Diumenge II d'Advent (cicle C): preparem el camí al Senyor Jesús que ve

En aquest segon diumenge d'Advent, la litúrgia proposa el passatge evangèlic en el qual sant Lucas, per dir-ho així, prepara l'escena en la qual Jesús és a punt d'aparèixer per començar la seva missió pública (cf. Llc 3, 1-6). L'evangelista destaca la figura de Juan el Baptista, que va anar el precursor del Messies, i traça amb gran precisió les coordenades espai-temporals de la seva predicació.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Is 30, 19. 30

Pueblo de Sión, mira que el Señor va a venir para salvar a todas las naciones y dejará oír la majestad de su voz para alegría de tu corazón.
 

No se dice Gloria

 

ORACIÓN COLECTA

 Dios omnipotente y misericordioso, haz que ninguna ocupación terrena sirva de obstáculo a quienes van presurosos al encuentro de tu Hijo, antes bien, que el aprendizaje de la sabiduría celestial, nos lleve a gozar de su presencia. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

 PRIMERA LECTURA

 Dios mostrará su grandeza.

 Del libro del profeta Baruc 5, 1-9:

 Jerusalén, despójate de tus vestidos de luto y aflicción, y vístete para siempre con el esplendor de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios y adorna tu cabeza con la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu grandeza a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la justicia y gloria en la piedad”.

 Ponte de pie, Jerusalén, sube a la altura, levanta los ojos y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y de occidente, a la voz del espíritu, gozosos porque Dios se acordó de ellos. Salieron a pie, llevados por los enemigos; pero Dios te los devuelve llenos de gloria, como príncipes reales.

 Dios ha ordenado que se abajen todas las montañas y todas las colinas, que se rellenen todos los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios. Los bosques y los árboles fragantes le darán sombra por orden de Dios. Porque el Señor guiará a Israel en medio de la alegría y a la luz de su gloria, escoltándolo con su misericordia y su justicia.

 Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

 

SALMO RESPONSORIAL

 Del salmo 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

 R/. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.

 Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio, creíamos soñar; entonces no cesaba de reír nuestra boca, ni se cansaba entonces la lengua de cantar. R/.

 Aun los mismos paganos con asombro decían: “¡Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor!” Y estábamos alegres, pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor. R/.

 Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora nuestra suerte, Señor, y entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor. R/.

 Al ir, iban llorando, cargando la semilla; al regresar, cantando vendrán con sus gavillas. R/.

 

SEGUNDA LECTURA

 Manténganse limpios e irreprochables para el día de Cristo.

 De la carta del apóstol san Pablo a los filipenses: 1, 4-6. 8-11

 Hermanos: Siempre que pido por ustedes, lo hago con gran alegría, porque han colaborado conmigo en la causa del Evangelio, desde el primer día hasta ahora. Estoy convencido de que aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús.

Dios es testigo de cuánto los amo a todos ustedes con el amor entrañable con que los ama Cristo Jesús. Y ésta es mi oración por ustedes: Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. Así podrán escoger siempre lo mejor y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

 Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

 ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Lc 3, 4. 6

 R/. Aleluya, aleluya.

 Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos, y todos los hombres verán la salvación de Dios. R/.

 EVANGELIO

 Todos verán la salvación de Dios.

 Del santo Evangelio según san Lucas: 3, 1-6

 En el año décimo quinto del reinado del César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.

 Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías:

 Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios.

 Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

 Se dice Credo

 PLEGARIA UNIVERSAL

 Salgamos al encuentro del Señor, que se acerca a nosotros con designios de paz, y presentémosle confiados nuestra plegaria. Digamos confiadamente: Ven Señor Jesús.

 1.  Para que la Iglesia viva alegre, sin inquietarse por nada, y, llena de esperanza, crea que el Señor está cerca de ella, roguemos al Señor.

 2.  Para que nuestro tiempo, con la ayuda de Dios, goce de seguridad, de alegría y de paz, roguemos al Señor.

 3.  Para que el Señor, con su venida, conforte los corazones abatidos y fortalezca las rodillas que se doblan, roguemos al Señor.

4.  Para que nuestra fe crea firmemente en los dones que Dios nos promete y, ayudados por la gracia divina, nos dispongamos a recibir los auxilios que él nos envía, roguemos al Señor.

