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Diumenge XXXII del Temps Ordinari (cicle A): quin és l'oli dels llums?

Les lectures bíbliques de la litúrgia dominical d'avui ens conviden a perllongar la reflexió sobre la vida eterna, iniciada amb motiu de la commemoració de tots els fidels difunts. Sobre aquest punt, és neta la diferència entre qui creu i qui no creu, o, es podria igualment dir, entre qui espera i qui no espera.

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 87, 3

Que llegue hasta ti mi súplica, Señor, inclina tu oído a mi clamor.

ORACIÓN COLECTA

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, con el alma y el cuerpo bien dispuestos, podamos con libertad de espíritu cumplir lo que es de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Encuentran la sabiduría aquellos que la buscan.

Del libro de la Sabiduría: 6, 12-16

Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean.

El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta. Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones.

A los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos. 

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8.

R/. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua. R/.

Para admirar tu gloria y tu poder, con este afán te busco en tu santuario. Pues mejor es tu amor que la existencia; siempre, Señor, te alabarán mis labios. R/.

Podré así bendecirte mientras viva y levantar en oración mis manos. De lo mejor se saciará mi alma. Te alabaré con jubilosos labios. R/.

SEGUNDA LECTURA

A los que mueren en Jesús, Dios los llevará con él.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses: 4, 13-18

Hermanos: No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con él.

Lo que les decimos, como palabra del Señor, es esto: que nosotros, los que quedemos vivos para cuando venga el Señor, no tendremos ninguna ventaja sobre los que, ya murieron.

Cuando Dios mande que suenen las trompetas, se oirá la voz de un arcángel y el Señor mismo bajará del cielo. Entonces, los que murieron en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los que quedemos vivos, seremos arrebatados, juntamente con ellos entre nubes por el aire, para ir al encuentro del Señor, y así estaremos siempre con él.

Consuélense, pues, unos a otros con estas palabras. 

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mt 24, 42. 44

R/. Aleluya, aleluya.

Velen y estén preparados, porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del hombre. R/.

EVANGELIO

Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.

+ Del santo Evangelio según san Mateo: 25, 1-13

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a aquellas diez jóvenes, que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: ‘ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’. Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’. Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, mira con bondad este sacrificio, y concédenos alcanzar los frutos de la pasión de tu Hijo, que ahora celebramos sacramentalmente. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 22, 1-2

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Alimentados con estos sagrados dones, te damos gracias, Señor, e imploramos tu misericordia, para que, por la efusión de tu Espíritu, cuya eficacia celestial recibimos, nos concedas perseverar en la gracia de la verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

La sabiduría busca a los que son dignos (Sb 6,12-16)

1ª lectura

Exaltación de la sabiduría. No es fácil distinguir cuándo el hagiógrafo se refiere a la Sabiduría divina y cuándo a la sabiduría participada por el hombre. Se ensalza el resplandor y la incorruptibilidad de la sabiduría (v. 12). Ésta aparece personificada: «se adelanta a darse a conocer», «sale al encuentro» de los que la anhelan (vv. 13.16); «está sentada» a la puerta de los que «madrugan por ella» (v 14); quien «vela por ella» se siente seguro (v. 15) y se le «muestra en los caminos» (v. 16), les enseña una conducta perfecta. Aunque es ella quien lleva la iniciativa, requiere que el hombre la desee y ponga los medios para adquirirla.

La resurrección de los muertos (1 Ts 4,13-18)

2ª lectura

«Los que han muerto» (v. 13). Literalmente, «los que duermen». Esta expresión, que ya utilizaban algunas veces los escritores paganos, fue muy empleada por los primeros cristianos para referirse a los que murieron en la fe de Cristo.

En los escritos cristianos ese modo de expresarse adquiere todo su sentido a causa de la fe en la Resurrección de Jesús, y la certeza de que todos resucitaremos. No es un mero eufemismo, sino un modo de dejar claro que la muerte no es el fin. «¿Por qué se dice que duermen sino porque en su día serán resucitados?» (S. Agustín, Sermones 93,6). La certeza de la resurrección es una de las verdades fundamentales de nuestra fe, recogida tanto en el Símbolo de los Apóstoles como en el Credo de Nicea-Constantinopla.

