Diumenge III de Quaresma (cicle B): construïm per a Déu un temple en la nostra vida

L'Evangeli d'avui, tercer Diumenge de Quaresma, té com a tema el temple. Jesús purifica el vell temple, llançant fora amb un fuet de cordes a mercaders i mercaderies; en conseqüència, es presenta a si mateix com el nou temple de Déu, que destruiran els homes, però que Déu farà ressorgir en tres dies.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA  Cfr. Ez 36, 23-26

Cuando manifieste en medio de ustedes mi santidad, los reuniré de todos los países; derramaré sobre ustedes agua pura y quedarán purificados de todos sus pecados, y les infundiré un espíritu nuevo, dice el Señor.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, fuente de misericordia y de toda bondad, que enseñaste que el remedio contra el pecado está en el ayuno, la oración y la limosna, mira con agrado nuestra humilde confesión, para que a quienes agobia la propia conciencia nos reconforte siempre tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

La ley fue dada por Dios a Moisés.

Del libro del Éxodo: 20, 1-17

En aquellos días, el Señor promulgó estos preceptos para su pueblo en el monte Sinaí, diciendo: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto y de la esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí; no te fabricarás ídolos ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o en el agua, y debajo de la tierra. No adorarás nada de eso ni le rendirás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian; pero soy misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que me aman y cumplen mis mandamientos.

No harás mal uso del nombre del Señor, tu Dios, porque no dejará el Señor sin castigo a quien haga mal uso de su nombre.

Acuérdate de santificar el sábado. Seis días trabajarás y en ellos harás todos tus quehaceres; pero el día séptimo es día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el forastero que viva contigo. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, pero el séptimo, descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni a su mujer, ni a su esclavo, ni a su esclava, ni su buey, ni su burro, ni cosa alguna que le pertenezca”. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 18

R/. Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y hacen sabio al sencillo. R/.

En los mandamientos de Dios hay rectitud y alegría para el corazón; son luz los preceptos del Señor para alumbrar el camino. R/.

La voluntad de Dioses santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R/.

Que te sean gratas las palabras de mi boca y los anhelos de mi corazón. Haz, Señor, que siempre te busque, pues eres mi refugio y salvación. R/.

SEGUNDA LECTURA

Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero sabiduría de Dios para los llamados.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 1, 22-25

Hermanos: Los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn, 3, 16

R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. R/.

EVANGELIO

Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 2, 13-25

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.

Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”.

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.

Mientras estuvo en Jerusalén para las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él, al ver los prodigios que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Por estas ofrendas, Señor, concédenos benigno el perdón de nuestras ofensas, y ayúdanos a perdonar a nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 83, 4-5

El gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina un nido donde poner sus polluelos: junto a tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa y pueden alabarte siempre.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Alimentados en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que lleves a su plenitud en nuestra vida la gracia recibida en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO

Dirige, Señor, los corazones de tus fieles y da en tu bondad a tus siervos una gracia tan grande que, cumpliendo en plenitud tus mandamientos, nos haga permanecer en tu amor y en el de nuestro prójimo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Decálogo (Ex 20,1-17)

1ª lectura

Decálogo es palabra griega que significa «diez palabras», a tenor de Dt 4,13. Comprende los Diez Mandamientos o código moral, recogidos en esta sección y en Dt 5,6-21. El Decálogo tiene aquí un tratamiento muy especial: por una parte, se halla incrustado en la narración de la teofanía, que se interrumpe en 19,19 pero continúa en 20,18. Por otra parte, junto a mandamientos breves formulados con dos palabras: «no matarás», «no robarás», idénticos en Ex y Dt, hay otros más desarrollados con motivaciones y explicaciones diferentes en ambas redacciones. El hecho de que el Decálogo (y no otro cuerpo legal del Pentateuco) se repita prácticamente igual en Ex y Dt, y que desde antiguo se haya reproducido separadamente (como lo prueba el papiro Nash del siglo II a.C.), da idea de la importancia que siempre tuvo como norma moral en el pueblo de Israel.

Suponiendo que las formulaciones de Ex y Dt pueden reducirse a un único texto original, las variantes entre ellas pueden explicarse por la aplicación de los mandamientos a las circunstancias de cada época antes de la redacción última que es la recibida como inspirada. La formulación apodíctica (negación más futuro en segunda persona: «no matarás») es propia de los mandamientos bíblicos y difiere de la formulación casuística, común a todos los pueblos semitas, como puede comprobarse en el Código de la Alianza (caps. 21-23).

Los diez mandamientos son el núcleo de la ética del Antiguo Testamento y mantienen su valor en el Nuevo Testamento: Jesucristo los recuerda frecuentemente (cfr. Lc 18,20) y los completa (cfr. Mt 5,17ss.). Los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia los han comentado con profusión pues, como señala Santo Tomás, todos los preceptos de la ley natural están incluidos en el Decálogo: los universales, p.ej. hacer el bien y evitar el mal, «están contenidos como los principios en sus próximas conclusiones», y los particulares que se deducen por raciocinio, se hallan contenidos «como conclusiones en sus principios» (Summa theologiae 1-2,100,3).

En la división de los mandamientos hay dos corrientes: por una parte la de los judíos y muchas confesiones cristianas que desdoblan en el segundo mandamiento el precepto de adorar a un solo Dios (vv. 2-3) y el de no fabricar imágenes (vv. 3-6); por otra, la de los católicos y luteranos que, siguiendo a San Agustín, engloban esos dos mandamientos en uno y dividen en dos el último: no desear la mujer ajena (el noveno) y no codiciar los bienes ajenos (el décimo). Estas divisiones son, ante todo, pedagógicas, porque unas y otras pretenden recoger todo lo mandado en el Decálogo. En nuestro comentario seguiremos la enumeración de San Agustín, con referencias a la doctrina de la Iglesia, puesto que los Diez Mandamientos recogen los elementos centrales de la moral cristiana (cfr. notas de Dt 5,1-22).

Los pueblos hititas, de los que se conservan varios documentos políticos y sociales, solían comenzar los pactos tras una guerra con un prólogo histórico, es decir, relatando la victoria de un rey sobre el vasallo al que le imponían unas obligaciones concretas. El Decálogo, de modo análogo, recuerda el acontecimiento del éxodo. Sin embargo, difiere radicalmente de los pactos hititas, puesto que la obligación de los mandamientos no se fundamenta en una derrota, sino en una liberación. Dios brinda los mandamientos al pueblo que ha librado de la esclavitud, mientras que los príncipes humanos hacían cumplir sus códigos a los pueblos que habían reducido a esclavitud. Los mandamientos son, por tanto, expresión de la Alianza. De ahí que el aceptarlos responsablemente es signo de que el hombre ha adquirido la madurez en su libertad. «El hombre llega a ser libre cuando entra en la Alianza de Dios» (Afraates, Demonstrationes 12). Jesucristo insistirá en la misma idea: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30).

«Amarás a Dios sobre todas las cosas» es la formulación del primer mandamiento que recogen los catecismos (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2083) siguiendo la enseñanza de Jesús (cfr. Mc 12,28-31 que cita el texto de Dt 6,4-5). En el Decálogo bíblico este precepto abarca dos aspectos: el monoteísmo (v. 3) y la obligación de no adorar ídolos ni imágenes del Señor (vv. 4-6).

