Diumenge I de Quaresma (cicle B): iniciem un camí de conversió

El dimecres passat, amb el ritu de la Cendra, va iniciar la Quaresma, i avui és el primer diumenge d'aquest temps litúrgic que fa referència als quaranta dies que Jesús va passar en el desert, després del baptisme en el riu Jordà. Escriu sant Marc en l'Evangeli d'avui: «L'Esperit el va empènyer al desert. Es va quedar en el desert quaranta dies, sent temptat per Satanàs; vivia amb les feres i els àngels el servien» (1, 12-13). Amb aquestes paraules l'evangelista descriu la prova que Jesús va afrontar voluntàriament, abans d'iniciar la seva missió messiànica. És una prova de la qual el Senyor surt victoriós i que el prepara per anunciar l'Evangeli del Regne de Déu. Ell, en aquests quaranta dies de solitud, es va enfrontar a Satanàs «cos a cos», va desemmascarar les seves temptacions i el va vèncer. I en Ell hem vençut tots, però a nosaltres ens toca protegir aquesta victòria en la nostra vida diària.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 90, 15-16

Me invocará y yo lo escucharé; lo libraré y lo glorificaré; prolongaré los días de su vida.

No se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

Concédenos, Dios todopoderoso, que, por las prácticas anuales de esta celebración cuaresmal, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo, y traduzcamos su efecto en una conducta irreprochable. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Pondré mi arco iris en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra.

Del libro del Génesis: 9, 8-15

En aquellos días, dijo Dios a Noé y a sus hijos: “Ahora establezco una alianza con ustedes y con sus descendientes, con todos los animales que los acompañaron, aves, ganados y fieras, con todos los que salieron del arca, con todo ser viviente sobre la tierra. Esta es la alianza que establezco con ustedes: No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra”.

Y añadió: “Ésta es la señal de la alianza perpetua que yo establezco con ustedes y con todo ser viviente que esté con ustedes: pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra, y cuando yo cubra de nubes la tierra, aparecerá el arco iris y me acordaré de mi alianza con ustedes y con todo ser viviente. No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 24

R/. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza. R/.

Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura. Según ese amor y esa ternura, acuérdate de nosotros. R/.

Porque el Señor es recto y bondadoso, indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos. R/.

SEGUNDA LECTURA

El agua del diluvio es un símbolo del bautismo. que nos salva.

De la primera carta del apóstol san Pedro: 3,18-22

Hermanos: Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado. En esta ocasión, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados, que habían sido rebeldes en los tiempos de Noé, cuando la paciencia de Dios aguardaba, mientras se construía el arca, en la que unos pocos, ocho personas, se salvaron flotando sobre el agua. Aquella agua era figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes y que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que subió al cielo y está a la derecha de Dios, a quien están sometidos los ángeles, las potestades y las virtudes.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mt 4. 4

R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios. R/.

EVANGELIO

Fue tentado por Satanás y los ángeles le servían.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 1, 12-15

En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían.

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Se dice Credo.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Te pedimos, Señor, que nos hagas dignos de estos dones que vamos a ofrecerte, ya que con ellos celebramos el inicio de este venerable misterio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque él mismo, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y, al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a superar la seducción del pecado, para que, después de celebrar con espíritu renovado el misterio pascual, pasemos finalmente a la Pascua eterna. Por eso, con los coros de los ángeles y santos, te cantamos el himno de alabanza, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 90, 4

El Señor te cubrirá con sus plumas y bajos sus alas encontrarás refugio.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Alimentados, Señor, de este pan celestial que nutre la fe, hace crecer la esperanza y fortalece la caridad, te suplicamos la gracia de aprender a sentir hambre de aquel que es el pan vivo y verdadero, y a vivir de toda palabra que procede de su boca. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO

Derrama sobre tu pueblo, Señor, la abundancia de tu bendición para que su esperanza crezca en la adversidad, su virtud se fortalezca en la tentación, y alcance la redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

1ª lectura

La promesa que Dios había hecho, al mostrar su agrado ante el sacrificio de Noé, de no enviar más un diluvio sobre la tierra (cfr Gn 8,20-22), la renueva ahora en el marco de una alianza que afecta a toda la creación, y que se ratifica mediante una señal: el arco iris.

Comienza así la historia de las diversas alianzas que Dios libremente va estableciendo con los hombres. Esta primera alianza con Noé se extiende a toda la creación purificada y renovada por el diluvio. Después vendrá la alianza con Abrahán, que afectará sólo a él y a sus descendientes (cfr cap. 17). Finalmente, bajo Moisés, establecerá la alianza del Sinaí (cfr Ex 19), también limitada al pueblo de Israel. Pero como los hombres no fueron capaces de guardar estas sucesivas alianzas, Dios prometió, por boca de los profetas, establecer en los tiempos mesiánicos una nueva alianza: «Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos mi pueblo» (Jr 31,33). Esta promesa se cumplió en Cristo, como él mismo dijo al instituir el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22,20).

De ahí que los padres y escritores eclesiásticos hayan visto en el arco iris el primer anuncio de esta nueva alianza. Así, por ejemplo, Ruperto de Deutz escribe: «En él Dios estableció con los hombres una alianza por medio de su Hijo Jesucristo; muriendo Éste en la cruz, Dios nos reconcilió consigo, lavándonos de nuestros pecados en su sangre, y nos dio por medio de Él el Espíritu Santo de su amor, instituyendo el bautismo de agua y del Espíritu Santo por el que renacemos. Por tanto, aquel arco que aparece en las nu­bes es signo del Hijo de Dios. (...) Es signo de que Dios no volverá a destruir toda carne mediante las aguas del diluvio; el Hijo de Dios mismo, a quien una nube recubrió, y el que está elevado más allá de las nubes, por encima de todos los cielos, es para siempre un signo recordatorio a los ojos de Dios Padre, un memorial eterno de nuestra paz: después de que Él en su carne destruyó la enemistad, está firme la amistad entre Dios y los hombres, que ya no son siervos, sino amigos e hijos de Dios» (Commentarium in Genesim 4,36).

