La santedat és avui una paraula enigmàtica

No sempre va anar així, però una època d'ambigüitat de valors com la nostra presenta el concepte mateix de santedat com una quimera. I quan amb el llenguatge que avui utilitzem ens enfrontem amb aquesta paraula, no sabem què fer amb ella.

Anàloga perplexitat sentim amb el concepte de sant. Fora de les fornícules de les esglésies, al sant no sabem on col·locar-ho. Això és en part conseqüència de la crisi de models que caracteritza la nostra cultura. A l'heroi se li reconeix vigència solament en la literatura. I al sant, en la penombra inofensiva dels temples. Però en la vida, és a dir, en la nostra realitat immediata, tots dos viuen només com a ombres irreals, com a arquetips més propers al mite que al model de qui es pot aprendre o a qui s'ha d'imitar.
Segueix l'article amb castellà:

Esto plantea varios problemas, pero ante todo uno: ¿cómo nos hacemos una idea de lo que es un santo? O dicho de otro modo, ¿de dónde proviene la idea que la mayoría de personas tiene de la santidad?

Es probable que la primera noción de la santidad haya llegado a mucha gente a través de las artes plásticas: la iconografía y la imaginería religiosa; y en segundo lugar a través de la literatura en sus géneros hagiográfico y apologético. Pero diría que esas artes no hacen siempre honor a lo que fueron las vidas de los santos.

El santo –la santa– que aparece en la mayor parte de la iconografía y de la imaginería católica responde sobre todo a los criterios del simbolismo plástico que trata de representarlos en un momento paradigmático de su existencia. Y eso hace que la imagen plástica de la santidad aparezca frecuentemente en un contexto de circunstancias excepcionales dando así la impresión de que son las únicas capaces de encuadrar la vida del santo.

En el caso concreto del santo o la santa mártir, las artes plásticas repiten en mil formas la ocasión violenta en la que ocurrió –normalmente entre grandes sufrimientos– la afirmación de fe con que se clausuró la vida en el tiempo de aquel o aquella mártir. Pero esta reiteración del sufrimiento podría quizás desfigurar la realidad de la santidad porque tiene el riesgo de confundir el efecto con la causa. No es que el mártir sea santo por haber sufrido en grado intolerable, sino que fue santo por haber hecho suyo aquel proyecto divino aceptando verse privado del bien de su vida. San Agustín formula magistralmente la distinción entre la violencia que sufre el mártir y el hecho por el que la Iglesia lo considera santo: «Martires non facit pena, sed causa». La razón por la que la Iglesia considera santo al mártir no está en su sufrimiento sino en la causa y el motivo que lo hizo enfrentarse con las circunstancias de su martirio. Por esto, el mártir de la religión católica no es un amante del dolor, ni de la muerte, ni desdeña la existencia, que por otra parte ama apasionadamente. No es, en definitiva, un aspirante al suicidio. Es una persona que aun rehuyendo del dolor y la amenaza de perder su vida, somete ese temor a una razón superior aun a costa del sacrificio supremo. Basta leer por ejemplo lo que Tomás Moro escribió desde su prisión en la Torre de Londres antes de su ejecución para confirmar lo que digo.

Este modo de representar la santidad ha dado un gran número de excepcionales obras artísticas. Pero permanece la duda de si ese éxito artístico no ha contribuido a situar la meta de la santidad en confines que la alejan de las aspiraciones del cristiano de a pie. Porque la santidad así representada resulta adecuada para poquísimas personas cuya vida estaría marcada por los rasgos de lo extraordinario, lo inusitado, incluso lo raro.

Naturalmente hay algo de verdadero en ese modo excepcional de representar la santidad. Pero la excepcionalidad no tiene nada que ver aquí con circunstancias extraordinarias sino con la realidad misma de la santidad. El santo no es alguien que descubre un ideal humano y dedica sus energías a realizarlo. El santo es quien percibe un proyecto divino que le afecta y, al no poner obstáculos para que se realice, lo hace suyo. A ese proyecto divino la teología católica lo llama justamente vocación, porque se trata de una verdadera llamada a una realidad que supera completamente a la persona humana. Si el cristiano puede aspirar a la santidad no es porque se vea capaz de alcanzarla sino –sigue diciendo la teología católica– porque su naturaleza humana ha sido elevada por la gracia a algo –la unión con Dios– que no sólo es superior a lo que el hombre o la mujer puede esperar, sino incluso de lo que en sus más altos sueño es capaz de concebir el corazón humano. San Josemaría Escrivá recoge en pocas palabras esta aparente paradoja: «Es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo» (Camino 282).

