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Diumenge XXVII del Temps Ordinari (cicle A): Déu té un projecte per tots nosaltres

L'Evangeli d'aquest Diumenge està establert per una paràbola. Un home, diu Jesús, tenia una vinya, que havia plantat ell mateix, ja la que li dedicava totes les seves cures. En l'època de la verema, va enviar als seus servidors a recollir els fruits. Però què va succeir? Els vinyaters van matar a alguns dels servidors i a uns altres els van apallissar. Va manar a uns altres, que van acabar el mateix. Li faltava només el fill. Va pensar: almenys, tindran respecte pel meu fill.

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

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Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Est 4, 17

En tu voluntad, Señor, está puesto el universo, y no hay quien pueda resistirse a ella. Tú hiciste todo, el cielo y la tierra, y todo lo que está bajo el firmamento; tú eres Señor del universo.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que en la superabundancia de tu amor sobrepasas los méritos y aun los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

La viña del Señor es la casa de Israel.

Del libro del profeta Isaías: 5,1-7

Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción a su viña. Mi amado tenía una viña en una ladera fértil. Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas; edificó en medio una torre y excavó un lagar. Él esperaba que su viña diera buenas uvas, pero la viña dio uvas agrias.

Ahora bien, habitantes de Jerusalén y gente de Judá, yo les ruego, sean jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera? ¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas buenas, las dio agrias?

Ahora voy a darles a conocer lo que haré con mi viña; le quitaré su cerca y será destrozada. Derribaré su tapia y será pisoteada. La convertiré en un erial, nadie la podará ni le quitará los cardos, crecerán en ella los abrojos y las espinas, mandaré a las nubes que no lluevan sobre ella.

Pues bien, la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación preferida. El Señor esperaba de ellos que obraran rectamente y ellos, en cambio, cometieron iniquidades; él esperaba justicia y sólo se oyen reclamaciones.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20.

R/. La viña del Señor es la casa de Israel.

Señor, tú trajiste de Egipto una vid, arrojaste de aquí a los paganos y la plantaste; ella extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes llegaban hasta el río. R/.

Señor, ¿por qué has derribado su cerca, de modo que puedan saquear tu viña los que pasan, pisotearla los animales salvajes, y las bestias del campo, destrozarla? R/.

Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. R/.

Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. Restablécenos, Señor, Dios de los ejércitos, míranos con bondad y estaremos a salvo. R/.

SEGUNDA LECTURA

Obren bien y el Dios de la paz estará con ustedes.

De la carta del apóstol san Pablo a los filipenses: 4, 6-9

Hermanos: No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud. Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.

Por lo demás, hermanos, aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio. Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí, todo lo que yo he dicho y me han visto hacer; y el Dios de la paz estará con ustedes. 

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Jn 15, 16

R/. Aleluya, aleluya.

Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca. R/.

EVANGELIO

Arrendará el viñedo a otros viñadores.

+Del santo Evangelio según san Mateo: 21, 33-43

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?”. Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, el sacrificio que tú mismo nos mandaste ofrecer, y, por estos sagrados misterios, que celebramos en cumplimiento de nuestro servicio, dígnate llevar a cabo en nosotros la santificación que proviene de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Lam 3, 25

Bueno es el Señor con los que en él confían, con aquellos que lo buscan.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios omnipotente, saciados con este alimento y bebida celestiales, concédenos ser transformados en aquel a quien hemos recibido en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

La canción de mi amigo a su viña (Is 5,1-7)

1ª lectura

La «canción de la viña» es una obra maestra de la poseía hebrea, que condensa un gran significado simbólico y pedagógico. Bajo la imagen del labrador desencantado se descubre al Señor dolorido por la falta de frutos de justicia de su pueblo. En vv. 1-2 el autor asume el papel del amigo de Dios; en vv. 3-6 es el amado quien expone los prolongados cuidados con su pueblo, y en v. 7 el autor vuelve a tomar la palabra. La trama es fácil y rápida: tras mantener en suspenso el significado de su mensaje (vv. 1-6) —de modo semejante a la parábola que cuenta Natán a David (cfr 2 S 12,1-15)— el autor lo descubre de pronto (v. 7): la viña es «la casa de Israel», que a pesar de los cuidados recibidos del amado, que es el Señor, no dio los frutos esperados, uvas selectas, sino «agraces». Israel habrá de reconocer su culpabilidad. Por eso, el comienzo lírico se cambia en anuncio de castigos. En la canción hay varios juegos ingeniosos de palabras, imposibles de expresar en una traducción.

El profeta Oseas ya había aplicado a Israel la metáfora de la viña (Os 10,1). También lo hace de nuevo más adelante el propio Isaías (27,2-5), y vuelve a aparecer en Jeremías (Jr 2,21; 5,10; 6,9; 12,10) y Ezequiel (Ez 15,1-8; 17,3-10; 19,10.14). Igualmente se encuentran alusiones en Sal 80,9-19 y en el «Cántico de Moisés» (Dt 32,32-33). Por su parte, el Eclesiástico aplica la imagen a la sabiduría divina (cfr Si 24,23-30). Finalmente, Jesucristo lo retomará en la parábola de los viñadores homicidas, presentando la parábola como un compendio de la historia de la salvación, que llega hasta la actitud de los jefes judíos con Él mismo (Mt 21,33-46; Mc 12,1-12; Lc 20,9-19).

Como continuación del antiguo pueblo de Israel, la Iglesia está también prefigurada en la historia de la viña. Así lo hace notar el Concilio Vaticano II al recordar las figuras bíblicas de la Iglesia: «La Iglesia es labranza o campo de Dios (1 Co 3,9). En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11,13-26). El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21,33-43 par.; cfr Is 5,1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en Él por medio de la Iglesia y que sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,1-5)» (Lumen gentium, n. 6).

No os preocupéis por nada (Flp 4,6-9)

2ª lectura

En el versículo anterior el Apóstol había recordado a los Filipenses que «el Señor está cerca» (Flp 4,5). Recuerda la proximidad del Señor para fomentar la alegría y animar a la mutua comprensión. Estas palabras les traerían sin duda el recuerdo de la exclamación Marana tha («Señor, ven») que repetían con frecuencia en las celebraciones litúrgicas (cfr 1 Co 16,21-24).