San Pablo da razones para la esperanza ante la Parusía. Habla del encuentro con el Señor en su segunda venida, pero no pretende ahora precisar en qué momento tendrá lugar. Poco después aclara que lo único cierto es que eso sucederá de modo inesperado (cfr 5,1-2). En cualquier caso, el tiempo no es relevante para lo fundamental, que es estar siempre con Cristo. Cuando llegue no tendrá ventaja el que esté vivo sobre los que ya habían muerto, sino los que han llegado al final de su curso terreno «en Cristo» (v. 16).

San Ambrosio explica el pasaje poniéndolo en relación con otros textos del Apóstol: «Todos resucitan, pero nadie pierda la esperanza ni se duela el justo de que todos participen de la resurrección, al esperar una peculiar recompensa por su virtud. Todos, ciertamente, resucitan, pero “cada uno —como dice el Apóstol— en su propio orden” (1 Co 15, 23). La recompensa de la misericordia divina es común, pero distinto el orden de los méritos. El día resplandece para todos, el sol calienta para todos, la lluvia fecunda con abundantes aguaceros las tierras de todos. Todos nacemos, todos resucitamos, pero entre ambas circunstancias el don del vivir y del resucitar es diferente, es diversa la condición... Se nos exhorta a vivir y a ser como Pablo, para poder decir: Porque los que vivimos no tendremos ventaja alguna sobre los que estén dormidos. En efecto, no habla de la manera común de vida y de la acción de respirar, sino del mérito en la resurrección» (De excessu fratris sui Satyri 2,92-93).

Velad, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25,1-13)

Evangelio

La parábola de las vírgenes necias y prudentes es un ejemplo de la llamada a estar vigilantes. El Señor dice con claridad que es una parábola que habla del Reino de los Cielos, y es la única ocasión en que la expresa en futuro (v. 1). Se refiere, por tanto, a los cristianos que han sido llamados a la Iglesia y han respondido a esa llamada. Pero no basta con esperar, también hay que actuar: El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide— es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 57).

En la imagen del lector se representa una de aquellas ruidosas y largas bodas orientales (cfr Jn 2,1-11). La novia, con sus parientes y amigas, espera la llegada del novio con su comitiva para ser trasladada a su propia casa. En la alegoría se descubre enseguida que el esposo representa a Jesucristo y las vírgenes a las personas invitadas a la boda, es decir, a la alianza esponsal de Dios con su Iglesia. La enseñanza es clara: no es suficiente con que estemos en la Iglesia, esperando sin más el acontecimiento definitivo; hay que mantener viva la fe y hacer buenas obras: «Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras (...); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca en la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (S. Agustín, Sermones 93,17).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

Sin obras es imposible salvarse

1. Esta parábola de las vírgenes y la siguiente de los ta­lentos se asemejan a la anterior del criado fiel y del otro ingra­to y consumidor de los bienes de su señor. En conjunto son cuatro las comparaciones que, en términos diferentes, nos dirigen la misma recomendación, es decir, el fervor con que hemos de dar limosna y ayudar al prójimo en todo cuanto podamos, como quiera que de otro modo no es posible salvarse. Pero en la parábola de los criados se habla, de modo más general, de todo género de ayuda que hemos de prestar a nuestro prójimo; a esta de las vírgenes nos encarece el Señor particularmente la limosna, y de modo más enérgico que en la parábola pasada. Porque en ésta castiga al mal siervo aquel que golpea a sus compañeros y se emborracha y dilapida los bienes de su señor; en estotra, al que no aprovecha ni da generosamente de lo suyo a los necesitados. Porque las vírgenes fatuas llevaban, sin duda, aceite; pero no abundante, y por eso son castigadas.

Más ¿por qué motivo nos presenta el Señor esta parábola en la persona de unas vírgenes y no supuso otra cualquiera? Grandes excelencias había dicho sobre la virginidad: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por amor del reino de los cielos. Y: El que pueda comprender, que comprenda[1]Por otra parte, sabe el Señor que la mayoría de los hombres tienen una alta idea sobre la misma virginidad. Y a la verdad, cosa es por naturaleza grande, como se ve claro por el hecho de que en el Antiguo Testamento no fue practicada por aquellos santos y grandes varones y en el Nuevo no llegó a imponerse por necesidad de ley. En efecto, no la mandó el Señor, sino que dejó libre voluntad de sus oyentes practicarla o no. De ahí que diga también Pablo: Acerca de las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor[2]Alabo ciertamente a quien la guarde, pero no obligo al que no quiera ni hago de ella un mandato. Ahora bien, puesto que tan grande cosa es la virginidad y de tanta gloria goza entre los hombres, porque nadie al practicarla se imaginara haberlo ya hecho todo y anduviera tibio y descuidado en las demás virtudes, pone el Señor esta parábola, que basta para persuadirnos que la virginidad, y aun todos los otros bie­nes, sin el bien de la limosna, es arrojada entre los fornicadores, y entre éstos pone el Señor al hombre cruel y sin misericordia.

