Diumenge IV d'Advent (cicle C): per a celebrar bé el Nadal estem cridats a ser acollidors

En aquest quart diumenge d'Advent, que s'anticipa per poc a la Nativitat del Senyor, l'evangeli narra la visita de María a la seva parenta Elisabet. Aquest episodi no és un simple gest de cortesia, sinó que mostra de manera molt senzilla la trobada entre l'Antic i el Nou Testament. Les dues dones, totes dues embarassades, encarnen l'esperança i a l'Esperat. L'anciana Elisabet simbolitza a Israel en espera del Messies, mentre que la jove María porta en si el compliment d'aquesta espera, en benefici de tota la humanitat. En les dues dones es troben i es reconeixen abans de res, els fruits dels seus ventres, Joan i Crist.

L'escena de la Visitación també expressa la bellesa de l'acolliment: on hi ha acolliment recíproc, escolta, un fer lloc a l'altre, allí està Déu i l'alegria que ve d'Ell.

Imitem a María en el temps de Nadal, visitant als qui passen per dificultats, especialment als malalts, als empresonats, als ancians i als nens. També imitem a Elisabet, que rep als seus hostes com si fos Déu mateix: sense desitjar-ho no coneixerem mai al Senyor; sense esperar-lo no el veurem, sense buscar-lo no el trobarem.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Is 45, 8

Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan la salvación; que la tierra se abra y germine el salvador.

ORACIÓN COLECTA

Te pedimos, Señor, que infundas tu gracia en nuestros corazones, para que, habiendo conocido, por el anuncio del ángel, la encarnación de tu Hijo, lleguemos, por medio de su pasión y de su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

De ti saldrá el jefe de Israel.

Del libro del profeta Miqueas: 5,1-4

Esto dice el Señor: “De ti, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel, cuyos orígenes se remontan a tiempos pasados, a los días más antiguos.

Por eso, el Señor abandonará a Israel, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos se unirá a los hijos de Israel. Él se levantará, para pastorear a su pueblo con la fuerza y la majestad del Señor, su Dios. Ellos habitarán tranquilos, porque la grandeza del que ha de nacer llenará la tierra y él mismo será la paz”. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 79, 2ac.3c. 15-16. 18-19

R/. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos.

Escúchanos, pastor de Israel; tú que estás rodeado de querubines, manifiéstate; despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tú viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. R/.

Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. R/.

SEGUNDA LECTURA

Aquí estoy, Dios mío para hacer tu voluntad

De la carta a los hebreos: 10, 5-10

Hermanos: Al entrar al mundo, Cristo dijo, conforme al salmo: No quisiste víctimas ni ofrendas; en cambio, me has dado un cuerpo. No te agradaron los holocaustos Hilos sacrificios por el pecado; entonces dije porque a mí se refiere la Escritura: “Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”.

Comienza por decir: “No quisiste víctimas ni ofrendas, no te agradaron los holocaustos ni los sacrificios por el pecado “siendo así que eso es lo que pedía la ley; y luego añade: “Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”.

Con esto, Cristo suprime los antiguos sacrificios, para establecer el nuevo. Y en virtud de esta voluntad, todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez por todas. Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 1, 38

R/. Aleluya, aleluya.

Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho. R/.

EVANGELIO

¿Quién soy para que la madre de mi Señor venga a verme?

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 1, 39-45

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llego tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Que santifique, Señor, estos dones, colocados en tu altar, el mismo Espíritu que fecundó con su poder el seno de la bienaventurada Virgen María. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Is 7, 14

Miren: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien le pondrá el nombre de Emmanuel.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Habiendo recibido esta prenda de redención eterna, te rogamos, Dios todo poderoso, que, cuanto más se acerca el día de la festividad que nos tae la salvación, con tanto mayor fervor nos apresuremos a celebrar dignamente el misterio del nacimiento de tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Mesías nacerá en Belén (Mi 5,1-4a)

1ª lectura

El horizonte, entenebrecido por unos momentos en los versículos precedentes (4,9-14), vuelve a abrirse alegre con el anuncio de un «dominador», o gobernante en Israel, que ha de nacer, «salir», de Belén, una ciudad de la región de «Efrata» (Gn 35,16). Con frecuencia se distingue la región de su ciudad más importante (1 S 17,12), pero en algunos textos ambas se identifican (Gn 35,19).

En el estilo típico de los oráculos de salvación abundan los contrastes: el rey anunciado tendrá comienzos humildes, puesto que nacerá en una ciudad pequeña («tan pequeña» podría también traducirse como «la más pequeña», v. 1), pero serán comienzos honrosos, puesto que Belén es la cuna de David y, por tanto, el lugar que confirmaba la pertenencia al linaje davídico; será de origen muy antiguo, pero para percibir su presencia habrá que esperar a que «dé a luz la que tiene que dar a luz» (v. 2); se limitará a reunir a sus hermanos, pero su acción benéfica alcanzará los confines de la tierra (v. 3). Todos estos datos no pueden referirse al monarca contemporáneo al profeta, sino al futuro rey-Mesías. El texto contiene muchos elementos relacionados con los pasajes mesiánicos de Isaías (7,14; 9,5-6; 11,1-4) y también con los que anuncian un futuro descendiente de David (2 S 7,12-16; Sal 89,4).

La tradición judía vio en el texto de Miqueas un vaticinio mesiánico, como ha quedado reflejado en varios pasajes del Talmud (Pesajim 51,1 y Nedarim 39,2). El Nuevo Testamento contiene algunas alusiones claras, como la recogida en el Evangelio de San Juan, que muestra la opinión que tenían los contemporáneos de Jesús sobre la procedencia del Mesías: «¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David?» (Jn 7,40-42); pero sobre todo en el primer evangelio se aplica este texto directamente a Jesús, nacido en Belén (Mt 2,4-6): el evangelista modifica sutilmente la calificación de la ciudad de David (dice «ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá», en lugar de «eres la menor...» del texto de Miqueas), con la intención de ensalzar más la figura de Jesús-Mesías.

Siguiendo esta interpretación del Evangelio de San Mateo, la tradición cristiana ha visto en el pasaje de Miqueas el anuncio del nacimiento de Jesús en Belén. Son abundantes las explicaciones de los Santos Padres que intentaban convencer a los judíos de que Jesús es el verdadero Mesías esperado. Así lo mostraba Tertuliano: «Puesto que los hijos de Israel afirman que nosotros erramos al recibir a Cristo, que ya vino, mostrémosles desde las mismas Escrituras que el Cristo anunciado ya ha venido (...). Era necesario que Él naciese en Belén de Judá pues así está escrito en el profeta: Y tú, Belén, no eres la más pequeña...» (Adversus iudaeos, 13). San Ireneo, por su parte, escribía: «A su vez, el profeta Miqueas dice también el lugar donde el Cristo debía nacer, a saber, en Belén de Judá, cuando se expresa así: Y tú, Belén de Judá, tú no eres insignificante entre los jefes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel. Pero Belén es también el país de David, de suerte que Él es de la descendencia de David, no sólo por la Virgen que lo ha dado a luz, sino también en cuanto que nació en Belén» (Demonstratio praedicationis apostolicae 63).

