Ascensió del Senyor (cicle B): el poder d'intercessió

Avui celebrem el misteri del poder d'unir el cel i la terra, perquè quan Jesús va pujar al Pare la nostra carn humana va creuar el llindar del cel: la nostra humanitat està allí, en Déu, per sempre. Allí està la nostra confiança, perquè Déu no se separarà mai de l'home. I ens consola saber que en Déu, amb Jesús, està preparat per a cadascun de nosaltres un lloc: una destinació de fills ressuscitats ens espera i per això val realment la pena viure aquí sota buscant les coses d'allà dalt on es troba el nostre Senyor (cf. Cl. 3, 1-2). Això és el que ha fet Jesús, amb el seu poder d'unir per a nosaltres la terra i el cel.

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Misa de la Vigilia

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 67, 33. 35

Canten a Dios, reinos de la tierra, toquen para el Señor, que asciende sobre los cielos; su majestad y su poder resplandecen sobre las nubes. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios eterno, cuyo Hijo subió hoy al cielo en presencia de sus Apóstoles, te pedimos nos concedas que él, de acuerdo a su promesa, permanezca siempre con nosotros en la tierra, y nos permita vivir con él en el cielo. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Dios nuestro, cuyo Unigénito, nuestro mediador, vive para siempre y está sentado a tu derecha para interceder por nosotros, concédenos acercarnos llenos de confianza al trono de la gracia y obtener así tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Hb 10, 12

Cristo ofreció un solo sacrificio por el pecado, y se sentó para siempre a la derecha de Dios. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te pedimos, Señor, que los dones que hemos recibido de tu altar, enciendan en nuestros corazones el deseo de la patria celeste, para que, siguiendo las huellas de nuestro Salvador, tendamos siempre a la meta a donde nos ha precedido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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Misa del Día

ANTÍFONA DE ENTRADA Hch 1, 11

Hombres de Galilea, ¿qué hacen allí parados mirando al cielo? Ese mismo Jesús, que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto marcharse. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Te rogamos nos concedas, Dios todopoderoso, que al reafirmar, en este día, nuestra fe en la ascensión a los cielos de tu Unigénito, nuestro Redentor, nosotros vivamos también con nuestros pensamientos puestos en las cosas celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Se fue elevando a la vista de sus apóstoles.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido. A ellos se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios.

Un día, estando con ellos a la mesa, les mandó: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”.

Los ahí reunidos le preguntaban: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?”. Jesús les contestó: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 46

R/. Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.

Aplaudan, pueblos todos; aclamen al Señor, de gozo llenos; que el Señor, el Altísimo, es terrible y de toda la tierra, rey supremo. R/.

Entre voces de júbilo y trompetas, Dios, el Señor, asciende hasta su trono. Cantemos en honor de nuestro Dios, al rey honremos y cantemos todos. R/.

Porque Dios es el rey del universo, cantemos el mejor de nuestros cantos. Reina Dios sobre todas las naciones desde su trono santo. R/.

SEGUNDA LECTURA

Hasta que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo

De la carta del apóstol san Pablo a los efesios. 4,1-13

Hermanos: Yo, Pablo, prisionero por la causa del Señor, los exhorto a que lleven una vida digna del llamamiento que han recibida Sean siempre humildes y amables; sean comprensivos y sopórtense mutuamente con amor; esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz.

Porque no hay más que un solo cuerpo y un solo Espíritu, como es también sólo una la esperanza del llamamiento que ustedes han recibido. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos.

Cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado. Por eso dice la Escritura: Subiendo a las alturas, llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres.

¿Y qué quiere decir “subió”? Que primero bajó a lo profundo de la tierra. Y el que bajó es el mismo que subió a lo más alto de los cielos, para llenarlo todo.

Él fue quien concedió a unos ser apóstoles; a otros, ser profetas; a otros, ser evangelizadores; a otros, ser pastores y maestros. Y esto, para capacitar a los fieles, a fin de que, desempeñando debidamente su tarea, construyan el cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios y lleguemos a ser hombres perfectos, que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mt 28, 19 20

R/. Aleluya, aleluya.

Vayan y enseñen a todas las naciones, dice el Señor, y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. R/.

EVANGELIO

Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 16,15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Estos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”.

