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Diumenge XVII del Temps Ordinari (cicle A): com es pot descobrir el Regne dels Cels?

Les breus semblances proposades per la litúrgia d'avui són la conclusió del capítol de l'Evangeli de Mateu dedicat a les paràboles del regne de Déu (13, 44-52). Entre elles hi ha dues petites obres mestres: les paràboles del tresor amagat en el camp i la perla de gran valor. Elles ens diuen que el descobriment del regne de Déu pot arribar improvisadament com va succeir al camperol, que llaurant va trobar el tresor inesperat; o bé després d'una llarga cerca, com va ocórrer al comerciant de perles, que al final va trobar la perla preciosíssima que somiava des de feia temps.

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 67, 6. 7. 36

Dios habita en su santuario; Él nos hace habitar juntos en su casa; es la fuerza y el poder de su pueblo.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, protector de los que en ti confían, sin ti, nada es fuerte, ni santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia para que, bajo tu dirección, de tal modo nos sirvamos ahora de los bienes pasajeros, que nuestro corazón esté puesto en los bienes eternos. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Por haberme pedido sabiduría.

Del primer libro de los Reyes: 3, 5-13

En aquellos días, el Señor se le apareció al rey Salomón en sueños y le dijo: “Salomón, pídeme lo que quieras, y yo te lo daré”.

Salomón le respondió: “Señor, tú trataste con misericordia a tu siervo David, mi padre, porque se portó contigo con lealtad, con justicia y rectitud de corazón. Más aún, también ahora lo sigues tratando con misericordia, porque has hecho que un hijo suyo lo suceda en el trono. Sí, tú quisiste, Señor y Dios mío, que yo, tu siervo, sucediera en el trono a mi padre, David. Pero yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?”

Al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría y le dijo: “Por haberme pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Te voy a conceder, además, lo que no me has pedido: tanta gloria y riqueza, que no habrá rey que se pueda comparar contigo”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130.

R/. Yo amo, Señor, tus mandamientos.

A mí, Señor, lo que me toca es cumplir tus preceptos. Para mí valen más tus enseñanzas que miles de monedas de oro y plata. R/.

Señor, que tu amor me consuele, conforme a las promesas que me has hecho. Muéstrame tu ternura y viviré, porque en tu ley he puesto mi contento. R/.

Amo, Señor, tus mandamientos más que el oro purísimo: por eso tus preceptos son mi guía y odio toda mentira. R/.

Tus preceptos, Señor, son admirables, por eso yo los sigo. La explicación de tu palabra da luz y entendimiento a los sencillos. R/.

SEGUNDA LECTURA

Nos predestina para que reproduzcamos en nosotros mismos la imagen de su Hijo.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 8, 28-30

Hermanos: Ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él, según su designio salvador.

En efecto, a quienes conoce de antemano, los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica; y a quienes justifica, los glorifica. Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Mt 11, 25

R/. Aleluya, aleluya.

Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla. R/.

EVANGELIO

Vende cuanto tiene y compra aquel campo.

+ Del santo Evangelio según san Mateo: 13, 44-52

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.

También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, los dones que por tu generosidad te presentamos, para que, por el poder de tu gracia, estos sagrados misterios santifiquen toda nuestra vida y nos conduzcan a la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 102, 2

Bendice alma mía al Señor, y no te olvides de tus beneficios.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Habiendo recibido, Señor, el sacramento celestial, memorial perpetuo de la pasión de tu Hijo, concédenos que este don, que él mismo nos dio con tan inefable amor, nos aproveche para nuestra salvación eterna. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Concede a tu siervo un corazón dócil (1 R 3,5.7-12)

1ª lectura

El rasgo más importante del rey Salomón es su sabiduría de la que se hará eco nuestro Señor Jesucristo (cfr. Mt 12,42). El autor sagrado muestra ahora el origen y las manifestaciones de aquella sabiduría: es un don de Dios a petición del rey (3,12-14) y se manifestará en la administración de la justicia (3,16-28) y en la organización de la corte y del reino, es decir, en las tareas propias del rey (4,1-5,4).

Gabaón, a unos 10 km. al noroeste de Jerusalén, pertenecía a la tribu de Benjamín (cfr. Jos 18,25) y era una de las ciudades otorgadas a los levitas (cfr. Jos 21,17) en la que, según el libro de las Crónicas, había quedado el Tabernáculo del desierto (cfr. 1 Cro 21,29). Que Dios le hable allí a Salomón significa también que el Señor le ratifica como rey de Israel.