La fe en la existencia de un único Dios vertebra el mensaje de toda la Biblia. Los profetas enseñarán abiertamente el monoteísmo, considerando a Dios como único soberano del universo y de la historia; pero esta prohibición de admitir otros dioses ya implica la certeza de que sólo hay un Dios verdadero. La expresión: «no tendrás otros dioses» aunque directamente prohíbe el culto idolátrico, supone una fe monoteísta.

La prohibición de las imágenes, tanto fundidas como labradas, diferenciaba a Israel de los otros pueblos. No sólo se prohíben los ídolos o imágenes de dioses falsos, sino también las representaciones del Señor.

El único Dios verdadero es espiritual y trascendente; no puede ser controlado ni manipulado, como hacían los pueblos vecinos con sus ídolos. Los cristianos, fundándose en el misterio del Verbo encarnado, comienzan a representar las escenas evangélicas conscientes de que con ello ni contradicen la espiritualidad de Dios ni contribuyen a la idolatría. La Iglesia venera las imágenes porque son representaciones o de Jesús que, como hombre verdadero, tenía un cuerpo, o de los santos, cuya figura puede ser representada y venerada. Por otra parte, las imágenes no se prestan a confusión, más bien ayudan a comprender mejor los misterios de nuestra fe. El último Concilio ha vuelto a recomendar el culto de las imágenes sagradas, a la vez que recuerda el consejo de sobriedad y belleza: «Manténgase la práctica firme de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles; con todo, que sean pocas en número y guarden entre ellas el orden debido, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano ni favorezcan una devoción menos ortodoxa» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 125).

«Dios celoso» (vv.5-6): Es un antropomorfismo que subraya la unicidad de Dios. Siendo el único verdadero, no puede tolerar ni el culto a otros dioses (cfr. 34, 14) ni la adoración idolátrica a las imágenes. La idolatría es el pecado más grave y el más condenado en la Biblia (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113). Los encargados del culto en el Templo de Israel se denominan celadores del Señor (cfr. Nm 25,13; 1 R 19,10.14), porque han de velar para que no se introduzcan desviaciones impropias. Jesucristo, al expulsar a los vendedores del Templo (Jn 2,17), alude a esta responsabilidad: «El celo de tu casa me devora» (Sal 69,10).

Sobre la retribución misericordiosa del Señor, cfr. nota a Ex 34,6-7.

El respeto al nombre de Dios es el respeto a Dios mismo (v.7). De ahí que esté prohibido invocar el nombre del Señor para dar consistencia al mal, sea en un proceso judicial si se comete perjurio, sea en el juramento de hacer algo mal, sea incluso en la blasfemia (cfr. Si 23,7-12). En la antigüedad, los pueblos vecinos de Israel utilizaban los nombres de sus dioses en sesiones de magia; en este caso, la invocación del nombre de Dios es idolatría. En general, este mandamiento prohíbe cualquier abuso, cualquier falta de respeto, cualquier invocación irreverente del nombre de Dios. Y, diciéndolo en forma positiva, «el segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del Señor. Pertenece, como el primer mandamiento, a la virtud de la religión y regula más particularmente nuestro uso de la palabra en las cosas santas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2142).

En la formulación del precepto del sábado (vv. 8-11) ha influido la historia misma de Israel, puesto que no se utiliza la expresión apodíctica habitual, y, por otra parte, las prescripciones sobre ese día están muy desarrolladas. En el mandamiento hay recogidas tres ideas: el sábado es un día santo, dedicado al Señor; en él están prohibidos los trabajos; se aduce como motivo el imitar a Dios, que descansó de la creación el día séptimo.

El sábado es un día santo, es decir, diferente de los días ordinarios (cfr. Lv 23,3), porque está dedicado a Dios. No se prescriben ritos especiales, pero el término «recuerda» (distinto de Dt 5,12) es de ámbito cultual. Sea cual fuere el origen etimológico o social del sábado, en la Biblia siempre tiene carácter religioso (cfr. 16,22-30).

El descanso sabático supone la obligación del trabajo en los seis días anteriores (v. 9). Sólo el trabajo justifica el descanso. La misma palabra hebrea sabat significa sábado y descanso. Pero en este día el descanso mismo adquiere valor de culto, puesto que para el sábado no hay prescritos sacrificios o ritos especiales propios: toda la comunidad, y hasta los mismos animales, rinden homenaje a Dios, cesando de sus labores ordinarias.

El mandamiento de honrar a los padres (v.12) es el primero de los que regulan las relaciones entre los hombres, los de la «segunda tabla», como solían denominarlos los antiguos escritores cristianos (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2197). Tiene, como el del sábado, una formulación positiva y se refiere directamente a los miembros de la familia. El lugar que ocupa en el orden del Decálogo, inmediatamente después de los preceptos que se refieren a Dios, da idea de su importancia. Los padres, en efecto, representan a Dios dentro de la familia.

El mandamiento no afecta sólo a los hijos más jóvenes (cfr. Pr 19,26; 20,20; 23,22; 30,17), que tienen obligación de someterse a los padres, (Dt 21,18-21) sino a todos, puesto que las ofensas de los hijos mayores son las que merecen el grave castigo de la maldición (cfr. Dt 27,16).

La promesa de una vida larga a los que cumplen este mandamiento indica su importancia para el individuo y la trascendencia que tiene la familia para la sociedad. El Concilio Vaticano II ha acuñado una expresión que condensa el valor de la familia, al denominarla «iglesia doméstica» (Lumen gentium, n. 11; cfr. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 21).

El quinto mandamiento (v.13) prohíbe directamente la muerte por venganza del enemigo personal, es decir, el asesinato. Así se protege la sacralidad de la vida humana. La prohibición del homicidio se supone ya en el relato de la muerte de Abel (cfr. Gn 4,10) y en los preceptos noáquicos (cfr. Gn 9,6): la vida sólo es de Dios.

La revelación y la enseñanza de la Iglesia irán profundizando en el alcance de este precepto, indicando que sólo en circunstancias muy concretas como la legítima defensa individual o social puede llegarse a privar de la vida a una persona. Por otra parte, es evidente que la muerte de los más débiles (aborto, eutanasia directa...) implica mayor gravedad.

La encíclica Evangelium vitae expresa con rigor la doctrina de la Iglesia acerca de este mandamiento que «tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente. (...) Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral» (Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 57).

Nuestro Señor ahondará en el sentido positivo de este mandamiento, explicando la obligación de practicar la caridad (cfr. Mt 5,21-26): «En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: “No matarás” (Mt 5,21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra mejilla (cfr. Mt 5,22-39), amar a los enemigos (cfr. Mt 5,44). Él mismo no se defendió y dijo a Pedro que guardase la espada en la vaina (cfr. Mt 26,52)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2262).

El sexto mandamiento del decálogo moral está orientado a salvaguardar la santidad del matrimonio (v.14). En el Antiguo Testamento había prescritas penas muy severas para quienes cometían adulterio (cfr. Dt 22,23ss.; Lv 20,10). Con el progreso de la revelación se irá aclarando que no sólo el adulterio es grave, al lesionar los derechos del otro cónyuge, sino que todo desorden sexual degrada la dignidad de la persona y es una ofensa contra Dios (cfr., por ejemplo, Pr 7,8-27; 23,27-28). Jesucristo, con su vida y su enseñanza, marcó la orientación positiva de este precepto (cfr. Mt 5,27-32): «Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: “Habéis oído que se dijo: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5,27-28). El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (cfr. Mt 19,6). La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como una regulación completa de la sexualidad humana» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2336).

