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Diumenge XXIV del Temps Ordinari (cicle A): quantes vegades hem de perdonar?

El tema de l'Evangeli d'aquest Diumenge és el perdó. Pere un dia es va acostar a Jesús i li va dir: «Senyor, si el meu germà m'ofèn, quantes vegades li haig de perdonar? Fins a set vegades?». Jesús li respon: «No et dic fins a set vegades, sinó fins a setanta vegades set».

És necessari assegurar-se, abans de res, que en el cor hi hagi una fonamental disposició d'acolliment cap a la persona. Després, qualsevol cosa, que es decideixi fer o bé sigui corregir fer callar, serà bona, perquè l'amor «mai fa malament a ningú».

 

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Si 36, 18

Concede, Señor, la paz a los que esperan en ti, y cumple así las palabras de tus profetas; escucha las plegarias de tu siervo, y de tu pueblo Israel.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos y concede que te sirvamos de todo corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Perdona la ofensa a tu prójimo para obtener tú el perdón.

Del libro del Eclesiástico (Sirácide): 27, 33-28, 9

Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados.

Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados. Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor?

El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados? Cuando el hombre que guarda rencor pide a Dios el perdón de sus pecados, ¿hallará quien interceda por él?

Piensa en tu fin y deja de odiar, piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos.

Ten presentes los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo. Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12.

R/. El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice al Señor, alma mía; que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice al Señor, alma mía y no te olvides de sus beneficios. R/.

El Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura. R/.

El Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados. R/.

Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia; como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama. R/.

SEGUNDA LECTURA

En la vida y en la muerte somos del Señor.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 14, 7-9

Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 13, 34

R/. Aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. R/.

EVANGELIO

No te digo que perdones siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Del santo Evangelio según san Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Sé propicio, Señor, a nuestras plegarias y acepta benignamente estas ofrendas de tus siervos, para que aquello que cada uno ofrece en honor de tu nombre aproveche a todos para su salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 35, 8

Señor Dios, qué preciosa es tu misericordia. Por eso los hombres se acogen a la sombra de tus alas.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que el efecto de este don celestial, Señor, transforme nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, y no nuestro sentir, lo que siempre inspire nuestras acciones. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

No tengas en cuenta los errores del prójimo (Sir 27,30; 28,1-7)

1ª lectura

En este pasaje se agrupan algunas sentencias con un motivo común: no hay que buscar la discordia, sino la reconciliación y la paz. Las primeras (vv. 1-5) se refieren al perdón: hay que perdonar para poder ser perdonado. Luego se exponen los motivos singulares para no mantener el ánimo irritado contra el prójimo: hay que «recordar» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros.

Parece claro que nuestro Señor tenía presentes estos u otros consejos semejantes al enseñar en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12; cfr también Mt 6,14). «La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cfr Mt 5,43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2844). Y San Juan Crisóstomo citando 28,2-4 escribe: «Aunque no les causes ningún mal [a los enemigos], si les miras con poca benevolencia, conservando viva la herida dentro del alma, entonces tú no observas el mandamiento ordenado por Cristo. ¿Cómo es posible pedir a Dios que te sea propicio cuando no te has mostrado misericordioso, también tú, con quien te ha faltado?» (De compunctione 1,5).

En la vida y en la muerte somos del Señor (Rm 14, 7-9)

2ª. lectura

No nos pertenecemos ni somos dueños de nuestra propia vida. Dios, Uno y Trino, nos ha creado, y Jesucristo nos ha librado del pecado redimiéndonos con su Sangre. Por todo ello, Él es nuestro señor, y nosotros sus siervos, entregados a Él en cuerpo y alma. De modo parecido a como el esclavo no era dueño de sí mismo, sino que toda su persona y actividad redundaba en beneficio de su señor, así todo lo que somos y tenemos no está destinado, en último término, para nuestro uso y provecho, sino que vivimos y morimos para la gloria de Dios. Él es el señor de nuestra vida y de nuestra muerte. Comentando estas palabras dice San Gregorio Magno: «Los santos, pues, no viven ni mueren para sí. No viven para sí porque en todo lo que hacen buscan ganancias espirituales, pues orando, predicando y perseverando en las buenas obras, desean aumentar los ciudadanos de la patria celestial. Ni mueren para sí, porque, ante los hombres, glorifican con su muerte a Dios, al cual se apresuran a llegar muriendo» (In Ezechielem homiliae, II, 10).

Yo te digo que perdones no sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-35)

Evangelio

La pregunta de Pedro y, sobre todo, la respuesta de Jesús, nos dan la pauta del espíritu de comprensión y misericordia que ha de presidir la actuación de los cristianos.

La cifra de setenta veces siete en el lenguaje hebreo viene a equivaler al adverbio «siempre» (cfr. Gen 4, 24): «De modo que no encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre» (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 61). También se puede observar aquí un contraste entre la actitud mezquina de los hombres en perdonar con cálculo y la misericordia infinita de Dios. Por otra parte, nuestra situación de deudores con respecto a Dios queda muy bien reflejada en la parábola. Un talento equivalía a seis mil denarios y un denario era el jornal diario de un trabajador. La deuda de diez mil talentos es una cantidad exorbitante que nos da idea del valor inmenso que tiene el perdón que recibimos de Dios. Con todo, la enseñanza final de la parábola es la de perdonar siempre y de corazón a nuestros hermanos. Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (San Josemaría, Camino, n. 452).

