Diumenge XIV del Temps Ordinari (cicle B): ningú és profeta en la seva pàtria

Com és possible que no reconeguin la llum de la Veritat? Per què no s'obren a la bondat de Déu, que va voler compartir la nostra humanitat? De fet, l'home Jesús de Natzaret és la transparència de Déu, en ell Déu habita plenament. I mentre nosaltres sempre busquem altres signes, altres prodigis, no ens adonem que el veritable Signe és ell, Déu fet carn; ell és el miracle més gran de l'univers: tot l'amor de Déu contingut en un cor humà, en el rostre d'un home.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 47, 10-11

Meditamos, Señor, los dones de tu amor, en medio de tu templo. Tu alabanza llega hasta los confines de la tierra como tu fama. Tu diestra está llena de justicia.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo reconstruiste el mundo derrumbado, concede a tus fieles una santa alegría, para que, a quienes rescataste de la esclavitud del pecado, nos hagas disfrutar del gozo que no tiene fin. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Esta raza rebelde sabrá que hay un profeta en medio de ellos

Del libro del profeta Ezequiel: 2, 2-5

En aquellos días, el espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie y oí una voz que me decía:

“Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envió para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 122, 1-2a. 2bcd. 3-4

R/. Ten piedad de nosotros, ten piedad.

En ti, Señor, que habitasen lo alto, fijos los ojos tengo, como fijan sus ojos en las manos de su señor, los siervos. R/.

Así como la esclava en su señora tiene fijos los ojos, fijos en el Señor están los nuestros, hasta que Dios se apiade de nosotros. R/.

Ten piedad de nosotros, ten piedad, porque estamos, Señor, hartos de injurias; saturados estamos de desprecios, de insolencias y burlas. R/.

SEGUNDA LECTURA

Me glorío de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 12, 7-10

Hermanos: Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme. Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO cfr. Lc 4, 18

R/. Aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva. R/.

EVANGELIO

Todos honran a un profeta, menos los de su tierra

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro:

“¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?”. Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

La oblación que te ofrecemos, Señor, nos purifique, y nos haga participar, de día en día, de la vida del reino glorioso. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 33,9

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré, dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, que nos has colmado con tantas gracias, concédenos alcanzar los dones de la salvación y que nunca dejemos de alabarte. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Dureza del corazón (Ez 2,2-5)

1ª lectura

«Un espíritu que me puso en pie» (v.2). En la visión de la gloria del Señor la palabra «espíritu» tiene tres significados. Como elemento material designa el viento huracanado (1,4; cfr 13,11). De aquí se deriva el segundo significado: el espíritu esfuerza interior y sobrehumana que dirige a los seres vivientes y querubines marcándoles cuándo y hacia dónde deben moverse (cfr 1,12.20.21). Pero, en el relato de la vocación, espíritu tiene un tercer sentido: es la fuerza vital, que recuerda el «aliento de vida» que Dios insufló al hombre en el momento de la creación (cfr Gn 2,7); este significado será más claro en la visión de los huesos revitalizados (cfr 37,5.6.8.10). Como fuerza vital, siempre que en Ezequiel el espíritu está relacionado con el profeta, es para «ponerlo en pie» (2,1), para «elevarlo» con el fin de que pueda escuchar mejor la palabra de Dios (3,12. 14.24) y ver lo que ocurre en el Templo de Jerusalén (cfr 8,3; 11,1; 43,5) o en Babilonia (cfr 11,24). Es, por tanto, la fuerza interior que le transforma en profeta y le facilita escuchar o ver lo que por la simple capacidad humana (por «hijo de hombre») no podría alcanzar.

Israel es un «pueblo de rebeldes» (v.3) o, como se dice poco después (cfr 2,8), «casa rebelde». El libro define al pueblo con esta expresión negativa (cfr 2,5.6.8; 3,9), que resume la historia pecaminosa de los antiguos y la actitud hostil de los contemporáneos. La rebeldía lleva consigo volverse contra Dios, el rechazo de sus mandamientos y la negación a escuchar sus palabras. Como consecuencia aparece la dureza de corazón (2,4), que hasta llega a reflejarse en la expresión adusta del rostro. Ezequiel insiste una y otra vez en la gravedad del pecado, precisamente por ser voluntario. El pueblo «no quiere escucharte a ti porque no quiere escucharme a Mí» (3,7). Precisamente porque el pecado requiere un acto libre de la voluntad, el profeta enseña con claridad extraordinaria la responsabilidad personal. Cada uno será castigado por sus propios pecados no por los de sus predecesores (cfr 18,1-32). Frente a la rebeldía del pueblo, Dios exige al profeta una especial docilidad: «No seas rebelde» (2,8). El Señor pide la escucha y la acogida gozosa de la palabra de Dios. La acción de comer el libro muestra de forma expresiva el alcance de la docilidad. Aunque el mensaje sea crudo, «lamentos, elegías y gemidos» (2,10), resultará «dulce como la miel» (3,3) en el paladar del profeta que lo acoge con docilidad.

«Esto dice el Señor Dios» (v.4). Esta expresión pone de relieve que el profeta no habla por cuenta propia. Suele llamarse «fórmula del mensajero», y es frecuente también en otros profetas, sobre todo en Isaías y Jeremías. Sin embargo, en Ezequiel, donde aparece casi ciento treinta veces, el nombre de Dios está reforzado —Señor Dios—, indicando la majestad infinita del Señor que habla imperiosamente. La obstinación en rechazar su palabra es en verdad un acto de rebeldía por parte del pueblo, y la docilidad del profeta, un acto de sumisión casi obligada. De hecho Ezequiel no opone resistencia a la voz del Señor ni presenta ninguna dificultad personal como lo hicieron Isaías y Jeremías. Al contrario, sabiendo que transmite un mensaje divino, que no es suyo, debe hacerlo con fortaleza y perseverancia, aunque sus oyentes no lo acepten, o lo rechacen (cfr 2,6-7; 3,11). «Los profetas de Dios —dice San Agustín— son aquellos que dicen lo que escuchan de Dios, y un profeta de Dios no es otro que aquel que expresa las palabras de Dios a los hombres que, por su parte, no pueden o no merecen entender a Dios» (Quaestiones in Heptateuchum 2,17).

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos» (v.5). Con frase solemne se subraya la condición de Ezequiel como profeta. En un momento en que no hay rey —puesto que está prisionero bajo Nabucodonosor—, ni Templo —pues está profanado y a punto de ser destruido—, ni instituciones sociales o religiosas, la figura del profeta cobra mayor relieve. Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje.

