Diumenge VI del Temps Ordinari (cicle B): aprenguem a superar tot tipus de marginació

En aquests diumenges l'evangelista sant Marc ens està relatant l'acció de Jesús contra tot tipus de mal, en benefici dels quals sofreixen en el cos i en l'esperit: endimoniats, malalts, pecadors... Ell es presenta com aquell que combat i venç el mal on sigui que ho trobi. En l'Evangeli d'avui aquesta lluita seva afronta un cas emblemàtic, perquè el malalt és un leprós. La lepra és una malaltia contagiosa que no té pietat, que desfigura a la persona, i que era símbol d'impuresa: el leprós havia d'estar fos dels centres habitats i indicar la seva presència als quals passaven. Era marginat per la comunitat civil i religiosa. Era com un mort ambulant.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 30. 3-4

Sírveme de defensa, Dios mío, de roca y fortaleza salvadoras. Tú eres mi baluarte y mi refugio, por tu nombre condúceme y guíame.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que prometiste poner tu morada en los corazones rectos y sinceros, concédenos, por tu gracia, vivir de tal manera que te dignes habitar en nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

El leproso vivirá solo, fuera del campamento.

Del libro del Levítico: 13, 1-2. 44-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: “Cuando alguno tenga en su carne una o varias manchas escamosas o una mancha blanca y brillante, síntomas de la lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón o ante cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un leproso, y el sacerdote lo declarará impuro. El que haya sido declarado enfermo de lepra, traerá la ropa descosida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: ¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!’. Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 31, 1-2. 5. 11

R/. Perdona, Señor, nuestros pecados.

Dichoso aquel que ha sido absuelto de su culpa y su pecado. Dichoso aquel en el que Dios no encuentra ni delito ni engaño. R/.

Ante el Señor reconocí mi culpa, no oculté mi pecado. Te confesé, Señor, mi gran delito y tú me has perdonado. R/.

Alégrense con el Señor y regocíjense los justos todos, y todos los hombres de corazón sincero canten de gozo. R/.

SEGUNDA LECTURA

Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 10, 31-11, 1

Hermanos: Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios. No den motivo de escándalo ni a los judíos, ni a los paganos, ni a la comunidad cristiana. Por mi parte, yo procuro dar gusto a todos en todo, sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven. Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 7, 16

R/. Aleluya, aleluya.

Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R/.

EVANGELIO

Se le quitó la lepra y quedó limpio.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 1, 40-45

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: Sana! Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Que esta ofrenda, Señor, nos purifique y nos renueve, y se convierta en causa de recompensa eterna para quienes cumplimos tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTIFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 87, 3

Que llegue hasta ti mi súplica, Señor, inclina tu oído a mi clamor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Saciados, Señor, por este manjar celestial, te rogamos que nos hagas anhelar siempre este mismo sustento por el cual verdaderamente vivimos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

La lepra (Lv 13,1-2.44-46)

1ª lectura

Hay diversos síntomas que, según los conocimientos de aquel tiempo, eran indicios de tan terrible enfermedad. Aunque algunos de los datos resultan interesantes para la historia de la medicina, había de ordinario una confusión con otras enfermedades meramente cutáneas que nada tenían que ver con la lepra. De todas formas, el aspecto repugnante que ofrecían dichas enfermedades, era motivo suficiente para declarar impuro al enfermo.

Al ser una enfermedad contagiosa, era preciso evitar su propagación. La opinión generalizada la consideraba como castigo por un pecado cometido. En alguna ocasión así se dice que sucedió, como en el caso de María, leprosa por algún tiempo por haber murmurado contra su hermano Moisés (cfr Nm 12,1-10). También el Siervo paciente de Yahwéh es presentado como un leproso, herido por Dios a causa de nuestros pecados (cfr Is 53,4). En el caso de Job, también leproso, es acusado por sus amigos de un pecado oculto y terrible que pueda explicar el estado en que se encuentra.

La situación del leproso resultaba muy penosa. Debía vivir en poblados o campamentos lejos de la ciudad. Al trasladarse debía avisar su paso gritando su condición de hombre impuro; llevaba sus vestidos desgarrados y el pelo sin peinar. De esa forma se podía distinguir fácilmente. En los Evangelios aparecen a menudo estos pobres enfermos, de los que Jesús se compadece con frecuencia y les limpia de tan terrible mal (cfr Mt 8,2-3; Lc 17,12-14), siendo la curación de los leprosos uno de los signos mesiánicos predichos en el Antiguo Testamento (Mt 11,5). También los apóstoles reciben del Señor el poder de curar a los leprosos (cfr Mt 10,8).

