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Diumenge XV del Temps Ordinari (cicle A): amb quina disposició acollim la llavor?

En l'Evangeli d'aquest Diumenge (Mt 13,1-23), Jesús es dirigeix a la multitud amb la cèlebre paràbola del sembrador. És una pàgina d'alguna manera “autobiogràfica”, perquè reflecteix l'experiència mateixa de Jesús, de la seva predicació: Ell s'identifica amb el sembrador, que escampa la bona llavor de la Paraula de Déu, i percep els diversos efectes que obté, segons el tipus d'acolliment reservat a l'anunci.

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 16, 15

Por serte fiel, yo contemplaré tu rostro, Señor, y al despertar, espero saciarme de gloria.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a cuantos se profesan como cristianos rechazar lo que sea contrario al nombre que llevan y cumplir lo que ese nombre significa. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

La lluvia hará germinar la tierra.

Del libro del profeta Isaías: 55, 10-11

Esto dice el Señor: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14.

R/. Señor, danos siempre de tu agua.

Señor, tú cuidas de la tierra, la riegas y la colmas de riqueza. Las nubes del Señor van por los campos, rebosantes de agua, como acequias. R/.

Tú preparas las tierras para el trigo: riegas los surcos, aplanas los terrenos, reblandeces el suelo con la lluvia, bendices los renuevos. R/.

Tú coronas el año con tus bienes, tus senderos derraman abundancia, están verdes los pastos del desierto, las colinas con flores adornadas. R/.

Los prados se visten de rebaños, de trigales los valles se engalanan. Todo aclama al Señor. Todo le canta. R/.

SEGUNDA LECTURA

Toda la creación espera la revelación de la gloria de los hijos de Dios.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 8, 18-23

Hermanos: Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros; porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios.

La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO

R/. Aleluya, aleluya.

La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra vivirá para siempre. R/.

EVANGELIO

Una vez salió un sembrador a sembrar.

+ Del santo Evangelio según san Mateo: 13, 1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”. Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Mira, Señor, los dones de tu Iglesia suplicante, y concede que, al recibirlos, sirvan a tus fieles para crecer en santidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 83, 4-5

El gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina un nido donde poner sus polluelos; junto a tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa y pueden alabarte siempre.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Alimentados con los dones que hemos recibido, te suplicamos, Señor, que, participando frecuentemente de este sacramento, crezcan los efectos de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Mi palabra no volverá a mí de vacío (Is 55,10-11)

1ª lectura

Con comparaciones muy expresivas, especialmente para los países áridos del Oriente, se describe la eficacia poderosa y fecunda de la palabra de Dios. Ella realiza la salvación que anuncia. Esta palabra de Dios personificada (cfr Sb 8,4; 9,9-10; 18,14-15) es figura de la Encarnación de Jesucristo, Palabra eterna del Padre, que desciende a la tierra para salvar a los hombres. «No volverá a mí vacía y estéril [la palabra de Dios], dice, sino que prosperará en todas las cosas, se nutrirá hasta saciarse con las buenas acciones de aquellos que, obedeciéndola, ejecutarán sus enseñanzas. Ciertamente suele decirse que una palabra ha sido cumplida cuando se traduce a la práctica, o sea, que mientras no se cumpla con obras, permanece estéril, macilenta y en cierto modo famélica. Pero oye con qué alimento dice que nutre: Mi manjar es hacer la voluntad de mi Padre (Jn 4,34)» (S. Bernardo, In Cantica Canticorum 71,12-13).

La creación será liberada de la esclavitud de la corrupción (Rm 8,18-23)

2ª lectura

En continuidad con la enseñanza de los profetas que anunciaban unos «nuevos cielos y una tierra nueva» (Is 65,17; 66,22), Pablo amplía la liberación obrada por Cristo a la creación material (vv. 19-22). Ésta se encontraba «sujeta a la vanidad» (v. 20), es decir, estaba corrompida a causa del pecado de Adán (Gn 3,17-19; 5,29). Pues bien, como un desarrollo del contraste entre Cristo y Adán (cfr 5,12-21), Pablo entiende que la liberación del cosmos es consecuencia de la liberación del hombre. Aunque todavía no vemos sus efectos con claridad, aguardamos a que se cumplan, asistidos por el Espíritu que acude en ayuda de nuestra flaqueza (Cfr 8,23-27).

