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Diumenge III del Temps Ordinari (cicle B): El Senyor passa avui, el Senyor em mira, m'està mirant. Què em diu el Senyor?

Aquest diumenge se situa enmig de la Setmana d'Oració per la Unitat dels Cristians, que se celebra del 18 al 25 de gener. Convido cordialment a tots a unir-se a l'oració de Jesús al Pare en la vespra de la seva passió: “Que ells també siguin un, perquè el món crea” (Jn 17,21).

Benvolguts amics i amigues, el Senyor crida també avui. El Senyor passa pels camins de la nostra vida quotidiana. Ens crida a anar amb Ell, a treballar amb Ell pel regne de Déu, en les “Galilees dels nostres temps. Cadascun de vosaltres pensi: el Senyor passa avui, el Senyor em mira, m'està mirant. Què em diu el Senyor?

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 95, 1. 6

Canten al Señor un cántico nuevo, hombres de toda la tierra, canten al Señor. Hay brillo y esplendor en su presencia, y en su templo, belleza y majestad.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, dirige nuestros pasos de manera que podamos agradarte en todo y así merezcamos en nombre de tu Hijo amado, abundar en toda clase de obras buenas. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Los habitantes de Nínive se arrepintieron de su mala conducta.

Del libro del profeta Jonás: 3, 1-5.10

En aquellos días, el Señor volvió a hablar a Jonás y le dijo: “Levántate y vete a Nínive, la gran capital, para anunciar ahí el mensaje que te voy a indicar”.

Se levantó Jonás y se fue a Nínive, como le había mandado el Señor. Nínive era una ciudad enorme: hacían falta tres días para recorrerla. Jonás caminó por la ciudad durante un día, pregonando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”.

Los ninivitas creyeron en Dios, ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Cuando Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 24

R/. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza. R/.

Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura. Según ese amor y esa ternura, acuérdate de nosotros. R/.

Porque el Señor es recto y bondadoso, indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos. R/.

SEGUNDA LECTURA

Este mundo que vemos es pasajero.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 7, 29-31

Hermanos: Les quiero decir una cosa: el tiempo apremia. Por lo tanto, conviene que los casados vivan como si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no compraran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran de él; porque este mundo que vemos es pasajero.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mc 1, 15

R/. Aleluya, aleluya.

El Reino de Dios ya está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en el Evangelio. R/.

EVANGELIO

Arrepiéntanse y crean en el Evangelio.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 1,14-20

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”.

Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, benignamente, nuestros dones, y santifícalos, a fin de que nos sirvan para nuestra salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 8,12

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue, no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Concédenos, Dios todopoderoso, que al experimentar el efecto vivificante de tu gracia, nos sintamos siempre dichosos por este don tuyo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

La predicación de Jonás (Jon 3,1-5.10)

1ª lectura

Se renueva la misión de Dios a Jonás. Si antes desobedeció (capítulos 1 y 2), ahora obedece. El éxito de la misión está asegurado, porque no depende de Jonás sino del Señor: tres días hacían falta para cruzar Nínive (v. 3), pero en uno solo (v. 4) se consiguen ya los efectos buscados (cfr 3,5).

El relato de la conversión de los ninivitas parece escrito sobre la falsilla de otros textos bíblicos, especialmente del profeta Jeremías: Jeremías es el «profeta de las naciones» (Jr 1,5) y Jonás es enviado a la cuidad prototipo de las naciones gentiles. También recuerdan al profeta de Anatot muchas expresiones de estos versículos: en el libro de Jeremías, Jerusalén es llamada «la gran ciudad», como aquí se denomina a Nínive (1,2; 3,2; cfr Jr 22,8-9), y en ambos libros se encuentran giros comunes: «que cada uno se convierta de su mala conducta», «hombres y animales», «del mayor al más pequeño» (3,5.8; cfr Jr 6,13; 8,10; 36,3.7), etc. El pasaje recuerda especialmente la llamada al ayuno que hace Jeremías en tiempos del rey Yoyaquim. En Jr 36 se relata cómo el profeta anuncia desventuras, y proclama el ayuno para la conversión (Jr 36,9), pero el rey Yoyaquim desoye el oráculo. También en -Jonás se anuncian desventuras para Nínive, pero son los mismos ninivitas quienes, como si Dios hablara por ellos, convocan a un ayuno general (3,4). Incluso es el mismo rey quien, con un vocabulario que recuerda al de los profetas (vv. 7-9; cfr Jl 2,12-14), establece los ritos penitenciales. Pero hay todavía más: el rey de los ninivitas parece un buen conocedor de la doctrina bíblica, pues sabe (cfr Jr 36,3.9) que las muestras de penitencia no llevan consigo, de manera automática, el cambio de conducta de Dios; él se convierte sinceramente y está a la espera de lo que haga Dios (v. 9). Y Dios se echa para atrás de su decisión al ver que aquellos hombres cambian de vida (v. 10). El episodio es un buen ejemplo de la doctrina de Jeremías (cfr Jr 18,7-8).