Frente al ambiente adverso que pudieran encontrar, los primeros cristianos ponían su esperanza en la venida del Salvador, Jesucristo. Nosotros, como ellos, tenemos la certeza de que, mientras aguardamos su venida gloriosa, el Señor también está siempre cerca con su providencia. No hay, por tanto, motivos de inquietud. Sólo espera que le hablemos de nuestra situación con confianza, en oración, con la sencillez de un hijo. La oración se convierte así en un medio eficaz para no perder la paz, pues, como enseña San Bernardo, «regula los afectos, dirige los actos, corrige las faltas, compone las costumbres, hermosea y ordena la vida; confiere, en fin, tanto la ciencia de las cosas divinas como de las humanas (...). Ella ordena lo que debe hacerse y reflexiona sobre lo hecho, de suerte que nada se encuentre en el corazón desarreglado o falto de corrección» (De consideratione 1,7).

Por lo demás, San Pablo enseña que todas las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo tienen un valor divino, son buenas, y le sirven al cristiano para acercarse a Dios (v. 8). Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo (San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 113).

Un hombre plantó una viña (Mt 21,33-43)

Evangelio

La parábola de los viñadores homicidas es como un compendio de la historia de la salvación. Comienza con una evocación implícita de Is 5,1-7, donde se comparaba a Israel con una viña que, pese a todos los cuidados divinos, en vez de dar frutos había dado agrazones; de ahí que el Señor vaya a destruirla. En el contexto en que Jesús pronunció la parábola y en el que vivían poco después los evangelistas, es fácil ver su alegoría: los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos (cfr 2 Cro 24,21). Finalmente, Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Así se indica la diferencia entre Jesús, el Hijo, y los profetas, no más que siervos. Pero también a Éste se disponen a matarlo, fuera de la viña, esto es, de Jerusalén. Es lógico el castigo de Dios.

Sin embargo, con las palabras del Salmo 118 citadas en Mt 21,42 el Señor enseña que estas acciones de los hombres no hacen sino corroborar el plan de Dios que, de esa manera, funda un nuevo pueblo cimentado en Cristo, nueva piedra angular. Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a «un pueblo que rinda sus frutos» (v. 43), aludiendo a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios: «El Señor Dios la consignó —no ya cercada, sino dilatada por todo el mundo— a otros colonos que den fruto a sus tiempos, con la torre de elección levantada en alto por todas partes y hermosa. Porque en todas partes resplandece la Iglesia, y en todas partes está cavado en torno al lagar, porque en todas partes hay quienes reciben el Espíritu» (S. Ireneo, Adversus haereses 4, 36,2).

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SAN AMBROSIO (www.iveargentina.org)

Los viñadores homicidas

Un hombre plantó una viña. Muchas son, según los autores, las interpretaciones que se pueden dar a esta palabra de la viña, pero Isaías ha explicado con toda claridad que la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel (5,7). Y ¿quién sino Dios es el que ha creado esta viña? Él es, pues, quien la plantó y se marchó lejos; lo cual no significa que pueda irse de su sitio este Señor que siempre está presente en todas partes, sino que está de modo especial presente entre los que le aman y se ausenta de entre los que le olvidan. Y estuvo durante mucho tiempo lejos de allí con objeto de que su reclamación no pareciera precipitada, ya que cuanto más indulgente es la liberalidad, tanto más inexcusable es la obstinación.

Y así, del todo conforme con lo dicho, lees en Mateo que la rodeó con una cerca, es decir, la protegió con el escudo de la potencia divina, para que no fuese una conquista fácil a los asaltos de las bestias espirituales. Y cavó en ella un lagar. ¿Cómo podremos entender lo que es un lagar si no acudimos a los salmos que llevan por título: “sobre los lagares”, ya que los misterios de la pasión del Señor, como si se tratara de un vino nuevo, han brotado con más abundancia bajo la cálida inspiración de los profetas? Por eso algunos creyeron que estaban ebrios aquellos a los que el Espíritu Santo había descendido (Act 2,13). Y ésa es la razón también por la que El cava un lagar, en el que el fruto interior de las uvas espirituales se convierte en un chorro espiritual. Y construyó una torre, levantó el tejado de la Ley, y la viña, con esta defensa y preparación, fue entregada a los judíos.

Llegada la estación de los frutos envió a sus criados. Con mucho acierto ha usado esta expresión de “la estación de los frutos” y no el tiempo de su recolección, ya que los judíos no dieron ningún fruto, nada se recogió de esa viña de la que dijo el Señor: Esperé que me diera uvas, pero me dio espinas (Is 5,2). Y así, no es el vino de la alegría ni el mosto del Espíritu lo que han derramado los prensadores, sino la roja sangre de los profetas. Veámoslo: Jeremías fue arrojado a una fosa (Ier 44,6), y es que, en verdad, los lagares de los judíos no rebosaban vino, sino fango. Y aunque parece que los profetas están nombrados de una manera general sin embargo, el texto nos da a entender que el que fue lapidado era Nabot, de quien, a pesar de no haber recibido ninguna palabra profética, hemos recogido un hecho profético, puesto que en la figura de esta viña él ha previsto que muchos, derramando su sangre, serían mártires. Y ¿a quién representa ese que fue herido en la cabeza? Sin duda alguna a Isaías, ya que la sierra dividió la contextura de su cuerpo con más facilidad que si hubiera querido hacerle perder la fe, acabar con su constancia o doblegar el vigor de su alma.

Por eso sucedió que, habiendo enviado a otros muchos a quienes los judíos despidieron sin honor y en vacío y de los que no quisieron obtener provecho alguno, últimamente envió a su propio Hijo único, a quien esos pérfidos quisieron hacer perder 1a herencia, le dieron muerte de cruz y, renegando de Él, lo arrojaron fuera.

¡Qué cantidad y qué magnitud de hechos laten en tan pocas palabras! En primer lugar porque existe una bondad natural que muchas veces llega hasta a fiarse de los mismos indignos; después, porque, como último remedio a todos los males, vino Cristo, y entonces el que reniega del heredero, no puede esperar en el Padre. Pero Cristo es al mismo tiempo heredero y testador: heredero porque sobrevivió a su propia muerte, y para nuestro bien, recogió, por así decirlo, los beneficios y la herencia de los dos Testamentos que El mismo había creado.

