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Diumenge III del Temps Ordinari (cicle C): aprenguem a escoltar a Déu

La litúrgia d'avui ens presenta, junts, dos passatges diferents de l'Evangeli de Lluc. El primer (1, 1-4) és el pròleg, dirigit a un tal «Teòfil»; atès que aquest nom en grec significa «amic de Déu», podem veure en ell a cada creient que s'obre a Déu i vol conèixer l'Evangeli. El segon passatge (4, 14-21) ens presenta en canvi a Jesús, que «amb la força de l'Esperit» entra el dissabte en la sinagoga de Natzaret. Com a bon observant, el Senyor no se sostreu al ritme litúrgic setmanal i s'uneix a l'assemblea dels seus paisans en l'oració i en l'escolta de les Escriptures.

Aquest Evangeli ens convida a interrogar-nos sobre la nostra capacitat d'escolta. Abans de poder parlar de Déu i amb Déu, és necessari escoltar-li, i la litúrgia de l'Església és l'«escola» d'aquesta escolta del Senyor que ens parla.

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Misa del día

ANTIFONA DE ENTRADA Sal 95, 1. 6

Canten al Señor un cántico nuevo, hombres de toda la tierra, canten al Señor. Hay brillo y esplendor en su presencia y en su templo, belleza y majestad.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, dirige nuestros pasos de manera que podamos agradarte en todo y así merezcamos en nombre de tu Hijo amado, abundar en toda clase de obras buenas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

El pueblo comprendía la lectura del libro de la ley.

Del libro de Nehemías: 8, 2-4.5-6. 8-10

En aquellos días Esdras, el sacerdote, trajo el libro de la ley ante la asamblea, formada por los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón.

Era el día primero del mes séptimo, y Esdras leyó desde el amanecer hasta el mediodía, en la plaza que está frente a la puerta del Agua, en presencia de los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón. Todo el pueblo estaba atento a la lectura del libro de la ley.

Esdras estaba de pie sobre un estrado de madera, levantado para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista del pueblo, pues estaba en un sitio más alto que todos, y cuando lo abrió, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo entonces al Señor, el gran Dios, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: ¡Amén!”, e inclinándose, se postraron rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicaban el sentido, de suerte que el pueblo comprendía la lectura.

Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que instruían a la gente, dijeron a todo el pueblo: “Éste es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén ustedes tristes ni lloren (porque todos lloraban al escuchar las palabras de la ley). Vayan a comer espléndidamente, tomen bebidas dulces y manden algo a los que nada tienen, pues hoy es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén tristes, porque celebrar al Señor es nuestra fuerza”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 18, 8. 9. 10. 15

R/. Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y hacen sabio al sencillo. R/.

En los mandamientos del Señor hay rectitud y alegría para el corazón; son luz los preceptos del Señor para alumbrar el camino. R/.

La voluntad de Dios es santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R/.

Que sean gratas las palabras de mi boca y los anhelos de mi corazón. Haz, Señor, que siempre te busque, pues eres mi refugio y salvación. R/.

SEGUNDA LECTURA

Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro de él.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 12, 12-30

Hermanos: Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

El cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos. Si el pie dijera: “No soy mano, entonces no formo parte del cuerpo”, ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Y si el oído dijera: “Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo”, ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿con qué oiríamos? Y si todo el cuerpo fuera oído, ¿con qué oleríamos? Ahora bien, Dios ha puesto los miembros del cuerpo cada uno en su lugar, según lo quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

Cierto que los miembros son muchos, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito”; ni la cabeza a los pies: “Ustedes no me hacen falta”. Por el contrario, los miembros que parecen más débiles son los más necesarios. Y a los más íntimos los tratamos con mayor decoro, porque los demás no lo necesitan. Así formó Dios el cuerpo, dando más honor a los miembros que carecían de él, para que no haya división en el cuerpo y para que cada miembro se preocupe de los demás. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; y cuando recibe honores, todos se alegran con él.

Pues bien, ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro de él. En la Iglesia, Dios ha puesto en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas; en tercer lugar, a los maestros; luego, a los que hacen milagros, a los que tienen el don de curar a los enfermos, a los que ayudan, a los que administran, a los que tienen el don de lenguas y el de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos el don de curar? ¿Tienen todos el don de lenguas y todos las interpretan?

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 4, 18

R/. Aleluya, aleluya.

El Señor me ha enviado para llevar a los pobres la buena nueva y anunciar la liberación a los cautivos. R/.

EVANGELIO

Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura.

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 1,1-4; 4,14-21

Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo, desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado.

(Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto), impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, benignamente, nuestros dones, y santifícalos, a fin de que nos sirvan para nuestra salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 33,6

Acudan al Señor; quedarán radiantes y sus rostros no se avergonzarán.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Concédenos, Dios todopoderoso, que al experimentar el efecto vivificante de tu gracia, nos sintamos siempre dichosos por este don tuyo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Leían el libro de la Ley explicando el sentido (Ne 8,2-4a.5-6.8-10)

1ª lectura

El texto de este capítulo forma parte de las «memorias de Esdras» aunque el autor sagrado lo ha situado dentro del relato de la reconstrucción de la ciudad. Resalta así la importancia de la Ley en la configuración de la nueva etapa de la historia del pueblo elegido, que para el autor sagrado comienza con la reconstrucción de su vida nacional y religiosa llevada a cabo por el sacerdote Esdras y el laico Nehemías. No se conoce con exactitud el año que sucedió lo que aquí se narra, ni el contenido exacto de la Ley que fue proclamada en esa ocasión. Posiblemente se trataría de una parte considerable de lo que actualmente constituye el Pentateuco.

La lectura y explicación de la Ley no tuvo lugar en el recinto del Templo; el pueblo se reunió alrededor del estrado preparado al efecto fuera del Santuario. Si desde el reinado de Salomón hasta la caída de Jerusalén en manos de Nabucodonosor la actividad religiosa se había centrado en el culto del Templo, a partir del destierro fue configurándose en torno a la Ley mediante la institución de la sinagoga. Los deportados, al no poder acudir a la Casa del Señor, se reunían en casas particulares o al aire libre para escuchar la lectura de textos legales y proféticos. La reunión solemne, celebrada en una explanada delante de las murallas, testimonia que en esta nueva etapa protagonizada por Esdras la Ley del Señor estaba pasando a ocupar un lugar preferente en la vida religiosa del pueblo, y que era ya más importante que la ofrenda de víctimas para el sacrificio.

Al escuchar la lectura de los mandamientos de la Ley, el pueblo llora porque no cumplen muchos de ellos y podría sobrevenirles un castigo de parte de Dios. Pero Esdras y los levitas les harán comprender que se trata de recomenzar a partir de ese día, considerado, por ello mismo, «santo». Era el día festivo del comienzo del año civil (cfr Lv 23,24-25; Nm 29,1-6).

La proclamación de la Ley aparece ligada a la celebración de la fiesta de las Tiendas. Esa celebración había sido ya mencionada, más brevemente, en Esd 3,4-6, pero ahora presenta la novedad, sin duda debido a la interpretación de Esdras, de que las tiendas se construyen con los ramos cortados en el monte (cfr Lv 23,39-43). De la fiesta de la Expiación, en cambio, que se celebraba el día diez de ese mes (cfr Lv 23,26-32) no se hace mención. Durante los siete días de la fiesta de las Tiendas Esdras sigue haciendo la lectura de la Ley tal como prescribía Dt 31,9-13 para cuando la fiesta caía en año sabático. En estas acciones de Esdras y de los levitas, maestros de la Ley, puede verse el inicio de lo que sería la «gran sinagoga», órgano oficial del judaísmo durante los siglos siguientes para interpretar la Ley y discernir cuáles eran los libros sagrados. La lectura de los libros de la Ley se convierte en lo sucesivo en el medio más importante de encuentro con Dios y escucha de su palabra.