Aquí vengo para hacer tu voluntad (Hb 10,5-10)

2ª lectura

La eficacia del sacrificio de Cristo radica en la obediencia perfecta a la voluntad del Padre (cfr 5,9). Ésta es la razón de la Encarnación, a la que se alude en los vv. 5-7 con una cita del Sal 40 según la versión griega. Por eso, la liturgia de la Iglesia recuerda este texto (vv. 4-10) en varios momentos, especialmente en la solemnidad de la Anunciación del Señor. «[Las palabras del salmo] nos hacen como penetrar en los abismos insondables de este abajamiento del Verbo, de este humillarse por amor de los hombres hasta la muerte de Cruz (...) ¿Por qué esta obediencia, por qué este abajamiento, por qué este sufrimiento? Nos responde el Credo: “Propter nos homines et propter nostram salutem: por nosotros los hombres y por nuestra salvación” Jesús bajó del cielo para hacer subir allá arriba con pleno derecho al hombre, y, haciéndolo hijo en el Hijo, para restituirlo a la dignidad perdida con el pecado (...). Acojámosle. Digámosle también nosotros: Aquí estoy, vengo a hacer tu voluntad» (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-III-1981).

La Visitación de María a Isabel (Lc 1,39-45)

Evangelio

Contemplamos ahora la grandeza de María desde otros puntos de vista. Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama que María es «madre de mi Señor» (v. 43). Pero ser «madre de Dios» es también objeto de fe para María, y por ello es felicitada por Isabel (v. 45). Sin embargo, la fe de la Virgen traspasa la mera virtud personal, pues da origen a la Nueva Alianza: «Como Abrahán “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen, (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 14).

La montaña de Judea dista unos 130 km de Nazaret. Según una tradición que se remonta al siglo IV, la casa de Zaca­rías estaba en el actual pueblo de ‘Ayn-Karîm, a unos 8 km al oeste de Jerusalén. Allí el niño Juan salta de gozo en el vientre de su madre. Teólogos antiguos y modernos han visto en esa acción un indicio de la santificación del Bautista en el vientre de su madre: «Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).

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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

Feliz la que ha creído

Es normal que todos los que quieren ser creídos corroboren las razones que les den crédito. También el ángel que anunciaba los misterios, para inducir a creer por un hecho, ha anunciado a María, una virgen, la maternidad de una esposa anciana y estéril, mostrando de este modo que Dios puede hacer todo cuanto le agrada. Desde que oyó esto María, no como incrédula del oráculo, ni como insegura del anuncio, ni como dudosa del hecho, sino alegre en su deseo, para cumplir un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió hacia la montaña. Llena de Dios, ¿podía ella no elevarse presurosa hacia las alturas? Los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo

Aprended también, piadosas mujeres, con qué apresuramiento habéis de ayudar a vuestras parientes que han de ser madres. María, que antes vivía sola en su retiro más estricto; no la retiene ahora de aparecer en público el pudor virginal, ni de su intento la aspereza de las montañas, ni de prestar su servicio la longitud del camino. La Virgen se dispone a subir las montañas, la Virgen que piensa servir y olvida su pena; su caridad la da fuerza y no el sexo; deja su casa y marcha.

Aprended, vírgenes, a no corretear por casas ajenas, a no entretenerse en las plazas, a no prolongar la conversación en las vías públicas. María es tranquila en casa y se apresura en el camino. Permaneció con su prima tres meses; pues, habiendo venido para hacer un servicio, le salía del corazón. Permaneció tres meses, no por el placer de estar en una casa extraña, sino porque le desagradaba mostrarse en público con frecuencia.

Aprendisteis, vírgenes, la delicadeza de María; aprended también su humildad. Ella viene como una parienta a su parienta, como la más joven a la más anciana, y no sólo viene, sino que es la primera en saludar; conviene, en efecto, que cuanto más casta es una virgen, sea también más humilde; aprenda a honrar a las ancianas; que sea maestra de humildad la que hace profesión de castidad. Hay aquí un motivo de piedad, hay también una enseñanza doctrinal: hay que subrayar, en efecto, que la superior viene a la inferior para ayudar a la inferior: María a Isabel, Cristo a Juan; más tarde, para consagrar el bautismo de Juan, Cristo ha venido a este bautismo (Mt 3,13). En seguida se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor: pues es el momento de oír Isabel el saludo de María, el niño dio saltos en su seno, y ella fue llenada del Espíritu Santo.

Considera la elección y precisión de cada una de las palabras. Isabel es la primera a oír la voz, pero Juan es el primero a sentir la gracia; aquélla, siguiendo el orden natural, ha oído; éste ha saltado bajo el efecto del misterio; ella ha percibido la llegada de María, éste la del Señor: la mujer la de la mujer, el hijo la del hijo; ellas proclaman la gracia; ellos la realizan, abordando el misterio de la misericordia en beneficio de sus madres; y, por un doble milagro, las madres profetizan bajo la inspiración de sus hijos. El hijo ha saltado de gozo, la madre ha sido llenada; la madre no ha sido llenada antes que su hijo, sino que su hijo, una vez lleno del Espíritu Santo, ha llenado también a su madre. Exultó Juan, exultó también el espíritu de María. Al saltar de gozo Juan, Isabel es llenada. Sin embargo, no conocemos que María fuese llenada del Espíritu, sino que su espíritu exultó —El, que no puede ser comprendido, obraba en María de un modo incomprensible—. En fin, ella fue llenada después de haber concebido, ésta antes de concebir.

Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?

El Espíritu Santo conocía su palabra y no la olvida jamás, y la profecía se realiza no sólo en los hechos milagrosos, sino en todo el rigor y propiedad de los términos. ¿Cuál es este fruto del vientre, sino Aquel del que se ha dicho: He aquí que el Señor da por herencia los hijos, recompensa del fruto del seno? (Ps 126, 3). Es decir, la herencia del Señor son los hijos, precio de este fruto que nació del seno de María. Él es el fruto del vientre, la flor de la raíz, de la cual profetizó Isaías al decir: Saldrá una vara de la raíz de Jesé, y la flor brotará de la raíz; la raíz es la raza judía; el tallo, María; la flor de María, Cristo, que, como el fruto del buen árbol, según nuestros progresos en la virtud, ahora florece, ahora fructifica en nosotros, ahora renace por la resurrección del cuerpo.

¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? No habla como una ignorante —sabía ella que existía la gracia y la operación del Espíritu Santo, para que la madre del profeta fuese saludada por la madre del Señor para provecho de su hijo—, sino que ella reconocía que es esto el resultado, no de un mérito humano, sino de la gracia divina. Dice así: ¿De dónde a mí?, es decir, ¿qué felicidad me llega que la Madre de mi Señor viene a mí? Yo reconozco que no tengo nada que esto exija. ¿De dónde a mí? ¿Por qué justicia, por qué acciones, por qué méritos? No son diligencias acostumbradas entre mujeres que la Madre de mi Señor venga a mí. Yo presiento el milagro, reconozco el misterio: la Madre del Señor está fecundada del Verbo, llena de Dios.

Porque he aquí que, como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, dio saltos de alborozo el niño en mi seno. Y dichosa tú que has creído.

Observas que María no dudó, sino que creyó, y por eso ha conseguido el fruto de la fe. Bienaventurada tú, dice, que has creído. ¡Mas también sois bienaventurados vosotros que habéis oído y creído!, pues toda alma que cree, concibe y engendra la palabra de Dios y reconoce sus obras. Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos resida el espíritu de María para exultar en Dios. Si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos: pues toda alma recibe el Verbo de Dios, a condición de que, sin tacha, preservada de vicios, guarde castidad en una pureza sin detrimento.

