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El nostre Senyor Jesucrist, Rei de l'Univers (cicle B): Com pot regnar Crist en els nostres cors?

La litúrgia d'avui ens convida a fixar la mirada en Jesús com a Rei de l'Univers. La bella oració del Prefaci ens recorda que el seu regne és «regne de debò i de vida, regne de santedat i de gràcia, regne de justícia, d'amor i de pau». Les lectures que hem escoltat ens mostren com va realitzar Jesús el seu regne; com ho realitza en l'esdevenir de la història; i què ens demana a nosaltres.

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Misa del día

REY DEL UNIVERSO

 Dn 7, 13-14; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37

 El diálogo que inserta el cuarto Evangelio en la escena del juicio de Jesús ante Pilato es una magnífica coyuntura para mostrar la especificidad de la realeza de Jesús. El profeta de Galilea aparece como un pretendiente a la realeza mesiánica, tal como lo registra el letrero (Jesús Nazareno, rey de los judíos) que el procurador romano mandó colocar sobre la cruz. El funcionario romano queda desconcertado ante este rey alternativo, que se asume como testigo de la verdad. La verdadera autoridad se sirve de la verdad y no de la propaganda engañosa. Pilato y Jesús están al servicio de dos concepciones diametralmente distintas de la autoridad. La vía romana justifica el dominio del fuerte sobre el débil, recurriendo a la fuerza de las armas. El camino cristiano promueve una convivencia fraterna, alentando la práctica de la justicia y la solidaridad con los más vulnerables.

 ANTÍFONA DE ENTRADA Ap 5, 12; 1, 6

 Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos.

 Se dice Gloria.

 ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundamentar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, concede, benigno, que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te alabe eternamente. Por nuestro Señor Jesucristo...

 

LITURGIA DE LA PALABRA

 PRIMERA LECTURA

 Su poder es eterno.

 Del libro del profeta Daniel: 7,13-14

 Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: Vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano de muchos siglos y fue introducido a su presencia. Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino. Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas lo servían. Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

 

SALMO RESPONSORIAL

 Del salmo 92, lab. 1c-2.5

 R/. Señor, tú eres nuestro rey.

 Tú eres, Señor, el rey de todos los reyes. Estás revestido de poder y majestad. R/.

 Tú mantienes el orbe y no vacila. Eres eterno, y para siempre está firme tu trono. R/.

 Muy dignas de confianza son tus leyes y desde hoy y para siempre, Señor, la santidad adorna tu templo. R/.

 SEGUNDA LECTURA

 El soberano de los reyes de la tierra ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre.

 Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan: 1, 5-8

 Hermanos míos: Gracia y paz a ustedes, de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, el soberano de los reyes de la tierra; aquel que nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Miren: El viene entre las nubes, y todos lo verán, aun aquellos que lo traspasaron. Todos los pueblos de la tierra harán duelo por su causa.

 “Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que ha de venir, el todopoderoso”. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

 ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mc 11, 9. 10

 R/. Aleluya, aleluya.

 ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! R/.

 EVANGELIO

 Tú lo has dicho. Soy rey.

 Del santo Evangelio según san Juan: 18, 33-37

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.

 Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Palabra del

 Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

 Credo

 ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

 Al ofrecerte, Señor, el sacrificio de la reconciliación humana, te suplicamos humildemente que tu Hijo conceda a todos los pueblos los dones de la unidad y de la paz. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 PREFACIO

 En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque has ungido con el óleo de la alegría, a tu Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, como Sacerdote eterno y Rey del universo, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz.

 Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...

 ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 28, 10-11

 En su trono reinará el Señor para siempre y le dará a su pueblo la bendición de la paz.

 ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

 Habiendo recibido, Señor, el alimento de vida eterna, te rogamos que quienes nos gloriamos de obedecer los mandamientos de Jesucristo, Rey del universo, podamos vivir eternamente con él en el reino de los cielos. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO.- En la historia reciente se ha recurrido a la imagen de Cristo Rey para legitimar proyectos de corte conservador tanto en México como en España. Al Jesús liberador también se le asoció con movimientos guerrilleros y revoluciones anticapitalistas en el siglo pasado: ¡Jesús, reducido a ícono político! La libertad y la defensa congruente de la verdad que Jesús vivió hasta el último día de su vida, desaconseja hacer lecturas partidarias de su mensaje. En una sociedad identificada con las formas democráticas de gobierno, habría que pensar en su imagen y afirmar que Jesús no se presentaría hoy como rey, sino como ciudadano transparente, participativo, respetuoso de los derechos humanos, defensor de la justicia y simpatizante activo de la legalidad que trae paz con justicia. La realeza de Jesús sorprende a Pilato, porque no dispone de la maquinaria del poder, ni de la propaganda mentirosa para hacerse escuchar. Sin embargo, sabemos y reconocemos que Él es nuestro único Rey.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

 Su reino no será destruido (Dn 7,13-14)

 

1ª lectura

 El que viene en las nubes del cielo «como un hijo de hombre» y al que, tras el juicio, se le da el reino universal y eterno, es la antítesis de las bestias antes mencionadas en esta visión. No ha surgido del mar tenebroso como aquéllas, ni tiene aspecto terrible y feroz, sino que ha sido suscitado por Dios —viene en las nubes—, y lleva en sí la debilidad humana. En ese juicio el hombre parece recuperar su dignidad frente a las bestias a las que está llamado a dominar (cfr Sal 8). Tal figura representa, como se interpretará más adelante, al «pueblo de los santos del Altísimo» (7,27), es decir, al Israel fiel. Sin embargo, también es una figura singular, como lo era el cuerno pequeño o el león con alas, y, en cuanto que se le da un reino, es un rey. Se trata de una figura individual que representa al pueblo. Ese hijo del hombre fue entendido como el Mesías personal en el judaísmo contemporáneo de Jesucristo (Libro de las Parábolas de Henoc); pero tal título sólo se une a los sufrimientos del Mesías y a su resurrección de entre los muertos cuando Jesucristo se lo aplica a Sí mismo en el Evangelio. «Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cfr Mt 16,23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre “que ha bajado del cielo” (Jn 3,13; cfr Jn 6,62; Dn 7,13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,28; cfr Is 53,10-12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 440).

 La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a Cristo a quien se le dio el imperio: «Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7,14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Nicea-Constantinopla)» (ibidem, n. 664).