El Cuerpo Místico de Cristo (1 Co 12,12-30)

2ª lectura

De la comparación de la Iglesia con un cuerpo deduce San Pablo dos características importantes: la identificación de la Iglesia con Cristo (v. 12) y el reconocimiento del Espíritu Santo como principio vital (v. 13). La identificación de la Iglesia con Cristo transciende el ámbito de la metáfora: «Cristo entero está formado por la cabeza y el cuerpo, verdad que no dudo que conocéis bien. La cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del Padre. Y su cuerpo es la Iglesia. No esta o aquella iglesia, sino la que se halla extendida por todo el mundo. Ni es tampoco solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que también pertenecen a ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de existir después, hasta el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles —porque todos los fieles son miembros de Cristo—, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza se halle fuera de la vista del cuerpo, sin embargo, está unida por el amor» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 56,1).

El principio de la unidad orgánica de la Iglesia es el Espíritu Santo, que congrega a los fieles en una sociedad y, además, penetra y vivifica a los miembros, ejerciendo el mismo cometido que el alma en el cuerpo físico: «Y para que nos renováramos incesantemente en Él (cfr Ef 4,23) nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio puede ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o alma en el cuerpo humano» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 7).

La unión vital y la mutua acción de unos miembros en otros (v. 26) ha sido enseñada desde el principio por la Iglesia y confesada en el Credo con la fórmula Comunión de los Santos. «Esta expresión designa primeramente las “cosas santas” [sancta], y ante todo la Eucaristía, “que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo” (Lumen gentium, n. 3). Este término designa también la comunión entre las “personas santas” [sancti] en Cristo que ha “muerto por todos”, de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 960 y 961).

«Aspirad a los carismas mejores» (v. 31). Según algunos manuscritos griegos se puede traducir: «Aspirad a carismas mayores». San Pablo alienta a sus cristianos a que, dentro de los múltiples dones del Espíritu Santo, valoren aquellos que son más importantes para el bien de la Iglesia: «El primero y más imprescindible don es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Él (...). Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cfr Col 3,14; Rm 13,10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).

Hoy se ha cumplido esta Escritura (Lc 1,1-4; 4,14-21)

Evangelio

Este año, correspondiente al Ciclo C, la mayor parte de los domingos leeremos los textos del Evangelio según San Lucas. Por eso, el texto de hoy comienza por el prólogo de San Lucas en el que expone, con un excelente lenguaje literario, sus intenciones al componer su obra: escribir una historia bien ordenada y documentada (v. 3) de la vida de Cristo desde sus orígenes, explicando también el significado salvífico de las cosas que se «han cumplido» (v. 1). Es, pues, una historia, pero que descubre en los acontecimientos el cumplimiento de las promesas de Dios: «Los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 18).

A continuación, se nos comienza a relatar la actividad de Jesús en Galilea al inicio de su vida pública. De entrada se ofrece un breve resumen de la actividad de Jesús, que precede a la declaración en la sinagoga de Nazaret (4,14-15). En el centro del mensaje no está tanto la predicación del Reino de Dios, como en los otros sinópticos, sino la Persona misma de Jesús. En las pocas palabras del sumario se vuelve a mencionar al Espíritu: el Espíritu Santo, que intervino activamente en el nacimiento de Jesús y en los episodios de su infancia, es ahora quien gobierna su actividad: tras descender sobre Él en el Bautismo (3,22), le conduce al desierto (4,1) y le impulsa a la misión por Galilea (v. 14), «porque la humanidad de Cristo es un órgano conjunto con la divinidad misma, y por eso Cristo se mueve según el impulso de la divinidad» (Nicolás de Lira, Postilla super Lucam 4).

En el episodio de los vv. 16-20 se presupone el esquema del culto sinagogal de su tiempo. En el sábado, día de descanso y oración para los judíos (Ex 20,8-11), se reunían para instruirse en la Sagrada Escritura. Comenzaba la sesión recitando juntos la Shemá, resumen de los preceptos del Señor, y las dieciocho bendiciones. Después se leía un pasaje del libro de la Ley —el Pentateuco— y otro de los Profetas. El presidente invitaba a alguien de los allí presentes a dirigir la palabra (cfr Hch 13,15). A veces se levantaba alguno voluntariamente para cumplir el encargo. Así debió de ocurrir en esta ocasión. Jesús busca la oportunidad de instruir al pueblo (v. 16), y lo mismo harán después los Apóstoles (cfr Hch 13,5.15.42.44; 14,1; etc.). La reunión terminaba con la bendición sacerdotal (cfr Nm 6,22ss.), recitada por el presidente o un sacerdote si lo había, a la que todos respondían: «Amén».

Jesús lee el pasaje de Isaías 61,1-2, donde el profeta anuncia la llegada del Señor que librará al pueblo de sus aflicciones. Por tanto, hay dos noticias en el pasaje: la salvación que obrará Dios con su pueblo, y el hombre elegido, ungido, por el Señor para llevarla a cabo. Jesús enseña que ambas se cumplen en Él. Por una parte, porque con sus «hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 3). Por otra parte, porque al decir que la profecía se cumple en Él (v. 21), enseña que el mensaje de salvación no es otra cosa que Él mismo: «Al ser Él la “Buena Nueva”, existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 13).

«Por lo cual me ha ungido» (v. 18). «Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo, o ungüento material, sino que fue el Padre quien le ungió al constituirlo Salvador del mundo, y su unción fue en el Espíritu Santo» (S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 21,2).

«El año de gracia del Señor» (v. 19). Alude al año jubilar de los judíos, establecido por la Ley (Lv 25,8ss.) cada cincuenta años, para simbolizar la época de redención y libertad que traería el Mesías. La época inaugurada por Cristo, el tiempo de la Nueva Ley, es «el año de gracia», el tiempo de la misericordia y de la redención, que se alcanzarán cumplidamente en la vida eterna. De manera semejante, la institución del Año Santo en la Iglesia Católica tiene el sentido de anuncio y recuerdo de la Redención traída por Cristo y de su plenitud en la vida futura.

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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I)

Puesto que muchos han emprendido el trabajo de coordinar la narración de las cosas verificadas entre nosotros.

1. Muchas cosas entre nosotros tienen los mismos orígenes y las mismas causas que entre los antiguos judíos: episodios semejantes se desarrollan con el mismo ritmo, con el mismo éxito; los acontecimientos se corresponden desde el comienzo hasta el fin. Pues, así como muchos, animados del Espíritu divino, profetizaron en aquel pueblo; otros, por el contrario, pretendían profetizar y traicionaban su profesión con sus mentiras, pues eran falsos profetas y no profetas, como Ananías, hijo de Azot. Ese pueblo tenía el don del discernimiento de espíritus para conocer a los que debía contar entre el número de los profetas y a los que, como un cajero experto, debía rechazarlos como fabricados de materia corrompida, desprovista del brillo y resplandor de la verdad. Del mismo modo, ahora, en la Nueva Alianza, han intentado escribir evangelios que los cajeros experimentados no han aprobado: uno tan solo, escrito en cuatro libros, les ha parecido digno de ser retenido.

2. Se cita otro evangelio que se dice escrito por los Doce. Basílides no ha temido escribir uno que se llama evangelio según Basílides. Se habla también de otro intitulado evangelio según Tomás. Yo he conocido otro atribuido a Matías. Hemos leído algunos, para que no se lean; los hemos leído para no ignorarlos; los hemos leído, no para retenerlos, sino para rechazarlos y para saber de qué se exalta el corazón de estos infatuados. Sin embargo, la Iglesia, con los cuatro libros del Evangelio que ella posee, llena el universo con sus evangelistas; con todos sus libros, los herejes no tienen ni siquiera uno. “Muchos”, en efecto, “han intentado”, pero les ha faltado la gracia de Dios. Muchos han recogido en una síntesis lo que en los cuatro evangelios les ha parecido más conforme con sus doctrinas envenenadas. De este modo, la Iglesia, que sólo tiene un evangelio, no enseña más que un solo Dios; mientras que ellos, con la distinción del Dios del Antiguo Testamento del Dios del Nuevo Testamento, han establecido, con la ayuda de muchos evangelios, no un solo Dios, sino muchos.