La petición de Salomón agrada a Dios porque está hecha con humildad (v. 7) y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo (vv. 9-14). Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición: «El mismo Maestro y Señor de todas las cosas enseñó y mandó lo que se ha de pedir a Dios y con qué orden debe hacerse; porque, siendo la oración la que indica y expresa nuestros deseos y peticiones, entonces pedimos debidamente y con método, cuando el orden de las peticiones sigue el orden de las cosas que deben apetecerse. Ahora bien, la verdadera caridad nos enseña que dirijamos a Dios toda nuestra vida y nuestros deseos; el cual siendo el sumo Bien, por necesidad debe ser amado con amor sumo y especial. Y no puede Dios ser amado de corazón y exclusivamente, si su gloria y honor no se prefieren a todas las cosas y criaturas; porque todos los bienes, así los nuestros como los ajenos, y en suma, todo cuanto se designa con el nombre de bien, debe estar subordinado al Bien sumo, como procedente de Él» (Catecismo Romano 4,10,1).

Todo coopera para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28-30)

2ª lectura

Nada del porvenir es dejado por Dios al acaso. Elección, predestinación, llamamiento, justificación y glorificación forman parte de su designio salvador: «Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (v. 28). El sentido de la filiación divina nos hace descubrir que los acontecimientos de nuestra vida están dirigidos por la amable Voluntad de Dios y nos llena de esperanza y paz.

Las palabras inspiradas del Apóstol son punto de apoyo del sentido de filiación divina en la vida y en la catequesis de San Josemaría Escrivá, quien enseñó a vivirlo a millares de personas: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. —Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando. (...) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que esta junto a nosotros y en los cielos (Camino, n. 267). La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo (Es Cristo que pasa, n. 65). Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades. —Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso (...). Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos. —Omnia in bonum!» (Via Crucis 9,4).

El tesoro escondido (Mt 13,44-52)

Evangelio

Con las parábolas del tesoro escondido y de la perla (vv. 44-46) Jesús presenta el valor supremo del Reino de los Cielos y la actitud del hombre para alcanzarlo. Hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone búsqueda. En todo caso, siempre se exige generosidad por parte del hombre porque Dios «nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 1,2). La vida en el Reino, en seguimiento de Cristo, es ardua, pero el fruto merece la pena: «El tesoro ha estado escondido porque debía ser también comprado el campo. En efecto, por el tesoro escondido en el campo, se entiende Cristo encarnado, que se encuentra gratuitamente. (...) Pero no hay otro modo de utilizar y poseer ese tesoro con el campo, si no es pagando, ya que no se pueden poseer las riquezas celestiales sin sacrificar el mundo» (S. Hilario de Poitiers, Commentarius in Mattheum 13,7).

Una idea semejante a la expuesta en la parábola de la cizaña se recoge bajo la imagen de la red barredera (vv. 47-50). El Reino de los Cielos, como la Iglesia, convoca a todos, aunque algunos no se muestren dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Es la misma idea que se expresa en la parábola de los invitados a las bodas (22,1-14), donde se invita a todos, «malos y buenos» (22,10), pero donde se dice explícitamente que hay que mostrarse digno para ser no sólo «llamado» sino también «elegido».

Los discípulos entienden al Señor (v. 51) y por eso se pueden convertir en los escribas del nuevo Israel (v. 52). Si comprenden a Cristo, las cosas antiguas —la Ley de Moisés— y las cosas nuevas —Jesús y la nueva Ley enseñada por Él— serán eficaces para su misión evangelizadora, porque Cristo «siempre es nuevo, porque siempre renueva la mente, y nunca se hace viejo, porque no se marchitará jamás» (S. Bernardo, In vigilia Nativitatis Domini, Sermo 6,6).

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

El escriba que hace fructificar su tesoro

La lectura evangélica nos propone investigar y explicara vuestra caridad, en cuanto nos ilumine el Señor, quién es el escriba erudito en el reino de Dios, semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y añejas. Así terminaba la lectura misma: con las cosas nuevas y añejas del escriba erudito. Sabido es a quiénes llamaban escribas los antiguos, según la costumbre de nuestras Escrituras; a saber, a los que profesaban la ciencia de la Ley. Esos eran llamados escribas en aquel pueblo, y no estos que hallamos en las oficinas de los jueces o en la costumbre de las ciudades. Debemos iniciarnos provechosamente en la escuela y saber con qué significado tomamos las palabras de la Escritura. Quizá al oír en la Escritura algo que en el uso secular tiene otro significado, yerra el que escucha, y pensando según su costumbre, no entiende lo que oyó. Escribas eran, pues, los que profesaban la ciencia de la Ley; a ellos tocaba guardar, estudiar, escribir o entender los libros de la Ley.

