L'essència de l'alegria explicada per Mons. Javier Echevarría

Recollim un extracte del llibre "Itinerarios de vida cristiana" escrit per Javier Echevarría on ens parla de l'alegria del cristià.

LA ESENCIA DE LA ALEGRÍA

Siglos antes del nacimiento de Jesús, los profetas anunciaron la venida del Mesías como un acontecimiento de alegría y de gozo. Al llegar la plenitud de los tiempos, la primera revelación de Jesús referida en el Evangelio –cuando todavía estaba en el seno materno– fue la alegría con que se estremeció el Precursor al recibir su madre, Isabel, la visita de María: "En cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno". Todavía Jesús no ha nacido y su presencia ya siembra el júbilo.


Unos meses más tarde, la noche de la Navidad se desarrolla en un desbordarse de gozo, porque el Cielo se une a la tierra, porque Dios sale al encuentro de los hombres. "Vengo a anunciaros –proclama el Ángel– una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, que es el Cristo, el Señor". La noticia anunciada por el Ángel se presenta tan extraordinaria, tan realmente "buena nueva", que puede aplicársele la expresión que, en otro contexto, recoge el Evangelio: aunque las personas callasen, gritarían las piedras. Se realizaban las promesas de Dios, se veían más que colmados los anhelos del pueblo escogido –que necesitaba y esperaba impaciente al Mesías– y los deseos profundos de la humanidad entera.


Cumplida la vida de Jesús, realizada ya nuestra liberación del pecado con su muerte redentora y abiertas las puertas del Cielo con su Resurrección, el Espíritu Santo difunde por todo el mundo, a partir del día de Pentecostés, ese gozo divino. No es difícil seguir, a través de las páginas de los Hechos de los Apóstoles, el rastro de esa irradiación de alegría y contento. La primitiva comunidad cristiana se caracteriza por su "alegría y sencillez de corazón". "Gran alegría" estalla entre los samaritanos cuando se les anuncia el Evangelio. Se nos refiere en otro pasaje la felicidad del etíope que se encuentra con el diácono Felipe y que, de su mano, recibe el Bautismo. Y también la del carcelero que custodiaba a San Pablo en una de sus prisiones y que fue bautizado, con toda su familia, a raíz de la milagrosa liberación del Apóstol.


La alegría, don cristiano

El anuncio del Evangelio va siempre acompañado por el alborozo. Los Hechos de los Apóstoles y, con ese libro, el conjunto de los escritos del Nuevo Testamento, ponen de manifiesto que de la proclamación del amor divino –que se hace visible en la tierra con la Encarnación del Verbo–, y de la fe que acepta esa proclamación y fundamenta en ella la vida, brota espontánea y directamente la alegría. Se trata de una alegría honda, llena de contenido, profundamente cimentada en el alma, que por eso mismo se resiste a ser apagada. Ese júbilo explica que los Apóstoles pudieran salir, después del interrogatorio al que habían sido sometidos en el Sanedrín, "gozosos (...) porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre"; y motiva también que San Pablo sobreabundara de idéntica alegría incluso en la tribulación, como refiere en su segunda carta a los Corintios.


El dolor, físico o moral, no destierra el gozo y la paz de un corazón cristiano, ya que el júbilo sereno y la tranquilidad del discípulo de Cristo nacen de la unión con el Señor. La felicidad –ya en la tierra– se encuadra en el Evangelio, en ese anuncio del amor de Dios que constituye su misma esencia. Aparece, y aparecerá siempre, como señal clara de vida cristiana, porque –como enseña San Pablo– expresa uno de los frutos causados en el alma por la presencia del Espíritu Santo que, al vencer el egoísmo y la soberbia, lleva a vivir en Dios y según Dios. Por eso Pascal podía sostener que nadie es tan dichoso como un verdadero cristiano; y Paul Claudel, yendo más lejos, afirmaba que el cristiano es la única criatura alegre, porque su fe jamás le decepciona.


"Renueva tu alegría santa porque, frente al hombre que se desintegra sin Cristo, se alza el hombre que ha resucitado con Él". Estas palabras del Beato Josemaría muestran que el hombre, sin el conocimiento del amor de Dios que culmina en Cristo, pierde la unidad de su persona y el sentido de la orientación; su satisfacción queda encadenada a momentos de éxito o de placer, necesariamente perecederos, y, en consecuencia, su dicha se configura inestable y, en más de una ocasión, fingida. En cambio, el hombre que se apoya en Cristo, que se fundamenta en la verdad de su Resurrección y de su gracia, está en condiciones de alcanzar la unidad de vida y afrontar todos los momentos y situaciones de su existencia con la alegría y la paz que nacen del reconocimiento del amor paternal de Dios.


