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Solemnitat de Crist Rei (cicle A): quin és el criteri amb el qual serem jutjats?

Celebrem avui, últim diumenge de l'any litúrgic, la solemnitat de nostre Senyor Jesucrist, Rei de l'univers. Sabem pels Evangelis que Jesús va rebutjar el títol de rei quan s'entenia en sentit polític, a l'estil dels “caps de les nacions” (cf. Mt 20, 25). En canvi, durant la seva Passió, va reivindicar una singular reialesa davant Pilat, que ho va interrogar explícitament: “Tu ets rei?”, i Jesús va respondre: “Sí, com dius, sóc rei” (Jn 18, 37); però poc abans havia declarat: “El meu regne no és d'aquest món” (Jn18, 36).

L'evangeli d'avui insisteix precisament en la reialesa universal de Crist jutge, amb l'estupenda paràbola del judici final, que sant Mateo va col·locar immediatament abans del relat de la Passió (cf. Mt 25, 31-46). Les imatges són senzilles, el llenguatge és popular, però el missatge és summament important: és la veritat sobre la nostra destinació última i sobre el criteri amb el qual serem jutjats.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Ap 5, 12; 1, 6

Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundamentar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, concede, benigno, que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te alabe eternamente. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos.

Del libro del profeta Ezequiel: 34, 11-12. 15-17

Esto dice el Señor Dios: “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas. Así como un pastor vela por su rebaño cuando las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad.

Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré con justicia.

En cuanto a ti, rebaño mío, he aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”. 

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 22, 1-2a. 2b-3.5-6.

R/. El Señor es mi pastor, nada me faltará.

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas. R/.

Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término. R/.

SEGUNDA LECTURA

Cristo le entregará el Reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 15, 20-26. 28

Hermanos: Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos. Porque si por un hombre vino la muerte, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos.

En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo.

Enseguida será la consumación, cuando, después de haber aniquilado todos los poderes del mal, Cristo entregue el Reino a su Padre. Porque él tiene que reinar hasta que el Padre ponga bajo sus pies a todos sus enemigos. El último de los enemigos en ser aniquilado, será la muerte. Al final, cuando todo se le haya sometido, Cristo mismo se someterá al Padre, y así Dios será todo en todas las cosas. 

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mc 11, 9. 10

R/. Aleluya, aleluya.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! R/.

EVANGELIO

Se sentará en su trono de gloria y apartará a los unos de los otros.

+ Del santo Evangelio según san Mateo: 25, 31-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’. Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’. Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Al ofrecerte, Señor, el sacrificio de la reconciliación humana, te suplicamos humildemente que tu Hijo conceda a todos los pueblos los dones de la unidad y de la paz. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

PREFACIO

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque has ungido con el óleo de la alegría, a tu Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, como Sacerdote eterno y Rey del universo, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz.

Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 28, 10-11

En su trono reinará el Señor para siempre y le dará a su pueblo la bendición de la paz.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Habiendo recibido, Señor, el alimento de vida eterna, te rogamos que quienes nos gloriamos de obedecer los mandamientos de Jesucristo, Rey del universo, podamos vivir eternamente con él en el reino de los cielos. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Señor, pastor de Israel (Ez 34,11-12.15-17)

1ª lectura

La imagen del pastor en la Biblia se aplica con frecuencia a los reyes (1 R 22,17), quizá a raíz de David, pastor de ovejas (1 S 17,34; Sal 78,70-72), y también al Señor (Sal 23,1-6; 80,2-3). Los profetas, en especial Jeremías, acuden a la imagen del pastor cuando hablan de los que rigen, sean reyes o sacerdotes (cfr Jr 2,8; 10,21; 25,34-36; Za 11,4-17). En este primer discurso a los deportados, Ezequiel habla de los malos pastores, es decir, de los malos dirigentes que llevaron al pueblo al desastre del destierro (vv. 1-10) y, en contraste, del Señor, Pastor supremo que asume la responsabilidad de regir personalmente a su pueblo sin intermediarios (vv. 11-22), y del nuevo dirigente-mesías que Dios mismo pondrá al frente de los suyos: será el nuevo pastor, David, que conducirá al rebaño a los mejores pastos (vv. 23-31).

En los versículos que leemos este domingo Ezequiel enseña, en concreto, que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo (v. 11), pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida (vv. 12-16). Además, la solicitud del buen pastor lleva consigo el ejercicio de la justicia (vv. 17): en la nueva etapa es más evidente que el amor divino y su misericordia no contradicen la condena de los impíos (v. 20), más aún, no habría verdadero amor sin justicia.

Este bello oráculo resuena en labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas (cfr Jn 10,1-21), al enseñar que se identifica con el Padre celestial en la alegría de encontrar a la oveja perdida (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7) y al referirse al juicio final en la escena recogida por San Mateo (Mt 25,31-46). San Agustín, en su sermón sobre los pastores, comenta: «Él vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador. Y a vosotras –dice–, mis ovejas, así dice el Señor Dios: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. Él es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha» (Sermones 47).

Cristo, causa de nuestra resurrección (1 Co 15,20-26a.28)

2ª lectura

La unión de los cristianos con Cristo es tan profunda que la resurrección de Jesucristo es principio y causa de nuestra resurrección. Como la desobediencia de Adán trajo la muerte de todos, Jesucristo –nuevo Adán– ha merecido la resurrección de todos (vv. 21-23). La salvación del cristiano culminará tras la muerte con la resurrección del cuerpo, al final de los tiempos (vv. 24-25). «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum, 1,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 991).

San Pablo expone toda la obra mesiánica y redentora de Cristo (vv. 25-28): según el designio del Padre, Cristo ha sido constituido soberano del universo, dando cumplimiento a las Escrituras (Sal 110,1 y 8,7). La soberanía de Cristo sobre toda la creación (v. 28) se realiza ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva al final de la historia cuando Dios sea todo en todos. La Iglesia celebra cada año, en el último domingo del tiempo ordinario, la festividad de Jesucristo, Rey del Universo, para recordar su dominio supremo y absoluto sobre todas las cosas.

