Diumenge XXIX del Temps Ordinari (cicle B): canvia el món amb el teu compromís

Les paraules finals de Jesús recollides en aquests versicles de sant Marcs que avui ens presenta l'Església, mereixen de nou una especial atenció per la nostra banda, i convindrà que les recordem a cau d'orella de bastants. El pecat de supèrbia té, entre moltes altres, aquesta manifestació: l'afany per sobresortir i dominar que, per més que estiguem d'acord a criticar-ho, sedueix avui com ahir a l'home, amb la temptació de desitjar ser reconegut com a superior, a qualsevol preu, i de disposar dels altres en servei propi.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Est 4, 17

Te invoco, Dios mío, porque tú me respondes; inclina tu oído y escucha mis palabras. Cuídame, Señor, como a la niña de tus ojos y cúbreme bajo la sombra de tus alas.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, haz que nuestra voluntad sea siempre dócil a la tuya y que te sirvamos con un corazón sincero. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

El siervo del Señor hizo de su vida un sacrificio.

Del libro del profeta Isaías: 53, 10-11

El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 32,4-5. 18-19. 20. 22

R/. Muéstrate bondadoso con nosotros, Señor.

Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades. R/.

Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida. R/.

En el Señor está nuestra esperanza, pues Él es nuestra ayuda y nuestro amparo. Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor hemos confiado. R/.

SEGUNDA LECTURA

Acerquémonos con plena confianza al trono de la gracia.

De la carta a los hebreos: 4, 14-16

Hermanos: Puesto que Jesús es el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo, mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado.

Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Mc 10, 45

R/. Aleluya, aleluya.

Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos. R/.

EVANGELIO

El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor.

Del santo Evangelio según san Marcos: 10, 35-45

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “Qué es lo que desean?” Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: “No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con el que yo seré bautizado?” Le respondieron: “Sí podemos”. Y Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con el que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado”.

Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús los reunió entonces a los Doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Credo

PLEGARIA UNIVERSAL (DOMUND)

Sacerdote:

Oremos hermanos, a Dios Padre, por medio de Jesucristo, su Hijo, que se entregó por la salvación de todos, pidámosle: Te rogamos, Señor.

Lector:

1. Para que el Espíritu Santo fortalezca a los obispos y a los presbíteros de los países de misiones y los asista de manera que conduzcan sus jóvenes Iglesias hacia una verdadera madurez cristiana, roguemos al Señor.

2. Para que el Señor infunda su Espíritu Santo en los misioneros y haga que su apostolado y su testimonio sean verdaderamente evangélicos y no de sabiduría únicamente humana, roguemos al Señor.

3. Para que los cristianos que viven en países de misiones den un testimonio verdadero de amor a Jesucristo, se sientan ricos por el conocimiento del Evangelio y no se avergüencen nunca de su pobreza humana, roguemos al Señor.

4. Para que nosotros y los miembros de nuestras comunidades consideremos como parte integrante de nuestra fe la solicitud apostólica de transmitir la luz y la alegría del Evangelio al mundo no cristiano, roguemos al Señor.

Sacerdote:

Señor Jesucristo, que sabes lo que hay en el interior de cada hombre y amas a todos, porque por todos te has entregado, escucha nuestra oración y haz que sean muchos los que tengan un amor tan grande que estén dispuesto, como tú, a entregar la propia vida por los hermanos y para anunciarles el Evangelio el Evangelio de salvación. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, el don de poderte servir con libertad de espíritu, para que, por la acción purificadora de tu gracia, los mismos misterios que celebremos nos limpien de toda culpa. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio dominical.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 32, 18-19

Los ojos del Señor están puestos en sus hijos, en los que esperan en su misericordia; para librarlos de la muerte, y reanimarlos en tiempo de hambre.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te rogamos, Señor, que la frecuente recepción de es-tos dones celestiales produzca fruto en nosotros y nos ayude a aprovechar los bienes temporales y alcanzar con sabiduría los eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES

MR, p. 1073. Lecc. III. p. 256, (N. 3, 6, 2, 2, 1)

Por la evangelización de los pueblos

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 95, 3-4

Anuncien a todos los pueblos la gloria del Señor, sus maravillas a todas las naciones, porque grande es el Señor y muy digno de alabanza.

Se dice Gloria

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los pueblos, de forma que así perdure la obra redentora de Cristo hasta el fin de los tiempos, despierta los corazones de tus fieles y haz que se sientan llamados a trabajar por la salvación de todos, con tanta mayor urgencia, cuanto es necesario que, de todas las naciones, surja y crezca para ti una sola familia y un solo pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Caminarán los pueblos a tu luz.

Del libro del profeta Isaías: 60, 1-6

Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira, las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R/. Que te alaben, Señor, todos los pueblos.

Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora. R/.

Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones. R/.

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero. R/.

SEGUNDA LECTURA

Pidan a Dios por todos los hombres, porque él quiere que todos se salven.

De la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2,1-8

Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido.

Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro salvador, pues él quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos.

El dio testimonio de esto a su debido tiempo y de esto yo he sido constituido, digo la verdad y no miento, pregonero y apóstol para enseñar la fe y la verdad.

Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mc 16, 15

R/. Aleluya, aleluya.

Vayan por todo el mundo, dice el Señor, y prediquen el Evangelio a toda creatura. R/. Aleluya.

EVANGELIO

Bauticen a las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Del santo Evangelio según san Mateo 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, que lleguen a tu presencia soberana los dones de tu Iglesia suplicante, del mismo modo que fue tan grata a tus ojos la gloriosa pasión de tu Hijo, para la salvación del mundo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Prefacio dominical.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 116, 1-2

Que alaben al Señor todas las naciones, que lo aclamen todos los pueblos. Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, que la participación en tu mesa nos santifique y concede que todos los pueblos reciban con gratitud, por medio del sacramento de tu Iglesia, la salvación que tu unigénito consumó en la cruz. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Dio su vida en expiación (Is 53,10-11)

1ª lectura

Estos dos versículos forman parte del cuarto canto del Siervo, uno de los textos más comentados de la Biblia, tanto en lo que se refiere a su estructura literaria como a su contenido.

En su estructura, el canto interrumpe el estilo hímnico del cap. 52, que continúa en el cap. 54, con un estilo más reflexivo sobre el valor del sufrimiento. En su contenido, el canto es sorprendente al presentar el triunfo y exaltación del siervo a través de su humillación, abandono y padecimiento. Más aún, el siervo toma como propias las enfermedades, dolores y hasta los pecados de los demás para librarlos y sanarlos. Hasta entonces esta «expiación vicaria» era desconocida en la tradición bíblica. El pasaje resulta muy original hasta en el vocabulario, puesto que contiene cuarenta términos que no aparecen en otros lugares de la Biblia.

El poema, construido con esmero, está dividido en tres estrofas: la primera (52,13-15) está puesta en labios del Señor y constituye una obertura que insinúa los temas que se van a desarrollar posteriormente: el triunfo del siervo (v. 13), su humillación y sufrimiento (v. 14) y el asombro de propios y extraños ante un acontecimiento tan novedoso (v. 15).

La segunda (53,1-11a) es un relato gozoso de la aflicción padecida por el siervo y los efectos beneficiosos que ha producido. Está puesta en labios de un «nosotros», que representa al pueblo entero y al propio profeta; ambos se sienten unidos al siervo del Señor. Esta estrofa se construye en cuatro estadios de contemplación: en primer lugar (53,1-3), la descripción del siervo en sus orígenes nobles —«renuevo», «raíz» en la presencia del Señor— y en su aflicción degradante como «varón de dolores». A continuación (53,4-6), se señala que la razón de tanto sufrimiento es la expiación vicaria. Si en la doctrina tradicional el dolor se consideraba castigo individual, aquí es provecho para los demás. Ésta es la primera lección para los que le tenían por «castigado, herido de Dios y humillado», y el punto culminante del poema. En tercer lugar (53,7-9), se vuelve a la contemplación del siervo que libremente asume los padecimientos y con sencillez se ofrece en sacrificio expiatorio, como indican la imagen del cordero y de la oveja. Su muerte es tan ignominiosa como los dolores que le han precedido. Por último (53,10-11a), se describen con profusión los frutos de tanto padecimiento. Con resonancia de las tradiciones patriarcales, se señala la descendencia numerosa y los muchos días, y con sentido sapiencial se asegura el pleno conocimiento.

La tercera estrofa (53,11b-12) vuelve a estar en labios del Señor, que reconoce solemnemente la eficacia del sacrificio de su siervo: «justificará», es decir, obtendrá la salvación (v. 11) y tendrá parte en el botín y la herencia divina (v. 12).

El cuarto canto del Siervo del Señor fue interpretado y actualizado desde muy pronto. Los judíos de Alejandría, al hacer hacia el siglo II a.C. la versión griega de los Setenta, introdujeron pequeños retoques para identificar al siervo del poema con el pueblo de Israel en la diáspora. Si éste estaba sufriendo enormes dificultades para conservar su identidad en aquel ambiente helenista y politeísta, se sabía confortado con la esperanza de la exaltación que refleja el canto.