Y ello con mucha razón, pues el uno se dejó vencer del amor de la carne, y el otro del amor del dinero. Y no es igual el amor de la carne que el dinero. El de la carne es más ar­diente y más tiránico. De ahí que cuanto el adversario es más débil, menos perdón merecen los derrotados. De ahí también que llame el Señor fatuas a aquellas vírgenes, pues, habiendo pasado el trabajo mayor, lo perdieron todo por el menor. Por lo demás, lámparas llama aquí al carisma mismo de la virgini­dad, a la pureza de la castidad, y aceite, a la misericordia, a la limosna, a la ayuda de los necesitados.

Como tardara, pues, el esposo, dormitaron todas y se durmieron. Aquí da nuevamente a entender el Señor que no había de ser breve el tiempo intermedio, disuadiendo así a sus discí­pulos a que no esperaran la inmediata aparición del reino de Dios. En realidad, eso es lo que ellos esperaban, por lo que constantemente está el Señor quitándoles tal esperanza. Des­pués de eso pone de manifiesto que la muerte es un sueño. Por­que se durmieron —dice—. Pero hacia la media noche se oyó un grito... Aquí, o es que el Señor quería seguir el hilo de la parábola, o nuevamente nos significa que la resurrección había de ser durante la noche. Del grito también hace mención Pablo cuando dice: A una voz de mando, a la voz del arcángel, con la última trompeta, bajará del cielo[3].  —¿Y qué significan las tromp­etas? ¿Y qué dice el grito?  ¡El esposo viene!

Ya, pues, que las vírgenes apercibieron sus lámparas, las fatuas les dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite. De nuevo las llama el Señor fatuas, con lo que nos da a entender que no hay fatuidad mayor que la de quienes se dedican a hacer dinero en la tierra y se van desnudos al otro mundo, donde más necesidad tendremos de caridad y misericordia. Y no son sólo por eso fatuas, sino porque se imaginaron que de allí iban a recibir aceite, y lo buscaron fuera de tiempo. Realmente, nadie más compasivo que las vírgenes prudentes, como que ello era su más señalada gloria. Por otra parte, tampoco las fatuas les piden todo su aceite: Dadnos —les dicen— de vuestro aceite. Y les manifiestan juntamente su necesidad: Porque se nos apa­gan las lámparas. Y ni aun así consiguieron nada. Ni la compas­ión de las rogadas, ni lo fácil del ruego que se les hacía, ni el premio de la necesidad fueron parte para que aquellas pobres fatuas lograran un poco de aceite.

¿Qué lección sacamos de ahí? Que en el otro mundo, a quienes sus propias obras falten, nadie los podrá socorrer, no porque no quiera, sino por ser imposible. Las vírgenes fatuas, a la verdad, se refugian en lo im­posible. Esto puso también de manifiesto el bienaventurado Abrahán cuando dijo: Un gran abismo se abre entre vosotros y nosotros, de modo que ni aun los que quieren, pueden atra­vesarlo. Marchad más bien a los que venden y compradlo. ¿Y quiénes son los que lo venden? Los pobres. ¿Y dónde están éstos? En la tierra, y en la tierra había que buscar el aceite, y no en aquel momento.

