Diumenge XXXII del Temps Ordinari (cicle B): Déu jutja distintament que els homes

Podemos dir al Diumenge d'avui el «Diumenge de les vídues». En la primera lectura, ve narrada la història de la vídua de Sarepta, que es priva de tot el que té (un grapat de farina i algunes gotes d'oli) per preparar el menjar al profeta Elías. També, el fragment evangèlic té com a protagonista a una vídua. Un dia, estant davant el tresor del temple, Jesús observa als que tiraven almoines. Nota a una pobra vídua, que passant davant posa tot el que té: dues monedes, això és, dos reals. Llavors es torna cap als deixebles i els diu: «Us asseguro que aquesta pobra vídua ha tirat en l'arca de les ofrenes més que ningú. Perquè els altres han tirat del que els sobra, però aquesta, que passa necessitat, ha tirat tot el que tenia per viure».

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 87, 3

Que llegue hasta ti mi súplica, Señor, inclina tu oído a mi clamor.

ORACIÓN COLECTA

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, con el alma y el cuerpo bien dispuestos, podamos con libertad de espíritu cumplir lo que es de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA PRIMERA LECTURA

Con el puñado de harina la viuda hizo un panecillo y se lo llevó a Elías.

Del primer libro de los Reyes: 17, 10-16

En aquel tiempo, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta. Al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí a una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:

“Tráeme, por favor, un poco de agua para beber”. Cuando ella se alejaba, el profeta le gritó: “Por favor, tráeme también un poco de pan”. Ella le respondió: “Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija. Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos”.

Elías le dijo: “No temas. Anda y prepáralo como has dicho; pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo. Después lo harás para ti y para tu hijo, porque así dice el Señor Dios de Israel: ‘La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’ “.

Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño. Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 145,6c-7. 8-9°. 9bc-10

R/. El Señor siempre es fiel a su palabra.

El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; Él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo. R/.

Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado. R/.

A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente. Reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos. R/.

SEGUNDA LECTURA

Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.

De la carta a los hebreos: 9, 24-28

Hermanos: Cristo no entró en el santuario de la antigua alianza, construido por mano de hombres y que sólo era figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para estar ahora en la presencia de Dios, intercediendo por nosotros.

En la antigua alianza, el sumo sacerdote entraba cada año en el santuario para ofrecer una sangre que no era la suya; pero Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. De hecho, Él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Así como está determinado que los hombres mueran una sola vez y que después de la muerte venga el juicio, así también Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquellos que lo aguardan y en El tienen puesta su esperanza. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mt 5, 3

R/. Aleluya, aleluya.

Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. R/. EVANGELIO

Esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.

Del santo Evangelio según san Marcos: 12, 38-44

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Éstos recibirán un castigo muy riguroso”.

En una ocasión Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Credo

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, mira con bondad este sacrificio, y concédenos alcanzar los frutos de la pasión de tu Hijo, que ahora celebramos sacramentalmente. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Prefacio dominical.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 22, 1-2

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Alimentados con estos sagrados dones, te damos gracias, Señor, e imploramos tu misericordia, para que, por la efusión de tu Espíritu, cuya eficacia celestial recibimos, nos concedas perseverar en la gracia de la verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO.- Sabiendo que prácticamente dos de cada tres mexicanos disponen de recursos insuficientes para satisfacer sus necesidades, no podemos darle la vuelta a la página de estos relatos, cuyos protagonistas son mujeres viudas y pobres. Aun cuando los pobres suelen desarrollar redes de solidaridad para paliar los efectos de la pobreza, también cabe resaltar que esa misma pobreza les ha cerrado las puertas a la salud y los ha encajonado en las llamadas enfermedades de la pobreza (tuberculosis, diarrea, enfermedades respiratorias, talla y peso bajos al nacer, etc.). Todo ese malestar social disminuiría con alimentación adecuada, acceso al agua potable y servicios de salud. No hay que olvidar que estos males sociales serían remediables si nuestra sociedad eliminara la desbordante corrupción. La ejemplar solidaridad que muestran los pobres con sus iguales, no ha desaparecido. Es un desafío para quienes disponemos de fe en Jesús y de mayor bienestar.

 


BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com) Elías y la viuda de Sarepta (1 R 17,10-16)

1ª lectura

Sarepta estaba situada a 15 km. al sur de Sidón, patria de Jezabel, esposa del rey Ajab (cfr 1 R 16,31). Allí Elías estaba ciertamente fuera de la jurisdicción del rey que le perseguía; pero llama la atención que sea una pobre viuda a punto de morir de hambre la que Dios elige para dar alimento al profeta.

