Diumenge XI del Temps Ordinari (cicle B): el Regne de Déu requereix la nostra col·laboració, però és, sobretot, iniciativa i do del Senyor

La litúrgia d'avui ens ofereix dues breus paràboles de Jesús: la de la llavor que creix per si mateixa i la del gra de mostassa (cf. Mc. 4, 26-34). A través d'imatges del món de l'agricultura, el Senyor presenta el misteri de la Paraula i del Regne de Déu, i indica les raons de la nostra esperança i del nostre compromís.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 26. 7 9

Oye, Señor, mi voz y mis clamores. Ven en mi ayuda no me rechaces, ni me abandones, Dios, salvador mío.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, fortaleza de los que en ti esperan, acude bondadoso, a nuestro llamado y puesto que sin ti nada puede nuestra humana debilidad, danos siempre la ayuda de tu gracia, para que, en cumplimiento de tu voluntad, te agrademos siempre con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Elevaré los árboles pequeños.

Del libro del profeta Ezequiel: 17, 22-24

Esto dice el Señor Dios: “Yo tomaré un renuevo de la copa de un gran cedro, de su más alta rama cortaré un retoño. Lo plantaré en la cima de un monte excelso y sublime. Lo plantaré en la montaña más alta de Israel. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro magnifico. En él anidarán toda clase de pájaros y descansarán al abrigo de sus ramas.

Así, todos los árboles del campo sabrán que yo, el Señor, humillo los árboles altos y elevo los árboles pequeños; que seco los árboles lozanos y hago florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré”. 

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 91

R/. ¡Qué bueno es darte gracias, Señor!

¡Qué bueno es darte gracias, Dios altísimo, y celebrar tu nombre, pregonando tu amor cada mañana y tu fidelidad, todas las noches! R/.

Los justos crecerán como las palmas, como los cedros en los altos montes; plantados en la casa del Señor, en medio de sus atrios darán flores. R/.

Seguirán dando fruto en su vejez, frondosos y lozanos como jóvenes, para anunciar que en Dios, mi protector, ni maldad ni injusticia se conocen. R/.

SEGUNDA LECTURA

En el destierro o en la patria, nos esforzamos por agradar al Señor.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 5, 6-10

Hermanos: Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor.

Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO

R/. Aleluya, aleluya.

La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra vivirá para siempre. R/.

EVANGELIO

El hombre siembra su campo sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 4, 26-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Tú que con este pan y este vino que te presentamos das al género humano el alimento que lo sostiene y el sacramento que lo renueva, concédenos, Señor, que nunca nos falte esta ayuda para el cuerpo y el alma. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 17, 11

Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que, como nosotros, sean uno, dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, que esta santa comunión, que acabamos de recibir, así como significa la unión de los fieles en ti, así también lleve a efecto la unidad en tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El cedro (Ez 17,22-24)

1ª lectura

Lo peculiar de esta imagen del cedro que describe la restauración final es la insistencia en la acción de Dios mediante la repetición explícita del pronombre de primera persona «Yo» («Yo voy a llevarme…», «Yo, el Señor, he humillado…», «Yo, el Señor, lo digo…»). Tras los desastres del destierro de Babilonia, descritos en los versículos anteriores, el Señor interviene directamente para devolver la esperanza de salvación.

El «renuevo» de las ramas del cedro (v. 22) alude al retoño del árbol de David (cfr Is 11,1) y simboliza la instauración del reino mesiánico.

Las palabras del v. 23 evocan el relato del diluvio. Allí se dice que «todos los pájaros y seres alados» entraron en el arca (Gn 7,14), indicando así que la salvación alcanzó a todas las especies. En el poema del cedro enseñan que el reino mesiánico, el nuevo Israel, es universal y todas las naciones participarán de la salvación traída por el Mesías. No es extraño por eso que nuestro Señor Jesucristo utilizara una imagen semejante para describir el Reino de Dios: el reino es como un grano de mostaza que crece y que «llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas» (Mt 13,32).

«Yo, el Señor, he humillado al árbol elevado» (v. 24). El Señor, una vez más, es el protagonista de la historia del pueblo. Él es el autor de la vida, que da vigor a lo que está seco, y de la muerte, haciendo que lo más lozano perezca. Él se muestra inflexible ante los arrogantes que no le aceptan (cfr 31,10-14). El Nuevo Testamento repetirá de mil maneras el valor de la humildad: «El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,12).

