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Diumenge IV de Quaresma (cicle C): Déu ens espera sempre, perquè és un Pare que mai es cansa de perdonar

En aquest quart diumenge de Quaresma es proclama l'Evangeli del pare i dels dos fills, més conegut com a paràbola del “fill pròdig” (Llc 15,11-32). Aquest passatge de sant Lluc constitueix un cim de l'espiritualitat i de la literatura de tots els temps.

En efecte, què serien la nostra cultura, l'art, i més en general la nostra civilització, sense aquesta revelació d'un Déu Pare ple de misericòrdia? No deixa mai de commoure'ns, i cada vegada que l'escoltem o la llegim té la capacitat de suggerir-nos significats sempre nous. Aquest text evangèlic té, sobretot, el poder de parlar-nos de Déu, de donar-nos a conèixer el seu rostre, millor encara, el seu cor. Des que Jesús ens va parlar del Pare misericordiós, les coses ja no són com abans; ara coneixem a Déu: és el nostre Pare, que per amor ens ha creat lliures i dotats de consciència, que sofreix si ens perdem i que fa festa si tornem. Per això, la relació amb ell es construeix a través d'una història, com li succeeix a tot fill amb els seus pares: a l'inici depèn d'ells; després reivindica la seva pròpia autonomia; i finalment —si es dóna un desenvolupament positiu— arriba a una relació madura, basada en l'agraïment i en l'amor autèntic.

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DEL MISAL MENSUAL

NO TENIA QUE VER CON EL PECADO
Jos 5, 9. 10-12; 2 Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32
La brevísima narración del libro de Josué refiere el comienzo de la Pascua, fiesta de la libertad, del pueblo reconciliado que vive tranquilo, sabiendo que quienes amenazaban su libertad han quedado vencidos. La lectura cristiana que hace el apóstol san Pablo de la vida y muerte del Señor Jesús enfatiza su misión al servicio de la reconciliación. Las amnistías decretadas por los gobernantes eran una cancelación de los delitos, especialmente los de tipo político. Jesús que no era responsable de delito alguno, entregó su vida como rescate por nuestro sobregiro egoísta y nuestra inmoralidad. Todo lo que enseñó con parábolas tan hermosas, como la oveja perdida y el hijo pródigo, también lo hizo vida en su experiencia pascual. Aunque experimentó dificultades y luchas en las horas previas a la pasión, decidió entregarse como expresión del amor esperanzado y generoso del Padre. Jesús se entrega sin reservas, porque había sido amado de la misma manera por su Padre.

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Is 66, 10-11
Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos te aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad.

No se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA
Señor Dios, que por tu Palabra realizas admirablemente la reconciliación del género humano, concede al pueblo cristiano prepararse con generosa entrega y fe viva a celebrar las próximas fiestas de la Pascua. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA
El pueblo de Dios celebró la Pascua al entrar en la tierra prometida.
Del libro de Josué: 5, 9. 10-12
En aquellos días, el Señor dijo a Josué: “Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto”.
Los israelitas acamparon en Guilgal, donde celebra-ron la Pascua, al atardecer del día catorce del mes, en la llanura desértica de Jericó. El día siguiente a la Pascua, comieron del fruto de la tierra, panes ázimos y granos de trigo tostados. A partir de aquel día, cesó el maná. Los israelitas ya no volvieron a tener maná, y desde aquel año comieron de los frutos que producía la tierra de Canaán. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 33, 3-4. 18-19. 20-21ab.
R/.Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo. Yo me siento orgulloso del Señor, que se alegre su pueblo al escucharlo. R/.
Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder. Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores. R/.
Confía en el Señor y saltarás de gusto, jamás te sentirás decepcionado, porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias. R/.

SEGUNDA LECTURA
Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo.
De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 5, 17-21
Hermanos: El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.
Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque, efectivamente, en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios.
Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo “pecado” por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 15, 18
R/.Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. R/.

EVANGELIO

Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida.
Del santo Evangelio según san Lucas: 15, 1-3. 11-32
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.
Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.
Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.
Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.
Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.
El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

SAN JOSEMARíA, ES CRISTO QUE PASA N. 64:
«Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11 y ss).
Cuando aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos (Lc 15, 20). Estas son las palabras del libro sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?
Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater! (Rm 8, 15), Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo.
La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios.
Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos.

Se dice Credo.

PLEGARIA UNIVERSAL
Oremos, hermanos, al Señor, que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y pidámosle que tenga misericordia de su pueblo penitente: (R/. Escúchanos, Señor.)
1. Para que Dios aumente la fe y fortalezca la voluntad de los que se preparan a recibir en estos días cuaresmales el sacramento de la penitencia y les conceda un verdadero arrepentimiento de sus culpas, roguemos al Señor.
2. Para que el Señor abra la inteligencia y el corazón de los incrédulos, de manera que lleguen al conocimiento de la verdad, y en la fe encuentren aquel descanso que tanto desea su corazón, roguemos al Señor.
3. Para que Dios conceda su ayuda a los enfermos, a los pobres, a los que se sienten tentados y a todos aquellos que con su sufrimiento participan de la cruz de Cristo, roguemos al Señor.
4. Para que todos nosotros perseveremos en el esfuerzo cuaresmal y lleguemos, purificados e iluminados, a las fiestas de Pascua que se acercan, roguemos al Señor.
Dios rico en misericordia, que acoges con el abrazo del perdón a tus hijos que, arrepentido, retornan a ti, escucha nuestras oraciones, perdona nuestras culpas y revístenos con vestiduras de fiesta, para que podamos participar en el banquete pascual. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Te presentamos, Señor, llenos de alegría, estas ofrendas para el sacrificio y pedimos tu ayuda para celebrarlo con fe sincera y ofrecerlo dignamente por la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I o II de Cuaresma