Jesucristo presenta este hecho, que sea una viuda extranjera la elegida, como señal de que Dios da sus dones a quien quiere, no a quien se cree con derecho a recibirlos (cfr Lc 4,25-26).

Cristo entró en el cielo para interceder por nosotros (Hb 9,24-28) 2ª lectura

En la Antigua Ley tanto el sacrificio expiatorio como el ritual de una alianza exigían el derramamiento de sangre. El autor sagrado manifiesta que la mediación sacerdotal de Cristo es la única que puede lograr el perdón de los pecados y el acceso de los hombres a Dios, porque derramó su propia sangre para ratificar la Nueva Alianza (vv. 11-14), y así nos abrió con su cuerpo resucitado

—el «Tabernáculo» (v. 11; cfr Jn 2,19-22)— las puertas del cielo. Enseña también que la muerte de Cristo es la última disposición de Dios: otorgar a los hombres la herencia del cielo (vv. 23-28).

En todo el pasaje se revela el poder redentor de la sangre de Cristo, ante la que nos debemos conmover, como se conmovieron los santos: «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,4). «¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. (...) El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada» (S. Juan Crisóstomo, Catecheses ad illuminandos 3,16). Y Santa Catalina de Siena escribe: «Anégate en la sangre de Cristo crucificado; báñate en su sangre; sáciate con su sangre; embriágate con su sangre; vístete de su sangre; duélete de ti mismo en su sangre; alégrate en su sangre; crece y fortifícate en su sangre; pierde la debilidad y la ceguera en  la sangre del Cordero inmaculado; y con su luz, corre como caballero viril, a buscar el honor de  Dios, el bien de su santa Iglesia y la salud de las almas, en su sangre» (Cartas 333).

En el v. 24 se vuelve a insistir (cfr 7,25) cómo Cristo ejerce su sacerdocio desde el cielo «en favor nuestro»: «Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 667).

Los vv. 27-28 contemplan también tres verdades fundamentales de la fe cristiana acerca de los novísimos: 1) el decreto inmutable de la muerte, «una sola vez» (no hay reencarnación); 2) la existencia de un juicio que sigue inmediatamente a ella; 3) la segunda y gloriosa venida de Cristo.

«La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia, que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino» (ibidem, n. 1013).

La expresión «sin relación ya con el pecado» (v. 28) quiere decir que en su segunda venida ya no tendrá que reparar el pecado ni sufrir por él como víctima.

El donativo de la viuda (Mc 12,38-44) Evangelio

Los otros dos evangelios sinópticos recogen duros reproches de Jesús a algunos escribas y fariseos (cfr Mt 23,1-36; Lc 11,37-54, y notas). San Marcos sólo retiene estas palabras (vv. 38-40) como parte de esa enseñanza. Con ellas reprende el afán desordenado de honores humanos: «Es de advertir que no prohíbe los saludos en la plaza ni ocupar los primeros asientos a quienes corresponde por su oficio; sino que previene a los fieles que deben guardarse, como de hombres malos, de los que aman indebidamente tales honores» (S. Beda, In Marci Evangelium, ad loc.).

Si la conducta de los escribas es la que se debe rechazar, la de la viuda pobre es la que se debe imitar. Frente a la ostentación de los escribas (vv. 38-40) y a la apariencia de los ricos (v. 41), Jesús opone la rectitud de intención y la generosidad de espíritu de la viuda paupérrima: ¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco o en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 829).

 


SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org) La limosna

Cristo, el Gran Consejero

– No hay hombre alguno que atribulado y sin luces para salir con su empeño, no busque un consejero avisado que le diga qué ha de hacer. Imaginémonos, pues, al mundo entero cómo a un hombre solo. Desea evitar el no; te agitas, y te agitas en vano, según te dice quien no sabe engañar. Atesoras, en efecto, y para salir bien de tus empresas, no hablemos de pérdidas, ni de riesgos, ni de tantas muertes corno ganancias; muertes, digo, no de los cuerpos, sino de los malos pensamientos; para que venga el oro, perece la fe; por el vestido del cuerpo desnudarás el alma. Mas, olvidando eso y silenciando aquello, y dejando a un lado contratiempos, pensemos sólo en las cosas prósperas. Atesoras, pues, y de todas partes afluyen a ti las ganancias, y las monedas corren a chorro como una fuente; arde el mundo de pobreza, y nadas tú en riqueza. ¿No has oído decir: Si afluyen las riquezas, no pongáis en ellas el corazón? Ganas, no luchas en vano; pero te agitas en vano. “¿Por qué, dices, me agito en vano? Lleno mis talegos y apenas puede mi casa contener mis adquisiciones; ¿por qué, pues, me agito en vano?” “Atesoras, y no sabes para quién; de saberlo, ruégote me lo digas. Si no te agitas en vano, dime para quién atesoras.” “Para mí.” “Y ¿osas decirlo tú, hombre mortal?” “Para mis hijos.” “¿Osas decirlo de quienes han de morir? Gran piedad es en el padre atesorar para los hijos, pero también vanidad, porque atesora para quienes han de morir quien ha de morir. ¿A qué amontonar para ti si has de morir? E igual es el destino de los hijos: han de pasar, tampoco se han de quedar.” No quiero preguntarte cómo serán tus hijos, mas temo disipen la liviandad y el lujo lo que allegó la avaricia, Otro derrochará gentilmente lo que tú ahorraste con tantos sudores; dejo, empero, esto a un lado. Quizá serán buenos hijos, quizá no desenfrenados; cuidarán lo que dejaste, acrecerán el capital que reuniste, no esparcirán lo que amontonaste; mas, si tal hacen, los hijos son tan vanos como el padre al imitarte en eso, y les digo a ellos lo que te dije a ti. Al hijo para quien atesoras le digo: Atesoras, y no sabes para quién. Ni lo supiste tú ni él lo sabe tampoco. Si heredó tu vanidad,

¿fallará en él la verdad?

Para quién se atesora muchas veces

—Omito decir que tal vez consumes la vida en atesorar para el ladrón. Una noche ene, y encuentra preparado lo que en tantos días y noches acumulado. Tal vez atesoras para un ladrón o para un pirata. Y pasemos a otro lado, por no refrescar la memoria de pasaos dolores ¡Cuántas cosas halló la enemiga crueldad acumuladas por la necia vanidad! Lejos de mí desearlo, mas todos ceden temerlo. No lo quiera Dios. Basten sus propios azotes. Pidamos todos que aleje Dios eso, y perdónenos aquel a quien lo rogamos. Pero si él nos pregunta para quién ahorramos, ¿qué le responderemos? Tú, pues, hombre—y aquí hablo a todos los hombres—, tú que atesoras en vano,

¿qué respondes cuando examine contigo y busque salida en este asunto común? Respondíasme antes diciendo: “Atesoro para mí, para mis hijos, para los sucesores”; y yo te dije cuánto se puede temer de los mismos hijos. No hablemos de que tus hijos hayan e vivir puniblemente, cual te lo desea tu enemigo; vivan según lo desean los padres. Hícete memoria do cuantos dieron en tales peligros, y te horrorizaste, pero no te enmendaste. ¿Qué otra cosa puedes responderme sino: “Acaso no”? Y te hablé así: “Quizá allegas para el ladrón y el pirata.” No te dije ciertamente, sino quizá. Y entre un quizá sí y un quizá no ignoras qué sucederá; luego te conturbas en vano.

(Sermones, Sermón 60, Ed. BAC, Madrid, 1964, pp. 623 ss.)

 


FRANCISCO – Homilías en Santa Marta La valentía de las opciones definitivas 25 de noviembre de 2013

Cuántas veces los cristianos -los que son “perseguidos hoy” o incluso sólo “madres y padres de familia”- se encuentran en “situaciones límites”. Y, obligados a hacer opciones definitivas, eligen sea como sea al Señor. Se lo planteó el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada el lunes 25 de noviembre, destacando que se trata, de cualquier modo, de una elección difícil, para la cual debemos pedir a Dios la “gracia de la valentía”.

El Pontífice se refirió ante todo al pasaje litúrgico tomado del libro del profeta Daniel (Dn 1, 1-6; 8-20), en el que se narra de algunos jóvenes que encontraron el valor de rechazar el alimento contaminado impuesto por el rey y lograron obtener ser alimentados sólo con agua y verdura. El Señor recompensa su fidelidad ayudándoles a desarrollar un físico y una mente más ágiles que la de todos los demás, en tal medida que son elegidos por el rey mismo. Esos jóvenes, destacó el Santo Padre, se encontraban “al límite porque eran esclavos, y cuando en ese tiempo -pero también en éste- se caía en la esclavitud, ya nada era seguro, ni siquiera la vida. Estamos al límite”.