El arca de Noé figura del bautismo (1 P 3,18-22)

2ª lectura

En el pasaje es posible que se encuentren elementos de un Credo de la primitiva catequesis cristiana del Bautismo. Se expresa con claridad el núcleo de la fe en Jesucristo, tal como desde el principio la predicaron los Apóstoles y pasó al Símbolo Apostólico: murió, descendió a los infiernos, resucitó y ascendió a los cielos.

El v. 19 recoge la fe de la Iglesia en el descenso de Cristo a los infiernos, manifestación de la universalidad de la salvación: «Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 637). La expresión «espíritus cautivos» ha sido interpretada de diversos modos: estos espíritus pueden simbolizar a las almas de los justos del Antiguo Testamento, retenidos en el seno de Abrahán. Así lo interpretan algunos Padres de la Iglesia. Pero también pueden ser los ángeles caídos que habían sido retenidos en las profundidades tenebrosas. De esta manera se subrayaría la victoria de Cristo sobre el demonio. Las aguas del diluvio son figura de las del Bautismo: como Noé y su familia se salvaron en el Arca a través de las aguas, ahora los hombres se salvan a través del Bautismo, por el que son incorporados a la Iglesia de Cristo (vv. 20-22).

Estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás (Mc 1,12-15)

Evangelio

San Mateo y San Lucas describen con detalle tres tentaciones de Jesús antes de iniciar la vida pública, y unas tentaciones análogas se recogen también en el Evangelio de San Juan (Jn 6,15-7,9). Marcos las reseña brevemente y pasa enseguida a narrar la actividad pública para la que Jesús se había preparado en el desierto.

Tentación, en la Sagrada Escritura, tiene el sentido de «prueba», más que el de «sugestión» o «incitación». Con las tentaciones se nos enseña también la verdadera Humanidad de Jesucristo: «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado» (Hb 4,15). También por eso la conducta de Cristo es modelo para la nuestra: «Jesús, después de ser bautizado, ayunó en solitario durante cuarenta días. Así nos enseñó con su ejemplo que, una vez recibido el perdón de los pecados mediante el bautismo, con vigilia, ayunos y oraciones, debemos prepararnos para evitar que, mientras somos torpes o menos prontos, vuelva el espíritu inmundo que había sido expulsado de nuestro corazón» (S. Beda, Homiliae 11).

«Y los ángeles le servían» (v. 13). Los ángeles, a lo largo del Antiguo Testamento, forman parte de la corte celestial de Dios y le alaban continuamente (cfr p. ej., Is 6,1-3; 1 R 22,19). La indicación de que «servían» a Jesús expresa la superioridad, el señorío de Jesucristo sobre ellos.

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SAN AMBROSIO(www.iveargentina.org)

Jesús en el desierto

Justamente, pues, nuestro Señor Jesús, con su ayuno y su soledad, nos dispone contra los atractivos de los placeres y soporta ser tentado por el diablo para que en El aprendamos nosotros a triunfar. Notemos que el evangelista, no sin razón, nos muestra tres instituciones principales del Señor: pues hay tres cosas provechosas para la salvación del hombre: el sacramento, el desierto y el ayuno: “Nadie es coronado si no lucha conforme a la Ley” (2 Tm 2, 5), y nadie es admitido al combate de la virtud si antes no ha sido lavado de todas las manchas de sus delitos y consagrado por el don de la gracia celeste.

(…) Entonces Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.

Es conveniente recordar cómo el primer Adán fue expulsado del paraíso al desierto, para que adviertas cómo el segundo Adán viene del desierto al paraíso. Ves también cómo sus daños se reparan siguiendo sus encadenamientos, y cómo los beneficios divinos se renuevan tomando sus propias trazas. Una tierra virgen ha dado a Adán, Cristo ha nacido de la Virgen; aquél fue hecho a imagen de Dios, Este es la Imagen de Dios; aquél fue colocado sobre todos los animales irracionales, Este sobre todos los vivientes; por una mujer la locura, por una virgen la sabiduría; la muerte por un árbol, la vida por la cruz. Uno, despojado de lo espiritual, se ha cubierto con los despojos de un árbol; el Otro, despojado de lo temporal, no ha deseado un vestido corporal. Adán está en el desierto, en el desierto Cristo; pues Él sabía dónde podía encontrar al condenado para disipar su error y conducirlo al paraíso; mas como él no podía volver allá cubierto con los despojos de este mundo, como no podía ser habitante del cielo sin ser despojado de toda mancha, lo despojó del hombre viejo y lo revistió del nuevo (Col 3, 9 ss): porque, como los decretos divinos no pueden ser abrogados, era mejor que cambiase la persona que no la sentencia.

Mas, desde el momento que en el paraíso había perdido el camino emprendido sin guía, ¿cómo sin guía podía volver a él en el desierto? Aquí las tentaciones son numerosas, difíciles los esfuerzos hacia la virtud y fáciles las caídas hacia el error. La virtud es del mismo natural que los árboles; cuando todavía son bajos, en su crecimiento de la tierra hacia el cielo, cuando su edad se ensancha en un frondaje tierno, está expuesto al veneno de la un diente cruel y fácilmente puede ser cortado o secado; mas una vez asentado sobre profundas raíces y sus ramos empujados hacia arriba, es ya inútil que la mordedura de las bestias, los brazos de los campesinos o las diversas embestidas de los temporales ataquen al árbol robusto.

