L'Epifania del Senyor: hem d'aprendre a deixar-nos guiar per l'estel de Jesús

Avui, celebrem l'Epifania del Senyor, és a dir, la manifestació de Jesús que brilla com a llum per a totes les gents. Símbol d'aquesta llum que resplandeix al món i vol il·luminar la vida de cadascun és l'estel, que guià als Mags a Betlem. Ells, diu l'Evangeli, van veure «el seu estel» (Mt 2, 2) i van decidir seguir-la: van decidir deixar-se guiar per l'estel de Jesús. També en la nostra vida existeixen diversos estels, llums que brillen i orienten. Depèn de nosaltres triar quins seguir.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. MI 3, 1; 1 Cro 19, 12

Miren que ya viene el Señor todopoderoso; en su mano están el reino y la potestad y el imperio.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que en este día manifestaste a tu Unigénito a las naciones, guiándolas por la estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe, que lleguemos a contemplar la hermosura de tu excelsa gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

La gloria del Señor alborea sobre ti.

Del libro del profeta Isaías: 60, 1-6

Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará y se ensanchará cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 71, 2. 7-8. 10-11. 12-13

R/. Que te adoren, Señor, todos los pueblos.

Comunica, Señor, al rey tu juicio, y tu justicia al que es hijo de reyes; así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente. R/.

Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, era tras era. De mar a mar se extenderá su reino y de un extremo al otro de la tierra. R/.

Los reyes de Occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante Él se postrarán todos los reyes y todas las naciones. R/.

Al débil librará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado. R/.

SEGUNDA LECTURA

También los paganos participan de la misma herencia que nosotros.

De la carta del apóstol san Pablo a los efesios: 3, 2-3. 5-6

Hermanos: Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes. Por revelación se me dio a conocer este misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: es decir, que por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Mt 2, 2

R/. Aleluya, aleluya.

Hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorar al Señor. R/.

EVANGELIO

Hemos venido de Oriente para adorar al rey de los judíos.

Del santo Evangelio según san Mateo: 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y, cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.

Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Mira con bondad, Señor, los dones de tu Iglesia, que no consisten ya en oro, incienso y mirra, sino en lo que por esos dones se representa, se inmola y se recibe como alimento, Jesucristo, Señor nuestro. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Mt 2, 2

Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos con regalos a adorar al Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te pedimos, Señor, que tu luz celestial siempre y en todas partes vaya guiándonos, para que contemplemos con ojos puros y recibamos con amor sincero el misterio del que quisiste hacernos partícipes. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Todos vendrán de Sabá cargados de oro e incienso (Is 60,1-6)

1ª lectura

Estos versos son el comienzo de un magnífico himno a Jerusalén (Is 60,1-22), la ciudad restaurada e idealizada que el profeta no necesita nombrar expresamente. La luminosidad, como característica más notable de la capital, abre y cierra el poema (vv. 1-3 y 19-22): brota de la gloria del Señor, que ha puesto su morada en ella, en su Templo, y atrae a todas las naciones no sólo porque las instruye con la Ley y la palabra de Dios, como se cantaba al inicio del libro (2,2-4; cfr Mi 4,1-3), sino porque las asombra con su esplendor. El centro del poema es una contemplación gozosa de las peregrinaciones hacia la ciudad santa: allá vienen, en primer lugar, los israelitas que habían sido dispersados por todas las naciones; vienen gozosos y cargados de riquezas para el Señor (vv. 4-9). Llegan también los extranjeros, que con sus bienes más preciados reconstruirán y embellecerán lo que antes habían derruido. La pleitesía que han de tributar corresponde a las antiguas vejaciones que le habían infligido (vv. 10-14). Pero, sobre todo, llega el Señor, que junto con los adornos más valiosos trae la paz (vv. 15-18) y la luz (vv. 19-22). Tales expectativas debieron de llenar de esperanza a los habitantes de Jerusalén, que acababan de reconstruir el Templo.

Destaca el carácter universalista y, a la vez, familiar de esta peregrinación: vienen de todas partes, pero son hijos, no extraños (v. 4). El grupo de peregrinos lo componen los que estaban dispersos por todo el mundo entonces conocido, y no sólo los desterrados en Babilonia. Los del oeste llegarían por mar (v. 5), portando las riquezas que solían traer los mercaderes portuarios, griegos y fenicios especialmente. Los del este, provenientes de la península de Arabia (Quedar y Nebayot) y más allá, vendrían entre los grupos de caravaneros con las riquezas propias de aquellas regiones: plata, oro, etc., (v. 6). 

El relato de los magos que llegan a adorar a Jesús con presentes refleja este comercio desde oriente y probablemente está relacionado con el texto de Isaías. En todo caso, al leer el pasaje en la Solemnidad de Epifanía la liturgia cristiana entiende que aquellas riquezas traídas al Templo en reconocimiento del Señor prefiguran las ofrendas que los magos presentaron a Aquel que es en plenitud «el Señor, tu Dios, el Santo de Israel» (Is 60,9). 

«Hoy el mago encuentra llorando en la cuna a aquel que, resplandeciente, buscaba en las estrellas. Hoy el mago contempla claramente entre pañales a aquel que, encubierto, buscaba pacientemente en los astros. Hoy el mago discierne con profundo asombro lo que allí contempla: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, y Dios en el hombre; y a aquel que no puede ser encerrado en todo el universo incluido en un cuerpo de niño. Y, viendo, cree y no duda; y lo proclama con sus dones místicos: el incienso para Dios, el oro para el Rey, y la mirra para el que morirá. Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser el primero, pues entonces la fe de los magos consagró la creencia de las naciones» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 160). 

Y Eusebio de Cesarea comenta: «Pues la Iglesia de Dios es glorificada especialmente por la conversión de los gentiles. Éste es el cumplimiento de Y mi casa de oración será glorificada. Esta promesa fue hecha a la antigua Jerusalén, la madre de la nueva ciudad, que, como ya se ha dicho, es el conjunto de los que en el antiguo pueblo vivieron rectamente: los profetas y patriarcas, hombres justos, a los que el logos proclamó primero la venida de Cristo» (Commentaria in Isaiam 60,6-7).

También los paganos participan de nuestra herencia (Ef 3,2-3a.5-6)

2ª lectura

En el Antiguo Testamento se había revelado por la promesa hecha a Abrahán, que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones de la tierra (cfr Gen 12,3; Sir 44,21). Pero la forma en que se iba a realizar aquella bendición no había sido desvelada. Los judíos siempre pensaron que sería a través de su exaltación, como pueblo, entre todos los demás pueblos. San Pablo descubre, a la luz de cuanto Jesucristo le reveló, que no ha sido ese el camino elegido por Dios, sino la incorporación de los gentiles a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en igualdad con los judíos. Esto constituye el «Misterio», el plan de Dios tal como se ha dado a conocer en la misión que Cristo confió a sus apóstoles o enviados (cfr Mt 28,19), entre los que se cuenta también el mismo San Pablo (cfr 3,8). 

Junto a los apóstoles se mencionan los profetas, que pueden ser o los del Antiguo Testamento que anunciaron al Mesías, o los del Nuevo, es decir, los mismos apóstoles y otros cristianos que tuvieron conocimiento, por revelación, del plan de salvación de los gentiles y lo proclamaron movidos por el Espíritu de Dios. El contexto y otros pasajes de la carta a los Efesios, inclinan a pensar que se trata de los profetas del Nuevo. La revelación que el Espíritu Santo ha hecho a éstos acerca del Misterio tiene como finalidad «que prediquen el Evangelio, susciten la fe en Jesús Mesías y Señor, y congreguen a la Iglesia» (Dei Verbum, n. 17). San Pablo no se considera el único conocedor del Misterio revelado en Jesucristo. Únicamente testimonia que él también lo conoce por gracia de Dios y que le ha sido confiada su predicación de una manera particular, como a San Pedro se le confió la predicación entre los judíos (cfr Ga 2,7). 