El judaísmo palestinense identificaba el siervo glorificado con el Mesías, pero modificaba la descripción de los padecimientos para aplicarlos a las naciones paganas. Los textos hallados en Qumrán interpretan este canto a la luz de los desprecios que soportó el Maestro de Justicia, probable fundador del grupo que se había asentado en ese lugar.

Sin embargo, el texto de Isaías sólo se comprende plenamente a la luz de las palabras de Jesús, quién reveló su misión redentora como el siervo sufriente profetizado en este canto. A él se refirió en varias ocasiones: en la respuesta a la petición de los hijos del Zebedeo —«el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28 y par.)—, en la Última Cena, donde anuncia su muerte ignominiosa entre malhechores citando 53,12 (Lc 22,37), en varios pasajes del cuarto evangelio (Jn 12,32.37-38), etc. También parece aludir a él en el diálogo con los discípulos de Emaús (Lc 24,25ss.) para explicar la razón de su pasión y muerte. Por eso, los primeros cristianos entendieron el sentido de la muerte y resurrección de Jesús al hilo de este poema y así quedó reflejado en la expresión «según las Escrituras» de 1 Co 15,3, la fórmula «por nuestros pecados» (Rm 4,25; 1 Co 15,3-5), el himno cristológico de la Carta a los Filipenses (Flp 2,6-11), en expresiones de la Primera Carta de Pedro (1 P 2,22-25) y en otros muchos lugares del Nuevo Testamento (Mt 8,17; 27,29; Hch 8,26-40; Rm 10,16; etc.).

La tradición patrística explica el canto como una profecía que se cumple en Cristo (cfr S. Clemente Romano, Ad Corinthios 16,1-14; S. Ignacio Mártir, Epistula ad Polycarpum 1,3; las denominadas Epistula Barnabae 5,2 y Epistula ad Diognetum 9,2, etc.). La Iglesia lo lee completo en la liturgia del Viernes Santo.

Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia (Hb 4,14-16)

2ª lectura

El cristiano debe poner su confianza en el nuevo Sumo Sacerdote, Cristo, que penetró en los cielos, y en su misericordia, porque se compadece de nuestras debilidades: «Los que habían creído sufrían por aquel entonces una gran tempestad de tentaciones; por eso el Apóstol los consuela, enseñando que nuestro Sumo Pontífice no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará su sentencia teniendo en cuenta esa debilidad» (Teodoreto de Ciro, Interpretatio ad Hebraeos, ad loc.). La respuesta frente a la bondad del Señor debe ser la de mantener nuestra profesión de fe.

La impecabilidad de Cristo, afirmada en la Sagrada Escritura (cfr Jn 8,46; Rm 8,3; 2 Co 5,21; 1 P 1,19; 2,21-24), es lógica consecuencia de su condición divina y de su integridad y santidad humana. Al mismo tiempo la debilidad de Cristo, «probado en todo» (v. 15), voluntariamente asumida por amor a los hombres, fundamenta nuestra confianza de que obtendremos de Él fuerza para resistir al pecado. ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor! Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso (Ex 22,27). Es una invitación, una promesa que no dejará de cumplir. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia... (Hb 4,16). Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si —por nuestra culpa y nuestra debilidad— caemos, el Señor nos socorre y nos levanta (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 7).

Quien quiera ser el primero, que sea esclavo de todos (Mc 10,35-45)

Evangelio

La escena se sitúa cuando Jesús va camino de Jerusalén (v. 32). Sabe lo que va a ocurrir allí (vv. 33-34) y el sentido redentor que tiene su muerte (v. 45).

Con la imagen del cáliz y el bautismo (v. 38), evoca también lo doloroso de ese trance (cfr 14,36; Rm 6,4-5). Jesús asocia, pues, a sus discípulos en su destino particular: «Fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: “¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?”, sino que sus palabras son: ¿Sois capaces de beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo he de beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le da el nombre de “bautismo”, para significar, con ello, que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Lo somos. El fervor de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 65,2).

En sus últimas palabras, el Señor recuerda que, si Él vino a servir (v. 45), es el servicio lo que caracterizará a quien haga sus veces (v. 43; cfr Jn 13,14-17): «No se mueve la Iglesia por ninguna ambición terrena, sólo pretende una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra del mismo Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 3).

Los tres anuncios que ha hecho Jesús sobre su Pasión en Jerusalén (v. 33; cfr 8,31; 9,31) presentan un mismo esquema: a la enseñanza del Señor, le sigue la resistencia a aceptarlo por parte de los discípulos y la corrección de miras por parte del Salvador. De esa manera, nosotros, como los discípulos, somos invitados a corregir continuamente nuestra visión del Señor.

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

Las pretensiones de los dos hermanos

2. Sin embargo, nada de esto podía infundirles confianza, a pesar de que estaban constantemente oyendo hablar de resurrección. Y es que, juntamente con la muerte, lo que más los turbaba era oírle hablar de escarnios, de azotes y cosas semejantes. Ahora bien, cuando consideraban los milagros que el Señor había hecho, los endemoniados que había liberado, los muertos que había resucitado y los otros prodigios que había obrado, y le oían luego todo eso de insultos, azotes y muerte, se quedaban perplejos de que quien tales prodigios hacía, tales ignominias hubiera de sufrir. De ahí que pararan en verdadera confusión, y unas veces lo creían y otras se negaban a creerlo y no podían comprender lo que se les decía. Y hasta punto tal había llegado su confusión, que a raíz mismo de haberles hablado el Señor de su pasión, los hijos de Zebedeo se le acercaron a hablarle a Él de los primeros puestos. Porque: Queremos —le dicen— que uno de nosotros se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda —¿Cómo, pues, dice el evangelista que comentamos, que fue la madre quien se acercó al Señor a pedirlo para sus hijos —Es natural que se dieran ambas cosas. Los discípulos tomaron consigo a su madre para dar más eficacia a su pretensión y mover así más fácilmente a Cristo. Pero que en realidad, como he dicho, la pretensión venía de ellos y que sólo por vergüenza echan por delante a su madre, pruébalo el hecho de que a ellos dirige Cristo su respuesta. Pero sepamos antes qué es lo que le vienen a pedir estos dos discípulos, con qué intención lo piden y cómo pudieron tener ese pensamiento. —¿Cómo, pues, vinieron en ello? —Es que se veían más honrados que los demás, y de ahí nació su confianza de que habían de salir con aquella pretensión. —Pero ¿qué es en definitiva lo que piden?

Escuchad con qué claridad nos lo descubre otro evangelista. Como estaban —dice— cerca de Jerusalén y la aparición del reino de Dios parecía inminente, de ahí la súplica de los dos discípulos. Imaginábanse éstos, en efecto, que el reino de Dios estaba ya llamando a las puertas y que era, naturalmente, un reino terreno, y que, de alcanzar lo que pedían, no habían de sufrir molestias en su vida. Porque tampoco buscaban el reino por el reino, sino con intención de huir de las dificultades de la vida. De ahí también que el primer cuidado de Cristo es apartarlos de tales pensamientos, mandándoles estar dispuestos a sufrir la muerte violenta, los peligros y los más duros suplicios, Porque: ¿Podéis —les dice— beber el cáliz que yo voy he de beber? Mas nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo. No. Si queréis conocer su virtud, mirad lo que fueron después, y los veréis por encima de toda pasión. Y si el evangelista descubre sus defectos, es justamente por que conozcáis qué tales fueron después de recibida la gracia. Porque que nada espiritual buscaban antes y que no tenían ni idea, del reino del cielo, bien patente queda en esta ocasión. Mas veamos cómo se acercan al Señor y qué le piden: — Queremos dicen — que nos concedas lo que te vamos a pedir. Y Cristo a ellos: ¿Qué queréis? —les pregunta—. No porque ignorara lo que querían, sino para obligarles a contestar y descubrir su propia llaga, y aplicarles así la medicina. Mas ellos, confusos y avergonzados por haber dado aquel paso llevados de pasión humana, tomaron al Señor aparte de los otros discípulos y así le presentaron su demanda. Porque se adelantaron —dice el evangelista— sin duda para no ser vistos de los otros, y así le manifestaron lo que querían. Y querían, según yo creo, la preminencia, por haber oído decir al Señor: Os sentaréis sobre doce tronos; querían, digo, la preferencia entre aquellos doce asientos. Que la tenían ya sobre los otros, no les cabía duda; pero temían a Pedro. Y así dicen: Di que uno de nosotros se siente a tu derecha y otro a tu izquierda. Y le apremian con ese imperativo: Di. ¿Qué responde el Señor? Queriéndoles declarar que nada espiritual pedían, y que, de haber sabido lo que pedían, no se hubieran atrevido a pedir tamaña gracia, les dice: No sabéis lo que pedís. No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán por encima mismo de las potestades celestes está lo que pedís. Y luego añade: ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber y bañaos en el baño en que yo he de bañarme? Mirad cómo inmediatamente los aparta de sus imaginaciones, hablándoles justamente de lo contrario que ellos buscaban. Porque vosotros —parece decirles— me venís a hablar de honores y coronas, pero yo os hablo a vosotros de combates y sudores. No es éste aún, el momento de los premios ni mi gloria celeste ha de manifestarse por ahora. Ahora es tiempo de derramar la sangre, de luchar y de pasar peligros. Y mirad por otra parte cómo, por el modo mismo de preguntarles, los incita y atrae. Porque no dijo: “¿Estáis disueltos a dejaros pasar a cuchillo? ¿Sois capaces de derramar nuestra sangre”?, sino ¿cómo? ¿Podéis beber el cáliz? Y luego, para animarlos: ¿Que yo voy a beber? Pues el tener parte con Él había de hacerlos más animosos. Y llama nuevamente baño a su pasión para dar a entender la grande purificación que por ella había de venir al mundo entero. Seguidamente le contestan: Podemos. Su fervor les impulsa a prometérselo inmediatamente, sin saber tampoco ahora lo que decían, pero con la esperanza de que recibirían lo que pedían. ¿Qué les dice, pues, Cristo? Mi cáliz, sí, lo beberéis, y con el baño que he de bañarme yo, os bañaréis también vosotros. Grandes bienes les profetiza. Como si les dijera: Seréis dignos de sufrir el martirio, sufriréis lo mismo que yo he de sufrir, terminaréis vuestra vida de muerte violenta, y en eso tendréis parte conmigo. Mas el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí dároslo, sino a quienes está preparado por mi Padre.

