Diumenge IV de Quaresma (cicle B): posar el cor en la Creu

En el nostre camí cap a la Pasqua, hem arribat al quart diumenge de Quaresma. És un camí amb Jesús a través de el “desert”, és a dir, un període per escoltar més la veu de Déu i també per desemmascarar a les temptacions que parlen dins de nosaltres. En l'horitzó del desert s'albira la Creu. Jesús sap que aquesta és la culminació de la seva missió: en efecte, la creu de Crist és el cim de l'amor, que ens dóna la salvació.

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Misa del día

En esta misa pueden tocarse los instrumentos musicales, no solo para acompañar la voz, y se puede acompañar el altar con flores

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Is 66, 10-11

Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos te aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad.

No se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que por tu Palabra realizas admirablemente la reconciliación del género humano, concede al pueblo cristiano prepararse con generosa entrega y fe viva a celebrar las próximas fiestas de la Pascua. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

La ira del Señor desterró a su pueblo; su misericordia lo liberó.

Del segundo libro de las Crónicas: 36, 14-16.19-23

En aquellos días, todos los sumos sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, practicando todas las abominables costumbres de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que él se había consagrado en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio.

Envió entonces contra ellos al rey de los caldeos. Incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén, pegaron fuego a todos los palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. A los que escaparon de la espada, los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos, hasta que el reino pasó al dominio de los persas, para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: Hasta que el país haya pagado sus sábados perdidos, descansará de la desolación, hasta que se cumplan setenta años.

En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de las palabras que habló el Señor por boca de Jeremías, el Señor inspiró a Ciro, rey de los persas, el cual mandó proclamar de palabra y por escrito en todo su reino, lo siguiente: “Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén de Judá. En consecuencia, todo aquel que pertenezca a este pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 136

R/. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.

Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar de nostalgia; de los sauces que estaban en la orilla colgamos nuestras arpas. R/.

Aquellos que cautivos nos tenían pidieron que cantáramos. Decían los opresores: “Algún cantar de Sión, alegres, cántennos”. R/.

Pero, ¿cómo podríamos cantar un himno al Señor en tierra extraña? !Que la mano derecha se me seque, si de ti, Jerusalén, yo me olvidara! R/.

¡Que se me pegue al paladar la lengua, Jerusalén, si no te recordara, o si, fuera de ti, alguna otra alegría yo buscara! R/.

SEGUNDA LECTURA

Muertos por los pecados, ustedes han sido salvados por la gracia.

De la carta del apóstol san Pablo a los efesios: 2, 4-10

Hermanos: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado y con él nos ha reservado un sitio en el cielo. Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros.

En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 3. 16

R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. R/.

EVANGELIO

Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 3,14-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

Palabra del Señor.

Se dice Credo

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Te presentamos, Señor, llenos de alegría, estas ofrendas para el sacrificio redentor, y pedimos tu ayuda para celebrarlo con fe sincera y ofrecerlo dignamente por la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 121, 3-4

Jerusalén ha sido edificada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor Dios, luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con el resplandor de tu gracia, para que podamos siempre pensar lo que es digno y grato a tus ojos y amarte con sincero corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO

Protege, Señor, a quienes te invocan, ayuda a los débiles y reaviva siempre con tu luz a quienes caminan en medio de las tinieblas de la muerte; concédeles que, liberados por tu bondad de todos los males, alcancen los bienes supremos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Deportación a Babilonia y regreso (2 Cr 36,14-16.19-23)

1ª lectura

Se acaba de relatar el reinado de los últimos reyes de Judá de forma casi telegráfica. Únicamente se ha reseñado el comportamiento impío de cada monarca y, como castigo, su deportación. Además, a la escalada de impiedad corresponde una trágica progresión en el castigo: Joacaz fue deportado a Egipto él solo, sin repercusión en las posesiones ni en los habitantes del pueblo (v. 4); Yoyaquim y Yoyaquín obraron mal y fueron llevados a Babilonia junto con muchos objetos del Templo, pero sin daños en otras personas (vv. 7 y 10); y finalmente, Sedecías, que arrastró a los dirigentes al mal, decidió no volver al Señor y profanó el Templo del Señor (v. 14), atrajo el más severo castigo: la muerte de los mejores, la destrucción del Templo y la demolición de Jerusalén, y la deportación de los supervivientes (vv. 17-20).

De este modo, el destierro no es interpretado como un castigo infligido al pueblo entero por las infidelidades cometidas a lo largo de su historia, sino únicamente como castigo a Sedecías y a sus contemporáneos por sus propios pecados. La nueva generación que vuelva del destierro no heredará las consecuencias de esos delitos, sino que comenzará de nuevo, contando con la protección divina.

La mención de Jeremías (v. 21; cfr Jr 25,11-12; 29,10) indica que su libro era ya reconocido en tiempos del Cronista como profético y sagrado; y, por otra parte, subraya que el destierro fue un acontecimiento previsto por Dios que guardó la tierra en «sábado prolongado», es decir, descanso total, hasta la vuelta de los que constituían el verdadero Israel.

El final del libro de Crónicas (vv. 22-23) es idéntico al comienzo del de Esdras (Esd 1,1-3) y probablemente se repitió cuando los libros de Crónicas fueron definitivamente separados de los de Esdras y Nehemías. En todo caso refuerza la enseñanza, contenida en los versículos anteriores, de que el destierro no es el fin, sino que todo ha de continuar igual que antes de ir a Babilonia puesto que volverán «los que pertenezcan al pueblo» y seguirá en pie la clave de la fe: que el Señor está con ellos, con todos los que al redactarse este libro, pertenecían al pueblo.