El Juicio Final (Mt 25,31-46)

Evangelio

Las tres parábolas precedentes (24,42-51; 25,1-13; 25,14-30) se siguen con el anuncio del juicio del Señor. Jesús presenta con toda su grandiosidad este Juicio Final, que hará entrar a todas las cosas en el orden de la justicia divina. La Tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte: «Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).

Todas las facetas enumeradas en los vv. 35-46 –dar de comer, dar de beber, vestir, visitar– resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos «pequeños» (v. 40) se ve en ellos al mismo Cristo. Es significativo el pasaje si lo comparamos con otro anterior donde el Señor prometió que cualquiera que diera de beber sólo un vaso de agua fresca a uno de «estos pequeños por ser discípulo» (10,42), no quedaría sin recompensa. Pero ahora no se menciona el discípulo; al servir a cualquier hombre se sirve a Cristo. De aquí la importancia de practicar las obras de misericordia –corporales y espirituales– recomendadas por la Iglesia y también la entidad que tiene el pecado de omisión: no hacer lo que se debe supone dejar a Cristo mismo despojado de tales servicios. Las dimensiones del amor de Dios se miden por las obras de servicio a los demás: «Acá solas estas dos que nos pide el Señor; amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad (...) La más cierta señal que –a mi parecer– hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos a el prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 5,3,7-8).

«Suplicio eterno» (v. 46). La existencia de un castigo eterno para los condenados y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el año 1215: «Jesucristo (...) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras –buenas o malas–: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (Conc. de Letrán IV, De fide catholica, cap. 1).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

La importancia de la misericordia y la limosna

1. Escuchemos con fervor y con toda devoción este fragmento evangélico, dulcísimo que es, que nosotros no cesamos de meditar constantemente y con el que, muy razonablemente, ha terminado el Señor su discurso. ¡Cuánta importancia daba Él a la misericordia y a la limosna! De ahí que no sólo habló anteriormente de ella de modos diversos, sino que aquí también habla finalmente con más claridad y energía, no poniéndonos delante dos o tres o cinco personas, sino el orbe entero. Cierto que tampoco antes esas dos personas representaban simplemente dos personas, sino dos grandes porciones de la humanidad: una, los que desobedecen, y otra los que obedecen; mas aquí su palabra toma acentos más trágicos y brilla con más vivo resplandor. De ahí que ya no diga: Se asemeja el reino de los cielos, sino que Él mismo se nos muestra descubiertamente, diciendo: Cuando viniere el Hijo del hombre en su gloria... Porque ahora ha venido en deshonor, en injurias e ignominias; más entonces se sentará en el trono de su gloria. Y su gloria recuerda ahora continuamente. Es que como la cruz estaba tan cerca y la cruz parecía el suplicio más ignominioso, de ahí que trate Él de levantar a sus oyentes y les ponga ante los ojos el tribunal, y delante del tribunal a la tierra entera.

Y no es éste el modo único por el que da tono de espanto a su palabra, sino el hecho de mostrarnos vacíos los cielos. Porque todos los ángeles–dice–vendrán en su acompañamiento, y también ellos darán testimonio de cuanto sirvieron, enviados por el Señor, en la salvación de los hombres. De todos los modos ha de ser espantoso aquel día. Seguidamente: Se reunirán–dice–todas las naciones, es decir, todo el género humano. Y separará los unos de los otros, como el pastor a sus ovejas. Ahora no están los hombres separados, sino todos mezclados; más entonces se hará la separación con extremo cuidado. Y, por de pronto, por el lugar que cada porción ocupa, da el Señor a entender lo que son; luego, por los nombres que les pone manifiesta la diversa calidad, pues a unos los llama ovejas, y a los otros, cabritos. Cabritos, para indicar la inutilidad; ovejas, para significar el mucho provecho. Ninguna utilidad producen, en efecto, los cabritos; mucho provecho, en cambio, sacamos de las ovejas: la lana, la leche, las crías, de todo lo cual carece el cabrito.

Ahora bien, los animales tienen de la naturaleza ser inútiles o provechosos, más en los hombres depende de su libre albedrío. De ahí que en éstos, unos son castigados y otros premiados. Sin embargo, el Señor no los castiga, hasta haberse justificado ante ellos; de ahí que, después de colocarlos a la izquierda, les dirige sus acusaciones. Ellos le responden modestamente, pero ya no les sirve para nada. Y con mucha razón, pues descuidaron una cosa en que tanto empeño tiene el Señor. A la verdad, los profetas mismos no hacían sino repetirles en todos los tonos: Misericordia quiero y no sacrificio (Os 6, 6). Moisés, su legislador, por todos los medios, por obras, por palabras, trataba de inducirlos a la práctica de la misma misericordia. Y la misma naturaleza es maestra de esa virtud. Notad, empero, cómo ellos no faltan a una o dos de sus obras, sino a todas. Porque no sólo no dieron de comer al hambriento ni vistieron al desnudo, sino que ni siquiera visitaron al enfermo, con ser tan fácil. Y advertir también cuán ligeras cosas manda. Porque no dijo: “Estuve en la cárcel y me librasteis; enfermo, y me curasteis, sino: Enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y me vinisteis a ver. Ni siquiera en dar de comer al hambriento mandó nada pesado, pues no pretende que pongamos una mesa suntuosa, sino lo necesario para el sustento, y lo pretende con figura lastimera.