Con toda justicia, por tanto, les pregunta; pretendiendo con ello que su propia respuesta les sirva de condenación. Y continúa diciendo que el Señor de la viña va a venir porque la majestad del Padre reside también y en el mismo grado en el Hijo, o porque en los últimos tiempos su presencia se hará sentir más en los corazones de los hombres. Así, ellos mismos pronunciarán su propia sentencia condenatoria, es decir, perecerán los malos y la viña pasará a manos de otros colonos. Consideremos ahora quiénes son estos colonos, y quién es esta viña.

La viña es una figura de cada uno de nosotros, ya que el pueblo de Dios, enraizado en el tronco de la viña eterna, se eleva sobre la tierra y, brotando de un terreno árido, lanza ahora al exterior sus yemas y sus flores, se reviste de un verdor que la envuelve plenamente, recibe la dulce savia, logrando que vaya madurando sus ramos, como los sarmientos de una vid fecunda. El que cuida la viña es el Padre omnipotente, la vid es Cristo y nosotros los sarmientos, que, si no producimos fruto en Cristo, seremos arrancados por la guadaña del eterno viñador.

Con toda razón, pues, al pueblo de Cristo se le compara con una viña, bien porque está adornada su frente con la insignia del signo de la cruz, bien porque ha de recoger fruto cuando llegue el fin de los tiempos, o bien, finalmente, porque en la Iglesia de Dios habrá igual medida para todos sin distinción, a semejanza de las diversas clases de viñas; en otras palabras: ya no habrá pobres ni ricos, humildes y poderosos, siervos y señores. Y lo mismo que la vid se une a los árboles, así el cuerpo se junta con el alma, y el alma con el cuerpo. Y de la misma manera que la vid crece al unirse y, cuando se la poda, no se debilita, sino que toma nuevo vigor, así también, el pueblo santo, al unirse, se despoja de lo malo, humillándose se exalta y cuando se le poda es cuando es coronado. Y todavía más, así como un retoño tierno desgajado de un árbol viejo, es injertado sobre el embrión de otra raíz, así también este pueblo santo, una vez curado de todas las cicatrices del viejo brote, alimentándose de aquel árbol de la Cruz como del seno de una madre amante, va creciendo, y el Espíritu Santo, como si estuviera sembrado por entre los surcos más profundos de la tierra, penetra en la cárcel de este cuerpo, lavando con la efusión del agua de la salud todo lo que tiene mal olor, levantando la conducta completa de nuestros miembros hacia un actuar del todo celestial.

El diligente viñador tiene costumbre de cavar, cuidar y podar esta viña y, llevando a cabo la nivelación de los terrenos, unas veces abrasando con su sol lo más recóndito de nuestro cuerpo y otras derramando su lluvia benéfica, acostumbra también a escardar su tierra para que las espinas no hieran los primeros brotes ni sus hojas condensen la sombra, y para que la vanidad estéril de las palabras, dando sombra a las virtudes, no sirvan de obstáculo a la madurez de la naturaleza y al temple del carácter. Mas ¡lejos de nosotros el creer que puede haber algo que pueda perjudicar a esta viña, a la que el guardián vigilante del Señor Salvador ha fortificado, con el muro de la vida eterna, contra todas las asechanzas de la malicia de este siglo! Ella extendió sus ramas hasta el mar (Sal.79,12) pues la tierra es del Señor (Sal.23,1). Dios es honrado en todos los lugares de la tierra,y también en todas partes es adorado Cristo, el Señor.

He aquí nuestra vendimia. Que alegres y seguros carguen unos en sus cestos las uvas de los dulces racimos, otros gustemos los dones celestiales, y otra parte de cristianos prensen bajo los pies de su buena voluntad el fruto del beneficio divino y, al levantar su calzado, el vino que chorrea, coloree sus pies desnudos; pues el lugar en el que estamos es una tierra santa (Ex 3,5), y por ello es necesario quitarse el calzado, de manera que los pasos de nuestra alma, escalando los peldaños del trono de las más alta santidad, se vean libres de los lazos de las cadenas corporales ; y en efecto, es conveniente que, puesto que la viña es el mundo entero, haya vendimia en todo él.

He aquí el tiempo propicio (2 Cor 6,2), en el que el año ya no tirita bajo la escarcha del invierno y las brumas de la falsa fe, ni la corteza deforme de la blasfemia crece bajo las nieves continuas y el hielo perpetuo, antes, por el contrario, libre ya de las borrascas del sacrilegio, la tierra comienza ya a concebir frutos nuevos, una vez que ya ha dado a luz los anteriores; que las borrascas de las disensiones ya apenas si tienen fuerza, es un hecho; todo el ardor de la avaricia del mundo, toda esa llama que abrasó al pueblo de Italia, en otro tiempo por causa del error judío y hoy debido al engaño arriano, están actualmente casi apagados por la acción de una tranquila calma. La tempestad se ha calmado, navega suavemente la concordia, alienta con fuerza la fe, los náufragos de esta fe vuelven a los puertos que habían abandonado, y, contentos por verse libres ya de tantos peligros y liberados de tantos errores, estrechan con dulces besos las playas de su patria.

¡Ave, viña digna de tan excelso guardián! No te hizo algo sagrada la sangre de sólo Nabot, sino también la de innumerables profetas y, lo que es más grande, la sangre preciosa del Señor. Aunque Nabot no fue víctima de las amenazas del rey ni su constancia fue vencida por el miedo, y ni siquiera, tentado con las más ricas promesas, vendió su fervor religioso, sin embargo, resistiendo a los deseos del rey para que no plantase en sus jardines hierbas y legumbres en lugar de las vides, no pudiendo hacer otra cosa, apagó el fuego que amenazaba a las cepas con su propia sangre, y eso que defendía una viña temporal; sin embargo, para ti se ha plantado la muerte de una multitud incontable de mártires, la cruz de los apóstoles, que es una reproducción de la pasión del Señor, y, por tu bien, se ha propagado hasta los extremos del mundo.

