Diumenge XXVII del Temps Ordinari (cicle B):La mentalitat del «usar i tirar» és necessari substituir-la amb la del «usar i apedaçar»

El tema d'aquest Diumenge és el matrimoni. La primera lectura comença amb les ben conegudes paraules: «El Senyor Déu es va dir: “No està bé que l'home estigui sol; vagi fer-li algú com ell que li ajudi”». En els nostres dies, el mal del matrimoni és la separació i el divorci; en temps de Jesús, era el repudi. En cert sentit, aquest era un mal pitjor perquè implicava, també, una injustícia en relació amb la dona. Què suggerir als cònjuges, que vulguin, almenys, intentar aquest camí ardu, però ple de promeses? Una cosa senzillíssima: descobrir un art oblidat, en el qual sobresortien les nostres àvies i mares: !l'apedaço! La mentalitat del «usar i tirar» és necessari substituir-la amb la del «usar i apedaçar». Les més esforçades d'entre les nostres àvies eren capaces de l'així anomenat «apedaço invisible», això és, un executat tan perfecte que la cosa semblava com a nova, sense cap traça d'apedaço.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Est 4, 17

En tu voluntad, Señor, está puesto el universo, y no hay quien pueda resistirse a ella. Tú hiciste todo, el cielo y la tierra, y todo lo que está bajo el firmamento; tú eres Señor del universo.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que en la superabundancia de tu amor sobrepasas los méritos y aun los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Serán los dos una sola carne

Del libro del Génesis: 2,18-24

En aquel día, dijo el Señor Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude”. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre y así todo ser viviente tuviera el nombre puesto por Adán.

Así, pues, Adán les puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo.

Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño, y mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. Se la llevó al hombre y éste exclamó:

“Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada mujer, porque ha sido formada del hombre”.

Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 127,1-2. 4-5. 6

R/. Dichoso el que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien. R/.

Su mujer, como vid fecunda, en medio de su casa; sus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de su mesa. R/.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor: “Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida”. R/.

SEGUNDA LECTURA

El santificador y los santificados tienen la misma condición humana.

De la carta a los hebreos: 2, 8-11

Hermanos: Es verdad que ahora todavía no vemos el universo entero sometido al hombre; pero sí vemos ya al que por un momento Dios hizo inferior a los ángeles, a Jesús, que por haber sufrido la muerte, está coronado de gloria y honor. Así, por la gracia de Dios, la muerte que El sufrió redunda en bien de todos.

En efecto, el creador y Señor de todas las cosas quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria. Por eso convenía que Dios consumara en la perfección, mediante el sufrimiento, a Jesucristo, autor y guía de nuestra salvación.

El santificador y los santificados tienen la misma condición humana. Por eso no se avergüenza de llamar hermanos a los hombres.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO 1 Jn 4, 12

R/. Aleluya, aleluya.

Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. R/.

EVANGELIO

Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 10, 2-16

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”.

Él les respondió: “¿Que les prescribió Moisés?”. Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”. Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

Después de esto, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo.

Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, el sacrificio que tú mismo nos mandaste ofrecer, y, por estos sagrados misterios, que celebramos en cumplimiento de nuestro servicio, dígnate llevar a cabo en nosotros la santificación que proviene de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN  Cfr. 1 Cor 10, 17

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos participamos de un mismo pan y de un mismo cáliz.

ORACIÓN DEPUES DE LA COMUNIÓN

Dios omnipotente, saciados con este alimento y bebida celestiales, concédenos ser transformados en aquel a quien hemos recibido en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Y serán los dos una sola carne (Gn 2,18-24)

1ª lectura

Dios sigue buscando el bien del hombre que ha creado. El hagiógrafo lo expresa, de forma antropomórfica, presentando a Dios como a un alfarero que se da cuenta de que su obra ha de ser perfeccionada. Todavía no está concluida la creación del ser humano: le falta poder vivir en profunda y completa unión con otro ser humano. En los animales, creados también por Dios, el hombre no encuentra compañía apropiada, de su mismo rango, por lo que Dios crea a la mujer del mismo cuerpo del hombre. Entonces sí que existe la posibilidad de comunicación personal para el ser humano. La creación de la mujer refleja, por tanto, la culminación del amor de Dios hacia el ser humano tal como lo creó.

Por otra parte, en este pasaje se nos revela la misma interioridad del hombre capaz de darse cuenta de su soledad. Aunque aquí esa soledad aparece como una posibilidad y un temor, más que como una situación real, se está indicando que es desde la conciencia de la propia soledad desde donde el hombre puede apreciar como un bien la comunión con los demás.

Los animales son creados de la tierra, como el hombre, pero de ellos no se dice que Dios les infunda un soplo de vida (cfr. Gn 2,7). Este soplo pertenece únicamente al hombre que se diferencia así esencialmente de los animales: el hombre tiene una forma de vida que le viene directamente de Dios, es decir, está animado por un principio espiritual que le capacita para ser el interlocutor de Dios y para tener verdadera comunión con otros hombres. Es lo que llamamos el alma o el espíritu. Por ello el hombre se asemeja a Dios más que a los animales, aunque el cuerpo humano haya sido formado de la tierra y pertenezca a ella como el del animal.

«La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar el alma como la “forma” del cuerpo (cfr Conc. de Vienne, Fidei catholicae); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 365).

El sueño del v. 21 es como un reflejo de la muerte, como si Dios suspendiese la vida que ha infundido al hombre, para remodelarlo de nuevo y que comience a vivir a continuación de otra forma: siendo dos, varón y mujer, y no ya uno sólo. La manera de narrar la creación de la mujer, a partir de una costilla de Adán, quiere enseñar, en contraste con la mentalidad de su tiempo, que el varón y la mujer son de la misma naturaleza y tienen la misma dignidad, pues ambos proceden del mismo barro que Dios modeló y convirtió en un ser vivo. Por otra parte, la Biblia explica también así la atracción mutua que sienten el varón y la mujer.

Cuando el hombre —ahora en sentido de varón— reconoce a la mujer como persona igual que él, de su misma naturaleza, descubre en ella la «ayuda adecuada» que Dios quería darle. Ahora sí está completa la creación del ser humano. Éste «se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión» (Juan Pablo II, Audiencia general, 14.XI.1979).