¿Qué guía ofrecerá, pues, contra tantos placeres del mundo, contra tantas astucias del diablo, sabiendo que nosotros hemos de luchar en primer lugar “contra la carne y la sangre, luego contra las potestades, contra los príncipes del mundo de estas tinieblas, contra los espíritus malignos que pueblan el aire”? (Ef 6, 11-12). ¿Ofrecer un ángel? Mas también él ha caído; las legiones de ángeles apenas han podido salvar a individuos (2R 6, 17). ¿Enviar un serafín? Mas él ha descendido a la tierra en medio de un pueblo que tenía los labios manchados (Is 6, 6 ss) y no hubo más que un profeta al cual purificó sus labios con el contacto de un carbón encendido. Era necesario buscar otro guía al cual todos siguiésemos. ¿Cuál será este guía tan grande para hacer bien a todos, sino Aquel que está por encima de todos? ¿Quién me establecerá sobre el mundo, sino Aquel que es más grande que el mundo? ¿Quién será este guía tan grande para poder conducir en una misma dirección al hombre y a la mujer, al judío y al griego, al bárbaro y escita, al esclavo y al hombre libre (Col 3, 11), sino Aquel que es todo en todos, Cristo?

Muchos son los lazos por donde caminamos: lazos del cuerpo, lazos de la Ley, lazos tendidos por el diablo en el pináculo de los templos o en las almenas de las murallas, lazos de la filosofía, lazos de los deseos —pues el ojo de la mujer de mala vida es lazo del pecador (cf. Pr 7, 21) —, lazo del dinero, lazo de la religión, lazo del cuidado de la castidad. Pues el alma humana es inclinada por exiguos momentos y con frecuencia la empuja aquí o allí la habilidad del seductor. Ve el diablo a algún hombre religioso que sirve a Dios con veneración, lleno de deseos por lo que es santo e incapaz de hacer mal: y él lo hace caer por su misma religión, induciéndole a no creer que el Hijo de Dios tomó nuestra propia carne, nuestro propio cuerpo, la fragilidad de nuestros propios miembros; siendo así que padeció en su cuerpo, mas la divinidad permaneció exenta de injuria; de este modo su religión lo pone en falta: pues “quien niega que Cristo ha venido en la carne, no es de Dios” (1Jn 4, 3). Ve a un hombre puro, de una castidad intacta: le persuade a condenar el matrimonio, lo cual hace que sea expulsado de la Iglesia, y así el cuidado de la castidad lo separa de este cuerpo casto. Otro ha oído decir que hay “un solo Dios del cual viene todo” (1Co 8, 6): le adora y le venera; le tienta el diablo y le cierra los oídos para que no entienda que hay “un solo Señor por el cual son todas las cosas” (ibíd.); de este modo, por una piedad excesiva, le impele a ser impío, separando el Padre del Hijo y, al mismo tiempo, confundiendo el Padre y el Hijo, creyendo que hay entre los dos unidad de persona y no de poder. Así, mientras ignora la medida de la fe, incurre en la desgracia del error

¿Cómo, pues, evitar estos lazos, a fin de poder decir también nosotros “Escapó nuestra alma como una avecilla al lazo del cazador; se rompió el lazo y fuimos liberados”? (Sal 123, 7). No dice: “Yo he roto el lazo” —David no se atreve a hablar así—, sino “nuestra ayuda está en el nombre del Señor” (ibíd., 8), a fin de mostrar que el lazo sería roto, a fin de profetizar la venida en esta vida de Aquel que rompería el lazo tendido por las insidias del diablo.

Mas el mejor medio de romper el lazo era presentar un cebo cualquiera al diablo, de forma que, apresurándose sobre su presa, quedase él cogido en sus propios lazos, y así yo pueda decir: “Prepararon lazos para mis pies, y ellos cayeron en ellos” (Sal 56, 7). ¿Qué cebo pudo ser éste, sino un cuerpo? Convino, pues, usar con el diablo este artificio, que el Señor tomase un cuerpo, y un cuerpo corruptible, un cuerpo enfermo, para ser crucificado gracias a esa debilidad. Pues, si hubiera tomado un cuerpo espiritual, no habría podido decir: “El espíritu está animoso, pero la carne es flaca” (Mt 26, 41). Escucha, pues, ambas voces, la de la carne flaca y la del espíritu animoso: “Padre, si es posible, que se aleje de mí este cáliz”: es la voz de la carne; “pero no lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú” (Mt 26, 39): he aquí la entrega y el vigor del espíritu. ¿Por qué desprecias la condescendencia del Señor? Por condescendencia ha tomado mi cuerpo, por condescendencia ha tomado mis miserias, mis flaquezas; la naturaleza de Dios no podía ciertamente sentirlas, puesto que la misma naturaleza humana ha aprendido a despreciarlas, o a soportarlas y sufrirlas.

Por lo mismo, sigamos a Cristo, según lo que está escrito: “Marcharás en pos del Señor tu Dios y a Él te adherirás” (Dt 13, 4). ¿A quién me adheriré sino a Cristo?, pues, como dice San Pablo: “Quien se adhiere al Señor tiene un solo espíritu con El” (1Co 6, 17). Sigamos sus pasos y podremos volver del desierto al paraíso.

