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El Baptisme del Senyor (cicle C): En aquest diumenge després de l'Epifania celebrem el Baptisme de Jesús, i recordem agraïts el nostre Baptisme

Avui, festa del Baptisme de Jesús, pensem en el dia del nostre Baptisme. Tots nosaltres hem estat batejats, agraïm aquest do. I us faig una pregunta: Qui de vosaltres coneix la data del seu Baptisme? Segurament no tots. Per això, us convido a anar a buscar la data preguntant per exemple als vostres pares, als vostres avis, als vostres padrins, o anant a la parròquia. És molt important conèixer-la perquè és una data per a festejar: és la data del nostre renaixement com a fills de Déu. Per això, els deures per a aquesta setmana: anar a buscar la data del meu Baptisme. Festejar aquest dia significa reafirmar la nostra adhesió a Jesús, amb el compromís de viure com a cristians, membres de l'Església i d'una humanitat nova, en la qual tots som germans. Que la Mare de Déu, primera deixebla del seu Fill Jesús, ens ajudi a viure amb alegria i fervor apostòlic el nostre Baptisme, acollint cada dia el do de l'Esperit Sant, que ens fa fills de Déu.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Mt 3, 16-17

Inmediatamente después de que Jesús recibió el bautismo, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo se posó sobre él en forma de paloma, y resonó la voz del Padre que decía: “Éste es mi Hijo amado, en quien he puesto todo mi amor”.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que proclamaste solemnemente a Jesucristo como tu Hijo muy amado, cuando, al ser bautizado en el Jordán, descendió el Espíritu Santo sobre él, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, que se conserven siempre dignos de tu complacencia. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán.

Del libro del profeta Isaías: 40, 1-5. 9-11

“Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha satisfecho por sus iniquidades, porque ya ha recibido de manos del Señor castigo doble por todos sus pecados”.

Una voz clama: “Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane. Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán”. Así ha hablado la boca del Señor.

Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas nuevas para Sión; alza con fuerza la voz, tú que anuncias noticias alegres a Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: “Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder el que con su brazo lo domina todo. El premio de su victoria lo acompaña y sus trofeos lo anteceden. Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 103, lb-2. 3-4. 24-25. 27-28. 29-30

R/. Bendice al Señor, alma mía.

Bendice al Señor, alma mía; Señor y Dios mío, inmensa es tu grandeza. Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. R/.

Por encima de las aguas construyes tu morada. Las nubes son tu carro; los vientos, tus alas y mensajeros; y tus servidoras, las ardientes llamas. R/.

¡Qué numerosas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con maestría! La tierra está llena de tus creaturas, y tu ruar, enorme a lo largo y a lo ancho, está lleno de animales pequeños y grandes. R/.

Todos los vivientes aguardan que les des de comer a su tiempo; les das el alimento y lo recogen, abres tu mano y se sacian de bienes. R/.

Si retiras tu aliento, toda creatura muere y vuelve al polvo. Pero envías tu espíritu, que da vida, y renuevas el aspecto de la tierra. R/.

SEGUNDA LECTURA

Él nos salvó mediante el bautismo, que nos regenera y nos renueva, por la acción del Espíritu Santo.

De la carta del apóstol san Pablo a Tito: 2, 11-14; 3, 4-7

Querido hermano: La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza. Él se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien.

Al manifestarse la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor a los hombres, él nos salvó, no porque nosotros hubiéramos hecho algo digno de merecerlo, sino por su misericordia Lo hizo mediante el bautismo, que nos regenera y nos renueva, por la acción del Espíritu Santo, a quien Dios derramó abundantemente sobre nosotros, por Cristo, nuestro salvador. Así, justificados por su gracia, nos convertiremos en herederos, cuando se realice la esperanza de la vida eterna.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 3, 16

R/. Aleluya, aleluya.

Ya viene otro más poderoso que yo, dijo Juan el Bautista; él los bautizará con él Espíritu Santo y con fuego. R/.

EVANGELIO

Después del bautismo de Jesús, el cielo se abrió.

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 3, 15-16. 21-22

En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, los dones que te presentamos en la manifestación de tu Hijo muy amado, para que la oblación de tus hijos se convierta en el mismo sacrificio de aquel que quiso en su misericordia lavar los pecados del mundo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

PREFACIO

El Bautismo del Señor.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque mostraste en el Jordán con signos admirables el misterio del nuevo bautismo, para que, por aquella voz, venida del cielo, creyéramos que tu Palabra ya estaba habitando en nosotros y, por el Espíritu Santo, que descendió en forma de paloma, se supiera que Cristo, tu Siervo, era ungido con óleo de alegría y enviado a anunciar el Evangelio a los pobres. Por eso, a una con los coros de ángeles, te alabamos continuamente en a tierra, aclamando sin cesar: Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 1, 32. 34

Éste es aquél de quien Juan decía: Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Saciados con estos sagrados dones, imploramos, Señor, tu clemencia, para que, escuchando fielmente a tu Unigénito, nos llamemos y seamos de verdad hijos tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Preparad el camino del Señor (Is 40,1-5.9-11)

1a. lectura

Se inicia aquí una sección del libro de Isaías (40,1 – 48,22) que tiene como referencia inmediata la vuelta de los desterrados de Babilonia, que es presentada como un «nuevo éxodo». Si el éxodo de Egipto es el prototipo de todas las intervenciones que ha hecho Dios en favor de su pueblo, ahora se habla de otro, que es «nuevo» porque el poder con el que actúa el Señor, Creador de todas las cosas, supera a lo manifestado en el antiguo. La noticia de la liberación inminente supone un gran consuelo para el pueblo. Así se dice desde el principio y se reitera en los oráculos que siguen. Por eso, esta parte del libro de Isaías suele denominarse «Libro de la Consolación», y ha sido entendida como figura y anticipo de la consolación que traerá Cristo: «La verdadera consolación, alivio y liberación de los males humanos es la Encarnación de nuestro Dios y Salvador» (Teodoreto de Ciro, Commentaria in Isaiam 40,3).

Con solemnidad, una voz anónima proclama el consuelo de parte del Señor (vv. 1-5). La misma voz pide al profeta que también él grite y pregone la perenne vitalidad de la palabra de Dios y su mensaje de la salvación (vv. 6-11).

Los oráculos se dirigen a los habitantes de Jerusalén deportados en Babilonia. Cuando se pronuncian han pasado ya varias décadas desde que ellos o sus padres fueron forzados a abandonar la ciudad santa. Tras ese tiempo de sufrimientos y separación, su culpa ha sido expiada con creces. Llega el momento de disponerse para emprender, con la ayuda del Señor, el camino de regreso. A lo largo de toda la sección se habla de ese viaje. La voz que habla en nombre del Señor infunde ánimos: no será un camino duro, sino que encontrarán un sendero despejado que los llevará ante la Gloria del Señor. Como en el éxodo de Egipto, en el «camino» de Babilonia hacia Jerusalén el poder de Dios se va a manifestar con prodigios. Las palabras de la voz misteriosa que invita a emprender la marcha avivan la esperanza de los que regresaban a la tierra prometida. Los cuatro Evangelios ven cumplidas estas palabras en el ministerio de Juan Bautista, que es la voz que grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor» (cfr v. 3). En efecto, Juan, con su llamada a la conversión personal y al bautismo de penitencia, prepara el camino para encontrar a Jesús (cfr Mt 3,3; Mc 1,3; Lc 3,4; Jn 1,23), a quien los Evangelios confiesan como «el Señor» (cfr v. 3). Por su parte, Juan Bautista es el heraldo, el «precursor»: «Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres» (Eusebio de Cesarea, Commentaria in Isaiam 40,366). De ahí que, en la tradición cristiana, «Juan es “más que un profeta” (Lc 7,26). En él, el Espíritu Santo consuma el “hablar por los profetas”. Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cfr Mt 11,13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la “voz” del Consolador que llega (Jn 1,23; cfr Is 40,1-3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 719).

En la segunda parte del oráculo, la voz anónima pide al profeta que hable en nombre del Señor (vv. 6-8). Los proyectos meramente humanos tienen una vigencia limitada, sólo la palabra de Dios permanece. Seguramente hay en esa voz una alusión al poder de Babilonia, que pasa como «flor silvestre» cuando «sopla el aliento del Señor», porque se había alzado contra la bondad de Dios. En el mensaje que ha de transmitir al pueblo se habla de confianza en el poder de Dios, que no llega para devastar sino para cuidar amorosamente y recompensar al pueblo que está a su cuidado (vv. 9-11). Aparece por primera vez la imagen del «rebaño» referida al pueblo de Dios, una de las varias figuras utilizadas en la Sagrada Escritura para expresar la atención amorosa de Dios a su pueblo (cfr Jr 23,3; Ez 34,1ss.; Sal 23,4) y que la tradición cristiana utiliza para exponer el misterio de la Iglesia: «La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo (Jn 10,1-10). Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció (cfr Is 40,11; Ez 34,11-31). Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo, es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cfr Jn 10,11; 1 P 5,4), que dio su vida por las ovejas (cfr Jn 10,11-15)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 6).

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Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres (Tt 2,11-14)

2a. lectura

La acción de la gracia divina manifestada en la Encarnación tiene eficacia redentora: es portadora de salvación, además de fuente de santificación, al educar para un comportamiento moral recto. Las obligaciones descritas manifiestan un estilo de vida cristiana (v. 12) fundado en la esperanza (v. 13). Es Cristo quien con su obra redentora ha logrado que podamos tener tal vida y esperanza.

En la Eucaristía, alimento del alma, recibimos la gracia para vivir así y la celebramos «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi (“mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”: MR, Embolismo después del Padre Nuestro; cfr Tt 2, 13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3,128: oración por los difuntos)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1404).

El v. 14 es bello resumen de la doctrina de la Redención. Se señalan cuatro elementos esenciales: donación que Cristo hizo de Sí mismo; redención de toda iniquidad; purificación; y apropiación del pueblo. La entrega de Cristo es una alusión al sacrificio voluntario de la cruz (cfr Ga 1,9; 2,20; Ef 5,2; 1 Tm 2,6), mediante el cual nos ha librado de la esclavitud del pecado; el sacrificio de Cristo es la causa de la libertad de los hijos de Dios, de modo análogo a como la acción de Dios operó la liberación del pueblo de Israel en el éxodo, constituyéndolo en pueblo de su propiedad (cfr Ex 19,4-6). Con la nueva Alianza de su sangre, Jesucristo hace de la Iglesia su pueblo elegido, llamado a incorporar a todas las naciones: «Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).

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Bautismo de Jesús (Lc 3,15-16.21-22)

 Evangelio

Los cuatro evangelios recogen la actividad del Bautista que precedió la vida pública de Cristo.

Juan recuerda que él no es el Mesías, pero que éste está al llegar y que vendrá con el poder de juez supremo, propio de Dios, y con una dignidad que no tiene parangón humano (vv. 15-16): «Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por Mesías y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio. (...) Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar» (S. Agustín, Sermones 293,3).