Dios es rico en misericordia (Ef 2,4-10)

2ª lectura

A pesar de la situación de pecado en que se encontraban tanto gentiles como judíos (vv. 1-3), el poder misericordioso de Dios ha actuado en ambos (vv. 4-5), dándonos vida en Cristo (vv. 6-7). La iniciativa ha procedido de Dios, que es «rico en misericordia» (v. 4): «En esto consiste la riqueza de misericordia, en darla a los que no la piden. Y tal es el amor de Dios para con nosotros que, puesto que nos hizo, no quiere que perezcamos, pues ama su obra» (Ambrosiaster, Ad Ephesios, ad loc.).

En la Carta a los Romanos, San Pablo había enseñado, frente a los judíos que buscaban la salvación en las obras prescritas por la Ley de Moisés, que la justificación es un don gratuito de Dios. Ahora, en un contexto distinto, ante cristianos procedentes de un mundo helénico, donde se extendían grupos que buscaban la salvación mediante una iniciación al conocimiento de los misterios, la Carta a los Efesios proclama de nuevo que la salvación no procede del hombre, sino que es un don que Dios otorga gratuitamente mediante la fe en Jesucristo. Se afirma con fuerza la gratuidad de la salvación «para evitar que a escondidas se cuele este pensamiento —dice San Jerónimo—: “Si no nos salvan nuestras propias obras, lo cierto es que al menos nuestra fe nos salva, por lo que también nos salva un medio nuestro”. Por eso añadió y dijo que tampoco la fe proviene de nuestra voluntad, sino que es un don de Dios; no porque se le quite al hombre el libre albedrío (...), sino porque indudablemente el mismo libre albedrío tiene a Dios por autor, y todo debe atribuirse a un favor suyo, incluso cuando Él mismo nos permite querer el bien» (Commentarii in Ephesios 1,2,8-9).

Jesús, exaltado en la cruz, es causa de salvación (Jn 3,14-21)

Evangelio

Jesús explica a Nicodemo que para entenderle hace falta fe (vv. 9-15). Compara su futura crucifixión con la serpiente de bronce, que, por orden de Dios, alzó Moisés en un mástil como remedio para curar a quienes durante el éxodo fueron mordidos por las serpientes venenosas (Nm 21,8-9). Así también Jesús, exaltado en la cruz, es salvación para todos los que le miren con fe y causa de juicio para quienes no creen en Él. «Las palabras de Cristo son al mismo tiempo palabras de juicio y de gracia, de muerte y de vida. Porque solamente dando muerte a lo viejo podemos acceder a la nueva vida (...). Nadie se libera del pecado por sí mismo y por sus propias fuerzas ni se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud. Todos necesitan a Cristo, modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 8).

Las palabras finales (vv. 16-21) sintetizan cómo la muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por nosotros los hombres. Tanto para los inmediatos destinatarios del evangelio, como para el lector actual, esas palabras constituyen una llamada apremiante a corresponder al amor de Dios: que «nos acordemos del amor con que [el Señor] nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios (...): que amor saca amor (...). Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar» (Sta. Teresa de Jesús, Vida 22,14).

Las palabras «tanto amó Dios al mundo...» (v. 16) las comenta San Juan Pablo II diciendo que «nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Ellas manifiestan también la esencia misma de la soterología cristiana, es decir, de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al “mundo” para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra “da” (“dio”) indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso “da” a su Hijo. Éste es el amor hacia el hombre, el amor por el “mundo”: el amor salvífico» (Salvifici doloris, n. 11).

La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo Unigénito (Jn 3,16), si nos espera —¡cada día!— como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32), ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente? Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 251).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

“Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve”

Pues no envió Dios su Hijo al mundo para que condene al mundo, sino para que el mundo sea salvado por El (Jn III, 17).

Muchos de los que son más desidiosos, abusando de la divina clemencia, para multiplicar sus pecados y acrecentar su pereza, se expresan de este modo: No existe el infierno; no hay castigo alguno; Dios perdona todos los pecados. Cierto sabio les cierra la boca diciendo: No digas: Su compasión es grande. El me perdonará la multitud de mis pecados. Porque en El hay misericordia, pero también hay cólera y en los pecadores desahoga su furor[1]. Y también: Tan grande como su misericordia es su severidad[2].

Dirás que en dónde está su bondad si es que recibiremos el castigo según la magnitud de nuestros pecados. Que recibiremos lo que merezcan nuestras obras, oye cómo lo testifican el profeta y Pablo. Dice el profeta: Tú darás a cada uno conforme a sus obras[3]; y Pablo: El cual retribuirá a cada uno según sus obras[4]. Ahora bien, que la clemencia de Dios sea grande se ve aun por aquí: que dividió la duración de nuestra vida en dos partes; una de pelea y otra de coronas. ¿Cómo se demuestra esa clemencia? En que tras de haber nosotros cometido infinitos pecados y no haber cesado de manchar con crímenes nuestras almas desde la juventud hasta la ancianidad, no nos ha castigado, sino que mediante el baño de regeneración nos concede el perdón; y más aún, nos da la justicia de la santificación.

Instarás: mas si alguno participó en los misterios desde su primera edad, pero luego cayó en innumerables pecados ¿qué? Ese tal queda constituido reo de mayores castigos. Porque no sufrimos iguales penas por iguales pecados, sino que serán mucho más graves si después de haber sido iniciados nos arrojamos a pecar. Así lo indica Pablo con estas palabras: Quien violó la ley de Moisés, irremisiblemente es condenado a muerte, bajo la deposición de dos o tres testigos. Pues ¿de cuánto mayor castigo juzgáis que será merecedor el que pisoteó al Hijo de Dios y profanó deliberadamente la sangre de la alianza con que fue santificado y ultrajó al Espíritu de la gracia?[5]

Para este tal Cristo abrió las puertas de la penitencia y le dio muchos medios de lavar sus culpas, si él quiere. Quiero yo que ponderes cuán firme argumento de la divina clemencia es el perdonar gratuitamente; y que tras de semejante favor no castigue Dios al pecador con la pena que merecía, sino que le dé tiempo de hacer penitencia. Por tal motivo Cristo dijo a Nicodemo: No envió Dios su Hijo al mundo para que condene al mundo, sino para que el mundo sea salvado por El. Porque hay dos venidas de Cristo: una que ya se verificó; otra que luego tendrá lugar. Pero no son ambas por el mismo motivo. La primera fue no para condenar nuestros crímenes, sino para perdonarlos; la segunda no será para perdonarlos sino para juzgarlos.

