Vida Sacerdotal > Predicació

Santa Maria, Mare de Déu (cicles ABC)

Mare de Déu. Aquest és el títol principal i essencial de la Mare de Déu. És una qualitat, una comesa, que la fe del poble cristià sempre ha experimentat, en la seva tendra i genuïna devoció per la nostra mare celestial.

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sedulio

Te aclamamos, santa Madre de Dios, porque has dado a luz al rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos.

Se dice Gloria

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que por la fecunda virginidad de María diste al género humano el don de la salvación eterna, concédenos sentir la intercesión de aquella por quien recibimos al autor de la vida, Jesucristo, Señor nuestro, Él, que vive y reina contigo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Invocarán mi nombre y yo los bendeciré.

Del libro de los Números: 6, 22-27

En aquel tiempo, el Señor habló a Moisés y le dijo: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘De esta manera bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz’.

Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R/. Ten piedad de nosotros, Señor, y bendícenos.

Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora. R/.

Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones. R/.

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero. R/.

SEGUNDA LECTURA

Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer.

De la carta del apóstol san Pablo a los gálatas: 4, 4-7

Hermanos: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos.

Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama “¡Abbár, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Hb 1, 1-2

R/. Aleluya, aleluya.

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo. R/.

EVANGELIO

Encontraron a María, a José y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.

Del santo Evangelio según san Lucas: 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño y cuantos los oían, quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.

Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado.

Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, aquel mismo que había dicho el ángel, antes de que el niño fuera concebido. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Credo

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor Dios, que das origen y plenitud a todo bien, concédenos que, al celebrar, llenos de gozo, la solemnidad de la Santa Madre de Dios, así como nos gloriamos de las primicias de su gracia, podamos gozar también de tu plenitud. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO DE SANTA MARÍA VIRGEN

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la Maternidad de Santa María, siempre virgen. Porque ella concibió a tu Hijo único por obra del Espíritu Santo, y sin perder la gloria de su virginidad, hizo resplandecer sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro. Por Él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales, celebran tu gloria, unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces, cantando humildemente tu alabanza: Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Hb 13, 8

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por todos los siglos.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, que estos sacramentos celestiales que hemos recibido con alegría, sean fuente de vida eterna para nosotros, que nos gloriamos de proclamar a la siempre Virgen María como Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne.

_________________________

BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Señor te bendiga y te guarde (Nm 6,22-27)

1ª lectura

Esta fórmula de bendición es una de las más antiguas que nos ha conservado la Biblia. Se alude a ella en algunos Salmos (cfr 31,17; 67,2; etc.) y era empleada por los sacerdotes en la liturgia del Templo. Consta de tres peticiones que comienzan con el nombre del Señor. Algunos autores de la antigüedad vieron en la triple invocación un preanuncio de la Santísima Trinidad. Se implora a continuación la protección de la vida, la gracia y la paz; tres dones que resumen las aspiraciones del hombre y que sólo Dios puede otorgar en plenitud.

La Iglesia ha continuado la tradición de bendecir a los fieles dentro de las ceremonias litúrgicas, y muy especialmente al terminar la celebración de la Eucaristía, para implorar sobre ellos el favor divino. Entre las fórmulas que el sacerdote puede utilizar al final de la Misa, el Misal Romano propone este venerable texto.

¡Abbá! Padre (Ga 4,4-7)

2ª lectura

En Cristo, Dios ofrece a todos los hombres la posibilidad de llegar a ser hijos suyos, y a todos envía el Espíritu de su Hijo. «Cualquier hombre que cree (...) ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios» (S. León Magno, Sermo 6 in Nativitate 2).

Con la Encarnación en «la plenitud de los tiempos» (v. 4), la historia ha llegado a su momento culminante, ha quedado definitivamente orientada hacia Dios: «Cuando San Pablo habla del nacimiento del Hijo de Dios lo sitúa en “la plenitud de los tiempos”. En realidad, el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo: ¿qué “cumplimiento” es mayor que este? ¿Qué otro “cumplimiento” sería posible?» (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, n. 9).

Las palabras «nacido de mujer» (v. 4) subrayan la verdadera Humanidad de Jesús y enseñan el papel de la Virgen María, la Nueva Eva, en la obra de la redención: «“Dios envió a su Hijo” (Ga 4,4), pero para “formarle un cuerpo” (cfr Hb 10,5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1,26-27)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 488).

Los judíos no utilizaron el vocablo arameo «Abbá» (v. 6) —nombre familiar con que los niños pequeños se dirigían a sus padres— para dirigirse a Dios, tal vez por respeto a la Majestad divina. Jesucristo, de una manera novedosa, lo usó para dirigirse a Dios Padre, mostrando así su especial relación de Hijo y su confianza y entrega a la voluntad de su Padre (cfr Mc 14,36). San Pablo se hace eco de la tradición y enseña que es el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, quien permite reconocernos hijos de Dios (cfr Rm 8,16-17): el cristiano es así hijo en el Hijo por el Espíritu Santo. Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 136).

Le pusieron por nombre Jesús (Lc 2,16-21)

Evangelio

Dice el evangelista que los pastores fueron deprisa (v. 16) a Belén, porque como recuerda San Ambrosio «nadie busca a Cristo perezosamente» (Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc). Ya antes se había dicho que, tras la Anunciación, Nuestra Señora, había ido deprisa (1,39) a visitar a Santa Isabel. El alma que ha dado entrada a Dios en su corazón vive con alegría la visita del Señor, y esa alegría da alas a su corazón.

En el Antiguo Testamento la circuncisión era el rito por el que un varón entraba a formar parte del pueblo elegido. Dios la había ordenado a Abrahán como señal de la Alianza con él y sus descendientes (Gn 17,10-14). Incluía la operación sobre el cuerpo, unas bendiciones y la imposición del nombre. Como otras veces (cfr. Lc 2,22-24.41), José y María cumplieron sus obligaciones legales, como las demás familias israelitas. Con este acto se señala la inserción de Jesús en su pueblo. En el Concilio de Jerusalén, hacia el año 49, los Apóstoles declararon abolida la necesidad del antiguo rito, que es sustituido ahora por el Bautismo, por el que el cristiano queda incorporado a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios (cfr Hch 15,1-21; cfr también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 527).

SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

LA MATERNIDAD DIVINA

Está escrito en el Evangelio que, habiéndose anunciado a Cristo que su madre y hermanos, es decir, sus parientes según la carne, le estaban esperando fuera, porque no podían llegarse a Él a causa de la muchedumbre, Jesús respondió: ¿Quién es mi madre o quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo la mano sobre sus discípulos, dijo: Estos son mis hermanos, y todo el que hiciere la voluntad de mi Padre será mi hermano, mi madre y mi hermana. ¿Qué nos enseña con esto, sino que debemos anteponer el parentesco espiritual a la consanguinidad carnal? Y a que no juzguemos felices a los hombres que están unidos por vínculos de sangre a varones justos y santos, sino a los que se unen a éstos por la obediencia e imitación de su doctrina y costumbres. La Virgen María fue más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo. Pues al que le dijo: Bienaventurado el seno que te llevó, respondió Jesús: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican. Finalmente, a sus hermanos, es decir, a los familiares según la carne, que no creyeron en él, ¿qué les aprovechó su parentesco? Tampoco hubiera aprovechado nada el parentesco material a María si no hubiera sido más feliz por llevar a Cristo en su corazón que en su carne.

MARÍA, VIRGEN POR UNA LIBRE ELECCIÓN DE AMOR

Su virginidad es también más grata y bienamable porque Cristo no la apartó, una vez concebido, de la posible violación del varón para conservarla, sino que antes de ser concebido la eligió para nacer de ella cuando ya la tenía consagrada a Dios. Así lo indican las palabras que María respondió al ángel que le anunciaba su concepción: ¿Cómo se podrá hacer esto —dijo—, si no conozco varón? Y ciertamente no lo hubiera dicho si antes no tuviera consagrada su virginidad a Dios. Más como las costumbres de los israelitas rechazaban todavía esto, fue desposada con un varón justo, que, lejos de ajarla violentamente, había de custodiar contra toda violencia su voto. Y aunque solamente hubiera dicho: Y cómo podrá hacerse esto, sin añadir porque no conozco varón, estaría igualmente claro, pues ciertamente no iba a preguntar cómo una mujer había de dar a luz a un hijo prometido si es que se hubiera casado con la intención de usar del matrimonio. Pudo también haber recibido orden de permanecer virgen para que el Hijo de Dios tomase en ella la forma de siervo por un apropiado milagro. Pero consagró su virginidad a Dios aun antes de saber que había de concebir, para servir de ejemplo a las futuras santas vírgenes y para que no estimaran que sólo debía permanecer virgen la que hubiera merecido concebir sin el carnal concúbito. Imitó así la vida celeste en el cuerpo mortal por medio del voto y sin estar obligada; lo hizo por elección de amor y no por obligación de servidumbre. Por ello, Cristo al nacer de una virgen prefirió aprobar a imponer la santa virginidad en una virgen que, aun antes de saber quién había de nacer de ella, había ya determinado permanecer virgen. Y así quiso que fuese libre la virginidad hasta en la mujer en la que Él tomó forma de siervo.

Por lo cual solamente esta mujer es madre y virgen, no sólo en el espíritu, sino también en el cuerpo. No es madre según el espíritu de nuestra Cabeza, el Salvador, de quien más bien es espiritualmente hija, porque también ella está entre los que creyeron en él y que son llamados con razón hijos del esposo; pero ciertamente es madre de sus miembros, que somos nosotros, porque cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo. Convenía que nuestra cabeza por extraordinario milagro naciera, según la carne, de una virgen, para significarnos que sus miembros habían de nacer según el espíritu de la Iglesia virgen. Solamente María es, por tanto, madre y virgen según el cuerpo y según el espíritu: madre de Cristo y virgen también de Cristo. Más la Iglesia, en los santos que han de poseer el reino de Dios, es, según, el espíritu, toda ella madre y toda ella virgen de Cristo; pero no es toda ella según el cuerpo, pues en algunos miembros es virgen de Cristo y en otros es madre, pero no de Cristo. Son también espirituales madres de Cristo las mujeres fieles casadas y las vírgenes consagradas a Dios, porque cumplen la voluntad del Padre con sus santas costumbres, con la caridad de corazón puro, conciencia recta y auténtica fe. Las que en la vida conyugal engendran corporalmente, dan a luz a Adán y no a Cristo; y como saben qué es lo que han alumbrado, se apresuran a hacer miembro de Cristo el fruto de su seno, purificándolo con los sacramentos.