El sembrador (Mt 13,1-23)

Evangelio

Esta parábola es la más larga del discurso. Viene en los tres sinópticos (Mc 4,1-20; Lc 8,4-15) y es casi el paradigma de las parábolas del Reino. Su mensaje puede compendiarse así: ¿Por qué la palabra de Jesús produce efectos tan dispares entre los oyentes? Hay que tener en cuenta que nos movemos en el misterio de la gracia que Dios concede y de la correspondencia del hombre. Hay que salvaguardar los dos aspectos: la libertad de Dios al dar la gracia y la libertad del hombre al corresponder. Los discípulos no debieron de comprender al principio la parábola. Era como pasar de la oscuridad a la luz potente. El Maestro tuvo la paciencia de ir paso a paso. La parábola resulta clara tras la explicación (vv. 18-23), y nosotros, lectores del evangelio, la podemos entender tanto en el contexto de la vida de Jesús como en el de la vida de la Iglesia. La palabra de Jesús necesita la buena acogida de los hombres. Hay quienes la oyen sin entenderla (v. 19; cfr v. 14): son sordos a Dios, como las autoridades religiosas de Israel, que han estado acechando a Jesús (cfr 11,1-12,50) y malinterpretándole. Otros son débiles o inconstantes (v. 21), como las muchedumbres que le oyeron junto al monte (5,1) o se beneficiaron de sus milagros (14,21), y, en cambio, le dejaron sólo en la hora de la prueba. Otros fallan, pero no por debilidad cuando hay que defender la palabra, sino porque la palabra del Señor no puede fructificar en una vida que no sea recta (v. 22). Pero la palabra de Dios, cuando es enviada a la tierra, es fecunda siempre (Is 55,10-11), no deja de encontrar un lugar donde dar fruto. La palabra de Jesús en cuanto palabra de Dios puede fructificar en mayor o menor proporción (v. 23), porque los hombres no somos iguales, pero siempre es eficaz: «Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz» (Balduino de Cantorbery, Tractatus 6).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

Parábola del Sembrador

¿Cuál es, pues, la parábola? —Salió —dice— el sembrador a sembrar. ¿De dónde salió o cómo salió el que está en todas partes y todo lo llena? No por lugar, sino por hábito y dispensación para con nosotros, haciéndose más cercano nuestro por haberse revestido de carne. Porque, como nosotros no podíamos entrar donde Él estaba, porque nuestros pecados nos amurallaban la entrada, salió Él en busca nuestra. — ¿Y a qué salió? ¿Acaso a destruir la tierra, que estaba llena de espinas? ¿Acaso a castigar a los labradores? —De ninguna manera. Salió a cultivarla y cuidarla por sí mismo y a sembrar la palabra de la religión. Porque siembra llama aquí a la enseñanza de su doctrina, y tierra de sembradura a las almas de los hombres, y sembrador a sí mismo.

¿Qué se hace, pues, de esta semilla? Tres cuartas partes se pierden y sólo se salva una: Y sembrando que siembra— dice—, una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron. No dijo que la arrojó Él, sino que cayó ella. Otra parte cayó sobre terreno rocoso, donde no había mucha tierra, e inmediatamente brotó por no tener profundidad de tierra. Mas, apenas salido el sol, se calentó, y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó sobre espinas, y crecieron las espinas y la ahogaron. Y otra, sobre tierra buena y dio fruto: una de cien, otra de sesenta y otra de treinta. El que tenga oídos para oír, que oiga. Sólo, pues, se salvó la cuarta parte, y aun ésta no de modo igual, sino con mucha diferencia. Con esta parábola quiso declarar el Señor que Él hablaba a todos con mucha generosidad. Porque así como el sembrador no distingue la tierra que va pisando con sus pies, sino que arroja sencilla e indistintamente su semilla, así el Señor no distingue tampoco al pobre del rico, al sabio del ignorante, al tibio del fervoroso, al valiente del cobarde. A todos indistintamente se dirige, cumpliendo lo que a Él tocaba, a pesar de que sabía lo que había de suceder. Así, empero, podría luego decir: ¿Qué debí hacer que no lo haya hecho? (Is 5, 4). Notemos también que los profetas hablan del pueblo bajo la semejanza de la viña: Una viña—dice—tuvo mi amado (Ibíd.). Y el salmista: Trasplantó su viña de Egipto (Sal 79, 9). Jesús, empero, emplea la comparación de la siembra. ¿Qué quiere decir con eso? Que ahora será más rápida y más fácil la obediencia y que la tierra dará inmediatamente su fruto. Por lo demás, no porque diga el Señor: Salió el sembrador a sembrar, ha de pensarse haya en ello tautología, pues el sembrador sale muchas veces a otras faenas, por ejemplo, a labrar el barbecho, a escardar las malas yerbas, o a arrancar las espinas, o a otra faena semejante. Más Él salió a sembrar.