Si puede alguien sentarse a la derecha del Señor

3. Habiendo, pues, levantado el Señor las almas de sus das discípulos, y ya que los hubo, hecho inatacables a la tristeza, pasa luego a corregir su petición. Pero ¿qué es en definitiva lo que aquí les dice? A la verdad, dos son los problemas que aquí se plantean muchos: uno, si está reservado para algunos sentarse a la derecha de Dios; y otro, si quien es Señor de todo no tiene poder de darlo a quienes les está reservado. ¿Cuál es, pues, el sentido de sus palabras? Si resolvemos el primer problema, el segundo quedará de suyo claro. ¿Qué hay, pues, que decir a la primera cuestión? Hay que decir que nadie ha de sentarse ni a la derecha ni a la izquierda de Dios. Aquel trono es inaccesible a todos. Y no digo a los hombres, a los santos y apóstoles, sino a los mismos ángeles y arcángeles ya todas las potestades de arriba. Por lo menos como privilegio del Unigénito lo pone Pablo cuando dice: ¿A quién de los ángeles dijo nunca: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies? Y a los ángeles dice: El que hace mensajeros suyos a los vientos. Más al Hijo: Tu trono, ¡Oh Dios!, por el siglo del siglo. ¿Cómo dice, pues, Jesús: El sentarse a la derecha o a la izquierda no me toca a mí darlo? ¿Es que pensaba que algunos habían de sentarse? —No pensaba que hubiera de sentarse nadie; nada de eso. Lo que hacía era responder conforme a la idea que tenían sus preguntantes y condescender con su flaqueza. ¿Qué sabían sus discípulos de aquel altísimo trono ni de sentarse a la diestra del Padre, cuando desconocían cosas muy inferiores a ésta y que estaban oyendo diariamente? Lo que ellos buscaban era conseguir los primeros puestos, estar delante de los otros, no tener delante de sí a nadie al lado del Señor. Ya lo he indicado antes: Como habían oído hablar de aquellos doce tronos, sin saber lo que tales tronos significaban, buscaron ellos la preferencia de asientos.

Lo que Cristo, pues, les quiere decir es esto: “Morir, ciertamente moriréis por mí, derramaréis vuestra sangre por el Evangelio y tendréis parte en mi pasión. Pero esto no basta para que alcancéis la preminencia en los asientos y ocupéis los primeros puestos. Porque, si viniere otro que, juntamente con el martirio, posea todas las otras virtudes en grado superior a vosotros, no porque ahora os amo a vosotros y os prefiero a los demás, voy, a rechazar al que pregonan sus obras y daros a vosotros la primacía”. Claro que el Señor no les habló en estos términos para no contristarlos; pero veladamente les vino a dar a entender eso mismo al decirles: Mi cáliz, sí, lo beberéis, y con el baño que he de bañarme yo, también os bañaréis vosotros; mas sentarse a mi derecha o mi izquierda, no me toca a mí darlo, sino que pertenece a quienes está preparado por mi Padre. — ¿Y para quiénes está preparado? —Para quienes por sus obras han sido capaces de hacerse gloriosos. Por eso no dijo: “No me toca a mí darlo, sino a mi Padre”, pues pudieran echarle en cara debilidad e impotencia para recompensar a sus servidores. — ¿Pues cómo dijo? —No es cosa mía, sino de aquellos para quienes está preparado. A fin de que resulte más claro mi pensamiento, pongamos un ejemplo y supongamos un agonoteta y luego un buen número de valientes atletas que bajan a la palestra. Dos de ellos, íntimos amigos del agonoteta, acercan y le dicen, confiando precisamente en su amistad y benevolencia: “Haz que a todo trance se nos corone y proclame campeones”. El agonoteta les contestaría: “No me toca a mi dar eso, sino que pertenece a quienes se lo ganen por sus esfuerzos y sudores”. ¿Tendríamos en este caso por débil el agonoteta? ¡De ninguna manera! Más bien le alabaríamos por su espíritu de justicia y su imparcialidad. Ahora bien, como a éste no le tendríamos por impotente para dar la corona, sino por hombre que no quiere infringir la ley de los combates ni turbar el orden de la justicia; por semejante manera diría yo que Cristo dio esa respuesta a sus dos discípulos para impulsarlos por todos lados a que, después de la gracia de Dios, pusieran la confianza de su salvación y de su gloria en sus propias buenas obras. De ahí que diga: Para quienes está preparado. Porque ¿y si aparecen otros mejores que vosotros? ¿Y si han llevado a cabo obras mayores que las vuestras? ¿Por ventura porque seáis mis discípulos, es ello bastante razón para que consigáis los primeros puestos, si vosotros no os mostráis dignos de la elección? Porque que Él sea señor de todo, es evidente por el hecho de que Él posee todo el juicio. Y es así que a Pedro le dijo: Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Y lo mismo declara Pablo cuando dice: Ya sólo me falta la corona de justicia, que me dará el Señor, justo juez, en aquel día. Y no sólo a mí, sino a todos los que aman su aparición”. Y aparición de Cristo se llama su presente advenimiento. Ahora bien, que nadie ha de estar delante de Pablo, cosa evidente es para todo el mundo. Por lo más, si Cristo dijo todo esto con alguna oscuridad, no hay porqué maravillarse. Quería Él despachar prudentemente a sus discípulos para que no le molestaran más sin razón ni modo sobre primacías, ya que todo el asunto procedía de pasión humana, y no quería, por otra parte, contristarlos demasiado. Una y otra cosa consigue por aquella relativa oscuridad.

Los apóstoles se enfadan

Entonces se irritaron los diez contra los dos. Entonces. ¿Cuándo? Cuando el Señor los hubo reprendido. Porque mientras la preferencia había sido decretada por Cristo, no se irritaron, y, por muy honrados que los vieran, lo aceptaban y callaban por respeto y consideración a su maestro. Quizá allá en sus adentros lo sentían, pero nada se atrevían a sacar a pública plaza.

Y cuando también de Pedro sintieron algún celillo humano, con ocasión de pagar el didracma, no se enfadaron, sino que se contentaron con preguntarle al Señor: Luego, ¿quién es el mayor en el reino de los cielos?” Mas como ahora la petición había partido de los dos discípulos, de ahí la irritación de los demás. Y ni aun ahora se irritan inmediatamente, es decir, en el momento de presentar aquéllos su petición, sino cuando Cristo los reprendió y les dijo que no habían de alcanzar los primeros puestos si no se hacían merecedores de ellos.

