Diumenge I d'Advent (cicle C): Per viure amb profit l'Advent, la litúrgia ens exhorta a mirar a María santíssima i a caminar amb ella, cap a la cova de Betlem

Comencem avui, primer diumenge d'Advent, un nou any litúrgic, és a dir un nou camí del Poble de Déu amb Jesucrist, el nostre Pastor, que ens guia en la història cap a la realització del Regne de Déu. Per això aquest dia té un atractiu especial, ens fa experimentar un sentiment profund del sentit de la història. Redescobrim la bellesa d'estar tots en camí: l'Església, amb la seva vocació i missió, i tota la humanitat, els pobles, les civilitzacions, les cultures, tots en camí a través de les senderes del temps.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 24, 1-3

A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados.

No se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene a nosotros, para que, mediante la práctica de las buenas obras, colocados un día a su derecha, merezcamos poseer el reino celestial. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA PRIMERA LECTURA

Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo.

Del libro del profeta Jeremías: 33, 14-16

“Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra. Entonces Judá estará a salvo, Jerusalén estará segura y la llamarán ‘el Señor es nuestra justicia’”. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 24

R/. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza. R/.

Porque el Señor es recto y bondadoso, indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos. R/.

Con quien guarda su alianza y sus mandatos, el Señor es leal y bondadoso. El Señor se descubre a quien lo teme y le enseña el sentido de su alianza. R/.

SEGUNDA LECTURA

Que el Señor los fortalezca hasta que Jesús vuelva.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses: 3, 12-4, 2

Hermanos: Que el Señor los llene y los haga rebosar de un amor mutuo y hacia todos los demás, como el que yo les tengo a ustedes, para que Él conserve sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos.

Por lo demás, hermanos, les rogamos y los exhortamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan como conviene, para agradar a Dios, según aprendieron de nosotros, a fin de que sigan ustedes progresando. Ya conocen, en efecto, las instrucciones que les hemos dado de parte del Señor Jesús. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Sal 84, 8

R/. Aleluya, aleluya.

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. R/.

EVANGELIO

Se acerca su liberación.

Del santo Evangelio según san Lucas: 21, 25-28. 34-36

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación.

Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Credo

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, estos dones que te ofrecemos, tomados de los mismos bienes que nos has dado, y haz que lo que nos das en el tiempo presente para aumento de nuestra fe, se convierta para nosotros en prenda de tu redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I o III de Adviento, MR pp. 484 o 486.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 84, 13

El Señor nos mostrará su misericordia y nuestra tierra producirá su fruto.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te pedimos, Señor, que nos aprovechen los misterios en que hemos participado, mediante los cuales, mientras caminamos en medio de las cosas pasajeras, nos inclinas ya desde ahora a anhelar las realidades celestiales y a poner nuestro corazón en las que han de durar para siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne.

UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO.- El cansancio y la desmoralización cunden en nuestra sociedad por la inacción y la falta de autoridades eficaces que preserven la vida, los bienes y el bienestar de las personas. La comunidad eclesial, que no es solamente la jerarquía, pero que también la incluye, parecemos estar sumidos en una situación de pasmo y aturdimiento; no atinamos a hacer otra cosa que lanzar más prédicas y discursos bienintencionados. Con planes, con leyes nuevas archivadas en los juzgados, únicamente con planes y cartas pastorales no se renovará la vida cristiana de nuestras comunidades. Es imprescindible y urgente llevar a cabo una autocrítica más profunda; necesitamos liderazgos apostólicos más creíbles, voces proféticas más valientes, que como Juan Bautista nos urjan a una profunda conversión. En esta crisis de esperanza, el profeta Jeremías nos anima a confiar en Dios, Señor de la justicia. Confiando en Dios, podremos realizar los gestos proféticos y las acciones congruentes que reaviven nuestra esperanza.


BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Judá será salvada y Jerusalén habitará en seguridad (Jr 33,14-16) 1ª lectura

Estos versículos, que faltan en la versión de los Setenta y pueden haber sido añadidos posteriormente, recogen un conjunto de anuncios mesiánicos fundados en la inmutabilidad de la promesa del Señor. El Señor continuará la dinastía de David mediante uno de sus descendientes (vv. 15-16; cfr 23,5-6; 2 S 7,12-16).

A la luz del Nuevo Testamento se puede apreciar que en Jesucristo, hijo de David (cfr Mt 1,1), sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza (cfr Hb 8,1-13), han alcanzado su plenitud todas las promesas de restauración contenidas en esta parte de Jeremías llamada «Libro de la Consolación». «Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa incluso le pareció poco; por eso, quiso obligarse mediante escritura, haciéndonos, por decirlo así, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 109,1).

Que se confirmen vuestros corazones en una santidad sin tacha ante Dios (1 Ts 3,12–4,2) 2ª lectura

Como no se sabe cuándo sucederá la Parusía (cfr 1 Ts 5,2), la actitud del cristiano debe ser la de llevar una vida digna de Cristo, en la que por encima de todo prevalezca la caridad. El amor sobrenatural o caridad es universal, alcanza a todos sin excepción. «Amar a una persona y mostrar indiferencia a otras, observa San Juan Crisóstomo, es característico del afecto puramente humano; pero San Pablo nos dice que nuestro amor no debe tener ninguna restricción» (In 1  Thessalonicenses, ad loc.). El ejercicio pleno de esta virtud consolida la santidad, pues hace al hombre irreprochable «ante Dios, nuestro Padre» (v. 13).

Las exhortaciones de la segunda parte de este texto (1 Ts 4,1-2) se fundan en la llamada divina a la santidad, que no se dirige a unos pocos, sino a todos los hombres: «Todos en la Iglesia, ya pertenezcan  a la jerarquía,  ya  pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad» (Conc. Vaticano  II, Lumen gentium, n. 39). Esta llamada es consecuencia de la elección que hemos recibido del Señor: No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para conquistar esa cima. (...) Grabemos a fuego en el alma la certeza de que la invitación a la santidad, dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, requiere de cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 2 y 3).