El Obispo de Roma se refirió, por lo tanto, al episodio del Evangelio de Lucas (Lc 21, 1-4) donde se habla de la limosna de la viuda, quien no tiene ni siquiera para comer, sin embargo ofrece todo lo que posee. “Jesús -destacó el Papa- dice que estaba en la miseria. En ese tiempo las viudas no tenían la pensión del marido, estaban en la miseria. Estaban al límite”. Por lo tanto, esos jóvenes y la viuda se encontraban al límite cuando tuvieron que tomar una decisión.

“La viuda -destacó el Pontífice- fue al templo a adorar a Dios, a decir al Señor que está sobre todo y que ella le ama”. Siente que debe realizar un gesto por el Señor y “da todo lo que tenía para vivir”. Y este gesto suyo “es algo más que generosidad, es otra cosa”. Elige bien: sólo el Señor.

Porque “se olvida de sí misma. Podía decir: pero, Señor, tú lo sabes, necesito de esto para el pan de hoy... Y esa moneda volvía al bolsillo. En cambio, eligió adorar al Señor hasta el final”.

También los jóvenes tenían la posibilidad de encontrar “una salida de emergencia, digamos así, de su situación”, añadió el Obispo de Roma. De hecho, hubiesen podido decir: “Pero somos esclavos. La ley aquí no se puede cumplir, debemos custodiar la vida, no adelgazar, no contraer enfermedades... ¡comamos!”. En cambio “dijeron que no. Hicieron una opción: el Señor”. Y fueron muy inteligentes al encontrar una vía para permanecer fieles, incluso en un contexto difícil.

Jóvenes y viuda, destacó el Santo Padre, “corrieron el riesgo. En su riesgo eligieron al Señor”. Lo hicieron con el corazón, sin intereses personales y sin mezquindad. Se confiaron al Señor. Y no lo hicieron por fanatismo -destacó el Papa Francisco-, “sino porque sabían que el Señor es fiel. Se confiaron a esa fidelidad que está siempre”. Porque “el Señor es siempre fiel”, ya que “no puede negarse a sí mismo”.

Confiarse a la fidelidad del Señor: es una opción -dijo el Papa- “que también nosotros tenemos la oportunidad de hacer en nuestra vida cristiana”. A veces se trata de “una opción grande, difícil”. En la historia de la Iglesia, y también en nuestro tiempo, hay hombres, mujeres, ancianos y jóvenes que hacen esta elección. Y nos damos cuenta “cuando conocemos la vida de los mártires, cuando leemos en los periódicos las persecuciones de los cristianos, hoy. Pensemos en estos hermanos y hermanas que se encuentran en situaciones al límite y que hacen esta elección. Ellos viven en este tiempo. Son un ejemplo para nosotros. Nos alientan a dejar en el tesoro de la Iglesia todo lo que tenemos para vivir”.

Volviendo a los jóvenes del libro del profeta Daniel, el Santo Padre hizo notar que el Señor “les ayuda y les hace salir de la dificultad; son victoriosos y llegan a buen fin”. El Señor ayuda también a la viuda del Evangelio de Lucas, “porque tras la alabanza de Jesús, Dios le alaba: en verdad os digo, esta viuda... Es una victoria. Nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas que en toda la historia, incluso hoy, hacen elecciones definitivas”. El Pontífice invitó a pensar, en especial, en “tantas madres y en tantos padres de familia que cada día hacen opciones definitivas para seguir adelante con su familia, con sus hijos. Y esto es un tesoro en la Iglesia. Ellos nos dan testimonio”. Ante ellos, concluyó, “pidamos la gracia de la valentía. Del valor de seguir adelante en nuestra vida cristiana, en las cosas de cada día y en las situaciones límites”.

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¿De dónde viene la luz? 24 de noviembre de 2014

En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (Lc 21, 1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa del lunes 24 de noviembre. En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre...». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite...».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas... también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor».

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos... nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». Cuando a un servicio le falta esta luz «no está bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser -en este sentido- viuda: esperando ese sol que vendrá».

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo».

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias -que, además, todos las tenemos- la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

 


BENEDICTO XVI – Homilía 2009 y Ángelus 2012

La viuda lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo, trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: “el óbolo de la viuda” es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Ahora bien, antes quisiera subrayar la importancia del ambiente en el que se desarrolla ese episodio evangélico, es decir, el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y el corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo, vinculado al cumplimiento de su misterio mismo, el misterio de su muerte y resurrección, en la que él mismo se convierte en el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre, el Creador y su criatura.

