Diumenge III d'Advent (cicle C): aprenguem a alegrar-nos sempre en el Senyor

En aquest tercer diumenge d'Advent la litúrgia ens convida a l'alegria de l'esperit. Ho fa amb la cèlebre antífona que recull una exhortació de l'apòstol sant Pau: “Gaudete in Domino”, “Alegreu-vos sempre en el Senyor (...). El Senyor està a prop” (cf. Flp 4, 4-5).

També la primera lectura bíblica de la missa és una invitació a l'alegria. El profeta Sofoníes, al final del segle VII abans de Crist, es dirigeix a la ciutat de Jerusalem i a la seva població amb aquestes paraules: “Alegrat, filla de Sió; crida de goig, Israel; alegra't i gaudeix-te de tot cor, filla de Jerusalem. (...) El Senyor el teu Déu està enmig de tu com a poderós salvador” (So 3, 14. 17). A Déu mateix ho representa el profeta amb sentiments anàlegs: “Ell es gaudeix i es complau en tu, et renovarà amb el seu amor, exultarà sobre tu amb goig, com en els dies de festa” (So 3, 17-18). Aquesta promesa es va realitzar plenament en el misteri del Nadal, que celebrarem dins d'una setmana i que és necessari renovar en el “avui” de la nostra vida i de la història.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Flp 4, 4. 5

Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que contemplas a tu pueblo esperando fervorosamente la fiesta del nacimiento de tu Hijo, concédenos poder alcanzar la dicha que nos trae la salvación y celebrarla siempre, con la solemnidad de nuestras ofrendas y con vivísima alegría. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

El Señor se alegrará en ti.

Del libro profeta Sofonías: 3, 14-18

Canta, hija de Sión, da gritos de júbilo, Israel, gózate y regocíjate de todo corazón, Jerusalén.

El Señor ha levantado su sentencia contra ti, ha expulsado a todos tus enemigos. El Señor será el rey de Israel en medio de ti y ya no temerás ningún mal.

Aquel día dirán a Jerusalén: “No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti. Él se goza y se complace en ti; él te ama y se llenará de júbilo por tu causa, como en los días de fiesta”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Isaías 12, 2-3. 4bcd. 5-6

R/. El Señor es mi Dios y salvador.

El Señor es mi Dios y salvador, con él estoy seguro y nada temo. El Señor es mi protección y mi fuerza y ha sido mi salvación. Sacarán agua con gozo de la fuente de salvación. R/.

Den gracias al Señor, invoquen su nombre, cuenten a los pueblos sus hazañas, proclamen que su nombre es sublime. R/.

Alaben al Señor por sus proezas, anúncienlas a toda la tierra. Griten jubilosos, habitantes de Sión, porque el Dios de Israel ha sido grande con ustedes. R/.

SEGUNDA LECTURA

El Señor está cerca.

De la carta del apóstol san Pablo a los filipenses: 4, 4-7

Hermanos míos: Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! Que la benevolencia de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca. No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud. Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Is 61, 1 (cit. en Lc 4, 18)

R/. Aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres. R/.

EVANGELIO

¿Qué debemos hacer?

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?”. Él contestó: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.

 También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?”. Él les decía: “No cobren más de lo establecido”. Unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?”. Él les dijo: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”.

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más. Poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Que este sacrificio, Señor, que te ofrecemos con devoción, nunca deje de realizarse, para que cumpla el designio que encierra tan santo misterio y obre eficazmente en nosotros tu salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Is 35, 4

Digan a los cobardes: “¡Animo, no teman!; miren a su Dios: viene en persona a salvarlos”.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Imploramos, Señor, tu misericordia, para que estos divinos auxilios nos preparen, purificados de nuestros pecados, para celebrar las fiestas venideras. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Canta de gozo, hija de Sión (So 3,14-18a)

1ª lectura

Ahora la promesa de salvación se transforma en un canto de júbilo. El Señor, Salvador, viviendo en medio de su pueblo (v. 17), hace que todo sea alegría (v. 14) y no haya lugar para el temor (v. 16).

El lector cristiano, al leer estos versículos no puede dejar de pensar en la escena de la anunciación a Santa María. También a María, la Virgen humilde (Lc 1,48), se le invita a alegrarse (Lc 1,28) y a no tener miedo (Lc 1,30), porque el Señor está con Ella (Lc 1,28). Y es que, realmente, con la Encarnación del Verbo, el Señor pasó a habitar en medio de su pueblo, y la salvación prometida se vio realizada.

Alegraos, el Señor está cerca (Flp 4,4-7)

2ª lectura

Son admirables estas palabras de San Pablo, si se tiene en cuenta que cuando escribe la epístola está encadenado y en la cárcel. Para la verdadera alegría no es obstáculo que las circunstancias en que se desarrolla la existencia de una persona sean difíciles o dolorosas. «Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios —dice San Cipriano—: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor» (De mortalitate 13).

«El Señor está cerca» (v. 5). El Apóstol recuerda la proximidad del Señor para fomentar la alegría y animar a la mutua comprensión. Estas palabras les traerían sin duda el recuerdo de la exclamación Marana tha («Señor, ven») que repetían con frecuencia en las celebraciones litúrgicas (cfr 1 Co 16,21-24). Frente al ambiente adverso que pudieran encontrar, los primeros cristianos ponían su esperanza en la venida del Salvador, Jesucristo. Nosotros, como ellos, tenemos la certeza de que, mientras aguardamos su venida gloriosa, el Señor también está siempre cerca con su providencia. No hay, por tanto, motivos de inquietud. Sólo espera que le hablemos de nuestra situación con confianza, en oración, con la sencillez de un hijo. La oración se convierte así en un medio eficaz para no perder la paz, pues, como enseña San Bernardo, «regula los afectos, dirige los actos, corrige las faltas, compone las costumbres, hermosea y ordena la vida; confiere, en fin, tanto la ciencia de las cosas divinas como de las humanas (...). Ella ordena lo que debe hacerse y reflexiona sobre lo hecho, de suerte que nada se encuentre en el corazón desarreglado o falto de corrección» (De consideratione 1,7).

Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego (Lc 3,10-18)

Evangelio

Ante la venida inminente del Señor, los hombres deben disponerse interiormente, hacer penitencia de sus pecados, rectificar su vida para recibir la gracia que trae el Mesías. Porque la salvación no viene por el linaje, por ser hijos de Abrahán (v. 8), sino por la conversión que se manifiesta en obras concretas, particulares para cada uno (vv. 10-14). San Lucas (cfr v. 18) nos dice que sólo ha recogido algunas de las exhortaciones con las que evangelizaba el Bautista. De todas formas, el resumen que presenta es muy semejante al de otros documentos de la época. Flavio Josefo recuerda que Juan «era un hombre bueno y pedía a los judíos el ejercicio de la virtud, a la vez que la justicia de los unos con los otros y la piedad con Dios, y de esta forma presentarse al Bautismo» (Antiquitates iudaicae 18,5,2).

La enseñanza del Bautista versa también sobre el Mesías (vv. 15-17). Juan recuerda que él no es el Mesías, pero que éste está al llegar y que vendrá con el poder de juez supremo, propio de Dios, y con una dignidad que no tiene parangón humano: «Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por Mesías y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio. (...) Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar» (S. Agustín, Sermones 293,3).

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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

El mensaje de San Juan Bautista

77. El santo Bautista da aún la respuesta que conviene a cada profesión humana, la única para todos: a los publicanos, por ejemplo, que no exijan más que la tasa; a los soldados, de no hacer agravios, de no buscar botines, recordándoles que la paga del ejército ha sido instituida para que no busquen el sustento necesario en el saqueo y en la injusticia. Mas estos preceptos y los otros son propios de cada función; la misericordia es común a todos, luego también el precepto de hacerla: ella es necesaria a toda misión y a toda edad, y todos deben ejercerla. No están excluidos de este deber el publicano ni el soldado, ni el agricultor ni el ciudadano, ni el rico ni el pobre: todos han sido amonestados de dar al que no tiene... Pues la misericordia es la plenitud de las virtudes; así a todos ha sido propuesta como norma de virtud perfecta: no ser avaro de sus vestidos ni de sus alimentos. Sin embargo, la misericordia misma guarda una medida según las posibilidades de la condición humana, de tal modo que cada uno no se desprenda enteramente de todo, sino que lo que tiene lo divida con el pobre.

78. Estando el pueblo en expectación y discurriendo todos en sus corazones acerca de Juan, si por ventura no sería él el Mesías, respondió a todos Juan diciendo: Yo os bautizo en agua y en penitencia. Juan veía, pues, el secreto de los corazones; pero veamos de quién procede esta gracia. ¿Cómo se descubre a los profetas el secreto de los corazones? Nos lo ha mostrado San Pablo en estos términos: Los secretos de su corazón se hacen patentes, y así, cayendo sobre su rostro, adorará a Dios, proclamando que verdaderamente está Dios entre vosotros (1 Co 14, 25). Es, pues, el don de Dios el que revela, no el poder del hombre, que está ayudado por una gracia divina más que por la facultad natural.

¿Para qué aprovecha este pensamiento de los judíos sino para probar que, según las Escrituras, el Mesías ha venido? Había uno que era esperado, y ciertamente el que era esperado vino, no el que no era esperado. ¿Hay locura más grande que reconocer a uno en otro y no creer al que es en sí?. Pensaban que vendría de una mujer y no creen en el que ha venido de una virgen. ¿Y había un nacimiento, según la carne, más digno de Dios que el suyo el Hijo inmaculado de Dios guardando, aun al tomar cuerpo, la pureza de un nacimiento inmaculado? Y ciertamente el signo del advenimiento divino había sido constituido en el parto de una virgen, no de una mujer (Is 7, 14).

79. Yo os bautizo en agua. Se apresura a demostrar (el Bautista) que él no es el Mesías, puesto que realiza un ministerio visible. Pues el hombre, subsistiendo en dos naturalezas, esto es, el alma y el cuerpo, la parte visible está consagrada por elementos visibles, la invisible por un misterio invisible: el agua limpia el cuerpo, el Espíritu purifica las faltas del alma. Nosotros realizamos uno e invocamos el otro, aunque, sobre la misma fuente, la divinidad ha soplado su santificación; pues el agua no es toda la ablución, más estas cosas no se pueden separar; por esto uno fue el bautismo de penitencia y otro el bautismo de gracia, éste lleva consigo los dos elementos, aquél sólo uno... Pues perteneciendo las faltas en común al cuerpo y al alma, la purificación habla de ser también común. San Juan ha respondido, pues, rectamente: mostrando que él había comprendido lo que pensaban en su corazón, y, como si no lo hubiera comprendido, esquivando toda envidia de grandeza, ha mostrado, no por su palabra sino por sus obras, que él no era el Mesías. La obra del hombre es hacer penitencia por sus faltas, la misión de Dios dar la gracia del misterio.

80. Mas he aquí que viene uno más fuerte que yo. No ha formulado esta comparación para decir que el Mesías es más fuerte que él —pues entre el Hijo de Dios y un hombre no puede haber término de comparación—, sino porque hay muchos fuertes... El diablo es también fuerte, pues nadie puede, entrando en la casa del fuerte, saquear su ajuar si primero no atare al fuerte (Mc 3, 27). Hay, pues, muchos fuertes, pero el más fuerte es sólo Cristo. Para guardarse de compararse a él ha añadido: No soy digno de llevar su calzado (Mt 3, 11), mostrando que la gracia de predicar el Evangelio ha sido dada a los apóstoles, que están calzados para el Evangelio (E 6, 15).

