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Diumenge II del Temps Ordinari (cicle C): no tinguem por de convidar Jesús a casa nostra

La litúrgia d'avui proposa l'Evangeli de les noces de Canà, un episodi narrat per Joan, testimoni ocular del fet. Aquest relat s'ha situat en aquest diumenge que segueix immediatament al temps de Nadal perquè, al costat de la visita dels Mags d'Orient i el Baptisme de Jesús, forma la trilogia de l'Epifania, és a dir de la manifestació de Crist. L'episodi de la noces de Canà és, en efecte, «el primer dels signes» (Jn 2, 11), és a dir, el primer miracle realitzat per Jesús, amb el qual Ell va manifestar la seva glòria en públic, suscitant la fe dels seus deixebles.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 65, 4

Que se postre ante ti, Señor, la tierra entera; que todos canten himnos en tu honor y alabanzas a tu nombre.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas los cielos y la tierra, escucha con amor las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida transcurran en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Como el esposo se alegra con la esposa.

Del libro del profeta Isaías: 62,1-5

Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha.

Entonces las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes. Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano.

Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra, “Desolada”; a ti te llamarán “Mi complacencia” y a tu tierra, “Desposada”, porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra.

Como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu hacedor; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 95, 1-2. 26-3. 7-8a. 9-10ac

R/. Cantemos la grandeza del Señor.

Cantemos al Señor un nuevo canto, que le cante al Señor toda la tierra; cantemos al Señor y bendigámoslo. R/.

Proclamemos su amor día tras día, su grandeza anunciemos a los pueblos; de nación en nación, sus maravillas. R/.

Alaben al Señor, pueblos del orbe, reconozcan su gloria y su poder y tribútenle honores a su nombre. R/.

Caigamos en su templo de rodillas. Tiemblen ante el Señor los atrevidos. “Reina el Señor”, digamos a los pueblos, gobierna a las naciones con justicia. R/.

SEGUNDA LECTURA

Uno solo y el mismo Espíritu distribuye sus dones según su voluntad

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 12, 4-11

Hermanos: Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Uno recibe el don de la sabiduría; otro, el don de la ciencia. A uno se le concede el don de la fe; a otro, la gracia de hacer curaciones y a otro más, poderes milagrosos. Uno recibe el don de profecía, y otro, el de discernir los espíritus. A uno se le concede el don de lenguas y a otro, el de interpretarlas. Pero es uno solo y el mismo Espíritu el que hace todo eso, distribuyendo a cada uno sus dones, según su voluntad.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. 2 Ts 2, 14

R/. Aleluya, aleluya.

Dios nos ha llamado, por medio del Evangelio, a participar de la gloria de nuestro Señor Jesucristo. R/.

EVANGELIO

La primera señal milagrosa de Jesús, en Caná de Galilea.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 2,1-11

En aquel tiempo, hubo una boda en Caná de Galilea, a la cual asistió la madre de Jesús. Éste y sus discípulos también fueron invitados. Como llegara a faltar el vino, María le dijo a Jesús: “Ya no tienen vino”. Jesús le contestó: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora”. Pero ella dijo a los que servían “Hagan lo que él les diga”.

Había allí seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos. Jesús dijo a los que servían: “Llenen de agua esas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: “Saquen ahora un poco y llévenselo al encargado de la fiesta”. Así lo hicieron, y en cuanto el encargado de la fiesta probó el agua convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes la sabían, llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora”.

Esto que Jesús hizo en Caná de Galilea fue el primero de sus signos. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, participar dignamente en estos misterios, porque cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención. Por Jesucristo nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 22 5

Para mí, Señor has preparado la mesa y has llenado mi copa hasta los bordes.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad, para que, saciados con el pan del cielo, vivamos siempre unidos en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Señor se ha complacido en ti (Is 62,1-5)

1ª lectura

La ciudad nueva de Jerusalén es ahora mencionada expresamente e identificada con Sión (v. 1). Será exaltada en este nuevo himno puesto en boca del profeta, que juega poéticamente con los sobrenombres que recibe en el marco de la imagen esponsal tantas veces repetida en los profetas desde Oseas.

Estor primeros versos, dirigidos a la ciudad, van señalando la novedad de la situación que se espera al hilo de los apelativos que se le dan: ya nadie se sentirá desamparado ni solo, porque Dios ha mostrado con Jerusalén la ternura de un enamorado —la llama «Mi delicia»— y el amor eficaz de un esposo —«Desposada»— (v. 4). A continuación, los beneficios de esta alianza esponsal están reflejados, como en Oseas (cfr Os 2,11-15), en las metáforas de cosechas abundantes (vv. 8-9).

Diversidad de carismas (1 Co 12,4-11)

 2ª lectura

Parece que entre los corintios paganos se daban fenómenos de exaltación religiosa, como entrar en trance, acompañados, a veces, de la pronunciación de palabras o frases extrañas. Eran casos parecidos a lo que sucedía en el templo de la diosa Pitón, en Delfos, cerca de Corinto. San Pablo estableció en el v. 3 un criterio para distinguir aquellos fenómenos de los dones auténticos del Espíritu Santo, con los que se reconociese a Jesús y se expresara su alabanza: «nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: “¡Anatema Jesús!”, y nadie puede decir: “¡Señor Jesús!”, sino por el Espíritu Santo».

El Apóstol ahora enumera y valora los carismas y ministerios que, por la acción del Espíritu, contribuyen a edificar la Iglesia (vv. 7-10): «El mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que “distribuye sus dones a cada uno según quiere” (1 Co 12,11), reparte entre los fieles de cualquier condición incluso gracias especiales, con que las dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y para una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras: “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12).

Las bodas de Caná (Jn 2,1-11)

Evangelio

Caná de Galilea parece que debe identificarse con la actual Kef Kenna, situada a 7 km al noroeste de Nazaret. Entre los invitados se menciona en primer lugar a Santa María. No se cita a San José, cosa que no se puede atribuir a un olvido de San Juan: este silencio —y otros muchos en el evangelio— hace suponer que el Santo Patriarca había muerto ya.

Con el milagro de las bodas de Caná Jesús comienza la manifestación de su gloria y la inauguración de los tiempos mesiánicos. El milagro o, como dice literalmente el texto, el «signo» del agua convertida en vino anticipa la «hora» de la glorificación de Jesús (v. 4). El término lo utiliza Jesucristo alguna vez para designar el momento de su venida gloriosa (cfr 5,28), aunque generalmente se refiere al tiempo de su pasión, muerte y glorificación (cfr 7,30; 12,23; 13,1; 17,1). Juan subraya la abundancia del don concedido por el Señor (unos 300 litros de vino). Tal abundancia es señal de la llegada de los tiempos mesiánicos, y el vino, a su vez, simboliza los dones sobrenaturales que Cristo nos alcanza.