Haced todo para gloria de Dios (1 Co 10,31–11,1)

2ª lectura

Pablo, después de haber resuelto algunos casos concretos que se le habían planteado, ratifica el criterio dado: actuar en todo para la gloria de Dios (v. 31): «Cuando te sientes a la mesa, ora. Cuando comas pan, hazlo dando gracias al que es generoso (...). Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermas y estés despierto, da gracias a Dios, que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador» (S. Basilio, Homilia in martyrem Julittam).

Si quieres, puedes limpiarme (Mc 1,40-45)

Evangelio

En la lepra, enfermedad repugnante, se veía un castigo de Dios (cfr Lv 13,1ss.; Nm 12,1-15). El enfermo era declarado impuro por la Ley y por eso se le obligaba a vivir aislado para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Nm 5,2; 12,14ss.). La desaparición de esta enfermedad se consideraba una de las bendiciones del momento de la llegada del Mesías (cfr Is 35,8; Mt 11,5; Lc 7,22).

En los gestos y palabras del leproso que pide su curación a Jesús se percibe su oración, llena de fe, y el entusiasmo tras haber sido sanado; en los gestos y palabras de Jesús, su misericordia y majestad al curarle: «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra —lo que es señal de humildad y de vergüenza— para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (S. Beda, In Marci Evangelium, ad loc.).

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SAN AMBROSIO(www.iveargentina.org)

Curación del leproso

1. Con razón en esta curación de leproso no se indica ninguna localidad, para mostrar que no ha sido el pueblo de una ciudad especial, sino los pueblos del universo los que han sido curados. Es, igualmente acertado que en San Lucas esta curación sea el cuarto prodigio después de la llegada del Señor a Cafarnaúm; pues si al cuarto día nos dio la luz del sol, y lo hizo más brillante que los demás astros, cuando aparecían los elementos del mundo, del mismo modo hemos de considerar esta obra como más brillante. Según San Mateo, nos lo presenta como la primera curación hecha por el Señor después de las Bienaventuranzas (Mt 8,3). El Señor había dicho: “No he venido a destruir la Ley, sino a cumplirla” (Mt 5,7), y este hombre, que estaba excluido por la Ley y se encontraba ahora purificado por el poder del Señor, pensaría que la gracia no viene de la Ley, sino que está por encima de la Ley, puesto que puede limpiar la mancha del leproso.

2. Más del mismo modo que aparece en el Señor el poder y la autoridad, así aparece en este hombre la constancia de la fe. Se postró en tierra, lo cual es signo de humildad y confusión, para que cada uno se avergüence de las afrentas de su vida. Mas la vergüenza no impidió la confesión: mostró la herida, pidió el remedio, y su misma confesión está llena de religión y de fe: “Si quieres, dice, puedes sanarme”. Atribuye el poder a la voluntad del Señor; al decir a la voluntad del Señor, no es que haya dudado, como un incrédulo, de su bondad, sino que, consciente de su bajeza, no se ha engreído. Y el Señor, con esa dignidad que le caracteriza, le responde: “Lo quiero, sé limpio”.

3. Y “al instante le dejó la lepra”. Pues no hay intervalo entre la obra de Dios y su orden: la misma orden incluye la obra: “Dijo y fue hecho” (Ps 32,9). Observa que no puede dudarse, porque la voluntad de Dios es poder. Si, pues, en El querer es poder, los que afirman la unidad de querer en la Trinidad afirman al mismo tiempo la unidad de poder. La lepra desapareció inmediatamente; para que conozcas la voluntad de curar, ha añadido la realización de tal obra.

4. Según San Marcos, el Señor tuvo piedad de él; es conveniente que esto sea notado. Existen rasgos que fueron anotados por los evangelistas, que quieren afirmarnos sobre dos puntos: han descrito los signos del poder en orden a la fe; y han referido las obras virtuosas con vistas a la imitación. Por eso, él toca sin designarse; manda sin vacilación; pues es un signo de su poder que, teniendo facultad para curar y autoridad para mandar, no ha rehusado el testimonio de su actividad. Por eso dice a causa de Fotino: “Yo quiero”; manda a causa de Arrio; toca a causa de los maniqueos.

5. No se ha curado la lepra a uno sólo, sino a todos aquellos a quienes se ha dicho: “Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado” (Io 15,3). Si, pues, la palabra es el remedio de la lepra, el desprecio de la palabra es, con razón, la lepra del alma. Mas para que la lepra no contagie al médico, cada uno, imitando la humildad del Señor, ha de evitar la vanagloria. ¿Por qué, en efecto, recomendó no comunicarlo a nadie, sino para que aprendamos nosotros a no divulgar nuestras buenas obras, sino ocultarlas, de forma que no sólo alejemos el salario del dinero sino el del agasajo? O, tal vez, la razón del silencio sea en atención a los que creyeron con una fe espontánea, lo cual es mejor que aquellos que lo hicieron con la esperanza del beneficio.

