Diumenge X del Temps Ordinari (cicle B): no hem vingut a quedar bé sinó fer el bé

L'absorbent dedicació del Redemptor a l'apostolat apareix als ulls d'alguns dels seus parents com una exageració, una bogeria. Així es presenta també en altres llocs (cfr 6,3 i parell), de manera semblant a com va ser vista moltes vegades l'actuació dels profetes (cfr p. ex. Jr 12,6). En llegir aquestes paraules de l'Evangeli, no podem per menys de sentir-nos afectats pensant en allò al que es va sotmetre Jesús per amor nostre. Molts sants, a exemple de Crist, passaran també per bojos, però seran bojos d'Amor a Jesucrist.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 26, 1-2

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Cuando me asaltan mis enemigos, tropiezan y caen.

ORACIÓN COLECTA

Señor, Dios, de quien todo bien procede, escucha nuestras súplicas y concédenos que comprendiendo, por inspiración tuya, lo que es recto, eso mismo, bajo tu guía lo hagamos realidad. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

El Señor puso enemistad entre la serpiente y la mujer.

Del libro del Génesis: 3, 9-15

Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: “¿Dónde estás?”. Éste le respondió: “Oí tus pasos en el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”. Entonces le dijo Dios: “y quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?”.

Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?”. Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí”.

Entonces dijo el Señor Dios a la serpiente: “Porque has hecho esto, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias salvajes. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 129

R/. Perdónanos, Señor, y viviremos

Desde el abismo de mis pecados clamo a ti; Señor, escucha mi clamor; que estén atentos tus oídos a mi voz suplicante. R/.

Si conservaras el recuerdo de las culpas, ¿quién habría, Señor, que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos. R/.

Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra; mi alma aguarda al Señor, mucho más que a la aurora el centinela. R/.

Como aguarda a la aurora el centinela, aguarda Israel al Señor, porque del Señor viene la misericordia y la abundancia de la redención, y él redimirá a su pueblo de todas sus iniquidades. R/.

SEGUNDA LECTURA

Creemos por eso hablamos.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 4, 13-5, 1

Hermanos: Como poseemos el mismo espíritu de fe que se expresa en aquel texto de la Escritura: Creo, por eso hablo, también nosotros creemos y por eso hablamos, sabiendo que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado con ustedes. Y todo esto es para bien de ustedes, de manera que, al extenderse la gracia a más y más personas, se multiplique la acción de gracias para gloria de Dios.

Por esta razón no nos acobardamos; pues aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso.

Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas. 

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 12, 31-32 

R/. Aleluya, aleluya.

Ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor. R/.

EVANGELIO

Satanás ha llegado a su fin.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco.

Los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

Llegaron entonces su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Mira, Señor, con bondad nuestro servicio para que esta ofrenda se convierta para ti en don aceptable y para nosotros, en aumento de nuestra caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN 1 Jn 4,16

Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, que la virtud medicinal de este sacramento nos cure por tu bondad de nuestras maldades y nos haga avanzar por el camino recto. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer (Gn 3,9-15.20)

1ª lectura

El texto que escuchamos en la primera lectura de la Santa Misa se enmarca en el relato del primer pecado. «El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 390).

La Biblia nos enseña aquí el origen del mal, de todos los males que padece la humanidad, y especialmente de la muerte. El mal no viene de Dios, que creó al hombre para que viviese feliz y en amistad con Él, sino del pecado, es decir, del hecho de que el hombre quebrantó el mandamiento divino, destruyendo así la felicidad para la que fue creado y la armonía con Dios, consigo mismo, y con la creación. «El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador (cfr Gn 3,1-11), y, abusando de su libertad desobedeció el mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cfr Rm 5,19). En adelante todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad» (ibidem, n. 397).

En la descripción de ese pecado de origen y de sus consecuencias el autor sagrado se sirve del lenguaje simbólico —así el jardín, el árbol, la serpiente— para expresar una gran verdad de orden histórico y religioso: que el hombre al comienzo de su andadura en la tierra desobedeció a Dios, y que ésa es la causa de que exista el mal. Se descubre, al mismo tiempo, el proceso y las consecuencias de todo pecado, en el que los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses (Gn 3,15) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 6).

A partir del versículo 7 se van viendo los efectos del pecado de origen. El hombre y la mujer han conocido el mal y lo proyectan, antes que nada, a lo que les es más propio e inmediato: sus propios cuerpos. Se ha roto la armonía interior descrita en Gn 2,25, y surge la concupiscencia. Se rompe al mismo tiempo la amistad con Dios, y el hombre rehúye su presencia para no ser visto en su desnuda realidad. ¡Como si su Creador no le conociese! Se rompe también la armonía entre el hombre y la mujer: él echa la culpa a ella, y ella a la serpiente. Pero los tres han tenido su parte de responsabilidad, por lo que a los tres se les va a anunciar el castigo.

«La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cfr Gn 3,7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cfr Gn 3,11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cfr Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cfr Gn 3,17.19). A causa del hombre la creación es sometida a la “servidumbre de la corrupción” (Rm 8,21). Por fin la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cfr Gn 2,17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue tomado” (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cfr Rm 5,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 400).

El castigo que Dios impone a la serpiente (vv. 14-15) incluye el enfrentamiento permanente entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el «Protoevangelio»: porque es el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Mesías redentor. Es obvio que herir en la cabeza es producir una herida mortal, mientras que la herida en el talón es curable.

Como enseña el Concilio Vaticano II, «Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo (cfr Jn 1,3), da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas (cfr Rm 1,19-20), y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó además personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación (cfr Gn 3,15) con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos cuantos buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr Rm 2,6-7)» (Dei Verbum, n. 3).

La victoria contra el diablo la llevará a cabo un descendiente de la mujer, el Mesías. La Iglesia siempre ha entendido estos versículos en sentido mesiánico, referidos a Jesucristo; y ha visto en la mujer, madre del Salvador prometido, a la Virgen María como nueva Eva. «Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos a la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz, es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros Padres, caídos en pecado (cfr Gn 3,15). (...) Por eso no pocos padres antiguos, en su predicación, gustosamente afirman: “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe” (S. Ireneo, Adversus haereses 3,22,4); y, comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” (S. Epifanio, Adversus haereses Panarium 78,18), y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, por María la vida” (S. Jerónimo, Epistula 22,21; etc.)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, nn. 55-56).

En efecto, la mujer va a tener un papel importantísimo en esa victoria sobre el diablo, hasta el punto de que ya San Jerónimo, en su traducción de la Biblia al latín, la Vulgata, interpreta: «ella (la mujer) te pisará la cabeza». Esa mujer es la Santísima Virgen, nueva Eva y madre del Redentor, que participa de forma anticipada y preeminente en la victoria de su Hijo. En ella nunca hizo mella el pecado y la Iglesia la proclama como la Inmaculada Concepción.

Si Dios no impidió que el primer hombre pecara fue, según explica Santo Tomás, porque «Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Y el canto del Exultet: “¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!”» (Summa theologiae 3,1,3 ad 3; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412).