En el cuarto evangelio, la «madre de Jesús» —éste es el título que da San Juan a la Virgen— aparece solamente dos veces. Una en este episodio (v. 1), la otra en el Calvario (19,25). Con ello se pone de manifiesto el cometido de María Virgen en la Redención. En efecto, estos dos acontecimientos, Caná y el Calvario, se sitúan uno al comienzo y el otro al final de la vida pública, como para indicar que toda la obra de Jesús está acompañada por la presencia de María Santísima. María colabora en la obra de Jesús desde el comienzo hasta el fin, actuando como verdadera Madre y mostrando su especial solicitud hacia los hombres. En Caná intercede por aquellos esposos cuando todavía no ha llegado la «hora» de su Hijo; en el Calvario, cuando llega la «hora», ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes, representados por el discípulo amado.

En el pasaje de Caná aparece un nuevo significado de la maternidad de María: «Se manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no únicamente según la carne, o sea la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia (“no tienen vino”). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, o sea, hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede —más bien “tiene el derecho de”— hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María “intercede” por los hombres. No sólo: como madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 21).

La frase «¿qué nos importa a ti y a mí?» (v. 4) corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente, que puede ser empleada con diversos matices. La respuesta de Jesús parece indicar que, si bien, en principio, no pertenecía al plan divino que Jesús interviniera con poder para resolver las dificultades surgidas en aquellas bodas, la petición de Santa María le mueve a atender esa necesidad. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora «omnipotencia suplicante». «El corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados (...), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de que nadie se lo pidiera (...). Si esta buena Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 48,2,1).

La Iglesia concede gran importancia a la presencia de Jesús en estas bodas. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante éste será un signo eficaz de la presencia de Cristo (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1613). «Al comienzo de su misión —comenta Juan Pablo II— Jesús se encuentra en Caná de Galilea para participar en un banquete de bodas, junto con María y los primeros discípulos (cfr Jn. 2,1-11). Con ello trata de demostrar que la verdad de la familia está inscrita en la revelación de Dios y en la historia de la salvación» (Carta a las familias, n. 18).

A propósito de la inclusión en el Santo Rosario de los «misterios de luz», comenta Juan Pablo II: «La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los “misterios de luz”» (Rosarium Virginis Mariae, n. 21).

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

Las bodas de Caná

Vosotros sabéis, hermanos, por ser discípulos fieles de Cristo y también por encarecéroslo a menudo en nuestras pláticas, que la humildad del Señor es la medicina de la soberbia del hombre. El hombre no habría, en efecto, perecido de no haberse ensoberbecido; porque, como dice la Escritura, la soberbia es principio de todo pecado; y al principio de todo pecado fue necesidad oponer el principio de toda justicia. Siendo, por tanto, la soberbia principio de todo pecado, ¿qué medicina podría sanar la hinchazón del orgullo, si Dios no se hubiera dignado hacerse humilde? ¡Avergüéncese de ser soberbio el hombre, pues humilde se hizo Dios! Dícesele al hombre se humille, y lo tiene a menos; y ese querer los hombres vengarse cuando se los afrenta, ¿no es obra de la soberbia? Tienen a menos abajarse, y quieren vengarse, como si alguien sacara provecho del mal ajeno. El ofendido e injuriado quiere vengarse; hace del ajeno daño su medicamento, cuando lo que gana es un cruel tormento. Por eso, el Señor Cristo se dignó humillarse en todas las cosas, para mostrarnos el camino; ¿nos despreciaremos por andarlo?

Ved, entre otras cosas, al Hijo de la Virgen asistir a bodas; bodas que había él mismo instituido cuando aún estaba en el seno del Padre. Así como la primera mujer, la introductora del pecado, había sido hecha del varón sin hembra, así el Varón por quien fue borrado el pecado lo fue de hembra sin varón. Por aquélla caemos, por éste nos levantamos. Y ¿qué hizo en la boda? De agua, vino. ¡Asombroso poder! Ahora, pues, quien se dignó hacer tal maravilla, se dignó carecer de todo. Quien hizo el agua vino, bien pudo hacer de las piedras pan; el poder era igual, más entonces la sugerencia venía del diablo, y Cristo no lo hizo. Sabéis, en efecto, que, cuando fue tentado el Señor Cristo, le incitaba el diablo a esto. Tuvo hambre, y la tuvo por dignación y porque también eso era humillarse. Estuvo hambriento el Pan, fatigado el Camino, herida la Salud, muerta la Vida. Teniendo, pues, hambre, como sabéis, le dijo el tentador: Si eres el Hijo de Dios, di que se hagan pan estas piedras; al que respondió él para enseñarte a ti a responderle, como lucha el emperador para que los soldados se adiestren en luchar. ¿Qué le respondió? No de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios. Y no hizo panes de las piedras él, que cierto pudo hacer eso, cual hizo del agua vino. Tanto le costaba, en efecto, hacer pan de una piedra; mas no lo hizo para darle al tentador con la puerta en el hocico; pues al tentador no se le vence si no se le desprecia. En venciendo que venció al diablo tentador, vinieron los ángeles y le sirvieron de comer. Pudiendo como podía tanto, ¿por qué no hizo aquello e hizo esto? Leed, o mejor, recordad, lo que ha poco se os decía cuando esto hizo, es decir, vino del agua. ¿Qué añadió el evangelista? Y creyeron en él sus discípulos. ¿Habría creído el diablo?

No obstante su gran poder, tuvo hambre, tuvo sed, tuvo cansancio, tuvo sueño, fue aprisionado, fue azotado, fue crucificado, fue muerto. Tal es el camino: camina por la humildad para llegar a la eternidad. Dios-Cristo es la patria adónde vamos; Cristo-hombre, el camino por donde vamos; vamos a él, vamos por él; ¿cómo temer extraviarnos? Sin alejarse del Padre vino a nosotros; tomaba el pecho, y conservaba el mundo; nacía en un pesebre, y era el alimento de los ángeles. Dios y hombre, Dios hombre, hombre y Dios en una sola pieza; mas no era hombre por la misma razón de ser Dios. Dios lo era por ser el Verbo; era hombre por haberse hecho hombre el Verbo sin dejar de ser Dios, tomando la carne del hombre; añadiéndose lo que no era sin perder lo que ya era. Siguiendo, pues, su camino de humildad, él ahora ya padeció, ya murió, ya fue sepultado, ya subió a los cielos, donde se halla sentado a la diestra del Padre; más todavía es indigente aquí, en la persona de sus pobres. Ayer, sin ir más lejos, hice resaltar esto mismo delante de vuestra caridad a cuento de lo dicho por el Señor a Natanael: Cosas mayores verás. Porque os digo que veréis abrirse el cielo, y a los ángeles subir y bajar al Hijo del hombre. Hemos indagado ayer qué fuera ello, y hablamos largamente; no vamos a volver hoy sobre lo mismo. Los asistentes tráiganselo a la memoria; yo lo resumiré en dos palabras.