De suerte que por todos lados había motivos bastantes para castigarlos: la facilidad de dar lo que se les pedía, que era un pedazo de pan; lo lastimero del que se lo pedía, que era un mendigo; la misma compasión natural, pues era un hombre; lo precioso de la promesa, pues les había prometido el reino de los cielos; lo terrible del castigo, pues les había amenazado con el infierno; la dignidad del que recibía, pues era Dios quien por los pobres recibía; la excelencia del honor, pues se había Dios dignado descender tanto; lo justo de la donación misma, pues Dios recibía lo que era suyo. Mas la avaricia ciega de una vez a los que son víctimas de ella por más grave amenaza que pese sobre ellos.

Más arriba había dicho que quien no recibiera a los suyos sufriría más grave castigo que Sodoma y Gomorra. Y aquí: En cuanto no lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. ¿Qué dices, Señor? ¿Son hermanos tuyos y los llamas pequeños? Por eso justamente son hermanos míos, porque son humildes, porque son mendigos, porque son desechados. Ésos son, en efecto: los desconocidos y desdeñados, a quienes el Señor llama señaladamente a su hermandad. No digo solamente a los monjes y a los que se han ido a morar en las montañas, no. Aun cuando sea un hombre del mundo, si está hambriento, si va desnudo, si es peregrino, el Señor quiere que goce de todo ese cuidado, pues el bautismo y la participación de los sacramentos le ha hecho hermano suyo.

El premio de los misericordiosos

2. Porque veamos, por otro lado, la justicia de su sentencia contra quienes no practicaron la misericordia, el Señor alaba primeramente a los que hicieron las obras de ella, y les dice: Venid, benditos de mi Padre, hereda del reino que está para vosotros aparejado desde la constitución del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer, etc. Porque no dijeran los réprobos: “Es que no teníamos”, el Señor los condena con el ejemplo de sus compañeros, como había antes condenado a las vírgenes fatuas por el ejemplo de los prudentes y al siervo borracho y glotón, por el siervo fiel y discreto, y al que enterró su talento, por el que granjeó otros dos, y, en general, a los que pecan, por los que practican la virtud. Esta comparación se hace a veces de igual a igual, como en el caso de las vírgenes y aquí mismo; otras, a mayor abundamiento, como cuando dice el Señor: Los hombres de Nínive se levantarán y condenarán a esta generación, porque ellos creyeron en la predicación de Jonás. Y aquí está el que es más que Jonás. Y la reina del mediodía condenará a esta generación, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón. Y ahí está el que es más que Salomón (Mt 12, 41-42). Otra vez de igual a igual: Ellos serán vuestros jueces (Mt 12, 27). Y, a mayor abundamiento, dice Pablo: ¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles? ¡Cuánto más lo temporal! (1 Co 6, 3). Aquí, en el juicio, el paralelo va también de igual a igual, pues se comparan ricos a ricos y pobres a pobres.

Mas no sólo muestra el Señor la justicia de su sentencia por el hecho de que otros en las mismas circunstancias habían hecho lo que los réprobos no hicieran, sino porque ni siquiera obedecieron en aquellas cosas en que la pobreza no era obstáculo alguno; por ejemplo, en dar de beber al sediento, en ir a ver a un encarcelado, en visitar a un enfermo.

Ya, pues, que ha alabado a quienes practicaron las obras de misericordia, muéstrales ahora cuán grande fue desde antiguo su amor para con ellos. Porque: Venid –les dice–, benditos de mi Padre; heredad el reino que está aparejado para vosotros desde la constitución del mundo. ¡Cuántos bienes no encierra ese nombre: ser benditos, y benditos de su Padre! ¿Y cómo se hicieron dignos de ese honor? ¿Cuál fue la causa de esa bendición? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber, y lo demás. ¡Qué palabras tan llenas de honor y bienaventuranza! Y no dijo: “Tomad”, sino: Heredad, como si se tratara de cosa familiar, de herencia paterna, de algo que es vuestro, de algo que de antiguo se os debía. Porque antes –parece decirles– de que vosotros nacierais, todo eso estaba preparado y dispuesto para vosotros, pues ya sabía yo que habíais de ser así.

¿Y a cambio de qué reciben el reino de los cielos? A cambio de haber dado un techo, a cambio de unos vestidos, de un pedazo de pan, de un vaso de agua, de la visita a un enfermo, de la entrada en una cárcel. Porque siempre se trata de socorrer una necesidad, si bien hay casos en que ni necesidad existe. Porque, como antes dije, ni el enfermo ni el encarcelado piden sólo que se los visite, sino éste que se le dé libertad, y el otro que se le cure de su enfermedad. Más el Señor, en su benignidad, sólo nos exige lo que está en nuestra mano o, por mejor decir, menos de lo que está en nuestra mano, dejando lo demás a nuestra generosidad.

Condenación de los que no practicaron misericordia

A los réprobos, empero, les dice: Apartaos de mí, malditos; ya no dice: De mi Padre, pues no fue el Padre quien los maldijo, sino sus propias obras; al fuego eterno, que está aparejado, no para vosotros, sino para el diablo y sus ángeles. Cuando habló del reino de los cielos, dijo: Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino, y luego prosiguió: Que está aparejado para vosotros desde la constitución del mundo; mas, hablando del fuego, no dice así, sino: Que está preparado para el demonio. Por mi parte, yo os había preparado el reino de los cielos; más el fuego, sólo para el diablo y sus ángeles, no para vosotros, estaba preparado. Mas, puesto que vosotros os habéis arrojado en él, a vosotros habéis de echaros la culpa.

