Diumenge XVI del Temps Ordinari (cicle B): Déu és el Pastor de la humanitat

La Paraula de Déu d'aquest diumenge ens torna a proposar un tema fonamental i sempre fascinant de la Bíblia: ens recorda que Déu és el Pastor de la humanitat. Això significa que Déu vol para nosaltres la vida, vol guiar-nos a bones pastures, on puguem alimentar-nos i reposar; no vol que ens perdem i que vam emmurallar, sinó que arribem a la meta del nostre camí, que és precisament la plenitud de la vida. És el que desitja cada pare i cada mare per als seus propis fills: el bé, la felicitat, la realització.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 53, 6. 8

El Señor es mi auxilio y el único apoyo en mi vida. Te ofrece de corazón un sacrificio y daré gracias a tu nombre, Señor, porque eres bueno.

ORACIÓN COLECTA

Sé propicio, Señor, con tus siervos y multiplica, bondadoso, sobre ellos los dones de tu gracia, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y la caridad, perseveren siempre fieles en el cumplimiento de tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores.

Del libro del profeta Jeremías: 23,1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas de mi rebaño!, dice el Señor.

Por eso habló así el Señor, Dios de Israel, contra los pastores que apacientan a mi pueblo: “Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado. Yo me encargaré de castigar la maldad de las acciones de ustedes. Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas, de todos los países a donde las había expulsado y las volveré a traer a sus pastos, para que ahí crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten. Ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá.

Miren: Viene un tiempo, dice el Señor, en que haré surgir un renuevo en el tronco de David: será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia. En sus días será puesto a salvo Judá, Israel habitará confiadamente y a él lo llamarán con este nombre: ‘El Señor es nuestra justicia’ “.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 22

R/. El Señor es mi pastor, nada me faltará.

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas. R/.

Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad. R/.

Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término. R/.

SEGUNDA LECTURA

Cristo es nuestra paz; él ha hecho de los judíos y de los no judíos un solo pueblo.

De la carta del apóstol san Pablo a los efesios: 2,13-18

Hermanos: Ahora, unidos a Cristo Jesús, ustedes, que antes estaban lejos, están cerca, en virtud de la sangre de Cristo.

Porque él es nuestra paz; él hizo de los judíos y de los no judíos un solo pueblo; él destruyó, en su propio cuerpo, la barrera que los separaba: el odio; él abolió la ley, que consistía en mandatos y reglamentos, para crear en sí mismo, de los dos pueblos, un solo hombre nuevo, estableciendo la paz, y para reconciliar a ambos, hechos un solo cuerpo, con Dios, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo al odio.

Vino para anunciar la buena nueva de la paz, tanto a ustedes, los que estaban lejos, como a los que estaban cerca.

Así, unos y otros podemos acercarnos al Padre, por la acción de un mismo Espíritu.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 10, 27 

R/. Aleluya, aleluya.

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen. R/.

EVANGELIO

Andan como ovejas sin pastor.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer.

Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo. La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.

Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Dios nuestro, que con la perfección de un único sacrificio pusiste fin a la diversidad de sacrificios de la antigua ley, recibe las ofrendas de tus fieles, y santifícalas como bendijiste la ofrenda de Abel, para que aquello que cada uno te ofrece en honor de tu gloria, sea de provecho para la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Apoc 3.20

Miren que estoy a la puerta y llamo, dice el Señor: Si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, muéstrate benigno con tu pueblo, y ya que te dignaste alimentarlo con los misterios celestiales, hazlo pasar de su antigua condición de pecado a una vida nueva. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Os daré pastores (Jr 23,1-6)

1ª lectura

En los capítulos anteriores de libro de Jeremías (21,1-22,30) se ha anunciado el destierro que habría de llegar y llegó como consecuencia de las infidelidades a la Alianza por parte de los reyes. Contra estos, por orden cronológico, han ido dirigidos los últimos oráculos. Ahora Jeremías mira al futuro y, mediante la imagen de los pastores, anuncia una nueva era en la que Dios mismo se ocupará de pastorear-regir a su pueblo (vv. 1-4); suscitará un nuevo rey que obrará la justicia (vv. 5-6); y, en consecuencia, la nueva situación nacida tras la vuelta del destierro será más gloriosa que la vivida tras el éxodo de Egipto (vv. 7-8).