El contraste entre los ninivitas y los israelitas está presente en el uso del texto que hace Jesús cuando compara a sus oyentes judíos con sus antepasados: «Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás» (Mt 12,41). No es extraño por eso que, en la tradición cristiana, los ninivitas hayan quedado como modelo de penitencia: «Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,5-7).

Y otro texto de un gran Padre de Oriente comenta: «No consideres el poco espacio de tiempo que tienes, sino el amor del maestro. El pueblo de Nínive apartó de sí la gran ira de Dios en tres días. El poco espacio de tiempo que tenían no les disuadió, sino que sus almas ansiosas conquistaron la bondad del maestro y después fueron capaces de cumplir toda la obra» (S. Juan Crisóstomo, De incomprehensibile Dei natura 6).

La apariencia de este mundo pasa (1 Co 7,29-31)

2ª lectura

La excelencia de la virginidad —tanto de mujeres como de hombres— se fundamenta en el amor de Dios, al cual puede dedicarse el célibe con una exclusividad que no se da en la persona casada. «La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15,13; 3,16) (...). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia “como señal y estímulo de la caridad” (Lumen gentium, n. 42); señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, n. 24).

Convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1,14-20)

Evangelio

Que Jesús comience su predicación cuando cesó la del Bautista está indicando que la etapa de las promesas ha finalizado ya, y que con Él y sus palabras comienza el Reino de Dios y, por tanto, la salvación. También sugiere, como más tarde se hace explícito con el martirio del Bautista, que la proclamación del Evangelio no se hará sin dificultades.

«Evangelio de Dios» (v. 14). Esta expresión la encontramos en San Pablo (Rm 1,1; 2 Co 11,7; etc.) como equivalente a la de «Evangelio de Cristo» (Flp 1,27; 2 Co 2,12; 2 Ts 1,8; etc.). Indica, sobre todo, la novedad gozosa que adviene con Jesús, el Reino de Dios: «En lo que puedo recordar, del Reino de los Cielos no he oído hablar nunca leyendo la Ley, los Profetas o el Salterio; sólo leyendo el Evangelio. El Reino de Dios ha quedado abierto sólo después de que haya venido aquél que dijo: el Reino de Dios está dentro de vosotros» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 2).

Participar de este Reino exige de los hombres una conversión interior, estar dispuestos a recibir un nuevo don de Dios: «Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cfr Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cfr Mc 2,3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia» (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 13).

En aquel tiempo, los jóvenes judíos piadosos que deseaban profundizar en el conocimiento y práctica de la Ley de Moisés, procuraban ser admitidos entre el grupo de algún maestro o rabino: «Búscate un rabí y te desaparecerán las dudas», decía un adagio rabínico (Pirqué Abot 1,16). En cambio, aquí es Jesús quien llama a algunos, a los que Él quiere (cfr 3,13), para que sean sus discípulos: hace esa llamada con autoridad, y aquellos hombres responden. San Jerónimo, que ofrece unos vibrantes comentarios de estos primeros capítulos del evangelio, atendía aquí a la fuerza de la mirada de Jesús (v. 16; cfr 10,21): «Si no hubiera algo divino en el rostro del Salvador, hubieran actuado de modo irracional al seguir a alguien de quien nada habían visto. ¿Deja alguien a su padre y se va tras uno en quien no ve nada distinto de lo que puede ver en su padre?» (Commentarium in Marcum 9).

Aquellos discípulos responden a la llamada, «al momento» (v. 18), abandonando no sólo lo que estaban haciendo, sino todas las cosas (cfr 10,28). El evangelio sigue siendo actual: Dios pasa junto a nosotros y nos llama. Si no se le responde, Él puede seguir su camino y nosotros perderlo de vista y de nuestra vida.

Sin duda, Jesús conocía a estos discípulos desde tiempo atrás (cfr Jn 1,40-46). San Marcos coloca la llamada a seguirle como primera acción del ministerio de Jesús para señalar la colaboración de los discípulos en la proclamación del Reino y para subrayar que la obra de los Apóstoles, tras la resurrección de Jesús, será la continuación de la obra de Cristo.