Tratados morales. Sobre la santa virginidad III, 3. IV,4. VI, 6. O.C. XII, BAC Madrid 1973, 125-27.128-29

***

Perpetua virginidad de María

A los padres

Todavía estaba él platicando al pueblo, y su madre y sus hermanos estaban fuera y le querían hablar. Por lo que uno dijo: “Mira que tu madre y hermanos están ahí fuera preguntando por ti”. Pero él, respondiendo al que se lo decía., replicó: “¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?” Y mostrando con las manos a sus discípulos: “Estos, dijo, son mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. Esto hubiese yo gustado fuera el tema de la plática; mas, no habiendo querido pasar en silencio sobre lo anterior, me parece consumí ya buena parte del espacio disponible. En esto que ha poco propuse, hay muchos pliegues y nudos dificultosos; v. gr.: cómo nuestro Señor Jesucristo menospreció piadosamente a su Madre, no siendo ella una madre cualquiera, sino una tal madre, virgen y madre, a la que otorgó la fecundidad sin mengua de su entereza; virgen que concibe como madre y da a luz y queda virgen, y virgen que permanece perpetuamente. El menospreció a una tal madre para que no se mezclara el afecto materno en la obra que tenía entre manos y la impidiese. ¿Qué estaba él haciendo? Les estaba hablando a los pueblos, destruyendo los hombres viejos, edificando los nuevos, librando las almas, soltando a los atados, iluminando las mentes ciegas; estaba, en fin, haciendo una cosa buena, y en ella ponía todo el calor de su obra y de su palabra. Estando en esto, se le anunció el afecto carnal. Oísteis ya su respuesta, ¿para qué voy a repetirla? Óiganla las madres para no estorbar con su afecto carnal las buenas obras de sus hijos; porque, si los estorban en ello y en sus obras se entrometen, serán menospreciadas por los hijos. Me atrevo a decir que no hacerles caso será en los hijos piedad. Si ocupado el hijo en la buena obra viene su madre a estorbársela, ¿tendrá razón de lamentarse, casada o viuda que sea, habiéndolo sido la Virgen María? Pero me dirá: ¿Dónde vas a comparar con Cristo al hijo mío? Ni le comparo a él con Cristo ni a ti con María. No desaprobó nuestro Señor Jesucristo el afecto maternal, pero nos dio un alto ejemplo de posponer a la madre cuando se atraviesa en la obra de Dios. Era doctor enseñando y posponiendo, y se digno desdeñar a la suya para enseñarnos el desapego hacia los padres estando de por medio el servicio de Dios.

Cristo y los dos sexos

Cristo, que pudo existir sin padre, ¿no pudo existir sin madre? Si convenía, o más bien porque convenía se hiciera hombre por el hombre el Hacedor del hombre, traed a la memoria de dónde sacó al hombre primero Hecho fue sin padre ni madre; mas quien tales comienzos pudo dar al linaje humano, ¿no fue poderoso a repararla de modo semejante? ¿Le era tan difícil a la Sabiduría, al Verbo de Dios, a la Virtud de Dios, al Hijo Unigénito de Dios, hacer el hombre que había de adaptar a sí de donde hubiese querido? Los ángeles se mostraron hombres a los hombres. Abrahán los alimentó, como a hombres les convidó y, a más de verlos, los tocó, pues les lavó los pies. ¿Por ventura todo aquello lo hicieron los ángeles bien como fantasmas de magia? Luego si pudieron los ángeles, cuando les plugo, tomar forma humana, ¿no podría el Señor de los ángeles hacer de lo que gustara el hombre verdadero que había de tomar? No quiso tener padre en cuanto hombre, para no venir a los hombres por medio de concupiscencia carnal; pero quiso tener madre, para enseñar a los hombres el piadoso menosprecio. Quiso tomar para sí el sexo masculino, y se dignó honrar el sexo femenino en su Madre; porque también la mujer había pecado, y ella propinó al hombre el veneno; ambos cónyuges fueron engañados por el demonio, y si Cristo hubiese sido varón sin contar con el sexo femenino, perderían las mujeres la esperanza, y más teniendo en cuenta que por la mujer había caído el hombre. Por eso honró a los dos, mostró aprecio a los dos y tomó de los dos. Nació varón de mujer. No perdáis la esperanza. Cristo se ha dignado nacer de mujer; a la salud por Cristo concurren uno y otro sexo: el hombre y la mujer, porque no hay ni hombre ni mujer desde el punto de vista de la fe. Cristo enseñó a menospreciar a los padres y también a quererlos. Entonces amas ordenada y piadosamente a los padres cuando no los antepones a Dios. El que ama a su padre o a su madre más que a mí— son palabras del Señor— no es digno de mí. Estas palabras, así como están, parecen decir que no los ames; pero, si reparas en ellas, verás te dicen que los ames. Pudo haber dicho: El que ame a su padre o a su madre, no es digno de mí; no lo dijo por no hablar contra la ley que había él mismo impuesto, ya que no fue otro quien por Moisés dio el mandamiento que dice: Honra a tu padre y a tu madre. Ahora, pues, no ha promulgado ley nueva: te encareció aquélla; ni echó al suelo la piedad, sino sólo mostró el orden del amor. El que ama a su padre o a su madre, pero más que a mí. Ámalos, pero no más que a mí. Dios es Dios y el hombre es hombre. Quiérelos a los padres, muéstrate sumiso a los padres, honra a tus padres; pero, si te llama Dios a cosa mejor, para lo cual pueda ser obstáculo el amor a los padres, guarda el orden, no perviertas el orden del amor.

Contra los maniqueos sobre la Madre de Cristo

Y siendo tan verdadera la doctrina de nuestro Señor y Salvador, ¿quién pudiera imaginarse habían los maniqueos de tomar pie de ahí para decir calumniosamente que Cristo no tuvo madre? Ellos, los muy insípidos, saben no haber Cristo tenido madre humana, bien que lo contradiga el Evangelio, luz de la verdad. Ved sus razonamientos. El mismo dice... ¿Qué dice? ¿Quién es mi madre o quiénes son mis hermanos? Niégalo él, y ¿tienes tú osadía de imponerle lo que niega él tener? Él dice: ¿Quién es mi madre o quiénes son mis hermanos?; y tú dices: “Tiene madre.” ¡Oh necio y abominable amigo de discusiones!, dime, ¿por dónde sabes tú haber dicho el Señor: ¿Quién es mi madre o quiénes son mis hermanos? Niegas haya Cristo tenido madre e intentas probarlo con las palabras: ¿Quién es mi madre o quiénes son mis hermanos: Y si viniese uno afirmando no haber Cristo dicho tal cosa, ¿por ventura le convencerías? Responde, si puedes, a quien te niegue haya Cristo dicho tal; porque lo mismo que uses para convencerle a él, valdrá para vencerte a ti. ¿Vino, por ventura, Cristo a decirte al oído que sí había dicho eso? Responde, y serás convencido por tus mismos labios. Demuéstranos haber Cristo dicho esas palabras. Vas a decir: Echaré mano del libro, abriré el Evangelio, recitaré las palabras escritas en él. Bien, bien. Pues yo hago lo mismo; voy a echar mano del Evangelio, y con el Evangelio te ataré y te ahogaré. Vamos, abre ya el Evangelio y recita lo que, a tu modo de ver, te favorece. ¿Quién es mi madre? La razón de haberlo dicho la tienes algo más arriba; estando él hablando, fue uno a decirle: tu madre y tus hermanos están afuera. Mas no quiero aún meterte en aprietos; aún no quiero echarte la mano y ahogarte, porque todavía puedes decir que no dijo verdad o dijo mentira quien le dio el aviso; por donde la réplica del Señor: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?, equivale a un mentís. Y ¿a quién hemos de dar fe: al mensajero o a Cristo, que rechaza el anuncio? Óyeme aún otra pregunta. No sueltes el Evangelio, no arrojes el libro; ten por él y da crédito al Evangelio, pues de no dárselo, ya no tienes modo de probar haya el Señor dicho: ¿Quién es mi madre? Y habiendo concedido al Evangelio la autoridad merecida, oye lo que te pregunto. Ha poco te preguntaba por dónde sabías tú que Cristo dijo: ¿Quién es mi madre? ¿Qué sucedió antes? Un correo le dijo: Ahí afuera está tu madre; pero ¿qué había pasado antes? Te ruego que leas...; mas veo tienes reparo en leer... Respondió el Señor y dijo... ¿Quién dijo? No pregunto quién dijo: ¿Quién es mi madre?, porque has de responder que lo dijo el Señor; sino quién dijo: Respondió el Señor... Habrás de contestar: El evangelista. Y el evangelista, ¿dijo verdad o mentira? Fuerza es respondas que dijo verdad o mentira. Respondió el Señor, y le dijo... Esta frase del evangelista, ¿es verdad o es mentira? Si afirmas que el evangelista mintió al decir: Respondió el Señor..., pregunto yo: ¿Por dónde conoces tú haber dicho el Señor: ¿Quién es mi madre? Si toda la fuerza de tu razonamiento estriba en afirmar que Cristo dijo: ¿Quién es mi madre?, porque lo dice el evangelista, esa fuerza es nula no dando crédito al evangelista. Por donde, si das fe al evangelista —nada vale lo que dices si se la niegas—, lee lo dicho antes por el mismo evangelista.