Toda alma que llega a este estado engrandece al Señor, como el alma de María ha engrandecido al Señor y como su espíritu ha saltado de gozo en el Dios Salvador. El Señor es efectivamente engrandecido, como en otra parte has leído: Engrandece al Señor conmigo (Ps 33,4); no que la palabra humana pueda añadir alguna cosa al Señor, sino que Él es engrandecido en nosotros; pues Cristo es la imagen de Dios (2 Cor 4,4; Col 1,15) y, por lo mismo, el alma que hace obra justa y religiosa engrandece esta imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido creada, y, al engrandecerla, participa en cierto modo de su grandeza y se hace más sublime; parece reproducir en ella esta imagen por los brillantes colores de sus buenas obras y por la semejanza de la virtud. Luego el alma de María engrandece al Señor y su espíritu salta de gozo en Dios porque, ofrecida el alma al Padre y al Hijo, ella venera con un piadoso amor al Dios único, de quien vienen todas las cosas, y al único Señor, por quien son hechas todas las cosas (cf. 1 Cor 8,6).

Sigue la profecía de María, cuya plenitud responde a la excelencia de su persona. No es sin motivo, parece, que Isabel profetice antes del nacimiento de Juan y María antes del nacimiento del Señor; pues ya comienzan los preparativos de la salvación humana. Pues así como el pecado comenzó por las mujeres, el bien debía comenzar también por las mujeres, a fin de que las mujeres, deponiendo sus costumbres femeniles, renuncien a su debilidad, y que el alma, que no tiene sexo, como María, que no conoció el error, se aplique religiosamente a imitar su castidad.

María permaneció con ella tres meses y volvió a su casa. Bien se nos dice que María prestó sus servicios y que guardó un número místico: pues su prima no es la única causa de esta larga estancia, sino también el provecho de un profeta tan grande. Efectivamente, si al entrar se ha realizado un resultado tan grande que, al saludo de María, el niño ha dado saltos de gozo en el seno y el Espíritu Santo ha llenado a la madre del niño, ¡qué aumento de gracia no les ha valido la presencia de María durante un espacio de tiempo tan largo! María permaneció con ella tres meses. Así el profeta recibía la unción y, tan buen atleta, era ya ejercitado desde el seno de su madre; pues se preparaba para un gran combate. María permaneció allí hasta que llegó para Isabel el tiempo de dar a luz. Si lo consideras diligentemente, encontrarás que esto no se ha notado más que para el nacimiento de los justos; en fin, se cumplieron los días de dar a luz María, se cumplió el tiempo de dar a luz Isabel, el tiempo de la vida se cumple cuando los santos terminan la carrera de esta vida. La vida del justo tiene una plenitud, los días de los impíos son vacíos.

(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 19-29, BAC Madrid 1966, pp. 95-101)

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FRANCISCO – Ángelus 2015 - Homilía en Sta. Marta (31.V.16), Enc. Lumen Fidei, 58-59.

Ángelus 2015

Los lugares del asombro: el otro, la historia y la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo de Adviento subraya la figura de María. La vemos cuando, justo después de haber concebido en la fe al Hijo de Dios, afronta el largo viaje de Nazaret de Galilea a los montes de Judea, para ir a visitar y ayudar a su prima Isabel. El ángel Gabriel le había revelado que su pariente ya anciana, que no tenía hijos, estaba en el sexto mes de embarazo (cf. Lc  1, 26.36). Por eso, la Virgen, que lleva en sí un don y un misterio aún más grande, va a ver a Isabel y se queda tres meses con ella. En el encuentro entre las dos mujeres —imaginad: una anciana y la otra joven, es la joven, María, la que saluda primero: El Evangelio dice así: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1, 40). Y, después de ese saludo, Isabel se siente envuelta de un gran asombro —¡no os olvidéis esta palabra: asombro. El asombro. Isabel se siente envuelta de un gran asombro que resuena en sus palabras: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (v. 43). Y se abrazan, se besan, felices estas dos mujeres: la anciana y la joven. Las dos embarazadas.

Para celebrar bien la Navidad, estamos llamados a detenernos en los «lugares» del asombro. Y, ¿cuáles son los lugares del asombro en la vida cotidiana? Son tres. El primer lugar es el otro, en quien reconocemos a un hermano, porque desde que sucedió el Nacimiento de Jesús, cada rostro lleva marcada la semejanza del Hijo de Dios. Sobre todo cuando es el rostro del pobre, porque como pobre Dios entró en el mundo y y dejó, ante todo, que los pobres se acercaran a Él.

Otro lugar del asombro —el segundo— en el que, si miramos con fe, sentimos asombro, es la historia. Muchas veces creemos verla por el lado justo, y sin embargo corremos el riesgo de leerla al revés. Sucede, por ejemplo, cuando ésta nos parece determinada por la economía de mercado, regulada por las finanzas y los negocios, dominada por los poderosos de turno. El Dios de la Navidad es, en cambio, un Dios que «cambia las cartas»: ¡Le gusta hacerlo! Como canta María en el Magnificat, es el Señor el que derriba a los poderosos del trono y ensalza a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y a los ricos despide vacíos (cf. Lc 1, 52-53). Este es el segundo asombro, el asombro de la historia.

Un tercer lugar de asombro es la Iglesia: mirarla con el asombro de la fe significa no limitarse a considerarla solamente como institución religiosa que es, sino a sentirla como Madre que, aun entre manchas y arrugas —¡tenemos muchas!— deja ver las características de la Esposa amada y purificada por Cristo Señor.  Una Iglesia que sabe reconocer los muchos signos de amor fiel que Dios continuamente le envía. Una Iglesia para la cual el Señor Jesús no será nunca una posesión que defender con celo: quienes hacen esto, se equivocan, sino Aquel que siempre viene a su encuentro y que ésta sabe esperar con confianza y alegría, dando voz a la esperanza del mundo. La Iglesia que llama al Señor: «Ven Señor Jesús». La Iglesia madre que siempre tiene las puertas abiertas, y los brazos abiertos para acoger a todos. Es más, la Iglesia madre que sale de las propias puertas para buscar, con sonrisa de madre a todos los alejados y llevarles a la misericordia de Dios. ¡Este es el asombro de la Navidad! 

En Navidad Dios se nos dona todo donando a su Hijo, el Único, que es toda su alegría. Y sólo con el corazón de María, la humilde y pobre hija de Sión, convertida en Madre del Hijo del Altísimo, es posible exultar y alegrarse por el gran don de Dios y por su imprevisible sorpresa. Que Ella nos ayude a percibir el asombro —estos tres asombros: el otro, la historia y la Iglesia— por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús, nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.

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Homilía del 31 de mayo de 2016 en Santa Marta

Una actitud (el servicio) y un hecho (el encuentro)

Dos «actitudes» se reconocen como «signos» inequívocos del ser cristianos: el «servicio en la alegría» e «ir al encuentro de los demás». En la misa celebrada el 31 de mayo en Santa Marta, el Papa Francisco dio consejos para los cristianos que «creen ser tales» pero en realidad «no lo son plenamente». E invitó a seguir el ejemplo de «mujeres valientes» como María, capaces de afrontar dificultades y obstáculos por servir a los demás.

