La vocació explicada per sant Joan Pau II

Oferim alguns textos de sant Joan Pau II on ens explica com poden trovar la vocació que Déu ens té preparada per cadascun de nosaltres. Els textos són en castellà.

SAN JUAN PABLO II

  • «La Eucaristía, fuente de toda vocación y ministerio en la Iglesia» (14 de mayo de 2000)
  • «La vida como vocación» (6 de mayo de 2001)
  • «La vocación a la santidad» (21 de abril de 2002)
  • «La vocación al servicio» (11 de mayo de 2003)
  • «Orar para que los “llamados” permanezcan fieles a su vocación» (2 de mayo de 2004)
  • «Llamados a remar mar adentro» (17 de abril de 2005)

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SAN JUAN PABLO II

«LA EUCARISTÍA, FUENTE DE TODA VOCACIÓN Y MINISTERIO EN LA IGLESIA»

14 de mayo de 2000

Venerados Hermanos en el Episcopado,

carísimos Hermanos y Hermanas de todo el mundo

La Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que será celebrada en el clima glorioso de las fiestas pascuales, momento particularmente intenso de las fechas jubilares, me ofrece la ocasión para reflexionar junto con vosotros sobre el don de la divina llamada, compartiendo vuestra solicitud por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. El tema que quiero proporcionaros este año se pone en sintonía con el desarrollo del Gran Jubileo. Quisiera meditar con vosotros sobre: La Eucaristía, fuente de toda vocación y ministerio en la Iglesia. ¿No es quizá la Eucaristía el misterio de Cristo vivo y operante en la historia? En la Eucaristía Jesús continúa llamando a su seguimiento y ofreciendo a cada hombre la «plenitud del tiempo».

1. «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4).

«La plenitud del tiempo se identifica con el misterio de la Encarnación del Verbo… y con el misterio de la Redención del mundo» (Tertio millennio adveniente, 1): en el Hijo consustancial al Padre y hecho hombre en el seno de la Virgen se abre y llega a su plenitud en el «tiempo» esperado, tiempo de gracia y de misericordia, tiempo de salvación y de reconciliación. Cristo revela el plan de Dios respecto de toda la creación y en particular respecto del hombre. Él «revela plenamente el hombre al hombre y le comunica su altísima vocación» (Gaudium et Spes, 22), escondida en el corazón del Eterno. El misterio del Verbo encarnado será plenamente descubierto sólo cuando cada hombre y cada mujer sean realizados en Él, hijo en el Hijo, miembros de su Cuerpo místico que es la Iglesia. El Jubileo, y éste en particular, celebrando los 2000 años de la entrada en el tiempo del Hijo de Dios y el misterio de la redención, incita a cada creyente a considerar su propia vocación personal, para completar lo que falta en su vida a la pasión del Hijo en favor de su cuerpo que es la Iglesia (cfr. Col 1, 24).

2. «Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Mas Él desapareció de su presencia. Se dijeron uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?”» (Lc 24, 30-32).

La Eucaristía constituye el momento culminante en el que Jesús, al darnos su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada por nuestra salvación, descubre el misterio de su identidad e indica el sentido de la vocación de cada creyente. En efecto, el significado de la vida humana está todo en aquel Cuerpo y en aquella Sangre, ya que por ellos nos han venido la vida y la salvación. Con ellos debe, de alguna manera, identificarse la existencia misma de la persona, la cual se realiza a sí misma en la medida en que sabe hacerse, a su vez don para todos.

En la Eucaristía todo esto está misteriosamente significado en el signo del pan y del vino, memorial de la Pascua del Señor: el creyente que se alimenta de aquel Cuerpo inmolado y de aquella Sangre derramada recibe la fuerza de transformarse a su vez en don. Como dice San Agustín: «Sed lo que recibís y recibid lo que sois» (Discurso 272, 1: En Pentecostés).

En el encuentro con la Eucaristía algunos descubren sentirse llamados a ser ministros del Altar, otros a contemplar la belleza y la profundidad de este misterio, otros a encauzar la fuerza de su amor hacia los pobres y débiles, y otros, también a captar su poder transformador en las realidades y en los gestos de la vida de cada día. Cada creyente encuentra en la Eucaristía no sólo la clave interpretativa de su propia existencia sino el valor para realizarla, y construir así, en la diversidad de los carismas y de las vocaciones, el único Cuerpo de Cristo en la historia.

En la narración de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) San Lucas hace entrever cuanto acaece en la vida del que vive de la Eucaristía. Cuando «en el partir el pan» por parte del «forastero» se abren los ojos de los discípulos, ellos se dan cuenta que el corazón les ardía en el pecho mientras lo escuchaban explicar las Escrituras. En aquel corazón que arde podemos ver la historia y el descubrimiento de cada vocación, que no es conmoción pasajera, sino percepción cada vez más cierta y fuerte de que la Eucaristía y la Pascua del Hijo serán cada vez más la Eucaristía y la Pascua de sus discípulos.

3. «He escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno» (1 Jn 2-14).

El misterio del amor de Dios «escondido desde los siglos y desde las generaciones» (Col 1, 26) es ahora revelado a nosotros en la «palabra de la cruz» (1 Cor 1, 18) que morando en vosotros, queridos jóvenes, será vuestra fuerza y vuestra luz y os descubrirá el misterio de la llamada personal. Conozco vuestras dudas y vuestras fatigas, os veo con cara de desaliento, comprendo el temor que os asalta ante el futuro. Pero tengo, también, en la mente y en el corazón, la imagen festiva de tantos encuentros con vosotros en mis viajes apostólicos, durante los cuales he podido constatar la búsqueda sincera de la verdad y el amor que permanece en cada uno de vosotros.

El Señor Jesús ha plantado su tienda en medio de nosotros y desde esta su morada eucarística repite a cada hombre y a cada mujer: «Venid a mí, todos vosotros, que estáis cargados y oprimidos y yo os confortaré» (Mt 11, 28).

Queridos jóvenes, ¡andad al encuentro de Jesús Salvador! ¡Amadlo y adoradlo en la Eucaristía! Él está presente en la Santa Misa que hace sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz. Él viene a nosotros en la Sagrada Comunión y permanece en los Sagrarios de nuestras Iglesias, porque es nuestro amigo, amigo de todos, particularmente de vosotros jóvenes, tan necesitados de confidencia y de amor. De Él podéis sacar el coraje para ser sus apóstoles en este particular paso histórico: el 2000 será como vosotros jóvenes lo queráis y lo deseéis. Después de tanta violencia y opresión, el mundo tiene necesidad de «echar puentes» para unir y reconciliar; después de la cultura del hombre sin vocación, hacen falta hombres y mujeres que creen en la vida y la acogen como llamada que viene de lo Alto, de aquel Dios que porque ama, llama; después del clima de sospecha y de desconfianza, que corrompe las relaciones humanas, sólo jóvenes valientes, con mente y corazón abiertos a ideales altos y generosos podrán restituir belleza y verdad a la vida y a las relaciones humanas. Entonces este tiempo jubilar será para todos de verdad «año de gracia del Señor», un Jubileo vocacional.