La imperfección de los apóstoles

4. Ya veis cuán imperfectos eran todos, lo mismo estos dos, que intentaban levantarse sobre los diez, que los diez, que envidiaban a los dos. Mas; como anteriormente dije mostrádmelos después, y veréis cuán libres están de todas estas pasiones. Escuchad, por ejemplo, cómo este mismo Juan que ahora se presentó al Señor con esas pretensiones, luego cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto para dirigir la palabra al pueblo como para obrar milagros. Testigo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y no oculta sus merecimientos, sino que nos relata la confesión que hizo cuando los otros se callaron y cómo más adelante entró en el sepulcro, y en todo momento lo antepone a sí mismo. Porque, como uno y otro asistieron a la pasión del Señor, Juan abrevia su propio elogio, diciendo simplemente: Aquel discípulo era conocido del pontífice. En cuanto a Santiago, no sobrevivió mucho tiempo, sino que, desde los comienzos, fue tal su fervor y, dejando atrás todo lo humano, se levantó en su carrera a tan inefable altura, que fue inmediatamente degollado. Por semejante manera, todos los otros se elevaron después a la cúspide de la virtud. Mas entonces se enfadaron. ¿Qué hace, pues, Cristo? Llamándolos a sí, les dice: Los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas. Como los diez se habían alborotado y turbado, el Señor trata de calmarlos por el hecho mismo de llamarlos antes de hablar y por su benignidad al tenerlos a su lado. Porque, en cuanto a los otros dos, que se habían arrancado del corro de los diez, allí estaban hablando a solas con el Señor. De ahí que llame a los otros cerca de si, y por este gesto de su bondad, por el hecho de desacreditar la pretensión de los dos y exponerla ante los demás, trata de calmar la pasión de unos y de otros.

Mas en el caso presente no reprime el Señor el orgullo de los discípulos del modo que lo hiciera antes. Antes les había puesto en medio un niño chiquito y les mandó imitar su sencillez y humildad. Ahora su reprensión es más enérgica, y, poniéndoles delante lo contrario, de lo que deben ellos hacer, les dice: Los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas y los grandes les hacen sentir su autoridad. Mas entre vosotros no ha de ser así, sino quien quiera entre vosotros ser grande, ése ha de ser el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, sea el último de todos. Lo cual era darles bien claro a entender que pretender primacías era cosa de gentiles. Realmente, la pasión es muy tiránica y molesta aun a los grandes varones. De ahí la necesidad de asestarle más duro golpe. De ahí también que el Señor los hiera más en lo vivo, confundiendo la hinchazón de su alma por la comparación con los gentiles, y así corta la envidia de los unos y la ambición de los otros poco menos que diciéndoles: No os molestéis como injuriados. A sí mismos más que a nadie se dañan y deshonran los que andan ambicionando primeros puestos, ya que por ello se ponen entre los últimos. Porque no pasa entre nosotros como entre los gentiles. Los gobernantes de los gentiles, sí, dominan sobre ellos; pero conmigo, el que se haga el último, ése es el primero. Y que esto no lo digo sin razón, en lo que hago y sufro tenéis la prueba. Porque yo he hecho algo más. Siendo rey de las potestades de arriba, quise hacerme hombre y acepté ser despreciado e injuriado; y no me contenté con esto, sino que llegué hasta la muerte. Que es lo que ahora dice: Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de muchos. Porque no me detuve —parece decir— en eso, sino que di también mi vida en rescate... — ¿De quiénes? ¡De mis enemigos! Si tú te humillas, por ti mismo te humillas; pero si me humillo yo, me humillo por ti. No temas, pues, como si te quitaran tu honra. Por mucho que te humilles, jamás podrás llegar tan bajo como llegó tu Señor. Sin embargo, este abajamiento fue la exaltación de todos, a par que hizo brillar la propia gloria del Señor. En efecto, antes de hacerse hombre sólo es conocido de los ángeles; mas después que se hizo hombre, no sólo no disminuyó aquella gloria, sino que añadió otra, la que le vino del conocimiento de toda la tierra. No temas, pues, como si al humillarte se te quitara la honra, pues con ello no haces sino levantar más tu gloria, con ello no haces sino acrecentada. La humildad es la puerta del reino de los cielos. No echemos, pues, por el camino contrario, no nos hagamos la guerra a nosotros mismos. Porque, si queremos aparecer como grandes, no seremos grandes, sino los más despreciados de todos. ¿Veis cómo siempre los exhorta por lo contrario, dándoles lo que desean? En muchos casos hemos mostrado anteriormente este modo de proceder del Señor: así lo hizo con los amantes del dinero y “los vanidosos”. Porque ¿qué razón te mueve a dar limosna delante de los hombres? ¿Para conseguir gloria? Pues no lo hagas así y la conseguirás absolutamente. ¿Y por qué razón atesoras? ¿Para enriquecerte? Pues no atesores y te enriquecerás absolutamente. Así procede también aquí. ¿Por qué ambicionas 1os primeros puestos? ¿Para estar por encima de los demás? Pues escoge el último lugar, y entonces obtendrás el primero. En conclusión, si quieres ser grande, no busques ser grande, y entonces serás grande. Porque lo otro es ser pequeño.

El orgullo abaja, la humildad exalta

5. Mirad cómo los apartó de su vicio, queriéndoles mostrar que por la soberbia iban al fracaso, y por la humildad al triunfo, a fin de que huyeran de la una y siguieran la otra. Y si les hizo mención de los gentiles, fue para mostrarles de ese modo cuán reprobable y abominable era la ambición de preminencias y de mando. Porque forzoso es que el orgulloso esté bajo, y, por lo contrario, el humilde, alto. Y esta altura del humilde es la verdadera y legítima, ya que no se cifra en un puro nombre y palabras. La elevación mundana procede de necesidad y miedo; la nuestra, empero, se asemeja a la elevación misma de Dios. El humilde, aun cuando de nadie sea admirado, permanece elevado; el soberbio, empero, por más que todos le halaguen, sigue más bajo que nadie. Además, el honor tributado al orgulloso procede de fuerza; de ahí la facilidad con que se desvanece; mas el del humilde es libre y, por ende, también firme. Así admiramos a los santos; pues, siendo superiores a todos, se humillaron más que todos. De ahí que hasta hoy permanecen elevados y ni la muerte los pudo hacer bajar de su altura. Mas, si os place, examinemos esto mismo por razonamiento. Alto se dice uno cuando lo es o por su talla o cuando se halla colocado sobre un lugar prominente; y bajo, en los casos contrarios. Veamos, pues, quién es lo uno o lo otro, el arrogante o el modesto, a fin de que caigas en la cuenta de cómo nada hay tan alto como la humildad, ni más a ras de tierra que la arrogancia. Ahora bien, el arrogante quiere ser más que todos los otros, no tiene a nadie por digno de sí mismo; cuantos más honores alcanza, más ambiciona y pretende, y piensa no haber alcanzado ninguno, desprecia a los hombres y se perece por sus honras. ¿Puede haber nada más insensato? La cosa parece realmente un enigma. A los mismos que tiene por nada, de ésos pretende ser glorificado. ¿Veis cómo el que quiere exaltarse cae y se arrastra por tierra? Porque, que el arrogante tiene a todos los hombres por nada comparados consigo mismo, él mismo lo afirma y en eso cabalmente consiste la arrogancia. ¿A qué corres entonces tras el que no es nada? ¿A qué buscas honor de él? ¿A qué andas rodeado de tanta muchedumbre de gentes? ¿Veis cómo el soberbio es bajo y está en lo bajo? Pues, ea, examinemos al humilde, al de verdad alto. Éste sabe lo que es el hombre, cuán grande cosa es el hombre. Y como a sí mismo se tiene por el último de todos, de ahí que cualquier honor que se le tribute lo tiene por cosa grande. De suerte que sólo el humilde es consecuente consigo mismo, y está elevado, y no cambia de parecer. Puesto que tiene a los hombres por grandes, cree que sus honras, por pequeñas que sean, son también grandes, desde el momento que considera a aquéllos por grandes. El arrogante, en cambio, tiene por nada a quienes le honran, pero sentencia que sus honras son grandes. Además, el humilde no es presa de pasión alguna: ni la ira, ni la vanagloria, ni la envidia, ni los celos podrán molestarle, ¿Y qué puede haber más elevado que un alma exenta de estas pasiones? El soberbio, empero, por todas estas pasiones se ve dominado, como un vil gusano que se revuelve entre el barro. Y, en efecto, los celos, la envidia, la ira, están constantemente atormentan o a su alma. ¿Quién está, pues, más alto: el que está por encima de sus pasiones o el que es esclavo de ellas? ¿El que teme y tiembla ante ellas o el que es a ellas inatacable y jamás puede ser por ellas dominado? ¿Qué ave diríamos que vuela más alta que va muy por encima de las manos y trampas del cazador la que cae en manos de éste sin necesidad de trampa alguna, por no poder volar ni remontarse por los aires? Tal es el orgulloso. Cualquier lazo le coge fácilmente, pues va siempre arrastrándose por el suelo.