Ved por qué caminos hemos de volver. Cristo está ahora en el desierto, obra en el hombre, lo instruye, lo forma, lo ejercita, le unge con el óleo espiritual; al verlo más robusto, lo hizo pasar a través de las sementeras y lugares fértiles, cuando los judíos se quejaban de que sus discípulos desgranasen el sábado las espigas cogidas de los trigales (Mt 12, 1 ss) —pues ya había colocado a sus apóstoles en el campo cultivado y en el trabajo fructuoso—; después lo estableció en el jardín en el tiempo de la pasión; pues así está escrito: “Dicho esto, salió Jesús, junto con sus discípulos, a la otra parte del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró y con El sus discípulos” (Jn 18, 1). Pues el jardín es mejor que el campo fértil, como lo enseña el profeta en el Cantar de los Cantares: “Eres jardín cercado, hermana mía, esposa; eres jardín cercado, fuente sellada; es tu plantel un bosquecillo” (Ct 4, 12-13). Tal es la virginidad pura y sin tacha del alma que no se aparta de la fe por ningún temor de los suplicios, por ningún atractivo de los placeres del mundo ni por ningún amor de la vida. Finalmente, que el hombre ha sido llamado por la virtud del Señor nos lo muestra, entre los demás, este evangelista, que solo ha indicado lo que el Señor dijo al ladrón: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Jn 23, 43).

Jesús, pues, lleno del Espíritu Santo, es conducido al desierto intencionadamente, con el fin de provocar al diablo misteriosamente —pues si éste no hubiera combatido, el Señor no hubiera vencido por mí—, para librar a este Adán del destierro; como prueba y demostración de que el diablo tiene envidia de los que se esfuerzan en ser mejores, y por eso se ha de ser precavidos, no sea que la flaqueza del alma traicione la gracia del misterio.

(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), Libro Cuarto 4-14, BAC, Madrid, 1966, pp. 189-196)

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FRANCISCO – Ángelus 2014 y 2015 – Homilía en Ecatepec (14.II.16)

Ángelus 2014

No dialogar con el demonio ante las tentaciones

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio del primer domingo de Cuaresma presenta cada año el episodio de las tentaciones de Jesús, cuando el Espíritu Santo, que descendió sobre Él después del bautismo en el Jordán, lo llevó a afrontar abiertamente a Satanás en el desierto, durante cuarenta días, antes de iniciar su misión pública.

El tentador busca apartar a Jesús del proyecto del Padre, o sea, de la senda del sacrificio, del amor que se ofrece a sí mismo en expiación, para hacerle seguir un camino fácil, de éxito y de poder. El duelo entre Jesús y Satanás tiene lugar a golpes de citas de la Sagrada Escritura. El diablo, en efecto, para apartar a Jesús del camino de la cruz, le hace presente las falsas esperanzas mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de convertir las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de tirarse desde el punto más alto del templo de Jerusalén y hacer que los ángeles le salven; y, por último, el atajo del poder y del dominio, a cambio de un acto de adoración a Satanás. Son los tres grupos de tentaciones: también nosotros los conocemos bien.

Jesús rechaza decididamente todas estas tentaciones y ratifica la firme voluntad de seguir la senda establecida por el Padre, sin compromiso alguno con el pecado y con la lógica del mundo. Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, porque es muy astuto. Por ello, Jesús, en lugar de dialogar como había hecho Eva, elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará. En sus respuestas a Satanás, el Señor, usando la Palabra de Dios, nos recuerda, ante todo, que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3); y esto nos da fuerza, nos sostiene en la lucha contra la mentalidad mundana que abaja al hombre al nivel de las necesidades primarias, haciéndole perder el hambre de lo que es verdadero, bueno y bello, el hambre de Dios y de su amor. Recuerda, además, que «está escrito también: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (v. 7), porque el camino de la fe pasa también a través de la oscuridad, la duda, y se alimenta de paciencia y de espera perseverante. Jesús recuerda, por último, que «está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”» (v. 10); o sea, debemos deshacernos de los ídolos, de las cosas vanas, y construir nuestra vida sobre lo esencial.

Estas palabras de Jesús encontrarán luego confirmación concreta en sus acciones. Su fidelidad absoluta al designio de amor del Padre lo conducirá, después de casi tres años, a la rendición final de cuentas con el «príncipe de este mundo» (Jn 16, 11), en la hora de la pasión y de la cruz, y allí Jesús reconducirá su victoria definitiva, la victoria del amor.

Queridos hermanos, el tiempo de Cuaresma es ocasión propicia para todos nosotros de realizar un camino de conversión, confrontándonos sinceramente con esta página del Evangelio. Renovemos las promesas de nuestro Bautismo: renunciemos a Satanás y a todas su obras y seducciones —porque él es un seductor—, para caminar por las sendas de Dios y llegar a la Pascua en la alegría del Espíritu (cf. Oración colecta del IV Domingo de Cuaresma, Año A).

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Ángelus 2015

La Cuaresma es un tiempo de combate espiritual

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado, con el rito de la Ceniza, inició la Cuaresma, y hoy es el primer domingo de este tiempo litúrgico que hace referencia a los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, después del bautismo en el río Jordán. Escribe san Marcos en el Evangelio de hoy: «El Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían» (1, 12-13). Con estas escuetas palabras el evangelista describe la prueba que Jesús afrontó voluntariamente, antes de iniciar su misión mesiánica. Es una prueba de la que el Señor sale victorioso y que lo prepara para anunciar el Evangelio del Reino de Dios. Él, en esos cuarenta días de soledad, se enfrentó a Satanás «cuerpo a cuerpo», desenmascaró sus tentaciones y lo venció. Y en Él hemos vencido todos, pero a nosotros nos toca proteger esta victoria en nuestra vida diaria.

La Iglesia nos hace recordar ese misterio al inicio de la Cuaresma, porque nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate —en Cuaresma se debe combatir—, un tiempo de combate espiritual contra el espíritu del mal (cf. Oración colecta del Miércoles de Ceniza). Y mientras atravesamos el «desierto» cuaresmal, mantengamos la mirada dirigida a la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el Maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver a situarnos decididamente en la senda de Jesús, la senda que conduce a la vida. Mirar a Jesús, lo que hizo Jesús, e ir con Él.

Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar donde se puede escuchar la voz de Dios y la voz del tentador. En el rumor, en la confusión esto no se puede hacer; se oyen sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por eso es importante conocer las Escrituras, porque de otro modo no sabremos responder a las asechanzas del maligno. Y aquí quisiera volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo, un poco, diez minutos; y llevarlo incluso siempre con nosotros: en el bolsillo, en la cartera... Pero tener el Evangelio al alcance de la mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los «ídolos», nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.

Entonces entramos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos: estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como lo fue para Jesús, es precisamente el Espíritu Santo quien nos guía por el camino cuaresmal, el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús y que recibimos en el Bautismo. La Cuaresma, por ello, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar cada vez más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, obró y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia pascual, podremos renovar con mayor consciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella derivan.

Que la Virgen santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una «nueva creatura».

A Ella encomiendo, en especial, esta semana de ejercicios espirituales, que iniciará hoy por la tarde, y en la que participaré juntamente con mis colaboradores de la Curia romana. Rezad para que en este «desierto» que son los ejercicios espirituales podamos escuchar la voz de Jesús y también corregir tantos defectos que todos nosotros tenemos, y hacer frente a las tentaciones que cada día nos atacan. Os pido, por lo tanto, que nos acompañéis con vuestra oración.

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Homilía en Ecatepec (14.II.16)

Con el demonio no se dialoga

El miércoles pasado hemos comenzado el tiempo litúrgico de la cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Tiempo especial para recordar el regalo de nuestro bautismo, cuando fuimos hechos hijos de Dios. La Iglesia nos invita a reavivar el don que se nos ha obsequiado para no dejarlo dormido como algo del pasado o en un «cajón de los recuerdos». Este tiempo de cuaresma es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen de la ternura y del amor.

Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único, pero no sabe generar y criar «hijos únicos». Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del «padre mío» y «padrastro vuestro».

En cada uno de nosotros anida, vive, ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que han vivido tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy.

Cuaresma, tiempo de conversión, porque a diario hacemos experiencia en nuestra vida de cómo ese sueño se vuelve continuamente amenazado por el padre de la mentira —escuchamos en el Evangelio lo que hacía con Jesús—, por aquel que busca separarnos, generando una familia dividida y enfrentada. Una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos. Cuántas veces experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta de que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena.

Cuaresma, tiempo para ajustar los sentidos, abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente contra el sueño y el proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios ha querido plasmar.

Las tres tentaciones de Cristo.

Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados.

Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos.

Primera, la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos». Es tener el «pan» a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta, ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos. Segunda tentación, la vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que «no son como uno». La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de los demás, y, «haciendo leña del árbol caído», va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias te doy, Señor, porque no me has hecho como ellos».

Tres tentaciones de Cristo.

Tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente.

Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado.

Vale la pena que nos preguntemos:

¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos?

¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que, en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida?

¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuente de alegría y esperanza?

Hemos optado por Jesús y no por el demonio. Si nos acordamos de lo que escuchamos en el Evangelio, Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra propia, sino que le contesta con las palabras de Dios, con las palabras de la Escritura. Porque, hermanas y hermanos, metámoslo en la cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre. Solamente la fuerza de la Palabra de Dios lo puede derrotar. Hemos optado por Jesús y no por el demonio; queremos seguir sus huellas, pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: «Tú eres mi Dios y en ti confío». ¿Se animan a repetirlo juntos? Tres veces: «Tú eres mi Dios y en ti confío». «Tú eres mi Dios y en ti confío». «Tú eres mi Dios y en ti confío».

Que en esta Eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que «el Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús», sabiendo que con Él y en Él «siempre nace y renace la alegría» (Evangelii gaudium, 1).

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BENEDICTO XVI - Ángelus 2006, 2009 y 2012

2006

La esclavitud de la mentira

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma, y hoy celebramos el primer domingo de este tiempo litúrgico, que estimula a los cristianos a comprometerse en un camino de preparación para la Pascua. Hoy el evangelio nos recuerda que Jesús, después de haber sido bautizado en el río Jordán, impulsado por el Espíritu Santo, que se había posado sobre él revelándolo como el Cristo, se retiró durante cuarenta días al desierto de Judá, donde superó las tentaciones de Satanás (cf. Mc1, 12-13). Siguiendo a su Maestro y Señor, también los cristianos entran espiritualmente en el desierto cuaresmal para afrontar junto con él “el combate contra el espíritu del mal”.

La imagen del desierto es una metáfora muy elocuente de la condición humana. El libro del Éxodo narra la experiencia del pueblo de Israel que, habiendo salido de Egipto, peregrinó por el desierto del Sinaí durante cuarenta años antes de llegar a la tierra prometida. A lo largo de aquel largo viaje, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducía a perder la confianza en el Señor y a volver atrás; pero, al mismo tiempo, gracias a la mediación de Moisés, aprendieron a escuchar la voz de Dios, que los invitaba a convertirse en su pueblo santo.

Al meditar en esta página bíblica, comprendemos que, para realizar plenamente la vida en la libertad, es preciso superar la prueba que la misma libertad implica, es decir, la tentación. Sólo liberada de la esclavitud de la mentira y del pecado, la persona humana, gracias a la obediencia de la fe, que la abre a la verdad, encuentra el sentido pleno de su existencia y alcanza la paz, el amor y la alegría.

Precisamente por eso, la Cuaresma constituye un tiempo favorable para una atenta revisión de vida en el recogimiento, la oración y la penitencia. Los ejercicios espirituales que, como es costumbre, tendrán lugar desde esta tarde hasta el sábado próximo aquí, en el palacio apostólico, me ayudarán a mí y a mis colaboradores de la Curia romana a entrar más conscientemente en este característico clima cuaresmal.

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os pido que me acompañéis con vuestras oraciones, os aseguro un recuerdo ante el Señor a fin de que la Cuaresma sea para todos los cristianos una ocasión de conversión y de impulso aún más valiente hacia la santidad. Con este fin, invoquemos la intercesión materna de la Virgen María.