 

Señor Dios, grande en el amor, que llamas a los humildes al esplendor de tu reino, escucha nuestra oración y endereza nuestro camino hacia ti; abaja los montes elevados de nuestra soberbia, para que celebremos con fe ardiente la venida de Jesucristo, tu hijo. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

 Que te sean agradables, Señor, nuestras humildes súplicas y ofrendas, y puesto que no tenemos merecimientos en qué apoyarnos, socórranos el poderoso auxilio de tu benevolencia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 Prefacio I o III de Adviento,

 ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Ba 5, 5; 4, 36

 Levántate, Jerusalén, sube a lo alto, para que contemples la alegría que te viene de Dios.

 ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

 Saciados por el alimento que nutre nuestro espíritu, te rogamos, Señor, que, por nuestra participación en estos misterios, nos enseñes a valorar sabiamente las cosas de la tierra y a poner nuestro corazón en las del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne,

 UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO.- ¿Cómo aprender a descubrir la presencia de Dios en las condiciones tan difíciles que enfrentamos actualmente en nuestro país? No parece tarea fácil, pero no por eso debemos desentendernos del asunto, a reserva de incurrir en un abandono expreso de nuestro compromiso de creyentes. La serie de problemas que nos agobian no son ajenos a nuestra responsabilidad. De alguna manera son la evidencia de que las estrategias evangelizadoras no han sido adecuadas para sostener de manera congruente la fe de las personas. La denuncia formulada hace medio siglo por el Concilio Vaticano II sigue vigente, es decir, existe una brecha muy honda que separa la fe de la vida. La sociedad necesita de razones para aprender a confiar y a esperar. Los que confesamos que el Mesías Jesús está con nosotros, tenemos una responsabilidad histórica: dar los primeros pasos en dirección a la renovación de las familias y las instituciones.

 

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

 Alegres, porque Dios se acordó de ellos (Ba 5,1-9)

 1ª lectura

 A modo de recapitulación, el libro termina con un nuevo canto de consuelo, el cuarto del escrito. Se promete la felicidad de la gloria para siempre, con connotaciones escatológicas. La nueva Jerusalén recibirá un nombre simbólico, que expresa no sólo la pertenencia a Dios, sino también sus propiedades esenciales: será «Paz de la justicia» y «Gloria de la piedad» (v. 4), que es como decir «paz justa» y «piedad gloriosa». Olimpiodoro comenta en sentido espiritual: «Puesto que Cristo es nuestra paz y Él es nuestra justicia y nuestra gloria, y Él es ejemplo de nuestra ciudadanía según la piedad, también nosotros recibimos de Él esos nombres» (Fragmenta in Baruch 5,4).

 Los paralelos de este pasaje con la literatura profética y sapiencial son numerosos: Is 40,4-5; 49,18-22; 60,1-4; Jr 30,15-22; Sal 126; etc. Pero aún resulta más sugerente la relación de los vv. 1-9 con la visión de la Jerusalén mesiánica del Apocalipsis de San Juan 21,1-4, que ya descubrió San Ireneo en su Adversus haereses, donde concluye: «No se puede dar una interpretación alegórica a esto: todo es cierto, verdadero y concreto, y ha sido querido por Dios para gloria de los hombres justos. Como verdaderamente Dios es el que hace resucitar al hombre, así verdaderamente el hombre se vigorizará con la incorruptibilidad y se fortalecerá, en el tiempo del Reino, para poder acoger luego la gloria del Padre. Cuando todo sea renovado, habitará verdaderamente en la ciudad de Dios» (5,35,2).

 Quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo (Flp 1,4-6.8-11)

 2ª lectura

 La alegría es una de las notas sobresalientes de este escrito (cfr 3,1; 4,4), causada de modo especial por el buen espíritu y comportamiento de los filipenses. A ella se refiere Pablo como uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Ga 5,22). Proviene de la unión con Dios y del descubrimiento de la amorosa providencia con la que Dios vela por sus criaturas y, de modo particular, por sus hijos. La alegría da serenidad, paz y objetividad al cristiano en todas las acciones de su vida.

 El Magisterio de la Iglesia, a partir de las palabras del v. 6, ha enseñado, frente a la herejía pelagiana, que tanto el inicio de la fe, como su aumento, y el acto de fe por el que creemos, son fruto del don de la gracia y de la libre correspondencia humana (cfr Conc. II de Orange, can. 5). Siglos más tarde, el Concilio de Trento reiteró esta enseñanza: así como Dios ha empezado la obra buena, la acabará, si los hombres cooperamos con su gracia (cfr De iustificatione, cap. 13). Junto a esa confianza en el auxilio divino es necesario el esfuerzo personal por corresponder a la gracia, pues, en palabras de San Agustín, «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermones169,13).