San Juan Pablo II se apoya en este oráculo para subrayar la presencia continua de pastores que regirán el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia: «Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen: “Pondré al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas” (Jr 23,4).La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: “Yo soy el buen Pastor” (Jn 10,11). Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Hb 13,20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cfr Jn 21,15ss.; 1 P 5,2)» (San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 1).

La promesa del nuevo rey (vv 5-6) es clave para entender el pensamiento de Jeremías. El texto está repetido con pequeños retoques en 33,15-16. La expresión «vienen días» es frecuente en oráculos de salvación como referencia al tiempo escatológico, aunque también puede referirse a la vuelta del destierro. El «brote justo» que designa al rey venidero llegará a ser término técnico del Mesías, tanto en Zacarías (Za 3,8; 6,12) como en el Nuevo Testamento (cfr Lc 1,78): es «justo», «ejercerá la justicia» y será llamado «el Señor, nuestra Justicia». Tal insistencia indica, en primer lugar, que Jeremías quiere legitimar la subida al trono de Sedecías, nombre que significa «justicia del Señor»; pero también muestra que el futuro Mesías será descendiente legal de David, puesto que el Señor lo garantiza al llamarlo «brote justo» o brote legítimo. Y, sobre todo, enseña que en la nueva era reinará la justicia porque habrá paz y seguridad plena: será la época definitiva de salvación.

Jeremías, por tanto, anuncia la llegada de un descendiente de David, que aportará una nueva etapa de prosperidad y salvación. El de Anatot es el último profeta que habla de un Mesías-Rey, intermediario entre Dios y el pueblo. Con todo, el profeta promete la intervención inmediata de Dios (23,2).

Cristo es nuestra paz (Ef 2,13-18)

2ª lectura

El mensaje del Apóstol sigue dirigiéndose a los cristianos procedentes de la gentilidad para que, al contemplar el misterio de Cristo, no se jacten de autosuficiencia. La obra redentora de Cristo en la cruz ha producido el acercamiento y la paz entre judíos y gentiles (vv. 13-15), y también la reconciliación de ambos con Dios (vv. 16-18). Deben ser conscientes de que, por Jesucristo, han sido integrados en un solo pueblo junto con los judíos, y por tanto hechos partícipes de la herencia prometida por Dios al pueblo de Israel. Han sido llamados, con ellos, a formar parte de la familia de Dios, la Iglesia, edificada sobre los Apóstoles y los Profetas, con la solidez que le proporciona Cristo Jesús (vv. 19-22).

«La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar siempre —dice Juan Pablo II— aquella dimensión “vertical” de la división y de la reconciliación en lo que respecta a la relación hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece siempre sobre la dimensión “horizontal”, esto es, sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la reconciliación entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal reconciliación entre ellos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación que el pecado había levantado entre los hombres» (Reconciliatio et paenitentia, n. 7).

Descansad un poco (Mc 6,30-34)

Evangelio

Fácilmente, se percibe aquí la intensidad del ministerio público de Jesús. Era tal su dedicación que, por segunda vez (cfr 3,20), el evangelio hace notar que no tenía tiempo ni de comer.

Los Apóstoles participan también de esta entrega a los demás: tras las agotadoras jornadas de la misión apostólica, Jesús quiere llevarlos a descansar, pero las muchedumbres no se lo permiten. Los propósitos del Señor no dejan de ser una enseñanza práctica: «El Señor hace descansar a sus discípulos para enseñar a los que gobiernan que quienes trabajan de obra o de palabra no pueden trabajar sin interrupción» (S. Beda, In Marci Evangelium 2,5,31).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

La extrema misericordia del Señor

Mirad cómo en todo momento se retira el Señor: cuando Juan fue prendido, cuando se le mató, cuando los judíos oyeron decir que hacía muchos discípulos. Es que a la mayor parte de sus acciones les daba Él un sesgo más bien humano, pues todavía no era llegado el momento de revelar a plena luz su divinidad. De ahí que soliera mandar a sus discípulos que a nadie dijeran ser Él el Cristo o Mesías, pues esto lo quería revelar señaladamente después de su resurrección. De ahí también que no se mostrara muy duro con los judíos que, por de pronto, no creían en Él, sino que fácilmente los excusaba y perdonaba.