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2009

La ayuda de los ángeles

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, y el Evangelio, con el estilo sobrio y conciso de san Marcos, nos introduce en el clima de este tiempo litúrgico: “El Espíritu impulsó a Jesús al desierto y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás” (Mc 1, 12-13). En Tierra Santa, al oeste del río Jordán y del oasis de Jericó, se encuentra el desierto de Judea, que, por valles pedregosos, superando un desnivel de cerca de mil metros, sube hasta Jerusalén. Después de recibir el bautismo de Juan, Jesús se adentró en aquella soledad conducido por el mismo Espíritu Santo que se había posado sobre él consagrándolo y revelándolo como Hijo de Dios.

En el desierto, lugar de la prueba, como muestra la experiencia del pueblo de Israel, aparece con intenso dramatismo la realidad de la kénosis, del vaciamiento de Cristo, que se despojó de la forma de Dios (cf. Flp 2, 6-7). Él, que no ha pecado y no puede pecar, se somete a la prueba y por eso puede compadecerse de nuestras flaquezas (cf. Hb 4, 15). Se deja tentar por Satanás, el adversario, que desde el principio se opuso al designio salvífico de Dios en favor de los hombres.

Casi de pasada, en la brevedad del relato, ante esta figura oscura y tenebrosa que tiene la osadía de tentar al Señor, aparecen los ángeles, figuras luminosas y misteriosas. Los ángeles, dice el evangelio, “servían” a Jesús (Mc 1, 13); son el contrapunto de Satanás. “Ángel” quiere decir “enviado”. En todo el Antiguo Testamento encontramos estas figuras que, en nombre de Dios, ayudan y guían a los hombres. Basta recordar el libro de Tobías, en el que aparece la figura del ángel Rafael, que ayuda al protagonista en numerosas vicisitudes. La presencia tranquilizadora del ángel del Señor acompaña al pueblo de Israel en todas las circunstancias, tanto en las buenas como en las malas.

En el umbral del Nuevo Testamento, Gabriel es enviado a anunciar a Zacarías y a María los acontecimientos felices que constituyen el inicio de nuestra salvación; y un ángel, cuyo nombre no se dice, advierte a José, orientándolo en aquel momento de incertidumbre. Un coro de ángeles lleva a los pastores la buena nueva del nacimiento del Salvador; y, del mismo modo, son también los ángeles quienes anuncian a las mujeres la feliz noticia de su resurrección. Al final de los tiempos, los ángeles acompañarán a Jesús en su venida en la gloria (cf. Mt 25, 31). Los ángeles sirven a Jesús, que es ciertamente superior a ellos, y su dignidad se proclama aquí, en el evangelio, de modo claro aunque discreto. En efecto, incluso en la situación de extrema pobreza y humildad, cuando es tentado por Satanás, sigue siendo el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor.

Queridos hermanos y hermanas, quitaríamos una parte notable del Evangelio, si dejáramos de lado a estos seres enviados por Dios, que anuncian su presencia en medio de nosotros y son un signo de ella. Invoquémoslos a menudo, para que nos sostengan en el compromiso de seguir a Jesús hasta identificarnos con él. Pidámosles, de modo especial hoy, que velen sobre mí y sobre mis colaboradores de la Curia romana que esta tarde, como cada año, comenzaremos la semana de ejercicios espirituales. María, Reina de los ángeles, ruega por nosotros.

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2012

La humildad nos hace fuertes

Queridos hermanos y hermanas:

En este primer domingo de Cuaresma encontramos a Jesús, quien, tras haber recibido el bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista (cf. Mc 1, 9), sufre la tentación en el desierto (cf. Mc 1, 12-13). La narración de san Marcos es concisa, carente de los detalles que leemos en los otros dos evangelios de Mateo y de Lucas. El desierto del que se habla tiene varios significados. Puede indicar el estado de abandono y de soledad, el «lugar» de la debilidad del hombre donde no existen apoyos ni seguridades, donde la tentación se hace más fuerte. Pero puede también indicar un lugar de refugio y de amparo —como lo fue para el pueblo de Israel en fuga de la esclavitud egipcia— en el que se puede experimentar de modo particular la presencia de Dios. Jesús «se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (Mc 1, 13). San León Magno comenta que «el Señor quiso sufrir el ataque del tentador para defendernos con su ayuda y para instruirnos con su ejemplo» (Tractatus XXXIX, 3 De ieiunio quadragesimae: ccl 138/a, Turnholti 1973, 214-215).

¿Qué puede enseñarnos este episodio? Como leemos en el libro de la Imitación de Cristo, «el hombre jamás está del todo exento de las tentaciones mientras vive... pero es con la paciencia y con la verdadera humildad como nos haremos más fuertes que cualquier enemigo» (Liber I, c. XIII, Ciudad del Vaticano 1982, 37); con la paciencia y la humildad de seguir cada día al Señor, aprendemos a construir nuestra vida no fuera de Él y como si no existiera, sino en Él y con Él, porque es la fuente de la vida verdadera. La tentación de suprimir a Dios, de poner orden solos en uno mismo y en el mundo contando exclusivamente con las propias capacidades, está siempre presente en la historia del hombre.

Jesús proclama que «se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios» (Mc 1, 15), anuncia que en Él sucede algo nuevo: Dios se dirige al hombre de forma insospechada, con una cercanía única y concreta, llena de amor; Dios se encarna y entra en el mundo del hombre para cargar con el pecado, para vencer el mal y volver a llevar al hombre al mundo de Dios. Pero este anuncio se acompaña de la petición de corresponder a un don tan grande. Jesús, en efecto, añade: «convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15); es la invitación a tener fe en Dios y a convertir cada día nuestra vida a su voluntad, orientando hacia el bien cada una de nuestras acciones y pensamientos. El tiempo de Cuaresma es el momento propicio para renovar y fortalecer nuestra relación con Dios a través de la oración diaria, los gestos de penitencia, las obras de caridad fraterna.