Recordado este principio, el tema sobre el que podemos reflexionar es, en primer lugar, si aquella llamada al proyecto divino está sólo reservada a personas excepcionales; y, en segundo lugar, si sólo se puede alcanzar a través de circunstancias no menos excepcionales.

Vincular sin más excepcionalidad y santidad podría incluir dos peligros. Por una parte, confundir la dificultad con la virtud. O mejor, sugerir que la virtud se ejercita sólo en momentos estelares y dramáticos de la existencia. Y, por otra parte, podría significar que una vida normal –sobre todo con aquella normalidad hecha de lo cotidiano, repetitivo, habitual y sin relieve estético o histórico– no tiene relevancia moral. Si esto fuera así, el resultado sería la escisión entre la llamada que recibe el ser humano y el sendero que uno sigue en el itinerario habitual e irrelevante de la propia existencia. Parece como si seguir el ideal alejara necesariamente de la realidad. En este caso, ideal de la vida y realidad cotidiana no se encontrarían nunca. Y el resultado sería aquel desdén por lo cotidiano que llamamos irresponsabilidad.

Un texto de san Josemaría Escrivá describe magistralmente esta situación: «Pienso que causan mucho mal a los cristianos esas biografías de santos en las que no se habla más que de cosas extraordinarias, de milagros llamativos..., y no nos relatan nada de la vida interior de aquella persona, que fue –como tú y como yo– una criatura con defectos, con miserias. No nos cuentan sus luchas, ni sus derrotas, ni sus victorias. No se nos dice que, a veces, ¡trepidaban!; no se nos enseña que eran hombres o mujeres de carne y hueso. Parecen seres de otro planeta. Y no es así. Las vidas de los santos –lo que deberían recoger las verdaderas biografías– han sido como la tuya, como la mía. Eran borriquitos de Dios, que luchaban, trabajaban, sufrían, vencían ... y eran vencidos; pero entonces se alzaban rápidamente y continuaban la pelea. Personas que se fijaban en el detalle, con amor... Este es el camino, y no hay otro, para alcanzar la santidad». La audacia de esta formulación es evidente.

La misma idea aparece en el magisterio de Juan Pablo II. Por ejemplo cuando, en el documento de clausura del Jubileo del año 2000, afirma que «el ideal de perfección no se ha de confundir como si implicara una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos genios de la santidad». Por esto, añade el Papa, «agradezco al Señor que me haya concedido beatificar y canonizar en estos años tantos cristianos y, entre ellos, a muchos laicos que se han santificado en las condiciones más ordinarias de la vida» (Novo millennio ineunte, 31).

Cuando Juan Pablo II llamó a Escrivá “el Santo de lo ordinario” estaba reconociendo en él precisamente el carisma central de su vida y de su enseñanza. Lo que él hizo fue devolver a la idea de la santidad humana la universalidad que siempre debió tener pero que circunstancias en las que ahora no podemos entrar habían reducido a tarea de excepción, para personas excepcionales, en circunstancias vitales excepcionales y conseguida a través de hechos excepcionales. Rescatar el ideal de la santidad del marco de esa excepcionalidad fue, me parece, la revolución que Josemaría Escrivá de Balaguer cumplió en la Iglesia de nuestro tiempo.

* * *

Que ser santo sea una meta para todos los cristianos no ha sido un pensamiento común en los escritos de numerosos autores espirituales, al menos de los de los últimos siglos. Cuando ese pensamiento aparece en algunos de esos escritos es –con algunas excepciones– para afirmar su posibilidad teórica, pero añadiendo que se trata de algo excepcional para quien vive su vida en las circunstancias normales de la sociedad.