POR QUÉ SE PERDIÓ TANTA SEMILLA

¿De qué provino, pues, decidme, que se perdiera la mayor parte de la siembra? Ciertamente que no fue por culpa del sembrador, sino de la tierra que recibió la semilla; es decir, por culpa del alma, que no quiso atender a la palabra. — ¿Y por qué no dijo que una parte la recibieron los tibios y la dejaron perderse, otra los ricos y la ahogaron, otra los vanos y la abandonaron? —Es que no quería herirles demasiado directamente, para no llevarlos a la desesperación, sino que deja la aplicación a la conciencia de sus mismos oyentes. Mas no pasó esto solamente con la siembra, sino también con la pesca; pues también allí la red sacó muchos peces inútiles. Sin embargo, el Señor pone esta parábola para animar a sus discípulos y enseñarles que aun cuando la mayor parte de los que reciben la palabra divina hayan de perderse, no por eso han de desalentarse. Porque también al Señor le aconteció eso, y, no obstante saber Él de antemano que así había de suceder, no por eso desistió de sembrar. —Mas ¿en qué cabeza cabe —me dirás— sembrar sobre espinas y sobre roca y sobre camino? — Tratándose de semilla: que han de sembrarse en la tierra, eso no tendría sentido; mas tratándose de las almas y de la siembra de la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza. El sembrador que hiciera como el de la parábola, merecería ser justamente reprendido; pues no es posible que la roca se convierta en tierra, ni que el camino deje de ser camino, y las espinas, espinas. No así en el orden espiritual. Aquí sí que es posible que la roca se transforme y se convierta en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra feraz, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes las semillas. De no haber sido así, el Señor no hubiera sembrado. Y si no en todos se dio la transformación, no fue ciertamente por culpa del sembrador, sino de aquellos que no quisieron transformarse. Él hizo cuanto estaba de su parte; si ellos no cumplieron su deber no fue ciertamente culpa de quien tanto amor les mostrara.

HAY MUCHOS CAMINOS DE PERDICIÓN

Más considerad, os ruego, cómo no es uno solo el camino de la perdición, sino varios y distantes los unos de los otros, Porque entre los que reciben la palabra de Dios, unos se parecen al camino, y son negligentes, tibios y desdeñosos; más los de la roca son solamente débiles: La semilla —dice— sembrada sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y de pronto la recibe con gozo; pero no tiene raíz dentro de sí mismo, sino que es momentáneo y, viniendo tribulación o persecución por causa de la palabra, al punto se escandaliza. Todo aquel —dice antes— que oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Éste es el sembrado junto al camino. Ahora bien, no es lo mismo que se mar cuando nadie nos molesta ni persigue que cuando se nos echan encima las tentaciones, Y menos dignos aún de perdón que éstos son los que se parecen a las espinas.

Ahora bien, porque nada de esto nos suceda, cubramos con el fervor y la memoria continua la palabra divina. Porque si es cierto que el diablo intenta arrebatárnosla, también está en nuestra mano que no nos la arrebate. Si es cierto que las semillas se secan, no es por culpa del calor. No dijo, en efecto, el Señor que se secaron por causa del calor, sino por no tener raíces. Si la palabra divina puede ahogarse, no es por culpa de las espinas, sino por culpa de quienes las dejaron crecer. Porque con sólo que tú quieras, posible es no dejar brotar esa mala planta y usar como es debido de la riqueza. De ahí que no dijo el Señor: “El siglo”, sino: La solicitud del siglo; ni: “La riqueza”, sino: El engaño de la riqueza. No les echemos, pues, la culpa a las cosas, sino a nuestra dañada intención, Porque posible es ser rico y no dejarse engañar por la riqueza; y vivir en este siglo, y no dejarse ahogar por las solicitudes del siglo. A la verdad, dos defectos contrarios tiene la riqueza: uno, que nos atormenta y ofusca, y es la solicitud; otro, que nos enmollece, y es el placer. Y muy bien dijo el Señor: El engaño de la riqueza. Pues es un puro nombre, no realidad de las cosas. Y lo mismo el placer y la gloria y el lujo y todo lo otro; todo es apariencia pura, no verdad y realidad.