 

Nos ha hecho estirpe real (Ap 1,5-8)

 2ª lectura

 En el v. 5 se aplican a Jesucristo tres títulos mesiánicos tomados del Sal 89,28-38, pero con un sentido nuevo a la luz de la fe cristiana:

 1º) Jesucristo «es el testigo fiel» porque Dios ha cumplido las promesas hechas en el Antiguo Testamento de un Salvador, hijo de David (cfr 2 S 7,12-14; Ap 5,5), ya que, efectivamente, con Cristo ha llegado la salvación. Por eso, más adelante San Juan llamará a Jesucristo el «Amén» (3,14), que es como decir que con la obra de Cristo Dios ha ratificado y cumplido su Palabra; y le llamará también el «Fiel y Veraz» (19,11), porque en Jesucristo se hace patente la fidelidad de Dios y la verdad de sus promesas.

 2º) A Jesús se le proclama después el «primogénito de los muertos», en cuanto que su Resurrección ha sido la victoria de la que participarán cuantos estén unidos a Él (cfr Col 1,18);

 3º) Y es «príncipe de los reyes de la tierra», pues a Él pertenece el dominio universal, que se manifestará plenamente en su segunda venida, pero que ya ha comenzado a actuar venciendo el poder del pecado y de la muerte.

El Señor no se contentó con librarnos de nuestros pecados, sino que nos hizo participar de su dignidad real y sacerdotal. Por eso merece la alabanza por los siglos. «Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo, para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 10).

 Aunque el texto dice, en presente, «viene rodeado de nubes» (v. 7) se ha de entender en

futuro: el profeta contempló las cosas venideras como si ya estuvieran presentes (cfr Dn 7,13). Será

el día del triunfo definitivo de Cristo, cuando aquellos que le crucificaron, «los que le traspasaron»

(Za 12,10; cfr Jn 19,37), y los que le hayan rechazado a lo largo de la historia, verán atónitos la

grandeza y la gloria del Crucificado.

 Al comentar este pasaje del Apocalipsis dice S. Beda: «El que vino oculto y para ser juzgado en su primera venida, vendrá entonces de manera manifiesta. Por eso [Juan] trae a la memoria estas verdades, a fin de que lleve bien estos padecimientos aquella Iglesia que ahora es perseguida por sus enemigos y que entonces reinará con Cristo» (Explanatio Apocalypsis 1,1).

 

El Reino de Cristo, reino de verdad y vida (Jn 18,33-37)

 Evangelio

 Ante el sumo pontífice la acusación contra Jesús había sido religiosa (ser Hijo de Dios, cfr Mt 26,57-68). Ahora ante Pilato es de carácter político. Con ella quieren comprometer la autoridad del Imperio romano: Jesús, al declararse Mesías y Rey de los judíos, aparecía un revolucionario que conspiraba contra el César. A Pilato no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero, como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (v. 33).

 Jesús, al contestar con una nueva pregunta, no rehúye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar en claro el carácter espiritual de su misión. Realmente la respuesta no era fácil. Desde la perspectiva de un gentil, un rey de los judíos era sencillamente un conspirador contra el Imperio; y, desde la perspectiva de los judíos nacionalistas, el Rey Mesías era el libertador político-religioso que les conseguiría la independencia. La verdad del mesianismo de Cristo transciende por completo ambas concepciones, y es lo que Jesús explica al procurador (v. 36), aun sabiendo la enorme dificultad que entraña entender la verdadera naturaleza del Reino de Cristo. Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180).

 Éste es el sentido profundo de su realeza: su reino es «el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz» (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre (3,16; 1 Jn 4,9).

 

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

 Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad.

Todo el que es discípulo de la verdad me escucha y oye mi voz (Juan 18, 37). Admirable cosa es la paciencia, pues al alma, liberada de las tempestades que suscitan los espíritus malignos, la establece en un puerto tranquilo. Cristo nos la enseñó y nos la enseña, sobre todo ahora que es llevado y traído para juicio. Llevado a Anás, respondió con gran mansedumbre; y al criado que lo hirió, le contestó de un modo capaz de reprimir toda soberbia. Desde ahí fue llevado a Caifás y luego a Pilato, gastándose en eso toda la noche; y en todas partes y ocasiones se presentó con gran mansedumbre.

 Cuando lo acusaron de facineroso, cosa que no le podían probar, Él, de pie, lo toleró todo en silencio. Cuando se le preguntó acerca del reino, le respondió a Pilato, pero adoctrinándolo y levantándole sus pensamientos a cosas mayores. Mas ¿por qué Pilato no examina a Jesús delante de los judíos sino en el interior del pretorio? Porque tenía gran estima de Jesús y quería examinar la causa cuidadosamente, lejos del tumulto. Cuando le preguntó: ¿Qué has hecho? Jesús nada le responde; en cambio, sí le responde acerca del reino. Le dice: Mi reino no es de este mundo, que era lo que más anhelaba saber el presidente. Como si le dijera: En verdad soy rey, pero no como tú lo sospechas, sino rey mucho más espléndido. Por aquí y por lo que sigue le declara no haber hecho nada malo. Pues quien asegura: Yo para esto he nacido y a esto vine, para dar testimonio de la verdad, claramente dice no haber hecho nada malo.

 Y cuando dice: Todo el que es discípulo de la verdad oye mi voz, invita a Pilato y lo persuade a oír sus palabras como si le dijera: Si alguno es veraz y anhela la verdad, sin duda me escuchará. Con estas pocas palabras lo excita hasta el punto de que Pilato le pregunta: ¿Qué es la verdad? Pero mientras lo insta y oprime lo urgente del momento. Pues advierte que semejante pregunta necesitaba tiempo para responderse, mientras que a él lo urgía el ansia de librarlo del furor de los judíos. Por tal motivo salió afuera. Y ¿qué les dice?: Yo no encuentro en él delito alguno. Observa cuán prudentemente lo hace. Porque no dijo: Puesto que ha pecado, es digno de muerte, pero ceded a la solemnidad. Sino que primero lo declaró libre de toda culpa; y hasta después, a mayor abundamiento, les ruega que si no quieren dejarlo libre como a inocente, a lo menos por la solemnidad lo perdonen como a pecador. Por tal motivo añade: Tenéis vosotros la costumbre de que en la Pascua se os dé libre un prisionero. Luego, como quien suplica, dice: ¿Queréis, pues, que os suelte al rey de los judíos? Vociferaron todos: No a ése, sino a Barrabás. ¡Oh mentes execrables! ¡Dejan libres a criminales como ellos y de sus mismas costumbres y en cambio ordenan castigar al que es inocente! ¡Antigua era en ellos semejante costumbre! Pero tú considera la benignidad del Señor.