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Lc 15, 32
Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Señor Dios, luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con el resplandor de tu gracia, para que podamos siempre pensar lo que es digno y grato a tus ojos y amarte con sincero corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO
Protege, Señor, a quienes te invocan, ayuda a los débiles y reaviva siempre con tu luz a quienes caminan en medio de las tinieblas de la muerte; concédeles que, liberados por tu bondad de todos los males, alcancen los bienes supremos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO.- Como atinadamente afirma san Pablo en la carta a los Romanos: “con dificultad se dejaría uno matar por una causa justa... sin embargo el Mesías murió por nosotros cuando éramos pecadores”. Esta no es una moraleja edificante inventada por un fabricante de leyendas. Tampoco es la práctica común de una sociedad que ha olvidado el sentido de la gratuidad y la donación. Pero sí es la clave de lectura para comprender la vida entera del Señor Jesús. Darse o dar la propia vida es un camino de realización personal. El padre del hijo pródigo encuentra la alegría profunda cuando dona sin condiciones la nueva vida, la de hijo, al que por propia decisión había querido vivir en condición de excluido. El rostro misericordioso de Dios necesita manifestarse de forma más patente en las actitudes de todos los bautizados. La rudeza de los violentos nos deshumaniza más. Es imprescindible confrontar esa dinámica violenta con una espiritualidad de la paz y la reconciliación en nuestras familias y comunidades.
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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El maná desapareció a partir de ese día (Jos 5,9a.10-12)

1ª lectura

Una vez que han sido circuncidados los varones para poder celebrar la Pascua (vv. 1-9), tiene lugar la primera celebración de esta fiesta en la tierra prometida. Los israelitas pudieron emplear los cereales producidos en esa región para la elaboración de los panes ácimos y, desde ese momento en que ya eran capaces de alimentarse con la producción agrícola de la tierra, el maná, con el que Dios los había sostenido desde que comenzaron su peregrinación por el desierto, desapareció.
Dios no tuvo inconveniente en alimentar prodigiosamente a su pueblo durante años en el desierto cuando fue necesaria esa protección especial, al no ser posible encontrar allí lo necesario para la subsistencia. Sin embargo, en cuanto pueden alimentarse con los medios ordinarios, esforzándose en el cultivo de la tierra, Dios deja de prestar el auxilio extraordinario.

Reconciliaos con Dios (2 Co 5,17-21)

2ª lectura

El Apóstol acaba de dar razón de su comportamiento, insistiendo en que es honesto y claro (vv. 11-13). El motor de su modo de actuar es «el amor de Cristo» (v. 14), que en este contexto puede entenderse tanto del amor de Cristo a los hombres como de éstos a Cristo.
Al exponer este amor, hace un apretado resumen del contenido de la Redención (vv. 15-17): Dios ha reconciliado a los hombres con Él por medio de Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados y murió por todos los hombres. «Todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también por la eficacia de lo que él realiza en el presente» (S. León Magno, Tractatus 63; cfr De passione Domini 12,6).
Además, Dios ha constituido a los Apóstoles embajadores de Cristo para llevar a los hombres la palabra de la reconciliación (v. 19): «La Iglesia erraría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la “palabra de reconciliación” y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que la importancia del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá de los confines de la Iglesia, a todo el mundo» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 23). Éste es el conocimiento que Pablo posee de Jesucristo, frente al que poseía antes de convertirse, cuando sólo veía a Cristo «según la carne» (v. 16).

El hijo pródigo (Lc 15,1-3.11-32)

Evangelio

Estamos ante una de las parábolas más bellas de Jesús. La grandeza del corazón de Dios, su misericordia infinita, descrita en las parábolas anteriores, se completa ahora con unos rasgos vivísimos de las acciones del Padre (vv. 20-24; 31-32). En la parábola tiene enorme relieve el hecho mismo de la conversión: «El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en la que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. Las mejores vestiduras, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1439).
La parábola, muy sencilla en su profundidad, se narra desde tres perspectivas: la del hijo menor, la del padre y la del hijo mayor. La historia del hijo menor es casi un modelo del proceso del pecador: el abandono de la casa paterna, la marcha a un país lejano donde no puede cumplir los deberes de piedad con Dios ni con los suyos, la vida con los cerdos, etc. (vv. 13-15). Por eso, «aquel hijo (...) es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. (...) La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 5). Pero, en un momento determinado, toma la decisión de la conversión. Esa decisión se compone de varias acciones: el hijo sabe que no sólo ha ofendido a su padre, sino también a Dios (v. 18), y, sobre todo, es consciente de la gravedad de su pecado: «En el centro de la conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta decisión emprende el camino» (ibidem, n. 19).
El relato nos muestra a continuación al Padre. Su modo de obrar resulta sorprendente, como lo es el obrar de Dios con los hombres. Ciertamente el perdón es también humano, pero, al perdón, el padre le añade el mejor traje, el anillo, las sandalias y el ternero cebado: «El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquel júbilo tan generoso respecto al disipador después de su vuelta» (ibidem, n. 6).
Todavía la parábola se detiene en otro personaje: el hijo mayor que se siente ofendido por los gestos del padre. En el contexto histórico del ministerio público de Jesús representa la posición de algunos judíos que «se tenían por justos» (18,9) y pensaban que Dios estaba obligado a reconocer «sus obras de justicia», despreciadas y ofendidas por la conducta misericordiosa de Jesús hacia los pecadores. Por eso, en esta tercera escena, las quejas del hijo y las palabras del padre ocupan casi el mismo espacio: «El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo le hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y le hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 6).
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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

