Vida Sacerdotal > Predicació

Diumenge XXIX del Temps Ordinari (cicle A): «Donar a Déu el que és de Déu» significa estar disposat a fer la seva voluntat i dedicar-li nostra vida i col·laborar amb el seu Regne de misericòrdia, d'amor i de pau

Acabem d'escoltar una de les frases més famoses de tot l'Evangeli: «Donar al César el que és del César i a Déu el que és de Déu» (Mt 22,21). Jesús respon amb aquesta frase irònica i genial a la provocació dels fariseus que, per dir-ho d'alguna manera, volien fer-li l'examen de religió i posar-ho a prova. És una resposta immediata que el Senyor dóna a tots aquells que tenen problemes de consciència, sobretot quan estan en joc la seva conveniència, les seves riqueses, el seu prestigi, el seu poder i la seva fama. I això ha succeït sempre.

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 16, 6. 8

Te invoco, Dios mío, porque tú me respondes; inclina tu oído y escucha mis palabras. Cuídame, Señor, como a la niña de tus ojos y cúbreme bajo la sombra de tus alas.

ORACIÓN COLECTA

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Dios todopoderoso y eterno, haz que nuestra voluntad sea siempre dócil a la tuya y que te sirvamos con un corazón sincero. Por nuestro Señor Jesucristo...

Misa por la evangelización de los pueblos

Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los pueblos, de forma que así perdure la obra redentora de Cristo hasta el fin de los tiempos, despierta los corazones de tus fieles y haz que se sientan llamados a trabajar por la salvación de todos, con tanta mayor urgencia, cuanto es necesario que, de todas las naciones, surja y crezca para ti una sola familia y un solo pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

El Señor tomó de la mano a Ciro para someter ante él a las naciones.

Del libro del profeta Isaías: 45, 1. 4-6

Así habló el Señor a Ciro, su ungido, a quien ha tomado de la mano para someter ante él a las naciones y desbaratar la potencia de los reyes, para abrir ante él los portones y que no quede nada cerrado: “Por amor a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi escogido, te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te hago poderoso, aunque tú no me conoces, para que todos sepan, de oriente a occidente, que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”. 

Palabra de Dios.

Misa por la evangelización de los pueblos

Conduciré a los extranjeros a mi monte santo.

Lectura del libro del profeta Isaías: 56, 1. 6-7

Esto dice el Señor: «Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse.

A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos en mi altar, porque mi templo será la casa de oración para todos los pueblos”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 95, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10a y c.

R/. Cantemos la grandeza del Señor.

Cantemos al Señor un canto nuevo, que le cante al Señor toda la tierra. Su grandeza anunciemos a los pueblos; de nación en nación sus maravillas. R/.

Cantemos al Señor, porque él es grande, más digno de alabanza y más tremendo que todos los dioses paganos, que ni existen; ha sido el Señor quien hizo el cielo. R/.

Alaben al Señor, pueblos del orbe, reconozcan su gloria y su poder y tribútenle honores a su nombre. Ofrézcanle en sus atrios sacrificios. R/.

Caigamos en su templo de rodillas. Tiemblen ante el Señor los atrevidos. “Reina el Señor”, digamos a los pueblos. Él gobierna a las naciones con justicia. R/.

Misa por la evangelización de los pueblos

Del salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R. Que te alaben, Señor, todos los pueblos. (O Bien: Que todos los pueblos conozcan tu bondad).

Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora. R/.

Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones. R/.

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero. R/.

SEGUNDA LECTURA

Recordamos la fe, la esperanza y el amor de ustedes.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses: 1, 1-5

Pablo, Silvano y Timoteo deseamos la gracia y la paz a la comunidad cristiana de los tesalonicenses, congregada por Dios Padre y por Jesucristo, el Señor.

En todo momento damos gracias a Dios por ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar las obras que manifiestan la fe de ustedes, los trabajos fatigosos que ha emprendido su amor y la perseverancia que les da su esperanza en Jesucristo, nuestro Señor.

Nunca perdemos de vista, hermanos muy amados de Dios, que él es quien los ha elegido. En efecto, nuestra predicación del Evangelio entre ustedes no se llevó acabo sólo con palabras, sino también con la fuerza del Espíritu Santo, que produjo en ustedes abundantes frutos. 

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Flp 2, 15. 16

R/. Aleluya, aleluya.

Iluminen al mundo con la luz del Evangelio reflejada en su vida. R/.

EVANGELIO

Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

+Del santo Evangelio según san Mateo: 22,15-21

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.

Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”

Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César”. Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Concédenos, Señor, el don de poderte servir con libertad de espíritu, para que, por la acción purificadora de tu gracia, los mismos misterios que celebremos nos limpien de toda culpa. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Misa por la evangelización de los pueblos

Señor, que lleguen a tu presencia soberana los dones de tu Iglesia suplicante, del mismo modo que fue tan grata a tus ojos la gloriosa pasión de tu Hijo, para la salvación del mundo. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 32, 18-19

Los ojos del Señor están puestos en sus hijos, en los que esperan en su misericordia; para librarlos de la muerte, y reanimarlos en tiempo de hambre.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Te rogamos, Señor, que la frecuente recepción de estos dones celestiales produzca fruto en nosotros y nos ayude a aprovechar los bienes temporales y alcanzar con sabiduría los eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Misa por la evangelización de los pueblos

Señor, que la participación en tu mesa nos santifique, y concede que todos los pueblos reciban con gratitud, por medio del sacramento de tu Iglesia, la salvación que tu Unigénito consumó en la cruz. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Ciro el persa, y la voluntad salvífica de Dios (Is 45,1.4-6)

1ª lectura

Se inicia aquí un discurso poético que es un mensaje de ánimo a los exiliados en Babilonia con el anuncio de un libertador, Ciro el Persa, que ejecutará la voluntad salvífica de Dios con Israel sirviéndole como instrumento. La mención solemne y precisa de Ciro, un rey extranjero, es una ventana abierta a la mirada universalista del plan divino de salvación, que choca con el horizonte del pueblo, inclinado a un nacionalismo exclusivista. El vaticinio se puede considerar como un oráculo de investidura que quizá nunca escuchó Ciro, pero transmitió confianza a los deportados. Santo Tomás comenta: «Después de haberles confortado en la firme esperanza de las divinas promesas (caps. 40-44), empieza ahora a enumerarlas para su consolación: primero promete la liberación de los males (caps. 45-55) y luego la salvación en los bienes (caps. 56-66) (Expositio super Isaiam 59).

Sorprende que se otorgue a Ciro el título de «ungido», reservado a los reyes de Israel, pues se trata de un extranjero que no conocía al Dios del pueblo elegido. Por si fuera poco, se dice que la misión y los éxitos del conquistador persa son debidos a una especial providencia de Dios, que lo ha designado para liberar a Israel de la opresión de los otros pueblos (vv. 1-5). Este mensaje debió de suscitar estupor en los oyentes. A la vuelta de los siglos, no deja de reclamar nuestra atención sobre los designios de Dios, que a veces se vale de situaciones históricas que pueden parecernos paradójicas.

La expresión «desatar las cinturas de los reyes» (v. 1) equivale a desarmarlos, pues es de la cintura de donde cuelga la espada.

 Amados y elegidos de Dios (1 Ts 1,1-5b)

2ª lectura

Ésta es la carta más antigua (año 51-52) que se conserva de San Pablo. Tras saludar a la comunidad que él mismo había fundado, agradece a Dios el fruto de la evangelización y la fidelidad de aquellos cristianos (1,2-3,13). Más adelante, movido, al parecer, por el dolor de los fieles de Tesalónica ante la muerte de seres queridos, les exhorta a llevar una vida santa en la esperanza de la segunda venida de Cristo (4,1-5,24).

El encabezamiento se ajusta al modelo habitual de la época: consignación del autor, mención de los destinatarios, y palabras de saludo. El tono es entrañable, pero no es el de una simple carta de familia, sino el de un escrito autorizado en el que, según las normas legales (cfr Dt 17,6), dos testigos avalan su contenido. La palabra griega ekklesía significa «asamblea, reunión del pueblo», y fue empleada desde la época apostólica para designar a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. De este versículo parte Santo Tomás para definir la Iglesia como «la congregación de los fieles realizada en Dios Padre y en el Señor Jesucristo, por la fe en la Trinidad y en la divinidad y humanidad de Cristo» (Super 1 Thessalonicenses, ad loc.).

San Pablo reconoce con alegría la eficacia de la gracia divina en los tesalonicenses. Las virtudes teologales (v. 3) no han arraigado en ellos por sus méritos personales, sino porque han sido «amados» y «elegidos» de Dios (v. 4). Además, el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización (v. 5), ya que transforma interiormente a quienes acogen con sencillez la palabra de Dios: «La fuerza del espíritu purifica a quienes se unen al Espíritu con pensamiento sincero, y tienen una fe en toda plenitud, sin mancha alguna en la conciencia» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).

Dad al César lo que es del César (Mt 22,15-21)

Evangelio

Los herodianos eran partidarios de la política de la dinastía de Herodes: frente a la dominación romana directa —y, obviamente, también ante los impuestos directos— ejercida por un gobernador, preferían la mediación de un príncipe local que fuera quien pagara parte de los impuestos a Roma. En cuestiones religiosas, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos, por su parte, eran meticulosos cumplidores de la Ley, y consideraban el dominio romano como una usurpación. Sus diferencias con los herodianos eran radicales. Pero unos y otros se unen para conspirar contra Jesús. La pregunta era difícil y la respuesta comprometida. Jesús contesta con una profundidad que es, al mismo tiempo, del todo fiel a la predicación que ha venido haciendo del Reino de Dios: dar al César lo que le corresponde, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Estas palabras han sido fuente para la doctrina de la Iglesia sobre la potestad de los gobiernos, que gestionan el bien común temporal, y la potestad de la Iglesia en la gestión del bien espiritual. Como ambos gobiernos son independientes en el ámbito de sus competencias, si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal «recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 43). Jesús, con su respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento fiel de los deberes cívicos sin menoscabo de los derechos superiores de Dios (cfr Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 11).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