 Y ordenó Pilato que lo azotaran, quizá para salvarlo, una vez aplacado así el furor de los judíos. Como por los medios anteriores no logró arrancárselo de las manos, esperando que con esto otro terminaría el daño, ordenó que lo azotaran y permitió que le vistieran la clámide y le pusieran la corona, a fin de amansar con esto la ira de los judíos. Por igual motivo, una vez coronado, lo sacó hacia ellos, para que viendo los ultrajes que se le habían inferido, reprimieran los judíos sus furores y vomitaran todo el veneno. Mas ¿por qué sin mandato del pretor los soldados hicieron todo esto? Para congraciarse con los judíos. También sin órdenes de él, durante la noche fueron al huerto: con ese motivo y para recibir la paga se atrevieron a todo. Y en medio de tantas y tan crueles injurias, Jesús permanecía callado, como lo estuvo también cuando nada respondió a Pilato, que lo interrogaba.

 Pero tú no te contentes con oír estas cosas, sino tenlas constantemente presentes, viendo al que es rey de la tierra y de los ángeles burlado por los soldados con palabras y con obras; y cómo todo lo tolera en silencio, y procura imitarlo de verdad. Como oyeron los soldados que Pilato lo había llamado rey de los judíos, lo revistieron de un paramento risible. Y Pilato lo sacó afuera y dijo: No encuentro en él delito alguno. Salió, pues, Jesús llevando su corona; pero ni aun así se aplacó el furor de los judíos, sino que clamaban: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Como viera Pilato que en vano intentaba todos los caminos, les dijo: ¡Tomadlo allá y crucificadlo! Por aquí se ve que las afrentas anteriores fueron una concesión hecha a la ira de los judíos.

 Dice Pilato: Yo no encuentro en él delito alguno. Observa de cuántos modos lo justifica el juez y con cuánta frecuencia rechaza los crímenes que se le achacan. Pero nada podía alejar de la presa aquellos canes. Las expresiones: Tomadlo allá vosotros y crucificadlo son propias de quien está ya fastidiado y de quien finalmente los empuja a una cosa ilícita. Los judíos lo habían llevado al juez para que condenado por su sentencia quedara perdido por ellos. Pero sucedió lo contrario, que por sentencia del juez fue absuelto. Entonces ellos, puestos en vergüenza por ese modo, respondieron al juez: Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir, pues se ha hecho Hijo de Dios.

 Pero entonces, ¿por qué cuando el juez dijo: Tomadlo allá vosotros y según vuestra ley juzgadlo, le respondisteis: A nosotros no nos es lícito dar la muerte a nadie; y en cambio ahora acudís a vuestra ley? Advierte además la acusación: Pues se ha hecho Hijo de Dios. Pero decidme: ¿Es cosa de recriminar a quien hace obras de Hijo de Dios el que a Sí mismo se llame Hijo de Dios? ¿Qué hacía mientras Cristo? En tanto que ellos así dialogaban, él hacía verdadero el dicho del profeta: No abrirá su boca. En su humildad fue arrebatado del juicio; Él callaba. Cuando Pilato les oyó decir que Jesús so hacía Hijo de Dios, temió; y con el miedo de que fuera verdad lo que decían, tembló de parecer que obraba con injusticia. En cambio los judíos, aun sabiendo ser eso verdad por la doctrina y las obras, no temblaron sino que lo llevaron a la muerte, por los mismos motivos por los que debían adorarlo.

 Pilato ya no le pregunta: ¿Qué has hecho? Conmovido por el temor cuida de interrogarlo sobre cosas más altas y le dice: ¿Eres tú el Cristo? Pero Jesús nada le respondió. Ya había oído Pilato decir: Yo para esto nací y para esto he venido; y también: Mi reino no es de este mundo. Era pues su deber oponerse a los judíos y arrancarles a Cristo de sus manos. Pero no lo hizo, sino que se dejó llevar del impulso de los judíos. Estos, una vez refutados en todo, se acogen a la acusación de un crimen político y dicen a Pilato: Quien se proclama rey se rebela contra el César. Convenía por lo tanto examinar también este capítulo con diligencia y ver si anhelaba Cristo convertirse en tirano y echar del trono al César. Pero Pilato no lo examina acerca de eso; y por lo mismo tampoco Cristo le responde, pues sabía que el pretor inútilmente preguntaba.

 Por lo demás no quería Cristo, estando en pie el testimonio de sus obras, vencer con el de sus palabras ni defenderse por este medio, demostrando con esto que voluntariamente se encontraba en aquel paso. Como Él callaba, Pilato le dice: ¿No sabes que tengo poder para crucificarte? ¿Adviertes cómo a sí mismo de antemano se condena? Pues si todo está en tu mano ¿por qué no lo das libre, ya que no has encontrado en Él crimen alguno? Pronunciada así la sentencia contra sí mismo, finalmente le dice Cristo: El que me entregó a ti tiene más grave pecado, con lo que avisaba al pretor que tampoco él estaba libre de pecado.

 Luego, reprimiéndole su arrogancia y soberbia, le añadió: No tendrías potestad si no se te hubiera dado. Le declaraba así que todo, iba sucediendo, no según el curso natural de las cosas, sino de un modo misterioso. Y para que Pilato al oír: Si no se te hubiera dado, no se creyera libre de crimen, añade Cristo: El que me entregó a ti tiene mayor pecado. Dirás: pero si se le había dado poder, ni él ni los judíos eran reos de pecado. Vanamente te expresas así; porque aquí la palabra dado es lo mismo que concedido. Como si dijera: Han permitido que esto sucediera, mas no por eso vosotros quedáis sin culpa. Aterrorizó Jesús a Pilato con semejantes palabras, y al mismo tiempo Él claramente se justificó. Por lo cual Pilato intentó librarlo.

Mas los judíos de nuevo clamaban: Si dejas libre a éste, no eres amigo del César. Puesto que con presentar infracciones contra la ley de ellos nada habían aprovechado, astutamente acuden a las leyes civiles y dicen: Todo el que se hace rey se rebela contra el César. Pero ¿en dónde apareció Cristo anhelando ser rey? ¿Cómo podéis comprobarlo? ¿Por la púrpura? ¿Por la diadema, por el vestido, por los soldados? ¿Acaso no andaba siempre con solos los doce discípulos? ¿Acaso no usaba de alimentos, vestido, habitación más humildes que todos? Pero ¡oh impudentes! ¡Oh miedo inmotivado! Pilato, temeroso del peligro si en eso del reino se descuidaba, salió como quien va a examinar las acusaciones (porque esto da a entender el evangelista cuando dice que se sentó al tribunal); pero luego, sin instituir examen alguno, puso a Jesús en manos de los judíos, creyendo que así los doblegaría.