Por lo cual de la primera dice: Yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvarlo. De la segunda dice: Cuando venga el Hijo del Hombre en la gloria de su Padre, separará las ovejas a la derecha y los cabritos a la izquierda. E irán unos a la vida, otras al eterno suplicio[6]. Sin embargo, también la primera venida era para juicio, según lo que pedía la justicia. ¿Por qué? Porque ya antes de esa venida existía la ley natural y existieron los profetas y también la ley escrita y la enseñanza y mil promesas y milagros y castigos y otras muchas cosas que podían llevar a la enmienda. Ahora bien: de todo eso era necesario exigir cuentas. Pero como Él es bondadoso, no vino a juzgar sino a perdonar. Si hubiera entrado en examen y juicio, todos los hombres habrían perecido, pues dice: Todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios[7]. ¿Adviertes la suma clemencia?

El que cree en el Hijo no es condenado. Mas quien no cree, queda ya condenado. Dirás: pero, si no vino para condenar al mundo ¿cómo es eso de que el que no cree ya queda condenado? Porque aún no ha llegado el tiempo del juicio. Lo dice o bien porque la incredulidad misma sin arrepentimiento ya es un castigo, puesto que estar fuera de la luz es ya de por sí una no pequeña pena; o bien como una predicción de lo futuro. Así como el homicida, aun cuando aún no sea condenado por la sentencia del juez, está ya condenado por la naturaleza misma de su crimen, así sucede con el incrédulo.

Adán desde el día en que comió del árbol quedó muerto; porque así estaba sentenciado: En el día en que comiereis del árbol, moriréis[8]. Y sin embargo, aún estaba vivo. ¿Cómo es pues que ya estaba muerto? Por la sentencia dada y por la naturaleza misma de su pecado. Quien se hace reo de castigo, aunque aún no esté castigado en la realidad, ya está bajo el castigo a causa de la sentencia dada. Y para que nadie, al oír: No he venido a condenar al mundo, piense que puede ya pecar impunemente y se torne más desidioso, quita Cristo ese motivo de pereza añadiendo: Ya está juzgado. Puesto que aún no había llegado el juicio futuro, mueve a temor poniendo por delante el castigo. Y esto es cosa de gran bondad: que no sólo entregue su Hijo, sino que además difiera el tiempo del castigo, para que pecadores e incrédulos puedan lavar sus culpas.

Quien cree en el Hijo no es condenado. Dice el que cree, no el que anda vanamente inquiriendo; el que cree, no el que mucho escruta. Pero ¿si su vida está manchada y no son buenas sus obras? Pablo dice que tales hombres no se cuentan entre los verdaderamente creyentes y fieles: Hacen profesión de conocer a Dios, mas reniegan de El con sus obras[9]. Por lo demás, lo que aquí declara Cristo es que no se les condena por eso, sino que serán más gravemente castigados por sus culpas; y que la causa de su infidelidad consistió en que pensaban que no serían castigados.

¿Adviertes cómo habiendo comenzado con cosas terribles, termina con otras tales? Porque al principio dijo: El que no renaciere de agua y Espíritu, no entrará en el reino de Dios; y aquí dice: El que no cree en el Hijo ya está condenado. Es decir: no pienses que la tardanza sirve de algo al que es reo de pecados, a no ser que se arrepienta y enmiende. Porque el que no crea en nada difiere de quienes están ya condenados y son castigados. La condenación está en esto: vino la Luz al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la Luz. Es decir que se les castiga porque no quisieron abandonar las tinieblas y correr hacia la Luz. Con estas palabras quita toda excusa. Como si les dijera: Si yo hubiera venido a exigir cuentas e imponer castigos, podrían responder que precisamente por eso me huían. Pero no vine sino para sacarlos de las tinieblas y acercarlos a la luz. Entonces ¿quién será el que se compadezca de quien rehúsa salir de las tinieblas y venir a la luz? Dice: Siendo así que no se me puede reprochar, sino al revés, pues los he colmado de beneficios, sin embargo se apartan de mí.

Por tal motivo en otra parte dice, acusándolos: Me odiaron de valde; y también: Si no hubiera venido y no les hubiera hablado no tendrían pecado[10]. Quien falto de luz permanece sentado en las tinieblas, quizá alcance perdón; pero quien, a pesar de haber llegado la luz, permanece sentado en las tinieblas, da pruebas de una voluntad perversa y contumaz. Y luego, como lo dicho parecía increíble a muchos —puesto que no parece haber quien prefiera las tinieblas a la luz—, pone el motivo de hallarse ellos en esa disposición. ¿Cuál es? Dice: Porque sus obras eran perversas. Y todo el que obra perversamente odia la luz y no se llega a la luz para que no le echen en rostro sus obras.

Ciertamente no vino Cristo a condenar ni a pedir cuentas, sino a dar el perdón de los pecados y a donarnos la salvación mediante la fe. Entonces ¿por qué se le apartaron? Si Cristo se hubiera sentado en un tribunal para juzgar, habrían tenido alguna excusa razonable; pues quien tiene conciencia de crímenes suele huir del juez; en cambio suelen correr los pecadores hacia aquel que reparte perdones. De modo que, habiendo venido Cristo a perdonar, lo razonable era que quienes tenían conciencia de infinitos pecados, fueran los que principalmente corrieran hacia Él, como en efecto muchos lo hicieron: Pecadores y publicanos se le acercaron y comían con Él.