No habría dicho: Subir al Hijo del hombre, si el Hijo del hombre no estuviese allí arriba; ni dijera: Descender al Hijo del hombre, de no hallarse también aquí abajo: allí arriba, él mismo; aquí abajo, en los suyos; pero el mismo arriba y abajo; arriba, junto al Padre; abajo, junto a nosotros. De ahí aquella voz a Saulo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? No habría dicho: Saulo, Saulo, si no estuviese arriba; ni habría dicho: ¿Por qué me persigues?, si no estuviese abajo, ya que Saulo no iba al cielo tras él. Temed al Cristo de arriba y sed benévolos con el Cristo de abajo. Tienes arriba el Cristo dadivoso, tienes abajo el Cristo menesteroso. Aquí es pobre, y está en los pobres. El ser aquí pobre Cristo, no lo decimos nosotros; lo dice él mismo: Tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, carecí de hogar, estuve preso. Y a unos les dijo: Me socorristeis; a otros: No me socorristeis. Queda probado ser pobre Cristo; que sea rico, ¿ignóralo alguien? Este mismo trocar el agua en vino habla de su riqueza; pues si es rico quien tiene vino, ¿cuán rico no ha de ser quien hace el vino? Luego Cristo es a la vez rico y pobre; en cuanto Dios, rico; en cuanto hombre, pobre. Cierto, ese Hombre subió ya rico al cielo, donde se halla sentado a la diestra del Padre; más aquí, entre nosotros, todavía padece hambre, sed y desnudez.

¿Qué eres tú? ¿Rico? ¿Pobre? Muchos me dicen: «Yo soy pobre?», y dicen verdad. Yo conozco pobre que tiene algo y pobre que no tiene nada; más aún algunos que abundaban en plata y oro, ¡cuán bien harían en verse pobres! Uno se mira pobre cuando mira con bondad al pobre que se le llega. Vamos a verlo. Tengas lo que tengas, tú que tanto tienes, ¿no eres mendigo de Dios? Cuando llegue la hora de la oración, te lo demostraré. Allí pides. ¿Cómo pides, si no eres pobre? Digo más: pides pan; o ¿es que no vas a decir: El pan nuestro de cada día dánosle hoy? Si pides el pan de cada día, ¿eres pobre o eres rico? Cristo te dice: «Dame de lo que te di.» ¿Qué trajiste cuando a este mundo viniste? Todas las cosas que yo he creado, cuando te hice a ti, las has encontrado aquí; ni trajiste nada ni te llevarás nada; ¿por qué no me das algo de lo mío? Porque tú rebosas y el pobre está vacío. Mira vuestro común origen: ambos nacisteis desnudos. Sí; también tú naciste desnudo. Muchas cosas aquí hallaste; pero tú, ¿qué aportaste? No te pido sino lo mío; dámelo; ya te lo devolveré. Yo he sido tu dador, hazme pronto tu deudor. «Hazme luego tu deudor, pues yo he sido tu dador»; eso dije, y dije poco: «Hazte mi logrero acreedor. Tú me das poco, yo te devolveré mucho; tú me das tierra, yo te devolveré cielo. A ti mismo te devolveré a ti cuando te devolviere a mí.»

(Sermón 123, o.c., Tomo XXIII, BAC, Madrid, 1983, pp. 51-56)

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FRANCISCO – Ángelus 2016 - Audiencia general del 29 de abril de 2015

Ángelus 2016

Las ánforas de agua son signo del paso de la antigua a la nueva alianza

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo presenta el evento prodigioso sucedido en Caná, un pueblo de Galilea, durante la fiesta de una boda en la que también participaron María y Jesús, con sus primeros discípulos (cf. Jn 2, 1-11). La Madre dice al Hijo que falta vino y Jesús, después de responder que todavía no ha llegado su hora, sin embargo acoge su petición y da a los novios el mejor vino de toda la fiesta. El evangelista subraya que «este fue el primero de los signos que Jesús realizó; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (v. 11).

Los milagros, por tanto, son signos extraordinarios que acompañan la predicación de la Buena Noticia y tienen la finalidad de suscitar o reforzar la fe en Jesús. En el milagro realizado en Caná, podemos ver un acto de benevolencia por parte de Jesús hacia los novios, un signo de la bendición de Dios sobre el matrimonio. El amor entre el hombre y la mujer es por tanto una buena manera para vivir el Evangelio, es decir, para dirigirse con alegría por el camino de la santidad.

Pero el milagro de Caná no tiene que ver sólo con los esposos. Cada persona humana está llamada a encontrar al Señor en su vida. La fe cristiana es un don que recibimos con el Bautismo y que nos permite encontrar a Dios. La fe atraviesa tiempos de alegría y de dolor, de luz y de oscuridad, como en toda auténtica experiencia de amor. El relato de las bodas de Caná nos invita a redescubrir que Jesús no se presenta a nosotros como un juez preparado para condenar nuestras culpas, ni como un comandante que nos impone seguir ciegamente sus órdenes; se manifiesta como Salvador de la humanidad, como hermano, como nuestro hermano mayor, Hijo del Padre: se presenta como Aquel que responde a las esperanzas y a las promesas de alegría que habitan en el corazón de cada uno de nosotros.

Entonces podemos preguntarnos: ¿verdaderamente conozco de este modo al Señor? ¿Lo siento cercano a mí, a mi vida? ¿Le estoy respondiendo en la amplitud de ese amor esponsal que Él me manifiesta cada día a todos, a cada ser humano? Se trata de darse cuenta que Jesús nos busca y nos invita a hacerle espacio en lo íntimo de nuestro corazón. Y en este camino de fe con Él no estamos solos: hemos recibido el don de la Sangre de Cristo. Las grandes ánforas de piedra que Jesús hace rellenar de agua para convertirlas en vino (v. 7) son signo del paso de la antigua a la nueva alianza: en vez del agua usada para la purificación ritual, hemos recibido la Sangre de Jesús, derramada de forma sacramental en la Eucaristía y de modo cruento en la Pasión y en la Cruz. Los Sacramentos, que derivan del Misterio pascual, infunden en nosotros la fuerza sobrenatural y nos permiten saborear la misericordia infinita de Dios.