El hijo pródigo

No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no perdió lo que dio, lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos (Sb 1, 13). En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello —pues el Señor es quien levanta los corazones (Sal 145, 8) —, te dará un beso, que es la señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y El, sin embargo, te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete. Y ahora, examinemos ya la parábola misma.
Un hombre tenía dos hijos, y dijo el menor de ellos a su padre: dame la parte de herencia que me corresponde.
Observa cómo el patrimonio divino se da a todos aquellos que lo piden, y no creas que el padre comete una falta porque se lo haya dado al más joven. En el reino de Dios no existe la minoría de edad, ni crece la fe a medida que pasan los años. El que lo pide es que se ha juzgado a sí mismo ya capaz ¡Ojalá no se hubiese apartado de su padre y así no hubiera conocido los inconvenientes de su edad! Pero después de que se marchó lejos —realmente malgasta su patrimonio el que se aleja de la Iglesia— después de dejar —dice— la casa paterna, se marchó lejos a una región muy distante.
Y ¿dónde más apartado que alejarse de sí mismo, que estar lejos, no de un lugar, sino de las buenas costumbres, y estar distante, no de las tierras paternas, sino de los buenos deseos, y encontrarse como dominado por la apetencia malsana de los placeres carnales de este mundo; distante, por tanto, a causa de su conducta? Y es que, en verdad, el que se separa de Cristo está desterrado de la patria y se hace ciudadano del mundo. Pero “nosotros no somos extranjeros ni peregrinos, sino que somos conciudadanos de los santos y de la casa de Dios (Ef 3, 19); pues los que estábamos lejos, nos hemos hecho hermanos en la sangre de Cristo (ibíd., 13). Y no tratemos mal a los que vienen de una región lejana, porque nosotros también estuvimos, como lo enseña Isaías: Una luz ha brillado para los que habitaban en el país de las sombras de la muerte (Is 9, 2). El país lejano es el de las sombras de la muerte; sin embargo, nosotros que tenemos al Señor Jesús, como espíritu ante nuestra vista, vivimos a la sombra de Cristo. Y por eso dice la Iglesia: Yo he deseado estar y sentarme a su sombra (Ct 2, 3). Y entonces, dice, viviendo lujuriosamente, malgastó todos los adornos de su naturaleza. Y por eso tú, que recibiste la imagen de Dios, que eres semejante a Él, guárdate de destruir esta imagen y esa semejanza por una fealdad irracional. Eres una obra de Dios, por tanto, no digas a un trozo de palo: Tú eres mi padre (Jr 2, 27), para que no te hagas semejante a la madera, porque está escrito: Los que fabrican (ídolos) se hacen semejantes a ellos (Sal 113, 8).
Aconteció que el hambre empezó a hacerse sentir por aquella región: no un hambre de alimentos, sino la de las buenas obras y la de las virtudes. ¿Qué ayuno más miserable puede existir? Porque el que se aparta de la palabra de Dios, siente una fuerte hambre, ya que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios (Lc 4, 4). El que se aparta de la fuente, se muere de sed; el que se distancia del tesoro, padece necesidad; él que se aleja de la sabiduría, se hace necio, y el que abandona la virtud se destruye a sí mismo. Con razón, pues, el que dejó los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios (Col 2, 3) y se olvidó de mirar a la grandeza de los bienes celestiales, comenzó a pasar necesidad. Y, como consecuencia de esa penuria, le sobrevino el comenzar a sentir hambre, porque el placer al que continuamente se está alimentando, nunca dice basta. El que no sabe saciarse con el alimento que no se corrompe, siempre estará hambriento.
Así, pues, se fue y se puso a servir a uno de los ciudadanos de allí. No hay duda de que el que es esclavo está, de alguna manera, atado. Es fácil ver en este ciudadano la figura del príncipe de este mundo. Poco después es enviado a una granja, que él había comprado, alejándose, por esta causa, del reino (Lc 14, 18ss); y comienza a guardar cerdos; estos animales son precisamente aquellos en los que pide entrar el demonio y a los que precipita en el mar (Mt 8, 32), porque viven entre inmundicia y fetidez.
Y continúa: Deseaba llenar su vientre de las bellotas. Realmente, los lujuriosos no se preocupan más que de llenar su vientre, ya que éste es su dios (Flp 3, 19). Y ¿qué alimento más a propósito para tales hombres, que ése, que, como la bellota, es vano por dentro y suave por fuera, que no tiene por finalidad propia la de alimentar y que de tal manera grava el cuerpo, que resulta más perjudicial que útil?
Hay algunos que quieren ver representados en los puercos las diversas clases de demonios, y en las bellotas, la falsa virtud de los hombres vanos y la vanagloria de sus palabras, las cuales no les sirven de provecho alguno, ya que, por medio de una falsa filosofía, quieren llamar la atención sobre una aparatosidad externa, anteponiendo esto a otra cosa más útil. Pero estos engaños no pueden ser duraderos.
Y por eso nadie se las daba; porque estaba en una región donde no tenía a nadie, ya que dicha región no tenía dominio sobre los que allí estaban. En verdad, “todas las naciones son como nada” (Is 40, 17), y sólo Dios es quien vivifica a los muertos y llama a las cosas que no son como si fueran (Rm 4, 17).
Y entrado dentro de sí, dijo: ¡Cuántos mercenarios de mi padre tienen pan en abundancia! Con toda razón se puede decir que vuelve en sí el que se había salido de sí mismo pues, en realidad, el que vuelve al Señor, vuelve en sí, y el que se aparta de Cristo, se aleja de sí mismo. Y ¿ quiénes son los mercenarios sino aquellos que sirven por la recompensa, esos que proceden de Israel y que buscan, no lo que es bueno, sino lo que ven que puede tener algún provecho para ellos, y están guiados, no por la fuerza de la virtud, sino por su visión utilitarista? Pero el hilo Que lleva en el corazón el sello del Espíritu Santo (Co 1, 22) no busca la ganancia mezquina de un salario terreno, puesto que está en posesión del derecho a la herencia. También son mercenarios los que son enviados a la viña. Y Pedro, y Santiago, a quienes se les dijo: Venid, os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19) también son mercenarios, pero buenos. Estos no gozan de una abundancia de bellotas, pero sí de pan. Una vez llenaron doce cestos con los trozos que sobraron. ¡Oh, Señor Jesús, quítanos las bellotas y danos pan! —porque, en la casa del Padre, Tú eres el mayordomo— y ¡dígnate hacernos también a nosotros mercenarios, aunque seamos de los de última hora!, ya que te complaces en dar igual salario que a los demás, a los que llamas a la undécima hora, salario que, a pesar de ser igual por lo que a la vida se refiere, se diferencia en lo tocante a la gloria, puesto que no a todos se les pondrá la corona de justicia, sino sólo a aquel que pueda decir : he librado un buen combate (Tm 4, 17ss).
Por lo cual no me ha parecido bien dejar de decir eso, puesto que sé que hay algunos que sostienen que es bueno esperar a la muerte para recibir el bautismo o la penitencia. Pero ¿acaso sabes tú si en la noche próxima se te va a pedir o no el alma? (Lc 12, 20). Y además, ¿piensas, quizás, que después de no haber hecho nada se te va a dar todo? Aunque tú supongas que tanto la gracia como el salario es para todos igual, con todo, otra cosa distinta es el precio de la victoria, a ese precio al que tendió Pablo y, ciertamente, no en vano, pues él, después de conseguir el salario, luchaba por adquirir el premio (Flp 3, 14) y esto porque sabía que, aunque la paga, en cuestión de gracia, es igual para todos, la palma, sin embargo, es propia de muy pocos.
(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, nn. 212-221, BAC, Madrid, 1966, pp. 457-462)
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FRANCISCO – Textos sobre la Misericordia