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SAN AGUSTÍN Sermón 83 (www.iveargentina.org)

El perdón de las ofensas

1. Ayer nos advirtió el Señor que no nos despreocupáramos de los pecados de nuestros hermanos: Si pecare tu hermano contra ti, corrígele a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano; si, en cambio, te desprecia, lleva contigo dos o tres, para que con el testimonio de dos o tres testigos adquiera firmeza toda palabra. Si también los desprecia a ellos, comunícalo a la Iglesia. Y si desprecia a la Iglesia, sea para ti como un pagano y publicano. El capítulo siguiente que hemos escuchado cuando se leyó hoy trata del mismo tema. Habiendo dicho eso el Señor Jesús a Pedro, inmediatamente preguntó al Maestro cuántas veces debía perdonar al hermano que hubiera pecado contra él; y quiso saber si bastaba con siete veces. El Señor le respondió: No sólo siete veces, sino setenta y siete. A continuación le puso una parábola terrible en extremo: El reino de los cielos es semejante a un padre de familia que se puso a pedir cuentas a sus siervos, entre los cuales halló uno que le debía diez mil talentos. Y habiendo ordenado que se vendieran todos sus bienes e incluso él y su familia, cayendo de rodillas en presencia de su señor, le pedía un plazo de tiempo, y obtuvo la remisión de todo. Como hemos escuchado, se compadeció su señor y le perdonó la deuda en su totalidad. Pero él, libre de la deuda, pero siervo de la maldad, después que salió de la presencia de su señor, encontró también a un deudor suyo, quien le debía, no diez mil talentos −ésta era su propia deuda−, sino cien denarios; comenzó a arrastrarlo medio ahogándolo y a decirle: Restituye lo que me debes. Aquel rogaba a su consiervo, del mismo modo que éste había rogado a su señor, pero no halló a su consiervo como éste había hallado a su señor. No sólo no quiso perdonarle la deuda; ni siquiera le concedió el plazo de tiempo. Libre ya de la deuda a su señor, le estrujaba para que le pagase. Esto desagradó a los consiervos, quienes comunicaron a su señor lo que había sucedido. El señor mandó presentarse al siervo y le dijo: Siervo malvado, aunque tanto me debías, me apiadé de ti y te lo perdoné todo; ¿no convenía, por tanto, que también tú te apiadases de tu consiervo como lo hice yo contigo? Y ordenó que se le exigiese todo lo que le había perdonado.

2. Propuso, pues, esta parábola para nuestra instrucción y quiso que con su amonestación no pereciésemos. Así, dijo, hará con vosotros vuestro Padre celestial si cada uno de vosotros no perdona de corazón a su hermano. Ved, hermanos, que la cosa está clara y que la amonestación es útil. Se debe, pues, la obediencia realmente salutífera para cumplir lo mandado. En efecto, todo hombre, al mismo tiempo que es deudor ante Dios, tiene a su hermano por deudor. ¿Quién hay que no sea deudor ante Dios, a no ser aquel en quien no puede hallarse pecado alguno? ¿Quién no tiene por deudor a su hermano, a no ser aquel contra quien nadie ha pecado? ¿Piensas que puede encontrarse en el género humano alguien que no esté encadenado a su hermano por algún pecado? Todo hombre, por tanto, es deudor, teniendo también sus deudores. Por esto el Dios justo te estableció la norma cómo comportarte con tu deudor, norma que él aplicará con el suyo. Dos son las obras de misericordia que nos liberan; el Señor las expuso brevemente en el Evangelio: Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará. El perdonad y se os perdonará, mira al perdón; el dad y se os dará se refiere al prestar un favor. Referente al perdón, tú no sólo quieres que se te perdone tu pecado, sino que también tienes a quien poder perdonar. Por lo que se refiere al prestar un favor, a ti te pide un mendigo, y también tú eres mendigo de Dios. Pues cuando oramos, somos todos mendigos de Dios; estamos en pie a la puerta del padre de familia; más aún, nos postramos y gemimos suplicantes, queriendo recibir algo, y este algo es Dios mismo. ¿Qué te pide el mendigo? Pan. ¿Y qué es lo que pides tú a Dios sino a Cristo que dice: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo? ¿Queréis que se os perdone? Perdonad: Perdonad y se os perdonará. ¿Queréis recibir? Dad y se os dará.