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

Homilía 14

“Mas como oyera Jesús que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea…” (Mt 4, 12ss)

Por qué se retira Jesús al ser encarcelado Juan

1. ¿Por qué se retira el Señor otra vez? Para enseñarnos a no arrojarnos nosotros temerariamente a las tentaciones, sino saber ceder y retirarnos. Porque no se nos puede culpar de que no nos precipitemos voluntariamente al peligro, sino de que, venidos a él, no nos mantengamos firmes valerosamente. Para darnos, pues, esta lección y juntamente para mitigar la envidia de los judíos, se retira el Señor a Cafarnaúm. Por otra parte, no sólo iba a cumplir la profecía de Isaías de que nos habla el evangelista, sino que tenía interés en pescar a los que habían de ser maestros de toda la tierra, pues en Cafarnaúm vivían de su profesión de pescadores. Mas considerad, os ruego, cómo en toda ocasión en que tiene el Señor que marchar a los gentiles, son los judíos quienes le dan motivo para ello. Aquí, en efecto, por haber tendido sus asechanzas contra el Precursor y haberlo metido en la cárcel, empujan al Señor a que pase a la Galilea de las naciones. Porque el profeta no habla aquí de una parte del pueblo judaico, ni alude, tampoco, a todas las tribus; mirad más bien cómo define y determina aquel lugar –la Galilea de las naciones–, diciendo así: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, el camino del mar en la Transjordania, Galilea de las naciones: El pueblo sentado en las tinieblas vio una luz grande[1]. Tinieblas llama aquí el profeta no a las tinieblas sensibles, sino al error y la impiedad. De aquí que añade: A los sentados en la región y sombras de la muerte, una luz les ha salido. Porque os dierais cuenta de que ni la luz ni las tinieblas son aquí las tinieblas y luz sensible, hablando de la luz, no la llamó así simplemente, sino luz grande, la misma que en otra parte llama la Escritura luz verdadera[2]; y, explicando las tinieblas, les dio nombre de sombras de la muerte. Luego, para hacer ver que no fueron ellos quienes, por haberle buscado, encontraron a Dios, sino éste quien del cielo se les apareció: Una luz –dice– salió para ellos, es decir, la luz misma salió y brilló para ellos, no que ellos corrieran primero hacia la luz. A la verdad, antes de la venida de Cristo, la situación del género humano era extrema. Porque no solamente caminaban los hombres entre tinieblas, sino que estaban sentados en ellas, que es señal de no tener ni esperanza de salir de ellas. Como si no supieran por dónde tenían que andar, envueltos por las tinieblas, se habían sentado en ellas, pues ya no tenían fuerza ni para mantenerse en pie.

Empieza la predicación de Jesús

“Desde aquel momento empezó Jesús a predicar y decir: Arrepentíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

–Desde aquel momento... ¿Cuándo? –Desde que Juan fue encarcelado. ¿Y por qué no predicó Jesús desde el principio? ¿Qué necesidad tenía en absoluto de Juan, cuando sus propias obras daban de Él tan alto testimonio? –Para que también por esta circunstancia os deis cuenta de la dignidad del Señor, pues también Él, como el Padre, tiene sus profetas. Es lo que había dicho Zacarías: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo[3]. Por otra parte, no quería dejar pretexto alguno a los desvergonzados judíos. Razón que puso Él mismo cuando dijo: Vino Juan, que no comía ni bebía, y dijeron: Está endemoniado. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: He ahí a un hombre comilón y bebedor y amigo de publicanos y pecadores. Y fue justificada la sabiduría por sus propios hijos[4]. Por otra parte, era necesario que fuera otro y no Él mismo quien hablara primero de sí mismo. Aun después de tantos y tan altos testimonios y demostraciones, le solían objetar: Tú das testimonio sobre ti mismo. Tu testimonio no es verdadero[5]. ¿Qué no hubieran dicho si Juan, presentándose entre ellos, no hubiera primero atestiguado al Señor? La razón, en fin, por que Jesús no predicó ni hizo milagros antes de que Juan fuera metido en la cárcel, fue para no dar de ese modo lugar a una escisión entre la muchedumbre. Por la misma razón tampoco Juan obró milagro alguno, pues así quería entregarle a Él la muchedumbre. Sus milagros la arrastrarían hacia Él. En fin, si aun con tantas precauciones antes y después del encarcelamiento, todavía sentían celos de Jesús los discípulos de Juan y las turbas sospechaban que Juan y no Jesús era el Mesías, ¿qué hubiera sucedido sin todo eso? Por todas estas razones indica Mateo que desde entonces empezó Jesús a predicar. Es más, al principio Jesús repite la misma predicación de Juan. Y todavía no habla de sí mismo, sino que se contenta con predicar lo que aquél había ya predicado. Realmente, bastante era que por entonces aceptaran aquella predicación, puesto que todavía no tenían sobre el Señor la opinión debida.