2. Mirad cómo con los pobres podemos hacer nuestro negocio. Si los quitáramos del mundo, habríamos suprimido una grande esperanza de salvación. Por eso, aquí, cuando el tiempo nos invita a ello, aquí es donde debemos recoger el aceite, porque allí nos aproveche. No aquél, sino éste, es el tiempo de la recolección. No consumáis, pues, vanamente vuestros bienes en placeres y ostentación, pues mucha necesidad tendréis allí de aceite. Oyendo las fatuas aquello, se fueron a comprar, pero no compraron nada. Esto lo pone el Señor, o por seguir la pa­rábola y terminar su trama, o para darnos a entender que, aun cuando después de la muerte nos volvamos misericordiosos, de nada nos aprovechará ya esa misericordia para escapar al cas­tigo. Consiguientemente, tampoco a las vírgenes fatuas les valió para nada su tardío fervor, pues aquí y no allí tenían que haber acudido a los vendedores. Como de nada tampoco le valió al otro rico haberse vuelto tan compasivo, que se preocupaba en el infierno por sus familiares. Porque el que había pasado de largo sin mirar al pobre Lázaro tendido junto a su puerta, ése es el que ahora tiene tanta prisa por librar a sus hermanos del infierno, a quienes ya ni veía, y suplica se les mande alguno que les anuncie lo que allí pasaba. Sin embargo, ni el rico ni las vírgenes consiguieron nada.

Porque, apenas oída la respuesta, se marcharon, vino el esposo, y las que estaban apercibidas entraron, y las otras se quedaron fuera. Después de tantos trabajos, después de tantos sudores, después de aquella insoportable lucha y de los trofeos levantados contra la naturaleza rabiosa, las vírgenes fatuas hubieron de retirarse avergonzadas, con sus lámparas apagadas y la cabeza baja. Nada hay, en efecto, más lúgubre que la virginidad si no va acompañada de la limosna. Así, el vulgo suele llamar sombríos a los inmisericor­des. ¿Dónde está, pues, el orgullo de la virginidad, si no vieron al esposo ni, llamando a la puerta, lograron se les abriera, sino que oyeron la terrible palabra: Idos, no os conozco?

Ahora bien, cuando el Señor dice eso, ya no queda otra cosa que el infierno y el suplicio insoportable, o, más bien, esa palabra mis­ma es más dura que el mismo infierno. Es la palabra que había dicho a los obradores de iniquidad. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Mirad cómo pone constantemente el mismo epílogo, dándonos a entender cuán provechosa nos es la ignorancia de nuestra salida del mundo. ¿Dónde están, pues, ahora esos que se pasan la vida entera en la tibieza y, cuando nosotros les reprendemos, nos replican: En la hora de mi muerte dejaré para los pobres? Escuchen esas palabras del Señor y co­rríjanse. A la verdad, muchos se vieron burlados en aquel mo­mento, arrebatados que fueron repentinamente, sin dárseles tiem­po a mirar por los mismos que hubieran querido.

(Obras de San Juan Crisóstomo, homilía 78, 1-2, BAC Madrid 1956 (II), p. 550-55)



[1] 1 Co 7, 25.

[2] 1 Ts 4, 16.

[3] Lc 16, 26.

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FRANCISCO – Audiencia general (24.IV.2013) – Homilía en Santa Marta (7.VI.2016)

AUDIENCIA GENERAL del 24 de abril de 2013

La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Credo profesamos que Jesús “de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos”. La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo frecuentemente en la realidad de su última venida. Hoy desearía reflexionar sobre tres textos evangélicos que nos ayudan a entrar en este misterio: el de las diez vírgenes, el de los talentos y el del juicio final. Los tres forman parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos, en el Evangelio de san Mateo.

Ante todo, recordemos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre. Pero existe este “tiempo inmediato” entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del “tiempo inmediato” se sitúa la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13). Se trata de diez jóvenes que esperan la llegada del Esposo, pero él tarda y ellas se duermen. Ante el anuncio improviso de que el Esposo está llegando todas se preparan a recibirle, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen aceite para alimentar sus lámparas; las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas porque no tienen aceite; y mientras lo buscan, llega el Esposo y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que introduce en la fiesta nupcial. Llaman con insistencia, pero ya es demasiado tarde; el Esposo responde: no os conozco. El Esposo es el Señor y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final; es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo. Lo que se nos pide es que estemos preparados al encuentro –preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús–, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!