San Pablo atribuye al Espíritu Santo la revelación del Misterio, recordando, tal vez, cómo llegó él mismo a conocerlo tras el encuentro con Jesucristo en el camino de Damasco (cfr Hch 9,17). El Espíritu es el que ha actuado también en los Apóstoles y Profetas (cfr Hch 2,17), y el que vivifica permanentemente a la Iglesia para que ésta proclame el Evangelio. «Él es el alma de esta Iglesia –enseña el Papa Pablo VI–. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado» (Evangelii nuntiandi, n. 75).

Hemos venido de oriente para adorar al rey de los judíos (Mt 2, 1-12)

Evangelio

El primer capítulo del evangelio enseñaba el origen de Jesús y este segundo se dedica a su misión, al destino de su vida. Jesús es el Mesías, un rey a la manera de un nuevo y más grande David, en el que se han cumplido las profecías: la estrella que anuncia su nacimiento (cfr Nm 24,17), la ciudad de Belén en la que nace (cfr Mi 5,1), la sumisión a Dios de los reyes de la tierra que ofrecen sus dones y le adoran (Is 49,23; 60,5-6; Sal 72,10-15). Pero es también el Hijo de Dios que cumple la obra de la salvación que Israel –también llamado hijo de Dios en el Antiguo Testamento (Ex 4,22-23; Os 11,1; etc.)– no supo llevar a cabo (cfr 2,15). Si Jesús es el iniciador del nuevo pueblo de Dios, estos magos, al no ser judíos, representan a las primicias de los gentiles que recibirán la llamada de la salvación en Jesucristo. Así lo entendió la Iglesia al celebrarlos en la solemnidad de la Epifanía: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (...). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel» (S. León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini 2).

«Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos magos...» (v. 1). El relato sirve en primer lugar para situar el contexto histórico: Jesús nació en tiempos de Herodes el grande. Este Herodes –padre de Herodes Antipas (14,1-12), abuelo de Herodes Agripa I (Hch 12,1-23) y bisabuelo de Herodes Agripa II (Hch 25,13-26,32)– no era judío sino idumeo, pero consiguió reinar con la ayuda y en vasallaje al Imperio Romano. En su reinado, desplegó una gran actividad pública y reconstruyó lujosamente el Templo de Jerusalén. Es célebre por su crueldad: mató a la mayoría de sus mujeres, a varios de sus hijos y a un buen número de personajes influyentes. El evangelio nos dice muy pocas cosas sobre la identidad de estos magos. Tradiciones tardías especificaron su origen y número. La más conocida viene del evangelio apócrifo armeno, que nos dice que los magos eran tres reyes, hermanos, originarios de Persia, llamados Melchor, Gaspar y Baltasar.

Con la pregunta: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» (v. 2), Mateo presenta como en contraste dos reyes, Herodes y Jesús, con dos modos de reinar diferentes: el de Herodes, cruel e inhumano (vv. 16-18), y el de Jesús, lleno de mansedumbre (21,5). El relato, con la profecía de Miqueas (v. 6) y su cumplimiento en el Niño nacido en Belén, mostrará que el verdadero rey es Jesús.

«Vimos su estrella en Oriente» (v. 2). Los intentos de identificar la estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (v. 5) para encontrar al verdadero Dios: «Nace Cristo Dios, hecho hombre mediante la incorporación de una carne dotada de alma inteligente; el mismo que había otorgado a las cosas proceder de la nada. Mientras tanto, brilla en lo alto la estrella del Oriente y conduce a los Magos al lugar en que yace la Palabra encarnada; con lo que muestra que hay en la Ley y los Profetas una palabra místicamente superior, que dirige a las gentes a la suprema luz del conocimiento. Así pues, la palabra de la Ley y de los Profetas, entendida alegóricamente, conduce, como una estrella, al pleno conocimiento de Dios a aquellos que fueron llamados por la fuerza de la gracia, de acuerdo con el designio divino» (S. Máximo el Confesor, Centuria 1,9).

Los dones señalados en el v. 11 recuerdan la promesa de Dios a Israel (Is 60,1-6) de ser centro y destino de los reyes de la tierra: los augurios de felicidad del texto de Isaías se evocan incluso en los superlativos del v. 10. Los dones ofrecidos eran muy preciados en Oriente y tenían también su significación. San Hilario de Poitiers (Commentarius in Mattheum 1,5) ve en ellos una confesión del ser de Jesús: recibe el oro como rey, el incienso como Dios, y la mirra como hombre.

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

La Manifestación del Señor

1. Hace pocos días celebramos la fecha en que el Señor nació de los judíos; hoy celebramos aquella en que fue adorado por los gentiles. La salvación, en efecto, viene de los judíos; pero esta salvación llega hasta los confines de la tierra, pues en aquel día lo adoraron los pastores y hoy los magos. A aquéllos se lo anunciaron los ángeles, a éstos una estrella. Unos y otros lo aprendieron del cielo cuando vieron en la tierra al rey del cielo para que fuese realidad la gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Él es, en efecto, nuestra paz, quien hizo de los dos uno. Por eso este niño nacido y anunciado se muestra como piedra angular; ya desde su mismo nacimiento se manifestó como tal. Ya entonces comenzó a unir en sí mismo a dos paredes que traían distinta dirección, guiando a los pastores de Judea y a los magos de Oriente para hacer en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, estableciendo la paz; paz a los de lejos y paz a los de cerca. De aquí que unos, acercándose desde la vecindad aquel mismo día, y otros, llegando desde la lejanía en la fecha de hoy, han marcado para la posteridad estos dos días festivos; pero unos y otros vieron la única luz del mundo.

2. Pero hoy hemos de hablar de aquellos a quienes la fe condujo a Cristo desde tierras lejanas. Llegaron y preguntaron por él, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo. Anuncian y preguntan, creen y buscan, como simbolizando a quienes caminan en la fe y desean la realidad. ¿No habían nacido ya anteriormente en Judea otros reyes de los judíos? ¿Qué significa el que éste sea reconocido por unos extranjeros en el cielo y sea buscado en la tierra, que brille en lo alto y esté oculto en lo humilde? Los magos ven la estrella en oriente y comprenden que ha nacido un rey en Judea. ¿Quién es este rey tan pequeño y tan grande, que aún no habla en la tierra y ya publica sus decretos en el cielo? Sin embargo, pensando en nosotros, que deseaba que le conociésemos por sus escrituras santas, quiso que también los magos, a quienes había dado tan inequívoca señal en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento en Judea, creyesen lo que sus profetas habían hablado de él. Buscando la ciudad en que había nacido el que deseaban ver y adorar, se vieron precisados a preguntar a los príncipes de los sacerdotes; de esta manera, con el testimonio de la Escritura, que llevaban en la boca, pero no en el corazón, los judíos, aunque infieles, dieron respuesta a los creyentes respecto a la gracia de la fe. Aunque mentirosos por sí mismos, dijeron la verdad en contra suya. ¿Era mucho pedir que acompañasen a quienes buscaban a Cristo cuando les oyeron decir que, tras haber visto la estrella, venían ansiosos a adorarlo? ¿Era mucho el que ellos, que les habían dado las indicaciones de acuerdo con los libros sagrados, los condujesen a Belén de Judá, y juntos viesen, comprendiesen y lo adorasen? Después de haber mostrado a otros la fuente de la vida, ellos mismos murieron de sed. Se convirtieron en piedras miliarias: indicaron algo a los viajeros, pero ellos se quedaron inmóviles y sin sentido. Los magos buscaban con el deseo de hallar; Herodes para perder; los judíos leían en qué ciudad había de nacer, pero no advertían el tiempo de su llegada. Entre el piadoso amor de los magos y el cruel temor de Herodes, ellos se esfumaron después de haberles indicado a Belén. A Cristo, que allí había nacido, al que no buscaron entonces, pero al que vieron después, habían de negarlo, como habían de darle muerte; no entonces, cuando aún no hablaba, sino después, cuando predicaba. Más dicha aportó, pues, la ignorancia de aquellos niños a quienes Herodes, aterrado, persiguió que la ciencia de aquellos que él mismo, asustado, consultó. Los niños pudieron sufrir por Cristo, a quien aún no podían confesar; los judíos pudieron conocer la ciudad en que nacía, pero no siguieron la verdad del que enseñaba.