Los primeros discípulos de Jesús

2. Por la misma razón, en sus comienzos, el Señor no pronuncia palabra dura ni molesta, como cuando Juan habla del hacha y del árbol cortado. Jesús no se acuerda ya ni del bieldo, ni de la era, ni del fuego inextinguible. Sus preludios son todos de bondad, y el primer mensaje que dirige a sus oyentes versa sobre los cielos y el reino de los cielos. Y, caminando orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos: Simón –que se llama Pedro– y Andrés, su hermano, que estaban echando sus redes al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí y yo os haré pescadores de hombres. Y ellos, dejando sus redes, le siguieron. Realmente, Juan cuenta de otro modo la vocación de estos discípulos. Lo cual prueba que se trata aquí de un segundo llamamiento, lo que puede comprobarse por muchas circunstancias. Juan, en efecto, dice que se acercaron a Jesús antes de que el Precursor fuera encarcelado; aquí, empero, se nos cuenta que su llamamiento tuvo lugar después de encarcelado aquél. Allí Andrés llama a Pedro; aquí los llama Jesús a los dos. Juan cuenta que, viendo Jesús venir a Pedro, le dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás. Tú te llamarás Cefás, que se interpreta Pedro[6], es decir, “roca”. Mateo, empero, dice que Simón llevaba ya ese nombre: Porque, viendo –dice– a Simón, el que se llama Pedro. Que se trate aquí de segundo llamamiento, puede también verse por el lugar de donde son llamados y, entre otras muchas circunstancias, por la facilidad con que obedecen al Señor y todo lo abandonan para seguirle. Es que estaban ya de antemano bien instruidos. En Juan se ve que Andrés entra con Jesús en una casa y allí le escucha largamente; aquí, apenas oyeron la primera palabra, le siguieron inmediatamente. Y es que, probablemente, le habían seguido al principio y luego le dejaron; y, entrando Juan en la cárcel, también ellos se retirarían y volverían a su ordinaria ocupación de la pesca. Por lo menos así se explica bien que el Señor los encuentre ahora pescando: É1 por su parte, ni cuando quisieron al principio marcharse se lo prohibió, ni, ya que se hubieron marchado, los abandonó definitivamente, No, cedió cuando se fueron; pero vuelve otra vez a recuperarlos. Lo cual es el mejor modo de pescar.

La fe y la obediencia con que los discípulos siguen al Señor

Mas considerad la fe y obediencia de estos discípulos. Hallándose en medio de su trabajo –y bien sabéis cuán gustosa es la pesca–, apenas oyen su mandato, no vacilan ni aplazan un momento su seguimiento. No le dijeron: Vamos a volver a casa y decir adiós a los parientes. No, lo dejan todo y se ponen en su seguimiento, como hizo Eliseo con Elías. Ésa es la obediencia que Cristo nos pide: ni un momento de dilación, por muy necesario que sea lo que pudiera retardar nuestro seguimiento. Al otro que se le acercó y le pidió permiso para ir a enterrar a su padre, no se lo consintió. Con lo que nos da a entender que su seguimiento ha de ponerse por encima de todo lo demás. Y no me digáis que fue muy grande la promesa que se les hacía, pues por eso los admiro yo particularmente. No habían visto milagro alguno del Señor, y, sin embargo, creyeron en la gran promesa que les hacía y todo lo pospusieron a su seguimiento. Ellos creyeron, en efecto, que por las mismas palabras con que ellos habían sido pescados lograrían también ellos pescar a otros. A Andrés y Pedro eso les prometió el Señor, mas en el llamamiento de Santiago y Juan no se nos habla de promesa alguna. Seguramente la obediencia de los que les precedían les había ya preparado el camino. Por otra parte, también ellos habían antes oído hablar mucho de Jesús. Pero mirad por otra parte cuán puntualmente nos da a entender el evangelista la pobreza de estos últimos discípulos. Los halló, efectivamente, el Señor cosiendo sus redes. Tan extrema era su pobreza, que tenían que reparar sus redes rotas por no poder comprar otras nuevas. Y no es pequeña la prueba de su virtud que ya en eso nos presenta el evangelio: soportan generosamente la pobreza, se ganan la vida con justos trabajos, están entre sí unidos por la fuerza de la caridad y tienen consigo y cuidan a su padre.

(Obras de San Juan Crisóstomo, Homilía 14, 1-2, BAC Madrid 1955 (I), pp. 255-260)



[1] Is 4, 1-2

[2] Jn 1, 9

[3] Lc 1, 76

[4] Mt 11, 18-19

[5] Jn 8, 13

[6] Jn 1, 37 ss.