6. Luego le prescribe, conformándose a la Ley, que se presente al sacerdote, no para ofrecer una víctima, sino para ofrecerse él mismo a Dios como un sacrificio espiritual, a fin de que, limpio de las manchas de sus acciones pasadas, se consagre a Dios como una víctima agradable gracias al conocimiento de la fe y a la educación de la sabiduría; pues “toda víctima será sazonada con sal” (Mc 9,48). San Pablo dice a este propósito: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios” (Rom 21,1).

7. Es al mismo tiempo admirable que ha curado según el mismo modo de la petición: “Si quieres, puedes limpiarme”. —“Lo quiero, sé limpio”. Mira su voluntad, mira también su disposición a la ternura. — “Y extendiendo la mano, le tocó”. La Ley prohíbe tocar a los leprosos (Lev 13,3); pero el que es autor de la Ley no tiene obligación de seguirla, sino que hace la Ley. Ha tocado, no porque, si no toca, no hubiera podido curar, sino para mostrar que Él no estaba sujeto a la Ley, y que no temía ser contagiado como los hombres, porque ni podía serlo quien libraba a otros, sino, al contrario, el tacto del Señor hacía huir la lepra que suele contaminar a los que la tocan.

8. Le manda presentarse al sacerdote y hacer una ofrenda con motivo de su purificación; si se presenta al sacerdote, éste comprenderá que no ha sido curado según el procedimiento legal, sino por la gracia de Dios, que es superior a la Ley; y al prescribir un sacrificio según lo ha ordenado Moisés, mostraba el Señor que no había venido a destruir la Ley, sino a cumplirla; Él se comportaba según la Ley, aun cuando se le veía curar, por encima de la Ley, a los que los remedios de la Ley no habrían sanado. Con razón añade: Como “lo ha prescrito Moisés”; pues “la Ley es espiritual” (Rom 7,14), parece, por lo mismo, que El prescribió un sacrificio espiritual.

9. Finalmente, añadió: “Para que les sirva de testimonio”, es decir, si creéis en Dios, si la impiedad de la lepra se retira, si el sacerdote conoce lo que está oculto, si existe el testimonio de la pureza de vuestros sentimientos: esto es lo que verá el sacerdote, principalmente Aquel a quien no escapa ningún secreto, a quien se ha dicho: “Tú eres sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec” (Ps 109, 4).

(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), BAC, Madrid, 1966, pp. 230-234)

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FRANCISCO – Ángelus 2015 y Homilías en Santa Marta (14.I.16 y 12.I.18)

Ángelus 2015

Instrumentos del amor misericordiosos de Jesús

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estos domingos el evangelista san Marcos nos está relatando la acción de Jesús contra todo tipo de mal, en beneficio de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores... Él se presenta como aquel que combate y vence el mal donde sea que lo encuentre. En el Evangelio de hoy (cf. Mc 1, 40-45) esta lucha suya afronta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados e indicar su presencia a los que pasaban. Era marginado por la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.

El episodio de la curación del leproso tiene lugar en tres breves pasos: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación prodigiosa. El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su espíritu: la compasión. Y «compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. Y este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó... la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 41-42). La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús tocó al leproso. Él no toma distancia de seguridad y no actúa delegando, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y precisamente así nuestro mal se convierte en el lugar del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensemos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.

Una vez más el Evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a «dar una lección» sobre el dolor; no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirla hasta sus últimas consecuencias, para liberarnos de modo radical y definitivo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.

A nosotros, hoy, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser «imitadores de Cristo» (cf. 1 Cor 11, 1) ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión... Pero yo os pregunto: vosotros, ¿cuándo ayudáis a los demás, los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿cómo ayudáis? A distancia, ¿o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros, cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien.

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Homilía en Santa Marta, 14 de enero de 2016

Derrota y victoria

La homilía del Papa Francisco durante la misa celebrada el jueves 14 de enero en Santa Marta se centró en la fuerza de la oración del hombre de fe. El Pontífice comparó la primera lectura y el Evangelio del día. En el Evangelio de Marcos (1, 40-45) se narra la victoria sobre la enfermedad del leproso que se pone en las manos de Jesús.