Vigilad, orando en todo tiempo (Lc 21,25-28.34-36) Evangelio

Las desgracias de Jerusalén son señales de cuanto acaecerá antes de la venida del Hijo del Hombre: la creación entera, cielos, tierra y mar, participará de la angustia de las gentes (v. 25), que se debatirán entre la ansiedad y el terror. Pero no va a ser lo mismo para el cristiano, que vivirá esos momentos con la cabeza erguida (v. 28), porque el triunfo de Cristo (v. 27) es el suyo propio. Entonces verá cuán fundada estaba su esperanza cuando pacientemente soportaba las dificultades (21,10-19): «Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. (...) Que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó» (S. Cipriano, De bono patientiae 13 y 15).

Los últimos acontecimientos —de los que la ruina de la ciudad es anticipo y símbolo— serán imprevisibles (v. 35). La experiencia de la ruina de Jerusalén debe servir de aviso para estar vigilantes ante la venida imprevisible del «Hijo del Hombre», de modo que nos encuentre dignos. De ahí la exhortación final a velar, llevando una vida sobria (v. 34) y de oración (v. 36) que nos permita estar de pie ante el Señor (cfr 21,28): «Seamos sobrios para entregarnos a la oración, perseveremos constantes en los ayunos y supliquemos con ruegos al Dios que todo lo ve. (...) Mantengámonos, pues, firmemente adheridos a nuestra esperanza y a Jesucristo, prenda de nuestra justicia. (...) Seamos imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémoslo; ya que éste fue el ejemplo que nos dejó en su propia persona, y esto es lo que nosotros  hemos creído» (S. Policarpo, Ad Philippenses 7-8).

 

SAN GREGORIO MAGNO (www.iveargentina.org)

Nuestro Señor anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo

En aquel tiempo: Veránse fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas; secándose los hombres de temor y de sobresalto por las cosas que han de sobrevenir a todo el universo; porque las virtudes de los cielos estarán bamboleando. Y entonces será cuando verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con grande poder y majestad. Como quiera, vosotros, al ver que comienzan a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque vuestra redención se acerca. Y propúsoles esta comparación: Reparad en la higuera y en los demás árboles: cuando ya empiezan a brotar de sí el fruto, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros, en viendo la ejecución de estas cosas, entended que el reino de Dios está cerca. Os empeño mi palabra que no se acabará esta generación hasta que todo lo dicho se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no faltarán.

Hermanos carísimos: Nuestro Señor y Redentor, deseando encontrarnos bien dispuestos, anuncia de antemano los males que han de sobrevenir al mundo, cuyo fin se avecina, con el propósito de apagar en nosotros el amor del mundo.

Pone de manifiesto cuántas calamidades han de preceder a su término, que se acerca, para que, sino queremos temer a Dios cuando la vida se desliza tranquila, temamos al menos, su cercano juicio, amedrentados por las calamidades. En efecto, a esta lección del Santo Evangelio que vosotros, hermanos, acabáis de oír adelantó el Señor lo que poco más arriba dice ( Lc 21-10-12): Se levantará un pueblo contra otro pueblo y un reino contra otro reino, y habrá terremotos en varias partes y pestilencias y hambres; y poco después de algunas cosas más agregó, esto que acabáis de oír ( Lc 21,25); Veránse fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas.

Estamos viendo que, de todos estos acontecimientos, unos han sucedido ya en efecto, y tememos que otros han de suceder pronto; pues levantarse un pueblo contra otro pueblo y hallarse las gentes consternadas, vemos que ocurre en nuestro tiempo más de lo que leemos en los libros; que el terremoto sepulta innumerables ciudades, sabéis con cuánta frecuencia lo oímos referir de otras partes del mundo; pestilencias las padecemos sin cesar; ahora, fenómenos prodigiosos en el sol, en la luna y en las estrellas todavía no los hemos visto claramente; pero que también éstos no distan mucho, lo colegimos de la mudanza de la atmósfera; por más que, antes de que Italia cayera bajo el dominio de los gentiles, vimos ráfagas de fuego, cual si relampagueara la misma sangre humana que ha sido derramada más tarde; no ha aparecido aún el extraño alboroto del mar y de las olas, pero, como muchas de las cosas anunciadas se han cumplido ya, no hay duda de que también sucederán las pocas que restan, porque el cumplimiento de las que pasaron da la seguridad de que se cumplirán las que están por venir.  Hermanos míos, estas cosas os las decimos con el fin de que vuestras almas estén vigilantes por vuestra salvación, no sea que, por contarse seguros, se adormezcan, o por la ignorancia languidezcan; antes bien, el temor las tenga siempre solícitas y la solicitud las confirme en el bien obrar, considerando esto que añade la palabra de nuestro Redentor (v.z6);

Secándose los hombres de temor y de sobresalto por las cosas que han de sobrevenir a todo el universo, porque las virtudes de los cielos estarán bamboleando. Ahora bien, ¿a qué llama el Señor virtudes de los cielos sino a los ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, principados y potestades, que aparecerán visibles a nuestros ojos a la venida del justo Juez, para entonces exigirnos rigurosa cuenta de lo que ahora el Creador invisible tolera paciente?

También allí se añade (v.27): Y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con grande poder y majestad. Como si claramente dijera: Al que no quisieron escuchar cuando se mostró humilde, le verán venir en grande poder y majestad, para que entonces experimenten su poder, tanto más riguroso cuanto menos doblegan ahora la cerviz del corazón ante la paciencia de Él.  Mas, porque todo esto se ha dicho contra los réprobos, en seguida se dicen palabras para consuelo de los elegidos; pues también se agrega (v.28): Vosotros, al ver que comienzan a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque se avecina vuestra redención. Como si la Verdad aconsejara claramente a sus elegidos, diciendo: Cuando vayan en aumento las calamidades del mundo, cuando en la conmoción de las virtudes del cielo se manifieste el terror del juicio, alzad la cabeza, esto es, estad de buen ánimo; porque al acabarse el mundo, del cual no sois amigos, se avecina la redención que esperáis; que frecuentemente en la Sagrada Escritura se dice la cabeza por significar el alma, porque, así como los miembros son regidos por la cabeza, así el alma dispone los pensamientos; de suerte que levantar la cabeza es levantar nuestra almas a los gozos de la patria celestial.