Te basta mi gracia (2 Co 12,7b-10)

2ª lectura

«Me fue clavado un aguijón en la carne» (v. 7). San Juan Crisóstomo ve en esta expresión las tribulaciones y continuas persecuciones padecidas por el Apóstol. San Agustín, por su parte, piensa que se trata de una enfermedad física, crónica y molesta. Sólo a partir de San Gregorio Magno comenzó a hablarse de tentaciones de concupiscencia. En todo caso, este gesto de sencillez por parte del Apóstol y la consiguiente respuesta divina «te basta mi gracia» (v. 10) son fuente de innumerables enseñanzas para la lucha ascética, pues enseñan que la actitud cristiana ante la propia debilidad es confiar en la ayuda divina. «Porque Dios libra de las tribulaciones no cuando las hace desaparecer (...), sino cuando con la ayuda de Dios no nos abatimos al sufrir tribulación» (Orígenes, De oratione 30,1).

Nadie es profeta en su tierra (Mc 6,1-6)

Evangelio

Este episodio culmina una serie de pasajes en torno al poder de la fe: la fe de Jairo y de la hemorroísa (5,21-43) se ha puesto en contraste con la fe aún débil de sus discípulos (4,35-41) y se contrasta ahora con la de sus paisanos de Nazaret (v. 6). El evangelista señala de nuevo la dificultad para entender quién es verdaderamente Jesús: no lo han sabido los discípulos (4,41), no lo han descubierto, sin duda, los gerasenos (5,17) y, aquí, se equivocan sus paisanos (vv. 2-3).

Con todo, el pasaje deja entrever lo que fue la mayor parte de la existencia terrena de Jesús: la vida corriente de un artesano, con su familia, que comparte con sus conciudadanos las condiciones ordinarias de la vida (v. 3). En esa vida oculta de Cristo descubriremos el valor de la vida cotidiana como camino de santidad: Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 46).

Jesús es designado «el hijo de María» (v. 3). No es seguro si detrás de esta expresión hay que suponer que San José ya ha muerto, o si el evangelista la utiliza para aludir a la concepción virginal de Jesús. La expresión «hermanos» de Jesús (v. 3) se refiere a sus parientes. En los idiomas antiguos, hebreo, arameo, árabe, etc., era normal que se utilizara este término para indicar a los pertenecientes a una misma familia, clan, o incluso tribu. Siempre la Iglesia ha profesado con plena certeza que Jesucristo no ha tenido hermanos de sangre en sentido propio: es el dogma de la perpetua virginidad de María.

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

Un profeta no es rechazado sino en su patria y entre los suyos

¿Por qué razón dice el evangelista estas parábolas? Porque aún tenía que decir otras más. ¿Por qué el Señor cambia de lugar? Porque quería sembrar por todas partes su doctrina. Y, viniendo a su propia patria, les enseñaba en la sinagoga. ¿A qué pueblo llama ahora el evangelista patria de Jesús? —A mi parecer, a Nazaret, pues allí —dice— no hizo muchos milagros, y en Cafarnaúm sí que los hizo. De ahí que Él mismo dijera: Y tú, Cafarnaúm, que te has levantado hasta el cielo, tú serás abatida hasta el infierno; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti se han realizado, Sodoma estaría en pie hasta el día de hoy (Mt 11, 23).

Viniendo, pues, allí, se abstuvo de obrar milagros, a fin de no encender más la envidia y tenerlos que condenar más duramente por su incredulidad, que así hubiera aumentado. Sí, en cambio, les expone su doctrina, que no era menos maravillosa que sus milagros. Porque aquellos insensatos—unos completos insensatos—, cuando debieran admirarle y pasmarse de la virtud de sus palabras, hacen lo contrario, que es vilipendiarle por la humildad del que pasaba por padre suyo. Y, sin embargo, muchos ejemplos tenían en lo antiguo de hijos ilustres nacidos de padres oscuros. Así, David, hijo fue de Jessé, que no pasaba de humilde labrador, y Amós lo fue de un cabrero, y cabrero él mismo; y Moisés, el famoso legislador, tuvo un padre muy inferior a lo que él mismo era. Más bien, pues, debieran haber admirado al Señor de que, siendo de quienes se imaginaban, hablaba tan maravillosamente, pues era evidente que ello no podía ser obra de diligencia humana, sino de la gracia de Dios. Mas, por lo que debieran admirarle, ellos le desprecian.

Por otra parte, el Señor frecuenta su sinagoga, pues de haber vivido constantemente en el desierto, hubieran tenido pretexto para acusarle como a solitario y enemigo del trato humano. Sorprendidos, pues, y perplejos, decían sus paisanos: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esas virtudes? Virtudes llaman aquí o a sus milagros o a su misma sabiduría. ¿No es éste el hijo del carpintero? Luego mayor es la maravilla y mayor debiera ser vuestra admiración. ¿No se llama María su madre? ¿Y sus hermanos no se llaman Santiago y José y Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? ¿De dónde le viene a éste eso? Y se escandalizaban en ÉI. ¿Veis cómo es Nazaret en donde hablaba? ¿No son —dicen— hermanos suyos fulano y zutano? ¿Y qué tiene eso que ver? Ésa debiera ser para vosotros la mejor razón para creer en Él. Pero no. La envidia es cosa mala y muchas veces se contradice a sí misma. Lo que era sorprendente y maravilloso, lo mismo que debiera haber bastado a arrastrarlos al Señor, eso les escandalizaba. ¿Qué les contesta, pues, Cristo? Un profeta—les dice—no es despreciado sino en su propia patria y en su propia casa. Y no hizo—prosigue el evangelista—muchos milagros entre ellos por causa de su incredulidad. Lucas dice también: No hizo allí muchos milagros (Lc 4, 16ss). —Y, sin embargo —dirás—, era natural que los hubiera hecho. Porque si todavía tenía éxito para ser admirado (y, en efecto, también entonces se le admiraba), ¿por qué razón no los hizo? —Porque no miraba a su propia ostentación, sino al provecho de ellos. Ahora bien, como éste no se daba, prescindió también el Señor de su propia manifestación, a fin de no aumentar el castigo de sus paisanos. Y, sin embargo, mirad después de cuánto tiempo, después de cuántos milagros, volvió a ellos. Y ni aun así le soportaron, sino que se encendió más vivamente su envidia.

Mas ¿por qué, si no muchos, todavía hizo algunos milagros? —Porque no le dijeran: Médico, cúrate a ti mismo (Lc 4, 23). Porque no dijeran tampoco: Es nuestro enemigo, nos tiene declarada la guerra, y desprecia a los de su propia casa. Porque, en fin, no pudieran decir: “Si hubiera hecho entre nosotros milagros, también nosotros hubiéramos creído”. De ahí que los hizo y se detuvo entre ellos: por una parte, para cumplir lo que a Él le tocaba; por otra, para no condenarlos a ellos con más razón. Mas considerad la fuerza de sus palabras, cuando, aun dominados por la envidia, todavía le admiraban. Sin embargo, así como en sus milagros no ponen tacha en cuanto a los hechos, pero se inventan causas fantásticas, diciendo, por ejemplo: En virtud de Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa los demonios; así ahora, no pudiendo poner tacha en su doctrina, le desprecian por lo humilde de su origen. Mas considerad, os ruego, la modestia del maestro, que no los vitupera, sino que con toda mansedumbre les responde: Un profeta no es despreciado sino en su propia patria. Y no se detuvo aquí, sino que prosiguió: Y en su propia casa. Con lo que, a mi parecer, aludía a sus propios hermanos.