Nos empeñamos en agradar a Dios (2 Co 5,6-10)

2ª lectura

A la vez que la esperanza de bienes tan grandes hace a San Pablo desear con ansia vivir junto al Señor (5,8), no pierde de vista que ahora ha de esforzarse por agradar a Dios, pensando en su encuentro con Cristo (5,9-10). El pasaje nos habla de la existencia del juicio particular: «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022). La sentencia de premio o castigo depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer. Las palabras de San Pablo nos exhortan a esforzarnos en esta vida por ser gratos al Señor: ¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar? (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 746).

La semilla y el grano de mostaza (Mc 4,26-34)

Evangelio

La sencillez de las parábolas de la semilla y del grano de mostaza podría velarnos su trasfondo. Contienen la idea de crecimiento, con diversas posibilidades de aplicación: la de la semilla habla de la eficacia intrínseca del Reino y de su desarrollo progresivo (v. 27); la del grano de mostaza, de la desproporción entre el origen, cuando es la más pequeña de las semillas (v. 31), y el final, cuando es como un árbol grandioso (v. 32). La semilla es fecunda, pero necesita que nosotros seamos la buena tierra que la acoge; después, vendrá el fruto de la virtud: «Cuando concebimos buenos deseos, echamos las semilla en la tierra; cuando comenzamos a obrar bien, somos hierba, y cuando, progresando en el buen obrar, crecemos, llegamos a espigas, y cuando ya estamos firmes en obrar el bien con perfección, ya llevamos en la espiga el grano maduro» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem 2,3,5).

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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

El grano de mostaza

Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I)

¿A qué es semejante el reino de Dios y a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que toma un hombre y lo arroja en el huerto, y crece y se convierte en un árbol y las aves del cielo anidan en sus ramas. La presente lectura nos enseña que en las comparaciones hemos de atender a la naturaleza y no a la apariencia. Veamos, pues, por qué el sublime reino de los cielos se compara a un grano de mostaza; pues recuerdo que también el grano de mostaza es comparado, en otro pasaje, a la fe, cuando dice el Señor: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: arrójate al mar (Mt 12,20). Y, realmente, no es mezquina, sino verdaderamente grande esa fe que tiene tal potencia, que es capaz de imperar a un monte para que cambie de lugar; el Señor tampoco exige una fe mediocre a sus apóstoles, porque sabe que ellos deben combatir contra la potencia y soberbia del espíritu del mal. ¿Quieres saber por qué hace falta una gran fe? Lee lo que dice el Apóstol: Y si yo tuviera una fe tal que fuera capaz de trasladar los montes (1 Cor 13,2).

Luego, si tanto al reino de los cielos como a la fe se les compara al grano de mostaza, no se puede dudar que la fe es el reino de los cielos, y el reino de los cielos es una realidad que en nada difiere de la fe. Por tanto, quien tiene la fe posee el reino de los cielos, reino que está dentro de nosotros como está dentro de nosotros la fe; y así leemos: El reino de Dios está dentro de vosotros (Mc 11,22), y en otra parte: Guardad la fe en vuestro interior (Mt 16,19). Y por eso Pedro, que tanta fe tuvo, recibió las llaves del reino de los cielos y poder de abrir este reino también a los otros.

Ahora, a través de la naturaleza de la mostaza, examinemos el contenido de esta comparación. No hay duda de que su grano es algo vil y pequeñísimo; y solamente cuando se le tritura es cuando esparce su fuerza. También la fe parece al principio algo simple, pero, una vez puesta a prueba por la adversidad, expande la gracia de su valor, hasta tal punto que con su perfume embriaga a todos los que oyen o leen algo sobre ella. Grano de mostaza son nuestros mártires Félix, Nabor y Víctor, los cuales, aunque lo tenían oculto, llevaban en sí mismos el buen olor de la fe. Pero con la venida de la persecución depusieron sus armas, ofrecieron sus cuellos y, una vez muertos por la espada, derramaron por los confines de todo el mundo la belleza de su martirio; y por eso se dice con toda razón: Su eco se ha propagado por toda la tierra (Ps 18,5).

Pero la fe unas veces es triturada, otras oprimida y otras sembrada. El mismo Señor es también un grano de mostaza. Él estaba lejos de cualquier clase de falta, pero, al igual que en el ejemplo del grano de mostaza, el pueblo, por no conocerlo, no tuvo contacto con Él. Y prefirió ser triturado, con el fin de que pudiéramos decir: Nosotros somos delante de Dios el buen olor de Cristo (2 Cor 2,15); prefirió también ser oprimido, y por eso dijo Pedro: Las turbas te oprimen (Lc 8,45); y, finalmente, prefirió ser sembrado como el grano que un hombre toma y lo arroja en su huerto. Y así fue, en efecto: Cristo fue apresado y sepultado en un huerto, en un huerto creció, y en un huerto resucitó y se hizo árbol, como está escrito: Como un manzano entre los árboles silvestres es mi amado entre los mancebos (Cant 2,3).