 La identificación de San Pablo con Jesucristo es tan grande que puede decir que han pasado a su corazón los mismos afectos del corazón de Cristo (v. 8).

 El crecimiento en la caridad (v. 9) estimula el empeño por alcanzar un mayor «conocimiento» de Dios. «El que ama —dice Santo Tomás— no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen, y así penetra hasta su interior» (Summa theologiae 1-2,28,2c).

 Preparad el camino del Señor (Lc 3,1-6)

 Evangelio

 Los cuatro evangelios recogen la actividad del Bautista que precedió la vida pública de Cristo. Lucas la presenta con más detalle y orden: describe el marco general (vv. 1-2), la misión de Juan (vv. 3-6), el contenido de su predicación (vv. 7-14), su relación con el Mesías venidero (vv. 15-18) y su encarcelamiento (vv. 19-20).

 Lucas sitúa en el tiempo y en el espacio la aparición pública de Juan Bautista (vv. 1-2). El año decimoquinto del imperio de Tiberio César corresponde al 27 ó al 28/29 de nuestra era, según dos cómputos de tiempo posibles (ver Cronología de la vida de Jesús, pp. 48-50). Poncio Pilato fue praefectus de Judea («procurador» en la terminología posterior) desde el año 26 al 36; su jurisdicción se extendía también a Samaría e Idumea. El Herodes que se menciona es Herodes Antipas, que murió el año 39. Filipo, hermanastro de Herodes Antipas, fue tetrarca de las regiones indicadas en el texto hasta el año 33/34. No es el mismo Herodes Filipo que estaba casado con Herodías, de la que se habla en el v. 19. El sumo sacerdote era Caifás, que ejerció su pontificado desde el año 18 al 36. Anás, su suegro, había sido depuesto el año 15 por la autoridad romana, pero conservaba mucha influencia en la política y la religión judías (cfr Jn 18,13; Hch 4,6). La mención de las circunstancias históricas, seguida de la expresión «vino la palabra de Dios sobre...» (v. 2), es frecuente en el inicio de muchos libros proféticos (Ez 1,3; cfr Os 1,1; Mi 1,1; So 1,1; etc.). De este modo el texto sugiere, como después afirmará Jesús expresamente (16,16), que Juan es el último de los profetas, y a través de él, Dios, con su palabra (v. 2), inaugura el último acto de la historia.

El evangelista presenta la figura del Bautista a la luz de un texto del libro de Isaías (vv. 4-6; cfr Is 40,3-5). En esta parte de Isaías se anuncia al pueblo hebreo que, tras el destierro de Babilonia, habrá un nuevo éxodo; entonces, el pueblo que caminará a través del desierto hasta llegar a la tierra de promisión ya no será guiado por Moisés sino por Dios mismo. El oráculo de Isaías citado es común a los tres evangelios sinópticos, pero sólo San Lucas recoge el último versículo: «Y todo hombre verá la salvación de Dios». De este modo, la dimensión universal del Evangelio se presenta desde la misión misma del Bautista. Todos, hasta los publicanos (v. 12) o los soldados (v. 14), tienen acceso a la salvación: «El Señor desea abrir en vosotros un camino por el que pueda penetrar en vuestras almas. (...) El camino por el que ha de penetrar la palabra de Dios consiste en la capacidad del corazón humano. El corazón del hombre es grande, espacioso y capaz. (...) Prepara un camino al Señor mediante una conducta honesta, y con acciones irreprochables allana tú el sendero, para que la palabra de Dios camine hacia ti sin obstáculo» (Orígenes, Commentaria in Ioannem 21,5-7).

 Ante la venida inminente del Señor, los hombres deben disponerse interiormente, hacer penitencia de sus pecados, rectificar su vida para recibir la gracia que trae el Mesías.

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SAN GREGORIO MAGNO (www.iveargentina.org)

 La predicación de San Juan Bautista

 Con haber hecho mención del emperador de la República romana y de los que gobernaban la Judea, diciendo: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y sil hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilinia; hallándose sumos sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto; se determina el tiempo en que el Precursor de nuestro Redentor recibe el encargo de predicar; pues como venía para dar a conocer a Aquel que había de redimir a algunos de los judíos y a muchos de los gentiles, señalando la época del emperador de los gentiles y los príncipes de los judíos, se fija el tiempo de su predicación,

 Mas como la gentilidad había de ser congregada y la Judea dispersa culpa de su perfidia, la descripción determina los principados terrenos, puesto que se refiere que en la República romana gobernaba uno solo, y en el reino de la Judea, dividida en cuatro partes, gobernaban varios. Ahora bien, como nuestro Redentor dice (Lc 11, 17): Todo reino dividido quedará destruido, luego está claro había llegado a su término el reino de la Judea, que, dividida, estaba sometida a tantos gobernadores.