Por tanto, a los que aman a Dios se les manda gozarse y alegrarse del fin del mundo, porque cierto es que en seguida hallarán al que aman, mientras que fenece el que no amaron.

Lejos, pues, del fiel que desea ver a Dios el contristarse por las sacudidas del mundo, puesto que sabe que con sus mismas percusiones perece; porque escrito está (Iac. 4,4): Quien quisiere ser amigo de este mundo, se constituye enemigo de Dios. Por consiguiente, quien, al acercarse el fin del mundo, no se alegra, atestigua ser amigo de él y, por lo mismo, queda convicto de ser enemigo de Dios. Pero no suceda esto a los corazones de los fieles; no ocurra esto a los que por la fe creen que hay otra vida y la procuran con sus obras; pues llorar por la destrucción del mundo es propio de los que han fijado las raíces de su corazón en el amor de él, de los que no buscan la vida venidera, de los que ni siquiera sospechan que la hay. Pero nosotros, los que conocemos los gozos eternos de la patria celestial, debemos darnos prisa a poseerlos cuanto antes; debemos desear caminar más apresurados y llegar a ella por el camino más breve; porque ¿de qué males no se ve acosado el mundo? ¿Hay tristeza o adversidad alguna que no nos oprima? ¿Qué s la vida mortal sino un camino? Pues considerad, hermanos míos, qué tal cosa sea sentirse desfallecer de la fatiga del camino y no querer que ese camino tenga fin.

Ahora bien, que se deba no hacer caso del mundo y aun despreciarle, nuestro Redentor lo declara con una aguda comparación, cuando añadió en seguida (v.29-31): Reparad en la higuera y en los demás árboles: cuando ya empiezan a brotar de sí el fruto, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros, en viendo la ejecución de estas cosas, entended que el reino de Dios está cerca. Como si claramente dijera: Como la proximidad del verano se conoce por el fruto de los árboles, así por la destrucción del mundo se conoce estar cerca el reino de Dios. Palabras con las que acertadamente se pone de manifiesto que el fruto del mundo es su ruina, pues para esto crece, para caer; para esto cae, para germinar; y para esto germina, para consumir a fuerza de calamidades todo lo que germina.

Y está bien comparado el reino de Dios con el verano, porque, cuando los días de la vida resplandecen con la claridad del Sol eterno, se acabaron ya entonces los nubarrones de nuestra tristeza. Cosas todas éstas que se confirman plenamente con añadir sentencia que dice (v.32-33): Os empeño mi palabra que no, se acabará esta generación hasta que todo lo dicho se cumpla. El cielo la tierra se mudarán, pero mis palabras no faltarán.

Nada hay en el mundo más durable que el cielo y la tierra, y nada en él pasa más rápidamente que la palabra, pues las palabras, nuestras no están completas, no son palabras, y cuando se han completado ya no son, porque no pueden completarse sino pasando: ora bien, dice: El cielo y la tierra se mudarán, pero mis palabras no faltarán, que es como si claramente dijera: Todo lo que entre otros es durable hasta que venga la eternidad, no dura sino dándose; y todo lo que en mí se ve pasar se mantiene fijo y que perduran sin cambio, porque la palabra mía, que pasa, expresa sentencias que perduran sin cambiar.  He aquí, hermanos míos que ya estamos viendo lo que oíamos; el mundo se ve acosado cada día de nuevos y redoblados males. Ya veis cuántos habéis quedado de aquella multitud innumerable, y, con todo, aun insisten a diario los flagelos; nos vemos envueltos en desgracias repentinas; nuevas e imprevistas calamidades nos afligen; pues así como en la juventud está el cuerpo vigoroso, el pecho se mantiene fuerte y sano y robustos los brazos, mas en la senectud se abate la estatura, la cerviz flácida se doblega, el pecho siéntese oprimido con frecuentes anhelos, decaen las fuerzas y la respiración fatigosa entrecorta las palabras al hablar, porque, aunque no haya enfermedad; por lo regular para los viejos la misma salud es una enfermedad, así el mundo, en sus primeros años tuvo como el vigor de la juventud, fue robusto para propagar la prole del género humano, recio en la salud del cuerpo y pingüe en abundancia de cosas; mas ahora se ve oprimido por su misma senectud y con mayor frecuencia se ve como empujado a una muerte próxima por las crecientes molestias.

No queráis, hermanos míos, amar al que viendo no puede durar mucho tiempo. Fijad en vuestra alma los preceptos apostólicos, por los que se nos amonesta, diciendo (I Jn 2,15): No queráis amar al mundo ni las cosas mundanas, porque, si alguno ama al mundo, no habita en él la caridad del Padre. Hace tres días habéis visto, hermanos, cómo, por una repentina tempestad, añosas alamedas han sido arrancadas de cuajo y destruidas casas e iglesias demolidas hasta sus cimientos. ¡Cuántos sanos e incólumes por la tarde pensaban que a la mañana podrían hacer algo! Y, sin embargo, en esa misma noche fenecieron de muerte repentina, sorprendidos en el lazo de la destrucción.  Pero debemos considerar, carísimos, que, para realizar todo esto, el Juez invisible no hizo más que mover la fuerza de un viento tenuísimo, agitó una sola nube y socavó la tierra y sacudió la tierra violentamente los cimientos de tantos edificios que están para desplomarse. Pues ¿qué ha de hacer ese mismo Juez cuando venga El mismo y se enardezca su ira para tomar venganza de los pecadores, si cuando nos hiere por medio de una tenuísima nube, no le podemos soportar? ¿Qué hombre podrá subsistir en presencia de su ira, si con sólo mover el viento socavó la tierra, concitó las nubes y echó por los suelos tantos edificios?