 La cuestión del tributo al César

1. Entonces. ¿Cuándo? Cuando más que nunca debieran haberse compungido, cuando debieran haber admirado su benignidad y temer lo por venir; y por lo pasado, darle fe en lo referente a lo por venir. A la verdad, hechos y palabras clamaban de consuno: los publicanos y las rameras habían creído, los profetas y los justos habían sido asesinados, y, partiendo de estos hechos, su deber era no contradecirle en lo que atañía a su propia ruina, sino creerla y entrar en razón. Sin embargo, ni por si quiera por esas razones ceja un punto su malicia, sino que está siempre de parto y avanza siempre más allá.

Mas como no les era posible detenerle, pues temían a las muchedumbres, echan por otro camino a fin de ponerle en peligro y hacerle reo de público delito. Le envían, en efecto, los fariseos sus propios discípulos juntamente con los herodianos y le dicen: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios con verdad y que a ti no se te da nada de nadie, pues no miras a la cara de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito o no es lícito pagar el tributo al César? Tributo, cierto es que ya lo estaban pagando, pues su república había venido a poder de los romanos. Ahora bien, como habían visto que poco antes habían muerto por esta causa Teudas y Judas, condenados como cabecillas de rebelión; intentaron también con estas palabras que sospecha semejante cayera sobre el Señor. De ahí el mandarle los fariseos sus propios discípulos juntamente con partidarios de Herodes, abriéndole, a lo que se imaginaban, un doble abismo y tendiéndole el lazo por todas partes. Respondiera lo que respondiera, estaba cogido: si respondía en favor de los herodianos, le acusarían ellos; si en favor de los fariseos, los herodianos se encargarían de pasarle cuentas. A la verdad, el Señor mismo había pagado el didracma; pero ellos no debían de saberlo y esperaban cogerle por todas partes. Sin embargo, su deseo hubiera sido que Jesús dijera algo contra los herodianos. De ahí que los fariseos le envían sus propios discípulos, cuya presencia podía empujarle a ello, para entregarle luego al gobernador como sedicioso. Esto quiso, sin duda, dar a entender Lucas al decir que le preguntaron en presencia del pueblo, con el fin de disponer de mayor número de testigos. Más el resultado fue al revés: fueron ellos los que, delante de mayor concurrencia, dieron muestra de su insensatez.

Y advertid la adulación y la encubierta astucia de los fariseos: Sabemos —dicen— que eres veraz. Entonces, ¿por qué decíais que era un impostor, que extraviaba al pueblo, que estaba endemoniado y que no venía de Dios? (Cf. Mt 27, 63; Jn 7, 12; 10,20; 9, 16; 7,20).  ¿Cómo es que poco antes tramabais el modo de deshaceros de Él? Pero todo va sucediendo al hilo de lo que su insidia les ordena y manda. Y es así que como antes, por haberle preguntado con arrogancia: ¿Con qué autoridad haces esto? (Mt 21, 23), no habían obtenido respuesta a su pregunta, ahora esperan embaucarle con sus adulaciones y llevarle blandamente a decir algo contra las leyes establecidas y contra el poder entonces imperante. De ahí que empiezan por rendir homenaje a su veracidad, en lo que no hacen sino reconocer la realidad, siquiera no lo hagan con recta intención ni espontáneamente.

Y luego añaden: A ti no se te da nada de nadie. Mirad aquí cómo se manifiesta su intención de obligarle a decir algo que le hiciera chocar con Herodes, sospechoso de aspirar al poder, como quien se levantaba contra la ley, y así tuvieran asidero para castigarle como a sedicioso y ambicioso del mando. Esas palabras, en efecto: A ti no se te da nada de nadie ni haces acepción de personas, a Herodes y al César apuntaban veladamente. Luego le dicen: Dinos, pues qué te parece... ¿Cómo ahora le honráis y le tenéis por maestro después de haberle despreciado e insultado muchas veces cuando os hablaba de lo tocante a vuestra salvación? De ahí que ellos mismos se han sentenciado. Y notad ahora su astucia. Porque no le dicen: “Dinos qué es lo bueno, lo conveniente, lo legítimo”, sino: Dinos qué te parece. Tan fija tenían su mirada en traicionarle y hacerle odioso al poder político. Marcos, por su parte, para declarar eso mismo y descubrir más patentemente su malicia y criminales intenciones, nos cuenta que dijeron: ¿Le damos el tributo al César o no se lo damos? (Mc 12, 14). Así, respirando furor, preñados de insidia, simulan consideración y respeto.