Nuestro Señor Jesucristo los reprendió, porque guardan las llaves del reino de los cielos y no entran ni permiten entrar a los demás; así reprendió a los fariseos y escribas, doctores de la Ley de los judíos. De ellos dijo en otro lugar: Hacedlo que dicen, pero no hagáis lo que hacen, pues dicen y no hacen. ¿Por qué se os dice: Dicen y no hacen, sino porque hay algunos en los que aparece lo que dice el Apóstol: Tú que predicas que no hay que robar, robas; tú que dices que no hay que cometer adulterio, lo cometes; tú que aborreces los ídolos, cometes sacrilegio; te glorias en la Ley y deshonras a Dios por la prevaricación de la Ley. Pues por culpa vuestra es blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles? Sin duda es claro que a ellos se refiere el Señor al afirmar Dicen y no hacen. Son escribas, pero no eruditos en el reino de Dios.

Quizá diga alguno de vosotros: ¿Cómo puede un mal hombre decir cosas buenas, pues dice el mismo Señor, según está escrito: El buen hombre del tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo saca del tesoro de su corazón cosas malas? Hipócritas, ¿cómo podéis hablar bien, siendo malos? Por eso dice: ¿Cómo podéis hablar bien, siendo malos? Por eso dice: Haced lo que dicen, no hagáis lo que hacen, pues dicen y no hacen. Si dicen y no hacen, son malos. Y si son malos, no pueden hablar bien; ¿cómo haremos lo que les oímos decir, pues no podremos oírles decir cosas buenas? Vea vuestra santidad cómo se resuelve ese problema. Lo que el hombre malo saca de sí mismo, es malo; lo que el hombre malo saca de su corazón, es malo, pues el tesoro es malo. Lo que el hombre bueno saca de su corazón es bueno, pues el tesoro es bueno. ¿Pues de dónde sacaban aquellos malos las cosas buenas? Porque se sentaban en la cátedra de Moisés. Si no hubiese dicho antes que se sientan en la cátedra de Moisés, nunca hubiese ordenado escuchar a los malos. Una cosa es la que sacaban del arca mala de su corazón, y otra la que sacaban de la cátedra de Moisés, como pregoneros del juez. Lo que dice el pregonero, no se atribuye al pregonero si lo dice ante el juez. Una cosa es la que el pregonero dice en su casa, y otra cuando repite lo que le dice el juez. Lo quiera o no, el pregonero tiene que anunciar el castigo, aunque se trate de su amigo. Lo quiera o no, tiene que anunciar la sentencia de absolución, aunque sea de su enemigo. Cuando saca la voz de su corazón, absuelve al amigo y castiga al enemigo. Cuando la recoge de la silla del juez, castiga al amigo y absuelve al enemigo. Dame la voz de los escribas extraída del corazón de ellos; oirás comamos y bebamos, que mañana moriremos. Dame la de la cátedra de Moisés, oirás no matarás, no adulterarás, no robarás no levantarás falso testimonio; honra al padre y a la madre; o bien amarás a tu prójimo como a ti mismo. Tú haz lo que se toma de la cátedra por boca de los escribas, y no lo que sale del corazón de los mismos. Así complementarás ambas sentencias del Señor y no serás obediente en una y reo en otra; ya entiendes que ambas concuerdan, y ves que es verdad, que el buen hombre de la buena arca de su corazón saca cosas buenas, y el malo saca del arca mala malas cosas, pero también, que aquellos escribas no hablan cosas buenas del tesoro de su corazón, pero pueden hablarlas del tesoro de la cátedra de Moisés.

Así no te turbarán aquellas palabras del Señor, que dice: Todo árbol es conocido por el fruto. ¿Acaso se recogen uvas de la zarza o higos del abrojo? Los escribas y fariseos de los judíos eran, pues, zarzas y abrojos, y, sin embargo, Hacedlo que dicen, pero no hagáis lo que hacen. Se recogen entonces uvas de la zarza e higos del abrojo, como podrías entender según lo que antes discutimos. A veces en un seto de zarzas se entrelazan los sarmientos de la parra y de la zarza penden los racimos. Al oír que se habla de zarzas, quizá desprecias la uva. Busca la raíz de la zarza y mira lo que encuentras. Sigue la raíz del racimo que cuelga y mira dónde lo encuentras. Y entiende que lo uno pertenece al corazón del fariseo y lo otro a la cátedra de Moisés.

