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Diumenge I d'Advent (cicle B): Vetllar significa seguir al Senyor, triar el que Crist va triar, estimar el que ell va estimar, conformar la pròpia vida a la seva

Amb aquest primer diumenge d'Advent entrem en el temps de quatre setmanes amb què inicia un nou any litúrgic i que ens prepara immediatament per a la festa del Nadal, memòria de l'encarnació de Crist en la història. Però el missatge espiritual d'Advent és més profund i ja ens projecta cap a la volta gloriosa del Senyor, al final de la nostra història. Adventus és paraula llatina que podria traduir-se per “arribada”, “vinguda”, “presència”. En el llenguatge del món antic era un terme tècnic que indicava l'arribada d'un funcionari, en particular la visita de reis o emperadors a les províncies, però també podia utilitzar-se per a l'aparició d'una divinitat, que sortia del seu estatge ocult i així manifestava el seu poder diví: la seva presència se celebrava solemnement en el culte.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 24, 1-3

A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confió no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados.

ORACIÓN COLECTA

Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene a nosotros, para que, mediante la práctica de las buenas obras, colocados un día a su derecha, merezcamos poseer el reino celestial. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Ojalá, Señor, rasgaras los cielos y bajaras.

Del libro del profeta Isaías: 63, 16-17. 19; 64, 2-7

Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia.

Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en él. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos.

Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento.

Nadie invocaba tu nombre, nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas.

Sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 79

R/. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos.

Escúchanos, pastor de Israel; tú, que estás rodeado de querubines, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. R/.

Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. R/.

SEGUNDA LECTURA

Esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 1, 3-9

Hermanos: Les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor.

Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento; porque el testimonio que damos de Cristo ha sido confirmado en ustedes a tal grado, que no carecen de ningún don, ustedes, los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Sal 84, 8

R/. Aleluya, aleluya.

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. R/.

EVANGELIO

Velen pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 13, 33-37

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, estos dones que te ofrecemos, tomados de los mismos bienes que nos has dado, y haz que lo que nos das en el tiempo presente para aumento de nuestra fe, se convierta para nosotros en prenda de tu redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 84, 13

El Señor nos mostrará su misericordia y nuestra tierra producirá su fruto.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te pedimos, Señor, que nos aprovechen los misterios en que hemos participado, mediante los cuales, mientras caminamos en medio de las cosas pasajeras, nos inclinas ya desde ahora a anhelar las realidades celestiales y a poner nuestro corazón en las que han de durar para siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases! (Is 63,16b-17.19b; 64,2-7)

1ª lectura

Por fin viene el Señor vencedor como Juez que castiga y premia. Al contemplar cercana su venida se eleva esta plegaria llena de confianza y esperanza.

Hay por dos veces (63,16 y 64,7) una interpelación apremiante a Dios, invocado como Padre de Israel. Es uno de los pasajes más elocuentes del Antiguo Testamento sobre la entrañable paternidad de Dios con su pueblo. El autor del poema espera confiadamente que el corazón paternal del Señor no quede insensible ante tantos sufrimientos de sus hijos, aunque hayan merecido castigo por su infidelidad (64,3-6). Las súplicas por el auxilio divino se vuelven dramáticas (63,17-19a), hasta terminar con la petición de un milagro portentoso (63,19b). La exposición de las calamidades que ha sufrido el pueblo continúa en 64,2-7 en el mismo tono que en 63,16-19: el profeta desarrolla los motivos para que Dios auxilie al pueblo de su heredad.

El grito ardoroso del profeta –¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!– (63,19b) sintetiza de modo admirable la paciente espera de Israel en las intervenciones salvadoras de Dios; y, en perspectiva mesiánica, asume las esperanzas depositadas en el Salvador esperado por el pueblo elegido a lo largo de su historia. También, de alguna manera, es el clamor de todo hombre que se dirige al Señor con la urgencia de que sus aspiraciones nobles no caigan en saco roto. Este Adviento de siglos, que en cierto modo revive en nuestros días, encuentra de nuevo su respuesta en el designio de Dios Padre, que envió a su Hijo, hecho Hombre, para que llevase a cabo nuestra Redención, y envió al Espíritu Santo para hacer a los hombres partícipes de su Amor.

Las palabras de Is 64,3 son evocadas por San Pablo para mostrar la sabiduría y el amor de Dios por cuantos le aman y el conjunto de dones futuros que superan la capacidad del hombre: «Según está escrito: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Co 2,9). Ya que estos dones se alcanzan plenamente en la vida futura, también ha sido muy comentado en la espiritualidad cristiana para expresar la felicidad del cielo. Así lo haría por ejemplo San Roberto Belarmino: «¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más precioso que el oro fino, más dulce que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice San Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (De ascensione mentis in Deum, Grado 1)

Esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo (1 Co 1,3-9)

2ª lectura

San Pablo comienza esta carta primera a los corintios con el saludo habitual de presentación (vv. 1-3) y unas palabras de acción de gracias, en las que recuerda las cualidades y dones más sobresalientes de los cristianos a quienes dirige la epístola (vv. 4-9).

