Diumenge XXIV del Temps Ordinari (cicle B): vosaltres, qui dieu que sóc jo?

L'Evangeli d'avui ens presenta a Jesús que, en camí cap a Cesarea de Filip, interroga als deixebles: «Qui diu la gent que sóc jo?» (Mc 8, 27). Ells van respondre el que deia la gent: alguns et consideren Joan el Baptista,  altres Elies o un dels grans profetes. La gent apreciava a Jesús, ho considerava un «enviat de Déu», però no aconseguia encara reconèixer-ho com el Messies, el Messies preanunciat i esperat per tots. Jesús mira als apòstols i pregunta una vegada més: «I vosaltres, qui dieu que sóc jo?» (v. 29). Aquesta és la pregunta més important, amb la qual Jesús es dirigeix directament a aquells que ho han seguit, per verificar la seva fe.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Si 36, 18

Concede, Señor, la paz a los que esperan en ti, y cumple así las palabras de tus profetas; escucha las plegarias de tu siervo, y de tu pueblo Israel.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos y concede que te sirvamos de todo corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban.

Del libro del profeta Isaías: 50, 5-9

En aquel entonces, dijo Isaías: “El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.

Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado. Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 114

R/. Caminaré en la presencia del Señor.

Amo al Señor porque escucha el clamor de mi plegaria, porque me prestó atención cuando mi voz lo llamaba. R/.

Redes de angustia y de muerte me alcanzaron y me ahogaban. Entonces rogué al Señor que la vida me salvara. R/.

El Señor es bueno y justo, nuestro Dios es compasivo. A mí, débil, me salvó y protege a los sencillos. R/.

Mi alma libró de la muerte; del llanto los ojos míos, y ha evitado que mis pies tropiecen por el camino. Caminaré ante el Señor por la tierra de los vivos. R/.

SEGUNDA LECTURA

La fe, si no se traduce en obras, está completamente muerta. 

De la carta del apóstol Santiago: 2, 14-18

Hermanos míos: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?

Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y del alimento necesario para el día, y que uno de ustedes le dice: “Que te vaya bien; abrígate y come”, pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso? Así pasa con la fe; si no se traduce en obras, está completamente muerta.

Quizá alguien podría decir: “Tú tienes fe y yo tengo obras. A ver cómo, sin obras, me demuestras tu fe; yo, en cambio, con mis obras te demostraré mi fe”.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Ga 6, 14 

R/. Aleluya, aleluya.

No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. R/.

EVANGELIO

Dijo Pedro: “Tú eres el Mesías”. – Es necesario que el Hijo del hombre padezca mucho.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”. 

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

Después llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie así mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Sé propicio, Señor, a nuestras plegarias y acepta benignamente estas ofrendas de tus siervos, para que aquello que cada uno ofrece en honor de tu nombre aproveche a todos para su salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. 

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. 1 Cor 10, 16 

El cáliz de bendición, por el que damos gracias, es la unión de todos en la Sangre de Cristo; y el pan que partimos es la participación de todos en el Cuerpo de Cristo.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que el efecto de este don celestial, Señor, transforme nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, y no nuestro sentir, lo que siempre inspire nuestras acciones. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Ofrecí mi espalda a quienes me golpeaban (Is 50,5-9a)

1ª lectura

Este pasaje constituye el núcleo central del tercer «Canto del Siervo». El poema está bien construido en tres estrofas que comienzan del mismo modo: «El Señor Dios» (vv. 4.5.7), y con una conclusión (v. 9), que también contiene la misma fórmula. La primera estrofa (v. 4) subraya la docilidad del siervo a la palabra del Señor; es decir, no es presentado como un maestro autodidacta y original sino como un discípulo obediente. La segunda (vv. 5-6) señala los sufrimientos que esa docilidad le ha acarreado y que el siervo ha aceptado sin rechistar. La tercera (vv. 7-8) destaca la fortaleza del siervo: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos. La conclusión (v. 9) tiene carácter procesal: en el desenlace definitivo sólo el siervo permanecerá, mientras que sus adversarios se desvanecen.

Los evangelistas vieron cumplidas en Jesucristo las palabras de este canto, especialmente en lo que se refiere al valor del sufrimiento y a la fortaleza callada del siervo. En concreto, el Evangelio de Juan pone en boca de Nicodemo el reconocimiento de la sabiduría de Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,2b). Pero, sobre todo, la descripción de los sufrimientos que ha afrontado el siervo resuena en el corazón de los primeros cristianos al meditar la Pasión de Jesús y recordar que «comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas» (Mt 26,67), y que más adelante los soldados romanos «le escupían, y le quitaban la caña y le golpeaban en la cabeza» (Mt 27,30; cfr. también Mc 15,19; Jn 19,3). San Pablo hace alusión al v. 9, al aplicar a Cristo Jesús la función de interceder por los elegidos en el pleito permanente con los enemigos del alma: ¿quién puede pretender vencer en una causa contra Dios? (cfr. Rm 8,33).

San Jerónimo, subrayando la doci­lidad del discípulo, ve cumplidas en Cristo estas palabras: «Esa disciplina y estudio le abrieron sus oídos para transmitirnos la ciencia del Padre. Él no le contradijo sino que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, de forma que puso su cuerpo, sus espaldas, a los golpes; y los latigazos hirieron ese divino pecho y sus mejillas no se apartaron de las bofetadas» (Commentarii in Isaiam 50,4).

La fe y las obras (St 2,14-18)

2ª lectura

Se condensa aquí la idea central: la fe que no se traduce en obras está muerta (vv. 14-19) y después se aducirá el ejemplo de algunos personajes bíblicos (vv. 20-26). Cuando Santiago habla de «obras» es claro que no se refiere a las obras de la Ley de Moisés.

Con una argumentación cíclica y reiterativa, se afirma que una fe sin obras no puede salvar. Esta enseñanza se encuentra en perfecta continuidad con la del Maestro: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 7,21). La pregunta retórica inicial (v. 14) y el ejemplo sencillo y vivo (vv. 15-16), atraen la atención y predisponen a aceptar la enseñanza básica (v. 17).

El ejemplo de los vv. 15-16 es similar al de 1 Jn: «Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios?» (3,17). La conclusión es semejante: «Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad» (3,18). San Pablo, por su parte, subraya: «No consiste el Reino de Dios en hablar sino en hacer» (1 Co 4,20). Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas: «Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad (...). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma» (S. Bernardo, In Octava Paschae, Sermo 2,1).

La doctrina cristiana llama también «fe muerta» (cfr. v. 17) a la de quien está en pecado mortal. «El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (...). Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1815).

El valor del sufrimiento (Mc 8, 27-35)

Evangelio

Se recoge aquí uno de los momentos centrales de la relación de los discípulos con Jesús: la confesión de su mesianismo. El diálogo muestra hasta qué punto es importante la respuesta que da Pedro. En efecto, lo que los hombres piensan de Jesús es, humanamente, lo más grande que podía concebir un judío piadoso: un profeta, o el mismo ­Elías (cfr. 9,11). Pero San Pedro con su respuesta no expresa una opinión, sino que hace una auténtica profesión de fe cuyo sentido explícito encontramos en Mt 16,16-17. La firmeza de la fe de Pedro, y de sus sucesores, es punto de apoyo para la confesión de fe de los creyentes: «Todo ello es fruto, queridos hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca que nunca será cuarteada por ninguna violencia. En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el magisterio de esta confesión» (S. León Magno, Sermo 3 in anniversario ordinationi suae).

Significativamente, el Señor no rechaza el título de «Cristo» que le da Pedro (v. 29), pero lo sustituye inmediatamente por el de «Hijo del Hombre» (8,31), indicando de esa manera que la confesión de Pedro es correcta pero incompleta. Jesús entiende su misión como Mesías desde la perspectiva de Dios, no desde la perspectiva de los hombres: «Conviene tener en cuenta que mientras el Señor dice de sí mismo que es el Hijo del Hombre, Natanael lo llama Hijo de Dios (Jn 1,49). (...) Y esto sucedió mediante un providencial equilibrio, puesto que debía presentarse la doble existencia del Mediador, Dios y Señor nuestro, como Dios Señor y como simple hombre: el Dios hombre ha dado solidez a la fragilidad humana, y el simple hombre ha añadido el poder de la divinidad que poseía: uno ha profesado su humildad, otro su grandeza» (S. Beda, Homiliae 1,17).

Tras la confesión de Pedro, cambia el horizonte del evangelio. Desde ahora, Jesús se dedica con mayor intensidad a la formación de sus discípulos mostrándoles la necesidad de su pasión para entrar en su gloria (8,31-9,13). Comienza la revelación de Jesús como Siervo sufriente. Es el camino de la cruz que Cristo aceptó para sí (cfr. 8,31) y que cada cristiano debe recorrer (8,34).

Jesucristo inicia aquí una enseñanza particular a sus discípulos acerca del verdadero sentido de su misión: la salvación se realizará a través del sufrimiento y de la cruz, y, por eso, quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a la renuncia de sí mismo (8,34-38). El diálogo con Pedro (8,31-33) ilustra de manera concentrada la paradoja cristiana: a Pedro le cuesta comprender que el triunfo de Cristo sea realmente la cruz. Cristo le reprende abiertamente porque ese modo humano de ver las cosas es incompatible con el plan de Dios. También nosotros podemos quedarnos a menudo en una visión empequeñecida: Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural (...). En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis 2,5).