Pero el punto de Forja que acabo de citar puede ser también objeto de otra lectura, si lo relacionamos con la invitación –que nos dirige San Pablo– a "abandonar la antigua conducta del hombre viejo, que se corrompe conforme a su concupiscencia seductora, para renovaros en el espíritu de vuestra mente y revestiros del hombre nuevo, que ha sido creado conforme a Dios en justicia y santidad verdaderas". El hombre que se desintegra es el hombre viejo, el hombre centrado en sí mismo que habita dentro de cada uno de nosotros. En cambio, el hombre que se crece es el hombre nuevo, el hombre que se constituyó en el Bautismo y se desarrolla con la fe y el amor. Con el crecer de ese hombre nuevo, crece también la alegría.


El gozo cristiano no guarda relación con los falsos contentos o las engañosas y momentáneas satisfacciones del pecado, o con una superficial tranquilidad de conciencia. No depende de la sensibilidad –no se identifica con "la alegría fisiológica del animal sano", de la que habla el Beato Josemaría en Camino–, ni de los vaivenes de la afectividad, ni de los caprichos de la fortuna. Encierra algo mucho más íntimo y perdurable, fruto del crecer del hombre cristiano, del hombre nuevo que, por decirlo con las palabras citadas de San Pablo, "ha sido creado conforme a Dios en justicia y santidad verdaderas".


Puede ayudar a profundizar en este punto, y por tanto a precisar la naturaleza de la alegría cristiana, el recurso a Santo Tomás de Aquino, que –siguiendo a Aristóteles– define el placer como el movimiento de agrado que una criatura experimenta ante el bien para el que está hecha. Dando un paso más, Santo Tomás distingue entre placer y gozo o alegría, reservando estos últimos vocablos para el alborozo propio de los seres racionales y en referencia, por consiguiente, al bien que la razón percibe y que, de un modo o de otro, aprueba.


Esas consideraciones se sitúan en el contexto de lo pasional, espontáneo o instintivo en el hombre. El placer o el gozo, vistos así, se quedan más en una experiencia, en un hecho, que en un acto virtuoso. La perspectiva se eleva cuando Santo Tomás, atrevido y lógico, considera lo específico del vivir cristiano; concretamente, las virtudes teologales, y en especial la caridad. Se pregunta qué relación hay entre caridad y alegría, y también si el gozo es virtud. Su respuesta es que la alegría cristiana tiene todo el contenido de la virtud, porque desarrolla un "cierto acto y efecto de la caridad", es decir, del amor a Dios que Él mismo, mediante el envío del Espíritu Santo, hace nacer en nosotros.


La dicha del cristiano no surge del exterior del sujeto, ni de su situación anímica, sino de la fe y de la caridad. No vemos a Dios, pero, en la fe, conocemos la infinitud de su amor; y de ese conocimiento brota la alegría, si de verdad creemos, si nuestra fe se despliega en oración. Se trata de una fe que –por la acción del Espíritu Santo– lleva a reconocer la mano amorosa de Dios en todas y cada una de las circunstancias de la vida –aunque a veces nos disgusten y no las entendamos–, y a corresponder con el propio amor al Amor divino. Esta alegría cristiana presupone –como elemento básico– la liberación de la incertidumbre y del pecado, que la Redención nos ha conseguido; se alimenta de la firmeza en la fe, y se manifiesta en un recio sentido de la filiación divina, que logra que nuestra intimidad se muestre siempre en rendida armonía con Dios.


Sembradores de paz y alegría

El cristiano no sólo está alegre con la alegría de Dios, sino que la transmite a los demás. El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer lo sintetizó en una frase a la que acudía con frecuencia: sembradores de paz y de alegría. "Eso fueron los primeros cristianos –escribió en Es Cristo que pasa–, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído".


El Beato Josemaría utilizó la palabra "sembradores" al lanzar ese mensaje, como para remarcar que la alegría es algo de lo que, ciertamente, puede hablarse, pero que se difunde sobre todo por contagio, con las obras, con el ejemplo de la propia vida, que es como se trasmiten las actitudes profundas. Para sembrar paz y alegría es necesario que la paz y la alegría reinen antes en el propio corazón.


"Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos". En este texto del apóstol Pablo, se nos presenta un requerimiento a conducirnos en constante actitud de gozo sereno y profundo; como un imperativo que impulsa a confiar plenamente en el Señor de modo que, aunque no falten dificultades, problemas, sufrimientos, dolor, nada ni nadie destruya la paz del alma. Porque, como escribe el Beato Josemaría en Camino: "Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. -¿Salen mal? –Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz". Palabras que prolongan la recomendación del salmista: "Descarga en el Señor tus preocupaciones, que Él te sustentará".


Tampoco la experiencia de la miseria espiritual se opone a la alegría; en un hijo de Dios, esa realidad evidente no conduce al desánimo, sino a un dolor que, unido a la confianza en la misericordia divina, fomenta la contrición e impulsa a reanudar el propio camino con vigor nuevo. "Pásmate ante la bondad de Dios –leemos en un punto de Forja–, porque Cristo quiere vivir en ti..  también cuando percibes todo el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro. –Sí, también entonces, ten presente esa llamada de Dios: Jesucristo, que es Dios, que es Hombre, me entiende y me atiende porque es mi Hermano y mi Amigo".


Vivir de veras en Cristo y, en Cristo, para Dios, nos impulsa poderosamente a identificarnos con nuestro prójimo, sintiendo como muy propio todo lo suyo, y otorga tal apertura de corazón que permitió afirmar a Santa Teresa de Lisieux: "Desde que nunca me busco, llevo la vida más dichosa que se pueda encontrar". Y al Beato Josemaría: "Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría".


Hay un punto en el que, paradójicamente, el crecimiento en la fe y en el amor provocan en el alma cristiana una cierta tristeza: el espectáculo del mal, y especialmente del pecado. Por la caridad nos conmueve el dolor ajeno, y las ofensas a Dios nos afectan y duelen profundamente. Quien vive de amor puede apropiarse las palabras de San Pablo a los Romanos, cuando contemplaba que muchos de su tiempo no reconocían a Jesús como el Mesías: "Siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón". El amor se expresa así en una tristeza, que no agobia ni paraliza el alma; ese pesar santo desemboca en una oración confiada e insistente a Dios, poniendo en sus manos misericordiosas y paternas los afanes del corazón.


A decir verdad, no existe más que un verdadero enemigo de la alegría: el pecado, el propio pecado, y especialmente el pecado contra la fe que, por destruir el amor y la confianza en Dios, dejan al hombre solo consigo mismo.


El hombre y la mujer de fe, en cuyos corazones se halla afincado el amor de Dios, están capacitados para conocer o experimentar la enfermedad y el cansancio, la contradicción, la dificultad y la zozobra, ya que todo eso forma parte de la historicidad de la condición humana. Pero, en todo momento, se apoyarán en Dios y, con su ayuda, descubrirán en esas contrariedades la alegría: una alegría profunda, compatible con la pervivencia del dolor –en ocasiones, con lágrimas–, pero gozo auténtico; una alegría que colma el alma de paz y que, aun sin pretenderlo, se esparce a su alrededor.


En la noche del Jueves Santo, Jesucristo, después de urgir a sus Apóstoles a permanecer siempre unidos a Él, como los sarmientos a la vid, añadió: "Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa". Jesús quiere que gustemos a fondo de su alegría más íntima. Esa participación se convertirá en posesión plena, el día en que –si hemos recorrido nuestro camino en la tierra con fe, esperanza y caridad– podamos escuchar la exclamación con que el Maestro nos acogerá en el Reino de los cielos: "Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, Yo te confiaré lo mucho; entra en la alegría de tu Señor". Ésa es la meta: el gozo de Dios; una felicidad inmensa, demasiado grande como para que ahora –cuando avanzamos en el claroscuro de la fe, y no en la plenitud de la visión– la perciban nuestros ojos, la comprenda nuestra inteligencia o la experimente nuestra sensibilidad. Pero una felicidad de la que podemos participar si nuestra fe es recia, auténtica. Como enseña la carta a los Hebreos, "la fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven"; en otras palabras, la anticipación de los bienes eternos.


En las letanías lauretanas se canta a la Virgen como "Causa de nuestra alegría". Le corresponde este título por muchas razones: porque por Ella vino a la tierra Jesús, esperanza y amor nuestro; porque contemplándola, pensando en Ella, entendemos algo más de la hondura, la plenitud y la delicadeza del amor de Dios; porque Ella misma, como Madre de Dios y Madre nuestra, cuida de cada uno. Por eso, pienso que se impone cerrar estas consideraciones sobre la alegría evocando precisamente la figura amabilísima y la intercesión poderosa de Santa María.

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