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Homilía en Santa Marta, 7 de junio de 2016

El aceite del cristiano es la oración

Si el cristiano cede a la tentación de la «espiritualidad del espejo», no alimenta su luz con la «batería de la oración» y se mira «sólo a sí mismo» sin entregarse a los demás, se debilita su vocación y se convierte en una lámpara que no ilumina y en sal que no da sabor. Lo recordó el Papa Francisco que, en la misa celebrada el martes 7 de junio en Santa Marta, tomó de la liturgia la célebre comparación evangélica destacando la eficacia del lenguaje de Jesús que «siempre habla a los suyos con palabras fáciles» a fin de que «todos puedan comprender el mensaje». En el pasaje de Mateo (Mt 5, 13-16), puso de relieve el Pontífice, se encuentra, en efecto, «una definición de los cristianos: el cristiano debe ser sal y luz. La sal da sabor, conserva, y la luz ilumina». Un ejemplo que invita a la acción, ya que «la luz no fue hecha para estar oculta, porque escondida ni siquiera se conserva: se apaga» y «tampoco la sal es un objeto de museo o de armario, de cocina, porque al final se arruina con la humedad y pierde su fuerza, su sabor».

Pero, se preguntó el Papa, «¿cómo hacemos para evitar que la luz y la sal pierdan sus características?», es decir, «¿cómo se hace para evitar que el cristiano deje de ser tal, sea débil, se debilite precisamente su vocación?». Una respuesta se puede encontrar en otra parábola, la «de las diez vírgenes (Mt 25, 2): cinco necias y cinco prudentes». La prudencia y la necedad, explicó Francisco, viene del hecho «que algunas habían llevado consigo el aceite, para que no faltase» mientras que las otras, «jugueteando con la luz», se «olvidaron» y su luz acabó apagándose. Por lo demás, añadió el Papa con un ejemplo más actual, «también la lámpara, cuando comienza a debilitarse, nos dice que tenemos que recargar la batería».

La conclusión es, por lo tanto, la misma: «¿Cuál es el aceite del cristiano? ¿Cuál es la batería del cristiano para producir la luz? Sencillamente la oración». Al respecto, el Pontífice quiso profundizar: «Tú puedes hacer muchas cosas, muchas obras, incluso obras de misericordia, puedes hacer muchas cosas grandes por la Iglesia -una universidad católica, un colegio, un hospital…-, e incluso te harán un monumento de bienhechor de la Iglesia», pero «si no rezas» todo esto no aportará luz. «Cuántas obras -dijo- se convierten en algo oscuro, por falta de luz, por falta de oración». Y por oración, explicó el Papa, se entiende «la oración de adoración al Padre, de alabanza a la Trinidad, la oración de acción de gracias, también la oración con la que se piden cosas al Señor», pero siempre una «oración del corazón». Es precisamente ese «el aceite, esa es la batería, que da vida a la luz».

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BENEDICTO XVI - Ángelus 2011

Mantener encendida la lámpara del amor

¡Queridos hermanos y hermanas!

Las lecturas bíblicas de la liturgia dominical de hoy nos invitan a prolongar la reflexión sobre la vida eterna, iniciada con motivo de la conmemoración de todos los fieles difuntos. Sobre este punto, es neta la diferencia entre quien cree y quien no cree, o, se podría igualmente decir, entre quien espera y quien no espera. San Pablo escribe a los tesalonicenses: “No queremos dejaros en la ignorancia sobre aquellos que murieron, para que no estéis tristes como quienes no tienen esperanza” (1 Ts 4,13). La fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo marca, también en este campo, un antes y un después decisivo. También san Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso que, antes de acoger la Buena Noticia, estaban “en el mundo sin esperanza y sin Dios” (Ef 2,12). De hecho, la religión de los griegos, los cultos y los mitos paganos, no podían iluminar el misterio de la muerte, tanto que una antigua inscripción decía: “In nihil ab nihilo quam cito recidimus”, que significa: “¡Qué pronto recaemos de la nada a la nada!”. Si quitamos a Dios, si quitamos a Cristo, el mundo recae en el vacío y en la oscuridad. Y esto encuentra eco también en las expresiones del nihilismo contemporáneo, un nihilismo a menudo inconsciente que contagia lamentablemente a muchos jóvenes.

El Evangelio de hoy es una célebre palabra, que habla de diez jóvenes invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del Reino de los cielos, de la vida eterna (Mt 25,1-13). Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace cuestionarnos; de hecho, de aquellas diez chicas: cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, tontas, no han llevado aceite. ¿Qué representa este ‘aceite’, indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cfr Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, pero se recibe como regalo, se conserva en la intimidad y se practica en las obras. Verdadera sabiduría es aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia, porque, tras la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio final, este se basará en el amor practicado en la vida terrena (cfr Mt 25,31-46). Y este amor es don de Cristo, infundido en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara con la que atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida.