San Pablo, considerando el rigor del Juez venidero, dice (Hebr. 10, 31) Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. El salmista expresa esta severidad, diciendo (Sal. 49,3): Vendrá Dios manifiestamente, vendrá nuestro Dios y no callará, llevará delante de sí un fuego devorador, alrededor de El una tempestad horrorosa. Al rigor, pues, de tan severo Juez acompañarán la tempestad y el fuego, porque la tempestad descubre a los que el fuego abraza.

Por tanto, hermanos carísimos, poned ante vuestros ojos aquel día, y todo lo que ahora se os hace pesado, en su comparación, se os hará muy llevadero; pues de aquel día se dice por el profeta (Sof. 1, 14-16) Cerca está el día grande del Señor, está cerca y va llegando con suma velocidad. Margas voces serán las que se oigan en el día del Señor, los poderosos se verán entonces en apreturas. Día de ira aquél, día de tribulación y de congoja, día de calamidad y de miseria, día de tinieblas y de oscuridad, día nublados y de tempestades, día del sonido terrible de la trompeta.

De este día dice el Señor de nuevo por el profeta (Ag 2,7): Aún falta un poco, y yo pondré en movimiento el cielo y la tierra. He aquí que, como antes hemos dicho, pone en movimiento el aire, y la tierra no subsiste. ¿Quién, pues, podrá soportarle cuando ponga en movimiento el cielo? ¿Y qué diríamos que son estos horrores que presenciamos sino unos pregoneros de la ira que sobrevendrá? Pues por eso también es necesario tener presente que estas tribulaciones son tan distintas de aquella última tribulación cuanto dista del poder del Juez la persona del pregonero.

Tened, por tanto, puesta vuestra atención, hermanos carísimos, en aquel día; enmendad la vida, cambiad las costumbres, venced las malas tentaciones resistiéndolas, y castigad con lágrimas los pecados cometidos, porque algún día veréis el advenimiento el eterno Juez tanto más seguros cuanto más prevenís con el temor su severidad.

Hágalo así el Señor.

(Homilía sobre los Evangelios, Libro I, Homilía I, Ed. BAC, Madrid, 1968, pp. 537-541)


FRANCISCO – Ángelus 2013

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Comenzamos hoy, primer domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico, es decir un nuevo camino del Pueblo de Dios con Jesucristo, nuestro Pastor, que nos guía en la historia hacia la realización del Reino de Dios. Por ello este día tiene un atractivo especial, nos hace experimentar un sentimiento profundo del sentido de la historia. Redescubrimos la belleza de estar todos en camino: la Iglesia, con su vocación y misión, y toda la humanidad, los pueblos, las civilizaciones, las culturas, todos en camino a través de los senderos del tiempo.

¿En camino hacia dónde? ¿Hay una meta común? ¿Y cuál es esta meta? El Señor nos responde a través del profeta Isaías, y dice así: «En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: “Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”» (2, 2-3). Esto es lo que dice Isaías acerca de la meta hacia la que nos dirigimos. Es una peregrinación universal hacia una meta común, que en el Antiguo Testamento es Jerusalén, donde surge el templo del Señor, porque desde allí, de Jerusalén, ha venido la revelación del rostro de Dios y de su ley. La revelación ha encontrado su realización en Jesucristo, y Él mismo, el Verbo hecho carne, se ha convertido en el «templo del Señor»: es Él la guía y al mismo tiempo la meta de nuestra peregrinación, de la peregrinación de todo el Pueblo de Dios; y bajo su luz también los demás pueblos pueden caminar hacia el Reino de la justicia, hacia el Reino de la paz. Dice de nuevo el profeta: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (2, 4).

Me permito repetir esto que dice el profeta, escuchad bien: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra».

¿Pero cuándo sucederá esto? Qué hermoso día será ese en el que las armas sean desmontadas, para transformarse en instrumentos de trabajo. ¡Qué hermoso día será ése! ¡Y esto es posible! Apostemos por la esperanza, la esperanza de la paz. Y será posible.

Este camino no se acaba nunca. Así como en la vida de cada uno de nosotros siempre hay necesidad de comenzar de nuevo, de volver a levantarse, de volver a encontrar el sentido de la meta de la propia existencia, de la misma manera para la gran familia humana es necesario renovar siempre el horizonte común hacia el cual estamos encaminados. ¡El horizonte de la esperanza! Es ese el horizonte para hacer un buen camino. El tiempo de Adviento, que hoy de nuevo comenzamos, nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. Una esperanza que no decepciona, sencillamente porque el Señor no decepciona jamás. ¡Él es fiel!, ¡Él no decepciona! ¡Pensemos y sintamos esta belleza!

El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar en la vida, es la Virgen María. Una sencilla muchacha de pueblo, que lleva en el corazón toda la esperanza de Dios. En su seno, la esperanza de Dios se hizo carne, se hizo hombre, se hizo historia: Jesucristo. Su Magníficat es el cántico del Pueblo de Dios en camino, y de todos los hombres y mujeres que esperan en Dios, en el poder de su misericordia. Dejémonos guiar por Ella, que es madre, es mamá, y sabe cómo guiarnos. Dejémonos guiar por Ella en este tiempo de espera y de vigilancia activa.

 

BENEDICTO XVI – Ángelus 2006, 2009 y 2012

2006

Queridos hermanos y hermanas:

(…)

En Adviento la liturgia con frecuencia nos repite y nos asegura, como para vencer nuestra natural desconfianza, que Dios “viene”: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.

Por eso el Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza, en el que se invita a los creyentes en Cristo a permanecer en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor. Ojalá que la cercanía de la Navidad de Cristo llene el corazón de todos los cristianos de alegría, de serenidad y de paz.

Para vivir de modo más auténtico y fructuoso este período de Adviento, la liturgia nos exhorta a mirar a María santísima y a caminar espiritualmente, junto con ella, hacia la cueva de Belén. Cuando Dios llamó a la puerta de su joven vida, ella lo acogió con fe y con amor. Dentro de pocos días la contemplaremos en el luminoso misterio de su Inmaculada Concepción. Dejémonos atraer por su belleza, reflejo de la gloria divina, para que “el Dios que viene” encuentre en cada uno de nosotros un corazón bueno y abierto, que él pueda colmar de sus dones.