Por lo demás, en el evangelio de Lucas el Señor aduce ejemplos semejantes y les dice que tampoco Elías fue a los suyos, sino a una viuda extranjera; ni fue otro leproso alguno curado por Eliseo, sino el extranjero Naamán. No fueron, pues, los israelitas quienes recibieron los beneficios y quienes a ellos correspondieron, sino los extraños. Al hablarles así no hace sino revelar su mala costumbre de siempre y que no era nuevo lo que con Él hacían.

(Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 48, BAC Madrid 1956, pp. 30-33)

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FRANCISCO – Homilías en Santa Marta

El Evangelio en el bolsillo

1 de septiembre de 2014

“Jesús está presente en la Palabra de Dios y nos habla”. He aquí por qué “la Palabra de Dios es distinta incluso de la palabra humana más elevada”. Y nosotros debemos acercarnos a ella “con el corazón abierto de las bienaventuranzas y con humildad”. Por ello el Papa Francisco volvió a proponer la sugerencia de llevar siempre consigo una pequeña edición de bolsillo del Evangelio para leerlo cuando sea posible y “encontrar” así a Jesús. Lo propuso de nuevo en la misa que celebró el lunes 1 de septiembre, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Retomando las celebraciones eucarísticas de la mañana abiertas a grupos de fieles −tras el período de pausa de julio y agosto− el Pontífice hizo una reflexión sobre la Palabra de Dios centrada en las dos lecturas propuestas por la liturgia, tomadas respectivamente de la primera carta de san Pablo a los Corintios (1Co 2, 1-5) y del Evangelio de Lucas (Lc 4, 16-30).

En la primera, destacó, san Pablo “recuerda a los Corintios cómo había sido su predicación, cómo él había anunciado el Evangelio”. Y explica: “Mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu”. Pablo, añadió el Papa, sigue diciendo que no se presentó para convencer a sus interlocutores “con discursos, con palabras, incluso con hermosas figuras”. El apóstol, en cambio, eligió “otro modo, otro estilo”, es decir “la manifestación del Espíritu y su poder”.

En esencia, continuó el Pontífice, el apóstol recuerda que “la Palabra de Dios es algo distinto, algo que no es igual a una palabra humana, a una palabra sabia, a una palabra científica, a una palabra filosófica”. La Palabra de Dios, en efecto, “es otra cosa, viene de otro modo”: es “distinta” porque “así habla Dios”.

Lo confirma san Lucas en el pasaje evangélico que relata sobre Jesús en la sinagoga de Nazaret, “donde se había criado” y donde todos “lo conocían desde pequeño”. En ese contexto, explicó el Papa, Él “comenzó a hablar y la gente lo escuchaba”, comentando: “¡Qué interesante!”. Luego “daban testimonio: estaban maravillados por las palabras que decía”. Y entre ellos comentaban: “Míralo, mira a este. ¡Qué bien lo hace este muchachito que nosotros conocemos! (...) ¿Dónde habrá estudiado?”.

Pero, destacó el Pontífice, Jesús “los detiene” y les dice: “En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo”. Así, pues, a cuantos lo escuchaban en la sinagoga “al inicio” les parecía “algo hermoso y aceptaban ese estilo de conversación y de acogida”. Pero “cuando Jesús comenzó a dar la Palabra de Dios se enfurecieron y querían matarlo”. Así, “se pasaron de una parte a la otra, porque la Palabra de Dios es algo distinto respecto a la palabra humana, incluso de la palabra humana más elevada, la palabra humana más filosófica”.

Y entonces, se preguntó el Papa Francisco, “¿cómo es la Palabra de Dios?”. La Carta a los Hebreos (Hb 1, 1), afirmó, “comienza diciendo que, en los tiempos antiguos, Dios nos habló y habló a nuestros padres por los profetas. Pero en estos tiempos, en la etapa final de este mundo, nos ha hablado en el Hijo”. O sea, “la Palabra de Dios es Jesús, Jesús mismo”. Es lo que predica Pablo diciendo: “Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”.

Esta es “la Palabra de Dios, la única Palabra de Dios”, explicó el Papa. Y “Jesucristo es motivo de escándalo: la Cruz de Cristo escandaliza. Y ella es la fuerza de la Palabra de Dios: Jesucristo, el Señor”.

Por ello es tan importante, según el Pontífice, preguntarse: “¿Cómo debemos recibir la Palabra de Dios?”. La respuesta es clara: “Como se recibe a Jesucristo. La Iglesia nos dice que Jesús está presente en la Escritura, en su Palabra”. Por este motivo, añadió, “yo aconsejo muchas veces que se lleve siempre un pequeño Evangelio” −además, comprarlo “cuesta poco”, añadió sonriendo− para tenerlo “en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje del Evangelio”. Un consejo práctico, dijo, no tanto “para aprender” algo, sino “para encontrar a Jesús, porque Jesús está precisamente en su Palabra, en su Evangelio”. Así, “cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús”.

¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? “Se debe recibir −afirmó el obispo de Roma− como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo”. Tal es así que “Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret” con estas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”.

En definitiva, “Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo”. Así, recomendó el Papa Francisco, “también nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas”. Así, pues, tener “un corazón como el corazón de las bienaventuranzas”.

Si “Jesús está presente en la Palabra de Dios” y “nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día −sugirió el Pontífice− preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios?”. Una pregunta esencial, concluyó el Papa Francisco, renovando el consejo de llevar siempre consigo el Evangelio para leer un pasaje cada día.

Para conocer a Jesús

26 de septiembre de 2013

Para conocer verdaderamente a Jesús hay que hablar con Él, dialogar con Él mientras le seguimos en el camino. El Papa Francisco centró en el conocimiento de Jesús la homilía del jueves 26.

El Pontífice se remitió al pasaje del Evangelio de Lucas (Lc 9, 7-9) en el que Herodes se interroga sobre quién es ese Jesús de quien tanto se oye hablar. La persona de Jesús, recordó el Papa, suscitó a menudo preguntas del tipo: “¿Quién es éste? ¿De dónde viene? Pensemos en Nazaret, por ejemplo, en la sinagoga de Nazaret, cuando se marchó la primera vez: ¿pero dónde ha aprendido estas cosas? Nosotros le conocemos bien: es el hijo del carpintero. Pensemos en Pedro y en los apóstoles después de aquella tempestad, ese viento que Jesús hizo callar. ¿Pero quién es éste a quien obedecen el cielo y la tierra, el viento, la lluvia, la tempestad? ¿Pero quién es?”.