El Apóstol modifica la fórmula epistolar de saludo habitual en el mundo grecorromano (chairein, «saludos») por una más personal y de más fuerza cristiana: «Gracia y paz» (v. 3). «No hay verdadera paz, como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios —enseña San Juan Crisóstomo—. Poseed esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo» (In 1 Corinthios 1, ad loc.).

La acción de gracias, frecuente en las cartas paulinas, es en este caso de gran densidad doctrinal: recuerda a los corintios que Dios es el origen de su situación privilegiada (v. 4), que gozan de los dones de palabra y ciencia (vv. 5-6), y viven a la espera de la venida gloriosa de Cristo (vv. 7-9).

Los dones y carismas serán tratados con amplitud en otros lugares de la carta (12,1ss.). Aquí se subraya un enriquecimiento «en palabra y en ciencia» (v. 5), es decir, en conocimiento de la doctrina cristiana y capacidad para expresarla con claridad: «Hay quienes poseen el don de ciencia, pero no el de la palabra; y hay quienes poseen una y otra. Los simples fieles, las inteligencias sencillas conocen nuestras verdades, pero no pueden expresarlas con la claridad con que están en su espíritu. Vosotros, en cambio, dice San Pablo, no sois así: vosotros conocéis esas verdades y podéis hablar de ellas, sois ricos en el don de la palabra y en el de la ciencia» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 2, ad loc.).

«Os confirmará hasta el final» (v. 8). El horizonte escatológico —los acontecimientos que tendrán lugar al final de la vida de cada persona y de la historia— es clave. Puesto que algunos creían que ya habían alcanzado la plenitud de la perfección, Pablo recuerda que todavía vivimos en lucha y esperanza hasta que llegue «el día del Señor», es decir, del juicio, día en que Jesucristo, como Juez, se manifestará en la plenitud de gloria (cfr 2 Co 1,14; 1 Ts 5,2). 

No sabéis cuándo será el momento ¡velad! (Mc 13,33-37)

Evangelio

Estos versículos resumen cuál debe ser la actitud de los discípulos del Señor (v. 37): estar en vela, vigilantes (vv. 33.35.37). Todas estas palabras vienen en el Evangelio a dar razón de lo que Jesús acababa de responder de modo provocativo cuando le preguntan por cuándo sucederá: «Nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (v. 32). La frase ha sido una de las crux interpretum de los estudiosos de los evangelios. En el contexto de las palabras de Jesús (vv. 30-33), tiene más lógica que aislada. Los escritos apocalípticos presentaban nuevas revelaciones sobre los acontecimientos de la generación presente y el eón o mundo futuro (v. 30). En esa línea argumental, Jesús les dice que no den fe a nuevas revelaciones (v. 32), sólo sus palabras tienen valor perenne (v. 31), y sus palabras son únicamente una: velad (v. 33). En estas condiciones, las palabras de Jesús pueden interpretarse, como hicieron algunos Padres, no como desconocimiento de Cristo acerca de ese momento, sino como conveniencia de no manifestarlo (cfr nota a Mt 24,36-51), y pueden interpretarse también como desconocimiento de Jesús en cuanto hombre: «Cuando los discípulos le preguntaron sobre el fin, ciertamente, conforme al cuerpo carnal, les respondió: Ni siquiera el Hijo, para dar a entender que, como hombre, tampoco lo sabía. Es propio del ser humano el ignorarlo. Pero en cuanto que Él era el Verbo, y Él mismo era el que había de venir, como juez y como esposo, por eso conoció cuándo y a qué hora había de venir. (...) Pero como se hizo hombre, tuvo hambre y sed y padeció como los hombres y del mismo modo que los hombres, en cuanto hombre no conocía, pero en cuanto Dios, en cuanto era el Verbo y la Sabiduría del Padre, no desconocía nada» (S. Atanasio, Contra Arianos 3,46).

En resumen, lo seguro es que el Señor vendrá. La Iglesia nos estimula a avivar esta actitud de vigilia en la liturgia del Adviento.

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

El día del juicio

Habéis oído, hermanos, la Escritura que nos exhorta e invita a estar en vela con vistas al último día. Que cada cual piense en el suyo particular, no sea que opinando o juzgando que está lejano el día del fin del mundo, os durmáis respecto al vuestro. Habéis oído lo que dijo a propósito de aquél: que lo desconocen tanto los ángeles como el Hijo y sólo lo conoce el Padre. Esto plantea un problema grande, a saber, que guiados por la carne juzguemos que hay algo que conoce el Padre y desconoce el Hijo. Con toda certeza, cuando dijo «lo conoce el Padre», lo dijo porque también el Hijo lo conoce, aunque en el Padre. ¿Qué hay en aquel día que no se haya hecho en el Verbo por quien fue hecho el día? «Que nadie, dijo, busque el último día, es decir, el cuándo ha de llegar». Pero estemos todos en vela mediante una vida recta para que nuestro último día particular no nos coja desprevenidos, pues de la forma como cada uno haya dejado su último día, así se encontrará en el último del mundo. Nada que no hayas hecho aquí te ayudará entonces. Serán las propias obras las que eleven u opriman a cada uno.