¿Qué contesta, pues, Cristo? ¿Por qué me venís a tentar, hipócritas? Notad la viveza del tono con que les habla. Como su malicia era consumada y patente, el Señor descarga más duro golpe, confundiéndolos ante todo y reduciéndolos a silencio. Y así, saca a pública plaza sus íntimos pensamientos y pone a los ojos de todos las intenciones con que se le acercan. Y esto lo hacía para reprimir su maldad y evitar el propio daño de ellos al intentar nuevamente lo mismo. A decir verdad, las palabras de sus enemigos venían rebosando consideración, pues le llamaban maestro y atestiguaban su veracidad e independencia de todo humano respeto; mas, Dios que era, con nada de eso le pudieron engañar. De ahí debieran ellos haber conjeturado que la reprensión del Señor no era mera conjetura, sino señal de que conocía sus más íntimos pensamientos.

2. Más no se detuvo el Señor en la reprensión, si bien hubiera bastado haber argüido su intención para dejar confundida su maldad. Sin embargo, no se para ahí, sino que trata de coserles la boca de otro modo. Y así: Mostradme —dice— la moneda del censo. Y ya que se la hubieron mostrado, según su costumbre, por boca de ellos pronuncia la sentencia, a ellos mismos les obliga a fallar que era lícito pagar el tributo al César. Lo que era una clara y espléndida victoria de Cristo. Y así, si les pregunta, no es que É1 ignore lo que pregunta, sino que quiere condenarlos por sus mismas respuestas. Les preguntó, pues, el Señor: ¿De quién es esta imagen y esta leyenda? Y ellos le respondieron: Del César. Pagad, pues, lo que es del César al César, y lo que es de Dios, a Dios —concluyó Jesús—. Porque aquí no se trata de dar, sino de pagar, y esto se demuestra por la imagen y la leyenda de la moneda. Mas por que no pudieran echarle en cara: ¿Luego tú nos sometes a los hombres?, prosiguió: Y lo que es de Dios, a Dios. Posible es, en efecto, cumplir lo que toca a los hombres y dar a Dios lo que a Dios le debemos. De ahí que también Pablo diga: Pagad a todos los que se les debe: a quien impuesto, impuesto; a quien tributo, tributo; a quien honor, honor (Rm 13, 7). Por lo demás, cuando se os dice: Pagad al César lo que es del César, entended que habla el Señor sólo de aquellas cosas que no pugnan con la religión; pues en caso contrario, ya no sería tributo pagado al César, sino al diablo.

(Homilía 70, 1-2, BAC Madrid 1956 (II), p. 421-25)

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FRANCISCO – Homilía del 19.X.2014 y Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones

Homilía 19.X.2014

Estar dispuestos a hacer la voluntad de Dios y dedicarle nuestra vida

Queridos hermanos:

Acabamos de escuchar una de las frases más famosas de todo el Evangelio: «Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21).

Jesús responde con esta frase irónica y genial a la provocación de los fariseos que, por decirlo de alguna manera, querían hacerle el examen de religión y ponerlo a prueba. Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que tienen problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego su conveniencia, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama. Y esto ha sucedido siempre.

Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dar] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y creer firmemente –frente a cualquier tipo de poder– que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Ésta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios.

¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, mostrándonos y llevándonos por caminos imprevistos. Nos renueva, es decir, nos hace siempre “nuevos”. Un cristiano que vive el Evangelio es “la novedad de Dios” en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta “novedad”.

«Dar a Dios lo que es de Dios» significa estar dispuesto a hacer su voluntad y dedicarle nuestra vida y colaborar con su Reino de misericordia, de amor y de paz.

En eso reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En eso reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es ponerse manos a la obra para devolver a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira a la realidad futura, a la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida –con los pies bien puestos en la tierra– y responder, con valentía, a los incesantes retos nuevos.

En este día de la beatificación del Papa Pablo VI, me vienen a la mente las palabras con que instituyó el Sínodo de los Obispos: «Después de haber observado atentamente los signos de los tiempos, nos esforzamos por adaptar los métodos de apostolado a las múltiples necesidades de nuestro tiempo y a las nuevas condiciones de la sociedad» (Carta ap. Motu proprio Apostolica sollicitudo).

Contemplando a este gran Papa, a este cristiano comprometido, a este apóstol incansable, ante Dios hoy no podemos más que decir una palabra tan sencilla como sincera e importante: Gracias. Gracias a nuestro querido y amado Papa Pablo VI. Gracias por tu humilde y profético testimonio de amor a Cristo y a su Iglesia.

El que fuera gran timonel del Concilio, al día siguiente de su clausura, anotaba en su diario personal: «Quizás el Señor me ha llamado y me ha puesto en este servicio no tanto porque yo tenga algunas aptitudes, o para que gobierne y salve la Iglesia de sus dificultades actuales, sino para que sufra algo por la Iglesia, y quede claro que Él, y no otros, es quien la guía y la salva» (P. Macchi, Paolo VI nella sua parola, Brescia 2001, 120-121). En esta humildad resplandece la grandeza del Beato Pablo VI que, en el momento en que estaba surgiendo una sociedad secularizada y hostil, supo conducir con sabiduría y con visión de futuro –y quizás en solitario– el timón de la barca de Pedro sin perder nunca la alegría y la fe en el Señor.