Ángelus, 15 de septiembre de 2013

Jesús es todo misericordia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la liturgia de hoy se lee el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida (Lc 15, 4), la de la moneda extraviada (Lc 15, 8) y después la más larga de las parábolas, típica de san Lucas, la del padre y los dos hijos, el hijo “pródigo” y el hijo que se cree “justo”, que se cree santo (Lc 15, 11). Estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero mirad que no es sentimiento, no es “buenismo”. Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios.
Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Cada uno de nosotros, cada uno de nosotros, es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Está en fiesta porque es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón.
¿El peligro cuál es? Es que presumamos de ser justos, y juzguemos a los demás. Juzguemos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarles a muerte, en lugar de perdonar. Entonces sí que nos arriesgamos a permanecer fuera de la casa del Padre. Como ese hermano mayor de la parábola, que en vez de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enfada con el padre que le ha acogido y hace fiesta. Si en nuestro corazón no hay la misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, aunque observemos todos los preceptos, porque es el amor lo que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor a Dios y al prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y éste es el amor de Dios, su alegría: perdonar. ¡Nos espera siempre! Tal vez alguno en su corazón tiene algo grave: “Pero he hecho esto, he hecho aquello...”. ¡Él te espera! Él es padre: ¡siempre nos espera!
Si nosotros vivimos según la ley “ojo por ojo, diente por diente”, nunca salimos de la espiral del mal. El Maligno es listo, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar el mundo. En realidad sólo la justicia de Dios nos puede salvar. Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo. ¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez por todas al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Os pido algo, ahora. En silencio, todos, pensemos... que cada uno piense en una persona con la que no estamos bien, con la que estamos enfadados, a la que no queremos. Pensemos en esa persona y en silencio, en este momento, oremos por esta persona y seamos misericordiosos con esta persona. [Silencio de oración]
Invoquemos ahora la intercesión de María, Madre de la Misericordia.
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Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia
Viernes 4 y Sábado 5 de marzo
Los confesores están llamados a ser siempre el signo del primado de la misericordia
17. La iniciativa “24 horas para el Señor”, a celebrarse durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.
Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.
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Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud 2016, n. 2
Dios siempre se nos adelanta, nos busca y es el primero que nos encuentra.
El Nuevo Testamento nos habla de la divina misericordia (eleos) como síntesis de la obra que Jesús vino a cumplir en el mundo en el nombre del Padre (cfr. Mt 9, 13). La misericordia de nuestro Señor se manifiesta sobre todo cuando Él se inclina sobre la miseria humana y demuestra su compasión hacia quien necesita comprensión, curación y perdón. Todo en Jesús habla de misericordia, es más, Él mismo es la misericordia.
En el capítulo 15 del Evangelio de Lucas podemos encontrar las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, de la moneda perdida y aquélla que conocemos como la del “hijo pródigo”. En estas tres parábolas nos impresiona la alegría de Dios, la alegría que Él siente cuando encuentra de nuevo al pecador y le perdona. ¡Sí, la alegría de Dios es perdonar! Aquí tenemos la síntesis de todo el Evangelio. «Cada uno de nosotros es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Está en fiesta porque es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón» (Ángelus, 15.IX.13).
La misericordia de Dios es muy concreta y todos estamos llamados a experimentarla en primera persona. A la edad de diecisiete años, un día en que tenía que salir con mis amigos, decidí pasar primero por una iglesia. Allí me encontré con un sacerdote que me inspiró una confianza especial, de modo que sentí el deseo de abrir mi corazón en la Confesión. ¡Aquel encuentro me cambió la vida! Descubrí que cuando abrimos el corazón con humildad y transparencia, podemos contemplar de modo muy concreto la misericordia de Dios. Tuve la certeza que en la persona de aquel sacerdote Dios me estaba esperando, antes de que yo diera el primer paso para ir a la iglesia. Nosotros le buscamos, pero es Él quien siempre se nos adelanta, desde siempre nos busca y es el primero que nos encuentra. Quizás alguno de ustedes tiene un peso en el corazón y piensa: He hecho esto, he hecho aquello… ¡No teman! ¡Él les espera! Él es padre: ¡siempre nos espera! ¡Qué hermoso es encontrar en el sacramento de la Reconciliación el abrazo misericordioso del Padre, descubrir el confesionario como lugar de la Misericordia, dejarse tocar por este amor misericordioso del Señor que siempre nos perdona!