¿Qué hemos cantado al Señor en el salmo? Apiádate de mí, Señor, porque me ha pisoteado un hombre.

Llama «hombre» a quien vive según el hombre. Es más, a quienes viven según Dios se les dice: Dioses sois, y todos hijos del Altísimo. A los réprobos, en cambio, a los que fueron llamados a ser hijos de Dios y quisieron ser más bien hombres, es decir, vivir a lo humano: Sin embargo, dijo, vosotros moriréis como hombres y caeréis como cualquiera de los príncipes. En efecto, el hecho de ser mortal debe ser para el hombre motivo de disciplina, no de jactancia. ¿De qué presume el gusano que va a morir mañana? A vuestra caridad lo digo, hermanos: los mortales soberbios deben enrojecer frente al diablo. Pues él, aunque soberbio, es, sin embargo, inmortal; aunque maligno, es un espíritu. El día del castigo definitivo se le reserva para el final. Con todo, él no sufre la muerte que sufrimos nosotros. Escuchó el hombre: Moriréis. Haga buen uso de su pena. ¿Qué quiero decir con eso? No se encamine a la soberbia que le proporcionó la pena; reconózcase mortal y quiebre el ensalzarse. Escuche lo que se le dice: ¿De qué se ensoberbece la tierra y la ceniza? Si el diablo se ensoberbece, al menos no es tierra ni ceniza. Por eso se ha escrito: Vosotros moriréis como hombres y caeréis como cualquiera de los príncipes. No ponéis atención más que al hecho de ser mortales, y sois soberbios como el diablo. Haga, pues, buen uso el hombre de su pena, hermanos; haga buen uso de su mal para progresar en beneficio propio, ¿Quién ignora que es una pena el tener que morir necesariamente y, lo que es peor, sin saber cuándo? La pena es cierta e incierta la hora; y, de las cosas humanas, sólo de esta pena tenemos certeza absoluta.

Todo lo demás que poseemos, sea bueno o malo, es incierto. Sólo la muerte es cierta. ¿Qué estoy diciendo? Un niño ha sido concebido: es posible que nazca, es posible quesea abortado. Así de incierto es. Quizá crecerá, quizá no; es posible que llegue a viejo, es posible que no; quizá sea rico, quizá pobre; es posible que alcance honores, es posible que sea despreciado; quizá tendrá hijos, quizá no; es posible que secase y es posible que no. Cualquier otra cosa que puedas nombrar entre los bienes es lo mismo. Mira ahora a los males: es posible que enferme, es posible que no; quizá le pique una serpiente, quizá no; puede ser devorado por una fiera o puede no serlo. Pasa revista a todos los males. Siempre estará presente el «quizá sí, quizá no». En cambio, ¿acaso puedes decir: «Quizá morirá, quizá no»? ¿Por qué los médicos, tras haber examinado la enfermedad y haber visto que es mortal, dicen: «Morirá; no escapará de la muerte»? Ya desde el momento del nacimiento del hombre hay que decir: «No escapará de la muerte». El nacer es comenzar a enfermar; con la muerte llega a su fin la enfermedad, pero se ignora si conduce a otra cosa peor. Había acabado aquel rico con una enfermedad deliciosa y vino a otra tortuosa. Aquel pobre, en cambio, acabó con la enfermedad y llegó a la sanidad. Pero eligió aquí lo que iba a tener después; lo que allí cosechó, aquí lo había sembrado. Por tanto, debemos estar en vela mientras dura nuestra vida y elegir qué hemos de tener en el futuro.