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FRANCISCO – Homilía en Santa Marta (5.IX.13) y Ángelus (26.I.14)

Homilía del 5 de septiembre de 2013

Escucha, renuncia y misión

Cuando el Señor pasa en nuestra vida nos dice siempre una palabra y nos hace una promesa. Pero nos pide también que nos despojemos de algo y nos confía una misión.

Comentando el episodio de la “pesca milagrosa” el Papa recordó a san Agustín, quien “repite una frase que siempre me ha impresionado. Dice: “Tengo miedo cuando pasa el Señor”. ¿Por qué? “Porque tengo miedo de que pase y no me dé cuenta”. Y el Señor pasa en nuestra vida como ha sucedido aquí, en la vida de Pedro, de Santiago, de Juan”.

En este caso el Señor ha pasado en la vida de sus discípulos con un milagro. Pero, como puntualizó el Papa, “no siempre Jesús pasa en nuestra vida con un milagro”. Aunque “se hace siempre oír. Siempre”.

Estos tres aspectos del paso de Jesús en nuestra vida –nos dice “una palabra que es una promesa”, nos pide “que nos despojemos de algo”, nos encomienda “una misión”– están bien representados en el pasaje de Lucas. El Santo Padre recordó en particular la reacción de Pedro al milagro de Jesús: “Simón, que era tan sanguíneo, fue a Él: “Pero Señor, aléjate de mí que soy pecador”. Lo sentía verdaderamente, porque él era así. ¿Y Jesús qué le dice? “No temas”“.

“Bella palabra ésta, muchas veces repetida: “No tengáis miedo, no temáis”“, comentó el Pontífice, añadiendo: “Y después, y aquí está la promesa, les dice: “Te haré pescador de hombres”. Siempre el Señor, cuando llega a nuestra vida, cuando pasa en nuestro corazón, nos dice una palabra y nos hace una promesa: “Ve adelante, valor, no temas: ¡tú harás esto!”“. Es “una invitación a seguirle”. Y “cuando oímos esta invitación y vemos que en nuestra vida hay algo que no funciona, debemos corregirlo” y debemos estar dispuestos a dejar cualquier cosa, con generosidad. Aunque “en nuestra vida –precisó el Papa– haya algo de bueno, Jesús nos invita a dejarla para seguirle más de cerca. Es como sucedió a los apóstoles, que dejaron todo, como dice el Evangelio: “Y sacando las barcas a tierra, dejaron todo y le siguieron”“.

La vida cristiana, por lo tanto, “es siempre un seguir al Señor”. Pero para seguirle primero hay que “oír qué nos dice”; y después hay que “dejar lo que en ese momento debemos dejar y seguirle”.

Finalmente está la misión que Jesús nos confía. Él, en efecto, “jamás dice: “¡Sígueme!”, sin después decir la misión. Dice siempre: “Deja y sígueme para esto”“. Así que, si “vamos por el camino de Jesús –observó el Santo Padre– es para hacer algo. Ésta es la misión”.

Es “una secuencia que se repite también cuando vamos a orar”. De hecho “nuestra oración –subrayó– debe tener siempre estos tres momentos”. Ante todo la escucha de la palabra de Jesús, una palabra a través de la cual Él nos da la paz y nos asegura su cercanía. Después el momento de nuestra renuncia: debemos estar dispuestos a “dejar algo: “Señor, ¿qué quieres que deje para estarte más cerca?”. Tal vez en aquel momento no lo dice. Pero nosotros hagamos la pregunta, generosamente”. Finalmente, el momento de la misión: la oración nos ayuda siempre a entender lo que “debemos hacer”.

He aquí entonces la síntesis de nuestro orar: “Oír al Señor, tener el valor de despojarnos de algo que nos impide ir deprisa para seguirle y finalmente tomar la misión”.

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Ángelus del 26 de enero de 2014

El Señor llama también hoy

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como “Galilea de los gentiles” (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una “Galilea de los gentiles”, y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluido de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, “de bajo perfil”. Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las “Galileas” de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice “sígueme” sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. “Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz” (ibid., 288).

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2009 y 2012

2009

Fiesta de la Conversión de San Pablo

Convertirse es creer en Jesús muerto y resucitado, y abrirse a la iluminación de su gracia divina.