Y no sólo así, con lo que luego sigue se defiende también el Señor ante ellos y les pone las causas de su sentencia: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer. Aun cuando el que se acercaba a vosotros hubiera sido un enemigo, ¿no bastaban sus sufrimientos a conmover y doblegar al más cruel: el hambre, el frío, la cárcel, la desnudez, la enfermedad, el andar por doquiera errante al cielo raso? Bastante era todo eso para terminar con cualquier enemistad. Más vosotros no socorristeis ni a quien era vuestro amigo, vuestro bienhechor y señor. Muchas veces, al ver a un perro hambriento, nos conmovemos; a una fiera que contemplemos sufrir hambre, nos doblegamos. ¿Y viendo a tu Señor no te conmueves? ¿Qué defensa tienes en eso? Aun cuando ello solo fuera, ¿no sería bastante recompensa? No digo oír, en presencia del orbe entero, aquella palabra de bienaventuranza de boca del que está sentado en el trono de su Padre y alcanzar el reino de los cielos; no, la obra misma, digo, la obra misma, ¿no era ya en sí bastante galardón? Mas ahora, en presencia de toda la tierra y entre los esplendores de su gloria, Él te proclama y te corona, y confiesa que tú le alimentaste y acogiste, y no se avergüenza de confesarlo, a fin de abrillantar más tu corona. De ahí que unos son castigados por justicia y otros son coronados por gracia. Porque, aun cuando hubieren hecho mil buenas obras, siempre será liberalidad de la gracia darles, a cambio de tan pequeños y pobres servicios, un cielo tan inmenso, tal reino y tal honor.

(Obras de San Juan Crisóstomo, homilía 79, 1-2, BAC Madrid 1956 (II), p. 565-71)

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FRANCISCO – Homilías en la fiesta de Cristo Rey (2013 a 2016)

Homilía del 24 de noviembre de 2013

Cristo es el centro del pueblo de Dios y de la historia

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón.

Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo está en el centro, Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia.

1. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creación: en él, por medio de él y en vista de él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio: Jesucristo, el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12-20). Señor de la creación, Señor de la reconciliación.

Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Y así nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo, nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo.

2. Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí, en el centro. Ahora está aquí en la Palabra, y estará aquí en el altar, vivo, presente, en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo.

Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En él somos uno; un único pueblo unido a él, compartimos un solo camino, un solo destino. Sólo en él, en él como centro, encontramos la identidad como pueblo.

3. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad, y también el centro de la historia de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.

Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio - «Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, al final se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja de atender una petición como esa. Hoy todos podemos pensar en nuestra historia, nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno tiene también sus equivocaciones, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos tristes. En este día, nos vendrá bien pensar en nuestra historia, y mirar a Jesús, y desde el corazón repetirle a menudo, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: “Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino. Jesús, acuérdate de mí, porque yo quiero ser bueno, quiero ser buena, pero me falta la fuerza, no puedo: soy pecador, soy pecadora. Pero, acuérdate de mí, Jesús. Tú puedes acordarte de mí porque tú estás en el centro, tú estás precisamente en tu Reino.” ¡Qué bien! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, muchas veces. “Acuérdate de mí, Señor, tú que estás en el centro, tú que estás en tu Reino.”

La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da más, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino.

Jesús es el centro de nuestros deseos de gozo y salvación. Vayamos todos juntos por este camino.

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Homilía del 23 de noviembre de 2014

Quien realiza obras de misericordia demuestra haber acogido la realeza de Jesús

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos invita a fijar la mirada en Jesús como Rey del Universo. La hermosa oración del Prefacio nos recuerda que su reino es «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz». Las lecturas que hemos escuchado nos muestran cómo realizó Jesús su reino; cómo lo realiza en el devenir de la historia; y qué nos pide a nosotros.

Ante todo, cómo realizó Jesús su reino: lo hizo con la cercanía y la ternura hacia nosotros. Él es el pastor, de quien habló el profeta Ezequiel en la primera lectura (cf. 34, 11 - 12. 15-17). Todo este pasaje está entrelazado por verbos que indican la premura y el amor del pastor hacia su rebaño: buscar, cuidar, reunir a los dispersos, conducir al apacentamiento, hacer descansar, buscar a la oveja perdida, recoger a la descarriada, vendar a la herida, fortalecer a la enferma, atender, apacentar. Todos estas actitudes se hicieron realidad en Jesucristo: Él es verdaderamente el «gran pastor de las ovejas y guardián de nuestras almas» (cf. Hb 13, 20; 1 P 2, 25).

Y quienes estamos llamados en la Iglesia a ser pastores, no podemos distanciarnos de este modelo, si no queremos convertirnos en mercenarios. Al respecto, el pueblo de Dios posee un olfato infalible al reconocer a los buenos pastores y distinguirlos de los mercenarios.

Después de su victoria, es decir, tras su Resurrección, ¿cómo lleva adelante Jesús su reino? El apóstol Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, dice: «Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (15, 25). Es el Padre quien poco a poco somete todo al Hijo, y al mismo tiempo el Hijo somete todo al Padre, y al final incluso a sí mismo. Jesús no es un rey al estilo de este mundo: para Él reinar no es mandar, sino obedecer al Padre, entregarse a Él, para que se realice su designio de amor y de salvación. Así hay plena reciprocidad entre el Padre y el Hijo. Por lo tanto, el tiempo del reino de Cristo es el largo tiempo del sometimiento de todo al Hijo y de la entrega de todo al Padre. «El último enemigo en ser destruido será la muerte» (1 Cor 15, 26). Y al final, cuando todo sea sometido bajo la realeza de Jesús, y todo, incluso Jesús mismo, sea sometido al Padre, Dios será todo en todos (cf. 1 Cor 15, 28).

El Evangelio nos dice qué nos pide el reino de Jesús a nosotros: nos recuerda que la cercanía y la ternura son la norma de vida también para nosotros, y a partir de esto seremos juzgados. Este será el protocolo de nuestro juicio. Es la gran parábola del juicio final de Mateo 25. El Rey dice: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (25, 34-36). Los justos contestarán: ¿cuándo hemos hecho todo esto? Y Él responderá: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

La salvación no comienza con la confesión de la realeza de Cristo, sino con la imitación de sus obras de misericordia a través de las cuales Él realizó el reino. Quien las realiza demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque hizo espacio en su corazón a la caridad de Dios. Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor, en la proximidad y en la ternura hacia los hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o no en el reino de Dios, nuestra ubicación en una o en otra parte. Jesús, con su victoria, nos abrió su reino, pero está en cada uno de nosotros la decisión de entrar en él, ya a partir de esta vida —el reino comienza ahora— haciéndonos concretamente próximo al hermano que pide pan, vestido, acogida, solidaridad, catequesis. Y si amaremos de verdad a ese hermano o a esa hermana, seremos impulsados a compartir con él o con ella lo más valioso que tenemos, es decir, a Jesús y su Evangelio.