El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado ala derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Al ofrecerte Señor, este sacrificio en la gloriosa festividad de la ascensión, concédenos que por este santo intercambio, nos elevemos también nosotros a las cosas del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Mt 28, 20

Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que nos permites participar en la tierra de los misterios divinos, concede que nuestro fervor cristiano nos oriente hacia el cielo, donde ya nuestra naturaleza humana está contigo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

La ascensión de Jesús a los cielos (Hch 1,1-11)

1ª lectura

Como en el evangelio (cfr Lc 1,1-4), San Lucas inicia su narración con un prólogo semejante al que empleaban los historiadores profanos. En este segundo volumen de su obra enlaza con los acontecimientos narrados al final del evangelio y comienza a relatar los orígenes y la primera expansión del cristianismo, efectuados con la fuerza del Espíritu Santo, protagonista central de todo el escrito. La dimensión espiritual del libro de los Hechos, que forma una estrecha unidad con el tercer evangelio, encendió el alma de las primeras generaciones cristianas, que vieron en sus páginas la historia fiel y el amoroso actuar divino con el nuevo Israel que es la Iglesia. Así, la forma de narrar de Lucas es la de los historiadores, pero la significación del relato es más profunda: «Los Hechos de los Apóstoles parecen sonar puramente a desnuda historia, y que se limitan a tejer la niñez de la naciente Iglesia; pero, si caemos en la cuenta de que su autor es Lucas, el médico, cuya alabanza se encuentra en el Evangelio (cfr Col 4,14), advertiremos igualmente que todas sus palabras son medicamentos para el alma enferma» (S. Jerónimo, Epistulae53,9).

«Teófilo» (v. 1), a quien va dedicado el libro, pudo ser un cristiano culto y de posición acomodada. También puede ser una figura literaria, pues el nombre significa «amigo de Dios».

El tercer evangelio narra las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús y a los Apóstoles, refiriéndolas al mismo día (cfr Lc 24,13.36). Aquí, San Lucas dice que se les apareció «durante cuarenta días» (v. 3). La cifra no es solamente un dato cronológico. El número admite un sentido literal y uno más profundo. Los períodos de cuarenta días o años tienen en la Sagrada Escritura un claro significado salvífico. Son tiempos en los que Dios prepara o lleva a cabo aspectos importantes de su actividad salvadora. El diluvio inundó la tierra durante cuarenta días (Gn 7,17); los israelitas caminaron cuarenta años por el desierto hacia la tierra prometida (Sal 95,10); Moisés permaneció cuarenta días en el monte Sinaí para recibir la revelación de Dios que contenía la Alianza (Ex 24,18); Elías anduvo cuarenta días y cuarenta noches con la fuerza del pan enviado por Dios, hasta llegar a su destino (1 R 19,8); y Nuestro Señor ayunó en el desierto durante cuarenta días como preparación a su vida pública (Mt 4,2).

La pregunta de los Apóstoles (v. 6) indica que todavía piensan en la restauración temporal de la dinastía de David: la esperanza en el Reino parece reducirse para ellos —como para muchos judíos de su tiempo— a la expectación de un dominio nacional judío, bajo el impulso divino, tan amplio y universal como la diáspora. Con su respuesta, el Señor les enseña que tal esperanza es una quimera: los planes de Dios están muy por encima de sus pensamientos; no se trata de una realización política sino de una realidad transformadora del hombre, obra del Espíritu Santo: «Pienso que no comprendían claramente en qué consistía el Reino, pues no habían sido instruidos aún por el Espíritu Santo» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum2).

Cuando el Señor corrige a sus discípulos, sí les especifica claramente cuál debe ser su misión: ser testigos suyos hasta los confines de la tierra (v. 8): El celo por las almas es un mandato amoroso del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 122).

Después (vv. 9-11), el Señor asciende a los cielos. Así se explica la situación actual del cuerpo resucitado de Jesús: «La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su Humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. (...) Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al Cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 668-669).

Lo sentó a su derecha en los cielos (Ef 1,17-23)

2ª lectura

Los fieles a los que dirige esta carta a los Efesios, en su mayor parte procedentes de la gentilidad, están particularmente interesados por el «conocimiento» de los misterios divinos. Ese afán, aunque podía estar influido por corrientes doctrinales y culturales del momento, era bueno de suyo. Por eso, se pide a Dios el Espíritu de sabiduría y revelación, para conocer lo verdaderamente importante, Jesucristo, en quien reside toda plenitud. Además, el conocimiento del misterio de Cristo constituye un sólido fundamento para la esperanza (v. 18): «La palabra del Apóstol habla de las cosas futuras como ya hechas, como corresponde a la potencia de Dios, pues lo que se ha de llevar a cabo en la plenitud de los tiempos ya tiene consistencia en Cristo, en el que está toda la plenitud; y todo lo que ha de suceder es, más que una novedad, el desarrollo del plan de salvación» (S. Hilario de Poitiers, De Trinitate 11,31).

Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo (Mc 16,15-20)

Evangelio

El segundo evangelio finaliza con un apretado sumario sobre las apariciones del resucitado. Estos versículos tienen un estilo distinto del resto del evangelio y faltan en algunos manuscritos. Con todo, ya sea que Marcos siguió de cerca un documento, ya sea un añadido posterior, este pasaje es considerado canónico y, por tanto, inspirado.