4. «Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio» (1 Jn, 2-13).

Cada vocación es don del Padre, y como todos los dones que vienen de Dios, llegan a través de muchas mediaciones humanas: la de los padres o educadores, de los pastores de la Iglesia, de quien está directamente comprometido en un ministerio de animación vocacional o del simple creyente.

Quisiera con este mensaje dirigir la mirada a toda esta categoría de personas, a las que está ligado el descubrimiento y el apoyo de la llamada divina. Soy consciente de que la pastoral vocacional constituye un ministerio no fácil, pero ¿cómo no recordaros que nada es más sublime que un testimonio apasionado de la propia vocación? Quien vive con gozo este don y lo alimenta diariamente en el encuentro con la Eucaristía sabrá derramar en el corazón de tantos jóvenes la semilla buena de la fiel adhesión a la llamada divina. Es en la presencia eucarística donde Jesús nos reúne, nos introduce en el dinamismo de la comunión eclesial y nos hace signos proféticos ante el mundo.

Quisiera aquí, dirigir un pensamiento afectuoso y agradecido a todos aquellos animadores vocacionales, sacerdotes, religiosos y laicos, que se prodigan con entusiasmo en este fatigoso ministerio. ¡No os dejéis desanimar por las dificultades, tened confianza! La semilla de la llamada divina, cuando es plantada con generosidad, dará frutos abundantes. Frente a la grave crisis de vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada que afecta a algunas regiones del mundo, es menester, sobre todo en este Jubileo del Año 2000, afanarse para que cada presbítero, cada consagrado y consagrada redescubra la belleza de su propia vocación y la testimonie a los demás.

Que cada oyente llegue a ser educador de vocaciones, sin tener que proponer una elección radical; que cada comunidad comprenda la centralidad de la Eucaristía y la necesidad de los ministros del Sacrificio Eucarístico; que todo el pueblo de Dios alce siempre la más intensa y apasionada oración al Dueño de la mies, con el fin de que mande operarios a su mies. Y que confíe esta oración a la intercesión de Aquella que es Madre del Sacerdote eterno.

5. Oración

Virgen María, humilde hija del Altísimo,

en Ti se ha cumplido de modo admirable

el misterio de la divina llamada.

Tú eres la imagen de lo que Dios cumple

en quien a Él se confía;

en Ti la libertad del Creador

ha exaltado la libertad de la criatura.

Aquel que es nacido en tu seno

ha reunido en un solo querer la libertad salvífica de Dios

y la adhesión obediente del hombre.

Gracias a Ti, la llamada de Dios

se salda definitivamente con la respuesta del hombre-Dios.

Tú, primicia de una vida nueva,

protégenos a todos nosotros en el «Sí» generoso del gozo y del amor.

Santa María, Madre de cada llamado,

haz que los creyentes tengan la fuerza

de responder con ánimo generoso al llamamiento divino

y sean alegres testimonios del amor hacia Dios

y hacia el prójimo.

Joven hija de Sión, Estrella de la mañana,

que guías los pasos de la humanidad

a través del Gran Jubileo hacia el porvenir,

orienta a la juventud del nuevo Milenio

hacia Aquel que es «la luz verdadera

que ilumina a todo hombre» (Juan 1, 9).

¡Amén!

En el Vaticano, 30 de septiembre de 1999.

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«La vida como vocación»

6 de mayo de 2001

Venerables Hermanos en el Episcopado,

queridos Hermanos y Hermanas de todo el mundo:

1. — La próxima “Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones” que tendrá lugar el 6 de mayo del 2001, a pocos meses, por tanto, del fin del Gran Jubileo, tendrá como motivo “La vida como vocación”. En este mensaje deseo detenerme para reflexionar con vosotros sobre el tema que reviste una indudable importancia en la vida cristiana.

La palabra “vocación” cualifica muy bien las relaciones de Dios con cada ser humano en la libertad del amor, porque “cada vida es vocación” (Pablo VI, carta Enc. Populorum progressio, 15). Dios, al fin de la creación, contempla al hombre y “¡vio ser bueno!” (Cfr. Gen 1,31) lo hizo “a su imagen y semejanza”, le puso en sus manos laboriosas el universo y lo ha llamado a una íntima relación de amor.

Vocación es la palabra que introduce a la comprensión de los dinamismos de la revelación de Dios y descubre al hombre la verdad sobre su existencia: “La razón más profunda de la dignidad humana, — leemos en el documento conciliar Gaudium et spes— está en la vocación del hombre a la comunión de Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al diálogo con Dios: pues, si existe, es porque, habiéndole creado Dios por amor, por amor le conserva siempre, y no vivirá plenamente conforme a la verdad, si no reconoce libremente este amor y si no se entrega a su Creador”. (N° 19). Es en este diálogo de amor con Dios que se funda la posibilidad para cada uno de crecer según líneas y características propias, recibidas como don y capaces de “dar sentido” a la historia y a las relaciones fundamentales de su existir cotidiano, mientras se está en camino hacia la plenitud de la vida.

2. — Considerar la vida como vocación favorece la libertad interior, estimulando en la persona el deseo de futuro, conjuntamente con el rechazo de una concepción de la existencia pasiva, aburrida y banal. La vida asume así el valor del “don recibido, que tiende por naturaleza a llegar a ser bien dado” (Doc. Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 1997,16, b). El hombre muestra ser renovado en el Espíritu (cfr. Jn 3, 3.5) cuando aprende a seguir el camino del nuevo mandamiento “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (cfr. Jn 15,12). Se puede afirmar que, en cierto sentido, el amor es el DNA de los hijos de Dios; es la “la vocación santa” con la que hemos sido llamados “según su propósito y su gracia, gracia que nos fue dada en Cristo Jesús, antes de los tiempos eternos y manifestada en el presente por la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo” (2 Tm 1,9.10).

En el origen de todo camino vocacional, está Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Él nos revela que no estamos solos construyendo nuestra vida, porque Dios camina con nosotros en medio de nuestros quehaceres y si nosotros lo queremos, entreteje con cada cual una maravillosa historia de amor, única e irrepetible. Y al mismo tiempo, en armonía con la humanidad y con el mundo entero. Descubrir la presencia de Dios en la propia historia, no sentirse nunca huérfano sino siendo consciente de tener un Padre del que podemos fiarnos totalmente: este es el gran cambio que transforma el horizonte simplemente humano y lleva al hombre a comprender, como afirma la Gaudium et spes, que no puede “encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo” (N°24). En estas palabras del Concilio Vaticano II está encerrado el secreto de la existencia cristiana y de toda la auténtica realización humana.