¿Por qué son así ellos? Porque ha caído un velo sobre su corazón. Y no ven que lo antiguo pasó y que todo ha sido hecho nuevo. Por eso eran así como son todavía hoy. ¿Por qué decimos antiguo? Porque se predica hace ya mucho tiempo. ¿Y por qué nuevo? Porque pertenece al reino de Dios. El mismo Apóstol dice cómo se levanta el velo: Cuando pases al Señor, se arrancará el velo. Por ende, el judío que no pasa al Señor, no alarga la mirada de la mente hasta el fin. Así en aquel tiempo y en esta figura, los hijos de Israel no tendían la mirada de sus ojos hasta el fin, esto es, al rostro de Moisés. Porque el rostro de Moisés, iluminado, era figura de la Verdad. Y hubo de ponerse un velo, ya que los hijos de Israel no podían todavía resistir el resplandor de su rostro. Esa figura terminó. Así lo dice el Apóstol: Eso terminó. ¿Por qué terminó? Porque al llegar el emperador, se retiran del medio las imágenes. Sólo se contempla la imagen allí donde el emperador no está presente. Pero cuando está él, a quien representa la imagen, se retira la imagen. Se adelantaban, pues, las imágenes, antes de que llegara el emperador, nuestro Señor Jesucristo. Retiradas las imágenes, brilla la presencia del emperador. Cuando alguien pasa al Señor, se le retira el velo. Sonaba la voz de Moisés al través del velo, pero no aparecía su rostro. Así, ahora la voz de Cristo les suena a los judíos en la voz de las Escrituras antiguas: oyen su voz, pero no ven el rostro del que habla. ¿Quieren que se retire el velo? Pasen al Señor. Y entonces las cosas antiguas no serán arrinconadas, sino que se guardarán en el arca, y así se logra un escriba erudito en el reino de Dios capaz de sacar de su arca cosas viejas y nuevas. Si las dice y no las hace, las saca de la cátedra, no del arca de su corazón. Y decimos la verdad a vuestra santidad: las cosas que sacamos del Antiguo Testamento se ilustran por el Nuevo, Y para eso se pasa al Señor, para retirar el velo.

Sermones 2º (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 74, 1-5, BAC Madrid 1983, 377-82

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FRANCISCO – Homilía 26.VII.14 y Ángelus 2014

Es necesario poner a Dios en el primer lugar de nuestra vida

Homilía 26.VII.14

Jesús se dirigía a quienes le escuchaban con palabras sencillas, que todos podían entender. También esta tarde —lo hemos escuchado— Él nos habla a través de breves parábolas, que hacen referencia a la vida cotidiana de la gente de esa época. Las semejanzas del tesoro escondido en el campo y la perla de gran valor tienen como protagonistas a un pobre jornalero y a un rico comerciante. El comerciante está desde siempre en búsqueda de un objeto de valor, que colme su sed de belleza, y da vueltas por el mundo, sin rendirse, con la esperanza de encontrar lo que está buscando. El otro, el campesino, nunca se alejó de su campo y hace el trabajo de siempre, con los mismos gestos cotidianos. Sin embargo, el resultado final es el mismo para los dos: el descubrimiento de algo precioso, para uno un tesoro, para el otro una perla de gran valor. Ambos se ven unidos por un mismo sentimiento: la sorpresa y la alegría de haber encontrado la satisfacción de todo deseo. Al final, no dudan los dos en vender todo para adquirir el tesoro que han encontrado. Mediante estas dos parábolas Jesús enseña qué es el reino de los cielos, cómo se le encuentra y qué hay que hacer para poseerlo.

¿Qué es el reino de los cielos? Jesús no se preocupa por explicarlo. Lo enuncia desde el comienzo de su Evangelio: «El reino de los cielos está cerca»; —también hoy está cerca, entre nosotros— sin embargo nunca lo deja ver directamente, sino siempre de manera indirecta, narrando el obrar de un propietario, de un rey, de diez vírgenes… Prefiere dejarlo intuir, con parábolas y semejanzas, manifestando sobre todo los efectos: el reino de los cielos es capaz de cambiar el mundo, como la levadura oculta en la masa; es pequeño y humilde como un granito de mostaza, que, sin embargo, llegará a ser grande como un árbol. Las dos parábolas sobre las cuales queremos reflexionar nos hacen comprender que el reino de Dios se hace presente en la persona misma de Jesús. Él es el tesoro escondido, es Él la perla de gran valor. Se comprende la alegría del campesino y del comerciante: ¡lo han encontrado! Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma la existencia y nos hace abiertos a las exigencias de los hermanos; una presencia que invita a acoger a cada una de las demás presencias, incluso la del extranjero y del inmigrante. Es una presencia acogedora, es una presencia alegre, es una presencia fecunda: así es el reino de Dios dentro de nosotros.