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2009

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo iniciamos, por gracia de Dios, un nuevo Año litúrgico, que se abre naturalmente con el Adviento, tiempo de preparación para el nacimiento del Señor. El concilio Vaticano II, en la constitución sobre la liturgia, afirma que la Iglesia “en el ciclo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor”. De esta manera, “al conmemorar los misterios de la Redención, abre la riqueza del poder santificador y de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación” (Sacrosanctum Concilium, 102). El Concilio insiste en que el centro de la liturgia es Cristo, como el sol en torno al cual, al estilo de los planetas, giran la santísima Virgen María —la más cercana— y luego los mártires y los demás santos que “cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros” (ib., 104).

Esta es la realidad del Año litúrgico vista, por decirlo así, “desde la perspectiva de Dios”. Y, desde la perspectiva del hombre, de la historia y de la sociedad, ¿qué importancia puede tener? La respuesta nos la sugiere precisamente el camino del Adviento, que hoy emprendemos. El mundo contemporáneo necesita sobre todo esperanza: la necesitan los pueblos en vías de desarrollo, pero también los económicamente desarrollados. Cada vez caemos más en la cuenta de que nos encontramos en una misma barca y debemos salvarnos todos juntos. Sobre todo al ver derrumbarse tantas falsas seguridades, nos damos cuenta de que necesitamos una esperanza fiable, y esta sólo se encuentra en Cristo, quien, como dice la Carta a los Hebreos, “es el mismo ayer, hoy y siempre”  (Hb 13, 8). El Señor Jesús vino en el pasado, viene en el presente y vendrá en el futuro. Abraza todas las dimensiones del tiempo, porque ha muerto y resucitado, es “el Viviente” y, compartiendo nuestra precariedad humana, permanece para siempre y nos ofrece la estabilidad misma de Dios. Es “carne” como nosotros y es “roca” como Dios. Quien anhela la libertad, la justicia y la paz puede cobrar ánimo y levantar la cabeza, porque se acerca la liberación en Cristo (cf. Lc 21, 28), como leemos en el Evangelio de hoy. Así pues, podemos afirmar que Jesucristo no sólo atañe a los cristianos, o sólo a los creyentes, sino a todos los hombres, porque él, que es el centro de la fe, es también el fundamento de la esperanza. Y todo ser humano necesita constantemente la esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, la Virgen María encarna plenamente la humanidad que vive en la esperanza basada en la fe en el Dios vivo. Ella es la Virgen del Adviento: está bien arraigada en el presente, en el “hoy” de la salvación; en su corazón recoge todas las promesas pasadas y se proyecta al cumplimiento futuro. Sigamos su ejemplo, para entrar de verdad en este tiempo de gracia y acoger, con alegría y responsabilidad, la venida de Dios a nuestra historia personal y social.

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2012

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia empieza hoy un nuevo Año litúrgico, un camino que se enriquece además con el Año de la fe, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El primer tiempo de este itinerario es el Adviento, formado, en el Rito Romano, por las cuatro semanas que preceden a la Navidad del Señor, esto es, el misterio de la Encarnación. La palabra «adviento» significa «llegada» o «presencia». En el mundo antiguo indicaba la visita del rey o del emperador a una provincia; en el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Dios, a su presencia en el mundo; un misterio que envuelve por entero el cosmos y la historia, pero que conoce dos momentos culminantes: la primera y la segunda venida de Cristo. La primera es precisamente la Encarnación; la segunda el retorno glorioso al final de los tiempos. Estos dos momentos, que cronológicamente son distantes —y no se nos es dado saber cuánto—, en profundidad se tocan, porque con su muerte y resurrección Jesús ya ha realizado esa transformación del hombre y del cosmos que es la meta final de la creación. Pero antes del fin, es necesario que el Evangelio se proclame a todas las naciones, dice Jesús en el Evangelio de san Marcos (cf. 13, 10). La venida del Señor continúa; el mundo debe ser penetrado por su presencia. Y esta venida permanente del Señor en el anuncio del Evangelio requiere continuamente nuestra colaboración; y la Iglesia, que es como la Novia, la Esposa prometida del Cordero de Dios crucificado y resucitado (cf. Ap 21, 9), en comunión con su Señor colabora en esta venida del Señor, en la que ya comienza su retorno glorioso.

A esto nos llama hoy la Palabra de Dios, trazando la línea de conducta a seguir para estar preparados para la venida del Señor. En el Evangelio de Lucas, Jesús dice a los discípulos: «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y la inquietudes de la vida... Estad despiertos en todo tiempo, rogando» (Lc 21, 34.36). Por lo tanto, sobriedad y oración. Y el apóstol Pablo añade la invitación a «crecer y rebosar en el amor» entre nosotros y hacia todos, para que se afiancen nuestros corazones y sean irreprensibles en la santidad (cf. 1 Ts 3, 12-13). En medio de las agitaciones del mundo, o los desiertos de la indiferencia y del materialismo, los cristianos acogen de Dios la salvación y la testimonian con un modo distinto de vivir, como una ciudad situada encima de un monte. «En aquellos días —anuncia el profeta Jeremías— Jerusalén vivirá tranquila y será llamada “El Señor es nuestra justicia”» (33, 16). La comunidad de los creyentes es signo del amor de Dios, de su justicia que está ya presente y operante en la historia, pero que aún no se ha realizado plenamente y, por ello, siempre hay que esperarla, invocarla, buscarla con paciencia y valor.

La Virgen María encarna perfectamente el espíritu de Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo. Dejémonos guiar por ella, a fin de que el Dios que viene no nos encuentre cerrados o distraídos, sino que pueda, en cada uno de nosotros, extender un poco su reino de amor, de justicia y de paz.

RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org) Vino una pobre viuda

En aquellos días...

El Evangelio de hoy, penúltimo Domingo del año litúrgico, es el texto clásico sobre el fin del mundo. Escuchemos alguna ocurrencia: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces, verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad».