Que la Virgen María, modelo de meditación de las palabras y de los gestos del Señor, nos ayude a redescubrir con fe la belleza y la riqueza de la Eucaristía y de los otros Sacramentos, que hacen presente el amor fiel de Dios por nosotros. Así podremos enamorarnos cada vez más del Señor Jesús, nuestro Esposo, e ir a su encuentro con las lámparas encendidas de nuestra fe alegre, convirtiéndonos así en sus testigos en el mundo.

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Audiencia (29.IV.15)

Los cristianos se casan en el Señor en favor de toda la sociedad.

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Nuestra reflexión acerca del plan originario de Dios sobre la pareja hombre-mujer, tras considerar las dos narraciones del libro del Génesis, se dirige ahora directamente a Jesús.

El evangelista san Juan, al inicio de su Evangelio, narra el episodio de las bodas de Caná, en la que estaban presentes la Virgen María y Jesús, con sus primeros discípulos (cf. Jn 2, 1-11). Jesús no sólo participó en el matrimonio, sino que «salvó la fiesta» con el milagro del vino. Por lo tanto, el primero de sus signos prodigiosos, con el que Él revela su gloria, lo realizó en el contexto de un matrimonio, y fue un gesto de gran simpatía hacia esa familia que nacía, solicitado por el apremio maternal de María. Esto nos hace recordar el libro del Génesis, cuando Dios termina la obra de la creación y realiza su obra maestra; la obra maestra es el hombre y la mujer. Y aquí, Jesús comienza precisamente sus milagros con esta obra maestra, en un matrimonio, en una fiesta de bodas: un hombre y una mujer. Así, Jesús nos enseña que la obra maestra de la sociedad es la familia: el hombre y la mujer que se aman. ¡Esta es la obra maestra!

Desde los tiempos de las bodas de Caná, muchas cosas han cambiado, pero ese «signo» de Cristo contiene un mensaje siempre válido.

Hoy no parece fácil hablar del matrimonio como de una fiesta que se renueva con el tiempo, en las diversas etapas de toda la vida de los cónyuges. Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos; esto es un hecho: los jóvenes no quieren casarse. En muchos países, en cambio, aumenta el número de las separaciones, mientras que el número de los hijos disminuye. La dificultad de permanecer juntos —ya sea como pareja, que como familia— lleva a romper los vínculos siempre con mayor frecuencia y rapidez, y precisamente los hijos son los primeros en sufrir sus consecuencias. Pero pensemos que las primeras víctimas, las víctimas más importantes, las víctimas que sufren más en una separación son los hijos. Si experimentas desde pequeño que el matrimonio es un vínculo «por un tiempo determinado», inconscientemente para ti será así. En efecto, muchos jóvenes tienden a renunciar al proyecto mismo de un vínculo irrevocable y de una familia duradera. Creo que tenemos que reflexionar con gran seriedad sobre el por qué muchos jóvenes «no se sienten capaces» de casarse. Existe esta cultura de lo provisional... todo es provisional, parece que no hay algo definitivo.

Una de las preocupaciones de que surgen hoy en día es la de los jóvenes que no quieren casarse: ¿Por qué los jóvenes no se casan?; ¿por qué a menudo prefieren una convivencia, y muchas veces «de responsabilidad limitada»?; ¿por qué muchos —incluso entre los bautizados— tienen poca confianza en el matrimonio y en la familia? Es importante tratar de entender, si queremos que los jóvenes encuentren el camino justo que hay que recorrer. ¿Por qué no confían en la familia?

Las dificultades no son sólo de carácter económico, si bien estas son verdaderamente serias. Muchos consideran que el cambio ocurrido en estas últimas décadas se puso en marcha a partir de la emancipación de la mujer. Pero ni siquiera este argumento es válido, es una falsedad, no es verdad. Es una forma de machismo, que quiere siempre dominar a la mujer. Hacemos el ridículo que hizo Adán, cuando Dios le dijo: «¿Por qué has comido del fruto del árbol?», y él: «La mujer me lo dio». Y la culpa es de la mujer. ¡Pobre mujer! Tenemos que defender a las mujeres. En realidad, casi todos los hombres y mujeres quisieran una seguridad afectiva estable, un matrimonio sólido y una familia feliz. La familia ocupa el primer lugar en todos los índices de aceptación entre los jóvenes; pero, por miedo a equivocarse, muchos no quieren tampoco pensar en ello; incluso siendo cristianos, no piensan en el matrimonio sacramental, signo único e irrepetible de la alianza, que se convierte en testimonio de la fe. Quizás, precisamente este miedo de fracasar es el obstáculo más grande para acoger la Palabra de Cristo, que promete su gracia a la unión conyugal y a la familia.

El testimonio más persuasivo de la bendición del matrimonio cristiano es la vida buena de los esposos cristianos y de la familia. ¡No hay mejor modo para expresar la belleza del sacramento! El matrimonio consagrado por Dios custodia el vínculo entre el hombre y la mujer que Dios bendijo desde la creación del mundo; y es fuente de paz y de bien para toda la vida conyugal y familiar. Por ejemplo, en los primeros tiempos del cristianismo, esta gran dignidad del vínculo entre el hombre y la mujer acabó con un abuso considerado en ese entonces totalmente normal, o sea, el derecho de los maridos de repudiar a sus mujeres, incluso con los motivos más infundados y humillantes. El Evangelio de la familia, el Evangelio que anuncia precisamente este Sacramento acabó con esa cultura de repudio habitual.

La semilla cristiana de la igualdad radical entre cónyuges hoy debe dar nuevos frutos. El testimonio de la dignidad social del matrimonio llegará a ser persuasivo precisamente por este camino, el camino del testimonio que atrae, el camino de la reciprocidad entre ellos, de la complementariedad entre ellos.

Por eso, como cristianos, tenemos que ser más exigentes al respecto. Por ejemplo: sostener con decisión el derecho a la misma retribución por el mismo trabajo; ¿por qué se da por descontado que las mujeres tienen que ganar menos que los hombres? ¡No! Tienen los mismos derechos. ¡La desigualdad es un auténtico escándalo! Al mismo tiempo, reconocer como riqueza siempre válida la maternidad de las mujeres y la paternidad de los hombres, en beneficio, sobre todo de los niños. Igualmente, la virtud de la hospitalidad de las familias cristianas tiene hoy una importancia crucial, especialmente en las situaciones de pobreza, degradación y violencia familiar.

Queridos hermanos y hermanas, no tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su madre María. Los cristianos, cuando se casan «en el Señor», se transforman en un signo eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan sólo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad.