3. Como muchos, dice, han intentado. Han intentado, evidentemente, los que no pudieron acabar. Muchos, pues, han comenzado, pero no han acabado. Nos rubrica esto San Juan, con un testimonio explícito, cuando nos dice que muchos han comenzado. El que ha intentado lo ha hecho con un esfuerzo personal, y no ha terminado. No existe esfuerzo en los dones y en la gracia de Dios, que, cuando se difunde en un lugar, lo fertiliza tanto que la esterilidad cede su lugar a la abundancia. Ningún esfuerzo en Mateo, ningún esfuerzo en Marcos, ningún esfuerzo en Juan, ningún esfuerzo en Lucas, sino que ilustrados por el Espíritu Santo de todo: palabras y hechos, ellos han concluido su obra sin ningún esfuerzo. Tiene, pues, razón en decir: Puesto que muchos han emprendido el trabajo de coordinar la narración de las cosas verificadas entre nosotros o que abundan en nosotros.

4. La abundancia no deja lugar a desear; y en cuanto al feliz término, nadie lo duda, pues el resultado da fe de ello y el éxito testimonio. Así el Evangelio ha sido terminado y se extiende sobre todos los fieles del mundo entero, fertilizando todas las inteligencias y robusteciendo todos los corazones. Luego aquel que, fundado sobre la piedra, ha recibido con la plenitud de la fe una constancia inquebrantable, dice rectamente que se han cumplido entre nosotros; pues no son los milagros ni los prodigios, sino la inteligencia, la que hace discernir lo verdadero de lo falso a los que describen lo que el Señor ha hecho por nuestra salvación o que aplican su corazón a sus maravillas. ¿Qué hay tan razonable, cuando lees que aquellas cosas que han sido hechas superiores al hombre se han de atribuir a una naturaleza superior, y cuando se encuentran signos de mortalidad, hay que ver las afecciones del cuerpo que ha sido revestido? De esta forma, la inteligencia y la razón, no los milagros, son los que sirven de base a nuestra fe.

5. Como nos las trasmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y después ministros de la palabra. Esta frase no debe hacernos creer más en el misterio de la palabra que en escucharla. No se trata de una palabra articulada, sino de este verbo sustancial que se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. Comprendámoslo bien, los apóstoles no han sido ministros de una palabra cualquiera, sino de este Verbo divino. Sin embargo, se lee en el Éxodo que “el pueblo veía la voz del Señor”, es claro que la voz no se ve, sino que se oye; ¿qué es, pues, la voz, sino un sonido que no se ve con los ojos, sino que se percibe con los oídos? Por lo tanto, un pensamiento profundo es el que ha determinado a Moisés a afirmar que se ve la voz de Dios; se ve en la contemplación de la mente. Más en el Evangelio no es la voz lo que se ve, sino el Verbo, que es superior a la voz. Por eso dice el evangelista San Juan: Lo que era desde el principio; lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos tocaron acerca del Verbo de la Vida; y la vida se manifestó, y la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna, la vida que estaba cabe Dios, y se manifestó a nosotros.

Has visto que el Verbo de Dios ha sido visto y también oído por los apóstoles. Han visto al Señor no sólo en su cuerpo, sino también en cuanto es Verbo; han visto al Verbo aquellos que con Moisés y Elías han visto la gloria del Verbo. Han visto a Jesús los que lo han visto en su gloria, no los otros que no han podido ver más que su cuerpo; pues no se ve a Jesús con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma.

6. Más aún, los judíos, viéndole, no le han visto. Abrahán lo vio, porque está escrito: Abrahán ha visto mi día y se ha regocijado. Luego Abrahán lo ha visto, y es cierto que no ha visto al Señor en su cuerpo. Mas verlo en espíritu es verlo corporalmente; por el contrario, verlo corporalmente sin verlo en espíritu, equivale a no ver corporalmente al que veían. Isaías lo ha visto y, como él lo veía en espíritu, lo ha visto igualmente en su cuerpo. ¿No ha dicho él: No había en El ni apariencia ni hermosura? Los judíos no lo han visto: Se entenebreció su insensato corazón. El mismo nos atestigua en otro lugar que no podía ser visto por los judíos: ¡Guías de ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! No lo vio Pilatos, ni lo vieron los que gritaban: Crucifícale, crucifícale; si le hubiesen conocido, jamás hubiesen crucificado al Señor de la gloria Ver a Dios es, pues, ver al Emmanuel, es decir, a Dios con nosotros. El que no ha visto a Dios con nosotros no ha podido ver a Aquel que una Virgen ha dado a luz. Los que no creyeron en el Hijo de Dios, tampoco han creído en el Hijo de la Virgen.

7. ¿Qué es, pues, ver a Dios? No me lo preguntéis a mí; preguntadlo al Evangelio, preguntadlo al mismo Señor; o mejor, escuchadle: Felipe, quien me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy con el Padre, y el Padre está en mí? No se ve el cuerpo en el cuerpo, ni el espíritu en el espíritu, sino que sólo el Padre se ve en el Hijo, como este Hijo en su Padre. No se ve al uno en el otro, en efecto, como personajes desemejantes; sino que desde el momento que existe una unidad de operación y de actividad, se ve al Hijo en el Padre y al Padre en el Hijo. Las obras que yo realizo, dice, también Él las realiza Se ve a Jesús en sus obras, y en las obras del Hijo se ve también al Padre. Se ve a Jesús viendo el misterio que Él realiza en Galilea; pues nadie sino el Señor del mundo puede transformar los elementos. Veo a Jesús cuando leo que ungió con lodo los ojos del ciego y le devolvió la vista, pues reconozco en El al que ha formado al hombre del barro y le infundió el espíritu de vida y la luz para ver. Veo a Jesús cuando El perdona los pecados, pues nadie puede perdonar los pecados sino sólo Dios Veo a Jesús cuando resucita a Lázaro, y los testigos oculares no lo vieron. Veo a Jesús, veo también al Padre, cuando elevo los ojos al cielo, cuando los dirijo hacia el mar o los vuelvo sobre la tierra, pues los atributos invisibles de Dios resultan visibles por la creación del mundo.

8. Como nos las trasmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y después ministros de la palabra. El hombre perfecto posee una doble facultad: la intención y la ejecución. El santo evangelista ve estas dos facultades en los apóstoles: no sólo, dice, han visto la Palabra, sino también que le han servido. La intención se relaciona con la visión, y la ejecución con el servicio; más el término de la intención es la ejecución, y el principio de la ejecución es la intención. Usando un ejemplo de los propios apóstoles, intención es cuando Pedro y Andrés, al oír la voz del Señor que decía: Yo os haré pescadores de hombres, sin demora alguna dejaron la barca y siguieron al Verbo. Pero la ejecución no es simultánea a la intención. Del mismo modo, no hay todavía ejecución, sino intención, cuando Pedro dice: Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Mi vida daré por ti Había intención del martirio, pero no su realización; aunque ésta ya se encuentra en los ayunos, en las vigilias, en el desprecio de los placeres corporales; pues ésa es la acción del cristiano.

No es necesario que en todas las cosas la intención y la ejecución sean simultáneas, sino que lo que es la ejecución de una cosa, no es todavía más que la intención con relación a otra. Esto mismo había asentado ya Pedro con energía y constancia apostólica; por eso, cuando el Señor le dijo más tarde: Tú, sígueme, él tomó su cruz, siguió al Verbo y conoció la realidad del martirio.