La aparición a los Once (vv. 14-18) condensa la misión de los Apóstoles, que es ahora la misión de la Iglesia: el destino universal de la salvación y la necesidad del Bautismo para acceder a ella. La enseñanza de la Iglesia lo expresa así: «Ante todo, debe ser firmemente creído que la “Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cfr Mc 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta” (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 14) Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cfr 1 Tm 2,4); por lo tanto, “es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación” (Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 9). (...) La Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo» (Congr. Doctrina de la Fe, Dominus Iesus, nn. 20 y 22).

Finalmente, los dos últimos versículos (vv. 19-20) relatan quién es Jesús en el presente de la historia: el que ha sido exaltado a la derecha del Padre y quien actúa en sus discípulos confirmando su palabra. La Ascensión del Señor a los Cielos y el estar sentado a la derecha del Padre constituyen el sexto artículo de la Fe que recitamos en el Credo. Jesucristo subió al Cielo en cuerpo y alma; en su Humanidad, ha tomado eterna posesión de la gloria y ocupa junto a Dios el puesto de honor sobre todas las criaturas en cuanto hombre (cfr Catechismus Romanus 1,7,2-3). Con su «entrada» en los Cielos, en su nuevo modo de existencia gloriosa, de alguna manera ya estamos nosotros también participando de esa gloria (cfr Ef 2,6). El Catecismo de la Iglesia Católica resume así la repercusión salvífica de la ascensión: «Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente» (n. 666).

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

La Ascensión del Señor

1. Nuestro Señor Jesucristo ha subido hoy al cielo; suba con él nuestro corazón. Escuchemos al Apóstol, que dice: Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha del Padre; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra. Como él ascendió sin apartarse de nosotros, de idéntica manera también nosotros estamos ya con él allí, aunque aún no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que tenemos prometido. Él ha sido ensalzado ya por encima de los cielos; no obstante, sufre en la tierra cuantas fatigas padecemos nosotros en cuanto miembros suyos. Una prueba de esta verdad la dio al clamar desde lo alto: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y al decir: tuve hambre y me distéis de comer ¿Por qué nosotros no nos esforzamos en la tierra por descansar con él en el cielo sirviéndonos de la fe, la esperanza, la caridad, que nos une a él? Él está allí con nosotros; igualmente, nosotros estamos aquí con él. Él lo puede por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, aunque no lo podemos en virtud de la divinidad como él, lo podemos, no obstante, por el amor, pero amor hacia él. Él no se alejó del cielo cuando descendió de allí hasta nosotros, ni tampoco se alejó de nosotros cuando ascendió de nuevo al cielo. Que estaba en el cielo mientras se hallaba en la tierra, lo atestigua él mismo: Nadie, dijo, subió al cielo sino quien bajó del cielo, el hijo del hombre que está en el cielo. No dijo: «El hijo del hombre que estará en el cielo», sino: El hijo del hombre que está en él cielo.

2. El permanecer con nosotros incluso cuando está en el cielo es una promesa hecha antes de su ascensión al decir: Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Pero también nosotros estamos allí, puesto que él mismo dijo: Regocijaos, porque vuestros nombres han sido escritos en el cielo, a pesar de que con nuestros cuerpos y fatigas quebrantemos la tierra y la tierra nos quebrante a nosotros. Una vez que nos encontremos en su gloria después de la resurrección corporal, ni nuestro cuerpo habitará esta tierra de mortalidad ni nuestro afecto se sentirá inclinado hacia ella; todo él lo tomará de aquí quien tiene las primicias de nuestro espíritu. No hemos de perder la esperanza de alcanzar la perfecta y angélica morada celestial porque él haya dicho: Nadie sube al cielo sino quien bajó del cielo: el hijo del hombre que está en el cielo. Parece que estas palabras se refieren únicamente a él, como si ninguno de nosotros tuviese acceso a él. Pero tales palabras se dijeron en atención a la unidad que formamos, según la cual él es nuestra cabeza y nosotros su cuerpo. Nadie, pues, sino él, puesto que nosotros somos él en cuanto que él es hijo del hombre por nosotros, y nosotros hijos de Dios por él. Así habla el Apóstol: De igual manera que el cuerpo es único y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. No dijo: «Así Cristo», sino así también Cristo. A Cristo, pues, lo constituyen muchos miembros, que son un único cuerpo. Descendió del cielo por misericordia y no asciende nadie sino él, puesto que también nosotros estamos en él por gracia. Según esto, nadie descendió y nadie ascendió, sino Cristo. No se trata de diluir la dignidad de la cabeza en el cuerpo, sino de no separar de la cabeza la unidad del cuerpo. No dice «de tus descendencias», como si fueran muchas, sino: En tu descendencia que es Cristo. Así, pues, llama a Cristo descendencia de Abrahán; y, no obstante, el mismo Apóstol dijo: Pues vosotros sois descendencia de Abrahán. Por tanto, si no se trata de descendencias, como si fueran muchas, sino de una sola, y ésta la de Abrahán, que es Cristo; la de Abrahán, que somos nosotros, cuando él sube al cielo, nosotros no estamos separados de él. No mira con malos ojos el que nosotros vayamos allá quien descendió del cielo, sino que ciclo.» Por eso, robustezcámonos entre tanto; ardamos con todas las llamas del deseo por ello; meditemos en la tierra lo que contamos poseer en el cielo. Entonces nos despojaremos de la carne de la mortalidad; despojémonos ahora de la vetustez del alma: el cuerpo será elevado fácilmente a las alturas celestes si el peso de los pecados no oprimen al espíritu.