Hoy la Iglesia nos presenta como modelos a los nuevos santos que, precisamente mediante las obras de una generosa entrega a Dios y a los hermanos, sirvieron, cada uno en el propio ámbito, al reino de Dios y se convirtieron en sus herederos. Cada uno de ellos respondió con extraordinaria creatividad al mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Se dedicaron sin reservas al servicio de los últimos, asistiendo a los indigentes, enfermos, ancianos y peregrinos. Su predilección por los pequeños y los pobres era el reflejo y la medida del amor incondicional a Dios. En efecto, buscaron y descubrieron la caridad en la relación fuerte y personal con Dios, de la que brota el verdadero amor por el prójimo. Por ello, en la hora del juicio, escucharon esta dulce invitación: «Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25, 34).

Con el rito de canonización, hemos confesado una vez más el misterio del reino de Dios y honrado a Cristo Rey, pastor lleno de amor por su rebaño. Que los nuevos santos, con su ejemplo y su intercesión, hagan crecer en nosotros la alegría de caminar por la senda del Evangelio, la decisión de asumirlo como la brújula de nuestra vida. Sigamos sus huellas, imitemos su fe y su caridad, para que también nuestra esperanza se revista de inmortalidad. No nos dejemos distraer por otros intereses terrenos y pasajeros. Y que la Madre, María, reina de todos los santos, nos guíe en el camino hacia el reino de los cielos.

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Homilía del 22 de noviembre de 2015

La fuerza del reino de Cristo es el amor

Queridos hermanos y hermanas:

En este último domingo del año litúrgico, celebramos la solemnidad de Cristo Rey. Y el Evangelio de hoy nos hace contemplar a Jesús mientras se presenta ante Pilatos como rey de un reino que «no es de este mundo» (Jn 18, 36). Esto no significa que Cristo sea rey de otro mundo, sino que es rey de otro modo, y sin embargo es rey en este mundo. Se trata de una contraposición entre dos lógicas. La lógica mundana se apoya en la ambición, la competición, combate con las armas del miedo, del chantaje y de la manipulación de las conciencias. La lógica del Evangelio, es decir la lógica de Jesús, en cambio se expresa en la humildad y la gratuidad, se afirma silenciosa pero eficazmente con la fuerza de la verdad. Los reinos de este mundo a veces se construyen en la arrogancia, rivalidad, opresión; el reino de Cristo es un «reino de justicia, de amor y de paz» (Prefacio).

¿Cuándo Jesús se ha revelado rey? ¡En el evento de la Cruz! Quien mira la Cruz de Cristo no puede no ver la sorprendente gratuidad del amor. Alguno de vosotros puede decir: «Pero, ¡padre, esto ha sido un fracaso!». Es precisamente en el fracaso del pecado –el pecado es un fracaso–, en el fracaso de la ambición humana, donde se encuentra el triunfo de la Cruz, ahí está la gratuidad del amor. En el fracaso de la Cruz se ve el amor, este amor que es gratuito, que nos da Jesús. Hablar de potencia y de fuerza, para el cristiano, significa hacer referencia a la potencia de la Cruz y a la fuerza del amor de Jesús: un amor que permanece firme e íntegro, incluso ante el rechazo, y que aparece como la realización última de una vida dedicada a la total entrega de sí en favor de la humanidad. En el Calvario, los presentes y los jefes se mofan de Jesús clavado en la cruz, y le lanzan el desafío: «Sálvate a ti mismo bajando de la cruz» (Mc 15, 30). «Sálvate a ti mismo». Pero paradójicamente la verdad de Jesús es la que en forma de burla le lanzan sus adversarios: «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar» (v. 31). Si Jesús hubiese bajado de la cruz, habría cedido a la tentación del príncipe de este mundo; en cambio Él no puede salvarse a sí mismo precisamente para poder salvar a los demás, porque ha dado su vida por nosotros, por cada uno de nosotros. Decir: «Jesús ha dado su vida por el mundo» es verdad, pero es más bonito decir: «Jesús ha dado su vida por mí». Y hoy en la plaza, cada uno de nosotros diga en su corazón: «Ha dado su vida por mí, para poder salvar a cada uno de nosotros de nuestros pecados».

Y esto, ¿quién lo entendió? Lo entendió bien uno de los dos ladrones que fueron crucificados con Él, llamado el «buen ladrón», que le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 42). Y este era un malhechor, era un corrupto y estaba ahí condenado a muerte precisamente por todas las brutalidades que había cometido en su vida. Pero vio en la actitud de Jesús, en la humildad de Jesús, el amor. Y esta es la fuerza del reino de Cristo: es el amor. Por esto la majestad de Jesús no nos oprime, sino que nos libera de nuestras debilidades y miserias, animándonos a recorrer los caminos del bien, la reconciliación y el perdón. Miremos la Cruz de Jesús, miremos al buen ladrón y digamos todos juntos lo que dijo el buen ladrón: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Todos juntos: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Pedir a Jesús, cuando nos sintamos débiles, pecadores, derrotados, que nos mire y decir: «Tú estás ahí. ¡No te olvides de mí!».

Ante las muchas laceraciones en el mundo y las demasiadas heridas en la carne de los hombres, pidamos a la Virgen María que nos sostenga en nuestro compromiso de imitar a Jesús, nuestro rey, haciendo presente su reino con gestos de ternura, comprensión y misericordia.