(Obras de San Ambrosio, BAC Madrid 1966 (I), p. 540-46)

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FRANCISCO – Homilías (3.VI.13, 21.III.14 y 5.X.14)

Los grandes desmemoriados

3 de junio de 2013

En su homilía, el Santo Padre reflexionó sobre el Evangelio de Marcos (Mc 12, 1-12). “Se me ocurre pensar –comenzó– en las tres figuras de cristianos en la Iglesia: los pecadores, los corruptos, los santos. De los pecadores no es necesario hablar demasiado, porque todos nosotros lo somos”. La figura sobre la que más habló el Santo Padre fue la de los corruptos. En la parábola evangélica –explicó– Jesús habla del gran amor del propietario de una viña, símbolo del pueblo de Dios: “Él nos ha llamado con amor, nos protege. Pero luego nos da la libertad, nos da todo este amor “en alquiler”. Es como si nos dijera: Cuida y custodia tú mi amor como yo te custodio a ti. Es el diálogo entre Dios y nosotros: custodiar el amor. Todo comienza con este amor”.

Luego, sin embargo, los campesinos a quienes se les confió la viña “se sintieron fuertes, se sintieron autónomos de Dios”, prosiguió el Santo Padre. Y así “se adueñaron de esa viña; y perdieron la relación con el dueño de la viña. Y cuando alguien acude a retirar la parte de la cosecha que corresponde al dueño, le golpean, le insultan, le dan muerte”. Esto significa perder la relación con Dios, no percibir ya la necesidad “de ese patrono”. Es lo que hacen los “corruptos, aquellos que eran pecadores como todos nosotros, pero que dieron un paso más”: se “consolidaron en el pecado y no sienten la necesidad de Dios”. O al menos, se creen que no la sienten, porque –explicó el Obispo de Roma– “en el código genético existe esta tendencia hacia Dios. Y como no pueden negarlo, se hacen un dios especial: ellos mismos”.

He ahí quiénes son los corruptos. Y “esto es un peligro también para nosotros: convertirnos en corruptos. Los corruptos están en las comunidades cristianas y hacen mucho mal. Jesús habla a los doctores de la Ley, a los fariseos, que eran corruptos; les dice que son sepulcros blanqueados. En las comunidades cristianas los corruptos son así. Se dice: Ah, es buen cristiano, pertenece a tal cofradía; bueno, es uno de nosotros. Pero nada: existen para ellos mismos. Judas empezó siendo pecador avaro y acabó en la corrupción. La senda de la autonomía es un camino peligroso. Los corruptos son grandes desmemoriados, olvidaron este amor con el que el Señor hizo la viña y los hizo a ellos. Cortaron la relación con este amor y se convirtieron en adoradores de sí mismos. ¡Cuánto mal hacen los corruptos en las comunidades cristianas! El Señor nos libre de deslizarnos por el camino de la corrupción”.

Pero en la Iglesia están también los santos. “Ahora –dijo el Pontífice– me gusta hablar de los santos; y me complace hacerlo en el 50º aniversario de la muerte del Papa Juan XXIII, modelo de santidad”. En la parábola del Evangelio, los santos –explicó el Papa Francisco– “son aquellos que van a buscar el alquiler y saben lo que les espera. Pero deben hacerlo y cumplen con su deber. Los santos: aquellos que obedecen al Señor, quienes adoran al Señor, quienes no perdieron la memoria del amor con el que el Señor hizo la viña. Y así como los corruptos hacen mucho mal a la Iglesia, los santos hacen mucho bien”.

“De los corruptos, el apóstol Juan dice que son el anticristo, que están en medio de nosotros, pero no son de los nuestros. De los santos, la Palabra de Dios nos habla como de luz: aquellos que estarán ante el trono de Dios, en adoración. Pidamos al Señor la gracia de sentirnos pecadores. La gracia de no llegar a ser corruptos. Y la gracia –concluyó– de ir por el camino de la santidad”.

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La palabra encarcelada

21 de marzo de 2014

Humildad y oración, en la Iglesia, son el antídoto contra las alteraciones de la Palabra de Dios y la tentación de adueñarse de ella, interpretándola al propio gusto y enjaulando al Espíritu Santo. Es la síntesis de la meditación que propuso el Pontífice en la misa del viernes 21 de marzo.

El Evangelio de Mateo (Mt 21, 33-43.45) presenta “esta parábola que Jesús mismo dice a la gente y a los fariseos, a los sacerdotes, a los ancianos del pueblo para hacer comprender dónde han caído”. Nos encontramos, explicó, ante el “drama no del pueblo −porque el pueblo entendía que Jesús era un gran profeta− sino de algunos jefes del pueblo, de algunos sacerdotes de ese tiempo, de los doctores de la ley, de los ancianos que no tenían el corazón abierto a la Palabra de Dios”. En efecto, ellos “escuchaban a Jesús, pero en lugar de ver en Él la promesa de Dios, o de reconocerlo como un gran profeta, tenían miedo”.

En el fondo, destacó el Pontífice, es “el mismo sentimiento de Herodes”. También ellos decían: “Este hombre es un revolucionario, detengámoslo a tiempo, debemos detenerlo”. Por esto, “trataban de capturarlo, trataban de ponerlo a prueba, para que cayese y poder arrestarlo: es la persecución contra Jesús”. ¿Pero por qué esta persecución? “Porque esta gente −fue la respuesta del Papa− no estaba abierta a la Palabra de Dios, estaban cerrados en su egoísmo”.

Es precisamente en este contexto que “Jesús cuenta esta parábola: Dios dio en herencia un terreno con una viña que hizo con sus manos”. Se lee en el Evangelio que el dueño “plantó una viña, la rodeó con un cercado, allí excavó un hueco para el lagar y construyó una torre”. Y luego dio “la viña en alquiler a los campesinos”.

Exactamente lo que “hizo Dios con nosotros: nos dio la vida en alquiler” y, con ella, “la promesa” que vendría a salvarnos. “En cambio, esta gente −destacó el Papa− vio aquí un buen negocio, una buena oportunidad: la viña es hermosa, tomémosla, es nuestra”. Y, así, “cuando llegó el momento de recoger los frutos, fueron los empleados de este señor a retirar la cosecha. Pero los campesinos, que ya se habían adueñado de la viña, dijeron: no, saquémosles fuera, esto es nuestro”.

