Diumenge II del Temps Ordinari (cicle B): La importància de l'acompanyament espiritual

En les Lectures bíbliques d'aquest diumenge –el segon del Temps Ordinari– sorgeix el tema de la vocació: en l'Evangeli és la crida dels primers deixebles per part de Jesús; en la primera Lectura és la crida del profeta Samuel. En tots dos relats ressalta la importància de la figura que desenvolupa el paper de mediador, ajudant a les persones cridades a reconèixer la veu de Déu i a seguir-la.

***

Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 65, 4

Que se postre ante ti, Señor, la tierra entera; que todos canten himnos en tu honor y alabanzas a tu nombre.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas los cielos y la tierra, escucha con amor las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida transcurran en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Habla, Señor, tu siervo escucha.

Del primer libro de Samuel: 3, 3-10.79

En aquellos días, el joven Samuel servía en el templo a las órdenes del sacerdote Eli. Una noche, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”. Respondió Elí: “Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte”. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”. Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”.

Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel; éste se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”.

Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: “Ve a acostarte y si te llama alguien responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha’ “. Y Samuel se fue a acostar.

De nuevo el Señor se presentó y lo llamó como antes: “Samuel, Samuel”. Éste respondió: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”. Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía, se cumplía. 

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 39,2 y 4ab. 7-8a. 8b-9.10.

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé en el Señor con gran confianza, Él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias. Él me puso en la boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios. R/.

Sacrificios y ofrendas no quisiste, abriste, en cambio, mis oídos a tu voz. No exigiste holocaustos por la culpa, así que dije: “Aquí estoy”. R/.

En tus libros se me ordena hacer tu voluntad; esto es, Señor, lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón. R/.

He anunciado tu justicia en la gran asamblea; no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor. R/.

SEGUNDA LECTURA

Los cuerpos de ustedes son miembros de Cristo

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 6, 13-15. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor; y el Señor, para santificar el cuerpo. Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder.

¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? Y el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. Huyan, por lo tanto, de la fornicación. Cualquier otro pecado que cometa una persona, queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo

¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes? No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro. Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 1, 41. 17

R/. Aleluya, aleluya.

Hemos encontrado a Cristo, el Mesías. La gracia y la verdad nos han llegado por él. R/.

EVANGELIO

Vieron dónde vivía y se quedaron con él.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 1. 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?”. Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?”. (Rabí significa “maestro”). Él les dijo: “Vengan a ver”.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir “el Ungido”). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir, “roca”). 

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, participar dignamente en estos misterios, porque cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención. Por Jesucristo nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN 1 Jn 4,16

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad, para que, saciados con el pan del cielo, vivamos siempre unidos en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

_________________________

BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Habla Señor, que tu siervo escucha (1 S 3,3b-10.19)

1ª lectura

El relato de la vocación de Samuel es tipo de la llamada divina a cumplir una misión, pues refleja perfectamente tanto la actitud de quien se sabe llamado, en este caso de Samuel, como las exigencias que Dios impone. En primer lugar (vv. 1-3) presenta a los protagonistas –el Señor, Elí y Samuel– y las circunstancias que rodean el acontecimiento: la noche, cuando todos duermen, el Templo, el Arca y la lámpara de Dios, todavía encendida, indican que aquello es extraordinario y viene sólo de Dios.

La segunda escena (vv. 4-8) es un delicioso diálogo entre el Señor y Samuel, y entre Samuel y Elí, que culmina en una fórmula sublime de disponibilidad: «Aquí estoy porque me has llamado» (v. 8). «Aquel niño nos da muestras de una altísima obediencia. La verdadera obediencia ni discute la intención de lo mandado, ni lo juzga, pues el que decide obedecer con perfección, renuncia a emitir juicios» (S. Gregorio Magno, In primum Regum 2,4,10-11).

La tercera escena (vv. 9-14) refleja la doble función del profeta, que inicia de forma solemne Samuel: escuchar atentamente a Dios (vv. 9-10) y saber transmitir fielmente el mensaje recibido, aunque resulte severo a sus oyentes inmediatos (vv. 11-14). «Inmensamente bienaventurado es aquel que percibe en silencio el susurro divino y repite con frecuencia aquello de Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha”» (S. Bernardo, Sermones de diversis 23,7).

«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (v.9). Esta oración fue el inicio del itinerario de Samuel como profeta, llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues toda su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos. Como sugiere el Catecismo de la Iglesia Católica todo esto lo aprendió de su madre desde niño: «La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la Morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo. Los guías del pueblo –pastores y profetas– son los primeros que le enseñan a orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo “estar ante el Señor” (cfr 1 S 1,9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 S 3,9-10). Más tarde, también él conocerá el precio y la carga de la intercesión: “Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto” (1 S 12,23)» (n. 2578).

Vuestros cuerpos son miembros de Cristo (1 Co 6,13c-15a.17-20)

2ª lectura

El cristiano, cuerpo y alma, es miembro de Cristo (v. 15). Esta afirmación impresionante y novedosa es clave en la enseñanza paulina y en la doctrina cristiana: el cristiano ha sido incorporado a Cristo por el Bautismo y está destinado a permanecer estrechamente unido a Él, a vivir su misma vida (cfr Gal 2,20), a ser «un solo espíritu con él» (v. 17). Ha sido hecho, en definitiva, miembro de su Cuerpo (cfr 12,27; Rm 12,5).

El que peca contra la castidad profana su cuerpo, templo del Espíritu Santo. El consejo de Pablo es claro: hay que huir de la fornicación (v. 18), porque «no se vence resistiendo, porque cuanto más lo piensa uno, más se enciende; se vence huyendo, es decir, evitando totalmente los pensamientos inmundos, y todas las ocasiones» (Sto. Tomás de Aquino, Super 1 Corinthiosad loc.).