81. Parece, sin embargo, que habla así porque Juan personifica a veces al pueblo judío. A este se refiere cuando dice: Conviene que El crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30): es menester, en efecto, que el pueblo de los judíos disminuya y que crezca en Cristo el pueblo cristiano. Por lo demás, Moisés también personificó al pueblo; pero él no llevaba el calzado del Señor, sino de sus pies. Aquéllos están calzados con un calzado tal vez no de sus pies; más a éste se le manda que deje su calzado (Ex 3, 5), a fin de que los pasos de su corazón y de su alma, libres de las trabas y de los lazos del cuerpo, marchen por el camino del espíritu. En cuanto a los apóstoles, ellos se han despojado del calzado del cuerpo cuando fueron enviados sin calzado, sin bastón, sin alforjas y sin cinto (Mt 10, 9ss), mas ellos no llevaron inmediatamente el calzado del Señor. Tal vez, después de la resurrección, comenzaron ellos a llevarlo; pues antes habían sido advertidos de no decir a nadie las acciones del Maestro (Lc 8, 56), y más tarde se les dice: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio (Mc 16, 15), a fin de que avanzando los pasos de la predicación evangélica, ellos llevasen por todo el mundo la serie de los hechos del Señor. Luego el calzado nupcial es la predicación del Evangelio. Pero de esto hablaremos en otro lugar más oportunamente.

82. Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. En su mano tiene su bieldo para limpiar su era y allegar el trigo en sus graneros; más la paja la quemará con fuego inextinguible.

Tiene en su mano el bieldo. Este emblema del bieldo significa que el Señor tiene el derecho de discriminar los méritos, pues cuando los granos de trigo son aventados en el aire, el que está lleno es separado del vacío, el fructuoso del seco, por una suerte de control que hace el soplo del aire. Esta comparación muestra que el Señor, el día del juicio, hará la separación entre los méritos y los frutos de la sólida virtud y la ligereza estéril de la vana jactancia y de las acciones vacías, para colocar a los hombres de un mérito perfecto en la mansión de los cielos. Pues para estar el fruto en su punto es menester tener el mérito de ser conforme a Aquel que, cual grano de trigo, ha sido enterrado para llevar en nosotros frutos abundantes, el cual desprecia la paja y no estima las obras estériles. Y, por lo mismo, ante El arderá el fuego (Sal 96, 3) de una naturaleza no dañosa, puesto que consumirá los malos productos de la iniquidad y hará resplandecer el brillo de la bondad.

Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.2, 77-82, BAC Madrid 1966, pág. 131-35.

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FRANCISCO – Ángelus 2015 - Homilía en Santa Marta, 7 de febrero de 2014

Ángelus 2015

Es necesario tomar el camino de la justicia, la solidaridad, la sobriedad

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy hay una pregunta que se repite tres veces: «¿Qué cosa tenemos que hacer?» (Lc 3, 10.12.14). Se la dirigen a Juan el Bautista tres categorías de personas: primero, la multitud en general; segundo, los publicanos, es decir los cobradores de impuestos; y tercero, algunos soldados. Cada uno de estos grupos pregunta al profeta qué debe hacer para realizar la conversión que él está predicando. A la pregunta de la multitud Juan responde que compartan los bienes de primera necesidad. Al primer grupo, a la multitud, le dice que compartan los bienes de primera necesidad, y dice así: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo» (v. 11). Después, al segundo grupo, al de los cobradores de los impuestos les dice que no exijan nada más que la suma debida (cf. v. 13). ¿Qué quiere decir esto? No pedir sobornos. Es claro el Bautista. Y al tercer grupo, a los soldados les pide no extorsionar a nadie y de contentarse con su salario (cf. v. 14). Son las respuestas a las tres preguntas de estos grupos. Tres respuestas para un idéntico camino de conversión que se manifiesta en compromisos concretos de justicia y de solidaridad. Es el camino que Jesús indica en toda su predicación: el camino del amor real en favor del prójimo.

De estas advertencias de Juan el Bautista entendemos cuáles eran las tendencias generales de quien en esa época tenía el poder, bajo las formas más diversas. Las cosas no han cambiado tanto. No obstante, ninguna categoría de personas está excluida de recorrer el camino de la conversión para obtener la salvación, ni tan siquiera los publicanos considerados pecadores por definición: tampoco ellos están excluidos de la salvación. Dios no excluye a nadie de la posibilidad de salvarse. Él está —se puede decir— ansioso por usar misericordia, usarla hacia todos, acoger a cada uno en el tierno abrazo de la reconciliación y el perdón.

Esta pregunta —¿qué tenemos que hacer?— la sentimos también nuestra. La liturgia de hoy nos repite, con las palabras de Juan, que es preciso convertirse, es necesario cambiar dirección de marcha y tomar el camino de la justicia, la solidaridad, la sobriedad: son los valores imprescindibles de una existencia plenamente humana y auténticamente cristiana. ¡Convertíos! Es la síntesis del mensaje del Bautista. Y la liturgia de este tercer domingo de Adviento nos ayuda a descubrir nuevamente una dimensión particular de la conversión: la alegría. Quien se convierte y se acerca al Señor experimenta la alegría. El profeta Sofonías nos dice hoy: «Alégrate hija de Sión», dirigido a Jerusalén (Sof 3, 14); y el apóstol Pablo exhorta así a los cristianos filipenses: «Alegraos siempre en el Señor» (Fil 4, 4). Hoy se necesita valentía para hablar de alegría, ¡se necesita sobre todo fe! El mundo se ve acosado por muchos problemas, el futuro gravado por incógnitas y temores. Y sin embargo el cristiano es una persona alegre, y su alegría no es algo superficial y efímero, sino profunda y estable, porque es un don del Señor que llena la vida. Nuestra alegría deriva de la certeza que «el Señor está cerca» (Fil 4, 5). Está cerca con su ternura, su misericordia, su perdón y su amor. Que la Virgen María nos ayude a fortalecer nuestra fe, para que sepamos acoger al Dios de la alegría, al Dios de la misericordia, que siempre quiere habitar entre sus hijos. Y que nuestra Madre nos enseñe a compartir las lágrimas con quien llora, para poder compartir también la sonrisa.

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Homilía del 7.II.14

“Ya viene otro más poderoso que yo

A Jesús se le debe anunciar y testimoniar con fuerza y claridad, sin medias tintas, volviendo siempre a la fuente del “primer encuentro” con Él y sabiendo vivir también la experiencia de la “oscuridad del alma”. La “imagen del discípulo” trazada por el Papa Francisco corresponde a los elementos esenciales de Juan el Bautista. Y precisamente en la figura del precursor el Pontífice centró la meditación en la misa celebrada el viernes 7 de febrero en la capilla de la Casa Santa Marta.