Puesto que el Decálogo regula las relaciones entre personas, el séptimo mandamiento (v.15) condena en primer lugar el rapto de personas para después venderlas como esclavos (cfr. Dt 24,7); pero es indudable que abarca toda apropiación injusta de bienes ajenos. La Iglesia continúa recordando que toda violación del derecho de propiedad es injusta (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2409); pero lo es más, si tales actuaciones conducen a esclavizar a seres humanos, o a quitarles su dignidad, como ocurre con el tráfico de niños, el comercio de embriones humanos, la toma de rehenes, arrestos o encarcelamientos arbitrarios, la segregación racial, los campos de concentración, etc. «El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a un objeto de consumo o a una fuente de beneficio. San Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino... como un hermano... en el Señor” (Flm 16)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2414).

El falso testimonio (v.16) en el proceso judicial llega a causar daños irreparables al prójimo, que puede ser condenado siendo inocente. Pero, puesto que la verdad y la fidelidad en las relaciones humanas son el fundamento de la vida social (cfr. Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 26), este mandamiento prohíbe la mentira, la difamación (cfr. Si 7,12-13), la calumnia y toda palabra que puede dañar la dignidad del prójimo (cfr. St 3,1-12). «Este precepto moral deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere la verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2464).

La redacción del último precepto (v.17) difiere de la del Deuteronomio: allí se distingue entre el deseo de la mujer del prójimo y la codicia de sus bienes (cfr. Dt 5,21). «San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. 1 Jn 2,16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento proscribe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2514).

Predicamos a Cristo crucificado (1 Co 1,22-25)

2ª lectura

La sabiduría del mundo es la que se desvía de su recto fin y, en consecuencia, no alcanza a conocer a Dios (cfr. Rm 1,19-25), bien porque sólo busca señales externas y sensibles, bien porque únicamente acepta argumentos racionales.

Los judíos buscan exclusivamente signos e intentan basar su fe en lo que perciben por los sentidos. Para ellos la cruz de Cristo es escándalo, es decir, obstáculo que imposibilita su acceso a las cosas divinas. Los griegos —se refiere San Pablo a los racionalistas de su época— se consideraban árbitros de la verdad y veían como necedad lo que no se basa en demostración irrefutable: «Para el mundo, es decir, para los prudentes del mundo, su sabiduría se hizo ceguera; no pudieron por ella conocer a Dios (...). Por tanto, como el mundo se ensoberbecía en la vanidad de sus dogmas, el Señor estableció la fe de los que habían de salvarse precisamente en lo que aparece indigno y necio, para que, fallando todas las presunciones humanas, sólo la gracia de Dios revelara lo que la inteligencia humana no puede comprehender» (S. León Magno, Sermo 5 De Nativitate).

Los corintios no han descubierto la verdadera sabiduría, que es la que se ha manifestado en la cruz. La cruz de Cristo es cátedra de sabiduría y de juicio, piedra de toque ante la cual los hombres toman postura: unos consideran que el mensaje de la cruz (literalmente «la palabra de la cruz») es una necedad: son los que se pierden (según la expresión original, «los que van camino de perderse»). Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren que la cruz es «fuerza de Dios», porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos. Por eso la Iglesia exhorta: «Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo» (Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor), y por eso también los santos han cantado las excelencias de la cruz: «¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! (...). Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es un madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo. Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costados, curó las huellas de pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza (...). Aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana» (S. Teodoro Estudita, Oratio in adorationem crucis).

En la cruz se cumplen las palabras de Isaías (Is 29,14) que anuncian la incapacidad de los sabios y prudentes del mundo para penetrar la sabiduría divina de la cruz: «La predicación de la cruz de Cristo —señala Santo Tomás— contiene algo que según la sabiduría humana parece imposible, como que Dios muera, o que el omnipotente se someta a las manos de los violentos. También contiene cosas que parecen contrarias a la prudencia de este mundo, como que uno, pudiendo, no huya de las contrariedades» (Super 1 Corinthios, ad loc.).

Destruid este Templo y en tres días lo levantaré (Jn 2,13-25)

Evangelio

San Juan presenta el ministerio de Jesús jalonado por las fiestas judías. Aquí, los acontecimientos se sitúan en relación a la Pascua. En ese contexto, la «purificación del Templo» tiene un sentido más profundo que el que aparece en los otros evangelios: Jesús no sólo manifiesta ser el Mesías (cfr. Mt 21,12-13), sino que Él es el nuevo y definitivo Templo de Dios entre los hombres.

Cuando Jesús compara el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, revela la verdad más profunda sobre sí mismo: la Encarnación, es decir, que Él es el Verbo de Dios que puso su morada entre nosotros (cfr. 1,14). El evangelista deja constancia, sin embargo, de que sólo a la luz de los acontecimientos de la última Pascua (v. 22) nos es posible comprender esa verdad.

En las palabras pronunciadas por Jesús (v. 19) no hay nada despectivo hacia el Templo, como pretenderían después los falsos testigos (Mt 26,61; Mc 14,58) y los que se burlaron de él mientras agonizaba en la cruz (Mt 27,40; Mc 15,29; cfr. Hch 6,14). El signo del que les habla será su propia resurrección al tercer día (cfr. Mt 16,4: «la señal de Jonás»). Para indicar la grandeza del milagro de su resurrección, Jesús recurre al lenguaje metafórico. Es como si dijera: «¿Veis este Templo? Pues bien, imaginadlo destruido. ¿No sería un gran milagro reconstruirlo en tres días? Esto haré yo como señal. Porque vosotros destruiréis mi Cuerpo, que es el Templo verdadero, y yo lo volveré a levantar al tercer día». La declaración de que Jesús es el Templo de Dios quedó entonces encubierta para todos. Judíos y discípulos pensaron que el Señor hablaba de volver a edificar el Templo que Herodes el Grande había empezado a construir en el 19-20 a.C. Sólo más tarde los discípulos entendieron el verdadero sentido de las palabras de Jesús (v. 22).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

El celo por mi Casa me consumirá

Otro evangelista cuenta que Jesús, al expulsar a toda aquella gente, les dijo: «No hagáis de la casa de mi Padre una cueva de ladrones». El nuestro (Evangelio según San Juan), sin embargo, habla de «casa de comercio». No dicen cosas contradictorias, sino que nos dan a entender que Él hizo aquello una segunda vez, pero no en un breve espacio de tiempo, sino una vez al comienzo de su predicación y la otra cuando ya se aproximaba su Pasión. En esta segunda ocasión fue cuando, usando palabras más fuertes, la llamó «cueva», mientras que al principio de sus milagros no dijo eso, sino que les reprochó con palabras más moderadas, circunstancia ésta por la que se llega a deducir también que realizó dos veces esta misma acción.