Entonces ¿qué sentido tiene el dicho de Cristo? Se refiere a los que totalmente se obstinaron en permanecer en su perversidad. Vino El para perdonar los pecados anteriores y asegurarlos contra los futuros. Mas como hay algunos en tal manera muelles y disolutos y flojos para soportar los trabajos de la virtud, que se empeñan en perseverar en sus pecados hasta el último aliento y jamás apartarse de ellos, parece ser que a éstos es a quienes fustiga y acomete. Como el cristianismo exige juntamente tener la verdadera doctrina y llevar una vida virtuosa, temen, dice Jesús, venir a Mí porque no quieren llevar una vida correcta.

A quien vive en el error de los gentiles, nadie lo reprenderá por sus obras, puesto que venera a semejantes dioses y celebra festivales tan vergonzosos y ridículos como lo son los dioses mismos; de modo que demuestra obras dignas de sus creencias. Pero quienes veneran a Dios, si viven con semejante desidia, todos los acusan y reprenden: ¡tan admirable es la verdad aun para los enemigos de ella! Advierte, en consecuencia, la exactitud con que Jesús se expresa. Pues no dice: el que obra mal no viene a la luz; sino el que persevera en el mal; es decir, el que quiere perpetuamente enlodarse y revolcarse en el cieno del pecado, ese tal rehúsa sujetarse a mi ley. Por lo mismo se coloca fuera de ella y sin freno se da a la fornicación y practica todo cuanto está prohibido. Pues si se acerca, le sucede lo que al ladrón, que inmediatamente queda al descubierto. Por tal motivo rehúye mi imperio.

A muchos gentiles hemos oído decir que no pueden acercarse a nuestra fe porque no pueden abstenerse de la fornicación, la embriaguez y los demás vicios. Entonces ¿qué?, dirás. ¿Acaso no hay cristianos que no viven bien y gentiles que viven virtuosamente? Sé muy bien que hay cristianos que cometen crímenes; pero que haya gentiles que vivan virtuosamente, no me es tan conocido. Pero no me traigas acá a los que son naturalmente modestos y decentes, porque eso no es virtud. Tráeme a quienes andan agitados de fuertes pasiones y sin embargo viven virtuosamente. ¡No lo lograrás!

Si la promesa del reino, si la conminación de la gehenna y otros motivos parecidos apenas logran contener al hombre en el ejercicio de la virtud, con mucha mayor dificultad podrán ejercitarla los que en nada de eso creen. Si algunos simulan la virtud, lo hacen por vanagloria; y en cuanto puedan quedar ocultos ya no se abstendrán de sus deseos perversos y sus pasiones. Pero, en fin, para no parecer rijosos, concedamos que hay entre los gentiles algunos que viven virtuosamente. Esto en nada se opone a nuestros asertos. Porque han de entenderse de lo que ordinariamente acontece y no de lo que rara vez sucede. Mira cómo Cristo, también por este camino, les quita toda excusa. Porque afirma que la Luz ha venido al mundo. Como si dijera: ¿acaso la buscaron? ¿Acaso trabajaron para conseguirla? La Luz vino a ellos, pero ellos ni aun así corrieron hacia ella.

Pero como pueden oponernos que también haya cristianos que viven mal, les contestaremos que no tratamos aquí de los que ya nacieron cristianos y recibieron de sus padres la auténtica piedad; aun cuando luego quizá por su vida depravada hayan perdido la fe. Yo no creo que aquí se trate de éstos, sino de los gentiles y judíos que debían haberse convertido a la fe verdadera. Porque declara Cristo que ninguno de los que viven en el error quiere acercarse a la fe, si no es que primeramente se imponga un método de vida correcto; y que nadie permanecerá en la incredulidad, si primero no se ha determinado a permanecer en la perversidad. Ni me alegues que, a pesar de todo, ese tal es casto y no roba, porque la virtud no consiste en solas esas cosas. ¿Qué utilidad saca ése de practicar tales cosas, pero en cambio anda ambicionando la vanagloria y por dar gusto a sus amigos permanece en el error? Es necesario vivir virtuosamente. El esclavo de la vanagloria no peca menos que el fornicario. Más aún: comete pecados más numerosos y mucho más graves. ¡Muéstrame entre los gentiles alguno libre de todos los pecados y vicios! ¡No lo lograrás!

Los más esclarecidos de entre ellos; los que despreciaron las riquezas y los placeres del vientre, según se cuenta fueron los que especialísimamente se esclavizaron a la vanagloria: esa que es causa de todos los males. Así también los judíos perseveraron en su maldad. Por lo cual reprendiéndolos les decía Jesús: ¿Cómo podéis creer vosotros que captáis la gloria unos de otros?[11]¿Por qué a Natanael, al cual anunciaba la verdad, no le habló en esta forma ni usó con él de largos discursos? Porque Natanael no se le había acercado movido de semejante anhelo de gloria vana. Por su parte Nicodemo pensaba que debía acercarse e investigar; y el tiempo que otros gastan en el descanso él lo ocupó en escuchar la enseñanza del Maestro. Natanael se acercó a Jesús por persuasiones de otro. Sin embargo, tampoco prescindió en absoluto de hablarle así, pues le dijo: Veréis los Cielos abiertos y a los ángeles de Dios subir y bajar al servicio del Hijo del hombre. A Nicodemo no le dijo eso, sino que le habló de la Encarnación y de la vida eterna, tratando con cada uno según la disposición de ellos.

