Diumenge III de Pasqua (cicle B): estem cridats a ser testimonis de la ressurrecció de Jesús

Avui, tercer diumenge de Pasqua, trobem en l'evangeli de Lluc a Jesús ressuscitat que es presenta enmig dels deixebles (cf. Llc. 24,36), els quals, incréduls i atemorits, pensaven que veien un esperit (cf. Llc. 24,37). Tots nosaltres estem cridats a donar testimoniatge que Jesús està viu. Podemos preguntar-nos: però, qui és el testimoni? El testimoni és un que ha vist, que recorda i explica. Veure, recordar i explicar són els tres verbs que descriuen la identitat i la missió.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 65, 1-2

Aclama a Dios, tierra entera. Canten todos un himno a su nombre, denle gracias y alábenlo. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido, para que, al alegrarse hoy por haber recobrado la dignidad de su adopción filial, aguarde seguro su gozosa esperanza el día de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Ustedes dieron muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucito de entre los muertos.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 3. 13-15. 17-19

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien ustedes entregaron a Pilato, y a quien rechazaron en su presencia, cuando él ya había decidido ponerlo en libertad. Rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; han dado muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y de ello nosotros somos testigos.

Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes han obrado por ignorancia, de la misma manera que sus jefes; pero Dios cumplió así lo que había predicho por boca de los profetas: que su Mesías tenía que padecer. Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 4

R/. En ti, Señor, confío. Aleluya.

Tú que conoces lo justo de mi causa, Señor, responde a mi clamor. Tú que me has sacado con bien de mis angustias, apiádate y escucha mi oración, R/.

Admirable en bondad ha sido el Señor para conmigo, y siempre que lo invoco me ha escuchado; por eso en él confío. R/.

En paz, Señor, me acuesto y duermo en paz, pues sólo tú, Señor, eres mi tranquilidad. R/.

SEGUNDA LECTURA

Cristo es la víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero.

De la primera carta del apóstol san Juan: 2, 1-5

Hijitos míos: Les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguien peca, tenemos como intercesor ante el Padre, a Jesucristo, el justo. Porque él se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero.

En esto tenemos una prueba de que conocemos a Dios: en que cumplimos sus mandamientos. Quien dice: “Yo lo conozco”, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Lc 24, 32

R/. Aleluya, aleluya.

Señor Jesús, haz que comprendamos la Sagrada Escritura. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas. R/.

EVANGELIO

Está escrito que Cristo tenía que padecer y tenía que resucitar de entre los muertos al tercer día.

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 24, 35-48

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. El los, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?”. Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, los dones que, jubilosa, tu Iglesia te presenta, y puesto que es a ti a quien debe su alegría, concédele también disfrutar de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Lc 24, 46-47

Era necesario que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y que, en su nombre, se exhortara a todos los pueblos el arrepentimiento para el perdón de los pecados. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dirige, Señor, tu mirada compasiva sobre tu pueblo, al que te has dignado renovar con estos misterios de vida eterna, y concédele llegar un día a la gloria incorruptible de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Dios de Abrahán ha glorificado a su Hijo Jesús (Hch 3,13-15.17-19)

1ª lectura

Tras la curación del cojo que se acaba de narrar, se introduce este segundo discurso de San Pedro. Tiene dos partes: en la primera (vv. 12-16), el Apóstol explica que el milagro se ha realizado en el nombre de Jesús y por la fe en su nombre; en la segunda (vv. 17-26), subraya que en Jesús se cumplen las profecías del Antiguo Testamento y mueve a penitencia a la multitud reunida, responsable también de alguna manera de la muerte de Cristo. Al final (vv. 25-26), Pedro anotará un motivo común en la predicación apostólica (cfr 2,39): la salvación se dirige en primer lugar al pueblo elegido, pero está abierta a todos.

El discurso se refiere a Jesús con términos fáciles de entender por judíos en sentido mesiánico. Se le llama Hijo (v. 13), Cristo (vv. 18.20), y también «profeta» (v. 22). Las expresiones «el Santo» y «el Justo» (v. 14), novedosas aquí, se emplean ya como predicado o título mesiánico de Jesús en otros lugares (7,52; Mc 1,24; Lc 4,34). «Santo» y «Justo» son palabras equivalentes, como lo son también santidad y justicia.