Al retirarse, empero, no se dirige a una ciudad, sino al desierto, y monta en una barca, con el fin de que no le siguiera nadie. Mas considerad, os ruego, cómo los discípulos de Juan se adhieren ahora más estrechamente a Jesús, pues ellos fueron los que le vinieron a dar la noticia de lo sucedido y, dejándolo todo, en Él buscaron un refugio para adelante. Así, no era poco lo que habían logrado tanto la desgracia del maestro como la respuesta que antes les diera Jesús mismo. —Mas ¿por qué razón no se retiró antes de que ellos le dijeran la noticia, cuando Él lo sabía todo antes de que vinieran a decirle nada? —Porque quería mostrar por todos los medios la verdad de su encarnación, y no quería que quedara probada sólo por la vista, sino también por sus obras. Sabía Él muy bien la astucia del diablo y cómo no había de dejar piedra por mover para destruir esa fe en la verdad de su encarnación.

Ahora bien, si Él se retira por esa razón que decimos, las muchedumbres ni aun así quisieron apartarse de su lado, sino que obstinadamente le fueron siguiendo, sin que el mismo drama de Juan los amedrentara. Tanto puede el amor, tanto puede la caridad, que lo vence todo y rompe por todos los obstáculos. Por eso, inmediatamente recibieron su recompensa. Porque, en saliendo—dice el evangelista—Jesús de la barca, vio una inmensa muchedumbre y hubo lástima de ellos y curó a sus enfermos. Cierto, pues, que era grande la adhesión de la muchedumbre; pero lo que Jesús hace sobrepasa la paga del más ardiente fervor. De ahí que el evangelista ponga por causa de estas curaciones la misericordia del Señor una extrema misericordia: Y los curó a todos. Aquí no exige el Señor fe a los enfermos. A la verdad, el acercarse a él, el abandonar sus ciudades, el irle buscando con tanta diligencia, el perseverar, no obstante el apremio del hambre, bastantemente ponía de manifiesto la fe que todos tenían en Él. También les ha de dar de comer; pero no quiere hacerlo por propio impulso, sino que espera a que se lo supliquen; pues, como alguna vez he dicho, guarda siempre el Señor la norma de no adelantarse a los milagros, sino esperar a que se los pidan.

—Y ¿por qué no se le acercó nadie de la muchedumbre a hablarle en favor de los demás? —Porque le tenían extraordinario respeto y, por otra parte, el deseo de estar a su lado no les dejaba sentir el hambre. Es más, ni los mismos discípulos, que se le acercaron, le dijeron: “Dales de comer”, pues sus disposiciones eran aún demasiado imperfectas. ¿Qué le dicen, pues? Venida la tarde—prosigue el evangelista—, acercáronsele sus discípulos para decirle: El lugar es desierto y la hora de comer ha pasado ya. Despacha a la muchedumbre, a fin de que vayan a comprarse qué comer. Porque, si aun después de cumplido el milagro, si aun después de los doce canastos de sobras, se olvidaron de él y cuando el Señor llamó levadura a la doctrina de los fariseos pensaron que les hablaba del pan ordinario, mucho menos podían esperar prodigio semejante antes de tener experiencia de lo que podía el Señor. Cierto que antes había curado a muchos enfermos; sin embargo, ni aun así pudieron barruntar el milagro de la multiplicación de los panes. Tan imperfectos eran por entonces.

(Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía 49, 1, BAC Madrid 1956, 52-54)

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FRANCISCO – Ángelus y Homilía de la Misa Crismal 2015

Ángelus 2015

Ver, tener compasión, enseñar

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos dice que los Apóstoles, tras la experiencia de la misión, regresaron contentos pero también cansados. Y Jesús, lleno de comprensión, quiso darles un poco de alivio; y es así que los lleva a un lugar desierto, a un sitio apartado para que descansaran un poco (cf. Mc 6, 31). «Muchos los vieron marcharse y los reconocieron... y se les adelantaron» (v. 33). Y es así que el evangelista nos ofrece una imagen de Jesús de especial intensidad, «fotografiando», por decirlo así, sus ojos y captando los sentimientos de su corazón, y dice así el evangelista: «Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (v. 34).