3. Pero escuchad algo que en este precepto tan claro puede crear dificultad. Respecto a la remisión en la que se pide y se debe conceder el perdón, puede causar dificultad lo mismo que la causó a Pedro. ¿Cuántas veces, dijo, debo perdonar? ¿Basta con siete? No basta, dijo el Señor: No te digo: Siete, sino: Setenta y siete. Comienza ya a contar cuántas veces ha pecado contra ti tu hermano. Si pudieras llegar hasta setenta y ocho, es decir, pasar de las setenta y siete, entonces maquina ya tu venganza. ¿Es tan cierto eso que dice? ¿Están las cosas así, de forma que, si pecare setenta y siete veces, has de perdonarle; si, por el contrario, pecare setenta y ocho, ya te es lícito no perdonarle? Me atrevo a decir, sí, me atrevo, que aunque pecare setenta y ocho, has de perdonarle. He dicho que, aunque pecare setenta y ocho veces, debes perdonarle. Y lo mismo si pecare cien veces. ¿Para qué estar dando cifras? Cuantas veces pecare, absolutamente todas esas veces has de perdonarle. Entonces, ¿me he atrevido a sobrepasar la medida del Señor? Él puso el límite para el perdón en el número setenta y siete; ¿presumiré de sobrepasar ese número? No es cierto; no he osado añadir nada. He escuchado a mí mismo Señor que habla por el Apóstol, en un lugar en que no está prefijado ni la medida ni el número: Perdonándoos unos a otros, si alguno tiene una queja contra otro, como Dios os perdonó en Cristo. Habéis visto el modelo. Si Cristo te perdonó los pecados setenta y siete veces y sólo hasta ese número, y negó el perdón una vez superado, pon también tú un límite, pasado el cual no perdones. Si, en cambio, Cristo encontró en los pecadores millares de pecados y los perdonó todos, no rebajes la misericordia; pide más bien que se te resuelva el enigma de aquel número. No en vano habló el Señor de setenta y siete, puesto que no existe culpa alguna a la que debas negar el perdón. Fíjate en aquel siervo que, aunque tenía un deudor, debía él diez mil talentos. Pienso que los diez mil talentos equivalen, como mínimo, a diez mil pecados. Y no quiero entrar en si el talento encierra todos los pecados. Aquel su consiervo, ¿cuánto le debía? Cien denarios. ¿No es esto ya más de setenta y siete? Sin embargo, se airó el Señor porque no se los perdonó. No es sólo el número cien el que es superior a setenta y siete, pues cien denarios equivalen tal vez a mil ases. Pero ¿qué es eso en comparación de los diez mil talentos?

4. Por tanto, si queremos que se nos perdone a nosotros, hemos de estar dispuestos a perdonar todas las culpas que se cometen contra nosotros. Si repasamos nuestros pecados y contamos los cometidos de obra, con el ojo, con el oído, con el pensamiento y con otros innumerables movimientos, ignoro si dormiríamos sin el talento. Por esto, cada día en la oración pedimos y llamamos a los oídos divinos, cada día nos postramos y le decimos: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Qué deudas? ¿Todas, o sólo una parte? Responderás que todas. Haz lo mismo con tu deudor. Esta es la norma a la que te has de ajustar, esta la condición que pones. Al orar y decir: Perdónanos como nosotros perdonamos a nuestros deudores, haces referencia a ese pacto y convenio.

5. En conclusión, ¿qué significa setenta y siete? Escuchad, hermanos, un gran misterio, un admirable sacramento. Cuando el Señor fue bautizado, el santo evangelista Lucas mencionó su genealogía por el orden, sucesión y rama que conducía a la generación de la que nació Cristo. Mateo comenzó por Abrahán y, en orden descendente, llegó hasta José; Lucas, en cambio, comenzó a contar en orden ascendente. ¿Por qué uno en dirección descendente y otro en dirección ascendente? Porque Mateo nos recomendaba la generación de Cristo en cuanto que descendió hasta nosotros; por eso en el nacimiento de Cristo comenzó a contar de arriba a abajo. Lucas, por el contrario, comenzó a contar en el bautismo de Cristo; a partir de éste comienza su cuenta ascendente. Comenzó a contar en orden ascendente hasta completar setenta y siete generaciones. ¿A partir de quién empezó a contar? Prestad atención a esto. El punto de partida fue Cristo y el de llegada Adán, el primero en pecar, quien nos engendró a nosotros con el vínculo del pecado. Contando setenta y siete generaciones llegó hasta Adán; es decir, desde Cristo hasta Adán hay las setenta y siete generaciones mencionadas y otras tantas, en consecuencia, desde Adán hasta Cristo. Si, pues, no se pasó por alto ninguna generación, ninguna culpa se pasó tampoco por alto a la que no se deba el perdón. El contar setenta y siete generaciones del Señor, número que el Señor recomendó al hablar del perdón de los pecados, tiene el mismo significado que el haber comenzado a enumerarlas desde el bautismo, en el que se perdonan todos.

6. Respecto a esto, recibid, hermanos, un misterio mayor todavía. En el número setenta y siete se encierra el misterio del perdón de los pecados. Todas esas generaciones se encuentran desde Cristo hasta Adán. Por tanto, pregunta con mayor diligencia por el secreto encerrado en ese número e investiga sus oscuridades; llama con mayor solicitud para que se te abra. La justicia radica en la ley de Dios; no admite duda, pues la ley se encierra en los diez mandamientos. Esta es la razón por la que aquel debía diez mil talentos. Es aquel memorable decálogo, escrito con el dedo de Dios y entregado al pueblo a través de su siervo Moisés. Aquel debía diez mil talentos; en ellos están significados todos los pecados por su relación con el número de la ley. El otro debía cien denarios, cifra simbólicamente no menor, pues cien veces cien hacen diez mil, y diez veces diez, cien. No nos hemos salido del número de la ley y en ambos encontrarás todos los pecados. Ambos eran deudores y ambos lo deploraban y pedían perdón; pero aquel siervo malo, ingrato, malvado, no quiso pagar con la misma moneda, no quiso prestar lo que a él, indigno, se le había prestado.