Por tanto, siembra tú también en tu huerto a Cristo —la realidad de un huerto no es otra que un lugar pletórico de gran variedad de flores y frutos—, en el cual florezca la belleza de tus obras y se respire el multiforme olor de las diversas virtudes. Y por eso, que allí donde haya algún fruto, esté presente Cristo. Siembra al Señor Jesús: Él es grano cuando es apresado, y en el momento de resucitar se convierte en ese árbol que da sombra al mundo; cuando es sepultado, es también grano, que se hace árbol cuando sube al cielo.

Coge también con Cristo la fe y siémbrala en ti. Siempre que creemos en Cristo crucificado, hemos cogido la fe. Pablo cogió cuando dijo: Y yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabiduría; ya que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Cristo, y éste crucificado (1 Cor 2,1ss). Y porque él aprendió a apresar la fe, aprendió también a elevarse, y así dijo: porque a Cristo crucificado ya no le conocemos (2 Cor 5,16).

Y, finalmente, sembramos la fe, cuando, a través de la lectura del Evangelio y de los escritos apostólicos y proféticos, creemos en la pasión del Señor. Sembramos, pues, la fe, cuando la sepultamos en la tierra abonada y preparada de la carne del Señor, para que esta fe, con el espíritu y la dulce opresión de su cuerpo divino, se propague por su propia virtud. Y así todo el que crea que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, creerá que murió y resucitó por nosotros. Yo, pues, siembro la fe cuando la entierro dentro de mí.

¿Quieres saber mejor por qué Cristo es como un grano y por qué fue sembrado? Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará consigo mucho fruto (Jn 12,24). Luego no nos hemos equivocado al decir que esto era algo que El mismo había dicho. Él es, a la vez un grano de trigo, porque fortalece el corazón del hombre (Ps 103,15), y de mostaza, porque infunde calor en el corazón del mismo hombre. Y aunque ambas especies de grano parecen cuadrar plenamente, sin embargo, resulta más exacto el grano de trigo cuando se trata de su resurrección; porque Él es el pan de Dios que ha bajado del cielo (Jn 6,33), y por eso, la palabra de Dios y la realidad de la resurrección alimenta las mentes, agudiza la esperanza, e intensifica el amor; mientras que el grano de mostaza, por ser más amargo y áspero, se aplica mejor a la pasión del Señor, puesto que ese amargor invita a las lágrimas y esa aspereza a la compasión. Así, cuando leemos u oímos que el Señor ayunó, que tuvo hambre, que lloró, que fue flagelado y que en el momento de su pasión dijo: Vigilad y orad para no caer en la tentación (Mt 26,4), agarrándonos, por así decirlo, al amargo sabor de su palabra y con su ayuda, lograremos renunciar aun a los más agradables placeres del cuerpo. Luego el que siembra el grano de mostaza, siembra el reino de los cielos.

Y no desprecies este grano de mostaza; es cierto que es el más pequeño de todos los granos, pero, cuando crece, llega a ser la mayor de todas las plantas. Si este grano de mostaza es Cristo, ¿cómo puede ser este Cristo el menor o estar sujeto a crecimiento? Realmente por naturaleza no puede crecer, pero lo hace según la apariencia. ¿Quieres saber en qué sentido es el más pequeño? Atiende: Le hemos visto y no tenía apariencia ni belleza (Is 53,2). Y mira ahora cómo es el mayor: Eres el más hermoso de los hijos de los hombres (Ps 44,3). En efecto, Aquel que no tenía apariencia ni belleza, ha venido a ser superior a los ángeles (Hebr 1,4), sobrepasando a toda la gloria de los profetas, a los que Israel, por estar enfermo, había comido como verduras; y es que unos no creyeron y otros no recibieron ese pan que fortalece los corazones.