En cada época, ha habido alguien que se ha encargado de airear amenazadoramente a sus contemporáneos esta página del Evangelio, alimentando psicosis y angustia. El fenómeno se incrementa puntualmente en ciertas épocas, como la que apenas acabamos de vivir con el paso de un milenio a otro. Mi consejo es estar tranquilos y no dejarse turbar lo más mínimo por estas previsiones catastróficas. Basta leer la frase final del mismo fragmento evangélico: «El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».

Si ni siquiera los ángeles ni el Hijo (se entiende, en cuanto hombre, no en cuanto Dios) conocen el día y la hora del momento final, ¿es posible que lo conozca y sea autorizado a anunciarlo el último adepto de cualquier secta o algún fanático religioso? En el Evangelio, Jesús nos asegura sobre el hecho que él volverá un día y reunirá desde los cuatro vientos a sus elegidos; el cuándo y el cómo sucederá (sobre las nubes del cielo, tras oscurecerse el sol y el caer de los astros) forma parte del lenguaje figurado, propio del género literario de estos discursos.

Otra observación puede ayudamos a explicar ciertas páginas del Evangelio. Cuando nosotros hablamos del fin del mundo, pensamos de inmediato en el fin del mundo en absoluto; después del cual, no puede haber más que la eternidad (o la nada, según la creencia de alguno). Pero, la Biblia razona con categorías relativas e históricas más que absolutas y metafísicas. Cuando, por ello, habla del fin del mundo, entiende muy frecuentemente el mundo concreto, el existente de hecho y  conocido por un cierto grupo de hombres: su mundo. Se trata, en suma, más del fin de un mundo que del fin del mundo, a pesar de que ambas perspectivas, a veces, se entrelazan. Jesús dice: «No pasará esta generación hasta que todo esto suceda» (Mateo 24, 34). ¿Se ha equivocado? No; no pasó, en efecto, la generación que el mundo de sus oyentes, el mundo judío, pasó trágicamente con la destrucción de Jerusalén, en el año 70, después de Cristo. Cuando en el 410 tuvo lugar el saqueo de Roma por obra de los Vándalos, muchos grandes espíritus del tiempo pensaron que fuese el fin del mundo. No se equivocaban de mucho: terminaba un mundo, el creado por Roma con su imperio.

Esto no disminuye sino que acrecienta la seriedad de la permanencia cristiana. Sería la mayor necedad consolarse diciendo que, mientras tanto, nadie conoce cuándo tendrá lugar el fin del mundo, olvidando que éste puede ser, para mí, esta misma noche. Por esto, Jesús concluye el Evangelio de hoy con la recomendación: «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento».

Debemos cambiar completamente el estado de ánimo con que escuchamos estos Evangelios, que nos hablan del fin del mundo y de la vuelta de Cristo. Se ha terminado insólitamente por llegar a considerar como un castigo y una amenaza lo que la Escritura llama «dichosa esperanza» de los cristianos, esto es, la venida del Señor nuestro Jesucristo (Tito 2,13). Va por medio la idea misma que nosotros tenemos de Dios. Los discursos repetidos sobre el fin del mundo, por el modo como vienen hechos frecuentemente por personas con un sentimiento religioso deformado, tienen un efecto devastador sobre muchos: fortalecer la idea de un Dios perpetuamente enfadado y dispuesto a dar desahogo a su ira sobre el mundo. Pero, éste no es el Dios de la Biblia, que un salmo describe como «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo... porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,8-14).

Dios es, asimismo, justo y santo; es cierto; pero, si la idea que tenemos de su justicia y santidad es tal que, más que empujarnos a cambiar de vida y acercarnos a él, nos tiene a distancia y nos llena de temor, es falsa y hay que rechazarla. Dios es el más indulgente de los padres; presentarlo como un amo inflexible y exigente es el error más grande que podemos hacer. Un monje benedictino inglés, Jan Petit, antes de morir, escribió un libro con este título: Dios no está enfadado. En él narra cómo él mismo, después de haber sufrido durante mucho tiempo ante la idea de un Dios severo, exigente y vagamente amenazador, que llevaba encima desde la infancia, al final había llegado a aquel descubrimiento liberador, que había escogido como título de su libro: «¡Dios no está enfadado!» Es el mismo mensaje tranquilizador de la antífona de entrada de la Misa de hoy: «Dice el Señor: Tengo designios de paz y no de aflicción, me invocaréis y yo os escucharé» (Jeremías 29,11-12).

El anuncio del retorno de Cristo no tiene por finalidad suscitar angustia y miedo en quien se esfuerza por vivir rectamente, sino, al contrario, confianza y esperanza. Los primeros cristianos, que lo habían entendido bien, repetían frecuentemente en sus asambleas, Maranatha!, que quiere decir: ¡Ven, Señor Jesús! ¿Y no es una bonita noticia saber que no estamos yendo hacia un frío nada cósmico, como a un abismo infinito, que todo lo traga, sino al encuentro con quien nos ama y nos ha rescatado con su sangre? Esto explica cómo tantas personas, frente a la perspectiva del fin, han podido hacer propias las palabras del salmo: «¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!» (Salmo 122, 1).

Debemos, sin embargo, recoger, asimismo, otra certeza del Evangelio de hoy. Jesús concluye su discurso con la solemne afirmación: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán».

Esta afirmación hoy está fuertemente puesta en duda por algunos. En una colección de fragmentos en pro y en contra de la existencia de Dios (mucho más en contra que en pro) un conocido hombre de cultura y periodista ha escrito: «La religión morirá. No es un deseo, ni mucho menos una profecía. Es ya un hecho, que está teniendo su cumplimiento. No nos dejemos engañar por las masas oceánicas, que se reúnen en torno al Papa... Todo esto no es una “revancha de Dios” , sino sólo el último rayo de su puesta de sol. Pasada nuestra generación y, quizás, la de nuestros hijos, ya nadie más considerará la necesidad de dar un sentido a la vida, un verdadero problema fundamental... La técnica ha llevado a la religión a su crepúsculo».