De esta hermosa vocación del matrimonio cristiano, hablaré también en la próxima catequesis.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2013

Las faltas contra la unidad de la Iglesia, esposa de Cristo

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy propone el Evangelio de las bodas de Caná, un episodio narrado por Juan, testigo ocular del hecho. Tal relato se ha situado en este domingo que sigue inmediatamente al tiempo de Navidad porque, junto a la visita de los Magos de Oriente y el Bautismo de Jesús, forma la trilogía de la epifanía, es decir de la manifestación de Cristo. El episodio de la bodas de Caná es, en efecto, «el primero de los signos» (Jn 2, 11), es decir, el primer milagro realizado por Jesús, con el cual Él manifestó su gloria en público, suscitando la fe de sus discípulos. Nos remitimos brevemente a lo que ocurre durante aquella fiesta de bodas en Caná de Galilea. Sucede que falta el vino, y María, la Madre de Jesús, lo hace notar a su Hijo. Él le responde que aún no había llegado su hora; pero luego atiende la solicitud de María y tras hacer llenar de agua seis grandes ánforas, convirtió el agua en vino, un vino excelente, mejor que el anterior. Con este «signo», Jesús se revela como el Esposo mesiánico que vino a sellar con su pueblo la nueva y eterna Alianza, según las palabras de los profetas: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo» (Is 62, 5). Y el vino es símbolo de esta alegría del amor; pero hace referencia a la sangre, que Jesús derramará al final, para sellar su pacto nupcial con la humanidad.

La Iglesia es la esposa de Cristo, quien la hace santa y bella con su gracia. Sin embargo, esta esposa, formada por seres humanos, siempre necesita purificación. Y una de las culpas más graves que desfiguran el rostro de la Iglesia es aquella contra su unidad visible, en particular las divisiones históricas que han separado a los cristianos y que aún no se han superado. Precisamente en estos días, del 18 al 25 de enero, tiene lugar la Semana de oración por la unidad de los cristianos, un momento siempre grato a los creyentes y a las comunidades, que despierta en todos el deseo y el compromiso espiritual por la comunión plena. En este sentido ha sido muy significativa la vigilia que pude celebrar hace casi un mes, en esta plaza, con miles de jóvenes de toda Europa y con la comunidad ecuménica de Taizé: un momento de gracia donde hemos experimentado la belleza de formar en Cristo una cosa sola. Aliento a todos a rezar juntos a fin de que podamos realizar «lo que el Señor exige de nosotros» (cf. Miq 6, 6-8), como dice este año el tema de la Semana; un tema propuesto por algunas comunidades cristianas de la India, que invitan a comprometerse con decisión hacia la unidad visible entre todos los cristianos y a superar, como hermanos en Cristo, todo tipo de discriminación injusta. El viernes próximo, al final de estas jornadas de oración, presidiré las Vísperas en la basílica de San Pablo Extramuros, con la presencia de los representantes de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales.

Queridos amigos, a la oración por la unidad de los cristianos quisiera añadir una vez más la oración por la paz, para que, en los diversos conflictos por desgracia en curso, cesen las viles masacres de civiles indefensos, tenga fin toda violencia y se encuentre la valentía del diálogo y de la negociación. Por ambas intenciones invocamos la intercesión de María santísima, mediadora de gracia.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

DOMINGOS DEL TIEMPO ORDINARIO

138. Los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua poseen un carácter particular y las lecturas indicadas para estos tiempos tienen una armonía inherente que deriva de estos. Es distinto el caso de los domingos del Tiempo Ordinario, como puntualizan los Praenotanda del Leccionario: “Por el contrario, en los domingos del Tiempo Ordinario, que no tienen una característica peculiar, los textos de la lectura apostólica y del Evangelio se distribuyen según el orden de la lectura discontinua, mientras que la lectura del Antiguo Testamento se compone armónicamente con el Evangelio» (OLM 67).

Los redactores del Leccionario, han rechazado intencionadamente la idea de asignar un «tema» a cada domingo del año y escoger las lecturas como consecuencia de ello: «Lo que era conveniente para aquellos tiempos anteriormente citados no ha parecido oportuno aplicarlo también a los domingos, de modo que en ellos hubiera una cierta unidad temática que hiciera más fácil la instrucción homilética. El genuino concepto de la acción litúrgica se contradice, en efecto, con una semejante composición temática, ya que dicha acción litúrgica es siempre celebración del misterio de Cristo y, por tradición propia, usa la Palabra de Dios movida no sólo por unas inquietudes de orden racional o externo, sino por la preocupación de anunciar el Evangelio y de llevar a los creyentes hacia la verdad plena» (OLM 68).

Fiel al mandato del Concilio Vaticano II, que ha indicado cómo «los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan» (SC 21), el Leccionario trienal del Tiempo Ordinario presenta a los fieles el Misterio de Cristo, tal y como narran los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. El homileta, prestando atención a la estructura de las lecturas en el Tiempo Ordinario, puede encontrar una ayuda para su propia preparación. El Directorio, en este punto, recuerda lo que dicen los Praenotanda sobre esta estructura, a partir del Evangelio.

141. Tras haber evidenciado que el II domingo del Tiempo Ordinario continúa el tema de la Manifestación del Señor, celebrada con la Epifanía y la Fiesta del Bautismo del Señor; los Praenotanda prosiguen:

«A partir del domingo III, empieza la lectura semicontinua de los tres Evangelios sinópticos; esta lectura se ordena de manera que presente la doctrina propia de cada Evangelio a medida que se va desarrollando la vida y predicación del Señor.

Además, gracias a esta distribución, se consigue una cierta armonía entre el sentido de cada Evangelio y la evolución del año litúrgico. En efecto, después de la Epifanía se leen los comienzos de la predicación del Señor, que guardan una estrecha relación con el Bautismo y las primeras manifestaciones de Cristo. Al final del año litúrgico, se llega espontáneamente al tema escatológico, propio de los últimos domingos, ya que los capítulos del Evangelio que preceden al relato de la pasión tratan este tema, con más o menos amplitud» (OLM 105).

Existe, por tanto, un esquema común que siguen los tres ciclos: las primeras semanas afrontan el inicio de la misión pública de Cristo, las últimas poseen un tema escatológico y las semanas que se encuentran entre ellas presentan, de manera continua, diversos acontecimientos y enseñanzas de la vida de nuestro Señor.

142. Cada año está bien definido, ya que revela las enseñanzas propias de cada Evangelio sinóptico. El homileta, tendría que resistir la tentación de considerar los pasajes evangélicos dominicales como una entidad independiente; el conocimiento de la estructura global y de los elementos característicos de cada Evangelio puede ayudarle a profundizar su comprensión del texto.