9. Pero supongamos que en Pedro, Andrés, Juan y en los demás apóstoles, la ejecución ha sido a la medida de la intención. No es menos verdadero que a veces la intención sobrepasa la ejecución, o la ejecución a la intención. Esta es la diferencia que el Evangelio nos muestra entre Santa María y Santa Marta: pues la una escuchaba la palabra y la otra se preocupaba del servicio: Y presentándose, dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el servicio? Dile, pues, que venga a ayudarme. Y respondiendo le dijo el Señor: Marta, Marta, María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada Luego, predomina en una la atención amante y en la otra la actividad del servicio. Por lo mismo, en ambas se encontraba el celo de estas dos virtudes: si Marta no hubiese escuchado la Palabra, no se hubiera puesto a su servicio; su actividad es índice de su atención; y en cuanto a María, tanto había progresado en la una y otra virtud, que le fue dado ungir los pies de Jesús, enjugarlos con sus cabellos y llenar la casa con el perfume de su fe.

Sucede a veces que el estudio es muy grande y la ejecución estéril, como si alguien se ocupase de la medicina y conociese todas las reglas médicas y no las aplicase, si bien la esterilidad de la realización supone también la del estudio. En algunos, por el contrario, el acto podrá ser más rico y la intención más pobre como si alguien recibiese el sacramento salvador del bautismo, mas no quisiera conocer las reglas de las diversas virtudes; con frecuencia esta negligencia en la atención hace perder el fruto del acto.

Es necesario, por consiguiente, buscar la plenitud de las dos virtudes, la cual ha sido dada a los apóstoles, de los cuales se ha dicho: Los que desde el principio han visto y han servido; para que se entienda por la visión su deseo de conocer a Dios, y por el servicio se declare su actividad.

10. Me ha parecido bien. Puede ser que no haya sido el único en encontrar bueno lo que él declara haberle parecido bien; no, la voluntad del hombre no es la única para encontrar el bien, sino que tal ha sido el agrado de Aquel que habla en mí, Cristo, que hace que esto que es bueno, pueda también parecernos así. Él llama a aquel del cual se apiada. Por eso el que sigue a Cristo puede responder si se le pregunta por qué ha querido ser cristiano: Porque me ha parecido bien; y al hablar así, no niega que Dios lo ha encontrado bueno: Es Dios, en efecto, el que prepara la voluntad humana. Si Dios es honrado por un santo, es gracia de Dios. Muchos han querido escribir el evangelio; mas sólo cuatro, que han merecido la gracia divina, han sido recibidos.

11. Me ha parecido bien, después de haberlas investigado todas escrupulosamente desde su origen y orden. Que este evangelio es más largo que los demás nadie lo duda. Y, por lo mismo, no reivindica para sí lo que es falso, sino lo verdadero. Por lo demás, ha merecido que el mismo apóstol San Pablo dé testimonio de su exactitud. Así alaba a San Lucas: Cuyo elogio en la predicación del Evangelio está difundido por todas las iglesias Es con toda verdad digno de elogios el que ha merecido ser alabado por el gran Doctor de los Gentiles. Él ha investigado, dice, no un poco, sino todo; y cuando ha tenido conocimiento de todo, le ha parecido bien no escribir todo, sino un extracto de este todo; pues él no ha escrito todo, mas todo lo ha conocido. Hay muchas cosas que hizo Jesús, se ha dicho, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo cabrían los libros que se escribieran Se notará que ha omitido deliberadamente lo que había sido escrito por los otros; de este modo, diversas gracias refulgen en el evangelio, y cada libro tiene sus milagros, sus misterios, sus acciones propias que lo distinguen. Los soldados dividieron para sí los vestidos de Cristo, como en su lugar explicaremos más detenidamente.

12. Este evangelio ha sido escrito para Teófilo, es decir, para el que es amado por Dios. Si amas a Dios, para ti ha sido escrito; si para ti ha sido escrito, recibe este regalo del evangelista, conserva con cuidado en lo más profundo de tu corazón este recuerdo de un amigo: Guarda el precioso depósito por el Espíritu Santo, que habita en nosotros; míralo con frecuencia, examínalo a menudo. La fidelidad es el primer deber para un depósito; a la fidelidad sigue la diligencia para que este depósito no sea atacado por la polilla o el hollín; pues lo que se nos ha confiado puede ser atacado. El Evangelio es un precioso depósito, más ten cuidado no sea atacado en tu corazón por la polilla o el hollín. Es atacado por la polilla si, habiéndolo leído bien, lo crees mal.

13. La polilla es la herejía, la polilla es Fotino, tu polilla es Arrio. Rompe el vestido el que separa el Verbo de Dios. Fotino rompe el vestido cuando él lee: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y Dios era; la integridad del vestido pide que se lea: Y el Verbo era Dios. Rompe el vestido el que separa Cristo de Dios. Se rompe el vestido si se lee: Esta es la vida eterna, el conocerte a ti, solo verdadero Dios; hay que reconocer también a Cristo, pues conocer al Padre sólo como verdadero Dios, no es toda la vida eterna; sino conocer igualmente a Cristo como Dios verdadero, Verdad de Verdad, Dios de Dios, he aquí la vida sin fin. Es polilla conocer a Cristo sin creer en su divinidad o en el sacramento de su cuerpo. Polilla es Arrio, polilla es Sabelio. Estas polillas atacan a los espíritus fluctuantes, estas polillas atacan al espíritu que no cree que el Padre y el Hijo son una sola divinidad. Rompe lo que está escrito: Mi Padre y yo somos una sola cosa, el que divide esta unidad en sustancias distintas. Esta polilla ataca al espíritu que no cree que Jesucristo ha venido en la carne, y él mismo es polilla, pues es el anticristo. Por el contrario, los que son de Dios conservan la fe y no pueden ser atacados por la polilla que corroe el vestido. Todo lo que está dividido en sí mismo, como el reino de Satanás, no puede durar para siempre.

14. Existe también el hollín del corazón cuando los placeres terrenos apartan la atención de las cosas santas o la pureza de la fe es alterada por la nube del error. El hollín del alma es el deseo, de las riquezas; el hollín del alma es la negligencia; el hollín del alma es la pasión de los honores si se coloca en estas cosas toda la esperanza de la vida presente.

Tornémonos, pues, hacia las cosas de Dios, agudicemos nuestro espíritu, ejercitemos nuestro amor, a fin de tener siempre preparada, siempre brillante, encerrada, por así decirlo, en la vaina del alma, la espada que el Señor manda comprar vendiendo el vestido. Pues las armas espirituales, poderosas en manos de Dios para allanamiento de fortalezas, han de ser portadas siempre por los soldados de Cristo, para que cuando llegue el jefe de la milicia celeste, ofendido del mal estado de nuestras armas, no nos excluya de sus legiones.

(L.1, 1-14, BAC Madrid 1966, pág. 49-60)

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FRANCISCO – Ángelus 2016 y Homilías en Santa Marta

Ángelus 2016

Evangelizar a los pobres

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el evangelio de hoy el evangelista Lucas antes de presentar el discurso programático de Jesús de Nazaret, resume brevemente la actividad evangelizadora. Es una actividad que Él realiza con la potencia del Espíritu Santo: su palabra es original, porque revela el sentido de las Escrituras, es una palabra que tiene autoridad, porque ordena incluso a los espíritus impuros, y estos le obedecen (cf. Mc 1, 27). Jesús es diferente de los maestros de su tiempo: por ejemplo, Jesús no abrió una escuela dedicada al estudio de la Ley, sino que sale para predicar y enseñar por todas partes: en las sinagogas, por las calles, en las casas, siempre moviéndose. Jesús también es distinto de Juan el Bautista, quien proclama el juicio inminente de Dios, mientras que Jesús anuncia su perdón de Padre.

Y ahora imaginémonos que también nosotros entramos en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde Jesús creció hasta aproximadamente sus 30 años. Lo que allí sucede es un hecho importante que delinea la misión de Jesús. Él se levanta para leer la Sagrada Escritura. Abre el pergamino del profeta Isaías, el pasaje donde está escrito: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18). Después, tras un momento de silencio lleno de expectativa por parte de todos, dice, para sorpresa general: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (v. 21).