 Que éste fuera su pensamiento, óyelo por sus palabras: ¡He aquí a vuestro rey! Y como ellos clamaran: ¡Crucifícalo! todavía les dijo: ¿A vuestro rey he de crucificar? Pero ellos gritaban: No tenemos otro rey que el César. Espontáneamente se sujetaron al castigo. Por eso Dios los entregó a sus enemigos, ya que ellos primero se habían sustraído a su providencia y protección; y pues de común consentimiento negaron a su rey, permitió Dios que por sus mismos votos se arruinaran.

 Todo el curso de lo que se había ido ventilando debía haberles calmado la ira; pero temían que si Jesús quedaba libre de nuevo congregaría al pueblo; de manera que ponían todos los medios para que eso no sucediera. Grave cosa es la ambición; grave y tal que puede perder las almas. Por tal motivo ellos nunca dieron oídos a Jesús. Pilato con oírlo, por solas sus palabras se inclina a dejarlo ir libre; pero ellos instan y claman: ¡Crucifícalo! ¿Por qué tenían tan gran empeño en darlo muerte? ¡Muerte ignominiosa era aquella! Temerosos por lo mismo de que su memoria perdurara en lo futuro, cuidan de ti que se le aplique este suplicio ignominioso, sin caer en la cuenta de que la verdad precisamente por los obstáculos más resplandece y se alza. Y que esto fuera lo que sospechaban, oyen cómo lo dicen: Nosotros hemos oído que aquel engañador dijo: Después de tres días resucitaré. Por tal motivo todo lo agitaban y revolvían con el objeto de borrar en lo futuro todo recuerdo de Jesús. Y gritaban repetidas veces: ¡Crucifícalo! Los príncipes habían corrompido a la turba desordenada.

 Por nuestra parte, no únicamente leamos estas cosas, sino llevemos en nuestro pensamiento la corona de espinas, la clámide, la caña hueca, las bofetadas, los golpes dados en los ojos, los salivazos y las burlas. Tales cosas, si frecuentemente las meditamos, pueden apagar toda la ira. Aun cuando se burlen de nosotros, aun cuando suframos injusticias, repitamos muchas veces: No es el siervo más que su señor. Traigamos a la memoria lo que los judíos rabiosos le decían a Jesús: Eres poseso, eres samaritano; en nombre de Beel zebul arroja los demonios. Todo esto lo sufrió Él para que sigamos sus huellas, soportando las afrentas, que es la cosa que más duele a las almas.

 En realidad Él no sólo padeció estas cosas, sino que puso todos los medios para librar del castigo preparado a quienes las perpetraron y maquinaron. Así les envió para su salvación a los apóstoles. Y a éstos les oímos que les dicen a los judíos: Sabemos que procedisteis por ignorancia; y así los atraen a penitencia. Imitemos estas cosas. Nada hay que aplaque a Dios como el amar a los enemigos y hacer bien a los que nos dañan. Cuando alguno te molesta, no te fijes en él, sino en el demonio que es quien lo mueve, e irrítate grandemente contra éste. En cambio al que éste ha movido, compadécelo. Si la mentira viene del demonio, mucho más proviene de él irritarse sin motivo. Cuando veas al que de ti se burla, piensa que es el demonio quien lo incita, puesto que semejantes burlas no son propias de cristianos.

 Ciertamente aquel a quien se le ha ordenado llorar y ha oído aquella palabra: ¡Ay de vosotros los que reís a tal, carcajadas! Ese tal, cuando echa injurias a la cara o se burla o se irrita, no es digno de injurias sino de lágrimas. También Cristo se conmovió pensando en Judas. Cuidemos de poner por obra estas cosas. Si no lo hacemos, en vano hemos venido a este mundo, o mejor dicho, para nuestra desgracia. No puede la fe sin obras introducir al Cielo. Al revés, puede servir para mayor condenación de quienes viven desordenadamente.

 Dice Cristo: Quien conoce la voluntad de su señor y no la cumple, será reciamente, abundantemente azotado. Y también “Si Yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pues bien, ¿qué excusa tendremos los que habitando en los palacios reales, penetrando en el santuario, hechos partícipes de los misterios que redimen de los pecados, somos peores que los gentiles que no disfrutan de ninguna de esas cosas? Si los paganos por la gloria vana dieron tantas muestras de alta sabiduría y virtudes, mucho más conveniente es que nosotros por la voluntad de Dios ejercitemos toda clase de virtud.

 Pero ahora, ni siquiera despreciamos los dineros cuando esos paganos con frecuencia despreciaron la vida; y en las guerras ofrecieron a la insania de los demonios a sus propios hijos, y para honrarlos pasaron por sobre lo que pedía la humana naturaleza. Nosotros ni siquiera despreciamos la plata por Cristo, ni deponemos la ira para agradar a Dios, sino que nos ponemos furiosos y en nada diferimos de los delirantes atacados de la fiebre. Pues así como éstos, a causa de su enfermedad están ardiendo, así nosotros como ahogados por un fuego, nunca logramos contener la codicia, sino que acrecentamos la avaricia y la cólera.

 Por tal motivo me avergüenzo y me admiro sobre manera cuando veo entre los gentiles gentes que desprecian las riquezas, mientras que acá entre nosotros todos andamos enloquecidos por la codicia. Pues aun cuando veamos entre vosotros a algunos que las desprecian, pero esos tales son por otra parte, víctimas de otros vicios, como son la ira y la envidia: cosa difícil es encontrar quienes limpiamente ejerciten todas las virtudes. Y la razón es que no cuidamos de tomar los remedios que nos ofrecen las Sagradas Escrituras, ni atendernos a su lectura con el corazón contrito y con lágrimas, sino que cuando tenemos algún descanso las leemos, pero muy de ligero, y por encima.

 Por tal motivo, y habiendo entrado ya en el alma todo un aluvión de cosas seculares, éste la inunda y arrastra consigo y destruye el fruto que se haya podido conseguir. No puede ser que quien tiene una llaga y le aplica la medicina, pero la liga cuidadosamente sino que deja que el remedio se caiga y expone su úlcera al agua y al polvo, al calor y a otros contables elementos, capaces de exacerbar la llaga, aproveche algo. Y no acontece tal cosa por falta de eficacia del remedio sino por la desidia del enfermo. Y es lo que suele acontecer cuando apenas si atendemos un poco a las divinas palabras mientras que, por el contrario, continuamente nos damos a los negocios del siglo. La simiente queda ahogada y no produce fruto.