145. AÑO C: las enseñanzas propias del Evangelio de Lucas son, en primer lugar, la ternura y la misericordia, trazas distintivas del ministerio de Cristo. Desde el inicio de su misión hasta que se acercaba a Jerusalén, los que se encontraban con Jesús, desde Pedro (V domingo) a Zaqueo (domingo XXXI), son conscientes de la necesidad de su perdón y de la gran misericordia de Dios. Muchas narraciones propias del Evangelio de Lucas, a lo largo del año, ilustran el tema de la misericordia divina: la mujer pecadora (XI domingo), el buen samaritano (XV domingo), la oveja perdida y el hijo pródigo (XXIV domingo), el buen ladrón (XXXIV domingo). No faltan las advertencias dirigidas a quien no demuestra misericordia: los anatemas y las bienaventuranzas (VI domingo), el rico insensato (XVIII domingo), el rico y Lázaro (XXVI domingo). Escrito para los gentiles, el Evangelio de Lucas evidencia cómo la misericordia de Dios va más allá del pueblo elegido para abrazar a aquellos que antes estaban excluidos. El tema retorna frecuentemente a lo largo de estos domingos, es una advertencia a todos los que nos reunimos para celebrar la Eucaristía: hemos recibido la generosa misericordia de Cristo; por tanto, no pueden existir límites a nuestra misericordia hacia el prójimo.

146. Con respecto a las lecturas del Antiguo Testamento en el Tiempo Ordinario, así se expresan los Praenotanda:

«Estas lecturas se han seleccionado en relación con los fragmentos evangélicos, con el fin de evitar una excesiva diversidad entre las lecturas de cada Misa y, sobre todo, para poner de manifiesto la unidad de ambos Testamentos. La relación entre las lecturas de la Misa se hace ostensible a través de la cuidadosa selección de los títulos que se hallan al principio de cada lectura.

Al seleccionar las lecturas, se ha procurado que, en lo posible, fueran breves y fáciles. Pero también se ha previsto que en los domingos se lea el mayor número posible de los textos más importantes del Antiguo Testamento. Estos textos se han distribuido sin un orden lógico, atendiendo solamente a su relación con el Evangelio; sin embargo, el tesoro de la Palabra de Dios quedará de tal manera abierto, que todos los que participan en la misa dominical conocerán casi todos los pasajes más importantes del Antiguo Testamento» (OLM 106).

Los ejemplos ofrecidos por este Directorio, con relación al tiempo de Adviento/Navidad y Cuaresma/Pascua, indican los recorridos que el homileta puede seguir para conectar las lecturas del Nuevo y del Antiguo Testamento, mostrando cómo las mismas convergen en la persona y en la misión de Jesucristo. Además, no se debe olvidar el salmo responsorial, que también ha sido escogido en armonía con el Evangelio y con la lectura del Antiguo Testamento. El homileta no puede pretender que el pueblo reconozca de modo automático estos nexos, que deberán, por el contrario, ser indicados en la homilía. Los Praenotanda, también atraen la atención sobre los títulos elegidos para cada lectura explicando que han sido elegidos con cuidado, tanto para indicar el tema principal de la lectura como también, cuando sea necesario, para poner de relieve el nexo entre las diversas lecturas de una Misa concreta (cf. OLM 123).

147. Por último, están las lecturas en el Tiempo Ordinario tomadas de los Apóstoles:

«Para esta segunda lectura se propone una lectura semicontinua de las cartas de san Pablo y de Santiago (las cartas de san Pedro y de san Juan se leen en el tiempo pascual y en el tiempo de Navidad).

La primera carta a los Corintios, dado que es muy larga y trata de temas diversos, se ha distribuido en los tres años del ciclo, al principio de este Tiempo Ordinario. También ha parecido oportuno dividir la carta a los Hebreos en dos partes, la primera de las cuales se lee el año B, y la otra el año C.

Conviene advertir que se han escogido solo unas lecturas bastante breves y no demasiado difíciles para la comprensión de los fieles» (OLM 107).

A todo lo expuesto en los Praenotanda es oportuno añadir dos observaciones sobre la disposición de los textos tomados de los Apóstoles. Sobre todo, en las semanas que concluyen el Año Litúrgico escuchamos la primera y la segunda carta a los Tesalonicenses, donde se tratan temas escatológicos que sintonizan con las demás lecturas y con los textos litúrgicos de estos domingos. En segundo lugar, la carta de Pablo a los Romanos constituye una parte muy importante del Ciclo A del domingo IX al XXV. Dada su importancia, a pesar del espacio que le dedica el Leccionario, el homileta puede reservarle una atención especial en estos domingos del Tiempo Ordinario.

148. Debemos reconocer que las lecturas tomadas de los Apóstoles pueden generar un pequeño dilema, en el sentido que no han sido elegidas para que armonicen con el Evangelio y con la lectura del Antiguo Testamento. En ocasiones si están, de modo explícito, en armonía con las otras lecturas, aunque este no es el caso más frecuente, y el homileta no debe forzar la «concordancia» con dichas lecturas. Es legítimo, no obstante, que a veces predique primariamente sobre la segunda lectura, a lo mejor dedicando también algunos domingos a una de las lecturas.

149. El hecho de que los domingos del tiempo ordinario no posean una armonía intrínseca puede representar un reto para el homileta pero este reto le ofrece la oportunidad de evidenciar, una vez más, la finalidad fundamental de la homilía: «El Misterio Pascual de Cristo, proclamado en las lecturas y en la homilía, se realiza por medio del sacrificio de la Misa» (OLM 24). El homileta no debería sentir la necesidad de detenerse en cada lectura o de construir un puente artificial entre ellas: el principio unificador es la Revelación y la Celebración del Misterio Pascual de Cristo para la asamblea litúrgica. En un domingo concreto, el camino de entrada en el misterio nos viene dado en la página del Evangelio leída a la luz de la doctrina propia del Evangelista; esto también puede ser reforzado con una reflexión sobre la relación que hay entre el pasaje del Evangelio, la lectura del Antiguo Testamento y el salmo responsorial. O también, el homileta podría basar su homilía principalmente sobre el texto del Apóstol. En todo caso, la finalidad no es la de hacer un tour de force que una, de modo exhaustivo, los hilos diversos de las Lecturas sino más bien seguir uno de ellos que conduzca al pueblo de Dios al corazón del misterio de la vida, Muerte y Resurrección de Cristo, realizado en la Celebración Litúrgica.