3. — Hoy, sin embargo, esta lectura cristiana de la existencia debe hacer el balance de algunos comportamientos de la cultura occidental, en la que Dios es prácticamente marginado del vivir cotidiano. He aquí porqué es necesario un compromiso acorde de toda la comunidad cristiana para “reevangelizar la vida”. Conviene a esta fundamental obligación pastoral el testimonio de hombres y mujeres que muestren la fecundidad de una existencia que tiene en Dios su fuente, en la docilidad a la acción del Espíritu su fuerza, en la comunión con Cristo y con la Iglesia la garantía del sentido auténtico de la fatiga cotidiana. Conviene que en la Comunidad cristiana, cada uno descubra su personal vocación y responda con generosidad. Cada vida y vocación y todo creyente es invitado a cooperar en la edificación de la Iglesia. En la “Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones”, sin embargo, nuestra atención va dirigida especialmente a la necesidad y a la urgencia de los ministros ordenados y de las personas dispuestas a seguir a Cristo en su camino exigente de la vida consagrada con la profesión de los consejos evangélicos.

Hay urgencia de ministros ordenados que sean “garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los diversos tiempos y lugares” (Christifideles laici, 55) y, con la predicación de la Palabra y la celebración de la Eucaristía y de los otros Sacramentos guíen a las Comunidades cristianas por los senderos de la vida eterna.

Hay necesidad de hombres y mujeres que con su testimonio mantengan “viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio” y hagan “avivar continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo, reflejando en su conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o el Orden” (Vita consecrata, 33).

Que el Espíritu Santo pueda suscitar abundantes vocaciones de especial consagración, para que favorezca en el pueblo cristiano una adhesión siempre más generosa al Evangelio y haga más fácil a todos la comprensión del sentido de la existencia como transparencia de la belleza y de la santidad de Dios.

4. — Mi pensamiento se dirige ahora a tantos jóvenes sedientos de valores y las más de las veces incapaces de encontrar el camino que a ello conduce. Sí: sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Y es por esto necesario hacerles encontrar al Señor y ayudarlos a establecer con Él una relación profunda. Jesús debe entrar en su mundo, asumir su historia y abrirle su corazón, para que se dispongan a conocerlo siempre más, a medida que siguen las huellas de su amor.

Pienso, con respecto a esto, en el papel importante de los Pastores del Pueblo de Dios. Para ellos evoco las palabras del Concilio Vaticano II: “Preocúpense los Presbíteros, en primer lugar, de poner ante los ojos de los fieles, con el ministerio de la Palabra, y con el testimonio de su propia vida, el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual expandidos abiertamente, la excelencia del Sacerdocio y su necesidad… Para este fin es de máxima utilidad la dirección espiritual sabia y prudente… Sin embargo, esta llamada del Señor no debe esperarse que sea en manera alguna como voz extraordinaria que llegue a oídos del futuro presbítero. Sino que más bien debe ser entendida e interpretada a través de signos por medio de los cuales cada día la voluntad de Dios se manifiesta a los cristianos prudentes, signos que deben ser considerados atentamente por los presbíteros”. (Presbyterorum ordinis, 11).

Pienso también en los consagrados y consagradas llamados a testimoniar que en Cristo está nuestra única esperanza; sólo de Él es posible sacar la energía para vivir sus mismas calidades de vida; sólo con Él, se puede salir al encuentro de las profundas necesidades de salvación de la humanidad. Pueda la presencia y el servicio de las personas consagradas abrir el corazón y la mente de los jóvenes hacia horizontes de esperanza plenos de Dios y los eduquen en la humildad y la gratuidad del amar y del servir. La significatividad eclesial y cultural de su vida consagrada se traduzca siempre más en propuestas pastorales específicas, adaptadas a la forma de educar y formar a los jóvenes y muchachas para la escucha de la llamada del Señor y a la libertad del espíritu para responderle con generosidad e intrepidez.

5. — Me dirijo ahora a vosotros, queridos padres cristianos, para exhortaros a estar cerca de vuestros hijos. No los dejéis solos frente a las grandes opciones de la adolescencia y de la juventud. Ayudadlos a no dejarse arrollar por la búsqueda afanosa del bienestar y guiadlos hacia el gozo auténtico, como lo es el del espíritu. Haced resonar en sus corazones, a veces llenos de miedo por el futuro, el gozo liberador de la fe. Educadlos, como escribía mi venerado predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, “apreciando simplemente los múltiples gozos humanos que el Creador pone ya en su camino: alegría entusiasta de la existencia y de la vida; gozo del amor casto y santificado; júbilo pacificante de la naturaleza y del silencio; regocijo, a veces austero, del trabajo esmerado; felicidad y satisfacción del deber cumplido; contento transparente de la pureza, del servicio, de la participación: satisfacción exigente del sacrificio” (Gaudete in Domino, I).

A la acción de la familia sirva de apoyo la de los catequistas y de los docentes cristianos, llamados de forma particular a promover el sentido de la vocación en los jóvenes. Su tarea es guiar a las nuevas generaciones hacia el descubrimiento del proyecto de Dios sobre sí mismo, cultivando en ellos la disponibilidad de hacer de la propia vida, cuando Dios llama, un don para la misión. Esto se verificará a través de ocasiones progresivas que preparen al “sí” pleno, por el que la entera existencia es puesta al servicio del Evangelio. Queridos catequistas y docentes: para obtener esto, ayudad a los jóvenes confiados a vosotros a mirar hacia lo alto, a huir de la tentación constante del compromiso. Educadlos en la confianza en Dios que es Padre y muestra la extraordinaria grandeza de su amor, confiando a cada uno un deber personal al servicio de la gran misión de “renovar la faz de la tierra”.

6.— Leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos “perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración” (2, 42). Cada encuentro con la Palabra de Dios es un momento feliz para la propuesta vocacional. La frecuentación de la Sagrada Escritura ayuda a comprender el estilo y los gestos con los que Dios elige, llama, educa y hace partícipe de su amor.

La celebración de la Eucaristía y la oración hacen entender mejor las palabras de Jesús: “¡La mies es mucha y los obreros pocos! Roguemos, pues, al amo, mande obreros a su mies” (Mt 9, 37-38. Cfr. Lc 10, 2). Rogando por las vocaciones se dispone uno a mirar con sabiduría evangélica al mundo y a las necesidades de la vida y salvación de cada ser humano; se vive, además, la caridad y la solidaridad de Cristo hacia la humanidad y se cuenta con la gracia de poder decir, siguiendo el ejemplo de la Virgen: “He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38)

Invito a todos a implorar conmigo al Señor, para que no falten obreros en su mies:

Padre santo: fuente perenne de la existencia y del amor,

que en el hombre viviente muestras el esplendor de tu gloria,

y pones en su corazón la simiente de tu llamada,

haz que, ninguno, por negligencia nuestra, ignore este don o lo pierda,

sino que todos con plena generosidad, puedan caminar

hacia la realización de tu Amor.

Señor Jesús, que en tu peregrinar por los caminos de Palestina,

has elegido y llamado a tus apóstoles y les has confiado la tarea

de predicar el Evangelio, apacentar a los fieles, celebrar el culto divino,

haz que hoy no falten a tu Iglesia

numerosos y santos Sacerdotes, que lleven a todos

los frutos de tu muerte y de tu resurrección.