Las palabras de Jesús (8,34-35) debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, pero dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle: no un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea, sino la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz. Porque la meta que el Señor quiere para todos es la bienaventuranza. A la luz de la vida eterna es como se ha de valorar la vida presente que es transitoria, relativa, medio para conseguir la vida definitiva del Cielo: «Hay que amar al mundo, pero hay que anteponer al mundo a su creador. El mundo es bello, pero más hermoso es quien hizo el mundo. El mundo es suave y deleitable, pero mucho más deleitable es quien hizo el mundo. Por eso, hermanos amadísimos, trabajemos cuanto podamos para que ese amor al mundo no nos agobie, para que no pretendamos amar más a la criatura que a su creador. Dios nos ha dado las cosas terrenas para que le amemos a Él con todo el corazón, con toda el alma. (...) Lo mismo que nosotros amamos más a aquellos que parecen amarnos más a nosotros mismos que a nuestras cosas, así también hay que reconocer que Dios ama más a aquellos que estiman más la vida eterna que los dones terrenos» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 159,5-6).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

Llegado que fue Jesús a las partes de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (Mt 16,13ss).

Preludios a la confesión de Pedro

— ¿Por qué razón nombra al fundador de la ciudad? —Porque hay otra Cesarea, la llamada de Estratón, y no fue en ésta, sino en aquélla, donde el Señor preguntó a sus discípulos. Allí los llevó lejos de los judíos, a fin de que, libres de toda an­gustia, pudieran decir con entera libertad cuanto íntimamente sentían. — ¿Y por qué no les preguntó inmediatamente lo que ellos sentían, sino que quiso antes saber la opinión del vulgo? —.Porque quería que, expresada ésta y volviéndoles a preguntar a ellos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?, el tono mismo de la pregunta los levantara a más alta opinión acerca de Él y no cayeran en la bajeza de sentir de la muchedumbre. Por eso justamente tampoco les interroga al comienzo de su predica­ción, Cuando ya había hecho muchos milagros y les había en­señado muchas y levantadas doctrinas, cuando les había dado tantas pruebas de su divinidad y de su concordia con el Padre, entonces es cuando les plantea esta pregunta. Y no les dijo: “¿Quién dicen los escribas y fariseos que soy yo?”, a pesar de que éstos se le acercaban muchas veces y conversaban con Él, sino ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Con lo que buscaba el Señor el sentir incorruptible del pueblo. Por­que si bien ese sentir se quedaba más bajo de lo conveniente, por lo menos estaba exento de malicia; mas el de escribas y fariseos se inspiraba en pura maldad.

Y para dar a entender el Señor cuán ardientemente desea­ba que se confesara y reconociera su encarnación, se llama a sí mismo Hijo del hombre, designando así su divinidad, como lo hace en muchas otras partes. Por ejemplo, cuando dice. Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que está en el cielo. Y otra vez: ¿Qué será cuando viereis al Hijo del hombre que sube a donde estaba primero? Luego le respon­dieron: Unos que Juan Bautista, otros Elías, otros Jeremías alguno de los profetas. Y, expuesta así esta errada opinión, prosiguió entonces el Señor: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Lo que era invitarlos a que concibieran más altos pensa­mientos sobre Él y mostrarles que la primera sentencia se que­daba muy por bajo de su auténtica dignidad. De ahí que requiera otra de ellos y les plantee nueva pregunta, a fin de que no cayeran juntamente con el vulgo. Y es que la gente, como le habían visto hacer al Señor milagros muy por encima del poder humano, por un lado le tenían por hombre, pero, por otro, les parecía un hombre aparecido por resurrección, como decía el mismo Herodes. Mas con el fin de apartar a sus discípulos de semejante idea, el Señor les vuelve a preguntar: Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo? Vosotros, es decir, los que estáis siempre conmigo, los que me veis hacer milagros, los que por virtud mía habéis hecho también muchos.

Pedro, boca de los Apóstoles

¿Qué hace, pues, Pedro, boca que es de los apóstoles? Él, siempre ardiente; él, director del coro de los apóstoles, aun cuando todos son interrogados, responde solo. Y es de notar que cuando el Señor preguntó por la opinión del vulgo, todos contestaron a su pregunta; pero cuando les pregunta la de ellos directamente, entonces es Pedro quien se adelanta y toma la mano y dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¿Qué le responde Cristo?: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado. Ahora bien, si Pedro no hubiera confesado a Jesús por Hijo natural de Dios y nacido del Padre mismo, su confesión no hubiera sido obra de una revelación. De haberle tenido por uno de tantos, sus palabras no hubieran merecido la bienaventuranza. La ver­dad es que antes de esto, los hombres que estaban en la barca, después de la tormenta de que fueron testigos, exclamaron: Verdaderamente es éste Hijo de Dios. Y, sin embargo, a pe­sar de su aseveración de verdaderamente, no fueron procla­mados bienaventurados. Porque no confesaron una filiación di­vina, como la que aquí confiesa Pedro. Aquellos pescadores creían sin duda que Jesús, uno de tantos, era verdaderamente Hijo de Dios, escogido ciertamente entre todos, pero no de la misma sustancia o naturaleza de Dios Padre.

La confesión de Pedro, revelación del Padre

2. También Natanael había dicho: Maestro, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el rey de Israel. Y no sólo no se le proclama bienaventurado, sino que es reprendido por el Señor por haber hablado muy por bajo de la verdad. Lo cierto es que el Señor añadió: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores has de ver. ¿Por qué, pues, Pedro es procla­mado bienaventurado porque le confesó Hijo natural de Dios. De ahí que en los otros casos nada semejante dijo el Señor; mas en éste nos hace ver también quién fue el que lo reveló. Tal vez pudiera pensar la gente que, siendo Pedro tan ardiente amador de Cristo, sus palabras nacían de amistad y adulación y de ganas que tenía de congraciarse con su maestro. Pues para que nadie pudiera pensar así, Jesús nos descubre quién fue el que habló antes al alma de Pedro, y nos demos así cuenta que si Pedro fue quien habló, el Padre fue quien le dictó las palabras —palabras que ya no podemos mirar como opinión humana, sino creerlas como dogma divino—. —Mas ¿por qué no lo afir­ma el Señor mismo y dice: “Yo soy el Cristo”, sino que lo va preparando por sus preguntas, llevando a sus discípulos a con­fesarlo? —Porque así era entonces para Él más conveniente y necesario y de esta manera se atraía mejor a sus discípulos a la fe de aquella misma confesión por ellos hecha. ¿Veis cómo el Padre revela al Hijo, y el Hijo al Padre? Porque tampoco al Padre le conoce nadie—dice Él mismo—, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Luego no es posible co­nocer al Hijo sino por el Padre, ni conocer por otro al Padre sino por el Hijo. De suerte que aun por aquí se demuestra pa­tentemente la igualdad y consustancialidad del Hijo con el Padre.

La promesa de Jesús a Pedro

—¿Qué le contesta, pues, Cristo? Tú eres Simón, hijo de Jonás. Tú te llamarás Cefas. Como tú has proclamado a mi Padre—le dice—, así también yo pronuncio el nombre de quien te ha engendrado. Que era poco menos que decir: Como tú eres hijo de Jonás, así lo soy yo de mi Padre. Porque, por lo demás, superfluo era llamarle hijo de Jonás. Mas como Pedro le había llamado Hijo de Dios, Él añade el nombre del padre de Pedro, para dar a entender que lo mismo que Pedro era hijo de Jonás, así era Él Hijo de Dios, es decir, de la misma sustancia de su Padre. Y yo te digo: Tú eres Piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, es decir/sobre la fe de tu con­fesión. Por aquí hace ver ya que habían de ser muchos los que creerían, y así levanta el pensamiento de Pedro y le constituye pastor de su Iglesia. Y las puertas; del infierno no prevalecerán contra ella. Y si contra ella no prevalecerán, mucho menos con­tra mí, No te turbes, pues, cuando luego oigas que he de ser entregado y crucificado. Y seguidamente le concede otro honor: Y yo te daré las llaves del reino dé los cielos. ¿Qué quiere de­cir: Yo te daré las llaves? Como mi Padre te ha dado que me conocieras, yo te daré las llaves del reino de los cielos. Y no dijo: “Yo rogaré a mi Padre”; a pesar de ser tan grande la autoridad que demostraba, a pesar de la grandeza inefable del don. Pues con todo eso, Él dijo: Yo te daré. —¿Y qué le vas a dar, dime? —Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y cuanto tú desatares sobre la tierra, desatado quedará en los cielos. ¿Cómo, pues, no ha de ser cosa suya conceder sentarse a su derecha o a su izquierda, cuando ahora dice: Yo te daré? ¿Veis cómo Él mismo, levanta a Pedro a más alta idea de Él y se revela a sí mismo y demuestra ser Hijo de Dios por estas dos promesas que aquí le hace? Porque cosas que atañen sólo al poder de Dios, como son perdonar los pecados, hacer incon­movible a su Iglesia aun en medio del embate de tantas olas y dar a un pobre pescador la firmeza de una roca aun en me­dio de la guerra de toda la tierra, eso es lo que aquí promete el Señor que le ha de dar a Pedro. Es lo que el Padre mismo decía hablando con Jeremías: Que le haría como una columna de bronce o como una muralla”. Sólo que a Jeremías le hace tal para una sola nación, y a Pedro para la tierra entera. Aquí preguntaba yo con gusto a quienes se empeñan en rebajar la dignidad del Hijo: ¿Qué dones son mayores: los que dio el Padre o los que dio el Hijo a Pedro? El Padre le hizo a Pedro la gracia de revelarle al Hijo; pero el Hijo propagó por el mundo entero la revelación del Padre y la suya propia, y a un pobre mortal le puso en las manos la potestad de todo lo que hay en el cielo, pues le entregó sus llaves —Él, que extendió su Iglesia por todo lo descubierto de la tierra y la hizo más firme que el cielo mismo: Porque el cielo y la tierra pasarán, pero mi, palabra no pasará. El que tales dones da, el que tales hazañas, realizó, ¿cómo puede ser inferior? Y al hablar así, no pretendo dividir las obras del Padre y del Hijo: Porque todo fue hecho por y sin El nada fue hecho. No, lo que yo quie­ro es hacer callar la lengua desvergonzada de quienes a tales afirmaciones se desmandan.