El episodio del óbolo de la viuda se enmarca en ese contexto y nos lleva, a través de la mirada de Jesús, a fijar la atención en un detalle que se puede escapar pero que es decisivo: el gesto de una viuda, muy pobre, que echa en el tesoro del templo dos moneditas. También a nosotros Jesús nos dice, como en aquel día a los discípulos: ¡Prestad atención! Mirad bien lo que hace esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las “piedras vivas” de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 44), y así se da a sí misma.

Queridos amigos, a partir de esta imagen evangélica, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia, del templo vivo de Dios, y de esta manera rendir homenaje a la memoria del gran Papa Pablo VI, que consagró a la Iglesia toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios. Como dice la carta a los Hebreos, también en el texto que acabamos de escuchar, a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido “una sola vez”, para salvar al mundo entero (cf. Hb 9, 26.28), porque en esa única oblación está condensado todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer a Dios y a los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la entrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega totalmente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza. Me alegra saber que estáis profundizando en la naturaleza eucarística de la Iglesia, guiados por la carta pastoral de vuestro obispo.

Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de hacer comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su “Meditación ante la muerte”, donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. “Puedo decir —escribe— que siempre la he amado... y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese”. Es el tono de un corazón palpitante, que sigue diciendo: “Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría —continúa el Papa— abrazarla, saludarla, amarla en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla”. Y a ella le dirige las últimas palabras como si se tratara de la esposa de toda la vida: “Y, ¿qué diré a la Iglesia, a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo” (L’Osservatore Romano, 12 de agosto de 1979, p. 12).

¿Qué se puede añadir a palabras tan elevadas e intensas? Sólo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia “pobre y libre”, que recuerda la figura evangélica de la viuda. Así debe ser la comunidad eclesial para que logre hablar a la humanidad contemporánea. En todas las etapas de su vida, desde los primeros años de sacerdocio hasta el pontificado, Giovanni Battista Montini se interesó de modo muy especial por el encuentro y el diálogo de la Iglesia con la humanidad de nuestro tiempo. Dedicó todas sus energías al servicio de una Iglesia lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarse con ella, el hombre contemporáneo pudiera encontrarse con Jesús, porque de él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del Papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quiso exponer de forma programática algunos de sus aspectos más importantes en su primera encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.

Con aquella primera encíclica el Pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia de entablar entre la comunidad eclesial y la sociedad una relación de mutuo conocimiento y amor (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). “Conciencia”, “renovación”, “diálogo”: estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus “pensamientos” dominantes —como él los define— al comenzar su ministerio petrino, y las tres se refieren a la Iglesia. Ante todo, la exigencia de que profundice la conciencia de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse contemplando el modelo que es Cristo; y, por último, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (cf. ib., pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos —y me dirijo de modo especial a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio—, ¿cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, sigue siendo hoy absolutamente central? Más aún, ¿cómo no ver que el desarrollo de la secularización y de la globalización han radicalizado aún más esta cuestión, ante el olvido de Dios, por una parte, y ante las religiones no cristianas, por otra? La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor a ella, inseparable de su amor a Cristo. “El misterio de la Iglesia —leemos en la encíclica Ecclesiam suam— no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia” (ib., p. 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es “el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, e inviolable defensa y renaciente energía en su difícil contacto con el mundo profano” (ib., p. 231, n. 179). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior.

Queridos hermanos, ¡qué don tan inestimable para la Iglesia es la lección del siervo de Dios Pablo VI! Y ¡qué alentador es cada vez aprender de su ejemplo! Es una lección que afecta a todos y compromete a todos, según los diferentes dones y ministerios que enriquecen al pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. En este Año sacerdotal me complace subrayar que esta lección interesa y afecta de manera particular a los sacerdotes, a quienes el Papa Montini reservó siempre un afecto y una atención especiales. En la encíclica sobre el celibato sacerdotal escribió: ““Apresado por Cristo Jesús” (Flp 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno Sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella. (...) La virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palabras del gran Papa a los numerosos sacerdotes de la diócesis de Brescia, aquí bien representados, así como a los jóvenes que se están formando en el seminario. Y quisiera recordar también las palabras que Pablo VI dirigió a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7 de diciembre de 1968, mientras las dificultades del posconcilio se añadían a los fermentos del mundo juvenil: “Muchos —dijo— esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie. Él calmará la tempestad... No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Esta es la condición que Jesús escogió para nosotros a fin de que él pueda actuar en plenitud. También el Papa necesita ayuda con la oración” (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Queridos hermanos, que los ejemplos sacerdotales del siervo de Dios Giovanni Battista Montini os guíen siempre, y que interceda por vosotros san Arcángel Tadini, a quien acabo de venerar en mi breve visita a Botticino.