Espíritu Santo: que santificas a la Iglesia

con la constante dádiva de tus dones,

introduce en el corazón de los llamados a la vida consagrada

una íntima y fuerte pasión por el Reino,

para que con un sí generoso e incondicional,

pongan su existencia al servicio del Evangelio.

Virgen Santísima, que sin dudar

te has ofrecido al Omnipotente

para la actuación de su designio de salvación,

infunde confianza en el corazón de los jóvenes

para que haya siempre pastores celosos,

que guíen al pueblo cristiano por el camino de la vida,

y almas consagradas que sepan testimoniar

en la castidad, en la pobreza y en la obediencia,

la presencia liberadora de tu Hijo resucitado.

Amén.

Del Vaticano, 14 de septiembre del 2000

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«La vocación a la santidad»

21 de abril de 2002

Venerables Hermanos en el Episcopado,

queridos Hermanos y Hermanas:

l. A todos vosotros “los queridos por Dios y santos por vocación, la gracia y la paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo” (Rom 1,7). Estas palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma nos introducen en el tema de la próxima Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: “La vocación a la santidad”. ¡La santidad! He aquí la gracia y la meta de todo creyente, conforme nos recuerda el Libro del Levítico: “Sed santos, porque yo, el Señor, Dios vuestro, soy santo” (19,2).

En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he invitado a poner “la programación pastoral en el signo de la santidad”, para “expresar la convicción de que si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial…Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria: la vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección” (n° 31).

Tarea primaria de la Iglesia es acompañar a los cristianos por el camino de la santidad, con el fin de que iluminados por la inteligencia de la fe, aprendan a conocer y a contemplar el rostro de Cristo y a redescubrir en Él la auténtica identidad y la misión que el Señor confía a cada uno. De tal modo que lleguen a estar “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, teniendo como piedra angular al mismo Jesucristo. En Él cada construcción crece bien ordenada para ser templo santo en el Señor” (Ef 2. 20-21).

La Iglesia reúne en sí todas las vocaciones que Dios suscita entre sus hijos y se configura a sí misma como reflejo luminoso del misterio de la Santísima Trinidad. Como “pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, lleva en sí el misterio del Padre que llama a todos a santificar su nombre y a cumplir su voluntad; custodia el misterio del Hijo que, mandado por el Padre a anunciar el reino de Dios, invita a todos a seguirle; es depositaria del misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión que el Padre ha elegido mediante su Hijo Jesucristo.

Porque la Comunidad eclesial es el lugar donde se expresan las diversas vocaciones suscitadas por el Señor, en el contexto de la Jornada Mundial, que tendrá lugar el próximo 21 de abril, IV Domingo de Pascua, se desarrollará el tercer Congreso Continental por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en Norteamérica. Me alegro de dirigir a los promotores y a los participantes mis benevolentes saludos y de expresar viva complacencia por una iniciativa que afronta uno de los problemas cruciales de la Iglesia que existe en América y por la Nueva Evangelización del Continente. Invito a todos, para que encuentro tan importante pueda suscitar un renovado empeño en el servicio de las vocaciones y un entusiasmo más generoso entre los cristianos del “Nuevo Mundo”.

2. La Iglesia es “casa de la santidad” y la caridad de Cristo, difundida por el Espíritu Santo, constituye su alma. Por ella todos los cristianos deben ayudarse recíprocamente en descubrir y realizar su vocación a la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en la asidua participación a los Sacramentos y en la búsqueda constante del rostro de Cristo en cada hermano. De tal modo cada uno, según sus dones, avanza en el camino de la fe, tiene pronta la esperanza y obra mediante la caridad (cfr. Lumen gentium, 4.1) mientras la Iglesia “revela y revive la infinita riqueza del misterio de Jesucristo (Christifideles laici, 55) y consigue que la santidad de Dios entre en cada estado y situación de vida, para que todos los cristianos lleguen a ser operarios de la viña del Señor y edifiquen el Cuerpo de Cristo.

Si cada vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad, algunas, sobre todo, como la vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada lo son de modo especialísimo. Es a estas vocaciones a las que invito a mirar hoy con particular atención, intensificando su oración por ellas.

La vocación al ministerio sacerdotal “es esencialmente una llamada a la santidad, en la forma que brota del sacramento del Orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto, y humilde; es amor sin reserva a las almas y donación al verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque tal es la misión que Cristo le ha confiado” (Pastores dabo vobis, 33). Jesús llama a los Apóstoles “para que estén con Él” (Mc 3,14) en una intimidad privilegiada (cfr. Lc 8, 1- 2; 22, 28). No sólo los hace partícipes de los misterios del Reino de los cielos (cfr. Mt13,16-18) sino que espera de ellos una fidelidad más alta y acorde con el ministerio apostólico al que les llama. Les exige una pobreza más rigurosa (cfr. Mt 19, 22-23), la humildad del siervo que se hace el último de todos (cfr. Mt 20, 25-27).

Les pide la fe en los poderes recibidos (cfr. Mt17,19-21, la oración y el ayuno como instrumentos eficaces de apostolado (cfr. Mc 9, 29) y el desinterés: “Gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente”. (Mt 10, 8). De ellos espera la prudencia unida a la simplicidad y a la rectitud moral (cfr. Mt 10, 26-28) y el abandono a la Providencia (cfr. Lc 9, 1-3; 19, 22-23). No debe faltarles la conciencia de la responsabilidad asumida, en cuanto administradores de los sacramentos instituidos por el Maestro y operarios de su viña (cfr. Lc 12, 43-48).

La vida consagrada revela la íntima naturaleza de cada vocación cristiana a la santidad y la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia Cristo, “su único Esposo”. “La profesión de los consejos evangélicos está íntimamente conectada con el misterio de Cristo, teniendo el deber de hacerlos presentes en la forma de vida que ellos elijan, añadiéndolo como valor absoluto y escatológico (Vita consecrata, 29). Las vocaciones a estos estados de vida son dones preciosos y necesarios, que atestiguan también hoy el seguimiento de Cristo casto, pobre y obediente, el testimonio del primado absoluto de Dios y el servicio a la humanidad en el estilo del Redentor representan caminos privilegiados hacia una plenitud de vida espiritual.

La escasez de candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, que se registra en algunos contextos de hoy, lejos de conducirnos a exigir menos y a contentarse con una formación y una espiritualidad mediocres, debe impulsarnos sobre todo a una mayor atención en la selección y en la formación de cuantos, una vez constituidos ministros y testigos de Cristo, estén llamados a confirmar con la santidad de vida lo que anuncian y celebran.

3. Es necesario poner en evidencia todos los medios para que las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, esenciales para la vida y la santidad del Pueblo de Dios, estén continuamente en el centro de la espiritualidad de la acción pastoral y de la oración de los fieles.

Los Obispos y presbíteros sean, primeramente los testigos de la santidad del ministerio recibido como don. Con la vida y la enseñanza muestren el gozo de seguir a Jesús, Buen Pastor y la eficacia renovadora del misterio de su Pascua de redención. Hagan visible con su ejemplo, de modo particular a las jóvenes generaciones, la entusiasmante aventura reservada a quien, sobre las huellas del Divino Maestro, elige pertenecer completamente a Dios y se ofrece a sí mismo para que cada hombre pueda tener vida en abundancia (cfr. Jn 10, 10).