3. La misma estrella llevó a los magos al lugar preciso en que se hallaba, niño sin habla, el Dios Palabra. Avergüéncese ya la necedad sacrílega y –valga la expresión– cierta indocta doctrina que juzga que Cristo nació bajo el influjo de los astros, porque está escrito en el evangelio que, cuando él nació, los magos vieron en oriente su estrella. Cosa que no sería cierta ni aun en el caso de que los hombres naciesen bajo tal influjo, puesto que ellos no nacen, como el Hijo de Dios, por propia voluntad, sino en la condición propia de la naturaleza mortal. Ahora, no obstante, dista tanto de la verdad el decir que Cristo nació bajo el hado de los astros, que quien tiene la recta fe en Cristo ni siquiera cree que hombre alguno nació de esa manera. Expresen los hombres vanos sus insensatas opiniones acerca del nacimiento de los hombres, nieguen la voluntad para pecar libremente, finjan la necesidad que defienda sus pecados; intenten colocar también en el cielo las perversas costumbres que los hacen detestables a todos los hombres de la tierra y mientan haciéndolas derivar de los astros; pero mire cada uno de ellos con qué poder gobierna no ya su vida, sino su familia; pues, si así piensan, no les está permitido azotar a sus siervos cuando pecan en su casa sin antes obligarse a blasfemar contra sus dioses, que irradian la luz desde el cielo. Más por lo que respecta a Cristo, ni siquiera conformándose a sus vanas conjeturas y a sus libros, a los que llamaré no fatídicos, sino falsos, pueden pensar que nació bajo la ley de los astros por el hecho de que, cuando él nació, los magos vieron una estrella en oriente. Aquí Cristo aparece más bien como señor que como sometido a ella, pues la estrella no mantuvo en el cielo su ruta sideral, sino que mostró el camino hasta el lugar en que había nacido a los hombres que buscaban a Cristo.

En consecuencia, no fue ella la que de forma maravillosa hizo que Cristo viviera, sino que fue Cristo quien la hizo aparecer de forma extraordinaria. Tampoco fue ella la que decretó las acciones maravillosas de Cristo, sino que Cristo la mostró entre sus obras maravillosas. El, nacido de madre, desde el cielo mostró a la tierra un nuevo astro; él que, nacido del Padre, hizo el cielo y la tierra. Cuando él nació apareció con la estrella una luz nueva; cuando él murió se veló con el sol la luz antigua. Cuando él nació, los habitantes del cielo brillaron con un nuevo honor; cuando él murió, los habitantes del infierno se estremecieron con un nuevo temor. Cuando él resucitó, los discípulos ardieron de un nuevo amor, y cuando él ascendió, los cielos se abrieron con nueva sumisión. Celebremos, pues, con devota solemnidad también este día, en el que los magos, procedentes de la gentilidad, adoraron a Cristo una vez conocido, como ya celebramos aquel día en que los pastores de Judea vieron a Cristo una vez nacido. El mismo Señor y Dios nuestro eligió a los apóstoles de entre los judíos como pastores para congregar, por medio de ellos, a los pecadores que iban a ser salvados de entre los gentiles.

(Sermón 199, 1-3, O.C. (4), BAC, Madrid, 1982, pp. 75-80)

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FRANCISCO – Homilías y Ángelus 2014 -2017

HOMILÍA 2014

Buscar la Luz y proteger la fe

«Lumen requirunt lumine». Esta sugerente expresión de un himno litúrgico de la Epifanía se refiere a la experiencia de los Magos: siguiendo una luz, buscan la Luz. La estrella que aparece en el cielo enciende en su mente y en su corazón una luz que los lleva a buscar la gran Luz de Cristo. Los Magos siguen fielmente aquella luz que los ilumina interiormente y encuentran al Señor.

En este recorrido que hacen los Magos de Oriente está simbolizado el destino de todo hombre: nuestra vida es un camino, iluminados por luces que nos permiten entrever el sendero, hasta encontrar la plenitud de la verdad y del amor, que nosotros cristianos reconocemos en Jesús, Luz del mundo. Y todo hombre, como los Magos, tiene a disposición dos grandes “libros” de los que sacar los signos para orientarse en su peregrinación: el libro de la creación y el libro de las Sagradas Escrituras. Lo importante es estar atentos, vigilantes, escuchar a Dios que nos habla, siempre nos habla. Como dice el Salmo, refiriéndose a la Ley del Señor: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, / luz en mi sendero» (Sal 119,105). Sobre todo, escuchar el Evangelio, leerlo, meditarlo y convertirlo en alimento espiritual nos permite encontrar a Jesús vivo, hacer experiencia de Él y de su amor.

En la primera Lectura resuena, por boca del profeta Isaías, el llamado de Dios a Jerusalén: «¡Levántate, brilla!» (60,1). Jerusalén está llamada a ser la ciudad de la luz, que refleja en el mundo la luz de Dios y ayuda a los hombres a seguir sus caminos. Ésta es la vocación y la misión del Pueblo de Dios en el mundo. Pero Jerusalén puede desatender esta llamada del Señor. Nos dice el Evangelio que los Magos, cuando llegaron a Jerusalén, de momento perdieron de vista la estrella. No la veían. En especial, su luz falta en el palacio del rey Herodes: aquella mansión es tenebrosa, en ella reinan la oscuridad, la desconfianza, el miedo, la envidia. De hecho, Herodes se muestra receloso e inquieto por el nacimiento de un frágil Niño, al que ve como un rival. En realidad, Jesús no ha venido a derrocarlo a él, ridículo fantoche, sino al Príncipe de este mundo. Sin embargo, el rey y sus consejeros sienten que el entramado de su poder se resquebraja, temen que cambien las reglas de juego, que las apariencias queden desenmascaradas. Todo un mundo edificado sobre el poder, el prestigio, el tener, la corrupción, entra en crisis por un Niño. Y Herodes llega incluso a matar a los niños: «Tú matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón» −escribe san Quodvultdeus (Sermón 2 sobre el Símbolo: PL 40, 655). Es así: tenía temor, y por este temor pierde el juicio.

Los Magos consiguieron superar aquel momento crítico de oscuridad en el palacio de Herodes, porque creyeron en las Escrituras, en la palabra de los profetas que señalaba Belén como el lugar donde había de nacer el Mesías. Así escaparon al letargo de la noche del mundo, reemprendieron su camino y de pronto vieron nuevamente la estrella, y el Evangelio dice que se llenaron de «inmensa alegría» (Mt 2,10). Esa estrella que no se veía en la oscuridad de la mundanidad de aquel palacio.

Un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es también la santa “astucia”. Es también una virtud, la santa “astucia”. Se trata de esa sagacidad espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos. Los Magos supieron usar esta luz de “astucia” cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino. Estos sabios venidos de Oriente nos enseñan a no caer en las asechanzas de las tinieblas y a defendernos de la oscuridad que pretende cubrir nuestra vida. Ellos, con esta santa “astucia”, han protegido la fe. Y también nosotros debemos proteger la fe. Protegerla de esa oscuridad. Esa oscuridad que a menudo se disfraza incluso de luz. Porque el demonio, dice san Pablo, muchas veces se viste de ángel de luz. Y entonces es necesaria la santa “astucia”, para proteger la fe, protegerla de los cantos de las sirenas, que te dicen: «Mira, hoy debemos hacer esto, aquello…» Pero la fe es una gracia, es un don. Y a nosotros nos corresponde protegerla con la santa “astucia”, con la oración, con el amor, con la caridad. Es necesario acoger en nuestro corazón la luz de Dios y, al mismo tiempo, practicar aquella astucia espiritual que sabe armonizar la sencillez con la sagacidad, como Jesús pide a sus discípulos: «Sean sagaces como serpientes y simples como palomas» (Mt 10,16).