Me preguntaréis: ¿por qué Cristo obró de esa manera y demostró con eso severidad y dureza tales como en ninguna otra ocasión, ni siquiera cuando fue insultado, cuando se burlaron de Él o le llamaron «samaritano» y «endemoniado»? Pues, no contentándose con las palabras, hizo un látigo de cuerdas y los echó por ese medio. Cuando Jesús hace el bien a sus hermanos, los judíos protestan y se enfadan. En cambio, cuando les riñe con aspereza, no se enfurecen, como sería de esperar, ni pronuncian palabra injuriosa ninguna al ver aquello, sino que se limitan a preguntarle: «¿Qué signo nos das para comportarte así?». Tanta era su envidia que no podían soportar los beneficios a otros concedidos. Por lo que hace al Salvador, una vez dijo que habían convertido el templo en una cueva de ladrones, queriendo indicar así que todo lo allí vendido era fruto del robo, de rapiñas y de especulaciones ilícitas. La otra vez, por el contrario, dijo sólo que habían convertido el templo en una casa de comercio, denunciando con sus palabras la bajeza de sus negociaciones.

Pero, ¿qué le movió a obrar así? Como se disponía a sanar enfermos en sábado y a hacer otras cosas que eran consideradas por éstos transgresiones a la ley, para no aparecer como enemigo de Dios y como si hubiera venido a obrar todo eso como rival del Padre, el Salvador se comporta desde el primer momento de manera que claramente refute una idea tan desatinada. Jesús, que tanto celo demostraba por el honor del templo, no podía ser adversario del dueño del templo, de quien era adorado en él. Bastaban, por otra parte, los años ya pasados, durante los cuales Él había vivido en un absoluto respeto a la ley, para demostrar su obediencia y reverencia al autor de la ley y que no había venido para combatir ésta. Pero como, probablemente, aquellos años serían olvidados, porque no eran conocidos a todos, pues Él se crio en una familia humilde y modesta, en presencia de todos realizó esta obra, no sin grave peligro, en presencia de la multitud que allí se hallaba presente porque había acudido a la fiesta. No se limitó a echarlos, sino que, además, volcó sus mesas y derramó por tierra el dinero para convencerles de que quien corría tales riesgos por defender el honor de aquella casa, ciertamente no podía ser que despreciara a su dueño. Si al obrar así estuviera fingiendo, se habría contentado con amonestarles, pero exponerse a tanto peligro es, en verdad, una gran muestra de valor. No era cosa pequeña exponerse a la furia de los mercaderes y exponerse a provocar la reacción de una muchedumbre de hombres embrutecidos de alguien que quiere disimular, sino el de quien está dispuesto a padecer y correr peligros por defender el honor del templo. De ese modo, demuestra el Salvador que está completamente de acuerdo con el Padre tanto con las palabras como con las obras. No llamó al templo «casa santa», sino «casa de mi Padre». Llama a Dios su Padre y, al principio, los judíos no reaccionan ante esto, pues no entienden que haya que dar importancia especial a esas palabras. Pero como luego, a lo largo de su discurso, se expresó más claramente, llegando a declarar su perfecta igualdad con el Padre, se enfurecieron. ¿Qué le preguntaron entonces? «¿Qué signo nos das para comportarte así?» ¡Qué desatada locura! ¿Qué necesidad había de un signo para que dejaran de obrar y libraran el templo de tanta vergüenza? El gran celo por la casa de Dios de que hizo gala, ¿no era ya, acaso, un signo evidentísimo de ser sobrehumana su virtud? Así lo reconocieron los más prudentes, incapaces de engañarse sobre este particular. «Sus discípulos recordaron entonces lo que está escrito: el celo de tu casa me devora». Los judíos, en cambio, no se acordaron de la profecía y preguntaron: «¿Qué signo nos das?», pues les afligía la pérdida de su indigno negocio y esperaban evitar su pérdida invitándole a darles un signo que luego pudieran rebatir. Por lo cual, Él no les dio signo ninguno. Cuando por primera vez se le acercaron para solicitar de Él una señal, les dijo: «Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no les será dada otra que la de Jonás». En esa ocasión se pronuncia más claramente, mientras que aquí lo hace con cierta reserva y ello en razón de su ignorancia. Quien socorría al que nada le había pedido y quien por doquier hacía prodigios no habría rechazado su solicitud de no haber comprendido cuán perversa y fraudulenta era el alma de aquéllos.

Querría que ahora penséis cómo es, en efecto, pérfida su demanda. Deberían haber alabado su diligencia y su celo y admirarse ante tal prueba de amor por la casa de Dios. Sin embargo, lo acusan y pretenden defender la licitud de vender y hacer tratos en ese lugar, requiriéndole que dé una señal. ¿Qué les responde Cristo? «Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días». Es frecuente que Cristo diga cosas de este género, incomprensibles para sus oyentes, pero que llegarán a hacerse claras a quienes vivan en épocas posteriores. ¿Por qué? Porque cuando se viniera a cumplir lo predicho por El, se haría también evidente que Él había conocido ese hecho desde hacía tiempo. Tal sucede con esa profecía. Dice el evangelista, que «cuando resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto y creyeron en la Escritura y en la palabra dicha por Jesús». En cambio, en el momento en que fueron pronunciadas esas palabras, algunos se quedaron desconcertados sin saber su verdadero significado y otros le contestaron diciendo: «Han hecho falta cuarenta y seis años para construir este templo, ¿y tú lo vas a reconstruir en tres días?». Al hablar de cuarenta y seis años se referían a la última reconstrucción del templo, pues para la construcción originaria sólo hicieron falta veinte años.

¿Por qué no resolvió este enigma? ¿Por qué no dijo: no hablo de este templo, sino de mi cuerpo? ¿Y por qué, si Él calló entonces sobre el significado de sus palabras, lo explicó el evangelista al escribir su evangelio mucho tiempo después? ¿Por qué calló? Porque no habrían dado crédito a sus palabras. Los propios discípulos eran incapaces de entender lo que decía y mucho más incapaz aún era la multitud. Pero, dice el evangelista, «cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron y creyeron en la Escritura y en la palabra dicha por Jesús». Dos eran las verdades que en aquel momento fueron propuestas a su fe: primero, la resurrección y luego, lo que es todavía mayor: la inhabitación de Dios en El. A ambas alude cuando dice: «destruid este templo y lo reconstruiré en tres días». También San Pablo advierte que es éste un signo y no pequeño de su divinidad: «Él fue establecido por Dios con gran poder, según el espíritu de santificación, mediante la resurrección de la muerte. Digo Jesucristo, Señor nuestro...» Pues Él aquí, y en otro lugar y por doquier, propone éste como el signo por excelencia, ora diciendo: «Cuando sea levantado», ora «cuando levantéis al Hijo del Hombre entenderéis quién soy yo», ora «no se os dará ningún signo, sino el de Jonás» y, en nuestro caso, «en tres días lo reconstruiré». Y hace esto porque con este argumento, más que con ningún otro, se demuestra que no era un simple hombre, pues podía triunfar sobre la muerte y poner así término a su larga tiranía y a aquella difícil guerra. Por eso dice: «entonces entenderéis». ¿Cuándo? Cuando después de haber resucitado atraiga a mí a todo el mundo entonces sabréis que yo, Dios y verdadero Hijo de Dios, he hecho todo eso para vengar la ofensa infligida al Padre. ¿Por qué no dijo qué signos eran menester para exterminar el mal, aunque dijo que daría una señal? Porque, de haberlo hecho, les habría irritado más, mientras que obrando como lo hizo, les dejó temerosos. Ellos no respondieron nada. Les parecía estar escuchando algo imposible y no quisieron preguntarle más sino que, considerando que se trataba de algo inverosímil, evitaron en adelante tocar ese asunto. Aunque por entonces todo eso les parecía imposible, si hubieran sido prudentes, le habrían preguntado y le habrían rogado que resolviera sus dudas, al menos cuando vieron que había obrado ya muchos prodigios. Pero como eran unos insensatos, no prestaron atención a algunas de las cosas que dijo y otras las malinterpretaron, escuchándolas con malas disposiciones. Por eso Cristo les habló de ese modo tan enigmático.