En esta lucha por vivir la castidad el cristiano cuenta con medios abundantes: «El primero es ejercer una gran vigilancia sobre nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos; el segundo, recurrir a la oración; el tercero, frecuentar dignamente los sacramentos; el cuarto, huir de todo cuanto pueda inducirnos al mal; el quinto, ser muy devotos de la Santísima Virgen. Observando todo esto, a pesar de los esfuerzos de nuestros enemigos, a pesar de la fragilidad de esa virtud, tendremos la seguridad de conservarla» (San Juan B. María Vianney, Sermón en el decimoséptimo domingo después de Pentecostés).

San Pablo termina (v. 20) resaltando la importancia de la nueva condición del bautizado: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho participe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. (S. León Magno, Sermo 1 de Nativitate). En esta dignidad se fundamenta la plenitud de la castidad, tanto en las legítimas relaciones conyugales como en la virginidad.

Venid y veréis (Jn 1, 35-42)

Evangelio

Al narrar el encuentro de los primeros discípulos y Jesús se señalan varios de sus títulos: Rabbí (Maestro), Mesías (Cristo), Hijo de Dios, Rey de Israel, Hijo del Hombre. El conjunto de todos ellos manifiesta que Jesús es el Mesías prometido en el Antiguo Testamento y reconocido por la Iglesia. «El Apóstol Juan, que vuelca en su Evangelio la experiencia de toda una vida, narra aquella primera conversación con el encanto de lo que nunca se olvida. Maestro, ¿dónde habitas? Díceles Jesús: Venid y lo veréis. Fueron, pues, y vieron donde habitaba, y se quedaron con Él aquel día. Diálogo divino y humano que transformó las vidas de Juan y de Andrés, de Pedro, de Santiago y de tantos otros, que preparó sus corazones para escuchar la palabra imperiosa que Jesús les dirigió junto al mar de Galilea» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 118).

El evangelista destaca cómo el encuentro de algunos discípulos con Jesús se produce por la mediación de quienes ya le siguen. Éste es el apostolado cristiano. San Juan Crisóstomo, comentando el v. 41, enseña: «Esa frase es expresión de un alma que ardientemente deseaba la venida del Mesías y que exulta y se llena de alegría cuando ve la esperanza convertida en realidad y se apresura a anunciar a sus hermanos tan feliz noticia» (In Ioannem 19,1).

«Te llamarás Cefas» (v. 42). Poner el nombre equivalía a tomar posesión de lo nombrado (cfr Gn 17,5; 32,29). «Cefas» es transcripción griega de una palabra aramea que quiere decir piedra, roca, y, a partir de ese momento, Pedro. De aquí que, escribiendo en griego, el evangelista haya explicado el significado del término empleado por Jesús. Cefas no era nombre propio, pero Jesús lo impone al Apóstol para indicar la función de Vicario suyo, que le será revelada más adelante (cfr Mt 16,16-18).

_____________________

SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

“Y se quedaron con Él ese día”

Desidiosa en absoluto es la humana naturaleza e inclinada al mal; y no, por cierto, por la condición de la misma naturaleza, sino por flojedad de la voluntad. Muy pronto necesita que se la exhorte. Y así Pablo, escribiendo a los filipenses, les decía: Escribiros las mismas cosas a mí no me es enojoso y a vosotros os es seguridad y salvaguarda[1]. Las tierras de labranza, en cuanto han recibido la simiente, luego producen fruto y no necesitan esperar nueva siembra. Pero en lo referente a nuestras almas las cosas no van por ahí, sino que es de desear que, una vez lanzada con frecuencia la semilla y tras de poner gran diligencia, a lo menos una vez se pueda recoger el fruto.

Desde luego, lo que se dice no se imprime fácilmente en el pensamiento, pues hay debajo mucha dureza y el alma se halla oprimida por cantidad de espinas; y tiene muchos que la asechan y le roban y arrebatan la simiente. En segundo lugar, una vez que la semilla ha brotado y arraigado, se necesita de la misma diligencia para que lleguen a sazonar los granos y no sufran daño ni alguien los destruya. En las semillas, una vez que la espiga sazona y alcanza su perfecto vigor, se ríe de los calores y de las otras plagas; pero no sucede lo mismo con las verdades. Porque en éstas, una vez que se ha puesto todo trabajo, echándose encima el invierno y las tormentas, es decir, oponiéndose las dificultades y tramando asechanzas los hombres dolosos y sobreviniendo diversas tentaciones, todo se viene a tierra y se derrumba.

No sin motivo hemos dicho estas cosas; sino para que cuando oyes al Bautista repetir las mismas cosas, no lo juzgues de ligero ni lo tengas por vano y cargante. Hubiera él querido que a la primera se le escuchara; pero como no había muchos que al punto le prestaran oídos a causa de su somnolencia, con repetir lo mismo los despierta. ¡Vamos! ¡Poned atención! Dijo él: Viene detrás de mí un hombre que ha sido constituido superior a mí; y también: Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias; y luego: Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego; y añadió que había visto al Espíritu Santo bajar en forma de paloma y posarse sobre Cristo; y testificó que Jesús era el Hijo de Dios. Pero nadie atendió; nadie le preguntó ¿por qué aseveras eso? ¿Qué motivo, qué razón tienes?

Nuevamente dice: He aquí el Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo. Pero ni aun así conmovió a los desidiosos. Por tal motivo se ve obligado a repetir lo mismo, como quien remueve una tierra áspera con el objeto de suavizarla; y con la palabra, a la manera de un arado excitar las mentes oprimidas de cuidados, para poder más profundamente depositar la semilla. No se alarga en su discurso, porque lo único que anhelaba era unirlos a Cristo. Sabía que si ellos recibían esta palabra y la creían, ya no necesitarían de su testimonio, como en efecto sucedió. Si los samaritanos, una vez que hubieron oído a Jesús, decían a la mujer: No es ya por tu declaración por lo que creemos: nosotros mismos lo hemos oído hablar y sabemos que verdaderamente es el Salvador del mundo, Cristo Jesús[2]; indudablemente con mayor presteza habrían sido cautivados los discípulos, como en efecto lo fueron. Porque como se hubieran acercado a Jesús y lo hubieran oído hablar solamente una tarde, ya no regresaron a Juan; sino que en tal forma se unieron a Jesús, que incluso asumieron el ministerio del Bautista y predicaron a su vez a Jesús. Pues dice el evangelista: Este encontró a su hermano Simón y le dijo: Hemos hallado al Mesías, que significa Cristo.