El evangelio habla de una victoria. Francisco ha querido recordar la Escritura, en la que se narra que «vino a Jesús un leproso que le suplicaba de rodillas —precisamente con un gesto de adoración— y le decía: “Si quieres, puedes limpiarme”».

El leproso, explicó el Papa, en un cierto sentido «reta al Señor diciendo: yo soy un derrotado en la vida». En efecto, «era un derrotado, porque no podía hacer vida común; era siempre un «descartado», dejado de lado». Y continúa: «Tú puedes transformar esta derrota en victoria». Y «ante esto, Jesús tuvo compasión, extendió la mano, y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio”». Por lo tanto, otra batalla: esta, sin embargo, «se acabó en dos minutos con la victoria», mientras que la de los israelitas duró «todo el día» y acabó con la derrota. La diferencia está en el hecho de que «aquel hombre tenía algo que lo impulsaba a ir hacia Jesús» y a lanzarle ese reto. Esto es, «tenía fe».

Para profundizar la reflexión, el Pontífice citó un pasaje del quinto capítulo de la primera carta de Juan, donde se lee: «lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe». Y es precisamente lo que le sucedió al leproso: «Si quieres, puedes hacerlo». Los derrotados descritos en la primera carta, en cambio, «rezaban a Dios, llevaban el arca, pero no tenían la fe, la habían olvidado».

A este punto el Papa llegó al núcleo de su reflexión, subrayando que «cuando se pide con fe, Jesús mismo ha dicho que se mueven las montañas». Y recordó las palabras del Evangelio: «Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré. Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá». Todo es posible, pero sólo «con la fe. Y esta es nuestra victoria».

Por ello, dijo Francisco concluyendo la homilía, «pidamos al Señor que nuestra oración siempre tenga esa raíz de fe»: pidamos «la gracia de la fe». La fe, en efecto, es un don y «no se aprende en los libros». Un don del Señor que se debe pedir. «“Dame la fe”. “Creo, Señor” ha dicho ese hombre que pedía a Jesús que curase a su hijo: “Creo, Señor, ayuda mi poca fe”». Por ello, debemos pedir «al Señor la gracia de rezar con fe, de estar seguros que cada cosa que pedimos a Él nos será dada, con esa seguridad que nos da la fe. Y esta es nuestra victoria: nuestra fe».

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Homilía en Santa Marta, 12 de enero de 2018

Valentía en la oración

¿Cómo es, en el Evangelio, la oración de los que logran del Señor lo que le piden? El Evangelio de San Marcos, tanto ayer como hoy, nos cuenta dos curaciones, la del leproso y la del paralítico de hoy. Ambos piden, y los dos lo hacen con fe: el leproso hasta se atreve a retar a Jesús con valentía, diciendo: “¡Si quieres puedes limpiarme!”. Y la respuesta del Señor es inmediata: “Quiero, queda limpio”. Y es que, como enseña el Evangelio, “todo es posible para el que cree”.

Siempre, cuando nos acercamos al Señor para pedirle algo, se debe partir de la fe y hacerlo con fe: “Yo tengo fe es que tú puedes curarme, creo que tú puedes hacerlo”, y tener el valor de desafiarlo, como el leproso de ayer, o este hombre de hoy, el paralítico de hoy. La oración con fe.

El Evangelio nos lleva, pues, a preguntarnos sobre nuestro modo de rezar. No lo hacemos como “papagayos” ni sin interés en lo que pedimos; si acaso, suplicamos al Señor que ayude nuestra poca fe, también ante las dificultades. Son tantos los episodios del Evangelio en los que es difícil acercarse al Señor para quien pasa una necesidad, y esto nos sirve de ejemplo a cada uno de nosotros. El paralítico, en el Evangelio de hoy, por ejemplo, es descolgado del techo para que la camilla llegue hasta el Señor, que está predicando entre una inmensa multitud. La voluntad hace encontrar una solución, hace ir más allá de las dificultades.

Valentía para tener fe, al principio: “Si quieres puedes curarme. Si quieres, yo creo”. Y valentía también para acercarme al Señor, cuando haya dificultades. ¡Valentía! Muchas veces hace falta paciencia y saber esperar un tiempo, pero sin aflojar, siguiendo siempre adelante. Pero si, con fe, me acerco al Señor y le digo: “Si quieres, puedes darme esta gracia”, y luego, al ver que la gracia no llega en tres días, me olvido, entonces…

Santa Mónica, madre de san Agustín, rezó y lloró mucho por la conversión de su hijo, y lo consiguió: fue una santa que tuvo gran valentía en su fe. Valentía para desafiar al Señor, valor para “jugársela”, aunque no se consiga en seguida lo que se pida, porque en la oración se juega fuerte, y si la oración no es valiente no es cristiana.