Preguntas, explicó el Papa, que se pueden hacer por curiosidad o para tener seguridades sobre el modo de comportarse ante Él. Persiste en cualquier caso el hecho de que cualquiera que conozca a Jesús se hace estas preguntas. Es más, “algunos –prosiguió el Santo Padre, volviendo al episodio evangélico– empezaron a sentir temor de este hombre, porque les puede llevar a un conflicto político con los romanos”; y así que piensan en no tener más en consideración “a este hombre que crea tantos problemas”.

¿Y por qué –se interrogó el Pontífice– Jesús crea problemas? “No se puede conocer a Jesús –fue su respuesta– sin tener problemas”. Paradójicamente –siguió– “si quieres tener un problema, vas por el camino que te lleva a conocer a Jesús” y entonces surgirán muchos problemas. En cualquier caso a Jesús no se le puede conocer “en primera clase” o “en la tranquilidad”, menos aún “en la biblioteca”. A Jesús se le conoce sólo en el camino cotidiano de la vida.

Y se le puede conocer “también en el catecismo –afirmó–. ¡Es verdad! El catecismo nos enseña muchas cosas sobre Jesús y debemos estudiarlo, debemos aprenderlo. Así aprendemos que el Hijo de Dios vino para salvarnos y comprendemos por la belleza de la historia de la salvación el amor del Padre”. En cualquier caso, incluso el conocimiento de Jesús a través del catecismo “no es suficiente”: conocerle con la mente ya es un paso adelante, pero “a Jesús es necesario conocerle en el diálogo con Él. Hablando con Él, en la oración, de rodillas. Si tú no rezas, si tú no hablas con Jesús –expresó–, no le conoces”.

Hay finalmente un tercer camino para conocer a Jesús: “Es el seguimiento, andar con Él, caminar con Él, recorrer sus vías”. Y mientras se camina con Él, se conoce “a Jesús con el lenguaje de la acción. Si tú conoces a Jesús con estos tres lenguajes: de la mente, del corazón, de la acción, entonces puedes decir que conoces a Jesús”. Llevar a cabo este tipo de conocimiento comporta la implicación personal. “No se puede conocer a Jesús –recalcó el Pontífice– sin involucrarse con Él, sin apostar la vida por Él”. Así que, para conocerle, verdaderamente es necesario leer “lo que la Iglesia te dice de Él, hablar con Él en la oración y andar por su camino con Él”. Este es el camino y “cada uno –concluyó– debe hacer su elección”.

Marginados, por lo tanto salvados

24 de marzo de 2014

Es en el camino de la marginación donde Dios nos encuentra y nos salva. Lo recordó el Papa Francisco en la misa del lunes 24 de marzo, centrando su homilía en un fuerte llamamiento a la humildad.

Para explicar lo que significa estar “en los márgenes” para ser salvados, el Pontífice se refirió a la liturgia del día, que presenta dos pasajes especialmente elocuentes, tomados del segundo Libro de los Reyes (2R 5, 1-15a) y del Evangelio de Lucas (Lc 4, 24-30). En el pasaje evangélico, destacó el Santo Padre, Jesús afirma que no podía hacer milagros en su Nazaret “por falta de fe”: justamente allí, donde había crecido, “no tenían fe”. Precisamente, añadió, Jesús dice: “Ningún profeta es aceptado en su pueblo”. Y recordó luego la historia de Naamán el sirio con el profeta Eliseo, narrada en la primera lectura, y la de la viuda de Sidón con el profeta Elías.

“Los leprosos y las viudas en ese tiempo eran marginados”, destacó el Papa. En especial “las viudas vivían de la caridad pública, no entraban en la normalidad de la sociedad”, mientras que los leprosos tenían que vivir fuera, lejos del pueblo.

Así, en la sinagoga de Nazaret, relata el Evangelio, “Jesús dice que allí no se harán milagros: aquí vosotros no aceptáis al profeta porque no lo necesitáis, estáis demasiado seguros”. Las personas que Jesús tenía delante, en efecto, “estaban muy seguras en su “fe” entre comillas, muy seguras en su observancia de los mandamientos, que no necesitaban otra salvación”. Una actitud que revela, explicó el Pontífice, “el drama del cumplimiento de los mandamientos sin fe: yo me salvo por mí mismo porque voy a la sinagoga todos los sábados, trato de cumplir los mandamientos”; y “que no venga éste a decirme que son mejores que yo ese leproso y esa viuda, esos marginados”.

Pero la palabra de Jesús va en sentido contrario. Él dice: “Mira, si tú no te sientes en zona marginal, no tendrás salvación. Esta es la humildad, la senda de la humildad: sentirse tan marginado” de tener “necesidad de la salvación del Señor. Sólo Él salva; no nuestra observancia de los preceptos”.

Esta enseñanza de Jesús, sin embargo, que se lee en el pasaje de Lucas, no le gustó a la gente de Nazaret, tanto que “se enfadaron y querían matarlo”. Es “la misma rabia” que siente también Naamán el sirio. Para ser curado de la lepra, explicó el obispo de Roma, Naamám “va al rey con muchos dones, con muchas riquezas: se siente seguro, es el jefe del ejército”. Pero el profeta Eliseo lo invita a marginarse y a bañarse “siete veces” en el río Jordán. Una invitación que, reconoció el Papa, le tuvo que haber parecido “un poco ridícula”. Tanto que Naamán “se sintió humillado, se molestó y se marchó”, precisamente como “los de la sinagoga de Nazaret”. La Escritura, destacó el Pontífice, usa el mismo verbo para las dos situaciones: indignarse.

Por lo tanto, a Naamán se le pide “un gesto de humildad, de obedecer como un niño: ¡hacer el ridículo!”. Pero él reacciona, precisamente, con indignación: “Nosotros tenemos muchos ríos hermosos en Damasco, como el Abaná y el Farfar, ¿y yo voy a bañarme siete veces en este riachuelo? ¡Hay algo que no funciona!”. Pero sus colaboradores, con buen sentido, “le ayudaron a marginarse, a realizar un acto de humildad”. Y Naamán salió del río curado de la lepra.

Precisamente este, subrayó el Papa, es “el mensaje de hoy, en esta tercera semana de Cuaresma: si queremos ser salvados, debemos elegir el camino de la humildad, de la humillación”. Testimonio de ello es María, que “en su cántico no dice estar contenta porque Dios miró su virginidad, su bondad, su dulzura, las muchas virtudes que ella tenía”, sino que exulta “porque el Señor miró la humildad de su esclava, su pequeñez”. Es precisamente “la humildad lo que mira el Señor”.