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Homilía del 20 de noviembre de 2016

Cristo rey transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza

 Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.

Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.

Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.

En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo está lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».

Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.

Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.

En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que, con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.

Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.

Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Señor. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también instrumentos de misericordia. Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompaña la Virgen María, también ella estaba junto a la cruz, allí ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladrón recibir el perdón y acogió al discípulo de Jesús como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras súplicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedarán sin respuesta.

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BENEDICTO XVI - Ángelus 2008 y Homilía 2011

Ángelus 2008

Dios acoge en su reino a los que día a día se esfuerzan por poner en práctica su palabra

Queridos hermanos y hermanas: 

Celebramos hoy, último domingo del año litúrgico, la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Sabemos por los Evangelios que Jesús rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político, al estilo de los “jefes de las naciones” (cf. Mt 20, 25). En cambio, durante su Pasión, reivindicó una singular realeza ante Pilato, que lo interrogó explícitamente: “¿Tú eres rey?”, y Jesús respondió: “Sí, como dices, soy rey” (Jn 18, 37); pero poco antes había declarado: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36).

En efecto, la realeza de Cristo es revelación y actuación de la de Dios Padre, que gobierna todas las cosas con amor y con justicia. El Padre encomendó al Hijo la misión de dar a los hombres la vida eterna, amándolos hasta el supremo sacrificio y, al mismo tiempo, le otorgó el poder de juzgarlos, desde el momento que se hizo Hijo del hombre, semejante en todo a nosotros (cf. Jn 5, 21-22. 26-27).

El evangelio de hoy insiste precisamente en la realeza universal de Cristo juez, con la estupenda parábola del juicio final, que san Mateo colocó inmediatamente antes del relato de la Pasión (cf. Mt 25, 31-46). Las imágenes son sencillas, el lenguaje es popular, pero el mensaje es sumamente importante: es la verdad sobre nuestro destino último y sobre el criterio con el que seremos juzgados. “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis” (Mt 25, 35), etc. ¿Quién no conoce esta página? Forma parte de nuestra civilización. Ha marcado la historia de los pueblos de cultura cristiana: la jerarquía de valores, las instituciones, las múltiples obras benéficas y sociales. En efecto, el reino de Cristo no es de este mundo, pero lleva a cumplimiento todo el bien que, gracias a Dios, existe en el hombre y en la historia. Si ponemos en práctica el amor a nuestro prójimo, según el mensaje evangélico, entonces dejamos espacio al señorío de Dios, y su reino se realiza en medio de nosotros. En cambio, si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo no puede menos de ir hacia la ruina.

Queridos amigos, el reino de Dios no es una cuestión de honores y de apariencias; por el contrario, como escribe san Pablo, es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Al Señor le importa nuestro bien, es decir, que todo hombre tenga la vida y que, especialmente sus hijos más “pequeños”, puedan acceder al banquete que ha preparado para todos. Por eso, no soporta las formas hipócritas de quien dice: “Señor, Señor”, y después no cumple sus mandamientos (cf. Mt 7, 21). En su reino eterno, Dios acoge a los que día a día se esfuerzan por poner en práctica su palabra. Por eso la Virgen María, la más humilde de todas las criaturas, es la más grande a sus ojos y se sienta, como Reina, a la derecha de Cristo Rey. A su intercesión celestial queremos encomendarnos una vez más con confianza filial, para poder cumplir nuestra misión cristiana en el mundo.

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Homilía 2011

Queridos hermanos en el Episcopado y el sacerdocio,

Queridos hermanos y hermanas

(…) El Evangelio que acabamos de escuchar, nos dice que Jesús, el Hijo del hombre, el juez último de nuestra vida, ha querido tomar el rostro de los hambrientos y sedientos, de los extranjeros, los desnudos, enfermos o prisioneros, en definitiva, de todos los que sufren o están marginados; lo que les hagamos a ellos será considerado como si lo hiciéramos a Jesús mismo. No veamos en esto una mera fórmula literaria, una simple imagen. Toda la vida de Jesús es una muestra de ello. Él, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre, ha compartido nuestra existencia hasta en los detalles más concretos, haciéndose servidor de sus hermanos más pequeños. Él, que no tenía donde reclinar su cabeza, fue condenado a morir en una cruz. Este es el Rey que celebramos.

Sin duda, esto puede parecernos desconcertante. Aún hoy, como hace 2000 años, acostumbrados a ver los signos de la realeza en el éxito, la potencia, el dinero o el poder, tenemos dificultades para aceptar un rey así, un rey que se hace servidor de los más pequeños, de los más humildes, un rey cuyo trono es la cruz. Sin embargo, dicen las Sagradas Escrituras, así es como se manifiesta la gloria de Cristo; en la humildad de su existencia terrena es donde se encuentra su poder para juzgar al mundo. Para él, reinar es servir. Y lo que nos pide es seguir por este camino para servir, para estar atentos al clamor del pobre, el débil, el marginado. El bautizado sabe que su decisión de seguir a Cristo puede llevarle a grandes sacrificios, incluso el de la propia vida. Pero, como nos recuerda san Pablo, Cristo ha vencido a la muerte y nos lleva consigo en su resurrección. Nos introduce en un mundo nuevo, un mundo de libertad y felicidad. También hoy son tantas las ataduras con el mundo viejo, tantos los miedos que nos tienen prisioneros y nos impiden vivir libres y dichosos. Dejemos que Cristo nos libere de este mundo viejo. Nuestra fe en Él, que vence nuestros miedos, nuestras miserias, nos da acceso a un mundo nuevo, un mundo donde la justicia y la verdad no son una parodia, un mundo de libertad interior y de paz con nosotros mismos, con los otros y con Dios. Este es el don que Dios nos ha dado en nuestro bautismo.