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CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

En Caná, Cristo se manifiesta como Mesías, Hijo de Dios, el Salvador

528. La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf. Solemnidad de la Epifanía del Señor, Antífona del “Magníficat” en II Vísperas, LH), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos “magos” venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos “magos”, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para “rendir homenaje al rey de los Judíos” (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que “la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas” (San León Magno, Sermones, 23: PL 54, 224B) y adquiere la israelitica dignitas (la dignidad israelítica) (Vigilia pascual, Oración después de la tercera lectura: Misal Romano.

La Iglesia, esposa de Cristo

796. La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen del esposo y de la esposa. El tema de Cristo Esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como “el Esposo” (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa “desposada” con Cristo Señor para “no ser con él más que un solo Espíritu” (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo “amó y por la que se entregó a fin de santificarla” (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef 5,29):

«He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos [...] Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza [ex persona capitis] o en el de cuerpo [ex persona corporis]. Según lo que está escrito: “Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.” (Ef 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: “De manera que ya no son dos sino una sola carne” (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal ...Como cabeza él se llama “esposo” y como cuerpo “esposa” (San Agustín, Enarratio in Psalmum 74, 4: PL 36, 948-949).

El matrimonio en el Señor

1612. La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la Nueva y Eterna Alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por Él (cf. GS 22), preparando así “las bodas del cordero” (Ap 19,7.9).

1613. En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo —a petición de su Madre— con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

1614. En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6).

1615. Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán “comprender” (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

1616. Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: «“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne”. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,31-32).

1617. Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (cf Concilio de Trento, DS 1800; CIC can. 1055 § 2).

La intercesión de María en Caná

2618. El Evangelio nos revela cómo María ora e intercede en la fe: en Caná (cf Jn 2, 1-12) la madre de Jesús ruega a su Hijo por las necesidades de un banquete de bodas, signo de otro banquete, el de las bodas del Cordero que da su Cuerpo y su Sangre a petición de la Iglesia, su Esposa. Y en la hora de la nueva Alianza, al pie de la Cruz (cf Jn 19, 25-27), María es escuchada como la Mujer, la nueva Eva, la verdadera “madre de los que viven”.

Los carismas al servicio de la Iglesia

799. Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

800. Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo; los carismas constituyen tal riqueza siempre que se trate de dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo y que se ejerzan de modo plenamente conforme a los impulsos auténticos de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad, verdadera medida de los carismas (cf. 1 Co 13).

801. Por esta razón aparece siempre necesario el discernimiento de carismas. Ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los pastores de la Iglesia. “A ellos compete especialmente no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno” (LG 12), a fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al “bien común” (cf. 1 Co 12, 7; cf. LG 30; CL, 24).

951. La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo “reparte gracias especiales entre los fieles” para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Co 12, 7).

2003. La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias especiales, llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio (cf LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (cf 1 Co 12).

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Invitaron a Jesús a la boda

El Evangelio de este Domingo es el de las bodas de Caná. Resumámoslo rápidamente. Hubo una boda en Caná de Galilea, un pueblo no muy lejano de Nazaret. Participaba, también allí, la madre de Jesús y, precisamente por esto, posiblemente, «Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda». En un cierto punto, llega a faltar el vino. La fiesta arriesgaba transformarse en un motivo de vergüenza para los dos esposos durante toda la vida. María, que se da cuenta de inmediato hace presión sobre el Hijo para que se apiade y realice el milagro. Éste hace rellenar seis tinajas de agua y las transforma en un vino mejor que el de antes.

¿Qué ha querido decimos Jesús aceptando participar en una fiesta de bodas? Ante todo, de este modo, él de hecho con su presencia ha honrado las bodas entre un hombre y una mujer recalcando implícitamente que son una cosa hermosa, querida por el creador y bendecida por él. Pero, ha querido también enseñarnos otra cosa. Con su venida al mundo, se realizaba aquel esponsalicio místico entre Dios y la humanidad, que había sido prometido a través de los profetas con el nombre de «nueva y eterna alianza» (cfr. 1 Crónicas 16,17; Sirácida 17,12; 45, 7; lsaías 24,5; 61,8; etc.). Muchas veces había hablado Dios de su amor para con la humanidad mediante la imagen del amor nupcial. En Caná se encuentran el símbolo y la realidad: las bodas humanas de dos jóvenes son la ocasión para hablarnos de otro esposo y de otra esposa.

Entonces, ¿las bodas de Caná fueron un simple pretexto para hablar de lo otro, esto es, de las nupcias espirituales? No, porque la relación es recíproca. Si las bodas humanas sirven de símbolo a las nupcias espirituales entre la humanidad y Cristo, éstas, a su vez, sirven de modelo para las bodas humanas. En otras palabras, según la Biblia, si queremos descubrir cómo debieran ser las relaciones en el matrimonio entre el hombre y la mujer, debemos prestar atención a cómo son las de Cristo y la Iglesia.

Probemos a hacerla, siguiendo el pensamiento de san Pablo sobre este argumento, tal como está expresado en Efesios 5, 25-33. Según esta visión, en el origen y en el centro de todo matrimonio debe estar el amor:

«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella».

Esta afirmación hoy nos parece a nosotros presupuesta. Sin embargo, sólo desde hace poco más de un siglo se ha llegado a un reconocimiento de esto y, aún, no en todas partes. Durante siglos y milenios, el matrimonio era una transacción contractual entre familias, un modo de proporcionar la conservación del patrimonio familiar o la mano de obra para el trabajo de los dueños o cabezas de familia o una obligación social. Los protagonistas eran los padres y las familias, no lo esposos que con frecuencia se conocían sólo desde el mismo día de las nupcias.

No sólo Cristo ama a la Iglesia, sino que su amor es un amor «celoso o delicado» (cfr. 2 Corintios 11,2). Y, asimismo, debiera ser el de todo marido. No existen, en efecto, sólo celos malos, morbosos, signo de debilidad y de falta de confianza. Existen también una celosía o celos buenos que son lo contrario a la indiferencia y están formados de celo (¡celo y celosía tienen la misma raíz!), de intereses y de temor por el otro.

Jesús, añade además Pablo en el texto a los Efesios, se ha entregado a sí mismo para presentarse a la Iglesia resplandeciente «sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino para que sea santa e inmaculada». ¿Para un marido humano es posible, también en esto, emular con el esposo Cristo? ¿Puede quitarle él las arrugas a la propia mujer? ¡Sí que lo puede! Hay arrugas producidas por el desamor, por haberlas abandonado solas. Quien se siente todavía importante para el cónyuge no tiene arrugas o, si las tiene, son arrugas diferentes, que acrecientan y no disminuyen la belleza.