La oración cristiana nace de la de Jesús y va siempre con fe más allá de las dificultades. Una frase para llevarla hoy en nuestro corazón nos ayudará, de nuestro padre Abraham, al que se le prometió una herencia, es decir, que tendría un hijo a los 100 años. Dice el apóstol Pablo: “Creyó y, por eso, fue justificado”. Con fe se puso en camino: fe y hacer lo que sea para lograr la gracia que estoy pidiendo. El Señor nos dijo: “Pedid y se os dará”. Tomemos también estas palabras y tengamos confianza, pero siempre con fe y poniéndonos en juego. Esa es la valentía que tiene la oración cristiana. Si una oración no es valiente no es cristiana.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2006, 2009 y 2012

2006

En un gesto, toda la historia de la salvación

Ayer, 11 de febrero, memoria litúrgica de la bienaventurada Virgen de Lourdes, celebramos la Jornada mundial del enfermo (…). La enfermedad es un rasgo típico de la condición humana, hasta el punto de que puede convertirse en una metáfora realista de ella, como expresa bien san Agustín en una oración suya: “¡Señor, ten compasión de mí! ¡Ay de mí! Mira aquí mis llagas; no las escondo; tú eres médico, yo enfermo; tú eres misericordioso, yo miserable” (Confesiones, X, 39).

Cristo es el verdadero “médico” de la humanidad, a quien el Padre celestial envió al mundo para curar al hombre, marcado en el cuerpo y en el espíritu por el pecado y por sus consecuencias. Precisamente en estos domingos, el evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús que, al inicio de su ministerio público, se dedica completamente a la predicación y a la curación de los enfermos en las aldeas de Galilea. Los innumerables signos prodigiosos que realiza en los enfermos confirman la “buena nueva” del reino de Dios.

Hoy el pasaje evangélico narra la curación de un leproso y expresa con fuerza la intensidad de la relación entre Dios y el hombre, resumida en un estupendo diálogo: “Si quieres, puedes limpiarme”, dice el leproso. “Quiero: queda limpio”, le responde Jesús, tocándolo con la mano y curándolo de la lepra (Mc 1, 40-42). Vemos aquí, en cierto modo, concentrada toda la historia de la salvación: ese gesto de Jesús, que extiende la mano y toca el cuerpo llagado de la persona que lo invoca, manifiesta perfectamente la voluntad de Dios de sanar a su criatura caída, devolviéndole la vida “en abundancia” (Jn 10, 10), la vida eterna, plena, feliz.

Cristo es “la mano” de Dios tendida a la humanidad, para que pueda salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, apoyándose en la roca firme del amor divino (cf. Sal 39, 2-3).

Hoy quisiera encomendar a María, Salus infirmorum, a todos los enfermos, especialmente a los que, en todas las partes del mundo, además de la falta de salud, sufren también la soledad, la miseria y la marginación. Asimismo, dirijo un saludo en particular a quienes en los hospitales y en los demás centros de asistencia atienden a los enfermos y trabajan por su curación. Que la Virgen santísima ayude a cada uno a encontrar alivio en el cuerpo y en el espíritu gracias a una adecuada asistencia sanitaria y a la caridad fraterna, que se traduce en atención concreta y solidaria.

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2009

“Quiero, queda limpio”

En estos domingos, el evangelista san Marcos ha ofrecido a nuestra reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta una muy singular, la de un leproso sanado (cf. Mc 1, 40-45), que se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: “Si quieres, puedes limpiarme”. Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero: queda limpio”. Al instante se verificó la curación de aquel hombre, al que Jesús pidió que no revelara lo sucedido y se presentara a los sacerdotes para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley de Moisés. Aquel leproso curado, en cambio, no logró guardar silencio; más aún, proclamó a todos lo que le había sucedido, de modo que, como refiere el evangelista, era cada vez mayor el número de enfermos que acudían a Jesús de todas partes, hasta el punto de obligarlo a quedarse fuera de las ciudades para que la gente no lo asediara.

Jesús le dijo al leproso: “Queda limpio”. Según la antigua ley judía (cf. Lv 13-14), la lepra no sólo era considerada una enfermedad, sino la más grave forma de “impureza” ritual. Correspondía a los sacerdotes diagnosticarla y declarar impuro al enfermo, el cual debía ser alejado de la comunidad y estar fuera de los poblados, hasta su posible curación bien certificada. Por eso, la lepra constituía una suerte de muerte religiosa y civil, y su curación una especie de resurrección.

En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el salmista exclama: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado”. Y después, dirigiéndose a Dios, añade: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado” (Sal 32, 1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que “cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores” (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz.