Consagrados y consagradas, que viven “en el mismo corazón de la Iglesia como elemento decisivo para su misión” (Vita consecrata, 3), muestren que su existencia está sólidamente radicada en Cristo, que la vida religiosa es “casa y escuela de comunión” (Novo millennio ineunte, 43), que en su humilde y fiel servicio al hombre aliente aquella “fantasía de la caridad” (ibid., 50) que el Espíritu Santo mantiene siempre viva en la Iglesia. ¡No olviden que en el amor a la contemplación, en el gozo de servir a los hermanos, en la castidad vivida por el Reino de los Cielos, en la generosa dedicación a su ministerio reside la fuerza de cada propuesta vocacional!

Las familias están llamadas a jugar un papel decisivo para el futuro de las vocaciones en la Iglesia. La santidad del amor esponsal, la armonía de la vida familiar, el espíritu de fe con el que se afrontan los problemas diarios de la vida, la apertura a los otros, sobre todo a los más pobres, la participación en la vida de la comunidad cristiana constituyen el ambiente adecuado para la escucha de la llamada divina y para una generosa respuesta de parte de los hijos.

4. “Rogad pues, al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies” (Mt 9,38; Lc 10, 2). En obediencia al mandato de Cristo, cada Jornada Mundial se caracteriza como momento de oración intensa, que compromete a la Comunidad cristiana entera en una incesante y fervorosa invocación a Dios por las vocaciones. ¡Qué importante es que las comunidades cristianas lleguen a ser verdaderas escuelas de oración (cfr. Novo millennio ineunte, 33), capaces de educar en el diálogo con Dios y formar a los fieles en abrirse siempre más al amor con que el Padre “ha amado tanto al mundo hasta mandar a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16)! La oración cultivada y vivida ayudará a dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para colaborar en la edificación de la Iglesia en la caridad. En tal ambiente, el discípulo crece en el deseo ardiente que cada hombre encuentra en Cristo y alcanza la verdadera libertad de los hijos de Dios. Tal deseo conducirá al creyente, bajo el ejemplo de María, a estar disponible para pronunciar un “sí” lleno y generoso al Señor que le llama a ser ministro de la Palabra, de los Sacramentos y de la Caridad, o pueda ser signo viviente de la vida casta, pobre y obediente de Cristo entre los hombres de nuestro tiempo.

¡El Dueño de la mies haga que no falten en su Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas!

Padre Santo: mira nuestra humanidad,

que da los primeros pasos en el camino del tercer milenio.

Su vida sigue marcada fuertemente todavía

por el odio, la violencia, la opresión,

pero el hambre de justicia, de verdad y de gracia,

encuentra espacio en el corazón de tantos,

que esperan la salvación,

llevada a cabo por Ti, por medio de tu Hijo Jesús.

Necesitamos mensajeros animosos del Evangelio,

siervos generosos de la humanidad sufriente.

Envía a tu Iglesia, te rogamos,

presbíteros santos, que santifiquen a tu pueblo

con los instrumentos de tu gracia.

Envía numerosos consagrados

que muestren tu santidad en medio del mundo.

Envía a tu viña, santos operarios

que trabajen con el ardor de la caridad

y, movidos por tu Espíritu Santo,

lleven la salvación de Cristo

hasta los últimos confines de la tierra. Amén,

En Castel Gandolfo, 8 de septiembre de 2001

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«La vocación al servicio»

11 de mayo de 2003

¡Venerables Hermanos en el Episcopado, queridos Hermanos y Hermanas de todo el Mundo!

1. “He aquí a mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien mi alma se complace” (Mt 12, 18, cfr. Is 42, 1-4)

El tema del Mensaje de esta 40° Jornada Mundial de oración por las Vocaciones, nos invita a volver a las raíces de la vocación cristiana, a la historia del primer llamamiento del Padre, el Hijo Jesús. Él es “el siervo” del Padre, proféticamente anunciado como el que ha elegido y plasmado el Padre desde el seno materno (cfr. Is 49,1-6), el predilecto que el Padre sostiene y del que se complace (cfr. Is 42, 1-9), en el que ha puesto su espíritu y al que ha transmitido su fuerza (cfr. Is 49, 5 y al que exaltará (cfr. Is 52, 13 - 53, 12).

Parece evidente, de pronto, el radical sentido positivo, que el texto inspirado da al término “siervo”. Mientras, en la cultura actual, el que sirve es considerado inferior, en la historia sagrada es el que es llamado por Dios para cumplir una acción particular de salvación y redención, como quien sabe haber recibido todo lo que tiene y por lo tanto se siente también llamado a poner al servicio de los demás todo cuanto ha recibido.

El servicio en la Biblia, está siempre unido a una llamada específica que viene de Dios y por tanto representa el máximo cumplimiento de la dignidad de la criatura, o sea, que evoca toda la dimensión misteriosa y trascendente. Así ha sido también en la vida de Jesús, el siervo fiel llamado a cumplir la obra universal de la redención.

2. Como cordero llevado al matadero…” (Is 53, 7)

En la Sagrada Escritura se da una fuerte y evidente ligazón entre servicio y redención, como de hecho se da entre servicio y sufrimiento, entre Siervo y Cordero de Dios. El Mesías es el Siervo sufriente que padece, que se carga sobre la espalda el peso del pecado humano, es el Cordero “conducido al matadero” (Is 53, 7) para pagar el precio de la culpa cometida por la humanidad y devolverle así el servicio del que más tiene necesidad. El Siervo y el Cordero que “maltratado, se dejó humillar y no abrir la boca” (Is 53, 7), mostrando de esta manera una fuerza extraordinaria: la de no devolver el mal con el mal, sino respondiendo al mal con el bien.

Es la humilde energía del siervo, que encuentra en Dios su fuerza y que, por esto, Él le transforma en “luz de las naciones” y operador de salvación (cfr. Is 49, 5-6). La vocación al servicio es siempre, misteriosamente, vocación a tomar parte de forma muy personal, aunque costosa y dolorosa, en el ministerio de la salvación.

3. …como el Hijo del hombre, que no ha venido para ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28)

Jesús es en verdad el modelo perfecto del “siervo” del que habla la Escritura. Él es quien se ha despojado radicalmente de sí, para asumir “la condición de siervo” (Fil 2, 7), y dedicarse totalmente a las cosas del Padre (cfr. Lc 2, 49), como Hijo predilecto en quien el Padre se complace (cfr. Mt 17, 5). Jesús no ha venido para ser servido, “sino para servir y dar su vida en rescate de muchos” (Mt 20, 28); ha lavado los pies de sus discípulos y ha obedecido al proyecto del Padre hasta la muerte de cruz (cfr. Fil 2, 8). Por esto, el Padre mismo, lo ha exaltado dándole un nombre nuevo y haciéndole Señor del cielo y de la tierra (cfr. Fil 2, 9-11).