La exclamación del primer hombre ante la primera mujer refleja la capacidad de ambos de unirse íntimamente en matrimonio. La actitud del hombre que aquí aparece respecto de la mujer es la propia del marido hacia la esposa. Éste, en efecto, «ve en la esposa la realización del designio divino “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”, y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: “Ésta sí que es hueso de mis huesos...” El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: “No eres su amo, escribe San Ambrosio (Hexaemeron 5,7,19), sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como esposa. (...) Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor”» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 25).

Las palabras del v. 24 son un comentario del autor inspirado que, tras narrar la creación de la mujer, presenta la institución matrimonial como establecida por Dios en el origen mismo del ser humano. En efecto, como explica Juan Pablo II, la «comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por eso, tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana» (Familiaris consortio, n. 19).

Varón y mujer, al unirse en matrimonio, forman una nueva familia. Las primeras traducciones que se hicieron de la Biblia, al griego y al arameo, ya interpretaban el sentido del pasaje al decir «serán los dos una sola carne», indicando así que el matrimonio querido por Dios era el matrimonio monogámico. Jesús apeló también a este pasaje sobre el principio para enseñar la indisolubilidad de la unión matrimonial, aduciendo que «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt 19,5 y par.). Así lo enseña también la Iglesia: «Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor está establecida sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole, como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues el mismo Dios es el autor del matrimonio, al que ha dotado con bienes y fines varios» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48).

Experimentó la muerte en beneficio de todos (Hb 2,9-11)

2ª lectura

Se aplican a Cristo las palabras del Sal 8, que canta la grandeza de Dios y la dignidad del hombre, ya que Cristo es la perfección de la humanidad, el hombre perfecto, que con su obediencia y humildad, su pasión y muerte fue hecho inferior a los ángeles, pero mereció por ello ser coronado de gloria y honor (cfr Flp 2,6-11; 1 P 2,21-25). Así, por sus padecimientos (v. 9), Cristo es el Señor, y todo, hasta la misma muerte (cfr 1 Co 15,22-28), le ha sido sometido.

El pasaje es uno de los más bellos textos sobre la Encarnación. Para llevar a cabo la salvación de los hombres, Jesucristo debía poseer, como ellos, una naturaleza humana. Dios Padre «ha perfeccionado» (cfr v. 10) a su Hijo en cuanto que al hacerse hombre y, por tanto, poder sufrir y morir, posee la capacidad absoluta para ser el representante de sus «hermanos» los hombres (v. 11). «Participó del alimento como nosotros —escribe Teodoreto de Ciro—, y soportó el trabajo; conoció la tristeza en su alma y lloró, y padeció la muerte» (Interpretatio ad Hebraeos, ad loc.).

Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre (Mc 10,2-16)

Evangelio

Se recoge aquí un conjunto de enseñanzas de Jesús que se refieren principalmente a los esposos.

El marco de la escena es frecuente en el evangelio. La actitud malintencionada de ciertos fariseos contrasta con la sencillez de la multitud que escucha con atención las enseñanzas. Cristo conoce la doblez de sus tentadores y por eso les pregunta qué «mandó» Moisés (v. 3). Los fariseos saben que no existe tal mandato, y por eso contestan que Moisés «permitió» el libelo de repudio (v. 4). Establecidos los principios para el diálogo, Jesucristo explica que el verdadero mandato es el que Dios instituyó en el momento de la creación (Gn 2,24): «El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: “De manera que ya no son dos sino una sola carne” (Mt 19,6). “Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total” (Juan Pablo II, Familiaris consortio, 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1644).

En las palabras finales del Señor se recoge una cláusula (v. 12) que tiene más presente la legislación romana que la judía, ya que esta última no contemplaba la posibilidad de que la mujer repudiara al marido. Las palabras parecen una actualización de la enseñanza de Jesucristo para los destinatarios del Evangelio de Marcos. En todo caso nos enseñan que el sentido de la doctrina de Cristo debe ser actualizado en la vida y las circunstancias de cada uno de nosotros. Hoy, «dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, (...) alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un “signo” en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión; también éstos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 20).

El evangelio muestra en muchos pasajes los rasgos de la verdadera Humanidad de Jesús: su mirada indignada cuando advierte la dureza de los corazones (3,5), su tristeza ante la falta de fe de sus paisanos de Nazaret (6,6), su desaliento ante la doblez de los fariseos (cfr 8,12), su enfado con los discípulos (v. 14), etc. Ahora, en un episodio lleno de espontaneidad y viveza, narrado al final de este pasaje, Marcos evoca la actitud del Señor hacia los niños: parece que al evangelista le faltan las palabras (cfr v. 16) para describir el cariño que les tiene Jesús.

Pero el suceso entraña también una enseñanza: el Reino de los Cielos es de quienes lo reciben como un niño, es decir, no como algo merecido sino como un don recibido de Dios Padre. De ahí nace la vida de infancia espiritual recomendada por los santos: Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños... rezar como rezan los niños (S. Josemaría Escrivá, Santo Rosario, prólogo).

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

La finalidad del matrimonio

—Por aquí, hermanos míos, echaréis de ver cómo pensaba la Escritura de aquellos nuestros antepasados, cuya única finalidad era, en casarse, tener descendencia de sus mujeres.

Tan casto, en efecto, era el trato con ellas, de, quienes, por las circunstancias del tiempo y del estilo nacional, tenían muchas, que no accedían al uso del matrimonio sino mirando a la prole. ¡Con qué honor las poseían! Por lo demás quien use de la mujer con fines extraños al fin de procrear hijos, obra contra las mismas tablas o contrato matrimonial en cuya virtud la hizo mujer suya. Se leen tablas denominadas tablas matrimoniales; se leen a presencia de los testigos, y se dice: Para la procreación de los hijos. Si a las mujeres no se las da para esto y para esto se las toma, ¿quién de sano juicio diera una hija para regodeo carnal de otro? Para que los padres no se avergüencen, léense las tablas: para que sean suegros y no alcahuetes. Pues, en efecto, ¿qué se estipula en las tablas? La procreación de los hijos. La frente del padre se desarruga en oyendo estas palabras del contrato. Miremos la frente del hombre que recibe mujer. Ruborícese el marido de recibirla para otra cosa, pues se ruboriza el padre de darla para otro fin.