No amemos al mundo; él oprime a sus amantes, no los conduce al bien. Hemos de fatigarnos para que no nos aprisione, antes que temer su caída. Suponte que cae el mundo; el cristiano se mantiene en pie, porque no cae Cristo. ¿Por qué, pues, dice el mismo Señor: Alegraos porque yo he vencido al mundo? Respondámosle, si os parece bien: «Alégrate tú. Si tú venciste, alégrate tú. ¿Por qué hemos de hacerlo nosotros?». ¿Por qué nos dice «alegraos», sino porque él venció y luchó en favor nuestro? ¿Cuándo luchó? Al tomar al hombre. Deja de lado su nacimiento virginal, su anonadamiento al recibir la forma de siervo y hacerse a semejanza de los hombres siendo en el porte como un hombre; deja de lado esto: ¿dónde está la lucha? ¿Dónde el combate? ¿Dónde la tentación? ¿Dónde la victoria, a la que no precedió lucha? En el principio existía el Verbo y el Verbo existía junto a Dios y el Verbo era Dios. Este existía al principio junto a Dios. Todo fue hecho por él y sin él nada se hizo. ¿Acaso era capaz el judío de crucificar a este Verbo? ¿Le hubiese insultado el impío? ¿Acaso hubiera sido abofeteado este Verbo? ¿O coronado de espinas? Para sufrir todo esto, el Verbo se hizo carne; y tras haber sufrido estas cosas, venció en la resurrección. Su victoria, por tanto, fue para nosotros, a quienes nos mostró la certeza de la resurrección. Dices, pues, a Dios: Apiádate de mí, Señor, porque me ha pisoteado un hombre. No te pisotees a ti mismo y no te vencerá el hombre. Suponte que un hombre poderoso te aterroriza. ¿Con qué? «Te despojo, te condeno, te atormento, te mato». Y tú clamas: Apiádate de mí, Señor, −porque me ha pisoteado un hombre. Si dices la verdad, pones la mirada en ti mismo. Si temes las amenazas de un hombre, te pisa estando muerto; y puesto que no temerías, si no fueras hombre, por eso te pisotea. ¿Cuál es el remedio? Adhiérete, ¡oh hombre!, a Dios, por quien fue hecho el hombre; adhiérete a él; presume de él, invócale, sea él tu fuerza. Dice: En ti, Señor, está mi fuerza. Y, lejos ya de las amenazas de los hombres, cantarás. ¿Qué? Lo dice el mismo salmo: Esperaré en el Señor; no temeré lo que me haga el hombre.

Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 97, 1-4, BAC Madrid 1983, 646-50

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FRANCISCO – Homilía en Santa Marta, 2 de diciembre de 2013

Con la guardia baja al encuentro de Jesús

Dejémonos encontrar por Jesús “con la guardia baja, abiertos”, para que Él pueda renovarnos desde lo profundo de nuestra alma. Es la invitación del Papa Francisco al inicio del tiempo de Adviento.

El camino que comenzamos en estos días, exhortó, es “un nuevo camino de Iglesia, un camino del pueblo de Dios, hacia la Navidad. Y caminamos al encuentro del Señor”. La Navidad es, en efecto, un encuentro: no sólo “una celebración temporal o bien un recuerdo de algo bonito. La Navidad es algo más. Nosotros vamos por este camino para encontrar al Señor”. Por lo tanto, en el período de Adviento “caminamos para encontrarlo. Encontrarlo con el corazón, con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe”.

En verdad, no es “fácil vivir con fe”. Y recordó el Papa el episodio del centurión que, según el relato del Evangelio de Mateo (Mt 8, 5-11), se postra ante Jesús para pedirle que cure a su siervo. “El Señor, en la palabra que hemos escuchado se maravilló de este centurión. Se maravilló de la fe que tenía. Había hecho un camino para encontrar al Señor. Pero lo había hecho con fe. Por ello no sólo encontró al Señor, sino que sintió la alegría de haber sido encontrado por el Señor. Y éste es precisamente el encuentro que nosotros queremos, el encuentro de la fe. Encontrar al Señor, pero dejarnos encontrar por Él. ¡Es muy importante!”.

Cuando sólo nos limitamos a encontrar al Señor, subrayó, “somos nosotros −pero esto digámoslo entre comillas− los “dueños” de este encuentro”. Cuando, en cambio, “nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra dentro de nosotros” y nos renueva completamente. “Esto es lo que significa que venga Cristo: rehacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino”.

En este período del año litúrgico, por lo tanto, estamos en camino para encontrar al Señor, pero también y sobre todo “para dejarnos encontrar por Él”. Y debemos hacerlo con corazón abierto, “para que Él me encuentre, me diga lo que quiere decirme, que no es siempre lo que quiero que Él me diga”. No olvidemos entonces que “Él es el Señor y me dirá lo que tiene para mí”, para cada uno de nosotros, porque “el Señor no nos mira en conjunto, como a una masa: ¡no, no! Él nos mira uno por uno, a la cara, a los ojos, porque el amor no es un amor abstracto, sino un amor concreto. Persona por persona. El Señor, persona, me mira a mí, persona”. He aquí por qué dejarnos encontrar por el Señor significa, en definitiva, “dejarse amar por el Señor”.

“En la oración al inicio de la misa hemos pedido la gracia de hacer este camino con algunas actitudes que nos ayuden. La perseverancia en la oración: rezar más. La laboriosidad en la caridad fraterna: acercarnos un poco más a quienes tienen necesidad. Y la alegría en la alabanza al Señor”. Por lo tanto, “comenzamos este camino con la oración, la caridad y la alabanza, a corazón abierto, para que el Señor nos encuentre”. Pero, pidió el Papa como conclusión, “por favor, que nos encuentre con la guardia baja, abiertos”.

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BENEDICTO XVI - Homilías 2008 y 2009

2008

El Adviento es un tiempo de espera y de esperanza, de escucha y de reflexión

Queridos hermanos y hermanas:

Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas con que inicia un nuevo año litúrgico y que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y ya nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Adventus es palabra latina que podría traducirse por “llegada”, “venida”, “presencia”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes o emperadores a las provincias, pero también podía utilizarse para la aparición de una divinidad, que salía de su morada oculta y así manifestaba su poder divino: su presencia se celebraba solemnemente en el culto.