Menos común es aún la idea de que las realidades que hoy llamamos “civiles” y que el lenguaje frecuente de los escritos espirituales llama “mundo” –es decir, todo lo que constituye la profesión, la familia, las relaciones sociales, etc.– no sólo pueden ser el escenario de la santidad sino que son sobre todo el medio, el instrumento y la materia de esa santidad. Por el contrario, se afirma que “a pesar de” esas circunstancias humanas el ideal cristiano podría ser posible. Que esas mismas circunstancias fueran precisamente el lugar y el medio del encuentro con Dios no era, ni de lejos, tenido en seria consideración.

«La palabra santo –escribe el cardenal Ratzinger– ha sufrido en el curso del tiempo una peligrosa restricción, operante todavía hoy. Pensamos en los santos representados en los altares, en milagros y en virtudes heroicas, y sabemos que se trata de algo reservado a pocos elegidos, entre los que nosotros no podemos contarnos. Dejamos la santidad a esos pocos desconocidos y nos limitamos a ser como somos. Josemaría Escrivá ha sacudido a las personas de esa apatía espiritual» (J. Ratzinger, Homilía, 19-V-1992).

Si, como dice Ratzinger, la palabra “santo” ha sufrido con el tiempo una peligrosa restricción, con san Josemaría Escrivá ese concepto recupera su amplitud original. Para él, la santidad es el ideal en el que toma forma la llamada divina a cada ser humano, aunque a veces él mismo lo ignore. Un ideal no para excepciones sino para todos. Un ideal concreto, realizable, identificable, asequible. La santidad es un ideal propuesto por Dios al hombre y hecho posible por su ayuda. Por eso es un ideal que debe desvincularse del idealismo y de la utopía pues no pertenece a un mundo de ideas atrayentes pero inasequibles sino a la realidad cristiana de cada momento. Y uno de los elementos de la fuerza del mensaje de Josemaría Escrivá consiste en la claridad con que avisa de las evasiones y las excusas que apartan al ser humano del sano realismo. Sobre todo, cuando de lo que se trata es de realizar aquel proyecto, y no sólo de admirarlo.

Un texto de san Josemaría nos puede ilustrar esta verdad: «(...) debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle “en y desde” las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana; en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay “un algo” santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». Y continúa con esta afirmación audaz: «(...) o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (Conversaciones, 114).

Estas palabras señalan con precisión el lugar, el marco, en donde buscar e intentar realizar el ideal de la santidad cristiana. Ese lugar, para quien vive en el ámbito de la sociedad, no es otro que el de la vida ordinaria.

Naturalmente las consecuencias de esta afirmación son numerosas. Pero la primera, sin embargo, es la de repensar y ver ese marco inmenso de la realidad del mundo a la luz de su idea original en la creación que nos narra el Génesis: «Y Dios vio –dice el Génesis– que cuanto había hecho era muy bueno» (Génesis, I, 31). La primera razón del optimismo cristiano no es ni la ingenuidad ni siquiera la confianza en las propias capacidades intelectuales o morales sino la convicción de esa bondad original del cosmos que salió del Creador y de Él conserva la huella.

Es este quizás el primer nivel de realismo en el que introduce la enseñanza de Escrivá de Balaguer: identificar en la vida ordinaria el lugar de la santidad cristiana. Pero aún para quien vive instalado en el mundo y en sintonía con él cabe la posibilidad de vivir de sueños, de irrealidad y de utopía. Es aquella situación en la que se imagina una circunstancia personal ideal, distinta de las circunstancias reales –de carácter, de posición, de medios económicos, de representación social– en las que cada ser humano se encuentra. Un texto de san Josemaría refleja magistralmente esta situación. «Es fácil –escribe– que la imaginación se desate y busque un refugio en la fantasía que, alejando de la realidad, acaba adormeciendo la voluntad. Es lo que repetidas veces he llamado la “mística ojalatera”, hecha de ensueños vanos y de falsos idealismos: ¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esa profesión, ojalá tuviera más salud, o menos años, o más tiempo!» (Conversaciones, 88).