La parábola de Jesús, explicó, relata precisamente “el drama de esta gente, pero también nuestro drama”. Esas personas, en efecto, “se adueñaron de la Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios se convirtió en su palabra. Una palabra según su interés, sus ideologías, sus teologías, a su servicio”. Hasta tal punto que “cada uno la interpretaba según la propia voluntad, según el propio interés”. Y “mataron para conservar esto”. Es lo que le pasó también a Jesús, porque “los jefes de los sacerdotes y los fariseos comprendieron que hablaba de ellos cuando escucharon esta parábola” y, así, “trataron de arrestarlo para que muriese”.

Pero de este modo “la Palabra de Dios se convierte en algo muerto, encarcelado”. Y “el Espíritu Santo está enjaulado en los deseos de cada uno de ellos. Lo mismo nos pasa a nosotros, cuando no estamos abiertos a la novedad de la Palabra de Dios, cuando no somos obedientes a la Palabra de Dios”. Pero desobedecer a la Palabra de Dios es como querer afirmar que “esta palabra ya no es de Dios: ahora es nuestra”.

Así, como “la Palabra de Dios está muerta en el corazón de esta gente, también puede morir en nuestro corazón”. Sin embargo, afirmó el Santo Padre, la palabra “no se acaba porque está viva en el corazón de los sencillos, de los humildes, del pueblo de Dios”. En efecto, los que buscaban capturar a Jesús tenían miedo del pueblo que lo consideraba un profeta. Era “la multitud sencilla, que iba detrás de Jesús porque lo que Jesús decía hacía bien y caldeaba el corazón”. Esta gente “no usaba la Palabra de Dios para el propio interés”, sino que sencillamente “sentía y trataba de ser un poco más buena”.

A este punto el Papa sugirió pensar en “lo que podemos hacer nosotros para no matar la Palabra de Dios, para no adueñarnos de esta palabra, para ser dóciles, para no enjaular al Espíritu Santo”. E indicó dos sencillos caminos: humildad y oración.

Ciertamente, destacó, no era humilde “esta gente que no aceptaba la Palabra de Dios, pero decía: sí, la Palabra de Dios es esta, pero la interpreto según mi interés”. Con este modo de obrar “eran soberbios, eran suficientes, eran los “doctores” entre comillas”: personas que “creían tener todo el poder para cambiar el significado de la Palabra de Dios”. En cambio, “sólo los humildes tienen el corazón preparado para recibir la Palabra de Dios”. Pero es necesario precisar, evidenció, que “estaban también los buenos y humildes sacerdotes, humildes fariseos que habían recibido bien la Palabra de Dios: por ejemplo los Evangelios nos hablan de Nicodemo”. Por lo tanto, “la primera actitud para escuchar la Palabra de Dios” es la humildad, porque “sin humildad no se puede recibir la Palabra de Dios”. Y la segunda es la oración. Las personas de las que habla la parábola, en efecto, “no rezaban, no tenían necesidad de rezar: se sentían seguros, se sentían fuertes, se sentían dioses”.

Por lo tanto, “con la humildad y la oración sigamos adelante para escuchar la Palabra de Dios y obedecerle en la Iglesia”. Y, “así, no nos sucederá a nosotros lo que le pasó a esta gente: no mataremos para defender esa palabra que nosotros creemos que es la Palabra de Dios” sino que, en cambio, se ha convertido “en una palabra totalmente alterada por nosotros”.

Como conclusión, el Pontífice pidió “al Señor la gracia de la humildad, de contemplar a Jesús como el Salvador que nos habla: ¡me habla a mí! Cada uno de nosotros debe decir: ¡me habla a mí!”. Y “cuando leemos el Evangelio: ¡me habla a mí!”. De aquí la invitación a “abrir el corazón al Espíritu Santo que da fuerza a esta Palabra” y a “rezar, rezar mucho para tener la docilidad de recibir esta palabra y obedecerle”.

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Homilía del 5 de octubre de 2014

El profeta Isaías y el Evangelio de hoy usan la imagen de la viña del Señor. La viña del Señor es su «sueño», el proyecto que él cultiva con todo su amor, como un campesino cuida su viña. La vid es una planta que requiere muchos cuidados.

El «sueño» de Dios es su pueblo: Él lo ha plantado y lo cultiva con amor paciente y fiel, para que se convierta en un pueblo santo, un pueblo que dé muchos frutos buenos de justicia.

Sin embargo, tanto en la antigua profecía como en la parábola de Jesús, este sueño de Dios queda frustrado. Isaías dice que la viña, tan amada y cuidada, en vez de uva «dio agrazones» (5,2.4); Dios «esperaba derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos» (v. 7). En el Evangelio, en cambio, son los labradores quienes desbaratan el plan del Señor: no hacen su trabajo, sino que piensan en sus propios intereses.

Con su parábola, Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a los «sabios», a la clase dirigente. A ellos ha encomendado Dios de manera especial su «sueño», es decir, a su pueblo, para que lo cultiven, se cuiden de él, lo protejan de los animales salvajes. El cometido de los jefes del pueblo es éste: cultivar la viña con libertad, creatividad y laboriosidad.

Pero Jesús dice que aquellos labradores se apoderaron de la viña; por su codicia y soberbia, quieren disponer de ella como quieran, quitando así a Dios la posibilidad de realizar su sueño sobre el pueblo que se ha elegido.

La tentación de la codicia siempre está presente. También la encontramos en la gran profecía de Ezequiel sobre los pastores (cf. cap. 34), comentada por san Agustín en su célebre discurso que acabamos de leer en la Liturgia de las Horas. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con un dedo (cf. Mt 23,4).

También nosotros estamos llamados en el Sínodo de los Obispos a trabajar por la viña del Señor. Las Asambleas sinodales no sirven para discutir ideas brillantes y originales, o para ver quién es más inteligente... Sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo. En este caso, el Señor nos pide que cuidemos de la familia, que desde los orígenes es parte integral de su designio de amor por la humanidad.

Somos todos pecadores y también nosotros podemos tener la tentación de «apoderarnos» de la viña, a causa de la codicia que nunca falta en nosotros, seres humanos. El sueño de Dios siempre se enfrenta con la hipocresía de algunos servidores suyos. Podemos «frustrar» el sueño de Dios si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo. El Espíritu nos da esa sabiduría que va más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad.