 Y también se muestra, no sólo bajo qué gobernadores, sino debajo qué sacerdotes aconteció. Y porque Juan Bautista daría a conocer a Aquel que a la vez sería rey y sacerdote, el evangelista Lucas señaló el tiempo de su predicación por el reino y el sacerdocio, anunciando quiénes reinaban y quiénes eran sacerdotes.

 Vino por toda la ribera del Jordán predicando un bautismo penitencia para la remisión de los pecados. Es cosa clara para todos los que leen el Evangelio que Juan no sólo predicó el bautismo de penitencia, sino que también bautizó a algunos. Mas, no obstante pudo dar su bautismo para remisión de los pecados, porque por el bautismo de Cristo se nos concede la remisión de los dos. Y así debe notarse que se dice: predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados; porque, como no podía él dar el bautismo que perdonaría los pecados, lo predicaba. De manera que así como precedía con su predicación al Verbo encarnado del Padre, así también su bautismo, precediéndole, fuera figura del verdadero.

Prosigue: Como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: La voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas: En efecto, el mismo Juan Bautista, preguntado quién era, respondió diciendo (Jn. 1,23): Yo soy la voz del que clama en el desierto. El cual, según hemos dicho antes, es llamado voz por el profeta porque iba delante del Verbo.

 Ahora, qué es lo que clamaba se manifiesta cuando prosigue: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. ¿Qué otra cosa hace todo el que predica la verdadera fe y las buenas obras sino preparar el camino del Señor, que viene a los corazones de los oyentes?

 Para que este poder de la gracia halle camino abierto y alumbre la luz de la verdad, para que, inculcando con la predicación santos pensamientos en el alma, enderece los caminos del Señor: Todo sea terraplenado, y todo monte y collado, allanado. ¿Qué se entiende aquí por el nombre de valle sino los hombres humildes? ¿Y qué por el de montes collados sino los soberbios? Luego, a la venida del Señor, los valles se terraplenaron y los montes y collados se allanaron, porque, según dice Él (Lc. 14,11), todo el que se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado. En efecto, el valle, terraplenado, se eleva, y el monte y el collado, allanados; se abajan. La gentilidad, pues, ciertamente, por su fe en el hombre Jesucristo como Mediador entre Dios y los hombres, recibió la plenitud de la gracia, mientras que la Judea, por su error, debido a su perfidia, perdió aquello de que se envanecía.

 De manera que todo valle será terraplenado, porque los corazones de los humildes, mediante la predicación de la santa doctrina, se llenarán de la gracia de las virtudes, según lo que está escrito (Sal. 103, 10): Tú haces brotar las fuentes en los valles; y como en otro lugar se dice (Sal. 64,14): Y abundarán en grano los valles. Pues bien, el agua se desliza de los montes, esto es, la doctrina de la verdad huye de las mentes soberbias; en cambio, brotan las fuentes en los valles, esto es, las mentes de los humildes reciben la enseñanza de, la predicación.