3. Por insinuación calumniosa de los herejes, a algunos les intriga el saber cómo el Señor descendió sin cuerpo y ascendió con él; les parece que está en contradicción con aquellas palabras: Nadie sube al cielo sino quien bajó del cielo. ¿Cómo pudo subir al cielo, preguntan, un cuerpo que no bajó de allí? Como si él hubiera dicho: «Nada sube al cielo sino lo que bajó de él.» Lo que dijo fue esto otro: Nadie sube sino quien bajó. La afirmación se refiere a la persona, no a la vestimenta de la persona. Descendió sin el vestido del cuerpo, ascendió con él; pero nadie ascendió, sino quien descendió. Si él nos incorporó a sí mismo en calidad de miembros suyos, de forma que, incluso incorporados nosotros, sigue siendo él mismo, ¡con cuánta mayor razón no puede tener en él otra persona el cuerpo que tomó de la virgen! ¿Quién dirá que no fue la misma persona la que subió a un monte, o a una muralla, o a cualquier otro lugar elevado por el hecho de que, habiendo descendido despojado de sus vestiduras, asciende con ellas, o porque, habiendo descendido desarmado, asciende armado? Como en este caso se dice que nadie subió sino quien descendió, aunque haya subido con algo que no tenía al descender, de idéntica manera, nadie subió al cielo sino Cristo, porque nadie sino él bajó de allí, aunque haya descendido sin cuerpo y haya ascendido con él, habiendo de ascender también nosotros no por nuestro poder, sino por la unión entre nosotros y con él. En efecto, son dos en una sola carne; es el gran sacramento de Cristo y la Iglesia; por eso dice él mismo: Ya no son dos, sino una sola carne.

4. Ayunó cuando fue tentado, a pesar de que, con anterioridad a su muerte, necesitaba el alimento, y, en cambio, comió y bebió una vez glorificado, a pesar de que, después de su resurrección, ya no lo necesitaba. En el primer caso mostraba en su persona nuestra fatiga; en el segundo, en nosotros su consolación; en ambas ocasiones, en el marco de cuarenta días. En efecto, según consta en el evangelio, cuando fue tentado en el desierto antes de la muerte de su carne había ayunado durante cuarenta días; y, a su vez, según lo indica Pedro en los Hechos de los Apóstoles, después de la resurrección de su carne pasó cuarenta días con sus discípulos, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo. Bajo el número 40 parece estar simbolizado el transcurso de este mundo en quienes han sido llamados a la gracia por quien no vino a anular la ley, sino a darle cumplimiento 2. Diez son los preceptos de la ley cuando ya la gracia de Cristo se halla difundida por el mundo. El mundo consta de cuatro partes, y 10 multiplicado por 4 da 40, puesto que los que han sido redimidos por el Señor fueron reunidos de todas las regiones: de oriente y de occidente, del norte y del mar. Su ayuno de cuarenta días antes de su muerte equivalía, en cierto modo, a clamar: «Absteneos de los deseos mundanos»; y el comer y beber durante cuarenta días después de la resurrección de la carne equivalía a decir: Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. El ayuno, en efecto, tiene lugar en la tribulación del combate, porque quien compite en la lucha se abstiene de todo; el alimento, en cambio, es propio de la paz esperada, que no será perfecta hasta que nuestro cuerpo, cuya redención anhelamos, no se revista de inmortalidad; cosa que no nos gloriamos de haberla alcanzado ya, pero de la que nos alimentamos en la esperanza. Una y otra cosa hemos de hacer; así lo mostró el Apóstol al decir: Gozando en la esperanza y siendo pacientes en la tribulación, como si lo primero se hallase simbolizado en el alimento, y lo segundo en el ayuno. Una y otra cosa hemos de realizar cuando emprendemos el camino del Señor: ayunar de la vanidad del mundo presente y robustecernos con la promesa del futuro; en el primer caso no apegando el corazón, y en el segundo, poniendo su alimento en lo alto.