Partiendo del relato de su predicación y su muerte, narrado por el Evangelio de Marcos (Mc 6, 14-29), el Papa dijo que Juan era “un hombre que tuvo un breve tiempo de vida, un breve tiempo para anunciar la Palabra de Dios”. Él era “el hombre que Dios envió a preparar el camino a su Hijo”.

Pero “Juan acabó mal”, decapitado por orden de Herodes. Se convirtió en “el precio de un espectáculo para la corte en un banquete”. Y, comentó el Papa, “cuando existe la corte es posible hacer de todo: la corrupción, los vicios, los crímenes. Las cortes favorecen estas cosas”.

El Pontífice trazó el perfil de Juan el Bautista indicando tres características fundamentales. “¿Qué hizo Juan? Ante todo –explicó– anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor; que estaba cerca el reino de Dios”. Un anuncio que él “había realizado con fuerza: bautizaba y exhortaba a todos a convertirse”. Juan “era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó” a los demás. Y, en efecto, cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquél!”.

La segunda característica de su testimonio, explicó el Papa, “es que no se adueñó de su autoridad moral” aunque se le había ofrecido “en una bandeja la posibilidad de decir: yo soy el mesías”. Juan, en efecto, “tenía mucha autoridad moral, mucha. Toda la gente iba a él. El Evangelio dice que los escribas” se acercaban para preguntarle; “¿Qué debemos hacer?”. Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. “¡Convertíos!” era la respuesta de Juan, y “no estaféis”

También “los fariseos y los doctores” miran la “fuerza” de Juan, reconociendo en él a “un hombre recto. Por ello fueron a preguntarle: ¿pero eres tú el mesías?”. Para Juan fue “el momento de la tentación y de la vanidad”. Hubiese podido responder: “No puedo hablar de esto...”, terminando por “dejar la pregunta en el aire. O podía decir: no lo sé... con falsa humildad”. En cambio, Juan “fue claro” y afirmó: “No, yo no soy. Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no soy digno de agacharme para desatarle la correa de sus sandalias”.

Así no cayó en la tentación de robar “el título, no se adueñó del oficio”. Dijo claramente: “Yo soy una voz, sólo eso. La palabra viene después. Yo soy una voz”. Y “ésta –resumió el Papa– es la segunda cosa que hizo Juan: no robar la dignidad”. Fue un “hombre de verdad”.

“La tercera cosa que hizo Juan –continuó el Pontífice– fue imitar a Cristo, imitar a Jesús. En tal medida que, en aquellos tiempos, los fariseos y los doctores creían que él era el mesías”. Incluso “Herodes, que lo había asesinado, creía que Jesús fuese Juan”. Precisamente esto muestra hasta qué punto el Bautista “siguió el camino de Jesús, sobre todo en el camino del abajamiento”.

En efecto “Juan se humilló, se abajó hasta el final, hasta la muerte”. Y fue al encuentro del “mismo estilo vergonzoso de muerte” del Señor: “Jesús como un malhechor, como un ladrón, como un criminal, en la cruz”, y Juan víctima de “un hombre débil y lujurioso” que se dejó llevar “por el odio de una adúltera, por el capricho de una bailarina”. Son dos “muertes humillantes”.

Como Jesús, dijo de nuevo el Papa, “también Juan tuvo su huerto de los olivos, su angustia en la cárcel cuando creía haberse equivocado”. Por ello “manda a sus discípulos a preguntar a Jesús: dime, ¿eres tú o me equivoqué y existe otro?”. Es la experiencia de la “oscuridad del alma”, de la “oscuridad que purifica”. Y “Jesús respondió a Juan como el Padre respondió a Jesús: consolándole”.

Precisamente hablando de la “oscuridad del hombre de Dios, de la mujer de Dios”, el Papa Francisco recordó el testimonio “de la beata Teresa de Calcuta. La mujer a la que todo el mundo alababa, el premio Nobel. Pero ella sabía que en un momento de su vida, largo, existió sólo la oscuridad dentro”. También “Juan pasó por esta oscuridad”, pero fue “anunciador de Jesucristo; no se adueñó de la profecía”, convirtiéndose en “imitador de Jesucristo”.

En Juan está, por lo tanto, “la imagen” y “la vocación de un discípulo”. La “fuente de esta actitud de discípulo” ya se reconoce en el episodio evangélico de la visita de María a Isabel, cuando “Juan saltó de alegría en el seno” de su madre. Jesús y Juan, en efecto, “eran primos” y “tal vez se encontraron después”. Pero ese primer “encuentro llenó de alegría, de mucha alegría el corazón de Juan. Y lo transformó en discípulo”, en el “hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo”.

En conclusión, el Papa Francisco sugirió un examen de conciencia “acerca de nuestro discipulado” a través de algunas preguntas: “¿Anunciamos a Jesucristo? ¿Progresamos o no progresamos en nuestra condición de cristianos como si fuese un privilegio?”. Al respecto es importante mirar el ejemplo de Juan que “no se adueñó de la profecía”.

Y luego un interrogante: “¿Vamos por el camino de Jesucristo, el camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento para el servicio?”.