Ante una liturgia del día «llena de la alegría que colma nuestro corazón» el Pontífice eligió en primer lugar algunos pasajes de la primera lectura tomada del profeta Sofonías (3, 14-18): «¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor está en medio de ti, no temerás ya ningún mal»; y también: «Dios está en medio de ti, ¡un poderoso Salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo». Es decir, explicó, «es Dios quien goza con nosotros», quien «nos renueva». Es un pasaje que expresa «una alegría grande, una alegría que llena nuestro corazón y nuestra vida». Luego Francisco recurrió al Evangelio de Lucas (1, 39-56): «En el encuentro de María con su prima» —destacó— se respira el «mismo clima de alegría: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios”». También Jesús se alegra y salta en el seno de la madre: «todo es alegría allí, todo».

«Este —comentó el Papa— es el aire fresco que hoy nos trae la liturgia: el mensaje de alegría». Y comentó: qué «cosa fea» son «los cristianos con la cara torcida, los cristianos tristes», una «cosa fea, fea, fea». En efecto, «creen» ser cristianos «pero no lo son plenamente».

En este clima de alegría «que la liturgia hoy nos da como un regalo», el Pontífice quiso poner de relieve dos aspectos: «una actitud» y «un hecho».

La actitud que podemos destacar en el pasaje evangélico es la del «servicio». María, en efecto, «va a servir». Francisco puso de relieve «los dos verbos que introducen esta historia en el Evangelio de Lucas», o sea: «María se levantó», es decir decide: «hago algo», y, por lo tanto, «fue con prontitud». Lo que «asombra», dijo el Pontífice, es precisamente «esta joven de dieciséis años, diecisiete, no más, que va de prisa por este camino, donde seguramente había bandidos, pero era valiente. Se levanta y va». María no encuentra excusas como: «No, estoy embarazada», o también: «Soy la reina del mundo, porque el rey viene a mí». Ella sencillamente «se levanta y va», mostrando, toda su «valentía de mujer».

Al respecto el Papa hizo un paréntesis recordando «a las mujeres valientes que hay en la Iglesia» y que «son como la Virgen»: mujeres que «llevan adelante la familia» y «la educación de los hijos», capaces de afrontar «muchas adversidades, mucho dolor», mujeres «que cuidan a los enfermos... Valientes: se levantan y sirven, sirven». En ellas se reconoce el «signo cristiano» del servicio. Y, al recordar que «quien no vive para servir, no sirve para vivir», Francisco destacó en más de una ocasión la importancia de la actitud del «servicio en la alegría». Una alegría que, de todos modos, requiere también «mortificación», es decir no elegir hacer sólo lo que nos gusta. María, por ejemplo, «se levantó y fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá», fue «lejos», y «seguramente lo hizo sola. Era valiente».

El Evangelio, luego, propone también un «hecho», es decir «el encuentro» entre María e Isabel. «Estas dos mujeres —dijo el Pontífice— se encuentran y se encuentran con alegría, como cuando se encuentran las mujeres que se quieren: se abrazan, se dan un beso...». Un encuentro, en definitiva, caracterizado por la «fiesta». Así, pues, «el encuentro es otro signo cristiano». En efecto, explicó el Papa, «una persona que dice ser cristiana y no es capaz de ir al encuentro de los demás, de encontrarse con los demás, no es totalmente cristiana». Y añadió: «tanto el servicio como el encuentro requieren» la actitud «de salir de sí mismo: salir para servir y salir para encontrar, para abrazar a otra persona».

Precisamente con este tipo de servicio y de encuentro, en María —que una semana antes «trabajaba, sin saber que su prima estaba embarazada», luego, con la «alegría grande de la maternidad» suma «la alegría de servir y la alegría del encuentro»— «se renueva la promesa del Señor» y se realiza «en ese presente». Al respecto comentó Francisco: «Si nosotros aprendiésemos esto –servicio e ir al encuentro de los demás, no rechazar los encuentros–, si nosotros aprendiésemos esto, ¡cuánto cambiaría el mundo!». Y concluyó recordando: «Dos cosas solamente, servir y encontrarse, y experimentaremos la alegría, esta alegría grande de la presencia de Dios en medio de nosotros».

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Enc. Lumen fidei, nn. 58 y 59

Bienaventurada la que ha creído (Lc 1, 45)

En la parábola del sembrador, san Lucas nos ha dejado estas palabras con las que Jesús explica el significado de la «tierra buena»: «Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia» (Lc 8, 15). En el contexto del Evangelio de Lucas, la mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un retrato implícito de la fe de la Virgen María. El mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto en su vida. La Madre del Señor es icono perfecto de la fe, como dice santa Isabel: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc 1, 45)

En María, Hija de Sión, se cumple la larga historia de fe del Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles, comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva. En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en ella y naciese como luz para los hombres. San Justino mártir, en su Diálogo con Trifón, tiene una hermosa expresión, en la que dice que María, al aceptar el mensaje del Ángel, concibió «fe y alegría». En la Madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto, y cuando nuestra vida espiritual da fruto, nos llenamos de alegría, que es el signo más evidente de la grandeza de la fe. En su vida, María ha realizado la peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo. Así, en María, el camino de fe del Antiguo Testamento es asumido en el seguimiento de Jesús y se deja transformar por él, entrando a formar parte de la mirada única del Hijo de Dios encarnado.

Podemos decir que en la Bienaventurada Virgen María se realiza eso en lo que antes he insistido, que el creyente está totalmente implicado en su confesión de fe. María está íntimamente asociada, por su unión con Cristo, a lo que creemos. En la concepción virginal de María tenemos un signo claro de la filiación divina de Cristo. El origen eterno de Cristo está en el Padre; él es el Hijo, en sentido total y único; y por eso, es engendrado en el tiempo sin concurso de varón. Siendo Hijo, Jesús puede traer al mundo un nuevo comienzo y una nueva luz, la plenitud del amor fiel de Dios, que se entrega a los hombres. Por otra parte, la verdadera maternidad de María ha asegurado para el Hijo de Dios una verdadera historia humana, una verdadera carne, en la que morirá en la cruz y resucitará de los muertos. María lo acompañará hasta la cruz (cf. Jn 19, 25), desde donde su maternidad se extenderá a todos los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19, 26-27). También estará presente en el Cenáculo, después de la resurrección y de la ascensión, para implorar el don del Espíritu con los apóstoles (cf. Hch 1, 14). El movimiento de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu ha recorrido nuestra historia; Cristo nos atrae a sí para salvarnos (cf. Jn 12, 32). En el centro de la fe se encuentra la confesión de Jesús, Hijo de Dios, nacido de mujer, que nos introduce, mediante el don del Espíritu santo, en la filiación adoptiva (cf. Ga 4, 4-6).

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2006, 2009 y 2012

2006

Disponibles y dispuestos a recibir a Jesús

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la santa Navidad ya es inminente. La vigilia de hoy nos prepara para vivir intensamente el misterio que esta noche la liturgia nos invitará a contemplar con los ojos de la fe. En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación. En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano, desde su primer instante hasta su ocaso natural. A quien abre el corazón a este “niño envuelto en pañales” y acostado “en un pesebre” (cf. Lc 2, 12), él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.

Preparémonos, queridos amigos, para encontrarnos con Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros. Al nacer en la pobreza de Belén, quiere hacerse compañero de viaje de cada uno. En este mundo, desde que él mismo quiso poner aquí su “tienda”, nadie es extranjero. Es verdad, todos estamos de paso, pero es precisamente Jesús quien nos hace sentir como en casa en esta tierra santificada por su presencia. Pero nos pide que la convirtamos en una casa acogedora para todos. Este es precisamente el don sorprendente de la Navidad: Jesús ha venido por cada uno de nosotros y en él nos ha hecho hermanos. De ahí deriva el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, derribar las barreras y eliminar las contraposiciones que dividen o, peor aún, enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.