(Sermones sobre los tiempos litúrgicos, Sermón 263 A, O.C. (XXIV), BAC Madrid 1983, pp. 659-664)

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FRANCISCO – Regina Coeli 2014, Homilía 2017

Regina Coeli 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. Los Hechos de los apóstoles relatan este episodio, la separación final del Señor Jesús de sus discípulos y de este mundo (cf. Hch 1, 2.9). El Evangelio de Mateo, en cambio, presenta el mandato de Jesús a los discípulos: la invitación a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mt 28, 16-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo.

Jesús sale, asciende al cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había mandado al mundo. Hizo su trabajo, por lo tanto, vuelve al Padre. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, de una forma nueva. Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles —y también nuestra mirada— a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo había dicho que se marcharía para prepararnos un lugar en el cielo. Sin embargo, Jesús permanece presente y activo en las vicisitudes de la historia humana con el poder y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre. Está cerca de todos nosotros, también hoy está aquí con nosotros en la plaza; el Señor está con nosotros. ¿Vosotros creéis esto? Entonces lo decimos juntos: ¡El Señor está con nosotros!

Jesús, cuando vuelve al cielo, lleva al Padre un regalo. ¿Cuál es el regalo? Sus llagas. Su cuerpo es bellísimo, sin las señales de los golpes, sin las heridas de la flagelación, pero conserva las llagas. Cuando vuelve al Padre le muestra las llagas y le dice: «Mira Padre, este es el precio del perdón que tú das». Cuando el Padre contempla las llagas de Jesús nos perdona siempre, no porque seamos buenos, sino porque Jesús ha pagado por nosotros. Contemplando las llagas de Jesús, el Padre se hace más misericordioso. Este es el gran trabajo de Jesús hoy en el cielo: mostrar al Padre el precio del perdón, sus llagas. Esto es algo hermoso que nos impulsa a no tener miedo de pedir perdón; el Padre siempre perdona, porque mira las llagas de Jesús, mira nuestro pecado y lo perdona.

Pero Jesús está presente también mediante la Iglesia, a quien Él envió a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, no es facultativo. La comunidad cristiana es una comunidad «en salida». Es más: la Iglesia nació «en salida». Y vosotros me diréis: ¿y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre «en salida» con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20). Solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, incluso siendo necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, incluso bien organizado, resulta ineficaz. Y así vamos a decir a la gente quién es Jesús.

Y junto con Jesús nos acompaña María nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza.

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Homilía del 27 de mayo de 2017

Esta es la palabra-clave del poder de Jesús: intercesión.

Hemos escuchado lo que Jesús Resucitado dice a los discípulos antes de su ascensión: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mateo 28, 18). El poder de Jesús, la fuerza de Dios. Este tema atraviesa las Lecturas de hoy: en la primera Jesús dice que no corresponde a los discípulos conocer «el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad», pero les promete a ellos la «fuerza del Espíritu Santo» (Hechos de los Apóstoles 1, 7-8); en la segunda san Pablo habla de la «soberana grandeza de su poder para con nosotros» y de la «eficacia de su fuerza poderosa» (Efesios 1, 19). Pero, ¿en qué consiste esta fuerza, este poder de Dios?

Jesús afirma que es un poder «en el cielo y en la tierra». Es sobre todo el poder de unir el cielo y la tierra. Hoy celebramos este misterio, porque cuando Jesús subió al Padre nuestra carne humana cruzó el umbral del cielo: nuestra humanidad está allí, en Dios, para siempre. Allí está nuestra confianza, porque Dios no se separará nunca del hombre. Y nos consuela saber que en Dios, con Jesús, está preparado para cada uno de nosotros un lugar: un destino de hijos resucitados nos espera y por esto vale realmente la pena vivir aquí abajo buscando las cosas de allí arriba donde se encuentra nuestro Señor (cf. Colosenses 3, 1-2). Esto es lo que ha hecho Jesús, con su poder de unir para nosotros la tierra y el cielo.

Pero este poder suyo no terminó una vez que subió al cielo; continúa también hoy y dura para siempre. De hecho, precisamente antes de subir al Padre, Jesús dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). No es una forma de hablar, una simple tranquilización, como cuando antes de salir hacia un largo viaje se dice a los amigos: “pensaré en vosotros”. No, Jesús está realmente con nosotros y por nosotros: en el cielo muestra al Padre su humanidad, nuestra humanidad; muestra al Padre sus llagas, el precio que ha pagado por nosotros; y así «está siempre vivo para interceder» (Hebreos 7, 25) a nuestro favor. Esta es la palabra-clave del poder de Jesús: intercesión. Jesús tomado por el Padre intercede cada día, cada momento por nosotros. En cada oración, en cada petición nuestra de perdón, sobre todo en cada misa, Jesús interviene: muestra al Padre los signos de su vida ofrecida —lo he dicho—, sus llagas, e intercede, obteniendo misericordia para nosotros. Él es nuestro “abogado” (cf. 1 Juan 2, 1) y, cuando tenemos alguna “causa” importante, hacemos bien en encomendársela, en decirle: “Señor Jesús, intercede por mí, intercede por nosotros, intercede por esa persona, intercede por esa situación...”.