Vosotros podríais preguntarme: ¿Cómo se encuentra el reino de Dios? Cada uno de nosotros tiene un itinerario especial, cada uno de nosotros tiene su camino en la vida. Para alguno el encuentro con Jesús es algo esperado, deseado, buscado por largo tiempo, como nos lo muestra la parábola del comerciante que da vueltas por el mundo para encontrar algo de valor. Para otros ocurre de forma improvisa, casi por casualidad, como en la parábola del campesino. Esto nos recuerda que Dios se deja encontrar de una manera o de otra, porque es Él el primero que desea encontrarnos y el primero que busca encontrarnos: vino para ser el «Dios con nosotros». Y Jesús está entre nosotros, Él está aquí hoy. Lo dijo Él: cuando os reunís en mi nombre, yo estoy entre vosotros. El Señor está aquí, está con nosotros, está en medio de nosotros. Es Él quien nos busca, es Él quien se deja encontrar incluso por quien no lo busca. A veces Él se deja encontrar en sitios insólitos y en momentos inesperados. Cuando encontramos a Jesús quedamos fascinados, conquistados, y es una alegría dejar nuestro acostumbrado modo de vivir, tal vez árido y apático, para abrazar el Evangelio, para dejarnos guiar por la lógica nueva del amor y del servicio humilde y desinteresado. La Palabra de Jesús, el Evangelio. Os hago una pregunta, pero no quiero que la respondáis: ¿cuántos de vosotros leéis cada día un pasaje del Evangelio? Y cuántos de vosotros, tal vez, tenéis prisa por acabar el trabajo con el fin de no perder la telenovela… Tener el Evangelio entre las manos, tener el Evangelio sobre la mesilla, tener el Evangelio en la cartera, tener el Evangelio en el bolsillo y abrirlo para leer la Palabra de Jesús: así viene el reino de Dios. El contacto con la Palabra de Jesús nos acerca al reino de Dios. Pensadlo bien: un Evangelio pequeño siempre al alcance de la mano, se abre en un punto por casualidad y se lee lo que dice Jesús, y Jesús está allí.

¿Qué se puede hacer para poseer el reino de Dios? Sobre este punto Jesús es muy explícito: no basta el entusiasmo, la alegría del descubrimiento. Es necesario anteponer la perla preciosa del reino a cualquier otro bien terreno; es necesario poner a Dios en el primer lugar de nuestra vida, preferirlo a todo. Dar el primado a Dios significa tener el valor de decir no al mal, no a la violencia, no a los atropellos, para vivir una vida de servicio a los demás y en favor de la legalidad y del bien común. Cuando una persona descubre a Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios. Quien llega a ser amigo de Dios, ama a los hermanos, se compromete en salvaguardar su vida y su salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza. Sé que sufrís por estas cosas. Hoy, al llegar, uno de vosotros se acercó y me dijo: Padre tráiganos la esperanza. Pero yo no puedo daros la esperanza, yo puedo deciros que donde está Jesús allí está la esperanza; donde está Jesús se aman los hermanos, se comprometen en salvaguardar su vida y su salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza. Esta es la esperanza que nunca defrauda, la que nos da Jesús. Esto es particularmente importante en esta vuestra hermosa tierra que requiere ser tutelada y preservada, requiere tener el valor de decir no a toda forma de corrupción y de ilegalidad —todos conocemos el nombre de estas formas de corrupción y de ilegalidad—, pide a todos ser servidores de la verdad y asumir en cada situación el estilo de vida evangélico, que se manifiesta en la entrega de sí y en la atención al pobre y al excluido. ¡Dedicarse al pobre y al excluido! La Biblia está llena de estas exhortaciones. El Señor dice: vosotros hacéis esto y esto otro, a mí no me interesa, a mí me interesa que el huérfano esté atendido, que la viuda esté atendida, que el excluido sea acogido, que se proteja la creación. ¡Esto es el reino de Dios!

Santa Ana tal vez escuchó a su hija María proclamar las palabras del Magníficat, que María seguramente repitió muchas veces: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes» (Lc 1, 52-53). Que Ella os ayude a buscar el único tesoro, Jesús, y os enseñe a descubrir los criterios del obrar de Dios; Él invierte los juicios del mundo, viene en ayuda de los pobres y de los pequeños y colma de bienes a los humildes, que confían su vida a Él. Tened esperanza, la esperanza no defrauda. Y a mí me gusta repetiros: ¡no os dejéis robar la esperanza!

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Ángelus 2014

Leer el Evangelio es encontrar a Jesús

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las breves semejanzas propuestas por la liturgia de hoy son la conclusión del capítulo del Evangelio de Mateo dedicado a las parábolas del reino de Dios (13, 44-52). Entre ellas hay dos pequeñas obras maestras: las parábolas del tesoro escondido en el campo y la perla de gran valor. Ellas nos dicen que el descubrimiento del reino de Dios puede llegar improvisamente como sucedió al campesino, que arando encontró el tesoro inesperado; o bien después de una larga búsqueda, como ocurrió al comerciante de perlas, que al final encontró la perla preciosísima que soñaba desde hacía tiempo. Pero en un caso y en el otro permanece el dato primario de que el tesoro y la perla valen más que todos lo demás bienes, y, por lo tanto, el campesino y el comerciante, cuando los encuentran, renuncian a todo lo demás para poder adquirirlos. No tienen necesidad de hacer razonamientos, o de pensar en ello, de reflexionar: inmediatamente se dan cuenta del valor incomparable de aquello que han encontrado, y están dispuestos a perder todo con tal de tenerlo.