Prosigue la misma materia

¡Mucho te hago esperar!; Cuánto espacio te tengo en suspenso! Hágalo en provecho tuyo, por que más pronto seas vencido. Atiende, mira, lee. Veo no quieres; saca el libro, yo leeré... todavía estaba él platicando al pueblo... ¿Quién dice esto? El evangelista, al cual, si no le crees, Cristo no ha dicho nada, y si Cristo no ha dicho nada, tampoco dijo: ¿Quién es mi madre?; pero si Cristo dijo: ¿Quién es mi madre?, el evangelista dijo la verdad. Veamos, pues, lo que dijo: todavía estaba él platicando al pueblo, y ved ahí que su madre y sus hermanos estaban fuera y le querían hablar. El mensajero de quien puedes afirmar le dijo mentira, aun no le había dicho nada. Para mientes en lo que anunció y en lo que dice antes el evangelista: Todavía estaba él platicando al pueblo, y ved ahí que su madre y sus hermanos estaban fuera. ¿Quién dice esto? El evangelista, a quien tú crees haber dicho el Señor: ¿Quién es mi madre? Y, de no creerlo todo por igual, el Señor no ha dicho tampoco: ¿Quién es mi madre? Presta crédito, pues, al que dijo haber dicho el Señor: ¿Quién es mi madre?, pero el que refiere que dijo el Señor: ¿Quién es mi madre?, es el mismo que escribió: Todavía estaba él platicando al pueblo, y ved ahí que su madre estaba fuera... ¿se infiere de ahí que negó a su madre? ; Ni por ensoñación. Entiéndelo bien: no negó a su madre; antepuso a su madre lo que estaba haciendo. Lo último es averiguar por qué dijo el Señor: ¿Quién es mi madre?; lo primero es ver que tuvo de quién decirlo. La tuvo, estaba fuera y quería hablarle. Dime: ¿por dónde lo sabes? Lo dijo el evangelista, al cual, si no le doy fe, no puedo afirmar haya dicho el Señor ni lo uno ni lo otro. Luego tuvo madre. Pero ¿qué significa el haber dicho: ¿Quién es mi madre? En lo que yo estoy haciendo, ¿quién es mi madre? Si a uno que se halla en un inminente peligro y tiene padre le dices: “Tu padre te libre”, sabiendo no puede su padre hacerlo. ¿No te responderá con sumo respeto a su padre, mas también con suma verdad: “¿Quién es mi padre? Para esto que ahora quiero, para esto que ahora necesito, ¿qué vale mi padre?” En aquello, pues, que Cristo estaba haciendo de soltar a los atados, iluminar las inteligencias, edificar los hombres interiores, fabricarse un templo espiritual, ¿quién era su madre? Si por haber Cristo dicho: ¿Quién es mi madre?, vais a deducir que no tuvo madre, también diréis que los discípulos no tuvieron padre, pues el Señor les dice: No llaméis a nadie vuestro padre sobre la tierra —son palabras del Señor—; no llaméis a nadie vuestro padre sobre la tierra, pues uno solo es vuestro Padre, el cual está en los cielos. Tuvieron padres, mas cuando se ha de ir a la regeneración, búsquese al padre de la regeneración; no se niegue al padre de la generación, pero antepóngasele el padre de la regeneración.

Fundamento de la excelencia de María

Os ruego, hermanos míos, paréis mientes, sobre todo, en lo dicho por el Señor, extendiendo su mano hacia los discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos. Y el que hiciere la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no hizo la voluntad del Padre la Virgen María, que dio fe (a las palabras del ángel: fide credidit) y por la fe concibió y fue escogida para que, por su medio, naciera entre los hombres nuestra Salud, y fue creada por Cristo antes de nacer Cristo de ella? Hizo, hizo por todo extremo la voluntad del Padre la santa Virgen María, y mayor merecimiento de María es haber sido discípula de Cristo que madre de Cristo. Mayor ventura es haber sido discípula de Cristo que madre de Cristo. María es bienaventurada porque antes de parirle llevó en su seno al Maestro. Mira si no es verdad lo que digo. Pasando el Señor seguido de las turbas y haciendo milagros, una mujer exclama: Bienaventurado el vientre que te llevó; y el Señor, para que la ventura no se pusiera en la carne, responde: Bienaventurados más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica. María es bienaventurada, porque oyó la palabra de Dios y la puso en práctica; porque más guardó la verdad en la mente que la carne en el vientre. Verdad es Cristo, Carne es Cristo: Verdad en la mente de María, Carne en el vientre de María, y vale más lo que se lleva en la mente que lo que se lleva en el vientre. Santa es María, bienaventurada es María, pero aun es mejor la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminentísimo; mas, al fin, un miembro de todo el cuerpo, y es más el cuerpo que un miembro. La cabeza es el Señor, y todo Cristo es la cabeza y el cuerpo. ¿Qué diré? Tenemos una cabeza divina; tenemos a Dios por cabeza.

Cómo puede ser el cristiano madre de Cristo

Así, pues, hermanos míos, reparad en vosotros mismos. También vosotros sois miembros de Cristo, también vosotros sois el cuerpo de Cristo; y mirad en qué modo sois lo que dice: He ahí a mi madre y a mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? Cualquiera que oye y cualquiera que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Comprendo diga hermanos y hermanas, porque una es la herencia por la misericordia de Cristo, que, siendo único, no quiso ser solo, antes le plugo fuésemos herederos del Padre y coherederos suyos, herencia tal que, no por ser muchos los herederos, puede achicarse. Comprendo, pues, seamos nosotros hermanos de Cristo, y que las hermanas sean las mujeres santas y fieles; pero ¿cómo entender seamos también madres de Cristo? Nos ha llamado a todos hermanos y hermanas de Cristo, y ¿no me atreveré yo a llamarnos madres de Cristo? Sí, por cierto. Pero ¿cómo, aun habiéndoos llamado a todos hermanos de Cristo, me atreveré a llamaros madres de Cristo? Pues aun me atrevo menos a negar lo que dijo Cristo. Ea, carísimos, entended cómo la Iglesia, que es cosa averiguada ser esposa de Cristo, es también madre de Cristo. La Virgen María la precedió figurativamente. ¿Por qué, decidme, María es madre de Cristo, sino por haber dado a luz los miembros de Cristo? Vosotros, a quienes estoy hablando, sois los miembros de Cristo. ¿Quién os dio a luz? Escucho la voz de vuestro corazón: la madre Iglesia. Esta santa y honrada madre, por modo semejante al de María, da a luz y es virgen. Que da a luz, lo pruebo por vosotros mismos: habéis nacido de ella; y alumbra también a Cristo, porque vosotros sois miembros de Cristo. He probado su calidad de madre; os demostraré su condición de virgen; no me falta el testimonio divino: no me falta. Adelántate hacia el pueblo, ¡oh bienaventurado Pablo! Sé testigo de mi aserción. Levanta la voz y di lo que yo quiero decir: Os tengo desposados con este único esposo, Cristo, para presentaros a él como una casta virgen. ¿Dónde está esta virginidad? ¿En qué se teme la violación? Os tengo desposados con este único esposo, Cristo, para presentaros a él como una casta virgen; pero temo, dice, que así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así sean maleados vuestros espíritus y degeneren “de la castidad” que hay en Cristo. Conservad en la mente la virginidad de la mente. La virginidad es la integridad de la fe católica. Donde fue corrompida Eva por la astucia de la serpiente, allí debe ser virgen la Iglesia por don del Omnipotente. Luego dad a luz en la mente a los miembros de Cristo, como la Virgen María alumbró de su vientre a Cristo, y así seréis miembros de Cristo. No es cosa difícil para vosotros, no es cosa sobre vuestras fuerzas, no es cosa de imposible alcance para vosotros. Fuisteis hijos, sed también madres; hijos, cuando fuisteis bautizados; entonces nacisteis en cuanto miembros de Cristo. Llevad al baño del bautismo a los que podáis, para que, así como fuisteis hijos cuando nacisteis por este modo, así, llevando a otros a nacer, seáis también madres de Cristo.

(Sermón 25: La maternidad de María, O.C. (VII), BAC Madrid 1983, pp. 111- 123)

_________________________

FRANCISCO – Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017 - Homilías 2014 -2016

Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017

«La no violencia: un estilo de política para la paz»

1. Al comienzo de este nuevo año formulo mis más sinceros deseos de paz para los pueblos y para las naciones del mundo, para los Jefes de Estado y de Gobierno, así como para los responsables de las comunidades religiosas y de los diversos sectores de la sociedad civil. Deseo la paz a cada hombre, mujer, niño y niña, a la vez que rezo para que la imagen y semejanza de Dios en cada persona nos permita reconocernos unos a otros como dones sagrados dotados de una inmensa dignidad. Especialmente en las situaciones de conflicto, respetemos su «dignidad más profunda»[1] y hagamos de la no violencia activa nuestro estilo de vida.

Este es el Mensaje para la 50 Jornada Mundial de la Paz. En el primero, el beato Papa Pablo VI se dirigió, no sólo a los católicos sino a todos los pueblos, con palabras inequívocas: «Ha aparecido finalmente con mucha claridad que la paz es la línea única y verdadera del progreso humano (no las tensiones de nacionalismos ambiciosos, ni las conquistas violentas, ni las represiones portadoras de un falso orden civil)». Advirtió del «peligro de creer que las controversias internacionales no se pueden resolver por los caminos de la razón, es decir de las negociaciones fundadas en el derecho, la justicia, la equidad, sino sólo por los de las fuerzas espantosas y mortíferas». Por el contrario, citando Pacem in terris de su predecesor san Juan XXIII, exaltaba «el sentido y el amor de la paz fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el amor»[2]. Impresiona la actualidad de estas palabras, que hoy son igualmente importantes y urgentes como hace cincuenta años.

En esta ocasión deseo reflexionar sobre la no violencia como un estilo de política para la paz, y pido a Dios que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos. Que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Cuando las víctimas de la violencia vencen la tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles en los procesos no violentos de construcción de la paz. Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas.

Un mundo fragmentado

2. El siglo pasado fue devastado por dos horribles guerras mundiales, conoció la amenaza de la guerra nuclear y un gran número de nuevos conflictos, pero hoy lamentablemente estamos ante una terrible guerra mundial por partes. No es fácil saber si el mundo actualmente es más o menos violento de lo que fue en el pasado, ni si los modernos medios de comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos hace más conscientes de la violencia o más habituados a ella.

En cualquier caso, esta violencia que se comete «por partes», en modos y niveles diversos, provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente. ¿Con qué fin? La violencia, ¿permite alcanzar objetivos de valor duradero? Todo lo que obtiene, ¿no se reduce a desencadenar represalias y espirales de conflicto letales que benefician sólo a algunos «señores de la guerra»?