Prosigue el ataque contra el soberbio

6. Mas, si os place, examinad lo que decimos por aquel malvado demonio. ¿Qué puede, en efecto, haber de más bajo que el diablo después que quiso exaltarse? ¿Qué de más alto que el hombre apenas quiere humillarse? El diablo se arrastra por el suelo, puesto debajo de nuestro talón. Porque: Caminad —dice el Señor— por encima de serpientes y escorpiones. El hombre humilde, en cambio, está arriba entre los ángeles. Mas si eso mismo lo queréis saber por los hombres soberbios, considerad aquel bárbaro que trajo consigo tan enorme ejército y que no sabía lo que es evidente a todo el mundo, por ejemplo, que una piedra es sólo una piedra, y los ídolos, ídolos. De ahí que se hallaba más bajo que piedras e ídolos. Mas los piadosos y creyentes se lanzan más allá del mismo sol. ¿Cabe elevación mayor? Pues ellos pasan todavía las bóvedas del cielo y, dejando atrás a los ángeles, se presentan ante el mismo trono regio de Dios. Por otro lado, podéis daros cuenta del poco valor de un soberbio. ¿Quién es natural que esté bajo: aquel a quien Dios ayuda o aquel a quien Dios hace la guerra? Pues oíd ahora lo, que dice la Escritura acerca de los humildes y soberbios: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes 19. Y todavía quiero haceros otra pregunta: ¿Quién estará más alto: el que ofrece sacrificio y ofrenda a Dios o el que está lejos de toda confianza en Él? — ¿Y qué sacrificio —me dirás— ofrece el humilde? —Oye a David, que dice: Sacrificio es para Dios un espíritu contrito. Dios no despreciará un corazón contrito y humillado ¿Veis la pureza del humilde? Pues mirad también la impureza del soberbio. Porque: Impuro es—dice la Escritura—delante de Dios todo altanero de corazón. Aparte de eso, sobre el humilde descansa Dios: ¿Sobre quién fijaré mi mirada sino sobre el manso y tranquilo y que tiembla de mis palabras? Más el orgulloso es arrastrado juntamente con el diablo, cuyos tormentos tendrá también que sufrir. De ahí que el mismo Pablo dijera: No sea que, hinchado de orgullo, caiga en la condenación del diablo. Por otra parte, al soberbio le sucede lo contrario de lo que quiere. Quiere, en efecto, ser orgulloso para ser honrado, y con ello no consigue sino hacerse el más vilipendiado de todos. Porque nadie tan ridículo como el soberbio, nadie tan aborrecido y enemigo de todo el mundo, tan fácil presa de sus contrarios, tan pronto para la ira, tan impuro delante de Dios. ¿Qué puede, pues, haber peor que eso? Ése es, en efecto, el límite del mal. Mas ¿qué hay más agradable, qué cosa hay más feliz que un hombre humilde? Los humildes son los queridos y predilectos de Dios, ellos gozan del honor de los hombres, a ellos los estiman como a padres, los saludan como a hermanos y los aman como miembros propios.

Exhortación final: Seamos humildes para ser exaltados

Seamos, pues, humildes para ser exaltados. A la verdad, Nada hay que tan profundamente nos abaje como la soberbia. Esta fue la que hundió a Faraón. Porque: No sé —dice— quién Es el Señor. Y, por haber hablado así, vino a ser más vil que las moscas, las ranas y las orugas, y, después de eso, fue hundido en el mar con sus carros y caballos. Lo contrario de Faraón fue Abrahán: Yo soy —dice— polvo y ceniza; y por esa humildad venció a infinitos bárbaros y, después de caer en medio de Egipto, logró salir de allí con más brillante trofeo de gloria que antes y, abrazado siempre con esa virtud, cada día se hizo más glorioso. Por eso es su nombre celebrado por todas partes, por eso se le corona y proclama; Faraón, en cambio, sólo es ya polvo y ceniza o cualquier cosa más vil que el polvo y la ceniza. Porque nada aborrece Dios tanto como la soberbia. De ahí que desde el principio no dejó Él piedra por mover para arrancar y destruir esta pasión. Por ella nacimos mortales, entre dolores y lamentos. Por ella nos hallamos en trabajo, en sudor y en fatiga continua y desastrada. Porque por soberbia pecó el primer hombre, al pretender hacerse igual a Dios. Por eso no conservó ni lo que tenía, sino aun eso lo perdió. Tal es, en efecto, la soberbia. No sólo no añade nada bueno a nuestra vida, sino que nos daña en lo que tenemos. Al revés de la humildad, que no sólo no nos daría en lo que tenemos, sino que nos añade lo que no teníamos. La humildad, pues, emulemos, la humildad sigamos, a fin de gozar de la presente vida y alcanzar la eterna gloria, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre gloria y poder, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

(Homilías sobre San Mateo, Homilía 65, Ed. BAC, Madrid, 1966, pp. 338-354)

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FRANCISCO - Homilías en Santa Marta y Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones

Por el camino de Jesús

27 de septiembre de 2013

(…) Quien de nosotros –siguió explicando el Pontífice– “en su oración mirando el sagrario dice al Señor: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, debe saber dos cosas. La primera es que “no puede decirlo solo: debe ser el Espíritu Santo quien lo diga en él”. La segunda es que debe prepararse “porque Él te responderá”.

El Santo Padre se detuvo entonces a describir las diversas actitudes que un cristiano puede asumir: quien le siga hasta cierto punto, quien sin embargo le siga hasta el fondo. El peligro que se corre –advirtió– es el de ceder “a la tentación del bienestar espiritual”, o sea, de pensar que tenemos todo: la Iglesia, Jesucristo, los sacramentos, la Virgen, y por lo tanto no debemos buscar ya nada. Si pensamos así “somos buenos, todos, porque al menos debemos pensar esto; si pensamos lo contrario es pecado”. Pero esto “no basta. El bienestar espiritual –apuntó el Papa– es hasta cierto punto”. Lo que falta para ser cristiano de verdad es “la unción de la cruz, la unción de la humillación. Él se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz. Éste es el punto de comparación, la verificación de nuestra realidad cristiana. ¿Soy un cristiano de cultura del bienestar o soy un cristiano que acompaña al Señor hasta la cruz?”. Para entender si somos los que acompañan a Jesús hasta la cruz la señal adecuada “es la capacidad de soportar las humillaciones. El cristiano que no está de acuerdo con este programa del Señor es un cristiano a medio camino: un tibio. Es bueno, hace cosas buenas”, pero sigue sin soportar las humillaciones y preguntándose: “¿por qué a éste sí y a mí no? La humillación yo no. ¿Y por qué sucede esto y a mí no? ¿Y por qué a éste le hacen monseñor y a mí no?”.

“Pensemos en Santiago y Juan –continuó– cuando pedían al Señor el favor de las honorificencias. No sabéis, no entendéis nada, les dice el Señor. La elección es clara: el Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

“¿Y todos nosotros? Queremos que se realice el final de este párrafo. Todos queremos resucitar al tercer día. Es bueno, es bueno, debemos querer esto”. Pero no todos –dijo el Papa– para alcanzar el objetivo están dispuestos a seguir este camino, el camino de Jesús: consideran que es un escándalo si se les hace algo que piensan que es un error, y se lamentan de ello. Así que la señal para entender “si un cristiano es un cristiano de verdad” es “su capacidad de llevar con alegría y con paciencia las humillaciones”. Esto es “algo que no gusta”, subrayó finalmente el Papa Francisco; y, sin embargo, “hay muchos cristianos que, contemplando al Señor, piden humillaciones para asemejarse más a Él”.

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Nada de pereza

11 de noviembre de 2014

(…) Existe también, continuó el Papa, otra “ocasión que aleja de la actitud de servicio”, y es la de “adueñarse de las situaciones”. Es lo que les sucedió a los apóstoles, que alejaban a las personas “para que no molestasen a Jesús”, pero en realidad también “por ser cómodo para ellos”: es decir, “se adueñaban del tiempo del Señor, se adueñaban del poder del Señor: lo querían para su grupito”. En realidad, “se adueñaban de esa actitud de servicio, transformándolo en una estructura de poder”. Así, comentó el Pontífice, “se explica cuando entre ellos discutían acerca de quién era el más grande”; y “se comprende cuando la madre de Santiago y Juan va a pedir al Señor que uno de sus hijos sea el primer ministro y el otro el ministro de economía”. Lo mismo sucede a los cristianos que, “en lugar de servidores”, se convierten en “dueños: dueños de la fe, dueños del reino, dueños de la salvación. Esto sucede, es una tentación para todos los cristianos”.

El Señor, en cambio, nos habla de “servicio en humildad”. Como lo hizo “Él, que siendo Dios se humilló a sí mismo, se abajó, se anonadó: para servir. Es servicio en la esperanza, y esta es la alegría del servicio cristiano”, que vive, como escribe san Pablo a Tito, “aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”. El Señor “llamará a la puerta” y “vendrá a nuestro encuentro” en ese momento, dijo el Papa; y expresó un deseo: “Por favor, que nos encuentre con esta actitud de servicio”.

Cierto, en la vida “debemos luchar mucho contra las tentaciones que tratan de alejarnos” de esta disposición: la pereza que “lleva a la comodidad” y hace prestar un “servicio por la mitad”; y la tentación de “adueñarnos de la situación”, que “lleva a la soberbia, al orgullo, a tratar mal a la gente, a sentirse importantes “porque soy cristiano, tengo la salvación”“. Que el Señor, concluyó el Pontífice, “nos dé estas dos grandes gracias: la humildad en el servicio, con el fin de poder decir: somos siervos inútiles”, y “la esperanza al aguardar la manifestación” del Señor que “vendrá a nuestro encuentro”.

