diocesana acoja con alegría el mandato de Cristo y con renovada generosidad esté dispuesta a “echar” las redes. Entonces experimentará ciertamente una pesca milagrosa, signo del poder dinámico de la palabra y de la presencia del Señor, que incesantemente confiere a su pueblo una “renovada juventud del Espíritu” (cf. oración colecta).
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2010
El Señor nos llama a una relación de amor
Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo
(…) Más que cualquier bagaje que podamos tener con nosotros –nuestros logros humanos, nuestras posesiones, nuestra tecnología–, lo que nos da la clave de nuestra felicidad y realización humana es nuestra relación con el Señor. Y él nos llama a una relación de amor. Recordad la pregunta que hizo por tres veces a Pedro en la orilla del lago: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Basándose en la respuesta afirmativa de Pedro, Jesús le encomienda una tarea, la tarea de apacentar su rebaño. Aquí vemos el fundamento de todo ministerio pastoral en la Iglesia. Nuestro amor por el Señor es lo que debe dirigir todos los aspectos de nuestra predicación y enseñanza, nuestra celebración de los sacramentos y nuestra preocupación por el Pueblo de Dios. Nuestro amor por el Señor es lo que nos impulsa a amar a quienes él ama, y a aceptar de buen grado la tarea de comunicar su amor a quienes servimos. Durante la Pasión de nuestro Señor, Pedro lo negó tres veces. Ahora, después de la resurrección, Jesús lo insta por tres veces a confesar su amor, ofreciendo así el perdón y la salvación, y confiándole al mismo tiempo la misión. La pesca milagrosa pone de manifiesto que los Apóstoles dependían de Dios para el éxito de sus proyectos en la tierra. El diálogo entre Pedro y Jesús subraya la necesidad de la misericordia divina para curar sus heridas espirituales, las heridas del pecado. En cada ámbito de nuestras vidas, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios. Con él, podemos hacer todo; sin él no podemos hacer nada.
(…) En este año dedicado a la celebración del gran don del sacerdocio, quisiera dirigir una palabra particular a los sacerdotes aquí presentes. Dun Gorg fue un sacerdote de extraordinaria humildad, bondad, mansedumbre y generosidad, profundamente dedicado a la oración y lleno de pasión por comunicar las verdades del Evangelio. Que os sirva de modelo e inspiración en vuestros esfuerzos por cumplir la misión recibida de apacentar la grey del Señor. Recordad también la pregunta que el Resucitado hizo por tres veces a Pedro: “¿Me amas?” Esta es la pregunta que hace a cada uno de vosotros. ¿Lo amáis? ¿Queréis servirle con la entrega de toda vuestra vida? ¿Deseáis guiar a los otros para que lo conozcan y lo amen? Como Pedro, tened el valor de responder: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”; y acoged con gratitud la hermosa tarea que él os ha asignado. La misión confiada al sacerdote es verdaderamente un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere entrar en el mundo (cf. Homilía, 24 de abril de 2005).
Al mirar ahora a mi alrededor la gran multitud reunida aquí, en Floriana, para la celebración de la Eucaristía, vuelvo a pensar en la escena descrita en la segunda lectura de hoy, en la cual millares de millares unieron sus voces en un gran canto de alabanza: “Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap 5,13).
Seguid cantando este himno, como alabanza al Señor resucitado y como acción de gracias por sus innumerables dones. Concluyo mi exhortación esta mañana con las palabras de san Pablo, apóstol de Malta: “Os amo a todos en Cristo Jesús” (1 Co 16,24).
Alabado sea Jesucristo.
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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
Los Apóstoles y los discípulos dan testimonio de la Resurrección
642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y de los que la mayor parte aún vivían entre ellos. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).
643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).
644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.
857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
— fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los Apóstoles” (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; Hch1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).
— guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf. Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
— sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “al que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia” (AG 5):
«Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (Prefacio de los Apóstoles I: Misal Romano).
995 Ser testigo de Cristo es ser “testigo de su Resurrección” (Hch 1, 22; cf. 4, 33), “haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los muertos” (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.