Pablo VI supo de verdad dar a Dios lo que es de Dios dedicando toda su vida a la «sagrada, solemne y grave tarea de continuar en el tiempo y extender en la tierra la misión de Cristo» (Homilía en el inicio del ministerio petrino, 30 junio 1963), amando a la Iglesia y guiando a la Iglesia para que sea «al mismo tiempo madre amorosa de todos los hombres y dispensadora de salvación» (Carta enc. Ecclesiam Suam, Prólogo).

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2017

La misión en el corazón de la fe cristiana

Queridos hermanos y hermanas:

Este año la Jornada Mundial de las Misiones nos vuelve a convocar entorno a la persona de Jesús, «el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 7), que nos llama continuamente a anunciar el Evangelio del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo. Esta Jornada nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana. De hecho, la Iglesia es misionera por naturaleza; si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino que sería sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo. Por ello, se nos invita a hacernos algunas preguntas que tocan nuestra identidad cristiana y nuestras responsabilidades como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. ¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?

La misión y el poder transformador del Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida

1. La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14,6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdad y recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.

2. Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre. «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Ireneo, Adversus haereses IV, 20,7). De este modo, el anuncio del Evangelio se convierte en palabra viva y eficaz que realiza lo que proclama (cf. Is 55,10-11), es decir Jesucristo, el cual continuamente se hace carne en cada situación humana (cf. Jn 1,14).

La misión y el kairos de Cristo

3. La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276).

4. Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1). El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. El Evangelio se convierte así, por medio del Bautismo, en fuente de vida nueva, libre del dominio del pecado, iluminada y transformada por el Espíritu Santo; por medio de la Confirmación, se hace unción fortalecedora que, gracias al mismo Espíritu, indica caminos y estrategias nuevas de testimonio y de proximidad; y por medio de la Eucaristía se convierte en el alimento del hombre nuevo, «medicina de inmortalidad» (Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios, 20,2).

5. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta. Gracias a Dios no faltan experiencias significativas que dan testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Pienso en el gesto de aquel estudiante Dinka que, a costa de su propia vida, protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado. Pienso en aquella celebración eucarística en Kitgum, en el norte de Uganda, por aquel entonces, ensangrentada por la ferocidad de un grupo de rebeldes, cuando un misionero hizo repetir al pueblo las palabras de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», como expresión del grito desesperado de los hermanos y hermanas del Señor crucificado. Esa celebración fue para la gente una fuente de gran consuelo y valor. Y podemos pensar en muchos, numerosísimos testimonios de cómo el Evangelio ayuda a superar la cerrazón, los conflictos, el racismo, el tribalismo, promoviendo en todas partes y entre todos la reconciliación, la fraternidad y el saber compartir.

La misión inspira una espiritualidad de éxodo continuo, peregrinación y exilio

6. La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.

7. La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (ibíd., 49).

Los jóvenes, esperanza de la misión

8. Los jóvenes son la esperanza de la misión. La persona de Jesús y la Buena Nueva proclamada por él siguen fascinando a muchos jóvenes. Ellos buscan caminos en los que poner en práctica el valor y los impulsos del corazón al servicio de la humanidad. «Son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado [...]. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!» (ibíd., 106). La próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el año 2018 sobre el tema «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», se presenta como una oportunidad providencial para involucrar a los jóvenes en la responsabilidad misionera, que necesita de su rica imaginación y creatividad.

El servicio de las Obras Misionales Pontificias

9. Las Obras Misionales Pontificias son un instrumento precioso para suscitar en cada comunidad cristiana el deseo de salir de sus propias fronteras y sus seguridades, y remar mar adentro para anunciar el Evangelio a todos. A través de una profunda espiritualidad misionera, que hay que vivir a diario, de un compromiso constante de formación y animación misionera, muchachos, jóvenes, adultos, familias, sacerdotes, religiosos y obispos se involucran para que crezca en cada uno un corazón misionero. La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes, en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización.

Hacer misión con María, Madre de la evangelización

10. Queridos hermanos y hermanas, hagamos misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. Que la Virgen nos ayude a decir nuestro «sí» en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación.

Vaticano, 4 de junio de 2017

Solemnidad de Pentecostés

Francisco

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BENEDICTO XVI -HOMILÍA EN LA MISA DEL ENCUENTRO DE NUEVOS EVANGELIZADORES

«El testimonio, junto al anuncio, puede abrir el corazón»

16 de octubre de 2011

Venerados Hermanos, 

¡queridos hermanos y hermanas!