Retomemos los tres verbos de este sugestivo fotograma: vertener compasión, enseñar. Los podemos llamar los verbos del Pastor. Ver, tener compasión, enseñar. El primero y el segundo, ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con «los ojos del corazón». Estos dos verbos, ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra, es decir enseñar la Palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús nos enseña. ¡Es hermoso esto!

A la maternal intercesión de la Virgen María, que toda América Latina venera como patrona con el título de Nuestra Señora de Guadalupe, confío los frutos de este inolvidable viaje apostólico.

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El cansancio de los sacerdotes

Jueves Santo 2 de abril de 2015

«Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo» (Sal 89, 22), así piensa el Señor cuando dice para sí: «He encontrado a David mi servidor y con mi aceite santo lo he ungido» (Sal 89, 21). Así piensa nuestro Padre cada vez que «encuentra» a un sacerdote. Y agrega más: «Contará con mi amor y mi lealtad. Él me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva» (Sal 89, 25.27).

Es muy hermoso entrar, con el Salmista, en este soliloquio de nuestro Dios. Él habla de nosotros, sus sacerdotes, sus curas; pero no es realmente un soliloquio, no habla solo: es el Padre que le dice a Jesús: «Tus amigos, los que te aman, me podrán decir de una manera especial: “Tú eres mi Padre”» (cf. Jn 14, 21). Y, si el Señor piensa y se preocupa tanto en cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel no es fácil, es dura; nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la enfermedad y la muerte e incluso la consumación en el martirio.

El cansancio de los sacerdotes… ¿Sabéis cuántas veces pienso en esto: en el cansancio de todos vosotros? Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajáis en medio del pueblo fiel de Dios que os fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo (cf. Sal 140, 2; Ap 8, 3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre.

Estad seguros que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace notar enseguida al Señor. Ella, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más. «Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después hablaremos… ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?», nos dirá siempre que nos acerquemos a Ella (cf. Evangelii gaudium, 286). Y a su Hijo le dirá, como en Caná: «No tienen vino».

Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: «Venid a mí cuando estéis cansados y agobiados, que yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Cuando uno sabe que, muerto de cansancio, puede postrarse en adoración, decir: «Basta por hoy, Señor», y rendirse ante el Padre; uno sabe también que no se hunde sino que se renueva porque, al que ha ungido con óleo de alegría al pueblo fiel de Dios, el Señor también lo unge, «le cambia su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, su abatimiento en cánticos» (Is 61, 3).

Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender a descansar! En esto se juega nuestra confianza y nuestro recordar que también somos ovejas y necesitamos que el Pastor nos ayude. Pueden ayudarnos algunas preguntas a este respecto.

¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me da el pueblo fiel de Dios? O, luego del trabajo pastoral, ¿busco descansos más refinados, no los de los pobres sino los que ofrece el mundo del consumo? ¿El Espíritu Santo es verdaderamente para mí «descanso en el trabajo» o sólo aquel que me da trabajo? ¿Sé pedir ayuda a algún sacerdote sabio? ¿Sé descansar de mí mismo, de mi auto-exigencia, de mi auto-complacencia, de mi auto-referencialidad? ¿Sé conversar con Jesús, con el Padre, con la Virgen y San José, con mis santos protectores amigos para reposarme en sus exigencias –que son suaves y ligeras–, en sus complacencias –a ellos les agrada estar en mi compañía–, en sus intereses y referencias –a ellos sólo les interesa la mayor gloria de Dios–? ¿Sé descansar de mis enemigos bajo la protección del Señor? ¿Argumento y maquino yo solo, rumiando una y otra vez mi defensa, o me confío al Espíritu Santo que me enseña lo que tengo que decir en cada ocasión? ¿Me preocupo y me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo: «Sé en Quién me he confiado» (2Tm 1, 12)?

Repasemos un momento las tareas de los sacerdotes que hoy nos proclama la liturgia: llevar a los pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. E Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos.