A Natanael, puesto que conocía los profetas y no era desidioso, le bastaba con oír aquello. Pero a Nicodemo, que aún se encontraba atado por cierto temor, no le revela al punto todas las cosas, sino que va despertando su mente a fin de que excluya un temor mediante otro temor; diciéndole que quien no creyere será condenado y que el no creer proviene de las malas pasiones. Y pues tenía Nicodemo en mucho la gloria de los hombres y la estimaba más que el ser castigado —pues dice Juan: Muchos de los principales creyeron en El, pero por temor a los judíos no se atrevían a confesarlo—, lo estrecha por este lado y le declara no ser posible que quien no cree en El no crea por otro motivo sino porque lleva una vida impura. Y más adelante dijo: Yo soy la luz. Pero aquí solamente dice: La Luz vino al mundo. Así procedía: al principio hablaba más oscuramente; después lo hacía con mayor claridad. Sin embargo, Nicodemo se encontraba atado a causa de la fama entre la multitud y por tal motivo no se manejaba con la libertad que convenía.

Huyamos, pues, de la gloria vana, que es el más vehemente de todos los vicios. De él nacen la avaricia, el apego al dinero, los odios y las guerras y las querellas. Quien mucho ambiciona ya no puede tener descanso. No ama las demás cosas en sí mismas, sino por el amor a la propia gloria. Yo pregunto: ¿por qué muchos despliegan ese fausto en escuadrones de eunucos y greyes de esclavos? No es por otro motivo sino para tener muchos testigos de su importuna magnificencia. De modo que si este vicio quitamos, juntamente con esa cabeza acabaremos también con sus miembros, miembros de la iniquidad; y ya nada nos impedirá que habitemos en la tierra como si fuera en el Cielo.

Porque ese vicio no impele a quienes cautiva únicamente a la perversidad, sino que fraudulentamente se mezcla también en la virtud; y cuando no puede derribarnos de la virtud, acarrea dentro de la virtud misma un daño gravísimo, pues obliga a sufrir los trabajos y al mismo tiempo priva del fruto de ellos. Quien anda tras de la vanagloria, ya sea que ejercite el ayuno o la oración o la limosna, pierde toda la recompensa. Y ¿qué habrá más mísero que semejante pérdida? Es decir esa pérdida que consiste en destrozarse en vano a sí mismo, tornarse ridículo y no obtener recompensa alguna, y perder la vida eterna.

Porque quien ambas glorias ansía no puede conseguirlas. Pero sí podemos conseguirlas si no anhelamos ambas, sino únicamente la celestial. Quien ama a entrambas, no es posible que consiga entrambas. En consecuencia, si queremos alcanzar gloria, huyamos de la gloria humana y anhelemos la que viene de solo Dios: así conseguiréis ambas glorias. Ojalá gocemos de ésta, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre la gloria, juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. —Amén.

(Explicación del Evangelio de San Juan, Homilía XXVIII (XXVII), Tradición S.A. México 1981 (t. 1), pp. 228-235)



[1] Sir 5, 6.

[2] Sir 16, 12.

[3] Sal 61, 12.

[4] Rm 2, 6.

[5] Hb 10, 28-29.

[6] Mt 25, 31.33.46.

[7] Rm 3, 23.

[8] Gn 2, 17.

[9] Tt 1, 16.

[10] Jn 15, 24-25.

[11] Jn 5, 44.

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FRANCISCO – Ángelus 2015 – Homilía del 8.IV.14

Ángelus 2015

Dios perdona todo y Dios perdona siempre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos vuelve a proponer las palabras que Jesús dirigió a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16). Al escuchar estas palabras, dirijamos la mirada de nuestro corazón a Jesús Crucificado y sintamos dentro de nosotros que Dio nos ama, nos ama de verdad, y nos ama en gran medida. Esta es la expresión más sencilla que resume todo el Evangelio, toda la fe, toda la teología: Dios nos ama con amor gratuito y sin medida.

Así nos ama Dios y este amor Dios lo demuestra ante todo en la creación, como proclama la liturgia, en la Plegaria eucarística IV: «A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado». En el origen del mundo está sólo el amor libre y gratuito del Padre. San Ireneo un santo de los primeros siglos escribe: «Dios no creó a Adán porque tenía necesidad del hombre, sino para tener a alguien a quien donar sus beneficios» (Adversus haereses, IV, 14, 1). Es así, el amor de Dios es así.

Continúa así la Plegaria eucarística IV: «Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos». Vino con su misericordia. Como en la creación, también en las etapas sucesivas de la historia de la salvación destaca la gratuidad del amor de Dios: el Señor elige a su pueblo no porque se lo merezca, sino porque es el más pequeño entre todos los pueblos, como dice Él. Y cuando llega «la plenitud de los tiempos», a pesar de que los hombres en más de una ocasión quebrantaron la alianza, Dios, en lugar de abandonarlos, estrechó con ellos un vínculo nuevo, en la sangre de Jesús —el vínculo de la nueva y eterna alianza—, un vínculo que jamás nada lo podrá romper.

San Pablo nos recuerda: «Dios, rico en misericordia, —nunca olvidarlo, es rico en misericordia— por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo» (Ef 2, 4-5). La Cruz de Cristo es la prueba suprema de la misericordia y del amor de Dios por nosotros: Jesús nos amó «hasta el extremo» (Jn 13, 1), es decir, no sólo hasta el último instante de su vida terrena, sino hasta el límite extremo del amor. Si en la creación el Padre nos dio la prueba de su inmenso amor dándonos la vida, en la pasión y en la muerte de su Hijo nos dio la prueba de las pruebas: vino a sufrir y morir por nosotros. Así de grande es la misericordia de Dios: Él nos ama, nos perdona; Dios perdona todo y Dios perdona siempre.

Que María, que es Madre de misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios; nos sea cercana en los momentos de dificultad y nos done los sentimientos de su Hijo, para que nuestro itinerario cuaresmal sea experiencia de perdón, acogida y caridad.