Así también nosotros, afirmó el Pontífice, “debemos aprender esta sabiduría de marginarnos para que el Señor nos encuentre”. En efecto, Dios “no nos encontrará en el centro de nuestras seguridades. No, allí no va el Señor. Nos encontrará en la marginación, en nuestros pecados, en nuestros errores, en nuestras necesidades de ser curados espiritualmente, de ser salvados. Es allí donde nos encontrará el Señor”.

Y este, precisó una vez más, “es el camino de la humildad. La humildad cristiana no es una virtud” que nos hace decir “yo no sirvo para nada” y así nos hace “esconder la soberbia”; en cambio, “la humildad cristiana es decir la verdad: soy pecador, soy pecadora”. Se trata, en esencia, sencillamente de “decir la verdad; y esta es nuestra verdad”. Pero, concluyó el Papa, está también “la otra verdad: Dios nos salva. Pero nos salva allí, cuando estamos marginados. No nos salva en nuestra seguridad”. Por ello la oración a Dios para que nos dé “la gracia de tener esta sabiduría de marginarnos; la gracia de la humildad para recibir la salvación del Señor”.

Donde está prohibido rezar

4 de abril de 2014

Hoy los cristianos mártires y perseguidos son más que en los primeros tiempos de la Iglesia. Tanto que en algunos países está prohibido incluso rezar juntos. Sobre esta dramática realidad el Papa Francisco basó su meditación el viernes 4 de abril.

El pasaje del libro de la Sabiduría (Sb 2, 1.-12-22), proclamado en la liturgia, revela “cómo es el corazón de los impíos, de las personas que se han alejado de Dios y se han adueñado en este caso de la religión”. Y cómo es su “actitud respecto a los profetas”, incluso hasta la persecución. Son personas, dijo el Pontífice, que saben bien lo que tienen que hacer con un justo. Tanto que la Escritura refiere así su pensamiento: “Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar”. No pueden aceptar que haya un hombre justo que, afirma el Antiguo Testamento, “se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos echa en cara las transgresiones contra la educación recibida”. Palabras que trazan el perfil de los profetas, perseguidos “en toda la historia de la salvación”. Jesús mismo, recordó el Pontífice, “lo dijo a los fariseos”, y es explícito, “vuestros padres −dice− han matado a los profetas, pero vosotros para quitaros la culpa, para limpiaros, habéis edificado un hermoso sepulcro a los profetas”.

También Jesús fue perseguido. Querían matarlo, como revela el Evangelio de la liturgia (Jn 7, 1-2.10.25-30). Él ciertamente “sabía cuál sería su fin”. Las persecuciones comienzan enseguida, cuando “al inicio de su predicación regresa a su país, va a la sinagoga y predica”. Entonces, “inmediatamente después de una gran admiración, comienzan” las murmuraciones, como refiere el Evangelio.

En una palabra, es la misma actitud de siempre: “desacreditan al Señor, desacreditan al profeta para quitarle autoridad”. Y “el profeta lucha contra las personas que enjaulan al Espíritu Santo”. Precisamente por esto “siempre es perseguido”.

En la Iglesia, en efecto, están los “perseguidos desde fuera y los perseguidos desde dentro”. Los santos mismos “han sido perseguidos”. En efecto, notó el obispo de Roma, “cuando leemos la vida de los santos” nos encontramos ante muchas “incomprensiones y persecuciones”. Porque, siendo profetas, decían cosas que resultaban “demasiado duras”. De esta manera “también muchos pensadores en la Iglesia fueron perseguidos”. Y al respecto el Papa afirmó: “Pienso en uno ahora, en este momento, no muy lejano de nosotros: un hombre de buena voluntad, un profeta de verdad, que con sus libros reprochaba a la Iglesia de alejarse del camino del Señor. Enseguida fue llamado, sus libros fueron colocados en el índice, le quitaron la cátedra y este hombre terminó así su vida, no hace mucho tiempo. Ha pasado el tiempo y hoy es beato”. ¿Pero cómo −se podría objetar− “ayer fue un herético y hoy es beato?”. Sí, “ayer los que tenían el poder querían silenciarlo porque no agradaba lo que decía. Hoy la Iglesia, que gracias a Dios sabe arrepentirse, dice: no, este hombre es bueno. Aún más, está en el camino de la santidad”.

De este modo, la historia nos testimonia que “todas las personas que el Espíritu Santo elige para decir la verdad al pueblo de Dios sufren persecuciones”. Y aquí el Pontífice recordó “la última bienaventuranza de Jesús: bienaventurados vosotros cuando os persigan por mi nombre”. He aquí que “Jesús es precisamente el modelo, el icono: ha sufrido mucho el Señor, ha sido perseguido”; y al actuar así “ha asumido todas las persecuciones de su pueblo”.

Pero “aún hoy los cristianos son perseguidos”, advirtió el Papa. Y son perseguidos “porque a esta sociedad mundana, a esta sociedad tranquila que no quiere problemas, dicen la verdad y anuncian a Jesucristo”. De verdad “hoy hay mucha persecución”.

Incluso hoy en algunas partes “existe la pena de muerte, existe la prisión por tener el Evangelio en casa, por enseñar el catecismo”, destacó el Papa, confiando luego: “Me decía un católico de estos países que ellos no pueden rezar juntos: ¡está prohibido! Sólo se puede rezar a solas y en secreto”. Si quieren celebrar la Eucaristía organizan “una fiesta de cumpleaños, aparentan celebrar el cumpleaños y allí tienen la Eucaristía antes de la fiesta”. Y si, como “ha sucedido, ven llegar a la policía, enseguida ocultan todo, continúan la fiesta” entre “alegría y felicidad”; luego, cuando los agentes “se van, terminan la Eucaristía”.

En efecto, reafirmó el Pontífice, “esta historia de persecución, de incomprensión”, continúa “desde el tiempo de los profetas hasta hoy”. Este, por lo demás, es también “el camino del Señor, el camino de quienes siguen al Señor”. Un camino que “termina siempre como para el Señor, con una resurrección, pero pasando por la cruz”. Así, pues, el Papa recomendó “no tener miedo a las persecuciones, a las incomprensiones”, incluso si por causa de ellas “siempre se pierden muchas cosas”.