Así es para el reino de Dios: quien lo encuentra no tiene dudas, siente que es eso que buscaba, que esperaba y que responde a sus aspiraciones más auténticas. Y es verdaderamente así: quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!

Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano «al agua de rosas». Cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes pero eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte.

Leer el Evangelio. Leer el Evangelio. Ya hemos hablado de esto, ¿lo recordáis? Cada día leer un pasaje del Evangelio; y también llevar un pequeño Evangelio con nosotros, en el bolsillo, en la cartera, al alcance de la mano. Y allí, leyendo un pasaje encontraremos a Jesús. Todo adquiere sentido allí, en el Evangelio, donde encuentras este tesoro, que Jesús llama «el reino de Dios», es decir, Dios que reina en tu vida, en nuestra vida; Dios que es amor, paz y alegría en cada hombre y en todos los hombres. Esto es lo que Dios quiere, y esto es por lo que Jesús entregó su vida hasta morir en una cruz, para liberarnos del poder de las tinieblas y llevarnos al reino de la vida, de la belleza, de la bondad, de la alegría. Leer el Evangelio es encontrar a Jesús y tener esta alegría cristiana, que es un don del Espíritu Santo.

Queridos hermanos y hermanas, la alegría de haber encontrado el tesoro del reino de Dios se transparenta, se ve. El cristiano no puede mantener oculta su fe, porque se transparenta en cada palabra, en cada gesto, incluso en los más sencillos y cotidianos: se trasluce el amor que Dios nos ha donado a través de Jesús. Oremos, por intercesión de la Virgen María, para que venga a nosotros y a todo el mundo su reino de amor, justicia y paz.

BENEDICTO XVI – Ángelus 2011

El ejemplo del sabio Salomón

Queridos hermanos y hermanas

Hoy, en la Liturgia, la Lectura del Antiguo Testamento nos presenta la figura del rey Salomón, hijo y sucesor de David. Nos lo presenta al principio de su reinado, cuando era aún jovencísimo. Salomón heredó una tarea muy comprometida, y la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros era grande para un joven soberano. En primer lugar, él ofreció a Dios un solemne sacrificio – “mil holocaustos”, dice la Biblia. Entonces el Señor se le apareció en visión nocturna y prometió concederle lo que pidiera en la oración. Y aquí se ve la grandeza de alma de Salomón: él no pide una larga vida, ni riquezas, ni la eliminación de sus enemigos: dice en cambio al Señor: “Concede entonces a tu servidor un corazón dócil, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (1 Re 3,9). Y el Señor se lo concedió, de modo que Salomón llegó a ser célebre en todo el mundo por su sabiduría y sus rectos juicios.

Él, por tanto, pidió a Dios que le concediera “un corazón dócil” ¿Qué significa esta expresión? Sabemos que el “corazón” en la Biblia no indica solo una parte del cuerpo, sino el centro de la persona, la sede se sus intenciones y de sus juicios. Podríamos decir: la conciencia. “Corazón dócil” entonces significa una conciencia que sabe escuchar, que es sensible a la voz de la verdad, y por esto es capaz de discernir el bien del mal. En el caso de Salomón, la petición está motivada por la responsabilidad de guiar una nación, Israel, el pueblo que Dios eligió para manifestar al mundo su designio de salvación. El rey de Israel, por tanto, debe buscar estar siempre en sintonía con Dios, a la escucha de su Palabra, para guiar a su pueblo por los caminos del Señor, el camino de la justicia y de la paz. Pero el ejemplo de Salomón vale para cada hombre. Cada uno de nosotros tiene una conciencia para ser en un cierto sentido “rey”, es decir, para ejercitar la gran dignidad humana de actuar según la recta conciencia, obrando el bien y evitando el mal. La conciencia moral presupone la capacidad de escuchar la voz de la verdad, de ser dóciles a sus indicaciones. Las personas llamadas a tareas de gobierno tienen, naturalmente, una responsabilidad ulterior, y por tanto – como enseña Salomón – tienen aún más necesidad de la ayuda de Dios. Pero cada uno tiene que hacer su propia parte, en la situación concreta en la que se encuentra. Una mentalidad equivocada nos sugiere pedir a Dios cosas o condiciones favorables; en realidad, la verdadera calidad de nuestra vida y de la vida social depende de la recta conciencia de cada uno, de la capacidad de cada uno y de todos de reconocer el bien, separándolo del mal, y de buscar llevarlo a cabo con paciencia.