7. Ved, pues, hermanos; quien comienza con el bautismo, sale libre, se le han perdonado los diez mil talentos; y al salir ha de encontrarse con el consiervo, su deudor. Centre su atención en el mismo pecado, pues el número undécimo significa la transgresión de la ley. La ley es el número diez, el pecado el once. La ley pasa por el diez, el pecado por el once. ¿Por qué el pecado por el once? Porque para llegar al número once has de pasar el diez. En la ley está fijada la medida; la transgresión de la misma es el pecado. En el mismo momento en que pases el número diez vienes a dar en el once. Por tanto, grande es el misterio simbolizado cuando se ordenó fabricar el tabernáculo. Muchas son las cosas que allí se dijeron en forma de misterio. Entre otras cosas se mandó que se hicieran once, no diez, cortinas de pelo de cabra, puesto que en el pelo de cabra se simboliza la confesión de los pecados. ¿Buscas algo más? ¿Quieres convencerte de que en este número de setenta y siete se contienen todos los pecados? El número siete se suele tomar por la totalidad, pues el tiempo se desarrolla en el sucederse de siete días, y, acabados esos siete días, se comienza de nuevo para volver a lo mismo una y otra vez. Lo mismo sucede con los siglos; del número siete no se sale nunca. Cuando dijo setenta y siete indicó todos los pecados, porque once por siete resultan setenta y siete. Quiso, pues, que se perdonasen todos los pecados quien los significó en el número setenta y siete. Que ninguno los retenga en contra suya negando el perdón, para no tener en contra a aquél cuando ora. Dice Dios, en efecto: Perdona y se te perdonará. Dado que yo perdoné primero, perdona tú aunque sea después. Pero si no perdonas, me echaré atrás y te exigiré todo lo que te había perdonado. La verdad no miente; no engaña ni es engañado Cristo, quien añadió estas palabras: Así hará vuestro Padre celestial que está en los cielos. Te encuentras con el Padre, imítale, pues, si rehúsas imitarle, te expones a ser desheredado: Así hará con vosotros vuestro Padre celestial si cada uno no perdonáis de corazón a vuestros hermanos. Pero no digas sólo de boca: «Le perdono», difiriendo el perdón del corazón. Dios te mostró el castigo y te amenazó con la venganza. Dios sabe cómo lo dices. El hombre sólo oye tu voz, pero Dios examina tu conciencia. Si dices: «Perdono», perdona. Es mejor levantar la voz y perdonar de corazón que ser blando de palabra y cruel en el corazón.

8. Ya estoy viendo a los niños indisciplinados pidiendo perdón; no quieren ser azotados y, cuando queremos darles algún correctivo, nos ponen delante estas palabras. «Pequé, perdóname». Le perdono y vuelve a pecar. «Perdóname». Le perdono. Peca por tercera vez. «Perdóname». Por tercera vez le perdono. A la cuarta ya lo azoto y él replica: «¿Te he molestado acaso ya setenta y siete veces?» Si apoyándose en este precepto se echa a dormir el rigor de la disciplina, suprimida ésta, se ensaña la maldad impune. ¿Qué ha de hacerse, pues? Corrijamos de palabra y, si fuera necesario, con azotes, pero perdonemos el delito, arrojemos del corazón la culpa. Por eso añadió el Señor de corazón, para que, si por caridad se impone la disciplina, no se aleje la suavidad del corazón. ¿Hay algo más piadoso que un médico con el bisturí? Llora quien va a ser sajado y se le saja, no obstante; llora aquel a quien se le va a aplicar el fuego y se le aplica. No hay crueldad alguna. ¡Lejos de nosotros el hablar de crueldad en el médico! Es cruel con la herida, para que el hombre sane, porque, si anda con contemplaciones con la herida, perece el hombre. Hermanos míos, éste es, por tanto, mi consejo: amemos a nuestros hermanos que hayan pecado de cualquier forma; no les neguemos la caridad de nuestro corazón y, cuando sea necesario, apliquemos la disciplina, no sea que abandonándola crezca la malicia y comencemos a ser acusados por Dios, puesto que se nos ha leído: Corrige a los pecadores en presencia de todos, para que los demás’ sientan temor. Así, pues, si alguno distingue los momentos, resuelve la cuestión; es decir, todo es verdad, todo está bien dicho. Si el pecado es secreto, corrígele en secreto; si el pecado es público y manifiesto, corrígele públicamente para que él se enmiende y los demás sientan temor.

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FRANCISCO – Homilías en Santa Marta (10.III.15, 1.III.16 y 21.III.17)

2015

Dejar entrar el perdón de Dios, para perdonar a los demás

«Pedir perdón no es un simple pedir disculpas». No es fácil, así como «no es fácil recibir el perdón de Dios: no porque Él no quiera dárnoslo, sino porque nosotros cerramos la puerta no perdonando» a los demás.

(…) El pecado, en efecto, «no es un simple error. El pecado es idolatría», es adorar a los «numerosos ídolos que tenemos»: el orgullo, la vanidad, el dinero, el «yo mismo», el bienestar. He aquí porqué Azarías no pide simplemente disculpas, sino que «pide perdón».

El pasaje del evangelio de san Mateo (18, 21-35) llevó al Papa Francisco a afrontar la otra cara del perdón: del perdón que se pide a Dios al perdón que se ofrece a los hermanos. Pedro plantea una pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?». En el Evangelio «no son muchos los momentos en los que una persona pide perdón», explicó el Papa, recordando algunos de estos episodios. Está, por ejemplo, «la pecadora que llora sobre los pies de Jesús, lava los pies con sus lágrimas y los seca con sus cabellos»: en ese caso, dijo el Pontífice, «la mujer había pecado mucho, había amado mucho y pide perdón». Luego se podría recordar el episodio en el que Pedro, «tras la pesca milagrosa, dice a Jesús: “Aléjate de mí, que soy un pecador”»: allí él «se da cuenta de que no se había equivocado, que había otra cosa dentro de él». También, se puede volver a pensar en el momento en el que «Pedro llora, la noche del Jueves santo, cuando Jesús lo mira».