Evangelizar a los pobres: esta es la misión de Jesús, como Él dice; esta es también la misión de la Iglesia y de cada bautizado en la Iglesia. Ser cristiano y ser misionero es la misma cosa. Anunciar el Evangelio con la palabra y, antes aún, con la vida, es la finalidad principal de la comunidad cristiana y de cada uno de sus miembros. Se nota aquí que Jesús dirige la Buena Nueva a todos, sin excluir a nadie, es más, privilegiando a los más lejanos, a quienes sufren, a los enfermos y a los descartados por la sociedad.

Preguntémonos: ¿Qué significa evangelizar a los pobres? Significa, antes que nada, acercarlos, tener la alegría de servirles, liberarlos de su opresión, y todo esto en el nombre y con el Espíritu de Cristo, porque es Él el evangelio de Dios, es Él la misericordia de Dios, es Él la liberación de Dios, es Él que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza. El texto de Isaías, reforzado por pequeñas adaptaciones introducidas por Jesús, indica que el anuncio mesiánico del Reino de Dios que vino entre nosotros se dirige de manera preferencial a los marginados, a los prisioneros y a los oprimidos.

Probablemente en el tiempo de Jesús estas personas no estaban en el centro de la comunidad de fe. Podemos preguntarnos: hoy, en nuestras comunidades parroquiales, en las asociaciones, en los movimientos, ¿somos fieles al programa de Cristo? La evangelización de los pobres, llevarles el feliz anuncio, ¿es la prioridad? Atención: no se trata sólo de dar asistencia social, menos aún de hacer actividad política, Se trata de ofrecer la fuerza del Evangelio de Dios que convierte los corazones, sana las heridas, transforma las relaciones humanas y sociales, de acuerdo a la lógica del amor. Los pobres, de hecho, están en el centro del Evangelio.

Que la Virgen María, Madre de los evangelizadores, nos ayude a sentir fuertemente el hambre y la sed del evangelio que hay en el mundo, especialmente en el corazón y en la carne de los pobres. Y obtenga para cada uno de nosotros y para cada comunidad cristiana poder dar testimonio concreto de la misericordia, la gran misericordia que Cristo nos ha donado.

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El Evangelio en el bolsillo

1 de septiembre de 2014

“Jesús está presente en la Palabra de Dios y nos habla”. He aquí por qué “la Palabra de Dios es distinta incluso de la palabra humana más elevada”. Y nosotros debemos acercarnos a ella “con el corazón abierto de las bienaventuranzas y con humildad”. Por ello el Papa Francisco volvió a proponer la sugerencia de llevar siempre consigo una pequeña edición de bolsillo del Evangelio para leerlo cuando sea posible y “encontrar” así a Jesús. Lo propuso de nuevo en la misa que celebró el lunes 1 de septiembre, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Retomando las celebraciones eucarísticas de la mañana abiertas a grupos de fieles -tras el período de pausa de julio y agosto- el Pontífice hizo una reflexión sobre la Palabra de Dios centrada en las dos lecturas propuestas por la liturgia, tomadas respectivamente de la primera carta de san Pablo a los Corintios (1Co 2, 1-5) y del Evangelio de Lucas (Lc 4, 16-30).

En la primera, destacó, san Pablo “recuerda a los Corintios cómo había sido su predicación, cómo él había anunciado el Evangelio”. Y explica: “Mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu”. Pablo, añadió el Papa, sigue diciendo que no se presentó para convencer a sus interlocutores “con discursos, con palabras, incluso con hermosas figuras”. El apóstol, en cambio, eligió “otro modo, otro estilo”, es decir “la manifestación del Espíritu y su poder”.

En esencia, continuó el Pontífice, el apóstol recuerda que “la Palabra de Dios es algo distinto, algo que no es igual a una palabra humana, a una palabra sabia, a una palabra científica, a una palabra filosófica”. La Palabra de Dios, en efecto, “es otra cosa, viene de otro modo”: es “distinta” porque “así habla Dios”.

Lo confirma san Lucas en el pasaje evangélico que relata sobre Jesús en la sinagoga de Nazaret, “donde se había criado” y donde todos “lo conocían desde pequeño”. En ese contexto, explicó el Papa, Él “comenzó a hablar y la gente lo escuchaba”, comentando: “¡Qué interesante!”. Luego “daban testimonio: estaban maravillados por las palabras que decía”. Y entre ellos comentaban: “Míralo, mira a este. ¡Qué bien lo hace este muchachito que nosotros conocemos! (...) ¿Dónde habrá estudiado?”.

Pero, destacó el Pontífice, Jesús “los detiene” y les dice: “En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo”. Así, pues, a cuantos lo escuchaban en la sinagoga “al inicio” les parecía “algo hermoso y aceptaban ese estilo de conversación y de acogida”. Pero “cuando Jesús comenzó a dar la Palabra de Dios se enfurecieron y querían matarlo”. Así, “se pasaron de una parte a la otra, porque la Palabra de Dios es algo distinto respecto a la palabra humana, incluso de la palabra humana más elevada, la palabra humana más filosófica”.

Y entonces, se preguntó el Papa Francisco, “¿cómo es la Palabra de Dios?”. La Carta a los Hebreos (Hb 1, 1), afirmó, “comienza diciendo que, en los tiempos antiguos, Dios nos habló y habló a nuestros padres por los profetas. Pero en estos tiempos, en la etapa final de este mundo, nos ha hablado en el Hijo”. O sea, “la Palabra de Dios es Jesús, Jesús mismo”. Es lo que predica Pablo diciendo: “Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”.

Esta es “la Palabra de Dios, la única Palabra de Dios”, explicó el Papa. Y “Jesucristo es motivo de escándalo: la Cruz de Cristo escandaliza. Y ella es la fuerza de la Palabra de Dios: Jesucristo, el Señor”.

Por ello es tan importante, según el Pontífice, preguntarse: “¿Cómo debemos recibir la Palabra de Dios?”. La respuesta es clara: “Como se recibe a Jesucristo. La Iglesia nos dice que Jesús está presente en la Escritura, en su Palabra”. Por este motivo, añadió, “yo aconsejo muchas veces que se lleve siempre un pequeño Evangelio” -además, comprarlo “cuesta poco”, añadió sonriendo- para tenerlo “en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje del Evangelio”. Un consejo práctico, dijo, no tanto “para aprender” algo, sino “para encontrar a Jesús, porque Jesús está precisamente en su Palabra, en su Evangelio”. Así, “cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús”.

¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? “Se debe recibir -afirmó el obispo de Roma- como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo”. Tal es así que “Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret” con estas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”.

En definitiva, “Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo”. Así, recomendó el Papa Francisco, “también nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas”. Así, pues, tener “un corazón como el corazón de las bienaventuranzas”.

Si “Jesús está presente en la Palabra de Dios” y “nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día -sugirió el Pontífice- preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios?”. Una pregunta esencial, concluyó el Papa Francisco, renovando el consejo de llevar siempre consigo el Evangelio para leer un pasaje cada día.

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Del estupor al poder

20 de abril de 2015

El cristiano debe cuidarse de la «tentación» de pasar del «estupor religioso del encuentro con el Señor» al cálculo para aprovecharse de ello con el fin de obtener poder, cediendo de ese modo al espíritu de mundanidad. Es la recomendación del Papa Francisco.

Su reflexión se inspiró en los textos propuestos por la liturgia. El Evangelio, recordó el Papa, «dice que, después del ayuno y las tentaciones en el desierto, Jesús estaba lleno de la fuerza del Espíritu y comenzó a predicar». Así «fue a Nazaret, donde se había criado». Y «allí anuncia su misión con ese pasaje del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha consagrado con la unción para llevar la buena noticia a los pobres, a los prisioneros la liberación, a los ciegos la vista, a los oprimidos la libertad, y anunciar el año de gracia del Señor”».