La violencia no es la solución para nuestro mundo fragmentado. Responder con violencia a la violencia lleva, en el mejor de los casos, a la emigración forzada y a un enorme sufrimiento, ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares son sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes del mundo. En el peor de los casos, lleva a la muerte física y espiritual de muchos, si no es de todos.

La Buena Noticia

3. También Jesús vivió en tiempos de violencia. Él enseñó que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano: «Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Pero el mensaje de Cristo, ante esta realidad, ofrece una respuesta radicalmente positiva: él predicó incansablemente el amor incondicional de Dios que acoge y perdona, y enseñó a sus discípulos a amar a los enemigos (cf. Mt 5,44) y a poner la otra mejilla (cf. Mt 5,39). Cuando impidió que la adúltera fuera lapidada por sus acusadores (cf. Jn 8,1-11) y cuando, la noche antes de morir, dijo a Pedro que envainara la espada (cf. Mt 26,52), Jesús trazó el camino de la no violencia, que siguió hasta el final, hasta la cruz, mediante la cual construyó la paz y destruyó la enemistad (cf. Ef 2,14-16). Por esto, quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación, según la exhortación de san Francisco de Asís: «Que la paz que anunciáis de palabra la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones»[3].

Ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de la no violencia. Esta —como ha afirmado mi predecesor Benedicto XVI— «es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de Dios»[4]. Y añadía con fuerza: «para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la “revolución cristiana”»[5]. Precisamente, el evangelio del amad a vuestros enemigos (cf. Lc 6,27) es considerado como «la carta magna de la no violencia cristiana», que no se debe entender como un «rendirse ante el mal […], sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12,17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia»[6].

Más fuerte que la violencia

4. Muchas veces la no violencia se entiende como rendición, desinterés y pasividad, pero en realidad no es así. Cuando la Madre Teresa recibió el premio Nobel de la Paz, en 1979, declaró claramente su mensaje de la no violencia activa: «En nuestras familias no tenemos necesidad de bombas y armas, de destruir para traer la paz, sino de vivir unidos, amándonos unos a otros […]. Y entonces seremos capaces de superar todo el mal que hay en el mundo»[7]. Porque la fuerza de las armas es engañosa. «Mientras los traficantes de armas hacen su trabajo, hay pobres constructores de paz que dan la vida sólo por ayudar a una persona, a otra, a otra»; para estos constructores de la paz, Madre Teresa es «un símbolo, un icono de nuestros tiempos»[8]. En el pasado mes de septiembre tuve la gran alegría de proclamarla santa. He elogiado su disponibilidad hacia todos por medio de «la acogida y la defensa de la vida humana, tanto de la no nacida como de la abandonada y descartada […]. Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes —¡ante los crímenes!— de la pobreza creada por ellos mismos»[9]. Como respuesta —y en esto representa a miles, más aún, a millones de personas—, su misión es salir al encuentro de las víctimas con generosidad y dedicación, tocando y vendando los cuerpos heridos, curando las vidas rotas.

La no violencia practicada con decisión y coherencia ha producido resultados impresionantes. No se olvidarán nunca los éxitos obtenidos por Mahatma Gandhi y Khan Abdul Ghaffar Khan en la liberación de la India, y de Martin Luther King Jr. contra la discriminación racial. En especial, las mujeres son frecuentemente líderes de la no violencia, como, por ejemplo, Leymah Gbowee y miles de mujeres liberianas, que han organizado encuentros de oración y protesta no violenta (pray-ins), obteniendo negociaciones de alto nivel para la conclusión de la segunda guerra civil en Liberia.

No podemos olvidar el decenio crucial que se concluyó con la caída de los regímenes comunistas en Europa. Las comunidades cristianas han contribuido con su oración insistente y su acción valiente. Ha tenido una influencia especial el ministerio y el magisterio de san Juan Pablo II. En la encíclica Centesimus annus (1991), mi predecesor, reflexionando sobre los sucesos de 1989, puso en evidencia que un cambio crucial en la vida de los pueblos, de las naciones y de los estados se realiza «a través de una lucha pacífica, que emplea solamente las armas de la verdad y de la justicia»[10]. Este itinerario de transición política hacia la paz ha sido posible, en parte, «por el compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad». Y concluía: «Ojalá los hombres aprendan a luchar por la justicia sin violencia, renunciando a la lucha de clases en las controversias internas, así como a la guerra en las internacionales»[11].

La Iglesia se ha comprometido en el desarrollo de estrategias no violentas para la promoción de la paz en muchos países, implicando incluso a los actores más violentos en un mayor esfuerzo para construir una paz justa y duradera.

Este compromiso en favor de las víctimas de la injusticia y de la violencia no es un patrimonio exclusivo de la Iglesia Católica, sino que es propio de muchas tradiciones religiosas, para las que «la compasión y la no violencia son esenciales e indican el camino de la vida»[12]. Lo reafirmo con fuerza: «Ninguna religión es terrorista»[13]. La violencia es una profanación del nombre de Dios[14]. No nos cansemos nunca de repetirlo: «Nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa. Sólo la paz es santa, no la guerra»[15].

La raíz doméstica de una política no violenta

5. Si el origen del que brota la violencia está en el corazón de los hombres, entonces es fundamental recorrer el sendero de la no violencia en primer lugar en el seno de la familia. Es parte de aquella alegría que presenté, en marzo pasado, en la Exhortación apostólica Amoris laetitia, como conclusión de los dos años de reflexión de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges, padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón[16]. Desde el seno de la familia, la alegría se propaga al mundo y se irradia a toda la sociedad[17]. Por otra parte, una ética de fraternidad y de coexistencia pacífica entre las personas y entre los pueblos no puede basarse sobre la lógica del miedo, de la violencia y de la cerrazón, sino sobre la responsabilidad, el respeto y el diálogo sincero. En este sentido, hago un llamamiento a favor del desarme, como también de la prohibición y abolición de las armas nucleares: la disuasión nuclear y la amenaza cierta de la destrucción recíproca, no pueden servir de base a este tipo de ética[18]. Con la misma urgencia suplico que se detenga la violencia doméstica y los abusos a mujeres y niños.

El Jubileo de la Misericordia, concluido el pasado mes de noviembre, nos ha invitado a mirar dentro de nuestro corazón y a dejar que entre en él la misericordia de Dios. El año jubilar nos ha hecho tomar conciencia del gran número y variedad de personas y de grupos sociales que son tratados con indiferencia, que son víctimas de injusticia y sufren violencia. Ellos forman parte de nuestra «familia», son nuestros hermanos y hermanas. Por esto, las políticas de no violencia deben comenzar dentro de los muros de casa para después extenderse a toda la familia humana. «El ejemplo de santa Teresa de Lisieux nos invita a la práctica del pequeño camino del amor, a no perder la oportunidad de una palabra amable, de una sonrisa, de cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad. Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo»[19].

Mi llamamiento

6. La construcción de la paz mediante la no violencia activa es un elemento necesario y coherente del continuo esfuerzo de la Iglesia para limitar el uso de la fuerza por medio de las normas morales, a través de su participación en las instituciones internacionales y gracias también a la aportación competente de tantos cristianos en la elaboración de normativas a todos los niveles. Jesús mismo nos ofrece un «manual» de esta estrategia de construcción de la paz en el así llamado Discurso de la montaña. Las ocho bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-10) trazan el perfil de la persona que podemos definir bienaventurada, buena y auténtica. Bienaventurados los mansos —dice Jesús—, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, y los puros de corazón, los que tienen hambre y sed de la justicia.

Esto es también un programa y un desafío para los líderes políticos y religiosos, para los responsables de las instituciones internacionales y los dirigentes de las empresas y de los medios de comunicación de todo el mundo: aplicar las bienaventuranzas en el desempeño de sus propias responsabilidades. Es el desafío de construir la sociedad, la comunidad o la empresa, de la que son responsables, con el estilo de los trabajadores por la paz; de dar muestras de misericordia, rechazando descartar a las personas, dañar el ambiente y querer vencer a cualquier precio. Esto exige estar dispuestos a «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso»[20]. Trabajar de este modo significa elegir la solidaridad como estilo para realizar la historia y construir la amistad social. La no violencia activa es una manera de mostrar verdaderamente cómo, de verdad, la unidad es más importante y fecunda que el conflicto. Todo en el mundo está íntimamente interconectado[21]. Puede suceder que las diferencias generen choques: afrontémoslos de forma constructiva y no violenta, de manera que «las tensiones y los opuestos [puedan] alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida», conservando «las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna»[22].

La Iglesia Católica acompañará todo tentativo de construcción de la paz también con la no violencia activa y creativa. El 1 de enero de 2017 comenzará su andadura el nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que ayudará a la Iglesia a promover, con creciente eficacia, «los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la creación» y de la solicitud hacia los emigrantes, «los necesitados, los enfermos y los excluidos, los marginados y las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados y las víctimas de cualquier forma de esclavitud y de tortura»[23].

En conclusión

7. Como es tradición, firmo este Mensaje el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. María es Reina de la Paz. En el Nacimiento de su Hijo, los ángeles glorificaban a Dios deseando paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad (cf. Lc 2,14). Pidamos a la Virgen que sea ella quien nos guíe.

«Todos deseamos la paz; muchas personas la construyen cada día con pequeños gestos; muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla»[24]. En el 2017, comprometámonos con nuestra oración y acción a ser personas que aparten de su corazón, de sus palabras y de sus gestos la violencia, y a construir comunidades no violentas, que cuiden de la casa común. «Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz»[25].

Vaticano, 8 de diciembre de 2016

Francisco

***

Homilía 2014

Madre de Dios es el título principal y esencial de la Virgen María

La primera lectura que hemos escuchado nos propone una vez más las antiguas palabras de bendición que Dios sugirió a Moisés para que las enseñara a Aarón y a sus hijos: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-25). Es muy significativo escuchar de nuevo esta bendición precisamente al comienzo del nuevo año: ella acompañará nuestro camino durante el tiempo que ahora nos espera. Son palabras de fuerza, de valor, de esperanza. No de una esperanza ilusoria, basada en frágiles promesas humanas; ni tampoco de una esperanza ingenua, que imagina un futuro mejor sólo porque es futuro. Esta esperanza tiene su razón de ser precisamente en la bendición de Dios, una bendición que contiene el mejor de los deseos, el deseo de la Iglesia para todos nosotros, impregnado de la protección amorosa del Señor, de su ayuda providente.