(…)

Vamos ahora a las lecturas bíblicas en las cuales hoy el Señor nos habla. La primera, extraída del Libro de Isaías, nos dice que Dios es uno, es único; no hay otros dioses fuera del Señor, e incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande, que sólo Dios conoce y lleva adelante. Esta lectura nos da el sentido teológico de la historia: los cambios de época, el sucederse de las grandes potencias, están bajo el supremo dominio de Dios; ningún poder terreno puede colocarse en su lugar. La teología de la historia es un aspecto importante, esencial, de la nueva evangelización, porque los hombres de nuestro tiempo, tras el nefasto periodo de los imperios totalitarios del siglo XX, necesitan reencontrar una visión global del mundo y del tiempo, una visión verdaderamente libre, pacífica, esa visión que el Concilio Vaticano II ha transmitido en sus Documentos, y que mis Predecesores, el siervo de Dios Pablo VI y el beato Juan Pablo II, han ilustrado con su Magisterio.

La segunda lectura es el inicio de la Primera Carta a los Tesalonicenses, y esto ya es muy sugerente, porque se trata de la carta más antigua que nos ha llegado del mayor evangelizador de todos los tiempos, el apóstol Pablo. Él nos dice ante todo que no se evangeliza de manera aislada: también él tenía de hecho como colaboradores a Silvano y Timoteo (cfr 1 Ts 1,1), y a muchos otros. E inmediatamente agrega otra cosa muy importante: que el anuncio debe estar siempre precedido, acompañado y seguido de la oración. Escribe de hecho: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros, recordándoos sin cesar en nuestras oraciones” (v. 2). El Apóstol se dice bien consciente del hecho de que los miembros de la comunidad no los ha elegido él, sino Dios: “fueron elegidos por él”, afirma (v. 4). Cada misionero del Evangelio debe siempre tener presente esta verdad: es el Señor quien toca los corazones con su Palabra y su Espíritu, llamando a las personas a la fe y a la comunión en la Iglesia. Finalmente, Pablo nos deja una enseñanza muy preciosa, extraída de su experiencia. Escribe: “Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo con plena persuasión” (v. 5). La evangelización para ser eficaz, necesita la fuerza del Espíritu, que anime el anuncio e infunda en quien lo lleva esa “plena persuasión” de la cual nos habla el Apóstol. Este término “persuasión”, “plena persuasión” en el original griego, es pleroforìa: un vocablo que no expresa tanto el aspecto subjetivo, psicológico, sino más bien la plenitud, la fidelidad, lo completo, en este caso del anuncio de Cristo. Anuncio que, para ser completo y fiel, necesita estar acompañado de signos, de gestos, como la predicación de Jesús. Palabra, Espíritu y persuasión –así entendida– son entonces inseparables y concurren a hacer así que el mensaje evangélico se difunda con eficacia.

Nos detenemos ahora en el pasaje del Evangelio. Se trata del texto sobre la legitimidad del tributo que hay que pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: “Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios” (Mt 22,21). Pero antes de llegar a este punto, éste es un pasaje que se puede referir a cuanto tienen la misión de evangelizar. De hecho, los interlocutores de Jesús –discípulos de los fariseos y herodianos– se dirigen a Él con una apreciación, diciendo: “Sabemos que eres veraz y enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie porque no miras la condición de las personas” (v. 16). Y es precisamente esta afirmación, aun surgida de la hipocresía, la que debe llamar nuestra atención. Los discípulos de los fariseos y los herodianos no creen en lo que dicen. Lo afirman con una captatio benevolentiae para que los escuchen, pero su corazón está bien lejos de esa verdad; más bien quieren ponerle una trampa a Jesús para poderlo acusar. Para nosotros en cambio, esa expresión es preciosa y verdadera: Jesús, en efecto, es verdadero y enseña el camino de Dios según la verdad y no está sujeto por nadie. Él mismo es este “camino de Dios”, que nosotros estamos llamados a recorrer. Podemos recordar las palabras de Jesús, en el Evangelio de Juan: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (14,6). Es iluminador al respecto el comentario de San Agustín: “era necesario que Jesús dijese: Yo soy el camino, la verdad y la vida” porque una vez conocido el camino faltaba conocer la meta. El camino conducía a la verdad, conducía a la vida… y ¿nosotros dónde vamos sino a Él? ¿y por qué camino vamos sino a través de Él? (In Ioh 69, 2). Los nuevos evangelizadores están llamados a caminar los primeros en este Camino que es Cristo, para hacer conocer a los demás la belleza del Evangelio que da la vida. Y en este Camino, no se camina nunca solos, sino en compañía: una experiencia de comunión y de fraternidad que se ofrece a cuantos encontramos, para hacer partícipes a los demás de nuestra experiencia de Cristo y de su Iglesia. Así, el testimonio, junto al anuncio, puede abrir el corazón de los están en busca de la verdad, para que puedan alcanzar el sentido de su propia vida.

Una breve reflexión también sobre la cuestión central del tributo al César. Jesús responde con un sorprendente realismo político, ligado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se paga, porque la imagen de la moneda es la suya; pero el hombre, todo hombre, lleva consigo otra imagen, la de Dios, y por tanto es de Él, y sólo de Él de quien cada uno es deudor de su existencia. Los Padres de la Iglesia, inspirándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del Emperador acuñada en la moneda del tributo, han interpretado este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del Libro del Génesis. 