996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne” (San Agustín, Enarratio in Psalmum 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?
Cristo resucitado y Pedro
553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, “el Buen Pastor” (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17). El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino.
641 María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).
881 El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). “Consta que también el colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro” (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
1429 De ello da testimonio la conversión de san Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: “¡Arrepiéntete!” (Ap 2,5.16).
San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, «en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia» (Epistula extra collectionem 1 [41], 12).
 La Liturgia celestial
1090 “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria” (SC 8; cf. LG 50).
Los celebrantes de la liturgia celestial
1137 El Apocalipsis de san Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que “un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono” (Ap 4,2): “el Señor Dios” (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, “inmolado y de pie” (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el mismo “que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado” (Liturgia Bizantina. Anaphora Iohannis Chrysostomi). Y por último, revela “el río de agua de vida [...] que brota del trono de Dios y del Cordero” (Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).
1138“Recapitulados” en Cristo, participan en el servicio de la alabanza de Dios y en la realización de su designio: las Potencias celestiales (cf Ap 4-5; Is 6,2-3), toda la creación (los cuatro Vivientes), los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los veinticuatro ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro mil [cf Ap 7,1-8; 14,1]), en particular los mártires “degollados a causa de la Palabra de Dios” [Ap 6,9-11]), y la Santísima Madre de Dios (la Mujer [cf Ap 12], la Esposa del Cordero [cf Ap 21,9]), y finalmente una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7,9).
1139 En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos.
1326 Finalmente, por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).
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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Jesús se aparece en el mar de Tiberíades
Una parte considerable del Evangelio se desarrolla en el mar y en un ambiente de pescadores: la llamada de los primeros discípulos, la tempestad calmada, la pesca milagrosa, Jesús caminando sobre las aguas... Los pescadores de Galilea estaban asociados en pequeñas cooperativas y, en general, tenían una vida austera debiendo pagar casi todas sus ganancias a los publicanos (los banqueros de la época), que financiaban su actividad. La cooperativa inmortalizada por el Evangelio es la de la familia de Jonás, con los hijos Simón y Andrés, y la familia del Zebedeo, con los hijos Santiago y Juan. De esta coo­perativa de pescadores Cristo reclutó a sus primeros cuatro apósto­les. Los encontramos a todos, con alguno más, en el fragmento evan­gélico de este Domingo. Este nos presenta dos episodios unidos, pero, distintos entre sí: la pesca milagrosa y el diálogo en el que Jesús le asigna a Pedro el mandato de apacentar sus ovejas.
Nos encontramos en el período de los cuarenta días siguientes a la resurrección. Pedro y sus compañeros han vuelto a pescar; (pero, ¡mientras tanto debían comer!); al alba, estando volviendo a la orilla sin haber cogido nada, es cuando un hombre, desde la orilla, les grita:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
Lo hicieron y cogieron ciento cincuenta y tres peces grandes. ¡Cuántas veces este hecho del Evangelio se repite, de distinto modo, en nuestra vida! Nosotros, también, hemos echado repetida­mente y en vano la red desde una cierta parte de la barca y no he­mos recogido nada. Esto es, hemos buscado la solución a nuestros problemas en una cierta dirección: luchando, cargándonos de tra­bajo, quizás actuando siempre por decisión propia y sin escuchar los consejos de nadie. Jesús, también, nos grita a nosotros: «Echa la red hacia la otra parte: busca en otro lugar o busca de otro modo. Con más calma, con más confianza en mí. Busca con la fe y con la oración, y encontrarás lo que hasta ahora has buscado en vano con todo tu rostro malhumorado».
El número de peces recogidos tiene aquí un valor simbólico. Ciento cincuenta y tres eran las clases de peces, que se creía haber en el mar de Tiberíades. Era como decir que había en la red cada una de las clases de peces, toda bondad de Dios. Pero, quizá el evangelista tiene en el recuerdo una verdad más importante. La red, que los apóstoles echarán a continuación en el mar del mundo, está destinada a recoger, también ella, cada clase de peces: los hombres de toda raza, pueblo y nación.