San Pedro (v. 17), como después San Pablo (13,27), habla de la ignorancia de las gentes y de los jefes en la condena a Jesús. Con ello, no hacen sino repetir las palabras de Jesús en la cruz (Lc 23,34). De la misma manera, el gesto del pueblo que se convierte (4,4) evoca el momento en que las gentes se golpeaban el pecho tras la muerte del Señor (Lc 23,48).

Tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo (1 Jn 2,1-5)

2ª lectura

Para llevar una vida de unión con Dios, el cristiano debe reconocerse pecador y luchar contra el pecado. Así, Cristo, que es el abogado ante el Padre (2,1), le purifica de todo pecado con su sangre (cfr. 1 Jn 1,7). La acogida de la misericordia divina exige de cada uno de nosotros la confesión de sus faltas. La penitencia impuesta en el sacramento de la Reconciliación nos ayuda a configurarnos con Cristo que es el Único que expió nuestros pecados de una vez por todas (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1460).

«El apóstol San Juan —comenta San Alfonso Mª de Ligorio— nos exhorta a evitar el pecado; pero, temiendo que decaigamos de ánimo, al recordar nuestras pasadas culpas, nos alienta a esperar el perdón, con tal que tengamos la firme resolución de no caer, diciéndonos que tenemos que habérnoslas con Cristo, que no murió sólo para perdonarnos, sino que además, después de muerto, se ha constituido abogado nuestro ante el Padre celestial» (Reflexiones sobre la Pasión 9,2).

A lo largo de esta carta, «conocer a Dios» no significa un saber teórico sino estar unidos a Él por la fe y por el amor, viviendo la vida de la gracia.

Les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras (Lc 24,35-48)

Evangelio

En la narración de las apariciones parece percibirse la pedagogía de Jesús para enseñar a sus discípulos los pormenores de la resurrección. Una vez que éstos se han convencido de la resurrección (cfr 24,34), les muestra que no es un simple espíritu (v. 37) sino que tiene carne (vv. 39.41-43) y que es el mismo que murió en la cruz (vv. 39-40): «Yo, por mi parte, sé muy bien y en ello pongo mi fe que, después de su resurrección, permaneció el Señor en su carne. Y así, cuando se presentó a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tocadme, palpadme y comprended que no soy un espíritu incorpóreo. Y al punto le tocaron y creyeron, quedando persuadidos de su carne y de su espíritu (...). Es más, después de su resurrección comió y bebió con ellos, como hombre de carne que era, si bien espiritualmente estaba hecho una cosa con su Padre» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Smyrnaeos 3,1-3).

Tras las muestras de su identidad, y antes de volver junto al Padre, Jesús confía la misión a sus discípulos. En las últimas palabras del Señor se compendia todo lo que San Lucas desarrollará después en el libro de los Hechos de los Apóstoles: está en el designio de Dios la predicación del misterio de Cristo (vv. 46-47), del que aquéllos han sido testigos (v. 48), para la salvación universal (v. 47). La misión apostólica comenzará en Jerusalén (v. 47) porque allí culmina el «éxodo» de Jesús (cfr 9,31).

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SAN AGUSTÍN(www.iveargentina.org)

 

Aparición a los apóstoles

(Lc 24, 36-53)

1. La lectura del evangelio, sagrada e imperecedera, nos descubre al verdadero Cristo y a la verdadera Iglesia para que no caigamos en error respecto a ninguno de los dos o para que ni atribuyamos al santo esposo otra esposa en lugar de la suya, ni a la santa esposa otro esposo que no sea el propio. Así, pues, para no errar en ninguno de los dos, escuchemos el evangelio cual acta de su matrimonio.