Jesús prohíbe se revele su Mesianidad

3. Mirad, pues, por todas partes la autoridad del Señor: Yo te digo: Tú eres Piedra. Yo edificaré mi Iglesia. Yo te daré las llaves de los cielos. Y entonces—después de dicho esto—les intimó que a nadie dijeran que Él era el Cristo.—A ¿qué fin semejante intimación? —Es que ante todo quería el Señor que desapareciera todo lo que podía escandalizarlos, que se con­sumara el misterio de la cruz y de cuanto Él tenía que padecer, que no hubiera ya nada que pudiera impedir ni nublar la fe de las gentes en Él, y entonces, sí, clara e inconmovible, gra­bar en el alma de sus oyentes la conveniente idea que de Él habían de tener. Porque todavía no había brillado con entera claridad su poder. De ahí que Él quería ser predicado por los apóstoles, cuando la verdad de las cosas y la fuerza de los he­chos vendrían a corroborar lo que ellos dirían sobre su per­sona. Porque no era lo mismo verle en Palestina tan pronto haciendo milagros como ultrajado y perseguido—más que más, cuando a los milagros tenía que suceder la cruz—y verle adorado y creído por toda la tierra, sin tener ya que sufrir nada de cuanto antes había sufrido. De ahí su orden ahora de que a nadie dijeran nada. Porque lo que una vez arraigó y luego se arranca, difícilmente hubiera vuelto a echar nueva­mente raíces plantado en el alma de las gentes; en cambio, lo que una vez fijo sigue allí inconmovible, sin que de parte al­guna se le haga daño, eso es lo que brota fácilmente y crece a mayor altura. Y es así que si quienes habían presenciado tantos milagros y a quienes se les habían revelado tan inefa­bles misterios se escandalizaron de solo oír hablar de la cruz, y no sólo ellos en general, sino el mismo director de coro, que era Pedro, considerad qué hubiera naturalmente pasado a la muchedumbre si por un lado se les decía que Jesús era Hijo de Dios y por otro le veían crucificado y escupido, cuando nada sabían aún de estos misterios inefables ni habían recibido la gracia del Espíritu Santo. Porque si a sus mismos discípulos hubo de decirles Señor: Muchas cosas tengo aún que deci­ros, pero no las podéis comprender ahora”, mucho menos lo hubiera comprendido el pueblo si antes del tiempo conveniente se le hubiera revelado el más alto de todos los misterios. De ahí la prohibición del Señor de que nada dijeran sobre su filia­ción divina. Y porque os deis cuenta de cuán conveniente era que sólo después—pasado ya cuanto podía escandalizarlos—se les diera la plena enseñanza de tan alta verdad, miradlo por el mismo Pedro, príncipe de los apóstoles. Porque ese mismo Pedro que después de tantos milagros se mostró tan débil que negó a su maestro y tembló de una vil criadilla, una vez que la cruz fue delante y tuvo pruebas claras de la resurrección y nada había ya que pudiera escandalizarle ni turbarle; Pedro, digo, tan inconmoviblemente mantuvo la enseñanza del Espíritu Santo, que con más vehemencia que un león saltó en medio del pueblo judío, a despecho de los peligros infinitos de muerte que le ame­nazaban. Porque muchas cosas —les dicetengo aún que deci­ros; pero no podéis comprenderlas ahora. Y es así que los após­toles no comprendieron muchas cosas que el Señor les había di­cho, y que no se les aclararon antes de la cruz. Cuando hubo resucitado, cayeron en la cuenta de algunas de ellas. Con razón, pues, les mandó que no las dijeran antes de la cruz a la mu­chedumbre, pues a ellos mismos, que las habían de enseñar, no se atrevió a encomendárselas todas antes de la cruz.

La primera predicción de la Pasión

Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que era menester que É1 sufriera... Desde entonces. ¿Cuándo? Cuando había impreso en ellos el dogma de su filiación divina, cuando había introducido en la Iglesia las primicias de las na­ciones. Mas ni aun así entendieron su palabra. Era —dice otro evangelista— esta palabra escondida para ellos Y se halla­ban como en tinieblas, no sabiendo que tenía Él que resucitar. De ahí que el Señor se detiene en lo desagradable y explana su discurso, a ver si logra abrirles la inteligencia y comprenden, en fin, lo que les quiere decir. Pero ellos no le entendieron, sino que aquella palabra era para ellos cosa oculta. Por añadidura, tenían miedo a preguntarle, no si había de morir, sino cómo y de qué manera moriría. ¿Qué misterio, pues, es éste? Que no sabían ni qué cosa fuera resucitar, y ellos creían que era mucho mejor no morir. De ahí nuevamente, cuando todos están turbados y perplejos, Pedro, ardiente siempre, es el único que se atreve a hablar de ello. Mas ni éste se atreve a hacerlo en público, sino tomando a Jesús aparte, es decir, separándose de sus compañeros. Entonces, le dice: Dios te libre, Señor, de que tal cosa te suceda. ¿Qué es esto? El que había gozado de una revelación, el que había sido proclamado bienaventurado, ¿cae tan rápidamente y se espanta de la pasión? ¿Y qué mara­villa es que tal le sucediera a quien en esto no había recibido revelación alguna? Para que os deis cuenta cómo en la confesión del Señor no habló Pedro de su cosecha, mirad cómo en esto que no se le ha revelado se turba y sufre vértigo, y mil veces que oiga lo mismo, no sabe de qué se trata. Que Jesús era Hijo de Dios, lo supo; pero el misterio de la cruz y de la resurrección todavía no le había sido manifestado. Era ésta —dice el evangelista— palabra escondida para ellos. ¿Veis con cuánta razón mandó el Señor que no fuera manifestado a los otros? Porque si a quienes tenían necesidad de saberlo, de tal modo los perturbó, ¿qué les hubiera pasado a los demás? El Señor, empero, para hacer ver cuán lejos estaba de ir a la pa­sión contra su voluntad, no sólo reprendió a Pedro, sino que le llamó Satanás.

No nos avergoncemos de la Cruz del Señor

4. Oigan esto cuantos se avergüenzan de la pasión y de la cruz de Cristo. Porque si el Príncipe de los Apóstoles, aun antes de entender claramente este misterio, fue llamado Sata­nás por haberse avergonzado de él, ¿qué perdón pueden tener aquellos que, después de tan manifiesta demostración, niegan la economía de la cruz? Porque si el que así fue proclamado bienaventurado, si el que tan gloriosa confesión hizo, tal palabra hubo de oír, considerad lo que habrán de sufrir los que, después de todo eso, destruyen y anulan el misterio de la cruz. Y no le dijo el Señor a Pedro: “Satanás ha hablado por tu boca”, sino: Vete detrás de míSatanás. A la verdad, el deseo de Satanás era que Cristo no sufriera. De ahí la viveza con que el Señor reprende a Pedro, pues sabía muy bien que eso era lo que él y los otros más temían y la dificultad que tendrían en aceptarlo. De ahí también que descubra lo que su discípulo pen­saba dentro de su alma, diciendo: No sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.

¿Qué quiere decir: No sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres? Quiere decir que Pedro, examinando con ra­zonamiento humano y terreno el asunto, juzgaba vergonzoso e indecoroso que Cristo padeciera. Mas el Señor, atacándole derechamente, le dice: “No es para mí indecoroso padecer. Eres tú más bien el que juzgas de ello con ideas carnales. Porque si hubieras oído mis palabras con sentido de Dios, libre de todo pensamiento carnal, hubieras comprendido que eso es para mí lo más decoroso. Tú piensas que el padecer es indigno de Mí; pero yo te digo que es intención diabólica que yo no padezca”. Así; con razones contrarias, trata el Señor de quitar a Pedro toda aquella angustia. A Juan, que tenía por indigno del Señor re­cibir de sus manos el bautismo, éste le persuadió que le bauti­zara, diciéndole: Así es conveniente para nosotros. Y al mismo Pedro, que se oponía a que le lavara los pies, le dijo: Si no te lavare los pies, no tienes parte conmigo. Así también ahora le contiene con razones contrarias, y con la viveza de la re­prensión suprime todo el miedo que le inspiraba el padecer. Que nadie, pues, se avergüence de los símbolos sagrados de nuestra salvación, de la suma de todos los bienes, de aquello a que debemos la vida y el ser; llevemos más bien por todas partes, como una corona, la cruz de Cristo. Todo, en efecto, se consuma entre nosotros por la cruz. Cuando hemos de regenerarnos, allí está presente la cruz; cuando nos alimentamos de la mística comida; cuando se nos consagra ministros del altar; cuando quiera se cumple otro misterio alguno, allí está siempre este símbolo de victoria. De ahí el fervor con que lo inscribimos y dibujamos sobre nuestras casas, sobre las paredes, sobre las ventanas, sobre nuestra frente y sobre el corazón. Porque éste es el signo de nuestra salvación, el signo de la libertad del géne­ro humano, el signo de la bondad del Señor para con nosotros: Porque como oveja fue llevado al matadero”. Cuando te sig­nes, pues, considera todo el misterio de la cruz y apaga en ti la ira y todas las demás pasiones. Cuando te signes, llena tu frente de grande confianza, haz libre tu alma. Sabéis muy bien qué es lo que nos procura la libertad. De ahí que Pablo, para 11evarnos a ello, quiero decir, a la libertad que a nosotros con­viene, nos llevó por el recuerdo de la cruz y de la sangre del Señor: Por precio—dice—fuisteis comprados. No os hagáis esclavos de los hombres. Considerad—quiere decir—el precio que se pagó por vosotros y no os haréis esclavos de ningún hombre. Y precio llama el Apóstol a la cruz. No basta hacer simplemente con el dedo la señal de la cruz, antes hay que grabarla con mucha fe en nuestro corazón. Si de este modo la grabas en tu frente, ninguno de los impuros demonios podrá permanecer cerca de ti, contemplando el cuchillo con que fue herido, contemplando la espada que le infligió golpe mortal. Porque si a nosotros nos estremece la vista de los lugares en que se ejecuta a los criminales, considerad qué sentirán el dia­blo y sus demonios al contemplar el arma con que Cristo des­barató todo su poderío y cortó la cabeza del dragón. No os avergoncéis de bien tan grande, no sea que también Cristo se avergüence de vosotros cuando venga en su gloria y vaya de­lante el signo de la cruz más brillante que los rayos del sol. Porque, si, entonces aparecerá la cruz, y su vista será como una voz que defenderá la causa del Señor y probará que nada dejó Él por hacer de cuanto a Él le tocaba. Este signo, en tiem­po de nuestros antepasados, como ahora, abrió las puertas ce­rradas, neutralizó los venenos mortíferos, anuló la fuerza de la cicuta, curó las mordeduras de las serpientes venenosas. Mas si él abrió las puertas del infierno y desplegó la bóveda del cielo y renovó la entrada del paraíso y cortó los nervios al diablo, ¿qué maravilla es que triunfe de los venenos mortíferos y de las fieras y de todo lo demás?