En esta fiesta de la Epifanía, que nos recuerda la manifestación de Jesús a la humanidad en el rostro de un Niño, sintamos cerca a los Magos, como sabios compañeros de camino. Su ejemplo nos anima a levantar los ojos a la estrella y a seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no contentarnos con una vida mediocre, de “poco calado”, sino a dejarnos fascinar siempre por la bondad, la verdad, la belleza… por Dios, que es todo eso en modo siempre mayor. Y nos enseñan a no dejarnos engañar por las apariencias, por aquello que para el mundo es grande, sabio, poderoso. No nos podemos quedar ahí. Es necesario proteger la fe. Es muy importante en este tiempo: proteger la fe. Tenemos que ir más allá, más allá de la oscuridad, más allá de la atracción de las sirenas, más allá de la mundanidad, más allá de tantas modernidades que existen hoy, ir hacia Belén, allí donde en la sencillez de una casa de la periferia, entre una mamá y un papá llenos de amor y de fe, resplandece el Sol que nace de lo alto, el Rey del universo. A ejemplo de los Magos, con nuestras pequeñas luces busquemos la Luz y protejamos la fe. Así sea.

ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la Epifanía, es decir la “manifestación” del Señor. Esta solemnidad está vinculada al relato bíblico de la llegada de los magos de Oriente a Belén para rendir homenaje al Rey de los judíos: un episodio que el Papa Benedicto comentó magníficamente en su libro sobre la infancia de Jesús. Esa fue precisamente la primera “manifestación” de Cristo a las gentes. Por ello la Epifanía destaca la apertura universal de la salvación traída por Jesús. La Liturgia de este día aclama: “Te adorarán, Señor, todos los pueblos de la tierra”, porque Jesús vino por todos nosotros, por todos los pueblos, por todos.

En efecto, esta fiesta nos hace ver un doble movimiento: por una parte el movimiento de Dios hacia el mundo, hacia la humanidad –toda la historia de la salvación, que culmina en Jesús–; y por otra parte el movimiento de los hombres hacia Dios –pensemos en las religiones, en la búsqueda de la verdad, en el camino de los pueblos hacia la paz, la paz interior, la justicia, la libertad–. Y a este doble movimiento lo mueve una recíproca atracción. Por parte de Dios, ¿qué es lo que lo atrae? Es el amor por nosotros: somos sus hijos, nos ama, y quiere liberarnos del mal, de las enfermedades, de la muerte, y llevarnos a su casa, a su Reino. “Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 112). Y también por parte nuestra hay un amor, un deseo: el bien siempre nos atrae, la verdad nos atrae, la vida, la felicidad, la belleza nos atrae... Jesús es el punto de encuentro de esta atracción mutua, y de este doble movimiento. Es Dios y hombre: Jesús. Dios y hombre. ¿Pero quién toma la iniciativa? ¡Siempre Dios! El amor de Dios viene siempre antes del nuestro. Él siempre toma la iniciativa. Él nos espera, Él nos invita, la iniciativa es siempre suya. Jesús es Dios que se hizo hombre, se encarnó, nació por nosotros. La nueva estrella que apareció a los magos era el signo del nacimiento de Cristo. Si no hubiesen visto la estrella, esos hombres no se hubiesen puesto en camino. La luz nos precede, la verdad nos precede, la belleza nos precede. Dios nos precede. El profeta Isaías decía que Dios es como la flor del almendro. ¿Por qué? Porque en esa tierra el almendro es primero en florecer. Y Dios siempre precede, siempre nos busca Él primero, Él da el primer paso. Dios nos precede siempre. Su gracia nos precede; y esta gracia apareció en Jesús. Él es la epifanía. Él, Jesucristo, es la manifestación del amor de Dios. Está con nosotros.

La Iglesia está toda dentro de este movimiento de Dios hacia el mundo: su alegría es el Evangelio, es reflejar la luz de Cristo. La Iglesia es el pueblo de aquellos que experimentaron esta atracción y la llevaron dentro, en el corazón y en la vida. “Me gustaría –sinceramente–, me gustaría decir a aquellos que se sienten alejados de Dios y de la Iglesia –decirlo respetuosamente–, decir a aquellos son temerosos e indiferentes: el Señor te llama también a ti, te llama a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor” (ibid., 113). El Señor te llama. El Señor te busca. El Señor te espera. El Señor no hace proselitismo, da amor, y este amor te busca, te espera, a ti que en este momento no crees o estás alejado. Esto es el amor de Dios.

Pidamos a Dios, para toda la Iglesia, pidamos la alegría de evangelizar, porque ha sido “enviada por Cristo para manifestar y comunicar a todos los hombres y a todos los pueblos el amor de Dios” (Ad gentes, 10). Que la Virgen María nos ayude a ser todos discípulos-misioneros, pequeñas estrellas que reflejen su luz. Y oremos para que los corazones se abran para acoger el anuncio, y todos los hombres lleguen a ser “partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3, 6).

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HOMILÍA 2015

Conocer siempre de nuevo el misterio de Dios

Ese Niño, nacido de la Virgen María en Belén, vino no sólo para el pueblo de Israel, representado en los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada hoy por los Magos de Oriente. Y precisamente hoy, la Iglesia nos invita a meditar y rezar sobre los Magos y su camino en busca del Mesías.

Estos Magos que vienen de Oriente son los primeros de esa gran procesión de la que habla el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 60, 1-6). Una procesión que desde entonces no se ha interrumpido jamás, y que en todas las épocas reconoce el mensaje de la estrella y encuentra el Niño que nos muestra la ternura de Dios. Siempre hay nuevas personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan hasta él.

Según la tradición, los Magos eran hombres sabios, estudiosos de los astros, escrutadores del cielo, en un contexto cultural y de creencias que atribuía a las estrellas un significado y un influjo sobre las vicisitudes humanas. Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca. Hombres y mujeres en búsqueda.

Los Magos nos indican el camino que debemos recorrer en nuestra vida. Ellos buscaban la Luz verdadera: “Lumen requirunt lumine”, dice un himno litúrgico de la Epifanía, refiriéndose precisamente a la experiencia de los Magos; “Lumen requirunt lumine”. Siguiendo una luz ellos buscan la luz. Iban en busca de Dios. Cuando vieron el signo de la estrella, lo interpretaron y se pusieron en camino, hicieron un largo viaje.

El Espíritu Santo es el que los llamó e impulsó a ponerse en camino, y en este camino tendrá lugar también su encuentro personal con el Dios verdadero.

En su camino, los Magos encuentran muchas dificultades. Cuando llegan a Jerusalén van al palacio del rey, porque consideran algo natural que el nuevo rey nazca en el palacio real. Allí pierden de vista la estrella. Cuántas veces se pierde de vista la estrella. Y encuentran una tentación, puesta ahí por el diablo, es el engaño de Herodes. El rey Herodes muestra interés por el niño, pero no para adorarlo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que sólo consigue ver en el otro a un rival. Y en el fondo, también considera a Dios como un rival, más aún, como el rival más peligroso. En el palacio los Magos atraviesan un momento de oscuridad, de desolación, que consiguen superar gracias a la moción del Espíritu Santo, que les habla mediante las profecías de la Sagrada Escritura. Éstas indican que el Mesías nacerá en Belén, la ciudad de David.