No debe sorprender que, también esta vez, ellos no reconocie­ran a Jesús a las primeras de cambio. Él no ha vuelto, igual como Lázaro, a la vida de antes sino que ha entrado en una vida nueva. Ha resucitado hacia delante, hacia lo nuevo, no hacia atrás. Por ello, para reconocerle es necesario abrir otros ojos distintos, los de la fe, que a veces se abren lentamente.
La primera parte del fragmento evangélico tiene su culminación con la invitación de Jesús, cargada de anuncios simbólicos y sacramentales: «Vamos, almorzad»; a la que sigue la descripción de la singular comida en la playa; entonces, «Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado».
Leyendo el Evangelio de Juan se entiende que originariamente éste terminaba en el capítulo 20. Si se le añadió este nuevo capítulo 21 es porque el evangelista mismo o alguno de sus discípulos han sentido la necesidad de insistir todavía otra vez sobre la realidad de la resurrección de Cristo. Ésta es, en efecto, la enseñanza principal del fragmento: que Jesús no ha resucitado como un modo de mani­festarse o expresarse sino realmente, esto es, en su verdadero cuer­po. «Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resu­rrección de los muertos», dirá Pedro en los Hechos de los Apóstoles (10,4), refiriéndose probable y precisamente a este suceso.
Pero, pasemos sin más al segundo cuadro, en el que tendremos que paramos más largamente. Se trata de un diálogo a cuatro ojos entre Jesús y Pedro, que queremos escuchar como si se desarrollase, ahora, delante de nosotros:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
«Apacienta mis corderos...
Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
«Pastorea mis ovejas...
Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Llegados a este punto, Pedro entiende por qué Jesús le pide por tercera vez si lo ama: quiere darle la posibilidad de cancelar su tri­ple negación durante la pasión. Y si a las dos primeras preguntas ha respondido inmediatamente, pero, tal vez un poco superficialmen­te: «sí, Señor, tú sabes que te quiero», ahora reflexiona dentro sí mismo, toma conciencia de lo que ha hecho y de la increíble posi­bilidad que el Maestro le ofrece. La tercera respuesta es la única verdadera y consciente, porque viene de un corazón contrito y hu­millado:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús concluye diciéndole a Pedro, por tercera vez: «Apacienta mis ovejas». Con estas palabras le confiere a Pedro, de hecho, se­gún la interpretación católica, y también a sus sucesores, el deber supremo y universal de pastorear el rebaño de Cristo. Le confiere el primado, que le había prometido cuando le había dicho: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... A ti te daré las lla­ves del Reino de los Cielos» (Mateo 16, 18-19). Entonces, los ver­bos estaban en futuro; ahora están en presente: «Apacienta».
Lo que más emociona de esta página del Evangelio es que Jesús permanece fiel a la promesa hecha a Pedro, no obstante que Pedro le hubiese sido infiel a la promesa hecha a Jesús: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré» (Mateo 26, 35).
Dios siempre da a los hombres una segunda posibilidad; fre­cuentemente, hasta una tercera, una cuarta e infinitas posibilidades. No tacha de su libro a las personas ante su primer error.
Entretanto, ¿qué sucede? La confianza y el perdón del Maestro han hecho de Pedro una persona nueva, fuerte, fiel hasta la muerte. Él ha apacentado el rebaño de Cristo en los difíciles momentos de sus comienzos, cuando era necesario salir de Galilea y lanzarse a correr por los caminos del mundo. Finalmente, estará en disposi­ción de mantener su promesa de dar la vida por Cristo. En el tiem­po de la primera persecución de Nerón, efectivamente, dará la vida por el Maestro, dejándose crucificar con la cabeza hacia abajo se­gún la tradición. Si aprendiésemos la lección contenida en el actuar de Cristo con Pedro, dando confianza a quienquiera, también des­pués de que se haya equivocado una vez ¡cuántas personas derro­tadas y marginadas habría menos en el mundo!