Esta capacidad de intercesión, Jesús nos la ha donado también a nosotros, a su Iglesia, que tiene el poder y también el deber de interceder, de rezar por todos. Podemos preguntarnos, cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Yo rezo? Y todos, como Iglesia, como cristianos, ¿ejercitamos este poder llevando a Dios las personas y las situaciones?”. El mundo lo necesita. Nosotros mismos lo necesitamos. En nuestras jornadas corremos y trabajamos mucho, nos comprometemos con muchas cosas; pero corremos el riesgo de llegar a la noche cansados y con el alma cargada, parecidos a un barco cargado de mercancía que después de un viaje cansado regresa al puerto con ganas solo de atracar y de apagar las luces. Viviendo siempre entre tantas carreras y cosas que hacer, nos podemos perder, encerrarnos en nosotros mismos y convertirnos en inquietos por nada. Para no dejarnos sumergir por este “dolor de vivir”, recordemos cada día “lanzar el ancla a Dios”: llevemos a Él los pesos, las personas y las situaciones, confiémosle todo. Esta es la fuerza de la oración, que une cielo y tierra, que permite a Dios entrar en nuestro tiempo.

La oración cristiana no es una forma para estar un poco más en paz con uno mismo o encontrar alguna armonía interior; nosotros rezamos para llevar todo a Dios, para encomendarle el mundo: la oración es intercesión. No es tranquilidad, es caridad. Es pedir, buscar, llamar (cf. Mateo 7, 7). Es involucrarse para interceder, insistiendo asiduamente con Dios los unos por los otros (cf. Hechos de los Apóstoles 1, 14). Interceder sin cansarse: es nuestra primera responsabilidad, porque la oración es la fuerza que hace ir adelante al mundo; es nuestra misión, una misión que al mismo tiempo supone cansancio y dona paz. Este es nuestro poder: no prevalecer o gritar más fuerte, según la lógica de este mundo, sino ejercitar la fuerza mansa de la oración, con la cual se pueden también parar las guerras y obtener la paz. Como Jesús intercede siempre por nosotros ante el Padre, así nosotros sus discípulos no nos cansemos nunca de rezar para acercar la tierra y el cielo.

Después de la intercesión emerge, del Evangelio, una segunda palabra-clave que revela el poder de Jesús: el anuncio. El Señor envía a los suyos a anunciarlo con el único poder del Espíritu Santo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mateo 28, 19). ¡Id! Es un acto de extrema confianza en los suyos: ¡Jesús se fía de nosotros, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos! Nos envía a pesar de nuestras faltas; sabe que no seremos nunca perfectos y que, si esperamos convertirnos en mejores para evangelizar, no empezaremos nunca.

Para Jesús es importante que desde enseguida superemos una gran imperfección: la cerrazón. Porque el Evangelio no puede estar encerrado y sellado, porque el amor de Dios es dinámico y quiere alcanzar a todos. Para anunciar, entonces, es necesario ir, salir de sí mismo. Con el Señor no se puede estar quietos, acomodados en el propio mundo y en los recuerdos nostálgicos del pasado; con Él está prohibido acomodarse en las seguridades adquiridas. La seguridad para Jesús está en el ir, con confianza: allí se revela su fuerza. Porque el Señor no aprecia las comodidades y el confort, sino que incomoda y relanza siempre. Nos quiere en salida, libres de las tentaciones de conformarse cuando estamos bien y tenemos todo bajo control.

“Id”, nos dice también hoy Jesús, que en el Bautismo ha concedido a cada uno de nosotros el poder del anuncio. Por eso ir en el mundo con el Señor pertenece a la identidad del cristiano. No es solo para los sacerdotes, las monjas, los consagrados: es de todos los cristianos, es nuestra identidad. Ir en el mundo con el Señor: esta es nuestra identidad. El cristiano no está quieto, sino en camino: con el Señor hacia los otros. Pero el cristiano no es un velocista que corre locamente o un conquistador que debe llegar antes que los otros. Es un peregrino, un misionero, un “maratonista con esperanza”: manso pero decidido en el caminar; confiado y al mismo tiempo activo; creativo pero siempre respetuoso; ingenioso y abierto, trabajador y solidario. ¡Con este estilo recorremos las calles del mundo!