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión, el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida cristiana hoy debemos redescubrir aún más.

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2012

El amor es más fuerte que cualquier mal

¡Queridos hermanos y hermanas!

El domingo pasado vimos que Jesús, en su vida pública sanó a muchos enfermos, revelando que Dios quiere para el hombre la vida y la vida en abundancia. El evangelio de este domingo (Mc. 1,40-45) nos muestra a Jesús en contacto con una forma de enfermedad considerada en ese momento como la más seria, tanto que volvía a la persona “impura” y la excluía de las relaciones sociales: hablamos de la lepra. Una ley especial (cf. Lv 13-14) reservaba a los sacerdotes la tarea de declarar a la persona leprosa, es decir impura; y también correspondía al sacerdote declarar la curación y readmitir al enfermo sanado a la vida normal.

Mientras Jesús estaba predicando en las aldeas de Galilea, un leproso se le acercó y le dijo: “Si quieres, puedes limpiarme”. Jesús no evade el contacto con este hombre, sino, impulsado por una íntima participación de su condición, extiende su mano y le toca −superando la prohibición legal−, y le dice: “Quiero, queda limpio.” En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, donde está incorporada la voluntad de Dios de sanarnos y purificarnos del mal que nos desfigura y que arruina nuestras relaciones. En aquel contacto entre la mano de Jesús y el leproso, fue derribada toda barrera entre Dios y la impureza humana, entre lo sagrado y su opuesto, no para negar el mal y su fuerza negativa, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso de lo más contagioso y horrible. Jesús tomó sobre sí nuestras enfermedades, se convirtió en “leproso” para que nosotros fuésemos purificados.

Un maravilloso comentario existencial a este Evangelio es la famosa experiencia de san Francisco de Asís, que lo resume al principio de su Testamento: “El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: cuando estaba en el pecado, me parecía algo demasiado amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me quedé un poco, y salí del mundo” (FF 110). En los leprosos, que Francisco encontró cuando todavía estaba “en el pecado” −como él dice−, Jesús estaba presente, y cuando Francisco se acercó a uno de ellos, y, venciendo la repugnancia que sentía lo abrazó, Jesús lo sanó de su lepra, es decir de su orgullo, y lo convirtió al amor de Dios. ¡Esta es la victoria de Cristo, que es nuestra sanación profunda y nuestra resurrección a una vida nueva!

Queridos amigos, dirijámonos en oración a la Virgen María, a quien hemos celebrado ayer por el recuerdo de sus apariciones en Lourdes. A santa Bernardita, la Virgen le dio un mensaje siempre actual: la llamada a la oración y a la penitencia. A través de su Madre, está siempre Jesús que viene a nuestro encuentro para liberarnos de toda enfermedad del cuerpo y del alma. ¡Dejémonos tocar y purificar por Él, y seamos misericordiosos con nuestros hermanos!

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Vino ante Jesús un leproso

En las lecturas de hoy suena muchas veces la palabra que, sólo al oírla nombrar, ha suscitado angustia y espanto durante milenios: ¡la lepra! Dos factores extraños han contribuido a acrecentar el pánico frente a esta enfermedad, hasta el punto de llegar a hacerla el símbolo de la mayor desgracia, que le pueda tocar a una persona humana, y también el aislar a los pobres desgraciados de los modos más inhumanos (recintos con hilos espinosos, prisiones, bosques, cementerios, manicomios, desierto). El primero era la convicción, hoy en gran parte revelada como errónea, de que esta enfermedad fuese de tal modo contagiosa que podía infectar a cualquiera, que se pusiese en contacto con el enfermo; el segundo, asimismo privado de todo fundamento, era que la lepra fuese un castigo por el pecado. Todo esto añadía al sufrimiento físico igualmente el sufrimiento moral del juicio y del desprecio de la sociedad.

Quien más que cualquier otro ha contribuido a hacer cambiar la actitud y la legislación hacia los leprosos ha sido Raoul Follereau, muerto en 1973. Hizo instituir, en 1954, la Jornada mundial de los leprosos; ha promocionado congresos científicos; y, en fin, ha conseguido que se revocase la legislación sobre la segregación de los leprosos.

Sobre el fenómeno de la lepra, las lecturas de este Domingo nos permiten conocer el planteamiento tal como estaba antes de la ley mosaica y después del Evangelio de Cristo. En el párrafo, sacado del Levítico, se dice que la persona sospechosa de lepra debe ser conducida al sacerdote, el cual, confirmada la enfermedad, «declarará a aquel hombre inmundo». Desde aquel momento:

«El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».