Según el Pontífice, si nos damos cuenta de no estar “firmes en esto”, es bueno “preguntarnos: ¿cuándo tuvo lugar mi encuentro con Jesucristo, ese encuentro que me llenó de alegría?”. Es un modo para volver espiritualmente a ese primer encuentro con el Señor, “volver a la primera Galilea del encuentro: todos nosotros hemos tenido una”. El secreto, dijo el Papa, es precisamente “volver allí: reencontrarnos con el Señor y seguir adelante por esta senda tan hermosa, en la que Él debe crecer y nosotros disminuir”.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2006, 2009 y 2012

2006

La alegría es un anuncio destinado también a los que sufren de cuerpo y espíritu

Queridos hermanos y hermanas: 

En este tercer domingo de Adviento la liturgia nos invita a la alegría del espíritu. Lo hace con la célebre antífona que recoge una exhortación del apóstol san Pablo: “Gaudete in Domino”, “Alegraos siempre en el Señor (...). El Señor está cerca” (cf. Flp 4, 4-5). También la primera lectura bíblica de la misa es una invitación a la alegría. El profeta Sofonías, al final del siglo VII antes de Cristo, se dirige a la ciudad de Jerusalén y a su población con estas palabras: “Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, hija de Jerusalén. (...) El Señor tu Dios está en medio de ti como poderoso salvador” (So 3, 14. 17). A Dios mismo lo representa el profeta con sentimientos análogos: “Él se goza y se complace en ti, te renovará con su amor, exultará sobre ti con júbilo, como en los días de fiesta” (So 3, 17-18). Esta promesa se realizó plenamente en el misterio de la Navidad, que celebraremos dentro de una semana y que es necesario renovar en el “hoy” de nuestra vida y de la historia.

La alegría que la liturgia suscita en el corazón de los cristianos no está reservada sólo a nosotros: es un anuncio profético destinado a toda la humanidad y de modo particular a los más pobres, en este caso a los más pobres en alegría. Pensemos en nuestros hermanos y hermanas que, especialmente en Oriente Próximo, en algunas zonas de África y en otras partes del mundo viven el drama de la guerra: ¿qué alegría pueden vivir? ¿Cómo será su Navidad?

Pensemos en los numerosos enfermos y en las personas solas que, además de experimentar sufrimientos físicos, sufren también en el espíritu, porque a menudo se sienten abandonados: ¿cómo compartir con ellos la alegría sin faltarles al respeto en su sufrimiento? Pero pensemos también en quienes han perdido el sentido de la verdadera alegría, especialmente si son jóvenes, y la buscan en vano donde es imposible encontrarla: en la carrera exasperada hacia la autoafirmación y el éxito, en las falsas diversiones, en el consumismo, en los momentos de embriaguez, en los paraísos artificiales de la droga y de cualquier otra forma de alienación.

No podemos menos de confrontar la liturgia de hoy y su “Alegraos” con estas realidades dramáticas. Como en tiempos del profeta Sofonías, la palabra del Señor se dirige de modo privilegiado precisamente a quienes soportan pruebas, a los “heridos de la vida y huérfanos de alegría”. La invitación a la alegría no es un mensaje alienante, ni un estéril paliativo, sino más bien una profecía de salvación, una llamada a un rescate que parte de la renovación interior. 

Para transformar el mundo Dios eligió a una humilde joven de una aldea de Galilea, María de Nazaret, y le dirigió este saludo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. En esas palabras está el secreto de la auténtica Navidad. Dios las repite a la Iglesia, a cada uno de nosotros: “Alegraos, el Señor está cerca”.

Con la ayuda de María, entreguémonos nosotros mismos, con humildad y valentía, para que el mundo acoja a Cristo, que es el manantial de la verdadera alegría.

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2009

En el Belén [Nacimiento] está el secreto de la verdadera alegría

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos ya en el tercer domingo de Adviento. Hoy en la liturgia resuena la invitación del apóstol san Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. (...) El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). La madre Iglesia, mientras nos acompaña hacia la santa Navidad, nos ayuda a redescubrir el sentido y el gusto de la alegría cristiana, tan distinta de la del mundo. En este domingo, según una bella tradición, los niños de Roma vienen a que el Papa bendiga las estatuillas del Niño Jesús, que pondrán en sus belenes. Y, de hecho, veo aquí en la plaza de San Pedro a numerosos niños y muchachos, junto a sus padres, profesores y catequistas. Queridos hermanos, os saludo a todos con gran afecto y os doy las gracias por haber venido. Me alegra saber que en vuestras familias se conserva la costumbre de montar el belén. Pero no basta repetir un gesto tradicional, aunque sea importante. Hay que tratar de vivir en la realidad de cada día lo que el belén representa, es decir, el amor de Cristo, su humildad, su pobreza. Es lo que hizo san Francisco en Greccio: representó en vivo la escena de la Natividad, para poderla contemplar y adorar, pero sobre todo para saber poner mejor en práctica el mensaje del Hijo de Dios, que por amor a nosotros se despojó de todo y se hizo niño pequeño.

La bendición de los “Bambinelli” –como se dice en Roma– nos recuerda que el belén es una escuela de vida, donde podemos aprender el secreto de la verdadera alegría, que no consiste en tener muchas cosas, sino en sentirse amados por el Señor, en hacerse don para los demás y en quererse unos a otros. Contemplemos el belén: la Virgen y san José no parecen una familia muy afortunada; han tenido su primer hijo en medio de grandes dificultades; sin embargo, están llenos de profunda alegría, porque se aman, se ayudan y sobre todo están seguros de que en su historia está la obra Dios, que se ha hecho presente en el niño Jesús. ¿Y los pastores? ¿Qué motivo tienen para alegrarse? Ciertamente el recién nacido no cambiará su condición de pobreza y de marginación. Pero la fe les ayuda a reconocer en el “niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, el “signo” del cumplimiento de las promesas de Dios para todos los hombres “a quienes él ama” (Lc 2, 12.14), ¡también para ellos!

En eso, queridos amigos, consiste la verdadera alegría: es sentir que un gran misterio, el misterio del amor de Dios, visita y colma nuestra existencia personal y comunitaria. Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María. Por eso el Niño, que ponemos en el portal o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo. Oremos para que toda persona, como la Virgen María, acoja como centro de su vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría.

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2012

Los diálogos del Bautista con la gente que acude a él

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo de Adviento muestra nuevamente la figura de Juan Bautista, y lo presentan mientras habla a la gente que acude a él, al río Jordán, para hacerse bautizar. Dado que Juan, con palabras penetrantes, exhorta a todos a prepararse a la venida del Mesías, algunos le preguntan: «¿Qué tenemos que hacer?» (Lc 3, 10.12.14). Estos diálogos son muy interesantes y se revelan de gran actualidad.