El deseo contenido en esta bendición se ha realizado plenamente en una mujer, María, por haber sido destinada a ser la Madre de Dios, y se ha cumplido en ella antes que en ninguna otra criatura.

Madre de Dios. Este es el título principal y esencial de la Virgen María. Es una cualidad, un cometido, que la fe del pueblo cristiano siempre ha experimentado, en su tierna y genuina devoción por nuestra madre celestial.

Recordemos aquel gran momento de la historia de la Iglesia antigua, el Concilio de Éfeso, en el que fue definida con autoridad la divina maternidad de la Virgen. La verdad sobre la divina maternidad de María encontró eco en Roma, donde poco después se construyó la Basílica de Santa María «la Mayor», primer santuario mariano de Roma y de todo occidente, y en el cual se venera la imagen de la Madre de Dios —la Theotokos con el título de Salus populi romani. Se dice que, durante el Concilio, los habitantes de Éfeso se congregaban a ambos lados de la puerta de la basílica donde se reunían los Obispos, gritando: «¡Madre de Dios!». Los fieles, al pedir que se definiera oficialmente este título mariano, demostraban reconocer ya la divina maternidad. Es la actitud espontánea y sincera de los hijos, que conocen bien a su madre, porque la aman con inmensa ternura. Pero es algo más: es el sensus fidei del santo pueblo fiel de Dios, que nunca, en su unidad, nunca se equivoca.

María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. «La Iglesia… camina en el tiempo… Pero en este camino —deseo destacarlo enseguida— procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 2). Nuestro itinerario de fe es igual al de María, y por eso la sentimos particularmente cercana a nosotros. Por lo que respecta a la fe, que es el quicio de la vida cristiana, la Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en «la peregrinación de la fe» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre» (Jn 19,27). Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y la «mujer» se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, a todos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.

La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz y de Dios; y la invocamos todos juntos, y os invito a invocarla tres veces, imitando a aquellos hermanos de Éfeso, diciéndole: ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! Amén.

***

Homilía 2015

María Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de todos los hombres

Vuelven hoy a la mente las palabras con las que Isabel pronunció su bendición sobre la Virgen Santa: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1, 42-43).

Esta bendición está en continuidad con la bendición sacerdotal que Dios había sugerido a Moisés para que la transmitiese a Aarón y a todo el pueblo: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6, 24-26). Con la celebración de la solemnidad de María, la Santa Madre de Dios, la Iglesia nos recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar.

Además de contemplar el rostro de Dios, también podemos alabarlo y glorificarlo como los pastores, que volvieron de Belén con un canto de acción de gracias después de ver al niño y a su joven madre (cf. Lc 2, 16). Ambos estaban juntos, como lo estuvieron en el Calvario, porque Cristo y su Madre son inseparables: entre ellos hay una estrecha relación, como la hay entre cada niño y su madre. La carne de Cristo, que es el eje de la salvación (Tertuliano), se ha tejido en el vientre de María (cf. Sal 139, 13). Esa inseparabilidad encuentra también su expresión en el hecho de que María, elegida para ser la Madre del Redentor, ha compartido íntimamente toda su misión, permaneciendo junto a su hijo hasta el final, en el Calvario.

María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la “plenitud de los tiempos” (Ga 4, 4), en el que Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.

Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, porque la Iglesia y María están siempre unidas y éste es precisamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia. Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una “dicotomía absurda”, como escribió el beato Pablo VI (cf. Exhort. ap. N. Evangelii nuntiandi, 16). No se puede “amar a Cristo, pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia” (ibíd.). En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica. Es la Iglesia la que dice hoy: “Este es el Cordero de Dios”; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos.

Esta acción y la misión de la Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.

Queridos hermanos y hermanas, Jesucristo es la bendición para todo hombre y para toda la humanidad. La Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la bendición del Señor. Esta es precisamente la misión del Pueblo de Dios: irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo. Y María, la primera y perfecta discípula de Jesús, la primera y perfecta creyente, modelo de la Iglesia en camino, es la que abre esta vía de la maternidad de la Iglesia y sostiene siempre su misión materna dirigida a todos los hombres. Su testimonio materno y discreto camina con la Iglesia desde el principio. Ella, la Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia y, a través de la Iglesia, es Madre de todos los hombres y de todos los pueblos.

Que esta madre dulce y premurosa nos obtenga la bendición del Señor para toda la familia humana. De manera especial hoy, Jornada Mundial de la Paz, invocamos su intercesión para que el Señor nos de la paz en nuestros días: paz en nuestros corazones, paz en las familias, paz entre las naciones. Este año, en concreto, el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz lleva por título: “No más esclavos, sino hermanos”. Todos estamos llamados a ser libres, todos a ser hijos y, cada uno de acuerdo con su responsabilidad, a luchar contra las formas modernas de esclavitud. Desde todo pueblo, cultura y religión, unamos nuestras fuerzas. Que nos guíe y sostenga Aquel que para hacernos a todos hermanos se hizo nuestro servidor.

Miremos a María, contemplemos a la Santa Madre de Dios. Os propongo que juntos la saludemos como hizo aquel pueblo valiente de Éfeso, que gritaba cuando sus pastores entraban en la Iglesia: “¡Santa Madre de Dios!”. Qué bonito saludo para nuestra Madre... Hay una historia que dice, no sé si es verdadera, que algunos de ellos llevaban bastones en sus manos, tal vez para dar a entender a los obispos lo que les podría pasar si no tenían el valor de proclamar a María como “Madre de Dios”. Os invito a todos, sin bastones, a poneros en pie y saludarla tres veces con este saludo de la primitiva Iglesia: “¡Santa Madre de Dios!”.

***

Homilía 2016

La Madre de Dios nos ofrece la posibilidad de captar el sentido de los acontecimientos

Hemos escuchado las palabras del apóstol Pablo: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4).

¿Qué significa el que Jesús naciera en la «plenitud de los tiempos»? Si nos fijamos únicamente en el momento histórico, podemos quedarnos pronto defraudados. Roma dominaba con su potencia militar gran parte del mundo conocido. El emperador Augusto había llegado al poder después de haber combatido cinco guerras civiles. También Israel había sido conquistado por el Imperio Romano y el pueblo elegido carecía de libertad. Para los contemporáneos de Jesús, por tanto, esa no era en modo alguno la mejor época. La plenitud de los tiempos no se define desde una perspectiva geopolítica.

Se necesita, pues, otra interpretación, que entienda la plenitud desde el punto de vista de Dios. Para la humanidad, la plenitud de los tiempos tiene lugar en el momento en el que Dios establece que ha llegado la hora de cumplir la promesa que había hecho. Por tanto, no es la historia la que decide el nacimiento de Cristo, sino que es más bien su venida en el mundo la que hace que la historia alcance su plenitud. Por esta razón, el nacimiento del Hijo de Dios señala el comienzo de una nueva era en la que se cumple la antigua promesa. Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa» (1,1-3). La plenitud de los tiempos es, pues, la presencia en nuestra historia del mismo Dios en persona. Ahora podemos ver su gloria que resplandece en la pobreza de un establo, y ser animados y sostenidos por su Verbo que se ha hecho «pequeño» en un niño. Gracias a él, nuestro tiempo encuentra su plenitud. También nuestro tiempo personal alcanzará su plenitud en el encuentro con Jesucristo, el Dios hecho hombre.

Sin embargo, este misterio contrasta siempre con la dramática experiencia histórica. Cada día, aunque deseamos vernos sostenidos por los signos de la presencia de Dios, nos encontramos con signos opuestos, negativos, que nos hacen creer que él está ausente. La plenitud de los tiempos parece desmoronarse ante la multitud de formas de injusticia y de violencia que golpean cada día a la humanidad. A veces nos preguntamos: ¿Cómo es posible que perdure la opresión del hombre contra el hombre, que la arrogancia del más fuerte continúe humillando al más débil, arrinconándolo en los márgenes más miserables de nuestro mundo? ¿Hasta cuándo la maldad humana seguirá sembrando la tierra de violencia y de odio, que provocan tantas víctimas inocentes? ¿Cómo puede ser este un tiempo de plenitud, si ante nuestros ojos muchos hombres, mujeres y niños siguen huyendo de la guerra, del hambre, de la persecución, dispuestos a arriesgar sus vidas con tal de que se respeten sus derechos fundamentales? Un río de miseria, alimentado por el pecado, parece contradecir la plenitud de los tiempos realizada por Cristo. Acordaos, queridos pueri cantores, que ésta era la tercera pregunta que ayer me hicisteis: ¿Cómo se explica esto…? También los niños se dan cuenta de esto

Y, sin embargo, este río en crecida nada puede contra el océano de misericordia que inunda nuestro mundo. Todos estamos llamados a sumergirnos en este océano, a dejarnos regenerar para vencer la indiferencia que impide la solidaridad y salir de la falsa neutralidad que obstaculiza el compartir. La gracia de Cristo, que lleva a su cumplimiento la esperanza de la salvación, nos empuja a cooperar con él en la construcción de un mundo más justo y fraterno, en el que todas las personas y todas las criaturas puedan vivir en paz, en la armonía de la creación originaria de Dios.

Al comienzo de un nuevo año, la Iglesia nos hace contemplar la Maternidad de María como icono de la paz. La promesa antigua se cumple en su persona. Ella ha creído en las palabras del ángel, ha concebido al Hijo, se ha convertido en la Madre del Señor. A través de ella, a través de su «sí», ha llegado la plenitud de los tiempos. El Evangelio que hemos escuchado dice: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza. Hoy nos ofrece la posibilidad de captar el sentido de los acontecimientos que nos afectan a nosotros personalmente, a nuestras familias, a nuestros países y al mundo entero. Donde no puede llegar la razón de los filósofos ni los acuerdos de la política, allí llega la fuerza de la fe que lleva la gracia del Evangelio de Cristo, y que siempre es capaz de abrir nuevos caminos a la razón y a los acuerdos.