POR QUÉ LA TIERRA BUENA DA FRUTO DISTINTO

Habiendo, pues, dicho el Señor los modos de perdición, pone finalmente la tierra buena, pues no quiere que desesperemos, y nos da esperanza de penitencia, haciéndonos ver que de camino y rocas y espinas puede el hombre pasar a ser tierra buena. Sin embargo, si la tierra era buena y el sembrador el mismo y las semillas las mismas, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí también la diferencia depende de la naturaleza de la tierra, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de un corro a otro. Ya veis que no tiene la culpa el labrador ni la semilla, sino la tierra que la recibe, y no por causa de la naturaleza, sino de la intención y disposición. Mas también aquí se ve la benignidad de Dios, que no pide una medida única de virtud, sino que recibe a los primeros, no rechaza a los segundos y da también lugar a los terceros. Más si así habla el Señor, es porque no piensen los que le siguen que basta con oír para salvarse. — ¿Y por qué —me dices— no puso también los otros vicios, por ejemplo, la lujuria y la vanagloria? — Porque con decir: la solicitud del siglo y el engaño de las riquezas, ya lo puso todo. Y, a la verdad, la vanagloria y todo lo demás, de este siglo y del engaño de las riquezas proceden. Tal el placer y la gula y la envidia y la vanagloria y cuanto es por el estilo. Ahora que añadió lo del camino y el terreno rocoso para darnos a entender que no basta apartarnos de las riquezas, sino que es menester practicar también las demás virtudes. Porque ¿de qué te vale estar libre de riqueza si eres afeminado y muelle? ¿Y qué, si no eres afeminado, pero sí tibio y negligente en oír la palabra divina? Porque no nos basta una sola parte para la salvación. Primero hay que escuchar con diligencia y pensar constantemente en lo que oímos, luego hace falta valor, luego desprecio de las riquezas y desprendimiento de todo lo mundano. De ahí que ponga el Señor lo primero el oír, porque, en efecto, es lo primero que se necesita. ¿Cómo creerán si no oyen —dice— el Apóstol? (Rm 10; 14). Lo mismo que nosotros, si no prestamos atención a lo que se nos dice, no podremos ni enterarnos de lo que tenemos que hacer. Luego pone el valor y el desprecio de las cosas presentes.

Oyendo, pues, estas enseñanzas, fortifiquémonos por todas partes, atendiendo a la palabra divina, echando profundas raíces y purificándonos de lo mundano. Porque de nada nos servirá hacer unas cosas y omitir otras. En tal caso, si no nos perdemos de una manera, nos perderemos de otra. ¿Qué más nos da que no nos perdamos por la riqueza y sí por la negligencia; o, no por la negligencia, sí por la cobardía? El labrador llora lo mismo si pierde la cosecha por una causa o por otra. No intentemos, por ende, buscar consuelo en el hecho de no perecer por todos los modos posibles, sino lloremos más bien por cualquier modo que perezcamos. Abrasemos las espinas, pues ellas son las que ahogan la palabra divina. Bien lo saben los ricos, que no sólo son inútiles para la tierra, sino también para el cielo. Y en efecto, esclavos y prisioneros de los placeres, aun para los asuntos políticos son gente baldía; y si lo son para ésos, ¡cuánto más no lo serán para los del cielo! De doble fuente deriva el daño para su espíritu: de la vida de placer y de las preocupaciones. Cualquiera de las dos cosas por sí sola basta para hundir el esquife de un alma. Considerad, pues, qué naufragio no les espera cuando concurren las dos juntas.