Para los cristianos “siempre habrá persecuciones, incomprensiones”. Pero hay que afrontarlas con la certeza de que “Jesús es el Señor y éste es el desafío y la cruz de nuestra fe”. Así, recomendó el Santo Padre, “cuando esto suceda en nuestras comunidades o en nuestro corazón, miremos al Señor y pensemos” en el pasaje del libro de la Sabiduría que habla de las acechanzas que los impíos ponen a los justos. Y concluyó pidiendo al Señor “la gracia de seguir por su camino y, si sucede, también con la cruz de la persecución”

Las ancianitas y el teólogo

2 de septiembre de 2014

Es el Espíritu quien da “la identidad” al cristiano. Por ello −dijo el Papa− “tú puedes tener cinco licenciaturas en teología, pero no tener el Espíritu de Dios”. Y “quizá tú serás un gran teólogo, pero no eres un cristiano”, precisamente “porque no tienes el Espíritu de Dios”.

Así, hizo hincapié, “muchas veces nos encontramos, entre nuestros fieles, ancianitas sencillas que quizá no terminaron la escuela primaria, pero que te hablan de las cosas mejor que un teólogo, porque tienen el Espíritu de Cristo”. Y propuso el ejemplo de san Pablo, que para sus eficaces predicaciones no poseía particulares referencias académicas −no había tenido cursos de “sabiduría humana en la Lateranense o en la Gregoriana”, dijo− sino que hablaba según el Espíritu de Dios.

“Dos veces”, destacó el Papa, en el pasaje evangélico de Lucas propuesto por la liturgia (Lc 4, 31-37) se encuentra la palabra “autoridad”. La gente “se quedaba asombrada de la enseñanza de Jesús porque su palabra estaba llena de autoridad”, afirmó el Pontífice. Y después, al final del pasaje, el evangelista de nuevo escribe que “quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: ¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad”. En definitiva, continuó, “la gente se asombraba porque Jesús cuando hablaba, cuando predicaba, tenía una autoridad que no tenían los otros predicadores, que no tenían los doctores de la ley, los que enseñaban al pueblo”.

La pregunta que hay que hacerse es: “¿qué es esta autoridad de Jesús, esa doctrina nueva que asombra a la gente, esto que es diferente al modo de hablar, de enseñar de los doctores de la ley?”. Y la respuesta es decisiva. “Esta autoridad −explicó el Pontífice− es precisamente la identidad singular y especial de Jesús”. En efecto, “Jesús no era un predicador común; Jesús no era uno que enseñaba la ley como todos los demás: lo hacía de modo diverso, de un modo nuevo, porque Él tenía la fuerza del Espíritu Santo”.

El Papa recordó que “ayer, en la liturgia, leímos el pasaje en el que Jesús se presenta, visita la sinagoga y refiriéndose a sí mismo, dice aquellas palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a hacer esto”“. Confirmando que “la autoridad que tiene Jesús −explicó− viene precisamente de esta unción especial del Espíritu Santo: Jesús es el ungido, el primer ungido, el verdadero ungido”. Y “esta unción da autoridad a Jesús”.

“La identidad propia de Jesús es el ser ungido”, recalcó el Pontífice. Él es “el Hijo de Dios ungido y enviado, mandado para traer la salvación, la libertad”. Así, pues, “esta es la identidad de Jesús y por eso la gente decía: “Este hombre tiene una autoridad especial, que no tienen los doctores de la ley”“. Pero, añadió el Papa, “algunos se escandalizaban de esa modalidad de Jesús, de ese estilo de Jesús”.

He aquí que la “libertad, la identidad de Jesús, es precisamente la unción del Espíritu Santo”. Y nosotros, exhortó el Papa Francisco, podemos preguntarnos cuál es nuestra identidad de cristianos”. En la primera carta a los Corintios (2, 10-16) san Pablo lo explica así: “Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano”. Y al respecto, el Pontífice destacó que “la predicación de Pablo” no surge de la “sabiduría humana”, porque sus palabras le fueron “enseñadas por el Espíritu”.

Pero, puso en guardia el Papa Francisco haciendo propias las expresiones de san Pablo, “el hombre abandonado a sus fuerzas no comprende las cosas del Espíritu de Dios; el hombre por sí solo no puede entender esto”. Así, “si nosotros cristianos no entendemos bien las cosas del Espíritu, no damos y no ofrecemos un testimonio, no tenemos identidad”. Y a fin de cuentas, “estas cosas del Espíritu” parecen sólo “locura”, tanto que los que no tienen una identidad “no son capaces de entenderlas”.

El Pontífice, refiriéndose nuevamente a la carta de san Pablo, recordó que “el hombre movido por el Espíritu, en cambio, juzga cada cosa: es libre, sin poder ser juzgado por ninguno”. En efecto, añadió citando las palabras del apóstol, “¿quién ha conocido la mente del Señor? Ahora nosotros tenemos la mente de Cristo, es decir, el Espíritu de Cristo”. Y, de hecho, “esta es la identidad cristiana: no tener el espíritu del mundo, ese modo de pensar, ese modo de juzgar”.

En definitiva, “lo que da autoridad, lo que da identidad es el Espíritu Santo, la unción del Espíritu Santo”. Por eso, según el Papa, “el pueblo no amaba a los predicadores, a los doctores de la ley, porque hablaban, en verdad, de teología, pero no llegaban al corazón, no daban libertad, no eran capaces de hacer que el pueblo encontrase la propia identidad, porque no estaban ungidos por el Espíritu Santo”. En cambio, precisó, “la autoridad de Jesús −y la autoridad del cristiano− viene precisamente de esta capacidad de entender las cosas del Espíritu, de hablar la lengua del Espíritu; viene de esta unción del Espíritu Santo”.

El Papa Francisco concluyó pidiendo al Señor que nos dé “la identidad cristiana, la que Tú tenías: danos tu Espíritu; danos tu modo de pensar, de sentir, de hablar: es decir, Señor, danos la unción del Espíritu Santo”.

Nada de espectáculo

9 de marzo de 2015

El estilo de Dios es la “sencillez”: inútil buscarlo en el “espectáculo mundano”. También en nuestra vida Él obra siempre “en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas”. Esta es la reflexión cuaresmal que el Papa Francisco quiso proponer en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el lunes 9 de marzo.

Como de costumbre, el Pontífice partió de la liturgia de la palabra en la que, observó, “existe una palabra común” en las dos lecturas: “la ira; la indignación”. En el Evangelio de san Lucas (Lc 4, 24-30) se narra el episodio donde “Jesús vuelve a Nazaret, va a la sinagoga y comienza a hablar”. En un primer momento “toda la gente lo escuchaba con amor, feliz” y estaba asombrada de las palabras de Jesús: “estaban contentos”. Pero Jesús prosigue con su discurso “y reprende la falta de fe de su pueblo; recuerda cómo esta falta es también histórica” haciendo referencia al tiempo de Elías (cuando −recordó el Papa− “había tantas viudas”, pero Dios envió al profeta “a una viuda de un país pagano”) y a la purificación de Naamán el sirio, narrada en la primera lectura tomada del segundo libro de los Reyes (2R 5, 1-15).