Mas, si no puede abstenerse como ya hemos dicho alguna vez, pidan el débito, y no vayan sino a quienes se le deben. Hombre y mujer sobrellévense mutuamente la común flaqueza, sin ir el a otra ni a otro ella; que adulterio de ahí trae su nombre, ad alterum, a otro; y si transgreden la meta del pacto, no transgredan los límites del tálamo conyugal. ¿Por ventura no es pecado exigir de la esposa más de lo que pide la necesidad de procrear hijos? Lo es indudablemente, bien que leve. El Apóstol dice: Os digo esto, haciéndome cargo de las cosas. Y, hablando a este propósito, dice: “No os defraudéis el uno al otro, no siendo de acuerdo y por algún tiempo, para daros a la oración; mas luego volved a lo mismo, para que no os tiente Satanás de incontinencia”. ¿Qué significa esto? No echéis sobre vosotros más peso del soportable y, absteniéndoos el uno del otro, caigáis en adulterio. No os tiente Satanás a causa incontinencia. Y para que no pareciese mandar que permite (uno es mandar a la virtud y otro es permitir a la debilidad), añadió en seguida: Os digo esto porque me hago cargo de la situación, mas no lo impongo. Yo bien querría que fueran todos como yo. En otras palabras: No mando que lo hagáis; os excuso si lo hacéis.

Dos bases del género humano.

—Prestadme ahora, hermanos míos, atención. Los grandes hombres que tenían mujeres para procrear hijos, fueron, según leemos, los patriarcas, de los que hay pruebas abundantes; porque lo dicen a voces las páginas sagradas, que no dan lugar a dudarlo. Si, pues, hay hombres que tienen mujeres sin otro fin que la procreación de los hijos, ya estos estos hombres pudiese hacérseles la merced de tenerlos sin concúbito, ¿no recibirían este beneficio con gozo inefable? Y a los hijos, ¿no los recibirían con grande alegría? Son dos, en efecto, las operaciones materiales necesarias al humano linaje: dos actividades a las que los varones discretos y santos se acomodan por obligación, y los indiscretos se precipitan por sensualidad. Porque uno es descender a cualquier cosa por necesidad y otro es tirarse a ella por sensualidad. ¿Cuáles son estas dos cosas necesarias a la perduración del género humano? Indudablemente, lo primero es la alimentación (que cierto, no se puede hacer sin algún deleite); sin comer y beber te morirías. Esta base, pues, la comida y la bebida, es uno de los sustentáculos del linaje humano en razón de su naturaleza. Mas el sustentáculo este mantiene a los hombres en particular; a la sucesión no se provee así: comiendo y bebiendo, sino tomando mujer. A la subsistencia, por ende, o mantenimiento del linaje humano, se provee así: comiendo y bebiendo; pero como, hagan lo que hagan en favor del cuerpo, evidentemente no pueden vivir siempre, síguese que han de nacer quienes sucedan a los que mueren. Porque, según está escrito, el género humano es como las hojas del árbol; como el árbol de hoja perenne: olivo, laurel, etc., que nunca están sin su fronda, si bien las hojas no son siempre las mismas; pues, según dice la Escritura, produce unas y tira otras, y las nacidas suceden a las caídas; echando, en fin, siempre hojas al suelo y siempre, vestido de hojas. Al modo de los árboles estos, la humanidad no siente las pérdidas de los que mueren, por suplirlas los que nacen; y por este modo singular la especie humana permanece en su totalidad; cual siempre hay hojas en los árboles, la tierra se ve llena siempre de hombres. Si murieran y no nacieran, la tierra se despojaría en absoluto de hombres, como pierden algunos árboles telas sus hojas.

Uso racional e irracional del matrimonio.

A estas dos cosas, pues, que para la sustentación del género humano son indispensables, y de las que ya hemos dicho lo suficiente, lléganse por deber el sabio, el prudente, el fiel, y nunca por mero deleite. Respecto al comer y beber, ¡cuántos se lanzan a ello con voracidad, poniendo allí toda alma, como si fuera ésa la razón de vivir! Porque, siendo necesario comer para vivir, ellos piensan en vivir para comer. A estos comedores, bebedores y glotones, cuyo dios es el vientre, no hay sabio que no los reprenda, y singularmente la divina Escritura. No los conduce a la mesa necesidad de refacción, sino la concupiscencia de la carne. Para éstos el comer y beber es lo mismo que caer; mas los que descienden por exigencia de la vida, no viven para comer, antes comen para vivir. Si, por el consiguiente estos hombres discretos y moderados se les ofreciera poder vivir sin alimento ni bebida, ¡qué gozosos recibirían este beneficio, para que adonde ya por hábito no caen, aun bajarse no se vieran forzados; antes anduvieran embebidos en el Señor siempre, sin que la necesidad de reparar la decadencia del cuerpo los obligase a quitar del Señor los pensamientos. ¿Cómo juzgáis recibió el santo Elías el vaso de agua y la torta de pan que se le dio para sustentarse cuarenta días? Con grande gozo, es seguro; pues él no comía ni bebía por servidumbre a la concupiscencia de la carne, sino por la necesidad de vivir. Prueba tú a otorgarle, si puedes, este favor al hombre que sitúa su plena beatitud y felicidad en los manjares, como animal al pesebre. Odiará éste tu beneficio, le rechazará como un castigo. Tal en punto al oficio conyugal los hombres libidinosos no se llegan a la mujer en virtud de otras razones; por eso, a malas penas se contentan con la suya. Y pluguiese a Dios que, si no pueden o no quieren despojarse de la libídine, no la permitiesen ir más allá de lo tolerado a la debilidad. Pero ello es cierto que si a un hombre así le dijeras: “¿Por qué tomas mujer?”, te respondería quizá ruborizado: “Por los hijos”. Pongamos ahora qué alguien, digno de toda su fe, le dice: “Poderoso es Dios para dártelos, y sin duda te los dará sin llegarte a la mujer”. Cogido por ahí, confesaría no tomaba mujer por tener hijos.

Confiese su enfermedad, y tome a la mujer para lo que pretextaba tomarla: “para tener hijos”.

(Sermón 51, Ed. BAC, Madrid, 1952, pp. 33-39)

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FRANCISCO – Ángelus 2015, Homilía (28.II.14) y Catequesis (2.IV.14)

Ángelus 2015

Acoger siempre con amor

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ha concluido hace poco en la basílica de San Pedro la celebración eucarística con la cual hemos dado inicio a la Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos. Los padres sinodales provenientes de todas las partes del mundo y reunidos en torno al sucesor de Pedro, reflexionarán durante tres semanas sobre la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en la sociedad, para lograr un atento discernimiento espiritual y pastoral.