Y Cristo es semilla, puesto que es descendiente de Abrahán; pues las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. No dijo a sus descendencias, como hablando de muchas, sino de una sola. Y a tu descendencia que es Cristo (Gal 116). Pero no solamente Cristo es semilla, sino también la más pequeña entre todas, porque no vino con poder temporal, ni entre riquezas, ni poseyendo la sabiduría de este mundo. No obstante, pronto consiguió, como si se tratara de un árbol, la más elevada cima de poder, para que pudiéramos decir: A su sombra he anhelado sentarme (Cant 2,3). Y son muchas veces, al parecer, las que El aparece al mismo tiempo como grano y como árbol. El grano, cuando decían de El: ¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero? (Mt 13,55; Lc 4,22). Pero pronto creció entre estas palabras, siendo testigos los mismos judíos, aunque no podían comprender las ramas de un árbol de tal altura, y por eso decían: ¿De dónde le viene esta sabiduría? (Mt 13,54).

Por eso el grano es como un símbolo, mientras que el árbol representa a la sabiduría, en cuyas frondosas ramas ha encontrado su morada segura no sólo el ave nocturna que ya tenía su nido, y el pájaro solitario que vivía en el tejado (Ps 101,7), sino también el que fue arrebatado al paraíso (2 Cor 12,4) y el que será transportado sobre el aire y las nubes (1 Tes 4,16). Allí también descansan las potestades, y los ángeles del cielo y todos los que merecieron subir por haber sometido su conducta a las normas del espíritu. Allí descansó Juan, cuando se recostó sobre el pecho de Jesús; y aún mejor es decir que aquél brotó como una rama alimentada con la savia de este árbol. Otra rama es Pedro y otra Pablo, que, olvidando lo que ya quedó atrás, se lanza en persecución de lo que tiene delante (Flp 3,13). Nosotros que nos hemos sentido angustiados durante tanto tiempo en el vacío de este mundo, por la tempestad y la agitación del espíritu del mal, una vez congregados de todas las naciones y después de tomar las alas de la virtud, nos hemos levantado hasta el propósito de cumplir no sólo lo esencial, sino también lo accidental de la predicación apostólica, de la que antes estuvimos tan lejos, y esto para que la sombra de los santos nos defienda del calor asfixiante de este mundo, y así, ya habitemos en la tranquilidad de una morada segura.

Y una vez que esa alma nuestra, encorvada antes, como aquella mujer, bajo el peso de los pecados, al sentirse libre ahora, como el pájaro que ha sido liberado de la red de los cazadores (Ps 123,7), podrá levantar su vuelo hacia las ramas y los montes del Señor (cf. Ps 10,1). Así, pues, antes estábamos cautivos de las superfluas observancias de la vanidad y la ligereza del vicio, pero ahora, por el contrario, desatadas nuestras manos por la fe de Cristo y libres de las cadenas de la ley del sábado, nos esforzamos por hacer buenas obras, por lo cual, aun en los mismos banquetes, respetamos nuestra libertad y evitamos la intemperancia, para que, ya que estamos libres de la ley, no seamos esclavos de los placeres. Porque es cierto que la Ley nos ligó a ella para que no ambicionásemos los placeres. Pero la gracia que suprime una esclavitud menor, ordena cosas mucho más arduas: Todo me es lícito, pero no todo conviene (1 Cor 6,12); pues resulta verdaderamente bochornoso usar del poder para volver a ser esclavo suyo. Deja, por tanto, de ser súbdito de la Ley para que, por medio de la virtud, puedas estar por encima de la Ley.

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FRANCISCO – Ángelus 2015 - Homilía en Santa Marta (13.XI.2014)

Ángelus 2015

El Reino de Dios requiere nuestra colaboración

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy está formado por dos parábolas muy breves: la de la semilla que germina y crece sola, y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26–34). A través de estas imágenes tomadas del mundo rural, Jesús presenta la eficacia de la Palabra de Dios y las exigencias de su Reino, mostrando las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso en la historia.

En la primera parábola la atención se centra en el hecho que la semilla, echada en la tierra, se arraiga y desarrolla por sí misma, independientemente de que el campesino duerma o vele. Él confía en el poder interior de la semilla misma y en la fertilidad del terreno. En el lenguaje evangélico, la semilla es símbolo de la Palabra de Dios, cuya fecundidad recuerda esta parábola. Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha. Dios ha confiado su Palabra a nuestra tierra, es decir, a cada uno de nosotros, con nuestra concreta humanidad. Podemos tener confianza, porque la Palabra de Dios es palabra creadora, destinada a convertirse en «el grano maduro en la espiga» (v. 28). Esta Palabra si es acogida, da ciertamente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos que no siempre podemos verificar y de un modo que no conocemos (cf. v. 27). Todo esto nos hace comprender que es siempre Dios, es siempre Dios quien hace crecer su Reino —por esto rezamos mucho «venga a nosotros tu Reino»—, es Él quien lo hace crecer, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se regocija por la acción creadora divina y espera con paciencia sus frutos.