 Ya hemos visto cómo los valles abundan en grano, porque se han llenado con el sustento de la verdad las bocas de los que, por mansos y sencillos, parecían a este mundo despreciables. [4.] También el pueblo, que había visto a Juan Bautista dotado de una admirable santidad, creía que él era particularmente aquel monte elevado y sólido del cual está escrito (Mich. 4,1): En los últimos tiempos, el monte de la casa del Señor será fundado sobre la cima do los montes; pues creían que él era el Cristo, según lo que dice el Evangelio (Lc. 3,15): Opinando el pueblo que quizá Juan era si Cristo y prevaleciendo esta opinión en el corazón de todos, le requerían, diciendo: ¿Por ventura eres tú el Cristo?, Pero, si Juan no se hubiera tenido por valle, no habría estado lleno de gracia en el espíritu, el cual, para dar a entender lo que era, dijo (Mt. 3,11): El que viene después de mí es más poderoso que yo y no soy yo digno de besarle la sandalias. Y de nuevo dice (Jn. 3,28): El esposo es aquel que tiene esposa; mas el amigo del esposo, que está para asistirle y atenderle y se llena de gozo con oír la voz del esposo. Mi gozo, pues, ahora es completo. Conviene que él crezca y que yo mengüe. Ved que, siendo por su admirable conducta virtuosa, tal que se opinaba que sería el Cristo, no sólo respondió que él no era el Cristo, sino que decía no ser siquiera digno de desatar la correa de su calzado, esto es de escudriñar el misterio de su encarnación. Los que opinaban que él era el Cristo, creían que la Iglesia era su esposa; pero él dice: El esposo es aquel que tiene esposa; como si, dijera: Yo no soy esposo, pero soy amigo del esposo; y declara que su gozo está, en la voz suya, sino en oír la voz del esposo, porque su corazón se alegraba, no precisamente porque, cuando predicaba, los pueblos le oían humildes, sino porque él oía interiormente la voz de la Verdad para predicarla afuera. Y dice bien que el gozo es completo, porque quien se goza en la voz suya, no tiene gozo completo.

También dice: Conviene que Él crezca y que yo mengüe. Respecto a lo cual hay que inquirir en qué creció Cristo y en que menguó Juan, sino en que el pueblo, que veía la abstinencia de Juan y tan distante de los hombres, creía que él era el Cristo; mientras que, viendo a Cristo comer con los publicanos y con los pecadores, creía que éste no era el Cristo, sino un profeta; pero, andando el tiempo, Cristo, que había sido tenido por un profeta, fue reconocido por el Cristo; y Juan, que era tenido por Cristo, se dio a conocer que era profeta. Y así se cumplió lo que e Cristo predijo su Precursor: Conviene que El crezca y que yo mengüe. Efectivamente, en la apreciación del pueblo, Cristo crecía, porque fue reconocido por lo que era; y Juan menguó, porque dejó de ser llamado lo que no era.

 Por consiguiente, puesto que Juan perseveró en la santidad precisamente, porque se mantuvo humilde en su corazón, y, en cambio, muchos han caído precisamente porque se envanecieron en sí mismos con pensamientos altivos, dígase con razón: Todo valle será terraplenado, y todo monte y collado, allanado; porque los humildes reciben la gracia que rechazan de sí los corazones de los soberbios.

 Prosigue: Y así los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos, igualados. Los caminos torcidos son enderezados cuando los corazones de los malos, torcidos por la injusticia, se rigen por la norma de la justicia; y los escabrosos se tornan planos cuando las almas que no son mansas, sino iracundas, vuelven a la suavidad de la mansedumbre por la infusión de la gracia celestial.

 De manera que, cuando el alma iracunda no recibe la palabra la verdad, es como si la aspereza del camino impidiera el paso del caminante; en cambio, cuando el alma iracunda, por la gracia de la mansedumbre que ha recibido, acepta la palabra de exhortación, el predicador encuentra llano el camino allí donde antes no podía dar un paso por la escabrosidad del mismo camino, esto es, donde no podía predicar.

 Y continúa: Y verá toda carne al Salvador de Dios. Como a carne se toma en el sentido de todo hombre, y todos los hombres no han podido ver en esta vida al Salvador de Dios, esto es, a Cristo, ¿adónde, pues, tiende el profeta la mirada de la profecía esta sentencia sino al día del último juicio? En el cual, abriéndose los cielos, aparezca Cristo, en el trono de su majestad, asistido por los ángeles y sentado con los apóstoles, todos, así los elegidos como los réprobos, le verán igualmente, para que los justos gocen sin fin del don de la retribución y los injustos giman perpetuamente en la venganza del suplicio.

 (Homilía sobre los Evangelios, Homilía XX, Ed. BAC. Madrid 1968, pp. 622-625)

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FRANCISCO – Homilías en Santa Marta

 Siguiendo el ejemplo de san Juan, voz de la Palabra 24 de junio de 2013

 Una Iglesia inspirada en la figura de Juan el Bautista: que “existe para proclamar, para ser voz de una palabra, de su esposo que es la palabra” y “para proclamar esta palabra hasta el martirio” a manos “de los más soberbios de la tierra”. Es la línea que trazó el Santo Padre en la misa del 24, fiesta litúrgica del nacimiento del santo a quien la Iglesia venera como “el hombre más grande nacido de mujer”.