2. No han faltado ni faltan quienes se engañan, respecto a Cristo el Señor, creyendo que no tuvo verdadera carne. Escuchen lo que acabamos de oír nosotros. Él está en el cielo, pero se deja oír aquí; está sentado a la derecha del Padre, pero conversa con nosotros. Indique él quién es, manifiéstese a sí mismo; ¿qué necesidad tenemos de buscar otro testigo para que nos hable de él? Escuchémosle a él mismo. Se apareció a sus discípulos, presentándose de forma repentina en medio de ellos. Lo oísteis cuando se leyó. Ellos se sintieron turbados y creían que estaban viendo un espíritu. Es lo mismo que piensan quienes creen que él no tuvo verdadera carne: los maniqueos, los priscilianistas y cualquier otra peste que ni siquiera merece ser nombrada. No es que piensen que Cristo no existió; no, no es esto; pero piensan que era un espíritu sin carne. ¿Qué piensas tú, oh Católica? ¿Qué piensas tú, su esposa, no una adúltera? ¿Qué piensas tú sino lo que aprendiste de su boca? En efecto, no has podido encontrar mejor testimonio sobre él que el dado por él mismo. ¿Qué piensas, pues, tú? Tú aprendiste que Cristo constaba de la Palabra, alma humana y carne humana. ¿Qué sabes respecto a la Palabra? En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio junto a Dios. ¿Qué aprendiste referente al alma humana? E, inclinada la cabeza, entregó su espíritu. ¿Qué te enseñó respecto a la carne? Escúchalo. Perdona a quienes piensan ahora lo que antes pensaron los discípulos que estaban en error; error en el que, sin embargo, no permanecieron. Los discípulos pensaron lo mismo que hoy piensan los maniqueos, los priscilianistas, a saber, que Cristo el Señor no tenía carne verdadera, que era solamente un espíritu. Veamos si el Señor los dejó errar. Ved que el pensar eso es un perverso error, pues el médico se apresuró a curarlo y no lo quiso confirmar. Ellos, pues, creían estar viendo un espíritu; pero quien sabía lo dañinos que eran esos pensamientos, ¿qué les dijo para erradicarlos de sus corazones? ¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Contra cualquier pensamiento dañino, venga de donde venga, agárrate a lo que has recibido; de lo contrario, estás perdido. Cristo, la Palabra verdadera, el Unigénito igual al Padre, tiene verdadera alma humana y verdadera carne, aunque sin pecado. Fue la carne la que murió, la que resucitó, la que colgó del madero, la que yació en el sepulcro y ahora está sentada en el cielo. Cristo el Señor quería convencer a sus discípulos de que lo que estaban viendo eran huesos y carne; tú, sin embargo, le llevas la contraria. ¿Es él quien miente y tú quien dice la verdad? ¿Eres tú quien edifica y él quien engaña? ¿Por qué quiso convencerme Cristo de esto sino porque sabía lo que me es provechoso creer y lo que me perjudica no creer? Creedlo, pues, así; él es el esposo.

3. Escuchemos también lo referente a la esposa, pues no sé quiénes, poniéndose también a favor de los adúlteros, quieren alejar a la verdadera y poner en su lugar una extraña. Escuchemos lo referente a la esposa. Después que los discípulos hubieron tocado sus pies, manos, su carne y huesos, el Señor añadió: ¿Tenéis algo que comer? En efecto, la consumición del alimento era una prueba más de su verdadera humanidad. Lo recibió, lo comió y repartió de él; y, cuando aún estaban temblorosos de miedo, les dijo: ¿No os decía estas cosas cuando aún estaba con vosotros? ¿Cómo? ¿No estaba ahora con ellos? ¿Qué significa: cuando aún estaba con vosotros? Cuando era aún mortal, como lo sois todavía vosotros. ¿Qué os decía? Que convenía que se cumpliese todo lo que estaba escrito de mí en la ley, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo que convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Eliminad la carne verdadera, y dejará de existir verdadera pasión y verdadera resurrección. Aquí tienes al esposo: Convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Retén lo dicho sobre la cabeza; escucha ahora lo referente al cuerpo. ¿Qué es lo que tenemos que mostrar ahora? Quienes hemos escuchado quién es el esposo, reconozcamos también a la esposa. Y que se predique la penitencia y el perdón de los pecados en su nombre. ¿Dónde? ¿A partir de dónde? ¿Hasta dónde? En todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ve aquí la esposa; que nadie te venda fábulas; cese de ladrar desde un rincón la rabia de los herejes. La Iglesia está extendida por todo el orbe de la tierra; todos los pueblos poseen la Iglesia. Que nadie os engañe: ella es la auténtica, ella la católica. A Cristo no lo hemos visto, pero sí a ella: creamos lo que se nos dice de él. Los apóstoles, por el contrario, le veían a él y creían lo referente a ella. Ellos veían una cosa y creían la otra; nosotros también, puesto que vemos una, creamos la otra. Ellos veían a Cristo, y creían en la Iglesia que no veían; nosotros que vemos la Iglesia, creamos también en Cristo, a quien no vemos, y, agarrándonos a lo que vemos, llegaremos a quien aún no vemos. Conociendo, pues, al esposo y a la esposa, reconozcámoslos en el acta de su matrimonio para que tan santas nupcias no sean objeto de litigio.