La Palabra de Dios hace crecer, da vida. Y aquí quisiera recordaros otra vez la importancia de tener el Evangelio, la Biblia, al alcance de la mano —el Evangelio pequeño en el bolsillo, en la cartera— y alimentarnos cada día con esta Palabra viva de Dios: leer cada día un pasaje del Evangelio, un pasaje de la Biblia. Jamás olvidéis esto, por favor. Porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del reino de Dios.

La segunda parábola utiliza la imagen del grano de mostaza. Aun siendo la más pequeña de todas las semillas, está llena de vida y crece hasta hacerse «más alta que las demás hortalizas» (Mc 4, 32). Y así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante.

Para entrar a formar parte de él es necesario ser pobres en el corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser importantes ante los ojos del mundo, sino preciosos ante los ojos de Dios, que tiene predilección por los sencillos y humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que fermenta toda la masa del mundo y de la historia.

De estas dos parábolas nos llega una enseñanza importante: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es, sobre todo, iniciativa y don del Señor. Nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si se la sitúa en la obra de Dios no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, las injusticias y los sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz germina y se desarrolla, porque el amor misericordioso de Dios hace que madure.

Que la santísima Virgen, que acogió como «tierra fecunda» la semilla de la divina Palabra, nos sostenga en esta esperanza que nunca nos defrauda.

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Homilía (13.XI.14)

En el reino de Dios con un euro

¿Cómo debe ser nuestra fe? Es la pregunta de los apóstoles y es también la nuestra. La respuesta es: “una fe enmarcada en el servicio” a Dios y al prójimo. Un servicio humilde, gratuito, generoso, nunca “por la mitad”.

Ya está aquí el reino de Dios en la santidad escondida de todos los días que viven esas familias que llegan a finales de mes con menos de un euro solamente. Pero que no ceden a la tentación de pensar que el reino de Dios sea sólo un espectáculo. Quizás como esos que hacen del sacramento una caricatura, transformándolo en una feria de vanidad y de hacerse ver. Así el Papa Francisco, en la misa del jueves 13, volvió a relanzar el compromiso de vivir la fe con perseverancia, día tras día, dejando campo libre al Espíritu Santo en el silencio, en la humildad y en la adoración; y proponiendo las verdaderas características del reino de Dios.

Precisamente el hecho de que Jesús hablase mucho del reino de Dios había convertido en “curiosos” también a los fariseos. Tanto que -se lee en el Evangelio de san Lucas (Lc 17, 20-25)- llegan a preguntarle: “¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?”. Y “Jesús responde claro: el reino de Dios no viene aparatosamente; ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros”.

En efecto, señaló el Papa, “Cuando Jesús explicaba en las parábolas cómo era el reino de Dios, utilizaba siempre palabras serenas, tranquilas” y utilizaba “también figuras que decían que el reino de Dios estaba escondido”. Así, Jesús compara el reino a “un mercader que busca perlas finas aquí y allá” o bien, a “otro que busca un tesoro escondido en la tierra”. O decía que era “como una red que acoge a todos o como la semilla de mostaza, pequeñita, que luego llega a ser un árbol grande”.

En definitiva, puntualizó el Papa, “el reino de Dios no es un espectáculo”. Precisamente “el espectáculo, muchas veces, es la caricatura del reino de Dios”. En cambio, “el reino de Dios es silencioso, crece dentro; lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad”. Pero “crece lentamente, silenciosamente”.

En el relato de san Lucas, Jesús vuelve a lanzar su discurso y pregunta: “¿vosotros queréis ver el reino de Dios?”. Y explica: “Os dirán: ¡está allá! o ¡está aquí! ¡No vayáis! ¡No les sigáis! Porque el reino de Dios vendrá como el fulgor del relámpago, en un instante”. Sí, “se manifestará al instante, está dentro”. Pero, destacó el Pontífice, “pienso en cuántos son los cristianos que prefieren el espectáculo en vez del silencio del reino de Dios”.

Al respecto, el Papa sugirió un breve examen de conciencia para no caer en la tentación del espectáculo preguntando: “¿Tú eres cristiano? ¡Sí! ¿tú crees en Jesucristo? ¡Sí! ¿Crees en los sacramentos? ¡Sí! ¿Crees que Jesús está allí y que ahora viene aquí? ¡Sí, sí, sí!”. Y, entonces, “¿por qué no vas a adorarlo, por qué no vas a la misa, por qué no comulgas, por qué no te acercas al Señor”, para que su reino “crezca” dentro de ti? Por lo demás, afirmó, “el Señor jamás dice que el reino de Dios es un espectáculo”. Cierto, explicó, “es una fiesta, pero es distinto. Es una fiesta bellísima, una gran fiesta. Y el cielo será una fiesta, pero no un espectáculo”.