Esta frase de san Josemaría que se ha hecho ya clásica en la literatura ascética contemporánea, no es sólo una llamada vigorosa al realismo. Es, sobre todo, el fundamento primero y más sólido del itinerario ascético que puede conducir a la santidad. El “deber ser”, es decir, aquella meta a la que apuntan el hombre o la mujer para construir lo mejor de ellos mismos, puede ser imaginada como una serie de circunstancias distintas a las del aquí y ahora que determinan la vida.

Esa situación podría ser descrita así: se es sensible al ideal de la mejora moral; se conoce incluso en qué aspectos y dimensiones aquella mejora podría afectar a la propia vida. Se siente la fascinación de la virtud. Y hasta se reconoce la llamada a una amistad mayor con Dios, que es la nota característica de la santidad. Pero al mismo tiempo se demora la respuesta, la determinación para decidir, esperando un cambio de circunstancias –que pueden ser de trabajo o familiares, o de salud, o de carácter– porque las circunstancias que definen el momento biográfico actual no parecen adecuadas para la realización del propio ideal, es decir, de la santidad.

Uno de los obstáculos mayores –y más frecuentes– para no ser mejor es el de pensar que uno no se encuentra en las circunstancias adecuadas para intentarlo. San Josemaría describe esa situación como la mística del “ojalá mis circunstancias fueran distintas”. En su enseñanza esta falacia es denunciada con decisión y claridad. El aquí y el ahora de la propia existencia es la ocasión para intentar ser mejor. Y no un conjunto de circunstancias ideales imaginadas, y tan irreales como la posible vida que se podría construir pero que, de hecho, no se construirá nunca.

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Naturalmente en todo esto cabría una objeción que es preciso afrontar. Y es sencillamente que el mundo que hoy y ahora se nos presenta ya no es como salió de las manos de Dios en su acto creador. Omisiones, errores y debilidades humanas han cambiado el aspecto de esa realidad. A veces de tal manera que parece irreconocible. Junto a la tensión hacia Dios coexiste la tendencia a alejarse de Él. ¿Cómo es posible que vida ordinaria y circunstancias personales puedan ser materia de mejora humana cuando esas mismas circunstancias han perdido la inocencia original que tuvieron al salir de las manos de Dios?

Y aquí la reflexión tiene que entrar en una valoración realista de nuestro paisaje cultural. Sin pretensión de un análisis exhaustivo –que admitiría muchas matizaciones– parece obvio que vivimos en una época que se acostumbra a la normalidad de ser extraña a Dios; en donde a Dios se le invita a salir de la vida ordinaria para confinarlo dentro de los muros de una Iglesia, en algún rincón lejano de la propia conciencia o en las páginas de libros sobre historia de las religiones. Si se acepta a Dios es sólo como un Dios periférico. Periférico precisamente a las circunstancias ordinarias de la vida, que se convierten así en espacios neutros entre los que discurre una existencia máximamente acomodaticia y mínimamente exigente. Se crea así una cultura de la ausencia de trascendencia en la que el ser humano vive la desolación de quien ha sido desposeído de la raíz de su existencia.

Incluso hablar de Dios resulta a veces problemático. El lenguaje hoy nace y se elabora en los sectores de la innovación técnica y económica, y en los espacios de entretenimiento de los medios de comunicación. Con ese lenguaje reducido, es difícil hablar de Dios y de los grandes temas del hombre porque las palabras resultan inadecuadas, carentes. Usando ese lenguaje con los presupuestos que aquellos conceptos implican, el tema de Dios simplemente desaparece de la escena.

Parecería que, en tal contexto, las opciones son sólo dos: o mimetizarse en ese paisaje cultural adoptando sus modos aun con riesgo de disolver en él la propia identidad, o construirse un ecosistema propio con las características del ghetto aún a costa de reducir dramáticamente las capacidades personales de interacción con la cultura y con los demás. Escrivá de Balaguer muestra que es preciso superar ambas opciones porque ninguna de las dos se corresponde con lo que es la esencia del Cristianismo.

Para entender cómo esto es posible repito el siguiente texto, ya citado, de una de sus homilías más conocidas: «Sabedlo bien: hay “un algo” santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». Y continúa: «No hay otro camino (...): o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo» (Conversaciones, 114).