El pobre leproso, arrojado fuera de la compañía humana, además de eso, él mismo debe estar lejos del resto de las personas advirtiéndoles del peligro. La única preocupación de la sociedad ha de ser la de protegerse a sí misma. Mas, ahora, veamos cómo se comporta Jesús en el Evangelio:

«Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio».

Jesús no tiene miedo de contraer el contagio; permite acercarse al leproso junto a él y ponérsele delante de rodillas. Más aún, en una época en que se creía que sólo el acercamiento de un leproso era suficiente para que se trasmitiese el contagio, él «extendió la mano y lo tocó». No debemos pensar que todo esto sucediese de una forma espontánea y que no le costase nada a Jesús. Como hombre, él compartía en esto como en otros puntos las persuasiones de su tiempo y de la sociedad en que vivía. Pero, en él la compasión por el leproso es más fuerte que el miedo a la lepra.

Jesús en esta circunstancia pronuncia una frase entre las más sublimes y divinas, aún en su exagerada síntesis: «Quiero: queda limpio». «Si quieres, puedes» había dicho el leproso, manifestando así su fe en el poder de Cristo. Jesús demuestra poder hacerla efectuándolo. Con ello, él revela implícitamente su trascendencia divina. Ningún taumaturgo, al realizar un milagro, puede hablar de este modo, porque sabe bien que él puede sólo interceder, implorar, no realizar el milagro por su voluntad, lo cual depende sólo de Dios.

Jesús sólo puede decir, en primera persona: «Quiero», porque sabe que él es «una sola cosa» con Dios.

Esta comparación sobre el caso de la lepra entre la ley mosaica y el Evangelio nos obliga a planteamos la pregunta: ¿yo en cuál de los dos planteamientos me inspiro? Es verdad que la lepra ya no es la enfermedad, que da más miedo (a pesar de que existen aún unos veinte millones de leprosos en el mundo), puesto que, si bien tomada a tiempo, se puede curar completamente y en la mayoría de los países ya está del todo vencida; pero, otras enfermedades han usurpado su lugar. Desde hace tiempo se habla de las «nuevas lepras» y «nuevos leprosos». Con estos términos no se entienden tanto las enfermedades incurables de hoy, cuanto las enfermedades (SIDA y droga), de las que la sociedad se defiende, como hacía con la lepra, aislando al enfermo y dejándolo al margen de sí misma.

Hay barrios que se movilizan y reaccionan contra el levantamiento o construcción de una casa de acogida para estos enfermos en su interior o en sus alrededores. No juzguemos a estas personas demasiado ligeramente, como si la cosa no presentase efectivamente algún problema y se tratase sólo de egoísmo. Más bien, como decía san Pablo «que cada uno se examine a sí mismo» (1 Corintios 11,28), para ver qué es lo que prevalece en su corazón: si el rigor de la ley o la compasión del Evangelio. Nosotros no podemos decir como Jesús: «Quiero: queda limpio»; sin embargo, podemos, al menos, «extender la mano y tocar» a estos hermanos en su desgracia. Hay infinitos modos con que se puede hacer esto. A veces, el simple gesto material de extender la mano puede ser de gran consuelo y ayuda, porque les hace sentirse aún igual que las demás como personas humanas. Lo que Raoul Follereau había sugerido hacer para con los leprosos tradicionales y que tanto ha contribuido a aliviar su aislamiento y sufrimiento se debiera hacer (y, gracia a Dios, muchos lo hacen) en las relaciones con los nuevos leprosos.

Frecuentemente, un gesto del género, especialmente si es hecho teniendo que vencerse a sí mismo, para quien lo hace sella el inicio de una verdadera conversión. El caso más célebre es el de Francisco de Asís, cuyo comienzo de su nueva vida le hizo salir al encuentro de un leproso: «Cuando estaba en los pecados, así comienza en su Testamento, me parecía algo demasiado desabrido el ver a los leprosos; pero, el Señor mismo me condujo junto a ellos y usé con ellos misericordia. Y acercándome a ellos, lo que me parecía áspero se me fue cambiando en dulzura de ánimo y de cuerpo». Las fuentes históricas narran cómo tuvo lugar este encuentro, que le cambió la vida. Iba a caballo por la llanura de Asís cuando de lejos vio a un leproso. Estuvo a punto por la repugnancia y el hastío de ponerse al galope y huir; pero, un acto contrario de voluntad le detiene (es en este momento cuando se decide la verdadera conversión); es más, desciende del caballo y corre a besarle (cfr. Celano, Vida segunda, V, 9). Desde aquel día llegó a ser el amigo de los leprosos, a los que llamaba con respeto y afecto: «los hermanos cristianos»; les visitaba frecuentemente, lavándoles las llagas y dándoles de comer. Lo más singular es que este contacto, que antes le parecía la cosa más amarga y repugnante, que hubiese en el mundo, le llegó a ser una fuente de alegría no sólo espiritual sino también humana o «del cuerpo», como dice él.