El Bautismo de Jesús es narrado por los tres evangelios sinópticos. También se encuentran alusiones a él en el Evangelio de San Juan (Jn 1,29-34) y en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,5; 10,38). En todos se presenta como el comienzo del ministerio, o mejor, como la preparación inmediata a su vida pública. Su significación es muy rica: es la manifestación (epifanía) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios, y la aceptación y la inauguración de su misión de «Siervo doliente» (cfr nota a Mt 3,13-17). Para los hombres representa también el signo de la reconciliación del mundo con Dios (cfr nota a Mc 1,13-17). Este acontecimiento, la adoración de los Magos (Mt 2,11) y el primer milagro que hizo el Señor en las bodas de Caná (Jn 2,11) constituyen las tres primeras manifestaciones solemnes de la divinidad de Cristo; como tales se evocan en la liturgia de la solemnidad de la Epifanía: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los Magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya» (Liturgia de las Horas, Antífona del Magnificat 2ª vísperas).

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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

El Bautismo del Señor

Y aconteció, al tiempo que todo el pueblo era bautizado, que, habiendo sido también bautizado y estando en oración, se abrió el cielo, y descendió el Espíritu Santo en figura corporal a manera de paloma sobre El, y una voz vino del cielo: Tú eres mi Hijo amado; en ti me agradé. El Señor ha sido, pues, bautizado: No quería El ser purificado, sino purificar las aguas, a fin de que, limpias por la carne de Cristo, que jamás conoció el pecado, tuviesen el poder de bautizar. Así el que viene al bautismo de Cristo deja allí sus pecados. Bellamente el evangelista San Lucas se ha propuesto resumir lo que habían dicho los otros y ha dado a entender que el Señor fue bautizado por Juan, más que dejarlo expresado. En cuanto a la causa de este bautismo del Señor, el mismo Señor nos lo explica con estas palabras: Déjame hacer ahora, pues así nos cumple realizar plenamente toda justicia (Mt 3,15).

Habiendo hecho tanto Dios por un favor divino, que, para la edificación de su Iglesia, después de los patriarcas, de los profetas y de los ángeles, descendiese el Hijo Unigénito de Dios y viniese al bautismo, ¿no reconoceremos nosotros con cuánta verdad y divinamente se ha dicho de la Iglesia: Si el Señor no edifica su casa, en vano trabajan los que la construyen? No hay que extrañarse que el hombre no pueda edificar si no puede custodiar: Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los que la guardan (Sal 162,1). Por mi parte me atrevo a decir aún que el hombre no puede andar en un camino si el Señor no le ha precedido antes; así está escrito: Marcharás en pos del Señor tu Dios (Deut 13,4) y el Señor es el que conduce los pasos del hombre (Prov 20,24). Finalmente, aquél, más perfecto, que comprendía que sin el Señor no podía marchar, ha dicho: Enseñadme vuestros caminos (Sal 24,4). Y, para venir a la historia —pues no debemos sacar sólo la simple serie de los hechos, sino también ordenar nuestras acciones conforme lo que está escrito—, de Egipto salió el pueblo. Ignoraba el camino que conducía a la Tierra santa; Dios envía una columna de fuego a fin de que, durante la noche, conociera el pueblo su camino; envió también durante el día una columna de nubes para que no se desviasen ni a derecha ni a izquierda. Mas no eres tal, ¡oh hombre!, que merezcas también tú una columna de fuego; tú no tienes a Moisés; no tienes el signo; pues ahora, que ha venido el Señor, se exige la fe y son retirados los signos. Teme al Señor y cuenta sobre el Señor; pues el Señor enviará a sus ángeles en torno de los que le temen y los librará (Sal 33,8). Observa atentamente que siempre el poder del Señor colabora con los esfuerzos del hombre, de suerte que nadie puede construir sin el Señor, nadie custodiar sin el Señor ni emprender cosa alguna sin el Señor. Por eso, según el Apóstol: Ora comáis, ora bebáis, hacedlo todo a la gloria de Dios (1 Cor 10,31), en el nombre de nuestro Señor Jesucristo; pues en dos epístolas nos prescribe obrar: en una, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Col 3,17), y en otra, a la gloria de Dios, para que entiendas que el Padre y el Hijo tienen la misma gloria y el mismo poder, que no existe diferencia alguna en cuanto a la divinidad entre el Padre y el Hijo, que, para ayudarnos, no están en desacuerdo. David me enseñó que nadie sin el Señor construye la casa ni guarda la ciudad.

Moisés me ha enseñado que nadie más que Dios ha hecho el mundo; pues al principio hizo Dios el cielo y la tierra (Gen 1,1). Igualmente me ha enseñado que Dios creó al hombre con su trabajo, y no sin motivo ha escrito: Hizo Dios al hombre del barro de la tierra y le sopló en su rostro un soplo de vida (ibíd., 2,7), para que adviertas la actividad de Dios en la creación del hombre como una especie de trabajo corporal. Me ha enseñado también que Dios ha hecho a la mujer: pues Dios infundió un sueño a Adán y se durmió, y tomó Dios una costilla de su costado y la llenó de carne, Y el Señor transformó en mujer la costilla que tomó de Adán (ibíd., 2,21ss). No en vano, he dicho, Moisés ha mostrado a Dios trabajando en la creación de Adán y Eva como con manos de carne. Para el mundo, Dios ordena que sea hecho y fue hecho, y por esta sola palabra indica la Escritura que la obra del mundo fue acabada; al venir al hombre, el profeta ha cuidado de mostrarnos, por decirlo así, las manos mismas de Dios en el trabajo.

Este trabajo de Dios en estas obras me obliga a entender aquí yo no sé qué cosas más de las que leo. El Apóstol viene en ayuda de mi aturdimiento, y lo que yo no entendía qué era: Hueso de mis huesos y carne de mi carne y ésta se llamará mujer, porque ha sido tomada del varón, me lo ha revelado en el Espíritu Santo, diciendo: Esto es un gran misterio. ¿Qué misterio? Porque serán los dos en una sola carne, y dejará el hombre a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y porque nosotros somos miembros de su cuerpo, hechos de su carne y de sus huesos (Ef 5,30.32). ¿Quién es este hombre por el cual ha de dejar la mujer a sus padres? La Iglesia ha dejado a sus padres, ha reunido a los pueblos de la gentilidad, a la cual se ha dicho proféticamente: Olvida a tu pueblo y la casa de tus padres (Sal 44,11). ¿Por qué hombre? ¿No será por Aquel del cual ha dicho Juan: Detrás de mí viene un hombre que ha sido hecho antes que yo? (Jn 1,30). De su costado, mientras dormía, Dios ha tomado una costilla; pues él mismo es el que durmió, descansó y resucitó, porque el Señor lo levantó. ¿Cuál es su costilla, sino su poder? Pues en el mismo momento en que un soldado abrió su costado, al instante salió agua y sangre, que se derramó para la vida del mundo (Jn 19,34). Esta vida del mundo es el costado de Cristo, el costado del segundo Adán; ya que el primer Adán fue alma viviente, el segundo espíritu vivificante (1 Cor 15,45); el segundo Adán es Cristo, el costado de Cristo es la vida de la Iglesia. Nosotros somos, pues, miembros de su cuerpo, hechos de su carne y de sus huesos (Ef 5,30). Y tal vez éste es el costado del cual se ha dicho: Yo siento un poder que sale de mí (Lc 8,46); ésta es la costilla que salió de Cristo, y no ha disminuido su cuerpo; pues no es una costilla corporal, sino espiritual, ya que el espíritu no se divide, sino que divide a cada uno según su agrado (1 Cor 12,11). He aquí a Eva, madre de todos los vivientes. Si entiendes: Buscas al que vive entre los muertos (Lc 24,5), entiendes que están muertos los que están sin Cristo, que no participan de la vida; es decir, que no participan de Cristo, pues Cristo es vida. La madre de los vivientes es, pues, la Iglesia que Dios ha construido teniendo por piedra angular al mismo Jesucristo, en el cual toda estructura compacta se levanta para formar un templo (Ef 2,20).

Que Dios venga, pues; que cree a la mujer: aquélla para la ayuda de Adán, ésta para Cristo; no porque Cristo tenga necesidad de una auxiliar, sino porque nosotros buscamos y deseamos ir a la gracia de Cristo por la Iglesia. Ahora la mujer es construida, ahora es formada, ahora toma figura, ahora es creada. Por eso la Escritura ha adoptado una expresión nueva, que nosotros somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas (Ef 2,20). Ahora la casa espiritual se levanta para un sacerdocio santo (1 Petr 2,5). Ven, Señor Dios, forma esta mujer, construye la ciudad. Que venga también tu siervo; pues yo creo en tu palabra: El mismo edificará para mí la ciudad (Is 44,13).

He aquí a la mujer, madre de todos; he aquí la mansión espiritual, he aquí la ciudad que vive eternamente, pues no sabe morir. Es la ciudad de Jerusalén, que ahora se ve en la tierra, pero que será transportada por encima de Elías —Elías era una unidad—, transportada por encima de Enoch, de cuya muerte nada se encuentra; pues fue arrebatado para que la maldad no cambiase su corazón (Sab 4,11), mientras que ésta es amada por Cristo como gloriosa, santa, inmaculada, sin arruga (Ef 5,27). ¡Y cuánto todo el cuerpo no tiene más títulos que el ser elevado! Tal es en efecto la esperanza de la Iglesia. Será ciertamente transportada, elevada y conducida al cielo. He aquí que Elías fue transportado en un carro de fuego, y la Iglesia será transportada. ¿No me crees? Cree al menos a Pablo, en el cual ha hablado Cristo. Nosotros, dice, seremos arrebatados sobre las nubes al aire hacia el encuentro del Señor y así siempre estaremos con el Señor (1 Tes 4,17).

Para construida (la Iglesia) han sido enviados muchos: han sido enviados los patriarcas, los profetas, el arcángel Gabriel; innumerables ángeles se han aplicado a esa misión, y la multitud de los ejércitos celestiales alababa a Dios porque se acercaba la construcción de esta ciudad. Muchos han sido enviados, mas sólo Cristo la ha construido; en verdad no está solo, porque está presente el Padre, y, si El sólo la construye, no reivindica para sí solo el mérito de tal construcción. Se ha escrito del templo de Dios que construyó Salomón, y que figuraba a la Iglesia, que eran setenta mil los que transportaban sobre sus espaldas y ochenta mil los canteros (2 Sam 3). Que vengan los ángeles, que vengan los canteros, que tallen lo superfluo de nuestras piedras y pulimenten sus asperezas; que vengan también los que las llevan sobre sus espaldas; pues está escrito: Serán llevados sobre las espaldas (Is 49,22).

Vino, pues, a Juan —pues lo demás lo conocéis—. Vino al bautismo de Juan. Mas el bautismo de Juan llevaba consigo el arrepentimiento de los pecados. Y por eso se lo impide Juan, diciendo: Yo debo ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? (Mt 3,14). ¿Por qué vienes a mí tú, que no tienes pecado? Debe ser bautizado el que es pecador, más el que no ha cometido pecados, ¿por qué habría de pedir un bautismo de penitencia? Deja por el momento —es decir, mientras construyo la Iglesia—, pues así nos cumple realizar toda justicia (ibíd., 15). ¿Qué es la justicia, sino la misericordia?, pues Él ha distribuido, ha dado a los pobres, su justicia permanece eternamente (Sal 111,9). Él me ha dado a mí, pobre, me ha dado a mí, indigente, la gracia que antes no tenía: su justicia permanece eternamente. ¿Qué es la justicia, sino que tú comiences primero lo que quieres que otro haga y animar a los demás con tu ejemplo? ¿Qué es la justicia, sino que, habiendo tomado carne, lejos de excluir como Dios la sensibilidad o los servicios de la carne, triunfó de la carne como hombre, para enseñarme a triunfar de ella? Pues me ha enseñado de qué manera yo podría dar a esta carne, sujeta a los vicios de la tierra, la sepultura en cuanto a los crímenes y la renovación de las virtudes.