Con estos sentimientos, queridos hermanos y hermanas, vivamos las últimas horas que nos separan de la Navidad, preparándonos espiritualmente para acoger al Niño Jesús. En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades. Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente él. Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé a todos fortaleza y consuelo.

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2009

La Navidad es la respuesta de Dios a la humanidad que busca la paz

Queridos hermanos y hermanas:

Con el IV domingo de Adviento, la Navidad del Señor está ya ante nosotros. La liturgia, con las palabras del profeta Miqueas, invita a mirar a Belén, la pequeña ciudad de Judea testigo del gran acontecimiento: “Pero tú, Belén de Efratá, la más pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial” (Mi 5, 1). Mil años antes de Cristo, en Belén había nacido el gran rey David, al que las Escrituras concuerdan en presentar como antepasado del Mesías. El Evangelio de san Lucas narra que Jesús nació en Belén porque José, el esposo de María, siendo de la “casa de David”, tuvo que dirigirse a esa aldea para el censo, y precisamente en esos días María dio a luz a Jesús (cf. Lc 2, 1-7). En efecto, la misma profecía de Miqueas prosigue aludiendo precisamente a un nacimiento misterioso: “Dios los abandonará –dice– hasta el tiempo en que la madre dé a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel” (Mi 5, 2).

Así pues, hay un designio divino que comprende y explica los tiempos y los lugares de la venida del Hijo de Dios al mundo. Es un designio de paz, como anuncia también el profeta hablando del Mesías: “En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra. Él mismo será nuestra paz” (Mi 5, 3-4).

Precisamente este último aspecto de la profecía, el de la paz mesiánica, nos lleva naturalmente a subrayar que Belén es también una ciudad-símbolo de la paz, en Tierra Santa y en el mundo entero. Por desgracia, en nuestros días, no se trata de una paz lograda y estable, sino una paz fatigosamente buscada y esperada. Dios, sin embargo, no se resigna nunca a este estado de cosas; por ello, también este año, en Belén y en todo el mundo, se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad, profecía de paz para cada hombre, que compromete a los cristianos a implicarse en las cerrazones, en los dramas, a menudo desconocidos y ocultos, y en los conflictos del contexto en el que viven, con los sentimientos de Jesús, para ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error, según las bellas expresiones de una conocida oración franciscana.

Hoy, como en tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca la paz verdadera. “Él mismo será nuestra paz”, dice el profeta refiriéndose al Mesías. A nosotros nos toca abrir de par en par las puertas para acogerlo. Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiemos en su sabiduría y bondad. Busquemos ante todo el reino de Dios, y la Providencia nos ayudará. ¡Feliz Navidad a todos!

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2012

La belleza de la acogida

¡Queridos hermanos y hermanas!

En este cuarto domingo de Adviento, que se anticipa por poco a la Natividad del Señor, el evangelio narra la visita de María a su pariente Isabel. Este episodio no es un simple gesto de cortesía, sino que muestra de modo muy simple el encuentro entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las dos mujeres, ambas embarazadas, encarnan la esperanza y al Esperado. La anciana Isabel simboliza a Israel en espera del Mesías, mientras que la joven María trae en sí misma el cumplimiento de esta espera, en beneficio de toda la humanidad. En las dos mujeres se encuentran y se reconocen ante todo, los frutos de sus vientres, Juan y Cristo.

Comenta así el poeta cristiano Prudencio: “El bebé que está en el vientre anciano saluda, a través de la boca de su madre, al Señor, hijo de la Virgen” (Apotheosis, 590: PL 59, 970). La exultancia de Juan en el vientre de Isabel, es el signo del cumplimiento de la espera: Dios está por visitar a su pueblo.

En la Anunciación, el arcángel Gabriel le habló a María del embarazo de Isabel (cf. Lc. 1,36), como prueba del poder de Dios: la infertilidad, a pesar de su avanzada edad, había sido trasformada en fecundidad. Isabel, acogiendo a María, reconoce que se está cumpliendo la promesa de Dios a la humanidad y exclama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?” (Lc. 1,42-43).

La expresión “bendita tu entre las mujeres” es dicha en el Antiguo Testamento a Yael (Jueces 5,24) y a Judit (Jdt. 13,18), dos mujeres guerreras comprometidas en salvar a Israel. Esta vez, está dirigido a María, jovencita pacífica que está por generar al Salvador del mundo. Así también el salto de alegría de Juan (cf. Lc. 1,44) se refiere a la danza que el rey David hizo cuando acompañó la entrada del Arca de la Alianza en Jerusalén (cf. 1 Cro. 15,29). El arca, que contenía las tablas de la Ley, el maná y la vara de Aarón (cf. Hb. 9,4), era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El niño por nacer, Juan, exulta de alegría ante María, Arca de la Nueva Alianza, que lleva en el vientre a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

La escena de la Visitación también expresa la belleza de la acogida: donde hay acogida recíproca, escucha, un hacer sitio al otro, allí está Dios y la alegría que viene de Él.

Imitemos a María en el tiempo de Navidad, visitando a quienes pasan por dificultades, especialmente a los enfermos, a los encarcelados, a los ancianos y a los niños. También imitemos a Isabel, que recibe a sus huéspedes como si fuera Dios mismo: sin desearlo no conoceremos nunca al Señor; sin esperarlo no lo veremos, sin buscarlo no lo encontraremos.

Con la misma alegría de María, que va rápido donde Isabel (cf. Lc. 1,39), también nosotros vayamos al encuentro del Señor que viene. Oremos para que todos los hombres busquen a Dios, descubriendo que es Dios mismo el primero en visitarnos. A María, Arca de la Nueva y Eterna Alianza, confiamos nuestro corazón, para que lo haga digno de recibir la visita de Dios en el misterio de su Nacimiento.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

IV domingo de Adviento

96. Con el IV domingo de Adviento, la Navidad está ya muy próxima. La atmósfera de la Liturgia, desde los reclamos corales a la conversión, se traslada a los acontecimientos que circundan el Nacimiento de Jesús. Un cambio de dirección evidenciado en el Prefacio II del tiempo de Adviento. «La Virgen concebirá» es el título de la primera lectura del año A. Cierto es que todas las lecturas, de los profetas a los Apóstoles y a los Evangelios, giran en torno al misterio anunciado a María por el arcángel Gabriel. (Lo que se dice aquí a propósito de los Evangelios de los domingos y de los textos del Antiguo Testamento puede ser aplicado también al Leccionario ferial del 17 al 23 de diciembre).

97. En el Evangelio del año B se lee la narración de la Anunciación de Lucas; a la que sigue, en el mismo evangelio, la Visitación, que se lee en el año C. Estos acontecimientos ocupan un lugar destacado en la devoción de muchos católicos. La primera parte de la oración, el Ave María, considerada entre las más hermosas, se compone de las palabras dirigidas a María por el Arcángel Gabriel y por Isabel. La Anunciación es el primer misterio gozoso del Rosario; la Visitación, el segundo. La oración del Ángelus es una meditación ampliada de la Anunciación, recitada por muchos fieles cada día (por la mañana, al mediodía y por la noche). El encuentro entre el arcángel Gabriel y María, sobre la que desciende el Espíritu Santo, está representado en múltiples obras del arte cristiano. En el IV domingo de Adviento, el homileta tendría que trabajar sobre esta sólida base de la devoción cristiana y, así, conducir a los fieles hacia una comprensión más profunda de estos admirables acontecimientos.