Inicia así la dinámica entre las expectativas de la gente y la respuesta de Dios que estuvo en el centro de la homilía del Pontífice. En efecto, explicó el Papa Francisco, mientras la gente “escuchaba con gusto lo que decía Jesús”, a alguien “no le gustó lo que decía” y “quizá algún hablador se alzó y dijo: ¿pero este de qué viene a hablarnos? ¿Dónde estudió para que nos diga estas cosas? Que nos haga ver su licenciatura. ¿En qué universidad estudió? Este es el hijo del carpintero y lo conocemos bien”.

Explotan así “la furia” y “la violencia”: se lee en el Evangelio que “lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte” para despeñarlo. Pero, se preguntó el Pontífice, “la admiración, el estupor” ¿cómo pasaron “a la ira, a la furia, a la violencia?”. Es lo que sucede también al general sirio de quien se escribe en el segundo libro de los Reyes: “Este hombre tenía fe, sabía que el Señor lo curaría. Pero cuando el profeta le dice “ve, báñate”, se indigna”. Tenía otras expectativas, explicó el Papa, y en efecto pensaba en Eliseo: “Al estar de pie, invocará el nombre del Señor su Dios, agitará su mano hacia la parte enferma y me quitará la lepra... Pero nosotros tenemos ríos más hermosos que el Jordán”. Y así se marcha. Sin embargo, “los amigos le hacen entrar en razón” y, tras regresar, se cumple el milagro.

Dos experiencias distantes en el tiempo, pero muy similares: “¿Qué quería esta gente, estos de la sinagoga, y este sirio?” preguntó el Papa Francisco. Por una parte “a los de la sinagoga Jesús les reprende la falta de fe”, tanto que el Evangelio subraya cómo “Jesús allí, en ese lugar, no hizo milagros, por la falta de fe”. Por otro, Naamán “tenía fe, pero una fe especial”. En cualquier caso, destacó el Papa Francisco, todos buscaban lo mismo: “Querían el espectáculo”. Pero “el estilo del buen Dios no es hacer espectáculo: Dios actúa en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas”. No por casualidad, al sirio, “la noticia de la posible curación le llega de una esclava, una joven, que era la criada de su mujer, de una humilde jovencita”. Al respecto comentó el Papa: “Así va el Señor: por la humildad. Y si vemos toda la historia de la salvación, encontraremos que siempre el Señor obra así, siempre, con las cosas sencillas”.

Para hacer comprender mejor este concepto, el Pontífice hizo referencia a otros diversos episodios de las Escrituras. Por ejemplo, observó, “en la narración de la creación no se dice que el Señor cogiera la varita mágica”, no dijo: “Hagamos al hombre” y el hombre fue creado. Dios, en cambio, “lo hizo con el barro y su trabajo, sencillamente”. Y, así, “cuando quiso liberar a su pueblo, lo liberó a través de la fe y la confianza de un hombre, Moisés”. Del mismo modo, “cuando quiso hacer caer la poderosa ciudad de Jericó, lo hizo a través de una prostituta”. Y “también para la conversión de los samaritanos, pidió el trabajo de otra pecadora”.

En realidad, el Señor desplaza siempre al hombre. Cuando “invitó a David a luchar contra Goliat, parecía una locura: el pequeño David ante aquel gigante, que tenía una espada, tenía muchas cosas, y David solamente la honda y las piedras”. Lo mismo sucede “cuando dijo a los Magos que había nacido precisamente el rey, el gran rey”. ¿Qué encontraron? “Un niño, un establo”. Por lo tanto, destacó el obispo de Roma, “las cosas simples, la humildad de Dios, este es el estilo divino, nunca el espectáculo”.

Por lo demás, explicó, la del “espectáculo” fue precisamente “una de las tres tentaciones de Jesús en el desierto”. Satanás le dijo, en efecto: “Ven conmigo, subamos al alero del templo; tú te tiras y todos verán el milagro y creerán en ti”. El Señor, en cambio, se revela “en la sencillez, en la humildad”.

Entonces, concluyó el Papa Francisco, “nos hará bien en esta Cuaresma pensar en nuestra vida sobre cómo el Señor nos ayudó, cómo el Señor nos hizo seguir adelante, y encontraremos que siempre lo hizo con cosas sencillas”. Incluso podrá parecernos que todo sucedió “como si fuera una casualidad”. Porque “el Señor hace las cosas sencillamente. Te habla silenciosamente al corazón”. Resultará útil, por lo tanto, en este período recordar “las numerosas veces” que en nuestra vida “el Señor nos visitó con su gracia” y hemos entendido que la humildad y la sencillez son su “estilo”. Esto, explicó el Papa, vale no solamente en la vida diaria, sino también “en la celebración litúrgica, en los sacramentos”, en los cuales “es bello que se manifieste la humildad de Dios y no el espectáculo mundano”.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2012

Jesús es el milagro más grande: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano

Queridos hermanos y hermanas:

Voy a reflexionar brevemente sobre el pasaje evangélico de este domingo, un texto del que se tomó la famosa frase «Nadie es profeta en su patria», es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos «quedaban asombrados» por su sabiduría y, dado que lo conocían como el «hijo de María», el «carpintero» que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él (cf. Mc 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. Orígenes escribe: «Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino» (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).

Por tanto, parece que Jesús —como se dice— se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario. El evangelista escribe que Jesús «se admiraba de su falta de fe» (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo, la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es él, Dios hecho carne; él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Habiendo salido de allí, se fue a su tierra

Cuando ya había llegado a ser popular y famoso por sus milagros y su enseñanza, Jesús volvió un día a su lugar de origen, Nazaret, y, como de costumbre, se puso a enseñar en la sinagoga. Pero, esta vez, ¡nada de entusiasmos, nada de «hosanna»! Más que escuchar lo que decía y juzgarlo en base a ello, la gente se puso a hacer consideraciones extrañas: «¿De dónde saca este todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» «y esto les resultaba escandaloso», esto es, encontraban un obstáculo para creerle en el hecho de que le conocían bien. Jesús comentó amargamente:

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Esta frase ha llegado a ser proverbial en su forma abreviada: nadie es profeta en su tierra. Pero, no nos detenemos en esto. El Evangelio de hoy tiene otras muchas cosas que decimos en el plano de la fe. Lo podemos resumir así: ¡estad atentos en no cometer el mismo error que los nazarenos! En un cierto sentido, Jesús vuelve a su tierra, cada vez que su Evangelio viene anunciado en los países, que fueron en un tiempo la cuna del cristianismo.

Marcos dice concisamente que, llegado a Nazaret un día de sábado, Jesús «empezó a enseñar en la sinagoga». Pero, el Evangelio de Lucas detalla, además, qué dijo en la sinagoga aquel sábado:

«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (4, 18-19).