Quiero que adviertas cómo cuando Juan dijo: Detrás de mí viene un hombre que ha sido constituido superior a mí; y cuando dijo: Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, no logró para Cristo a nadie; y en cambio cuando habló de la economía de la redención y en su discurso se abajó a cosas más sencillas, entonces fue cuando sus discípulos siguieron a Cristo. Ni sólo es esto digno de considerarse, sino también que cuando se habla de Dios en cosas altas y sublimes, no son tantos los que son atraídos, como cuando el discurso trata de la clemencia y benignidad de Dios con palabras que procuran la salvación de los oyentes. Pues aquellos discípulos, apenas oyeron que Cristo cargaba sobre sus hombros el pecado del mundo, al punto lo siguieron. Como si dijeran: puesto que es necesario lavar las culpas ¿en qué nos detenemos? Presente se halla el que sin trabajo nos liberará; y ¿cómo no sería el extremo de la locura diferir para otro tiempo este don?

Oigan esto los catecúmenos que dejan para el fin de su vida el procurar la salvación. Dice, pues, el evangelista: De nuevo se presentó Juan y dijo: He aquí el Cordero de Dios. Aquí nada dice Cristo sino que Juan lo dice todo. Así suele proceder el Esposo. Nada dice él a la esposa, sino que se presenta callando. Son otros los que lo señalan y le entregan la esposa. Se presenta ella, pero tampoco la toma directamente el Esposo, sino que es otro el que se la entrega. Pero una vez que la han entregado y el Esposo la ha recibido, se aficiona a ella de tal manera que ya para nada se acuerda de los que se la entregaron. Así sucedió en lo de Cristo. Vino El para desposarse con la Iglesia, pero nada dijo, sino que solamente se presentó. Pero Juan, su amigo, le dio la mano derecha de la esposa, procurándole con sus palabras la amistad de los hombres. Y una vez que El los recibió, en tal forma los aficionó a su persona que ya nunca más se volvieron al legado que a Cristo los había entregado.

Pero no sólo esto hay que advertir aquí, sino además otra cosa. Así como en las nupcias no es la doncella quien busca al esposo y va a él, sino que es él quien se apresura en busca de ella; y aun cuando sea hijo de reyes, aunque ella sea de condición inferior, y aun en el caso de que él haya de desposarse con una esclava, procede siempre del mismo modo, así ha sucedido acá. La naturaleza humana no subió a los cielos, sino que Cristo fue quien bajó a esa vil y despreciable naturaleza; y una vez celebrados los desposorios, no permitió Cristo que ella permaneciera acá, sino que la tomó y la condujo a la casa paterna.

Más ¿por qué Juan no toma aparte a los discípulos y les habla así de estas cosas? ¿Por qué no los lleva de este modo a Cristo, sino que abiertamente y delante de todos les dice: He aquí el Cordero de Dios? Para que nadie pensara que aquello se hacía por previo mutuo acuerdo. Si Juan los hubiera exhortado en privado, y en esta forma ellos hubieran ido a Cristo, por darle gusto a Juan, quizá muy pronto se habrían arrepentido. Ahora en cambio, persuadidos de ir a Jesús por la enseñanza común, perseveraron con firmeza, puesto que no habían ido a Él por congraciarse con su maestro el Bautista, sino en busca de la propia utilidad.

Profetas y apóstoles predican a Cristo ausente: aquéllos antes de su advenimiento; éstos tras de su ascensión a los cielos: solamente Juan lo proclamó ahí presente: Por esto Jesús lo llama el amigo del esposo, pues sólo él estuvo presente a las nupcias. Él lo preparó todo y lo llevó a cabo. El dio principio al negocio. Y fijando la mirada en Jesús que se paseaba, dice: He aquí el Cordero de Dios, demostrando así que no solamente con la voz sino también con los ojos daba testimonio. Lleno de gozo y regocijo, se admiraba de Cristo. Tampoco exhorta al punto a los discípulos, sino que primero solamente mira estupefacto a Cristo presente, y declara el don que Cristo vino a traernos, y también el modo de purificación. Porque la palabra Cordero encierra ambas cosas.

Y no dijo que cargará sobre sí o que cargó sobre sí: Que carga sobre sí el pecado del mundo, porque es obra que continuamente está haciendo. No lo cargó únicamente en el momento de padecer; sino que desde entonces hasta ahora lo carga, no siempre crucificado (pues ofreció solamente un sacrificio por los pecados), sino que perpetuamente purifica al mundo mediante este sacrificio. Así como la palabra Verbo declara la excelencia y la palabra Hijo la supereminencia con que sobrepasa a todos, así Cordero, Cristo, Profeta, Luz verdadera, Pastor bueno y cuanto de Él se pueda decir y se predica poniéndole el artículo, indican una gran distinción y diferencia de lo que significan los nombres comunes. Muchos corderos había, muchos profetas, muchos ungidos, muchos hijos; pero éste inmensamente se diferencia de ellos. Y no lo confirma únicamente el uso del artículo, sino además el añadir el Unigénito, pues el Unigénito nada tiene de común con las criaturas.