Creemos, y por eso hablamos (2 Co 4,13—5,1)

2ª lectura

La esperanza de la resurrección y del Cielo (4,14) es estímulo para la fortaleza del Apóstol. Mientras el hombre exterior —el cuerpo corruptible— va consumiéndose por las tribulaciones y sufrimientos, el hombre interior —la vida del alma— crece y se renueva de día en día hasta alcanzar su plenitud en el Cielo. Es algo que se observa de manera evidente en la biografía de los santos: en medio de sufrimientos y enfermedades, y a la vez que su vida en la tierra se va consumiendo, la juventud de su alma y la alegría aumentan. «¿Y de qué manera? Por la fe, por la esperanza, por la caridad ardiente. Por tanto, hemos de ver los peligros con mirada intrépida. Cuanto mayores sean los males que consuman nuestro cuerpo, más lisonjeras esperanzas deberá concebir nuestra alma, más esplendor y brillo sacará de allí, como el oro toma un brillo más deslumbrante cuando está en el crisol encendido» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 9).

La mención de la tienda del desierto (5,1) resalta la caducidad de nuestro cuerpo frente a «las arras del Espíritu» (5,5) que garantizan y anticipan la vida definitiva, como la de Cristo resucitado: «Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. (...) Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 16,1,2).

Satanás ha llegado a su fin (Mc 3, 20-35)

Evangelio

La absorbente dedicación del Redentor al apostolado aparece a los ojos de algunos de sus parientes como una exageración, una locura. Así se presenta también en otros lugares (cfr 6,3 y par), de modo semejante a como fue vista muchas veces la actuación de los profetas (cfr p. ej. Jr 12,6). Al leer estas palabras del Evangelio, no podemos por menos de sentirnos afectados pensando en aquello a lo que se sometió Jesús por amor nuestro. Muchos santos, a ejemplo de Cristo, pasarán también por locos, pero serán locos de Amor a Jesucristo.

Peor que lo que piensan los parientes de Jesús es la acusación de los escribas bajados de Jerusalén (vv. 22-30). Ellos reconocen el poder de Jesús sobre los demonios, pero llegan a imputar al diablo lo que son obras de Dios (v. 22). Jesús explica, con unas comparaciones (vv. 23-27), el contrasentido de la acusación. En el razonamiento del Señor hay unas indicaciones muy sutiles: con su llegada al mundo, hay un conflicto entre dos reinos, el de Satanás y el Reino de Dios. Por tanto, si Satanás ha sido vencido por Jesús (cfr 1,24-27.34.39; 3,11-12) es imposible que Jesús tenga algo que ver con Satanás (vv. 24-26). Ciertamente, Satanás es fuerte, pero Jesús es más fuerte (v. 27).

Al final (vv. 28-30), ante la ceguera de sus corazones, Jesús, que había mostrado su misericordia perdonando a los pecadores y comiendo con ellos, advierte cuán difícil será el perdón para quienes voluntariamente se cierran al conocimiento de la verdad. En esa actitud consiste precisamente la gravedad especial de la blasfemia contra el Espíritu Santo: atribuir a Satanás las obras de bondad realizadas por el mismo Dios. Quien actuara así vendría a ser como un enfermo que, en el colmo de su desconfianza, repeliera al médico como a un enemigo, y rechazara como un veneno la medicina que le podría salvar. Por eso dice Nuestro Señor que el que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón: no porque Dios no pueda perdonar todos los pecados, sino porque ese hombre, en su obcecación frente a Dios, rechaza y desprecia las gracias del Espíritu Santo (cfr nota a Mt 12,22-37).

En los vv. 31-35 se distingue explícitamente a la Madre y a los «hermanos» de Jesús (v. 31) de los otros parientes (3,21) que le tomaban por loco. La escena aquí relatada señala una característica primordial del cristiano: el cumplimiento de la voluntad de Dios supone un parentesco con Cristo más estrecho que el parentesco natural de sangre. Por eso la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que Ella, con su correspondencia al querer de Dios, prefiguró lo que sería la vida de los discípulos: «¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, Ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de Ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en Ella? Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno» (S. Agustín, Sermones 25,7).

Como en otras ocasiones, aparece aquí la expresión «hermanos» de Jesús (v. 31). La Iglesia confiesa la perpetua virginidad de María, y, por tanto, lo razonable es intentar aclarar el significado de este término: «La Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cfr Mc 3,31; 6,3; 1 Co 9,5; Ga 1,19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13,55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cfr Mt 27,56) que se designa de manera significativa como “la otra María” (Mt 28,1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cfr Gn 13,8; 14,16; 29,15; etc.)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 500).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO – Homilía 42 del Evangelio de San Mateo

Penetrando él sus pensamientos les dijo: Todo reino en sí dividido será desolado; y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí: ¿cómo, pues, subsistirá su reino? (Mt 12, 25-26).

Ya antes habían acusado a Jesús de que lanzaba los demonios en nombre de Beelzebul. Pero en esa otra ocasión no los increpó, sino que mediante muchos milagros les dio facilidad para llegar a comprender su poder y mediante su doctrina les demostró su excelsa grandeza. Pero como perseveraban en repetir lo mismo, finalmente los increpa; y con un primer argumento les prueba su divinidad; es a saber: descubriendo los secretos arcanos de sus corazones. Luego, con otro más, que fue la facilidad con que arrojaba los demonios.

Por lo demás, la acusación era demasiado impudente. Pues como anteriormente dije, la envidia no examina lo que dice, sino que habla a la ventura. A pesar de esto, Cristo no disimula, sino que, con la moderación debida se justifica, enseñándonos la mansedumbre para con los enemigos, aun cuando nos acusen de cosas de que no tenemos conciencia; y que no nos perturbemos sino que con tranquilidad les expongamos nuestros motivos. Así lo hizo entonces El, procediendo preclaramente, y dando así un testimonio excelentísimo de que ellos hablaban falsedades: puesto que no era propio de un endemoniado dar muestras de tan profunda mansedumbre. Ni tampoco era propio de un poseso conocer los arcanos secretos de las conciencias.

Por ser tan impudente la acusación y porque temían al pueblo, los judíos no se atrevían a proferirla en público, sino que la mantenían en su pensamiento. Pero Jesús, demostrándoles que la conocía, a pesar de todo, no comienza por declarar esa acusación que ellos le hacían en su interior, ni hace pública la perversidad de ellos, sino que procede a dar la solución, dejando a sus conciencias el aplicarse la refutación. Todo porque el único cuidado que tenía era el de ayudar a los pecadores y no el de sacar al público sus pecados. Si hubiera querido alargar su discurso y ponerlos en ridículo y aun sujetarlos a peores castigos, nada se lo impedía. Pero haciendo a un lado todo eso, no llevaba más finalidad que la de no tornarlos más querellosos, sino más mansos y así disponerlos mejor a la enmienda.