En todo caso, son «pocos los momentos en los que se pide perdón». Pero en el pasaje propuesto por la liturgia Pedro pregunta al Señor cuál debe ser la medida de nuestro perdón: «¿Sólo siete veces?». Jesús responde al apóstol «con un juego de palabras que significa “siempre”: setenta veces siete, es decir, tú debes perdonar siempre». Aquí, subrayó el Papa Francisco, se habla de «perdonar», no simplemente de pedir disculpas por un error: perdonar «a quien me ha ofendido, a quien me hizo mal, a quien con su maldad hirió mi vida, mi corazón».

He aquí entonces la pregunta para cada uno de nosotros: «¿Cuál es la medida de mi perdón?». La respuesta puede venir de la parábola relatada por Jesús, la del hombre «a quien se le perdonó mucho, mucho, mucho, mucho dinero, mucho, millones», y que luego, bien «contento» con su perdón, salió y «encontró a un compañero que tal vez tenía una deuda de 5 euros y lo mandó a la cárcel». El ejemplo es claro: «Si yo no soy capaz de perdonar, no soy capaz de pedir perdón». Por ello «Jesús nos enseña a rezar así al Padre: “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”».

¿Qué significa en concreto? El Papa Francisco respondió imaginando el diálogo con un penitente: «Pero, padre, yo me confieso, voy a confesarme... —¿Y qué haces primero de confesarte? —Pienso en las cosas que hice mal. —Está bien. —Luego pido perdón al Señor y prometo no volver hacerlo... —Bien. ¿Y luego vas al sacerdote?». Pero antes «te falta una cosa: ¿has perdonado a los que te han hecho mal?». Si la oración que se nos ha sugerido es: «Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los demás», sabemos que «el perdón que Dios te dará» requiere «el perdón que tú das a los demás».

Como conclusión, el Papa Francisco resumió así la meditación: ante todo, «pedir perdón no es un simple pedir disculpas» sino que «es ser consciente del pecado, de la idolatría que construí, de las muchas idolatrías»; en segundo lugar, «Dios siempre perdona, siempre», pero pide que también yo perdone, porque «si yo no perdono», en cierto sentido es como si cerrase «la puerta al perdón de Dios». Una puerta, en cambio, que debemos mantener abierta: dejemos entrar el perdón de Dios a fin de que podamos perdonar a los demás.

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2016

Perdonar y olvidar

La misericordia es el «eje» de la liturgia del martes 1 de marzo. Es la «palabra más repetida» y en ella se centró la reflexión del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta.

(…) Entra aquí, dijo Francisco, la segunda palabra clave de la meditación del día: «perdón». La dinámica es la siguiente: «me dirijo a Dios recordándole su misericordia y le pido perdón», pero «el perdón como lo da Dios».

Aquí el Pontífice profundizó una característica de este perdón de Dios, cuya perfección es tan incomprensible para nosotros hombres que llega al punto de que Él se «olvida» de nuestros pecados. «Cuando Dios perdona —dijo el Papa— su perdón es tan grande que es como si “olvidase”». Así, «una vez que estamos en paz con Dios por su misericordia», si le preguntáramos al Señor: «Pero, ¿te acuerdas de esa cosa fea que he hecho?», la respuesta podría ser: «¿Cuál? No me acuerdo...».

Es, explicó Francisco, «todo lo contrario de lo que hacemos nosotros» y que surge con frecuencia de nuestras «conversaciones: “Este hizo eso, hizo aquello, hizo también esto otro...”». Nosotros «no olvidamos» y de muchas personas conservamos «la historia antigua, media, medieval y moderna». Y la razón está en el hecho de «que no tenemos un corazón misericordioso».

Dirigiéndose al Señor, en cambio, Azarías puede hacer «un llamado» a su misericordia «para que nos dé el perdón y la salvación y olvide nuestros pecados». Por ello pide: «Trátanos conforme a tu bondad», y dice también: «Trátanos según la abundancia de tu misericordia». Es la misma oración que se repite en el salmo responsorial: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia».

También en el pasaje del Evangelio de Mateo (18, 21-25) se afronta el mismo tema. Aquí el protagonista es Pedro, quien «había escuchado muchas veces al Señor hablar del perdón, de la misericordia». El apóstol, evidentemente, en su sencillez —«no había cursado muchos estudios, no tenía títulos: era un pescador»— no había comprendido plenamente el significado de esas palabras. Por ello «se acercó a Jesús y le dijo: “Pero, dime, Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Te parece que hasta siete veces?”». Siete veces: tal vez le pareció haber sido incluso «generoso». Pero «Jesús lo detiene y dice: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”».

Para explicarse mejor, Jesús relata la parábola del rey «que quiso ajustar cuentas con sus siervos». A este, se lee en la Escritura, le fue presentado «uno que le debía diez mil talentos», una cantidad enorme para la cual, «según la ley de esos tiempos», se hubiese visto obligado a vender «todo, también la esposa, los hijos y los campos». Ante esta situación, dijo el Papa retomando el relato evangélico, el deudor «comenzó a llorar, a pedir misericordia, perdón», hasta que «su señor tuvo “compasión”».