Pero, no hemos agotado con esto toda la enseñanza contenida en el diálogo entre Jesús y Pedro. De todo ello el apóstol ha aprendido una cosa esencial. El suyo será un «servicio de amor». Jesús no le ha encargado un rebaño sobre el que dominar sino al que servir. El reba­ño es y permanece de Cristo. «Apacienta mis ovejas». Él solamente debe apacentadas, ponerse a su servicio. Antes de conferir a Pedro el deber de pastor, Jesús ha hecho lo que haría hoy un buen propietario de una hacienda al designar a su administrador-delegado. Le ha alec­cionado bien sobre las residencias y las competencias de su oficio: «El buen pastor conoce a sus ovejas; las conduce fuera; camina de­lante de ellas; ofrece la vida por las ovejas» (cfr. Juan 10, 3-11). De ahí que haya dicho: «Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Marcos 9, 35).
En su libro, Don y Misterio, escrito con ocasión del 50° aniver­sario de su ordenación sacerdotal, Juan Pablo II expresa con una imagen vigorosa este sentido de la autoridad en la Iglesia. Se trata de algunos versos compuestos por él mismo durante el tiempo del Concilio, cuando él todavía no era el sucesor de Pedro:
«Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Pavimento sobre el que cami­nan los demás... para alcanzar allá donde tu guías sus pasos ¡como la roca sostienes el duro calzado de sandalias de un rebaño! »
Los jefes de las naciones caminan sobre alfombras; la cabeza de la Iglesia debe ser como una alfombra sobre la que caminen los de­más. Y hoy, gracias a Dios, frecuentemente es precisamente así.
Pero, también, la palabra «servicio» no lo expresa todo. Mu­chos dicen que están «en servicio»: el policía está de servicio, el soldado presta el servicio militar, el comerciante sirve a sus clien­tes... Aquí se trata de un servicio diferente: no de intereses o de obligaciones sino de amor. Amor, ante todo, por Cristo. «¿Me amas? ¡Apacienta mis ovejas!» Jesús hace consistir el amor para con él en el servir a los demás. No quiere ser él quien reciba los fru­tos de este amor sino que quiere que sean sus ovejas. Él es el des­tinatario del amor de Pedro; pero, no el beneficiario. Es como si le dijese: «Considero como hecho a mí lo que harás a mi rebaño».
Pero, en este punto, es claro que el diálogo entre Jesús y Pedro viene trasladado a la vida de cada uno de nosotros. San Agustín, comentando este fragmento evangélico, dice: «Interrogando a Pe­dro, Jesús nos interrogaba también a cada uno de nosotros» (Ser­món229). La pregunta: «¿Me amas» está dirigida a cada discípulo. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y de prácticas, es algo mucho más íntimo y profundo. Es una relación de amistad con la persona de Jesucristo. Así, al menos, lo concibe Jesús cuan­do dice: «Ya no os llamo siervos sino amigos» (cfr. Juan 15, 15).
Es significativo que Jesús sólo ahora plantee la pregunta: «¿Me amas?» Tantas veces durante su vida terrena había preguntado a las personas: «¿Crees tú?», pero nunca: «¿Me amas?» Lo hace sólo ahora, después de que con su pasión y muerte ha dado la prueba de cuánto nos ha amado él. También, nuestro amor por Cristo, como el de Pedro, no debe permanecer como un hecho intimista y senti­mental. Se debe expresar en el servicio a los demás, en hacer el bien al prójimo.
«¿Me amas?», dice Jesús a un padre y a una madre: cuida de tus hijos, que también son mis hijos. No sólo de su salud física, sino también de su salud moral.
«¿Me amas», dice a alguien que ofrece trabajo: sé justo y respe­tuoso con tus dependientes.
«¿Me amas?», nos dice a nosotros los sacerdotes: escucha, con­suela, anima, perdona a la gente, estate cerca de quien está de luto, de quien sufre. Si no puedes de otro modo, hazlo con la oración.
«¿Me amas?», dice a quien ha recibido una ofensa: ¡perdona!
«¿Me amas?», dice a cada uno de nosotros: ¡guarda mis mandamientos!
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