Y si a alguno le parece que está fuera de tiempo el decir estas cosas, o sea, a la hora décima (pues dice el evangelista que el tiempo era como a la hora décima), ese tal no parece andar muy equivocado. Porque a muchos que se entregan a servir al cuerpo, esa hora, que es enseguida de la comida, no les parece tiempo oportuno para tratar de negocios serios, porque tienen el ánimo sobrecargado con la mole de los alimentos. Pero en este caso, tratándose de un hombre que ni siquiera usaba de los alimentos acostumbrados y que aun por la tarde se encontraba sobrio y ligero, como lo estamos nosotros en las horas matutinas, y aun más que nosotros (pues acá con frecuencia dan vueltas las imaginaciones de los alimentos que tomaremos por la tarde, mientras que en Juan ningún pensamiento tal hacía pesada la nave), con todo derecho hablaba de cosas semejantes por la tarde.

Añádase que habitaba en el desierto y cerca del Jordán, sitio al cual se acercaban todos con sagrado temor para recibir el bautismo, y que en ese tiempo muy poco se cuidaban de los negocios seculares; lo cual consta, pues las turbas llegaron a perseverar con Cristo hasta tres días en ayunas. Propio es del pregonero celoso y del agricultor diligente no abandonar el campo hasta ver que la palabra sembrada ha echado raíces.

Mas ¿por qué Juan no recorrió íntegra Judea para predicar a Cristo, sino que permaneció en las cercanías del río Jordán y ahí esperó a Cristo para presentarlo cuando llegara? Porque anhelaba mostrar a Cristo por las propias obras de Este; y mientras tanto sólo procuraba darlo a conocer y persuadir a unos pocos y que éstos oyeran hablar de la vida eterna. Por lo demás, dejó que Cristo diera su testimonio propio, confirmado por sus obras, como El mismo lo dice: Yo no necesito que un hombre testifique en favor mío: las obras que el Padre me otorga hacer son testimonio en mi favor[3]Observa cuánto más eficaz iba a ser semejante testimonio. Encendió una pequeña chispa y de pronto se alzó la llama. Los que al principio no habían atendido a las palabras de Juan, al fin dicen: Todo lo que Juan dijo es verdadero[4]Por lo demás, si Juan hubiera dicho esas cosas yendo de ciudad en ciudad, semejante movimiento habría parecido ser efecto de un empeño humano; y luego la predicación habría parecido sospechosa.

lo oyeron dos de sus discípulos y se fueron tras de Jesús. Había ahí otros discípulos de Juan; pero éstos no sólo no siguieron a Jesús, sino que lo envidiaron, pues decían: Maestro: sabe que aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza y todos acuden a él[5] Y de nuevo acusando dicen: ¿Cómo es que nosotros los fariseos ayunamos con frecuencia, al paso que tus discípulos no ayunan? Pero los que de entre ellos eran los mejores, no sufrían esas pasiones, sino que al punto en que oyeron a Juan, siguieron a Jesús. Y no fue porque despreciaran a su antiguo maestro, sino, al revés, porque le tenían suma obediencia; y el proceder así era la prueba suprema de su recta intención.

Por lo demás, no siguieron a Jesús forzados por exhortaciones, lo cual habría sido sospechoso, sino porque Juan anteriormente había dicho que Jesús bautizaría en Espíritu Santo: tal fue el motivo de que lo siguieran. De modo que hablando con propiedad, no abandonaron a su maestro, sino que anhelaron saber qué más enseñaría Cristo que Juan. Nota la modestia en su diligencia. Porque no interrogaron a Jesús sobre cosas altas y necesarias para su salvación inmediatamente después de acercársele ni lo hicieron delante de todos y a la ligera, sino que procuraron hablarle aparte. Sabían ellos que las palabras de Juan no procedían de simple modestia sino de la verdad.

Uno de los dos que habían oído lo que Juan dijo, y habían seguido a Jesús era Andrés, hermano de Simón Pedro. ¿Por qué el evangelista no pone el nombre del otro? Unos dicen que quien esto escribía fue el otro que siguió a Jesús. Otros, al contrario, dicen que no siendo ese otro discípulo ninguno de los notables, no creyó deber decir nada fuera de lo necesario. ¿Qué utilidad habría podido seguirse de declarar el nombre, cuando tampoco se ponen los nombres de los setenta y dos discípulos? La misma práctica puedes ver en Pablo, pues dice: Con él enviamos al hermano, cuyos méritos en la predicación del evangelio conocen todas las iglesias[6].

En cambio, mencionó a Andrés por otro motivo. ¿Cuál fue? Para que cuando oigas que Simón apenas oyó de Cristo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres[7]y para nada dudó de tan inesperada promesa, sepas que ya anteriormente su hermano había puesto los fundamentos de la fe. Volvió el rostro Jesús viendo que lo seguían, les dice: ¿Qué buscáis? Se nos enseña aquí que Dios no se adelanta con sus dones a nuestra voluntad, sino que, habiendo nosotros comenzado, y habiendo echado por delante nuestra buena voluntad, luego Él nos ofrece muchísimas ocasiones de salvación.

¿Qué buscáis? ¿Cómo es esto? El que conoce los corazones de los hombres y a quien están patentes todos nuestros pensamientos, ¿pregunta eso? Es que no lo hace para saber (¿cómo podría ser eso ni afirmarse tal cosa?), sino para mejor ganarlos preguntándoles y para darles mayor confianza y demostrarles que pueden dialogar con El. Porque es verosímil que ellos, como desconocidos que eran, tuvieran vergüenza y temor, pues tan grandes cosas habían oído a su maestro respecto de Jesús. Para quitarles esos afectos de vergüenza y temor, les hace la pregunta, y no permite que lleguen a su morada en silencio. Por lo demás, aun cuando no les hubiera preguntado, sin duda habrían perseverado en seguirlo y habrían llegado con él hasta su habitación.