Termina el panegírico de la Cruz

5. Grabemos, pues, este signo en nuestro corazón y abra­cemos lo que constituye la salvación de nuestras almas. La cruz salvó y convirtió a la tierra entera, desterró el error, hizo vol­ver la verdad, hizo de la tierra cielo y de los hombres ángeles. Por ella los demonios no son ya temibles, sino despreciables; ni la muerte es muerte sino sueño. Por ella yace por tierra y es pisoteado cuanto primero nos hacía la guerra. Si alguien, pues, te dijere: “¿Al crucificado adoras?”, contéstale con voz clara y alegre rostro: “No sólo le adoro, sino que jamás cesaré de adorarle”. Y si él se te ríe, llórale tú a él, pues está loco. Demos gracias al Señor de que nos ha hecho tales beneficios, que ni comprendidos pueden ser sin una revelación de lo alto. Porque si ese pobre gentil se ríe, es justamente porque el hom­bre animal no comprende las cosas del espíritu”. Lo mismo les pasa a los niños cuando ven algo grande y maravilloso. A los más sagrados misterios que lleves a un niño, se reirá. A tales niños se parecen los gentiles, o, por mejor decir, aún son ellos más necios, y por ello también más desgraciados, pues sin hallarse ya en la primera edad, sino en edad perfecta, su­fren lo que es de niños pequeños,(De ahí que tampoco son dignos de perdón) Mas nosotros, con clara voz, levantando fuerte y alto nuestro grito, y con más libertad y franqueza si nos escuchan gentiles, digamos y proclamemos que toda nues­tra gloria es la cruz, que ella es la suma de todos los bienes, nuestra confianza y nuestra corona toda Quisiera yo también poder decir con Pablo “que por ella el mando ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo”; pero no puedo decirlo, dominado como me veo por tan varias pasiones. Por eso yo os exhorto a vosotros, y, antes que a vosotros, a mí mismo, a crucificarnos para el mundo, a no tener nada de común con la tierra, sino a amar nuestra patria de arriba y la gloria y los bienes que allí nos esperan.

Somos soldados de Cristo

A la verdad, soldados somos del rey del cielo, y las armas espirituales nos hemos vestido, ¿A qué, pues, llevar una vida de tenderos o mendigantes o, por mejor decir, de viles gusa­nillos? Donde está el rey, allí debe también estar su soldado. Porque, sí, soldados somos, no de los que están lejos, sino de los que están cerca, Un rey de la tierra no puede hacer que todos sus soldados estén en su palacio ni a su lado; pero el rey del cielo quiere que todos los suyos estén junto a su trono real. –¿Y cómo es posible —me dirás— que, estando aún en la tierra, estemos ¡tinto al trono de Dios? —Porque también Pa­blo, aun estando en la tierra, estaba donde están los serafines y querubines y más cerca de Cristo que la escolta lo está del emperador. Los guardias muchas veces vuelven la vista a una y otra parte; pero al Apóstol nada le distraía, nada le aparta­ba, sino que todo su pensamiento lo tenía constantemente fijo en su rey Cristo. De suerte que, si queremos, también para nosotros es eso posible. Si el Señor estuviera en un lugar re­moto, con razón tendrías dificultad; mas como Él asiste en todo momento al alma fervorosa y atenta, cerca está de nos­otros. De ahí que dijera el profeta: No temeré mal alguno, porque tú estás conmigo 17. Y Dios mismo, a su vez: Yo soy un Dios cercano y no lejano. Así, pues, a la manera que los pecados nos alejan de Dios, así la justicia nos acerca a Él. Cuando tú estés aun hablando —dice—, yo diré: Fleme aquí. ¿Qué padre puede así escuchar jamás a sus hijos? ¿Qué ma­dre está tan apercibida y siempre a punto, a ver si la llaman sus hijos? Nadie en absoluto; ni padre ni madre; sólo Dios está siempre esperando a ver si le invoca alguno de los suyos, y jamás, si le invocamos como debemos, deja de escucharnos. Por eso dice: Cuando aún estés hablando. No espero a que termines tu oración. Inmediatamente te escucho. Invoquémosle, pues, como Él quiere ser invocado. ¿Y cómo quiere ser in­vocado? Desata —dice— toda atadura de iniquidad; rompe las cuerdas de los contratos violentos, rasga toda escritura inicua. Rompe tu pan con el hambriento, y a los mendigos sin techo mételos en tu casa.. Si ves a un desnudo, vístele, y no mires con desdén a los que son de tu; propia sangre. Entonces rom­perá matinal: tu luz y tus curaciones brotarán rápidamente, y tu justicia caminará delante de ti, y la, gloria de Dios te vestirá. Entonces, tú me invocarás y yo te escucharé. Cuando tú estés aún hablando, yo diré: Heme aquí”. — ¿Y quién —me dices— podrá hacer todo eso? — ¿Y quién —te respondo— no lo puede? ¿Qué hay de difícil, qué hay de trabajoso en todo lo dicho?

¿Qué hay que no sea fácil? Es no sólo posible, sino tan fácil, que muchos hay que han pasado más allá de la meta, y no sólo rasgan toda escritura inicua, sino se desprenden hasta de sus propios bienes; no sólo admiten a su mesa y bajo su techo a los pobres, sino que les dan su propio sudor y trabajan para que ellos coman; y no sólo hacen beneficios a sus familiares, sino a sus mismos enemigos.

Las recompensas que se nos prometen hacen fácil lo que se nos manda

6. ¿Qué hay en absoluto difícil en las palabras citadas? No nos dice el profeta: “Traspasa las montañas, atraviesa el mar, cava tantas y tantas yugadas de tierra, permanece sin co­mer, vístete de saco”. No. Lo que nos manda es que demos a nuestros familiares, que repartamos nuestro pan, que rompamos las escrituras injustamente hechas. ¿Hay algo, dime, más fácil que todo eso? Mas si aun así te parece difícil, considera, te ruego, los premios que se nos prometen, y todo se te hará fácil. Porque al modo como los emperadores, en las carreras de ca­ballos, ponen delante de los que van a competir coronas, pre­mios y vestidos, así también Cristo nos pone en medio del estadio sus premios, que Él extiende como con muchas manos, por medio de las palabras del profeta.

Ahora bien, los emperadores, por muy emperadores que sean, como hombres, al fin, cuya riqueza se consume y cuya libera­lidad se acaba, tienen interés en que lo poco aparezca como mucho; de ahí que, poniendo sendos premios en manos de cada uno de sus servidores, los sacan así a la pública vista. Todo lo contrario nuestro emperador. Como es infinitamente rico y nada hace por ostentación, todo lo reúne juntamente y así lo pre­senta al público; bienes que, extendidos, no tendrían límite al­guno y necesitarían de muchas manos para retenerlos. Y para que te des cuenta de ello, examina con diligencia cada uno de esos bienes: Entonces romperá matinal tu luz. ¿No es así que, a primera vista, no hay aquí más que un don único? Pues no es único, sino dentro de sí lleva muchas otras recompensas, co­ronas y premios. Y, si os place, vamos a desplegar y mos­trar, en cuanto cabe, toda la riqueza que en sí encierra. Sólo quisiera que no os cansarais. Y, ante todo, sepamos qué quiere decir: Romperá. Porque no dijo “parecerá”, sino: Romperá. Es que quería el Señor dar a entender la rapidez y abundancia con que brotará la luz, y cuán ardientemente desea Él nuestra salvación, y cómo los mismos bienes sienten como dolor de parto y se dan prisa para salir, sin que haya nada capaz de detener su ímpetu inefable, Por todos estos modos nos da Él a enten­der su generosidad y la abundancia sin límites de su riqueza.