En este momento, retoman el camino y vuelven a ver la estrella. El evangelista apunta que experimentaron una “inmensa alegría” (Mt 2, 10), una verdadera consolación. Llegados a Belén, encontraron “al niño con María, su madre” (Mt 2, 11). Después de lo ocurrido en Jerusalén, ésta será para ellos la segunda gran tentación: rechazar esta pequeñez. Y sin embargo: “cayendo de rodillas lo adoraron”, ofreciéndole sus dones preciosos y simbólicos. La gracia del Espíritu Santo es la que siempre los ayuda. Esta gracia que, mediante la estrella, los había llamado y guiado por el camino, ahora los introduce en el misterio. Esta estrella que les ha acompañado durante el camino los introduce en el misterio. Guiados por el Espíritu, reconocen que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres, que Dios no se manifiesta en la potencia de este mundo, sino que nos habla en la humildad de su amor. El amor de Dios es grande, sí. El amor de Dios es potente, sí. Pero el amor de Dios es humilde, muy humilde. De ese modo, los Magos son modelos de conversión a la verdadera fe porque han dado más crédito a la bondad de Dios que al aparente esplendor del poder.

Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el misterio en el que Dios se esconde? ¿Dónde puedo encontrarlo? Vemos a nuestro alrededor guerras, explotación de los niños, torturas, tráfico de armas, trata de personas... Jesús está en todas estas realidades, en todos estos hermanos y hermanas más pequeños que sufren tales situaciones (cf. Mt 25, 40.45). El pesebre nos presenta un camino distinto al que anhela la mentalidad mundana. Es el camino del anonadamiento de Dios, de esa humildad del amor de Dios que se abaja, se anonada, de su gloria escondida en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, en el hermano y en la hermana que sufren.

Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. Que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, de aquella señal anunciada por los ángeles: “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12), y que tengamos la humildad de pedir a la Madre, a nuestra Madre, que nos lo muestre. Que encontremos el valor de liberarnos de nuestras ilusiones, de nuestras presunciones, de nuestras “luces”, y que busquemos este valor en la humildad de la fe y así encontremos la Luz, Lumen, como han hecho los santos Magos. Que podamos entrar en el misterio. Que así sea.

ÁNGELUS.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Feliz fiesta!

En la noche de Navidad hemos meditado acerca de algunos pastores que pertenecían al pueblo de Israel y se dirigían a la cueva de Belén; hoy, solemnidad de la Epifanía, hacemos memoria de la llegada de los Magos, que venían de Oriente para adorar al recién nacido Rey de los judíos y Salvador universal y ofrecer dones simbólicos. Con su gesto de adoración, los Magos testimonian que Jesús vino a la tierra para salvar no a un solo pueblo, sino a todas las gentes. Por lo tanto, en la fiesta de hoy nuestra mirada se amplía al horizonte del mundo entero para celebrar la “manifestación” del Señor a todos los pueblos, es decir la manifestación del amor y de la salvación universal de Dios. Él no reserva su amor para algunos privilegiados, sino que lo ofrece a todos. Así como es Creador y Padre de todos, así también quiere ser Salvador de todos. Por eso, estamos llamados a alimentar siempre una gran confianza y esperanza respecto a cada persona y su salvación: también quienes nos parecen lejanos del Señor son seguidos –o mejor “perseguidos”– por su amor apasionado, por su amor fiel e incluso humilde. Porque el amor de Dios es humilde, muy humilde.

El relato evangélico de los Magos describe su viaje desde Oriente como un viaje del alma, como un camino hacia el encuentro con Cristo. Ellos están atentos a los signos que indican su presencia; son incansables al afrontar las dificultades de la búsqueda; son valientes al considerar las consecuencias de vida que se derivan del encuentro con el Señor. La vida es esta: la vida cristiana es caminar, pero estando atentos y siendo incansables y valientes. Así camina un cristiano. Caminar atento, incansable y valiente. La experiencia de los Magos evoca el camino de todo hombre hacia Cristo. Como para los Magos, también para nosotros buscar a Dios quiere decir caminar –y como decía: atento, incansable y valiente– fijando la mirada en el cielo y vislumbrando en el signo visible de la estrella al Dios invisible que habla a nuestro corazón. La estrella que es capaz de guiar a todo hombre a Jesús es la Palabra de Dios, Palabra que está en la Biblia, en los Evangelios. La Palabra de Dios es luz que orienta nuestro camino, nutre nuestra fe y la regenera. Es la Palabra de Dios que renueva continuamente nuestro corazón y nuestras comunidades. Por lo tanto, no olvidemos leerla y meditarla cada día, a fin de que llegue a ser para cada uno como una llama que llevamos dentro de nosotros para iluminar nuestros pasos, y también los de quien camina junto a nosotros, que tal vez le cuesta encontrar el camino hacia Cristo. ¡Siempre con la Palabra de Dios! La Palabra de Dios al alcance de la mano: un pequeño Evangelio en el bolsillo, en la cartera, siempre, para leerlo. No os olvidéis de esto: ¡siempre conmigo la Palabra de Dios!

En este día de la Epifanía, nuestro pensamiento se dirige también a los hermanos y a las hermanas del Oriente cristiano, católicos y ortodoxos, muchos de los cuales celebran mañana el Nacimiento del Señor. A ellos llegue nuestra afectuosa felicitación.

Me complace también recordar que hoy se celebra la Jornada mundial de la infancia misionera. Es la fiesta de los niños que viven con alegría el don de la fe y rezan para que la luz de Jesús llegue a todos los niños del mundo. Aliento a los educadores a cultivar en los pequeños el espíritu misionero. Que no sean niños y muchachos cerrados, sino abiertos; que vean un gran horizonte, que su corazón siga adelante hacia el horizonte, para que nazcan entre ellos testigos de la ternura de Dios y anunciadores del Evangelio.

Nos dirigimos ahora a la Virgen María e invocamos su protección sobre la Iglesia universal, para que difunda en todo el mundo el Evangelio de Cristo, la luz de las gentes, luz de todos los pueblos. Y que Ella haga que estemos cada vez más en camino; que nos haga caminar y en el camino estar atentos, ser incansables y valientes.

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HOMILÍA 2016

Hacer emerger el deseo de Dios que cada uno lleva en sí.

Las palabras que el profeta Isaías dirige a la ciudad santa de Jerusalén nos invitan a levantarnos, a salir; a salir de nuestras clausuras, a salir de nosotros mismos, y a reconocer el esplendor de la luz que ilumina nuestras vidas: «¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (60,1). «Tu luz» es la gloria del Señor. La Iglesia no puede pretender brillar con luz propia, no puede. San Ambrosio nos lo recuerda con una hermosa expresión, aplicando a la Iglesia la imagen de la luna: «La Iglesia es verdaderamente como la luna: […] no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo. Recibe su esplendor del Sol de justicia, para poder decir luego: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”» (Hexameron, IV, 8, 32). Cristo es la luz verdadera que brilla; y, en la medida en que la Iglesia está unida a él, en la medida en que se deja iluminar por él, ilumina también la vida de las personas y de los pueblos. Por eso, los santos Padres veían a la Iglesia como el «mysterium lunae».

Necesitamos de esta luz que viene de lo alto para responder con coherencia a la vocación que hemos recibido. Anunciar el Evangelio de Cristo no es una opción más entre otras posibles, ni tampoco una profesión. Para la Iglesia, ser misionera no significa hacer proselitismo; para la Iglesia, ser misionera equivale a manifestar su propia naturaleza: dejarse iluminar por Dios y reflejar su luz. Este es su servicio. No hay otro camino. La misión es su vocación: hacer resplandecer la luz de Cristo es su servicio. Muchas personas esperan de nosotros este compromiso misionero, porque necesitan a Cristo, necesitan conocer el rostro del Padre.