 Para que esto no suceda, abramos siquiera un poquito los ojos y levantémoslos al cielo; y de ahí abajémoslos luego a los sepulcros y a las tumbas de los muertos. La misma muerte espera a todos y la misma necesidad de salir de este mundo se nos echa encima, quizá incluso antes de que llegue la noche. Preparémonos para semejante partida, puesto que necesitamos abundante viático; porque allá al otro lado hay grandes calores, mucho bochorno y gran soledad. Allá no se puede demorar en la hospedería ni comprar en la plaza: todo hay que llevarlo preparado desde acá. Oye lo que dicen a las vírgenes prudentes del evangelio: Id a los vendedores. Oye lo que dice Abraham: Grande abismo hay entre vosotros y nosotros. Escucha lo que clama Ezequiel en referencia a ese día último: Ni Noé, ni Job, ni Daniel librarán a sus hijos.

 Pero... ¡lejos de nosotros que vayamos a oír tales palabras; sino que habiendo apañado acá todo el viático necesario para la vida eterna, ojalá contemplemos al Señor nuestro Jesucristo, con el cual sean al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, el poder y el honor, ahora y siempre y par siglos de los siglos.—Amén.

 (Explicación del Evangelio de San Juan, Homilía, LXXXIV)

 

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FRANCISCO – Homilías 2013 y 2014

 Homilía 2013

 La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón.

 Dirijo también un saludo cordial y fraterno a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas, aquí presentes. El saludo de paz que nos intercambiaremos quiere expresar sobre todo el reconocimiento del Obispo de Roma a estas Comunidades, que han confesado el nombre de Cristo con una fidelidad ejemplar, pagando con frecuencia un alto precio.

 Del mismo modo, y por su medio, deseo dirigirme a todos los cristianos que viven en Tierra Santa, en Siria y en todo el Oriente, para que todos obtengan el don de la paz y la concordia.

 Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo está en el centro, Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia.

 El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creación: en él, por medio de él y en vista de él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio: Jesucristo, el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12-20). Señor de la creación, Señor de la reconciliación.

 Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Y así nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo, nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo.

 Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí, en el centro. Ahora está aquí en la Palabra, y estará aquí en el altar, vivo, presente, en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo.

Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En él somos uno; un único pueblo unido a él, compartimos un solo camino, un solo destino. Sólo en él, en él como centro, encontramos la identidad como pueblo.

 Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad, y también el centro de la historia de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.

 Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, al final se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja de atender una petición como esa. Hoy todos podemos pensar en nuestra historia, nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno tiene también sus equivocaciones, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos tristes. En este día, nos vendrá bien pensar en nuestra historia, y mirar a Jesús, y desde el corazón repetirle a menudo, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: “Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino. Jesús, acuérdate de mí, porque yo quiero ser bueno, quiero ser buena, pero me falta la fuerza, no puedo: soy pecador, soy pecadora. Pero, acuérdate de mí, Jesús. Tú puedes acordarte de mí porque tú estás en el centro, tú estás precisamente en tu Reino.” ¡Qué bien! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, muchas veces. “Acuérdate de mí, Señor, tú que estás en el centro, tú que estás en tu Reino.”

 La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da más, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino.

 Jesús es el centro de nuestros deseos de gozo y salvación. Vayamos todos juntos por este camino.

 

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Homilía 2014

 La liturgia de hoy nos invita a fijar la mirada en Jesús como Rey del Universo. La hermosa oración del Prefacio nos recuerda que su reino es «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz». Las lecturas que hemos escuchado nos muestran cómo realizó Jesús su reino; cómo lo realiza en el devenir de la historia; y qué nos pide a nosotros.

 Ante todo, cómo realizó Jesús su reino: lo hizo con la cercanía y la ternura hacia nosotros. Él es el pastor, de quien habló el profeta Ezequiel en la primera lectura (cf. 34, 11 - 12. 15-17). Todo este pasaje está entrelazado por verbos que indican la premura y el amor del pastor hacia su rebaño: buscar, cuidar, reunir a los dispersos, conducir al apacentamiento, hacer descansar, buscar a la oveja perdida, recoger a la descarriada, vendar a la herida, fortalecer a la enferma, atender, apacentar. Todos estas actitudes se hicieron realidad en Jesucristo: Él es verdaderamente el «gran pastor de las ovejas y guardián de nuestras almas» (cf.Hb 13, 20; 1 P 2, 25).

  Y quienes estamos llamados en la Iglesia a ser pastores, no podemos distanciarnos de este modelo, si no queremos convertirnos en mercenarios. Al respecto, el pueblo de Dios posee un olfato infalible al reconocer a los buenos pastores y distinguirlos de los mercenarios.

 Después de su victoria, es decir, tras su Resurrección, ¿cómo lleva adelante Jesús su reino? El apóstol Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, dice: «Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (15, 25). Es el Padre quien poco a poco somete todo al Hijo, y al mismo tiempo el Hijo somete todo al Padre, y al final incluso a sí mismo. Jesús no es un rey al estilo de este mundo: para Él reinar no es mandar, sino obedecer al Padre, entregarse a Él, para que se realice su designio de amor y de salvación. Así hay plena reciprocidad entre el Padre y el Hijo. Por lo tanto, el tiempo del reino de Cristo es el largo tiempo del sometimiento de todo al Hijo y de la entrega de todo al Padre. «El último enemigo en ser destruido será la muerte» (1 Cor 15, 26). Y al final, cuando todo sea sometido bajo la realeza de Jesús, y todo, incluso Jesús mismo, sea sometido al Padre, Dios será todo en todos (cf. 1 Cor 15, 28).