Y tú, querido joven, querida joven, ¿has sentido alguna vez en ti esta mirada de amor infinito que, más allá de todos tus pecados, limitaciones y fracasos, continúa fiándose de ti y mirando tu existencia con esperanza? ¿Eres consciente del valor que tienes ante Dios que por amor te ha dado todo? Como nos enseña San Pablo, «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5, 8). ¿Pero entendemos de verdad la fuerza de estas palabras?
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EL NOMBRE DE DIOS ES MISERICORDIA, IV y V
¿Qué consejos le daría a un sacerdote que se los pidiera, que le preguntara: «Cómo hago para ser un buen confesor»?
Que piense en sus pecados, que escuche con ternura, que le pida al Señor que le dé un corazón misericordioso como el suyo, que no tire nunca la primera piedra porque también él es un pecador necesitado de perdón. Y que trate de parecerse a Dios en su misericordia. Esto es lo que se me ocurre decirle. Debemos ir con la mente y con el corazón a la parábola del hijo pródigo, el más joven de los dos hermanos, que al recibir su parte de la herencia del padre la dilapidó toda llevando una vida disoluta y para sobrevivir se encontró pastoreando cerdos. Admitido su error, regresó a la casa familiar para pedirle a su padre que lo admitiera al menos entre sus siervos, pero el padre, que estaba esperándolo y que escrutaba el horizonte, le salió al encuentro y, antes de que el hijo dijera nada, antes de que admitiera sus pecados, lo abrazó. Esto es el amor de Dios, ésta es su superabundante misericordia. Hay algo sobre lo que meditar, la actitud del hijo mayor, el que se había quedado en casa trabajando con el padre, el que siempre se había portado bien. Él, cuando toma la palabra, es el único que, en el fondo, dice la verdad: «O sea, que yo hace años que te sirvo y no he desobedecido nunca una de tus órdenes, y tú no me has dado jamás un solo cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que regresa este hijo tuyo, que ha malgastado tu fortuna con prostitutas, para él has matado el becerro gordo» (Lc 15, 29-30). Dice la verdad, pero al mismo tiempo se autoexcluye.
¿Demasiada misericordia?
Hace algunos años, en un colegio del norte de Italia, un profesor de religión explicó en sus clases la parábola del hijo pródigo y después pidió a los chicos que escribieran un texto reescribiendo la historia que acababan de escuchar. El final escogido por la inmensa mayoría de los alumnos fue éste: el padre recibe al hijo pródigo, lo castiga severamente y lo obliga a vivir con sus siervos. Así, éste aprende a no despilfarrar todas las riquezas de la familia.
Pero ésta es una reacción humana. La reacción del hijo mayor es humana. En cambio, la misericordia de Dios es divina.
¿Cómo se afronta el complejo del hijo mayor de la parábola? A veces se oye decir que en la Iglesia hay demasiada misericordia. La Iglesia debe condenar el pecado…
La Iglesia condena el pecado porque debe decir la verdad. Dice: «Esto es un pecado». Pero al mismo tiempo abraza al pecador que se reconoce como tal, se acerca a él, le habla de la misericordia infinita de Dios. Jesús ha perdonado incluso a aquellos que lo colgaron en la cruz y lo despreciaron. Debemos volver al Evangelio. Allí vemos que no se habla tan sólo de bienvenida o de perdón, sino que se habla de una «fiesta» para el hijo que regresa. La expresión de la misericordia es la alegría de la fiesta, que encontramos bien expresada en el Evangelio de san Lucas: «Habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión» (Lc 15, 7). No dice: ¡y si después fuera a recaer, volver atrás, cometer más pecados, que se las apañe solo! No, pues a Pedro, que le preguntaba cuántas veces había que perdonar, Jesús le dijo: «Setenta veces siete» (Mt 18, 22), es decir, siempre. Al hijo mayor del padre misericordioso le ha sido permitido decir la verdad sobre lo que ha sucedido, aunque no lo entendiera, entre otras cosas porque el otro hermano cuando ha empezado a acusar no ha tenido tiempo de hablar: el padre lo ha callado y lo ha abrazado. Precisamente porque existe en el mundo el pecado, precisamente porque nuestra naturaleza humana está herida por el pecado original, Dios, que ha entregado a su Hijo por nosotros, no puede más que revelarse como misericordia. Dios es un padre premuroso, atento, dispuesto a acoger a cualquier persona que dé un paso adelante o que tenga el deseo de dar un paso hacia casa. Él está allí contemplando el horizonte, nos aguarda, nos está ya esperando. Ningún pecado humano, por muy grave que sea, puede prevalecer sobre la misericordia o limitarla. Obispo de Vittorio Veneto desde hace algunos años, Albino Luciani celebra ejercicios con los sacerdotes y, comentando la parábola del hijo pródigo, dijo a propósito del Padre: «Él espera. Siempre. Y nunca es demasiado tarde. Es así, Él es así…, es Padre. Un padre que espera en la puerta. Que nos ve cuando aún estamos lejos y se conmueve, y corriendo se echa en nuestros brazos y nos besa tiernamente… Nuestro pecado entonces se convierte casi en una joya que le podemos regalar para proporcionarle el consuelo de perdonar… ¡Quedamos como caballeros cuando se regalan joyas, y no es derrota, sino gozosa victoria dejar ganar a Dios!».