Tendremos la mirada fija en Jesús para individuar, basándonos en sus enseñanzas de verdad y de misericordia, los caminos más oportunos para un compromiso adecuado de la Iglesia con las familias y para las familias de manera que el plan original del Creador para el hombre y la mujer pueda realizarse y obrar en toda su belleza y fuerza en el mundo de hoy.

La liturgia de este domingo propone justamente el texto fundamental del Libro del Génesis, sobre la complementariedad y reciprocidad entre el hombre y la mujer (cf. Gn 2, 18-24). Por eso —dice la Biblia— abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, es decir, una sola vida, una sola existencia (cf. v. 24). En tal unidad los cónyuges transmiten la vida a los nuevos seres humanos: se convierten en padres. Participan de la potencia creadora de Dios mismo.

Pero, ¡atención! Dios es amor y se participa de su obra cuando se ama con Él y como Él. Con tal finalidad —dice san Pablo— el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rm 5, 5). Y este es también el amor donado a los esposos en el sacramento del matrimonio.

Es el amor que alimenta su relación a través de alegrías y dolores, momentos serenos y difíciles.

Es el amor que suscita el deseo de generar hijos, de esperarlos, acogerlos, criarlos, educarlos.

Es el mismo amor que, en el Evangelio de hoy, Jesús manifiesta a los niños: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios» (Mc 10, 14).

Pidamos hoy al Señor que todos los padres y los educadores del mundo, como también la sociedad entera, sean instrumentos de la acogida y el amor con el cual Jesús abraza a los más pequeños.

Él mira sus corazones con la ternura y la diligencia de un padre y al mismo tiempo de una madre.

Pienso en tantos niños hambrientos, abandonados, explotados, obligados a la guerra, rechazados. Es doloroso ver las imágenes de niños infelices, con la mirada perdida, que huyen de la pobreza y los conflictos, que llaman a nuestras puertas y a nuestros corazones implorando ayuda.

Que el Señor nos ayude a no ser una sociedad-fortaleza, sino una sociedad-familia, capaces de acoger con reglas adecuadas, pero acoger, acoger siempre, con amor.

Os invito a sostener con la oración los trabajos del Sínodo, para que el Espíritu Santo vuelva a los padres sinodales plenamente dóciles a sus inspiraciones.

Invocamos la materna intercesión de la Virgen María, uniéndonos espiritualmente a quienes en este momento, en el Santuario de Pompeya, recitan la «Súplica a la Virgen del Rosario».

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Homilía (28.II.14)

Cuando fracasa un amor

Cuando un amor fracasa las personas no se deben condenar sino acompañar. Lo recomendó el Papa Francisco en la misa del viernes 28 de febrero. La belleza y la grandeza del amor, explicó el Pontífice, se reconocen desde la obra maestra de la creación, narrada en el Génesis, y elegido por Dios mismo como “icono” para explicar la esencia del amor entre el hombre y la mujer. Pero también entre Cristo y la Iglesia.

“Jesús estaba siempre con la gente”, explicó el Papa refiriéndose al pasaje evangélico de Marcos (Mc 10, 1-12) propuesto por la liturgia. Y en medio de la gente el Señor enseñaba, escuchaba y curaba a los enfermos. Alguna vez, sin embargo, entre la multitud, se presentaban también los doctores de la ley que querían, en realidad, “ponerlo a prueba”, buscando, en cierto sentido, hacerle caer. La razón se dice inmediatamente: “Ellos –destacó el Pontífice– veían la autoridad moral que tenía Jesús”. Un hecho evidente que, sin embargo, percibían como “un reproche para ellos”. Y así, “buscaban hacerlo caer para quitarle esa autoridad moral”.

El Evangelio de san Marcos relata que los fariseos, precisamente “para ponerlo a prueba”, plantearon a Jesús “esta cuestión sobre el divorcio”. Una cuestión con su acostumbrado “estilo” basado en la “casuística”. Quienes querían poner en dificultad a Jesús, en efecto, no le planteaban jamás “una problemática abierta”. Preferían recurrir a la “casuística, siempre al caso pequeño”, preguntándole: “¿Es lícito esto o no?”.

La “trampa” que querían tender a Jesús está implícita en este modo de ver las cosas. Porque, advirtió el Papa, “detrás de la casuística, detrás del pensamiento casuístico, siempre hay una trampa, siempre”. Una trampa, prosiguió, “contra la gente, contra nosotros y contra Dios, siempre”. Así, relata el evangelista Marcos, la pregunta que los fariseos hicieron a Jesús: “si era lícito a un marido repudiar a la propia mujer”. Y Jesús respondió ante todo preguntándoles “lo que decía la ley y explicando por qué Moisés hizo esa ley de ese modo”.

El Señor no se detiene en esta primera respuesta y “de la casuística va al centro del problema”. Es más, precisó el Santo Padre, “va precisamente a los días de la creación”: “Desde el inicio de la creación, Dios los hizo varón y mujer; por ello el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne”.

El Papa Francisco releyó este pasaje, explicando que “el Señor se refiere a la obra maestra de la creación”. En efecto, Dios “creó la luz y vio que era buena”. Luego “creó los animales, los árboles, las estrellas: todo era bueno”. Pero “cuando creó al hombre” llegó a decir “que era muy bueno”. En efecto, “la creación del hombre y de la mujer es la obra maestra de la creación”. También porque Dios “no quería al hombre solo: lo quería con su compañera, su compañera de camino”.

Éste es también el momento, dijo el Pontífice, del “inicio del amor”. Y “muy poético” es precisamente el encuentro entre Adán y Eva. A ellos Dios les recomendó seguir adelante juntos “como una sola carne”. He aquí entonces que “el Señor toma siempre el pensamiento casuístico y lo conduce al inicio de la revelación”. Pero, advirtió el Papa, “esta obra maestra del Señor no acabó allí, en los días de la creación”. En efecto, el Señor eligió precisamente “esta imagen para explicar el amor que Él tiene hacia su pueblo, el amor que Él tiene con su pueblo”. Un amor grande “hasta el punto que cuando el pueblo no es fiel”, de todos modos “Él habla con palabras de amor”.

Así “el Señor –explicó– toma este amor de la obra maestra de la creación para explicar el amor que tiene con su pueblo. Y un paso más: cuando Pablo necesitó explicar el misterio de Cristo, lo hizo también en relación, en referencia a su esposa. Porque Cristo está casado: se casó con la Iglesia, su pueblo”. Y precisamente “como el Padre se había casado con el pueblo de Israel, Cristo se casó con su pueblo”.