Oremos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del concilio ecuménico Vaticano II, Madre de la Iglesia. Amén.

***

Ángelus 2012

Dios exige nuestra libre aceptación de la fe, que se expresa en el amor a Él y al prójimo.

¡Queridos hermanos y hermanas!

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta como modelo de fe las figuras de dos viudas. Y nos la presenta en paralelo: una en el Primer Libro de los Reyes (17,10-16), la otra en el Evangelio de Marcos (12,41-44). Ambas mujeres son muy pobres, y es en esta condición que demuestran una gran fe en Dios. La primera aparece en el ciclo de relatos sobre el profeta Elías. Este, en una época de carestía, recibe del Señor la orden de ir cerca de Sidón, por lo tanto, fuera de Israel, en territorio pagano. Allí se encuentra con esta viuda y le pide un poco de agua para beber y algo de pan. La mujer responde que solo le queda un puñado de harina y un poco de aceite --pero dado que el profeta insiste y le promete que, si le hace caso, la harina y el aceite no le faltarán--, se lo concede y es recompensada.

La segunda viuda, la del Evangelio, es puesta en evidencia por Jesús en el templo de Jerusalén, específicamente ante el arca del tesoro, donde la gente dejaba las ofrendas. Jesús ve que esta mujer deja dos monedas en el arca; luego llama a los discípulos y les explica que su óbolo es mayor que la de los ricos, porque, mientras ellos dan de su abundancia, la viuda dio “todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc. 12,44).

A partir de estos dos episodios bíblicos, muy bien combinados, se puede obtener una valiosa lección sobre la fe. Se parece a la actitud interior de aquel que basa su vida en Dios, en su Palabra, y confía plenamente en Él. La viudez, en la antigüedad, era en sí misma una situación de gran necesidad. Por esta razón, en la Biblia, las viudas y los huérfanos son personas de las que Dios se preocupa de modo especial: han perdido su apoyo en la tierra, pero Dios sigue siendo su esposo, su padre. Sin embargo, la Escritura dice que la condición objetiva de la necesidad, en este caso, al ser una viuda, no es suficiente: Dios siempre exige nuestra libre aceptación de la fe, que se expresa en el amor a Él y al prójimo. Nadie es tan pobre que no pueda donar algo.

De hecho, nuestras viudas de hoy muestran su fe cumpliendo con un acto de caridad: una frente al profeta y la otra dando la limosna. Así, dan testimonio de la unidad inseparable de la fe y de la caridad, y entre el amor a Dios y el amor al prójimo--, como nos recuerda el evangelio del domingo pasado. El papa san León Magno, cuya memoria celebramos ayer, explica: “En la balanza de la justicia divina no pesa la cantidad de dones, sino el peso de los corazones. La viuda del Evangelio depositó en el arca del templo dos monedas y superó todos los regalos de los ricos. Ningún acto de bondad carece de sentido ante Dios, ningún acto de misericordia permanece sin fruto (Sermo de jejunio dec. mens., 90, 3).

La Virgen María es el ejemplo perfecto de alguien que se entrega por completo confiando en Dios; con esta fe le dijo al ángel su “Heme aquí” y aceptó la voluntad del Señor. María, ayuda a cada uno de nosotros, en este Año de la fe, a reforzar la confianza en Dios y en su Palabra.

RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org) Vino una pobre viuda

Podemos llamar al Domingo de hoy el «Domingo de las viudas». En la primera lectura, viene narrada la historia de la viuda de Sarepta, que se priva de todo lo que tiene (un puñado de harina y algunas gotas de aceite) para preparar la comida al profeta Elías. También, el fragmento evangélico tiene como protagonista a una viuda. Un día, estando ante el tesoro del templo, Jesús observa a los que echaban limosnas. Nota a una pobre viuda, que pasando delante pone todo lo que tiene: dos monedas, esto es, dos reales. Entonces se vuelve hacia los discípulos y les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Lo que Jesús ha querido enseñar a los discípulos con este elogio de la viuda es que Dios juzga distintamente que los hombres. Él aprecia la ofrenda de los pequeños, de los que no pueden hacer una hermosa figura ni siquiera cuando hacen limosna, porque no tienen dinero que dar. De la viuda, Jesús exalta asimismo la extraordinaria confianza en Dios, que la lleva a darlo todo, sin preocuparse de su mañana.