A María, Sedes Sapientiae, pidamos que nos enseñe la verdadera sabiduría, la que se ha hecho carne en Jesús. Él es el Camino que conduce de esta vida a Dios, al Eterno. Él nos ha hecho conocer el rostro del Padre, y así nos ha donado una esperanza plena de amor. Por esto, la Iglesia dirige estas palabras a la Madre del Señor: Vita, dulcedo, et spes nostra. Aprendamos de ella a vivir y morir en la esperanza che no defrauda.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Uno ha muerto por todos

Estamos en los últimos días del año litúrgico y la Iglesia nos invita a volver la mirada hacia adelante, hacia las realidades últimas. Pablo, en la segunda lectura, explica a los Tesalonicenses cuál debe ser la actitud del cristiano frente a la muerte, y Jesús, en el Evangelio, dice cómo se debe vivir en su espera:

«Velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Es verdad que el trasfondo de la parábola de las diez vírgenes no es la muerte sino el retorno del Señor. Las dos cosas no obstante coinciden en la práctica para cada creyente. Reflexionemos, por lo tanto, sobre el tema de la muerte, que está algo en este mes de noviembre en el pensamiento de todos. A los cristianos, angustiados por la muerte de algún ser querido, el Apóstol escribe:

«Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él... Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras».

¿Qué tiene, pues, que decirnos la fe cristiana sobre la muerte? Una cosa sencilla y grandiosa: que la muerte existe, que es el más grande de nuestros problemas...; pero, que ¡Cristo ha vencido a la muerte! La muerte humana no es ya la misma de antes, un hecho decisivo ha intervenido. Ha perdido su aguijón, como una serpiente cuyo veneno es ahora sólo capaz de adormecer a la víctima durante algunas horas; pero, no de matarla.

«La muerte ha sido vencida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Corintios 15, 54-55).

Pero, Jesús ¿cómo ha vencido a la muerte? No evitándola o arrojándola detrás como a un enemigo a disgregar. La ha vencido sufriéndola, gustando en sí toda su amargura. La ha vencido desde el interior y no desde el exterior. Cristo, en su vida terrena ha «ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte» (Hebreos 5, 7). No tenemos, en verdad, un sumo sacerdote, que no sepa padecer con nosotros nuestro miedo a la muerte. ¡Él sabe bien qué es la muerte! Tres veces se lee en los Evangelios que Jesús lloró y, de éstas, dos fueron ante la pena por un muerto. En Getsemaní, Jesús ha vivido hasta el fondo nuestra experiencia humana frente a la muerte. «Comenzó a sentir pavor y angustia», dicen los Evangelios (Marcos 14,33).

Jesús no se ha introducido en la muerte como quien sabe guardarse un as en la manga, la resurrección, que tirará fuera en el momento justo. El grito sobre la cruz: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mateo 27,46) indica que Jesús se ha adentrado en la muerte como nosotros, como se cruza el umbral en la oscuridad y no se ve qué le espera más allá. Sólo lo sostenía una increíble confianza en el Padre, que le hizo exclamar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23,46).

Pero ¿qué ha sucedido, traspasado aquel umbral en la oscuridad? Aquel hombre, Jesucristo, escondía dentro de sí al Verbo de Dios, que no puede morir. La muerte ha tenido destrozados sus dientes o sus mordeduras para siempre. No ha podido «digerir» a Cristo y ha debido restituirle a la vida, como hizo la ballena con Jonás (cfr. Mateo 12,40).

La muerte ya no es un muro ante el que todo se quebranta; es un paso, esto es, una Pascua. Es una especie de «puente de los suspiros», a través del cual se entra en la verdadera vida, que ya no conoce la muerte. En efecto, Jesús, y aquí está el gran anuncio cristiano, no ha muerto sólo para sí mismo; no nos ha dejado sólo un ejemplo de muerte heroica, como la de Sócrates. Ha hecho algo bien distinto:

«Uno murió por todos» (2 Corintios 5,14).

«Gustó la muerte para bien de todos» (Hebreos 2,9).