¡Oh providencia verdaderamente divina en la misma humillación del Señor! Pues cuanto más profundo ha sido su abatimiento, más divina ha sido su providencia. Dios se entrega por el exceso de sus injurias; y para el empleo de sus remedios, no tiene Él necesidad de ningún remedio, se afirma Dios. ¿Hay cosa más divina, para llamar a los pueblos, que nadie rehúya el bautismo de gracia, cuando el mismo Cristo no ha rehuido el bautismo de penitencia? Nadie se considere exento de pecado cuando Cristo ha venido para remedio de los pecadores. Si Cristo se bautizó por nosotros, más aún, si nos bautizó en su cuerpo, ¿cuánto más debemos lavar nuestros delitos? ¿Qué obra más grande, qué mayor misterio muestra a Dios, aunque Dios esté en todos, que éste: a través del mundo entero donde se ha diseminado la raza y el género humano, a través de las distancias y de los espacios que separan los países, en un momento, en un solo cuerpo, Dios quita el fraude del antiguo error y derrama la gracia del Reino de los cielos? Uno sólo ha sido sumergido, pero ha levantado a todos; uno descendió para que todos ascendiesen, uno recibió los pecados, para que en El fueran lavados los pecados de todos. Purificaos, dice el apóstol (Sant 4,8), puesto que ha sido purificado por nosotros Aquél que no tiene necesidad de purificación. Estas cosas para nosotros.

Ahora consideremos el misterio de la Trinidad. Decimos que Dios es uno, mas alabamos al Padre y alabamos al Hijo. Pues, cuando se ha escrito: Amarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás (Deut 10,20), el Hijo ha declarado que no está solo, al decir: Mas yo no estoy solo, pues mi Padre está conmigo (Jn 16,32). En este momento tampoco está El solo: pues el Padre da testimonio de su presencia. Está presente el Espíritu Santo; pues nunca la Trinidad puede ser separada: El cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo, en figura corporal, a manera de paloma. ¿Cómo, pues, dicen los herejes que Él está solo en el cielo, cuando no lo está en la tierra? Prestemos atención al misterio. ¿Por qué como una paloma? Es que para la gracia del bautismo se requiere la simplificación, de suerte que nosotros seamos simples como palomas (Mt 10,16). La gracia del bautismo requiere la paz, que, según la figuración antigua, una paloma la llevó al arca, que sola se salvó del diluvio. Lo que figuraba esta paloma, lo he aprendido de Aquel que ahora se ha dignado descender bajo la figura de una paloma: Él me ha enseñado que por este ramo y por esta arca eran figuradas la paz y la Iglesia, y que, en medio de los cataclismos del mundo, el Espíritu Santo lleva a su Iglesia la paz fructuosa. También me lo ha enseñado David cuando, al ver en una inspiración profética el misterio del bautismo, ha dicho: ¿Quién me dará alas como a la paloma? (Sal 54,7).

El Espíritu Santo ha venido; mas estad atentos al misterio. Ha venido a Cristo, pues, todo ha sido creado por El y subsiste en El (Col 1,16). Observa la benevolencia del Señor, que solo se ha sometido a las afrentas y solo Él no ha buscado el honor. ¿Y cómo ha construido la Iglesia? Yo rogaré al Padre, dice, y os dará otro Consolador, que esté con vosotros perpetuamente: El Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, -porque no le ve ni le conoce (Jn 14,16-17). Con razón, pues, se ha mostrado corporalmente, pues en la sustancia de su divinidad no se le ve.

Nosotros hemos visto al Espíritu Santo, pero bajo una forma corporal. Veamos también al Padre. Más, como no podemos verle, escuchémosle. Pues está allí como Dios bienhechor; no dejará a su templo; quiere construir toda alma y darla forma para la salvación; quiere transportar las piedras vivas de la tierra al cielo. Ama a su templo, y nosotros amémosle. Amar a Dios es observar sus mandamientos; amarle es conocerle, pues el que dice que le conoce y no guarda sus mandamientos es mentiroso (1 Jn 2,4). ¿Cómo se puede amar, en efecto, a Dios si no se ama la verdad, siendo Dios la verdad? (ibíd., 5,6).

Escuchemos, pues, al Padre; pues el Padre es invisible. Pero el Hijo es igualmente invisible en su divinidad, pues nadie ha visto jamás a Dios (Jn 1,18); pues siendo el Hijo Dios, en tanto que es Dios, no se ve el Hijo. Mas Él ha querido mostrarse en un cuerpo; y como el Padre no tiene cuerpo, quiso probar que está presente en el Hijo, al decir: Tú eres mi Hijo, en ti me he complacido. Si quieres aprender que el Hijo está siempre presente con el Padre, lee la palabra del Hijo que dice: Si subo al cielo, allí estás; si desciendo al abismo, allí estás presente (Sal 133,8). Si deseas el testimonio del Padre, lo has oído de Juan: ten confianza en aquel a quien Cristo se ha confiado para ser bautizado, ante el cual el Padre ha acreditado al Hijo con una voz venida del cielo, al decir: Este es mi Hijo muy amado, en el cual me he complacido.

¿Dónde están los arrianos, a los que desagrada este Hijo en el cual se complace el Padre? Esto no lo digo yo ni lo ha dicho hombre alguno; pues Dios no lo ha manifestado por un hombre, ni por los ángeles, ni por los arcángeles, sino que el mismo Padre lo ha indicado con la voz venida del cielo. Por lo demás, el mismo Padre lo ha repetido, al decir: Este es mi Hijo muy amado, en el cual me he complacido; escuchadle (Mt 17,5); sí, escuchadle cuando dice: Mi padre y yo somos una misma cosa (Jn 10,30). No creer en el Hijo es, pues, no creer en el Padre. Testigo es El del Hijo. Si se duda del Hijo, tampoco se cree en el testimonio paterno. En fin, cuando dice: En el cual me he complacido, no alaba cosa ajena en su Hijo, sino lo suyo. ¿Qué es decir: En el cual me he complacido, sino que todas las cosas que tiene el Hijo son mías, como el Hijo dice: Todas las cosas que tiene el Padre son mías (Jn 16,15). El poder de una divinidad sin diferencia hace que no exista diversidad entre el Padre y el Hijo, sino que el Padre y el Hijo tienen parte en un mismo poder. Creamos al Padre, cuya voz dejaron oír los elementos; creamos al Padre, a cuya voz prestaron los elementos su ministerio. El mundo ha creído en los elementos, crea también en los hombres; ha creído por los objetos inanimados, crea también por los vivientes; ha creído por lo que es mudo, crea también por aquellos que hablan; ha creído por esto que no tiene inteligencia, crea también por los que han recibido la inteligencia para conocer a Dios.

(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1), nn. 83-95, BAC, Madrid, 1966, pp. 135-145)

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FRANCISCO – Catequesis 2014 - Homilía 2015 – Ángelus 2016

Catequesis del 8 de enero de 2014

El Bautismo es un acto que toca en profundidad nuestra existencia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy iniciamos una serie de catequesis sobre los Sacramentos, y la primera se refiere al Bautismo. Por una feliz coincidencia, el próximo domingo se celebra precisamente la fiesta del Bautismo del Señor.

El Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia. Junto a la Eucaristía y la Confirmación forma la así llamada «Iniciación cristiana», la cual constituye como un único y gran acontecimiento sacramental que nos configura al Señor y hace de nosotros un signo vivo de su presencia y de su amor.

Puede surgir en nosotros una pregunta: ¿es verdaderamente necesario el Bautismo para vivir como cristianos y seguir a Jesús? ¿No es en el fondo un simple rito, un acto formal de la Iglesia para dar el nombre al niño o a la niña? Es una pregunta que puede surgir. Y a este punto, es iluminador lo que escribe el apóstol Pablo: «¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 3-4). Por lo tanto, no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos.

Muchos de nosotros no tienen el mínimo recuerdo de la celebración de este Sacramento, y es obvio, si hemos sido bautizados poco después del nacimiento. He hecho esta pregunta dos o tres veces, aquí, en la plaza: quien de vosotros sepa la fecha del propio Bautismo, que levante la mano. Es importante saber el día que fui inmerso precisamente en esa corriente de salvación de Jesús. Y me permito daros un consejo. Pero más que un consejo, una tarea para hoy. Hoy, en casa, buscad, preguntad la fecha del Bautismo y así sabréis bien el día tan hermoso del Bautismo. Conocer la fecha de nuestro Bautismo es conocer una fecha feliz. El riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido. Entonces acabamos por considerarlo sólo como un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado —y ni siquiera por voluntad nuestra, sino de nuestros padres—, por lo cual no tiene ya ninguna incidencia en el presente. Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia. Si logramos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, con nuestras fragilidades y nuestros pecados, es precisamente por el Sacramento en el cual hemos sido convertidos en nuevas criaturas y hemos sido revestidos de Cristo. Es en virtud del Bautismo, en efecto, que, liberados del pecado original, hemos sido injertados en la relación de Jesús con Dios Padre; que somos portadores de una esperanza nueva, porque el Bautismo nos da esta esperanza nueva: la esperanza de ir por el camino de la salvación, toda la vida. Esta esperanza que nada ni nadie puede apagar, porque, la esperanza no defrauda. Recordad: la esperanza en el Señor no decepciona. Gracias al Bautismo somos capaces de perdonar y amar incluso a quien nos ofende y nos causa el mal; logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano. El Bautismo nos ayuda a reconocer en el rostro de las personas necesitadas, en los que sufren, incluso de nuestro prójimo, el rostro de Jesús. Todo esto es posible gracias a la fuerza del Bautismo.

Un último elemento, que es importante. Y hago una pregunta: ¿puede una persona bautizarse por sí sola? Nadie puede bautizarse por sí mismo. Nadie. Podemos pedirlo, desearlo, pero siempre necesitamos a alguien que nos confiera en el nombre del Señor este Sacramento. Porque el Bautismo es un don que viene dado en un contexto de solicitud y de compartir fraterno. En la historia, siempre uno bautiza a otro y el otro al otro... es una cadena. Una cadena de gracia. Pero yo no puedo bautizarme a mí mismo: debo pedir a otro el Bautismo. Es un acto de fraternidad, un acto de filiación en la Iglesia. En la celebración del Bautismo podemos reconocer las líneas más genuinas de la Iglesia, la cual como una madre sigue generando nuevos hijos en Cristo, en la fecundidad del Espíritu Santo.

Pidamos entonces de corazón al Señor poder experimentar cada vez más, en la vida de cada día, esta gracia que hemos recibido con el Bautismo. Que al encontrarnos, nuestros hermanos puedan hallar auténticos hijos de Dios, auténticos hermanos y hermanas de Jesucristo, auténticos miembros de la Iglesia. Y no olvidéis la tarea de hoy: buscar, preguntar la fecha del propio Bautismo. Como conozco la fecha de mi nacimiento, debo conocer también la fecha de mi Bautismo, porque es un día de fiesta.