¿Cómo se justifica? Nada alega tomado de las Escrituras (pues ni le habrían atendido y aun lo habrían interpretado perversamente), sino que les habla de cosas vulgares y que a diario suceden: Todo reino dividido en sí, será desolado; y toda ciudad o casa en sí dividida, no subsistirá. Porque no dañan tanto las guerras externas con los extraños, como las disensiones internas. Así sucede en los cuerpos y en todas las cosas. Pero desde luego, les pone ejemplos de cosas más conocidas. ¿Qué hay sobre la tierra más poderoso que un reino? ¡Nada! Y sin embargo, las internas disensiones lo destruyen. Y si en el reino deja entender Jesús que la causa es la mole de negocios, ya que pelea el reino contra sí mismo ¿qué se habrá de decir acerca de una ciudad y de una casa? Pues ya sea grande la casa, ya sea pequeña, si contra sí misma pelea, perece.

Es como si les dijera Jesús: si yo, por estar poseso, con el auxilio de los demonios arrojo los demonios, hay entre ellos pugna y disensión y andan en divisiones y enemistades. De modo que unos luchan contra otros y entonces su poderío se ha acabado, se ha derrumbado. Por esto dice: Si Satanás arroja a Satanás (y advierte que no dijo arroja los demonios, para dar a entender que hay entre ellos concordia), está dividido contra sí. Y si se ha dividido, se ha debilitado; y si ha perecido ¿cómo puede arrojar a otros? ¿Observas lo ridículo de la acusación, lo necio, lo contradictorio? Porque nadie puede lógicamente afirmar que Satanás al mismo tiempo permanece firme y arroja los demonios; ni que porque los arroja permanece firme, cuando ya él mismo se derribó.

Esta es la primera solución. La segunda trata de los discípulos. Porque Jesús no resuelve las dificultades de solo un modo, sino de dos y de tres, pues quiere reprimir abundantemente y en absoluto la impudencia de los judíos acusadores. Lo mismo hizo cuando se trataba del sábado, trayendo al medio a David y a los sacerdotes y el testimonio de la Ley que dice: Prefiero la misericordia a los sacrificios, y finalmente la causa de haberse instituido el sábado: Porque el sábado, dice, ha sido instituido para el hombre. Lo mismo hace ahora. Tras de la primera solución procede a la segunda con mayor claridad. Porque dice: Si yo arrojo los demonios con el poder de Beelzebul ¿con qué poder los arrojan vuestros hijos? Advierte también aquí su mansedumbre. Porque no dice: mis discípulos ni mis apóstoles, sino vuestros hijos, para que si quieren levantarse hasta esta dignidad, de aquí tomen ocasión; o si, como ingratos, persisten en sus mismas acusaciones, no puedan presentar excusa alguna aun cuando ella fuera impudente. Quiere, pues, decir: ¿Con qué poder los apóstoles echan los demonios? Porque ya los habían arrojado cuando Él les confirió esa potestad, y sin embargo a los apóstoles no los acusan. Es que no combatían la cosa sino a la persona de Jesús. Para demostrarles, pues, que únicamente por envidia decían lo que decían, trae al medio el asunto de los apóstoles. Como si dijera: si yo en esa forma echo los demonios, mucho más lo harán así los que de mí han recibido ese poder; y sin embargo, nada habéis dicho de ellos. Entonces ¿cómo me acusáis a mí que les he dado ese poder y no a ellos, sino que los hacéis libres del crimen? Esto no os librará a vosotros del castigo, antes bien os sujetará a mayor tormento.

Por esto añadió: Por tal motivo serán ellos vuestros jueces. Puesto que de vosotros han nacido y tales obras hacen y a mí me obedecen y se sujetan, es manifiesto que condenarán a los que dicen y hacen lo contrario de ellos. Pero si yo arrojo los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios. ¿Qué es ese reino? Mi advenimiento. Observa cómo de nuevo los atrae y medicina y los empuja a su conocimiento y les demuestra que pelean contra su propio bien y litigan en contra de su salvación. Como si les dijera: cuando convenía gozarse y dar saltos de júbilo, pues ha venido el que os dará aquellos bienes inefables y grandes que antiguamente anunciaron los profetas y ha llegado para vosotros el tiempo de la bienandanza, vosotros hacéis lo contrario y no sólo no recibís los bienes, sino que os dedicáis a calumniar y a revolver y a lanzar culpas que no existen.

Mateo dice: Pues si yo arrojo los demonios en el Espíritu de Dios. Lucas en cambio dice: Si yo arrojo los demonios en el dedo de Dios. Pone así en claro que semejante obra es propia del sumo Poder, o sea el echar los demonios, y de una no vulgar gracia. Y de aquí quiere deducir por raciocinio que siendo eso así, luego vino ya el Hijo de Dios. Pero no lo dice claro, sino oscuramente; a fin de que a los judíos no les resulte molesto, lo deja entender diciendo: Luego ha llegado a vosotros el reino de Dios. ¿Observas su eximia sabiduría? Por las mismas cosas que le objetaban, les declara manifiestamente su venida.

Luego, para atraerlos, no dice simplemente: Ha llegado el reino, sino que añade: a vosotros. Como si dijera: llegan para vosotros los bienes. Entonces ¿por qué tratándose de vuestros propios bienes no tenéis cordura? ¿Por qué lucháis contra vuestra salvación? Este es el tiempo que los profetas predijeron; esta es la señal del advenimiento por ellos celebrado, es a saber: las obras llevadas a cabo con el divino Poder. Que sean hechas, vosotros lo sabéis; que lo sean por el divino Poder, las obras mismas lo proclaman. Porque no puede ser que ahora Satanás sea más poderoso, sino que necesariamente es más débil, pues uno que sea débil no podrá echar al demonio que es fuerte. Decía’ esto para manifestar la fuerza de la caridad y la debilidad de los litigantes y adversarios. Por tal motivo El con frecuencia exhorta a los discípulos a la caridad y declara cómo el demonio hace cuanto puede para hacerla desaparecer.

Tras de la segunda solución introduce una tercera diciendo: ¿Cómo podrá entrar uno en la casa de un fuerte y arrebatarle sus enseres, si no logra primero sujetar al fuerte? Ya entonces podrá saquear su casa. Que no sea posible que Satanás arroje a Satanás, queda claro por lo que precede; y que en absoluto nadie pueda arrojarlo si de antemano no lo vence no necesita demostración. Entonces ¿qué se deduce de aquí? Lo mismo que ya se dijo, pero con mucha mayor fuerza. Como si dijera Jesús: Tan lejos está eso de que yo me valga del demonio para que me ayude, que, por el contrario, yo lo ato y lo combato; y la prueba y señal es que arrebato sus enseres. Observa cómo se demuestra lo contrario de lo que los judíos antes trataban de establecer. Porque ellos querían demostrar que Cristo no arrojaba los demonios por virtud propia. El en cambio les prueba que no sólo a los demonios sino al príncipe de ellos lo tiene atado, y que El, con su propio poder, primero lo venció.