¿Y qué quiere decir matinal? Quiere decir que esos bienes no nos llegan después de haber pasado nosotros por las pruebas y tentaciones, no después de la acometida de los males, sino adelantándose a todo eso. Como un fruto que madura antes de tiempo, así sucede aquí, dándonos nuevamente a entender la ra­pidez, como anteriormente dijo: Cuando aún estés tú hablando, yo diré: Heme aquí. ¿Y de qué luz nos habla? ¿Qué especie de luz es ésa? No de esta sensible, sino de otra mucho mejor, la luz que nos hace ver el cielo y los ángeles y los arcángeles y los querubines y serafines, los principados, las potestades, los tro­nos, las dominaciones, todo el ejército entero, los regios palacios y las tiendas eternas. Si de aquella luz te hicieres digno, no sólo verás todo esto, sino que te librarás del infierno, y del gusano venenoso, y del rechinar de dientes y de las cadenas irrompibles, y de la angustia y de la tribulación y de las tinieblas sin luz y de ser partido por medio, y de los ríos de fuego y de la mal­dición y de los parajes del dolor. En cambio, irás a otros de donde huyó el dolor y la tristeza; donde reina alegría y paz inmensa y caridad y gozo y placer; donde la vida es eterna y la gloria inefable y la belleza inexplicable. Allí los eternos tabernáculos, allí la gloria inefable del rey y aquellos bienes que ni ojo vio ni oído oyó ni a corazón de hombre llegaron. Allí la espiritual cámara nupcial, los tálamos de los cielos, las vírgenes con sus lámparas encendidas y los convidados con su ropa de bodas. Allí las riquezas infinitas del Señor y sus teso­ros regios. ¿Ves cuán grandes premios nos quiso mostrar en una sola palabra y cómo todo lo amontonó en uno? Por modo semejante, desplegando cada una de las otras expresiones, ha­llaríamos riqueza inmensa y un océano sin fondo.

Exhortación final: pasemos por todo a trueque de alcanzar tan grandes bienes

¿Todavía, pues, daremos largas; todavía, decidme, vacilare­mos en socorrer a los necesitados? No, yo os lo suplico. Aun cuando hubiéramos de perderlo todo, aun cuando tuviéramos que arrojarnos al fuego y romper por entre espadas y saltar por encima de cuchillos y sufrir cualquier otra cosa, soporté­moslo todo fácilmente, a fin de alcanzar la vestidura del reino de los cielos y su gloria inefable. La cual ojalá todos logremos, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

(Homilías sobre San Mateo, Homilía 54, Ed. BAC, Madrid, 1966, pp. 137-156)

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FRANCISCO – Ángelus 2015 y Homilías en Santa Marta

Ángelus 2015

Jesús nos invita a perder la propia vida por Él

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que, en camino hacia Cesarea de Filipo, interroga a los discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc 8, 27). Ellos respondieron lo que decía la gente: algunos lo consideran Juan el Bautista, redivivo, otros Elías o uno de los grandes profetas. La gente apreciaba a Jesús, lo consideraba un «enviado de Dios», pero no lograba aún reconocerlo como el Mesías, el Mesías preanunciado y esperado por todos. Jesús mira a los apóstoles y pregunta una vez más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 29). Esta es la pregunta más importante, con la que Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar su fe. Pedro, en nombre de todos, exclama con naturalidad: «Tú eres el Mesías» (v. 29). Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia, de una gracia especial de Dios Padre. Y entonces revela abiertamente a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, es decir, que “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho… ser ejecutado y resucitar a los tres días» (v. 31).

Al escuchar esto, el mismo Pedro, que acaba de profesar su fe en Jesús como Mesías, se escandaliza. Llama aparte al Maestro y lo reprende Y, ¿cómo reacciona Jesús? A su vez increpa a Pedro por esto, con palabras muy severas: «¡Aléjate de mí, Satanás!» —le dice Satanás— «tú piensas como los hombres, no como Dios» (v. 33). Jesús se da cuenta de que en Pedro, como en los demás discípulos —¡también en cada uno de nosotros!— a la gracia del Padre se opone la tentación del Maligno, que quiere apartarnos de la voluntad de Dios. Anunciando que deberá sufrir y ser condenado a muerte para después resucitar, Jesús quiere hacer comprender a quienes lo siguen que Él es un Mesías humilde y servidor. Él es el Siervo obediente a la palabra y a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio completo de su propia vida. Por esto, dirigiéndose a toda la multitud que estaba allí, declara que quien quiere ser su discípulo debe aceptar ser siervo, como Él se ha hecho siervo, y advierte: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (v. 34).

Seguir a Jesús significa tomar la propia cruz —todos la tenemos…— para acompañarlo en su camino, un camino incómodo que no es el del éxito, de la gloria pasajera, sino el que conduce a la verdadera libertad, que nos libera del egoísmo y del pecado. Se trata de realizar un neto rechazo de esa mentalidad mundana que pone el propio «yo» y los propios intereses en el centro de la existencia: ¡eso no es lo que Jesús quiere de nosotros! Por el contrario, Jesús nos invita a perder la propia vida por Él, por el Evangelio, para recibirla renovada, realizada, y auténtica. Podemos estar seguros, gracias a Jesús, que este camino lleva, al final, a la resurrección, a la vida plena y definitiva con Dios. Decidir seguirlo a Él, nuestro Maestro y Señor que se ha hecho Siervo de todos, exige caminar detrás de Él y escucharlo atentamente en su Palabra —acordaos de leer todos los días un pasaje del Evangelio— y en los Sacramentos.

Hay jóvenes aquí, en la plaza: chicos y chicas. Yo os pregunto: ¿habéis sentido ganas de seguir a Jesús más de cerca? Pensad. Rezad. Y dejad que el Señor os hable.

Que la Virgen María, que ha seguido a Jesús hasta el Calvario, nos ayude a purificar siempre nuestra fe de falsas imágenes de Dios, para adherirnos plenamente a Cristo y a su Evangelio.

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El árbol de la cruz

14 de septiembre de 2013

Historia del hombre e historia de Dios se entrecruzan en la cruz. Una historia esencialmente de amor. Un misterio inmenso, que por nosotros solos no podemos comprender. ¿Cómo “probar esa miel de áloe, esa dulzura amarga del sacrificio de Jesús”? El Papa Francisco indicó el modo el sábado, 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, durante la misa matutina.

Comentando las lecturas del día, tomadas de la carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11) y del Evangelio de Juan (Jn 3, 13-17), el Pontífice dijo que es posible comprender “un poquito” el misterio de la cruz “de rodillas, en la oración”, pero también con “las lágrimas”. Es más, son precisamente las lágrimas las que “nos acercan a este misterio”. En efecto, “sin llorar”, sobre todo sin “llorar en el corazón, jamás entenderemos este misterio”. Es el “llanto del arrepentido, el llanto del hermano y de la hermana que mira tantas miserias humanas y las mira también en Jesús, de rodillas y llorando”. Y, sobre todo, evidenció el Papa, “¡jamás solos!”. Para entrar en este misterio que “no es un laberinto, pero se le parece un poco”, tenemos siempre “necesidad de la Madre, de la mano de la mamá”. Que María –añadió– “nos haga sentir cuán grande y cuán humilde es este misterio, cuán dulce como la miel y cuán amargo como el áloe”.

Los padres de la Iglesia, como recordó el Papa, “comparaban siempre el árbol del Paraíso con el del pecado. El árbol que da el fruto de la ciencia, del bien, del mal, del conocimiento, con el árbol de la cruz”. El primer árbol “había hecho mucho mal”, mientras que el árbol de la cruz “nos lleva a la salvación, a la salud, perdona aquel mal”. Este es “el itinerario de la historia del hombre”. Un camino que permite “encontrar a Jesucristo Redentor, que da su vida por amor”. Un amor que se manifiesta en la economía de la salvación, como recordó el Santo Padre, según las palabras del evangelista Juan. Dios –dijo el Papa– “no envió al Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo sea salvado por medio de Él”. ¿Y cómo nos salvó? “Con este árbol de la cruz”. A partir del otro árbol comenzaron “la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia de querer conocer todo según nuestra mentalidad, según nuestros criterios, también según la presunción de ser y llegar a ser los únicos jueces del mundo”. Esta –prosiguió– “es la historia del hombre”. En el árbol de la cruz, en cambio, está la historia de Dios, quien “quiso asumir nuestra historia y caminar con nosotros”.

Es justamente en la primera lectura que el apóstol Pablo “resume en pocas palabras toda la historia de Dios: Jesucristo, aun siendo de la condición de Dios, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”. Sino que –explicó– “se despojó de sí mismo, asumiendo una condición de siervo, hecho semejante a los hombres”. En efecto Cristo “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Es tal “el itinerario de la historia de Dios”. ¿Y por qué lo hace?, se preguntó el Obispo de Roma. La respuesta se encuentra en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Dios –concluyó el Papa– “realiza este itinerario por amor; no hay otra explicación”.

Por el camino de Jesús

27 de septiembre de 2013

La elección es “ser cristianos del bienestar” o “cristianos que siguen a Jesús”. Los cristianos del bienestar son los que piensan que tienen todo si tienen la Iglesia, los sacramentos, los santos... Los otros son los cristianos que siguen a Jesús hasta el fondo, hasta la humillación de la cruz, y soportan serenamente esta humillación. Es, en síntesis, la reflexión propuesta por el Papa Francisco en la mañana del 27 de septiembre, en la homilía de la misa celebrada en la capilla de Santa Marta.

El Santo Padre enlazó con lo que había dicho la víspera respecto a los diversos modos para conocer a Jesús: “Con la inteligencia –recordó hoy–, con el catecismo, con la oración y en el seguimiento”. Y aludió a la pregunta que está en el origen de esta búsqueda del conocer a Jesús: “¿Pero quién es éste?”. En cambio hoy “es Jesús quien hace la pregunta “, así como es relatado por Lucas en el pasaje del Evangelio del día (Lc 9, 18-22). La de Jesús, como observó el Pontífice, es una pregunta que de ser general –“¿Quién dice la gente que soy yo?”– se transforma en una pregunta dirigida particularmente a personas específicas, en este caso a los apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta pregunta –prosiguió– “se dirige también a nosotros en este momento en el que el Señor está entre nosotros, en esta celebración, en su Palabra, en la Eucaristía sobre el altar, en su sacrificio. Y hoy a cada uno de nosotros pregunta: ¿pero para ti quién soy yo? ¿El dueño de esta empresa? ¿Un buen profeta? ¿Un buen maestro? ¿Uno que te hace bien al corazón? ¿Uno que camina contigo en la vida, que te ayuda a ir adelante, a ser un poco bueno? Sí, es todo verdad, pero no acaba ahí”, porque “ha sido el Espíritu Santo el que toca el corazón de Pedro y le hace decir quién era Jesús: Eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo “. Quien de nosotros –siguió explicando el Pontífice– “en su oración mirando el sagrario dice al Señor: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, debe saber dos cosas. La primera es que “no puede decirlo solo: debe ser el Espíritu Santo quien lo diga en él”. La segunda es que debe prepararse “porque Él te responderá”.