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo resuenan las palabras de la primera predicación de Jesús en Galilea: “Se ha cumplido el plazo; está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Y precisamente hoy, 25 de enero, se celebra la fiesta de la “Conversión de San Pablo”. Una coincidencia feliz, especialmente en este Año paulino, gracias a la cual podemos comprender el verdadero significado de la conversión evangélica —metanoia— considerando la experiencia del Apóstol. En verdad, en el caso de san Pablo, algunos prefieren no utilizar el término “conversión”, porque —dicen— él ya era creyente; más aún, era un judío fervoroso, y por eso no pasó de la no fe a la fe, de los ídolos a Dios, ni tuvo que abandonar la fe judía para adherirse a Cristo. En realidad, la experiencia del Apóstol puede ser un modelo para toda auténtica conversión cristiana.

La conversión de san Pablo se produjo en el encuentro con Cristo resucitado; este encuentro fue el que le cambió radicalmente la existencia. En el camino de Damasco le sucedió lo que Jesús pide en el evangelio de hoy: Saulo se convirtió porque, gracias a la luz divina, “creyó en el Evangelio”. En esto consiste su conversión y la nuestra: en creer en Jesús muerto y resucitado, y en abrirse a la iluminación de su gracia divina. En aquel momento Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho de que Jesús había muerto también por él, el perseguidor, y había resucitado.

Esta verdad, que gracias al bautismo ilumina la existencia de todo cristiano, cambia completamente nuestro modo de vivir. Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús “se entregó a sí mismo por mí”, muriendo en la cruz (cf. Ga 2, 20) y, resucitado, vive conmigo y en mí. Confiando en la fuerza de su perdón, dejándome llevar de la mano por él, puedo salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y de toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor.

Queridos amigos, hoy, al concluir la Semana de oración por la unidad de los cristianos, la invitación a la conversión, confirmada por el testimonio de san Pablo, cobra una importancia especial también en el plano ecuménico. El Apóstol nos indica la actitud espiritual adecuada para poder avanzar por el camino de la comunión. “No es que ya haya alcanzado la meta —escribe a los Filipenses—, o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo conquistarla, habiendo sido yo mismo conquistado por Cristo Jesús” (Flp 3, 12). Ciertamente, nosotros, los cristianos, aún no hemos alcanzado la meta de la unidad plena, pero si nos dejamos convertir continuamente por el Señor Jesús, llegaremos seguramente a ella. La santísima Virgen María, Madre de la Iglesia una y santa, nos obtenga el don de una verdadera conversión, para que se realice cuanto antes el anhelo de Cristo: “Ut unum sint”. A ella le encomendamos el encuentro de oración que presidiré esta tarde en la basílica de San Pablo extramuros, en el que participarán, como todos los años, los representantes de las Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Roma.

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2012

Semana de oración por la unidad de los cristianos

¡Queridos hermanos y hermanas!

Este domingo se sitúa en medio de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero. Invito cordialmente a todos a unirse a la oración de Jesús al Padre en la víspera de su pasión: “Que ellos también sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17,21). Este año en particular, nuestra meditación durante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se refiere a un pasaje de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, con el lema: Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor (cf. 1 Cor 15,51-58). Estamos llamados a contemplar la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, es decir su resurrección, que es un acontecimiento que transforma radicalmente a los que creen en Él y les abre el camino a una vida incorruptible e inmortal. Reconocer y aceptar el poder transformador de la fe en Jesucristo, sostiene a los cristianos también en la búsqueda de la plena unidad entre sí.

Este año los materiales para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos fueron preparados por un grupo polaco. De hecho, Polonia ha tenido una larga historia de luchas valientes contra las adversidades y ha dado repetidas muestras de una gran determinación, animada por la fe. Por eso que las palabras que conforman el tema mencionado anteriormente, tienen una resonancia y una fuerza particular en Polonia. A través de los siglos, los cristianos polacos han intuido de forma espontánea una dimensión espiritual en su deseo de libertad, y han comprendido que la verdadera victoria sólo puede alcanzarse si se acompaña de una profunda transformación interna. Ellos nos recuerdan que nuestra búsqueda puede ser conducida de manera realista si el cambio se da principalmente en nosotros mismos, si dejamos que Dios actúe, si nos dejamos transformar a imagen de Cristo, si nos adentramos en la vida nueva que es Cristo, la verdadera victoria. La unidad visible de todos los cristianos es siempre una obra que viene de lo alto, de Dios, obra que exige la humildad de reconocer nuestra debilidad y de acoger el don. Pero, usando una frase a menudo repetida por el beato Papa Juan Pablo II, cada regalo se convierte también en un compromiso. La unidad que viene de Dios requiere, por lo tanto, nuestro compromiso diario de abrirnos los unos a los otros en la caridad.