La reflexión del Papa se centró en el citado paralelismo, porque “la Iglesia tiene algo de Juan”, si bien –alertó enseguida– es difícil delinear su figura. “Jesús dice que es el hombre más grande que haya nacido”. He aquí entonces la invitación a preguntarse quién es verdaderamente Juan, dejando la palabra al protagonista mismo. Él, en efecto, cuando “los escribas, los fariseos, van a pedirle que explique mejor quién era”, responde claramente: “Yo no soy el Mesías. Yo soy una voz, una voz en el desierto”. En consecuencia, lo primero que se comprende es que “el desierto” son sus interlocutores; gente con “un corazón sin nada”. Mientras que él es “la voz, una voz sin palabra, porque la palabra no es él, es otro. Él es quien habla, pero no dice; es quien predica acerca de otro que vendrá después”. En todo esto –explicó el Papa– está “el misterio de Juan” que “nunca se adueña de la palabra; la palabra es otro. Y Juan es quien indica, quien enseña”, utilizando los términos “detrás de mí... yo no soy quien vosotros pensáis; viene uno después de mí a quien yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias”. Por lo tanto, “la palabra no está”, está en cambio “una voz que indica a otro”. Todo el sentido de su vida “está en indicar a otro”.

 Prosiguiendo su homilía, el Papa Francisco puso de relieve que la Iglesia elige para la fiesta de san Juan “los días más largos del año; los días que tienen más luz, porque en las tinieblas de aquel tiempo Juan era el hombre de la luz: no de una luz propia, sino de una luz reflejada. Como una luna. Y cuando Jesús comenzó a predicar”, la luz de Juan empezó a disiparse, “a disminuir, a desvanecerse”. Él mismo lo dice con claridad al hablar de su propia misión: “Es necesario que Él crezca y yo mengüe”.

 “Voz, no palabra; luz, pero no propia, Juan parece ser nadie”, sintetizó el Pontífice. He aquí desvelada “la vocación” del Bautista –afirmó–: “Rebajarse. Cuando contemplamos la vida de este hombre tan grande, tan poderoso –todos creían que era el Mesías–, cuando contemplamos cómo esta vida se rebaja hasta la oscuridad de una cárcel, contemplamos un misterio” enorme. En efecto – prosiguió– “nosotros no sabemos cómo fueron” sus últimos días. Se sabe sólo que fue asesinado y que su cabeza acabó “sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. Creo que no se puede descender más, rebajarse”. Sin embargo, sabemos lo que sucedió antes, durante el tiempo que pasó en la cárcel: conocemos “las dudas, la angustia que tenía”; hasta el punto de llamar a sus discípulos y mandarles “a que hicieran la pregunta a la palabra: ¿eres tú o debemos esperar a otro?”. Porque no se le ahorró ni siquiera “la oscuridad, el dolor en su vida”: ¿mi vida tiene un sentido o me he equivocado?

 En definitiva –dijo el Papa–, el Bautista podía presumir, sentirse importante, pero no lo hizo: él “sólo indicaba, se sentía voz y no palabra”. Este es, según el Papa Francisco, “el secreto de Juan”. Él “no quiso ser un ideólogo”. Fue un “hombre que se negó a sí mismo, para que la palabra” creciera. He aquí entonces la actualidad de su enseñanza, subrayó el Santo Padre: “Nosotros como Iglesia podemos pedir hoy la gracia de no llegar a ser una Iglesia ideologizada”, para ser en cambio “sólo la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans”, dijo citando el íncipit de la constitución conciliar sobre la divina revelación. Una “Iglesia que escucha religiosamente la palabra de Jesús y la proclama con valentía”; una “Iglesia sin ideologías, sin vida propia”; una “Iglesia que es mysterium lunae, que tiene luz procedente de su esposo” y que debe disminuir la propia luz para que resplandezca la luz de Cristo. “El modelo que nos ofrece hoy Juan” –insistió el Papa Francisco– es el de “una Iglesia siempre al servicio de la Palabra”; “una Iglesia–voz que indica la palabra, hasta el martirio”.

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 Cristianos que saben abajarse

 

 24 de junio de 2014

 Preparar, discernir, disminuir. En estos tres verbos se encierra la experiencia espiritual de san Juan Bautista, aquel que precedió la venida del Mesías “predicando el bautismo de conversión” al pueblo de Israel. Y el Papa Francisco, durante la misa celebrada en la Casa Santa Marta el martes 24 de junio, solemnidad de la Natividad del Precursor, propuso este trinomio como paradigma de la vocación de todo cristiano, encerrándolo en tres expresiones referidas a la actitud del Bautista con respecto a Jesús: “después de mí, delante de mí, lejos de mí”.