98. «El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo». El poder y la fuerza de aquella hora nunca han disminuido. Ahora se siente de nuevo mientras de ella se impregna la asamblea en la que se proclama el Evangelio. Forja la hora peculiar de la celebración comunitaria. Estamos absortos en su Misterio. En cierto modo estamos presentes en la escena. Vemos al ángel que se presenta delante de la Virgen María en Nazaret de Galilea (también la Iglesia está contemplando la escena, siguiendo con estupor el drama de su encuentro, su intercambio de palabras). Mensaje divino, respuesta humana. Pero, mientras observamos, tomamos conciencia de que en esta visión no estamos aceptados sólo como simples espectadores. Cuanto ha sido ofrecido a María (acoger al Hijo de Dios en su seno) nos es ofrecido, en cierto modo, a cada una de las asambleas de fieles y a cada uno de los creyentes en la Liturgia del domingo IV de Adviento. En Navidad, ya dentro de pocos días, se nos va a entregar. Justo como ha dicho Jesús: «El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

99. La primera lectura del Año B, del segundo Libro de Samuel, nos invita a dar un paso atrás respecto a esta escena, incluso manteniendo la mirada fija en ella. La lectura nos ofrece una visión más amplia, la historia de la dinastía de David. La intención es la de ayudarnos a mirar con atención en los siglos que han transcurrido en esta historia hasta que surge, finalmente, el ángel delante de María. Es útil, por tanto, para el homileta ayudar a las personas a observar todo el escenario del acontecimiento. El generoso David está inspirado por un pensamiento noble, es decir, construir una casa para el Señor. ¿Por qué, se pregunta David, ahora que se ha establecido en su casa y ha obtenido una tregua en torno a sus enemigos gracias a la intervención del Señor, por qué Él tendría que continuar viviendo en el arca debajo de una tienda? ¿Por qué no una casa, un templo, para el Señor? Pero el Señor da a David una respuesta del todo inesperada. A la generosa oferta de David, el Señor responde con su generosidad divina superando enteramente lo que David ofrecía o nunca habría podido imaginar. Revocando la oferta de David, el Señor dice: «Tu no construirás una casa para mí», «el Señor te anuncia que te va a edificar una casa» (cf. 2 Sam 7,11), refiriéndose así a la dinastía de David que «dure tanto como el sol, como la luna, de edad en edad» (Sal 72,5).

100. Volviendo a la escena central de esta narración, vemos cómo la promesa hecha a David se ha cumplido de manera definitiva y, una vez más, de manera inesperada. María está «desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David» (Lc 1,27). El Ángel anuncia a María que dará a luz un Hijo, diciendo: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1,32). María misma es, de este modo, la casa que el Señor construye para el auténtico Hijo de David. Incluso, el deseo de David de construir una casa para el Señor se cumple de modo misterioso: con las palabras «hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38), la Hija de Sión, por medio de su consentimiento de fe, en un instante construye un templo digno para el Hijo del Dios Altísimo.

101. El misterio de la Concepción Virginal de María es también el tema del Evangelio del Año A pero, en este caso, la narración se desarrolla desde el punto de vista de José, como nos narra Mateo. La primera lectura es un breve pasaje de Isaías en el que el profeta pronuncia la conocida frase:

«Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». Esta lectura puede ofrecer al homileta la ocasión para explicar cómo la Iglesia ve, justamente, el cumplimiento de los textos del Antiguo Testamento en los acontecimientos de la vida de Jesús. En el pasaje de Mateo, la asamblea escucha los detalles referidos, que circundan el Nacimiento de Jesús, concluyendo con la frase: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta». Un profeta habla en la historia, en circunstancias concretas. En el 734 a.C., el rey Acaz tenía que hacer frente a un enemigo poderoso; el profeta Isaías le exhortó a tener fe en el poder que Dios tenía para liberar Jerusalén, y ofreció al rey un signo enviado por el Señor. Cuando el rey, con hipocresía, lo rechazó, el contrariado Isaías le anunció que le sería dado, de todas formas, un signo, el signo de una Virgen, cuyo Hijo sería llamado Emmanuel. Pero ahora, por medio del Espíritu Santo, que ha hablado por el profeta, cuanto tenía sentido en aquellas precisas circunstancias históricas se amplía para conformarse en una circunstancia histórica mucho mayor: la Venida del Hijo de Dios que se hace carne. Todas las profecías y toda la historia, en definitiva, hablan de esto.

102. El homileta, una vez presentado este argumento, puede considerar la narración bien construida de Mateo. El evangelista se preocupa de mantener en equilibrio dos verdades sobre Jesús: que es el Hijo de David y que es el Hijo de Dios. Ambas son verdades esenciales para comprender quién es Jesús. Tanto María como José interpretan un papel preciso en el cumplimiento de este entrelazarse armónico del misterio.

103. Como hemos visto en la Anunciación en el contexto de la Historia de Israel, también la genealogía que precede a este Evangelio ofrece una clave importante para su interpretación. (La genealogía se lee el 17 de diciembre y en la Misa de la Vigilia de Navidad). El Evangelio de Mateo inicia solemnemente con estas palabras: «Genealogía de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abrahán». Continúa la narración tradicional de todas las generaciones: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, y así en adelante, pasando por David y sus descendientes, hasta José, donde el relato sufre un imprevisto y marcado cambio: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo». Resulta singular y extraordinario cómo el texto no prosigue diciendo: «José engendró a Jesús», sino que especifica cómo José es el esposo de María, de la cual nació Jesús. Es precisamente en este punto sobre el que recae el peso del IV domingo de Adviento, como viene indicado en el primer versículo: «El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera». Es decir, en circunstancias notablemente diferentes a todos los nacimientos precedentes, exigiendo, por tanto, esta narración peculiar.

104. La primera información se refiere al hecho que María, antes de ir a vivir con José, estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Es claro, por tanto, para los que escuchan y leen el pasaje que el niño no es de José sino que es el mismo Hijo de Dios. En la narración, además, esto no está todavía claro para José. El homileta podrá constatar el drama que soporta José. ¿Sospecha la infidelidad de María y por eso decide «repudiarla en secreto»? O quizá ¿tiene alguna intuición de la obra divina, que le lleva a temer de recibir a María como su esposa? Es desconcertante también el silencio de María. Ella, claramente, mantiene el secreto que existe entre ella y Dios, y será Dios quien clarificará la situación. Ninguna palabra humana sería suficiente para explicar un misterio tan grande. Mientras José consideraba estas cosas, un Ángel le revela en sueños que María ha concebido por obra del Espíritu Santo y que no debe temer. La Liturgia del Adviento invita a los fieles a no temer y a acoger, como José, el misterio divino que se está desarrollando en su vida.