Los Magos, que aparecen en el Evangelio de Mateo, son una prueba viva de que las semillas de verdad están presentes en todas partes, porque son un don del Creador que llama a todos para que lo reconozcan como Padre bueno y fiel. Los Magos representan a los hombres de cualquier parte del mundo que son acogidos en la casa de Dios. Delante de Jesús ya no hay distinción de raza, lengua y cultura: en ese Niño, toda la humanidad encuentra su unidad. Y la Iglesia tiene la tarea de que se reconozca y venga a la luz con más claridad el deseo de Dios que anida en cada uno. Este es el servicio de la Iglesia, con la luz que ella refleja: hacer emerger el deseo de Dios que cada uno lleva en sí. Como los Magos, también hoy muchas personas viven con el «corazón inquieto», haciéndose preguntas que no encuentran respuestas seguras, es la inquietud del Espíritu Santo que se mueve en los corazones. También ellos están en busca de la estrella que muestre el camino hacia Belén.

¡Cuántas estrellas hay en el cielo! Y, sin embargo, los Magos han seguido una distinta, nueva, mucho más brillante para ellos. Durante mucho tiempo, habían escrutado el gran libro del cielo buscando una respuesta a sus preguntas –tenían el corazón inquieto– y, al final, la luz apareció. Aquella estrella los cambió. Les hizo olvidar los intereses cotidianos, y se pusieron de prisa en camino. Prestaron atención a la voz que dentro de ellos los empujaba a seguir aquella luz –y la voz del Espíritu Santo, que obra en todas las personas–; y ella los guio hasta que en una pobre casa de Belén encontraron al Rey de los Judíos.

Todo esto encierra una enseñanza para nosotros. Hoy será bueno que nos repitamos la pregunta de los Magos: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2,2). Nos sentimos urgidos, sobre todo en un momento como el actual, a escrutar los signos que Dios nos ofrece, sabiendo que debemos esforzarnos para descifrarlos y comprender así su voluntad. Estamos llamados a ir a Belén para encontrar al Niño y a su Madre. Sigamos la luz que Dios nos da –pequeñita…; el himno del breviario poéticamente nos dice que los Magos «lumen requirunt lumine»: aquella pequeña luz–, la luz que proviene del rostro de Cristo, lleno de misericordia y fidelidad. Y, una vez que estemos ante él, adorémoslo con todo el corazón, y ofrezcámosle nuestros dones: nuestra libertad, nuestra inteligencia, nuestro amor. La verdadera sabiduría se esconde en el rostro de este Niño. Y es aquí, en la sencillez de Belén, donde encuentra su síntesis la vida de la Iglesia. Aquí está la fuente de esa luz que atrae a sí a todas las personas en el mundo y guía a los pueblos por el camino de la paz.

ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy, el relato de los Magos, llegados desde Oriente a Belén para adorar al Mesías, confiere a la fiesta de la Epifanía un aire de universalidad. Y éste es el aliento de la Iglesia, que desea que todos los pueblos de la tierra puedan encontrar a Jesús, y experimentar su amor misericordioso. Es este el deseo de la Iglesia: que encuentren la misericordia de Jesús, su amor.

Cristo acaba de nacer, aún no sabe hablar y todas las gentes –representadas por los Magos– ya pueden encontrarlo, reconocerlo, adorarlo. Dicen los Magos: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 2). Herodes oyó esto apenas los Magos llegaron a Jerusalén. Estos Magos eran hombres prestigiosos, de regiones lejanas y culturas diversas, y se habían encaminado hacia la tierra de Israel para adorar al rey que había nacido. Desde siempre la Iglesia ha visto en ellos la imagen de la entera humanidad, y con la celebración de hoy, de la fiesta de la Epifanía, casi quiere guiar respetuosamente a todo hombre y a toda mujer de este mundo hacia el Niño que ha nacido para la salvación de todos.

En la noche de Navidad Jesús se manifestó a los pastores, hombres humildes y despreciados -algunos dicen que eran bandidos-; fueron ellos los primeros que llevaron un poco de calor en aquella fría gruta de Belén. Ahora llegan los Magos de tierras lejanas, también ellos atraídos misteriosamente por aquel Niño. Los pastores y los Magos son muy diferentes entre sí; pero una cosa los une: el cielo. Los pastores de Belén acudieron inmediatamente a ver a Jesús, no porque fueran especialmente buenos, sino porque velaban de noche y, levantando los ojos al cielo, vieron un signo, escucharon su mensaje y lo siguieron. De la misma manera los Magos: escrutaban los cielos, vieron una nueva estrella, interpretaron el signo y se pusieron en camino, desde lejos. Los pastores y los Magos nos enseñan que para encontrar a Jesús es necesario saber levantar la mirada hacia el cielo, no estar replegados sobre sí mismos, en el propio egoísmo, sino tener el corazón y la mente abiertos al horizonte de Dios, que siempre nos sorprende, saber acoger sus mensajes y responder con prontitud y generosidad.

Los Magos, dice el Evangelio, al ver «la estrella se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2, 10). También para nosotros hay un gran consuelo al ver la estrella, o sea en el sentirnos guiados y no abandonados a nuestro destino. Y la estrella es el Evangelio, la Palabra del Señor, como dice el salmo: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119, 10). Esta luz nos guía hacia Cristo. Sin la escucha del Evangelio, ¡no es posible encontrarlo! En efecto, los Magos, siguiendo la estrella llegaron al lugar donde se encontraba Jesús. Y allí «entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2, 11). La experiencia de los Magos nos exhorta a no conformarnos con la mediocridad, a no «vivir al día», sino a buscar el sentido de las cosas, a escrutar con pasión el gran misterio de la vida. Y nos enseña a no escandalizarnos de la pequeñez y la pobreza, sino a reconocer la majestad en la humildad, y saber arrodillarnos frente a ella.

Que la Virgen María, que acogió a los Magos en Belén, nos ayude a levantar la mirada de nosotros mismos, a dejarnos guiar por la estrella del Evangelio para encontrar a Jesús, y a saber abajarnos para adorarlo. Así podremos llevar a los demás un rayo de su luz, y compartir con ellos la alegría del camino.

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HOMILÍA 2017

La santa nostalgia de Dios

«¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella y hemos venido a adorarlo» (Mt 2, 2).

Con estas palabras, los magos, venidos de tierras lejanas, nos dan a conocer el motivo de su larga travesía: adorar al rey recién nacido. Ver y adorar, dos acciones que se destacan en el relato evangélico: vimos una estrella y queremos adorar.

Estos hombres vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos. No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, «los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino» (cf. San Juan Crisóstomo). Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad.

Los magos, de este modo, expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón.

La santa nostalgia de Dios brota en el corazón creyente pues sabe que el Evangelio no es un acontecimiento del pasado sino del presente. La santa nostalgia de Dios nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente la cual, semana a semana, implora diciendo: «Ven, Señor Jesús».

Precisamente esta nostalgia fue la que empujó al anciano Simeón a ir todos los días al templo, con la certeza de saber que su vida no terminaría sin poder acunar al Salvador. Fue esta nostalgia la que empujó al hijo pródigo a salir de una actitud de derrota y buscar los brazos de su padre. Fue esta nostalgia la que el pastor sintió en su corazón cuando dejó a las noventa y nueve ovejas en busca de la que estaba perdida, y fue también la que experimentó María Magdalena la mañana del domingo para salir corriendo al sepulcro y encontrar a su Maestro resucitado. La nostalgia de Dios nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometerse por ese cambio que anhelamos y necesitamos. La nostalgia de Dios tiene su raíz en el pasado, pero no se queda allí: va en busca del futuro. Al igual que los magos, el creyente «nostalgioso» busca a Dios, empujado por su fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que allí lo espera el Señor. Va a la periferia, a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva es todavía un terreno a explorar.