Los cristianos, al adoptar el término “Adviento”, quisieron expresar la relación especial que los unía a Cristo crucificado y resucitado. Él es el Rey que, al entrar en esta pobre provincia llamada tierra, nos ha hecho el don de su visita y, después de su resurrección y ascensión al cielo, ha querido permanecer siempre con nosotros: percibimos su misteriosa presencia en la asamblea litúrgica.

En efecto, al celebrar la Eucaristía, proclamamos que él no se ha retirado del mundo y no nos ha dejado solos, y, aunque no lo podamos ver y tocar como sucede con las realidades materiales y sensibles, siempre está con nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros, porque puede atraer a sí y comunicar su vida a todo creyente que le abra el corazón. Por tanto, Adviento significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio.

Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a ver el mundo de una manera diversa, a interpretar cada uno de los acontecimientos de la vida y de la historia como palabras que Dios nos dirige, como signos de su amor que nos garantizan su cercanía en todas las situaciones; en particular, esta certeza debería prepararnos para acogerlo cuando “de nuevo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, como repetiremos dentro de poco en el Credo. En esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, con tal de que se dejen guiar por la liturgia, que invita a salir al encuentro del Señor que viene.

“¡Ven, Señor Jesús!”: esta ferviente invocación de la comunidad cristiana de los orígenes debe ser también, queridos amigos, nuestra aspiración constante, la aspiración de la Iglesia de todas las épocas, que anhela y se prepara para el encuentro con su Señor. “¡Ven hoy, Señor!”; ilumínanos, danos la paz, ayúdanos a vencer la violencia. ¡Ven, Señor! rezamos precisamente en estas semanas. “Señor, ¡que brille tu rostro y nos salve!”: hemos rezado así, hace unos instantes, con las palabras del salmo responsorial. Y el profeta Isaías, en la primera lectura, nos ha revelado que el rostro de nuestro Salvador es el de un padre tierno y misericordioso, que cuida de nosotros en todas las circunstancias, porque somos obra de sus manos: “Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es “Nuestro redentor”“ (Is 63,16).

Nuestro Dios es un padre dispuesto a perdonar a los pecadores arrepentidos y a acoger a los que confían en su misericordia (cf. Is 64, 4). Nos habíamos alejado de él a causa del pecado, cayendo bajo el dominio de la muerte, pero él ha tenido piedad de nosotros y por su iniciativa, sin ningún mérito de nuestra parte, decidió salir a nuestro encuentro, enviando a su Hijo único como nuestro Redentor. Ante un misterio de amor tan grande brota espontáneamente nuestro agradecimiento, y nuestra invocación se hace más confiada: “Muéstranos, Señor, hoy, en nuestro tiempo, en todas las partes del mundo, tu misericordia; haz que sintamos tu presencia y danos tu salvación” (cf. Aleluya).

Queridos hermanos y hermanas, en este inicio del Adviento, el mejor mensaje que recibimos de san Lorenzo es el de la santidad. Nos repite que la santidad, es decir, el salir al encuentro de Cristo que viene continuamente a visitarnos, no pasa de moda; más aún, con el paso del tiempo resplandece de modo luminoso y manifiesta la perenne tensión del hombre hacia Dios. Por tanto, que esta celebración jubilar sea para vuestra comunidad parroquial ocasión para renovar vuestra adhesión a Cristo, para profundizar aún más vuestro sentido de pertenencia a su Cuerpo místico, que es la Iglesia, y para vivir un compromiso constante de evangelización a través de la caridad... a fin de que, como el apóstol san Pablo recordaba a los Corintios, también nosotros vivamos de modo que seamos “irreprensibles” en el día del Señor (cf. 1 Co 1, 7-9).

Prepararnos para la venida de Cristo es también la exhortación que nos dirige el evangelio de hoy: “¡Velad!”, nos dice Jesús en la breve parábola del dueño de casa que se va de viaje y no se sabe cuándo volverá (cf. Mc 13, 33-37). Velar significa seguir al Señor, elegir lo que Cristo eligió, amar lo que él amó, conformar la propia vida a la suya. Velar implica pasar cada instante de nuestro tiempo en el horizonte de su amor, sin dejarse abatir por las dificultades inevitables y los problemas diarios. Así hizo san Lorenzo y así debemos hacer nosotros.

Pidamos al Señor que nos conceda su gracia, para que el Adviento sea para todos un estímulo a caminar en esta dirección. Que nos guíen y nos acompañen con su intercesión María, la humilde Virgen de Nazaret, elegida por Dios para ser la Madre del Redentor; san Andrés, cuya fiesta celebramos hoy; y san Lorenzo, ejemplo de intrépida fidelidad cristiana hasta el martirio. Amén.