LOS PLACERES SON ESPINAS

Y no os maravilléis de que el Señor llamara espinas a los placeres. Si vosotros no los reconocéis por tales, es que estáis embriagados por la pasión; pero los que están sanos saben muy bien que el placer punza más que una espina, que el goce consume más al alma que los mismos cuidados y acarrea más graves dolores al cuerpo y al alma. Y es así que más duro golpe da un hartazgo que una preocupación. Porque cuando al intemperante le cercan los insomnios y las tensiones de las sienes y los dolores de cabeza y las punzadas de las entrañas, considerad si todo eso no es más doloroso que cualesquiera espinas. Y al modo como las espinas, por dondequiera que se toquen, ensangrientan las manos que dan con ellas, así la gula ataca pies y manos y cabeza y ojos y cuerpo entero. Como las espinas, la gula es seca e infecunda, y es más que ellas fuente de dolor y nos hiere en puntos más vitales. Ella acarrea la vejez prematura, embota los sentidos, entenebrece el entendimiento, ciega la aguda vista de la razón, hace al cuerpo muelle, aumentando su secreción de excremento, trayendo un montón de enfermedades, aumentando su peso y acumulando masa en excesiva cantidad. De lo que se originan ruinas continuas y frecuentes naufragios. ¿Qué fin tiene, te ruego, cebar de ese modo tu cuerpo? ¿Es que te tenemos que sacrificar en el matadero? ¿Es que te vamos a servir a la mesa? Bien que cebes las aves; o, por decir mejor, ni siquiera eso está bien, pues cuando engordan con exceso no son aptas para un alimento sano. Es tan grande mal la gula, que hasta a los animales les resulta pernicioso. Y, en efecto, si a las aves las regalamos con exceso, las hacemos inútiles para sí y para nosotros, pues las superfluidades indigestas y la corrupción húmeda o diarrea, de toda aquella gordura procede. Los animales, empero, no sometidos a esta alimentación de placer, sino que, como si dijéramos, viven también sobriamente y siguen un régimen moderado y les obligamos al trabajo y la fatiga, ésos son los más útiles para sí mismos y para nosotros, ora para nuestro alimento, ora para todo lo demás. Por lo menos los que de éstos se alimentan viven más sanos; los que comen, en cambio, a los cebados, se vuelven semejantes a ellos, perezosos y expuestos a enfermedades y que a sí mismos se atan la más dura cadena. Nada hace, en efecto, tan fiera guerra al cuerpo, nada le es tan dañoso como el placer; nada le rompe, nada le abruma, nada le corrompe en tanto grado como la disolución. Realmente hay para pasmarse de la insensatez de estos hombres intemperantes y disolutos, que no quieren tener consigo mismos ni aquella mínima consideración que los viñateros tienen con sus odres. No hay, efectivamente, vendedor de vino que consienta echar en un boto más vino del que conviene, por el peligro de rasgarlo; pero esos glotones no se dignan conceder a su vientre infeliz esta mínima providencia. No. Cuando ya se han hartado hasta reventar, lo llenan de vino hasta las orejas, hasta las narices, hasta la garganta; con lo que procuran doble angustia y ahogan al aliento y a la fuerza que dirige nuestra vida. ¿Acaso te fue dada la garganta para que la llenes hasta rebosarte por la boca de vino corrompido y de toda la otra corrupción? ¡No, hombre, no te fue dada para eso! Para lo que principalmente te fue dada es para que cantes a Dios, para que eleves a Él las sagradas canciones, para que leas las divinas leyes, pera que aconsejes debidamente a tu prójimo. Pero tú, como si sólo para tu intemperancia la hubieras recibido, no le dejas un momento de vagar para que cumpla aquella función divina y la sometes durante tu vida entera a esta ignominiosa servidumbre, Es como si un bárbaro tomara en sus manos una citara de cuerdas de oro perfectamente templada y, en lugar de sacar de ella la más cabal melodía, la envolviera entre fiemo y barro. Y llamo fiemo no al comer, sino al placer; al placer, sobre todo, de aquella intemperancia sin límites. Porque lo que pasa de la medida, ya no es alimento, sino pestilencia pura. Sólo el vientre fue hecho para la mera recepción de los alimentos; pero la boca, la garganta y la lengua fueron también hechos para otras funciones más importantes que ésa; o, por mejor decir, ni siquiera el vientre fue hecho para la recepción sin más de los alimentos, sino sólo de los alimentos moderados. Y esto él mismo lo declara cuando de mil modos protesta de que le dañemos con tales excesos; y no sólo protesta, sino que, en justa venganza del agravio que le hacemos, nos impone los más severos castigos. Y lo primero que castiga son los pies, que son los que nos llevan y conducen a aquellos abominables convites; luego ata las manos, por haberle servido tales y tantos manjares; y muchos hay que han sufrido de la boca, de los ojos y de la cabeza. Y a la manera como un esclavo, si se le manda algo que está sobre sus fuerzas, muchas veces, fuera de sí, maldice a quien se lo mandó, así el vientre, aparte dañar a esos miembros, muchas veces, por la violencia sufrida, ataca y corrompe al cerebro mismo. Sabia providencia de Dios, que de tal desmesura se sigan esos daños; así, ya que no quieras de tu voluntad vivir filosóficamente, por lo menos, aun contra tu voluntad, el miedo a tu propio daño te enseñe a ser moderado.

EXHORTACIÓN FINAL: HUYAMOS LA INTEMPERANCIA

Sabiendo, pues, estas cosas, huyamos la gula, procuremos la moderación, y así gozaremos de la salud del cuerpo y libraremos de toda enfermedad a nuestra alma y alcanzaremos los bienes venideros, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), homilía 44, 3-5, BAC Madrid 1955, 845-55

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FRANCISCO – Ángelus 2014

Acoger la Palabra, custodiarla y hacerla fructificar en nosotros y en los demás

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23) nos presenta a Jesús predicando a orillas del lago de Galilea, y dado que lo rodeaba una gran multitud, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y predicaba desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana.