 El Evangelio nos dice qué nos pide el reino de Jesús a nosotros: nos recuerda que la cercanía y la ternura son la norma de vida también para nosotros, y a partir de esto seremos juzgados. Este será el protocolo de nuestro juicio. Es la gran parábola del juicio final de Mateo 25. El Rey dice: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (25, 34-36). Los justos contestarán: ¿cuándo hemos hecho todo esto? Y Él responderá: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

 La salvación no comienza con la confesión de la realeza de Cristo, sino con la imitación de sus obras de misericordia a través de las cuales Él realizó el reino. Quien las realiza demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque hizo espacio en su corazón a la caridad de Dios. Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor, en la proximidad y en la ternura hacia los hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o no en el reino de Dios, nuestra ubicación en una o en otra parte. Jesús, con su victoria, nos abrió su reino, pero está en cada uno de nosotros la decisión de entrar en él, ya a partir de esta vida —el reino comienza ahora— haciéndonos concretamente próximo al hermano que pide pan, vestido, acogida, solidaridad, catequesis. Y si amaremos de verdad a ese hermano o a esa hermana, seremos impulsados a compartir con él o con ella lo más valioso que tenemos, es decir, a Jesús y su Evangelio.

 Hoy la Iglesia nos presenta como modelos a los nuevos santos que, precisamente mediante las obras de una generosa entrega a Dios y a los hermanos, sirvieron, cada uno en el propio ámbito, al reino de Dios y se convirtieron en sus herederos. Cada uno de ellos respondió con extraordinaria creatividad al mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Se dedicaron sin reservas al servicio de los últimos, asistiendo a los indigentes, enfermos, ancianos y peregrinos. Su predilección por los pequeños y los pobres era el reflejo y la medida del amor incondicional a Dios. En efecto, buscaron y descubrieron la caridad en la relación fuerte y personal con Dios, de la que brota el verdadero amor por el prójimo. Por ello, en la hora del juicio, escucharon esta dulce invitación: «Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25, 34).

 Con el rito de canonización, hemos confesado una vez más el misterio del reino de Dios y honrado a Cristo Rey, pastor lleno de amor por su rebaño. Que los nuevos santos, con su ejemplo y su intercesión, hagan crecer en nosotros la alegría de caminar por la senda del Evangelio, la decisión de asumirlo como la brújula de nuestra vida. Sigamos sus huellas, imitemos su fe y su caridad, para que también nuestra esperanza se revista de inmortalidad. No nos dejemos distraer por otros intereses terrenos y pasajeros. Y que la Madre, María, reina de todos los santos, nos guíe en el camino hacia el reino de los cielos.

 

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2009 y 2012 – Homilía 2012 Ángelus 2009

 Queridos hermanos y hermanas:

 En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de “rey”, referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión “rey de Israel” y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: “Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él” (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.” (Mt28, 18).

 Pero, ¿en qué consiste el “poder” de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su “bandera”, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.

 Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

 

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Ángelus 2012

 Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia celebra a Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Esta solemnidad está ubicada al final del año litúrgico y resume el misterio de Jesús, “primogénito de entre los muertos y dominador de todos los poderosos de la tierra” (Oración Colecta Año B), ampliando nuestra mirada hacia la plena realización del Reino de Dios, cuando Dios será todo en todos (cf. 1 Cor. 15,28). San Cirilo de Jerusalén dice: “No solo proclamamos la primera venida de Cristo, sino también una segunda mucho más hermosa que la primera. La primera, de hecho, fue una demostración de sacrificio, la segunda porta la diadema de la realeza divina; …en la primera fue subordinado a la humillación de la cruz, en la segunda es rodeado y glorificado por una multitud de ángeles” (Catequesis XV, 1 Illuminandorum, De Secundo Christi adventu: PG 33, 869 A).

 Toda la misión de Jesús y el contenido de su mensaje consisten en la proclamación del Reino de Dios, de instaurarlo en medio de los hombres con signos y prodigios. “Pero --como ha recordado el Concilio Vaticano II--, sobretodo el Reino se manifiesta en la misma persona de Cristo” (Const. Dogm. Lumen Gentium, 5), quien lo ha instaurado a través de su muerte en la cruz y su resurrección, con lo cual se ha manifestado como Señor y Mesías y Sacerdote para siempre. Este Reino de Cristo fue confiado a la Iglesia, que es “semilla” y “principio” y tiene la tarea de anunciarlo y proclamarlo entre las personas, con el poder del Espíritu Santo (cf. Ibid.). Al final del tiempo establecido, el Señor presentará a Dios Padre el Reino, y le ofrecerá a todos los que han vivido de acuerdo al mandamiento del amor.

 Queridos amigos, todos estamos llamados a prolongar la obra salvífica de Dios, convirtiéndonos al Evangelio, situándonos con decisión detrás de aquel Rey que no vino para ser servido sino para servir, y para dar testimonio de la verdad (cf. Mc. 10,45; Jn. 18,37).

 En esta prospectiva, les invito a todos a orar por los seis nuevos cardenales que he creado ayer, a fin de que el Espíritu Santo les refuerce en la fe y en la caridad y les colme de sus dones, para que vivan su nueva responsabilidad como un mayor compromiso a Cristo y a su Reino. Estos nuevos miembros del Colegio Cardenalicio representan la dimensión universal de la Iglesia: son pastores de las Iglesias en el Líbano, en la India, Nigeria, Colombia, y en las Filipinas, y uno de ellos ha estado por largo tiempo al servicio de la Santa Sede.

 Invocamos la protección de la Santísima Virgen sobre cada uno de ellos y los fieles confiados a su servicio. La Virgen nos ayude a todos a vivir el momento presente esperando el regreso del Señor, pidiendo con fuerza a Dios: “Venga tu reino”, y cumpliendo con las obras de la luz que nos acercan cada vez más al Cielo, conscientes de que, en los turbulentos eventos de la historia, Dios continua a construir su Reino de amor.

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 Homilía 2012

 Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas

 En este último domingo del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como Rey del universo. Nos llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor aún en profundidad, hacia la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de Cristo. Cuando fue creado el mundo, al comienzo, él estaba con el Padre, y manifestará plenamente su señorío al final de los tiempos, cuando juzgará a todos los hombres. Las tres lecturas de hoy nos hablan de este reino. En el pasaje evangélico que hemos escuchado, sacado de la narración de san Juan, Jesús se encuentra en la situación humillante de acusado, frente al poder romano. Ha sido arrestado, insultado, escarnecido, y ahora sus enemigos esperan conseguir que sea condenado al suplicio de la cruz. Lo han presentado ante Pilato como uno que aspira al poder político, como el sedicioso rey de los judíos. El procurador romano indaga y pregunta a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18,33). Jesús, respondiendo a esta pregunta, aclara la naturaleza de su reino y de su mismo mesianismo, que no es poder mundano, sino amor que sirve; afirma que su reino no se ha de confundir en absoluto con ningún reino político: «Mi reino no es de este mundo… no es de aquí» (v. 36).