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Homilía del 8 de abril de 2014

La Cruz es el misterio del amor de Dios

La Cruz no es sólo un ornamento para nuestras iglesias, ni sólo un símbolo que nos distingue de los demás. Es el misterio del amor de Dios que se humilla por nuestra salvación. Lo recordó el Papa Francisco durante la celebración de la misa.

Al comentar el Evangelio de Juan (Jn 8, 21-30) el Pontífice recordó que “en tres ocasiones en este pasaje del Evangelio Jesús habla de morir en el propio pecado: “moriréis en vuestros pecados...”. Y este era nuestro destino. También el destino de la gente que atravesó el mar Rojo, que habló mal del Señor y dijo contra Dios, contra Moisés: “¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto...?”. Luego llegaron las serpientes y el pueblo dijo: “Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor...”. Y si el Señor no hubiese dado un signo para salvarlos se hubiesen muerto en su pecado. No hay posibilidad de salir por nosotros mismos de nuestro pecado”.

Los “doctores de la ley, estas personas enseñaban la ley pero no tenían una idea clara de la misma. Pensaban, sí, en el perdón de Dios, pero se sentían fuertes, autosuficientes. Sabían todo y, al final, habían hecho de la religión, de la adoración de Dios una cultura con valores propios, con ciertas reflexiones y también con normas de conducta para ser educados. Pensaban, sí, que el Señor puede perdonar, lo sabían. Pero lo tenían lejano”. Refiriéndose luego al pasaje del libro de los Números (Nm 21, 4-9), el Santo Padre destacó que “el Señor en el desierto mandó a Moisés a hacer una serpiente y ponerla sobre un estandarte, y, luego, “cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida”“.

¿Pero qué es la serpiente? “La serpiente es el signo del pecado. Pensemos en el libro del Génesis: la serpiente sedujo a Eva, le propuso el pecado”. Y Dios manda elevar la serpiente, es decir el pecado, como bandera de victoria. Es algo que “no se comprende bien si no se percibe lo que Jesús nos dice en el Evangelio. Jesús dijo a los judíos: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que ‘Yo soy’, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado”“. Y, luego, al haber elevado el símbolo de su pecado y haberlo transformado en instrumento de salvación representa precisamente la redención que viene del Cristo elevado en la cruz.

“El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para ser educados, para construir la paz. Estas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona elevada en la cruz. Una persona que se anonadó a sí misma para salvarnos. Cargó sobre sí el pecado. Y, así, como en el desierto fue elevado el pecado, aquí fue elevado Dios hecho hombre por nosotros. Y todos nuestros pecados estaban allí”. Por ello, advirtió, “no se comprende el cristianismo sin comprender esta humillación profunda del hijo de Dios que se humilló a sí mismo haciéndose siervo hasta la muerte de cruz. Para servir”.

Como lo hizo san Pablo, también nosotros podemos hablar de aquello en lo que nos gloriamos. Pero, especificó el Papa Francisco, podemos gloriarnos “por nuestra parte sólo de nuestros pecados. No tenemos otras cosas en las que podamos gloriarnos: esta es nuestra miseria”. Sin embargo, “gracias a la misericordia de Dios, nos gloriamos en Cristo crucificado. Y por ello no existe un cristianismo sin cruz, y no existe una cruz sin Jesucristo”.

Por lo tanto, “el corazón de la salvación de Dios es su hijo que carga sobre sí todos nuestros pecados, nuestras soberbias, nuestras seguridades, nuestras vanidades, nuestras ganas de llegar a ser como Dios. Un cristiano que no sabe gloriarse en Cristo crucificado, no ha comprendido lo que significa ser cristiano. Nuestras llagas, las que deja el pecado en nosotros, se curan sólo con las llagas del Señor, con las llagas de Dios hecho hombre, humillado, anonadado. Este es el misterio de la cruz. No es sólo un ornamento que debemos poner en las iglesias, sobre el altar; no es sólo un símbolo que nos debe distinguir de los demás. La cruz es un misterio: el misterio del amor de Dios que se humilla, que se anonada” para salvarnos de nuestros pecados.

“¿Dónde está tu pecado?”, preguntó a este punto el Santo Padre. “Tu pecado −fue su respuesta− está allí en la cruz. Ve a buscarlo allí, en las llagas del Señor, y tu pecado será curado, tus llagas serán sanadas, tu pecado será perdonado. El perdón que nos da Dios no es cancelar una cuenta que nosotros tenemos con Él. El perdón que nos da Dios son las llagas de su hijo, elevado en la cruz”. Y su deseo final fue que el Señor “nos atraiga hacia Él y que nos dejemos curar”.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2012

Acercarse a la Confesión fortalecer nuestro camino de conversión

¡Queridos hermanos y hermanas!

En nuestro camino hacia la Pascua, hemos llegado al cuarto domingo de Cuaresma. Es un camino con Jesús a través del “desierto”, es decir, un período para escuchar más la voz de Dios y también para desenmascarar a las tentaciones que hablan dentro de nosotros. En el horizonte del desierto se vislumbra la Cruz. Jesús sabe que esa es la culminación de su misión: en efecto, la cruz de Cristo es la cumbre del amor, que nos da la salvación. Él mismo lo dice en el Evangelio de hoy: “Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna” (Jn. 3,14-15). La referencia es al episodio en el que, durante el éxodo de Egipto, los judíos fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un asta: si alguno era mordido por las serpientes, mirando la serpiente de bronce, era sanado (cf. Nm. 21,4-9).

Incluso Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a Él, que murió por nosotros, sea salvado. “Porque Dios −escribe san Juan−, no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3,17).