Es la audaz formulación con que el fundador del Opus Dei responde a aquella consideración minimalista del ser humano, relativamente difundida en algunas parcelas del pensamiento contemporáneo. Sobre todo, en la cultura que se propone como una forma de teorización sobre la lejanía –o incluso la ausencia– de Dios. Aquí, en las palabras de san Josemaría, la cercanía de Dios no se mide con términos espaciales –metros, kilómetros, años luz, etc.– sino que se funda sobre las categorías del ser: allí donde el ser humano vive su vida, en todas las circunstancias de su quehacer ordinario, hay “un algo divino”, que es como un abismo de trascendencia escondida, que hay que descubrir.

El tema de fondo que aquí aparece no es ya el del lugar en donde se realiza –o puede realizarse– la santidad, ni el realismo con el que se viven las circunstancias que configuran el hoy y el ahora, sino concretamente el de cómo realizar el ideal cristiano. Y cómo realizarlo en un mundo precisamente cambiándolo, mejorándolo, haciéndolo mejor.

En las páginas de muchas de sus obras –Camino, Surco, Forja– y en toda su enseñanza Escrivá de Balaguer nos muestra cómo buscar y descubrir ese “algo divino” que está ya en la vida ordinaria. Diría que para él la santidad está precisamente en mantener esa actitud de búsqueda de lo divino en todas las ocasiones humanas. Esa sería la tarea de quien se toma en serio el ideal cristiano en medio de la vida social.

La búsqueda de lo divino en lo ordinario no es un nuevo trabajo que se añade a lo que cada día hay que hacer, sino un nuevo modo de relacionarse con las cosas y con las personas. Lo que se descubre es precisamente el cuadro en el que cada tarea y ocupación –desde la más relevante a la más insignificante– encuentra su lugar. No es una nueva fatiga que se añade a lo que ya se hace sino lo que da proporción y sentido a lo que se hace. Desaparece, en la enseñanza de Escrivá, el dilema de quien, hombre o mujer, se encuentra con una vocación secular, laical, una de cuyas características más evidentes es la de enfrentarse cada día con una agenda llena de deberes que cumplir en un periodo de tiempo que no supera las 24 horas del ciclo solar. ¿Cómo añadir a ese programa ya lleno la nueva tarea de la santidad?

El dilema queda resuelto si la realización del ideal cristiano y la del ideal profesional no apuntan, como tensiones divergentes, hacia direcciones opuestas. En una de sus homilías san Josemaría enseña a superar esa disyuntiva que podría angustiar el centro del alma humana: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber “materializar” la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

»¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» (Conversaciones, 114).

Este extraordinario párrafo clarifica la idea contenida en la cita anterior que hablaba de “espiritualizar” las situaciones que parecen más vulgares. En aparente contradicción, san Josemaría afirma ahora la necesidad de “materializar” la vida espiritual. En realidad, lo que nos hace ver es que el único modo de espiritualizar la realidad y devolverle su sentido original, es “materializando” la santidad en las mismas realidades ordinarias.

Esta materialización es necesaria porque la persona humana está instalada en un cuerpo, se relaciona con las cosas y con los demás desde y con su corporeidad. Por lo tanto ha de “materializar” –es decir, concretar en realidades y en acciones temporales– hasta sus deseos más espirituales. De nuevo el realismo de san Josemaría nos aleja de un angelismo deshumanizante en el que parecen vivir aquellas representaciones artísticas a que me refería al principio de estas consideraciones. El fundamento último de esta enseñanza está en la figura de Cristo con quien Dios irrumpe en la historia de los hombres no como idea o como inspiración sino asumiendo en Él la humanidad y haciéndose, Dios mismo, hombre. De este modo, todo lo que es humanamente noble, en virtud de la Encarnación, queda divinizado. Por eso Escrivá audazmente y con una aparente paradoja dice que «a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales». Este ir más allá de las percepciones cotidianas es lo que da a la vida del cristiano el sereno realismo de quien ve el mundo como es y no como parece ser.