El Santo Padre se detuvo entonces a describir las diversas actitudes que un cristiano puede asumir: quien le siga hasta cierto punto, quien sin embargo le siga hasta el fondo. El peligro que se corre –advirtió– es el de ceder “a la tentación del bienestar espiritual”, o sea, de pensar que tenemos todo: la Iglesia, Jesucristo, los sacramentos, la Virgen, y por lo tanto no debemos buscar ya nada. Si pensamos así “somos buenos, todos, porque al menos debemos pensar esto; si pensamos lo contrario es pecado”. Pero esto “no basta. El bienestar espiritual –apuntó el Papa– es hasta cierto punto”. Lo que falta para ser cristiano de verdad es “la unción de la cruz, la unción de la humillación. Él se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz. Éste es el punto de comparación, la verificación de nuestra realidad cristiana. ¿Soy un cristiano de cultura del bienestar o soy un cristiano que acompaña al Señor hasta la cruz?”. Para entender si somos los que acompañan a Jesús hasta la cruz la señal adecuada “es la capacidad de soportar las humillaciones. El cristiano que no está de acuerdo con este programa del Señor es un cristiano a medio camino: un tibio. Es bueno, hace cosas buenas”, pero sigue sin soportar las humillaciones y preguntándose: “¿por qué a éste sí y a mí no? La humillación yo no. ¿Y por qué sucede esto y a mí no? ¿Y por qué a éste le hacen monseñor y a mí no?”.

“Pensemos en Santiago y Juan –continuó– cuando pedían al Señor el favor de las honorificencias. No sabéis, no entendéis nada, les dice el Señor. La elección es clara: el Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

“¿Y todos nosotros? Queremos que se realice el final de este párrafo. Todos queremos resucitar al tercer día. Es bueno, es bueno, debemos querer esto”. Pero no todos –dijo el Papa– para alcanzar el objetivo están dispuestos a seguir este camino, el camino de Jesús: consideran que es un escándalo si se les hace algo que piensan que es un error, y se lamentan de ello. Así que la señal para entender “si un cristiano es un cristiano de verdad” es “su capacidad de llevar con alegría y con paciencia las humillaciones”. Esto es “algo que no gusta”, subrayó finalmente el Papa Francisco; y, sin embargo, “hay muchos cristianos que, contemplando al Señor, piden humillaciones para asemejarse más a Él”.

El temor a la Cruz

28 de septiembre de 2013

La cruz da miedo. Pero seguir a Jesús significa inevitablemente aceptar la cruz que se presenta a cada cristiano. Y a la Virgen -que sabe, por haberlo vivido, cómo se está junto a la cruz- debemos pedirle la gracia de no huir de la cruz, incluso si tenemos miedo. Es la reflexión propuesta por el Papa Francisco el sábado 28 de septiembre.

Comentando el texto litúrgico de Lucas (Lc 9, 43-45), el Santo Padre recordó que en el tiempo del relato del evangelista “Jesús estaba ocupado en muchas actividades y todos estaban admirados por todas las cosas que hacía. Era el líder de ese momento. Toda Judea, Galilea y Samaría hablaba de Él. Y Jesús, tal vez en el momento en el que los discípulos se alegraban de ello, les dijo: Fijaos bien en la mente estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.

En el momento del triunfo, hizo notar el Papa, Jesús anuncia en cierto modo su Pasión. Los discípulos, sin embargo, estaban tan absorbidos por el clima de fiesta “que no comprendieron estas palabras; seguían siendo para ellos tan misteriosas que no captaban el sentido”. Y, prosiguió, “no pidieron explicaciones. El Evangelio dice: tenían miedo de interrogarle sobre esto”. Mejor no hablar de ello. Mejor “no comprender la verdad”. Tenían miedo a la cruz.

En verdad, también Jesús le tenía miedo; pero “Él -explicó el Pontífice- no podía engañarse. Él sabía. Y era tanto el miedo que esa tarde del jueves sudó sangre”. Incluso le pidió a Dios: “Padre aleja de mí este cáliz”; pero, agregó, “que se cumpla tu voluntad. Y esta es la diferencia. La cruz nos da miedo”.

Esto es también lo que sucede cuando nos comprometemos en el testimonio del Evangelio, en el seguimiento de Jesús. “Estamos todos contentos”, hizo notar el Papa, pero no nos preguntamos más, no hablamos de la cruz. Sin embargo, continuó, como existe la “regla que el discípulo no es más que el maestro” -una regla, precisó, que se respeta- existe también la regla por la que “no hay redención sin derramamiento de sangre”. Y “no hay trabajo apostólico fecundo sin la cruz”. Cada uno de nosotros, explicó, “puede tal vez pensar: ¿a mí qué me sucederá? ¿Cómo será mi cruz? No lo sabemos, pero estará y debemos pedir la gracia de no huir de la cruz cuando llegue. Cierto, nos da miedo, pero el seguimiento de Jesús acaba precisamente allí. Me vienen a la mente las palabras de Jesús a Pedro en aquella coronación pontificia: “¿Me amas? Apacienta... ¿Me amas? Apacienta... ¿Me amas? Apacienta “. (cf. Jn 21, 15-19). Y “las últimas palabras eran las mismas: te llevarán allí donde tú no quieres ir. Era el anuncio de la cruz”.

Es precisamente por esto -dijo como conclusión el Santo Padre, volviendo al pasaje evangélico de la liturgia - que “los discípulos tenían miedo a interrogarle. Muy cerca de Jesús, en la cruz, estaba su madre. Tal vez hoy, el día en el que la invocamos, será bueno pedirle la gracia de que no se nos quite el temor, porque eso debe estar presente. Pidámosle la gracia de no huir de la cruz. Ella estaba allí y sabe cómo se debe estar cerca de la cruz”.

El estilo cristiano

6 de marzo de 2014

El redescubrimiento de la fecundidad de una vida según el estilo cristiano es la propuesta del Papa Francisco para la Cuaresma. Habló de ello el jueves 6 de marzo durante la celebración de la misa en Santa Marta. Al comentar el pasaje del evangelio de Lucas (Lc 9, 22-25) propuesto por la liturgia, el Pontífice lo presentó como una reflexión relacionada con la narración del joven rico, que quería seguir a Jesús, “pero que después se alejó entristecido porque tenía mucho dinero y estaba muy apegado para renunciar a él”. Y Jesús también habló del “riesgo de tener tanto dinero”, terminando con un mensaje preciso: “No se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero”.

Al inicio de la Cuaresma, la Iglesia “nos hace leer, nos hace escuchar este mensaje”, dijo el Pontífice. Un mensaje que -afirmó- “podríamos titularlo el estilo cristiano: “Si alguien quiere seguirme, es decir, ser cristiano, ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Porque Él, Jesús, fue el primero en recorrer este camino”. El obispo de Roma volvió a proponer las palabras del evangelio de Lucas: “El Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Nosotros “no podemos pensar en la vida cristiana –especificó– fuera de este camino, de este camino que Él recorrió primero”. Es “el camino de la humildad, incluso de la humillación, de la negación de sí mismo”, porque “el estilo cristiano sin cruz no es de ninguna manera cristiano”, y “si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana”.

Asumir un estilo de vida cristiano significa, pues, “tomar la cruz con Jesús e ir adelante”. Cristo mismo nos mostró este estilo negándose a sí mismo. Él, aun siendo igual a Dios –observó el Pontífice–, no se glorió de ello, no lo consideró “un bien irrenunciable, sino que se humilló a sí mismo” y se hizo “siervo por todos nosotros”.

Este es el estilo de vida que “nos salvará, nos dará alegría y nos hará fecundos, porque este camino que lleva a negarse a sí mismo está hecho para dar vida; es lo contrario del camino del egoísmo”, es decir, “el que lleva a sentir apego a todos los bienes solo para sí”. En cambio, este es un camino “abierto a los demás, porque es el mismo que recorrió Jesús”. Por lo tanto, es un camino “de negación de sí para dar vida. El estilo cristiano está precisamente en este estilo de humildad, de docilidad, de mansedumbre. Quien quiera salvar su vida, la perderá. En el Evangelio, Jesús repite esta idea. Recordad cuando habla del grano de trigo: si esta semilla no muere, no puede dar fruto” (cf. (Jn 12, 24).

Se trata de un camino que hay que recorrer “con alegría, porque –explicó el Papa– Él mismo nos da la alegría. Seguir a Jesús es alegría”. Pero es necesario seguirlo con su estilo -insistió-, “y no con el estilo del mundo”, haciendo lo que cada uno puede: lo que importa es hacerlo “para dar vida a los demás, no para dar vida a uno mismo. Es el espíritu de generosidad”. Entonces, el camino a seguir es éste: “Humildad, servicio, ningún egoísmo, sin sentirse importante o adelantarse a los demás como una persona importante. ¡Soy cristiano...!”. Con este propósito, el Papa Francisco citó la imitación de Cristo, subrayando que “nos da un consejo bellísimo: ama nesciri et pro nihilo reputari, “ama pasar desapercibido y ser considerado una nulidad”“. Es la humildad cristiana. Es lo que Jesús hizo antes”.