Durante muchas décadas, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos es un elemento central en la actividad ecuménica de la Iglesia. El tiempo que dedicaremos a la oración por la plena comunión de los discípulos de Cristo, nos permitirá comprender más profundamente la forma en que seremos transformados por su victoria, por el poder de su resurrección. El próximo miércoles, como es costumbre, vamos a concluir la semana de oración con la celebración solemne de las vísperas de la solemnidad de la Conversión de San Pablo en la basílica de San Pablo Extramuros, en la cual participarán también los representantes de las otras Iglesias y comunidades cristianas. Espero que muchos estén presentes en este encuentro litúrgico para renovar juntos nuestra oración al Señor, fuente de unidad. Encomendémosla desde ahora, con confianza filial, a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¡Convertíos y creed en el Evangelio!

Después que Juan fue arrestado, Jesús se marchó a Galilea predicando el Evangelio de Dios; y decía:

«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

El fragmento evangélico nos ofrece la ocasión de precisar qué se entiende en el cristianismo por conversión. De inmediato, debemos deshacer dos prejuicios. Primero, la conversión no afecta sólo a los no creyentes o a los que se declaran «laicos», sino que concierne a todos; todos tenemos necesidad de convertimos. Segundo, la conversión, entendida en sentido genuinamente evangélico, no es sinónimo de renuncia, esfuerzo y tristeza, sino de libertad y de alegría; no es un estado regresivo sino progresivo.

Antes de Jesús, convertirse significaba siempre un «volver atrás» (el término hebreo, shub, quiere decir invertir la ruta, volver sobre los propios pasos). Indicaba el acto de quien, en un cierto punto de la vida, se da cuenta de estar «fuera de camino»; entonces, se para y vuelve a pensar; decide cambiar de proyecto y volver a la observancia de la ley entrando de nuevo en alianza con Dios. Hace una verdadera y propia inversión de marcha, una «conversión en U». La conversión, en este caso, tiene un significado moral; consiste en cambiar de costumbres, en reformar la propia vida.

En labios de Jesús este significado cambia. No porque él se divierta en cambiar los nombres de las cosas, sino porque con su venida han cambiado las cosas. Convertirse ya no significa más volver hacia atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino que significa, más bien, dar un salto hacia adelante y entrar en el Reino; agarrarse a la salvación, que ha venido a los hombres gratuitamente por libre y soberana iniciativa de Dios.

Conversión y salvación se han intercambiado de puesto. Ya no es más, por primera cosa, la conversión por parte del hombre y, en consecuencia, la salvación como recompensa por parte de Dios; sino que es primero la salvación, como ofrecimiento generoso y gratuito de Dios y, después, la conversión como respuesta del hombre. La idea subyacente ya no es más: «convertíos para ser salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros», sino que es: «convertíos porque estáis salvados, porque la salvación ha venido a vosotros». En esto consiste el «alegre anuncio», el carácter gozoso de la conversión evangélica. Dios no espera a que el hombre dé el primer paso, que cambie de vida, que produzca obras buenas, como si la salvación fuese la recompensa debida a sus esfuerzos. No, primero está la gracia, la iniciativa de Dios. En esto, el cristianismo se distingue de toda otra religión: no comienza predicando el deber sino el don; no comienza con la ley sino con la gracia.

«Convertíos y creed»: esta frase, por lo tanto, no significa dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción fundamental: ¡convertíos, esto es, creed! ¡Convertíos creyendo! La primera y fundamental conversión es la fe. Ella es la puerta, por la que se entra en el Reino y en la salvación. Si se hubiese dicho: la puerta es la inocencia, la puerta es la observancia exacta de todos los mandamientos, la puerta es la paciencia, la puerta es la pureza, uno podría decir: no es para mí; yo no soy inocente, no tengo talo cual otra virtud. Mas, se te viene dicho: la puerta es la fe.

A nadie le es imposible creer, porque Dios nos ha creado libres e inteligentes, precisamente para hacemos posible el acto de fe en él. Es en el acto de fe donde la razón humana se realiza plenamente a sí misma; es más, se eleva por encima de sí misma. Se oye decir frecuentemente, la fe «representa un límite para la racionalidad». En un cierto sentido es verdad. Hay que preguntarse, sin embargo, si también el rechazo de creer no represente de un modo distinto un límite puesto a la razón. Pascal ha dicho: «El acto supremo, que la razón puede cumplir, es el de reconocer que hay una infinidad de cosas, que le sobrepasan» (esto lo admite hoy también la ciencia). ¿No pone, entonces, un límite a la razón y no la mortifica quien no le reconoce esta capacidad de trascenderse y proyectarse por encima de sí misma?