«Compasión», explicó el Pontífice, es otra palabra que se aproxima fácilmente al concepto de misericordia. Cuando en los Evangelios se habla de Jesús y cuando se describe su encuentro con un enfermo, se lee, en efecto, que Él «tuvo “compasión” de él».

La parábola continúa con el propietario que «dejó marchar» al siervo «le perdonó la deuda». Se trataba de «una deuda grande». El siervo, en cambio, al encontrarse «con uno de sus compañeros, que tenía una pequeña deuda con él, quería mandarlo a la cárcel». Ese hombre, explicó el Papa, «no había comprendido lo que su rey había hecho con él» y así se «comportó de forma egoísta». Como conclusión del relato, el rey llama al siervo al cual había perdonado la deuda y lo mandó a la cárcel porque no había sido «generoso». Es decir, no había hecho «con su compañero lo que Dios había hecho con él».

Para sacar una enseñanza válida para todos, Francisco recordó la frase del Padrenuestro que dice: «Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Y afirmó que se trata de «una ecuación», o sea: «Si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá perdonarte Dios?». El Señor, añadió el Papa, «quiere perdonarte, pero no podrá hacerlo si tú tienes el corazón cerrado, y la misericordia no puede entrar». Alguien podría objetar: «Padre, yo perdono, pero no puedo olvidar el mal que me ha hecho...». La respuesta es: «Pide al Señor que te ayude a olvidar». En todo caso, añadió el Pontífice, si es verdad que «se puede perdonar, pero olvidar no siempre se logra», seguramente no se puede aceptar la actitud del «“perdonar” y “me la pagarás”». Es necesario, en cambio, «perdonar como perdona Dios», quien «perdona al máximo».

Concluyendo su meditación el Papa se centró en nuestras dificultades de cada día: «No es fácil perdonar; no es fácil» reconoció, y recordó cómo en muchas familias hay «hermanos que pelean por la herencia de los padres y no se saludan nunca más en la vida; muchas parejas pelean y crece, crece el odio, y esa familia acaba destruida». Estas personas «no son capaces de perdonar. Y este es el mal».

Que la Cuaresma, fue el deseo de Francisco, «nos prepare el corazón para recibir el perdón de Dios. Pero recibirlo y luego hacer lo mismo con los demás: perdonar de corazón». Es decir, tener una actitud que nos lleve a decir: «Tal vez no me saludas nunca, pero en mi corazón yo te he perdonado».

Es esta la mejor forma, concluyó, para acercarnos «a esta cosa tan grande, de Dios, que es la misericordia». En efecto, «perdonando abrimos nuestro corazón para que la misericordia de Dios entre y nos perdone a nosotros». Y todos tenemos motivos para pedir el perdón de Dios: «Perdonemos y seremos perdonados».

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2017

El misterio del perdón

Es necesario pedir a Dios «la gracia de la vergüenza», porque «es una gran gracia avergonzarse de los propios pecados y así recibir el perdón y la generosidad de darlo a los demás». Es la invitación del Papa Francisco en la misa celebrada el martes 21 de marzo, en Santa Marta.

Comentando como es habitual las lecturas del día, el Pontífice se detuvo en Mateo 18, 21-35. Jesús, explicó, habla «a sus discípulos sobre la corrección fraterna, sobre la oveja perdida, de la misericordia del pastor. Y Pedro piensa haber entendido todo y valiente como era él, también generoso, dice: “pero, entonces ¿cuántas veces debo perdonar, con esto que tú has dicho de la corrección fraterna y de la oveja perdida? ¿Siete veces está bien?”. Y Jesús dice: “siempre”, con esa forma “setenta veces siete”». En realidad, hizo notar el Papa «es difícil entender el misterio del perdón, porque es un misterio: ¿por qué debo perdonar —se preguntó— si la justicia me permite seguir adelante y pedir que esa justicia haga lo que tiene que hacer?».

(…)

Sucesivamente, prosiguió Francisco, «la Iglesia retoma el pasaje del Evangelio y explica qué significa ese “setenta veces siete”». Quiere decir, aclaró, «que siempre debemos perdonar. Y Jesús narra esta parábola de los dos siervos: el primero fue a ajustar cuentas con el señor y el señor quería hacer justicia y él le suplicaba: “ten paciencia”, pidió perdón y luego el señor tuvo compasión y le perdonó». Pero luego, al salir, encontró al otro, cuya deuda «era muy pequeña, le debía cien denarios, monedas». Y en lugar de perdonarle, «le toma por el cuello y: “¡págame, págame!”». Entonces «el señor, cuando se entera de esto, se ofende y llama a los captores y le hace ir a la cárcel»: “Así también mi Padre celeste lo hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno al propio hermano”». Por esto la necesidad de preguntarse: «¿por qué ha sucedido esto? Este hombre al que se le había perdonado pero mucho dinero, hasta el punto que debía ser vendido como esclavo él, la mujer, los hijos y vendido todo lo que tenía», después sale «y es incapaz de perdonar pequeñas cosas». En resumen, «no ha entendido el misterio del perdón».