No son tareas fáciles, exteriores, como por ejemplo el trabajo material –construir un nuevo salón parroquial, o delinear una cancha de fútbol para los jóvenes del Oratorio… –; las tareas mencionadas por Jesús implican nuestra capacidad de compasión, son tareas en las que nuestro corazón es «movido» y conmovido. Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido… Tantas emociones… Si tenemos el corazón abierto, esta mención y tanto afecto fatigan el corazón del Pastor. Para nosotros sacerdotes las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece comido por la gente: «Tomad, comed». Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: «Tomad y comed, tomad y bebed…». Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios… que siempre, siempre cansa.

Quisiera ahora compartir con vosotros algunos cansancios en los que he meditado.

Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, de las multitudes»: para el Señor, como para nosotros, era agotador –lo dice el evangelio–, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí…, no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf. Evangelii gaudium, 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. Evangelii gaudium, 279). ¡Qué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad con vidrios polarizados. Y este cansancio es bueno, es sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja…, pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños. Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba (cf. Evangelii gaudium, 97). Somos los amigos del Novio, esa es nuestra alegría. Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de padres… Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir: «Venid a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25, 34).

También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra de Dios, trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. Evangelii gaudium, 83). El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de aprender a neutralizar –es un hábito importante: aprender a neutralizar–: neutralizar el mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante la espesura de la iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No temáis, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y esta palabra nos dará fuerza.

Y por último –para que esta homilía no os canse demasiado– está también «el cansancio de uno mismo» (cf. Evangelii gaudium, 277). Es quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a trabajar (somos los que cuidamos). Este cansancio, en cambio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón, de ayuda: este pide ayuda y va adelante. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (Ap 2, 3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa y, a la larga, cansa mal.

La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1): la escena del lavatorio de los pies. Me gusta contemplarla como el lavatorio del seguimiento. El Señor purifica el seguimiento mismo, él se «involucra» con nosotros (cf. Evangelii gaudium, 24), se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano smog untuoso que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre.

Sabemos que en los pies se puede ver cómo anda todo nuestro cuerpo. En el modo de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las llagas de los pies, las torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos nos metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes praderas y a las fuentes tranquilas (cf. Evangelii gaudium, 270). El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Eso es sagrado. No permite que quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa, la suciedad del trabajo él la lava.

El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos sintamos con derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas» y nos animemos así a salir e ir «hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a los más abandonados, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Y, por favor, pidamos la gracia de aprender a estar cansados, pero ¡bien cansados!

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2012

Dios quiere para nosotros la vida

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos vuelve a proponer un tema fundamental y siempre fascinante de la Biblia: nos recuerda que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, quiere guiarnos a buenos pastos, donde podamos alimentarnos y reposar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es precisamente la plenitud de la vida. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización. En el Evangelio de hoy Jesús se presenta como Pastor de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Su mirada sobre la gente es una mirada por así decirlo «pastoral». Por ejemplo, en el Evangelio de este domingo se dice que, «habiendo bajado de la barca, vio una gran multitud; tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34). Jesús encarna a Dios Pastor con su modo de predicar y con sus obras, atendiendo a los enfermos y a los pecadores, a quienes están «perdidos» (cf. Lc 19, 10), para conducirlos a lugar seguro, a la misericordia del Padre.

Entre las «ovejas perdidas» que Jesús llevó a salvo hay también una mujer de nombre María, originaria de la aldea de Magdala, en el lago de Galilea, y llamada por ello Magdalena. Hoy es su memoria litúrgica en el calendario de la Iglesia. Dice el evangelista Lucas que Jesús expulsó de ella siete demonios (cf. Lc 8, 2), o sea, la salvó de un total sometimiento al maligno. ¿En qué consiste esta curación profunda que Dios obra mediante Jesús? Consiste en una paz verdadera, completa, fruto de la reconciliación de la persona en ella misma y en todas sus relaciones: con Dios, con los demás, con el mundo. En efecto, el maligno intenta siempre arruinar la obra de Dios, sembrando división en el corazón humano, entre cuerpo y alma, entre el hombre y Dios, en las relaciones interpersonales, sociales, internacionales, y también entre el hombre y la creación. El maligno siembra guerra; Dios crea paz. Es más, como afirma san Pablo, Cristo «es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad» (Ef 2, 14). Para llevar a cabo esta obra de reconciliación radical, Jesús, el Buen Pastor, tuvo que convertirse en Cordero, «el Cordero de Dios... que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Sólo así pudo realizar la estupenda promesa del Salmo: «Sí, bondad y fidelidad me acompañan / todos los días de mi vida, / habitaré en la casa del Señor / por años sin término» (22/23, 6).