Precisamente «este -afirmó el Papa Francisco- era su programa, esta era su misión». Jesús concluye su discurso diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura». Así, pues, inicia su misión con el anuncio. Luego «comienza a hacer los milagros, los signos, las curaciones: esas curaciones que la gente contemplaba» y así «creía en Él y le llevaban a los enfermos». Pero «Jesús hacía esto porque era su misión». He aquí, entonces, «otro pasaje, las catequesis de Jesús: que enseñaba al pueblo con las bienaventuranzas, con muchas parábolas».

Así, destacó el Papa, «vemos tres pasos: el anuncio de su misión, su trabajo de traer la salud, el bien, la curación, y las catequesis». Y «la gente lo seguía y decía: “Nunca hemos escuchado a un hombre hablar así”». En realidad, reconocían que hablaba «como uno que tiene autoridad, esa fuerza del Espíritu que tenía Jesús» (…).

«El Señor nos despierta con el testimonio de los santos, con el testimonio de los mártires que cada día nos anuncian que ir por el camino de Jesús es su misión: anunciar el año de gracia». El Evangelio dice que «la gente entiende la amonestación de Jesús» y por eso le pregunta: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les responde: «Esta es la obra de Dios: que creáis en Aquel que ha enviado». Es decir, «la fe en Él, sólo en Él; la confianza en Él y no en otras cosas que nos llevarán, al final, lejos de Él».

Antes de proseguir con la celebración, «con Él presente sobre el altar», el Papa Francisco pidió al Señor en la oración «que nos dé esa gracia del estupor del encuentro y que nos ayude a no caer en el espíritu de mundanidad, es decir, ese espíritu que detrás o bajo un barniz de cristianismo nos llevará a vivir como paganos».

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2010 y 2013

2010

La Iglesia prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado

Queridos hermanos y hermanas:

Entre las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy está el célebre texto de la primera carta a los Corintios en el que san Pablo compara a la Iglesia con el cuerpo humano. El Apóstol escribe: “Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12, 12-13). La Iglesia es concebida como el cuerpo, cuya cabeza es Cristo, y forma con él una unidad. Sin embargo, lo que al Apóstol le interesa comunicar es la idea de la unidad en la multiplicidad de los carismas, que son los dones del Espíritu Santo. Gracias a ellos, la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que lleva a todos a una unidad profunda, asumiendo las diversidades sin abolirlas y realizando un conjunto armonioso. La Iglesia prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, especialmente mediante los sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y los ministerios distribuidos en la comunidad. Por eso, precisamente en Cristo y en el Espíritu la Iglesia es una y santa, es decir, una íntima comunión que trasciende las capacidades humanas y las sostiene.

Me complace subrayar este aspecto mientras estamos viviendo la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”, que concluirá mañana, fiesta de la Conversión de san Pablo. Según la tradición, por la tarde celebraré las Vísperas en la basílica de San Pablo Extramuros, con la participación de los representantes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Roma. Invocaremos de Dios el don de la plena unidad de todos los discípulos de Cristo y, en particular, según el tema de este año, renovaremos el compromiso de ser juntos testigos del Señor crucificado y resucitado (cf. Lc 24, 48). La comunión de los cristianos hace más creíble y eficaz el anuncio del Evangelio, como afirmó el propio Jesús pidiendo al Padre en la víspera de su muerte: “Que todos sean uno..., para que el mundo crea” (Jn 17, 21).

Por último, queridos amigos, deseo recordar la figura de san Francisco de Sales, cuya memoria litúrgica se celebra el 24 de enero. Nacido en Savoya en 1567, estudió derecho en Padua y en París y, llamado por el Señor, se hizo sacerdote. Se dedicó con grandes frutos a la predicación y a la formación espiritual de los fieles, enseñando que la llamada a la santidad es para todos y que cada uno —como dice san Pablo con la comparación del cuerpo— tiene su lugar en la Iglesia. San Francisco de Sales es patrono de los periodistas y de la prensa católica. A su asistencia espiritual encomiendo el Mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales, que firmo cada año en esta ocasión y que ayer se presentó en el Vaticano.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos conceda progresar siempre en la comunión, para transmitir la belleza de ser uno en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

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2013

El domingo, la escucha y la conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos presenta, juntos, dos pasajes distintos del Evangelio de Lucas. El primero (1, 1-4) es el prólogo, dirigido a un tal «Teófilo»; dado que este nombre en griego significa «amigo de Dios», podemos ver en él a cada creyente que se abre a Dios y quiere conocer el Evangelio. El segundo pasaje (4, 14-21) nos presenta en cambio a Jesús, que «con la fuerza del Espíritu» entra el sábado en la sinagoga de Nazaret. Como buen observante, el Señor no se sustrae al ritmo litúrgico semanal y se une a la asamblea de sus paisanos en la oración y en la escucha de las Escrituras. El rito prevé la lectura de un texto de la Torah o de los Profetas, seguida de un comentario. Aquel día Jesús se puso en pie para hacer la lectura y encontró un pasaje del profeta Isaías que empieza así: «El Espíritu del Señor está sobre mí, / porque el Señor me ha ungido. / Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres» (61, 1-2). Comenta Orígenes: «No es casualidad que Él abriera el rollo y encontrara el capítulo de la lectura que profetiza sobre Él, sino que también esto fue obra de la providencia de Dios» (Homilías sobre el Evangelio de Lucas, 32, 3). De hecho, Jesús, terminada la lectura, en un silencio lleno de atención, dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21). San Cirilo de Alejandría afirma que el «hoy», situado entre la primera y la última venida de Cristo, está ligado a la capacidad del creyente de escuchar y enmendarse (cf. pg 69, 1241). Pero en un sentido aún más radical, es Jesús mismo «el hoy» de la salvación en la historia, porque lleva a cumplimiento la plenitud de la redención. El término «hoy», muy querido para san Lucas (cf. 19, 9; 23, 43), nos remite al título cristológico preferido por el mismo evangelista, esto es, «salvador» (sōtēr). Ya en los relatos de la infancia, éste es presentado en las palabras del ángel a los pastores: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 11).

Queridos amigos, este pasaje «hoy» nos interpela también a nosotros. Ante todo nos hace pensar en nuestro modo de vivir el domingo: día de descanso y de la familia, pero antes aún día para dedicar al Señor, participando en la Eucaristía, en la que nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo y de su Palabra de vida. En segundo lugar, en nuestro tiempo dispersivo y distraído, este Evangelio nos invita a interrogarnos sobre nuestra capacidad de escucha. Antes de poder hablar de Dios y con Dios, es necesario escucharle, y la liturgia de la Iglesia es la «escuela» de esta escucha del Señor que nos habla. Finalmente, nos dice que cada momento puede convertirse en un «hoy» propicio para nuestra conversión. Cada día (kathēmeran) puede convertirse en el hoy salvífico, porque la salvación es historia que continúa para la Iglesia y para cada discípulo de Cristo. Este es el sentido cristiano del «carpe diem»: aprovecha el hoy en el que Dios te llama para darte la salvación.

Que la Virgen María sea siempre nuestro modelo y nuestra guía para saber reconocer y acoger, cada día de nuestra vida, la presencia de Dios, Salvador nuestro y de toda la humanidad.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

La espera en el Antiguo Testamento del Mesías y del Espíritu

714. Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

«El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido.

Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,

a proclamar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

para dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor».

La nueva Ley y el Evangelio

III. La Ley nueva o Ley evangélica

1965. La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la Montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por él viene a ser la ley interior de la caridad: “Concertaré con la casa de Israel una alianza nueva [...] pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Hb 8, 8-10; cf Jr 31, 31-34).