 Está claro que Jesús no tiene ninguna ambición política. Tras la multiplicación de los panes, la gente, entusiasmada por el milagro, quería hacerlo rey, para derrocar el poder romano y establecer así un nuevo reino político, que sería considerado como el reino de Dios tan esperado. Pero Jesús sabe que el reino de Dios es de otro tipo, no se basa en las armas y la violencia. Y es precisamente la multiplicación de los panes la que se convierte, por una parte, en signo de su mesianismo, pero, por otra, en un punto de inflexión de su actividad: desde aquel momento el camino hacia la Cruz se hace cada vez más claro; allí, en el supremo acto de amor, resplandecerá el reino prometido, el reino de Dios. Pero la gente no comprende, están defraudados, y Jesús se retira solo al monte a rezar (cf. Jn 6,1-15). En la narración de la pasión vemos cómo también los discípulos, a pesar de haber compartido la vida con Jesús y escuchado sus palabras, pensaban en un reino político, instaurado además con la ayuda de la fuerza. En Getsemaní, Pedro había desenvainado su espada y comenzó a luchar, pero Jesús lo detuvo (cf. Jn 18,10-11). No quiere que se le defienda con las armas, sino que quiere cumplir la voluntad del Padre hasta el final y establecer su reino, no con las armas y la violencia, sino con la aparente debilidad del amor que da la vida. El reino de Dios es un reino completamente distinto a los de la tierra.

 Y es esta la razón de que un hombre de poder como Pilato se quede sorprendido delante de un hombre indefenso, frágil y humillado, como Jesús; sorprendido porque siente hablar de un reino, de servidores. Y hace una pregunta que le parecería una paradoja: «Entonces, ¿tú eres rey?». ¿Qué clase de rey puede ser un hombre que está en esas condiciones? Pero Jesús responde de manera afirmativa: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (18,37). Jesús habla de rey, de reino, pero no se refiere al dominio, sino a la verdad. Pilato no comprende: ¿Puede existir un poder que no se obtenga con medios humanos? ¿Un poder que no responda a la lógica del dominio y la fuerza? Jesús ha venido para revelar y traer una nueva realeza, la de Dios; ha venido para dar testimonio de la verdad de un Dios que es amor (cf. 1Jn 4,8-16) y que quiere establecer un reino de justicia, de amor y de paz (cf. Prefacio). Quien está abierto al amor, escucha este testimonio y lo acepta con fe, para entrar en el reino de Dios.

 Esta perspectiva la volvemos a encontrar en la primera lectura que hemos escuchado. El profeta Daniel predice el poder de un personaje misterioso que está entre el cielo y la tierra: «Vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará» (7,13-14). Se trata de palabras que anuncian un rey que domina de mar a mar y hasta los confines de la tierra, con un poder absoluto que nunca será destruido. Esta visión del profeta, una visión mesiánica, se ilumina y realiza en Cristo: el poder del verdadero Mesías, poder que no tiene ocaso y que no será nunca destruido, no es el de los reinos de la tierra que surgen y caen, sino el de la verdad y el amor. Así comprendemos que la realeza anunciada por Jesús de palabra y revelada de modo claro y explícito ante el Procurador romano, es la realeza de la verdad, la única que da a todas las cosas su luz y su grandeza.

 En la segunda lectura, el autor del Apocalipsis afirma que también nosotros participamos de la realeza de Cristo. En la aclamación dirigida a aquel «que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre» declara que él «nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (1,5-6). También aquí aparece claro que no se trata de un reino político sino de uno fundado sobre la relación con Dios, con la verdad. Con su sacrificio, Jesús nos ha abierto el camino para una relación profunda con Dios: en él hemos sido hechos verdaderos hijos adoptivos, hemos sido hechos partícipes de su realeza sobre el mundo. Ser, pues, discípulos de Jesús significa no dejarse cautivar por la lógica mundana del poder, sino llevar al mundo la luz de la verdad y el amor de Dios. El autor del Apocalipsis amplía su mirada hasta la segunda venida de Cristo para juzgar a los hombres y establecer para siempre el reino divino, y nos recuerda que la conversión, como respuesta a la gracia divina, es la condición para la instauración de este reino (cf. 1,7). Se trata de una invitación apremiante que se dirige a todos y cada uno de nosotros: convertirse continuamente en nuestra vida al reino de Dios, al señorío de Dios, de la verdad. Lo invocamos cada día en la oración del «Padre nuestro» con las palabras «Venga a nosotros tu reino», que es como decirle a Jesús: Señor que seamos tuyos, vive en nosotros, reúne a la humanidad dispersa y sufriente, para que en ti todo sea sometido al Padre de la misericordia y el amor.

 Queridos y venerados hermanos cardenales, de modo especial pienso en los que fueron creados ayer, a vosotros se os ha confiado esta ardua responsabilidad: dar testimonio del reino de Dios, de la verdad. Esto significa resaltar siempre la prioridad de Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus potencias. Sed imitadores de Jesús, el cual, ante Pilato, en la situación humillante descrita en el Evangelio, manifestó su gloria: la de amar hasta el extremo, dando la propia vida por las personas que amaba. Ésta es la revelación del reino de Jesús. Y por esto, con un solo corazón y una misma alma, rezamos: «Adveniat regnum tuum». Amén.

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 RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

 He aquí aparecer sobre las nubes del cielo...

 En el Evangelio, Pilatos pregunta a Jesús: «Conque, ¿tú eres rey?» y Jesús responde: «Tú lo dices: yo soy rey». Poco antes, Caifás le había dirigido la misma pregunta de otra forma: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» y, también, esta vez Jesús había respondido afirmativamente: «Sí, yo soy» (Marcos 14,62). Según el Evangelio de Marcos, Jesús reforzó la respuesta citando un fragmento del profeta Daniel y aplicándoselo a sí mismo:

 «Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo» (Marcos 14, 62).

 Por esto, la liturgia ha escogido el fragmento de Daniel, del que tal frase está sacada, como primera lectura de la fiesta de hoy. El contexto habla del sucederse de los imperios humanos con el simbolismo de las cuatro bestias, que se dan la permuta en devorar y destrozar bajo los pies a los hombres y a las cosas.

 Es una secuencia larga, violenta, que se lee con el mismo sentido de pesadez y de resignación como la escuchamos en las telenoticias vespertinas de historias repetidas de violencia y de abusos en el mundo. De improviso, sin embargo, hay un cambio de escena y viene el fragmento, que escuchamos en la primera lectura de hoy:

 «Mientras miraba, en la visión nocturna advertí venir en las nubes del cielo como a un hijo de hombre, que se acercó al anciano, y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa su reino, no tendrá fin».