(Lugar: Hipona. Fecha: Probablemente, el miércoles de Pascua. Entre el 400 y 412)

(Sermones (4º), O.C. (XXIV), BAC Madrid 1983, pp. 438-42)

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FRANCISCO – Ángelus 2015 - Homilía en Santa Marta, 24 de abril de 2014

Ángelus 2015

Testigos de Jesús resucitado

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy resuena dos veces la palabra «testigos». La primera vez es en los labios de Pedro: él, después de la curación del paralítico ante la puerta del templo de Jerusalén, exclama: «Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello» (Hch 3, 15). La segunda vez, en los labios de Jesús resucitado: Él, la tarde de Pascua, abre la mente de los discípulos al misterio de su muerte y resurrección y les dice: «Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24, 48). Los apóstoles, que vieron con los propios ojos al Cristo resucitado, no podían callar su extraordinaria experiencia. Él se había mostrado a ellos para que la verdad de su resurrección llegara a todos mediante su testimonio. Y la Iglesia tiene la tarea de prolongar en el tiempo esta misión; cada bautizado está llamado a dar testimonio, con las palabras y con la vida, que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo y presente en medio de nosotros. Todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de que Jesús está vivo.

Podemos preguntarnos: pero, ¿quién es el testigo? El testigo es uno que ha visto, que recuerda y cuenta. Ver, recordar y contar son los tres verbos que describen la identidad y la misión. El testigo es uno que ha visto, con ojo objetivo, ha visto una realidad, pero no con ojo indiferente; ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento. Por eso recuerda, no sólo porque sabe reconstruir de modo preciso los hechos sucedidos, sino también porque esos hechos le han hablado y él ha captado el sentido profundo. Entonces el testigo cuenta, no de manera fría y distante sino como uno que se ha dejado cuestionar y desde aquel día ha cambiado de vida. El testigo es uno que ha cambiado de vida.

El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, no es una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones o un moralismo, sino que es un mensaje de salvación, un acontecimiento concreto, es más, una Persona: es Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos. Él puede ser testimoniado por quienes han tenido una experiencia personal de Él, en la oración y en la Iglesia, a través de un camino que tiene su fundamento en el Bautismo, su alimento en la Eucaristía, su sello en la Confirmación, su continua conversión en la Penitencia. Gracias a este camino, siempre guiado por la Palabra de Dios, cada cristiano puede transformarse en testigo de Jesús resucitado. Y su testimonio es mucho más creíble cuando más transparenta un modo de vivir evangélico, gozoso, valiente, humilde, pacífico, misericordioso. En cambio, si el cristiano se deja llevar por las comodidades, las vanidades, el egoísmo, si se convierte en sordo y ciego ante la petición de «resurrección» de tantos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, como podrá comunicar la potencia liberadora de Jesús vivo y su ternura infinita?

Que María, nuestra Madre, nos sostenga con su intercesión para que podamos convertirnos, con nuestros límites, pero con la gracia de la fe, en testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que nos encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz.