Entonces ¿cuál es el motivo de que les pregunte? Para lograr lo que ya indiqué; o sea, para dar ánimos a ellos que se avergonzaban y dudaban y ponerles confianza. Ellos demostraron su anhelo no solamente con seguirlo, sino además con la pregunta que le hacen. No sabiendo nada de Él, ni habiendo antes oído hablar de Él, lo llaman Maestro, contándose ya entre sus discípulos y manifestando el motivo de seguirlo, esto es, para aprender de Él lo que sea útil para la salvación. Observa la prudencia con que proceden. Porque no le dijeron: Enséñanos alguna doctrina o algo necesario para la vida eterna, sino ¿qué le dicen?: ¿En dónde habitas? Como ya dije, anhelaban hablar con Él, oírlo, aprender con quietud. Por esto no lo dejan para después ni dicen: Mañana regresaremos y te escucharemos cuando hables en público. Sino que muestran un ardiente deseo de oírlo, tal que ni por la hora ya adelantada se apartan; porque ya el sol iba cayendo al ocaso. Pues era, como dice el evangelista, más o menos la hora décima. Cristo no les dice en dónde está su morada, ni en qué lugar, sino que los alienta a seguirlo, mostrando así que ya los toma por suyos.

Tal es el motivo de que no les diga: La hora es intempestiva para que vosotros entréis en mi casa. Mañana escucharéis lo que deseáis. Por ahora volved a vuestro hogar. Sino que les habla como a amigos ya muy familiares. Entonces, dirás: ¿por qué en otra parte dice: El Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabeza?[8] Mientras que aquí dice: Venid y ved en donde habito. La expresión: No tiene en dónde reclinar su cabeza, significa que Cristo no tenía casa propia, pero no que no habitara en alguna casa: así lo da a entender la comparación que usa. Y el evangelista dice que ellos permanecieron con él durante aquel día. No dice la causa de eso, por tratarse de una cosa evidente y clara. Puesto que no habían tenido otro motivo de seguir a Cristo, ni Cristo de acogerlos, sino escucharle su doctrina. Y en esa noche la bebieron tan copiosa y con tan gran empeño, que enseguida ambos se apresuraron a convocar a otros.

Aprendamos nosotros a posponer todo negocio a la doctrina del cielo y a no tener tiempo alguno como inoportuno. Aunque sea necesario entrar en una casa ajena o presentarse como un desconocido ante gentes principales y también desconocidas de nosotros, aunque se trate de horas intempestivas y de un tiempo cualquiera, jamás debemos descuidar este comercio. El alimento, el baño, la cena y lo demás que pertenece a la conservación de la vida, tienen sus tiempos determinados; pero la enseñanza de las virtudes y la ciencia del cielo, no tienen hora señalada, sino que todo tiempo les es a propósito. Porque dice Pablo: Oportuna e importunamente, arguye, reprende, exhorta[9]Y a su vez el profeta dice: Meditará en su ley [de Yahvé] día y noche[10]También Moisés ordenaba a los judíos que continuamente lo hicieran. Las cosas tocantes a la vida, me refiero a las cenas, a los baños, aunque son necesarias, si se usan con demasiada frecuencia debilitan el cuerpo; pero la enseñanza espiritual cuanto más se inculca tanto más fortalece al alma. Pero ahora lo que sucede es que todo el tiempo lo pasamos en bromas inútiles: la aurora, la mañana, el mediodía, la tarde, todo lo pasamos en determinado sitio vanamente; en cambio las enseñanzas divinas, si una o dos veces por semana las escuchamos, nos cansan y nos causan náuseas.

¿Por qué sucede esto? Porque nuestro ánimo es malo. Empleamos en cosas de acá bajo todo su anhelo y empeño, y por esto no sentimos hambre del alimento espiritual. Grande señal es ésta de una enfermedad grave: el no tener hambre ni sed, sino el que ambas cosas, comer y beber, nos repugnen. Si cuando esto acontece al cuerpo lo tenemos como grave indicio y causado por notable enfermedad, mucho más lo es tratándose del alma. Pero ¿en qué forma podremos levantar el alma cuando anda caída y debilitada? ¿Con qué obras? ¿Con qué palabras? Tomando las sentencias divinas, las palabras de los profetas, de los apóstoles, de los evangelistas y todas las otras de la Sagrada Escritura.

Caeremos entonces en la cuenta de que mucho mejor es usar de estos alimentos que de otros no santos, sino impuros; pues así hay que llamar las bromas importunas y las charlas inútiles. Dime: ¿acaso es mejor hablar de asuntos forenses, judiciales, militares, que de los celestes y de lo que luego vendrá cuando salgamos de esta vida? ¿Qué será más. útil: hablar de los asuntos y de los defectos de los vecinos, y andar con vana curiosidad inquiriendo las cosas ajenas, o más bien tratar de los ángeles y de lo tocante a nuestra propia utilidad? Al fin y al cabo lo del vecino para nada te toca, mientras que lo del Cielo es propio tuyo. Instarás diciendo: Bueno, pero es cosa lícita, después de hablar de aquellas cosas, cumplir con lo demás. Bien está. Pero ¿qué decir de los que a la ligera y sin utilidad alguna no se ocupan en eso y en cambio gastan el día íntegro en hablar de estas otras cosas y nunca acaban de tratar de ellas?

Y no me refiero aún a cosas más graves. Porque los más modestos hablan entre sí de las cosas dichas; pero los más desidiosos y dados a la pereza, lo que traen continuamente en los labios es lo referente a los actores del teatro, a los bailarines, a los aurigas; y manchan los oídos echando por tierra las almas; y con semejantes conversaciones inclinan al mal la naturaleza y llevan el ánimo a toda clase de feas imaginaciones. Pues apenas se ha pronunciado el nombre de un bailarín, al punto en la imaginación el alma pinta su cara, sus cabellos, su muelle vestido y todo su continente más muelle aún con mucho que cada una de esas cosas.