La primera respuesta se dirige a la multitud en general. El Bautista dice: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo» (v. 11). Aquí podemos ver un criterio de justicia, animado por la caridad. La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario; la caridad impulsa a estar atento al prójimo y salir al encuentro de su necesidad, en lugar de hallar justificaciones para defender los propios intereses. Justicia y caridad no se oponen, sino que ambas son necesarias y se completan recíprocamente. «El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa», porque «siempre se darán situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (Enc. Deus caritas est, 28).

Vemos luego la segunda respuesta, que se dirige a algunos «publicanos», o sea, recaudadores de impuestos para los romanos. Ya por esto los publicanos eran despreciados, también porque a menudo se aprovechaban de su posición para robar. A ellos el Bautista no dice que cambien de oficio, sino que no exijan más de lo establecido (cf. v. 13). El profeta, en nombre de Dios, no pide gestos excepcionales, sino ante todo el cumplimiento honesto del propio deber. El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: «No robar» (cf. Ex 20, 15).

La tercera respuesta se refiere a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder, por lo tanto tentada de abusar de él. A los soldados Juan dice: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga» (v. 14). También aquí la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás: una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.

Considerando en su conjunto estos diálogos, impresiona la gran concreción de las palabras de Juan: puesto que Dios nos juzgará según nuestras obras, es ahí, justamente en el comportamiento, donde hay que demostrar que se sigue su voluntad. Y precisamente por esto las indicaciones del Bautista son siempre actuales: también en nuestro mundo tan complejo las cosas irían mucho mejor si cada uno observara estas reglas de conducta. Roguemos pues al Señor, por intercesión de María Santísima, para que nos ayude a prepararnos a la Navidad llevando buenos frutos de conversión (cf. Lc 3, 8).

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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

II y III domingo de Adviento

87. En los tres ciclos, los textos evangélicos del II y III domingo de Adviento, están dominados por la figura de san Juan Bautista. No sólo, el Bautista es, también con frecuencia, el protagonista de los pasajes evangélicos del Leccionario ferial en las semanas que siguen a estos domingos. Además, todos los pasajes evangélicos de los días 19, 21, 23 y 24 de diciembre atienden a los acontecimientos que circundan el nacimiento de Juan. Por último, la celebración del Bautismo de Jesús por mano de Juan cierra todo el ciclo de la Navidad. Todo lo que aquí se dice tiene como finalidad ayudar al homileta en todas las ocasiones en las que el texto bíblico evidencia la figura de Juan Bautista.

88. Orígenes, teólogo maestro del siglo III, ha constatado un esquema que expresa un gran misterio: independientemente del tiempo de su Venida, Jesús ha sido precedido, en aquella Venida, por Juan Bautista (Homilía sobre Lucas, IV, 6). De suyo, ha sucedido que desde el seno materno, Juan saltó para anunciar la presencia del Señor. En el desierto, junto al Jordán, la predicación de Juan anunció a Aquél que tenía que venir después de él. Cuando lo bautizó en el Jordán, los cielos se abrieron, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma visible y una voz desde el cielo lo proclamaba el Hijo amado del Padre. La muerte de Juan fue interpretada por Jesús como la señal para dirigirse resolutivamente hacia Jerusalén, donde sabía que le esperaba la muerte. Juan es el último y el más grande de todos los profetas; tras él, llega y actúa para nuestra salvación Aquél que fue preanunciado por todos los profetas.

89. El Verbo divino, que en un tiempo se hizo carne en Palestina, llega a todas las generaciones de creyentes cristianos. Juan precedió la venida de Jesús en la historia y también precede su venida entre nosotros. En la comunión de los santos, Juan está presente en nuestras asambleas de estos días, nos anuncia al que está por venir y nos exhorta al arrepentimiento. Por esto, todos los días en Laudes, la Iglesia recita el Cántico que Zacarías, el padre de Juan, entonó en su nacimiento: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados» (Lc 1,76-77).

90. El homileta debería asegurarse que el pueblo cristiano, como componente de la preparación a la doble venida del Señor, escuche las invitaciones constantes de Juan al arrepentimiento, manifestadas de modo particular en los Evangelios del II y III domingo de Adviento. Pero no oímos la voz de Juan sólo en los pasajes del Evangelio; las voces de todos los profetas de Israel se concentran en la suya. «Él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo» (Mt 11,14). Se podría también decir, al respecto de todas las primeras lecturas en los ciclos de estos domingos, que él es Isaías, Baruc y Sofonías. Todos los oráculos proféticos proclamados en la asamblea litúrgica de este tiempo son para la Iglesia un eco de la voz de Juan que prepara, aquí y ahora, el camino al Señor. Estamos preparados para la Venida del Hijo del Hombre en la gloria y majestad del último día.

Estamos preparados para la Fiesta de la Navidad de este año.

94. El Leccionario del tiempo de Adviento es, de hecho, un conjunto de textos del Antiguo Testamento que convencen y que, de modo misterioso, encuentran su cumplimiento en la Venida del Hijo de Dios en la carne. Como siempre, el homileta puede recurrir a la poesía de los profetas para describir a los cristianos aquellos misterios en los que ellos mismos son introducidos a través de las Celebraciones Litúrgicas. Cristo viene continuamente y las dimensiones de su venida son múltiples. Ha venido. Volverá de nuevo en gloria. Viene en Navidad. Viene ya ahora, en cada Eucaristía celebrada a lo largo del Adviento. A todas estas dimensiones se les puede aplicar la fuerza poética de los profetas: «Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará» (Is 35,4; III domingo A). «No temas Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva» (Sof 3,16-17; III domingo C). «Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen» (Is 40,1-2; II domingo B).

95. No sorprende, entonces, que el espíritu de espera ansiosa crezca durante las semanas de Adviento; que en el III domingo, los celebrantes se endosan vestiduras de un gozoso rosa claro, y que este domingo toma el nombre de los primeros versos de la antífona de entrada que, desde hace siglos, se canta en este día, con las palabras extraídas de la carta de san Pablo a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca».

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

El gozo

30. “Se alegre el corazón de los que buscan a Dios” (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín, conf. 1,1,1).