¿Cómo no leer en el tema del “siervo Jesús” la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir y culmina en el descubrimiento del nombre nuevo, pensado por Dios para cada uno? En tal “nombre” cada uno puede proponer su propia identidad, orientándose hacia una realización de sí mismo que lo hará libre y feliz. ¿Cómo no leer, en particular en la parábola del Hijo, Siervo y Señor, la historia vocacional de quien es llamado por Él, para seguirlo de cerca y llegar así, a ser siervo en el ministerio sacerdotal o en la consagración religiosa? En efecto, la vocación sacerdotal o religiosa es siempre por su naturaleza, vocación al servicio generoso a Dios y al prójimo.

El servicio, entonces se transforma en camino y mediación preciosa para llegar a comprender mejor la propia vocación. La diakonía es en verdad itinerario pastoral vocacional (cfr. Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 27 c).

4. “Donde estoy yo, allí también estará mi siervo” (Jn 12, 26)

Jesús, el Siervo y el Señor, es también aquel que llama. Llama a ser como Él, porque sólo en el servicio el ser humano descubre la dignidad propia y la ajena. Él llama a servir como Él ha servido: cuando las relaciones interpersonales son inspiradas en el servicio recíproco, se crea un mundo nuevo y en ello se desarrolla una auténtica cultura vocacional.

Con este mensaje, quisiera casi prestar la voz a Jesús, para que proponga a tantos jóvenes el ideal del servicio y ayudarles a superar las tentaciones del individualismo y la ilusión de procurarse así la felicidad. No obstante cierto impulso contrario también presente en la mentalidad actual, se da en el corazón de muchos jóvenes una natural disposición a abrirse a otro, de forma especial al más necesitado. Todo ello les hace generosos, capaces de empatía, dispuestos a olvidarse de sí mismos para anteponer al otro a sus propios intereses.

Servir, queridos jóvenes, es vocación del todo natural, porque el ser humano es naturalmente siervo, no siendo dueño de la propia vida y estando en cambio necesitado de tantos servicios al otro. Servir es manifestación de libertad por irrumpir del propio yo y de responsabilidad hacia el otro; y servir es posible a todos, con gestos aparentemente pequeños, pero grandes en realidad si son animados del amor sincero. El verdadero siervo es humilde, sabe ser “inútil” (cfr. Lc 17, 10), no busca provechos egoístas, pero se empeña por los otros experimentando en el don de sí mismo el gozo de la gratuidad.

Os auguro, queridos jóvenes, sepáis escuchar la voz de Dios que os llama al servicio. Es éste el camino que abre tantas formas de ministerios favorables a la comunidad; desde el ministerio ordenado a los varios ministerios instituidos y reconocidos: la catequesis, la animación litúrgica, la educación de los jóvenes, las más variadas expresiones de la caridad (cfr. Novo millennio ineunte, 46). He recordado, en la conclusión del Gran Jubileo, que esta es “la hora de una nueva ‘fantasía’ de la caridad” (ibidem, 50) Toca a vosotros, jóvenes, de forma particular, hacer que la caridad se exprese en toda su riqueza espiritual y apostólica.

5. “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35)

Así dice Jesús a los Doce, sorprendidos al discutir entre ellos sobre “quien fuese el más grande” (Mc 9, 34). Es la tentación de siempre, que no perdona siquiera a quien es llamado a presidir la Eucaristía, el sacramento del amor supremo del “Siervo sufriente”. Quien cumple este servicio, en realidad, es todavía más radicalmente llamado a ser siervo. Es llamado, de hecho, a lograr “in persona Christi” y por lo tanto a revivir la misma condición de Jesús en la Última Cena, asumiendo por ello la misma disponibilidad para amar no sólo hasta el fin sino a dar la vida. Presidir la Cena del Señor, es por lo tanto, una invitación urgente para ofrecerse como don, para que permanezca y crezca en la Iglesia la actitud del Siervo sufriente y Señor.

Queridos jóvenes, cultivad la atracción por los valores y por la elección radical que hacen de la existencia un servicio a los demás tras las huellas de Jesús, el Cordero de Dios. No os dejéis seducir por los reclamos del poder y de la ambición personal. El ideal sacerdotal debe ser constantemente purificado por éstos y otras peligrosas ambigüedades.

Resuena también hoy el llamamiento del Señor Jesús: “Si uno me sirve, que me siga (Jn 12, 26). No tengáis miedo de acogerlo. Encontraréis seguramente dificultades y sacrificios, pero seréis felices de servir, seréis testimonios de aquel gozo que el mundo no puede dar. Seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno; conoceréis la riqueza espiritual del sacerdocio, don y misterio divino.

6. Como otras veces, también en esta circunstancia tendamos la mirada hacia María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización. Invoquémosla con confianza para que no falten en la Iglesia personas dispuestas a responder generosamente a la llamada del Señor, que llama a un más directo servicio del Evangelio:

“María, humilde sierva del Altísimo,

el Hijo que has generado te ha hecho sierva de la humanidad.

Tu vida ha sido un servicio humilde y generoso:

has sido sierva de la Palabra cuando el Angel

Te anunció el proyecto divino de la salvación.

Has sido sierva del Hijo, dándole la vida

y permaneciendo abierta al misterio.

Has sido sierva de la Redención,

“permaneciendo” valientemente al pie de la Cruz,

junto al Siervo y Cordero sufriente,

que se inmolaba por nuestro amor.

Has sido sierva de la Iglesia, el día de Pentecostés

y con tu intercesión continúas generándola en cada creyente,

también en estos tiempos nuestros, difíciles y atormentados.

A Ti, joven Hija de Israel,

que has conocido la turbación del corazón joven

ante la propuesta del Eterno,

dirijan su mirada con confianza los jóvenes del tercer milenio.

Hazlos capaces de aceptar la invitación de tu Hijo

a hacer de la vida un don total para la gloria de Dios.

Hazles comprender que servir a Dios satisface el corazón,

y que sólo en el servicio de Dios y de su reino

nos realizamos según el divino proyecto

y la vida llega a ser himno de gloria a la Santísima Trinidad

Amén”.

En el Vaticano, 16 de octubre del 2002

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«Orar para que los “llamados” permanezcan fieles a su vocación»

2 de mayo de 2004

Venerados hermanos en el episcopado;

amadísimos hermanos y hermanas:

1. “Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10, 2).

Estas palabras de Jesús, dirigidas a los Apóstoles, muestran la solicitud que el buen Pastor tiene siempre por sus ovejas. Lo hace todo para que “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Después de su resurrección, el Señor confiará a sus discípulos la responsabilidad de proseguir su misma misión, para que se anuncie el Evangelio a los hombres de todos los tiempos. Y son muchos los que han respondido y siguen respondiendo con generosidad a su constante invitación: “Sígueme” (Jn 21, 22). Son hombres y mujeres que aceptan poner su existencia totalmente al servicio de su Reino.