Es ésta una buena ocasión para dedicar nuestra atención a las viudas y, naturalmente también, a los viudos de hoy. Si la Biblia habla tan frecuentemente de las viudas y nunca de los viudos (en efecto, en algunas lenguas antiguas no existe el correspondiente masculino de viuda) es porque en la sociedad antigua la mujer, que ha quedado sola, tenía bastante más desventaja respecto al hombre, que ha quedado solo. Era, trámite el marido, por lo que la mujer encontraba su inserción en la sociedad; de ahí que la pérdida del marido significara la pérdida de todo derecho y de todo sostén. Hoy, no hay mucha diferencia entre los dos; al contrario, dicen que la mujer, que queda sola, en general, se defiende mejor que el hombre en esta misma situación.

La viuda constituye en el Antiguo Testamento junto con el huérfano y el forastero una de las tres categorías-símbolo de pobreza, soledad y necesidad; pero, precisamente por esto, es una de las categorías más queridas para Dios, que se define como «padre de huérfanos, protector de viudas» (Salmo 68, 6). La Biblia conoce a bonitas figuras de viudas, entre ellas Judit, la viuda toda oración y modestia, que, llegada la ocasión, se transforma en heroína intrépida para salvar a su pueblo. Jesús muestra una particular simpatía por las viudas, como por todos los grupos más débiles de la sociedad. Resucita al hijo de la viuda de Naín; presenta a una viuda como modelo de oración insistente; en el mismo Evangelio de hoy denuncia a los escribas, que «devoran los bienes de las viudas». En la Iglesia apostólica, las viudas gozan de un estatuto particular en la comunidad (cfr. 1 Timoteo 5,3-16) y realizan misiones de apoyo para el clero y de servicio para los pobres. Y, también hoy, ellas  prestan una contribución preciosa en tantas obras sociales y caritativas.

Quisiera, en esta ocasión, apuntar un tema, que interesa vitalmente no sólo a los viudos y a  las viudas, sino también a todos los casados; y que es particularmente actual en este mes dedicado a los muertos. ¿La muerte del cónyuge, que sella el fin legal de un matrimonio, sella también el fin total de toda comunión? ¿Permanece en el cielo algo del vínculo, que ha unido tan estrechamente a dos personas en la tierra o, por el contrario, todo será olvidado una vez que se ha traspasado el umbral de la vida eterna?

Un día, algunos saduceos presentaron a Jesús el caso límite de una mujer, que había sido sucesivamente esposa de siete hermanos, preguntándole de quién habría sido esposa después de la resurrección de los muertos. Jesús respondió: «Cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos» (Marcos 12,25). Interpretando de un modo erróneo esta frase de Cristo, algunos han sostenido que el matrimonio no tiene continuación alguna en el cielo. Pero, Jesús con aquella frase rechaza la idea caricaturesca, que los saduceos presentan del más allá, como si fuese una simple continuación de las relaciones terrenas entre los cónyuges; no excluye que ellos puedan volver a encontrar en Dios el vínculo, que les ha unido en la tierra.

Dejo hablar, en este punto, a un hombre casado, padre de cinco hijos: «¿Es posible que dos esposos, después de una vida, que les ha tenido unidos a Dios con el milagro de la creación, no tengan nada en común en la vida eterna, como si todo se hubiese olvidado y perdido? ¿No estaría esto en contraste con la palabra de Cristo, que dice que no se debe dividir lo que Dios ha unido? Si Dios les ha unido en la tierra, ¿cómo puede dividirles en el cielo? Todas las noches pasadas juntos en blanco con el hijo enfermo, el ansia por el hijo que no vuelve, por sus elecciones, por sus crisis, por sus fracasos, la alegría por sus victorias, la solidaridad en los momentos difíciles, expresada en las miradas que se entrecruzan como entendimiento directo entre dos almas: ¿puede todo esto acabar en la nada sin que se contradiga el sentido mismo de la vida de acá abajo, que está para preparar la venida del Reino, los cielos nuevos y la tierra nueva?»

Es la Escritura misma, no sólo el natural deseo de los esposos, la que apoya esta esperanza. El efecto del matrimonio, según la Biblia, es hacer de los dos «un solo cuerpo» (cfr. Génesis 2, 24; Mateo 19,6). Vale, por lo tanto, también para este «cuerpo» especial lo que Pablo asegura acerca de la suerte de nuestro cuerpo físico después de la muerte. Él dice que sucede con él lo que sucede con la semilla caída en tierra: «En la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual)) (cfr. 1 Corintios 15, 36-44). Según esta perspectiva, el matrimonio no termina del todo con la muerte, sino que viene transfigurado, espiritualizado, sustraído a todos los límites, que señalan la vida sobre la tierra; como, por lo demás, tampoco son olvidados los vínculos existentes entre padres e hijos o entre amigos.