Recurriendo a una especie de diálogo imaginario con los presentes, el Papa preguntó: «Si yo pregunto: “¿Pero todos vosotros sois pecadores?” — “Sí, padre, todos” — “¿Y para tener el perdón de los pecados?” — “Nos confesamos” — “¿Y cómo vas a confesarte?” — “Pues, yo voy, digo mis pecados, el sacerdote me perdona, me da tres Avemarías para rezar y después vuelvo en paz”». En este caso, advirtió el Pontífice, «tú no has entendido. Tú solamente has ido al confesionario a hacer una operación bancaria, a hacer una gestión de oficina. Tú no has ido ahí avergonzado de lo que has hecho. Has visto algunas manchas en tu conciencia y te has equivocado porque has creído que el confesionario era una tintorería» capaz solo de quitar «las manchas». La experiencia concreta de cada día lo enseña: «el misterio del perdón es muy difícil» de entender. Por eso, observó Francisco, «hoy la Iglesia es sabia cuando nos hace reflexionar sobre estos dos pasajes». De hecho, «yo puedo perdonar» solamente «si me siento perdonado. Si tú no tienes conciencia de ser perdonado nunca podrás perdonar, nunca». En el fondo, en cada persona «está siempre esa actitud de querer ajustar cuentas con los otros». Mientras «el perdón es total. Pero solamente se puede hacer cuando yo siento mi pecado, me avergüenzo, tengo vergüenza y pido el perdón a Dios y me siento perdonado por el Padre. Y así puedo perdonar. Si no, no se puede perdonar, somos incapaces. Por esto el perdón es un misterio». Esta es la enseñanza de la parábola del siervo, «al cual le han sido perdonadas muchas, muchas, muchas cosas», pero que aún «no ha entendido nada: ha salido feliz, se ha quitado un peso de encima, pero no ha entendido la generosidad de ese señor. Ha salido diciendo en su corazón: “¡No me ha ido mal, he sido astuto!” u otras cosas». Y actualizando la reflexión, el Pontífice advirtió: «saliendo del confesionario, cuántas veces no decimos, pero sentimos que no nos ha ido mal». Pero, añadió, «esto no es recibir el perdón: esta es la hipocresía de robar un perdón, un perdón fingido. Y así, si como yo no tengo la experiencia de ser perdonado, no puedo perdonar a los otros, no tengo capacidad, como este hipócrita que ha sido incapaz de perdonar a su compañero». De aquí la conclusión del Papa: «Pidamos hoy al Señor la gracia de entender este “setenta veces siete”. Por otro lado, «si el Señor me ha perdonado tanto, ¿quién soy yo para no perdonar?».

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¿Cuántas veces tendré que perdonar?

El tema del Evangelio de este Domingo es el perdón. Pedro un día se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Es necesario asegurarse, ante todo, que en el corazón haya una fundamental disposición de acogida hacia la persona. Después, cualquier cosa, que se decida hacer o bien sea corregir acallar, será buena, porque el amor «nunca hace mal a nadie».

(Setenta veces siete es un modo de decir que siempre). El perdón es una cosa seria, humanamente difícil, si no es imposible. No se debe hablar a la ligera, sin darse cuenta, al menos, lo que se le solicita a la persona ofendida, cuando se le pide que perdone. Junto con el mandato de perdonar, es necesario ofrecerle al hombre asimismo un motivo para hacerla.

Es lo que Jesús hace en la parábola, que sigue inmediatamente a las palabras suyas. Un rey tenía un siervo, que le debía diez mil talentos. ¡Una suma astronómica! Ante la petición del siervo, el rey le condona o perdona la inmensa deuda. Habiendo salido fuera, aquel siervo encuentra a un compañero suyo, que le debe la mísera cantidad de cien denarios. Del mismo modo éste le suplica, empleando las mismas palabras que había usado él con su señor; pero, él no quiere saberse nada y lo hace arrojar a la prisión. El hecho viene contado al rey, quien hace llamar al siervo a quien le dice: «¡ Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné a ti porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Y Jesús concluye diciendo: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano». En la parábola aparece claro por qué se debe perdonar: ¡porque Dios, primeramente, ha perdonado y nos perdona!

Pero, Jesús no se ha limitado a ordenarnos que perdonemos; él lo ha hecho primeramente. Mientras que lo estaban clavando en la cruz, él oró diciendo: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34).

Éstas son las palabras más heroicas, que hayan sido pronunciadas nunca sobre la tierra. Para los que se estaban encarnizando contra él y destrozaban sus carnes, él dice: «Padre, perdónales». Pero, no sólo les perdona sino que además les excusa. Actuando así, Cristo no nos ha dado sólo un ejemplo sublime de perdón, nos ha merecido también la gracia de perdonar. Nos ha aportado una fuerza y una capacidad nueva, que no viene de la naturaleza, sino de la fe.

Es esto lo que distingue la fe cristiana de toda otra religión. De igual forma, Buda ha dejado a los suyos la máxima: «No es con el odio con lo que se aplaca el odio; es con el no-odio con lo que se aplaca el odio». Pero, Cristo no se limita a indicar la vía de la perfección; da fuerzas para alcanzarla. No nos pide sólo hacer sino que hace con nosotros.

San Pablo puede ya decir: «Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Colosenses 3,13). Ha sido ya superada la ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente» (Deuteronomio 19, 21). El criterio ya no es: «Lo que el otro te ha hecho, házselo tú también» sino que es: «Lo que Dios te ha hecho, hazlo tú también al otro». El perdón cristiano en esto va más allá del principio de la no-violencia o del no-resentimiento.