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Catequesis del 15 de enero de 2014

El Bautismo nos convierte en miembros del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado hemos comenzado un breve ciclo de catequesis sobre los Sacramentos, comenzando por el Bautismo. Y en el Bautismo quisiera centrarme también hoy, para destacar un fruto muy importante de este Sacramento: el mismo nos convierte en miembros del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios. Santo Tomás de Aquino afirma que quien recibe el Bautismo es incorporado a Cristo casi como su mismo miembro y es agregado a la comunidad de los fieles (cf. Summa Theologiae, III, q. 69, a. 5; q. 70, a. 1), es decir, al Pueblo de Dios. En la escuela del Concilio Vaticano II, decimos hoy que el Bautismo nos hace entrar en el Pueblo de Dios, nos convierte en miembros de un Pueblo en camino, un Pueblo que peregrina en la historia.

En efecto, como de generación en generación se transmite la vida, así también de generación en generación, a través del renacimiento en la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el Pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios. Desde el momento en que Jesús dijo lo que hemos escuchado en el Evangelio, los discípulos fueron a bautizar; y desde ese tiempo hasta hoy existe una cadena en la transmisión de la fe mediante el Bautismo. Y cada uno de nosotros es un eslabón de esa cadena: un paso adelante, siempre; como un río que irriga. Así es la gracia de Dios y así es nuestra fe, que debemos transmitir a nuestros hijos, transmitir a los niños, para que ellos, cuando sean adultos, puedan transmitirla a sus hijos. Así es el Bautismo. ¿Por qué? Porque el Bautismo nos hace entrar en este Pueblo de Dios que transmite la fe. Esto es muy importante. Un Pueblo de Dios que camina y transmite la fe.

En virtud del Bautismo nos convertimos en discípulos misioneros, llamados a llevar el Evangelio al mundo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 120). «Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador... La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo» (ibid.) de todos, de todo el pueblo de Dios, un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. El Pueblo de Dios es un Pueblo discípulo —porque recibe la fe— y misionero —porque transmite la fe—. Y esto hace el Bautismo en nosotros: nos dona la Gracia y transmite la fe. Todos en la Iglesia somos discípulos, y lo somos siempre, para toda la vida; y todos somos misioneros, cada uno en el sitio que el Señor le ha asignado. Todos: el más pequeño es también misionero; y quien parece más grande es discípulo. Pero alguno de vosotros dirá: «Los obispos no son discípulos, los obispos lo saben todo; el Papa lo sabe todo, no es discípulo». No, incluso los obispos y el Papa deben ser discípulos, porque si no son discípulos no hacen el bien, no pueden ser misioneros, no pueden transmitir la fe. Todos nosotros somos discípulos y misioneros.

Existe un vínculo indisoluble entre la dimensión mística y la dimensión misionera de la vocación cristiana, ambas radicadas en el Bautismo. «Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abba”, Padre. Todos los bautizados y bautizadas... estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la Trinidad, pues la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria» (Documento conclusivo de Aparecida, n. 157).

Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir la experiencia de un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide ser «canales» de la gracia los unos para los otros, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados. La dimensión comunitaria no es sólo un «marco», un «contorno», sino que es parte integrante de la vida cristiana, del testimonio y de la evangelización. La fe cristiana nace y vive en la Iglesia, y en el Bautismo las familias y las parroquias celebran la incorporación de un nuevo miembro a Cristo y a su Cuerpo que es la Iglesia (cf. ibid., n. 175 b).

A propósito de la importancia del Bautismo para el Pueblo de Dios, es ejemplar la historia de la comunidad cristiana en Japón. Ésta sufrió una dura persecución a inicios del siglo XVII. Hubo numerosos mártires, los miembros del clero fueron expulsados y miles de fieles fueron asesinados. No quedó ningún sacerdote en Japón, todos fueron expulsados. Entonces la comunidad se retiró a la clandestinidad, conservando la fe y la oración en el ocultamiento. Y cuando nacía un niño, el papá o la mamá, lo bautizaban, porque todos los fieles pueden bautizar en circunstancias especiales. Cuando, después de casi dos siglos y medio, 250 años más tarde, los misioneros regresaron a Japón, miles de cristianos salieron a la luz y la Iglesia pudo reflorecer. Habían sobrevivido con la gracia de su Bautismo. Esto es grande: el Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza a sus hijos y sigue adelante. Y conservaron, incluso en lo secreto, un fuerte espíritu comunitario, porque el Bautismo los había convertido en un solo cuerpo en Cristo: estaban aislados y ocultos, pero eran siempre miembros del Pueblo de Dios, miembros de la Iglesia. Mucho podemos aprender de esta historia.

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Homilía del 11 de enero de 2015

El Bautismo nos introduce en el cuerpo de la Iglesia

Hemos escuchado en la primera lectura que el Señor se preocupa por sus hijos como un padre: se preocupa de dar a sus hijos un alimento sustancioso. A través del profeta Dios dice: “¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?” (Is 55, 2). Dios, como un buen papá y una buena mamá, quiere dar cosas buenas a sus hijos. ¿Y qué es este alimento sustancioso que nos da Dios? Es su Palabra: su Palabra nos hace crecer, nos hace dar buenos frutos en la vida, como la lluvia y la nieve hacen bien a la tierra y la hacen fecunda (cf. Is 55, 10-11). Así vosotros, padres, y también vosotros, padrinos y madrinas, abuelos, tíos, ayudaréis a estos niños a crecer bien si les dais la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús. ¡Y darlo también con el ejemplo! Todos los días, adquirid el hábito de leer un pasaje del Evangelio, pequeño, y llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio en el bolsillo, en la cartera, para poder leerlo. Y este será el ejemplo para los hijos, ver a papá, a mamá, a los padrinos, al abuelo, a la abuela, a los tíos, leer la Palabra de Dios.

Vosotras mamás dad a vuestros hijos la leche –incluso ahora, si lloran por hambre, amamantadlos, tranquilos. Damos gracias al Señor por el don de la leche, y rezamos por las madres –son muchas, lamentablemente– que no están en condiciones de dar de comer a sus hijos. Recemos y tratemos de ayudar a estas madres. Así, pues, lo que hace la leche en el cuerpo, la Palabra de Dios lo hace en el espíritu: la Palabra de Dios hace crecer la fe. Y gracias a la fe somos engendrados por Dios. Es lo que sucede en el Bautismo. Hemos escuchado al apóstol Juan: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios” (1Jn 5, 1). En esta fe son bautizados vuestros hijos. Hoy es vuestra fe, queridos padres, padrinos y madrinas. Es la fe de la Iglesia, en la cual estos pequeños reciben el Bautismo. Pero mañana, con la gracia de Dios, será su fe, su personal “sí” a Jesucristo, que nos dona el amor del Padre.

Decía: es la fe de la Iglesia. Esto es muy importante. El Bautismo nos introduce en el cuerpo de la Iglesia, en el pueblo santo de Dios. Y en este cuerpo, en este pueblo en camino, la fe se transmite de generación en generación: es la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de san José, de san Pedro, de san Andrés, de san Juan, la fe de los Apóstoles y de los mártires, que llegó hasta nosotros, a través del Bautismo: una cadena de trasmisión de fe. ¡Es muy bonito esto! Es un pasar de mano en mano la luz de la fe: lo expresaremos dentro de un momento con el gesto de encender las velas en el gran cirio pascual. El gran cirio representa a Cristo resucitado, vivo en medio de nosotros. Vosotras, familias, tomad de Él la luz de la fe para transmitirla a vuestros hijos. Esta luz la tomáis en la Iglesia, en el cuerpo de Cristo, en el pueblo de Dios que camina en cada época y en cada lugar. Enseñad a vuestros hijos que no se puede ser cristiano fuera de la Iglesia, no se puede seguir a Jesucristo sin la Iglesia, porque la Iglesia es madre, y nos hace crecer en el amor a Jesucristo.

Un último aspecto surge con fuerza de las lecturas bíblicas de hoy: en el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra “cristiano” significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el “Cristo”, el ungido, el consagrado, los bautizados somos “cristianos”, es decir consagrados, ungidos. Y entonces, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, si queréis que vuestros niños lleguen a ser auténticos cristianos, ayudadles a crecer “inmersos” en el Espíritu Santo, es decir, en el calor del amor de Dios, en la luz de su Palabra. Por eso, no olvidéis invocar con frecuencia al Espíritu Santo, todos los días. “¿Usted reza, señora?” –”Sí” – “¿A quién reza?” –”Yo rezo a Dios” –Pero “Dios”, así, no existe: Dios es persona y en cuanto persona existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. “¿Tú a quién rezas?” – “Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo”. Normalmente rezamos a Jesús. Cuando rezamos el “Padrenuestro”, rezamos al Padre. Pero al Espíritu Santo no lo invocamos tanto. Es muy importante rezar al Espíritu Santo, porque nos enseña a llevar adelante la familia, los niños, para que estos niños crezcan en el clima de la Trinidad santa. Es precisamente el Espíritu quien los lleva adelante. Por ello no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Podéis hacer esta oración por vuestros niños, además de hacerlo, naturalmente, por vosotros mismos.

Cuando decís esta oración, sentís la presencia maternal de la Virgen María. Ella nos enseña a invocar al Espíritu Santo, y a vivir según el Espíritu, como Jesús. Que la Virgen, nuestra madre, acompañe siempre el camino de vuestros niños y de vuestras familias. Así sea.

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Ángelus 2016

El Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo acoge

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo después de la Epifanía celebramos el Bautismo de Jesús, y hacemos memoria grata de nuestro Bautismo. En este contexto, esta mañana he bautizado a 26 recién nacidos: ¡recemos por ellos!

El Evangelio nos presenta a Jesús, en las aguas del río Jordán, en el centro de una maravillosa revelación divina. Escribe san Lucas: «Cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”» (Lc 3, 21-22). De este modo Jesús es consagrado y manifestado por el Padre como el Mesías salvador y liberador. En este evento —testificado por los cuatro Evangelios— tuvo lugar el pasaje del bautismo de Juan Bautista, basado en el símbolo del agua, al Bautismo de Jesús «en el Espíritu Santo y fuego». De hecho, el Espíritu Santo en el Bautismo cristiano es el artífice principal: es Él quien quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina; es Él quien nos libera del dominio de las tinieblas, es decir, del pecado y nos traslada al reino de la luz, es decir, del amor, de la verdad y de la paz: este es el reino de la luz. ¡Pensemos a qué dignidad nos eleva el Bautismo! «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1), exclama el apóstol Juan. Tal estupenda realidad de ser hijos de Dios comporta la responsabilidad de seguir a Jesús, el Siervo obediente, y reproducir en nosotros mismos sus rasgos, es decir: es decir, mansedumbre, humildad y ternura. Sin embargo, esto no es fácil, especialmente si entorno a nosotros hay mucha intolerancia, soberbia, dureza. ¡Pero con la fuerza que nos llega del Espíritu Santo es posible! El Espíritu Santo, recibido por primera vez el día de nuestro Bautismo, nos abre el corazón a la Verdad, a toda la Verdad. El Espíritu empuja nuestra vida hacia el camino laborioso pero feliz de la caridad y de la solidaridad hacia nuestros hermanos. El Espíritu nos dona la ternura del perdón divino y nos impregna con la fuerza invencible de la misericordia del Padre. No olvidemos que el Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo acoge, reza con nosotros y nos llena de alegría espiritual.

Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, pensemos en el día de nuestro Bautismo. Todos nosotros hemos sido bautizados, agradezcamos este don. Y os hago una pregunta: ¿Quién de vosotros conoce la fecha de su Bautismo? Seguramente no todos. Por eso, os invito a ir a buscar la fecha preguntando por ejemplo a vuestros padres, a vuestros abuelos, a vuestros padrinos, o yendo a la parroquia. Es muy importante conocerla porque es una fecha para festejar: es la fecha de nuestro renacimiento como hijos de Dios. Por eso, los deberes para esta semana: ir a buscar la fecha de mi Bautismo. Festejar este día significa reafirmar nuestra adhesión a Jesús, con el compromiso de vivir como cristianos, miembros de la Iglesia y de una humanidad nueva, en la cual todos somos hermanos. Que la Virgen María, primera discípula de su Hijo Jesús, nos ayude a vivir con alegría y fervor apostólico nuestro Bautismo, acogiendo cada día el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios.

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BENEDICTO XVI – Homilía y Ángelus, 2007-2010-2013

2007

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

Nos volvemos a encontrar, también este año, para una celebración muy familiar: el bautismo de trece niños en esta estupenda capilla Sixtina, donde la creatividad de Miguel Ángel y de otros insignes artistas supo realizar obras maestras que ilustran los prodigios de la historia de la salvación. E inmediatamente quisiera saludaros a todos los presentes: a los padres, a los padrinos y madrinas, a los parientes y amigos que acompañan a estos recién nacidos en un momento tan importante para su vida y para la Iglesia. Cada niño que nace nos trae la sonrisa de Dios y nos invita a reconocer que la vida es don suyo, un don que es preciso acoger siempre con amor y conservar con esmero en todo momento.

El tiempo de Navidad, que se concluye precisamente hoy, nos ha hecho contemplar al Niño Jesús en la pobreza de la cueva de Belén, cuidado amorosamente por María y José. Cada hijo que nace Dios lo encomienda a sus padres; por eso, ¡cuán importante es la familia fundada en el matrimonio, cuna de la vida y del amor! La casa de Nazaret, donde vive la Sagrada Familia, es modelo y escuela de sencillez, paciencia y armonía para todas las familias cristianas. Pido al Señor que también vuestras familias sean lugares acogedores, donde estos pequeños puedan crecer, no sólo con buena salud, sino también en la fe y en el amor a Dios, que hoy con el bautismo los hace hijos suyos.

El rito del bautismo de estos niños tiene lugar en el día en que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, con la que, como decía, se concluye el tiempo de Navidad. Acabamos de escuchar el relato del evangelista san Lucas, que presenta a Jesús mezclado con la gente mientras se dirige a san Juan Bautista para ser bautizado. Cuando recibió también él el bautismo, –escribe san Lucas– “estaba en oración” (Lc 3, 21). Jesús habla con su Padre. Y estamos seguros de que no sólo habló por sí, sino que también habló de nosotros y por nosotros; habló también de mí, de cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros.

Después, el evangelista nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre él. En este momento podemos pensar que el cielo se abre también aquí, sobre estos niños que, por el sacramento del bautismo, entran en contacto con Jesús. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo –como dice el evangelio– aquel día salió una voz que dijo a Jesús; “Tú eres mi hijo predilecto” (Lc 3, 22). En el bautismo, el Padre celestial repite también estas palabras refiriéndose a cada uno de estos niños. Dice: “Tú eres mi hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por esto el bautismo se debe administrar en el nombre de la santísima Trinidad. Estas palabras no son sólo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que vuestros niños renacen como hijos de Dios. De hijos de padres humanos, se convierten también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

Pero ahora debemos meditar en unas palabras de la segunda lectura de esta liturgia, en las que san Pablo nos dice: él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3, 5). Un baño de regeneración. El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no atañe sólo al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y entra a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad. El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como el símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia el agua se convierte en el símbolo del seno materno de la Iglesia.

En un escritor eclesiástico de los siglos II y III, Tertuliano, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre celestial, pero en esta familia que él constituye hay también una madre, la madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como madre. Así de nuevo vemos cómo el cristianismo no es sólo una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como hijos de Dios, del Dios trinitario, es a la vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y sólo podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre celestial, si en cuanto hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos volver al evangelio, donde Juan Bautista dice: “Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo (...). Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo juntamente con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era sólo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos sólo nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo actúa Dios mismo, actúa Jesús mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no sólo nosotros. Dios está presente hoy aquí. Él asume y hace hijos suyos a vuestros niños.

Pero, naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa sólo con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, el cual ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

Estos hijos vuestros, a los que ahora bautizaremos, son aún incapaces de colaborar, de manifestar su fe. Por eso, asume valor y significado particular vuestra presencia, queridos padres y madres, y la vuestra, queridos padrinos y madrinas. Velad siempre sobre estos niños vuestros, para que al crecer aprendan a conocer a Dios, a amarlo con todas sus fuerzas y a servirlo con fidelidad. Sed para ellos los primeros educadores en la fe, ofreciéndoles, además de enseñanzas, también ejemplos de vida cristiana coherente. Enseñadles a orar y a sentirse miembros activos de la familia concreta de Dios, de la comunidad eclesial.

Para ello os puede ayudar mucho el estudio atento del «Catecismo de la Iglesia católica» o del «Compendio» de ese Catecismo. Contiene los elementos esenciales de nuestra fe y podrá ser un instrumento muy útil e inmediato para crecer vosotros mismos en el conocimiento de la fe católica y para poderla transmitir íntegra y fielmente a vuestros hijos. Sobre todo, no olvidéis que es vuestro testimonio, vuestro ejemplo, lo que más influirá en la maduración humana y espiritual de la libertad de vuestros hijos. Aun en medio del ajetreo de las actividades diarias, a menudo vertiginosas, no dejéis de cultivar, personalmente y en familia, la oración, que constituye el secreto de la perseverancia cristiana.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendemos a estos niños y a sus familias: que María vele sobre ellos y los acompañe siempre, para que realicen completamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno. Amén.

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ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas:

Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos hoy, se concluye el tiempo litúrgico de Navidad. El Niño, a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén, ofreciéndole sus dones simbólicos, lo encontramos ahora adulto, en el momento en que se hace bautizar en el río Jordán por el gran profeta Juan (cf. Mt 3, 13). El Evangelio narra que cuando Jesús, recibido el bautismo, salió del agua, se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3, 16). Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 17). Esa fue su primera manifestación pública, después de casi treinta años de vida oculta en Nazaret.

Testigos oculares de ese singular acontecimiento fueron, además del Bautista, sus discípulos, algunos de los cuales se convirtieron desde entonces en seguidores de Cristo (cf. Jn 1, 35-40). Se trató simultáneamente de cristofanía y teofanía: ante todo, Jesús se manifestó como el Cristo, término griego para traducir el hebreo Mesías, que significa “ungido”. Jesús no fue ungido con óleo a la manera de los reyes y de los sumos sacerdotes de Israel, sino con el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, junto con el Hijo de Dios aparecieron los signos del Espíritu Santo y del Padre celestial.

¿Cuál es el significado de este acto, que Jesús quiso realizar –venciendo la resistencia del Bautista– para obedecer a la voluntad del Padre? (cf. Mt 3, 14-15). Su sentido profundo se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29). Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo” (cf. Lc 12, 50). En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna.

Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu Santo, para librarnos de la esclavitud de la muerte y “abrirnos el cielo”, es decir, el acceso a la vida verdadera y plena, que será “sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría” (Spe salvi, 12).

Es lo que sucedió también a los trece niños a los cuales administré el sacramento del bautismo esta mañana en la capilla Sixtina. Invoquemos sobre ellos y sobre sus familiares la protección materna de María santísima. Y oremos por todos los cristianos, para que comprendan cada vez más el don del bautismo y se comprometan a vivirlo con coherencia, testimoniando el amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

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2010

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

En la fiesta del Bautismo del Señor, este año también tengo la alegría de administrar el sacramento del Bautismo a varios recién nacidos, presentados por sus padres a la Iglesia. Bienvenidos, queridos papás y mamás de estos niños, padrinos y madrinas, amigos y familiares, que les rodeáis. Damos gracias a Dios que hoy llama a estas siete niñas y a estos siete niños a convertirse en sus hijos en Cristo. Les rodeamos con la oración y con el afecto y les acogemos con alegría en la comunidad cristiana, que desde hoy se convierte también en su familia.

Con la fiesta del Bautismo de Jesús continúa el ciclo de las manifestaciones del Señor, que comenzó en Navidad con el nacimiento en Belén del Verbo encarnado, contemplado por María, José y los pastores en la humildad del pesebre, y que ha tenido una etapa importante en la Epifanía, cuando el Mesías, a través de los Magos, se ha manifestado a todos los pueblos. Hoy Jesús se revela en la orillas del Jordán, a Juan y al pueblo de Israel. Es la primera ocasión en la que, como hombre maduro, entra en el escenario público, después de haber dejado Nazaret. Lo encontramos junto al Bautista, a quien acude un gran número de personas, en una escena particular. En el pasaje evangélico, poco antes proclamado, san Lucas observa ante todo que el pueblo estaba “a la espera” (3, 15). Subraya de este modo la espera de Israel; percibe en esas personas que habían dejado sus casas y sus compromisos habituales el profundo deseo de un mundo diferente y de palabras nuevas, que parecen encontrar respuesta precisamente en las palabras severas, comprometedoras, pero llenas de esperanza del Precursor. Su bautismo es de penitencia, un signo que invita a la conversión, a cambiar de vida, pues se acerca Aquél que “bautizará en Espíritu Santo y fuego” (3,16). De hecho, no se puede aspirar a un mundo nuevo permaneciendo sumergidos en el egoísmo y en las costumbres ligadas al pecado. También Jesús deja su casa y sus habituales ocupaciones para ir al Jordán. Llega en medio de la muchedumbre que está escuchando al Bautista y se pone en fila, como todos, en espera de ser bautizado. Al verle, Juan intuye que en ese Hombre hay algo único, que es el Otro misterioso que esperaba y hacia el que había orientado toda su vida. Comprende que se encuentra ante Alguien más grande que él, al que no es digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias.

En el Jordán, Jesús se manifiesta con una humildad extraordinaria, que recuerda la pobreza y la sencillez del Niño colocado en el pesebre, y que anticipa los sentimientos con los que, al final de sus días terrenos, llegará a lavar los pies de sus discípulos y sufrirá la humillación terrible de la cruz. El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla entre pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus espaldas el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro lugar, en lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.