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Homilía 24.IV.14

Ningún miedo a la alegría

Hay muchos cristianos que tienen “miedo a la alegría”. Cristianos “murciélagos”, los definió “con un poco de humor” el Papa Francisco, que van con “cara de funeral”, moviéndose en la sombra en lugar de dirigirse “a la luz de la presencia del Señor”.

El hilo conductor de la meditación en la capilla de la Casa Santa Marta fue precisamente el contraste entre los sentimientos que experimentaron los Apóstoles después de la resurrección del Señor: por una parte, la alegría de saber que había resucitado, y, por otra, el miedo de verlo de nuevo en medio de ellos, de entrar en contacto real con su misterio viviente. Inspirándose en el Evangelio de san Lucas propuesto por la liturgia, el Papa recordó, en efecto, que “la tarde de la resurrección los discípulos estaban contando lo que habían visto”: los dos discípulos de Emaús hablaban de su encuentro con Jesús durante el camino, y así también Pedro. En resumen, “todos estaban contentos porque el Señor había resucitado: estaban seguros de que el Señor había resucitado”. Pero precisamente “estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos” y les dice: “Paz a vosotros”.

En ese momento, observó el Papa, sucedió algo diferente de la paz. En efecto, el Evangelio describe a los apóstoles “aterrorizados y llenos de miedo”. No “sabían qué hacer y creían ver un fantasma”. Así, prosiguió el Papa, “todo el problema de Jesús era decirles: Pero mirad, no soy un fantasma; palpadme, ¡mirad mis heridas!”.

Se lee además en el texto: “Como no acababan de creer por la alegría...”. Este es el punto focal: los discípulos “no podían creer porque tenían miedo a la alegría”. En efecto, Jesús “los llevaba a la alegría: la alegría de la resurrección, la alegría de su presencia en medio de ellos”. Pero precisamente esta alegría se convirtió para ellos en “un problema para creer: por la alegría no creían y estaban atónitos”.

En resumen, los discípulos “preferían pensar que Jesús era una idea, un fantasma, pero no la realidad”.

“El miedo a la alegría es una enfermedad del cristiano”. También nosotros, explicó el Pontífice, “tenemos miedo a la alegría”, y nos decimos a nosotros mismos que “es mejor pensar: sí, Dios existe, pero está allá, Jesús ha resucitado, ¡está allá!”. Como si dijéramos: “Mantengamos las distancias”. Y así “tenemos miedo a la cercanía de Jesús, porque esto nos da alegría”.

Esta actitud explica también por qué hay “tantos cristianos de funeral”, cuya “vida parece un funeral permanente”. Cristianos que “prefieren la tristeza a la alegría; se mueven mejor en la sombra que en la luz de la alegría”. Precisamente “como esos animales –especificó el Papa– que logran salir solamente de noche, pero que a la luz del día no ven nada. ¡Como los murciélagos! Y con sentido del humor diríamos que son “cristianos murciélagos”, que prefieren la sombra a la luz de la presencia del Señor”.

En cambio, “muchas veces nos sobresaltamos cuando nos llega esta alegría o estamos llenos de miedo; o creemos ver un fantasma o pensamos que Jesús es un modo de obrar”. Hasta tal punto que nos decimos a nosotros mismos: “Pero nosotros somos cristianos, ¡y debemos actuar así!”. E importa muy poco que Jesús no esté. Más bien, habría que preguntar: “Pero, ¿tú hablas con Jesús? ¿Le dices: Jesús, creo que estás vivo, que has resucitado, que estás cerca de mí, que no me abandonas?”. Este es el “diálogo con Jesús”, propio de la vida cristiana, animado por la certeza de que “Jesús está siempre con nosotros, está siempre con nuestros problemas, con nuestras dificultades y con nuestras obras buenas”.