¿Y las mujeres qué pueden aprender de su modelo, que es la Iglesia? La Iglesia se hace dotada de hermosura únicamente para su esposo, Cristo, no para agradar a los demás. Es fiel y entusiasta de su esposo y no se cansa de entretejerle alabanzas. Traducido al plano humano, esto les recuerda a las novias y a las esposas que su estima y admiración por el novio o el marido es una cosa importantísima. Es a veces para ellos lo que más cuenta en el mundo. Sería grave hacérsela faltar, al no tener nunca una palabra de aprecio por su trabajo, por su capacidad organizativa, por su valentía, por su dedicación a la familia, por lo que habla si es un hombre político, por lo que escribe si es un escritor, por lo que crea si es un artista. El amor se nutre de estima y muere sin ella.

Pero, hay una cosa sobre todo que el modelo divino recuerda a los esposos: la fidelidad. Dios, a pesar de todo, es siempre fiel. El profeta aseas describe las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel con la imagen de un matrimonio en crisis. El pueblo es infiel; se abandona a los ídolos; vuelve las espaldas a Dios. Dios primero amenaza, desahoga su ira, grita a los hijos con palabras muy «humanas»: «¡Pleitead con vuestra madre, pleitead, porque ella ya no es mi mujer, y yo no soy su marido! ¡Que quite de su rostro sus prostituciones!» (Oseas 2,4). Pero, después, visto que las amenazas no consiguen nada, decide cambiar él, poner una losa sobre el pasado y reconquistar de nuevo a la esposa a fuerza de amor. Sus palabras hacen pensar en un marido que le ofrece a la mujer emprender juntos, ellos dos solos, un largo viaje para volver a comenzarlo todo desde el principio, como una nueva luna de miel:

«Por eso vaya seducirla; vaya llevarla al desierto y le hablaré al corazón... y ella responderá allí como en los días de su juventud» (Oseas 2,16-17).

Hoy, lo de la fidelidad ha llegado a ser como un discurso abrupto, que ya nadie ni siquiera se arriesga hacer más. Y, no obstante, el factor principal de romperse tantos matrimonios está precisamente aquí, en la infidelidad. Alguno lo niega, diciendo que el adulterio es el efecto, no la causa de las crisis matrimoniales. En otras palabras, dicen que se traiciona porque ya no existe nada más con el propio cónyuge. A veces, esto podría ser también verdad; pero, muy frecuentemente se trata de un círculo vicioso. Se traiciona porque el matrimonio está muerto; mas, el matrimonio está muerto precisamente porque se ha comenzado a traicionar, en un primer momento tal vez sólo con el corazón. La cosa más odiosa es que precisa y frecuentemente el que traiciona hace recaer la culpa de todo en el otro y se hace víctima de la situación.

En un discurso al pueblo, san Agustín observaba: «Si un marido dice ser casto y fiel a la mujer, se le ríen y le dicen que no es un hombre. Hasta este punto ha llegado la perversidad humana, que quien ha sido vencido por la libido es tenido como un hombre, mientras que no sería un hombre quien la vence. Es como si asistiendo a un espectáculo en el anfiteatro se tuviese como más fuerte al que permanece tendido bajo el vientre de la fiera, más bien que quien triunfa sobre ella» (Sermones 9,12). Agustín se dirige a los maridos porque en su tiempo (por lo demás, como hasta no hace mucho tiempo) el adulterio era considerado una cosa enorme, si se cometía por la mujer, y una escapadilla de la que vanagloriarse entre los amigos, si era cometido por el hombre. Hoy sabemos que la corrección vale del mismo modo para uno y para la otra.

Pero, volvamos de nuevo al episodio evangélico, porque contiene una esperanza para todas las parejas humanas; igualmente, para las mejores. Sucede en cada matrimonio lo que aconteció en las bodas de Caná. Se comienza con el entusiasmo inicial, como el vino en Caná; con el pasar del tiempo se consume o acaba y llega a faltar. Entonces, las cosas ya no se hacen más por amor y con alegría, sino por costumbre. Si no se está atentos, sobre la familia va calando como una especie de nube gris y de aburrimiento. Para los invitados a la propia boda, esto es, para los hijos, que un día llegarán, frecuentemente, ya no se tiene nada para ofrecerles si no es el propio cansancio y las propias preocupaciones. También, de estos esposos se debe decir tristemente: «¡No les queda vino!»

El episodio evangélico de hoy les indica a los cónyuges una vía para no caer en esta situación o para salir de ella, si ya se está dentro: ¡invitar a Jesús a la propia boda! Si él está presente, se le puede siempre pedir que repita el milagro de Caná: transformar el agua en vino. El agua de la costumbre, de la rutina, de la frialdad en el vino de un amor y de una alegría mejor que los iniciales, como era el vino multiplicado en Caná. Invitar a Jesús a la propia boda significa tener el Evangelio en un puesto de honor en la propia casa, rezar juntos, acercarse a los sacramentos, tomar parte en la vida de la Iglesia.

No siempre ambos los dos cónyuges están religiosamente en la misma línea. Tal vez, uno de los dos es creyente y el otro no o, al menos, no del mismo modo. En este caso, que invite a Jesús a la boda el de los dos que le conoce más, y hágalo de tal modo con su galantería, con el respeto por el otro, con el amor y la coherencia de vida, para que pronto llegue a ser el amigo de los dos. ¡Un «amigo de familia»!

Pero, después de haber dicho tantas cosas bonitas sobre el matrimonio (hoy y en la fiesta de la Sagrada Familia), siento la necesidad de darles una advertencia también a los novios y a sus padres. ¡Estad atentos en no hacer del matrimonio algo absoluto y el todo de la vida! Sobrecargar al matrimonio de esperas desproporcionadas, que nunca se podrán asegurar, significa condenar al matrimonio mismo a un fallo seguro. Una de las más grandes historias de amor narradas en la literatura, la de Fausto y Margarita, concluye con estas palabras de Goethe: «Todo lo que pasa no es más que un símbolo»; sólo en el cielo «10 alcanzable llega a ser realidad». El matrimonio es ciertamente una de las cosas que pasan con el suceder de la escena de este mundo (cfr. 1 Corintios 7, 31). Sería un grave error hacerla un absoluto, aquello del que se hace depender o se mide el éxito o el fracaso de la vida misma. Hay personas, que han fracasado en el matrimonio y, sin embargo, son dignísimas y mejores que tantas otras felizmente casadas. Sólo en Dios, el cariño pleno y la unidad perfecta (también de los esposos entre sí), en suma, lo que acá abajo es «inalcanzable», llegará a ser realidad para siempre.

Se ha dicho que amarse no significa sólo mirarse uno al otro sino mirar juntos en la misma dirección. La palabra de Dios nos ha revelado hoy cuál es esta «dirección» hacia el que los esposos deben mirar juntos para perseverar en su elección: Dios, que es la fuente del amor y de la fidelidad.

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