Propongámonos ahora otra cuestión: ¿cómo es que los discípulos no sabían que Él resucitaría de entre los muertos? Porque todavía no eran dignos de recibir la gracia del Espíritu. Por eso, aunque a menudo oían hablar de la resurrección, no entendían nada, y daban vueltas en su interior acerca de qué podría significar. Lo que se decía, que uno podía resucitarse a sí mismo, era, desde luego, una cosa sobremanera extraordinaria e inaudita. A este propósito, y por causa de su ignorancia respecto a la resurrección, el propio Pedro fue reprobado cuando dijo: «Nunca te suceda eso». Por otra parte, tampoco Cristo se la reveló claramente antes de que se cumpliera, para no escandalizar a quienes, al principio, experimentaban dificultades para aceptar las verdades que se les decían, porque les parecía sorprendentes y ni siquiera sabían a ciencia cierta quién era Él. Nadie se habría negado, desde luego, a creer en palabras avaladas por los hechos. Pero era de esperar que algunos permanecerían incrédulos ante afirmaciones que se basaran sólo en palabras. Por eso, al principio permitió Él que las cosas siguieran ocultas. Cuando confirmaba con hechos la veracidad de sus palabras, entonces les concedía comprender las palabras y tanta abundancia del Espíritu, que ellos inmediatamente captaban su significado de modo pleno. Está escrito que «Él os desentrañará todo». Quienes en una sola noche perdieron la alta estima en que le tenían, huyeron y negaron que lo hubieran conocido nunca, ni siquiera de vista, difícilmente se habrían acordado de todo lo sucedido y de cuanto había sido dicho mucho tiempo antes, a no ser que hubieran alcanzado con abundancia la gracia del Espíritu. Me preguntaréis, sin embargo: si debían ser instruidos en todo por el Espíritu, ¿qué razón había para que convivieran con Cristo, cuando no entendían lo que les decía? La respuesta estriba en el hecho de que el Espíritu no les enseñó todas esas cosas, sino que se limitó a evocar en su memoria las verdades dichas por Cristo. Además, contribuía, y no poco, a la gloria de Cristo el hecho de que les enviara al Espíritu Santo para que les desentrañara cuanto Él había enseñado anteriormente.

Es verdad que, al principio, por especial disposición de Dios, la gracia del Espíritu se derramó con gran abundancia. Mas luego es debido a su virtud el que hayan conservado ese don. Fue la vida suya de una resplandeciente santidad, manifestaron gran sabiduría, afrontaron enormes fatigas y despreciaron esta vida terrenal, sin tener para nada en cuenta las cosas humanas y mostrándose superiores a todas ellas. Volando hacia lo alto cual ligerísimas águilas, tocaron el mismo cielo con sus obras y por eso recibieron la gracia sobrenatural del Espíritu. Imitémosles también nosotros: no permitamos que nuestras lámparas se apaguen. Mantengámoslas siempre encendidas mediante la limosna. Sólo así continuará siempre brillando la luz de ese fuego. Recojamos aceite en nuestros vasos para poder vivir, porque tras nuestra partida no podremos ya comprarlo y no lo recibiremos de otras manos que no sean las de los pobres. Recojámoslo, repito, con abundancia aquí abajo si es que queremos entrar en compañía del esposo, pues, de lo contrario, deberemos permanecer fuera de la casa donde las nupcias se celebran. Es imposible, repito, imposible, entrar en el umbral del reino de los cielos si no hemos hecho limosnas, aunque hayamos cumplido otras innumerables obras buenas. Por lo cual, hagamos con abundancia generosas limosnas, para así poder gozar de los bienes inefables que esperamos alcanzar todos, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien la gloria por doquier y el reino, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

(Biblioteca de Patrística 15, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, pp. 282-28)

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FRANCISCO – Ángelus 2015 y Homilía en Santa Marta (22.XI.13)

Ángelus 2015

El látigo de Jesús para nosotros es su misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (Jn 2, 13-25) nos presenta el episodio de la expulsión de los vendedores del templo. Jesús «hizo un látigo con cuerdas, los echó a todos del Templo, con ovejas y bueyes» (v. 15), el dinero, todo. Tal gesto suscitó una fuerte impresión en la gente y en los discípulos. Aparece claramente como un gesto profético, tanto que algunos de los presentes le preguntaron a Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (v. 18), ¿quién eres para hacer estas cosas? Muéstranos una señal de que tienes realmente autoridad para hacerlas. Buscaban una señal divina, prodigiosa, que acreditara a Jesús como enviado de Dios. Y Él les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (v. 19). Le replicaron: «Cuarenta y seis años se ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» (v. 20). No habían comprendido que el Señor se refería al templo vivo de su cuerpo, que sería destruido con la muerte en la cruz, pero que resucitaría al tercer día. Por eso, «en tres días». «Cuando resucitó de entre los muertos —comenta el evangelista—, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús» (v. 22).

En efecto, este gesto de Jesús y su mensaje profético se comprenden plenamente a la luz de su Pascua. Según el evangelista Juan, este es el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, se convertirá con la Resurrección en lugar de la cita universal entre Dios y los hombres. Cristo resucitado es precisamente el lugar de la cita universal —de todos— entre Dios y los hombres. Por eso su humanidad es el verdadero templo en el que Dios se revela, habla, se lo puede encontrar; y los verdaderos adoradores de Dios no son los custodios del templo material, los detentadores del poder o del saber religioso, sino los que adoran a Dios «en espíritu y verdad» (Jn 4, 23).

En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para la celebración de la Pascua, en la que renovaremos las promesas de nuestro bautismo. Caminemos en el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor para nuestros hermanos, especialmente para los más débiles y los más pobres, construyamos para Dios un templo en nuestra vida. Y así lo hacemos «encontrable» para muchas personas que encontramos en nuestro camino. Si somos testigos de este Cristo vivo, mucha gente encontrará a Jesús en nosotros, en nuestro testimonio. Pero —nos preguntamos, y cada uno de nosotros puede preguntarse—, ¿se siente el Señor verdaderamente como en su casa en mi vida? ¿Le permitimos que haga «limpieza» en nuestro corazón y expulse a los ídolos, es decir, las actitudes de codicia, celos, mundanidad, envidia, odio, la costumbre de murmurar y «despellejar» a los demás? ¿Le permito que haga limpieza de todos los comportamientos contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos, como hemos escuchado hoy en la primera lectura? Cada uno puede responder a sí mismo, en silencio, en su corazón. «¿Permito que Jesús haga un poco de limpieza en mi corazón?». «Oh padre, tengo miedo de que me reprenda». Pero Jesús no reprende jamás. Jesús hará limpieza con ternura, con misericordia, con amor. La misericordia es su modo de hacer limpieza. Dejemos —cada uno de nosotros—, dejemos que el Señor entre con su misericordia —no con el látigo, no, sino con su misericordia— para hacer limpieza en nuestros corazones. El látigo de Jesús para nosotros es su misericordia. Abrámosle la puerta, para que haga un poco de limpieza.