La primera que relata es una introducción a todas las parábolas: es la parábola del sembrador, que sin guardarse nada arroja su semilla en todo tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae. Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tienen raíz; en medio de las zarzas las espinas ahogan la semilla. El cuarto terreno es el terreno bueno, y sólo allí la semilla prende y da fruto.

En este caso, Jesús no se limitó a presentar la parábola, también la explicó a sus discípulos. La semilla que cayó en el camino indica a quienes escuchan el anuncio del reino de Dios pero no lo acogen; así llega el Maligno y se lo lleva. El Maligno, en efecto, no quiere que la semilla del Evangelio germine en el corazón de los hombres. Esta es la primera comparación. La segunda es la de la semilla que cayó sobre las piedras: ella representa a las personas que escuchan la Palabra de Dios y la acogen inmediatamente, pero con superficialidad, porque no tienen raíces y son inconstantes; y cuando llegan las dificultades y las tribulaciones, estas personas se desaniman enseguida. El tercer caso es el de la semilla que cayó entre las zarzas: Jesús explica que se refiere a las personas que escuchan la Palabra pero, a causa de las preocupaciones mundanas y de la seducción de la riqueza, se ahoga. Por último, la semilla que cayó en terreno fértil representa a quienes escuchan la Palabra, la acogen, la custodian y la comprenden, y la semilla da fruto. El modelo perfecto de esta tierra buena es la Virgen María.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a quienes escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? Y podemos plantearnos la pregunta: ¿cómo es nuestro corazón? ¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a una zarza? Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero trabajado y cultivado con cuidado, a fin de que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidar que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semilla buena, y también aquí podemos plantearnos la pregunta: ¿qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer mucho bien y también mucho mal; pueden curar y pueden herir; pueden alentar y pueden deprimir. Recordadlo: lo que cuenta no es lo que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón.

Que la Virgen nos enseñe, con su ejemplo, a acoger la Palabra, custodiarla y hacerla fructificar en nosotros y en los demás.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2011

La verdadera “parábola” de Dios es Jesús mismo

¡Queridos hermanos y hermanas!

En el Evangelio de este Domingo (Mt 13,1-23), Jesús se dirige a la multitud con la célebre parábola del sembrador. Es una página de algún modo “autobiográfica”, porque refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: Él se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Hay quien escucha superficialmente la Palabra pero no la acoge; hay quien la acoge en el momento pero no tiene constancia y lo pierde todo; hay quien es abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la Palabra da fruto en abundancia.

Pero este Evangelio insiste también en el “método” de la predicación de Jesús, es decir, justamente, en el uso de las parábolas. “¿Por qué les hablas en parábolas?”, preguntan los discípulos (Mt 13,10). Y Jesús responde poniendo una distinción entre ellos y la multitud: a los discípulos, es decir a los que ya se han decidido por Él, les puede hablar del Reino de Dios abiertamente, en cambio a los demás debe anunciarlo en parábolas, para estimular precisamente la decisión, la conversión del corazón; las parábolas, de hecho, por su naturaleza requieren un esfuerzo de interpretación, interpelan a la inteligencia pero también a la libertad. Explica San Juan Crisóstomo: “Jesús ha pronunciado estas palabras con la intención de atraer a sí a sus oyentes y de solicitarlos asegurando que, si se dirigen a Él, los sanará” (Com. al Evang. de Mat., 45,1-2). En el fondo, la verdadera “Parábola” de Dios es Jesús mismo, su Persona, que, en el signo de la humanidad, esconde y al mismo tiempo revela la divinidad. De esta manera Dios no nos obliga a creer en Él, sino que nos atrae hacia Sí con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: el amor, de hecho, respeta siempre la libertad.

Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de San Benito, Abad y Patrón de Europa. A la luz de este Evangelio, mirémosle como maestro de la escucha de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante. Debemos siempre aprender del gran Patriarca del monaquismo occidental y dar a Dios el lugar que Él espera, el primer lugar, ofreciéndoLe, con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades cotidianas. La Virgen María nos ayude a ser, según su modelo, “tierra buena” donde la semilla de la Palabra pueda dar mucho fruto.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

También lo creado espera ser liberado

En el centro de la liturgia de hoy está el tema de la palabra de Dios. En la primera lectura se habla de ella con la imagen de la lluvia, que desciende del cielo y no vuelve allá sin haber regado primero la tierra, haberla fecundado y hecho germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que tiene que comer. En el Evangelio, se vuelve a hablar de la palabra de Dios, esta vez con la imagen de la simiente, que cae o bien sobre las piedras o bien sobre los abrojos y espinas o bien sobre terreno bueno y produce su fruto.