1966. La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Actúa por la caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de realizarlo:

«El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de san Mateo, encontrará en él sin duda alguna cuanto se refiere a las más perfectas costumbres cristianas, al modo de la carta perfecta de la vida cristiana [...] He dicho esto para dejar claro que este sermón es perfecto porque contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana» (San Agustín, De sermone Domine in monte, 1, 1, 1).

1967. La Ley evangélica “da cumplimiento” (cf Mt 5, 17-19), purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las “Bienaventuranzas” da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al “Reino de los cielos”. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

1968. La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella sus virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf Mt 15, 18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial (cf Mt 5, 48), mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina (cf Mt 5, 44).

1969. La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al “Padre [...] que ve en lo secreto”, por oposición al deseo “de ser visto por los hombres” (cf Mt 6, 1-6; 16-18). Su oración es el Padre Nuestro (Mt 6, 9-13).

1970. La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre “los dos caminos” (cf Mt 7, 13-14) y la práctica de las palabras del Señor (cf Mt 7, 21-27); está resumida en la regla de oro: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque ésta es la ley y los profetas” (Mt 7, 12; cf Lc 6, 31).

Toda la Ley evangélica está contenida en el “mandamiento nuevo” de Jesús (Jn 13, 34): amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado (cf Jn 15, 12).

1971. Al Sermón del monte conviene añadir la catequesis moral de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col 3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina transmite la enseñanza del Señor con la autoridad de los Apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que se derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don del Espíritu Santo. “Vuestra caridad sea sin fingimiento [...] amándoos cordialmente los unos a los otros [...] con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad” (Rm12, 9-13). Esta catequesis nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5, 10).

1972. La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad (cf St 1, 25; 2, 12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo “que ignora lo que hace su señor”, a la de amigo de Cristo, “porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15), o también a la condición de hijo heredero (cf Ga 4, 1-7. 21-31; Rm 8, 15).

1973. Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad (cf Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 184, a. 3).

1974. Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se ve contenta por no poder darse más. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno:

«Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, 8, 6).

Dios inspiró a los autores de las Escrituras y a los lectores

106. Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. «En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería» (DV 11).

108. Sin embargo, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de Claraval, Homilia super missus est, 4,11: PL 183, 86B). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24, 45).

515. Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora.

La Iglesia, el Cuerpo de Cristo

787. Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf. Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf. Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf. Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf. Lc 22, 28-30). Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: “Permaneced en mí, como yo en vosotros [...] Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

788. Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible, Jesús no los dejó huérfanos (cf. Jn 14, 18). Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28, 20), les envió su Espíritu (cf. Jn 20, 22; Hch 2, 33). Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa: “Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo” (LG 7).

789. La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia “cuerpo de Cristo” se han de resaltar más específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo Cabeza del cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.

“Un solo cuerpo”

790. Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: “La vida de Cristo se comunica a a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real” (LG 7). Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf. Rm 6, 4-5; 1 Co 12, 13), y en el caso de la Eucaristía, por la cual, “compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros” (LG 7).

791. La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad de los miembros: “En la construcción del Cuerpo de Cristo existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia”. La unidad del Cuerpo místico produce y estimula entre los fieles la caridad: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él” (LG 7). En fin, la unidad del Cuerpo místico sale victoriosa de todas las divisiones humanas: “En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 27-28).

Cristo, Cabeza de este Cuerpo

792. Cristo “es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 18). Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, “él es el primero en todo” (Col 1, 18), principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas.

793. Él nos une a su Pascua: Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él “hasta que Cristo esté formado en ellos” (Ga 4, 19). “Por eso somos integrados en los misterios de su vida [...], nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser glorificados con él” (LG 7).

794. Él provee a nuestro crecimiento (cf. Col 2, 19): Para hacernos crecer hacia él, nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11-16), Cristo distribuye en su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.

795. Cristo y la Iglesia son, por tanto, el “Cristo total” [Christus totus]. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad:

«Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Cmprendéis, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admiraos y regocijaos, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es Él y nosotros [...] La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia» (San Agustín, In Iohannis evangelium tractatus, 21, 8).

Redemptor noster unam se personam cum sancta Ecclesia, quam assumpsit, exhibuit (“Nuestro Redentor muestra que forma una sola persona con la Iglesia que Él asumió”) (San Gregorio Magno, Moralia in Job, Praefatio 6, 14)

Caput et membra, quasi una persona mystica (“La Cabeza y los miembros, como si fueran una sola persona mística”) (Santo Tomás de Aquino, S.th. 3, q. 48, a. 2, ad 1).

Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: “De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello” (Juana de Arco, Dictum: Procès de condamnation).

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¿Los Evangelios son narraciones históricas?

En el fragmento evangélico leído escuchamos las palabras con las que san Lucas inicia su Evangelio:

«Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas, que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares Y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haberlo investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido».

Lucas dedica su escrito a un cierto Teófilo, probablemente un nombre simbólico (el vocablo griego teofilo significa «amante de Dios»). Antes de iniciar su relato sobre la vida de Jesús, el evangelista explica en este texto los criterios que le han guiado. Él asegura referir hechos refrendados por testimonios oculares, depurados por él mismo con «cuidadas investigaciones». Todo esto para que quien lea pueda dar razón de la seguridad de las enseñanzas contenidas en el Evangelio.

Esto nos ofrece la ocasión para ocuparnos alguna vez del problema de la historicidad de los Evangelios. Cada Domingo nosotros comentamos palabras o hechos de la vida de Cristo; pero, ¿qué garantía de autenticidad ofrecen estos relatos? ¿Son hechos realmente acaecidos o sólo atribuidos a Cristo por otros? Es un problema que no podemos dejar sin respuesta.

Hasta hace algún siglo, el sentido crítico no existía en la gente. Se tomaba como históricamente acaecido lo que venía referido como tal. Los Evangelios también venían leídos así, esto es, como relatos exactos, palabra por palabra, de lo que Jesús había dicho o hecho. Una especie, en suma, de crónica cotidiana o de diario. En los últimos dos o tres siglos ha cambiado esta mentalidad. Ha nacido el llamado sentido histórico, por el que, antes de creer en un hecho del pasado, se le somete a un cuidado examen crítico para encontrar su veracidad.

Esta exigencia ha sido aplicada, también, a los Evangelios. Es más, sobre ningún otro libro nos hemos empeñado tanto en esta investigación como sobre los Evangelios. A nosotros aquí no nos interesa reconstruir todas las fases a través de las cuales ha pasado la investigación. Por el contrario, según estas investigaciones modernas resumamos las varias etapas que la vida y la enseñanza de Jesús han atravesado antes de llegar hasta nosotros. Esto nos ayudará a entender si y en qué sentido los Evangelios son escritos históricos. Sin embargo, una cosa debe permanecer bien clara: la Iglesia no cree en las Escrituras porque están demostradas históricamente sino porque están divinamente inspiradas. Por ello, incluso las partes, de las que no se puede demostrar su historicidad, no dejan por ello de estar reveladas por Dios y por lo tanto han de creerse y reverenciarse por el creyente.

Primera etapa: la vida terrena de Jesús. Jesús no escribió nada; pero, en su predicación usó algunas argucias comunes a las culturas antiguas, que facilitaban mucho aprender y recordar un texto de memoria: frases breves, paralelismos y antítesis, repeticiones rítmicas, imágenes, parábolas... Pensemos en frases del Evangelio como: «los últimos serán los primeros y los primeros los últimos» (Mateo 19,30); «entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino, que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas, ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!» (Mateo 7,13-14). Frases como éstas, una vez oídas, hasta la gente de hoy difícilmente las olvida. El hecho, por lo tanto, de que Jesús no haya escrito él mismo los Evangelios, de por sí, no significa que las palabras referidas en él no sean suyas. No pudiendo imprimir las palabras en papel, los hombres antiguos las recordaban en la mente. ¿No existían, quizás en un tiempo, hasta en nuestros caseríos del campo, personas capaces de repetir de memoria largas historias o enteros cantos de la Divina Comedia u otros libros o poemas?