San Agustín comenta: “El médico, por lo que le concierne, viene a curar al enfermo. Si uno no sigue las prescripciones del médico, se arruina a sí mismo. El Salvador vino al mundo... Si tú no quieres ser salvado por él, te juzgarás por ti mismo” (Sul Vangelo di Giovanni, 12, 12: PL 35, 1190). Así pues, si infinito es el amor misericordioso de Dios, que ha llegado al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida, grande es también nuestra responsabilidad: cada uno, por tanto, debe reconocer que está enfermo para poder ser sanado; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la Cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. San Agustín escribe: “Dios condena tus pecados; y si tú los condenas, te unes a Dios... Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces comienzan tus buenas obras, porque condenas tus malas obras. Las buenas obras comienzan con el reconocimiento de las malas obras” (ibid., 13: PL 35, 1191).

A veces, el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, sólo abriéndose a la luz, y sólo confesando con franqueza las propias culpas a Dios, es que se encuentra la verdadera paz y la verdadera alegría. Es importante, entonces, acercarse al sacramento de la penitencia con regularidad, especialmente en la Cuaresma, para recibir el perdón del Señor y fortalecer nuestro camino de conversión.

Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de san José. Agradezco sinceramente a todos aquellos que me recordarán en la oración, en el día de mi onomástico. En particular, les pido que oren por el viaje apostólico a México y Cuba, que haré a partir del próximo viernes. Confiémoslo a la intercesión de la bienaventurada Virgen María, tan amada y venerada en estos dos países que visitaré.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¡Así ha amado Dios al mundo!

En el Evangelio de este Domingo encontramos, en absoluto, una de las frases más bellas y consoladoras de la Biblia:

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que tengan que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».

Este tema del amor de Dios para con nosotros se vuelve a repetir en la segunda lectura:

«Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que os amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo».

Aprovechemos, por lo tanto, esta ocasión para reflexionar algo sobre este tema, que constituye el núcleo de toda la Biblia. «No importa –ha escrito el filósofo Kierkegaard– saber si Dios existe; Importa saber si hay amor». Y la Escritura nos asegura precisamente esto: Dios es amor. Si toda la Biblia, como un libro escrito, mudo, se transformase, por algún milagro, en un libro que habla, en palabra pronunciada, se levantaría de ella un grito más fuerte que el mismo rumor del mar: «¡Dios os ama!».

Para hablarnos de su amor, Dios se ha servido de las experiencias de amor, que vive el hombre en el ámbito natural. Dante dice que en Dios existe, encuadernado en un único volumen, «lo que se desencuaderna por el mundo». Todos los amores humanos –conyugal, paterno, materno, de amistad– son páginas de un cuaderno o son rescoldo de un incendio, que tiene en Dios su fuente y su plenitud.

De este modo, la Biblia llega a ser indirectamente una escuela de amor. En efecto, si el amor humano sirve como símbolo al amor de Dios, el amor de Dios sirve como modelo al amor humano. Mirando cómo ama Dios, aprendemos cómo debiera amar una madre, cómo debiera amar un padre; cómo debieran amarse entre sí los esposos, los amigos. Han sido escritos tratados y poemas titulados El arte de amar (Ars amandi); pero, la Escritura divina es la única capaz de enseñamos verdaderamente este arte, si por amor entendemos algo más que el solo amor erótico.

Vayamos, pues, a la escuela del amor de la Biblia. Ante todo, Dios en la Biblia nos habla de su amor a través de la imagen del amor paterno. En el profeta aseas, por ejemplo, se compara a un padre, que enseña a su hijo a caminar, que lo acerca a su rostro y se inclina para darle de comer (cfr. aseas 11, 1-4). El amor paterno está pensado como estímulo, como empuje. El padre quiere hacer crecer al hijo, empujándole a dar lo mejor de sí. Por esto, difícilmente un padre alabará en su presencia al hijo incondicionalmente. Tiene miedo de que lo considere ya conseguido y no se esfuerce más. Un rasgo del amor paterno es igualmente la corrección. «El Señor corrige a quien ama, como un padre al hijo predilecto» (Proverbios 3, 12). Pero, un verdadero padre no se pasa todo el tiempo corrigiendo y haciendo observaciones al hijo. Terminaría por desanimarle. Es del mismo modo quien le da libertad y seguridad al hijo, que le hace sentirse protegido en la vida. He aquí por qué Dios se presenta al hombre, a través de toda la revelación, como su «roca y su baluarte», «su fortaleza cercana siempre en las angustias».

Otras veces, Dios nos habla con la imagen del amor materno. Dice:

«¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Isaías 49, 15).

El amor de una madre está hecho para proteger, para la compasión y la ternura; es un amor «visceral». Parte de las fibras más profundas de su ser, allí donde su criatura se ha formado, e invade a toda la persona, haciéndola «estremecerse de compasión». Cualquier cosa, por cuanto terrible, que haya hecho un hijo, se cambia; la primera reacción de la madre es siempre la de abrirle los brazos y acogerle. Las madres son siempre un poco cómplices de los hijos y frecuentemente deben defenderles e interceder por ellos ante el padre.

Esto es lo que Dios siente por nosotros. «Mi corazón –dice– se conmueve dentro de mí, mi interior se estremece de compasión» (Oseas 11,8). Y todavía más: «Como una madre consuela a su hijo, así yo te consolaré» (Isaías 66,13). Se habla siempre de la potencia de Dios, de su fuerza; pero, la Biblia nos habla también de la debilidad de Dios, de una impotencia suya. Es la «debilidad» materna. Él debía castigar y destruir a su pueblo, que es infiel, pero no puede; sus vísceras maternales se lo impiden; él «se conmueve y cede a la compasión» (cfr. Jeremías 31,20).

El hombre conoce por experiencia otro tipo de amor, el amor esponsal, del que se dice que es «fuerte como la muerte» y cuyos bríos «son ardores de fuego» (cfr. Cantar de los Cantares 8,6). Y también a este tipo de amor Dios ha hecho recurso para convencernos de su apasionado amor para con nosotros. Todos los términos típicos del amor entre hombre y mujer, comprendido el término «seducción», se encuentran usados en la Biblia para describir el amor de Dios para con el hombre.