Y eso se comprueba con los hechos. Si Satanás es el príncipe y los demonios son sus súbditos cómo podía suceder que éstos no fueran robados si su príncipe no hubiera sido vencido y hubiera dejado el campo? Paréceme que hay aquí una profecía en lo que dice. Porque enseres de Satanás son no solamente los demonios, sino también los hombres que obran conforme a las leyes de Satanás. De modo que claramente en este pasaje se dice que Cristo no sólo echa los demonios, sino que eliminará del orbe entero el error y acabará con las hechicerías del demonio e inutilizará todas las artimañas que ahora usa. Y no dijo arrebatará, sino saqueará, indicando que lo hace con plena potestad. Llama al demonio fuerte, no porque lo sea por naturaleza contra el hombre: ¡lejos tal cosa!, sino para significar la anterior tiranía sostenida e impuesta por nuestra desidia.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama. He aquí la cuarta respuesta. Como si dijera: ¿Qué es lo que yo quiero? Acercar a Dios, enseñar la virtud, anunciar el reino. ¿Qué es lo que quieren Satanás y los demonios? Todo lo contrario. Entonces ¿cómo el que no recoge conmigo ni está conmigo, obrará junto conmigo? Mas ¡qué digo obrar junto conmigo! Al contrario: lo que anhela es disipar lo mío. En consecuencia, quien no sólo no obra conmigo, sino que desparrama lo que Yo junto ¿podría tener tan gran concordia conmigo que hasta arrojara conmigo los demonios? Es verosímil que esto lo afirmara no únicamente del diablo, sino también de sí mismo, pues su lucha es contra el diablo y va desparramando éste lo que El amontona.

Preguntarás: ¿cómo es eso de que quien no está conmigo está contra mí? Pues por el hecho mismo de que no recoge. Siendo esto verdad, mucho más lo será que quien está en su contra no obra juntamente con Él. Si quien no obra juntamente con Él es su enemigo, mucho más lo será, quien además lo combate.

Todo esto lo dice para demostrar que hay una enemistad máxima entre Él y Satanás. Yo te pregunto: si cuando se hace necesario pelear, alguno se niega a ayudar ¿acaso por el mismo hecho no está en contra de ti? Y si en otra parte dice: El que no está contra vosotros, está con vosotros, esto no contradice a lo dicho. Porque aquí se trata de un adversario absoluto y en todo; mientras que en Lucas habla de los que sólo lo son en parte. Porque dice: En tu nombre echan los demonios. Más aún, creo que en nuestro caso se refiere a los judíos, a quienes pone en el bando de Satanás. Pues también los judíos le eran adversos e iban desparramando y disgregando lo que Él iba congregando. Y que dejara entender que a ellos se refería se ve por las siguientes palabras: Por esto os digo: Todo pecado y blasfemia les será perdonado a los hombres.

Así, una vez que les hubo contestado y resuelto su objeción, y les hubo demostrado que en vano e impudentemente procedían, ahora por fin les pone terror. Parte, y no despreciable, de quien aconseja y corrige es no sólo responder a lo que se le objeta y tratar de persuadir al oyente, sino además amenazar: cosa que Cristo con frecuencia hace cuando legisla y cuando da consejos. Lo que acaba de decir parece oscuro; pero si atendemos, la solución es fácil. Ante todo debemos escuchar sus palabras: Todo pecado y blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero. ¿Qué quiere decir con esto? Muchas cosas habéis dicho contra Mí. Me habéis llamado engañador y enemigo de Dios. Si os arrepentís os lo perdono y no os castigo. Pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no se perdona ni aun a los que se arrepienten.

Pero ¿cómo puede sostenerse semejante sentencia? Porque aun este pecado se ha perdonado a los arrepentidos. Muchos que dijeron iguales cosas, fueron perdonados una vez que creyeron. ¿Qué es, pues, lo que dice? Que semejante pecado es el que, por encima de todos, menos merece perdón. ¿Por qué? Porque los que así blasfemaban ignoraban quién era Cristo, mientras que ya tenían suficiente noticia del Espíritu Santo, pues por El habían hablado los profetas y todos habían recibido muchos datos acerca de El en el Antiguo Testamento. Quiere, pues, decir Cristo: Pase que os hayáis escandalizado en Mí a causa de mi carne que tomé; pero ¿diréis que tampoco habéis conocido al Espíritu Santo? Por esto no se os perdonará la blasfemia contra Él, sino que aquí y en lo futuro seréis castigados. Muchos a la verdad sólo aquí han sido castigados como el fornicario aquel, como entre los corintios los que se habían acercado indignamente a los sagrados misterios. Pero vosotros aquí y allá seréis castigados; de modo que todo lo que habéis blasfemado contra Mí, antes de ser Yo crucificado, os lo perdono, y aun a los que me crucificarán, y no serán condenados por sola la incredulidad. Pues los mismos que antes de la crucifixión creyeron no tenían plena fe. Y El mismo en muchos sitios amonesta a los beneficiados a que declaren quién es El, antes de la Pasión; y en la cruz suplicaba que a ésos se les perdonara. Pero, como si dijera, lo que contra el Espíritu Santo habéis dicho, no os será perdonado.

Y que lo entienda de lo que se dijo antes de la crucifixión, lo declara al añadir: Quien hablare contra el Hijo del hombre, será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo, no.

¿Por qué? Porque el Espíritu Santo ya os es conocido, de modo que procedéis impudentemente contra una verdad conocida. Al fin y al cabo, si decís que no me conocéis, cierto no ignoráis que el echar los demonios y el curar a los enfermos es obra propia del Espíritu Santo. De modo que no me injuriáis a Mí sólo, sino también al Espíritu Santo. Por lo cual sin perdón alguno sufriréis el castigo en esta vida y en la otra. Porque unos hombres sufren castigo aquí y allá; otros tan sólo aquí; otros tan sólo allá; otros ni aquí ni allá. Los hay, pues, que sufrirán el castigo aquí y allá, como esos judíos blasfemos.

Los judíos sufrieron aquí el castigo cuando hubieron de pasar por los horrores indecibles de la destrucción de Jerusalén. Y en el siglo futuro soportarán gravísimos tormentos, como los sodomitas y otros muchos. Otros sufren sólo allá, como el rico Epulón, que puesto en el tormento de las llamas, no tuvo ni el refrigerio de una gota de agua. Otros lo sufren acá, como aquel que fornicó entre los, corintios. Otros, en fin, ni aquí ni allá sufren castigo, como los apóstoles, los profetas y el bienaventurado Job; porque lo que éstos padecieron no era castigo, sino combate y certamen.