Cuando, recogido en oración, tras el bautismo, sale del agua, se abren los cielos. Es el momento esperado por tantos profetas: “Si rompieses los cielos y descendieses”, había invocado Isaías (63, 19). En ese momento, según parece sugerir san Lucas, se escucha esta oración. De hecho, “se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo” (3, 21-22); se escucharon palabras nunca antes escuchadas: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” (v. 22). Al salir de las aguas, como afirma san Gregorio Nazianceno, “ve cómo se rasgan y se abren los cielos, esos cielos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia” (Discurso 39 para el Bautismo del Señor, PG 36). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva. Si los ángeles llevaron a los pastores el anuncio del nacimiento del Salvador, y la estrella guio a los Magos de Oriente, ahora es la voz misma del Padre la que indica a los hombres la presencia en el mundo de su Hijo e invita a esperar en la resurrección, en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

El alegre anuncio del Evangelio es el eco de esta voz que baja del cielo. Con razón, por este motivo, Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, escribe a Tito: “se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres” (2,11). El Evangelio, de hecho, es para nosotros gracia que da alegría y sentido a la vida. Éste, sigue diciendo el apóstol Pablo, “nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad” (v. 12); es decir, nos conduce a una vida más feliz, más hermosa, más solidaria, a una vida según Dios. Podemos decir que también para estos niños hoy se abren los cielos. Ellos reciben el don de la gracia del Bautismo y el Espíritu Santo habitará en ellos como en un templo, transformando en profundidad sus corazones. Desde este momento, la voz del Padre les llamará también a ellos a ser sus hijos en Cristo y, en su familia que es la Iglesia, entregará a cada uno de ellos el don sublime de la fe. Este don, ahora que no tienen la posibilidad de comprenderlo plenamente, será depositado en su corazón como una semilla llena de vida, que espera desarrollarse y dar fruto. Hoy son bautizados en la fe de la Iglesia, profesada por los padres, padrinos y madrinas, y por los cristianos presentes, que después les llevarán de la mano en el seguimiento de Cristo. El rito del Bautismo recuerda con insistencia el tema de la fe ya desde el inicio, cuando el celebrante recuerda a los padres que, al pedir el bautismo para los propios hijos, asumen el compromiso de “educarles en la fe”. Esta tarea es exigida de manera aún más fuerte a los padres y padrinos en la tercera parte de la celebración, que comienza dirigiéndoles estas palabras: “Tenéis la tarea de educarles en la fe para que la vida divina que reciben como don sea preservada del pecado y crezca cada día. Si, por tanto, en virtud de vuestra fe, estáis dispuestos a asumir este compromiso..., profesad vuestra fe en Jesucristo. Es la fe de la Iglesia en la que son bautizados vuestros hijos”. Estas palabras del rito sugieren, en cierto sentido, que la profesión de fe y la renuncia al pecado de padres, padrinos y madrinas, representan la premisa necesaria para que la Iglesia confiera el Bautismo a sus hijos.

Antes de derramar el agua en la cabeza del recién nacido, aparece otra alusión a la fe. El celebrante dirige una última pregunta: “¿Queréis que este niño reciba el Bautismo en la fe de la Iglesia, que todos juntos hemos profesado?”. Sólo después de la respuesta afirmativa se administra el sacramento. También en los ritos explicativos –unción con el crisma, entrega del vestido blanco y de la vela encendida, gesto del ‘effetá’– la fe representa el tema central. “Prestad atención –dice la fórmula que acompaña la entrega de la vela– para que vuestros niños... vivan siempre como hijos de la luz; y perseverando en la fe, salgan al encuentro del Señor que viene”; “Que el Señor Jesús –sigue diciendo el celebrante en el rito del ‘effetá’– te conceda la gracia de escuchar pronto su palabra y de profesar su fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”. Todo concluye, después, con la bendición final, que recuerda una vez más a los padres su compromiso de ser para los hijos “los primeros testigos de la fe”.

Queridos amigos: para estos niños hoy es un gran día. Con el Bautismo, participando en la muerte y resurrección de Cristo, comienzan con Él la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo. La liturgia la presenta como una experiencia de luz. De hecho, al entregar a cada uno la vela encendida en el cirio pascual, la Iglesia afirma: “¡Recibid la luz de Cristo!”. El Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe. En esta luz, los niños que van a ser bautizados tendrán que caminar durante toda la vida, ayudados por las palabras y el ejemplo de los padres, de los padrinos y madrinas. Éstos tendrán que comprometerse a alimentar con las palabras y el testimonio de su vida las antorchas de la fe de los niños para que pueda resplandecer en este mundo, que con frecuencia camina a tientas en las tinieblas de la duda, y llevar la luz del Evangelio que es vida y esperanza. Sólo de este modo, como adultos, podrán pronunciar con plena conciencia la fórmula que aparece al final de la profesión de fe de este rito: “Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia. Y nosotros nos gloriamos de profesarla en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

También en nuestros días la fe es un don que hay que volver a descubrir, cultivar y testimoniar. Que en esta celebración del Bautismo, el Señor conceda a cada uno de nosotros la gracia de vivir la hermosura y la alegría de ser cristianos para que podamos introducir a los niños bautizados en la plenitud de la adhesión a Cristo. Encomendamos estos pequeños a la materna intercesión de la Virgen María. Le pedimos que, revestidos con el vestido blanco, signo de su nueva dignidad de hijos de Dios, sean durante toda su vida fieles discípulos de Cristo y valientes testigos del Evangelio. Amén.

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ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, durante la santa misa celebrada en la Capilla Sixtina, he administrado el sacramento del Bautismo a varios recién nacidos. Esta costumbre está unida a la fiesta del Bautismo del Señor, con la que se concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. El Bautismo expresa muy bien el sentido global de las festividades navideñas, en las que el tema de llegar a ser hijos de Dios gracias a la venida del Hijo unigénito en nuestra humanidad constituye un elemento dominante. Él se hizo hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios. Dios nació para que nosotros podamos renacer. Estos conceptos aparecen continuamente en los textos litúrgicos navideños y constituyen un motivo entusiasmante de reflexión y esperanza. Pensemos en lo que escribe san Pablo a los Gálatas: “Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4, 4-5); o en lo que dice san Juan en el Prólogo de su Evangelio: “A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). Este estupendo misterio, que constituye nuestro “segundo nacimiento” –el renacimiento de un ser humano de lo alto, de Dios (cf. Jn 3, 1-8)– se realiza y se resume en el signo sacramental del Bautismo.

Con este sacramento el hombre se convierte realmente en hijo, en hijo de Dios. Desde ese momento el fin de su existencia consiste en alcanzar de manera libre y consciente aquello que desde el inicio era y es el destino del hombre. “Conviértete en lo que eres”, constituye el principio educativo básico de la persona humana redimida por la gracia. Este principio tiene muchas analogías con el crecimiento humano, en el que la relación de los padres con los hijos pasa, a través de alejamientos y crisis, de la dependencia total a la conciencia de ser hijo, al agradecimiento por el don de la vida recibida, y a la madurez y la capacidad de dar la vida. Engendrado por el Bautismo a una nueva vida, también el cristiano comienza su camino de crecimiento en la fe que lo llevará a invocar conscientemente a Dios como “Abbá - Padre”, a dirigirse a él con gratitud y a vivir la alegría de ser su hijo.

Del Bautismo deriva también un modelo de sociedad: la de los hermanos. La fraternidad no se puede establecer mediante una ideología y mucho menos por decreto de un poder constituido. Nos reconocemos hermanos a partir de la humilde y profunda conciencia del ser hijos del único Padre celestial. Como cristianos, gracias al Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, se nos ha concedido el don y el compromiso de vivir como hijos de Dios y como hermanos, para ser como “levadura” de una humanidad nueva, solidaria y llena de paz y esperanza. En esto nos ayuda la conciencia de tener, además de un Padre en los cielos, también una madre, la Iglesia, de la que la Virgen María es modelo perenne. A ella le encomendamos los niños recién bautizados y sus familias, y le pedimos para todos la alegría de renacer cada día “de lo alto”, del amor de Dios, que nos hace sus hijos y hermanos entre nosotros.

2013

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

La alegría que brota de la celebración de la Santa Navidad encuentra hoy cumplimiento en la fiesta del Bautismo del Señor. A esta alegría se añade un ulterior motivo para nosotros, aquí reunidos: en el sacramento del Bautismo que dentro de poco administraré a estos neonatos se manifiesta la presencia viva y operante del Espíritu Santo que, enriqueciendo a la Iglesia con nuevos hijos, la vivifica y la hace crecer, y de esto no podemos no alegrarnos. Deseo dirigiros un especial saludo a vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, que hoy testimoniáis vuestra fe pidiendo el Bautismo para estos niños, a fin de que sean generados a la vida nueva en Cristo y entren a formar parte de la comunidad de creyentes.

El relato evangélico del bautismo de Jesús, que hoy hemos escuchado según la redacción de san Lucas, muestra el camino de abajamiento y de humildad que el Hijo de Dios eligió libremente para adherirse al proyecto del Padre, para ser obediente a su voluntad de amor por el hombre en todo, hasta el sacrificio en la cruz. Siendo ya adulto, Jesús da inicio a su ministerio público acercándose al río Jordán para recibir de Juan un bautismo de penitencia y conversión. Sucede lo que a nuestros ojos podría parecer paradójico. ¿Necesita Jesús penitencia y conversión? Ciertamente no. Con todo, precisamente Aquél que no tiene pecado se sitúa entre los pecadores para hacerse bautizar, para realizar este gesto de penitencia; el Santo de Dios se une a cuantos se reconocen necesitados de perdón y piden a Dios el don de la conversión, o sea, la gracia de volver a Él con todo el corazón para ser totalmente suyos. Jesús quiere ponerse del lado de los pecadores haciéndose solidario con ellos, expresando la cercanía de Dios. Jesús se muestra solidario con nosotros, con nuestra dificultad para convertirnos, para dejar nuestros egoísmos, para desprendernos de nuestros pecados, para decirnos que si le aceptamos en nuestra vida, Él es capaz de levantarnos de nuevo y conducirnos a la altura de Dios Padre. Y esta solidaridad de Jesús no es, por así decirlo, un simple ejercicio de la mente y de la voluntad. Jesús se sumergió realmente en nuestra condición humana, la vivió hasta el fondo, salvo en el pecado, y es capaz de comprender su debilidad y fragilidad. Por esto Él se mueve a la compasión, elige «padecer con» los hombres, hacerse penitente con nosotros. Esta es la obra de Dios que Jesús quiere realizar; la misión divina de curar a quien está herido y tratar a quien está enfermo, de cargar sobre sí el pecado del mundo.

¿Qué sucede en el momento en que Jesús se hace bautizar por Juan? Ante este acto de amor humilde por parte del Hijo de Dios, se abren los cielos y se manifiesta visiblemente el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras una voz de lo alto expresa la complacencia del Padre, que reconoce al Hijo unigénito, al Amado. Se trata de una verdadera manifestación de la Santísima Trinidad, que da testimonio de la divinidad de Jesús, de su ser el Mesías prometido, Aquél a quien Dios ha enviado para liberar a su pueblo, para que se salve (cf. Is 40, 2). Se realiza así la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera Lectura: el Señor Dios viene con poder para destruir las obras del pecado y su brazo ejerce el dominio para desarmar al Maligno; pero tengamos presente que este brazo es el brazo extendido en la cruz y que el poder de Cristo es el poder de Aquél que sufre por nosotros: este es el poder de Dios, distinto del poder del mundo; así viene Dios con poder para destruir el pecado. Verdaderamente Jesús actúa como el Pastor bueno que apacienta el rebaño y lo reúne para que no esté disperso (cf. Is 40, 10-11), y ofrece su propia vida para que tenga vida. Por su muerte redentora libera al hombre del dominio del pecado y le reconcilia con el Padre; por su resurrección salva al hombre de la muerte eterna y le hace victorioso sobre el Maligno.