105. Un Ángel confirma en sueños a José que María ha concebido por obra del Espíritu Santo. Así, de nuevo, todo se explica: Jesús es el Hijo de Dios. Pero José tendrá que cumplir dos gestos, dos actos que legitimarán el Nacimiento de Jesús a los ojos de la cultura y de la fe judías. El Ángel se dirige a él de modo explícito con estas palabras: «José, Hijo de David», y le ordena llevar a María a su casa, permitiendo que el misterio de ella le trasforme. Después, él tendrá que dar nombre al niño. Estos dos gestos hacen de Jesús «el Hijo de David». La narración de Mateo habría podido continuar con estas palabras: «Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor», mientras que, por el contrario, la narración viene interrumpida por la profecía de Isaías: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta», para citar después el versículo profético que hemos escuchado en la primera lectura. Lo que Isaías dijo a Acaz es poca cosa al respecto. Ahora la palabra «Virgen» se toma al pie de la letra, y Ella concibe por obra del Espíritu Santo. Y qué decir del nombre que tendrán que dar al niño ¿Emmanuel? Mateo, a diferencia de Isaías, explica su significado: «Dios-con-nosotros». También estas palabras, como indican las circunstancias, están tomadas al pie de la letra. José, el Hijo de David, lo llamará Jesús; pero el misterio más profundo de su nombre es «Dios-con-nosotros».

106. En la segunda lectura de este mismo domingo, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, escuchamos un lenguaje teológico más antiguo y primitivo que el de Mateo pero que ya nos revela la importancia del equilibrio armónico en los títulos que expresan el Misterio de Jesús. San Pablo habla del «Evangelio que se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano de la estirpe de David; constituido, Hijo de David, con pleno poder por su Resurrección de la muerte». San Pablo ve ratificado el título de «Hijo de Dios» en la Resurrección de Jesús. San Mateo, como hemos visto con anterioridad, cuando explica el nombre del Emmanuel con el significado de «Dios-con-nosotros», expresa tal comprensión del Señor resucitado, haciendo referencia al principio de su existencia humana.

107. A pesar de ello, es Pablo quien muestra directamente el modo de relacionar lo que escuchamos en estos textos. Después de haber llamado con solemnidad a aquel que es el centro de su Evangelio «Hijo de David e Hijo de Dios», Pablo designa a los gentiles como los que están llamados «por Cristo Jesús». Además, los define como «a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo». El homileta debe mostrar cómo este lenguaje se aplica también a nosotros. Los cristianos escuchan la maravillosa historia del Nacimiento de Jesucristo que cumple de modo admirable lo que había sido prometido por medio de los profetas, pero después escuchan también una palabra sobre ellos: estamos llamados a pertenecer a Jesucristo, estamos llamados por Dios y estamos llamados a ser santos.

108. El Evangelio del Año C se refiere a lo que María realizó inmediatamente después del encuentro con el Ángel que le anuncia la concepción del Hijo de Dios. «En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña», a ver a su pariente Isabel que estaba encinta de Juan Bautista. Y al oír el saludo de María el niño saltó en el seno de Isabel.

Es este el primero de tantos momentos en los que Juan anuncia la presencia de Jesús. Es instructivo reflexionar también sobre cómo María se comporta cuando es consciente de llevar al Hijo de Dios en su seno. Ella «aprisa» va a visitar a Isabel, para poder constatar que «nada es imposible para Dios»; y actuando así, aporta un gran gozo a Isabel y al Hijo que está en su seno.

109. En estos días convulsos de Adviento la Iglesia entera asume la fisonomía de María. El rostro de la Iglesia lleva impresos los signos distintivos de la Virgen. El Espíritu Santo actúa ahora en la Iglesia, como ha actuado siempre. Por tanto, mientras la asamblea en este domingo entra en el misterio eucarístico, el sacerdote reza en la oración sobre las ofrendas: «El mismo espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar». El homileta debe extraer el mismo nexo evidenciado por esta oración: a través de la Eucaristía, por el poder del Espíritu Santo, los fieles llevarán en su propio cuerpo lo que María llevó en sus entrañas. Como Ella, tendrán que hacer «deprisa» el bien al prójimo. Sus buenas acciones, realizadas siguiendo el ejemplo de María, sorprenderán entonces a los otros con la presencia de Cristo, de modo que dentro de ellos se produzca un salto de gozo.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

La “Visitación”

María: “Dichosa la que ha creído”

148. La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que “nada es imposible para Dios” (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Isabel la saludó: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).

La maternidad divina de María

495. Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús” (Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [“Theotokos”] (cf. DS 251).

IV. EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

Juan, Precursor, Profeta y Bautista

717. “Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan (Jn 1, 6). Juan fue “lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La “visitación” de María a Isabel se convirtió así en “visita de Dios a su pueblo” (Lc 1, 68).

2676. Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Ave María:

“Dios te salve, María [Alégrate, María]”. La salutación del Ángel Gabriel abre la oración del Ave María. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3, 17b)

“Llena de gracia, el Señor es contigo”: Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia. “Alégrate... Hija de Jerusalén... el Señor está en medio de ti” (So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3). “Llena de gracia”, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. “Llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): “Bienaventurada la que ha creído...” (Lc 1, 45): María es “bendita entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las “naciones de la tierra” (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

El Hijo se ha encarnado para cumplir la voluntad del Padre

II. LA ENCARNACIÓN

462. La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

III. CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606. El Hijo de Dios “bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado” (Jn 6, 38), “al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús “por los pecados del mundo entero” (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: “El Padre me ama porque doy mi vida” (Jn 10, 17). “El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14, 31).

607. Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: “¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn 12, 27). “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?” (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que “todo esté cumplido” (Jn 19, 30), dice: “Tengo sed” (Jn 19, 28).

Artículo 1. EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

2568. La revelación de la oración en el Antiguo Testamento se inscribe entre la caída y la elevación del hombre, entre la llamada dolorosa de Dios a sus primeros hijos: “¿Dónde estás?... ¿Por qué lo has hecho?” (Gn 3, 9. 13) y la respuesta del Hijo único al entrar en el mundo: “He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7). Así, la oración está ligada con la historia de los hombres, es la relación con Dios en los acontecimientos de la historia.

III. HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

2824. En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hb 10, 7; Sal 40, 7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42; cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Ga 1, 4). “Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10, 10).

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Ha mirado la humillación de su esclava

El último domingo de Adviento es el que nos debe preparar inmediatamente a la Navidad. Ahora las compras ya debieran estar terminadas y estamos quizás un poco más disponibles a pensar también en el sentido religioso de la fiesta.

La liturgia del Adviento nos presenta dos grandes guías para la Navidad: Juan el Bautista y María. En las iglesias ortodoxas los respectivos iconos están colocados uno a la derecha y otro a la izquierda de la puerta, que introduce en la parte más sagrada del templo en donde está situado el altar del sacrificio. Son como los dos «ujieres», que introducen ante la presencia del rey.

Hemos ya recogido el mensaje de Juan el Bautista en uno de los domingos precedentes. Ahora, el precursor nos entrega a la madre para que sea ella la que complete nuestra preparación para la Navidad. Y, en efecto, el Evangelio de hoy es el de la Visitación de María a Isabel, que se concluirá con el Magnificat:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha visto la humillación de su esclava» (Lucas, 1,46-48).

El pasaje evangélico termina aquí, pero el Magnificat prosigue diciendo:

«Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lucas 1, 52-53).