Procuremos, pues, estar entre éstos; o si no entre éstos, a lo menos entre los que acá expiaron sus pecados. Porque el juicio aquél es terrible y las penas son intolerables y el suplicio inevitable. Si no quieres sufrir aquí el castigo, júzgate a ti mismo, exígete cuentas a ti mismo. Oye a Pablo que dice: Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados. Si así procedes, poco a poco avanzando, llegarás a la corona. Preguntarás: ¿en qué forma vamos a juzgar de nosotros mismos y a tomarnos cuentas? Llora, gime amargamente, humíllate, aflígete, recuerda tus pecados en particular. Esto te será no pequeña angustia para el alma Quien haya ejercitado la compunción, sabe por experiencia que semejante recuerdo es grande pena para el alma. Si alguno ha hecho memoria de sus pecados, conoce ya el dolor que de esto el alma concibe. Por tal motivo, a este género de penitencia Dios le asignó como premio la justificación, diciendo: Habla tú y di el primero tus pecados para que seas justificado. Porque no, es, no, no es pequeño motivo para enmendarse el que revuelvas y consideres en tu ánimo en particular el conjunto de tus pecados. Quien lo haga se compungirá hasta tal punto que aun se juzgará indigno de vivir. Y quien llegue a estimarse así, se ablandara más que una cera.

Ni me hables únicamente de las fornicaciones o de los adulterios o de otros pecados como ésos, que todos ven y confiesan ser graves; sino reúne también las ocultas asechanzas al prójimo, las calumnias, maldiciones, vanagloria, envidias y todos los demás. Tales pecados serán castigados con grave suplicio. El querelloso caerá en la gehenna; el ebrio nada tiene que ver, con el reino, de los cielos; el que no ama al prójimo, ofende a Dios en tal grado que aun el martirio de nada le sirve. El que olvida a sus parientes cercanos, ha negado la fe; el que desprecia al pobre, será arrojado al fuego. Así pues, no tengáis por pequeños esos pecados; sino reunidlos en un haz, escribidlos como en un libro. Si tú los escribes, Dios los borra; si no, Dios los tendrá contados y te impondrá el castigo. Pero es mucho mejor que nosotros los escribamos y se borren allá arriba, que no el que los ocultemos nosotros y Dios los ponga ante nuestros ojos el día del juicio.

Para que esto no suceda, cuidadosamente recojamos en un haz todas nuestras faltas; y hallaremos que somos reos de muchas. ¿Quién se halla libre de avaricia? Ni te excuses diciendo que sólo eres medianamente avaro, pues también por lo poco seremos castigados. Piensa en esto y haz penitencia. ¿Quién no es reo de alguna injuria? Pues también eso lleva a la gehenna. ¿Quién no ha hablado mal a ocultas de su prójimo? También esto echa del reino. ¿Quién no se ha hinchado con la soberbia? Pues esto es lo más inmundo. ¿Quién no ha mirado con ojos no castos? Pues este tal ciertamente ha caído en la fornicación. ¿Quién no se ha irritado sin motivo contra su hermano? Pues es reo que ha de llevarse al Consejo. ¿Quién no ha jurado? Pues esto proviene del Malo. ¿Quién no ha servido a las riquezas? Pues ese tal cayó de la servidumbre de Cristo. ¿Quién no ha perjurado? Pues esto mucho más proviene del Malo.

Podría yo decir otras cosas más graves que éstas; pero con ellas basta para llevar a la compunción aun a quien tenga un corazón de piedra y carezca de todo sentimiento de vergüenza. Pues si cada uno de esos pecados conduce a la gehenna ¿qué no harán todos reunidos? Preguntarás: pero entonces ¿cómo podremos conseguir la salvación? Pues empleando los remedios que a tales pecados se oponen, como son la limosna, las oraciones, la compunción, la penitencia, la humildad, el corazón contrito, el desprecio de las cosas presentes. Porque Dios nos ha abierto infinitos caminos de salvación, con tal de que pongamos atención. Apliquemos, pues, la mente y el ánimo; y mediante todos esos recursos, curemos las heridas, haciendo limosna, conteniendo la cólera contra los que nos han hecho algún daño, dando gracias a Dios por sus beneficios, ayunando según nuestras fuerzas, suplicando de todo corazón, procurándonos amigos con las riquezas de la iniquidad. Así podremos alcanzar la remisión de nuestros pecados y los bienes prometidos. Ojalá a todos se nos concedan por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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FRANCISCO – Homilía en Santa Marta, 11 de abril de 2014

Seguramente el diablo

 “El diablo existe también en el siglo XXI y debemos aprender del Evangelio cómo luchar” contra él para no caer en la trampa. Para hacerlo no hay que ser “ingenuos”, por ello se deben conocer sus estrategias para las tentaciones, que siempre tienen “tres características”: comienzan despacio, luego crecen por contagio y al final encuentran la forma para justificarse. El Papa alertó acerca del considerar que hablar del diablo hoy sea cosa “de antiguos” y en esto centró su meditación.

El Pontífice habló expresamente de “lucha”. Por lo demás, explicó, también “la vida de Jesús fue una lucha: Él vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio”. Jesús luchó con el demonio que lo tentó muchas veces y “sintió en su vida las tentaciones y también las persecuciones”. Así “también nosotros cristianos que queremos seguir a Jesús, y que por medio del Bautismo estamos precisamente en la senda de Jesús, debemos conocer bien esta verdad: también nosotros somos tentados, también nosotros somos objeto del ataque del demonio”. Esto sucede “porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús”.

Pero, se preguntó el Papa, “¿cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación?”. La respuesta a este interrogante es decisiva. “La tentación del demonio -explicó el Pontífice- tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas”. Ante todo “la tentación comienza levemente pero crece, siempre crece”. Luego “contagia a otro”: se “transmite a otro, trata de ser comunitaria”. Y “al final, para tranquilizar el alma, se justifica”. De este modo las características de la tentación se expresan en tres palabras: “crece, se contagia y se justifica”.

Pero si “se rechaza la tentación”, luego “crece y vuelve más fuerte”. Jesús lo dice en el Evangelio de Lucas y advierte que “cuando se rechaza al demonio, da vueltas y busca algunos compañeros y vuelve con esta banda”. Y he aquí que “la tentación es más fuerte, crece. Pero crece incluso involucrando a otros”. Es precisamente eso lo que sucedió con Jesús, como relata el pasaje evangélico de Juan (Jn 10, 31-42) propuesto por la liturgia. “El demonio involucra a estos enemigos de Jesús que, a este punto, hablan con Él con las piedras en las manos”, listos para matarlo.

La tercera característica de la tentación del demonio es que “al final se justifica”. El Papa Francisco, al respecto, recordó la reacción del pueblo cuando Jesús volvió “por primera vez a su casa en Nazaret” y fue a la sinagoga. Primero todos quedaron asombrados por sus palabras, luego, inmediatamente, la tentación: “¿Pero no es éste el hijo de José, el carpintero, y de María? ¿Con qué autoridad habla si nunca fue a la universidad y jamás estudió?”. De este modo buscaron justificar su propósito de “matarlo en ese momento, lanzarlo desde el monte”.

También en el pasaje de Juan los interlocutores de Jesús querían matarlo, tanto que “tenían las piedras en las manos y discutían con Él”. Así, “la tentación implicó a todos en contra de Jesús”; y todos “se justificaban” por esto. Para el Papa Francisco “el punto más alto, más fuerte de la justificación es el del sacerdote” que dice: “Pero acabemos con Él de una vez, vosotros no entendéis nada. ¿No sabéis que es mejor que un hombre muera por el pueblo? Debe morir para salvar al pueblo”. Y todos los demás le daban la razón: es “la justificación total”.