Queridos amigos: estas palabras nos hacen vibrar el corazón, porque expresan nuestro deseo más profundo; dicen aquello para lo que estamos hechos: la vida, la vida eterna. Son las palabras de quien, como María Magdalena, ha experimentado a Dios en la propia vida y conoce su paz. Palabras más ciertas que nunca en los labios de la Virgen María, que ya vive para siempre en los pastos del Cielo, donde la condujo el Cordero Pastor. María, Madre de Cristo nuestra paz, ruega por nosotros.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco

En el Evangelio de hoy leemos:

«Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado».

Como de costumbre, no pudiendo detenemos en todo, escogemos un tema o la palabra, que destaca sobre las demás. Esta vez tal tema es el reposo o descanso. Jesús invita a sus discípulos a separarse de la muchedumbre, de su trabajo, y a retirarse con él a un «sitio tranquilo y apartado». Les enseña a hacer lo que hacía él: a equilibrar la acción y la contemplación, a pasar del contacto con la gente al diálogo secreto y regenerador consigo mismo y con Dios.

El tema manifestado es de gran importancia y actualidad. Si me seguís, esta vez hagamos el elogio... de la lentitud. El ritmo de la vida ha tomado una tal velocidad que supera nuestras capacidades de adaptación. «Daos prisa lentamente», decían los latinos. Hoy se ha anulado el adverbio, lentamente, y se obedece sólo al verbo: date prisa, corre, apresúrate. El correr ha llegado a ser frecuentemente como un frenesí y una enfermedad. Se dice: «Quien se para está perdido»; pero, perdido está también quien no se para nunca. Está perdido detrás de las palabras, imágenes, informaciones, emociones, que cambian vertiginosamente y se consumen rápidamente, sin que haya posibilidad de acercarse a ellas con tranquilidad y albergarlas dentro de los propios espacios cognoscitivos y afectivos. Sucede, por el contrario, que en vez de integrar las cosas dentro de sí, son las personas a prodigarse en las cosas. Se llega a ser como engranajes de una máquina, que no se para nunca. ¿Recordáis la escena de Charlot en las tomas con la cadena de montaje en Tiempos modernos? Es la imagen exacta de esta situación.

De este modo, se pierde la capacidad del distanciamiento crítico, que permite ejercer un dominio sobre el fluir, frecuentemente caótico y descompuesto, de los acontecimientos y de las experiencias cotidianas. La vida, entonces, ya no es un viaje, sino una simple transferencia. No se tiene tiempo de entender y de gozar de lo que la vida ofrece día a día. Es como viajar en una autopista con la sola preocupación de superar la distancia con el menor tiempo posible sin gozar nada del paisaje por el que se atraviesa. Uno puede encontrarse en el otro fin de la existencia sin haberse dado cuenta de haber vivido.

Jesús en el Evangelio no da nunca la impresión de estar asfixiado por la prisa. A veces, hasta pierde el tiempo: todos lo buscan y él no se deja encontrar, absorto como está en la oración. En nuestro fragmento evangélico de hoy invita, asimismo, a sus discípulos a perder tiempo con él: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Recomienda frecuentemente no afanarse. Asimismo, nuestro físico ¡cuánto beneficio recibe de la «lentitud»!

Si la lentitud tiene connotaciones evangélicas es importante valorar todas las ocasiones de descanso o de tardanza, que están esparcidas a lo largo de la sucesión de los días. El domingo, las fiestas, si se utilizan bien, dan la posibilidad de cortar el ritmo de vida demasiado excitado y de establecer una relación más armónica con las cosas, las personas y, sobre todo, consigo mismo y con Dios.