Bienaventurada eres tú, María, porque has dado al mundo al Hijo de Dios; pero todavía más dichosa por haber creído en él. Llena de fe, has concebido a Jesús antes en tu corazón que, en tu seno, para hacerte Madre de todos los creyentes (cf. San Agustín, Sermón 215, 4). Madre, derrama sobre nosotros tu bendición en este día consagrado a ti; muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que trae a todo el mundo misericordia y paz. Amén.



[1] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228.

[2] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1968.

[3] «Leyenda de los tres compañeros»: Fonti Francescane, n. 1469.

[4] Angelus (18 febrero 2007).

[5] Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] Discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz (11 diciembre 1979).

[8] Homilía en Santa Marta, «El camino de la paz» (19 noviembre 2015).

[9] Homilía en la canonización de la beata Madre Teresa de Calcuta (4 septiembre 2016).

[10] N. 23.

[11] Ibíd.

[12] Discurso, Audiencia interreligiosa (3 noviembre 2016).

[13] Discurso a los participantes al tercer Encuentro Mundial de los Movimientos Populares (5 noviembre 2016).

[14] Cf. Discurso en el Encuentro interreligioso con el Jeque de los musulmanes del Cáucaso y con representantes de las demás comunidades religiosas del país, Bakú (2 octubre 2016).

[15] Discurso, Asís (20 septiembre 2016).

[16] Cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 90-130.

[17] Ibíd., 133.194.234.

[18] Cf. Mensaje con ocasión de la Conferencia sobre el impacto humanitario de las armas atómicas (7 diciembre 2014).

[19] Carta Enc. Laudato si’, 230.

[20] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 227.

[21] Cf. Carta Enc. Laudato si’, 16.117.138.

[22] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228.

[23] Carta apostólica en forma de «Motu Proprio» con la que se instituye el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (17 agosto 2016).

[24] Regina Coeli, Belén (25 mayo 2014).

[25] Llamamiento, Asís (20 septiembre 2016).

_________________________

 RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Por la fe concibió, por la fe parió

Justamente la Iglesia nos hace celebrar la fiesta de María, Madre de Dios, en la Octava de Navidad. Fue en Navidad, en efecto, el momento en el que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lucas 2, 7), Y no antes cuando María llegó a ser verdadera y plenamente Madre de Dios. Madre no es un título como los demás, que se le añade desde el exterior, sin incidir sobre el ser mismo de la persona. Madre se llega a ser pasando a través de una serie de experiencias, que dejan un sello para siempre y modifican no sólo la conformación del cuerpo de la mujer sino también la misma conciencia que ella tiene de sí.

Al hablar de la maternidad divina de María, la Escritura pone de relieve constantemente dos elementos o momentos fundamentales, que corresponden, por lo demás, a aquellos que también la común experiencia humana considera esenciales para que se tenga una verdadera y plena maternidad. Estos son: concebir y parir o dar a luz. «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo» (Lucas 1, 31). El que ha sido «engendrado» en ella lo es por el Espíritu Santo y ella «dará a luz» un hijo (cfr. Mateo 1, 20 s.). La profecía de Isaías, en que todo esto estaba preanunciado, se expresaba del mismo modo: «Una virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Isaías 7,14). He aquí por qué sólo en Navidad, cuando da a luz a Jesús, María llega a ser, en sentido pleno, Madre de Dios. El primer momento, el de engendrar o concebir, es común bien sea para el padre como para la madre, mientras que el segundo, el parir, es exclusivo de la madre.

¡Madre de Dios! Un título que expresa uno de los misterios y una de las paradojas más altas del cristianismo para la razón. Un título que ha llenado de asombro a la liturgia de la Iglesia. Ésta, haciendo suya la maravilla del antiguo pueblo de la alianza en el momento en que la gloria de Dios vino en una nube a alojarse en el templo (cfr.] Reyes 8, 27), exclama: «Lo que los cielos no pueden contener, se ha encerrado en tus vísceras, ¡hecho hombre!» (Antiguo responsorio de Navidad).

Madre de Dios es el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen, habiendo sido definido por la Iglesia en el concilio de Éfeso, en el año 431, como una verdad de fe, que han de creer todos los cristianos. Es el fundamento de toda la grandeza de María. Es el principio mismo de la mariología; por eso, en el cristianismo María no es sólo objeto de devoción sino también de teología, esto es, entra en la disertación misma sobre Dios, porque Dios está directamente implicado en la maternidad divina de María. Es asimismo el título más ecuménico que exista, no sólo porque está definido en un concilio Ecuménico sino también porque es el único a ser compartido y acogido indistintamente, al menos en línea de principio, por todas las confesiones cristianas.

En el Nuevo Testamento no localizamos explícitamente el título «Madre de Dios» dado a María. Encontramos, sin embargo, afirmaciones que en la atenta reflexión de la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo mostrarán, de inmediato, contener ya, como en raíz, dicha verdad.

De María se dice, como hemos visto, que ha concebido y engendrado a un hijo, el cual es Hijo del Altísimo, santo e Hijo de Dios (cfr. Lucas 1,31-32.35). De los Evangelios se deduce, por lo tanto, que María es la madre de un hijo, del que se sabe que es el Hijo de Dios. Ella ordinariamente es llamada en los Evangelios: la madre de Jesús, la madre del Señor (cfr. Lucas 1,43) o simplemente «la madre» y «su madre» (cfr. Juan 2, 1-3). Será necesario que la Iglesia en el desarrollo de su fe se aclare a sí misma quién es Jesús, antes de saber quién es su madre María.

Cierto, María no comienza a ser Madre de Dios en el concilio de Éfeso, del año 431, (como Jesús no comienza a ser Dios en el concilio de Nicea del año 325, que 10 definió como tal); ya 10 era también antes. Aquel es, más bien, el momento en el que, en el desarrollar y explicitar su fe, bajo el empuje de la herejía, la Iglesia toma plena conciencia de esta verdad y toma posición al respecto. Acontece como en el descubrimiento de una nueva estrella: esta no nace en el momento en que su luz llega a la tierra y es vista en el observatorio sino que existía ya antes, posiblemente a millones de años luz.

En este proceso, que lleva a la proclamación solemne de María como Madre Dios, podemos distinguir tres grandes fases.

Al comienzo y durante todo el período dominado por la lucha contra la herejía gnóstica y docetista, la maternidad de María viene sólo contemplada casi como una maternidad física. Estos herejes negaban que Cristo tuviese un verdadero cuerpo humano o, si lo tenía, que este cuerpo humano fuese nacido de una mujer o, si era nacido de una mujer, que fuese sacado verdaderamente de la carne y de la sangre de ella. Contra ellos, por lo tanto, era necesario afirmar con fuerza que Jesús era hijo de María y «fruto de su seno» (Lucas 1,42) y que María era verdadera y natural Madre de Jesús. Algunos de estos herejes, en efecto, admitían que Jesús fuese nacido de María; pero, no que había sido concebido por María, esto es, de su misma carne. Según estos, Cristo era nacido a través de la Virgen, no de la Virgen, ya que, «introducido desde el cielo en la Virgen vino fuera a modo de paso más que de verdadera generación: a través de ella, no de ella, teniendo en la Virgen no a una madre, sino un camino». Según ellos, comenta Tertuliano, María «no habría llevado en el seno al Hijo como suyo, sino como su huésped».

La maternidad de María, en esta fase más antigua, sirve más que nada para demostrar la verdadera humanidad de Jesús. Fue en este período cuando se formuló el artículo del Credo: «Nacido (o encarnado) del Espíritu Santo y de María Virgen» e hizo su aparición, por vez primera, el título de Theotókos, Madre de Dios.

Desde ahora en adelante será precisamente el uso de este título el que lleve a la Iglesia al descubrimiento de una maternidad divina más profunda, que podríamos llamar maternidad metafísica. Tiene lugar durante la época de las grandes controversias cristológicas del siglo V, cuando el problema central en torno a Jesucristo ya no es el de su verdadera humanidad sino el de la unidad de su persona. La maternidad de María ya no viene vista más sólo en referencia a la naturaleza humana de Cristo sino, como es más justo, en referencia a la única persona del Verbo hecho hombre. Y dado que esta única persona, que engendra María según la carne, no es otra que la persona divina del Hijo, en consecuencia, ella aparece como verdadera «Madre de Dios».

Se aduce, a este respecto, el ejemplo de lo que acontece en toda maternidad humana. Cada madre proporciona al propio hijo el cuerpo y no el alma, que es infundida directamente por Dios. Y ni siquiera hay nadie que llame a la propia madre, «madre de mi cuerpo», sino simplemente «mi madre», madre mía del todo, porque en mí el cuerpo y el alma forman una única naturaleza o realidad. Así, análogamente, María debe ser llamada Madre de Dios, si igualmente ha dado a Jesús sólo la humanidad y no la divinidad, porque en él humanidad y divinidad forman una sola persona.

Entre María y Cristo no existe solamente una relación de orden físico sino también de orden metafísico, y esto la coloca a una altura extraordinaria creando una relación singular asimismo entre ella y el Padre. Con el concilio de Éfeso (431) en los anatematismos o capítulos de Cirilo (contra Nestorio), esto llega a ser una conquista de la Iglesia para siempre:

«Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel. y que por eso la santa VIrgen es madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), esto es. que es la Theotókos, sea anatema» (canon I) (Enchiridion symbolorum. DS. 252).

Fue un momento de gran júbilo para todo el pueblo de Éfeso, que esperó fuera del aula conciliar a los Padres y les acompañó con teas encendidas y cantos a su residencia. Tal proclamación estableció una explosión de veneración hacia la Madre de Dios, que nunca más fue a menos, ni en Oriente ni en Occidente, y que se tradujo en fiestas litúrgicas, iconos, himnos y en la construcción de innumerables iglesias dedicadas a ella entre las cuales destaca santa María la Mayor de Roma.

Pero incluso esta meta no era definitiva. Había otro nivel a revelar en la maternidad divina de María después del físico y metafísico era su maternidad espiritual. Fue esto la gran aportación de los autores latinos y, en particular, de san Agustín. La maternidad de María es contemplada también como una maternidad en la fe, como una maternidad espiritual. Estamos en la epopeya de la fe de María. A propósito de la palabra de Jesús: «¿Quién es mi madre?» (Marcos 3, 33), Agustín responde atribuyéndole a María, en grado sumo, la maternidad espiritual que le viene por hacer la voluntad del Padre: «¿Quizás la Virgen María, que creyó por fe, concibió por fe, que fue escogida a fin de que por ella naciese la salvación para los hombres, que fue creada por Cristo, antes que en ella fuese creado Cristo, no hizo la voluntad del Padre? Cierto que santa María hizo la voluntad del Padre y por ello no hay cosa más grande para María que haber sido discípula de Cristo, haber sido Madre de Cristo». «Antes que en su cuerpo, María concibió a Cristo en su corazón».