Por eso, reafirmó el Pontífice, es necesario superar “el miedo a la alegría” y pensar en cuántas veces “no somos felices porque tenemos miedo”. Como los discípulos que, explicó el Papa, “habían sido derrotados” por el misterio de la cruz. De ahí su miedo. “Y en mi tierra hay un dicho que dice así: el que se quema con leche, ve una vaca y llora”. Y así los discípulos, “quemados con el drama de la cruz, dijeron: no, ¡detengámonos aquí! Él está en el cielo, está muy bien así, ha resucitado, pero que no venga otra vez aquí, ¡porque ya no podemos más!”.

El Papa Francisco concluyó su meditación invocando al Señor para que “haga con todos nosotros lo que hizo con los discípulos, que tenían miedo a la alegría: abrir nuestra mente”. En efecto, se lee en el Evangelio: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Así pues, el Papa deseó “que el Señor abra nuestra mente y nos haga comprender que Él es una realidad viva, que tiene cuerpo, está con nosotros y nos acompaña, que ha vencido: pidamos al Señor la gracia de no tener miedo a la alegría”.

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BENEDICTO XVI – Regina Coeli 2012

La presencia real de Cristo en su Palabra y la Eucaristía

¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy, tercer domingo de Pascua, encontramos en el evangelio de Lucas a Jesús resucitado que se presenta en medio de los discípulos (cf. Lc. 24,36), los cuales, incrédulos y atemorizados, pensaban que veían un espíritu (cf. Lc. 24,37). Romano Guardini escribe: “El Señor ha cambiado. No vive ya como antes. Su existencia... no es comprensible. Sin embargo, es corpórea, incluye... todo lo que vivió; el destino atravesado, su pasión y su muerte. Todo es real. Aunque sea cambiada, pero siempre una tangible realidad” (Il SignoreMeditazioni sulla persona e la vita di N.S. Gesù Cristo, Milano 1949, 433). Dado que la resurrección no borra los signos de la crucifixión, Jesús muestra sus manos y sus pies a los apóstoles. Y para convencerlos, les pide algo de comer. Así que los discípulos “le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos” (Lc. 24,42-43). San Gregorio Magno comenta que “el pescado asado al fuego no significa otra cosa que la pasión de Jesús, Mediador entre Dios y los hombres. De hecho, Él se dignó esconderse en las aguas de la raza humana, aceptó ser atrapado por el lazo de nuestra muerte y fue como colocado en el fuego dado los dolores sufridos en el momento de la pasión” (Hom. in Evang XXIV, 5: CCL 141, Turnhout, 1999, 201).

Gracias a estos signos muy reales, los discípulos superaron la duda inicial y se abrieron al don de la fe; y es esta fe lo que les permite entender las cosas escritas sobre Cristo “en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Lc. 24,44). Leemos, por cierto, que Jesús «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras y les dijo: ‘Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados... Ustedes son testigos’» (Lc. 24, 45-48). El Salvador nos asegura su presencia real entre nosotros a través de la Palabra y la Eucaristía. Tal como los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan (cf. Lc. 24,35), así también nosotros encontramos al Señor en la celebración eucarística. Explica, en este sentido, santo Tomás de Aquino que “es necesario reconocer de acuerdo a la fe católica, que Cristo todo está presente en este sacramento... porque jamás la divinidad ha abandonado el cuerpo que ha asumido” (S. Th. III q. 76, a.1).

Queridos amigos, en el tiempo pascual, generalmente la Iglesia suele administrar la primera comunión a los niños. Por lo tanto, insto a los párrocos, a los padres y catequistas, a preparar bien esta fiesta de la fe, con gran fervor, pero también con sobriedad. “Este día queda grabado en la memoria, con razón, como el primer momento en que... se percibe la importancia del encuentro personal con Jesús” (Exhort. ap. postsin. Sacramentum Caritatis, 19). Que la Madre de Dios nos ayude a participar dignamente en la mesa del sacrificio eucarístico, para convertirnos en testigos de la nueva humanidad.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

En verdad ha resucitado

Podríamos resumir el mensaje de este tercer Domingo del tiempo pascual con una frase: «el triunfo de la resurrección». En la primera lectura, a propósito de Jesús, hemos oído al apóstol Pedro proclamar ante la muchedumbre:

«Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos».