 Juan trabajó sobre todo para “preparar, sin coger nada para sí”. Él, recordó el Pontífice, “era un hombre importante: la gente lo buscaba, lo seguía”, porque sus palabras “eran fuertes” como “espadas afiladas”, según la expresión de Isaías (Is 49, 2). El Bautista “llega al corazón de la gente”. Y si quizá tuvo la tentación de creer que era importante, no cayó en ella”, como demuestra la respuesta dada a los doctores que le preguntaban si era el Mesías: “Soy voz, sólo voz –dijo– de uno que grita en el desierto. Yo soy solamente voz, pero he venido para preparar el camino al Señor”. Su primera tarea, por lo tanto, es “preparar el corazón del pueblo para el encuentro con el Señor”.

 Pero ¿quién es el Señor? En la respuesta a esta pregunta se encuentra “la segunda vocación de Juan: discernir, entre tanta gente buena, quién era el Señor”. Y “el Espíritu –observó el Papa– le reveló esto”. De modo que “él tuvo el valor de decir: “Es éste. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”“. Mientras “en la preparación Juan decía: “Tras de mí viene uno...”, en el discernimiento, que sabe discernir y señalar al Señor, dice: “Delante de mí... ese es”“.

 Aquí se inserta “la tercera vocación de Juan: disminuir”. Porque precisamente “desde ese momento –recordó el obispo de Roma– su vida comenzó a decrecer, a disminuir para que creciera el Señor, hasta anularse a sí mismo”. Esta fue –hizo notar el Papa Francisco– “la etapa más difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no había imaginado, a tal punto que en la cárcel”, donde había sido recluido por Herodes Antipas, “sufrió no sólo la oscuridad de la celda, sino la oscuridad de su corazón”. Las dudas le asaltaron: “Pero ¿será éste? ¿No me habré equivocado?”. A tal grado, recordó el Pontífice, que pide a los discípulos que vayan a Jesús para preguntarle: “Pero, ¿eres tú verdaderamente, o tenemos que esperar a otro?”.

 “La humillación de Juan –subrayó el obispo de Roma– es doble: la humillación de su muerte, como precio de un capricho”, y también la humillación de no poder vislumbrar “la historia de salvación: la humillación de la oscuridad del alma”. Este hombre que “había anunciado al Señor detrás de él”, que “lo había visto delante de él”, que “supo esperarle, que supo discernir”, ahora “ve a Jesús lejano. Esa promesa se alejó. Y acaba solo, en la oscuridad, en la humillación”. No porque amase el sufrimiento, sino “porque se anonadó tanto para que el Señor creciera”. Acabó “humillado, pero con el corazón en paz”.

 “Es bello –concluyó el Papa Francisco– pensar así la vocación del cristiano”. En efecto, “un cristiano no se anuncia a sí mismo, anuncia a otro, prepara el camino a otro: al Señor”. Es más “debe saber discernir, debe conocer cómo discernir la verdad de aquello que parece verdad y no es: hombre de discernimiento”. Y finalmente “debe ser un hombre que sepa abajarse para que el Señor crezca, en el corazón y en el alma de los demás”.

 

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2006 y 2009

2006

 Comprometerse a construir la “morada de Dios con los hombres”.

  Queridos hermanos y hermanas:

 Esta mañana tuve la alegría de dedicar una nueva iglesia parroquial, consagrada a María, Estrella de la Evangelización, en el barrio Torrino norte de Roma. Es un acontecimiento que, aunque de por sí atañe a ese barrio, cobra un significado simbólico dentro del tiempo litúrgico del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar la Navidad del Señor.

 Durante estos días la liturgia nos recuerda constantemente que “Dios viene” a visitar a su pueblo, para habitar en medio de los hombres y formar con ellos una comunión de amor y de vida, es decir, una familia. El evangelio de san Juan expresa así el misterio de la Encarnación: “El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros”; literalmente: “acampó entre nosotros” (Jn 1, 14). La construcción de una iglesia entre las casas de un pueblo o de un barrio de una ciudad evoca este gran don y misterio.