“Ésta –afirmó el Papa– es la historia del amor. Ésta es la historia de la obra maestra de la creación. Y ante este itinerario de amor, ante este icono, la casuística cae y se convierte en dolor”. Dolor ante el fracaso: “Cuando dejar al padre y la madre para unirse a una mujer, hacerse una sola carne y seguir adelante, cuando este amor fracasa –porque muchas veces fracasa– debemos sentir el dolor del fracaso”. Y precisamente en ese momento debemos también “acompañar a esas personas que tuvieron ese fracaso en su amor”. No hay que “condenar” sino “caminar con ellos”. Y sobre todo “no hacer casuística con su situación”.

Todo esto, continuó el Pontífice, hace pensar en un “designio de amor”, en el “camino de amor del matrimonio cristiano que Dios bendijo en la obra maestra de su creación, con una bendición que jamás fue retirada. Ni siquiera el pecado original la destruyó”. Y “cuando uno piensa en esto”, precisó el Papa, encuentra natural reconocer “cuán hermoso es el amor, cuán hermoso es el matrimonio, cuán hermosa es la familia, cuán hermoso es este camino”. Pero también “cuánto amor, y cuánta cercanía, también nosotros debemos tener con los hermanos y la hermanas que en su vida tuvieron la desgracia de un fracaso en el amor”. Un amor, recordó, que “comienza poéticamente, porque la segunda narración de la creación del hombre es poética, en el libro del Génesis”. Y que “termina en la Biblia, poéticamente, en las cartas de san Pablo, cuando habla del amor que Cristo tiene por su esposa, la Iglesia”.

Sin embargo, alertó el Papa, “también aquí debemos estar atentos que no fracase el amor”, terminando tal vez por “hablar de un Cristo demasiado “soltero”: Cristo se casó con la Iglesia. Y no se puede comprender a Cristo sin la Iglesia” como “no se puede comprender a la Iglesia sin Cristo”. Precisamente “esto –afirmó– es el gran misterio de la obra maestra de la creación”. El Papa Francisco concluyó su meditación pidiendo al Señor la gracia de comprender este misterio “y también la gracia de no caer nunca en estas actitudes casuísticas de los fariseos y de los doctores de la ley”.

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Catequesis del 2 de abril de 2014

El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros»

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre los sacramentos hablando del matrimonio. Este sacramento nos conduce al corazón del designio de Dios, que es un designio de alianza con su pueblo, con todos nosotros, un designio de comunión. Al inicio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, como coronación del relato de la creación se dice: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó... Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 1, 27; 2, 24). La imagen de Dios es la pareja matrimonial: el hombre y la mujer; no sólo el hombre, no sólo la mujer, sino los dos. Esta es la imagen de Dios: el amor, la alianza de Dios con nosotros está representada en esa alianza entre el hombre y la mujer. Y esto es hermoso. Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor. Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación en el signo de la reciprocidad y de la comunión de vida plena y definitiva.

Cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se «refleja» en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros. También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos esposos una sola existencia. La Biblia usa una expresión fuerte y dice «una sola carne», tan íntima es la unión entre el hombre y la mujer en el matrimonio. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: el amor de Dios que se refleja en la pareja que decide vivir juntos. Por esto el hombre deja su casa, la casa de sus padres y va a vivir con su mujer y se une tan fuertemente a ella que los dos se convierten —dice la Biblia— en una sola carne.

San Pablo, en la Carta a los Efesios, pone de relieve que en los esposos cristianos se refleja un misterio grande: la relación instaurada por Cristo con la Iglesia, una relación nupcial (cf. Ef 5, 21-33). La Iglesia es la esposa de Cristo. Esta es la relación. Esto significa que el matrimonio responde a una vocación específica y debe considerarse como una consagración (cf. Gaudium et spes, 48; Familiaris consortio, 56). Es una consagración: el hombre y la mujer son consagrados en su amor. Los esposos, en efecto, en virtud del sacramento, son investidos de una auténtica misión, para que puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella, en la fidelidad y en el servicio.

Es verdaderamente un designio estupendo lo que es connatural en el sacramento del matrimonio. Y se realiza en la sencillez y también en la fragilidad de la condición humana. Sabemos bien cuántas dificultades y pruebas tiene la vida de dos esposos... Lo importante es mantener viva la relación con Dios, que es el fundamento del vínculo conyugal. Y la relación auténtica es siempre con el Señor. Cuando la familia reza, el vínculo se mantiene. Cuando el esposo reza por la esposa y la esposa reza por el esposo, ese vínculo llega a ser fuerte; uno reza por el otro. Es verdad que en la vida matrimonial hay muchas dificultades, muchas; que el trabajo, que el dinero no es suficiente, que los niños tienen problemas. Muchas dificultades. Y muchas veces el marido y la mujer llegan a estar un poco nerviosos y riñen entre ellos. Pelean, es así, siempre se pelea en el matrimonio, algunas veces vuelan los platos. Pero no debemos ponernos tristes por esto, la condición humana es así. Y el secreto es que el amor es más fuerte que el momento en que se riñe, por ello aconsejo siempre a los esposos: no terminar la jornada en la que habéis peleado sin hacer las paces. ¡Siempre! Y para hacer las paces no es necesario llamar a las Naciones Unidas a que vengan a casa a hacer las paces. Es suficiente un pequeño gesto, una caricia, y adiós. Y ¡hasta mañana! Y mañana se comienza otra vez. Esta es la vida, llevarla adelante así, llevarla adelante con el valor de querer vivirla juntos. Y esto es grande, es hermoso. La vida matrimonial es algo hermoso y debemos custodiarla siempre, custodiar a los hijos. Otras veces he dicho en esta plaza una cosa que ayuda mucho en la vida matrimonial. Son tres palabras que se deben decir siempre, tres palabras que deben estar en la casa: permiso, gracias y perdón. Las tres palabras mágicas. Permiso: para no ser entrometido en la vida del cónyuge. Permiso, ¿qué te parece? Permiso, ¿puedo? Gracias: dar las gracias al cónyuge; gracias por lo que has hecho por mí, gracias por esto. Esa belleza de dar las gracias. Y como todos nosotros nos equivocamos, esa otra palabra que es un poco difícil de pronunciar, pero que es necesario decirla: Perdona. Permiso, gracias y perdón. Con estas tres palabras, con la oración del esposo por la esposa y viceversa, con hacer las paces siempre antes de que termine la jornada, el matrimonio irá adelante. Las tres palabras mágicas, la oración y hacer las paces siempre. Que el Señor os bendiga y rezad por mí.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2006 y 2012 – Homilía 7.X.12