Un Autor anónimo escribe: “La imagen de Dios no está impresa en el oro sino en el género humano. La moneda del César es oro, la de Dios es la humanidad… por tanto, da tu riqueza al César, pero reserva a Dios la inocencia única de tu conciencia donde Dios es contemplado… El César, en efecto, ha impreso su imagen en cada moneda, pero Dios ha escogido al hombre, que él ha creado, para reflejar su gloria” (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42). Y San Agustín ha utilizado muchas veces esta referencia en sus homilías: “Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda –afirma–, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (En. in Ps., Salmo 94, 2). Y aún: “Como se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… Cristo en efecto habita en el interior del hombre” (Ivi, Salmo 4, 8).

Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir solamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, recordar su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida.

(…)

Queridos hermanos y hermanas, vosotros estáis entre los protagonistas de la evangelización nueva que la Iglesia ha emprendido y lleva adelante, no sin dificultad, pero con el mismo entusiasmo de los primeros cristianos. 

(…)

Que la Virgen María, que no tuvo miedo a responder “sí” a la Palabra del Señor y, después de haberla concebido en su seno, se puso en camino llena de alegría y esperanza, sea siempre vuestro modelo y vuestra guía. Aprended de la Madre del Señor y Madre nuestra a ser humildes y al mismo tiempo valerosos; sencillos y prudentes; equilibrados y fuertes, no con la fuerza del mundo, sino con la de la verdad. Amén.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Dad al César lo que es del César

El Evangelio de hoy termina con una de aquellas frases lapidarias de Jesús, que han dejado una señal profunda en la historia:

«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Pero ¿qué es lo que ha provocado esta declaración? Un día dos grupos políticos en lucha entre sí, pero unidos contra Jesús, los fariseos y los herodianos, envían una especie de delegación a preguntarle a Cristo: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?» El Evangelio apostilla que querían pillarle en fallo y Jesús, que lo ha entendido, responde: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis?»

¿Dónde se escondía el engaño? Precisamente, en la composición de la delegación. Los fariseos eran nacionalistas, secretamente hostiles contra el poder romano; los herodianos, esto es, los del partido de Herodes, por el contrario, era colaboracionistas y apoyaban al poder romano. Si, por lo tanto, Jesús respondiera: «Sí, es lícito pagar el tributo» se alinearía con las gentes hostiles a la ocupación extranjera y se encontraría aislado; si responde: «No, no es lícito pagar el tributo», los herodianos podrían acusarle ante el procurador romano de incitar a la rebelión.

Jesús lanza al aire su plan con una respuesta, que corta el nudo, y pone el problema a un nivel infinitamente mucho más profundo y universal. Ya no más o César o Dios sino uno y otro, cada uno en su plano. Haciéndoles sacar fuera del bolsillo una moneda con la imagen del César a sus interlocutores, Jesús les obliga a admitir de forma implícita que igualmente ellos usan la moneda romana como medio de cambio y se aprovechan por ello de algo, que viene del poder imperial.

Es el inicio de la separación entre religión y política, hasta entonces inseparable en todos los pueblos y regímenes. Los hebreos estaban acostumbrados a concebir el futuro reino de Dios, instaurada por el Mesías, como una teocracia, esto es, como un gobierno sobre toda la tierra dirigido por Dios a través de su pueblo. Ahora, por el contrario, la palabra de Cristo revela un reino de Dios, que está en este mundo, pero no es de este mundo; que camina en una longitud de onda distinta y que puede, por ello, coexistir con cualquier otro régimen, bien sea tanto de tipo sagrado como «laico».

Se revelan así dos tipos cualitativamente distintos de soberanía de Dios en el mundo: la soberanía espiritual, que constituye el reino de Dios y que él ejerce directamente en Cristo, y la soberanía temporal o política, que Dios ejerce indirectamente, confiándola a la libre elección de las personas y al juego de las causas segundas.

César y Dios no están puestos, sin embargo, en un mismo plano, porque también el César depende de Dios y debe rendirle cuentas a él. En la Escritura se lee esta advertencia a los soberanos y a los reyes, que naturalmente vale también para los hombres políticos de hoy:

«Escuchad, reyes, y entended... recibisteis el poder del Señor y la soberanía del Altísimo; él investigará vuestras acciones y examinará vuestros proyectos... pues un juicio implacable aguarda a los grandes» (Sabiduría 6, lss.).

«Dad al César lo que es del César», por lo tanto, significa: «Dad al César aquello que Dios mismo quiere que le sea dado al César». Es Dios el soberano último de todos, comprendido hasta el César. Nosotros no estamos divididos entre dos pertenencias; no estamos obligados a servir a «dos señores». El cristiano es libre de obedecer al estado; pero, asimismo, de resistir al estado cuando éste se opone contra Dios y su ley. En este caso, no vale invocar el principio de la orden recibida de los superiores, como han hecho ante el tribunal los responsables de ciertos crímenes de guerra. Antes que a los hombres, en efecto, es necesario obedecer a Dios y a la propia conciencia. No se le puede dar al César el alma, que es de Dios. El primero a sacar las conclusiones prácticas de esta enseñanza de Cristo ha sido san Pablo. Él escribe:

«Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios... De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino... Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son funcionarios de Dios, ocupados en ese oficio» (Romanos 13, 1ss.).