Queridos hermanos y hermanas: ¿qué acontece en el Bautismo que en breve administraré a vuestros niños? Sucede precisamente esto: serán unidos de modo profundo y para siempre con Jesús, sumergidos en el misterio de su potencia, de su poder, o sea, en el misterio de su muerte, que es fuente de vida, para participar en su resurrección, para renacer a una vida nueva. He aquí el prodigio que hoy se repite también para vuestros niños: recibiendo el Bautismo renacen como hijos de Dios, partícipes en la relación filial que Jesús tiene con el Padre, capaces de dirigirse a Dios llamándole con plena confianza: «Abba, Padre». También sobre vuestros niños el cielo está abierto y Dios dice: estos son mis hijos, hijos de mi complacencia. Introducidos en esta relación y liberados del pecado original, ellos se convierten en miembros vivos del único cuerpo que es la Iglesia y se hacen capaces de vivir en plenitud su vocación a la santidad, a fin de poder heredar la vida eterna que nos ha obtenido la resurrección de Jesús.

Queridos padres: al pedir el Bautismo para vuestros hijos manifestáis y testimoniáis vuestra fe, la alegría de ser cristianos y de pertenecer a la Iglesia. Es la alegría que brota de la conciencia de haber recibido un gran don de Dios, precisamente la fe, un don que ninguno de nosotros ha podido merecer, pero que nos ha sido dado gratuitamente y al que hemos respondido con nuestro «sí». Es la alegría de reconocernos hijos de Dios, de descubrirnos confiados a sus manos, de sentirnos acogidos en un abrazo de amor, igual que una mamá sostiene y abraza a su niño. Esta alegría, que orienta el camino de cada cristiano, se funda en una relación personal con Jesús, una relación que orienta toda la existencia humana. Es Él, en efecto, el sentido de nuestra vida, Aquél en quien vale la pena tener fija la mirada para ser iluminados por su Verdad y poder vivir en plenitud. El camino de la fe que hoy empieza para estos niños se funda por ello en una certeza, en la experiencia de que no hay nada más grande que conocer a Cristo y comunicar a los demás la amistad con Él; sólo en esta amistad se entreabren realmente las grandes potencialidades de la condición humana y podemos experimentar lo que es bello y lo que libera (cf. Homilía en la santa misa de inicio del pontificado, 24 de abril de 2005). Quien ha tenido esta experiencia no está dispuesto a renunciar a su fe por nada del mundo.

A vosotros, queridos padrinos y madrinas, la importante tarea de sostener y ayudar en la obra educativa de los padres, estando a su lado en la transmisión de las verdades de la fe y en el testimonio de los valores del Evangelio, en hacer crecer a estos niños en una amistad cada vez más profunda con el Señor. Sabed siempre ofrecerles vuestro buen ejemplo a través del ejercicio de las virtudes cristianas. No es fácil manifestar abiertamente y sin componendas aquello en lo que se cree, especialmente en el contexto en que vivimos, frente a una sociedad que considera a menudo pasados de moda y extemporáneos a quienes viven de la fe en Jesús. En la onda de esta mentalidad puede haber también entre los cristianos el riesgo de entender la relación con Jesús como limitante, como algo que mortifica la propia realización personal; «Dios es considerado una y otra vez como el límite de nuestra libertad, un límite que se ha de abatir para que el hombre pueda ser totalmente él mismo» (La infancia de Jesús, 92). ¡Pero no es así! Esta visión muestra no haber entendido nada de la relación con Dios, porque a medida que se procede en el camino de la fe se comprende cómo Jesús ejerce sobre nosotros la acción liberadora del amor de Dios, que nos hace salir de nuestro egoísmo, de estar replegados sobre nosotros mismos, para conducirnos a una vida plena, en comunión con Dios y abierta a los demás. «“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino» (Enc. Deus caritas est, 1).

El agua con la que estos niños serán signados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo les sumergirá en la «fuente» de vida que es Dios mismo, que les hará sus verdaderos hijos. Y la semilla de las virtudes teologales, infundidas por Dios, la fe, la esperanza y la caridad, semilla que hoy se pone en su corazón por el poder del Espíritu Santo, habrá de ser alimentada siempre por la Palabra de Dios y los Sacramentos, de forma que estas virtudes del cristiano puedan crecer y llegar a plena maduración, hasta hacer de cada uno de ellos un verdadero testigo del Señor. Mientras invocamos sobre estos pequeños la efusión del Espíritu Santo, les encomendamos a la protección de la Virgen Santa; que ella les custodie siempre con su materna presencia y les acompañe en cada momento de su vida. Amén.

ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas:

Con este domingo después de la Epifanía concluye el Tiempo litúrgico de Navidad: tiempo de luz, la luz de Cristo que, como nuevo sol aparecido en el horizonte de la humanidad, dispersa las tinieblas del mal y de la ignorancia. Celebramos hoy la fiesta del Bautismo de Jesús: aquel Niño, hijo de la Virgen, a quien hemos contemplado en el misterio de su nacimiento, le vemos hoy adulto entrar en las aguas del río Jordán y santificar así todas las aguas y el cosmos entero —como evidencia la tradición oriental. Pero ¿por qué Jesús, en quien no había sombra de pecado, fue a que Juan le bautizara? ¿Por qué quiso realizar ese gesto de penitencia y conversión junto a tantas personas que querían de esta forma prepararse a la venida del Mesías? Ese gesto —que marca el inicio de la vida pública de Cristo— se sitúa en la misma línea de la Encarnación, del descendimiento de Dios desde el más alto de los cielos hasta el abismo de los infiernos. El sentido de este movimiento de abajamiento divino se resume en una única palabra: amor, que es el nombre mismo de Dios. Escribe el apóstol Juan: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él», y le envió «como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 9-10). He aquí por qué el primer acto público de Jesús fue recibir el bautismo de Juan, quien, al verle llegar, dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

Narra el evangelista Lucas que mientras Jesús, recibido el bautismo, «oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre Él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”» (3, 21-22). Este Jesús es el Hijo de Dios que está totalmente sumergido en la voluntad de amor del Padre. Este Jesús es aquél que morirá en la cruz y resucitará por el poder del mismo Espíritu que ahora se posa sobre Él y le consagra. Este Jesús es el hombre nuevo que quiere vivir como hijo de Dios, o sea, en el amor; el hombre que, frente al mal del mundo, elige el camino de la humildad y de la responsabilidad, elige no salvarse a sí mismo, sino ofrecer la propia vida por la verdad y la justicia. Ser cristianos significa vivir así, pero este tipo de vida comporta un renacimiento: renacer de lo alto, de Dios, de la Gracia, Este renacimiento es el Bautismo, que Cristo ha donado a la Iglesia para regenerar a los hombres a una vida nueva. Afirma un antiguo texto atribuido a san Hipólito: «Quien entra con fe en este baño de regeneración, renuncia al diablo y se alinea con Cristo, reniega del enemigo y reconoce que Cristo es Dios, se despoja de la esclavitud y se reviste de la adopción filial» (Discurso sobre la Epifanía, 10: pg 10, 862).

Según la tradición, esta mañana he tenido la alegría de bautizar a un nutrido grupo de niños nacidos en los últimos tres o cuatro meses. En este momento desearía extender mi oración y mi bendición a todos los neonatos; pero sobre todo invitar a todos a hacer memoria del propio Bautismo, de aquel renacimiento espiritual que nos abrió el camino de la vida eterna. Que cada cristiano, en este Año de la fe, redescubra la belleza de haber renacido de lo alto, del amor de Dios, y viva como hijo de Dios.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Fiesta del Bautismo del Señor

131. Con la Fiesta del Bautismo del Señor, prolongación de la Epifanía, concluye el tiempo de la Navidad y se inicia el Tiempo Ordinario. Mientras Juan bautiza a Jesús a orillas del Jordán sucede algo grandioso: los cielos se abren, se oye la voz del Padre y el Espíritu Santo desciende en forma visible sobre Jesús. Se trata de una manifestación del misterio de la Santísima Trinidad. Pero ¿por qué se produce esta visión en el momento en el que Jesús es bautizado? El homileta debe responder a esta pregunta.

132. La explicación está en la finalidad por la que Jesús va a Juan para que le bautice. Juan está predicando un bautismo de penitencia. Jesús recibe este signo de arrepentimiento junto a muchos otros que corren hacia Juan. En un primer momento, Juan intenta impedírselo pero Jesús insiste. Y esta insistencia manifiesta su intención: ser solidario con los pecadores. Quiere estar donde están ellos. Lo mismo expresa el apóstol Pablo, pero con un tipo de lenguaje diferente: «Al que no había pecado, Dios le hizo expiar por nuestros pecados» (2 Cor 5,21).

133. Y es, justamente, en este momento de intensa solidaridad con los pecadores, cuando tiene lugar la grandiosa epifanía trinitaria. La voz del Padre tronó desde el cielo, anunciando: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». Tenemos que comprender que lo que le agrada al Padre, reside en la voluntad del Hijo de ser solidario con los pecadores. De este modo se manifiesta como Hijo de este Padre, es decir, el Padre que «tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). En aquel preciso instante, el Espíritu aparece como una paloma, desciende sobre el Hijo, imprimiendo una especie de aprobación y de autorización a toda la escena inesperada.

134. El Espíritu que ha plasmado esta escena preparándola a lo largo de los siglos de la Historia de Israel («que habló por los profetas», como profesamos en el Credo), está presente en el homileta y en sus oyentes: abre sus mentes a una comprensión todavía más profunda de lo sucedido. El mismo Espíritu acompañó a Jesús en cada instante de su existencia terrenal, caracterizando todas sus acciones para que fueran revelación del Padre. Por tanto, podemos escuchar el texto del profeta Isaías de este día como una prolongación de las palabras del Padre en el corazón de Jesús: «Tú eres mi Hijo, el amado». Su diálogo de amor continúa: «mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu… Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones».

135. En el salmo responsorial de esta fiesta se escuchan las palabras del Salmo 28: «La voz del Señor está sobre las aguas». La Iglesia canta este salmo como celebración de las palabras del Padre que tenemos el privilegio de escuchar y cuya escucha marca nuestra fiesta. «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto» – esta es la «voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica» (Sal 28,3-4).