La maternidad física y la metafísica de María vienen ahora coronadas por el reconocimiento de una maternidad espiritual o de fe, que hace de María la primera y la más santa hija de Dios, la primera y más dócil discípula de Cristo, la criatura de la cual, escribe aún san Agustín, «cuando se habla del pecado, por el honor debido al Señor no se debe ni siquiera hacer mención». La maternidad física o real de María, con la excepcional y única relación que crea entre ella y Jesús y entre ella y la Trinidad toda entera, es y permanece, desde un punto de vista objetivo, lo más grande y un privilegio inigualable; pero, ella es precisamente tal porque encuentra en la humilde fe de María como la horma de su zapato subjetivo. Para Eva constituía ciertamente un privilegio único ser la «madre de todos los vivientes»; pero, como no tuvo fe, ello para nada le ayudó y más que bienaventurada llegó a ser desventurada.

Nosotros no podemos imitar a María en el concebir a Cristo en su cuerpo; podemos sin embargo y debemos imitarla en concebirlo en el corazón, esto es, en el creer. El Credo que ahora estamos invitados a proclamar juntos es el momento más indicado para hacerlo...

***

Hija de su Hijo

Hoy celebra la Iglesia la solemnidad de María Madre de Dios. En la segunda lectura san Pablo expresa así este misterio:

«Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción».

Con estas palabras la divina maternidad de María viene inmersa en el corazón del misterio cristiano. Nuestra misma adopción como hijos de Dios está unida, como se ve, a ella. Los Padres que en el concilio de Éfeso, de 431, definieron a María como Theotókos, generadora de Dios; no se equivocaban por lo tanto cuando le atribuían a este título una importancia decisiva para todo el pensamiento cristiano. Ello nos habla al mismo tiempo de Jesús, de Dios y de María.

Nos habla, ante todo, de Jesús; y es, más bien, el camino mejor para descubrir el verdadero sentido de la Navidad, de la que hoy se celebra la octava. En el comienzo Madre de Dios fue un título que se refería más a Jesús que a la Virgen. De Jesús, este título nos prueba ante todo que él es verdadero hombre: «¿Por qué decimos que Cristo es hombre, si no es porque es nacido de María que es una criatura humana?», decía Tertuliano. No sólo nos dice que es hombre en cuanto a la esencia, sino también en cuanto a la existencia, porque ha querido compartir del hombre no sólo genéricamente la naturaleza sino también la experiencia. Ha vivido la vicisitud humana en todo su ser concreto.

El aspecto más difícil de admitir de esta imitación del hombre por parte de Cristo fue, al inicio, precisamente ser concebido y nacer por una mujer. A un hereje gnóstico, que se impresionaba ante la idea de un Dios «cuajado en el útero, parido entre dolores, lavado, vendado», le respondía Tertuliano: «Es que Cristo ha amado al hombre y junto con el hombre ha amado también su modo de venir al mundo. Este objeto natural de veneración, que es el nacimiento de un hombre y el dolor de una mujer en el parto, tú lo desprecias; y sin embargo ¿tú cómo has nacido?»

De Jesús, el título de Madre de Dios prueba, en segundo lugar, que es verdadero Dios. Sólo si Jesús es contemplado no como un simple hombre es posible llamar a María «Madre de Dios». De otro modo, se le podría llamar Madre de Jesús o de Cristo; pero, no de Dios. El título «Madre de Dios» es como un espía o un centinela: vela sobre el título «Dios», dado a Jesús, a fin de que no sea vaciado de contenido o agotado. El título «Madre de Dios» no se justifica más y llega a ser, por el contrario, blasfemo, apenas se deja de reconocer en Jesús al Dios hecho hombre.

En fin, de Jesús, el título «Madre de Dios» certifica que él es Dios y hombre en una sola persona. Más bien éste es el fin por el que fue patrocinado por los Padres en el concilio de Éfeso. Este título nos habla de la unidad profunda entre Dios y el hombre realizada en Jesús; de cómo Dios se haya unido al hombre y lo haya incorporado a sí en la unidad más profunda que exista en el mundo, la unidad de la persona. El seno de María –decían los Padres– ha sido el «tálamo» en el que han tenido lugar las nupcias de Dios con la humanidad, el «laboratorio» en el que se realizó la unión de Dios y del hombre.

Si en Jesús humanidad y divinidad hubieren estado unidas –como pensaban los herejes condenados en Éfeso– con una unión sólo moral y no personal, María no podría ser llamada más Madre de Dios, sino sólo Madre de Cristo. «Los Padres –escribe san Cirilo de Alejandría– no dudaron en llamar a la santísima Virgen Madre de Dios, ciertamente no porque la naturaleza del Verbo o la divinidad haya tenido origen a través de ella, sino porque nació de ella el santo cuerpo, dotado de un alma racional, al que el Verbo se ha unido hasta formar con él una sola persona». María es aquella por la que Dios se ha anclado a la tierra y a la humanidad; la que, con su divina y humanísima maternidad, ha hecho para siempre de Dios al Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Ha hecho de Cristo a nuestro hermano.

El título «Madre de Dios», más que de Cristo, nos habla de Dios. Ante todo, nos habla de la humildad de Dios. ¡Dios ha querido tener una Madre! Y especular que en el desarrollo del pensamiento humano hemos llegado a un punto en que hay pensadores que encuentran hasta extraño y casi ofensivo para un ser humano el hecho de haber tenido a una madre, porque esto significa depender radicalmente de alguien, no haber sido hecho de por sí, no poder proyectar enteramente la propia existencia por sí solos.

El hombre, desde siempre, busca a Dios en lo alto. Busca construir, con sus esfuerzos ascéticos o intelectuales, una especie de pirámide, pensando que en el vértice de ella encontrará a Dios o su equivalente, que en algunas religiones es la Nada. Y no se da cuenta que Dios ha descendido y ha pasado de un extremo a otro la pirámide; se ha puesto él mismo en la base, para llevar sobre sí a todo ya todos. Dios se hace presente silenciosamente en las entrañas de una mujer.

¡Qué contraste con el dios de los filósofos, qué ducha fría para el orgullo humano y qué invitación a la humildad! Dios desciende en el corazón mismo de la materia, porque madre, mater, proviene de materia, en el sentido más noble del término, que indica concreción y realidad, o también metro, medida. El Dios, que se hace carne en el seno de una mujer, es el mismo que se hace presente después en el corazón de la materia del mundo y en la Eucaristía. Es una única economía y un único estilo. San Ireneo tiene razón al decir que si no se entiende el nacimiento de Dios desde María no se puede ni siquiera entender la Eucaristía.

Escogiendo esta vía materna para manifestarse a nosotros, Dios ha revelado la dignidad de la mujer en cuanto tal. «Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer», nos ha dicho san Pablo (Gálatas 4, 4). Si él hubiese dicho: «nacido de María» se habría tratado sólo de un detalle biográfico; diciendo «nacido de mujer» ha dado a su afirmación una capacidad universal e inmensa. Es la mujer misma, cada mujer, la que ha estado elevada, en María, a tan increíble excelencia. María es aquí la mujer. Hoy se habla tanto de la promoción de la mujer, que es uno de los signos de los tiempos más bellos y alentadores. Pero, ¡con qué retraso estamos respecto a Dios! Él nos ha precedido a todos, ha conferido a la mujer un honor tal de hacernos enmudecer a todos.

El título «Madre de Dios» nos habla, en fin, naturalmente de María. María es la única en el universo, se puede decir, a la que, dirigida a Jesús, se le dice lo que a él le manifiesta el Padre celestial: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado» (Lucas 3,22). San Ignacio de Antioquía dice con toda sencillez que Jesús es «de Dios y de María». Casi al igual como nosotros decimos de un hombre que es hijo de tal y de cual. Dante Alghieri ha encerrado la doble paradoja de María, que es «Virgen y Madre» y «madre e hija», en un solo verso: «¡Virgen Madre, hija de tu Hijo!»

El título «Madre de Dios» basta por sí solo para fundamentar la grandeza de María y para justificar el honor tributado a ella. Tal vez se nos ha echado en cara a los católicos el exagerar con el honor y con la importancia atribuidos a María; y a veces es necesario reconocer que el reproche era justificado, al menos por el modo con que ello ocurría. Pero, no se piensa nunca en lo que ha hecho Dios. Dios se ha ido de tal manera hacia adelante en honrar a María haciéndola Madre de Dios, que nadie puede expresar ya más, incluso si tuviese –dice el mismo Lutero– tantas lenguas cuantas son las hojas de la hierba: «Llamándola Madre de Dios se ha incluido todo su honor; nadie puede decir de ella o a ella algo más grande incluso si tuviese tantas lenguas cuantas son las hojas de la hierba, las estrellas del cielo y la arena del mar. También nuestro corazón debe reflexionar qué significa ser Madre de Dios».

El título Madre de Dios pone a María en una relación única con cada una de las personas de la Trinidad. San Francisco de Asís, en una oración, lo expresaba así: «Santa María Virgen, no hay ninguna semejante a ti, nacida en el mundo, entre las mujeres, hija del santísimo Señor nuestro Jesucristo, esposa del Espíritu Santo... ruega por nosotros a tu santísimo querido Hijo, Señor y Maestro».

El título de «Madre de Dios» es también hoy el punto de encuentro y la base común para todos los cristianos, del que volver a partir para reencontrar el entendimiento en tomo al puesto de María en la fe. Es el único título ecuménico, no sólo de derecho, porque está definido en un concilio Ecuménico, sino también de hecho porque está reconocido por todas las Iglesias. Hemos escuchado lo que pensaba Lutero. En otra ocasión, él escribió: «El artículo que afirma que María es Madre de Dios está vigente en la Iglesia desde los inicios y el concilio de Éfeso no lo ha definido como nuevo, porque era ya una verdad sostenida en el Evangelio y en la Sagrada Escritura... Las palabras de Lucas 1, 32 y de Gálatas 4, 4 sostienen con mucha firmeza que María es verdaderamente la Madre de Dios». «Nosotros creemos, enseñamos y confesamos –se lee en una fórmula de fe compuesta después de su muerte– que María es justamente llamada Madre de Dios y lo es verdaderamente».