La fe, comienzo de la vida eterna

163. La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (1 Cor 13,12), “tal cual es” (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:

Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día (S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).

Dios mantiene y conduce la creación

301. Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza:

Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida (Sb 11, 24 26).

736. Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Ga 5, 22-23). “El Espíritu es nuestra Vida”: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más “obramos también según el Espíritu” (Ga 5, 25):

Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).

1829. La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep. Jo. 10,4).

1832. Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Gál 5,22-23, vulg.).

2015. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:

El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8).

2362. “Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud” (GS 49,2). La sexualidad es fuente de alegría y de placer:

El Creador...estableció que en esta función (de generación) los esposos experimentasen un placer y una satisfacción del cuerpo y del espíritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este placer y gozando de él. Aceptan lo que el Creador les ha destinado. Sin embargo, los esposos deben saber mantenerse en los límites de una justa moderación (Pío XII, discurso 29 Octubre 1951).

Juan prepara el camino al Mesías

523. San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). “Profeta del Altísimo” (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser “el amigo del esposo” (Jn 3, 29) a quien señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús “con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524. Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: “Es preciso que El crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

III. LOS MISTERIOS DE LA VIDA PÚBLICA DE JESUS

El Bautismo de Jesús

535. El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él. “Entonces aparece Jesús”. El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es “mi Hijo amado” (Mt 3, 13-17). Es la manifestación (“Epifanía”) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

Jesús, el Salvador

Artículo 2. “Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”

I. JESUS

430. Jesús quiere decir en hebreo: “Dios salva”. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”(Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

431. En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar a Israel de “la casa de servidumbre” (Dt 5, 6) haciéndole salir de Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo él es quien puede absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación del Nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).

432. El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).

433. El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando San Pablo dice de Jesús que “Dios lo exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre” (Rm 3, 25) significa que en su humanidad “estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19).

434. La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del “Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, él se lo concede (Jn 15, 16).

435. El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula “Per Dominum Nostrum Jesum Christum...” (“Por Nuestro Señor Jesucristo...”). El “Avemaría” culmina en “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. La oración del corazón, en uso en oriente, llamada “oración a Jesús” dice: “Jesucristo, Hijo de Dios, Señor ten piedad de mí, pecador”. Numerosos cristianos mueren, como Santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: “Jesús”.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Alegrarse siempre

El tercer domingo de Adviento está todo él replet del tema de la alegría. Se llama tradicionalmente Domingo «gaudete», esto es, el domingo «alegraos», por las palabras de san Pablo en la segunda lectura:

«Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres».

Dios ha querido que la historia humana, tan cargada de llanto y de sufrimiento, estuviese acompañada por un anuncio de felicidad, como por un hilo verde que la atraviesa de una parte a otra. Se trata de un pueblo que, en medio de todos los otros pueblos, es el portador de una promesa de luz y de alegría.

Antes de Jesús, este pueblo era Israel. En la primera lectura, escuchamos las palabras con que el profeta Sofonías recuerda su misión al pueblo elegido e intenta de nuevo despertar en él la esperanza y la valentía:

«Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén».

Regocíjate, grita de júbilo, alégrate, goza. En el salmo responsorial este extraordinario vocabulario de alegría se enriquece todavía más con otros términos:

«Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación... Gritad jubilosas habitantes de Sión» (lsaías 12, 2-3. 6)

Después de la venida de Jesús, este pueblo, que es signo de alegría entre las naciones, es asimismo la comunidad cristiana. La primera palabra, que dice el ángel a María, la nueva «hija de Sión», es: «Alégrate, llena de gracia» (Lucas 1,28). Y san Pablo, según hemos escuchado, extiende a todos los cristianos esta invitación, diciéndoles: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres».

Detengámonos hoy en esta palabra (el fragmento evangélico continúa el mensaje de Juan el Bautista, que hemos comentado el domingo anterior). Leopardi, en la poesía Il sabato del villaggio, ha expresado esta idea: en la vida presente, la única alegría posible y auténtica es la alegría de la espera, la alegría del sábado. Éste es un «día lleno de ilusión y de alegría»: lleno de alegría precisamente porque está lleno de ilusión, esto es, de esperanza. La espera de la fiesta es hasta mejor que la misma fiesta. La posesión del bien no hace más que engendrar desilusión y aburrimiento, porque todo bien creado se revela inferior a su expectativa; sólo la espera es generadora de viva alegría. Pero, precisamente, así es la alegría cristiana en este mundo: alegría del sábado, que anuncia el Domingo sin ocaso, que es la vida eterna; alegría de Adviento, en el sentido litúrgico del término.

San Pablo dice que los cristianos deben estar «con la alegría de la esperanza» (Romanos 12, 12), lo que no significa sólo que deben «esperar estar alegres» (se entiende, después de la muerte), sino que deben estar o «ser alegres por esperar», alegres ya ahora, por el simple hecho de esperar.

Pero, ¿basta en verdad la esperanza para tener la experiencia de la alegría? ¡No! Es necesaria también otra virtud teologal: la caridad, esto es, el ser amados y amar. Cada ser, dice san Agustín, tiende como por una fuerza invisible de gravedad, que es el amor, hacia «su lugar», esto es, hacia aquel punto en donde sabe que encontrará el propio reposo y la propia felicidad. La alegría nace precisamente del tender hacia aquel lugar, que para nosotros, criaturas racionales, es Dios. Por esto nosotros no tenemos paz hasta que reposamos en él: «Tú nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín, Confesiones I,1 y XIII, 9).

El amor, en todas sus genuinas expresiones, es por esto el verdadero generador de alegría. Sólo quien es amado y ama sabe, en verdad, qué es la alegría. He ahí por qué la Escritura dice que la alegría es fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5,22) Y que el reino de Dios es «gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14, 17). El Espíritu Santo es el amor personificado y donde alcanza hace nacer el amor. En el himno a la alegría de Beethoven se habla de un ala que «hermana todo lo que toca». Pero, ¡un poder semejante, lo posee sólo... el ala de la paloma, que es el Espíritu Santo!