Cada Eucaristía que celebramos con fe nos hace crecer como templo vivo del Señor, gracias a la comunión con su Cuerpo crucificado y resucitado. Jesús conoce lo que hay en cada uno de nosotros, y también conoce nuestro deseo más ardiente: el de ser habitados por Él, sólo por Él. Dejémoslo entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro corazón. Que María santísima, morada privilegiada del Hijo de Dios, nos acompañe y nos sostenga en el itinerario cuaresmal, para que redescubramos la belleza del encuentro con Cristo, que nos libera y nos salva.

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Homilía (22.XI.13)

Para qué se va al templo

El templo existe “para adorar a Dios”. Y precisamente por esto es “punto de referencia de la comunidad”, compuesta por personas que son ellas mismas “un templo espiritual donde habita el Espíritu Santo”. Una meditación sobre el “verdadero sentido del templo” propuesta por el Papa Francisco en la homilía de la misa [del Viernes de la 33ª. Semana del Tiempo Ordinario].

La reflexión del Pontífice se inspiró en la liturgia de la Palabra, en particular, en el pasaje tomado del primer libro de los Macabeos (1M 4, 36-37. 52-59) −que habla de la nueva consagración del templo realizada por Judas− y del pasaje evangélico de Lucas que relata la expulsión de los vendedores del templo (Lc 19, 45-48).

La de Judas Macabeo no fue la primera consagración y purificación del templo, que, en las vicisitudes de la historia, fue también “destruido” durante las guerras, tal es así que “recordamos cuando Neemías reconstruye el templo”. Y así Judas Macabeo, después de la victoria, piensa en el templo: “Nuestros enemigos están vencidos; subamos, pues, a purificar el santuario y a restaurarlo”. Una purificación y una nueva consagración necesarias “porque los paganos habían utilizado el santuario para su culto”. Por lo tanto “se debía purificar y volver a consagrar”.

Para el Papa Francisco el mensaje de fondo “es muy importante: el templo como un lugar de referencia de la comunidad, lugar de referencia del pueblo de Dios”. Y en esta perspectiva el Pontífice hizo también revivir “el itinerario del templo en la historia”, que “comienza con el arca; luego Salomón realiza su construcción; después llega a ser templo vivo: Jesucristo el templo. Y terminará en la gloria, en la Jerusalén celestial”.

“Consagrar de nuevo el templo para que se le dé gloria a Dios” es por consiguiente el sentido esencial del gesto de Judas Macabeo, precisamente porque “el templo es el lugar donde la comunidad va a orar, a alabar al Señor, a dar gracias, pero sobre todo a adorar”. En efecto, “en el templo se adora al Señor. Este es el punto más importante”. Y esta verdad es válida para todo templo y para toda ceremonia litúrgica, donde lo que “es más importante es la adoración” y no “los cantos y los ritos”, por bellos que sean. “Toda la comunidad reunida mira al altar donde se celebra el sacrificio y adora. Pero creo, humildemente lo digo, que nosotros los cristianos tal vez hemos perdido un poco el sentido de la adoración. Y pensamos: vamos al templo, nos reunimos como hermanos, y es bueno, es bello. Pero el centro está allí donde está Dios. Y nosotros adoramos a Dios”.

“Nuestros templos ¿son lugares de adoración? ¿Favorecen la adoración? Nuestras celebraciones, ¿favorecen la adoración?”. Judas Macabeo y el pueblo “tenían el celo por el templo de Dios porque es la casa de Dios, la morada de Dios. E iban en comunidad a encontrar a Dios allí, a adorar”.

Como relata el evangelista Lucas, “también Jesús purifica el templo”. Pero lo hace con el “látigo en la mano”. Se pone a expulsar “las actitudes paganas, en este caso de los mercaderes que vendían y habían transformado el templo en pequeños negocios para vender, para cambiar las monedas, las divisas”. Jesús purifica el templo reprendiendo: “Está escrito: mi casa será casa de oración” y “no de otra cosa. El templo es un lugar sagrado. Y nosotros debemos entrar allí, en la sacralidad que nos lleva a la adoración. No hay otra cosa”.

Además, “san Pablo nos dice que somos templos del Espíritu Santo: yo soy un templo, el Espíritu de Dios está en mí. Y también nos dice: no entristezcáis al espíritu del Señor que está dentro de vosotros”. En este caso, precisó, podemos hablar de “una especie de adoración, que es el corazón que busca al Espíritu del Señor dentro de sí. Y sabe que Dios está dentro de sí, que el Espíritu Santo está dentro de sí y escucha y le sigue. También nosotros −afirmó− debemos purificarnos continuamente porque somos pecadores: purificarnos con la oración, con la penitencia, con el sacramento de la reconciliación, con la Eucaristía”.

Y así, “en estos dos templos −el templo material lugar de adoración y el templo espiritual dentro de mí, donde mora el Espíritu Santo− nuestra actitud debe de ser la piedad que adora y escucha; que ora y pide perdón; que alaba al Señor”. Y “cuando se habla de la alegría del templo, se habla de esto: toda la comunidad en adoración, en oración, en acción de gracias, en alabanza. En oración con el Señor que está dentro de mí, porque soy templo; en escucha; en disponibilidad”.

El Papa concluyó la homilía invitando a orar para que “el Señor nos conceda este sentido auténtico del templo para poder ir adelante en nuestra vida de adoración y de escucha de la Palabra de Dios”.

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BENEDICTO XVI - Ángelus 2009 y 2012

2009

La Iglesia anuncia a Cristo crucificado

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras me preparo para este viaje misionero [a Camerún], resuenan en mi alma las palabras del apóstol san Pablo que la liturgia propone a nuestra meditación en este tercer domingo de Cuaresma: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado –escribe el Apóstol a los cristianos de Corinto–, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Co 1, 23-24). Sí, queridos hermanos y hermanas, viajo a África con la convicción de que no tengo nada que proponer o dar a aquellos con los que me encuentre si no es Cristo y la buena nueva de su cruz, misterio de amor supremo, de amor divino que vence toda resistencia humana y hace posible incluso el perdón y el amor a los enemigos.

Esta es la gracia del Evangelio, capaz de transformar el mundo; esta es la gracia que puede renovar también a África, porque genera una fuerza irresistible de paz y de reconciliación profunda y radical. Por tanto, la Iglesia no persigue objetivos económicos, sociales o políticos; la Iglesia anuncia a Cristo, convencida de que el Evangelio puede tocar el corazón de todos y transformarlo, renovando de este modo desde dentro a las personas y las sociedades.