Pidamos por esto la ayuda de la Virgen María, Sede de la Sabiduría. Su “corazón” es perfectamente “dócil” a la voluntad del Señor. Aun siendo una persona humilde y sencilla, María es una reina a los ojos de Dios, y como tal la veneramos nosotros. Que la Virgen Santa nos ayude también a nosotros a formarnos, con la gracia de Dios, una conciencia siempre abierta a la verdad y sensible a la justicia, para servir al reino de Dios.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

El tesoro escondido y la perla preciosa

El Evangelio de este Domingo, contiene dos pequeñas parábolas de no más de un versículo cada una, pero de un contenido incalculable. La primera dice:

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo».

Jesús hasta aquí se ha servido de la imagen de la vida agrícola. Ahora, repite el mismo concepto con una imagen sacada del mundo del comercio, a fin de hacerse entender para la segunda gran categoría de personajes del tiempo, que eran precisamente los comerciantes. Dice:

«El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra».

Existe el riesgo de intercambiar estas parábolas con dos pequeños cuadros de la vida. Por el contrario, nos encontramos ante dos potentes toques de trompeta, capaces de no dejarnos ya más tranquilos para el resto de la vida, si uno comprende su significado. ¿Qué quería decir Jesús? Más o menos esto. Está anunciada ya la hora decisiva de la historia. ¡El reino de Dios ha aparecido en la tierra! Esto es, ¿qué? Lo que los patriarcas habían esperado, lo que los profetas y los reyes habrían querido ver, pero no lo han visto: que Dios viene a salvar a su pueblo, a rescatarlo del pecado y de la muerte, a introducirlo en su intimidad.

Jesús, en otra parte, a todo esto lo llama «Evangelio», «la buena noticia» o la noticia tan esperada: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Marcos 1, 15). Concretamente, se trata de él, de su venida sobre la tierra. En el fondo, el tesoro escondido y la perla preciosa no son otra cosa que el mismo Jesús.

Es como si Jesús con aquellas parábolas quisiera decir: la salvación ya ha llegado gratuitamente para vosotros por iniciativa de Dios; tomad la decisión, agarradla, no la dejéis escapar. Éste es el tiempo de la decisión. A veces, sucede ver escrito fuera de las tiendas de lujo: «¡Oferta especial. Daos prisa. Tiempo limitado a dos semanas!» y la gente se amontona para no perder la ocasión.

Me viene además a la memoria lo que sucedió el día que terminó la guerra. En la ciudad, los partisanos o los aliados, yo no recuerdo bien, abrieron los almacenes de los víveres o provisiones abandonados en retirada por el ejército alemán. Como un relámpago, la noticia llegó a la campiña y todos de carrera fueron a apropiarse de aquel bien de Dios, volviendo de allí quien cargado con cubrecamas y quien con cestas de productos alimenticios.

Pienso que Jesús con aquellas dos parábolas quería crear un clima similar del género. Es como decir: «¡Corred mientras estáis a tiempo! Hay un tesoro que os espera, una perla preciosa. No dejéis pasar la ocasión». Sólo que en el caso de Jesús la cita es infinitamente más seria. Se juega el todo por el todo. El Reino es la única cosa, que nos puede salvar del riesgo supremo de la vida, que es el venirse a tierra el motivo por el que estamos en este mundo.

Vivimos en una sociedad, que... vive de seguros. Nos lo aseguramos todo contra todo. En ciertos países ha llegado a ser una especie de manía. Se asegura, incluso, contra el riesgo del mal tiempo durante las vacaciones. Entre todos, el más importante y frecuente es el seguro de vida. Una cosa buena, por favor, yo no quiero ponerla en discusión. Pero, reflexionemos un momento: ¿para qué sirve tal seguro y contra qué se nos asegura? ¿Contra la muerte? ¡No, ciertamente! Se asegura que en el caso de nuestra muerte alguien recibirá una indemnización.

El reino de los cielos es asimismo eso, un seguro sobre la vida y contra la muerte; pero, un seguro real, que favorece no sólo a quien se queda, sino también a quien se va, a quien muere. «El que cree en mí, aunque muera, vivirá», dice Jesús (Juan 11,25). Y sabemos que no son palabras huecas o vacías. Pedro ha creído en él y vive ahora más que cuando estaba en vida y pescaba en el lago; Pablo ha creído en él y vive. ¿Hay alguien que dude que Pablo apóstol vive? Aunque, si no cree en el cielo y en el paraíso, que mire a la tierra. ¿Quién, de entre los antiguos, está hoy más vivo, más leído, más estudiado entre nosotros? Francisco de Asís ha creído en él y vive. Por no hablar, naturalmente, de la madre de él, María, que «ha creído» (cfr. Lucas 1,45) y vive. Vive en el corazón de millones de personas, que la «proclaman bienaventurada» (cfr. Lucas 1,48), vive además en las infinitas obras de arte, que ella ha inspirado.