Con estas palabras María nos ayuda a acoger un aspecto importante del misterio natalicio sobre el que yo quisiera insistir: la Navidad como fiesta de los humildes y como rescate de la gente pobre. En el mundo de hoy se van perfilando dos nuevas clases sociales, que ya no son las mismas con las que se razonaba en el pasado, es decir, los patronos y los proletarios. Son, más bien, por una parte, la sociedad cosmopolita, que sabe el inglés, que se mueve a su antojo en los aeropuertos del mundo, que sabe usar el ordenador y «navega» en Internet, para la cual la tierra es ya el «pueblo global»; por otra, la gran masa de quienes apenas han salido del país, en el que han nacido, y tienen un acceso limitado o sólo indirecto a los grandes medios de comunicación social. Son éstos, hoy, respectivamente, los nuevos «potentados» y los nuevos «humildes».

María nos ayuda a poner las cosas en su sitio y a no dejamos engañar. Nos dice que frecuentemente los valores más profundos se escondan entre los humildes; que los acontecimientos que más inciden en la historia (como el nacimiento de Jesús), sucedan en medio de ellos y no sobre los grandes teatros del mundo. Belén era la más «pequeña entre las aldeas de Judá», dice la primera lectura de hoy; y, sin embargo, fue en ella en donde nació el Mesías. Grandes escritores, como Manzoni y Dostoevskij, han inmortalizado en sus obras los valores y las historias de la gente pobre.

Profundicemos este mensaje del Magnificat, que es tan cercano al que Jesús proclamará más tarde con las Bienaventuranzas. «Ha mirado la humillación de su esclava» (Lucas 1,46): ¿qué quería decir con esto la Virgen? Seguramente no que «ha mirado mi virtud de la humildad» (si hubiese intentado decir esto, ¡la Virgen no hubiera sido en verdad humilde!) sino más bien que «Ha mirado mi pobreza, mi contar tan poco». Había tantas jóvenes ricas, bellas, cultas, espléndidamente vestidas en Jerusalén (por no hablar de Roma), hijas de nobles o de sumos sacerdotes, y el Señor se ha dignado volver su mirada sobre una pobre muchacha de ¡la más olvidada aldea de Galilea! Esto quería decir María.

La «elección preferencial» por los pobres es algo que Dios ha hecho mucho antes del concilio Vaticano II. La escritura dice que «el Señor es sublime, se fija en el humilde» (Salmo 138,6) y que «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (1 Pedro 5,5). A través de toda la revelación él se nos presenta como un Dios que se inclina sobre los humildes, los afligidos, los abandonados y sobre aquellos, que no son nada a los ojos del mundo. El apóstol Pablo escribe:

«Ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes» (1 Corintios 1,27).

Todo esto contiene una lección actualísima. En efecto, nuestra tentación es hacer exactamente lo contrario de lo que Dios ha hecho: querer mirar a quien está en lo alto, no a quien está en lo bajo; a quien está bien, no a quien se encuentra en la necesidad. En su comentario al Magnificat, Lutero ha expresado con gran fuerza esta verdad: «Todos los días debemos constatar cómo se esfuerza cada uno en elevarse sobre sí mismo a una posición de honor, de potencia, de riqueza, de dominio, a una vida acomodada ya todo lo que es grande y soberbio. Y cada uno quiere estar con tales personas, corre tras de ellas, les sirve con gusto, cada uno quiere participar en su grandeza. Nadie quiere mirar hacia abajo, en donde está la pobreza, la humillación, la necesidad, la aflicción y angustia; por el contrario, todos quitan la vista de una tal condición. Cada uno huye de las personas probadas así, las evita, las deja solas, nadie piensa en ayudarles, asistirles y hacer que ellas lleguen a ser algo. Deben permanecer en lo bajo y ser despreciadas». De este diagnóstico, una cosa no responde a la verdad: no es verdadero que nadie piense en ayudar a las personas necesitadas. Gracias a Dios, hay muchísimos que, empujados por la palabra del Evangelio o por un sentido de solidaridad humana, se acercan a quien está en situación de necesidad.

Pero, no podemos contentamos con recordar que Dios mira a los humildes, o con mirar nosotros mismos a los humildes. Debemos llegar a ser nosotros mismos los pequeños y los humildes, al menos, de corazón. La basílica de la Natividad de Belén tiene una sola puerta de ingreso y es tan baja que no se pasa por ella si no es encorvándose profundamente. Alguno dice que fue construida así para impedir que los beduinos entrasen dentro a la grupa con sus camellos. Pero, la explicación, que siempre se ha dado (y que contiene, en todo caso, una profunda verdad espiritual), es otra. Aquella puerta debía recordar a los peregrinos que para penetrar en el significado profundo de la Navidad era necesario abajarse y hacerse pequeños.

Si no podemos hacemos pequeños delante de Dios al que no vemos, hagámonos pequeños delante del hermano al que vemos. «Haceos imitadores de Dios» nos exhorta san Pablo (Efesos 5, 1). Imitar lo que Dios ha hecho significa en la Navidad abandonar todo pensamiento de hacerse justicia para sí solos con cada recuerdo de injuria recibido, cancelar del corazón todo resentimiento hacia todos (¡Dios no ha guardado rencor con el hombre!). No admitir voluntariamente ningún pensamiento hostil contra nadie ni contra los vecinos, ni contra los lejanos, ni contra los pequeños, ni contra los grandes, ni contra criatura alguna que exista en el mundo. Si no conseguimos hacer esto a lo largo de todo el año, esforcémonos al menos para poderlo hacer en este tiempo navideño. Si lo hacemos así, veremos que la fiesta será mucho más luminosa. Descenderá asimismo en nuestro corazón la paz anunciada por el ángel a los hombres «de buena voluntad» (cfr. Lucas 2,14).

En los próximos días oiremos cantar muchas veces la antigua melodía: «Tú desciendes de las estrellas, oh rey del cielo». Pero, si Dios ha descendido «de las estrellas», ¿no deberíamos nosotros descender de nuestros pequeños pedestales de superioridad y de dominio, de estar, como se dice, «sobre lo nuestro», para vivir como hermanos reconciliados entre nosotros? Es necesario descender de los «camellos» para entrar en el portal de Belén...

Ante el pesebre nos vuelven a la mente las palabras de Jesús:

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mateo 11,25).

Hablando de pequeños y de humildes, no podemos pasar en silencio la categoría de los pequeños por excelencia, que son los pequeños también físicamente, los niños. A este respecto, no se puede dejar de mencionar un hecho tristísimo: los abusos que se cometen contra ellos. Es una plaga, que se revela cada día más vasta y profunda: la pedofilia, el trabajo infantil, la violencia sobre los menores... ¡Un estrago de inocentes y un estrago de inocencia! El niño es un indefenso; no está en disposición ni siquiera de darse cuenta del mal, que se le está haciendo. Por esto, al niño se le debe, decía el refrán antiguo, «el máximo respeto» (máxima debetur puero reverentia). Jesús ha dicho, a este propósito, una de sus palabras más duras: «Al que escandalice a uno de estos pequeños, que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino, que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar» (cfr. Mateo 18,6).

Si no es posible parar a los autores de estas cosas, gente frecuentemente enferma o sin conciencia, al menos, abramos los ojos nosotros para defender a nuestros niños. Si no nos es posible inclinarnos materialmente ante el Niño Jesús en la gruta, portal o pesebre, como lo hicieron los pastores y los Magos, inclinémonos delante del «niño Jesús» de hoy. Jesús ha dicho: «En verdad os digo que cuanto hicisteis con uno de estos más pequeños, también conmigo lo hicisteis» (cfr. Mateo 25,45).

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