El 19 de marzo celebraremos la solemnidad de san José, patrono de la Iglesia universal, y también mío personal. San José, avisado en sueños por un ángel, tuvo que huir con María a Egipto, en África, para poner a salvo a Jesús recién nacido, a quien el rey Herodes quería matar. Así se cumplieron las Escrituras: Jesús siguió los pasos de los antiguos patriarcas y, como el pueblo de Israel, volvió a la Tierra prometida después de haber estado en el exilio en Egipto.

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2012

La violencia es contraria al reino de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este tercer domingo de Cuaresma se refiere, en el escrito de san Juan, al famoso episodio en el que Jesús expulsa del templo de Jerusalén a los vendedores de animales a los cambistas (cf. Jn 2,13-25). El hecho, señalado por todos los evangelistas, tuvo lugar en las proximidades de la fiesta de la Pascua despertando gran impresión en la multitud y entre sus discípulos. ¿Cómo debemos interpretar este gesto de Jesús? En primer lugar hay que señalar que esto no provoca ninguna represión de los guardianes del orden público, porque fue visto como una típica acción profética: de hecho, los profetas, en nombre de Dios, a menudo denunciaban los abusos, y lo hacían a veces con gestos simbólicos. El problema, en todo caso, era su autoridad. Por eso los judíos le preguntaron a Jesús: ¿Qué signo nos muestras para obrar así? (Jn. 2,18), que nos muestre que realmente actúa en nombre de Dios.

La expulsión de los mercaderes del templo fue también interpretada en sentido político revolucionario, colocando a Jesús en la línea del movimiento de los zelotes. Estos eran, de hecho, “celosos” de la ley de Dios y dispuestos a usar la violencia para hacerla cumplir. En la época de Jesús esperaban a un mesías que liberase a Israel del dominio romano. Pero Jesús decepcionó esta espera, por lo que algunos discípulos lo abandonaron, y Judas Iscariote incluso lo traicionó. En realidad, es imposible interpretar a Jesús como violento: la violencia es contraria al reino de Dios, y un instrumento del anticristo. La violencia nunca le sirve a la humanidad, es más, la deshumaniza.

Escuchamos a continuación las palabras que Jesús dijo haciendo ese gesto: “Quiten esto de aquí. No hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado. Y entonces los discípulos se acordaron de lo que está escrito en el salmo: “El celo por tu Casa me devora” (69,10). Este salmo es una invocación de ayuda en una situación de extremo peligro a causa del odio de los enemigos: la situación que Jesús vivirá en su pasión. El celo por el Padre y por su casa, lo llevará hasta la cruz: el suyo es el celo del amor que paga con su propia persona, no el que querría servir a Dios mediante la violencia. De hecho, el “signo” que Jesús dará como prueba de su autoridad será sólo el de su muerte y resurrección. “Destruyan este santuario −dijo−, y en tres días lo levantaré”. Y san Juan observa: “Él hablaba del santuario de su cuerpo” (Jn. 2,20-21). Con la pascua de Jesús se inicia un nuevo culto, el culto del amor, y un nuevo templo que es Él mismo, Cristo resucitado, por el cual cada creyente puede adorar a Dios Padre “en espíritu y en verdad” (Jn. 4,23).

Queridos amigos, el Espíritu Santo ha comenzado a construir este nuevo templo en el vientre materno de la Virgen María. A través de su intercesión, oramos para que cada cristiano sea piedra viva de este edificio espiritual.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Los diez mandamientos

El Evangelio de hoy, tercer Domingo de Cuaresma, tiene como tema el templo. Jesús purifica el viejo templo, arrojando fuera con un látigo de cuerdas a mercaderes y mercancías; en consecuencia, se presenta a sí mismo como el nuevo templo de Dios, que destruirán los hombres, pero que Dios hará resurgir en tres días.

Esta vez, sin embargo, iniciamos nuestra reflexión por la primera lectura, porque ella contiene un texto importante: el decálogo, los diez mandamientos de Dios. Volvamos a escucharla para refrescar la memoria tal como nos la presenta la versión castellana en este Domingo:

«Yo soy el Señor, tu Dios...

No tendrás otros dioses frente a mí...

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso.

Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.

Fíjate en el sábado para santificarlo...

Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás testimonio falso contra tu prójimo.

No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él».

El hombre moderno frecuentemente no comprende los mandamientos. Los cambia por prohibiciones arbitrarias de Dios, por límites intolerables puestos en contra de su libertad. Pero, en realidad los mandamientos de Dios son una manifestación de su amor y de su solicitud paternal para con el hombre. «Escucha, Israel; esmérate en practicarlos para que seas feliz» (cfr. Deuteronomio 6, 3; 30,15 s.): esto, no otra cosa, es la finalidad de los mandamientos.

Estuve una vez en peregrinación en el Monte Sinaí, en donde fueron entregados los diez mandamientos por Dios a Moisés, y pude hacer una observación. En algunos pasos peligrosos de la senda, que lleva a la cumbre, para evitar que alguien distraído o inexperto cayera fuera del camino y se precipitase en el vacío, hay puestas unas señales de peligro, colocadas unas barandillas o puestas unas barreras. La finalidad de los mandamientos no es diferente de esto.

Los mandamientos se pueden comparar asimismo a malecones o a un dique. Todos recuerdan o han oído hablar de lo que sucedió en los años cincuenta del inmediato siglo pasado cuando el Po rompió los malecones en el Polesino, o lo que sucedió en 1963 cuando se rompió el dique del Vajont y poblaciones enteras fueron sumergidas por la avalancha de agua y barro. La comparación no parece exagerada. Nosotros mismos vemos lo que sucede en la sociedad, cuando se quebrantan sistemáticamente ciertos mandamientos, como el de no matar o de no robar...

En la base de los diez mandamientos, Dios estableció su alianza con Israel e hizo de ello un «reino de sacerdotes y una nación santa» (Éxodo 19,6). Después que Moisés hubo referido al pueblo las diez palabras, está escrito que todos respondieron a una sola voz: «Nosotros haremos cuanto ha dicho el Señor» (Éxodo 19,8). La decisión de querer pertenecer al pueblo de Dios y de entrar en alianza con él, está inscrita por sí misma en el bautismo; pero, hoy nos ofrece la ocasión para decidir personalmente y como adultos de cuál de las partes queremos estar.

Jesús ha resumido todos los mandamientos, es más, toda la Biblia, en un único mandamiento, el del amor a Dios y al prójimo.

«De estos dos mandamientos –ha dicho– dependen toda la Ley y los Profetas» (Mateo 22,40). Si yo amo a Dios, no querré tener a otro Dios fuera de él, no nombraré su nombre en vano, esto es, no blasfemaré, Y santificaré sus fiestas. Si amo al prójimo, honraré al padre y a la madre, que son mi prójimo más cercano, no robaré, no diré falsos testimonios. Tenía razón san Agustín al decir: «Ama y haz lo que quieras». Porque si uno ama de verdad, todo lo que hará será para bien. También si echa en cara y corrige será por amor, por el bien del otro.