Nosotros hemos tratado el tema de la palabra de Dios hace algunos domingos (mira el IX Domingo del Tiempo ordinario) y de cómo acogerla, meditarla y ponerla en práctica; y esto nos permite dedicar hoy nuestra atención a otro tema, bastante actual, que tiene lugar en todo el ciclo de los tres años sólo en esta ocasión: el tema de la ecología y de la protección de lo creado. En la segunda lectura, del apóstol Pablo, leemos:

«La creación... fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios... hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto».

Este texto famoso nos habla de una solidaridad entre el hombre y lo creado en el bien y en el mal, en la libertad y en la esclavitud. Juntos gemimos, juntos esperamos, incluso si el gemir del hombre es fruto de la corrupción de su libertad; todo lo creado está para su participación en el destino del hombre. Estamos ante el texto más cercano de la Escritura a lo que hoy se entiende por ecología y protección de lo creado; y es a este tema al que queremos dedicar nuestra reflexión, para intentar iluminar su fundamento bíblico.

Es una visión la de Pablo en cierto sentido muy moderna. En ella el cosmos no es examinado a la manera griega, estáticamente y en su fijeza, como algo perfecto desde el principio, del que cualquier pequeña alteración, según los estoicos, habría comprometido la armonía preestablecida. Al contrario, es visto dinámicamente, en su esfuerzo de tender a una armonía ya un orden superior, a unos «nuevos cielos y nueva tierra» (2 Pedro 3,13); esto es, a una visión que ciertamente está más cercana a la evolucionista de nuestros tiempos.

Hay dos modos de hablar de ecología y de respeto a lo creado: uno, a partir del hombre y otro, a partir de Dios. El primero tiene en el centro al hombre. En este caso, no nos preocupan tanto las cosas por sí mismas, cuanto en función del hombre: por el daño irreparable que el agotamiento o la contaminación del aire, del agua o la desaparición de ciertas especies animales ocasionarían a la vida humana en el planeta. Es un ecologismo, que se puede resumir en el lema: «Salvemos la naturaleza y la naturaleza nos salvará a nosotros».

Este ecologismo es bueno; pero, es muy precario. Los intereses humanos, en efecto, varían de nación en nación, de hemisferio en hemisferio y es difícil ponernos todos de acuerdo. Esto se ha visto a propósito del famoso hueco en el ozono. Ahora, nos hemos dado cuenta que ciertos gases dañan el ozono y quisiéramos poner ciertos límites a los frigoríficos, frascos de spray y otras cosas del género, en los que son empleados tales gases. Pero, en los países en vías de desarrollo, que sólo ahora comienzan a dotarse de estas comodidades, nos responden justamente que es demasiado cómodo exigirles ahora a ellos estas renuncias, cuando nosotros desde hace tiempo nos hemos puesto a buen seguro.

Por esto, es necesario encontrar un fundamento más sólido al ecologismo. Y éste puede ser sólo de naturaleza religiosa. La fe nos enseña que nosotros debemos respetar lo creado no sólo por intereses egoístas para no dañamos a nosotros mismos, sino porque lo creado no es nuestro, es de Dios, es el modelo del Espíritu de Dios, que lo ha sacado y lo saca continuamente desde el caos para hacerlo cosmos, esto es, algo hermoso, armonioso y perfecto.

Es verdad que en el inicio Dios dijo al hombre que «dominara» la tierra; pero, en dependencia suya, de su voluntad, como administrador y no como dueño absoluto. Él ordenó «que labrase y cuidase o custodiase el jardín» (Génesis 2,15); el hombre es, por lo tanto, el custodio y no el dueño de la tierra. Entre él y las cosas hay más una relación de solidaridad y de fraternidad que de dominio. Todos procedemos del mismo creador; somos telas distintas del mismo pintor. Todo esto, lo había comprendido bien san Francisco de Asís, que llamaba hermano o hermana a todas las criaturas: el sol, la luna, las flores, la tierra, el agua...

Este modo de posicionarse frente a la naturaleza, inspirado por la fe, no es sólo poético sino que puede determinar planteamientos verdaderamente nuevos y «ecológicos» también en sentido moderno. De san Francisco se ha escrito que cuando los frailes iban a cortar leña les recomendaba que no cortasen también el tronco, a [m de que el árbol pudiese volver a crecer y sacar hojas; al hortelano le decía que debía dejar sin cultivar una pequeña porción de tierra para que las flores y las verduras silvestres pudiesen tener espacio para crecer; recogía los insectos del camino por miedo de que los pisotearan aquellos que pasaban; en invierno, llevaba miel a las abejas para que no muriesen de hambre. «Llamaba hermano a cada especie animal, a pesar de que tenía una predilección especial por los más mansos e indefensos de entre ellos».