Como para los discípulos de los orígenes, nuestros lugares de anuncio son las calles del mundo: es sobre todo allí que el Señor espera ser conocido hoy. Como en los orígenes, desea que el anuncio sea llevado no con la nuestra, sino con su fuerza: no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y mansa del testimonio alegre. Y esto es urgente, ¡hermanos y hermanas! Pidamos al Señor la gracia de no fosilizarnos en cuestiones no centrales, sino dedicarnos plenamente a la urgencia de la misión. Dejemos a otros los chismorreos y las falsas discusiones de quien se escucha solo a sí mismo, y trabajemos concretamente por el bien común y por la paz; arriesguémonos con valentía, convencidos de que hay más alegría en el dar que en el recibir (cf. Hechos de los Apóstoles 20, 35). El Señor resucitado y vivo, que siempre intercede por nosotros, sea la fuerza de nuestro ir, la valentía de nuestro caminar.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Nuestra patria está en los cielos

Hoy se celebra la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos. En la primera lectura el suceso está descrito así:

«Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”».

Ésta es, por así decirlo, la descripción externa del acontecimiento. El significado oculto del hecho, por el contrario, nos ha sido ilustrado por san Pablo en la segunda lectura; y es que Dios «resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos», «sometió bajo sus pies todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia». La Ascensión celebra la entronización de Cristo como Señor del universo.

Es curioso escuchar de la boca de los dos ángeles (los «hombres vestidos de blanco») la misma reprimenda que, en tono menos amable, frecuentemente les ha sido dirigida a los cristianos por parte de los no creyentes: «¿Por qué estáis mirando el cielo?» «¡Los cristianos, ha dicho Hegel, derrochan en el cielo los tesoros destinados a la tierra!» «Ellos, ha afirmado C. Marx, proyectan en el cielo sus deseos no sofocados en la tierra».

La fiesta de hoy nos obliga a reflexionar en qué significa la palabra cielo, que aparece continuamente en las lecturas bíblicas, y en el mismo nombre de la fiesta: «Ascensión de Jesús al cielo».

Algunos hoy confunden este cielo de la fe con el físico o astronómico y de ello surge una mezcla explosiva. Hace tiempo, en los Estados Unidos, tuvo lugar un suicidio en masa de treinta y nueve personas pertenecientes a una pequeña secta denominada «Puerta del cielo» (Heaven’s Gate). ¿El motivo? Cansados y disgustados de la vida en la tierra y descentrados por lo mucho que se habla hoy de los extraños, de objetos no identificados (UFO) y de extraterrestres, estaban ellos impacientes por ascender «a un nivel más alto» e ir a vivir en cualquier otro planeta. El paso cercano a la tierra del cometa Hale-Bopp fue tomado como el signo esperado. Era llegada la hora de dejar acá abajo sus «vehículos» o «contenedores», como llamaban al cuerpo; era necesario darse prisa para subir en la nave, que venía a recogerles, antes de que desapareciera de nuevo en los espacios profundos del cosmos.

De este episodio desagradable se ve asimismo cuán importante sea esclarecer lo que “hemos de entender cuando el Evangelio nos habla del cielo. Platón, uno de los más grandes maestros de la humanidad, ha recluido en una semejanza el sentido espiritual del cielo; se trata del así llamado mito de la caverna. No os asustéis, veréis que se trata de una filosofía muy comprensible. Y, después, ¿quién ha dicho que los tesoros más profundos del pensamiento humano deben estar reservados sólo a los dotados y a quienes han podido estudiar en la universidad? N o existe idea por profunda que sea que, encontrando un lenguaje apto, no pueda hacerse entender incluso por las personas menos instruidas.

Por lo tanto, escribe Platón, imagina esta escena. Unos hombres han sido confinados en el fondo de una gruta o caverna oscura, con las espaldas en sentido opuesto a la entrada. Han sido atados de tal modo que no pueden mirar más que hacia adelante, hacia la pared del fondo. A sus espaldas, detrás de un pequeño muro, hay gente, que va y viene llevando varios objetos en la mano y en la cabeza. Entre la entrada de la gruta y esta gente con varios objetos existe un foco, que proyecta sus propias sombras sobre la pared del fondo, que es la única que pueden ver los prisioneros. No habiendo visto desde siempre nada más, las personas encadenadas en la gruta piensan que aquellas sombras son la única realidad, que no existe ninguna otra. Tanto que si alguno consiguiese liberarse y salir fuera, a cielo abierto, y volver después hacia atrás, intentando explicar a los prisioneros cómo están verdaderamente las cosas, les pondrían a ellos a morir, pensando que por la excesiva luz les ha comenzado a dar vueltas el cerebro (¡lo que hicieron, de hecho, los atenienses con Sócrates!).

Ésta, dice Platón, es nuestra condición, los hombres, en el mundo. Todo el mundo es una caverna. Las cosas, que nosotros creemos verdaderas y reales, no son más que sombras de la realidad, que se encuentran allá arriba en el cielo. Son imitaciones de la realidad celestial. Es necesario soltarse del cuerpo, que nos encadena a la materia y a las ilusiones, y «salir de la caverna» para conocer la verdadera realidad. Por lo tanto, Platón ya había entendido que el cielo, en cuanto patria definitiva del hombre, no es algo físico, situado en cualquier parte remota del cosmos. Es un cielo cualitativamente distinto, situado fuera del espacio y del tiempo. Él lo llamaba el «mundo de las ideas» o hiperuranio.