 La iglesia-edificio es signo concreto de la Iglesia-comunidad, formada por las “piedras vivas” que son los creyentes, imagen que solían usar los Apóstoles. San Pedro (cf. 1 P 2, 4-5) y san Pablo (cf. Ef 2, 20-22) ponen de relieve que la “piedra angular” de este templo espiritual es Cristo y que, unidos a él y bien compactos, también nosotros estamos llamados a participar en la edificación de este templo vivo. Por tanto, aunque Dios es quien toma la iniciativa de venir a habitar en medio de los hombres, y él mismo es el artífice principal de este proyecto, también es verdad que no quiere realizarlo sin nuestra colaboración activa.

 Así pues, prepararse para la Navidad significa comprometerse a construir la “morada de Dios con los hombres”. Nadie queda excluido; cada uno puede y debe contribuir a hacer que esta casa de la comunión sea más grande y hermosa. Al final de los tiempos, quedará acabada y será la “Jerusalén celestial”: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva —se lee en el libro del Apocalipsis— (...). Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. (...) Esta es la morada de Dios con los hombres” (Ap 21, 1-3).

 El Adviento nos invita a dirigir la mirada a la “Jerusalén celestial”, que es el fin último de nuestra peregrinación terrena. Al mismo tiempo, nos exhorta a comprometernos, mediante la oración, la conversión y las buenas obras, a acoger a Jesús en nuestra vida, para construir junto con él este edificio espiritual, del que cada uno de nosotros —nuestras familias y nuestras comunidades— es piedra preciosa.

 Ciertamente, entre todas las piedras que forman la Jerusalén celestial María santísima es la más espléndida y preciosa, porque es la más cercana a Cristo, piedra angular. Pidamos por su intercesión que este Adviento sea para toda la Iglesia un tiempo de edificación espiritual y así se apresure la venida del reino de Dios.

 

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2009

 La Palabra de Dios es el sujeto que mueve la historia

 Queridos hermanos y hermanas:

 En este segundo domingo de Adviento, la liturgia propone el pasaje evangélico en el que san Lucas, por decirlo así, prepara la escena en la que Jesús está a punto de aparecer para comenzar su misión pública (cf. Lc 3, 1-6). El evangelista destaca la figura de Juan el Bautista, que fue el precursor del Mesías, y traza con gran precisión las coordenadas espacio-temporales de su predicación. San Lucas escribe: “En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 3, 1-2). Dos cosas atraen nuestra atención. La primera es la abundancia de referencias a todas las autoridades políticas y religiosas de Palestina en los años 27 y 28 d.C. Evidentemente, el evangelista quiere mostrar a quien lee o escucha que el Evangelio no es una leyenda, sino la narración de una historia real; que Jesús de Nazaret es un personaje histórico que se inserta en ese contexto determinado. El segundo elemento digno de destacarse es que, después de esta amplia introducción histórica, el sujeto es “la Palabra de Dios”, presentada como una fuerza que desciende de lo alto y se posa sobre Juan el Bautista.

 Mañana celebraremos la memoria litúrgica de san Ambrosio, el gran obispo de Milán. Tomo de él un comentario a este texto evangélico: “El Hijo de Dios —escribe—, antes de reunir a la Iglesia, actúa ante todo en su humilde siervo. Por esto, san Lucas dice bien que la palabra de Dios descendió sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto, porque la Iglesia no tiene su origen en los hombres sino en la Palabra” (Expos. del Evangelio de Lucas 2, 67). Así pues, este es el significado: la Palabra de Dios es el sujeto que mueve la historia, inspira a los profetas, prepara el camino del Mesías y convoca a la Iglesia. Jesús mismo es la Palabra divina que se hizo carne en el seno virginal de María: en él Dios se ha revelado plenamente, nos ha dicho y dado todo, abriéndonos los tesoros de su verdad y de su misericordia. San Ambrosio prosigue en su comentario: “Descendió, por tanto, la Palabra, para que la tierra, que antes era un desierto, diera sus frutos para nosotros” (ib.).

 Queridos amigos, la flor más hermosa que ha brotado de la Palabra de Dios es la Virgen María. Ella es la primicia de la Iglesia, jardín de Dios en la tierra. Pero, mientras que María es la Inmaculada —así la celebraremos pasado mañana—, la Iglesia necesita purificarse continuamente, porque el pecado amenaza a todos sus miembros. En la Iglesia se libra siempre un combate entre el desierto y el jardín, entre el pecado que aridece la tierra y la gracia que la irriga para que produzca frutos abundantes de santidad. Pidamos, por lo tanto, a la Madre del Señor que nos ayude en este tiempo de Adviento a “enderezar” nuestros caminos, dejándonos guiar por la Palabra de Dios.

 

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