Si la fe es la clave de todo, es necesario que busquemos entender de qué tipo de fe se trata. La fe tiene distintos perfiles: está la fe-asentimiento de la inteligencia, la fe-confianza. En nuestro caso, se trata de una fe-apropiación; esto es, de un acto por el que uno se apropia de una cosa casi con prepotencia. San Bernardo usa al efecto el verbo usurpar: « Yo, lo que me falta lo usurpo del costado de Cristo». ¡Con ella se nos «posesiona» del reino de Dios, antes aún de haberlo merecido con un acto de (libre) arbitrio!

El poeta francés Charles Péguy en una obra suya describe el mayor acto de fe de su vida. Lo hace en tercera persona, como si se tratase de otro; pero, sabemos con seguridad que se trata de él mismo. «Un hombre –dice– tenía tres hijos y un mal día ellos enfermaron. Su mujer estaba tan asustada que tenía la mirada fijada dentro de sí misma y la frente obstruida y no expresaba más de una palabra. Como una bestia herida. Pero, él no; él era un hombre; no tenía miedo de hablar. Había entendido que las cosas no podían seguir adelante así como así. Entonces, dio un golpe de audacia. Al pensarlo de nuevo se admiraba también un poco y es necesario decir que había sido en verdad un golpe temerario. Al igual como se toman tres niños de tierra y se meten, al mismo tiempo, todos los tres juntos, casi como por juego, en los brazos de su madre o de su institutriz, que hace gestos de enfadarse, diciendo que son demasiados y los dejará caer, así él había tomado a sus tres hijos en su enfermedad y tranquilamente les había puesto (se entiende, con la oración) en los brazos, de la que es la encargada de todos los dolores del mundo, la Santísima Virgen. “Ves, decía, te los doy y me vaya escape, para que tú no me los devuelvas. No los quiero más; ¿lo ves bien?; debes pensártelo también tú!” ¡Cómo se celebraba haber tenido la valentía de dar aquel golpe! Desde aquel día, naturalmente, todo iba bien, dado que era la Santísima Virgen la que se ocupaba de ellos. Es hasta curioso que no todos los cristianos hagan otro tanto. Es así de sencillo; pero, no se piensa nunca en esto, que es tan sencillo. En suma, si es gracioso, tanto vale el decirlo de inmediato».

¿En qué había consistido su golpe de audacia, aparte la metáfora? Había hecho a pie una peregrinación desde París a Chartres y había confiado a la Virgen a sus tres hijos enfermos, que desde aquel día comenzaron a estar mejor y pronto curaron. Uno de los hijos, después de su muerte, ha revelado esta pasada escena familiar. En la catedral de Chartres existe una lápida, que conmemora el hecho, y en recuerdo de él cada año los estudiantes organizan una peregrinación a pie desde París a Chartres.

No siempre esto se certifica en el plano físico; esto es, no siempre basta confiar a la Virgen a los propios hijos enfermos para que curen. Pero, no es por esto por lo que nos interesa la historia. Nos interesa por la posibilidad, que nos hace entrever, de dar en la vida algún «golpe de audacia», un golpe resolutivo. «Convertirse y creer» significa, en efecto, hacer precisamente esto: dar una especie de golpe de mano. La fe nos permite dar un golpe de mano a expensas de Dios. Con ella, antes aún de haberse cansado y adquirido méritos, nosotros conseguimos la salvación, nos posesionamos ya de un «reino». Pero, es Dios mismo quien nos invita a hacerlo; él goza con soportar estos golpes de mano y es el primero en admirarse de que sean «tan pocos a hacerla». «El Reino de los Cielos sufre a gusto violencia, y los violentos lo arrebatan» (cfr. Mateo 11, 12), así parece que debe entenderse esta célebre expresión de Cristo.

Aquel hombre tenía a los niños enfermos. Pero, pensándolo bien, cada uno de nosotros tiene «hijos» enfermos en casa: situaciones pesadas, que quisiéramos cambiar y no lo conseguimos; errores cometidos en el pasado; pecados. Nosotros podemos ir ante un crucifijo, tirar todas estas cosas entre sus brazos con un acto de fe y decir: «Tú has tomado sobre ti los pecados del mundo; ¡toma también los míos y destrúyelos! Lo ves bien que yo ya no los quiero más detrás de mí. ¡Me vuelvo a escape; debes pensártelo tú!» E irse alegres, seguros de poder volver a comenzar la vida desde el principio.

«¡Convertíos!» no es una amenaza, algo que pone tristes y obliga a ir con la cabeza caída y por ello para retardarlo lo más posible.

Al contrario, es un ofrecimiento increíble, una invitación a la libertad y a la alegría. Es la «buena noticia» de Jesús a los hombres de todos los tiempos.


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