Desde esta luz se entiende igualmente el Evangelio de hoy. ¿Cómo se explica la escena de Jesús que con palos echa fuera a los mercaderes del templo, que tira por el suelo las mesas de los cambistas y grita: «¡Fuera, fuera de aquí!», él, por costumbre tan manso y pacífico? Se explica precisamente por el amor, vuelve a entrar en aquel «ama y haz lo que quieras». Él se mueve por amor para con el Padre celestial, cuyo celo, dice el Evangelio, lo devoraba; pero, asimismo por el amor para con los hombres. Sería necesario saber quiénes eran y qué hacían aquellos cambistas y aquellos vendedores de palomas. La Pascua estaba cercana. Para esta fiesta era costumbre congregarse en Jerusalén judíos y creyentes de todas las partes del mundo en un número a veces de más de dos millones de personas. Cada uno debía pagar la tasa del templo (correspondiente al salario de dos jornadas); pero, se debía pagar solamente en moneda local. Llegando con toda clase de moneda extranjera, había que cambiarla en los pórticos del templo y, por el cambio, los cambistas conseguían sonsacar a aquella pobre gente el equivalente a otra jornada laboral. Lo mismo sucede con los vendedores de palomas. Casi todos los peregrinos querían ofrecer un pequeño o un grande animal como sacrificio para el templo. Las víctimas, sin embargo, debían ser declaradas idóneas por expertos del templo. Si venían adquiridas fuera del templo estas víctimas se declaraban casi con seguridad no idóneas, por lo que era necesario adquiridas dentro del recinto del templo, pagando hasta tres veces más de su precio normal.

Jesús reacciona, por lo tanto, ante la injusticia cometida contra las gentes sencillas y, más en general, reacciona contra la idea de que era necesario presentarse a Dios con víctimas y ofrendas como si fuera casi necesario pagar su favor. Dios es amor y todo lo que quiere del hombre es que reconozca éste su amor gratuito y le corresponda con la observancia de los mandamientos. Jesús hace suyo el grito de los profetas: «Misericordia quiero, que no sacrificios» (Mareo 9,13). «La obediencia (a mis mandamientos) vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (cfr.1 Samuel l5, 22).

Volvamos, ahora, al tema de los mandamientos. Los diez mandamientos vienen observados conjuntamente; no se pueden observar cinco y violar los otros cinco o incluso uno sólo de ellos. He comparado los diez mandamientos a las señales indicadoras a lo largo de la subida al Monte Sinaí, a los malecones de un río y a un dique. Basta remover una de estas señales para precipitarse en el vacío, basta que el río rompa los malecones en un punto determinado para inundarlo todo.

Hay personas que al respecto se han hecho extrañas convicciones. Ciertos hombres de la mafia honran escrupulosamente al padre y a la madre, nunca se permitirían «desear la mujer de otro» y si un hijo blasfema lo reprochan ásperamente; pero, en cuanto a no matar, no decir palabras en falso, no desear los bienes de otro, todo ello es otra cuenta. Deberíamos examinar nuestra vida para ver si también nosotros hacemos algo semejante, esto es, si observamos escrupulosamente algunos mandamientos y alegremente violamos los otros, incluso si no son hasta los mismos que los mafiosos. Nosotros no matamos y no robamos; pero, quizás hablamos en falso, no honramos al padre y a la madre, especialmente si son ancianos y están solos, deseamos la mujer (o el hombre) de otros; o hasta odiamos a alguno, cosa que, para la Escritura, es como matarlo (cfr. 1 Juan 3,15).

Quisiera llamar la atención en particular sobre uno de los mandamientos, que en algunos ambientes es más frecuentemente transgredido: «No tomar el nombre de Dios en vano». «En vano» significa sin respeto o, peor, con desprecio, con ira, en suma, blasfemando. En ciertas regiones hay gente que usa la blasfemia como una especie de interposición a las propias palabras, sin tener en cuenta ningún sentimiento de los que escuchan. Muchos jóvenes, después, especialmente si están en compañía, blasfeman repetidamente con la evidente convicción de que así impresionarán más a las muchachas presentes. Pero, un joven, que no tiene más que este medio para impresionar a las muchachas, quiere decir que está sometido al propio mal.

Basta un sencillísimo razonamiento para entender cuánto la blasfemia sea absurda y, digámoslo también, estúpida. O no se cree en Dios y entonces ¿qué significa la blasfemia? ¿Contra quién se dirige? O, si se cree que Dios existe, como ocurre en la mayoría de los casos, entonces la cosa, pensándolo bien, es terrible. Quien blasfema, ¡lo desafía, lo insulta! Cuando una persona blasfema se asemeja a uno que ha sido agarrado por la mano sobre un precipicio y hace de todo para golpear y arañar en los ojos a quien lo agarra, sin pensar que si éste dejase por un instante su presa, él se precipitaría en el vacío.

A veces, se dice: «Es una costumbre, no pensaba; se me ha escapado de la boca, no quería ofender a Dios». Pero, yo digo: ¿si una persona, cada vez que se encuentra con nosotros, nos insultase en público, excusándose de ello con decir que no lo hace por malicia, sino sólo por costumbre, aceptaríamos aquella excusa? En un tiempo, cuando yo oía blasfemar en torno a mí, me sentía temblar de indignación. Ahora, me viene espontáneo mirar a aquel pobrecillo, especialmente si es un muchacho o un joven, con inmensa piedad y tristeza, y decir dentro de mí: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». O sencillamente digo a quien ha blasfemado, si me lo permiten las circunstancias: «¡Por qué blasfemas! Dios es quizás la única persona en el mundo que te quiere verdaderamente».

No podemos, sin embargo, paramos aquí, en la sola amarga denuncia de la realidad de la blasfemia. ¡Es necesario cambiar! Este deber no afecta sólo a los blasfemadores, sino también a la mujer, la novia, el hermano, el padre. Es un deber de caridad el ayudar con dulzura y firmeza al propio cónyuge a corregirse de esta costumbre tan poco honorable, como se hace para cualquier otra mala costumbre. Se emplea tanto celo para convencer a una persona querida a dejar de fumar, diciendo que el humo daña la salud… ¿por qué no hacer otro tanto para convencerla de dejar de blasfemar?

Allí donde tú eres responsable –en casa, en tu oficina, en tu bar, en tu taxi– nadie debe continuar blasfemando impunemente. Si puedes hacer algo y lo toleras por respeto humano es un poco como si blasfemaras asimismo tú. Eres cómplice. Pero, si lo haces con calma y respeto, verás que te estarán agradecidos y, más que perder amigos, los ganarás. He visto escrito en distintos negocios y locales públicos: «En este local no se blasfema». Es una iniciativa laudable.

Pero, no basta ni siquiera el dejar de blasfemar. El mandamiento de Dios no tiene sólo un contenido negativo sino también positivo. Es necesario, en otras palabras, bendecir, alabar, adorar el nombre de Dios. Jesús, en el Padre Nuestro, nos ha enseñado a decir: «Santificado sea tu nombre». Esto es: sea respetado, honrado y proclamado santo.

He aquí una sugerencia, que podría ayudar a quienes han crecido con la triste costumbre de la blasfemia y tienen sinceramente la intención de corregirse: repetir, por cada una de las blasfemias que debiese salir inadvertidamente de la boca: «Sea santificado tu nombre» o «Bendito sea Dios», «Bendito su santo nombre». O sencillamente: «¡Señor, perdóname y ayúdame a no hacerlo más!»

Recordemos, para concluir, la palabra de Juan que hace de la observancia de todos los mandamientos una cuestión de amor: «En esto consiste el amor, en observar sus mandamientos; y sus mandamientos no son pesados» (1 Juan 5, 3).


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