Pero, debemos manifestar igualmente otra enseñanza, incluida en el episodio evangélico. Ésta se presta mejor que todo razonamiento para favorecer la diferencia entre la ley y el Evangelio en comparación con aquella enfermedad verdaderamente «mortal», de la que todos, ninguno excluido, estamos afectados y de la que (la lepra) era considerada (si bien erróneamente) un símbolo del pecado. La ley antigua no curaba del pecado, no concedía la vida; se limitaba a clarificar la transgresión, a dar a conocer si uno era justo o pecador, como se hacía con la lepra; sin embargo, la gracia de Cristo libera del pecado, da la vida, como hace Jesús con el leprosa. La ley dice lo que hay que hacer, la gracia da lo que hay que hacer. «Nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado» (Romanos 3,20). La curación del leproso llega a ser, por lo tanto, la ocasión para tomar conciencia de la curación más grandiosa aún, que ha tenido lugar en nosotros mismos, cuando hemos sido «justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Romanos 3, 24). Lo más consolador es saber que este milagro se realiza una sola vez en la vida; por lo cual, si se debiese contraer de nuevo la lepra, ya no habría más remedio. Cada vez que, arrepentidos, nos ponemos también nosotros «de rodillas» a los pies de Cristo y de la Iglesia reconociendo nuestro pecado, nosotros podemos escuchar aquella palabra: «Yate absuelvo de tus pecados», que es la equivalente en el plano espiritual a la de: «Quiero: queda limpio».

¿Qué es necesario para que todo esto llegue a ser una realidad vivida y no sólo una hermosa teología? Lo primero, reconocer nuestro mal y mostrar nuestras llagas a quien puede curarlas. A veces, para hacer esto, es necesario superar no sólo la propia resistencia íntima, sino también el respeto humano frente a una cultura y a una sociedad, que niega el pecado, y, encima, se burla y tienta de todos los modos posibles para convencernos de que esto, además, no es el tan gran mal que se dice. El leproso del Evangelio obtuvo el milagro porque se había atrevido a transgredir el tabú y, mientras, todos los demás leprosos se escondían por miedo y vergüenza; él había venido desenmascarado. Un día Jesús con tristeza observó:

«Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el siria» (Lucas 4,27).

Solamente Naamán, el sirio, fue curado; porque sólo él tuvo fe y salió de su país para pedir ayuda al profeta. Igualmente, hoy hay muchos «leprosos» en el mundo (de la lepra más grave, de la que ya hemos hablado); pero, no todos son curados sino sólo los que se dan cuenta de cuán peligrosa es esta lepra y buscan la curación de quien puede darla.

Se cuenta que el rey san Luis IX, dijo públicamente un día que habría preferido treinta veces ser un leproso que caer más bien en un solo pecado mortal. A lo que el barón de Joinville, presente, rebatió horrorizado diciendo que él prefería haber cometido treinta pecados mortales, más bien que llegar a ser un leproso. Volviendo a recordar el hecho, el poeta Péguy comenta (aunque como de costumbre es Dios el que habla): «¡Ah, si Joinville con los ojos del alma hubiese visto qué sea la lepra del alma, que no en vano llamamos pecado mortal; si con los ojos del alma hubiese visto aquella soberbia reseca del alma infinitamente peor, infinitamente más perniciosa, infinitamente más maligna, infinitamente más odiosa, él mismo habría entendido de inmediato cuán absurda era su soflama y que la cuestión ni siquiera se planteaba! Pero, no todos ven con los ojos del alma. Yo entiendo esto, dice Dios, no todos son santos, es así mi cristiandad» (El misterio de los Santos Inocentes). El episodio evangélico nos presenta una conclusión extraña, si no, asimismo, insólita:

«Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”».

Jesús manda al leproso curado que no lo diga a nadie, sino que se presente al sacerdote, como prescribía la ley de Moisés. Así, él demuestra que no ha venido a abolir la ley sino a «darle cumplimiento»; esto es, a realizar lo que la ley prescribía hacer, aunque no daba la capacidad para hacerla. Quiere igualmente ofrecer a los sacerdotes una ocasión para creer, viendo que en él se cumplen los signos esperados por el Mesías, entre los que, precisamente, estaba el «curar a los leprosos» (cfr. Mateo 11,5).


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