Supliquemos con fervor a María santísima que acompañe nuestro camino cuaresmal con su protección y nos ayude a imprimir en nuestro corazón y en nuestra vida las palabras de Jesucristo para convertirnos a Él. Encomiendo, además, a vuestra oración la semana de ejercicios espirituales que esta tarde iniciaré con mis colaboradores de la Curia romana.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Vino ante Jesús un leproso

En las lecturas de hoy suena muchas veces la palabra que, sólo al oírla nombrar, ha suscitado angustia y espanto durante milenios: ¡la lepra! Dos factores extraños han contribuido a acrecentar el pánico frente a esta enfermedad, hasta el punto de llegar a hacerla el símbolo de la mayor desgracia, que le pueda tocar a una persona humana, y también el aislar a los pobres desgraciados de los modos más inhumanos (recintos con hilos espinosos, prisiones, bosques, cementerios, manicomios, desierto). El primero era la convicción, hoy en gran parte revelada como errónea, de que esta enfermedad fuese de tal modo contagiosa que podía infectar a cualquiera, que se pusiese en contacto con el enfermo; el segundo, asimismo privado de todo fundamento, era que la lepra fuese un castigo por el pecado. Todo esto añadía al sufrimiento físico igualmente el sufrimiento moral del juicio y del desprecio de la sociedad.

Quien más que cualquier otro ha contribuido a hacer cambiar la actitud y la legislación hacia los leprosos ha sido Raoul Follereau, muerto en 1973. Hizo instituir, en 1954, la Jornada mundial de los leprosos; ha promocionado congresos científicos; y, en fin, ha conseguido que se revocase la legislación sobre la segregación de los leprosos.

Sobre el fenómeno de la lepra, las lecturas de este Domingo nos permiten conocer el planteamiento tal como estaba antes de la ley mosaica y después del Evangelio de Cristo. En el párrafo, sacado del Levítico, se dice que la persona sospechosa de lepra debe ser conducida al sacerdote, el cual, confirmada la enfermedad, «declarará a aquel hombre inmundo». Desde aquel momento:

«El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».

El pobre leproso, arrojado fuera de la compañía humana, además de eso, él mismo debe estar lejos del resto de las personas advirtiéndoles del peligro. La única preocupación de la sociedad ha de ser la de protegerse a sí misma. Mas, ahora, veamos cómo se comporta Jesús en el Evangelio:

«Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio».

Jesús no tiene miedo de contraer el contagio; permite acercarse al leproso junto a él y ponérsele delante de rodillas. Más aún, en una época en que se creía que sólo el acercamiento de un leproso era suficiente para que se trasmitiese el contagio, él «extendió la mano y lo tocó». No debemos pensar que todo esto sucediese de una forma espontánea y que no le costase nada a Jesús. Como hombre, él compartía en esto como en otros puntos las persuasiones de su tiempo y de la sociedad en que vivía. Pero, en él la compasión por el leproso es más fuerte que el miedo a la lepra.

Jesús en esta circunstancia pronuncia una frase entre las más sublimes y divinas, aún en su exagerada síntesis: «Quiero: queda limpio». «Si quieres, puedes» había dicho el leproso, manifestando así su fe en el poder de Cristo. Jesús demuestra poder hacerla efectuándolo. Con ello, él revela implícitamente su trascendencia divina. Ningún taumaturgo, al realizar un milagro, puede hablar de este modo, porque sabe bien que él puede sólo interceder, implorar, no realizar el milagro por su voluntad, lo cual depende sólo de Dios.

Jesús sólo puede decir, en primera persona: «Quiero», porque sabe que él es «una sola cosa» con Dios.

Esta comparación sobre el caso de la lepra entre la ley mosaica y el Evangelio nos obliga a planteamos la pregunta: ¿yo en cuál de los dos planteamientos me inspiro? Es verdad que la lepra ya no es la enfermedad, que da más miedo (a pesar de que existen aún unos veinte millones de leprosos en el mundo), puesto que, si bien tomada a tiempo, se puede curar completamente y en la mayoría de los países ya está del todo vencida; pero, otras enfermedades han usurpado su lugar. Desde hace tiempo se habla de las «nuevas lepras» y «nuevos leprosos». Con estos términos no se entienden tanto las enfermedades incurables de hoy, cuanto las enfermedades (SIDA y droga), de las que la sociedad se defiende, como hacía con la lepra, aislando al enfermo y dejándolo al margen de sí misma.

Hay barrios que se movilizan y reaccionan contra el levantamiento o construcción de una casa de acogida para estos enfermos en su interior o en sus alrededores. No juzguemos a estas personas demasiado ligeramente, como si la cosa no presentase efectivamente algún problema y se tratase sólo de egoísmo. Más bien, como decía san Pablo «que cada uno se examine a sí mismo» (1 Corintios 11,28), para ver qué es lo que prevalece en su corazón: si el rigor de la ley o la compasión del Evangelio. Nosotros no podemos decir como Jesús: «Quiero: queda limpio»; sin embargo, podemos, al menos, «extender la mano y tocar» a estos hermanos en su desgracia. Hay infinitos modos con que se puede hacer esto. A veces, el simple gesto material de extender la mano puede ser de gran consuelo y ayuda, porque les hace sentirse aún igual que las demás como personas humanas. Lo que Raoul Follereau había sugerido hacer para con los leprosos tradicionales y que tanto ha contribuido a aliviar su aislamiento y sufrimiento se debiera hacer (y, gracia a Dios, muchos lo hacen) en las relaciones con los nuevos leprosos.