Segunda fase: la predicación oral de los apóstoles. Después de la resurrección de Cristo, los apóstoles, ya plenamente convencidos que él era el Mesías esperado, comienzan a anunciar a Jesucristo a los demás. Al predicar y al explicar su vida y sus palabras ellos tuvieron en cuenta las necesidades y las circunstancias de sus oyentes. Su finalidad no era hacer historia sino llevar a las personas a la fe. Con la comprensión más clara, que ahora tenían, ellos estuvieron en disposición de transmitir a los demás lo que Jesús había dicho y hecho adaptándolo a las necesidades de aquellos a quienes se dirigían. En esta su obra emplearon diversos medios (géneros literarios), que todos no tienen la misma pretensión de historicidad. Por ejemplo, los hechos relativos a la infancia de Cristo históricamente son bastante menos verificables que los relativos a su vida pública.

Tercera fase: Los Evangelios escritos. Desde los años Sesenta en adelante, esto es, unos treinta años después de la muerte de Jesús, algunos autores comenzaron a poner por escrito la predicación, llegada hasta ellos por vía oral. Así, nacieron los cuatro Evangelios. De las muchas cosas llegadas hasta ellos, los evangelistas escogieron algunas, resumieron otras, otras en fin las explicaron para adaptarlas a las necesidades del momento de las comunidades para las que escribían. La necesidad de acomodar las palabras de Jesús a las nuevas y distintas exigencias influyó en el orden con que se narran los hechos en los cuatro Evangelios y en la distinta tonalidad e importancia que revisten; pero, no se ha alterado la verdad fundamental de ellas.

Por cuanto era posible en aquel tiempo, que los evangelistas tuvieran una preocupación histórica y no sólo ejemplar, lo demuestra la precisión con que sitúan la incidencia de Cristo en el tiempo y en el espacio. Un poco más adelante, en su Evangelio Lucas nos ofrece todas las coordinadas políticas y geográficas desde el inicio del ministerio público de Jesús. Nos expone quién era emperador en Roma, quien gobernaba en cada uno de los cuatro distritos en que estaba dividida Palestina (Judea, Galilea, Traconítide y Abilene), quiénes eran los sumos sacerdotes, dónde se desarrolla la acción (cfr. Lucas 3,1-2).

Un detalle, que demuestra la fundamental veracidad de los relatos, es la indigna figura que hacen frecuentemente en él las mismas personas, que relatan estas historias: apóstoles que no entienden, que litigan entre sí y, en momentos cruciales, se les encuentra adormecidos; Pedro que traiciona, los otros que huyen. Hoy, ¿quién escribiría libros de memorias, dejando plasmados dentro hechos tan poco dignos de honor, si no se sintiese vinculado en una aventura tan importante para hacer pasar a un segundo orden toda consideración personal?

La conclusión que podemos sacar es la siguiente: los Evangelios no son libros históricos en el sentido moderno de un relato lo más posiblemente separado y neutral de los hechos acontecidos. Son, sin embargo, históricos en el sentido de que lo que nos transmiten refleja en sustancia lo acontecido. «En los evangelios tenemos una colección de material de auténtico valor histórico, del que podemos recabar un cuadro digno de fe de los acontecimientos acaecidos bajo Poncio Pilatos» (D. H. Dodd).

Pero, llegados a este punto debemos plantear una pregunta crítica a la misma «crítica». ¿Dónde hay más verdad histórica: en este modo de referir los hechos, propio de los evangelistas, o en un hipotético relato aséptico y neutral, como podría ser hecho hoy, filmando acontecimientos o taquigrafiando los discursos? Para que un hecho sea definido «histórico» no basta que haya acaecido realmente (infinitos hechos han ocurrido y suceden cada día, de los que no queda rasgo alguno en la historia); es necesario que haya dejado huella, que haya revestido una cierta importancia para un grupo de personas. En otras palabras, un relato, para ser «histórico», no puede tener en cuenta sólo el desnudo hecho ocurrido sino también el significado que ha revestido para quien lo ha vivido.

Los evangelios son «históricos» porque responden a este requisito. No se contentan con referir desnudos hechos sino también ponen a la luz el significado que ellos han tenido para la comunidad, que ha nacido de ellos. Esto explica cómo nunca acontecimientos, que revisten un peso tan decisivo para los creyentes, han podido pasar casi desapercibidos del todo para los historiadores del tiempo. Para ellos no «significaban» nada.

Uno de quienes se han ocupado más a fondo de este problema sobre la historicidad de los Evangelios ha sido el famoso doctor Albert Schweitzer, premio Nobel de la paz. Antes de retirarse a África para fundar su hospital de Lambaréné, escribió él una historia de todas las investigaciones históricas hechas sobre Jesús hasta los comienzos del Novecientos. En ella demuestra un hecho. Estos estudiosos se habían propuesto «desligar a Jesús de los vendajes del dogma eclesiástico», para restituido a su desnuda verdad histórica. Pero, mientras desnudaban a Jesús de las vestiduras eclesiásticas, no se daban cuenta que, también ellos, lo revestían de un vestido: el impuesto por el gusto o por la ideología del momento. Así, de vez en cuando, se tenía a un Jesús idealista, a un Jesús romántico, a un Jesús socialista, etc. (El discípulo de Marx, Engels, estaba convencido que Jesús fue un comunista al pie de la letra). De tal modo, se confirmaba que de Cristo no se puede escribir una historia «neutral». Si no se acepta la interpretación, que nos da la Iglesia, se termina por aceptar inevitablemente la interpretación particular, que da la cultura o el sistema filosófico en auge.

Jesucristo simplemente no ha vivido en la historia, sino que ha creado una historia; y vive ahora en la historia que ha creado, como un sonido en la onda que ha provocado. Querer separarlo a toda costa de la historia, que ha creado, para restituirlo a la historia común y universal es como querer separar un sonido de la onda que lo transporta, pensando poderlo de tal modo percibir mejor en su originalidad. Es claro que, privándose de la onda, uno se priva también del sonido. Lo mismo sucede a quien busca conocer a Cristo, prescindiendo completamente del movimiento espiritual, que él ha iniciado, esto es, de la fe de la Iglesia.

No quisiera yo con esto dar la impresión de tener como inútil toda la investigación histórica obtenida sobre los Evangelios en los últimos tres siglos. Al contrario, es gracias a ella precisamente por lo que hemos adquirido este conocimiento más profundo y crítico de su «historicidad». A estos estudiosos, no sólo a los creyentes sino también a los no creyentes, les debemos una inmensa gratitud. Ellos han continuado, con otros medios y criterios, el mismo esfuerzo de Lucas de someter a «investigaciones cuidadas o diligentes» los hechos consignados, de modo que, mejor que los primeros lectores del Evangelio, podamos hoy nosotros darnos cuenta «de la solidez de las enseñanzas recibidas». Ante todo, estos estudios científicos de la Biblia han sido y son todavía ahora una escuela de ecumenismo.

El núcleo central del mensaje cristiano ha sido sometido a la más rigurosa criba por la crítica y ha permanecido en pie. Hasta ahora, esta prueba de fuego solamente el cristianismo la ha superado. Algunos se preguntan qué sucederá cuando, pronto o tarde, también deberán pasar otras fe religiosas a través de ella. Nosotros ciertamente no pronosticamos que ellas sean destruidas; pero, que sean purificadas, sí. Como ha sucedido para la fe cristiana.

Hemos apuntado algunos argumentos a favor de la fundamental verdad histórica de los Evangelios. Pero, posiblemente el argumento más convincente es el que experimentamos dentro de nosotros mismos cada vez que nos reunimos en profundidad desde una palabra de Cristo. Detrás de toda esta fuerza, intacta después de dos mil años, no puede existir un mito inventado por los hombres. ¿Qué otra palabra antigua o nueva ha tenido nunca el mismo poder?

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