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2009

Adviento, visita de Dios y tiempo oportuno de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

Con esta celebración vespertina entramos en el tiempo litúrgico del Adviento. En la lectura bíblica que acabamos de escuchar, tomada de la primera carta a los Tesalonicenses, el apóstol san Pablo nos invita a preparar la “venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5, 23) conservándonos sin mancha, con la gracia de Dios. San Pablo usa precisamente la palabra “venida”, parousia, en latín adventus, de donde viene el término Adviento.

Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra, que se puede traducir por “presencia”, “llegada”, “venida”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico utilizado para indicar la llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia. Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su escondimiento para manifestarse con fuerza, o que se celebra presente en el culto. Los cristianos adoptaron la palabra “Adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” denominada tierra para visitar a todos; invita a participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creen en él, a todos los que creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se quería decir substancialmente: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las realidades sensibles, él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.

Por lo tanto, el significado de la expresión “Adviento” comprende también el de visitatio, que simplemente quiere decir “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. En la vida cotidiana todos experimentamos que tenemos poco tiempo para el Señor y también poco tiempo para nosotros. Acabamos dejándonos absorber por el “hacer”. ¿No es verdad que con frecuencia es precisamente la actividad lo que nos domina, la sociedad con sus múltiples intereses lo que monopoliza nuestra atención? ¿No es verdad que se dedica mucho tiempo al ocio y a todo tipo de diversiones? A veces las cosas nos “arrollan”.

El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos comenzando, nos invita a detenernos, en silencio, para captar una presencia. Es una invitación a comprender que los acontecimientos de cada día son gestos que Dios nos dirige, signos de su atención por cada uno de nosotros. ¡Cuán a menudo nos hace percibir Dios un poco de su amor! Escribir –por decirlo así– un “diario interior” de este amor sería una tarea hermosa y saludable para nuestra vida. El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia, ¿no debería ayudarnos a ver el mundo de otra manera? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como “visita”, como un modo en que él puede venir a nosotros y estar cerca de nosotros, en cualquier situación?

Otro elemento fundamental del Adviento es la espera, una espera que es al mismo tiempo esperanza. El Adviento nos impulsa a entender el sentido del tiempo y de la historia como “kairós”, como ocasión propicia para nuestra salvación. Jesús explicó esta realidad misteriosa en muchas parábolas: en la narración de los siervos invitados a esperar el regreso de su dueño; en la parábola de las vírgenes que esperan al esposo; o en las de la siembra y la siega. En la vida, el hombre está constantemente a la espera: cuando es niño quiere crecer; cuando es adulto busca la realización y el éxito; cuando es de edad avanzada aspira al merecido descanso. Pero llega el momento en que descubre que ha esperado demasiado poco si, fuera de la profesión o de la posición social, no le queda nada más que esperar. La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente a lo largo de nuestra vida, nos acompaña y un día enjugará también nuestras lágrimas. Un día, no lejano, todo encontrará su cumplimiento en el reino de Dios, reino de justicia y de paz.

Existen maneras muy distintas de esperar. Si el tiempo no está lleno de un presente cargado de sentido, la espera puede resultar insoportable; si se espera algo, pero en este momento no hay nada, es decir, si el presente está vacío, cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grande, porque el futuro es del todo incierto. En cambio, cuando el tiempo está cargado de sentido, y en cada instante percibimos algo específico y positivo, entonces la alegría de la espera hace más valioso el presente. Queridos hermanos y hermanas, vivamos intensamente el presente, donde ya nos alcanzan los dones del Señor, vivámoslo proyectados hacia el futuro, un futuro lleno de esperanza. De este modo, el Adviento cristiano es una ocasión para despertar de nuevo en nosotros el sentido verdadero de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe, que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado durante muchos siglos y que nació en la pobreza de Belén. Al venir entre nosotros, nos trajo y sigue ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de muchas maneras: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto si detrás de ella se encuentra él o si está ofuscada por la niebla de un origen y un futuro inciertos.

Nosotros podemos dirigirle la palabra, presentarle los sufrimientos que nos entristecen, la impaciencia y las preguntas que brotan de nuestro corazón. Estamos seguros de que nos escucha siempre. Y si Jesús está presente, ya no existe un tiempo sin sentido y vacío. Si él está presente, podemos seguir esperando incluso cuando los demás ya no pueden asegurarnos ningún apoyo, incluso cuando el presente está lleno de dificultades.

Queridos amigos, el Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo especial, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede eliminar. La alegría por el hecho de que Dios se ha hecho niño. Esta alegría, invisiblemente presente en nosotros, nos alienta a caminar confiados. La Virgen María, por medio de la cual nos ha sido dado el Niño Jesús, es modelo y sostén de este íntimo gozo. Que ella, discípula fiel de su Hijo, nos obtenga la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y activos en la espera. Amén.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¡Velad!