Siguiendo al Señor, la Iglesia está llamada a difundir su misericordia sobre todos aquellos que se reconocen pecadores, responsables del mal realizado, que se sienten necesitados de perdón. La Iglesia no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios. Para que eso suceda, lo repito a menudo, hace falta salir. Salir de las iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar a las personas allí donde viven, donde sufren, donde esperan. El hospital de campo, la imagen con la que me gusta describir esta «Iglesia emergente», tiene la característica de aparecer allí donde se combate: no es la estructura sólida, dotada de todo, donde vamos a curarnos las pequeñas y las grandes enfermedades. Es una estructura móvil, de primeros auxilios, de emergencia, para evitar que los combatientes mueran. Se practica la medicina de urgencia, no se hacen check-up especializados. Espero que el Jubileo extraordinario haga emerger más aún el rostro de una Iglesia que descubre las vísceras maternas de la misericordia y que sale al encuentro de los muchos «heridos» que necesitan atención, comprensión, perdón y amor.
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Regreso a casa
28 de marzo de 2014
“Si quieres conocer la ternura de un padre, prueba a dirigirte a Dios. Prueba, ¡y después me cuentas!”. Es el consejo espiritual que el Papa Francisco dio en la misa que celebró el viernes 28 de marzo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Por más pecados que hayamos cometido, afirmó el Pontífice, Dios nos espera siempre y está dispuesto a acogernos y hacer fiesta con nosotros y por nosotros. Porque es un Padre que jamás se cansa de perdonar y no tiene en cuenta si, al final, el “balance” es negativo: Dios no sabe hacer otra cosa que amar.
Esta actitud, explicó el Papa, se describe bien en la primera lectura de la liturgia, tomada del libro del profeta Oseas (Os 14, 2-10). Es un texto que “nos habla de la nostalgia que Dios, nuestro Padre, siente por todos nosotros que nos hemos ido lejos y nos hemos alejado de Él”. Sin embargo, “¡con cuánta ternura nos habla!”.
Y el Pontífice quiso remarcar precisamente la ternura del Padre. “Cuando oímos la palabra que nos invita a la conversión -¡convertíos!-, quizá nos parezca algo fuerte, porque nos dice que tenemos que cambiar de vida, es verdad”. Pero dentro de la palabra conversión está precisamente “esta nostalgia amorosa de Dios”. Es la palabra apasionada de un “Padre que dice a su hijo: vuelve, vuelve, ¡es hora de volver a casa!”.
“Solamente con esta palabra podemos pasar muchas horas en oración”, afirmó el Pontífice, notando cómo “Dios no se cansa” nunca: lo vemos en “tantos siglos” y “con muchas apostasías del pueblo”. Sin embargo, “Él regresa siempre, porque nuestro Dios es un Dios que espera”. Y así también “Adán salió del Paraíso con una pena y también con una promesa. Y el Señor es fiel a su promesa, porque no puede negarse a sí mismo, ¡es fiel!”.
Por esta razón “Dios nos ha esperado a todos nosotros, a lo largo de la historia”. En efecto, “es un Dios que nos espera siempre”. Y, al respecto, el Papa invitó a contemplar “el hermoso icono del padre y del hijo pródigo”. El evangelio de Lucas (Lc 15, 11-32) “nos dice que el padre vio al hijo desde lejos, porque lo esperaba y todos los días iba a la terraza para ver si volvía su hijo”. El padre, pues, esperaba el regreso de su hijo, y así, “cuando lo vio llegar, salió corriendo y se echó a su cuello”. El hijo, en el camino de retorno, había preparado incluso las palabras que iba a decir para presentarse de nuevo en casa: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero “el padre no lo dejó hablar”, y “con su abrazo le tapó la boca”.
La parábola de Jesús nos permite comprender quién “es nuestro Padre: el Dios que nos espera siempre”. Alguien podría decir: “Pero padre, ¡yo tengo tantos pecados que no sé si Él estará contento!”. La respuesta del Papa es: “¡Prueba! Si quieres conocer la ternura de este Padre, ¡ve a Él y prueba! Después, me cuentas”. Porque “el Dios que nos espera es también el Dios que perdona: el Dios de la misericordia”. Y “no se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa: ¡setenta veces siete! ¡Siempre! ¡Adelante con el perdón!”.
Ciertamente, prosiguió el Papa, “desde el punto de vista de una empresa el balance es negativo, ¡es verdad! Él pierde siempre, pierde en el balance de las cosas. Pero gana en el amor, porque Él es el primero que cumple el mandamiento del amor: Él ama, ¡no sabe hacer otra cosa!”, como recuerda el pasaje evangélico de la liturgia del día (Mc 12, 28-34).
Es un Dios que nos dice, como se lee en el libro de Oseas: “Yo te sanaré porque mi cólera se ha alejado de ti”. Así habla Dios: “¡Yo te llamo para sanarte!”. Hasta tal punto que, explicó el Pontífice, “los milagros que Jesús hacía a muchos enfermos eran también un signo del gran milagro que cada día el Señor nos hace a nosotros cuando tenemos la valentía de levantarnos e ir a Él”.
El Dios que espera y perdona es también “el Dios que hace fiesta”, pero no organizando un banquete, como “aquel hombre rico en cuyo portal estaba el pobre Lázaro. No, ¡esa fiesta no le agrada!”, afirmó el Santo Padre. En cambio, Dios prepara “otro banquete, como el padre del hijo pródigo”. En el texto de Oseas, explicó, Dios nos dice que “también tú florecerás como el lirio”. Es su promesa: hará fiesta por ti, hasta tal punto que “brotarán tus retoños y tendrás el esplendor del olivo y la fragancia del Líbano”.
El Papa Francisco concluyó su meditación reafirmando que “la vida de toda persona, de todo hombre y de toda mujer que tiene la valentía de acercarse al Señor, encontrará la alegría de la fiesta de Dios”. De ahí su deseo final: “Que estas palabras nos ayuden a pensar en nuestro Padre, el Padre que nos espera siempre, que nos perdona siempre y que hace fiesta cuando volvemos”.
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BENEDICTO XVI – Ángelus 2007 y 2010