Otro enciende la llama de la pasión y la alimenta metiendo en la conversación a alguna ramera, sus palabras, su presentación, sus miradas lascivas, su aspecto muelle, sus cabellos ensortijados, sus mejillas desfiguradas con los afeites. ¿No os ha acontecido conmoveros un tanto mientras yo digo estas cosas? Pero no os dé vergüenza, no os ruboricéis: eso lo lleva consigo y lo exige la natural necesidad, pues así se conmueve el alma de acuerdo con las cosas que se narran. Pues bien: si siendo yo el que os hablo, estando vosotros en la iglesia, lejos de cosas semejantes, con sólo oírlas os sentís un tanto conmovidos, pensad ¿en qué disposición estarán los que en el teatro entran y toman asiento, entre excesivas libertades, fuera de esta venerable y respetable asamblea, cuando ven y oyen tales cosas con la mayor desvergüenza?

Dirá quizás alguno de los que no atienden: ¿Por qué, si así lo pide la natural necesidad y en tal forma afecta al alma, no te fijas en esto y en cambio nos acusas a nosotros? Al fin y al cabo, obra es de la naturaleza el sentirse muelle cuando tales cosas oye; pero ponerse a oírlas, no es de la naturaleza, sino falla del libre albedrío. También es de natural necesidad que quien se acerca al fuego se queme, a causa de la delicadeza del organismo; pero no nos acerca al fuego ni hace que nos quememos la natural necesidad, ya que esto depende en absoluto de la voluntad perversa.

En conclusión, lo que yo intento desterrar y corregir es que no os arrojéis voluntariamente al precipicio, no os empujéis vosotros mismos al abismo de la iniquidad, ni corráis voluntariamente a quemaros en la pira; y esto con el objeto de que no nos hagamos reos de las llamas preparadas para el diablo. Ojalá que todos nosotros, liberados de la llama de la lujuria y de la llama de la gehena, seamos acogidos en el seno de Abraham, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Explicación del Evangelio de San Juan, Homilía XVIII (XVII), Ed. Tradición, México, 1981, (I), pp. 147-157)



[1] Flp 3, 1

[2] Jn 4, 42

[3] Jn 5, 34-35

[4] Jn 10, 42

[5] Jn 3, 26

[6] 2 Co 7, 18

[7] Mt 4, 19

[8] Lc 9, 58

[9] 2 Tm 4, 2

[10] Sal 1, 2

_____________________

FRANCISCO – Ángelus 2014

Ser discípulos del Cordero con inocencia, amor, humildad y servicio

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el domingo pasado, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”. En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, a orillas del río Jordán. Quien lo relata es el testigo ocular, Juan evangelista, quien antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto a su hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores. El Bautista, por lo tanto, ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado desde lo alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por ello lo indica con estas palabras: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

El verbo que se traduce con “quita” significa literalmente “aliviar”, “tomar sobre sí”. Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene los rasgos del Siervo del Señor, que “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 53, 4), hasta morir en la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el río de nuestro pecado, para purificarnos.

El Bautista ve ante sí a un hombre que hace la fila con los pecadores para hacerse bautizar, incluso sin tener necesidad. Un hombre que Dios mandó al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento el término “cordero” se le encuentra en más de una ocasión, y siempre en relación a Jesús. Esta imagen del cordero podría asombrar. En efecto, un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez si carga en sus propios hombros un peso tan inaguantable. La masa enorme del mal es quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí mismo. El cordero no es un dominador, sino que es dócil; no es agresivo, sino pacífico; no muestra las garras o los dientes ante cualquier ataque, sino que soporta y es dócil. Y así es Jesús. Así es Jesús, como un cordero.

¿Qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el sitio de la malicia, la inocencia; en el lugar de la fuerza, el amor; en el lugar de la soberbia, la humildad; en el lugar del prestigio, el servicio. Es un buen trabajo. Nosotros, cristianos, debemos hacer esto: poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero no significa vivir como una “ciudadela asediada”, sino como una ciudad ubicada en el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.

_________________________

BENEDICTO XVI – Ángelus 2012

El papel de los padres y otros formadores para el discernimiento de la vocación

¡Queridos hermanos y hermanas!

En las Lecturas bíblicas de este domingo –el segundo del Tiempo Ordinario– surge el tema de la vocación: en el Evangelio es la llamada de los primeros discípulos por parte de Jesús; en la primera Lectura es la llamada del profeta Samuel. En ambos relatos resalta la importancia de la figura que desarrolla el papel de mediador, ayudando a las personas llamadas a reconocer la voz de Dios y a seguirla. En el caso de Samuel, se trata de Elí, sacerdote del templo de Silo, donde antiguamente estaba custodiada el arca de la alianza, antes de ser transportada a Jerusalén. Una noche Samuel, que era aún un muchacho y que desde pequeño vivía al servicio del templo, por tres veces consecutivas sintió llamarse en sueños y corrió hacia Elí. Pero no era él quien lo llamaba. A la tercera vez Elí entendió, y dijo a Samuel: “y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha” (1 Sam 3,9). Así ocurrió, y desde ese momento Samuel aprendió a reconocer las palabras de Dios y se convirtió en su fiel profeta. En el caso de los discípulos de Jesús, la figura mediadora es aquella de Juan Bautista. En efecto, en torno a Juan había un vasto círculo de discípulos, y entre estos se encontraban las dos parejas de hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, pescadores de Galilea. Justamente a dos de estos el Bautista les indicó a Jesús, el día después de su bautismo en el río Jordán. Se los señaló diciendo: “Este es el Cordero de Dios” (Jn 1,36), que equivalía que decir: Este es el Mesías. Y aquellos dos siguieron a Jesús, permanecieron largo tiempo con El y se convencieron que verdaderamente era Cristo. De inmediato lo dijeron a los otros, y así se formó el primer núcleo de aquello que llegaría a ser el colegio de los Apóstoles.