Esto quiere decir que hemos ir despacio en el exigir la práctica del perdón, incluso para personas que no comparten nuestra fe cristiana. Esto no surge de la ley natural o de la simple razón humana sino del Evangelio. Nosotros, cristianos, deberíamos preocuparnos de practicar el perdón, más que exigir que lo hagan los demás. Deberíamos demostrar con hechos que el perdón y la reconciliación hasta humana y políticamente hablando es la vía más eficaz para poner fin a ciertos conflictos. Es más eficaz, que toda venganza y represalia, porque rompe la cadena del odio y de la violencia, mucho más que añadirle a ella un nuevo eslabón.

Alguno podría decir: pero, ¿perdonar setenta veces siete no es alimentar la injusticia y dar vía libre a la prepotencia? No; el perdón cristiano no excluye que tú puedas también, en ciertos casos, denunciar a una persona y llevarla ante la justicia, sobre todo, cuando en están en juego los intereses también de otros.

Pero, no existen sólo los grandes perdones en casos trágicos; existen igualmente los perdones de cada día: en la vida de pareja, en el trabajo, entre parientes, entre amigos, colegas, conocidos... Quiero señalar un caso delicado. ¿Qué hacer cuando uno descubre haber sido traicionado por el propio cónyuge? ¿Perdonar o separarse? Es una cuestión demasiado delicada; no se puede imponer ninguna ley desde fuera. La persona debe descubrir en sí misma qué debe hacer. Puedo, sin embargo, decir una cosa. He conocido casos en los que la parte ofendida ha encontrado en su amor por el otro y en la ayuda, que le viene de la oración, la fuerza de perdonar al cónyuge, que había errado y que estaba sinceramente arrepentido. Con ello, el matrimonio había renacido como de las cenizas; había tenido una especie de un nuevo comienzo. Se verificaba lo dicho por Jesús ante los deudores perdonados: «¿Quién de ellos le amará más?» Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más» (Lucas 7,42-43). Es cierto que nadie puede pretender que esto pueda suceder en una pareja hasta «setenta veces siete».

Muchos dicen: yo quisiera perdonar, pero no lo consigo. No consigo olvidar; apenas veo a aquella persona, la sangre me hierve. A estas personas yo les digo: no te preocupes de lo que sientes. Es normal que la naturaleza a su modo reaccione. Lo importante no es lo que tú sientes sino lo que tú quieres. Si quieres perdonar, si lo deseas, ya has perdonado. No debes conseguir por ti mismo la fuerza de perdonar sino de Cristo.

No obstante debemos estar atentos a no caer en una trampa. En el perdón hay de igual forma un riesgo. Consiste en formarse la idea de quien cree tener siempre algo que perdonar a los demás. El peligro de creerse siempre acreedores de perdón y nunca deudores. Si reflexionásemos bien, muchas veces, cuando estamos a punto de decir: «¡Te perdono!» cambiaríamos el planteamiento y las palabras y diríamos a la persona, que está delante de nosotros: «¡Perdóname!» Nos daríamos cuenta que también nosotros tenemos algo por lo que hacemos perdonar por ella. Más importante aún que perdonar es pedir perdón.

Quien ha sabido traer con más finura el tema del perdón cristiano a la literatura es una vez más, todavía, Manzoni. En la novela I Promessi sposi, Renzo da vueltas y vueltas por el lazareto de Milán en busca de Lucía. Está iracundo y lleno de sentimiento de venganza contra don Rodrigo, que ha enviado al garete su matrimonio. El padre Cristóbal le hace entender cómo están fuera de lugar sus propósitos belicosos en un lugar como aquel y hace por abandonarlo. Entonces, Renzo se regaña a sí mismo y se dice confuso: «Entiendo que he hablado como una bestia y no como un cristiano, y, ahora, sí, con la gracia de Dios le perdono justamente de corazón». El padre Cristóbal le revela que don Rodrigo está allí a dos pasos, herido o maltratado igualmente por la peste. Escuchemos juntos las palabras que el fraile le dice a Renzo, mientras no le quitan ojo al enemigo de un tiempo, privado ya de conocimiento:

«Tú ves. Puede ser castigo, puede ser misericordia. El sentimiento, que probarás ahora por este hombre, que te ha ofendido, sí, este mismo sentimiento tendrá para ti en aquel día el Dios, al que tú posiblemente has ofendido. Bendícele, y serás bendito... Quizás, el Señor está dispuesto a concederle a él una hora de arrepentimiento; pero, quería que fuese pedido por ti: posiblemente, quiere que tú se lo pidas junto con aquella inocente, Lucía; quizás, le aproveche la gracia por tu sola oración, por la plegaria de un corazón afligido y resignado. Posiblemente, la salvación de este hombre y la tuya de pendan ahora de ti, de un sentimiento tuyo de perdón, de compasión... ¡de amor!»

La primera «bendición», que recibe Renzo, es que de allí a poco vuelve a encontrarse en el mismo lazareto con su amada Lucía, que ha superado la peste. Un pensamiento atrevidísimo, pero verdadero, es el que aquí ha expresado Manzoni: Dios podría hacer depender la salvación de alguien (más aún que la propia) de nuestro perdón.

Jesús ha resumido toda su enseñanza sobre el perdón en pocas palabras, que ha incluido en la oración del Padre nuestro, para que frecuentemente nos acordáramos: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Esforcémonos en perdonar a quien nos ha ofendido; de otra manera, cada vez que nosotros solos repetimos estas palabras pronunciamos nuestra misma condenación.


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