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El salario de Jesús

26 de mayo de 2015

El salario del cristiano es asemejarse a Jesús: no hay una recompensa en dinero o en poder para quien sigue de verdad al Señor, porque el camino es sólo el del servicio y en la gratuidad. Buscando en cambio un buen negocio mundano, con la riqueza, la vanidad y el orgullo, se nos sube a la cabeza y se produce también un contra-testimonio en la Iglesia. De esta tentación puso en guardia el Papa durante la misa que celebró el martes 26 de mayo.

El diálogo entre Pedro y Jesús inspiró la meditación del Pontífice, que partió precisamente del pasaje evangélico de san Marcos (Mc 10, 28-31) propuesto por la liturgia del día. Un diálogo, explicó, que tiene lugar tras el encuentro con el joven que quería seguir a Jesús: era bueno, Jesús lo amó, como relata el Evangelio. Pero el Señor le dijo que le faltaba una cosa: vender todo lo que tenía para darlo a los pobres: “tendrás un tesoro en el cielo”. Pero ante estas palabras -afirmó el Papa- el joven frunció el ceño y se marchó triste.

Así, pues, Jesús retomó el discurso y dijo a los discípulos: “¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!”. Y los discípulos quedaron desconcertados por sus palabras. Pero Jesús retomó el discurso y les dijo: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios. Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”.

Y he aquí el pasaje evangélico de la liturgia, con Pedro que asegura a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Como si dijese: Y a nosotros, ¿qué? ¿Cuál será nuestro salario? Lo hemos dejado todo. En pocas palabras, los ricos que no han dejado nada -el joven que no quería dejar sus riquezas- no entrarán en el reino de Dios, y para nosotros ¿cuál será la ganancia?.

La cuestión, destacó el Papa Francisco, es que los discípulos entendían a Jesús a medias, porque el conocimiento de Jesús, plenamente, tiene lugar con la venida del Espíritu Santo. Y, en efecto, Jesús les responde: En verdad os digo que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más, con persecuciones. En realidad, Jesús responde indicando otra dirección y no promete las mismas riquezas que tenía el joven. Precisamente el hecho de tener muchos hermanos, hermanas, madres, padres, bienes es la herencia del reino, pero con la persecución, con la cruz. Y esto cambia.

He aquí porqué, explicó el Papa, cuando un cristiano está apegado a los bienes, hace el mal papel de un cristiano que quiere tener dos cosas: el cielo y la tierra. Y el punto de confrontación es precisamente lo que dice Jesús: la cruz, las persecuciones, quiere decir negarse a sí mismo, sufrir la cruz cada día.

Por su parte, los discípulos tenían esta tentación: seguir a Jesús, ¿pero cuál será el final de este buen negocio? Y, añadió el Pontífice, pensemos en la madre de Santiago y Juan cuando pidió a Jesús un sitio para sus hijos: “Ah, a este nómbralo primer ministro y a este ministro de economía”. Era el interés mundano en el seguimiento de Jesús: pero luego el corazón de estos discípulos fue purificado, purificado, purificado hasta Pentecostés, cuando lo comprendieron todo.

La gratuidad en el seguimiento de Jesús es la respuesta a la gratuidad del amor y salvación que nos da Él, recordó el Papa. Cuando se quiere estar con Jesús y con el mundo, con la pobreza y con la riqueza, surge un cristianismo a medias, que busca la ganancia material: es el espíritu de la mundanidad. Y ese cristiano, decía el profeta Elías, “cojea con ambas piernas”, pues no sabe lo que quiere.

Así, sugirió el Papa Francisco, la clave para comprender este discurso de Jesús -cien veces más, pero con la cruz- es la última expresión: “Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros”. Y esto es lo que dice del servicio: “Quien se cree o quien es el más grande entre vosotros, que sea servidor: el más pequeño. No por casualidad, recordó el Papa, al decir estas palabras Jesús tomó un niño y lo mostró.

Seguir a Jesús desde el punto de vista humano no es un buen negocio: se trata de servir, insistió el Pontífice. Por lo demás, es exactamente lo que hizo Él: y si el Señor te da la posibilidad de ser el primero, tú debes comportarte como el último, es decir, con actitud de servicio. Y si el Señor te da la posibilidad de tener bienes, te debes comportar con actitud de servicio, es decir, para los demás.

Son tres cosas, tres escalones, los que nos alejan de Jesús: las riquezas, la vanidad y el orgullo, afirmó el Papa. Por ello -explicó- las riquezas son tan peligrosas: te llevan inmediatamente a la vanidad y te crees importante; pero cuando te crees importante, se te sube a la cabeza y te pierdes. Es por ello que Jesús nos recuerda el camino: Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros, y quien es el primero entre vosotros que sea el servidor de todos. Es un camino de abajamiento, el mismo camino recorrido por Él.

A Jesús este trabajo de catequesis a los discípulos le costó mucho, mucho tiempo porque no entendían bien. Así hoy, recomendó el Papa Francisco, también nosotros tenemos que pedir a Él que nos enseñe este camino, esta ciencia del servicio, esta ciencia de la humildad, esta ciencia de ser los últimos para servir a los hermanos y a las hermanas de la Iglesia.

Para el Pontífice no es algo bueno ver a un cristiano -laico, consagrado, sacerdote, obispo- que quiera las dos cosas: seguir a Jesús y los bienes, seguir a Jesús y la mundanidad. Es un contra-testimonio que aleja a la gente de Jesús. Antes de continuar con la celebración de la Eucaristía, el Papa invitó a pensar de nuevo en la pregunta de Pedro: Lo hemos dejado todo, ¿cómo nos pagarás?. Y a tener bien presente la respuesta de Jesús, porque el precio que Él nos dará será asemejarnos a Él: este será el “salario”. Y asemejarse a Jesús, concluyó, es un gran salario.

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Mensaje del papa Francisco para el DOMUND 2018

Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos

Queridos jóvenes, deseo reflexionar con vosotros sobre la misión que Jesús nos ha confiado. Dirigiéndome a vosotros lo hago también a todos los cristianos que viven en la Iglesia la aventura de su existencia como hijos de Dios. Lo que me impulsa a hablar a todos, dialogando con vosotros, es la certeza de que la fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía. «La misión refuerza la fe», escribía san Juan Pablo II (Carta enc. Redemptoris missio, 2), un Papa que tanto amaba a los jóvenes y que se dedicó mucho a ellos.

El Sínodo que celebraremos en Roma el próximo mes de octubre, mes misionero, nos ofrece la oportunidad de comprender mejor, a la luz de la fe, lo que el Señor Jesús os quiere decir a los jóvenes y, a través de vosotros, a las comunidades cristianas.

La vida es una misión

Cada hombre y mujer es una misión, y esta es la razón por la que se encuentra viviendo en la tierra. Ser atraídos y ser enviados son los dos movimientos que nuestro corazón, sobre todo cuando es joven en edad, siente como fuerzas interiores del amor que prometen un futuro e impulsan hacia adelante nuestra existencia. Nadie mejor que los jóvenes percibe cómo la vida sorprende y atrae. Vivir con alegría la propia responsabilidad ante el mundo es un gran desafío. Conozco bien las luces y sombras del ser joven, y, si pienso en mi juventud y en mi familia, recuerdo lo intensa que era la esperanza en un futuro mejor. El hecho de que estemos en este mundo sin una previa decisión nuestra, nos hace intuir que hay una iniciativa que nos precede y nos llama a la existencia. Cada uno de nosotros está llamado a reflexionar sobre esta realidad: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 273).

Os anunciamos a Jesucristo

La Iglesia, anunciando lo que ha recibido gratuitamente (cf. Mt 10,8; Hch 3,6), comparte con vosotros, jóvenes, el camino y la verdad que conducen al sentido de la existencia en esta tierra. Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, se ofrece a nuestra libertad y la mueve a buscar, descubrir y anunciar este sentido pleno y verdadero. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de Cristo y de su Iglesia. En ellos se encuentra el tesoro que llena de alegría la vida. Os lo digo por experiencia: gracias a la fe he encontrado el fundamento de mis anhelos y la fuerza para realizarlos. He visto mucho sufrimiento, mucha pobreza, desfigurar el rostro de tantos hermanos y hermanas. Sin embargo, para quien está con Jesús, el mal es un estímulo para amar cada vez más. Por amor al Evangelio, muchos hombres y mujeres, y muchos jóvenes, se han entregado generosamente a sí mismos, a veces hasta el martirio, al servicio de los hermanos. De la cruz de Jesús aprendemos la lógica divina del ofrecimiento de nosotros mismos (cf. 1 Co 1,17-25), como anuncio del Evangelio para la vida del mundo (cf. Jn 3,16). Estar inflamados por el amor de Cristo consume a quien arde y hace crecer, ilumina y vivifica a quien se ama (cf. 2 Co 5,14). Siguiendo el ejemplo de los santos, que nos descubren los amplios horizontes de Dios, os invito a preguntaros en todo momento: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?».