Hermanos sinodales, para cultivar y guardar bien la viña, es preciso que nuestro corazón y nuestra mente estén custodiados en Jesucristo por la «paz de Dios, que supera todo juicio» (Flp 4,7). De este modo, nuestros pensamientos y nuestros proyectos serán conformes al sueño de Dios: formar un pueblo santo que le pertenezca y que produzca los frutos del Reino de Dios (cf. Mt 21,43).

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BENEDICTO XVI - Ángelus 2005 y 2011

2005

Octubre, mes del Rosario y de las Misiones

Queridos hermanos y hermanas:

(…) Juan Pablo II quiso dedicar a la Eucaristía un Año entero, que se clausurará precisamente al final de la Asamblea sinodal, el próximo 23 de octubre, después de tres semanas, el domingo en que se celebrará la Jornada mundial de las misiones.

Esta coincidencia nos ayuda a contemplar el misterio eucarístico desde la perspectiva misionera. En efecto, la Eucaristía es el centro propulsor de toda la acción evangelizadora de la Iglesia, en cierto sentido, como lo es el corazón en el cuerpo humano. Las comunidades cristianas, sin la celebración eucarística con la que se alimentan en la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, perderían su auténtica naturaleza: sólo siendo “eucarísticas” pueden transmitir a Cristo a los hombres, y no únicamente ideas o valores, por nobles e importantes que sean.

La Eucaristía ha forjado a insignes apóstoles misioneros, en todos los estados de vida: obispos, sacerdotes, religiosos, laicos; santos de vida activa y contemplativa. Pensemos, por una parte, en san Francisco Javier, a quien el amor de Cristo impulsó hasta el Lejano Oriente para anunciar el Evangelio; por otra, en santa Teresa de Lisieux, joven carmelita, cuya memoria celebramos precisamente ayer. Vivió en la clausura su ardiente espíritu apostólico, mereciendo ser proclamada, junto con san Francisco Javier, patrona de la actividad misionera de la Iglesia. Invoquemos su protección sobre los trabajos sinodales, así como la de los ángeles custodios, que hoy recordamos.

Oremos con confianza sobre todo a la santísima Virgen María, a la que el próximo día 7 de octubre veneraremos con el título de Virgen del Rosario. El mes de octubre está dedicado al santo rosario, singular oración contemplativa con la que, guiados por la Madre celestial del Señor, fijamos nuestra mirada en el rostro del Redentor, para ser configurados con su misterio de alegría, de luz, de dolor y de gloria. Esta antigua oración está experimentando un nuevo florecimiento providencial, también gracias al ejemplo y a la enseñanza del amado Papa Juan Pablo II. Os invito a releer su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae y poner en práctica sus indicaciones en el ámbito personal, familiar y comunitario. A María le encomendamos los trabajos del Sínodo: que ella lleve a toda la Iglesia a una conciencia cada vez más clara de su misión al servicio del Redentor realmente presente en el sacramento de la Eucaristía.

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2011

La vital relación con Cristo, piedra angular

¡Queridos hermanos y hermanas!

El Evangelio de este domingo se cierra con una amonestación de Jesús, particularmente severa, dirigida a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del Pueblo: “Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos” (Mt 21,43). Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con función de autoridad, e impulsan a renovar la plena fidelidad a Cristo. Él es “la piedra que los constructores desecharon”, (cf. Mt 21,42), porque lo han juzgado enemigo de la ley y peligroso para el orden público, pero Él mismo, rechazado y crucificado, ha resucitado, convirtiéndose en la “piedra angular” en la que se pueden apoyar con absoluta seguridad los fundamentos de cada existencia humana y del mundo entero. De esta verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los cuales un hombre había confiado su propia viña para que la cultivaran y recogieran los frutos. El propietario de la viña representa a Dios mismo, mientras la viña simboliza a su pueblo, así como la vida que Él nos dona para que, con su gracia y nuestro compromiso, hagamos el bien. San Agustín comenta que “Dios nos cultiva como un campo para hacernos mejores” (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto para sus amigos, pero por desgracia la respuesta del hombre se orienta muy a menudo a la infidelidad, que se traduce en rechazo. El orgullo y el egoísmo impiden reconocer y acoger incluso el don más valioso de Dios: su Hijo unigénito. Cuando, de hecho, “les envió a su hijo –escribe el evangelista Mateo−… [los labradores] agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron” (Mt 21,37.39). Dios se pone en nuestras manos, acepta hacerse misterio insondable de debilidad y manifiesta su omnipotencia en la fidelidad a un designio de amor, que al final prevé también la justa punición para los malvados. (cf. Mt 21,41).

Firmemente anclados en la fe en la piedra angular que es Cristo, permanezcamos en Él como el sarmiento que no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid. Solamente en Él, por Él y con Él se edifica la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. Al respecto escribió el Siervo de Dios Pablo VI: “El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma es el renovado descubrimiento de su vital relación con Cristo. Cosa conocidísima, pero fundamental, indispensable y nunca bastante sabida, meditada y exaltada”. (Enc. Ecclesiam suam, 6 agosto 1964: AAS 56 [1964], 622).

Queridos amigos, el Señor es siempre cercano y operante en la historia de la humanidad, y nos acompaña también con la singular presencia de sus Ángeles, que hoy la Iglesia venera como “Custodios”, es decir, ministros de la divina premura por cada hombre. Desde el inicio hasta la hora de la muerte, la vida humana está rodeada de su incesante protección. Y los Ángeles coronan a la Augusta Reina de las Victorias, la Bienaventurada Virgen María del Rosario, que en el primer domingo de octubre, precisamente en estos momentos, desde el Santuario de Pompeya y desde el mundo entero, acoge la súplica ferviente para que sea abatido el mal y se revele, en plenitud, la bondad de Dios.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Se os quitará a vosotros el reino de Dios

También el Evangelio de este Domingo está establecido por una parábola. Un hombre, dice Jesús, tenía una viña, que había plantado él mismo, ya la que le dedicaba todos sus cuidados. En la época de la vendimia, envió a sus siervos a recoger los frutos. Pero ¿qué sucedió? Los viñadores mataron a algunos de los siervos y a otros los apalearon. Mandó a otros, que terminaron lo mismo. Le faltaba sólo el hijo. Pensó: al menos, tendrán respeto por mi hijo. Aquí es necesario atenerse al texto exacto, porque éste deja ya filtrarse la realidad histórica, a la que se alude:

«Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”, Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron».