«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). Acojamos estas palabras de bendición que el Hijo del hombre dirigirá el Día del Juicio a quienes habrán reconocido su presencia en los más humildes de sus hermanos con un corazón libre y rebosante de amor de Dios. Hermanos y hermanas, este pasaje del Evangelio es verdaderamente una palabra de esperanza, porque el Rey del universo se ha hecho muy cercano a nosotros, servidor de los más pequeños y más humildes. Y quisiera dirigirme con afecto a todos los que sufren, a los enfermos, a los aquejados del sida u otras enfermedades, a todos los olvidados de la sociedad. ¡Tened ánimo! El Papa está cerca de vosotros con el pensamiento y la oración. ¡Tened ánimo! Jesús ha querido identificarse con el pequeño, con el enfermo; ha querido compartir vuestro sufrimiento y reconoceros a vosotros como hermanos y hermanas, para liberaros de todo mal, de toda aflicción. Cada enfermo, cada persona necesitada merece nuestro respeto y amor, porque a través de él Dios nos indica el camino hacia el cielo.

Queridos hermanos y hermanas, todos los que han recibido ese don maravilloso de la fe, el don del encuentro con el Señor resucitado, sienten también la necesidad de anunciarlo a los demás. La Iglesia existe para anunciar esta Buena Noticia. Y este deber es siempre urgente. Después de 150 años, hay todavía muchos que aún no han escuchado el mensaje de salvación de Cristo. Hay también muchos que se resisten a abrir sus corazones a la Palabra de Dios. Y son numerosos aquellos cuya fe es débil, y su mentalidad, costumbres y estilo de vida ignoran la realidad del Evangelio, pensando que la búsqueda del bienestar egoísta, la ganancia fácil o el poder es el objetivo final de la vida humana. ¡Sed testigos ardientes, con entusiasmo, de la fe que habéis recibido! Haced brillar por doquier el rostro amoroso de Cristo, especialmente ante los jóvenes que buscan razones para vivir y esperar en un mundo difícil.

La Iglesia en Benín ha recibido mucho de los misioneros: ella debe llevar a su vez este mensaje de esperanza a quienes no conocen o han olvidado al Señor Jesús. Queridos hermanos y hermanas, os invito a que tengáis esta preocupación por la evangelización en vuestro país, en los pueblos de vuestro continente y en el mundo entero. El reciente Sínodo de los Obispos para África lo recuerda con insistencia: el hombre de esperanza, el cristiano, no puede ignorar a sus hermanos y hermanas. Esto estaría en contradicción con el comportamiento de Jesús. El cristiano es un constructor incansable de comunión, de paz y solidaridad, esos dones que Jesús mismo nos ha dado. Al ser fieles a ellos, estamos colaborando en la realización del plan de salvación de Dios para la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, os invito por tanto a fortalecer vuestra fe en Jesucristo mediante una auténtica conversión a su persona. Sólo Él nos da la verdadera vida, y nos libera de nuestros temores y resistencias, de todas nuestras angustias. Buscad las raíces de vuestra existencia en el bautismo que habéis recibido y que os ha hecho hijos de Dios. Que Jesucristo os dé a todos la fuerza para vivir como cristianos y tratar de transmitir con generosidad a las nuevas generaciones lo que habéis recibido de vuestros padres en la fe.

Que el Señor os llene de su gracia.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Y de nuevo vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos

Hemos llegado al último Domingo del año litúrgico, en el que celebramos la fiesta de Cristo Rey. El Evangelio nos hace asistir al último acto de la historia humana: el juicio universal.

«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda».

¡Qué diferencia entre esta escena y aquella en que Cristo es juzgado! Entonces, todos sentados, Anás, Caifás, Pilatos, y él de pie y encadenado; ahora, todos de pie y él sentado sobre el trono. En este mundo los hombres y la historia juzgan a Cristo; en aquel día, Cristo juzgará a los hombres y a la historia. Él «examina» a los hombres y a los pueblos. Ante él se decide quién permanece y quién cae. No hay apelación. Él es la instancia suprema. Ésta es la fe inmutable de la Iglesia que en su Credo continúa proclamando: «y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

Durante tantos milenios de vida sobre la tierra, el hombre se ha acostumbrado a todo; se ha adaptado a cualquier clima, inmunizado de cualquier enfermedad. Mas, a una cosa no se ha acostumbrado nunca: a la injusticia. Continúa sintiéndola como intolerable. Nos rebelamos ante la idea de que el mal, el abuso, deban permanecer sin ser castigados y triunfantes para siempre. Es a esta sed de justicia a lo que responderá el juicio. j Una vez se hará una buena luminosidad o claridad sobre todo!

Sin la fe en el juicio final, todo el mundo y la historia llegan a ser incomprensibles, escandalosos. Al visitante, que llega a la plaza de San Pedro, en Roma, la columnata de Bernini le parece, a primera vista, como un espectáculo bastante confuso. Los cuatro órdenes de columnas, que circundan la plaza, se le presentan «discordantes». Pero, se sabe que hay un punto, señalado en tierra por un círculo, en el que es necesario colocarse. Desde aquel punto de observación, el golpe de vista cambia completamente. Aparece una admirable armonía; los cuatro órdenes de columnas se alinean como por encanto, como si fuesen una sola columna. j Milagro de perspectiva! Es un símbolo de 10 que sucederá en la plaza más grande, que existirá en el mundo. En él todo nos aparece confuso, absurdo, fruto más de un capricho de la casualidad que de una providencia divina. Es necesario colocarse en el punto justo para no perderse y entrever un orden detrás de todo; y este punto justo es el juicio de Dios.