Comienza un nuevo año litúrgico. El año litúrgico es un ciclo de tiempo en el que la Iglesia recorre todo el misterio de Cristo desde su nacimiento a su regreso al final de los tiempos. Dentro de este período hay unas etapas más breves como son las cuatro semanas de Adviento, que iniciamos hoy, como preparación a la Navidad.

El Evangelio, que leeremos en este segundo año del ciclo litúrgico trienal, es el de Marcos. Según una tradición, que encuentra numerosas confirmaciones en los escritos del Nuevo Testamento, Marcos fue discípulo e «intérprete» de Pedro, del que puso por escrito sus recuerdos y la predicación. Su narración se basa por lo tanto en un testimonio ocular de excepcional importancia. Casi con seguridad escribió en Roma, en donde Pedro estuvo en activo durante los últimos años de su vida. Su Evangelio en orden de tiempo fue el primero a ser escrito, es ¡el primer libro de «catecismo» de los cristianos! Por su brevedad y por el carácter predominantemente narrativo, el Evangelio de Marcos es el instrumento ideal para una primera aproximación a la figura de Jesús. Escuchemos de nuevo alguna frase del pasaje evangélico de hoy:

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad! ».

Este modo de hablar de Jesús sobreentiende una visión bien precisa del mundo. La podemos resumir así: el tiempo presente es como una larga noche; la vida por la que somos conducidos asemeja a un sueño; la actividad frenética, que en ella desarrollamos, es en realidad como un soñar. San Pablo explicita esta visión cuando escribe: «La noche está avanzada, el día se echa encima» (Romanos 13, 12), entendiendo por «noche» esta vida y por «día» la vida futura.

Desde siempre y en todas las culturas solemos asociar la idea del sueño a la de la muerte (es común hablar del «sueño de la muerte»); pero, en la Biblia está asociada todavía más frecuentemente a la de la vida. Es la vida la que es un sueño; la muerte será más bien un despertar y para muchos un brusco despertar. Un escritor español del Seiscientos, Calderón de la Barca, ha escrito un famoso drama titulado precisamente «La vida es sueño». La nuestra, más que la «tierra de los vivientes», se debiera llamar, decía san Agustín, la «tierra de los durmientes».

Del sueño expresa nuestra vida algunas características bien precisas. La primera es la brevedad. El sueño tiene lugar fuera del tiempo. Daos cuenta. En el sueño las cosas no duran como se mantienen en la realidad. Situaciones, que exigirían días y semanas en el sueño, tienen lugar en pocos minutos. A veces se tienen sueños cuyo contenido, en la realidad, ocuparía jornadas enteras; os despertáis, miráis el reloj y descubrís que os habéis dormido durante una decena de minutos. Es una imagen de nuestra vida: llegados a la vejez, uno mira hacia atrás y tiene la impresión de que todo no haya sido más que un suspiro.

Otra característica es la irrealidad o vanidad. Uno puede soñar que está en un banquete y que come y bebe hasta la saciedad; se despierta Y se encuentra pleno de hambre. He aquí que un pobre, una noche, sueña haber conseguido ser rico. Se deleita en el sueño, se pavonea, desprecia hasta a su propio padre, haciendo como si no lo reconociera. Pero, se despierta y se encuentra tan pobre como antes. Así sucede también cuando se sale del sueño de esta vida. Uno acá abajo ha sido un ricachón, pero he aquí que muere y se encuentra exactamente en la misma posición que aquel pobre que despierta después de haber soñado ser rico. ¿Qué le queda de todas sus riquezas si no las ha usado bien? Un puñado de moscas, esto es, se encuentra con las manos vacías. Vanidad.

Hay, sin embargo, una característica del sueño que no se aplica a la vida y es la ausencia o carencia de responsabilidad. Tú puedes haber matado o robado durante el sueño; te despiertas y no hay traza alguna de culpa; tu certificado de antecedentes penales no está manchado, no debes amortizar pena alguna. No es así en la vida, lo sabemos bien. ¡Lo que uno hace en la vida, deja rastro, y qué huella! En efecto está escrito que «dará a cada cual según sus obras» (Romanos 2,6).

En el plano físico hay sustancias, que nos «inducen» y concilian el sueño; se llaman somníferos y son bien conocidos por una generación como la nuestra, enferma de insomnio. También en el plano moral existe un terrible somnífero. Se llama la costumbre. No hablo, naturalmente, de las buenas costumbres que más bien son virtudes, sino de las malas costumbres, o el hacer las cosas por costumbre, mecánicamente, sin convicción alguna ni participación interior. Se ha dicho que la costumbre es como un vampiro. El vampiro –al menos estando a lo que se cree o se dice– ataca a las personas que duermen y mientras chupa su sangre, al mismo tiempo, introduce en ellas un líquido soporífero, que les hace experimentar aún más dulce el dormir, de tal manera que aquel desventurado se da por vencido siempre más en el sueño y el vampiro puede chuparle la sangre mientras quiere. En efecto, éste no puede adormecer a la presa, sino que más bien ataca a quien ya duerme; por el contrario, aquella [la costumbre] primero adormece a las personas y después [el vampiro] chupa su sangre, esto es, las energías, el arrojo, la voluntad; inyectando asimismo la costumbre una especie de licor soporífero, que hace hallar siempre más dulce el sueño. El hábito o costumbre para con el vicio adormece la conciencia; por lo cual uno ya no siente más el remordimiento, cree estar muy bien y no se da cuenta que se está muriendo espiritualmente.