Todas las cosas que enumera Jesús constituyen los contenidos del jubileo. Según la ley mosaica, cada cincuenta años debía haber un año especial, anunciado por el sonido de un cuerno, llamado jobel, y, por ello, llamado jubileum, jubileo. En dicho año, la tierra debía volver en posesión de su antiguo propietario; los esclavos debían ser dejados en libertad; las deudas, condonadas. Un año, en suma, de gracia, de reconciliación y de perdón general.

Lo que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia; el primer gran «año de gracia», del que todos los jubileos y los «años santos» no son más que una conmemoración. ¡Cuántas personas experimentaron los frutos de este «año de gracia» en el ministerio de Jesús! ¡Cuánta vida, cuánta alegría nueva para las aldeas de Galilea! Y los nazarenos, los primeros a quienes Jesús les había ofrecido todo esto, excluidos por sí mismos del gran banquete mesiánico. ¡Ellos rechazaron la gracia del jubileo!

Sería trágico si nosotros cometiésemos el mismo error. Italia, y en general Europa, son para el cristianismo, lo que era Nazaret para Jesús: «el lugar donde había sido criado»: Lucas 4,16. (El cristianismo ha nacido en Asia, pero ha crecido en Europa; un poco como Jesús había nacido en Belén, ¡pero fue criado en Nazaret!). Estos pueblos corren el mismo riesgo que los nazarenos: no reconocer a Jesús.

Al lanzar el programa del primer año de preparación inmediata al jubileo del año 2000 («Jesucristo único salvador, ayer, hoy y siempre»), fueron registrados sobre él los comentarios de distintas personas. Uno de ellos, que vive sin demora fija y duerme sobre los bancos de las grandes ciudades, en suma «un barbudo», dio una respuesta sencillísima, que, sin embargo, dicha por él, adquiere un significado particular: «¿Jesucristo? ¡Creo que es el único que pueda salvar a alguno!»

Es justo, asimismo, que afrontemos una vez más la cuestión: ¿por qué nosotros, los cristianos, afirmamos que Jesús es el único salvador? ¿Sobre qué basamos una afirmación tan atrevida? La respuesta es ésta: Jesucristo, según nuestra fe, es Dios y hombre a la vez. Como hombre nos representa; lo que hace nos pertenece, nos afecta, es un bien de familia, al que todo miembro de la casa puede acceder; como Dios, lo que hace tiene un valor infinito y, por ello, puede salvar no sólo a los hombres de una generación o de una cultura, sino también a todos los hombres de todos los tiempos. «¿Hay algo imposible o demasiado grande para Dios?» (cfr. Lucas 18,27).

Si me seguís un instante, hagamos una lección de alta teología, comprensible, también, sin embargo, para las personas más sencillas. Después del pecado de Adán, la situación era ésta: el hombre debía luchar y vencer a Satanás, ante el que se había subordinado; pero, no podía hacerlo (¿cómo liberarse de alguien, mientras se es todavía esclavo de él y en su poder?). Por el contrario, Dios podía vencer; pero, no debía luchar; porque no era él quien había pecado. Se estaba, pues, en un callejón sin salida y el pecado dominaba y trajinaba a la humanidad en ruinas. Uno debía luchar, pero no podía vencer; el otro podía vencer, pero no debía luchar. Con Cristo se sale de esta situación de espera. En él, verdadero Dios y verdadero hombre, aquel que debía luchar y vencer al enemigo, se encuentra con que sólo él podía hacerlo. Y así es cómo la salvación ha venido al mundo. Se entiende la alegría y el entusiasmo del Apóstol que, volviendo a recordar estas cosas, exclama: «Ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8,1). ¡Estamos redimidos, salvados, perdonados, hemos sido hechos nuevas criaturas! ¡Dios proclama su gran jubileo, la condonación de todas las deudas, el retorno del esclavo a la casa del Padre, no siendo ya más esclavo sino hijo!

Sin embargo, hay que comprender una cosa fundamental. Todo esto, Cristo lo ha hecho «por mí», singularmente por mí, por los hombres concretos, no genéricamente por la humanidad. Jesús no es sólo el único salvador del mundo; es mi salvador personal. Ha muerto por mí. Es todo entero para mí. Cuando se llega a estar verdaderamente convencidos de esto, la vida cambia, se enciende una gran luz, nace una confianza inaudita, un brío nuevo e inamovible. La religión cambia de aspecto; ya no es más lo «de los sacerdotes», sino un hecho íntimo y personal. Jesús quiere realizar, en cada persona, que lo acoge, aquellas cosas que predicó en la sinagoga de Nazaret: proclamarles su buena noticia; sanar sus corazones, si están abatidos; volverles a dar la vista; liberarles de toda prisión...

Existen dos modos de vivir las grandes ocasiones de gracia. Hay un modo exterior y hay un modo interior o del corazón. El exterior consiste en grandes celebraciones, grandes iniciativas religiosas y festividades civiles. El interior consiste en hacer la experiencia de todas las cosas enumeradas por Jesús y que se resumen en una palabra: «un año de gracia». La celebración externa debe servir para la interior, para la del corazón; si no, es tiempo y dinero malgastado. A Dios no le interesa renovar las calles (para esto basta el Ministerio de Fomento) sino los corazones.

Debemos, por lo tanto, dar un seguimiento al jubileo del año 2000 de modo que permanezca como un acontecimiento de gracia para nosotros, una ocasión irrepetible para descubrir a Jesús como nuestro Señor y Salvador personal. Como «mío», como algo que me pertenece, que yo poseo y del que estoy poseído. Dios no obstante repite otra vez a los hombres lo que dijo cuando envió a Cristo por primera vez a la tierra:

«En el tiempo favorable te escuché, y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación» (2 Corintios 6, 2).

Nos falta también una breve consideración a hacer. Para que todo esto se realice para nosotros, es necesario que asimismo nosotros demos un paso hacia Dios. El episodio evangélico nos enseña una cosa importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se lanzó con amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como lo que se cuenta de Publio Escipión, el Africano, que dijo abandonando Roma: «¡Ingrata patria, tú no tendrás mis huesos!» Simplemente, se marchó a otra parte. Una vez que no había sido acogido en otro sitio y los discípulos indignados le proponían que hiciera descender fuego del cielo sobre aquella ciudad, Jesús se volvió y les reprendió (cfr. Lucas 9,54).

Así, hace también hoy. «Dios es tímido». Tiene mucho respeto a nuestra libertad y a cuanto tenemos nosotros mismos los unos para con los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que yo me dé cuenta; pasar sin que yo esté dispuesto a ampararlo o acogerlo. Como sucedió aquel día a los nazarenos.


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