Y es lo que sucede, a veces, “en las celebraciones de algunos sacramentos”, dijo invitando a pensar especialmente en las bodas. Tanto que tenemos que preguntarnos: “¿Esta gente vino a recibir un Sacramento, a hacer fiesta como en Caná de Galilea, o vino hacer el espectáculo de la moda, de hacerse ver, de la vanidad?”. Pero, se lee en san Lucas, “el día que haya ruido, será como el fulgor que brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día, el día que en que habrá ruido”.

Al contrario del espectáculo, está “la perseverancia de muchos cristianos que llevan adelante la familia: hombres, mujeres que se preocupan por sus hijos, que llegan a finales de mes con menos de un euro solamente, pero oran”. Y el reino de Dios “está allí, escondido en esa santidad de la vida cotidiana, esa santidad de todos los días”. Porque “el reino de Dios no está lejos de nosotros, está cerca”.

Precisamente la “cercanía es una de las características” del reino. Cercanía que quiere decir “todos los días”. Por eso “Jesús aparta de la mente de los discípulos una imagen espectacular del reino de Dios”. Y “cuando quiere hablar de los últimos tiempos, cuando vendrá en su gloria, el último día, dice: así será el Hijo del hombre en su día, como el fulgor del relámpago, pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación”.

Del reino de Dios, por lo tanto, “forma parte también el sufrimiento, la cruz; la cruz cotidiana de la vida, la cruz del trabajo, de la familia”. Así “el reino de Dios es humilde, como la semilla: humilde; pero se hace grande por el poder del Espíritu Santo”. Y “a nosotros nos toca dejarlo crecer en nosotros, sin gloriarnos. Dejar que el Espíritu venga, nos cambie el alma y nos lleve adelante en el silencio, la paz, la quietud, la cercanía a Dios, a los demás, sin espectáculos”. El Papa concluyó invitando a pedir “al Señor esta gracia de cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros y en medio de nosotros y de nuestras comunidades: cuidarlo con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente”.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2012

La semilla de mostaza, imagen del Reino de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos ofrece dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc. 4, 26-34). A través de imágenes del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del Reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

En la primera parábola, la atención se centra en el dinamismo del sembrado: la semilla que se echa en la tierra, sea que el agricultor duerma o sea que esté despierto, crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la creencia en el poder de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, del trabajo fecundo de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino, el hombre su humilde colaborador, el que contempla y disfruta de la acción creadora divina y espera pacientemente los frutos. La cosecha final nos recuerda la intervención final de Dios al final de los tiempos, cuando Él establecerá a plenitud su Reino. El momento actual es el momento de la siembra, y el crecimiento de la semilla está asegurada por el Señor. Todo cristiano, por tanto, sabe que debe hacer todo lo posible, pero que el resultado final depende de Dios: este conocimiento lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. En este sentido, escribe san Ignacio de Loyola: “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo muy bien que en realidad todo depende de Dios” (cfr. Pedro de Ribadeneira, Vita di S. Ignazio di Loyola, Milán, 1998).

La segunda parábola utiliza también la imagen de la semilla. Aquí, sin embargo, es una semilla particular, el grano de mostaza, considerado el más pequeño de todas las semillas. A pesar de lo pequeño, sin embargo, está lleno de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el suelo, de salir a la luz solar y de crecer hasta convertirse en “la más grande de todas las plantas del jardín” (cfr. Mc. 4,32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su fuerza. Así es el Reino de Dios: una realidad humana pequeña, compuesta por quien es pobre de corazón, por quien no confía solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quien no es importante a los ojos del mundo; no obstante, a través de ellos irrumpe el poder de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa claramente el misterio del Reino de Dios. En las dos parábolas de hoy esto representa un “crecimiento” y un “contraste”: el crecimiento que se produce debido al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el Reino de Dios, incluso si requiere nuestra cooperación, es ante todo un don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si entra en aquella de Dios no teme a los obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace que todas las semillas germinen y hace crecer cada semilla de bien diseminada en el suelo. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. La Virgen María, quien ha escuchado como “tierra buena” la semilla de la Palabra de Dios, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Ha llegado la siega

Escuchemos algunas palabras de Jesús en el Evangelio de hoy:

«Dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”».