He hablado al comienzo de los que se sienten ungidos para la misión de anunciar periódicamente el inminente fin del mundo. Como se ve, no están solos los profetas del fin. Si algunos, en nombre de la religión, se sienten llamados a anunciar el inminente fin del mundo, otros, en nombre del mundo, se sienten llamados a anunciar el fin inminente de la religión. Las dos clases de personajes tienen en común diferentes cosas. Ambas están dispuestas a jurar que la indicada por ellos es la vez buena; ambas están dispuestas a poner al día la fecha del fin, una vez que se ha revelado el error; ninguna de las dos se deja impresionar en lo más mínimo de los desmentidos del pasado.

Se olvida, por ejemplo, un hecho: lo que hoy se dice de la ciencia y de la técnica, esto es, que vendrá inexorablemente el fin de la religión, hace ya un siglo y medio que se decía sobre el Progreso; Marx lo decía sobre la lucha de clases; y así otras cosas; pero, cada vez los hechos han demostrado cuán infundadas fueron estas previsiones. Como si la ciencia y la técnica hubieran comenzado hoy y la aceleración, que tuvo lugar en este campo, durante el tiempo de la revolución industrial o en el tiempo de Einstein, hubiese sido menos brusca que la de hoy. Es extraño, por lo demás, que algunos filósofos en nombre de la ciencia y de la técnica anuncien el fin de la religión cuando los científicos, por su parte, se muestran en su mayoría bastante abiertos y deseosos de un diálogo con la religión, sintiéndose incapaces de explicar por sí solos el misterio del universo. Esto me confirma en una convicción: no es la ciencia en sí, cuanto las teorías construidas sobre la ciencia, las que separan de la fe; como no es el sufrimiento vivido en primera persona, en general, el que lleva al rechazo de Dios, cuanto las conclusiones que sacan otros, sobre la mesa, en tratados, dramas y novelas acerca del «sufrimiento del mundo».

Si se cree asistir al crepúsculo de la religión es porque se buscan los signos en un lugar equivocado, en un mundo extraviado: en los libros más bien que en la vida; en los maestros (cuántos son los que siguen sus dictámenes morales y sus ritos) más que en la cualidad (a qué niveles de humanidad y de heroísmo la fe es aún capaz de encumbrar como los santos a quien la abraza hasta el fin). Es verdad que la «masa» ya no parece conservar la fe más que con un tenue resplandor, incapaz de influir sobre las elecciones de vida; pero, posiblemente, es necesario además ser más cautos en este juicio. Dios es más comprensivo que muchos sociólogos humanos y sabe valorar igualmente este tenue resplandor. Está escrito de él que «la caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante» (Maleo 12,20).

Lo más sabio que el mundo y la religión pueden hacer no es anunciarle a nadie el inminente fin del otro, sino adaptarse a convivir juntos y darse, si es posible, una mano para hacer menos pesado el misterio de la vida y de la muerte acá abajo.

RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Mirad que llegan días...

Comienza un nuevo año litúrgico con este primer domingo de Adviento. El Evangelio, que nos acompañará en este tercer año del ciclo trienal, es el de Lucas. La tradición cristiana se ha complacido en resaltar algunas características de este Evangelio: es el Evangelio de la misericordia (a causa de algunas célebres parábolas, como la del hijo pródigo), el Evangelio de los pobres (por la especial atención a la dimensión social de la predicación de Cristo) y el Evangelio de la oración, del Espíritu Santo (por el relieve asociado a estos temas). Es, además, el Evangelio en el que aparece más clara la preocupación histórica. En el prólogo, el autor nos habla de sus fuentes y de las anteriores «investigaciones cuidadas» de la redacción de su Evangelio. También de continuo, muchas veces él se preocupa de indicar las coordenadas históricas y geográficas, dentro de las que se desarrolla el ministerio terreno de Cristo.

La liturgia, en sus lecturas, nos empuja hoya mirar hacia delante, nos pone en estado de espera, como hace puntualmente al inicio de cada año. Todos los verbos están en futuro. En la primera lectura escuchamos estas palabras de Jeremías: «Mirad que llegan días, oráculo del Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia...»

En esta espera, realizada con la venida del Mesías, el pasaje evangélico ofrece un horizonte y un contenido nuevo, que es el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad».

El Salmo responsorial invita al creyente a proyectarse hacia adelante, a lanzar una vez más su alma hacia lo alto, como hace el mar en cada marea alta:

«A ti, Señor, levanto mi alma» (Salmo 25,1).

Esta invitación de la liturgia a ponerse siempre de nuevo en camino refleja lo que acontece también en la vida. La capacidad de volver a esperar después del enésimo mentís de la realidad es una de las capacidades más increíbles del hombre (quien conoce la obra Esperando a Godot de Samuel Beckett tiene delante una imagen eficacísima de esta prerrogativa humana). Como la caña se endereza después de cada golpe de viento, así el ser humano vuelve a esperar después de cada revés de la suerte. Nuestra iniciativa más grande es quizás aquella, en todo caso, que nos permite continuar viviendo. ¡Pobre de nosotros el día que viniera a menos! La vida se pararía. Nosotros tenemos necesidad de esperar para vivir. ¡Vivir y esperar! ¿Qué es el hombre en su realidad existencial más profunda sino la capacidad de esperar, de proyectarse hacia el futuro o, como dicen los filósofos, de trascenderse? Un buen motor se califica por la capacidad de «reprís» que tiene; un hombre, por la capacidad de volver a recomenzar después de cada desengaño. Además, si no pudiese obtener aquello por lo que ha luchado, después de cada fracaso, volver a esperar no ha sido en vano. Le ha elevado a un conocimiento y a una sabiduría que ninguna escuela le habría podido enseñar. Es muy verdadero, también en el plano humano, lo que afirma san Pablo: «La esperanza no falla» (Romanos 5,5) ¡Nunca!