Ángelus 2006

Hoy el testimonio de los esposos cristianos es especialmente necesario

Queridos hermanos y hermanas: 

Este domingo, el evangelio nos presenta las palabras de Jesús sobre el matrimonio. A quien le preguntaba si era lícito al marido repudiar a su mujer, como preveía un precepto de la ley mosaica (cf. Dt 24, 1), responde que se trataba de una concesión hecha por Moisés por la “dureza del corazón”, mientras que la verdad del matrimonio se remontaba “al principio de la creación”, cuando “Dios ―como está escrito en el libro del Génesis― los creó hombre y mujer. Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne” (Mc 10, 6-7; cf. Gn 1, 27; 2, 24). Y Jesús añadió: “De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10, 8-9). Este es el proyecto originario de Dios, como recordó también el concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et spes: “La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece con la alianza del matrimonio... El mismo Dios es el autor del matrimonio” (n. 48).

Mi pensamiento se dirige a todos los esposos cristianos: juntamente con ellos doy gracias al Señor por el don del sacramento del matrimonio, y los exhorto a mantenerse fieles a su vocación en todas las etapas de la vida, “en las alegrías y en las tristezas, en la salud y en la enfermedad”, como prometieron en el rito sacramental. Ojalá que, conscientes de la gracia recibida, los esposos cristianos construyan una familia abierta a la vida y capaz de afrontar unida los numerosos y complejos desafíos de nuestro tiempo. Hoy su testimonio es especialmente necesario. Hacen falta familias que no se dejen arrastrar por modernas corrientes culturales inspiradas en el hedonismo y en el relativismo, y que más bien estén dispuestas a cumplir con generosa entrega su misión en la Iglesia y en la sociedad.

En la exhortación apostólica Familiaris consortio, el siervo de Dios Juan Pablo II escribió que “el sacramento del matrimonio constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo “hasta los últimos confines de la tierra”, como auténticos “misioneros” del amor y de la vida” (cf. n. 54). Esta misión se ha de realizar tanto en el seno de la familia ―especialmente mediante el servicio recíproco y la educación de los hijos― como fuera de ella, pues la comunidad doméstica está llamada a ser signo del amor que Dios tiene a todos. La familia cristiana sólo puede cumplir esta misión si cuenta con la ayuda de la gracia divina. Por eso es necesario orar sin cansarse jamás y perseverar en el esfuerzo diario de mantener los compromisos asumidos el día del matrimonio. Sobre todas las familias, especialmente sobre las que atraviesan dificultades, invoco la protección maternal de la Virgen y de su esposo san José. María, Reina de la familia, ruega por nosotros.

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Ángelus 2012

La oración del Rosario y el compromiso en favor de las misiones

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, primer día de octubre, quisiera reflexionar sobre dos aspectos que, en la comunidad eclesial, caracterizan este mes: la oración del rosario y el compromiso en favor de las misiones. El próximo sábado, día 7, celebraremos la fiesta de la santísima Virgen del Rosario, y es como si, cada año, la Virgen nos invitara a redescubrir la belleza de esta oración, tan sencilla y tan profunda. El amado Juan Pablo II fue gran apóstol del rosario: lo recordamos arrodillado, con el rosario entre las manos, sumergido en la contemplación de Cristo, como él mismo invitó a hacer con la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae. El rosario es oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la sagrada Escritura. Es la oración del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a Jesús, precedido por María. Queridos hermanos y hermanas, quisiera invitaros a rezar el rosario durante este mes en familia, en las comunidades y en las parroquias por las intenciones del Papa, por la misión de la Iglesia y por la paz en el mundo.

Octubre es también el mes misionero, y el domingo 22 celebraremos la Jornada mundial de las misiones. La Iglesia es por su misma naturaleza misionera. “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21), dijo Jesús resucitado a los Apóstoles en el Cenáculo. La misión de la Iglesia es la continuación de la de Cristo: llevar a todos el amor de Dios, anunciándolo con las palabras y con el testimonio concreto de la caridad. En el Mensaje para la próxima Jornada mundial de las misiones he querido presentar la caridad precisamente como “alma de la misión”. San Pablo, el apóstol de los gentiles, escribió: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14). Que todo cristiano haga suyas estas palabras, con la gozosa experiencia de ser misionero del Amor allí donde la Providencia lo ha puesto, con humildad y valentía, sirviendo al prójimo sin segundas intenciones y sacando de la oración la fuerza de la caridad alegre y activa (cf. Deus caritas est, 32-39).

Patrona universal de las misiones, juntamente con san Francisco Javier, es santa Teresa del Niño Jesús, virgen carmelita y doctora de la Iglesia, cuya memoria celebramos precisamente hoy. Ella, que indicó como camino “sencillo” hacia la santidad el abandono confiado en el amor de Dios, nos ayude a ser testigos creíbles del evangelio de la caridad. Que María santísima, Virgen del Rosario y Reina de las misiones, nos conduzca a todos a Cristo Salvador.

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Homilía del 7 de octubre de 2012

Los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización

Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas:

Con esta solemne concelebración inauguramos la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana

Las lecturas bíblicas de la Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrecen dos puntos principales de reflexión: el primero sobre el matrimonio, que retomaré más adelante; el segundo sobre Jesucristo, que abordo a continuación. No tenemos el tiempo para comentar el pasaje de la carta a los Hebreos, pero debemos, al comienzo de esta Asamblea sinodal, acoger la invitación a fijar los ojos en el Señor Jesús, «coronado de gloria y honor por su pasión y muerte» (Hb 2,9). La Palabra de Dios nos pone ante el crucificado glorioso, de modo que toda nuestra vida, y en concreto la tarea de esta asamblea sinodal, se lleve a cabo en su presencia y a la luz de su misterio. La evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y último a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1); y el crucifijo es por excelencia el signo distintivo de quien anuncia el Evangelio: signo de amor y de paz, llamada a la conversión y a la reconciliación. Que nosotros venerados hermanos seamos los primeros en tener la mirada del corazón puesta en él, dejándonos purificar por su gracia.