El ciclo del grano comporta tres fases: la siembra, el crecimiento y la siega. Todas las tres fases vienen recordadas en la parábola, que hemos escuchado, para hablarnos del reino de Dios. Durante un Domingo de Cuaresma hemos comentado el Evangelio en donde Jesús habla del grano, que cae en tierra y muere para dar fruto. De cualquier modo, por lo tanto, ya nos hemos ocupado una vez de la semilla y de su crecimiento. Detengámonos, ahora, en la tercera fase, la siega. Ella es asimismo la que corresponde a la estación que estamos viviendo. «Junio, la hoz en un puño», dice el refrán ciudadano.

Qué representa la siega en el plano espiritual, nos lo dice Jesús mismo comentando la parábola del grano y de la cizaña:

«La siega es el fin del mundo... El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego... Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mateo 13, 39-43).

La siega indica, por lo tanto, el acto conclusivo de la historia, el juicio final. La liturgia de este Domingo orienta nuestra reflexión precisamente en esta dirección. En la segunda lectura, en efecto, se nos hace escuchar un fragmento de san Pablo que dice:

«Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo».

La idea del juicio final suscita instintivamente en nosotros pensamientos de temor, de angustia, de severidad. El canto del Dies irae ha contribuido a crear esta asociación de ideas. «Dies irae, dies illa: día de ira será aquel día... ¡Qué temor habrá cuando el juez aparecerá para cribarnos con rigor!» También, Miguel Ángel, en su famoso juicio universal de la Capilla Sixtina, contempla el juicio desde esta luz severa. Él ha plasmado el momento en el que Cristo dice a los réprobos: «Apartaos de mí, malditos!» (Mateo 25,41). Mirándolo, nos ha impresionado mucho más lo que sucede allá abajo, en el infierno, que lo que sucede en lo alto, entre los bienaventurados.

Pero, todo esto es muy parcial. Lo más importante del juicio no es el «Apartaos de mí, malditos!», sino el «Venid, benditos de mi Padre» (Mateo 25, 34). La verdad del juicio final está hecha para animar, no para asustar. «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mateo 13,43), nos ha dicho Jesús. La imagen misma de la siega, como la semejante de la vendimia, no sugiere tristeza y miedo sino al contrario alegría, fiesta. En todo caso, esta vez, nosotros sigamos esta pista exclusivamente positiva. Quizás consigamos reconciliarnos con esta verdad de fe y, es más, hacerla resplandecer como antorcha dentro de nosotros.

Un día san Francisco de Asís se encontraba en la fortaleza o castillo de san León, entre las regiones de la Romagna y las Marcas (Italia). Había gran animación en aquel castillo por la investidura de un nuevo caballero y toda la población estaba en fiesta. San Francisco quería invitar a la gente a una fiesta distinta. Entonces, Francisco, dicen las Florecillas, se subió sobre un pequeño muro y se puso a cantar con gran entusiasmo diciendo: «Tanto es el bien que yo espero que toda pena ya me es querida».

Por lo tanto, la esperanza. «Lo que ni el ojo vio, decía san Pablo a los primeros cristianos, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman» (cfr.] Corintios 2, 9). Decía incluso: «Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Romanos 8,18). La siega, de la que habla Jesús, es el momento en el que Dios:

«Enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Apocalipsis 21,4).

Si recientemente habéis tenido algún luto en familia así es como debéis pensar en la persona querida: que está con Dios Padre, que la esperaba más allá del umbral celeste para secarle la última lágrima de sus ojos.

El pintor, que mejor que todos ha sabido expresar este carácter gozoso del acto final de la historia humana, ha sido el beato Angélico. También, él ha pintado un famoso juicio universal. No pone a los bienaventurados en lo alto y a los condenados en lo bajo, como Miguel Ángel, sino que, siguiendo el Evangelio, pone a los condenados a la izquierda ya los elegidos a la derecha del Juez. De igual forma, aquí está el peligro de fijarnos sólo en algunas particularidades impresionantes referentes a los condenados. Debiéramos, más bien, mirar a lo que está a la derecha del Juez, en lo alto y por todas partes: danzas, afables abrazos, como de personas que se reencuentran en un lugar seguro, después de haber superado un gran cataclismo y se preparan para un tranquilo reposo.