Se entiende entonces del mismo modo la exigencia radical, de quien pone un «negocio» como éste: venderlo todo, abandonarlo todo. En otras palabras, estar dispuestos, si es necesario, a cualquier sacrificio. No para pagar el precio del tesoro y de la perla, que por definición son «sin precio», sino para ser dignos de ellos. Porque no se puede tener el pie en dos estribos o, como decía Jesús, servir a dos señores. Poner sobre el mismo plano este tesoro y otro tesoro, aunque fuese, dice Jesús, el propio ojo y la propia vida, significaría «despreciarlo» y traicionarlo.

En el Cantar de los cantares se dice que «si alguien ofreciera su patrimonio a cambio de amor, quedaría cubierto de baldón» (8,7): esto es, que no habría ni siquiera dado nada, tanto es superior el amor a todas las riquezas. Y si esto vale para el amor humano, vale incomparablemente más para el amor, que no tendrá nunca fin, que será pleno y total.

Yo confieso que tengo hasta casi miedo de explicar estas dos parábolas de Jesús. Porque ellas crean en quien las escucha, hoy como entonces, una tremenda responsabilidad. Ahora, ya sabes que la noticia de la existencia del tesoro y de la perla ha llegado también a ti. La hora de la decisión, asimismo, está echada para ti, que has escuchado, y naturalmente, incluso ya antes, para mí, que os he hablado. Pertenece a nosotros decidir si continuar a trastear con la vida, en espera de que ella no se nos escape de las manos o tomar, por el contrario, la cosa en serio.

A este respecto, yo os quisiera ahora llamar la atención sobre un aspecto inadvertido de las dos parábolas. En cada una de ellas hay, en realidad, no uno sino dos actores: uno visible, que va, vende y compra; y uno oculto, que ya se sobreentiende. El actor sobreentendido es el viejo propietario, que no se da cuenta de que en su campo hay un tesoro y lo vende al primero que se lo pide; son el hombre y la mujer, que poseían la perla preciosa, y no se dan cuenta de su valor y la ceden al primer mercader que pasa, posiblemente para una colección de perlas falsas o bisutería de nada.

La pregunta que, ahora, nos debemos plantear es sencilla: ¿nosotros a cuál de los dos actores nos asemejamos? La respuesta no nos hace mucho honor. Nosotros, gente del viejo continente (italianos, franceses, alemanes, españoles, etc.), somos «el villano de la historia» en las dos parábolas. Somos el ciudadano necio y el mercader desconsiderado. El campo con el tesoro era nuestro y nuestra la perla preciosa. Nosotros conocíamos a Cristo, teníamos fe, nuestras eran las promesas, nuestro el reino de Dios.

Pero, excepto una minoría, cada vez más exigua, hemos malvendido la fe. Hay quien la ha cambiado por una ideología, quien por dinero, quien por pereza, quien simplemente por la moda del tiempo, puesto que hace siempre chic mostrarse agnósticos, superiores a estas cosas, «gente de mundo», como se dice. Nosotros hemos vendido o estamos vendiendo, además, la primogenitura por un plato de lentejas, como hizo Esaú (cfr. Génesis 25, 34ss.) ¿Estamos más que dispuestos a abandonarlo todo con tal de no perder a Dios y la fe? ¿No somos ni siquiera capaces de darnos una media hora de tiempo para ir el domingo a refrescar nuestra fe en el contacto con la palabra de Dios y el cuerpo de Cristo?

Para muchos bautizados, la última preocupación de la vida es el reino de Dios. Lo dicen de igual forma a veces hasta con ostentación. «¿Dios, la Iglesia, la fe? ¡No me interesan, vivo bien así, voluntariamente no me tengo a menos!» ¡Cuán peligrosa es esta actitud! ¿Y si el Evangelio tuviese razón? ¿Qué harías?

Pero, no quiero terminar con esta nota triste, también esta vez, sin dar «una razón de esperanza» a quien me escucha. Volviendo a las dos parábolas, notemos una cosa. No se ha dicho: «Un hombre vendió todo lo que tenía y se puso a la búsqueda de un tesoro escondido». Sabemos cómo terminan las historias, que comienzan así. Uno pierde lo que tenía y no encuentra ningún tesoro. Historias de ilusos, de visionarios.

No; sino más bien un hombre encontró un tesoro y por ello vendió todo lo que tenía para adquirirlo. Es necesario, en otras palabras, haber encontrado primero el tesoro para tener la fuerza y la alegría para venderlo todo. Ya fuera de la parábola: es necesario haber encontrado primero a Jesús; haberlo hallado, sin embargo, de una manera nueva, personal y convencida. Haberlo descubierto como un amigo propio y, salvador. Después, será una pequeña broma no venderlo todo. Lo haremos «llenos de alegría» como aquel descubridor del que habla el Evangelio.


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