(…) El tema del matrimonio, que nos propone el Evangelio y la primera lectura, merece en este sentido una atención especial. El mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la expresión que se encuentra en el libro del Génesis y que el mismo Jesús retoma: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gn 1,24, Mc 10,7-8). ¿Qué nos dice hoy esta palabra? Pienso que nos invita a ser más conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada: que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser «una sola carne» en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz. Hoy podemos percibir toda la verdad de esta afirmación, contrastándola con la dolorosa realidad de tantos matrimonios que desgraciadamente terminan mal. Hay una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización. Esto se realiza ya en muchas experiencias, vinculadas a comunidades y movimientos, pero se está realizando cada vez más también en el tejido de las diócesis y de las parroquias, como ha demostrado el reciente Encuentro Mundial de las Familias.

Una de las ideas clave del renovado impulso que el Concilio Vaticano II ha dado a la evangelización es la de la llamada universal a la santidad, que como tal concierne a todos los cristianos (cf. Const. Lumen gentium, 39-42). Los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son, también de forma particular, los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización: con su intercesión y el ejemplo de sus vidas, abierta a la fantasía del Espíritu Santo, muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles, e invitan a los creyentes tibios, por decirlo así, a que con alegría vivan de fe, esperanza y caridad, a que descubran el «gusto» por la Palabra de Dios y los sacramentos, en particular por el pan de vida, la eucaristía. Santos y santas florecen entre los generosos misioneros que anuncian la buena noticia a los no cristianos, tradicionalmente en los países de misión y actualmente en todos los lugares donde viven personas no cristianas. La santidad no conoce barreras culturales, sociales, políticas, religiosas. Su lenguaje – el del amor y la verdad – es comprensible a todos los hombres de buena voluntad y los acerca a Jesucristo, fuente inagotable de vida nueva.

(…) La mirada sobre el ideal de la vida cristiana, expresado en la llamada a la santidad, nos impulsa a mirar con humildad la fragilidad de tantos cristianos, más aun, su pecado, personal y comunitario, que representa un gran obstáculo para la evangelización, y a reconocer la fuerza de Dios que, en la fe, viene al encuentro de la debilidad humana. Por tanto, no se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo (cf. 2 Cor 5,20) es la vía maestra de la nueva evangelización. Únicamente purificados, los cristianos podrán encontrar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar su alegría para compartirla con todos, con los de cerca y los de lejos.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Los dos serán una sola carne

El tema de este Domingo es el matrimonio. La primera lectura comienza con las bien conocidas palabras: «El Señor Dios se dijo: “No está bien que el hombre esté solo; vaya hacerle alguien como él que le ayude”».

(Hoy voluntariamente le añadiremos una frase paralela a ésta: «No está bien que la mujer esté sola; voy hacerle a alguien como ella que le ayude»).

En nuestros días, el mal del matrimonio es la separación y el divorcio; en tiempo de Jesús, era el repudio. En cierto sentido, éste era un mal peor porque implicaba, también, una injusticia con relación a la mujer. El hombre tenía el derecho de repudiar a la propia mujer; pero, la mujer no tenía el derecho de repudiar al propio marido.

En el judaísmo dos opiniones chocaban entre sí respecto al repudio. Según una de las dos era lícito repudiar a la propia mujer por cualquier motivo y, por lo tanto, al arbitrio del marido; según la otra, por el contrario, era necesario un motivo grave, contemplado por la Ley. Un día, le propusieron a Jesús esta cuestión esperando que él tomase postura a favor o de una o de otra tesis. Pero, recibieron una respuesta, que no se esperaban:

«Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

En otras palabras, por ningún motivo es lícito repudiar a la propia mujer o abandonar al propio marido. Heme, por lo tanto, aquí obligado a hablar, no obstante, otra vez del matrimonio. Alguno ha dicho de broma: «Posiblemente cuántas risotadas se dan los sacerdotes después de haber celebrado un matrimonio, pensando en qué zafarrancho se han metido los dos o la pareja». No es verdad. Con aquel poco de corazón paterno, que desarrolla el sacerdocio en nosotros, mirando a los dos esposos, que se alejan del altar, tras los flash de los fotógrafos y el lanzamiento del arroz, sentimos más bien temblor y ternura para con ellos; porque sabemos qué camino no fácil les espera y frecuentemente nos viene a la mente de forma espontánea trazar furtivamente un último signo de bendición sobre ellos. Con este espíritu, yo quisiera dirigirme hoya los esposos; a los creyentes y a los no creyentes, visto que los problemas son idénticos en buena parte para unos y para otros.

Lo que hemos escuchado es el texto clásico de la condenación del divorcio. Pero, yo no quiero lanzarme en una enésima condena del divorcio. Los creyentes saben a este respecto cuál es la postura del Evangelio y de la Iglesia. Más bien, yo quisiera mostrar cómo la palabra de Jesús no se limita a condenar el divorcio, sino que indica, además, cómo actuar para no tener necesidad de recurrir a él; para no llegar al punto en que, si el divorcio no, al menos, la separación llega a ser inevitable. El Evangelio previene más bien que reprende.

No es necesario que insista desde esta sede sobre la crisis alarmante, que atraviesa la institución del matrimonio en nuestra sociedad. Está ante la vista de todos. Matrimonios que entran en crisis después de pocos meses de vida; palabras corno «estoy aburrido de esta vida», «me voy», «si es así, cada uno por cuenta suya», vienen ahora pronunciadas entre los cónyuges ante la primera dificultad (dicho corno inciso: yo creo que un cónyuge cristiano debiera acusarse en confesión por el simple hecho de haber pronunciado alguna de estas palabras; porque sólo el decirlas es una ofensa a la unidad y constituye un peligroso precedente psicológico).

El matrimonio se resiente con la mentalidad corriente del «usar y tirar». Si un aparato o un instrumento sufre cualquier daño, una pequeña magulladura, ya no se piensa en repararlo (hasta ya han desaparecido los que hacían estos quehaceres) sino que, de inmediato, ¡a sustituirlo! Se quiere lo nuevo de fábrica. Esta mentalidad, aplicada al matrimonio, resulta errónea y demencial del todo. El matrimonio no es como un vaso de porcelana, que se puede deteriorar y sólo con el paso del tiempo nunca mejorar; y una vez, que ha tenido lugar un pequeño contratiempo, incluso si se ha adherido o pegado, pierde la mitad de su precio. ¿Cómo se conserva y se desarrolla la vida? ¿Quizás manteniéndola estáticamente bajo una campana de cristal, al reparo de golpes, cambios y agentes atmosféricos? La vida está hecha de continuas pérdidas, que el organismo aprende a reparar cotidianamente; de ataques de agentes y virus de todo tipo, que el organismo prevé inteligentemente y derrota haciendo entrar en acción a los propios anticuerpos. Al menos, mientras que esté sano. El matrimonio debiera ser como el vino que, envejeciendo, mejora y no empeora.