Cuando se habla de la felicidad de los bienaventurados en el paraíso, la objeción más frecuente, que se escucha de las personas, es ésta: «¿Qué haremos en el cielo durante toda la eternidad? ¿Contemplaremos a Dios cara a cara? De acuerdo. Pero, ¿no nos aburriremos haciendo esto para siempre?» Es normal que pensemos así, porque nosotros vivimos entre las cosas materiales y sabemos por experiencia que ninguna cosa, ningún espectáculo o acontecimiento, ninguna criatura, por bella y perfecta que sea, es capaz de retener sin fin nuestra atención y mantener inalterado el goce.

Pero, en la vida eterna no será así. A quien le planteaba en su tiempo la misma pregunta, respondía san Agustín: «Que nadie tenga temor de aburrirse, que nadie crea que también allí habrá aburrimiento. ¿Quizás, ahora, te aburres de estar bien? Todas las cosas en esta vida al final cansan; la salud, sin embargo, no cansa nunca. ¿Si la salud no te cansa, te cansará la inmortalidad?»

Hay dos deseos humanos que por naturaleza no se agotan nunca: el conocimiento y el amor. Nosotros nos podemos cansar de una cosa, que conocemos; pero, no de conocer; nos podemos cansar de la persona, que amamos; pero, no de amar. Acá abajo, cuando nos cansamos de una cosa, nos dirigimos a otra, y, después, a otra (hay personas que a este paso coleccionan en la vida un matrimonio después de otro, encontrándose cada vez más insatisfechas y vacías que antes). Pero, supongamos que haya un ser, que incluya en sí mismo toda la verdad que hay para conocer y todo el amor que se pueda desear: ¿no habrá en este caso una felicidad eterna sin cansancio alguno? Este «ser» existe: es Dios. En el momento de la alegría más intensa y de la vida más plena ¿quién no pondría la firma si se le propusiese hacer eterno ese instante? ¿Tendría quizás miedo de aburrirse? El pensamiento ni siquiera lo deshoja. La vida eterna es precisamente esto. ¡Un instante eterno!

Hay un canto espiritual negro, que habla del ingreso de los santos en el cielo. Su estribillo dice: «Cuando al cielo llegará la gran hilera de tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera que hubiese un puesto para mí!» Lo esencial está precisamente aquí: en formar parte de aquella hilera en fiesta, que en el cuadro del beato Angélico entra danzando en el paraíso.

Aquí se refugia la llamada, que se deduce de nuestra reflexión, el propósito concreto a realizar. «Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (Gálatas 6, 10). Se sabe que las últimas semanas antes de la siega o de la vendimia son las más admirables para el grano y para la uva. Cada jornada de sol incide reciamente en la calidad del grano y en la graduación del vino. Un día vale como una semana. Lo mismo sucede en el plano espiritual de la vida humana. Los años de la madurez y de la ancianidad son preciosos. Son años todo lo contrario que «improductivos».

Recordemos la fábula de los dos mulos. Puede servir para animarnos a llevar con más serenidad el paso de la vida, sabiendo que él, no sólo acabará pronto, sino que nos preparará una eterna corona de gloria.

Dos mulos vuelven del mercado con su amo. Uno está cargado con dos pesadas alforjas de sal y el otro con dos grandes sacos de esponjas. El que estaba cargado de sal avanza penosamente, lleno de sudor; mientras que el otro, cargado de ligeras esponjas, va al trote, ligero, burlándose o tomándole el pelo al compañero cansado. Llegan a un río, el cual es necesario pasar por el vado. Los dos mulos entran en el agua. El que estaba cargado de esponjas comienza continuamente a sentirse cada vez más pesado por su carga. Las esponjas se van llenando de agua, hasta que desdichado, agotado, cae bajo su peso. El que iba cargado de sal, a medida que avanza en el agua, se siente más ligero; porque la sal se va disolviendo, hasta que, con un último salto, se encuentra sobre la otra orilla, libre y eliminado de todo peso.

El vado del río indica lo mismo que la siega en la parábola de Jesús: el momento de la verdad. Se entiende enseguida qué representa el mulo cargado de esponjas (el hombre que vive de vanidades, que en su vida busca sólo el placer y las comodidades y descarga voluntariamente el peso sobre todos los demás).

Pero, por una vez, dejemos aparte, decía yo, el triunfo negativo. Pensemos, por el contrario, en el mulo cargado de sal. Éste representa a los que toman la vida seriamente, que no sólo no descargan sobre los demás su peso u obligaciones, sino que buscan ayudar igualmente a los demás a llevar las propias. Vendrá un día en el que todas sus cargas se disolverán; entonces, se acordarán de ellas como de agua pasada. Permanecerá, por el contrario, el mérito de haberlas soportado.

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