La alusión a Jesús, que de allí a poco será arrestado, llevado fuera de la ciudad y crucificado es bastante clara. Como en muchos otros casos, Jesús les deja sacar la conclusión a los oyentes:

«Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos».

El sentido es evidente: se habla del así llamado «rechazo de Israel», que en la Biblia está frecuentemente simbolizado por la viña. Pero, Jesús lo explicita diciendo:

«Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Precisamente, en esta primera semana de octubre coincide la jornada que, a partir del histórico encuentro del Papa en Asís, en 1986, viene dedicada cada año al diálogo entre las diversas religiones. Es, por lo tanto, la ocasión propicia para ocuparnos una buena vez del tema del así llamado «rechazo de Israel», que tantas veces aparece en los Evangelios y, más en general, de la relación entre cristianos y hebreos.

Una interpretación simplista y triunfalista de ésta y de otras semejantes páginas del Evangelio ha contribuido a crear el clima de condenación de los hebreos, que ha llevado a las trágicas consecuencias, que ya sabemos. No hemos de abandonar las certezas de fe, que nos vienen del Evangelio; pero, basta poco para darnos cuenta de cuánto nuestra actitud haya disfrazado frecuentemente el genuino espíritu del mismo Evangelio.

Ante todo, en las terribles palabras de Cristo: «Se os quitará a vosotros el reino de Dios,..» está expresado el extraordinario amor de Dios para Israel, y que no es una fría condenación. Es una «pasión de amor», la que se desarrolla entre Cristo e Israel. Él dijo un día que no había sido enviado más que «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 15,24).

Se trata, además, de un rechazo pedagógico, no definitivo. De igual forma en el Antiguo Testamento había habido rechazos de Dios, como el que concluyó con el exilio en Babilonia. Uno está descrito por Isaías, en la primera lectura de hoy, con la misma imagen de la viña («Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen»). Pero, esto no le ha impedido a Dios continuar amando a Israel y vigilando sobre él.

San Pablo nos asegura que asimismo este último rechazo, anunciado por Jesús, no será definitivo. Es más, misteriosamente, deberá servir para permitir a los paganos entrar en el reino. «¿Es que, escribe, han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo!» (Romanos 11,11). Es más, el apóstol hace entrever la futura reconciliación entre Israel y los cristianos como una especie de resurrección de los muertos (cfr. Romanos 11, 11. 15). Él va incluso más allá. Dice que «si las primicias son santas, también la masa; y si la raíz es santa también las ramas» (Romanos 11, 16). Por la fe de Abrahán, que es la primicia y la raíz, todo el pueblo hebreo es santo, a pesar de que algunas ramas, dice el Apóstol, han venido a menos.

Precisamente, Pablo, creído erróneamente como el actor de la ruptura entre Israel y la Iglesia, es el que nos sugiere la actitud justa frente al drama del pueblo hebreo. No auto-seguridad y necia vanagloria («¡somos nosotros ahora el nuevo Israel, nosotros los elegidos»: cfr. Efesios 2,13), sino más bien temor y temblor ante el insondable misterio del actuar divino («el que crea estar en pie, mire no caiga»: 1 Corintios 10, 12), Y más aún amor hacia Israel, que es «la raíz que nos sostiene» (Romanos 11, 18). Escuchad qué es lo que él tiene la valentía de decir a propósito de los hebreos:

«Digo la verdad en Cristo, no miento, mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo maldito, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-3).

Si todos los cristianos en el pasado se hubieran preocupado de tener en el corazón estos mismos sentimientos al hablar de los hebreos, la historia hubiera tenido un curso bien distinto. Yo recuerdo la experiencia que tuve hace unos años en el avión, que me llevaba en peregrinación a Tierra Santa. De golpe, leyendo el Evangelio, me di cuenta que debía cambiar totalmente de actitud en relación con los hebreos, que en aquellos años estaban atacados por todas partes a causa del espinoso problema palestino. Debía en breve «convertirme a Israel». Amarlo. Entendí que la hostilidad de un cristiano hacia los hebreos hiere ante todo al propio Jesús. «Porque, está escrito, nadie aborrece jamás su propia carne» (Efesios 5,29) Y los hebreos son consanguíneos de Jesús según la carne. Jesús amaba profundamente a su pueblo. Él lloró por la ruina inminente de Jerusalén (cfr. Lucas 19,41ss.) y no se alegró como de una revancha.

No se puede simplemente identificar hebraísmo con el estado de Israel, aunque ambas cosas no se puedan ni siquiera separar. Uno puede no aprobar ciertos aspectos de la política israelita en relación con los palestinos, sin que por ello cese de sentirse solidario con Israel, como realidad histórica y espiritual.

Si los hebreos un día deberán llegar (como Pablo nos dice que lo espera) a un juicio más positivo sobre Jesús, esto deberá tener lugar a través de un proceso interno, como aproximación de una búsqueda propia (cosa esta, que en parte está sucediendo). No podemos ser nosotros los cristianos a solicitarlo desde fuera, esto es, a buscar el convertirles. Hemos perdido el derecho a hacerlo por el modo con que estas cosas han ocurrido en el pasado. Antes deberán ser resanadas las heridas mediante el diálogo y la reconciliación. Yo no comprendo cómo un cristiano, que ame verdaderamente a Israel, pueda no desear que llegue un día en que éste descubra a Jesús, que se define en el Evangelio «gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2, 32). No creo que esto sea hacer proselitismo. Pero, por el momento, la cosa más importante es remover los obstáculos, que hemos interpuesto a esta reconciliación, la «mala luz» en que hemos puesto a Jesús ante sus ojos. También los obstáculos presentes en nuestro lenguaje. Cuántas veces, sin que nos demos cuenta, la palabra «hebreo o judío» viene utilizada en sentido despreciativo o, al menos, negativo según nuestro modo de hablar.