“Pensemos en Jesús que está delante de nosotros –prosiguió–, que nos guía por ese camino. Ésta es nuestra alegría y ésta es nuestra fecundidad: ir con Jesús. Otras alegrías no son fecundas, piensan solamente, como dice el Señor, en ganar el mundo entero, pero al final se pierde y se arruina a sí mismo”. Por eso, “al inicio de la Cuaresma –fue su invitación conclusiva– pidamos al Señor que nos enseñe este estilo cristiano de servicio, de alegría, de negación de nosotros mismos y de fecundidad con Él, como Él la quiere”.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2009 y Homilía 2012

Ángelus 2009

Jesús no vino a enseñarnos una filosofía, sino a mostrarnos una senda

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo la Palabra de Dios nos interpela con dos cuestiones cruciales que resumiría así: “¿Quién es para ti Jesús de Nazaret?”. Y a continuación: “¿Tu fe se traduce en obras o no?”. El primer interrogante lo encontramos en el Evangelio de hoy, cuando Jesús pregunta a sus discípulos: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8, 29). La respuesta de Pedro es clara e inmediata: “Tú eres el Cristo”, esto es, el Mesías, el consagrado de Dios enviado a salvar a su pueblo. Así pues, Pedro y los demás Apóstoles, a diferencia de la mayor parte de la gente, creen que Jesús no es sólo un gran maestro o un profeta, sino mucho más. Tienen fe: creen que en él está presente y actúa Dios. Inmediatamente después de esta profesión de fe, sin embargo, cuando Jesús por primera vez anuncia abiertamente que tendrá que padecer y morir, el propio Pedro se opone a la perspectiva de sufrimiento y de muerte. Entonces Jesús tiene que reprocharle con fuerza para hacerle comprender que no basta creer que él es Dios, sino que, impulsados por la caridad, es necesario seguirlo por su mismo camino, el de la cruz (cf. Mc 8, 31-33). Jesús no vino a enseñarnos una filosofía, sino a mostrarnos una senda; más aún, la senda que conduce a la vida.

Esta senda es el amor, que es la expresión de la verdadera fe. Si uno ama al prójimo con corazón puro y generoso, quiere decir que conoce verdaderamente a Dios. En cambio, si alguien dice que tiene fe, pero no ama a los hermanos, no es un verdadero creyente. Dios no habita en él. Lo afirma claramente Santiago en la segunda lectura de la misa de este domingo: “La fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2, 17). Al respecto me agrada citar un escrito de san Juan Crisóstomo, uno de los grandes Padres de la Iglesia que el calendario litúrgico nos invita hoy a recordar. Justamente comentando el pasaje citado de la carta de Santiago, escribe: “Uno puede incluso tener una recta fe en el Padre y en el Hijo, como en el Espíritu Santo, pero si carece de una vida recta, su fe no le servirá para la salvación. Así que cuando lees en el Evangelio: “Esta es la vida eterna: que te conozcan ti, el único Dios verdadero” (Jn 17, 3), no pienses que este versículo basta para salvarnos: se necesitan una vida y un comportamiento purísimos” (cit. en J.A. Cramer, Catenae graecorum Patrum in N.T., vol. VIII: In Epist. Cath. et Apoc., Oxford 1844).

Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y al día siguiente la Virgen de los Dolores. La Virgen María, que creyó en la Palabra del Señor, no perdió su fe en Dios cuando vio a su Hijo rechazado, ultrajado y crucificado. Antes bien, permaneció junto a Jesús, sufriendo y orando, hasta el final. Y vio el alba radiante de su Resurrección. Aprendamos de ella a testimoniar nuestra fe con una vida de humilde servicio, dispuestos a sufrir en carne propia por permanecer fieles al Evangelio de la caridad y de la verdad, seguros de que nada de cuanto hagamos se pierde.

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Homilía de la Misa en Beirut, 16 de septiembre de 2012

Decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz

Queridos hermanos y hermanas:

«Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3). Bendito sea en este día en el que tengo la alegría de estar aquí con vosotros, en el Líbano, para entregar a los obispos de la región la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente.Agradezco cordialmente a Su Beatitud Bechara Boutros Raï sus amables palabras de bienvenida. Saludo a los demás patriarcas y obispos de las iglesias orientales, a los obispos latinos de las regiones vecinas, así como a los cardenales y obispos procedentes de otros países. Os saludo a todos con gran afecto, queridos hermanos y hermanas del Líbano, así como a los de los países de toda esta querida región de Oriente Medio, que han venido para celebrar, con el Sucesor de Pedro, a Jesucristo crucificado, muerto y resucitado. Saludo con deferencia también al Presidente de la República y a las autoridades libanesas, a los responsables y miembros de otras tradiciones religiosas que han tenido a bien estar presentes aquí esta mañana.

En este domingo en el que Evangelio nos interroga sobre la verdadera identidad de Jesús, henos aquí con los discípulos por la senda que conduce a los pueblos de la región de Cesarea de Filipo. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29), les preguntó Jesús. El momento elegido para plantear esta cuestión tiene un significado. Jesús se encuentra en un momento decisivo de su existencia. Sube hacia Jerusalén, hacia el lugar donde, por la cruz y la resurrección, se cumplirá el acontecimiento central de nuestra salvación. Jerusalén es también donde, al final de estos acontecimientos, nacerá la Iglesia. Y cuando, en ese momento decisivo, Jesús pregunta primero a sus seguidores: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc 8,27), las respuestas que le dan son muy diferentes: Juan el Bautista, Elías, un profeta. También hoy, como a lo largo de los siglos, aquellos, que de una u otra manera, han encontrado a Jesús en su camino, ofrecen sus respuestas. Éstas son aproximaciones que pueden permitir encontrar el camino de la verdad. Pero, aunque no sean necesariamente falsas, siguen siendo insuficientes, pues no llegan al corazón de la identidad de Jesús. Sólo quien se compromete a seguirlo en su camino, a vivir en comunión con él en la comunidad de los discípulos, puede tener un conocimiento verdadero. Entonces es cuando Pedro, que desde hacía algún tiempo había vivido con Jesús, dará su respuesta: «Tú eres el Mesías» (Mc 8,29). Respuesta acertada sin duda alguna, pero aún insuficiente, puesto que Jesús advirtió la necesidad de precisarla. Se percataba de que la gente podría utilizar esta respuesta para propósitos que no eran los suyos, para suscitar falsas esperanzas terrenas sobre él. Y no se deja encerrar sólo en los atributos del libertador humano que muchos esperan.

Al anunciar a sus discípulos que él deberá sufrir y ser ajusticiado antes de resucitar, Jesús quiere hacerles comprender quién es de verdad. Un Mesías sufriente, un Mesías servidor, no un libertador político todopoderoso. Él es siervo obediente a la voluntad de su Padre hasta entregar su vida. Es lo que anunciaba ya el profeta Isaías en la primera lectura. Así, Jesús va contra lo que muchos esperaban de él. Su afirmación sorprende e inquieta. Y eso explica la réplica y los reproches de Pedro, rechazando el sufrimiento y la muerte de su maestro. Jesús se muestra severo con él, y le hace comprender que quien quiera ser discípulo suyo, debe aceptar ser un servidor, como él mismo se ha hecho siervo.

Decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz para acompañarle en su camino, un camino arduo, que no es el del poder o el de la gloria terrena, sino el que lleva necesariamente a la renuncia de sí mismo, a perder su vida por Cristo y el Evangelio, para ganarla. Pues se nos asegura que este camino conduce a la resurrección, a la vida verdadera y definitiva con Dios. Optar por acompañar a Jesucristo, que se ha hecho siervo de todos, requiere una intimidad cada vez mayor con él, poniéndose a la escucha atenta de su Palabra, para descubrir en ella la inspiración de nuestras acciones. Al promulgar el Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, he querido que todo fiel se comprometa de forma renovada en este camino de conversión del corazón. A lo largo de todo este año, os animo vivamente, pues, a profundizar vuestra reflexión sobre la fe, para que sea más consciente, y para fortalecer vuestra adhesión a Jesucristo y su evangelio.

Hermanos y hermanas, el camino por el que Jesús nos quiere llevar es un camino de esperanza para todos. La gloria de Jesús se revela en el momento en que, en su humanidad, él se manifiesta el más frágil, especialmente después de la encarnación y sobre la cruz. Así es como Dios muestra su amor, haciéndose siervo, entregándose por nosotros. ¿Acaso no es esto un misterio extraordinario, a veces difícil de admitir? El mismo apóstol Pedro lo comprenderá sólo más tarde.

En la segunda lectura, Santiago nos ha recordado cómo este seguir a Jesús, para ser auténtico, exige actos concretos: «Yo con mis obras, te mostraré la fe» (2,18). Servir es una exigencia imperativa para la Iglesia y, para los cristianos, el ser verdaderos servidores, a imagen de Jesús. El servicio es un elemento fundacional de la identidad de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13,15-17). La vocación de la Iglesia y del cristiano es servir, como el Señor mismo lo ha hecho, gratuitamente y a todos, sin distinción. Por tanto, en un mundo donde la violencia no cesa de extender su rastro de muerte y destrucción, servir a la justicia y la paz es una urgencia, para comprometerse en aras de una sociedad fraterna, para fomentar la comunión. Queridos hermanos y hermanas, imploro particularmente al Señor que conceda a esta región de Oriente Medio servidores de la paz y la reconciliación, para que todos puedan vivir pacíficamente y con dignidad. Es un testimonio esencial que los cristianos deben dar aquí, en colaboración con todas las personas de buena voluntad. Os hago un llamamiento a todos a trabajar por la paz. Cada uno como pueda y allí dónde se encuentre.

El servicio debe entrar también en el corazón de la vida misma de la comunidad cristiana. Todo ministerio, todo cargo en la Iglesia, es ante todo un servicio a Dios y a los hermanos. Éste es el espíritu que debe reinar entre todos los bautizados, en particular con un compromiso efectivo para con los pobres, los marginados y los que sufren, para salvaguardar la dignidad inalienable de cada persona.