A fin de que nosotros pertenezcamos, ahora, a Cristo mucho más que a nosotros mismos (cfr. 1 Corintios 6, 19s.), consiguió que, inversamente, lo que es de Cristo nos pertenezca mucho más de lo que es nuestro. Su muerte ya es más nuestra que nuestra misma muerte. «El mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro; y vosotros, de Cristo», dice incluso san Pablo (cfr. 1 Corintios 3, 22 s.). La muerte es nuestra, más de cuanto seamos nosotros de la muerte; nos pertenece, más de cuanto nosotros pertenezcamos a ella. En Cristo, nosotros hemos vencido también a la muerte.

Cuando se trata de la muerte en el cristianismo, lo más importante no es el hecho de que nosotros tengamos que morir sino el hecho de que Cristo ha muerto. El cristianismo no se hace camino en las conciencias con el miedo a la muerte; se hace camino con la muerte de Cristo. Jesús ha venido a liberar a los hombres del miedo a la muerte, no para acrecentarlo. El Hijo de Dios ha tomado la carne y la sangre como nosotros «para reducir a la impotencia mediante su muerte al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hebreos 2, 14-15).

Quizás, lo que más asusta de la muerte es la soledad con que debemos afrontarla. «Nadie puede morir por otro sino que cada uno deberá luchar personalmente con la muerte» . Pero, esto no es ya del todo verdadero. «Si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Timoteo 2,11). Por lo tanto, ¡es posible morir como dos!

Aquí se descubre desde el punto de vista cristiano qué es verdaderamente grave en la eutanasia. Le quita a la muerte del hombre su unión con la muerte de Cristo; la despoja de su carácter pascual; la lleva hacia atrás, a lo que era antes de Cristo. La desata de la sobrenatural gravitación en torno a su centro. La muerte está privada de su austera majestad, llegando a ser obra del hombre, decisión de una libertad finita o acabada. Está literalmente «profanada», esto es, despojada de su carácter sagrado. La discusión en torno a la eutanasia se concentra, las más de las veces, casi exclusivamente en el problema de su licitud o ilicitud desde el punto de vista ético. Un creyente no puede dejar de permanecer aterrorizado por lo que ella significa en el plano de la revelación y de la gracia.

La humanidad ha probado a oponerle a la muerte varios «remedios». Pero, el único remedio verdadero es participar en la victoria de Cristo sobre la muerte. Para preavisarnos contra la muerte, ahora no debemos hacer otra cosa que abrazarnos a él. Anclarse en Cristo, mediante la fe, como se vara una barca en el fondo marino, para que pueda resistir en la marea, que está a punto de surgir.

Alguna vez se inculcaban muchos medios para «prepararse» a la muerte. El principal era pensar frecuentemente en ella y representársela en las particularidades más caprichosas. Pero, lo importante no es tanto tener ante la vista nuestra muerte, cuanto la muerte de Cristo; no la calavera sino el crucifijo. El grado de unión con él será el grado de nuestra seguridad ante la muerte. Debemos actuar de modo que la unión con Cristo sea más fuerte que la de las cosas, del despacho, de las personas queridas, de todo, de manera que nada tenga el poder de entretenernos, cuando llegue «el momento de soltar las velas» (2 Timoteo 4, 3).

Francisco de Asís, que había realizado en un grado perfecto esta unión con Cristo, estando cercano a la muerte, añadió una estrofa a su Cántico de las criaturas: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la que ningún hombre viviente puede escapar», y cuando le anunciaron que ya estaba próximo al final, exclamó: «¡Venga bien mi hermana muerte!» La muerte ha cambiado de rostro: ha llegado a ser una hermana.

Después de la última guerra, fue publicado un libro, titulado Últimas cartas desde Stalingrado. Eran cartas de soldados alemanes, prisioneros durante el saco de Stalingrado, expedidas antes del ataque final del ejército ruso en el último convoy, en el que todos perecieron, y encontradas una vez terminada la guerra: «No tengo miedo a la muerte. ¡Mi fe me da esta hermosa seguridad!»

Sin embargo, no debemos hacernos ilusiones: estas disposiciones no se improvisan. Es necesario vivir de tal modo que la hermana muerte no nos sorprenda «no preparados» . El árbol, dice un proverbio, de la parte en que está pendiente, caerá. Y así es el hombre. Éste es, por lo tanto, el momento de reclamarle a la memoria la enseñanza de la parábola de las diez vírgenes. Es necesario tener aceite de reserva en la lámpara, esto es, alimentar la fe con las buenas obras y la oración, de modo que ante la venida de Cristo podamos también nosotros, como vírgenes sagradas, entrar con él a las bodas.


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