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Superado el dilema de la división interior entre actividades humanas y participación divina, el obrar humano puede adquirir una dimensión trascendente insospechada. En palabras de san Josemaría: «Trabajar así es oración. Estudiar así es oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado» (Es Cristo que pasa, 10). Con estas palabras llegamos al centro mismo del cambio que la santidad introduce en la naturaleza de las cosas materiales y las convierte en realidades con trascendencia. Si todo puede y debe llevar a Dios, las pequeñas o grandes peripecias de los hombres dejan de ser intrascendentes y todo proyecto humano puede convertirse en un modo de relacionarse con Dios, es decir, literalmente, en oración. Si el trabajo es instrumento de santidad, la acción misma del trabajo vibra de eternidad. Naturalmente, con esta consideración se impone revisar aquella alternativa –vida contemplativa y vida activa– que parecía separar radicalmente la una de la otra.

Es ahora necesario mencionar un aspecto al que por falta de tiempo sólo haré una referencia, aunque se trata de algo esencial en la enseñanza de Escrivá. Aquella búsqueda del “algo” santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada cristiano descubrir, no es consecuencia sólo de un esfuerzo humano. Si hay en eso algo heroico es consecuencia de una cooperación estrecha entre el ser humano y la acción divina, que no puede tener lugar más que en el ámbito sacramental. Es la acción de la gracia que el hombre recibe con los Sacramentos lo que hace posible, en frase de san Josemaría, abrirse “los caminos divinos de la tierra”, y mantener la orientación de búsqueda de lo divino en la actividad continua de la vida ordinaria. No es posible, en su enseñanza, perseverar en esa búsqueda sólo con el esfuerzo humano.

La religión católica –como una vez oí decir a Juan Pablo II– es la religión del permanecer en Dios. Pero esa permanencia sólo es posible si el trabajo del hombre y la acción de Dios operan juntas. Esto explicaría la insistencia de Escrivá de Balaguer en el recurso inexcusable a aquella realidad de la gracia divina que son los Sacramentos.

El santo siempre ha tenido conciencia tanto de las posibilidades de la naturaleza humana como de sus límites. Precisamente porque conoce a lo que está destinado, tiene la audacia de proyectarse hacia la santidad. Y porque conoce sus límites naturales, lo espera todo de la iniciativa divina. La suprema audacia de san Josemaría en su vida y en lo que con su enseñanza propone a otros, es sólo comparable a su confianza en que la acción de la gracia de Dios es indispensable para todo, incluso para proponerse ser mejor. El camino que él siguió y enseña es, literalmente, un camino sacramental.

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En el siglo XX hemos asistido a la clarificación del papel del cristiano común en la Iglesia. Un elemento fundamental de esa obra de clarificación es la conciencia de su llamada a la plenitud de la vida cristiana en y desde las circunstancias de su vida, en el contexto de las actividades corrientes. Documentos decisivos del Concilio Vaticano II que se clausuró en 1965 recogen ya esa ampliación de la teología del laicado. Y la aportación de san Josemaría a esa nueva conciencia, desde que en 1928 fundara el Opus Dei, ha sido inmensa.

Volviendo por un momento, antes de terminar, a algunas de las imágenes de santos que mencioné al inicio, creo que se podría afirmar lo siguiente: cuando se ha conocido a un santo, cuando nuestra vida se ha cruzado con la suya, uno tiene que modificar la idea que tenía de la santidad y que quizás había formado en la contemplación de aquellas imágenes. La tiene que cambiar porque, posiblemente, a aquella idea de la santidad le faltaba realismo, consistencia, proporción. Se había quizás buscado en aquellas representaciones señales de lo extraordinario y, si se encontraron, pudo parecer que en aquello que era completamente distinto del orden de lo natural radicaba fundamentalmente la santidad. Como la santidad tiene que ver con Dios, podría parecer que no tuviera nada que ver con la realidad material y con lo humano.

San Josemaría Escrivá, por el contrario, nos hace ver que el santo se mueve en este mundo no de sombras y de apariencias sino de realidades humanas y concretas en que ese “algo divino” está ya ahí, esperando que el hombre sepa encontrarlo. Ese mundo real es precisamente la materia que se ofrece al cristiano para ser santo. La misma materia con la que cada uno de nosotros se enfrenta cada día en la propia existencia cotidiana que podría estar llena, en todos sus momentos, de trascendencia.

Fuente: opusdei

 

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