Con ocasión de la próxima XLI Jornada mundial de oración por las vocaciones, que se celebra tradicionalmente el IV domingo de Pascua, todos los fieles se unirán en una ferviente oración por las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al servicio misionero. En efecto, nuestro primer deber es pedir al “Dueño de la mies” por los que ya siguen más de cerca a Cristo en la vida sacerdotal y religiosa, y por los que él, en su misericordia, no cesa de llamar para esas importantes tareas eclesiales.

Oremos por las vocaciones

2. En la carta apostólica Novo millennio ineunte recordé que, “a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecta una exigencia generalizada de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de oración” (n. 33). En esta “necesidad de oración” se inserta nuestra petición común al Señor para que “envíe obreros a su mies”.

Constato con alegría que en muchas Iglesias particulares se forman cenáculos de oración por las vocaciones. En los seminarios mayores y en las casas de formación de los institutos religiosos y misioneros se celebran encuentros con esa finalidad. Numerosas familias se convierten en pequeños “cenáculos” de oración, ayudando a los jóvenes a responder con valentía y generosidad a la llamada del Maestro divino.

¡Sí! La vocación al servicio exclusivo de Cristo en su Iglesia es don inestimable de la bondad divina, don que es preciso implorar con insistencia, confianza y humildad. El cristiano debe abrirse cada vez más a este don, vigilando para no desaprovechar “el tiempo de la gracia” y el “tiempo de la visita” (cf. Lc 19, 44).

Reviste particular valor la oración unida al sacrificio y al sufrimiento. El sufrimiento, vivido como cumplimiento en la propia carne de lo que falta “a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24), se convierte en una forma de intercesión muy eficaz. Muchos enfermos, en todas las partes del mundo, unen sus penas a la cruz de Jesús, para implorar vocaciones santas. También a mí me acompañan espiritualmente en el ministerio petrino que Dios me ha encomendado, y dan a la causa del Evangelio una contribución inestimable, aunque a menudo totalmente escondida.

Oremos por los llamados al sacerdocio y a la vida consagrada

3. Deseo de corazón que se intensifique cada vez más la oración por las vocaciones; una oración que ha de ser adoración del misterio de Dios y acción de gracias por las “maravillas” que él ha hecho y sigue haciendo, a pesar de la debilidad de los hombres; una oración contemplativa, llena de asombro y gratitud por el don de las vocaciones.

La Eucaristía está en el centro de todas las iniciativas de oración. El Sacramento del altar tiene un valor decisivo para el nacimiento de las vocaciones y para su perseverancia, porque en el sacrificio redentor de Cristo los llamados pueden encontrar la fuerza para dedicarse totalmente al anuncio del Evangelio. Conviene que a la celebración eucarística se una la adoración del santísimo Sacramento, prologando así, en cierto modo, el misterio de la santa misa. Contemplar a Cristo, presente real y sustancialmente bajo las especies del pan y el vino, puede suscitar en el corazón de quienes están llamados al sacerdocio o a una misión particular en la Iglesia el mismo entusiasmo que, en el monte de la Transfiguración, impulsó a Pedro a exclamar: “Señor, es bueno estar aquí” (Mt 17, 4; cf. Mc 9, 5; Lc 9, 33). Se trata de un modo privilegiado de contemplar el rostro de Cristo con María y en la escuela de María, a quien, por su actitud interior, puede definirse muy bien como “mujer eucarística” (Ecclesia de Eucharistia, 53).

Quiera Dios que todas las comunidades cristianas se conviertan en “auténticas escuelas de oración”, donde se ore para que no falten obreros en el vasto campo de trabajo apostólico. También es necesario que la Iglesia acompañe con constante solicitud espiritual a aquellos que Dios ha llamado y que “siguen al Cordero a dondequiera que vaya” (Ap 14, 4). Me refiero a los sacerdotes, a las religiosas y a los religiosos, a los eremitas, a las vírgenes consagradas, a los miembros de los institutos seculares, en una palabra, a todos los que han recibido el don de la vocación y llevan “este tesoro en recipientes de barro” (2 Co 4, 7). En el Cuerpo místico de Cristo existe una gran variedad de ministerios y carismas (cf. 1 Co 12, 12), todos destinados a la santificación del pueblo cristiano. En la solicitud recíproca por la santidad, que debe animar a cada miembro de la Iglesia, es indispensable orar para que los “llamados” permanezcan fieles a su vocación y alcancen el grado más elevado posible de perfección evangélica.

La oración de los llamados

4. En la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis subrayé que “una exigencia imprescindible de la caridad pastoral hacia la propia Iglesia particular y hacia su futuro ministerial es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien que tome su puesto en el servicio sacerdotal” (n. 74).

Por tanto, sabiendo que Dios llama a los que quiere (cf. Mc 3, 13), cada ministro de Cristo tiene el deber de orar con perseverancia por las vocaciones. Nadie es capaz de comprender mejor que él la urgencia de un relevo generacional que asegure personas generosas y santas para el anuncio del Evangelio y la administración de los sacramentos.

Precisamente desde esta perspectiva es sumamente necesaria “la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión” (Vita consecrata, 63). De la santidad de los llamados depende la fuerza de su testimonio, capaz de implicar a otras personas, impulsándolas a consagrar su vida a Cristo. Esta es la manera de contrastar la disminución de las vocaciones a la vida consagrada, que amenaza la existencia de muchas obras apostólicas, sobre todo en los países de misión.

Además, la oración de los llamados, sacerdotes y personas consagradas, reviste un valor especial, porque se inserta en la oración sacerdotal de Cristo. En ellos él ruega al Padre para que santifique y mantenga en su amor a los que, aun estando en este mundo, no pertenecen a él (cf. Jn 17, 14-16).

El Espíritu Santo haga que la Iglesia entera sea un pueblo de orantes, que eleven su voz al Padre celestial para implorar vocaciones santas para el sacerdocio y la vida consagrada. Oremos para que aquellos que el Señor ha elegido y llamado sean testigos fieles y gozosos del Evangelio, al que han consagrado su existencia.

5. A ti, Señor,

nos dirigimos con confianza.

Hijo de Dios,

enviado por el Padre

a los hombres

de todos los tiempos

y de todas las partes

de la tierra,

te invocamos

por medio de María,

Madre tuya y Madre nuestra:

haz que en la Iglesia

no falten las vocaciones,

sobre todo

las de especial dedicación

a tu Reino.

Jesús, único Salvador del hombre,

te rogamos

por nuestros hermanos y hermanas

que han respondido “sí”

a tu llamada al sacerdocio,

a la vida consagrada y a la misión.

Haz que su existencia

se renueve de día en día,

y se conviertan en Evangelio vivo.

Señor misericordioso y santo,

sigue enviando

nuevos obreros

a la mies de tu Reino.

Ayuda a aquellos que llamas

a seguirte en nuestro tiempo:

haz que, contemplando tu rostro,

respondan con alegría

a la estupenda misión

que les confías

para el bien de tu pueblo

y de todos los hombres.

Tú, que eres Dios,

y vives y reinas

con el Padre y el Espíritu Santo

por los siglos de los siglos.

Amén.