Es de notar que el Apóstol inculca esta lealtad no hacia un estado cristiano, que favorece a la Iglesia, sino hacia un poder pagano, que la persigue a muerte. Pagar lealmente los tributos o las tasas para un cristiano (pienso que también para cada persona honesta) es un deber de justicia y, por lo tanto, es una obligación de conciencia. Garantizando el orden, el comercio y toda una serie de otros servicios, el estado le da al ciudadano algo por lo que tiene derecho a una contrapartida, precisamente, para poder continuar prestando estos mismos servicios.

«Son también moralmente ilícitos..., nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el fraude fiscal...» (n. 2409); cuando alcanza ciertas proporciones es un pecado mortal, al igual como cualquier otro hurto grave. Es un hurto hecho no al estado, esto es, a nadie en concreto, sino a la comunidad, esto es, a todos. Esto naturalmente supone que también el estado ha de ser justo y equitativo al imponer sus tasas.

Es interesante apuntar cómo en el plano histórico se desarrollaron las relaciones entre los cristianos y la política durante los primeros siglos. Al principio, a lo largo de tres siglos, los cristianos no tomaron parte activa alguna en la política. Un poco porque su interés mayor estaba concentrado en construir el reino de Dios; pero, sobre todo, porque el estado no se lo permitía; estaban fuera de la ley y perseguidos por el imperio. Vivían en la diáspora. Un escritor de aquel tiempo decía: «Lo que es el alma en el cuerpo, son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida (¡en diáspora!) en todos los miembros del cuerpo, los cristianos lo están en todas las ciudades del mundo. Están en el mundo; pero, no son del mundo» (Carta a Diogneto).

Después, en el año 313, con el famoso edicto de Constantino, los cristianos vinieron a estar no sólo tolerados sino también durante breve tiempo fueron detentadores del poder. El imperio llegó a ser cristiano. Esto ciertamente comportó inmensos beneficios: libertad de culto, posibilidades nuevas de evangelización, restauración moral de la familia, atención a las categorías más necesitadas... Pero, también, riesgos graves: compromisos con el mundo, intolerancia y radicalidad evangélica. Tanto que muchos, para sustraerse a este estado de cosas, comenzaron a huir de las ciudades y a refugiarse en el desierto, dando origen al monaquismo.

Sabemos los inconvenientes que nacen, a mucho caminar, por un excesivo y estrecho abrazo entre el César y Dios, entre religión y política; el descrédito, que esto acaba por arrojar en la misión de la Iglesia; el resentimiento y los obstáculos, que crea a la evangelización y a la reconciliación de las almas.

Ahora, hemos vuelto, en cierto sentido, a la situación de los primeros cristianos. Una situación de diáspora, en la que los cristianos están diseminados en todas las varias realidades y componentes políticas de la sociedad, con la posibilidad de ser así, aunque de un modo distinto, más humildes, pero, posiblemente, no menos eficaces «sal de la tierra» y «levadura en el mundo».

En esta situación, la colaboración de los cristianos en la construcción de una sociedad justa y pacífica tiene lugar sobre todo en torno a los valores comunes, como la familia, la defensa de la vida, la solidaridad con los más pobres, la paz.

Pero, hay de igual forma otro ámbito en el que los cristianos debieran dar su contribución más incisiva a la política. No se refiere tanto a los contenidos cuando a los métodos, al estilo. Es necesario dejar de envenenar el clima de perpetuo litigio, alcanzar en las relaciones sociales un mayor respeto, compostura y dignidad. Respeto al prójimo, mansedumbre, humildad: son rasgos que un discípulo de Cristo debe llevar a todas las cosas, también a la política. Es indigno de un cristiano dejarse llevar a insultos, sarcasmo, descender a burlas y risas con los adversarios (si, como decía Jesús, el que dice al hermano «estúpido» es ya reo de la Gehena, ¿qué será de muchos hombres políticos?).

La grandeza de un hombre político se mide, sobre todo, por su capacidad de hacer pasar los propios intereses privados respecto al bien público a un segundo orden (se llaman «políticos», porque están al servicio de la polis, del estado, no de la familia y ni siquiera del partido). ¿Qué puesto puede tener el problema de los millones de parados y todos los otros graves problemas de los ciudadanos, en el corazón de unos hombres políticos constantemente empeñados en defenderse a sí mismos y en polemizar desde las páginas de los periódicos sobre cuestiones más o menos personales?

Es verdad, que hay excepciones bien sea entre los católicos como entre los así llamados «laicos»; pero, son demasiado pocas. La culpa, sin embargo, es también nuestra. No pedimos bastante por nuestros hombres de gobierno. Nos limitamos a criticarles y esto no cambia nada. Escribía san Pablo a su discípulo Timoteo:

«Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad» (I Timoteo 2,l-2).


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