La esperanza es lo único que hace bella la vida y capaz de vivirse. El poeta Leopardi ha expresado esta verdad en una de sus pequeñas obras morales titulada Diálogo de un vendedor de almanaques y de un pasajero. Estamos en el inicio del nuevo año. Un pasajero (que representa al poeta) se acerca a un vendedor de calendarios en un ángulo de la calle. Antes de adquirir su calendario entabla con él una conversación. Comienza a hablar el pasajero:

—  ¿Creéis que este año nuevo será feliz?

—  Sí, cierto.

—  ¿Como este año pasado?

—  Más, mucho más.

—    ¿Os gustaría que el año nuevo fuese como alguno de estos últimos años que hemos vivido?

—  Señor, no; no me gustaría.

—  ¿Volveríais a vivir todo el tiempo pasado, comenzando desde el año que nacísteis?

—  ¡Ojalá gustase a Dios que lo pudiera!

—   ¿También, si debiérais rehacer la vida que habéis tenido ni más ni menos con todos los placeres y las desgracias que habéis pasado?

—  Esto no, no lo quisiéramos.

—  Entonces, ¿qué vida quisiérais hacer?

—  Quisiérais una vida así, como Dios me lo mandase, sin otros pactos.

—   Así lo quisiera también yo si tuviese que revivir, y así lo quieren todos... Bella no es la vida que se conoce, sino la que no se conoce; no la vida pasada sino la futura. Con el nuevo año, la suerte os comenzará a tratar bien a vosotros y a mí y a todos los demás, y comenzará la vida a ser feliz. ¿No es verdad?

—  Esperémoslo.

—  Dadme entonces el almanaque más hermoso que tengáis.

Todos pondríamos la firma para volver a comenzar la vida desde el principio, pero ninguno aceptaría hacerlo si se debiera desarrollar exactamente como la que ya hemos vivido. ¿Por qué? ¿Qué le faltaría? Le faltaría la esperanza, esto es, la novedad. ¿Y qué es la vida sin novedad? ¡Nada más que repetición inútil y muerta!

Aquello de lo que tenemos más necesidad en la vida son los «sobresaltos» de esperanza y es eso lo que la liturgia quiere ayudamos a realizar al inicio del nuevo año. La Biblia nos presenta ejemplos bellísimos de estos sobresaltos de esperanza. Uno se encuentra en la Tercera Lamentación de Jeremías. En medio de la desolación más total, durante el exilio, con la ciudad en ruinas y la gente extenuada por el hambre, el profeta entona su lamentación: «Yo soy el hombre que ha visto la miseria... Digo: ¡Ha fenecido mi vigor y la esperanza!» (Lamentaciones 3, 1. 18). Pero, en un cierto momento el profeta se para y se dice a sí mismo: «¡Mi porción es Yahvé... por eso en él espero» (Lamentaciones 3,24). Esta simple palabra lo cambia de golpe todo; el tono de la lamentación se serena y el profeta vuelve a hacer proyectos para el futuro. Probemos también nosotros a decir en ciertas circunstancias: «quiero esperar!» y experimentaremos la fuerza increíble que da esta decisión.

Pero, yo no puedo concluir esta reflexión sobre la esperanza sin hacer referencia a un aspecto distinto del problema. Cuando nosotros hablamos de la esperanza, entendemos siempre algo que nosotros esperamos de Dios. Hay un riesgo también en la esperanza: el de hacemos un crédito nuestro frente a Dios. Hemos esperado tantas veces una gracia, la escucha de una oración, estando seguros que esta vez sería la ocasión buena. Y nada, silencio total. Se acaba con pensar inconscientemente que es Dios quien nos es deudor de una explicación; que hemos sido hasta demasiado pacientes en esperar hasta ahora; que, después de todo, somos nosotros los que le hacemos un favor volviendo, aún otra vez, a esperar en él (ésta es la impresión de quien lee Esperando a Godot; las simpatías del público son todas para los dos pobrecillos que esperan, no ciertamente para Godot que se hace esperar tanto y que, en la intención del autor, parece que representa precisamente a Dios). Olvidamos una cosa: que también Dios espera algo de nosotros; que al inicio de cada nuevo año también él vuelve puntualmente a esperar que este será el año bueno, la vez nueva. ¿Bueno para qué? Pues, es claro: ¡para nuestra conversión! ¿Cuántos son los años que Dios atiende y espera esto de nosotros? De mí, son cincuenta y seis años (excluyo los primeros diez años, cuando era demasiado pequeño, para tener necesidad de conversión).

Quiero exponeros el pensamiento de un poeta querido para mí, Charles Péguy. También Dios, dice él, conoce la esperanza. Dios ama al hombre y no quiere que se pierda; pero no puede salvarlo «sin él», en contra de su libertad. Entonces, ¿qué puede hacer sino lo que hace todo padre en estas condiciones, esto es, esperar? ¿Qué hacía el padre del hijo pródigo en la espera sino mirar de vez en cuando por la ventana y esperar? «El arrepentimiento de un hombre es la coronación de una esperanza de Dios». Todos los sentimientos que nosotros debemos tener para con Dios, es Dios mismo quien ha comenzado a tenerlos primero para con nosotros. Nos dice que le amemos, pero es  él quien primeramente nos ha amado; nos pide creer en él, pero es él quien ha creído y ha tenido antes confianza por el hombre; nos pide esperar, pero es él quien espera primero en nosotros. Espera que aceptemos salvamos. He aquí en qué situación se ha metido Dios por amor del hombre. Debe esperar que nosotros nos salvemos. Es necesario que Dios espere lo pertinente del pecador. «Es necesario que espere que el señor pecador tenga la complacencia de pensar un poco en su salvación».

La pregunta más importante, al inicio de un nuevo año litúrgico, es por lo tanto esta: ¿será éste el año bueno para Dios? ¿El año en que coronaremos su esperanza y su espera a nuestro respecto convirtiéndonos en serio, pensando un poco en verdad sobre nuestra salvación? Lo importante no es que en esta vida nosotros obtengamos lo que esperamos de Dios sino que Dios obtenga lo que espera de nosotros. Él tiene la vida eterna para completar en un momento todas nuestras esperas y hacerse «perdonar» por el retraso.

 

 

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