A la luz de estos dos textos, quisiera subrayar el papel decisivo de la guía espiritual en el camino de fe y, en particular, en la respuesta a la vocación de especial consagración para el servicio de Dios y de su pueblo. La misma fe cristiana, por sí sola, presupone el anuncio y el testimonio: de hecho ella consiste en la adhesión a la buena noticia que Jesús de Nazaret ha muerto y resucitado, que es Dios. Y así también la llamada a seguir a Jesús más de cerca, renunciando a formar la propia familia para dedicarse a la gran familia de la Iglesia, pasa normalmente a través del testimonio y la propuesta de un “hermano mayor”, de hecho un sacerdote. Esto sin olvidar el papel fundamental de los padres, que con su fe genuina y gozosa y su amor conyugal muestran a los hijos que es bello y posible construir toda la vida sobre el amor de Dios.

Queridos hermanos, pidamos a la Virgen María por todos los educadores, especialmente los sacerdotes y los padres, para que tengan plena conciencia de la importancia de su papel espiritual, para favorecer en los jóvenes, además del crecimiento humano, la respuesta a la llamada de Dios, a decir: “habla, Señor, tu siervo te escucha”.

_________________________

RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Glorificad a Dios en vuestro cuerpo

El fragmento evangélico nos hace asistir a la formación del primer núcleo de discípulos, del que se desarrollará, primero, el colegio de los apóstoles y, enseguida, la entera comunidad cristiana. Es la Iglesia en su «estado naciente», momento irrepetible, rico de maravillas, de novedades, de promesas. El estado naciente es el momento en que desemboca lo que, a continuación, llegará a ser el «estado de vida», si se trata de una persona (tal es el enamoramiento respecto al matrimonio, que seguirá) o la «institución», si se trata de una nueva formación social.

Juan está aún junto con dos discípulos en las orillas del Jordán, cuando ve pasar a Jesús y no se entretiene en gritar de nuevo: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos lo entienden y, dejando para siempre al Bautista, se ponen a seguir a Jesús. Viéndose seguido, Jesús se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscáis?» Justo, para romper el hielo, le responden: «Rabbí, que quiere decir “Maestro”, ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, vieron y desde aquel día se quedaron con él. Aquel momento llegó a ser tan decisivo en su vida, que recordarán hasta la hora en que sucedió: «Serían las cuatro de la tarde».

Jesús viendo a Simón le dice unas palabras misteriosas, de las que, sin embargo, nosotros hoy ya sabemos el significado. Le cambió el nombre; le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cejas» (que quiere decir, “Piedra”»). Así, vemos organizado no sólo el proceso de incorporación, que llevará a la formación de la Iglesia, sino también un primer anuncio de su organización y de su ordenamiento. A Pedro, en efecto, se le dirá más tarde: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mateo 16,16).

San Pablo, en la segunda lectura, nos traslada al clima de la comunidad cristiana, ya formada, con sus problemas, ideales y tensiones. Una de estas tensiones se refiere al correcto ejercicio de la sexualidad. La venida a la fe y el bautismo no han anulado en este campo las tendencias naturales, los instintos y la eterna lucha entre la carne y el espíritu. En Corinto, ciudad pagana y puerto de mar, desde este punto de vista, los problemas parece que fueron particularmente agudos. La necesidad de reprimir los abusos da ocasión al Apóstol para hacer una magnífica catequesis sobre la pureza. Comienza diciendo:

«El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?».

            Tomamos el diseño para hacer igualmente nosotros una pequeña catequesis sobre este aspecto delicado de la vida cristiana. En el mundo de hoy, hablar de la pureza ya de partida puede parecer una batalla perdida. Pero, precisamente frente a esta mentalidad cesante y resignada ante el mal, es por lo que el Evangelio nos empuja a reaccionar. Quizás, Jesús nos conoce mejor que nosotros y sabe lo que, especialmente en los jóvenes, hay en el fondo del corazón humano: un secreto anhelo, una nostalgia de pureza, que ningún barro puede recubrir del todo. «La castidad, decía el poeta Tagore, es una riqueza, que proviene de la abundancia del amor, no de la falta de él».

Quizás quienes están en mejor disposición de entender el discurso sobre la pureza son precisamente los verdaderos enamorados. El sexo llega a ser «impuro» cuando reduce al otro (o al propio cuerpo) a un objeto, a una cosa; pero, esto es asimismo lo que un verdadero amor rechazará hacer. Muchos de los excesos en este campo tienen en la actualidad algo de artificial, son debidos a imposición externa, dictada por razones comerciales y de consumo. No son del todo, como se quiere hacer creer, una «evolución espontánea de las costumbres».

Una de las excusas, que en la mentalidad común más contribuyen a favorecer el pecado de impureza y a descargarlo de toda responsabilidad, es señalar que ello no hace mal a nadie, que no viola los derechos y la libertad de los demás, a no ser, se dice, que se trate de un estupro o de una violencia. Pero, no es verdad que el pecado de impureza termine con quien lo comete. Cada abuso, de dónde y por quién venga cometido, contamina el ambiente moral del hombre, produce una erosión de los valores y crea lo que Pablo define la «ley del pecado» y de la que ilustra el terrible poder de arrastrar a los hombres a la ruina (cfr. Romanos 7, 14ss.). La primera víctima de todo esto es la familia.

En el Talmud hebreo se lee una fábula, que ilustra bien la solidaridad que hay en el mal y el daño que todo pecado, también el personal, introduce en la sociedad: «Algunas personas se encontraban a bordo de una barca. Una de ellas tomó un taladro y comenzó a hacer un agujero por debajo de donde estaba él. Los otros pasajeros, viéndolo, le dijeron aterrorizados: ¿Qué haces? Él respondió: ¿Qué os importa a vosotros? Estoy haciendo un agujero debajo de mi asiento, ¡no sobre el vuestro! Sí, replicaron los demás, pero el agua entrará en la barca y ¡nos hundiremos todos!»