El Evangelio nos hace asistir a una de tantas apariciones del Resucitado. Los discípulos de Emaús, jadeantes, apenas acababan de llegar a Jerusalén y estaban contando lo que les había sucedido a lo largo del camino, cuando Jesús en persona se les presentó en medio de ellos diciéndoles: «La paz con vosotros». En primer lugar, el susto, como si hubieran visto a un fantasma; después, la sorpresa, la incredulidad y, en fin, la alegría. Es más, la incredulidad y la alegría juntas o a la vez:

«Se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”... Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma».

La suya es una incredulidad especial del todo. Es el planteamiento de quien ya cree (si no, no habría alegría); pero, no sabe convencerse, casi no se arriesga a creer a sus propios ojos. Como quien dice: ¡demasiado hermoso para ser verdadero! La podemos llamar como una incongruencia, una fe incrédula. Para convencerles, Jesús les pide algo para comer, dado que no hay nada que confirme y cree comunión como el comer juntos.

Todo esto nos dice algo importante sobre la resurrección. Ésta no es sólo un gran milagro, un argumento o una prueba a favor de la verdad de Cristo. Es más. Es un mundo nuevo, en el que se entra por la fe, acompañada por el asombro y la alegría. La resurrección de Cristo es la «nueva creación». N o se trata, por lo tanto, de creer sólo que Jesús es el resucitado; se trata de conocer y experimentar «el poder de su resurrección» (Filipenses 3, 10).

Para beneficiar esta dimensión más profunda de la Pascua, esta vez, nos hacemos ayudar de nuestros hermanos los ortodoxos. Para los cristianos de la Ortodoxia, la resurrección de Cristo lo es todo. También, nosotros los católicos creemos, naturalmente, todo lo que ellos creen; pero, cada gran Iglesia cristiana tiene su carisma específico, un don suyo a compartir con las otras Iglesias. El don propio de la Iglesia ortodoxa es el fortísimo sentimiento, que tiene ella de la resurrección. El puesto central, que ocupa el crucifijo en las iglesias y basílicas católicas, para ellos lo ocupa la imagen del Resucitado, llamado el Pantocrator.

Durante el tiempo pascual, cuando se encuentran con alguien, ellos le saludan diciendo: «¡Cristo ha resucitado!», a lo que el otro responde: «Verdaderamente ha resucitado». Esta costumbre está de tal manera enraizada en el pueblo que se cuenta esta anécdota, acaecida en los inicios de la revolución bolchevique. Había sido organizado un debate público sobre la resurrección de Cristo. Primeramente, había hablado un ateo, demoliendo, a su parecer, para siempre la fe de los cristianos en la resurrección. Habiendo él descendido del estrado, subió al podio el sacerdote ortodoxo, quien debía hablar en su defensa. El humilde pope miró a la muchedumbre y dijo sencillamente: «¡Cristo ha resucitado!» Instintivamente, a coro, todos respondieron: «Verdaderamente ha resucitado». Y el sacerdote descendió del podio en silencio.

Lo que ha impedido al comunismo cancelar la fe del corazón de la gente ha sido precisamente la Pascua. Ceaucescu, en Rumanía, había hecho tabla rasa de todo; pero, no pudo tocar los ritos y las tradiciones pascuales. Sabía que una batalla del género habría sido perdida ya de partida. Me encontré en Iasi, en Rumanía, para celebrar la Pascua ortodoxa no mucho después de la caída del régimen comunista y he visto qué es allí la Pascua. Es algo que está en la sangre de la gente. Toda la ciudad, por la tarde, se dirige a la catedral para oír al obispo, quien hace el anuncio de la resurrección. Habiéndole escuchado, cada uno enciende su candela y comienzan a cantar una especie de estribillo, que se repetirá casi hasta el infinito durante todo el tiempo pascual:

«Cristo ha resucitado de los muertos;

con su muerte ha destruido la muerte

y en los sepulcros ha dado

la vida a los muertos».

Otro canto, frecuentemente repetido en la liturgia pascual ortodoxa, hace pensar en el himno a la alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven. Dice:

«¡Es el día de la Resurrección!