El amor esponsal es fundamentalmente un amor de deseo y de elección. No se elige al propio padre o a la propia madre; pero, cada uno escoge (o al menos debiera poder ser libre para escoger) al Propio esposo o a la propia esposa. Un rasgo típico de este amor es la celosía; y en efecto la Escritura afirma frecuentemente que nuestro Dios «es un Dios celoso». En los esposos terrenos la celosía es índice de debilidad y de inseguridad. El hombre celoso o la mujer celosa teme por sí mismo o por sí misma; tiene miedo de que otra persona más fuerte o más hermosa pueda robarle el corazón de la persona amada. Dios teme; pero, por el hombre, no por sí mismo. Sabe que el hombre fácilmente se arroja a los brazos de los ídolos, de los falsos amores, que son su ruina.

Jesús viniendo a este mundo ha llevado a cumplimiento todas estas formas de amor, paterno, materno, esponsal (¡cuántas veces se ha comparado a un esposo!); pero, ha añadido otra forma: el amor de amistad. Decía a sus discípulos:

«Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15).

¿Qué es la amistad? Aquí me dirijo sobre todo a los jóvenes, para los que la amistad es una cosa importante, y frecuentemente también problemática. Los antiguos decían: «La amistad es como tener un alma sola en dos cuerpos». Puede constituir un vínculo más fuerte que la misma parentela. El parentesco consiste en tener la misma sangre; la amistad en tener los mismos gustos, ideales, intereses. Ésta nace de la confianza, esto es, del hecho de que yo le confío a otro lo que hay de más íntimo y personal en mis pensamientos y experiencias. ¿Queréis descubrir cuáles son vuestros verdaderos amigos y hacer una graduación entre ellos? Intentad recordar cuáles son las experiencias más secretas de vuestra vida, positivas y negativas; observad a quién se las habéis confiado: aquéllos son vuestros verdaderos amigos. Y si hay una cosa en vuestra vida, tan íntima, que la habéis revelado a una persona sola, aquélla es vuestro mayor amigo o amiga; ¡intentad no perderlo o no perderla!

Ahora, Jesús explica que nos llama amigos, porque todo lo que él sabía del Padre suyo celestial nos lo ha dado a conocer, nos lo ha confiado. ¡Nos ha participado los secretos de familia de la Trinidad! Por ejemplo, del hecho de que Dios privilegie a los pequeños y a los pobres, que nos ama como un padre, que nos tiene preparado un lugar. Jesús da a la palabra «amigos» su sentido más pleno.

El amor de Dios es un océano sin orillas y sin fondo. Lo que hemos dicho hasta aquí no es más que una gota. Pero, nos basta. ¿Qué debemos hacer después de haber recordado este amor? Una cosa sencillísima: creer en el amor de Dios, acogerlo; repetir conmovidos con san Juan:

«Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Juan 4,16).

Debemos, sobre todo en esto, imitar a los niños. Ellos no tienen miedo de dejarse amar; cuanto más amor se les da a ellos, más amor se toman, como si fuese la cosa más natural del mundo. Se chapotean dentro felices, como hacen, a veces, cuando su madre les baña en el agua. Jesús ha dicho que es necesario acoger el reino de Dios igual como hacen los niños (cfr. Marcos 10,15). ¿Y qué es el «reino de Dios» sino su amor?

He dicho que si el amor humano sirve de símbolo al amor de Dios, el amor de Dios sirve de modelo al amor humano. En otras palabras, de Dios aprendemos cómo también nosotros debemos amar. Me limito a señalar dos puntos, en los que deberemos imitar a Dios. Primero, Dios no ha tenido miedo de pecar de debilidad, repitiéndole frecuentemente en la Biblia al hombre: «Yate amo», «tú eres precioso a mis ojos». ¿Por qué hay padres y (menos) madres que no lo dicen nunca a sus hijos? ¿Maridos que no lo dicen nunca a sus mujeres? Muchos jóvenes sufren durante toda la vida por no haber oído dirigírseles nunca, claras y lisas, palabras como estas de quien más las esperaban.

El otro punto tiene algo que ver con la libertad: educar a los hijos en la libertad. Una madre objetaba: «Pero, ¿qué libertad: la de ofender a Dios? ¿Los ejemplos tristísimos en torno a nosotros no nos dicen bastante qué produce la excesiva libertad concedida hoy en día a los jóvenes? Los hijos tienen derecho a tener en nosotros, los padres, ante todo, a maestros de la vida». El ejemplo de Dios nos puede ayudar también a esclarecer esta duda. Aun amándonos tanto Dios, lo hemos visto, nos deja libres; es más, expresa la cualidad «paterna» de su amor, precisamente dándonos libertad. Y no se puede dudar de que Dios sea igualmente un buen educador.

No se trata simplemente de dar libertad a los hijos, sino de educarles en la libertad. Dar libertad puede llegar a ser permisivismo y entonces se tendría efectivamente razón para permanecer perplejos. Educar en la libertad puede ser, por el contrario, precisamente el modo mejor para reaccionar contra el permisivismo. Significa, en efecto, ayudar a los muchachos a no tener pesadillas sobre las modas, la publicidad, de lo que hacen los demás; a no tener miedo de ser distintos, de ir, según el caso, también contra corriente. A tener en suma la valentía de las propias convicciones y decisiones. Muchas cosas erradas, los jóvenes las hacen porque no son bastante libres, no porque lo son demasiado. Están convencidos que el servicio más bello que se pueda hacer a los jóvenes hoy, por parte de los padres y de los educadores, es precisamente esto: ayudarles a llegar a ser interiormente libres. Libres en este sentido no se nace, sino que se llega a ser.

Que nuestras reflexiones no nos hagan olvidar la afirmación más importante que hemos escuchado hoy: «Dios ha amado tanto al mundo hasta entregar a su propio Hijo unigénito».


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