Fenómenos tan solicitados, como la explotación de menores, el estupro y la pedofilia, no nacen de la nada. Son, al menos en parte, el resultado del clima de desesperada excitación en que viven y en el que sucumben los más frágiles. No era fácil, una vez que se puso en movimiento, parar la avalancha de barro, que tiempo atrás se abatió, destruyéndolos, sobre algunos pueblos de la Campania (Italia). Era necesario poder evitar el desbordamiento y otros deterioros ambientales, que han hecho inevitable el desplome. Lo mismo vale para ciertas tragedias con trasfondo sexual. Destruidas las defensas naturales, llegan a ser inevitables. Yo permanezco siempre desconcertado al ver rasgarse las vestiduras en ciertos medios de comunicación social cuando acontecen estos hechos, sin darse cuenta de la parte de responsabilidad, que tienen también ellos por lo que dicen o muestran en otras partes del mismo periódico o telenoticias.

Pero, no quiero dilatar demasiado tiempo en describir la situación en la actualidad en torno a nosotros, que, por lo demás, todos conocemos bien. Veamos en términos positivos qué dice el Apóstol sobre la pureza en el fragmento de hoy:

«¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!»

La motivación pagana de la pureza, en cierto sentido, está como vuelta al revés. Para los filósofos del tiempo, Estoicos y Epicúreos, era necesario evitar el vicio impuro para no perder el control y el dominio de sí y sucumbir como esclavos de las pasiones; aquí es necesario respetar el cuerpo, porque no se tiene «el dominio» de sí, porque el cuerpo no nos pertenece, sino que es del Señor, que lo ha vuelto a comprar a precio costoso. La finalidad de la pureza es mucho más noble y está ligada a la dignidad del cuerpo mismo; éste se nos ha dado para glorificar a Dios de uno o de otro modo posible: o con el matrimonio y el amor fecundo o con la consagración a Dios en la virginidad.

Veamos qué valor pueden obtener de esto los creyentes y todas las personas honestas, preocupadas por la suerte de la familia y de la sociedad. Hoy ya no basta más una pureza hecha con miedos, tabúes, prohibiciones, de fuga recíproca entre el hombre y la mujer, como si cada uno de los dos fuese siempre y necesariamente una zancadilla para el otro y un potencial enemigo, más que, como dice la Biblia, «una ayuda» (Génesis 2, 18). La misma organización moderna de la vida social con la promiscuidad, que comporta cada sector de la vida, hace superficiales estas defensas. Es necesario hacer palanca sobre las defensas no ya más externas sino internas, basadas sobre convicciones personales. Se debe cultivar la pureza por sí misma, por el valor positivo que representa para la persona y no sólo por los infortunios de salud o de honra, a la que se expone su violación.

Y veamos qué puede procurar de hermoso y positivo la pureza al hombre y a la mujer en los varios estados de la vida. El esfuerzo por mantenerse puro permite al adolescente aplicarse más seriamente a los estudios, sin desechar sus energías en costumbres, que lo recluyen en sí mismo, o en aventuras, que terminan por hacerla cínico e incapaz de ideales y de amor verdadero. Permite vivir y gozar en cualquier edad de la vida, sin quemar ninguna. Crea el espacio oportuno para descubrir la experiencia de otros tipos de amor, como el de la amistad, tan importante en la vida de la persona.

Ha sido dirigida a un grupo de adolescentes la pregunta de si ellos creían posible e importante a su edad una amistad entre chicos y chicas, que no se transformase de inmediato en cualquier otra cosa. Uno de ellos ha respondido: «Sí, creo en una tal amistad, porque la estoy viviendo. ¿Por qué no la transformamos de inmediato en el “gran amor”? No nos parece que valga la pena poner término a una amistad tan hermosa y profunda por el clásico nivel entre adolescentes; y, después, no creo que a los dieciséis años se tenga el derecho de dejar la adolescencia definitivamente a las espaldas». Tenía razón. Una amistad entre jovencísimos, vivida a la luz del sol, ayuda a descubrir los lados más bellos y más secretos de la psicología del otro, cura del miedo y de la desconfianza hacia el otro sexo, acostumbra al diálogo, mucho más que un circuito corto a dos, que supone ya resueltos muchos de estos problemas. Cuando llegue el gran amor, con la misma u otra persona, permitirá vivirlo con más intensidad y madurez.

En cuanto a los novios, el esfuerzo común por la pureza, permite crecer en aquel amor, hecho de respeto recíproco y de capacidad de espera, que un día podrá él solo garantizar el éxito de su matrimonio. Permite apreciar gestos sencillos como un estrecharse la mano, una mirada, un beso; gestos que para los demás pueden parecer banal es, pero que adquieren, por el contrario, un valor grandísimo en este caso.

Para los casados, la pureza, que ahora se llama fidelidad, permite mirarse a los ojos cada tarde, sin tener que mentir; mirar a los propios hijos sin remordimientos; permite tener el corazón en la familia y no en otra parte. Evita terminar con la doble vida llena de falsedades, a la que casi siempre condenan el adulterio y la traición.

A las personas consagradas, sacerdotes y monjas, la pureza permite ser hermanos y hermanas de todos sin querer poseer en exclusiva para nosotros mismos a nadie. Permite estar aparte de todo secreto y de acercarse a cada miseria sin permanecer personalmente enviscados; permite, como decía el gran Lacordaire, tener «un corazón de acero para la castidad y un corazón de carne para la caridad».

A todos, en fin, jóvenes, casados y consagrados, la pureza asegura lo más precioso que hay en el mundo: la posibilidad de acercarse a Dios. «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5, 8). No lo verán sólo un día, después de la muerte, sino ya desde ahora. Lo verán en la belleza de lo creado, de un rostro, de una obra de arte; lo verán en su mismo corazón.


_________________________

Comparteix aquesta entrada

Qui som Què volem Contacte