¡Cómo cambian de aspecto las cuestiones humanas, vistas desde este ángulo; también, las que están en acto en el mundo de hoy! Nos llegan cada día noticias de atrocidades contra los débiles y los indefensos, que permanecen impunes. Hemos visto a hombres, acusados de crímenes horrendos, defenderse con la sonrisa en los labios; tener en jaque a jueces y a tribunales; hacerse fuertes por falta de pruebas. Como si consiguiéndolo subrepticiamente ante los jueces humanos, ya lo tuvieran resuelto todo. Yo quisiera decirles a ellos: ¡No os ilusionéis!; ¡no habéis hecho nada! El verdadero juicio debe aún comenzar. Tendréis incluso que terminar vuestros días en libertad, temidos, honrados, hasta con un espléndido funeral como si no hubierais hecho nada. El verdadero Juez os espera detrás de la puerta; y a él no se le engaña. Dios no se deja corromper.

Arrepentíos; pero, en serio, no sólo hipócritamente para gozar de la impunidad después del delito. El Evangelio de hoy nos dice además cómo se desarrollará el juicio: «y entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis».

¿Qué será, por lo tanto, de quienes no sólo no han dado de comer a quien tenía hambre, sino que hasta se lo han quitado; no sólo no han hospedado al forastero sino que lo han hecho huésped y forastero; no sólo no han visitado al que estaba en la cárcel, sino que los han puesto injustamente en la cárcel, lo han secuestrado, torturado o muerto?

Pero, no nos ilusionemos ni siquiera nosotros. La cuestión no afecta sólo a algunos pocos criminales. Es hasta posible que se instaure un sentido general de impunidad, por el que se hace gala hasta de violar la ley, corromper o dejarse corromper, con la excusa de que lo hacen todos, que es la praxis común. Pero, mientras tanto, la ley no ha sido nunca abrogada. Y he aquí que un día cualquiera alguien comienza una investigación y es una hecatombe. Pero ¿quién se para a reflexionar que, de hecho, ésta es la situación en que vivimos algo todos, perseguidos y perseguidores, en relación con la ley de Dios? Se violan alegremente los mandamientos de Dios, uno tras otro, comprendido el que dice que no hay que matar (por no hablar ni siquiera del que dice que no hay que no cometer adulterio) con el pretexto de que todos lo hacen, que la cultura, el progreso, hasta la ley humana, hoy hasta lo consienten. Pero, Dios no ha pretendido nunca abrogar ni los mandamientos ni los Evangelios, y este sentido general de seguridad es totalmente ficticio y es un terrible engaño.

En el plano político, todos reaccionamos indignados apenas viene avanzada la propuesta de un «golpe de esponja» o de nada, que cancele todas las responsabilidades penales; pero, después, tácitamente esto es lo que pretendemos de Dios en el plano espiritual: sobre todo, un golpe de esponja. Además, se dice, ¡Dios es bueno y lo perdona todo! Si no ¿qué Dios es? Sin pensar que, si Dios descendiese a realizar pactos con el pecado, iría totalmente abajo la distinción entre bien y mal, y con ello el universo entero.

No debemos dejar caer en el olvido las palabras, que las generaciones pasadas nos han transmitido: Dies irae dies illa... «Día de la ira, de aquel día... Nos hará temblar cuando el Juez aparecerá para cribarlo todo con rigor». ¿Qué le ha sucedido al pueblo cristiano? En un tiempo, se escuchaban estas palabras con un saludable temblor. Ahora, la gente va al teatro de la Ópera, escucha la Misa de Réquiem de Verdi o de Mozart, se apasiona con las notas del Dies irae, sale canturreándolas y repitiendo miméticamente, quizás, hasta los movimientos con la cabeza. Pero, lo último, que cada uno piensa, es que aquellas palabras le afectan también personalmente, que es asimismo de él de quien se está hablando.

Se ha hablado mucho de la restauración del Juicio Universal de Miguel Ángel. Pero, hay otro juicio universal a restaurar lo más pronto posible, el pintado no sobre las paredes de ladrillos, sino sobre los corazones de los cristianos. También éste, en efecto, está desteñido del todo y está yendo a la ruina. «El más allá (y con él el juicio) ha llegado a ser una broma, una exigencia tan incierta, que nos divierte hasta el pensamiento de que hubo un tiempo en que esta idea transformaba la entera existencia» (S. Kierkegard).

He visto de muchacho la escena de un film, que no he olvidado nunca. Un puente del ferrocarril por una parte venía abajo en un río lleno de agua; y por otra en el vacío pendían los dos muñones de las vías. El guardián del más cercano paso a nivel, dándose cuenta del peligro, corre hacia el encuentro con el tren, que en el atardecer está llegando a toda velocidad; y, estando a mitad de la vía, agita una linterna gritando desesperadamente: «¡Párate, párate; atrás, atrás!» Aquel tren nos representa al vivo. Es la imagen de una sociedad, que avanza descuidada al ritmo de Rock’n roil, embriagada por sus conquistas, sin darse cuenta de la vorágine abierta que hay ante ella. La Iglesia se esfuerza en gritar como aquel guardián: ¡Atrás, atrás!; pero ¿quién le escucha?

Alguno puede intentar hasta consolarse diciendo que, después de todo, el día del juicio aún está lejano, posiblemente millones de años. Pero, es todavía Jesús quien desde el Evangelio le responde: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma» (Lucas 12,20).  El tema del juicio se entrecruza en la liturgia de este Domingo con el de Jesús el Buen Pastor. En el Salmo responsorial se dice: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar» (Salmo 23,1).

El sentido es claro: ahora, Cristo se deja encontrar por nosotros como el Buen Pastor; un día estará obligado a ser nuestro Juez. Ahora, es el tiempo de la misericordia; entonces, será el tiempo de la justicia. Nos corresponde a nosotros, mientras que aún estamos a tiempo, escoger a quién queremos encontrar. Yo deseo que el tiempo, que hemos pasado juntos en este año para reflexionar sobre el Evangelio, nos haya ayudado a conocer mejor al Buen Pastor y así a no temer al Juez.


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