Como actitud contrapuesta, en el palacio de Herodes -que distaba muy pocos kilómetros de Belén-, no se habían percatado de lo que estaba sucediendo. Mientras los magos caminaban, Jerusalén dormía. Dormía de la mano de un Herodes quien lejos de estar en búsqueda también dormía. Dormía bajo la anestesia de una conciencia cauterizada. Y quedó desconcertado. Tuvo miedo. Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de quien está sentado sobre la riqueza sin lograr ver más allá. Un desconcierto que brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida. Y Herodes tuvo miedo, y ese miedo lo condujo a buscar seguridad en el crimen: «Necas parvulos corpore, quia te necat timor in corde» (San Quodvultdeus, Sermo 2 sobre el símbolo: PL, 40, 655). Matas los niños en el cuerpo porque a ti el miedo te mata el corazón.

Queremos adorar. Los hombres de Oriente fueron a adorar, y fueron a hacerlo al lugar propio de un rey: el Palacio. Y esto es importante, allí llegaron ellos con su búsqueda, era el lugar indicado: pues es propio de un rey nacer en un palacio, y tener su corte y súbditos. Es signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado. Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza, esclavitud, miedo.

Y fue precisamente ahí donde comenzó el camino más largo que tuvieron que andar esos hombres venidos de lejos. Ahí comenzó la osadía más difícil y complicada. Descubrir que lo que ellos buscaban no estaba en el palacio, sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial. Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la mirada de este Rey desconocido -pero deseado- no humilla, no esclaviza, no encierra. Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo negamos. Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados, abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia. Qué lejos se encuentra, para algunos, Jerusalén de Belén.

Herodes no puede adorar porque no quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba que lo adorasen. Los sacerdotes tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar.

Los magos sintieron nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén, allí descubrieron la Gloria de Dios.

ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, celebramos la Epifanía del Señor, es decir, la manifestación de Jesús que brilla como luz para todas las gentes. Símbolo de esta luz que resplandece en el mundo y quiere iluminar la vida de cada uno es la estrella, que guio a los Magos a Belén. Ellos, dice el Evangelio, vieron «su estrella» (Mt 2, 2) y decidieron seguirla: decidieron dejarse guiar por la estrella de Jesús.

También en nuestra vida existen diversas estrellas, luces que brillan y orientan. Depende de nosotros elegir cuáles seguir. Por ejemplo, hay luces intermitentes, que van y vienen, como las pequeñas satisfacciones de la vida: que aunque buenas, no son suficientes, porque duran poco y no dejan la paz que buscamos. Después están las luces cegadoras del primer plano, del dinero y del éxito, que prometen todo y enseguida: son seductoras, pero con su fuerza ciegan y hacen pasar de los sueños de gloria a la oscuridad más densa. Los Magos, en cambio, invitan a seguir una luz estable, una luz amable, que no se oculta, porque no es de este mundo: viene del cielo y resplandece… ¿Dónde? En el corazón.

Esta luz verdadera es la luz del Señor, o mejor dicho, es el Señor mismo. Él es nuestra luz: una luz que no deslumbra, sino que acompaña y dona una alegría única. Esta luz es para todos y llama a cada uno: podemos escuchar así la actual invitación dirigida a nosotros por el profeta Isaías: «arriba, resplandece, que ha llegado tu luz» (Is 60, 1). Así decía Isaías, profetizando esta alegría de hoy en Jerusalén: «arriba, resplandece, que ha llegado tu luz». Al inicio de cada día podemos acoger esta invitación: arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, sigue hoy, entre tantas estrellas fugaces en el mundo, la estrella luminosa de Jesús! Siguiéndola, tendremos alegría, como ocurrió a los Magos, que «al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2, 10); porque donde esta Dios hay alegría. Quien ha encontrado a Jesús ha experimentado el milagro de la luz que rasga las tinieblas y conoce esta luz que ilumina y aclara. Querría, con mucho respeto, invitar a todos a no tener miedo de esta luz y a abrirse al Señor. Sobre todo, querría decir a quien ha perdido la fuerza de buscar, está cansado, a quien, superado por las oscuridades de la vida, ha apagado el deseo: «¡Levántate, ánimo, la luz de Jesús sabe vencer las tinieblas más oscuras; levántate, ánimo!».

Y ¿cómo encontrar esta luz divina? Sigamos el ejemplo de los Magos, que el Evangelio describe siempre en movimiento. Quien quiere la luz, efectivamente, sale de sí y busca: no permanece cerrado, quieto a ver qué cosa sucede al su alrededor, sino pone en juego su propia vida; sale de sí. La vida cristiana es un camino continuo, hecho de esperanza, hecho de búsqueda; un camino que, como aquel de los Magos, prosigue incluso cuando la estrella desaparece momentáneamente de la vista. En este camino hay también insidias que hay que evitar: las charlas superficiales y mundanas, que frenan el paso; los caprichos paralizantes del egoísmo; los agujeros del pesimismo, que atrapa a la esperanza. Estos obstáculos bloquearon a los escribas, de los que habla el Evangelio de hoy. Ellos sabían dónde estaba la luz, pero no se movieron. Cuando Herodes les pregunto: «¿Dónde nacerá el Mesías?» – «¡En Belén!». Sabían dónde, pero no se movieron. Su conocimiento fue en vano: sabían muchas cosas, pero para nada, todo en vano. No basta saber que Dios ha nacido, si no se hace con Él Navidad en el corazón. Dios ha nacido, sí, pero ¿Ha nacido en tú corazón? ¿Ha nacido en mí corazón? ¿Ha nacido en nuestro corazón? Y así le encontraremos, como los Magos, con María, José, en el establo.

Los Magos lo hicieron: encontraron al Niño, «postrándose, le adoraron» (Mt 2, 11). No le miraron solamente, dijeron solo una oración circunstancial y se fueron, no, sino que le adoraron: entraron en una comunión personal de amor con Jesús. Después le regalaron oro, incienso y mirra, es decir, sus bienes más preciados. Aprendamos de los Magos a no dedicar a Jesús sólo los ratos perdidos de tiempo y algún pensamiento de vez en cuando, de lo contrario no tendremos su luz. Como los Magos, pongámonos en camino, revistámonos de luz siguiendo la estrella de Jesús, y adoremos al Señor con todo nuestro ser.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Por otro camino volvieron a su país

En un discurso al pueblo, pronunciado cuando la fiesta de la Epifanía hacía poco que había sido introducida en la liturgia, san Agustín ilustraba con claridad su contenido y su relación con la Navidad. Decía: «Hace muy pocos días hemos celebrado la Navidad del Señor, en este día estamos celebrando con no menor solemnidad su manifestación, con la que comenzó a darse a conocer a los paganos... Había nacido quien es la piedra angular, la paz entre los provenientes de la circuncisión y de la incircuncisión, para que se unieran todos en el que es nuestra paz y que ha hecho de los dos un solo pueblo. Todo esto ha sido prefigurado para los judíos con los pastores, para los paganos con los Magos... Los pastores judíos han sido conducidos ante él por el anuncio de un ángel, los magos paganos por la aparición de una estrella» (Sermón 201, 1; PL 381031).

Hoy, por lo tanto, celebramos la universalidad de la Iglesia, la llamada de los gentiles a la fe y la unidad profunda entre Israel y la Iglesia. La estrella, aparecida a los magos, era una «espléndida lengua del cielo» que narraba la gloria de Dios (cfr. Salmo 18,2). Su puesto ha sido tomado, a continuación, por el Evangelio, que todavía hoy continúa llamando hacia Cristo a los hombres de toda la tierra. Eso ha sido la estrella, que ha guiado a Cristo hacia nosotros, provenientes del mundo pagano.

Sigamos ahora de cerca el relato evangélico de la venida de los Magos a Belén, a fin de descubriros alguna indicación práctica para nuestra vida. Es bastante evidente que en este relato se mezcla el elemento histórico el elemento teológico y simbólico. En otras palabras, el evangelista no ha pretendido sólo referir unos «hechos», sino inculcar también cosas a «hacer», indicar modelos a seguir o a huir por parte de quien lee. Como toda la Biblia, también esta página está escrita «para nuestra enseñanza».