Irradiemos alegría por esta fiesta,

abracémonos.

Llamemos hermano,

incluso, a quien nos odia.

Todo lo perdonamos

por amor de la Resurrección».

Cuán bella es esta última observación, si se aplica a las relaciones, frecuentemente difíciles, entre nuestras dos Iglesias, la católica y la ortodoxa: «Todo lo perdonamos por amor de la Resurrección». La resurrección de Jesús ha dejado su impronta indeleble, no sólo en la liturgia sino también en la literatura, en la música, en el arte y en el folklore de los pueblos eslavos (una de las obras más conocidas de Tolstoi, precisamente, se titula Resurrección y uno de los fragmentos más vibrantes de la música rusa es la Gran Pascua rusa de Rimskij-Korsakov).

El mundo tiene necesidad no sólo de creer en la resurrección de Cristo, sino de vivirla y hacer experiencia de ella. Esto es posible porque también nosotros hemos resucitado con Cristo; si aún no en el cuerpo, al menos, en el corazón, en la fe y en la esperanza. San Pablo escribe:

«Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo, por gracia habéis sido salvados, y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Efesios 2, 4-6).

«Nos ha resucitado», estamos «resucitados con Cristo» (Colosenses 3,1). Se trata de vivir este dato de nuestra fe. Y, también, la aportación de la espiritualidad ortodoxa nos resulta de ayuda en esto. Conocemos cómo viene figurada la resurrección en la tradición occidental. Tomemos la Resurrección de Piero della Francesca, que es quizás el cuadro más célebre sobre este asunto. ¿Qué vemos en él? Jesús que sale del sepulcro enarbolando la cruz como un estandarte de victoria. El rostro inspira una confianza y seguridad maravillosas. Es ciertamente una obra extraordinaria. Sin embargo, su victoria es sobre sus enemigos externos, terrenos. Las autoridades habían puesto precintos en su tumba y guardias para vigilar; y he aquí que los precintos han sido rotos y los guardias duermen. Los hombres están presentes sólo como testigos inertes y pasivos; no toman verdaderamente parte en la resurrección.

Ahora, volvamos a pensar cómo está representada la resurrección en un icono oriental. La escena es totalmente distinta. No se desarrolla a cielo abierto, sino bajo tierra. Jesús en la resurrección no sube, sino que desciende. Él con extraordinario brío coge de la mano a Adán y Eva, que esperaban en el reino de los muertos, y se los lleva consigo mismo hacia la vida y la resurrección. Y detrás de los dos antecesores nuestros, a una muchedumbre innumerable de hombres y de mujeres, que esperaban la redención. Jesús golpea las puertas de los infiernos, que él mismo apenas ha acabado de desquiciar y ha roto. En la parte inferior, oscura, en donde se agitan los espíritus rebeldes, dos ángeles encadenan para siempre a Satanás. La victoria de Cristo no es tanto sobre los enemigos visibles, cuanto sobre los invisibles, que son los más extraordinarios: la muerte, las tinieblas, la angustia, el demonio.

Nosotros estamos incluidos en esta representación. Asimismo, la resurrección de Cristo es nuestra resurrección. Cada hombre, que echa un vistazo al cuadro, está invitado a identificarse. con Adán y cada mujer con Eva; y a extender sus manos para dejarse coger y arrastrar fuera del sepulcro por Cristo. Es éste el nuevo y universal éxodo pascual. Dios ha venido «con mano fuerte y tenso brazo» (Salmo 136, 12) para liberar de una esclavitud mucho más dura y universal que la de Egipto a su pueblo. Mirando un icono desde lejos y estando delante de él en oración (los iconos sirven para esto), el misterio se graba en la mente, se viene a estar contagiado de la misma fe, que animaba al pintor. El icono es como una ventana sobre lo invisible abierta de par en par.

Demos gracias a los hermanos ortodoxos, que nos han ayudado a entender algo más el eterno significado de la resurrección de Cristo y les saludamos como nos ha enseñado uno de ellos, san Serafín de Sarov: «¡Alegría mía, Cristo ha resucitado!»


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