136. Después del Bautismo, el Espíritu conduce a Jesús al desierto para ser tentado por Satanás. Sucesivamente y conducido siempre por el Espíritu, Jesús va a Galilea donde proclama el Reino de Dios. Durante su maravillosa predicación, marcada por milagros prodigiosos, Jesús afirma en una ocasión: «Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). Con estas palabras se refería a su próxima muerte en Jerusalén. De este modo comprendemos cómo el Bautismo de Jesús por parte de Juan Bautista no fue el definitivo sino una acción simbólica de lo que se habría cumplir en el Bautismo de su agonía y muerte en la Cruz. Porque es en la Cruz donde Jesús se revela a sí mismo, no en términos simbólicos, sino concretamente y en completa solidaridad con los pecadores. Es en la Cruz donde «Dios lo hizo expiar por nuestros pecados» (2 Cor 5,21) y donde «nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito» (Gal 3,13). Es allí donde desciende al caos de las aguas de ultratumba, y lava para siempre nuestros pecados. Pero por la Cruz y la Muerte, Jesús es también liberado de las aguas, llamado a la Resurrección por la voz del Padre que dice: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado… Yo seré para él un padre y el será para mí un hijo» (Heb 1,5). Esta escena de muerte y resurrección es una obra de arte escrita y dirigida por el Espíritu. La voz del Señor sobre las grandes aguas de la muerte, con fuerza y poder, saca a su Hijo de la muerte. «La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica».

137. El Bautismo de Jesús es modelo también para el nuestro. En el Bautismo descendemos con Cristo a las aguas de la muerte, donde son lavados nuestros pecados. Y después de habernos sumergido con Él, con Él salimos de las aguas y oímos, fuerte y potente, la voz del Padre que, dirigida también a nosotros en lo profundo de nuestros corazones, pronuncia un nombre nuevo para cada uno de nosotros: «¡Amado! Mi predilecto». Sentimos este nombre como nuestro, no en virtud de las buenas obras que hemos realizado, sino porque Cristo, en su amor sin límites, ha deseado intensamente compartir con nosotros su relación con el Padre.

138. La Eucaristía celebrada en esta Fiesta propone de nuevo, en cierto modo, los mismos acontecimientos. El Espíritu desciende sobre los dones del pan y del vino ofrecido por los fieles. Las palabras de Jesús: «Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre», anuncian su intención de recibir el Bautismo de muerte para nuestra Salvación. Y la asamblea reza, el «Padre nuestro» junto con el Hijo, porque con Él siente dirigida a sí misma la voz del Padre que llama «amado» al Hijo.

139. En una ocasión, a lo largo de su ministerio, Jesús dijo: «el que cree en mí, como dice la Escritura: “De su seno brotarán manantiales de agua viva”». Aquellas aguas vivas han comenzado a brotar en nosotros con el Bautismo, y se transforman en un río siempre más caudaloso en cada celebración de la Eucaristía.

            CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

III       LOS MISTERIOS DE LA VIDA PÚBLICA DE JESUS

            El Bautismo de Jesús

535. El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él. “Entonces aparece Jesús”. El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es “mi Hijo amado” (Mt 3, 13-17). Es la manifestación (“Epifanía”) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

536. El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a “cumplir toda justicia” (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a “posarse” sobre él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

 537. Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6, 4):

Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).

Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios (S. Hilario, Mat 2).

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Descendió sobre él el Espíritu Santo

La liturgia celebra hoy la fiesta del Bautismo de Jesús en el Jordán. La parte del Evangelio, que nos interesa más directamente, es breve y podemos volverla a oír por entero:

«Todo el pueblo se estaba bautizando. Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado”».

Estamos delante, por así decirlo, de la primera manifestación pública del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento y es la mejor ocasión para hacer una reflexión un poco más profunda sobre él. El Espíritu Santo ya no debe ser más para nosotros «el gran desconocido». En efecto, ¿qué es la vida cristiana sin el Espíritu Santo? Es un matrimonio sin amor, una flor sin perfume, un cuerpo sin vida.

Miguel Ángel nos ha dejado en un fresco celebérrimo de la bóveda de la capilla Sixtina, sin quizás pretenderlo, una de las más efectivas representaciones del Espíritu Santo. Dios Padre dirige el dedo de la mano derecha, cargado de energía, hacia Adán que yace en tierra lánguido e inerte. De aquel contacto Adán recibirá fuerza para ponerse en pie y llegar a ser «un ser viviente». «Dedo de Dios» (o «dedo de la diestra de Padre», como lo llama el himno latino Veni Creator) es uno de los nombres que la Escritura da al Espíritu Santo (cfr. Lucas 11,20). Y es por medio de él por el que nosotros recibimos la gracia que nos hace revivir.

«Envías tu aliento, oh Espíritu, y los creas, y repueblas la faz de la tierra» (Salmo 104, 30).

Para poder descubrir quién es el Espíritu Santo el camino más sencillo es partir de aquello que decimos cada vez que recitamos el Credo: «Creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida».

En estas palabras está resumido lo esencial de nuestra fe en la tercera persona de la Trinidad. El título «Señor» indica lo que el Espíritu es (Dios de la misma naturaleza del Padre y del Hijo); la expresión «dador de vida» indica lo que el Espíritu Santo hace. Pero, ¿en qué sentido el Espíritu «da la vida»? ¿No nos dan la vida los padres? Sí, la vida natural o del cuerpo nos la dan los padres; pero, la vida sobrenatural o del alma, la vida eterna, no nos la pueden dar los padres. Nos la ha merecido Jesucristo con su muerte en cruz. Jesús dijo a Nicodemo:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu» (Juan 3, 4-6).

Por lo tanto, la primera condición para alcanzar el Espíritu Santo es renacer del agua y del Espíritu, esto es, recibir el bautismo. Y así, del bautismo de Jesús pasamos con toda naturalidad a hablar de nuestro bautismo. El día de Pentecostés, Pedro le dijo a la gente: «Que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2, 37 s.). El bautismo es la puerta de ingreso en la salvación. Jesús mismo en el Evangelio dice: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Marcos 16, 16).

Hoy nadie dice que por el simple hecho de no ser bautizado será uno condenado e irá al infierno. Los niños muertos sin bautismo, como también las personas, que han vivido fuera de la Iglesia sin culpa suya, pueden salvarse (estas últimas sólo si viven según los dictámenes de su conciencia).

Mas, alguno se ha planteado la pregunta: «¿Y qué ocurre con los niños no nacidos, los que no han podido vivir la aventura maravillosa de la vida?» A esta pregunta yo respondería como sigue. Olvidemos la idea del limbo sin gozo y sin pena, como el mundo de lo irrealizado para siempre, donde terminarían los niños no bautizados junto con los justos muertos antes de Cristo. Esta doctrina, que ha sido igualmente común durante siglos, no ha sido nunca aceptada oficialmente y definida por la Iglesia. Era una hipótesis teológica provisional, en espera de una solución más satisfactoria y, como tal, superable gracias a una mejor comprensión de la palabra de Dios.

El niño no nacido y no bautizado se salva y va a unirse de inmediato a la compañía de los bienaventurados en el paraíso. Su suerte no es distinta de la de los santos Inocentes, que hemos festejado inmediatamente después de la Navidad. El motivo de ello es que Dios es amor y «quiere que todos se salven» y sin duda Cristo ¡ha muerto también por ellos!

Nos podemos preguntar si estos seres alcanzarán alguna vez aquella madurez y plenitud, que la naturaleza o el rechazo de los hombres les ha negado, o si por el contrario permanecerán como seres «incompletos», también en el cielo. Del mismo modo a esta pregunta hemos de responder afirmativamente. «El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven» (Lucas 20, 37-38). «Viven» en el sentido pleno de la palabra. Salvarse significa alcanzar también aquella plenitud humana que normalmente alcanzan las personas a través de una larga serie de experiencias. Todos estamos destinados a alcanzar «el estado de hombre perfecto, la plena madurez de Cristo» (Efesios 4,13).

Pero, esto vale para todos y no solo para los niños no nacidos. «Todos seremos transformados» (1 Corintios 15, 51). ¿Quién de nosotros deja esta vida totalmente cumplida? ¡Cuántos límites físicos, morales, intelectuales, tienen en el momento de la muerte incluso los más-grandes genios! ¡Ay si el más allá consistiese en un estar fijos para siempre en el estado en que hemos sido encontrados en el momento de la muerte! Las primeras palabras que dice Dios a quienes se acercan a él «desde la gran tribulación» del mundo son estas: «Mira que hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21, 4-5).

Por lo tanto, no debemos preocuparnos por los que sin culpa suya mueren no habiendo recibido el bautismo, aun habiendo hecho cuanto esté de nuestra parte para que esto no sucediera. Distinto es, por el contrario, el caso de quien, conociendo a Jesucristo y sus palabras, deja pasar el tiempo sin recibir el bautismo sólo por pereza o abandono, aun advirtiendo quizás en el fondo de la conciencia su importancia y su necesidad. En este caso la palabra de Jesús recordada antes conserva toda su seriedad: sólo «quien crea y sea bautizado se salvará» (cfr. Marcos 16, 16).

Esto me ofrece la ocasión para tocar un punto que considero importante. Hay siempre cada vez más personas de nuestra sociedad que, por varios motivos, no han sido bautizadas siendo niños. Esto acontece a veces porque los padres creen que deben dejar decidir a los hijos, de mayores, si hacerse bautizar o no. Yo no discuto en este momento tal decisión. Señalo sólo un grave riesgo, esto es, que estos hijos lleguen a ser mayores sin que ya nadie decida nada más ni en un sentido ni en otro. Los padres no se ocuparán más porque ahora, piensan, ya no es deber de ellos; y los hijos, porque tienen otras cosas que pensar; y también porque no ha entrado todavía en la mentalidad común el que una persona deba tomar, ella misma, la iniciativa de hacerse bautizar. Así, con ello se crea un vacío peligroso. Algunos se dan cuenta de no estar bautizados y confirmados sólo cuando comienzan a hacer los cursillos prematrimoniales o cuando inician los papeles para casarse. Y es ya hasta una suerte, porque otros pasan por alto incluso en esta ocasión y llegan al final de la vida sin ni siquiera haberse nunca planteado el problema.

Precisamente para acudir ante esta situación la Iglesia da mucha importancia hoya la así llamada «iniciación cristiana de los adultos». Ésta le ofrece al muchacho o al adulto no bautizado la ocasión de instruirse, de prepararse y de decidir con toda libertad. Es necesario romper la idea de que el bautismo sea sólo una cosa de niños. El bautismo formula su significado pleno, precisamente, cuando es querido y decidido personalmente como una adhesión libre y consciente a Cristo ya su Iglesia; también, si no es absolutamente necesario minusvalorar la validez y el don que representa estar bautizados de niños por los motivos que expliqué el año pasado en la fiesta de hoy. Personalmente yo estoy agradecido a mis padres por haberme hecho bautizar en los primeros días de mi vida. ¡No es la misma cosa vivir la infancia y la juventud con la gracia santificante como sin ella!

Para terminar, volvemos a referirnos a la imagen del dedo de Dios de Miguel Ángel. Aquel Adán por tierra y necesitado de vigor somos cada uno de nosotros. El bautismo nos representa el primer contacto con aquel dedo divino, que es el Espíritu Santo y que nos comunica energía y vida. Pero, eso no debe permanecer aislado. Hemos de renovar frecuentemente este contacto con la oración y los sacramentos.

Miguel Ángel en aquella pintura ha cometido un solo «error»: no ha situado junto a Adán también a Eva. El dedo de Dios, que es el Espíritu Santo, está dirigido del mismo modo hacia todo hombre y toda mujer. Se espera sólo que desde la otra parte haya alguien pronto a recibir su toque vivificante.

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