En el relato ante el anuncio del nacimiento de Jesús aparecen con claridad tres reacciones distintas: la de los Magos, la de Herodes y la de los sacerdotes. Comencemos con los modelos negativos a huir. Ante todo, Herodes. Él, apenas sabida la cosa, «se turba», convoca una sesión de los sacerdotes y de los doctores, pero no para conocer la verdad, sino más bien para urdir un engaño. Esta intención se manifiesta en su recomendación final de ir y volver después a referírselo. Su proyecto es el de transformar a los Magos de mensajeros en espías.

Herodes representa a la persona, que ya ha hecho su elección. Entre la voluntad de Dios y la suya, él claramente ha escogido la suya. Ni siquiera procede el pensar en un odio a Dios y cosas semejantes. Solamente él no ve más que su provecho y ha decidido romper cualquier cosa que amenace turbar este estado de cosas. Está animado por aquello que san Agustín llama «el amor de sí mismo, que según la ocasión puede llevar hasta el desprecio de Dios». Probablemente hasta piensa hacer su deber, defendiendo su realeza, su estirpe, el bien de la nación. Incluso, ordenar la muerte de los inocentes debía parecerle, como a tantos otros dictadores de la historia, una medida exigida por el bien público, moralmente justificada. Desde este punto de vista el mundo está lleno también hoy de «Herodes». Para ellos no hay «epifanía», manifestación de Dios, que baste. Están «cegados»; no ven porque no quieren ver. Sólo un milagro de la gracia (y por suerte existen) puede deshacer esta coraza de egoísmo.

No es ésta, probablemente, la situación que interesa a la mayoría de quienes hoy se acercan a la iglesia y escuchan el Evangelio. Pasemos por ello a la actitud de los sacerdotes. Consultados por Herodes y por los Magos si sabían dónde habría de nacer el Mesías, los sumos sacerdotes y los escribas no tienen empacho en responder:

«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”».

Ellos saben dónde ha nacido el Mesías; están en disposición de revelarlo también a los demás; pero, ellos no se mueven. No van de corridas a Belén, como se habría esperado de personas, que no esperaban otra cosa que la venida del Mesías, sino que permanecen cómodamente en sus casas, en la ciudad de Jerusalén. Ellos, decía Agustín en otro discurso para la Epifanía, se comportan como las piedras miliares (hoy diríamos como las señales de las carreteras): indican el camino, pero no mueven ni un dedo (cfr. Sermón 199, 1, 2). Aquí vemos simbolizado una actitud divulgada entre nosotros. Sabemos bien qué comporta seguir a Jesús, «ir detrás de él», y, si es menester, lo sabemos explicar también a los demás; pero, nos falta la valentía y la radicalidad de ponerlo en práctica hasta el fondo. El peligro no afecta sólo a nosotros, los sacerdotes. Si cada bautizado por ello mismo es «un testigo de Cristo», como lo define un texto del concilio Vaticano II, entonces el planteamiento de los sumos sacerdotes y de los escribas debe hacemos reflexionar a todos. Estos sabían que Jesús se hallaba en Belén, «la más pequeña de las ciudades de Judá»; nosotros sabemos que Jesús se encuentra hoy entre los pobres, los humildes, los que sufren...

Y vengamos finalmente a los protagonistas de esta fiesta, los Magos. Ellos no instruyen con palabras, sino con los hechos; no con lo que dicen, sino con lo que hacen. Dios se ha revelado a ellos, como suele hacer, desde el interior de su experiencia, utilizando los medios que tenían a su disposición; en su caso, la costumbre de escrutar el cielo. Ellos no han puesto demora, sino que se han puesto en camino; han dejado la seguridad, que procede del moverse en el propio ambiente, entre gente conocida y que les reverenciaba. Dicen con sencillez, como si no hubiesen hecho nada de extraordinario:

«Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Hemos visto y venimos: aquí está la gran lección de estos anónimos «predicadores» bíblicos. Han actuado en consecuencia, no han interpuesto demora alguna. Si se hubieran puesto a calcular uno a uno los peligros, las incógnitas del viaje, habrían perdido la determinación inicial y se habrían frustrado en vanas y estériles consideraciones. Han actuado de inmediato y éste es el secreto cuando se recibe una inspiración de Dios. Son los primeros «hijos de Abrahán según la fe»; también Abrahán, en efecto, se puso en camino, «sin saber a dónde iba» (Hebreos 11,8), fiado sólo en la palabra de Dios, que le invitaba a salir de su tierra.

Van a «adorarlo». Este término reviste un profundo significado teológico en el contexto de Navidad, que debía estar bien claro en la mente del evangelista Mateo. Él lo usa de nuevo, cuando dice que:

«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron».

Los Magos conocían bien qué significa «adorar», hacer la proskynesis, porque la práctica había nacido precisamente entre ellos, en las cortes de oriente. Significaba tributar el honor posible al máximo, reconocer a uno la soberanía absoluta. El gesto estaba reservado por ello sólo y exclusivamente al soberano. Es la primera vez que este verbo viene empleado en relación a Cristo en el Nuevo Testamento; es el primer reconocimiento, implícito pero clarísimo, de su divinidad.

Los Magos no se mueven sólo por curiosidad, sino por auténtica piedad. No buscan aumentar su conocimiento, sino expresar su devoción y sumisión a Dios. También hoy la adoración es el homenaje que reservamos sólo a Dios. Nosotros honramos, veneramos, alabamos, bendecimos a la Virgen, pero no la adoramos. Éste es un honor que se puede tributar sólo a las tres Personas divinas. La adoración es un sentimiento religioso que hemos de descubrir con toda su fuerza y belleza. Es la mejor expresión del «sentimiento de criaturas» creído por algunos como el sentimiento que está en la base de toda la vida religiosa. Muchos usan esta palabra con demasiada ligereza: «Yo adoro ir a pescar, adoro a mi perro». De criaturas humanas dicen «mi adorable bien». No digo que se cometa pecado cada vez cada vez que se pronuncie, pero ciertamente no indica una gran sensibilidad religiosa.

Los Magos adoraron al Niño «en la casa», en las rodillas de la Madre, hoy podemos adorarlo también en la Eucaristía, adorarlo «en espíritu y verdad», en lo profundo del corazón... No nos faltan ocasiones.

Una última indicación preciosa nos viene de los Magos:

«Habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino».

No queremos forzar estas palabras, pero visto el carácter fuertemente parenético del relato no está fuera de lugar ver en ello un símbolo. Una vez encontrado a Cristo, no se puede ya volver atrás por el mismo camino. Cambiando la vida, cambia la vía. El encuentro con Cristo debe determinar un cambio, una permuta de costumbres. No podemos, también nosotros hoy, volver a casa por el camino por el que hemos venido, esto es, exactamente como estábamos al venir a la iglesia. La palabra de Dios debe haber cambiado algo dentro de nosotros, sino además de nuestras convicciones y nuestros propósitos.

En esta fiesta de la Epifanía la palabra de Dios nos ha puesto delante tres modelos, que representan cada uno una elección global de vida: Herodes, los sacerdotes, los Magos. ¿A cuál de ellos queremos asemejar en la vida? De los Magos se dice que, al volverse a poner en camino, «se llenaron de alegría»; nada semejante para los que prefieran permanecer tranquilos en casa.

Concluyamos con las palabras con que Agustín terminaba uno de sus discursos de la Epifanía al pueblo: «También nosotros hemos sido conducidos a adorar a Cristo por la verdad, que resplandece en el Evangelio, como por una estrella en el cielo; también nosotros, reconociendo y alabando a Cristo nuestro rey y sacerdote, muerto por nosotros, lo hemos honrado como con oro, incienso y mirra. Nos falta ahora solamente testimoniarlo, tomando un nuevo camino, volviendo por una vía distinta de aquella por la cual hemos venido» (Sermón 202, 3,4).


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