Queridos hermanos y hermanas que sufrís en el cuerpo o en el corazón, vuestro dolor no es inútil. Cristo servidor está cercano a todos los que sufren. Él está a vuestro lado. Que os encontréis en vuestro camino con hermanos y hermanas que manifiesten concretamente su presencia amorosa, que no os abandonará. Que Cristo os colme de esperanza.

Y todos vosotros, hermanos y hermanas, que habéis venido para participar en esta celebración, tratad de configuraros siempre con el Señor Jesús, con él, que se ha hecho servidor de todos para la vida del mundo. Que Dios bendiga al Líbano, que bendiga a todos los pueblos de esta querida región del Medio Oriente y les conceda el don de su paz. Amén.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Effeta, ¡Abrete!

El fragmento evangélico nos refiere una hermosa curación, realizada por Jesús: «y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effeta”, esto es: “Ábrete”. Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad».

Jesús no realizaba estos milagros como quien acciona una barita mágica y hace chasquear los dedos. Aquel «suspiro», que se deja escuchar en el momento de tocar las orejas del sordo, nos dice que se ensimismaba con los sufrimientos de la gente, participaba intensamente en su desgracia, se hacía cargo. En una ocasión, después de que Jesús había curado a muchos enfermos, el evangelista comenta:

«Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades».

Ante un sordo, «que, además, apenas podía hablar», esto es, un sordomudo, nosotros frecuentemente nos comportamos con ironía; Jesús, por el contrario, con solidaridad y compasión. Ya en esto encontramos una primera enseñanza. No está en nosotros poder decir a los sordos, con los que vivimos o con quienes nos encontramos, «Effeta», esto es: «Ábrete», y darles de nuevo milagrosamente el oído; pero, hay algo que nosotros sí podemos hacer a la par y es aliviar el sufrimiento, educarnos al respeto, a la delicadeza en el tratar con quien está afectado por esta disminución física.

Lo de ironizar o bromear sobre la sordera de otros debe ser una costumbre tan antigua cuanto existe el mundo, porque ya en el Antiguo Testamento encontramos esta advertencia: «No maldecirás a un mudo, ni pondrás tropiezo a un ciego, sino que temerás a tu Dios» (Levítico 19,14). Notaba una persona sumergida en la sordera: «Un sordo no da ni compasión, al contrario, da fastidio, enojo, porque obliga a repetir más veces las mismas cosas, y así se crea el distanciamiento, la marginación y aquel tremendo “¿He entendido, sí o no?”, que tanto nos intimida. El sordo está aislado del mundo de las personas».

No es necesario haber estudiado psicología para entender cuáles son las cosas que pueden dar placer o disgusto a una persona sorda. La finura más elemental es hablar claramente, con un tono sostenido, de frente, de manera que él vea el movimiento de los labios y el gesto, cosas que ayudan mucho a quien no oye bien. Si es necesario repetir, hay que hacerla con dulzura, sin dar signos de fastidio, y no con un tono todavía más bajo que la primera vez. Hay que evitar hablar en voz baja con otros en presencia del sordo o hacer señas a sus espaldas. La sordera por su naturaleza lleva a la persona a sospechar que se habla mal de ella y que se le toma el pelo. Cuando el hecho de no oír crea cualquier equívoco en la conversación, no acentuarlo para provocar hilaridad, humillando más al pobre sordo. Son delicadezas humanas y cristianas, al menos, actuales. ¿Quién no tiene en el entorno familiar o entre los conocidos a alguna persona afectada, en medida más o menos grave, por este impedimento, especialmente entre los ancianos?

Pero, esto no es lo único que el Evangelio de hoy tiene que decimos acerca de la sordera. ¿Por qué los evangelistas nos traen, en este caso, la palabra de Jesús en la lengua original? Effeta es palabra aramea, la lengua hablada por Jesús; es más, es casi su dialecto. Es una de aquellas palabras (junto con Abba, Amen), que los historiadores llaman la mismísima voz, la voz reiterada por Jesús. Son las «verdaderas» reliquias, que nos quedan de él. El motivo del realce dado a aquella palabra es que ya la primitiva Iglesia había entendido que esta palabra no se refería sólo a la sordera física, sino también a la espiritual. Por esto, la palabra entró bien pronto en el ritual del bautismo, en donde ha permanecido hasta nuestros días. Inmediatamente después de haber bautizado al niño, el sacerdote le toca los oídos y los labios, diciendo Effeta, ¡ábrete!, pretendiendo con ello decir: ábrete a la escucha de la palabra de Dios, a la fe, a la alabanza, a la vida.

Así, de golpe, descubrimos que el Evangelio de hoy no se refiere sólo a los sordos-sordos, sino también a los sordo-mudos, a los que, al igual como los ídolos, «tienen orejas y no oyen; tienen ojos y no ven» (Salmo 115,5-6). Del mismo modo, el corazón tiene sus oídos para oír y sus ojos para ver. Esto forma parte de las convicciones humanas más universales y se expresa igualmente en algunos modos corrientes de decir. ¿No decimos nosotros de una persona que tiene el corazón «abierto» o, al contrario, que es «sordo de corazón»?, ¿que está «cerrado» a toda compasión?

Effeta. ¡Ábrete! es, por lo tanto, un grito dirigido a todo hombre (no sólo al sordo) y a todo el hombre. Una invitación a no encerrarse en sí mismo, a no ser insensible a las necesidades de los demás; positivamente, a realizarse estableciendo relaciones libres, bellas y constructivas con las personas, dando y recibiendo de ellos. Aplicado a nuestras relaciones con Dios, «ábrete» es una invitación a escuchar la palabra de Dios, que se nos ha transmitido por la Iglesia, a hacer entrar a Dios en la propia vida. En este sentido, un eco fuerte del Effeta de Cristo fue el grito que Juan Pablo II elevó el día de la inauguración de su ministerio pontificio: «¡Abrid las puertas a Cristo!»

San Pablo dice que «la fe viene de la predicación» (Romanos 10,17). No hay fe posible sin esta escucha profunda del corazón. Muchos justifican el hecho de no creer diciendo que la fe es un don y ellos, sencillamente, no han recibido este don. Es verdad, sin embargo, que antes de estar seguros de que se trate precisamente de esto, sería necesario preguntarse si es verdad que se le ha dado a Dios la posibilidad de hablarnos; si alguna vez hemos dicho como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Samuel 3, 10).

A veces, va bien cerrar los oídos del cuerpo para abrir mejor los del alma. Aquella persona aturdida por la sordera, de la que hablaba antes, decía también: «Hay muchachas que escogen la clausura para vivir intensamente la vida y buscar la eternidad. Mi clausura es la sordera. Viviendo cotidianamente el silencio, aislado del mundo externo, de sus ruidos, de los tiempos medidos, he alcanzado la serenidad y la madurez de la vida. El Effeta de Jesús ha acontecido ya en mi vida, porque me ha abierto el corazón y la mente a su palabra». La sordera ha llegado a ser, para esta persona, una especie de clausura luminosa, en la que, al resguardo del fragor de la vida moderna, ha descubierto un mundo más verdadero y más hermoso. En otro plano, es lo que le sucedió también a Beethoven, el más famoso de los sordos. Fue precisamente después de haber llegado a estar sordo, cuando escribió sus melodías más hermosas, comprendido el himno a la alegría de la Novena Sinfonía.

Pero, yo no he dicho que se deba pasar por fuerza a través de la sordera física para descubrir este otro mundo. Se puede llegar a ser sordos también como elección, sordos selectivos. La sordera selectiva consiste en saber escoger qué escuchar y qué no escuchar. El antiguo mártir san Ignacio de Antioquía recomendaba a sus fieles: «Sed sordos cuando alguno os habla mal de Jesucristo». Nosotros podemos añadir: sed sordos cuando alguien os habla mal del prójimo. Sed sordos cuando alguien os adula o intenta corromperos con promesas de ganancias deshonestas. Sed sordos cuando la radio o el tocadiscos os proponen canciones obscenas y blasfemas, lenguaje indecente y vulgar.

Debemos ser sordos a veces, asimismo, cuando alguno nos ofende o habla mal de nosotros, dejando caer al vacío las palabras, más que refutarlas siempre golpe tras golpe. Un salmista decía estas palabras, que la Iglesia ha aplicado a Cristo sobre la cruz, el cual, insultado, no respondía con ultrajes: «Yo como un sordo, no oigo; como un mudo, no abro la boca» (Salmo 38, 14). ¡Cuántos males, especialmente en familia, se evitan de este modo, como si no fueran escuchados, dejando caer al vacío las palabras dichas en un momento de ira!

Recojamos, por lo tanto, la sugerencia de aquella nuestra hermana sorda y hagámonos, también nosotros, nuestra pequeña clausura. Hagámonos sordos para oír mejor. En el mundo, en el que vivimos, esto está llegando a ser una necesidad casi fisiológica, si no queremos ahogarnos en la orgía del bullicio y de palabras inútiles, que nos asedian por todas partes. Entre las formas de contaminación ambiental se incluye del mismo modo hasta la contaminación de ruidos. Un día, Moisés dijo al pueblo: «Guarda silencio y escucha Israel» (Deuteronomio 27,9). Nosotros os decimos: «¡Guarda silencio y escucha, oh cristiano!»

El fragmento evangélico de hoy termina con este elogio entusiasta que las muchedumbres hacen de Jesús:

«Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

(Un predicador, pobrecillo, una vez se confundió y dijo: «He hecho hablar a los sordos y oír a los mudos», lo cual, evidentemente, no es un gran milagro). Después de lo que hemos dicho, este elogio de Jesús puede ser leído también de esta forma: «El Evangelio hace bien cada cosa: hace oír a los que son sordos, cuando es bueno escuchar, y hace sordos a los que oyen, cuando es bueno no oír».


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