 El hecho de que Jesús, ante el Sanedrín, se haya identificado con el Hijo del hombre hace surgir una luz extraordinaria sobre este texto. El acontecimiento de la encarnación, el significado de Cristo, su estar dentro de la historia y por encima de ella, transitorio y eterno, todo está aquí contenido, además, con la fuerza de evocación que tienen la profecía y el símbolo respecto a la narración histórica. Releyéndolo en la fiesta de Cristo Rey, nos sentimos como traspasar por una conmoción intensa, como cuando se ve aparecer imprevistamente sobre la escena al propio héroe y se tienen ganas de gritar: ¡Hurra! o ¡Viva!

 Lo de Daniel, por lo demás, no es más que un ejemplo de entre tantos. Toda la Biblia nos habla, directa e indirectamente, de este Cristo soberano de la historia.

 Hay un canto inglés, en el que, en un aria musical in crescendo, se pasan revista a todos los setenta y seis libros de la Biblia y de cada uno se subraya con una frase su referencia principal a Cristo:

 «En el Génesis está el carnero del sacrificio de Abrahán. En el Éxodo, el cordero pascual. En el Levítico está nuestro sumo sacerdote. En los Números, la nube del día y la columna de fuego en la noche... En los Salmos está mi pastor. En el Cántico, el esposo radiante. En Isaías, el siervo sufriente.

 En Mateo está el Cristo, el Hijo de Dios vivo. En Marcos está el que realizaba prodigios. En Lucas, el Hijo del hombre. En Juan está la puerta por la que entrar... En Romanos, el que nos justifica. En el Apocalipsis, contentos en la Iglesia, él es el Rey de reyes y el Señor de los señores».

 Jesús no está encerrado en un pequeño tratado de la historia, sino que la completa toda: está presente en el Antiguo Testamento como profetizado, en el Nuevo Testamento como encarnado, en el tiempo de la Iglesia como anunciado. El hecho de dividir la historia del mundo en dos partes, antes de Cristo y después de Cristo, expresa precisamente esta convicción.

 Junto a esta imagen gloriosa de Cristo, de igual forma, nosotros encontramos insinuada en las lecturas de hoy, la del Cristo humilde y sufriente. En la segunda lectura, Jesús viene definido como:

 «Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre».

 Una definición que exige tantas palabras e imágenes de los Evangelios: el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas; el Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mateo 11,29); el Jesús que en la última cena dice a sus discípulos: «No os llamo siervos sino amigos» (Juan 15, 14 s.); el Jesús, sobre todo, que al final se ha entregado silencioso a la muerte para salvarnos.

 Ha resultado siempre difícil mantener unidas estas dos prerrogativas de Cristo, que proceden de sus dos naturalezas, divina y humana: la de la majestad y la de la humildad. El hombre de hoy no tiene dificultad en reconocer en Jesús al amigo y al hermano universal; pero, encuentra difícil proclamarlo igualmente Señor y reconocer su poder real en él.

 Si damos una mirada a las películas sobre Jesús, esta dificultad salta a la vista. En general, el cine ha optado por el Jesús humilde, perseguido, incomprendido, tan cercano al hombre como para compartir sus luchas, sus rebeliones, su deseo de una vida normal. En esta línea se colocan Jesucristo Superstar y, de una manera más cruel y profanadora, La última tentación de Cristo de Martin Scorsese. También, Pier Paolo Pasolini, en el Evangelio según san Mateo, nos presenta a este Jesús, amigo de los apóstoles y de los hombres, a nuestra medida, no privado asimismo de una cierta dimensión de misterio, expresada con mucha poesía, sobre todo, a través de algunos eficacísimos silencios. (Se ha esforzado en tener juntos los dos rasgos de Jesús, Franco Zeffirelli, con su Jesús de Nazaret. Jesús es visto como un hombre entre los hombres, afable y como a mano; pero, al mismo tiempo, como uno que, con sus milagros y su resurrección, nos pone ante el misterio de su persona, que trasciende lo humano).

 No se trata de descalificar los intentos de volver a proponer el caso de Jesús en términos accesibles y populares. En su tiempo, Jesús no se ofendía si «la gente» lo consideraba uno de los profetas; pregunta, sin embargo, a los apóstoles: «y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16,15), dando a entender que las respuestas de la gente no eran suficientes.

 El Jesús, que la Iglesia nos presenta en la fiesta de hoy y que debemos llevar con nosotros en el nuevo milenio, que ha comenzado no hace mucho, es el Jesús total, muy humano y trascendente. En París, se conserva la barra, que sirve para establecer la exacta longitud del metro, bajo una especial custodia, a fin de que esta unidad de medida, introducida por la revolución francesa, no venga alterada con el pasar del tiempo. Del mismo modo, en la comunidad de creyentes, que es la Iglesia, está custodiada la verdadera imagen de Jesús de Nazaret, que debe servir de criterio para medir la legitimidad de cada representación suya en la literatura, en el cine y en el arte. No es una imagen fija e inerte, para conservarla cerrada al vacío, como el metro, porque se trata de un Cristo viviente, que crece con la comprensión misma de la Iglesia; de igual forma, por mérito a las preguntas y provocaciones, siempre nuevas, planteadas por la cultura y por el progreso humano. San Juan de la Cruz ha escrito: «Cristo es como una mina rica de inmensas vetas de tesoros; de las cuales no se encuentra el fin, por cuanto se vaya hasta el fondo; es más, en cada cavidad se descubren nuevas vetas de riquezas».

 En la fe el salto de cualidad se realiza cuando una persona acepta gozosamente en su vida a Cristo, no sólo como el hermano y amigo, sino también como el Rey, Señor y Salvador personal. Esto es, no sólo como hombre, sino también como Dios. ¿Para qué nos serviría, por lo demás, un Cristo sólo humilde y perseguido como nosotros, si no fuese asimismo suficientemente poderoso para salvamos y cambiar nuestra situación de opresión, de necesidad y de pecado? Serviría para hacemos sentir «con buena compañía» y nada más.

 Este Cristo, que vendrá glorioso un día «sobre las nubes del cielo» (Mateo 24, 30), se ha revelado a nosotros ahora en las páginas del Evangelio y está para venir, humilde y manso, en los signos sacramentales del pan y del vino. Acojámoslo en cada una de sus venidas, gritando como los niños en su entrada en Jerusalén: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor» (Juan 12,13).

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