También nosotros “cuando somos tentados, vamos por este mismo camino. Tenemos una tentación que crece y contagia a otro”. Basta pensar en las habladurías: si tenemos “un poco de envidia”, no la mantenemos dentro, sino que la compartimos. Y es así que la crítica “trata de crecer y contagia a otro y a otro...”. Precisamente “este es el mecanismo de las habladurías y todos nosotros hemos sido tentados de criticar”, reconoció el Papa, confesando: “¡También yo he sido tentado de criticar! Es una tentación cotidiana”, que “comienza así, suavemente, como el hilo de agua”.

He aquí por qué, afirmó una vez más el Papa, se debe estar “atentos cuando en nuestro corazón sintamos algo que acabará por destruir a las personas, destruir la fama, destruir nuestra vida, llevándonos a la mundanidad, al pecado”. Se debe estar “atentos porque si no detenemos a tiempo ese hilo de agua, cuando crece y contagia llega a ser una marea tal que llevará a justificarnos del mal”.

“Todos somos tentados porque la ley de nuestra vida espiritual, de nuestra vida cristiana, es una lucha”. Y lo es en consecuencia del hecho que “el príncipe de este mundo no quiere nuestra santidad, no quiere que sigamos a Cristo”.

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BENEDICTO XVI – Catequesis sobre el pecado original en San Pablo

El mal no es intrínseco al hombre, Cristo ha triunfado sobre él

3 de diciembre de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy nos detendremos en las relaciones entre Adán y Cristo, delineadas por san Pablo en la conocida página de la Carta a los Romanos (5,12-21), en la que le entrega a la Iglesia las líneas esenciales de la doctrina sobre el pecado original. En verdad, ya en la primera Carta a los Corintios, tratando de la fe en la resurrección, Pablo había introducido la relación entre el primer padre y Cristo: “Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo... Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida” (1 Cor 15,22.45). Con Romanos 5,12-21 la confrontación entre Cristo y Adán se hace más articulada e iluminadora: Pablo recorre la historia de la salvación desde Adán a la Ley y de ésta a Cristo. En el centro de la escena se encuentran tanto Adán, con las consecuencias del pecado sobre la humanidad, como Jesús y la gracia que, mediante él, ha sido derramada abundantemente sobre la humanidad. La repetición del “cuanto más” respecto a Cristo subraya cómo el don recibido en Él sobrepasa totalmente al pecado de Adán y a las consecuencias de éste en la humanidad, tanto que Pablo puede llegar a la conclusión: “Pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Por tanto, la confrontación que Pablo traza entre Adán y Cristo ilumina la inferioridad del primer hombre respecto a la superioridad del segundo.

Por otro lado, para poner en evidencia el inconmensurable don de la gracia, en Cristo, Pablo insiste en el pecado de Adán: se diría que si no hubiera sido para demostrar la centralidad de la gracia, él no se habría entretenido en hablar del pecado que “a causa de un solo hombre entró en el mundo y, con el pecado, la muerte” (Rm 5,12). Si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del dogma del pecado original, es porque éste está ligado inseparablemente con otro dogma, el de la salvación y la libertad en Cristo. Como consecuencia, nunca deberíamos hablar sobre el pecado de Adán y de la humanidad separándolo del contexto de la salvación, es decir, sin comprenderlo en el horizonte de la justificación en Cristo.

Pero como hombres de hoy, debemos preguntarnos: ¿qué es el pecado original? ¿Qué enseñan Pablo y la Iglesia? ¿Es sostenible hoy aún esta doctrina? Muchos piensan que, a la luz de la historia de la evolución, no habría ya lugar para la doctrina de un primer pecado, que después se difundiría en toda la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, también la cuestión de la Redención y del Redentor perdería su fundamento. Por tanto: ¿existe el pecado original o no? Para poder responder debemos distinguir dos aspectos de la doctrina sobre el pecado original. Existe un aspecto empírico, es decir, una realidad concreta, visible, diría yo, tangible para todos. Es un aspecto misterioso, que afecta al fundamento ontológico de este hecho. El dato empírico es que existe una contradicción en nuestro ser. Por una parte, el hombre sabe que debe hacer el bien e íntimamente también lo quiere realizar. Pero, al mismo tiempo, siente también otro impulso a hacer lo contrario, a seguir el camino del egoísmo, de la violencia, a hacer sólo lo que le apetece aun sabiendo que así actúa contra el bien, contra Dios y contra el prójimo. San Pablo en su Carta a los Romanos ha expresado esta contradicción en nuestro ser con estas palabras: “querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (7, 18-19). Esta contradicción interior de nuestro ser no es una teoría. Cada uno de nosotros la experimenta todos los días. Y sobre todo vemos siempre en torno a nosotros la superioridad de esta segunda voluntad. Basta pensar en las noticias diarias sobre injusticias, violencia, mentira, lujuria. Cada día lo vemos: es un hecho.

Como consecuencia de este poder del mal en nuestras almas, se ha desarrollado en la historia un río sucio, que envenena la geografía de la historia humana. El gran pensador francés Blaise Pascal habló de una “segunda naturaleza”, que se superpone a nuestra naturaleza original, buena. Esta “segunda naturaleza” presenta el mal como normal para el hombre. Así también la típica expresión: “es humano” tiene un doble significado. “Es humano” puede querer decir: este hombre es bueno, realmente actúa como debería actuar un hombre. Pero “es humano” puede también querer decir lo contrario: el mal es normal, es humano. El mal parece haberse convertido en una segunda naturaleza. Esta contradicción del ser humano, de nuestra historia, debe provocar, y provoca también hoy, el deseo de redención. En realidad, el deseo de que el mundo cambie y la promesa de que se creará un mundo de justicia, de paz y de bien, está presente en todas partes: en la política, por ejemplo, todos hablan de la necesidad de cambiar el mundo, de crear un mundo más justo. Y precisamente esto es expresión del deseo de que haya una liberación de la contradicción que experimentamos en nosotros mismos.