La única salvación cuando este «vampiro» se te acerca y se te pone como encima es que algo venga de improviso a despertarte y sacarte del sueño. Esto es lo que pretende hacer con nosotros la palabra de Dios con sus gritos para despertar, que se nos hacen oír tan frecuentemente durante el Adviento: «Velad»; «ya es hora de espabilarse» (Romanos 13, 11); «despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Efesios 5,14).

Pero, ¿qué significa en este caso velar? Jesús lo explica aquí y en otros pasajes del Evangelio mediante algunas aproximaciones: «Velad y estad atentos»; «velad y vigilad» (Marcos 13,33); «velad y orad» (Marcos 14,38).

Estar atentos significa estar como «estirados» o proclives hacia alguna cosa. Nosotros debemos ser como personas que se ponen un punto de mira, que se fijan un blanco, una meta. ¿Habéis visto alguna vez a un cazador en el momento de poner el punto de mira? ¡Qué atención y qué concentración! He aquí, cómo deberíamos estar nosotros. No para abatir a un pobre pájaro, sino para no fallar el blanco de toda una vida, que es la eternidad. En efecto, nosotros estamos destinados a la eternidad. ¿Para qué serviría vivir bien y durante prolongado tiempo, si no nos fuese dado vivir para siempre?

En cuanto al estar prontos, Jesús lo explica con la imagen del portero o del mayordomo de casa, que está siempre dispuesto o pronto a abrir apenas llega el amo de casa: «Es como uno que ha partido para un largo viaje y le ha ordenado al portero vigilar o velar». Los porteros y las porteras pasan por ser gente curiosa, siempre dispuesta a espiar, escuchar, referir... Quizás sea una calumnia respecto a los pobres porteros; en todo caso no es por esto por lo que están puestos como modelo, sino por su estar siempre con los ojos abiertos sobre quién va y quién viene, prontos a tirarse abajo de la cama, si saben que el amo de la casa puede llegar de un momento a otro.

La oración, además, es el contenido principal de la vigilancia. Entre el rumor de las voces, que nos llegan de todas partes, y nos distraen, velar o vigilar significa, en ciertos momentos, imponer silencio a todo y a todos, apagar todo «audio» o escucha, para situarse ante la presencia de Dios, volver a encontrarse consigo mismo y reflexionar sobre la propia vida. Orar es estar en el umbral desde donde se puede echar una mirada sobre el otro mundo, el mundo de Dios. Es «pasar de este mundo al Padre».

La vigilancia toma valor del motivo por el que se vela. Vigila también el mujeriego, decía san Agustín, y vigila el ladrón, pero ciertamente no es bueno su vigilar. Velan quienes pasan la noche en la discoteca, pero frecuentemente para enajenarse y no pensar. Ahora el motivo de la vigilancia está formulado así por Jesús:

«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento».

No sirve consolarse diciendo que nadie sabe cuándo será el fin del mundo. Hay una venida, un retorno de Cristo, que tiene lugar en la vida de cada persona, en el instante de su muerte. El mundo pasa, termina, para mí en el momento en que yo paso del mundo y termino de vivir. ¡Hay bastante más «fin del mundo» que esto! Hay tantos fines del mundo cuantas son las personas humanas, que dejan este mundo. Para millones de personas, el fin del mundo es hoy.

¿Por qué la liturgia nos acoge con una palabra tan sobria en el umbral del nuevo año? ¿Quizás Dios nos amenaza, no nos quiere bien? No, es por amor, porque tiene miedo de perdemos. Lo peor que se puede hacer ante un peligro que nos sobreviene es cerrar los ojos y no mirar. La noche en que naufragó el Titanic he leído que tuvo lugar una cosa del género. Había habido mensajes vía radio por parte de otras naves que señalaban en la ruta a un iceberg. Pero, en el tras atlántico tenía lugar entonces una fiesta y un baile; no se quiso molestar a los pasajeros. Así que no se tomó ninguna precaución dejando cualquier decisión para la mañana siguiente. Mientras tanto, la nave y el iceberg estaban marchando a gran velocidad la una contra el otro, hasta que tuvo lugar durante la noche un tremendo choque y se inició el gran naufragio. Esto nos hace pensar en aquello que dijo Jesús en otra parte del Evangelio, hablando de la generación del diluvio: «La gente comía y bebía y se casaba hasta el día en que... llegó el diluvio y se los llevó a todos» (Mateo 24, 38-39).

Terminamos con una palabra de Jesús que, también en esta ocasión, nos abre el corazón a la confianza y a la esperanza:

«Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes».


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