2007 Domingo 16 de septiembre

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del “hijo pródigo”.
En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa.
Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15, 1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte.
La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón “rico en misericordia”, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: “No juzguéis..., no condenéis...; perdonad y seréis perdonados...; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.
En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo.
La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien ayer contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos.
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2010
Domingo 14 de marzo

Queridos hermanos y hermanas:
En este cuarto domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio del padre y de los dos hijos, más conocido como parábola del “hijo pródigo” (Lc 15,11-32). Este pasaje de san Lucas constituye una cima de la espiritualidad y de la literatura de todos los tiempos. En efecto, ¿qué serían nuestra cultura, el arte, y más en general nuestra civilización, sin esta revelación de un Dios Padre lleno de misericordia? No deja nunca de conmovernos, y cada vez que la escuchamos o la leemos tiene la capacidad de sugerirnos significados siempre nuevos. Este texto evangélico tiene, sobre todo, el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor aún, su corazón. Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos; después reivindica su propia autonomía; y por último —si se da un desarrollo positivo— llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor auténtico.
En estas etapas podemos ver también momentos del camino del hombre en la relación con Dios. Puede haber una fase que es como la infancia: una religión impulsada por la necesidad, por la dependencia. A medida que el hombre crece y se emancipa, quiere liberarse de esta sumisión y llegar a ser libre, adulto, capaz de regularse por sí mismo y de hacer sus propias opciones de manera autónoma, pensando incluso que puede prescindir de Dios. Esta fase es muy delicada: puede llevar al ateísmo, pero con frecuencia esto esconde también la exigencia de descubrir el auténtico rostro de Dios. Por suerte para nosotros, Dios siempre es fiel y, aunque nos alejemos y nos perdamos, no deja de seguirnos con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí. En la parábola los dos hijos se comportan de manera opuesta: el menor se va y cae cada vez más bajo, mientras que el mayor se queda en casa, pero también él tiene una relación inmadura con el Padre; de hecho, cuando regresa su hermano, el mayor no se muestra feliz como el Padre; más aún, se irrita y no quiere volver a entrar en la casa. Los dos hijos representan dos modos inmaduros de relacionarse con Dios: la rebelión y una obediencia infantil. Ambas formas se superan a través de la experiencia de la misericordia. Sólo experimentando el perdón, reconociendo que somos amados con un amor gratuito, mayor que nuestra miseria, pero también que nuestra justicia, entramos por fin en una relación verdaderamente filial y libre con Dios.
Queridos amigos, meditemos esta parábola. Identifiquémonos con los dos hijos y, sobre todo, contemplemos el corazón del Padre. Arrojémonos en sus brazos y dejémonos regenerar por su amor misericordioso. Que nos ayude en esto la Virgen María, Mater misericordiae.
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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

El Hijo pródigo

1439. El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
1465. Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.
1481. La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: “Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.”

CAPITULO PRIMERO: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

1700. La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artículo 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad.

Perdona nuestras ofensas

2839. Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
Dios es fiel a sus promesas
207. Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado (“Yo soy el Dios de tus padres”, Ex 3,6) como para el porvenir (“Yo estaré contigo”, Ex 3,12). Dios que revela su nombre como “Yo soy” se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.
 Solo Dios ES
212. En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de él no hay dioses (cf. Is 44,6). Dios transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la tierra: “Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan...pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años” (Sal 102,27-28). En él “no hay cambios ni sombras de rotaciones” (St 1,17). Él es “El que es”, desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas.

DIOS, “EL QUE ES”, ES VERDAD Y AMOR

214. Dios, “El que es”, se reveló a Israel como el que es “rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. “Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad” (Sal 138,2; cf. Sal 85,11). Él es la Verdad, porque “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5); él es “Amor”, como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8).
Dios perdona los pecados; los pecadores son reintegrados a la comunidad
Sólo Dios perdona el pecado
1441. Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
Reconciliación con la Iglesia
1443. Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9).
La puerta del perdón está siempre abierta para los que se arrepienten
982. No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero” (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).
El pan cotidiano de Israel es el fruto de la Tierra prometida
1334. En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El “cáliz de bendición” (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.
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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Me levantaré e iré a casa de mi padre