En un prefacio de los difuntos, la liturgia proclama: «Vita mutatur, non tollitur», esto es, la vida cambia, no se quita. También, el matrimonio, que es parte de la vida, viene transformado, no anulado. El matrimonio, dice la Escritura, es un «gran sacramento», que simboliza la unión entre Cristo y la Iglesia (Efesios 5, 32). ¿Es posible, por lo tanto, que sea abolido precisamente en la Jerusalén celestial, en donde se celebra el eterno banquete nupcial entre Cristo y la Iglesia?

La fórmula ritual pronunciada por los esposos en el momento del matrimonio dice: «Yo... te tomo a ti... como esposo mío (esposa mía) y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y así amarte todos los días de mi vida». Sería necesario enseñar a los esposos a modificar (al menos, mentalmente) esta fórmula y decir: «hasta que la muerte nos vuelva a unir». Sí; porque la verdadera y perfecta unidad entre los esposos se alcanzará sólo en el cielo.

Pero, ¿qué decirles a los que han tenido en el matrimonio terreno una experiencia negativa de incomprensión y de sufrimiento? Pensemos, por ejemplo, en santa Rita de Casia, quien, según las fuentes históricas, fue «mujer y víctima del marido» y que, llegada a la viudez, se hizo monja agustina. ¿No es para ellos motivo de pánico, más que de consolación, la idea de que la unión no se rompe ni siquiera con la muerte? No; porque con el paso del tiempo en la eternidad permanece el bien y el mal desaparece. El amor, que les ha unido, aunque fuese por breve tiempo, permanece; los defectos, las incomprensiones, los sufrimientos, que se han ocasionado recíprocamente, se destruyen. Al contrario, este sufrimiento, aceptado con fe, se convertirá en gloria. Muchísimos cónyuges experimentarán el amor verdadero entre ellos sólo cuando se habrán reunido «con Dios» y, con ello, la alegría y la plenitud de la unión, que no han gozado en la tierra. En Dios todo se entenderá, todo se excusará, todo se perdonará.

Se dirá: ¿y los que han estado legítimamente casados con distintas personas? Por ejemplo, ¿los viudos y las viudas vueltos a casar? (Fue el caso, presentado a Jesús, de los siete hermanos, que habían tenido sucesivamente como esposa a la misma mujer). También, para ellos debemos repetir lo mismo: lo que ha habido de amor y de donación verdaderos con cada uno de los maridos tenidos (o de las esposas), siendo objetivamente un «bien» y viniendo de Dios, no será anulado. Allá arriba, ya no habrá más rivalidad en el amor o celos. Estas cosas no pertenecen al amor verdadero, sino al límite intrínseco de la criatura.

Quisiera detenerme aquí, con esta visión llena de esperanza para todos los casados; pero, traicionaría al Evangelio, que debo explicar, si no apuntase asimismo la posibilidad de un resultado opuesto y negativo. ¿Qué decir de los que en la tierra han profanado el matrimonio propio o el de otros, que han hecho llorar lágrimas amargas, que han cambiado al propio compañero como se cambia de vestido? ¿Todo irá bien, igualmente, para ellos? No; para ellos, si no se arrepienten a tiempo y no cambian de vida antes de morir, según la Escritura (como, asimismo, según el sano sentido de justicia de todo hombre), no habrá festines nupciales en el cielo, sino un severo juicio de Dios.

Pero, yo no quiero concluir una reflexión llevada toda ella hacia la esperanza con una nota negativa. El Apocalipsis nos dice que, en el momento de la muerte, Dios irá al encuentro de quienes vienen de la «gran tribulación» del mundo, para «secar cualquier lágrima de sus ojos» y asegurarles que ya no habrá más luto, ni dolor, ni afán (cfr. Apocalipsis 7, 14). A mí me satisface pensar que cuando Dios, en los umbrales de la eternidad, vaya al encuentro de los viudos y de las viudas se hará acompañar del cónyuge, que haya llegado primeramente al paraíso. Si en el cielo, nos asegura el Evangelio, seremos «acogidos» por los pobres, de los que nos hemos hecho amigos en la tierra con la limosna (cfr. Lucas 16,9), ¿no se deberá decir lo mismo de aquellos que no sólo han sido amigos sino esposos en la tierra?

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