Por tanto, el hecho del poder del mal en el corazón humano y en la historia humana es innegable. La cuestión es: ¿cómo se explica este mal? En la historia del pensamiento, prescindiendo de la fe cristiana, existe un modelo principal de explicación, con variaciones diversas. Este modelo dice: el ser mismo es contradictorio, lleva en sí tanto el bien como el mal. En la antigüedad esta idea implicaba la opinión de que existían dos principios igualmente originarios: un principio bueno y un principio malo. Este dualismo sería insuperable: los dos principios están al mismo nivel, y por ello existirá siempre, desde el origen del ser, esta contradicción. La contradicción de nuestro ser, por tanto, reflejaría solo la contrariedad de los dos principios divinos, por así decirlo. En la versión evolucionista, atea, del mundo, vuelve de nuevo una visión semejante. Aunque, en esta concepción, la visión del ser es monista, se supone que el ser como tal desde el principio lleva en sí el bien y el mal. El ser mismo no es simplemente bueno, sino abierto al bien y al mal. El mal es tan originario como el bien. Y la historia humana repetiría solamente el modelo ya presente en toda la evolución precedente. Lo que los cristianos llaman pecado original sería en realidad sólo el carácter mixto del ser, una mezcla de bien y mal que, según esta teoría, pertenecería a la misma materia del ser. Es una visión en el fondo desesperada: si es así, el mal es invencible. Al final solo cuenta el propio interés. Y todo progreso habría que pagarlo necesariamente con un río de mal, y quien quisiera servir al progreso debería aceptar pagar este precio. La política, en el fondo, se basa sobre estas premisas: y vemos los efectos de ellas. Este pensamiento moderno, al final, sólo puede traer tristeza y cinismo.

Y así preguntamos de nuevo: ¿qué dice la fe, atestiguada por san Pablo? Como primer punto, ésta confirma el hecho de la competición entre ambas naturalezas, el hecho de este mal cuya sombra pesa sobre toda la creación. Hemos escuchado el capítulo 7 de la Carta a los Romanos, pero podríamos añadir el capítulo 8. El mal existe, sencillamente. Como explicación, en contraste con los dualismos y los monismos que hemos considerado brevemente y encontrado desoladores, la fe nos dice: existen dos misterios de luz y un misterio de noche, que, sin embargo, está rodeado de los misterios de la luz. El primer misterio de la luz es éste: la fe nos dice que no hay dos principios, uno bueno y uno malo, sino que hay un solo principio, el Dios creador, y este principio es bueno, sólo bueno, sin sombra de mal. Y por ello también el ser no es una mezcla de bien y de mal; el ser como tal es bueno y por ello es bueno existir, es bueno vivir. Éste es el alegre anuncio de la fe: sólo hay una fuente buena, el Creador. Y por esto vivir es un bien, es algo bueno ser un hombre, una mujer, es buena la vida. Después sigue un misterio de oscuridad, de noche. El mal no viene de la fuente del mismo ser, no es igualmente originario. El mal viene de una libertad creada, de una libertad abusada.

¿Cómo ha sido posible, cómo ha sucedido? Esto permanece oscuro. El mal no es lógico. Sólo Dios y el bien son lógicos, son luz. El mal permanece misterioso. Se le representa con grandes imágenes, como hace el capítulo 3 del Génesis, con aquella visión de los dos árboles, de la serpiente, del hombre pecador. Una gran imagen que nos hace adivinar, pero que no puede explicar lo que es en sí mismo ilógico. Podemos adivinar, no explicar; ni siquiera podemos narrarlo como un hecho junto a otro, porque es una realidad más profunda. Queda como un misterio oscuro, de noche. Pero se le añade inmediatamente un misterio de luz. El mal viene de una fuente subordinada. Dios con su luz es más fuerte. Y por eso, el mal puede ser superado. Por eso la criatura, el hombre, es curable. Las visiones dualistas, también el monismo del evolucionismo, no pueden decir que el hombre sea curable; pero si el mal procede solo de una fuente subordinada, es cierto que el hombre puede curarse. Y el libro de la Sabiduría dice: “las criaturas del mundo son saludables” (1, 14). Y finalmente, el último punto, el hombre no sólo se puede curar, está curado de hecho. Dios ha introducido la curación. Ha entrado personalmente en la historia. A la permanente fuente del mal ha opuesto una fuente de puro bien. Cristo crucificado y resucitado, nuevo Adán, opone al río sucio del mal un río de luz. Y este río está presente en la historia: vemos a los santos, los grandes santos pero también los santos humildes, los simples fieles. Vemos que el río de luz que procede de Cristo está presente, es fuerte.

Hermanos y hermanas, es tiempo de Adviento. En el lenguaje de la Iglesia la palabra Adviento tiene dos significados: presencia y espera. Presencia: la luz está presente, Cristo es el nuevo Adán, está con nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y debemos abrir los ojos del corazón para verla y para introducirnos en el río de la luz. Sobre todo, estar agradecidos al hecho de que Dios mismo ha entrado en la historia como nueva fuente de bien. Pero Adviento quiere decir también espera. La noche oscura del mal es aún fuerte. Y por ello rezamos en Adviento con el antiguo pueblo de Dios: “Rorate caeli desuper”. Y oramos con insistencia: ven Jesús; ven, da fuerza a la luz y al bien; ven donde domina la mentira, la ignorancia de Dios, la violencia, la injusticia; ven, Señor Jesús, da fuerza al bien en el mundo y ayúdanos a ser portadores de tu luz, operadores de la paz, testigos de la verdad. ¡Ven Señor Jesús!

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¿Quién te informó que estabas desnudo?

Escojamos de la primera lectura el diseño para nuestra reflexión. Ésta toca un tema demasiado actual y demasiado importante para pasarlo bajo silencio. Leámoslo juntos del libro del Génesis:

«Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: “¿Dónde estás?” Él contestó: “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí”. El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”»

Hay una palabra, que se repite varias veces en este fragmento, y es la palabra desnudo. A ella se han añadido ajustadamente otras dos palabras: miedo, vergüenza. Se sabe que el relato bíblico de los orígenes del mundo usa un lenguaje simbólico y sencillo para expresar verdades perennes sobre el hombre y sobre el mundo. En este caso, viene explicado el problema de la desnudez y del porqué ella tiene el poder de turbar tan profundamente al ser humano. La desnudez no era un problema antes de la culpa. Poco antes, en el mismo libro del Génesis, se lee:

«Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro» (Génesis 2, 25).

¿Qué ha sucedido? La fractura del equilibrio y de la armonía entre el hombre y Dios ha determinado la quiebra dentro del hombre del equilibrio entre el cuerpo y el espíritu, entre los instintos y la razón. La desobediencia de la voluntad al Creador ha desencadenado la insubordinación de la carne a la voluntad. Como si un vasallo se negase hasta de obedecer a su jefe que, a su vez, se ha rebelado contra el propio soberano.

El pecado de Adán y de Eva no es, sin embargo, la única razón, que explica el malestar, que prueba el ser humano ante la propia desnudez y la de los demás. Hay, por encima, una explicación más profunda, que, al menos en parte, el no creyente puede igualmente compartir. Esa explicación ayuda también a entender por qué el sentido del pudor es tan universal y está igualmente presente fuera del mundo bíblico y cristiano. El hombre es un ser compuesto de materia y de espíritu, animalidad y racionalidad. Dios lo ha dotado de libertad y le ha situado como ante una encrucijada, diciéndole: «Te he creado libre; escoge tú mismo en qué dirección quieres desarrollarte y realizarte: si hacia abajo, hacia lo que te acomuna con los otros animales, o hacia arriba, hacia lo que te asemeja con los ángeles».