Pongo otro ejemplo, esta vez tomado no de la vida física sino de la espiritual. El proceso, que lleva a un matrimonio conseguido e irreprochable, es del mismo prototipo del que lleva a la santidad. Quizás, ¿la santidad se adquiere no haciendo nada, no comprometiéndose, no ensuciándose las manos, naciendo ya santos y manteniéndose tales para toda la vida, como ciertas estatuillas de mármol o de plástico? No; está hecha de caídas, de las que nos levantamos; a veces, de alejamientos profundos, de los que, sin embargo, un día hemos vuelto, para volver a comenzar una nueva vida. La santidad es fruto de continua conversión y de crecimiento.

En este camino, los santos atraviesan la que se llama «la noche oscura de los sentidos», en la que no encuentran ya ningún sentimiento, ninguna energía; están áridos, vacíos, lo hacen todo a fuerza de voluntad y con agotamiento. Después de ésta, está la «noche oscura del espíritu», que es todavía peor; porque en ella no sólo el sentimiento entra en crisis sino también la inteligencia y la voluntad. Se llega a dudar de si se está en el camino justo, si por casualidad no se ha equivocado todo, hay vacío completo. ¿Todo ha terminado? No; es el preludio de una luz más grande, de un amor más puro. La perfección está al final, no al principio. Todo esto no era más que purificación. Después que han atravesado todas estas crisis tremendas, los santos se dan cuenta de cuán impuro era su amor inicial, cuánta búsqueda de sí había aún en lo que hacían. Amaban a Dios, también, por el consuelo que recibían, no sólo por sí mismo, gratuitamente. De igual forma, en efecto, el camino de Dios conoce las así llamadas «gracias iniciales»: consolaciones, dulzuras, atracciones, en las que parece que se toca el cielo con el dedo; pero, que, sin embargo, no duran para siempre.

Estoy seguro que muchos esposos en esto habrán reconocido la propia experiencia; al menos, los que han tenido la valentía de no rendirse ya hace tiempo. También, ellos ahora se dan cuenta de cuán poca cosa fueron los arrestos, el entusiasmo de los primeros días, con relación al amor verdadero, genuino, que ha madurado a través de todos estos acontecimientos. Si antes amaban al marido o a la mujer por la satisfacción, que ello les procuraba, hoy, posiblemente, lo aman o la aman un poco más por él o por ella; esto es, aman al otro y no a sí mismos.

¿Qué sugerir a los cónyuges, que quieran, al menos, intentar este camino arduo, pero lleno de promesas? Una cosa sencillísima: descubrir un arte olvidado, en el que sobresalían nuestras abuelas y madres: j el remiendo! La mentalidad del «usar y tirar» es necesario sustituirla con la del «usar y remendar». Las más esforzadas de entre nuestras abuelas eran capaces del así llamado «remiendo invisible», esto es, un ejecutado tan perfecto que la cosa parecía como nueva, sin ninguna traza de remiendo.

Ahora, ya casi nadie practica el remiendo; parece como que sea un deshonor llevar medias, zapatos o una malla remendados. Pero, si ya no se practica más el remiendo sobre los vestidos, es necesario practicar este arte sobre el matrimonio. Remendar los rotos. Y remendarlos de inmediato. Quien practicaba el remiendo sabía bien que el secreto estaba en hacerla de inmediato; porque con el pasar del tiempo la desmalladura de las medias o un roto sobre el vestido se alargaban y, entonces, en verdad ya no había nada que hacer. Los antiguos acuñaron una sentencia a este respecto: «Principiis obsta...: interviene al primer síntoma; tarde se ofrece la medicina si el mal ha tomado ya pie en la espera». Un resfriado, si se cura a tiempo, se puede detener en un día con una aspirina; después que ha estallado, ya no basta una semana.

No es necesario explicar qué significa remendar los rotos en la vida de una pareja. San Pablo daba óptimos consejos a este respecto: «Si os airáis, no pequéis; no se ponga el sol mientras estéis airados, ni deis ocasión al diablo» (Efesios 4, 26-27); «soportándoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro» (Colosenses 3, 13); «ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas» (Gálatas 6, 2).

Es conveniente no permitir que el enemigo enquiste una cuña entre uno y otro. A veces, la cuña viene desde el exterior. Es un sentimiento no despejado hacia otra mujer u otro hombre, del que se intuye su peligrosidad. Aquí, sobre todo, hay que aplicar la máxima Principiis obsta: tienes que intervenir al primer aviso; ¡corta!, ¡corta! Pronto, será demasiado tarde. La pasión habrá tomado pie, ya no la dominarás más y te arrastrará a pesar tuyo donde tú no quisieras, frecuentemente al deshonor, además de al divorcio; en todo caso, a una vida de farsa frente a ti mismo y a los demás. Estos consejos, nosotros los sacerdotes no los debemos dar sólo a los casados sino también dárnoslos a nosotros mismos. Este problema existe, en efecto, también para los célibes, que en este campo están sujetos a la fragilidad de todos, como de vez en cuando desgraciadamente nos recuerda la crónica periodística.

La cosa más importante a opinar es que en este proceso de rotos y de recosidos, de crisis y de superaciones, el matrimonio no se deteriora sino que crece, se afina, mejora. Igual como la vida y como la santidad. El secreto es saber siempre volver a comenzar desde el principio. Igual como la vida vuelve a comenzar cada mañana y en cada instante. Saber que, no obstante todas las cosas, todo es precisamente posible, queriéndolo juntos e inseparables los dos; volver a comenzar a partir del principio; dejar el pasado; comenzar una nueva historia.

Jesús hizo su primer milagro en Caná de Galilea, para salvar la felicidad de los dos esposos. Cambió el agua en vino y, al final, todos se encontraron de acuerdo en decir que el vino servido al final era el mejor. Creo que Jesús está dispuesto, también hoy, si se le invita a las propias bodas, a realizar este milagro y hacer, sí, que el vino último, el amor y la unidad de los años de la madurez y de la ancianidad, sea mejor que el de primera hora.

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