Transmitir la fe hasta los confines de la tierra

También vosotros, jóvenes, por el Bautismo sois miembros vivos de la Iglesia, y juntos tenemos la misión de llevar a todos el Evangelio. Vosotros estáis abriéndoos a la vida. Crecer en la gracia de la fe, que se nos transmite en los sacramentos de la Iglesia, nos sumerge en una corriente de multitud de generaciones de testigos, donde la sabiduría del que tiene experiencia se convierte en testimonio y aliento para quien se abre al futuro. Y la novedad de los jóvenes se convierte, a su vez, en apoyo y esperanza para quien está cerca de la meta de su camino. En la convivencia entre los hombres de distintas edades, la misión de la Iglesia construye puentes inter-generacionales, en los cuales la fe en Dios y el amor al prójimo constituyen factores de unión profunda.

Esta transmisión de la fe, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el “contagio” del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor. No se puede poner límites al amor: fuerte como la muerte es el amor (cf. Ct 8,6). Y esa expansión crea el encuentro, el testimonio, el anuncio; produce la participación en la caridad con todos los que están alejados de la fe y se muestran ante ella indiferentes, a veces opuestos y contrarios. Ambientes humanos, culturales y religiosos todavía ajenos al Evangelio de Jesús y a la presencia sacramental de la Iglesia representan las extremas periferias, “los confines de la tierra”, hacia donde sus discípulos misioneros son enviados, desde la Pascua de Jesús, con la certeza de tener siempre con ellos a su Señor (cf. Mt 28,20; Hch 1,8). En esto consiste lo que llamamos missio ad gentes. La periferia más desolada de la humanidad necesitada de Cristo es la indiferencia hacia la fe o incluso el odio contra la plenitud divina de la vida. Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas es siempre consecuencia del rechazo a Dios y a su amor.

Los confines de la tierra, queridos jóvenes, son para vosotros hoy muy relativos y siempre fácilmente “navegables”. El mundo digital, las redes sociales que nos invaden y traspasan, difuminan fronteras, borran límites y distancias, reducen las diferencias. Parece todo al alcance de la mano, todo tan cercano e inmediato. Sin embargo, sin el don comprometido de nuestras vidas, podremos tener miles de contactos pero no estaremos nunca inmersos en una verdadera comunión de vida. La misión hasta los confines de la tierra exige el don de sí en la vocación que nos ha dado quien nos ha puesto en esta tierra (cf. Lc 9,23-25). Me atrevería a decir que, para un joven que quiere seguir a Cristo, lo esencial es la búsqueda y la adhesión a la propia vocación.

Testimoniar el amor

Agradezco a todas las realidades eclesiales que os permiten encontrar personalmente a Cristo vivo en su Iglesia: las parroquias, asociaciones, movimientos, las comunidades religiosas, las distintas expresiones de servicio misionero. Muchos jóvenes encuentran en el voluntariado misionero una forma para servir a los “más pequeños” (cf. Mt 25,40), promoviendo la dignidad humana y testimoniando la alegría de amar y de ser cristianos. Estas experiencias eclesiales hacen que la formación de cada uno no sea solo una preparación para el propio éxito profesional, sino el desarrollo y el cuidado de un don del Señor para servir mejor a los demás. Estas formas loables de servicio misionero temporal son un comienzo fecundo y, en el discernimiento vocacional, pueden ayudaros a decidir el don total de vosotros mismos como misioneros.

Las Obras Misionales Pontificias nacieron de corazones jóvenes, con la finalidad de animar el anuncio del Evangelio a todas las gentes, contribuyendo al crecimiento cultural y humano de tanta gente sedienta de Verdad. La oración y la ayuda material, que generosamente son dadas y distribuidas por las OMP, sirven a la Santa Sede para procurar que quienes las reciben para su propia necesidad puedan, a su vez, ser capaces de dar testimonio en su entorno. Nadie es tan pobre que no pueda dar lo que tiene, y antes incluso lo que es. Me gusta repetir la exhortación que dirigí a los jóvenes chilenos: «Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie: Le haces falta a mucha gente y esto piénsalo. Cada uno de vosotros piénselo en su corazón: Yo le hago falta a mucha gente» (Encuentro con los jóvenes, Santuario de Maipú, 17 de enero de 2018).

Queridos jóvenes: el próximo octubre misionero, en el que se desarrollará el Sínodo que está dedicado a vosotros, será una nueva oportunidad para hacernos discípulos misioneros, cada vez más apasionados por Jesús y su misión, hasta los confines de la tierra. A María, Reina de los Apóstoles, a los santos Francisco Javier y Teresa del Niño Jesús, al beato Pablo Manna, les pido que intercedan por todos nosotros y nos acompañen siempre.

Vaticano, 20 de mayo de 2018, Solemnidad de Pentecostés.

Francisco

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2006 y 2009

2006

La misión brota del corazón

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la LXXX Jornada mundial de las misiones, instituida por el Papa Pío XI, que dio un fuerte impulso a las misiones ad gentes y en el jubileo de 1925 promovió una grandiosa exposición, que se transformó después en la actual Colección etnológico-misionera de los Museos vaticanos.

Este año, en el tradicional Mensaje para dicha celebración, propuse como tema: “La caridad, alma de la misión”. En efecto, la misión, si no está animada por el amor, se reduce a actividad filantrópica y social. A los cristianos, en cambio, se aplican las palabras del apóstol san Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14). La misma caridad que movió al Padre a mandar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, fue derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Así, todo bautizado, como sarmiento unido a la vid, puede cooperar a la misión de Jesús, que se resume en llevar a toda persona la buena nueva de que “Dios es amor” y, precisamente por esto, quiere salvar el mundo.

La misión brota del corazón: quien se detiene a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en el costado traspasado, no puede menos de experimentar en su interior la alegría de saberse amado y el deseo de amar y de ser instrumento de misericordia y reconciliación. Así le sucedió, hace exactamente 800 años, al joven Francisco de Asís, en la iglesita de San Damián, que entonces se hallaba destruida. Francisco oyó que Jesús, desde lo alto de la cruz, conservada ahora en la basílica de Santa Clara, le decía: “Ve y repara mi casa que, como ves, está en ruinas”. Aquella “casa” era ante todo su misma vida, que debía “reparar” mediante una verdadera conversión; era la Iglesia, no la compuesta de ladrillos, sino de personas vivas, que siempre necesita purificación; era también la humanidad entera, en la que Dios quiere habitar. La misión brota siempre de un corazón transformado por el amor de Dios, como testimonian innumerables historias de santos y mártires, que de modos diferentes han consagrado su vida al servicio del Evangelio.

La misión es, por tanto, una obra en la que hay lugar para todos: para quien se compromete a realizar en su propia familia el reino de Dios; para quien vive con espíritu cristiano su trabajo profesional; para quien se consagra totalmente al Señor; para quien sigue a Jesús, buen Pastor, en el ministerio ordenado al pueblo de Dios; para quien, de modo específico, parte para anunciar a Cristo a cuantos aún no lo conocen.

Que María santísima nos ayude a vivir con renovado impulso, cada uno en la situación en la que la Providencia lo ha puesto, la alegría y la valentía de la misión.

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2009

La vocación misionera

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, tercer domingo de octubre, se celebra la Jornada mundial de las misiones, que constituye para todas las comunidades eclesiales y para cada cristiano una fuerte llamada al compromiso de anunciar y testimoniar el Evangelio a todos, en particular a los que todavía no lo conocen. En el Mensaje que escribí para esta ocasión me inspiré en una expresión del Libro del Apocalipsis, que a su vez se hace eco de una profecía de Isaías: “Las naciones caminarán a su luz” (Ap 21, 24). La luz de la que se habla es la de Dios, revelada por el Mesías y reflejada en el rostro de la Iglesia, representada como la nueva Jerusalén, ciudad maravillosa en la que resplandece con toda su plenitud la gloria de Dios. Es la luz del Evangelio, que orienta el camino de los pueblos y los guía hacia la formación de una gran familia, en la justicia y la paz, bajo la paternidad del único Dios bueno y misericordioso. La Iglesia existe para anunciar este mensaje de esperanza a toda la humanidad, que en nuestro tiempo “ha logrado grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia” (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2).

En el mes de octubre, especialmente en este domingo, la Iglesia universal pone de relieve su vocación misionera. Guiada por el Espíritu Santo, se sabe llamada a proseguir la obra de Jesús mismo anunciando el Evangelio del reino de Dios, que “es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Este reino ya está presente en el mundo como fuerza de amor, de libertad, de solidaridad, de respeto a la dignidad de cada hombre, y la comunidad eclesial siente con fuerza en el corazón la urgencia de trabajar para que la soberanía de Cristo se realice plenamente. Todos sus miembros y articulaciones cooperan en ese proyecto, según los diversos estados de vida y los carismas.