Madre de Dios, Theotókos, es por lo tanto el título al que necesariamente hay que volver, distinguiéndolo de toda la infinita serie de otros nombres y títulos marianos. Si se tomase esto en serio por todas las Iglesias y valorado de hecho, más que reconocido de derecho en sede dogmática, bastaría para crear una fundamental unidad en tomo a María y ella, más que ocasión de división entre los cristianos, llegaría a ser, después del Espíritu Santo, el más importante factor de unidad ecuménica, la que ayuda maternalmente a «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (cfr. Juan 11,52).

Durante el desarrollo del concilio de Éfeso, hubo un obispo que, durante una homilía, se dirigió a los Padres conciliares con estas palabras: «No le privamos a la Virgen, Madre de Dios, del honor que le confirió el misterio de la Encarnación. ¿No es absurdo, oh queridos, glorificar, junto con los altares de Cristo, a la cruz ignominiosa que le sostiene y hacerla resplandecer en el rostro a la Iglesia, y privar después del honor de ser Madre de Dios a aquella que en vistas a tan gran beneficio amparó a la divinidad?»

Después de haber reflexionado sobre la extraordinaria grandeza que el título «Madre de Dios» le confiere a María, se entiende cómo Dante pueda decir en su estupenda oración a la Virgen:

«Mujer, eres tan grande y tanto vales que cuál vuelo gratifica y a ti no afecta en la distancia, quieres volar sin alas».

Este título está creado para infundirnos confianza en la intercesión de María. El más antiguo texto cristiano en que María viene llamada Madre de Dios (mucho antes que en el concilio de Éfeso) es la oración por excelencia de la confianza en María, el Sub tuum praesidium. Con ella queremos concluir nuestra reflexión de hoy: «Bajo tu protección, santa Madre de Dios, nos refugiamos; no desprecies nuestra súplicas a los que nos encontramos en la tribulación, sino que líbranos siempre de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita».

***

María meditaba todas estas cosas en su corazón

Hoy, octava de Navidad, celebramos la fiesta de María Santísima Madre de Dios. El Concilio nos ha enseñado a mirar a María como la «figura» de la Iglesia, esto es, su ejemplar perfecto y su primicia. Pero, ¿puede ser María modelo para la Iglesia también en su título de Madre de Cristo? ¿Podemos nosotros llegar a ser madres de Cristo? No sólo esto es posible, sino que algunos Padres de la Iglesia (Orígenes, san Agustín, san Bernardo) han llegado a decir que, sin esta reproducción, el título de María sería inútil para nosotros: «Qué me va a mí, decían, que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace también por la fe en mi alma?»

Debemos reclamar al recuerdo o a la mente lo que hemos visto una vez con ocasión de esta fiesta y es lo siguiente: que la maternidad divina de María se realiza sobre dos planos, a saber, en un plano físico y en un plano espiritual. María es Madre de Dios no sólo porque lo ha llevado físicamente en su seno sino también porque con la fe lo ha concebido antes en el corazón. Nosotros no podemos, naturalmente, imitar a María en el primer sentido, engendrando de nuevo a Cristo, pero podemos imitarla en el segundo sentido, que es el de la fe.

Jesús mismo inició esta aplicación para la Iglesia del título de «Madre de Cristo», cuando declaró: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lucas 8, 21).

La liturgia de hoy nos presenta a María como la primera de quienes llegan a ser madres de Cristo mediante la escucha atenta de su palabra. Ha escogido en efecto, para esta fiesta, el pasaje evangélico en donde está escrito que «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

En la tradición, la idea de la maternidad espiritual ha conocido dos niveles de aplicación complementarios entre sí. En el primero, se ve realizada esta maternidad en la Iglesia tomada en su conjunto; en el segundo, en cada una de las personas o almas que creen. El concilio Vaticano II se coloca en la primera perspectiva cuando escribe: «La Iglesia... cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre por la palabra de Dios fielmente recibida: en efecto, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios» (Lumen gentium, 64). Pero, todavía más clara es en la tradición la aplicación personal a cada alma: «Cada alma que cree, escribe san Ambrosio, concibe y engendra al Verbo de Dios. Si según la carne una sola es la Madre de Cristo, según la fe, todas las almas engendran a Cristo cuando acogen la palabra de Dios».

Centrémonos en la aplicación del título de Madre de Dios, que nos afecta también singularmente. Probemos a ver cómo se llega a ser, en concreto, madre de Jesús. Nos lo revela él mismo; a través de dos operaciones: escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. Volvamos a pensar, para entender, cómo María llega a ser madre: concibiendo a Jesús y pariéndolo.

Hay dos maternidades incompletas o dos tipos de interrupción de maternidad. Una es la antigua y conocida por aborto. Esta tiene lugar cuando se concibe una vida, pero no se da a luz, porque, en el entretiempo, o por causas naturales o por el pecado de los hombres, el feto está muerto. Hasta hace poco, este era el único caso que se conocía de maternidad incompleta. Hoy se conoce otro que consiste, en oposición, en el parir a un hijo sin haberlo concebido. Así acontece en el caso de los hijos concebidos en una probeta e introducidos, en un segundo momento, en el seno de una mujer, y en el caso desolador y triste del útero dado en alquiler para hospedar, hasta mediante pago, vidas humanas concebidas en otra parte. En este caso, lo que la mujer da a luz, no viene de ella, no es concebido «antes en el corazón que en el cuerpo».

Desgraciadamente, también en el plano espiritual existen estas dos tristes posibilidades. Concibe a Jesús sin parto quien acoge la Palabra, sin ponerla en práctica, quien continúa haciendo un aborto espiritual tras otro, formulando propósitos de conversión que después vienen sistemáticamente olvidados y abandonados a mitad de camino; quien se comporta hacia la Palabra como el observador lleno de prisa que echa un vistazo a su rostro en el espejo y después se va olvidando de inmediato cómo era (cfr. Santiago 1,23-24). En suma, quien tiene fe, pero no tiene obras.

Por el contrario, da a luz a Cristo sin haberlo concebido quien hace muchas obras, incluso hasta buenas, pero que no proceden del corazón, del amor para con Dios y de la recta intención, sino más bien de la costumbre, de la hipocresía, de la búsqueda de la propia gloria y del propio interés, o de la satisfacción que da simplemente el hacer y el actuar. En suma, quien tiene las obras y no tiene la fe.

Éstos son los casos de una maternidad incompleta. Consideremos, ahora, el caso positivo de una verdadera y completa maternidad, que nos hace asemejamos a María. San Francisco de Asís tiene una palabra, que resume bien todo lo que me está presionando esclarecer: «Somos madres de Cristo, escribe, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por medio del divino amor y de la pura y sincera conciencia; lo engendramos a través de las obras santas, que deben resplandecer ante los demás con el ejemplo... ¡Oh, como es santo y cómo es querido, agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y deseable sobre toda cosa, tener un hermano tal y un tal hijo, el Señor nuestro Jesucristo!» Nosotros, viene a decir el santo, concebimos a Cristo cuando lo amamos con sinceridad de corazón y con rectitud de conciencia, y lo damos a luz cuando cumplimos obras santas que lo manifiestan al mundo.

San Buenaventura, discípulo e hijo del santo de Asís, ha desarrollado este pensamiento en un opúsculo titulado Las cinco fiestas del niño Jesús. En la introducción al libro, él cuenta cómo un día, mientras estaba en retiro sobre el monte Verna, le volvió al recuerdo o la mente lo que dicen los santos Padres, esto es, que el alma devota de Dios, por gracia del Espíritu Santo y la potencia del Altísimo, puede concebir espiritualmente al bendito Verbo e Hijo Unigénito del Padre, parirlo, darle el nombre, buscarlo y adorarlo con los Magos y finalmente presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo.

De estos cinco momentos o fiestas del Niño Jesús, que debe revivir el alma, nos interesan sobre todo las dos primeras: la concepción y el nacimiento. Para san Buenaventura, el alma concibe a Jesús cuando, descontenta de la vida que sigue, estimulada por santas inspiraciones y encendiéndose de santo ardor, en fin, separándose resueltamente de sus viejas costumbres y defectos, es como fecundada espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vida nueva. ¡Ha tenido lugar la concepción de Cristo!

Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en su corazón en el momento en que, después de haber hecho un sano discernimiento, pedido un oportuno consejo e invocada la ayuda de Dios, el alma pone inmediatamente en obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde tanto tiempo andaba madurando, pero que siempre lo había ido dejando estar para más adelante por miedo a no ser capaz. Cristo nace de nuevo, «viene a la luz» en su vida.

Pero, es necesario insistir sobre una cosa: este propósito de vida nueva debe traducirse en algo concreto sin demora, en un cambio, posiblemente también externo y visible, en nuestra vida y en nuestras costumbres. Si el propósito no es puesto en acto, Jesús es concebido, pero no está parido. Es uno de los tantos abortos espirituales. ¡No se celebrará nunca «la segunda fiesta» del Niño Jesús, que es la Navidad! Es uno de tantos reenvíos, de los que quizás nuestra vida ha estado señalada.

Estamos al inicio de un nuevo año y este reclamo, que nos viene por la fiesta de la Madre Dios, nos puede estimular a iniciarlo bien con santos propósitos y santa decisión. Todos en este día nos intercambiamos el deseo de un «buen año». En el plano natural un año se juzga «bueno» según la abundancia y la cualidad de lo recogido. También en el plano espiritual un año es «bueno» según los frutos de obras buenas, que hayamos producido para la vida eterna.

Precisamente en consideración con el principio de año y de la jornada de la paz, que hoy celebramos, junto con la memoria de la Madre de Dios, la liturgia ha escogido como primera lectura la bendición que los sacerdotes daban el pueblo de Israel y que hoy la Iglesia invoca sobre cada hombre:

«El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz».

Comparteix aquesta entrada

Qui som Què volem Contacte