La turbación y la insatisfacción, que el ser humano siente cuando se abandona a la materia ya los sentidos, se explica como una advertencia que sale de su mismo ser para decirle que está haciendo una elección equivocada. Está perdiendo altura. Lo que llaman el «pecado original» no ha hecho más que agudizar y clarificar esta situación de fondo, creando una especie de tendencia hereditaria a repetir la elección equivocada de los primeros padres. Todo esto explica por qué nosotros tendemos a cubrir las partes, que más potentemente reclaman la atención del instinto, y, por el contrario, espontáneamente presentamos el rostro y los ojos, desde los que trasparenta más directamente nuestra interioridad espiritual, a la mirada de los demás. El pudor, por lo tanto, proclama por sí solo el misterio del cuerpo humano, que está unido a un alma inmortal. Manifiesta que hay en nuestro cuerpo algo que va más allá de él y lo trasciende. Allí donde se vence cualquier sentido del pudor, la misma sexualidad humana viene trivializada, despojada de todo reflejo espiritual y reducida a simple mercancía de consumo.

A la luz de estos principios bíblicos, ¿qué decir de nuestra cultura occidental, que pone en ridículo el pudor y hace gala de quien traspasa cada vez más lejos sus confines, creyendo prestar con ello un servicio a la causa de la libertad humana? Esto es, ante todo, un rechazo de la realidad; es un imponerse (e imponer a los demás) algo artificial, que no viene de lo natural, que es mucho menos natural, en todo caso, por el hecho contrario de cubrirse. Contiene un elemento de desafío, un querer demostrar algo a sí mismo y a los demás.

El «sentido común del pudor» de una cultura a otra cambia ciertamente en sus formas y expresiones. En su base, sin embargo, hay algo, que no depende sólo de la sociedad, sino que nace y se desarrolla con el desarrollarse de una conciencia de sí mismo como ser, además, espiritual.

Apenas el ser humano surge de la infancia o de un tipo de sociedad absolutamente primitiva, no tarda en manifestarse un cierto sentido de pudor en él. Esto no nace sólo con el aparecer de la malicia. El mal, es claro, no es la desnudez en sí misma (el cuerpo humano es obra de Dios y es un reflejo de su belleza); es, más bien, el uso instrumental y comercial, que se le hace, para seducir y hacer dinero. El uso, que se hace de la desnudez en la pornografía y frecuentemente también en la publicidad, no es otra cosa que una forma residual de prostitución, un vender el propio cuerpo.

Se cuenta que un discípulo del gran pintor griego Apeles había realizado el retrato de una mujer de Atenas, pintándola recargada de oro y de joyas. Cuando el maestro lo vio, comentó: «No habiendo sabido hacerla agraciada, la has hecho rica». Hoy, de muchos artistas, sería necesario decir que, no consiguiendo hacer un film y espectáculos bellos, los hacen... llenos de desnudos; y de muchas actrices sería necesario decir que no consiguiendo mostrarse valientes, se muestran... desnudas.

Pero, no incitemos a una denuncia estéril de cómo van las cosas en tomo a nosotros. La escucha de la palabra de Dios, más bien, nos da la ocasión para descubrir el valor positivo y la belleza del pudor. San Pedro dirigía a las mujeres de la primera comunidad cristiana estas palabras:

«Que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un espíritu dulce y sereno: esto es, precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios» (1 Pedro 3,3-8).

No se trata de condenar cualquier adorno exterior del cuerpo y toda investigación sobre valorar la propia imagen para lo mejor y hacerla más bella, sino que se trata de acompañar todo esto con sentimientos limpios del corazón; de hacerlo para los demás (para el propio novio, para el propio marido y para los hijos o, también, para las artes, cuando se trata de una verdadera obra de arte), no para ser simplemente un modelo, por exhibicionismo o por dinero. Para dar alegría, no para seducir.

Pero, hemos de defendemos bien de no hacer del pudor un problema sólo femenino. Las chicas y las mujeres se rebelan justamente por el intento de hacer recaer sobre ellas la culpa de todas las cosas abominables, que se cometen en este campo, frecuente y precisamente contra ellas. Existe un problema del pudor, de igual forma, para los hombres. Especialmente, si se piensa que se puede faltar al pudor no sólo en el vestir, sino también en el hablar.

El mismo fragmento del Génesis, que estamos comentando, nos trae la excusa por la que Adán avanzó en su pecado:

«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí».

¿Entendéis lo que se sobrentiende? La mujer que «tú me diste como compañera...», en otras palabras: la culpa es tuya porque ¡has creado a la mujer!

El pudor y el respeto al propio cuerpo son un espléndido testimonio que una joven o un joven cristiano pueden dar a Cristo en el mundo de hoy. De una de las primeras mártires cristianas, la joven Perpetua, se lee en las actas auténticas del martirio que, en la arena o circo, habiendo sido atada a una vaca enfurecida y lanzada al aire, al caer a tierra ensangrentada «se arreglaba el vestido, más preocupada por el pudor que por el dolor». Testimonios como éste contribuyeron a cambiar el mundo pagano y a introducir en él la estima por la pureza.

Hoy, ya no basta más una pureza hecha de miedos, de tabúes, de prohibiciones, de fuga recíproca entre el hombre y la mujer, como si una fuese, siempre y necesariamente, la zancadilla para el otro y un potencial enemigo, más que una «ayuda semejante a él», como dice la Biblia (Génesis 2, l8). En el pasado, tal vez, la pureza se había reducido, al menos en la práctica, precisamente a este conjunto de tabúes, de prohibiciones y de miedos, como si la virtud fuese la que se debiera avergonzar ante el vicio y no, al contrario, el vicio el que se debiera avergonzar ante la virtud.

No pudiendo cambiar a la sociedad en tomo a nosotros, debemos cambiar nosotros mismos. Comenzar con volver a curar la raíz, que está en el corazón; porque es de allí de donde sale todo lo que contamina verdaderamente la vida de una persona. «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5, 8). Esto es, tendrán ojos nuevos para ver la realidad, ojos limpios que saben distinguir lo que es hermoso y lo que es feo, lo que es verdad y lo que es mentira. Ojos, en suma, como los de Jesús, que le permitían hablar con libertad sobre todo: de los niños, de la mujer, de la gestación, del parto... Jesús es la demostración viviente del proverbio: «Todo es puro para los puros» (Tito 1, 15).

Precisamente, para mantener la casa limpia, debemos proteger...las ventanas. La ventana del alma es el ojo. Nosotros no podemos decidir qué hacer pasar sobre la pantalla de la televisión; podemos, sin embargo, decidir qué hacer de la pantalla ante nuestros ojos. Una vez uno me objetó: «Pero, padre, ¿no es Dios el que ha creado el ojo para ver todo lo que es bello, que hay en el mundo?» «Es verdad, le respondí; pero, el Dios que ha creado el ojo para mirar ha creado también las pupilas para cubrirlo cuando sea necesario».

A propósito de la custodia de la mirada, no podremos encontrar una palabra de Dios más apta con que dejaros, que la de san Pablo, que se lee en la segunda lectura de hoy:

«No nos fijemos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno».


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