En esta Jornada mundial de las misiones quiero recordar a los misioneros y misioneras —sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos voluntarios— que consagran su existencia a llevar el Evangelio al mundo, afrontando también incomodidades y dificultades y a veces incluso verdaderas persecuciones. Pienso, entre otros, en don Ruggero Ruvoletto, sacerdote fidei donum, recientemente asesinado en Brasil; en el padre Michael Sinnott, religioso, secuestrado hace pocos días en Filipinas. Y ¿cómo no pensar en lo que se está planteando en el Sínodo de los obispos para África respecto al sacrificio extremo y al amor a Cristo y a su Iglesia? Agradezco a las Obras misionales pontificias el valioso servicio que prestan a la animación y a la formación misionera. Invito, además, a todos los cristianos a un gesto material y espiritual de compartir para ayudar a las Iglesias jóvenes de los países más pobres.

Queridos amigos, hoy, 18 de octubre, también es la fiesta de san Lucas evangelista que, además del Evangelio, escribió los Hechos de los Apóstoles, para narrar la expansión del mensaje cristiano hasta los confines del mundo entonces conocido. Invoquemos su intercesión, junto con la de san Francisco Javier, la de santa Teresa del Niño Jesús, patronos de las misiones, y la de la Virgen María, para que la Iglesia siga difundiendo la luz de Cristo entre todos los pueblos. Os pido, también, que recéis por la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, que se está celebrando estas semanas aquí, en el Vaticano.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Los grandes ejercen el poder

El Evangelio de este Domingo nos presenta una pequeña escena insólita; pero, muy instructiva. Es la historia de una «recomendación»; pero, ¡que no llega a puerto o a buen fin! Una día se presenta a Jesús la madre de dos apóstoles, Santiago y Juan, con una atrevida petición (el evangelista Marcos hace intervenir directamente a los mismos apóstoles; pero, Mateo pormenoriza que mandaron delante a su madre). La petición era ésta: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino» (Mateo 20, 21).

Se había creado la convicción de que Jesús, de allí a poco, sería reconocido como Mesías y proclamado rey; y aquella madre quiere asegurarse un puesto de privilegio para sus dos hijos. Todo muy natural y perennemente actual. Como natural y actual es la reacción de los otros diez apóstoles, que «se indignaron contra Santiago y Juan». Aspiraban, evidentemente también ellos, a la misma posición.

Frente a esta «recomendación» en plena regla, Jesús se comporta de un modo verdaderamente sorprendente; y es útil conocerlo, visto que el problema de la recomendación es aún casi actual. Imagínate que alguien se presenta hoya un hombre político para obtener un puesto, pongamos de subsecretario en un gobierno o de guardia urbano o civil. Éste le enumera todos los deberes unidos al oficio, los riesgos que deberá afrontar; en consecuencia, le pregunta: «¿Estás dispuesto a pagar este precio?» El otro le responde: «Sí». Y él: «Bien, el precio lo pagarás, pero, en cuanto al puesto olvídate; no está en mí concederlo». Jesús, en efecto, pide a los dos: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber». Ellos, sin pensarlo dos veces, responden: «Lo somos». Y él concluye:

«El cáliz que yo vaya beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me vaya bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado».

¿Una broma? ¿Una tornadura de pelo? No; Jesús revela sencillamente una nueva escala de valores. El verdadero privilegio, el puesto de honor en su reino, consiste en algo distinto: en compartir su suerte, en estar cercano a él en la cruz («beber el cáliz»). Jesús tenía razón al decir a los dos discípulos: «No sabéis lo que pedís». Si ellos y su madre hubieran sabido a quién le habría tocado el honor de sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda” «en su Reino» (¡los dos ladrones crucificados con él!) se habrían cuidado bien de adelantar aquella pregunta.

Pero, ahora, escuchemos a Jesús, que explica a los doce apóstoles (y, naturalmente, a todos los suyos) cuál es la verdadera grandeza, a la que debe aspirar un discípulo suyo:

«Reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”».

Así, después de aquello sobre el dinero, tenemos la ocasión de escuchar el juicio del Evangelio sobre otro de los grandes ídolos del mundo: el poder. Ni siquiera el poder es intrínsecamente malo, como no lo es el dinero: Dios se define él mismo como «el omnipotente» y la Escritura dice que «el poder pertenece a Dios» (Salmo 62,12). Dado que, sin embargo, el hombre había abusado del poder concedido a él, transformándolo en dominio del más fuerte y en opresión del débil, ¿qué ha hecho Dios? Se ha despojado de su omnipotencia; de «omnipotente» se ha hecho «impotente». «Se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo» (Filipenses 2, 7). Ha transformado el poder en servicio.

Hay un momento, en los relatos de la Pasión, en que esta impotencia de Dios aparece con toda su cruda realidad en Cristo. En el pretorio de Pilatos, Jesús tiene una corona de espinas sobre la cabeza, un manto de burla sobre las espaldas, las manos atadas a las muñecas, hasta tal punto de no poder mover ni siquiera un dedo. Y alrededor están los soldados, que se ríen de él. Un poco antes de la primera lectura se contiene una descripción profética de este salvador «impotente»:

«Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida... Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle» (Isaías 52, 2a.3).

Se revela, así, un nuevo poder, el de la cruz. «Ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes» (cfr. 1 Corintios 1 , 24-27). María, en el Magnificat, anticipadamente canta esta revolución silenciosa realizada con la venida de Cristo: «Derriba del trono a los poderosos» (Lucas 1,52).

¿Quién viene sometido a acusación por esta denuncia del poder? ¿Sólo los tiranos y dictadores? ¡Ojalá que así fuese! Se trataría, en este caso, de excepciones. Por el contrario, nos afecta a todos. El poder tiene infinitas ramificaciones, se incrusta por todas partes, como cierta arena del Sahara, cuando sopla el viento de siroco o del sudeste. También, en la Iglesia. El «poder temporal» de los papas asimismo, se ha manchado tal vez de abusos; y yo creo que la Iglesia ha ganado enormemente en perderlo. También, los católicos, cuando están en el poder, lo sabemos bien, están sometidos a las tentaciones comunes y, si no están muy atentos, pueden sucumbir groseramente.

Pero, decía yo, que el problema del poder no se plantea sólo para el mundo político. Es más, si nos paramos aquí no hacemos más y más que unimos a la fila de los que están siempre dispuestos a golpear sus propios errores... sobre el pecho de los demás. Es fácil denunciar las culpas colectivas o del pasado; más fácil que las personales o del presente. María dice que Dios:

«Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes» (Lucas 1,51-52).

Ella señala implícitamente un terreno preciso, en el que es necesario comenzar a combatir «la voluntad de poder», el del propio corazón. Nuestra mente «los pensamientos del corazón») puede llegar a ser una especie de trono en el que nos aposentamos para dictar leyes y fulminar a quien no se nos somete. En ciertas regiones de Italia central, se ven todavía muchas casas de campo, que terminan con una especie de torreta por encima de los tejados. ¿Para qué servían? Era el lugar desde donde el dueño vigilaba la labor de los trabajadores del campo, desde donde ejercía su dominio (no necesariamente malo, en este caso). Nosotros estamos construidos un poco como estas casas. Hay dentro de nosotros una torreta de mando desde donde impartimos órdenes y emitimos juicios y sentencias sobre el mundo entero. Somos, al menos en los deseos, «poderosos sobre tronos». Está, después, el espacio de la familia. También, allí es posible, desgraciadamente, que se manifieste nuestra innata voluntad de dominio y de engaño causando continuos sufrimientos a quien es nuestra víctima; frecuentemente (no siempre), la mujer.

¿Qué opone el Evangelio frente al poder? ¡El servicio! Un poder para los demás, no sobre los demás. El poder confiere autoridad; pero, el servicio otorga algo más, competencia; esto es, respeto, estima, real ascendencia sobre los demás. Al poder, el Evangelio opone igualmente la no-violencia; esto es, un poder de otro tipo, moral, no físico. Jesús decía que habría podido pedirle al Padre doce legiones de ángeles para desbaratar a los enemigos, que estaban a punto de venir a crucificarlo (cfr. Mateo 26,53); pero, prefirió orar por ellos. Y fue así cómo consiguió la victoria. No obstante, el servicio no se expresa siempre y sólo con el silencio y la sumisión al poder. A veces, se puede estimular a levantar valientemente la voz contra él y contra sus abusos.

La segunda lectura dice:

«No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado».

Entre las cosas tristes, que Jesús ha experimentado en su vida, ha estado precisamente el abuso de poder. Sobre él han actuado los poderes políticos y religiosos del tiempo: Herodes, el Sanedrín, Pilatos. Por eso, él está cercano y puede consolar a todos los que en cualquier ambiente (en la familia, en la comunidad, en la sociedad civil) han vivido la experiencia sobre sí de un poder malo y tiránico. Con su ayuda, es posible, como ha hecho él, no «sucumbir al mal» y, por el contrario, vencer «al mal con el bien» (Romanos 12,21).


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