Con razón, Juan Pablo II ha declarado al Pobrecillo de Asís patrón de los ecologistas. San Francisco, con su elección de una pobreza libre y alegre, nos espolea a volver a un estilo de vida más sencillo y sobrio, sin que la ecología permanezca como un ideal puramente teórico. Él acostumbraba a decir: «No fui nunca ladrón de limosnas». Pensaba que recibir más limosnas de las necesarias, fuese como robárselas a otros pobres. Nosotros podemos aprender de él a no ser «ladrones de cosas». Llegamos a ser ladrones de cosas (de la leña, del papel, del agua) si agotamos los recursos de la tierra, porque todo lo que nosotros usamos en más de lo necesario 10 robamos a otros. Si no a otros al menos a las generaciones, que vendrán detrás de nosotros, que se encontrarán dramáticamente privadas de ello. ¡Cuando arrojamos papel en la basura, por ejemplo, deberíamos acordarnos que un gran periódico dominical cuesta a la tierra decenas de hectáreas de bosque!

El ecologismo espiritual nos enseña, sin embargo, a ir incluso más allá de la pura «protección» y del «respeto» a lo creado. Nos enseña a unirnos a lo creado para proclamar la gloria de Dios y para sentirnos en medio de las criaturas «como un maestro de canto en medio de un coro desorganizado». Nos enseña, también, a hacer de ellos una escalinata para elevarnos al conocimiento de Dios.

«Son necios por naturaleza todos los hombres que han desconocido a Dios y no fueron capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al Artífice, atendiendo a sus obras... Si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja su Señor, pues los creó el autor de la belleza... pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador» (Sabiduría 13,1-5).

Dios ha escrito dos libros: la Biblia y todo lo creado. Este segundo es un libro abierto ante todos; todos pueden leerlo, incluso los analfabetos. Por eso, tan frecuentemente la Biblia recurre a los fenómenos y a los elementos naturales para instruirnos sobre las verdades espirituales. Nos habla de la palabra de Dios con la imagen de la lluvia y de la semilla, del Espíritu Santo con el símbolo del viento y del fuego, de Dios con la imagen de la roca...

Estamos, ahora, en pleno verano, en tiempo de vacaciones. Lo que estamos diciendo nos puede ayudar a pasar unas vacaciones distintas, más bellas y más sanas. El modo mejor de fortificar el cuerpo y el espíritu no es pasar los días pegados los unos a los otros en las playas y después en la noche apretujados en los night club y en las discotecas, continuando así, en otro ambiente, la misma vida artificial y caótica, que nos guía durante el resto del año en la ciudad. Debemos, más bien, buscar el contacto con la naturaleza, momentos en los que nos sintamos en sintonía profunda con ella y con todas las cosas.

Es increíble el poder que tiene el contacto con la naturaleza para ayudarnos a volver a reencontrarnos a nosotros mismos y nuestro equilibrio interior.

Debemos aprender a contemplar. La contemplación es la gran aliada de la ecología. Ella nos permite gozar de las cosas sin necesidad de poseerlas y de impedirlas a los demás. Si uno tiene la propiedad de un lago o de un parque, lo valla con hilo espinoso y sólo él puede gozarlo. En la contemplación, por el contrario, mil hombres pueden gozar simultáneamente del mismo lago o parque sin quitar nada a los demás. La posesión sustrae, la contemplación multiplica.

Jesús era un gran contemplador de la naturaleza. Decía: «Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta... Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan...» (Mateo 6, 26-28). Sus parábolas son la prueba del amor con que él contemplaba las cosas. Entre él y la naturaleza había un secreto entendimiento. Esto explica, mejor que muchos razonamientos, los milagros de Jesús. Es como si la naturaleza a su paso suspendiera sus leyes e hiciese excepciones, como se hace cuando llega un amigo. Alguien ha explicado así el milagro del agua convertida en vino: «En Caná el agua vio a su creador... y enrojeció».

Todo lo que hemos dicho encuentra una expresión poética en el Salmo responsorial de hoy. Escuchándolo, somos como empujados también nosotros a mirar la naturaleza con ojos llenos de maravilla y a alabar al creador de todo:

«Tú cuidas de la tierra, la riegas

y la enriqueces sin medida;

la acequia de Dios va llena de agua,

preparas los trigales.

Riegas los surcos, igualas los terrones,

tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes.

Coronas el año con tus bienes,

tus carriles rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría.

Las praderas se cubren de rebaños,

y los valles se visten de mieses,

que aclaman y cantan» (Salmo 64,10-14).


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