Nuestro gran pintor Rafael ha compendiado magistralmente el pensamiento de Platón en el famoso cuadro llamado La escuela de Atenas. En él vemos representados a los dos máximos filósofos antiguos, Platón y Aristóteles, con planteamientos opuestos. Aristóteles, con la mano dirigida hacia abajo, afirma que la realidad está sobre la tierra y que nuestro conocimiento debe partir de las cosas, que se ven y que se tocan; Platón, con el dedo dirigido hacia arriba, recuerda que la realidad está en lo alto, en el cielo.

Hoy todos, quien más quien menos, somos «aristotélicos con la mirada y la atención dirigidas a la tierra». A todos, sin embargo, nos serviría un poco de platonismo. Si el tan despreciado «amor platónico» significa un amor más espiritual, más poético e ideal, entonces, también en el amor, sería útil llegar a ser todos un poco más platónicos, visto que hoy el peligro mayor es el de minimizar el amor, reduciéndolo sólo a la esfera física de los sentidos.

Hay frases en la Escritura, que parecen reiteradas según el módulo platónico de ver las cosas, ilustrado por el mito de la caverna. Aquel personaje del cuadro de Rafael con el dedo dirigido hacia el cielo, podría muy bien ser san Pablo cuando dice:

«Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra» (Colosenses 3,1-2).

Entonces, ¿la fe cristiana ya no sería más que una forma de platonismo puesta al día? ¿Nada de nuevo habría sucedido con la venida de Cristo? No, hay una diferencia substancial; el cielo de los cristianos no es el mismo que el de Platón. Los cristianos ya no razonan más con el esquema espacial abajo/arriba o en lo bajo/en lo alto, sino con el esquema temporal/presente/ futuro. Cuando hablamos del cielo, nosotros no entendemos un espacio, que está por encima de nosotros, sino un acontecimiento, que está delante de nosotros, hacia el que estamos encaminados. Y este evento es el retorno glorioso del Señor, la parusía, los «cielos nuevos y la tierra nueva» (Isaías 66, 22). Después de haber dicho a los apóstoles: «¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?», los dos ángeles les dicen, por el contrario, en qué dirección deben mirar, esto es, hacia el retorno del Señor:

«El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse».

San Pablo dice la misma cosa:

«Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo» (Filipenses 3, 20).

«No tenemos aquí abajo ciudad permanente», dice la Escritura, y, llegados a este punto, nos esperábamos que el texto prosiguiese diciendo: «pero, buscamos la de allá arriba»; por el contrario, está escrito: «sin embargo, buscamos la futura» (Hebreos 13, 14).

Alguno dirá: pero, ¿esto qué diferencia crea? ¡Es una enorme diferencia! A los ojos de Platón este mundo perdía todo valor. El mundo para él era una caverna, esto es, una prisión; jugando con la semejanza de las dos palabras en griego, él decía que el cuerpo (soma) es una tumba (sema). Huir, evadirse del mundo, llega a ser, en este caso, la palabra de mandato. No hay salvación de la carne y del mundo, sino sólo por la carne y para el mundo.

Para los cristianos, no. El cristiano no es un dualista como Platón. El cuerpo no es un simple «vehículo» o «contenedor» para dejarlo acá abajo. Está destinado a participar en la gloria junto con el alma. La resurrección de Cristo y su ascensión al cielo en su verdadero cuerpo están para indicar precisamente esto. Nosotros queremos ser felices «en esta nuestra carne», no sin ella, y así será según nos asegura la fe. El encuentro con el Señor, que viene, o «estar con Cristo» (Filipenses 1,23): he aquí lo que es el «cielo» para nosotros los cristianos.

Más aún: si este mundo es de Dios, creado por él y, asimismo, en espera de la plena redención (cfr. Romanos 8,19), entonces no sólo no podemos desinteresamos de su suerte, sino que debemos contribuir a su conservación y a su perfección. Lejos de quitarnos el deber de mejorar las condiciones de vida en este mundo, la fe en el retorno de Cristo y en una vida futura llega a ser un estímulo formidable, que no deja tranquilo en su pereza a nadie. El tiempo se nos ha dado para «hacer el bien a todos» decía san Pablo (Gálatas 6,10). ¡Por lo tanto, es otra cosa distinta que para «amontonar en el cielo los tesoros destinados a la tierra»! (cfr. Mateo 6,19-20).

Si el cielo es para nosotros como «el Señor que viene» (cfr. Isaías 40,10; Mateo 21,9), entonces, debemos estar siempre vigilantes, porque él ya viene ahora a nosotros en la Eucaristía; viene en el pobre, en el necesitado, en el que sufre. Antes que nosotros vayamos al cielo, es el cielo el que viene a nosotros.


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