A partir del concilio Vaticano II, las relaciones entre cristianos y hebreos han cambiado a mejor rápidamente. El decreto sobre el ecumenismo ha reconocido a Israel un estatuto aparte entre las religiones (cfr. Decreto Unitatis redintegratio). El hebraísmo, para un cristiano, no es simplemente «otra religión»; es parte integrante de nuestra misma religión. En efecto, adoramos al mismo «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob», que para nosotros los cristianos es igualmente «el Dios de Jesucristo».

Visitando la sinagoga de Roma, Juan Pablo II llamó a los hebreos «nuestros hermanos mayores». Por todas partes se multiplican las iniciativas de un diálogo constructivo. No podemos más que dar gracias al Espíritu Santo por este cambio y augurarnos que continúe y que del diálogo hebreo-cristiano se pase a una verdadera amistad hebreo-cristiana.

Hoy dirijo mi saludo final a lo que se lee en la carta a los Gálatas de san Pablo y que pronuncio dirigido idealmente a todo el mundo hebreo en Italia y fuera de ella:

«Paz y misericordia, lo mismo... para el Israel de Dios» (Gálatas 6, 16).

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FLUVIUM (www.fluvium.org)

El peligro del propio criterio

 

Ni que decir tiene que esta parábola del Señor, como todas, tiene numerosas aplicaciones para nosotros. Nos fijaremos en esta ocasión únicamente en la actitud de aquellos malos empleados del señor, dueño de la viña. Como otras veces, Jesús toma ocasión de una mala conducta para hacernos ver que espera de los hombres algo muy distinto de lo que realmente le damos. Aquellos sirvientes, a pesar de que tenían gracias a su señor la oportunidad de ocuparse en algo noble, desperdician esa ocasión y se comportan de un modo inicuo. Podían haber ennoblecido su vida, dedicados a algo valioso, a la medida de su señor; tanto más noble y valioso, cuanto mayor era la grandeza del señor –que confiaba en ellos– y más superaba en categoría a los empleados. Cualquier plan del señor siempre tendría más relevancia que el más interesante de los planes personales de uno de los siervos; y los ideales, las ilusiones del dueño satisfechas tenían capacidad para enriquecer colmadamente, también al más exigente de sus empleados.

“Es que no son mis ideales, no son esas mis ilusiones, son los planes de mi señor, cosas sólo suyas”, podría objetar con despego uno de aquellos trabajadores. En ese mismo momento de rebeldía, a quien en verdad minusvalora al consentir en tal pensamiento, es al señor, dueño de la viña. No olvidemos que ha ofrecido a algunos de sus siervos, por pura liberalidad, la enriquecedora oportunidad de ocuparse en sus propias cosas, y recibir después su recompensa. Ha organizado las cosas muy bien, para que puedan trabajar en las mejores condiciones: plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre... Muy posiblemente, de otro modo, estarían aquellos trabajadores desempleados y, como consecuencia, padeciendo necesidad. En cambio, gracias a su señor, disponen de los medios para trabajar y tienen la oportunidad de desarrollar una buena tarea.

No queramos ser nosotros como ellos, porque la parábola retrata a bastantes que no son capaces de descubrir como voluntad de Dios sus obligaciones familiares, profesionales, de convivencia, etc. Y quizá tampoco caen en la cuenta de que no se han autoconcedido –por ejemplo– las capacidades físicas e intelectuales de que disponen, al igual que los labradores de la parábola los instrumentos de trabajo: la viña, la torre, el lagar... Piensan, tal vez, que ese modo de comportarse, en lo que deben hacer, es únicamente cosa suya. No consideran que vivimos en el mundo “contratados” por Dios que, en su liberalidad, como los trabajadores de la viña, se ha dirigido a cada uno ocupándonos en sus cosas. Bastantes consideran, incluso, que será correcto lo que hagan si se sienten independientes, pues, con contar con su propio criterio es más que suficiente. Ese personal criterio queda convertido, para los más imprudentes, en norma del buen obrar, propio y ajeno. Quizá no se dan cuenta, pero pretenden convertirse en autores del bien y del mal suplantando a Dios.

Podemos meditar, poniéndolos bajo la intercesión del Espíritu Santo, sobre cómo en nuestra vida utilizamos las muchas ocasiones que nos ha concedido Dios para servirle. Porque es esto algo que caracteriza al hombre, raíz de nuestra dignidad y, sin embargo, podemos tenerlo poco en cuenta. En efecto, habiéndonos creado personas y, por tanto, superiores a los demás seres terrenos, Dios nos hizo capaces de Él. Para desarrollar esta capacidad contamos con una serie de cualidades, son los talentos –de los que habla Jesucristo en numerosas ocasiones–, que debemos utilizar según su querer, puesto que nos los concedió por amor al hombre, y para que con ellos pudiéramos corresponder a ese amor que Él nos ha tenido primero.

¡Qué gran injusticia utilizar astutamente, sólo en provecho propio, lo que nos ha otorgado para ser grandes en su presencia amándole! En la que parábola evangélica los malos servidores manifiestan el desprecio a su señor, llegando a dar muerte a varios de los siervos fieles que les envía, incluso a su propio hijo. Así ha sucedido también en nuestro mundo. No pocas veces han sido despreciados los ministros del Evangelio, y hasta han llegado a perecer por ser fieles a Cristo. De hecho, matan a Nuestro Señor –vuelven a crucificarle, diría san Pablo– cada vez que cometen un pecado mortal. Pidamos Luz del Cielo para valorar, como es debido, la gravedad de cada indiferencia a los Mandamientos, al Evangelio. “¡Que entendamos un poco más, Señor, que lo interesante de verdad es cumplir tu Voluntad, precisamente porque es Tuya!”.

En esto, como en todo, nuestra Madre es el punto de referencia infalible. María no tiene otra voluntad que la que en cada instante descubre de su amoroso Creador y Señor. También cada uno, como hijos, nos sabemos muy queridos por Dios y deseamos, como Ella, amarle ante todo con la realidad de nuestra vida. Pedimos, por eso, a esta Madre buena, que nos conserve desprendidos de los criterios propios egoístas y nos haga admirar el parecer de Dios.


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