Llegados a este punto, yo quisiera, sin embargo, dirigir un pensamiento a aquellos para los cuales «alegría» es una palabra desconocida, lejana a años luz de ellos, y ciertamente no por culpa de ellos. Hablo de tantos que sufren de depresión, de agotamiento o de otros males semejantes, siempre cada vez más frecuentes en nuestra sociedad. En la primera lectura hay una palabra que parece escrita para ellos:

«¡No temas, ... no desfallezcan tus manos!»

No rendirse a la tristeza y al desconsuelo. ¡Reaccionar! El mejor remedio, el antidepresivo más eficaz y menos peligroso para la salud, es precisamente en estos casos la esperanza, de la que hemos hablado. Mirar hacia adelante. Creer que el túnel oscuro tendrá un fin. Quien está aprendiendo a andar en bicicleta sabe bien que, si no quiere caerse, debe mirar lejos y no a tierra o a la rueda delantera.

Recuerdo la inscripción, que leí un día paseando entre las tumbas del cementerio de guerra inglés a las puertas de Milán: «A la guerra seguirá la paz y la noche desembocará en el día» («Peace shall follow baffle and night shall end in day»). Me parece el augurio y la esperanza más bella que se pueda proporcionar a quien se encuentra en esta situación: que la noche desemboque pronto, también para ellos, en el día. Sin esperar, se entiende, la resurrección después de la muerte, ¡aunque la alegría plena se tendrá sólo entonces!

Volvamos, ahora, a las palabras de san Pablo para descubriros también alguna indicación práctica. En efecto, el Apóstol no se limita a dar el mandamiento de alegrarse, sino que indica también cómo debe comportarse una comunidad de salvados que quiere testimoniar la alegría y hacerla creíble a los demás. Dice:

«Que vuestra mesura la conozca todo el mundo».

La palabra griega, que traducimos como cortesía o «mesura», significa todo un conjunto de planteamientos, que van desde la clemencia a la capacidad de saber ceder y de mostrarse amable, tolerante y acogedor. Podríamos nosotros traducirla como «gentileza». Es necesario descubrir, ante todo, el valor humano de esta virtud. La gentileza es una virtud con cierto riesgo o hasta casi en extinción en la sociedad en que vivimos. La violencia gratuita en los film y en la televisión, el lenguaje voluntariamente vulgar, la competición para quienes empuja más allá de los límites de lo tolerable en hechos de brutalidad y de sexo explícito en público nos están volviendo como acostumbrados a toda expresión de lo sucio y de lo vulgar.

La gentileza es un bálsamo en las relaciones humanas. Yo estoy convencido que se viviría mucho mejor en familia si tuviésemos un poco más de gentileza en los gestos, en las palabras y, ante todo, en los sentimientos del corazón. Nada apaga la alegría de estar juntos cuanto el roce del trato. «La respuesta amable, dice la Escritura, aplaca la ira, la palabra hiriente enciende la cólera... La lengua sana es árbol de vida» (Proverbios 15,1.4). «Las palabras amables multiplican los amigos, la lengua afable multiplica los saludos» (Sirácida 6,5). Una persona gentil deja una estela de simpatía y de admiración por donde pasa. «¡Qué gentil es!», es la primera frase que viene a pronunciarse apenas se ha alejado.

Junto a este valor humano, debemos descubrir el valor evangélico de la gentileza, que no es sólo cuestión de educación y de buenas maneras. En la Biblia, los términos «humilde» y «manso» no tienen el sentido pasivo de «sumiso» o de «remiso» sino el activo de la persona que actúa con respeto, cortesía y clemencia hacia los demás. Es, por lo tanto, el elogio de la gentileza lo que Jesús hace cuando dice: «Dichosos los mansos» (Mateo 5,4) o cuando manifiesta: «Aprended de mí que soy manso y humilde corazón» (Mateo 11,29) (En la traducción inglesa de esta frase se usa precisamente la palabra gentle, gentil).

Pablo incluye la gentileza o afabilidad entre los frutos del Espíritu cuando nos dice que son frutos del Espíritu: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gálatas 5, 22-23). Para santo Tomás de Aquino la gentileza es una cualidad de la caridad (II-II, q. 27ss.). Ella no excluye la cólera justa sino que sabe sin embargo moderarla de modo que no impida juzgar las cosas con serenidad y justicia. Es el signo más claro que reconocemos en quien se encuentra ante una persona humana con su sensibilidad y dignidad frente a la que no nos sentimos superiores.

La gentileza es indispensable sobre todo para quien quiere ayudar a los demás a descubrir a Cristo. El apóstol Pedro recomendaba a los primeros cristianos a estar «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza»; pero, añadía de inmediato: «pero hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pedro 3, 15 s.), que es como decir con gentileza. Estos son a la vista de todos los modos simples de manifestar también hoy la alegría.

Si la alegría cristiana es comunitaria, no solitaria, entonces está claro que nadie, estando solo, puede ser feliz. El mandamiento «alegraos» significa igualmente: derramad alegría. No se debe esperar a estar perfectamente sanos y de buen humor para hacerle una sonrisa a cualquiera. Es necesario saber retener para sí cualquier disgusto y compartir con los demás las cosas positivas y la alegría; no lo contrario, esto es, retener para sí la alegría y compartir con los demás sólo las cruces y las penas. Hay personas que a la acostumbrada pregunta: «¿Cómo estás?, ¿cómo va?» responden siempre: «Muy bien. Gracias», y otras que siempre responden: «Mal». En el primer caso, los rostros se ensanchan con una sonrisa; en el segundo, comúnmente se cierran a la defensiva.

El profeta Isaías relata que en su tiempo los pueblos vecinos desafiaban a los hijos de Israel diciéndoles que «veamos vuestra alegría» (Isaías 66, 5). El mundo no creyente o que está en busca de la fe les dice a los cristianos la misma cosa: ¡haced que «veamos vuestra alegría»! Si lo conseguimos, busquemos, por lo tanto, hacer percibir al mundo, desde quien vive junto a nosotros, un poco de nuestra alegría.

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