Vaticano, 23 de noviembre de 2003

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«Llamados a remar mar adentro»

17 de abril de 2005

Venerados Hermanos en el Episcopado,

queridos Hermanos y Hermanas:

1. “Duc in altum!” Al comienzo de la Carta apostólica Novo millennio ineunte cité las palabras con las que Jesús anima a los primeros discípulos a echar las redes para una pesca que sería milagrosa. Dice a Pedro: “Duc in altum – Remar mar adentro” (Lc 5, 4). «Pedro y los primeros compañeros se fiaron de las palabras de Cristo, y echaron las redes» (Novo millennio ineunte, 1).

Esta conocida escena evangélica sirve de telón de fondo para la próxima Jornada de Oración para las Vocaciones, que lleva por lema: «Llamados a remar mar adentro». Privilegiada oportunidad para reflexionar sobre la llamada a seguir a Jesús y, en particular, a seguirle en el camino del sacerdocio y de la vida consagrada.

2. “Duc in altum!” La llamada de Cristo resulta especialmente actual en nuestro tiempo, en el que una difusa manera de pensar propicia la falta de esfuerzo personal ante las dificultades. La primera condición para “remar mar adentro” requiere cultivar un profundo espíritu de oración, alimentado por la escucha diaria de la Palabra de Dios. La auténtica vida cristiana se mide por la hondura en la oración, arte que se aprende humildemente “de los mismos labios del divino Maestro”, implorando casi, “como los primeros discípulos: ‘¡Señor, enséñanos a orar!’ (Lc 11, 1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: ‘Permaneced en mí, como yo en vosotros’ (Jn 15, 4)” (Novo millennio ineunte, 32).

La orante unión con Cristo nos ayuda a descubrir su presencia incluso en momentos de aparente desilusión, cuando la fatiga parece inútil, como les sucedía a los mismos apóstoles que después de haber faenado toda la noche exclamaron: “Maestro, no hemos pescado nada” (Lc 5, 5). Frecuentemente en momentos así es cuando hay que abrir el corazón a la onda de la gracia y dejar que la palabra del Redentor actúe con toda su fuerza: “Duc in altum!” (cfr. Novo millennio ineunte, 38).

3. Quien abra el corazón a Cristo no sólo comprende el misterio de la propia existencia, sino también el de la propia vocación, y recoge espléndidos frutos de gracia. Primero, creciendo en santidad por un camino espiritual que, comenzando con el don del Bautismo, prosigue hasta alcanzar la perfecta caridad (cfr ibid, 30). Viviendo el Evangelio “sine glossa”, el cristiano se hace cada vez más capaz de amar como Cristo, a tenor de la exhortación: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Se esfuerza en perseverar en la unidad con los hermanos dentro de la comunión de la Iglesia, y se pone al servicio de la nueva evangelización para proclamar y ser testigo de la impresionante realidad del amor salvífico de Dios.

4. Particularmente a vosotros, queridos adolescentes y jóvenes, os repito la invitación de Cristo a “remar mar adentro”. Os encontráis en un momento en que tenéis que tomar una decisión importante para vuestro futuro. Guardo en mi corazón el recuerdo de numerosos encuentros en años pasados con jóvenes, convertidos hoy en adultos, tal vez en padres de algunos de vosotros, en sacerdotes, religiosos, religiosas, vuestros educadores en la fe. Los vi alegres, como deben ser los jóvenes, pero también reflexivos, por el empeño en dar un ‘sentido’ pleno a su existencia. Cada vez estoy más convencido de que, en el ánimo de las nuevas generaciones es mayor la atracción hacia los valores del espíritu, mayor el ansia de santidad. Los jóvenes necesitan de Cristo, pero saben también que Cristo quiere contar con ellos.

Queridos muchachos y muchachas, confiad en Él, escuchad sus enseñanzas, mirad su rostro, perseverad en la escucha de su Palabra. Dejad que sea Él quien oriente vuestras búsquedas y aspiraciones, vuestros ideales y los anhelos de vuestro corazón.

5. Me dirijo ahora a los queridos padres y educadores cristianos, a los amados sacerdotes, consagrados y catequistas. Dios os ha confiado el quehacer peculiar de guiar a la juventud por el camino de la santidad. Sed para ellos ejemplo de generosa fidelidad a Cristo. Animadles a no dudar en “remar mar adentro”, respondiendo sin tardanza a la invitación del Señor. Él llama a unos a la vida familiar, a otros a la vida consagrada o al ministerio sacerdotal. Ayudadles para que sepan discernir cuál es su camino, y lleguen a ser verdaderos amigos de Cristo y sus auténticos discípulos.

Cuando los adultos creyentes hacen visible el rostro de Cristo con la palabra y con el ejemplo, los jóvenes están dispuestos más fácilmente a acoger su exigente mensaje marcado por el misterio de la Cruz.

¡No olvidéis, además, que hoy también se necesitan sacerdotes santos, personas totalmente consagradas al servicio de Dios! Por eso querría repetir una vez más: “Es necesario y urgente enfocar una vasta y capilar pastoral de las vocaciones que llegue a las parroquias, los centros educativos, a las familias, suscitando una reflexión más atenta a los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la entrega total de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino” (Novo millennio ineunte, 46).

A los jóvenes les vuelvo a decir las palabras de Jesús: “Duc in altum!” Al repetir de nuevo esta exhortación, pienso también en las palabras dirigidas por María, su Madre, a los servidores en Caná de Galilea: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5). Cristo, queridos jóvenes, os pide «remar mar adentro» y la Virgen os anima a no dudar en seguirle.

6. Suba desde cada rincón de la tierra, reforzada con la materna intercesión de la Virgen, la ardiente plegaria al Padre celestial para conseguir “obreros para su mies” (Mt 9, 38). Quiera Él conceder fervorosos y santos sacerdotes a cada porción de su grey. Confiadamente nos dirigimos a Cristo, Sumo Sacerdote, y Le decimos con renovada esperanza:

Jesús, Hijo de Dios,

en quien habita la plenitud de la divinidad,

que llamas a todos los bautizados a “remar mar adentro”,

recorriendo el camino de la santidad,

suscita en el corazón de los jóvenes

el anhelo de ser en el mundo de hoy

testigos del poder de tu amor.

Llénalos con tu Espíritu de fortaleza y de prudencia

para que lleguen a descubrir su auténtico ser

y su verdadera vocación.

Salvador de los hombres,

enviado por el Padre para revelar el amor misericordioso,

concede a tu Iglesia el regalo

de jóvenes dispuestos a remar mar a dentro,

siendo entre sus hermanos

manifestación de tu presencia que renueva y salva.

Virgen Santísima, Madre del Redentor,

guía segura en el camino hacia Dios y el prójimo,

que guardaste sus palabras en lo profundo de tu corazón,

protege con tu maternal intercesión

a las familias y a las comunidades cristianas,

para que ayuden a los adolescentes y a los jóvenes

a responder generosamente a la llamada del Señor.

Amén.

Castel Gandolfo, 11 de agosto del 2004

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