Una de estas ocasiones de descanso son en la actualidad precisamente los días de vacaciones veraniegas. Éstas son para la mayoría de las personas, la única ocasión para descansar un poco, para dialogar con el propio cónyuge de un modo distendido, jugar con los hijos, leer cualquier buen libro o contemplar en silencio la naturaleza; en suma, para relajarse. Hacer de las vacaciones un tiempo más frenético que el resto del año significa arruinarlas. Al mandamiento: «Guardarás el día del sábado para santificarlo» sería necesario añadirle: «Acuérdate de santificar los días de vacaciones». Entre otras cosas, la palabra «feria», en su origen y también en el uso actual de la liturgia, significa precisamente «jornada dedicada al culto». Para no hablar de holiday, el término inglés, que significa a la letra «días santos».

En estas ocasiones de descanso, es necesario olvidar que se es una persona importante, tener cosas trascendentales que hacer. Perder tiempo es, a veces, el modo mejor de reencontrarlo. El verdadero tiempo perdido es el que consumo fuera de mí, en la agitación, sin jamás plantearme las preguntas esenciales: «¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Dónde voy?»; sin pensar nunca que hay un Dios; y que yo, precisamente yo, existo ante este Dios. «Basta ya (a la letra: vagad, tomaos una vacación) y sabed que yo soy Dios», dice el Señor (Salmo 46,11). Pasar un período de reposo y de recogimiento es también (para decirlo con M. Proust) un ir «a la búsqueda del tiempo perdido».

Esta exigencia de tiempos de soledad y de escucha se nos plantean de un modo especial a los anunciadores o predicadores del Evangelio y a los animadores de la comunidad cristiana, que deben estar constantemente en contacto con la fuente de la vida y de la Palabra, que han de transmitir a los hermanos. Los laicos debieran alegrarse, no sentirse abandonados, cada vez que el propio sacerdote se ausenta durante un tiempo para una «recarga» intelectual y espiritual. El discurso, sin embargo, vale para todos aunque de un modo distinto. De igual forma, un profesional, un hombre político, un obrero, un padre y una madre de familia, un joven, tienen necesidad de apartarse de tanto en tanto del propio trabajo, para descubrir su sentido y sus motivaciones.

Leamos ahora, no obstante, el resto del fragmento evangélico de hoy, porque también él tiene algo que decirnos sobre el aislamiento:

«Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces, de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma».

La vacación de Jesús con los apóstoles ha sido de poca duración. Justo una pausa como de un respiro, el tiempo para atravesar el lago en barca y pararse quizás de tanto en tanto para pescar algo. Jesús no se irrita con la gente, que no le da tregua, sino que les siente «lástima», porque «andaban como ovejas sin pastor» (Mateo 9, 36).

Esto nos dice que frente a una situación de grave necesidad del prójimo es necesario estar dispuestos a interrumpir, asimismo, el merecido descanso. No se puede, por ejemplo, abandonarle a sí mismo o aparcar en un hospital a un anciano, que está al propio cargo, para gozar sin estorbos los días de feria o de vacación. No podemos olvidar a tantas personas, a las que la soledad no les da elección, sino que la sufren, y no durante alguna semana o mes, sino durante años, quizás durante toda la vida.

La escucha del Evangelio debiera, igualmente en este caso, llevarnos a una resolución práctica. Para algunos sugiero ésta: mirar alrededor y ver si hay alguien al que ayudar para sentirse menos solo en la vida; con una visita, una telefoneada, una invitación a encontrarse un día en el lugar de vacaciones; en suma, lo que el corazón y las circunstancias sugieran. A otros, si en la vida no lo han hecho nunca, les sugiero probar a entrar en una iglesia o en una capilla del monte (si se está en la montaña) en una hora, en que está solitaria, y transcurrir allí algo de tiempo «aparte», solos consigo mismos, ante Dios. No importa si parece que allí no se tiene nada que decir. Un día el gran poeta Paul Claudel, que había sido también embajador de Francia en el Japón, entró en pleno verano en una iglesia alrededor del mediodía y escuchad la oración, que le hizo a la Virgen, que os puede ayudar:

«Es mediodía. Veo la iglesia abierta.

Es necesario entrar.

Madre de Jesucristo, no vengo para rezar.

No tengo nada que ofrecer y

nada que pedir.

Vengo solamente, oh Madre, a mirarte...

No quiero decir nada,

mirar sólo vuestro rostro.

y dejar cantar al corazón

en su propio lenguaje».

Dejar «cantar» al corazón... o llorar, según los casos.


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