El Evangelio de hoy es la parábola del hijo pródigo. Esta parábola no se puede mejorar con nuestras palabras de comentario, se puede sólo estropear. Es una historia y como tal tiene que ser escuchada. Entonces, mi papel será el de prestar la voz a Jesús para que él la haga resonar de nuevo hoy en medio de nosotros, Sólo me pararé, después de cada párrafo, para hacer algún breve subrayado y no dejar de lado ciertos detalles importantes.
«Jesús les dijo...: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la fortuna’. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente».
¡Cuánta tristeza hay en esta primera escena! Ni una palabra de gratitud por parte del hijo al Padre. Ni un pensamiento por el sudor que, posiblemente, le costó al padre poner toda esta herencia junta. El padre queda reducido a ser un transmisor del patrimonio. El patrimonio del padre es todo lo que le interesa a este hijo, no los consejos, los valores, los afectos. Pide su parte de la herencia como si el padre estuviese ya muerto. La herencia, «que me toca»: se acuerda de ser hijo sólo para reivindicar su derecho a la herencia.
Jesús no ha inventado la historia, que narra en su parábola desde la nada: la ha sacado, más bien, de la vida. Se trata, por lo demás, de una situación hoy bastante más frecuente que en sus tiempos. Muchachos que se van de casa dando un portazo; que consumen en la droga o en otros desórdenes el patrimonio paterno, y, después, cuando han consumido el dinero, vuelven de nuevo sin vergüenza, frecuentemente para pedir más, no para pedir perdón. No insisto sobre esto porque la realidad, sobre este punto, es siempre más variada y más triste de cuanto podamos imaginar y son muchos los padres que tienen experiencia de ello. Prosigamos con la lectura:
«Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer».
Ahora, sabemos qué pretendía hacer aquel hijo con su parte de herencia. No servirse de ella como base para construirse él mismo algo en la vida sino para «vivir perdidamente». (El hermano mayor, más tarde, explicitará que «se ha comido tus bienes con malas mujeres»). El resultado en estos casos es el de siempre: terminado el dinero, se acabaron los amigos. El muchacho se encuentra sólo, desprovisto de todo, apacentando cerdos. Es cierto que hoy este no es el trabajo más atractivo para un joven; pero, para un hebreo de aquel tiempo era verdaderamente la mayor degradación, porque el cerdo era considerado como un animal inmundo. Leemos aún:
«Recapacitando entonces, se dijo: ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me ‘pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros’. Se puso en camino a donde estaba su padre».
Al principio del cambio hay un momento en el que el joven «entra en sí mismo», esto es, recapacita. A partir del instante en el que se dice dentro de sí mismo: «he pecado» ya es una persona nueva. Todo lo que sigue no es más que un seguir la decisión tomada. A veces, cuántas cosas extraordinarias surgen por la valentía de volver a entrar dentro de uno mismo, de ponerse al desnudo frente a la propia conciencia. Vayamos adelante:
«Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besado. Su hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’».
Si su padre lo vio «cuando todavía estaba lejos» desde ese momento el protagonista ya no es más el hijo sino el padre; y ello es porque desde el día en que el hijo había partido no había cesado de mirar hacia el horizonte. «Se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo». Ahora, no hay ninguna alusión a su pena, a sus razones, ningún reproche. No le retiene el sentido de dignidad, que le evitaría a un anciano el ponerse a correr. Son sus vísceras paternales las que mandan.
Rembrandt ha plasmado en un famoso cuadro el momento en el que el hijo se arroja a los pies del padre para hacer su confesión. En él llama la atención el vigor del rostro del padre y la ternura con que apoya sus dos manos sobre las espaldas del muchacho. De todo lo que consigo se llevó de su casa no le queda al joven, en este cuadro, más que el puñal (que en aquel tiempo todos llevaban para defenderse de las fieras), un vestido destrozado y unas sandalias, que ya no están puestas ni en los pies. Desde esta imagen se entiende el porqué de lo que sigue en la parábola:
«El padre dijo a sus criados: ‘Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado’. Y empezaron el banquete».
En esta parábola, todo es sorprendente. Nunca Dios había sido pintado con estos trazos para los hombres. Ha tocado más corazones por sí sola esta parábola que todos los discursos de los predicadores puestos juntos. Tiene un poder increíble para actuar sobre la mente, sobre el corazón, sobre la fantasía, sobre la memoria. Sabe tocar las cuerdas más diversas: el sentimiento, la vergüenza, la nostalgia.
Jesús no ha debido inventar esta imagen de Dios desde la nada; la ha chupado, por así decido, con la leche materna. Él ha llevado a la perfección, como Hijo «que está en el seno del Padre», la idea de Dios, que se hace patente en los momentos más encumbrados de la revelación bíblica. En los profetas se habla de un Dios, que da «un vuelco a su corazón», que siente «estremecer las vísceras de compasión» cada vez que se acuerda de Efraín, su hijo primogénito, que no muestra su rostro desdeñado y no conserva para siempre la cólera, sino que se complace de tener misericordia.
Es éste posiblemente el vínculo más profundo que existe entre hebreos y cristianos. No tenemos en común sólo al mismo «padre Abrahán» sino al mismo «Dios Padre». El mismo rostro paterno de Dios brilla y aclara esto. No estamos unidos sólo por el hecho de que unos y otros adoramos a un Dios único y somos dos religiones monoteístas sino, más aún, por la idea de que unos y otros tenemos de este Dios único: un Dios lleno de ternura y de compasión.
En nuestra parábola se habla de un hijo mayor, que permanece en casa y que se resiente, más bien, por la actitud, según él, demasiado débil del padre hacia el hijo menor. En el pasado, a veces, se ha pensado que este «hermano mayor» de la parábola estaba ahí para indicar al pueblo hebreo, celoso del hecho de que Jesús se dirigía a los paganos y a los pecadores. Pero, esto no es exacto. ¡No es cierto en este sentido negativo que Juan Pablo II, en la sinagoga de Roma, ha llamado a los hebreos «nuestros hermanos mayores»! Hermanos mayores porque eran creyentes antes que nosotros en el mismo Dios, en el que nosotros creemos.
De hermanos mayores, en el sentido negativo de la parábola, entre los hebreos los había ciertamente en el tiempo de Jesús. Eran algunos escribas y fariseos intransigentes, cuidadores de la Ley, tacaños y cerrados a toda perspectiva de universalidad de la salvación. Aquellos, a los que Jesús dirigió un día aquella dura frase: «Id, pues, a aprender qué significa: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores’» (Mateo 9,13). Pero, de estos «hermanos mayores» los hay, también, entre nosotros los cristianos y, a veces, por desgracia dentro del mismo confesonario, entre los que debieran personificar, en aquel momento, al padre de la parábola y no al hermano mayor ceñudo y lleno de reproches. El padre es aquel al que importa una sola cosa: que el hijo ha vuelto; el hermano mayor es aquel a quien lo que le importa es «que se ha comido sus bienes con malas mujeres». Frecuentemente, es un falso sentido de la justicia, debido a la formación recibida o al temperamento, para determinar una actitud de intransigencia. Son personas rigurosas consigo y con los demás, mientras que el Evangelio nos quiere rigurosos con nosotros mismos, pero, misericordiosos con los demás.
Hay cristianos que alguna vez han tenido alguna experiencia negativa en este campo y desde aquel día juraron no confesarse más y, desgraciadamente, han mantenido este propósito. Pero, no es justo privarse de un don tal por un incidente del género. En este tiempo de preparación a la Pascua, en el corazón de muchos debiera aflorar más bien el propósito del muchacho de la parábola: «Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado».
¡Cuántos han hecho con el sacramento de la reconciliación la misma experiencia del hijo pródigo! Es una de las alegrías y de los recuerdos más bellos en la vida de un sacerdote. Personas, que se levantan y se alejan con las lágrimas, renacidos literalmente a una nueva vida y que a veces dicen abiertamente: « Yo estaba muerto y he vuelto a la vida». La Eucaristía es el banquete de fiesta, que Dios prepara para cada hijo que vuelve. No es necesario abandonarla durante largo tiempo simplemente porque se tiene hastío de confesarse.
Termino con las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy, que son la mejor conclusión a la parábola: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, ya nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios».
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