Frecuentemente, un gesto del género, especialmente si es hecho teniendo que vencerse a sí mismo, para quien lo hace sella el inicio de una verdadera conversión. El caso más célebre es el de Francisco de Asís, cuyo comienzo de su nueva vida le hizo salir al encuentro de un leproso: «Cuando estaba en los pecados, así comienza en su Testamento, me parecía algo demasiado desabrido el ver a los leprosos; pero, el Señor mismo me condujo junto a ellos y usé con ellos misericordia. Y acercándome a ellos, lo que me parecía áspero se me fue cambiando en dulzura de ánimo y de cuerpo». Las fuentes históricas narran cómo tuvo lugar este encuentro, que le cambió la vida. Iba a caballo por la llanura de Asís cuando de lejos vio a un leproso. Estuvo a punto por la repugnancia y el hastío de ponerse al galope y huir; pero, un acto contrario de voluntad le detiene (es en este momento cuando se decide la verdadera conversión); es más, desciende del caballo y corre a besarle (cfr. Celano, Vida segunda, V, 9). Desde aquel día llegó a ser el amigo de los leprosos, a los que llamaba con respeto y afecto: «los hermanos cristianos»; les visitaba frecuentemente, lavándoles las llagas y dándoles de comer. Lo más singular es que este contacto, que antes le parecía la cosa más amarga y repugnante, que hubiese en el mundo, le llegó a ser una fuente de alegría no sólo espiritual sino también humana o «del cuerpo», como dice él.

Pero, debemos manifestar igualmente otra enseñanza, incluida en el episodio evangélico. Ésta se presta mejor que todo razonamiento para favorecer la diferencia entre la ley y el Evangelio en comparación con aquella enfermedad verdaderamente «mortal», de la que todos, ninguno excluido, estamos afectados y de la que (la lepra) era considerada (si bien erróneamente) un símbolo del pecado. La ley antigua no curaba del pecado, no concedía la vida; se limitaba a clarificar la transgresión, a dar a conocer si uno era justo o pecador, como se hacía con la lepra; sin embargo, la gracia de Cristo libera del pecado, da la vida, como hace Jesús con el leprosa. La ley dice lo que hay que hacer, la gracia da lo que hay que hacer. «Nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado» (Romanos 3,20). La curación del leproso llega a ser, por lo tanto, la ocasión para tomar conciencia de la curación más grandiosa aún, que ha tenido lugar en nosotros mismos, cuando hemos sido «justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Romanos 3, 24). Lo más consolador es saber que este milagro se realiza una sola vez en la vida; por lo cual, si se debiese contraer de nuevo la lepra, ya no habría más remedio. Cada vez que, arrepentidos, nos ponemos también nosotros «de rodillas» a los pies de Cristo y de la Iglesia reconociendo nuestro pecado, nosotros podemos escuchar aquella palabra: «Yate absuelvo de tus pecados», que es la equivalente en el plano espiritual a la de: «Quiero: queda limpio».

¿Qué es necesario para que todo esto llegue a ser una realidad vivida y no sólo una hermosa teología? Lo primero, reconocer nuestro mal y mostrar nuestras llagas a quien puede curarlas. A veces, para hacer esto, es necesario superar no sólo la propia resistencia íntima, sino también el respeto humano frente a una cultura y a una sociedad, que niega el pecado, y, encima, se burla y tienta de todos los modos posibles para convencernos de que esto, además, no es el tan gran mal que se dice. El leproso del Evangelio obtuvo el milagro porque se había atrevido a transgredir el tabú y, mientras, todos los demás leprosos se escondían por miedo y vergüenza; él había venido desenmascarado. Un día Jesús con tristeza observó:

«Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el siria» (Lucas 4,27).

Solamente Naamán, el sirio, fue curado; porque sólo él tuvo fe y salió de su país para pedir ayuda al profeta. Igualmente, hoy hay muchos «leprosos» en el mundo (de la lepra más grave, de la que ya hemos hablado); pero, no todos son curados sino sólo los que se dan cuenta de cuán peligrosa es esta lepra y buscan la curación de quien puede darla.

Se cuenta que el rey san Luis IX, dijo públicamente un día que habría preferido treinta veces ser un leproso que caer más bien en un solo pecado mortal. A lo que el barón de Joinville, presente, rebatió horrorizado diciendo que él prefería haber cometido treinta pecados mortales, más bien que llegar a ser un leproso. Volviendo a recordar el hecho, el poeta Péguy comenta (aunque como de costumbre es Dios el que habla): «¡Ah, si Joinville con los ojos del alma hubiese visto qué sea la lepra del alma, que no en vano llamamos pecado mortal; si con los ojos del alma hubiese visto aquella soberbia reseca del alma infinitamente peor, infinitamente más perniciosa, infinitamente más maligna, infinitamente más odiosa, él mismo habría entendido de inmediato cuán absurda era su soflama y que la cuestión ni siquiera se planteaba! Pero, no todos ven con los ojos del alma. Yo entiendo esto, dice Dios, no todos son santos, es así mi cristiandad» (El misterio de los Santos Inocentes). El episodio evangélico nos presenta una conclusión extraña, si no, asimismo, insólita:

«Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”».

Jesús manda al leproso curado que no lo diga a nadie, sino que se presente al sacerdote, como prescribía la ley de Moisés. Así, él demuestra que no ha venido a abolir la ley sino a «darle cumplimiento»; esto es, a realizar lo que la ley prescribía hacer, aunque no daba la capacidad para hacerla. Quiere igualmente ofrecer a los sacerdotes una ocasión para creer, viendo que en él se cumplen los signos esperados por el Mesías, entre los que, precisamente, estaba el «curar a los leprosos» (cfr. Mateo 11,5).


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