«Entens el que llegeixes?»: respirar amb la Sagrada Escriptura (I) escrit per Guillaume Derville

La Sagrada Escriptura està cridada a ocupar un lloc central en la vida interior de cada cristià. Aquest editorial, en dos lliuraments, proposa algunes línies per seguir descobrint-la:

Al relatar los primeros compases de la expansión de la joven Iglesia desde Jerusalén, san Lucas nos introduce en el carruaje de un funcionario etíope, encargado de la administración del patrimonio del reino de Nubia, al sur de Egipto, que había ido a Jerusalén para adorar al Dios de Israel (cfr. Hch 8, 27-28). Ya de regreso a su tierra, este peregrino leía a Isaías, aunque sin entender el texto del profeta. Dios mueve entonces al diácono Felipe para que intervenga (cfr. Hch 8,26.29): «Corrió Felipe a su lado y oyó que leía al profeta Isaías. Entonces le dijo: –¿Entiendes lo que lees? Él respondió: –¿Cómo lo voy a entender si no me lo explica alguien? Rogó entonces a Felipe que subiera y se sentase junto a él» (Hch 8,30-31). El superintendente del tesoro de la reina de Etiopía se había detenido en aquellas palabras proféticas: «Como oveja fue llevado al matadero… (Is 53,7-8). Felipe, comenzando por este pasaje, le anunció el Evangelio de Jesús» (Hch 8,35) y, tras bautizarlo en una fuente junto al camino, lo confió a la acción misteriosa del Espíritu Santo, que le había traído hasta esta alma «sedienta de Dios, del Dios vivo» (Sal 42 [41],3).

En esta conversación, comenta San Jerónimo en una carta, Felipe muestra a su interlocutor a «Jesús que estaba oculto y como aprisionado en la letra»[1]. Sirviéndose de la guía y las explicaciones de los creyentes, la Escritura actúa poderosamente, como «una espada de doble filo» (Hb 4,12), en el alma de quien se acerca a ella. Felipe desvela, libera la figura del Señor ante los ojos de quien no entendía nada. También nosotros, escribe el Papa Francisco en su carta apostólica Misericordia et misera, estamos llamados a «ser instrumentos vivos de la transmisión de la Palabra»[2], de modo que sean muchos los hombres y mujeres que perciban «la atracción de Jesucristo»[3].

La Tradición, mirada de fe

En el mundo hebreo, la Sagrada Escritura tenía un papel de primer orden: el culto en las sinagogas, que alimentaba la piedad de los judíos durante el año, giraba en torno a la lectura de la Torah y de los profetas y el rezo cantado de los Salmos[4]. Con todo, las Escrituras de Israel eran plasmación de una tradición oral: los autores inspirados pusieron por escrito enseñanzas de patriarcas y profetas. Y esta tradición no solo precedía a las Escrituras, sino que acompañaba su lectura, como una mirada penetrante por la que los justos –quienes buscan al Señor[5]– podían reconocer, o al menos atisbar, su sentido.

Así sucede también en la Iglesia, nuevo pueblo de Israel: la Tradición precede a la Escritura, empezando por el hecho mismo de que es la Iglesia quien nos dice cuáles son las Escrituras sagradas[6]. «No creería en el Evangelio –escribía san Agustín– si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica»[7]. En este sentido, es célebre un momento de los trabajos del Concilio de Trento. Cuenta el diario de uno de los presentes cómo se desestimó, en una de las sesiones, la opinión de que el evangelio según san Juan fuera digno de fe por ser san Juan su autor: el evangelio es digno de fe, se concluyó, porque lo ha recibido la Iglesia[8]. Pero el papel de la Tradición no se limita a esa tarea de definición del canon, sino a un constante discernimiento, en el que la Iglesia cuenta con la luz del Espíritu Santo. «Todavía tengo que deciros muchas cosas, dice Jesús al final de su vida en la tierra, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad» (Jn 16,12-13).

La Tradición, pues, es inseparable de la Escritura, como es inseparable la mirada de lo que se percibe. Hay miradas que ven ciertas cosas, y otras que no: ante un edificio, por ejemplo, un arquitecto ve detalles que a otros les pasan desapercibidos; ante un pequeño suceso que a muchos les parece ordinario, el poeta y el artista se conmueven. La Tradición es la mirada a la Escritura desde la fe de la Iglesia; una mirada viva, porque está guiada por el Espíritu Santo; una mirada certera, porque solo desde el seno de la Iglesia se puede comprender la Palabra de Dios en su verdadero alcance. Como Jesús hacía con los discípulos camino de Emaús, el Espíritu Santo hace arder el corazón de la Iglesia, y de cada cristiano, mientras nos explica las Escrituras (cfr. Lc 24,32). La Palabra de Dios es una Palabra que atraviesa los siglos –«el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35)–, y necesita de un lector que atraviese también los siglos: el Pueblo de Dios que camina en la historia. Por eso, a fin de cuentas, decía San Hilario que «la Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos»[9].

Una lectura que escucha

«Por medio de la Sagrada Escritura, que se mantiene viva gracias a la fe de la Iglesia, el Señor continúa hablando a su Esposa y le indica los caminos a seguir, para que el Evangelio de la salvación llegue a todos»[10]. El anuncio de la Palabra de Dios cobra una fuerza particular cuando se la lee en la asamblea litúrgica. Impresiona la narración, llena de detalles, de la solemne lectura de la Torah por parte de Esdras, el escriba (cfr. Ne 8,1-12). En ese momento, la mayor parte del pueblo ha vuelto de Babilonia, y recibe la Palabra de Dios con una emoción contenida durante décadas de exilio: «¿Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extraña? Si me olvido de ti, Jerusalén –se decían los exiliados–, que se me paralice mi diestra; que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti» (Sal 137 [136], 4-6). Con esa disposición, y al oír de nuevo la Ley de Dios, llora la multitud, porque perciben la distancia entre su vida y los mandamientos del Señor. Pero Esdras, que lee, y los levitas, dicen a todos: «¡Hoy es un día santo para el Señor, vuestro Dios! No os lamentéis ni lloréis» (Ne 8,9).

Jesucristo leerá en la sinagoga de Nazaret al profeta Isaías, que anuncia su llegada: «El Espíritu del Señor está sobre mí (…); me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos» (Lc 4,18). A la vuelta de veinte siglos, la Escritura sigue hablando del presente y al presente, como esa vez en Nazaret: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21; cfr. Is 61,1). Cada día, y en especial cada domingo, «la Palabra de Dios es proclamada en la comunidad cristiana para que el día del Señor se ilumine con la luz que proviene del misterio pascual (…). Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se “entretiene” con nosotros, para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía»[11].

Cuando esta convicción se hace fuerte, se cuida con esmero la Liturgia de la Palabra en la Santa Misa. Hablando del modo de proclamar la Palabra de Dios, san Josemaría daba a sus hijos sacerdotes orientaciones llenas de sentido común y de amor de Dios. Les animaba a leer «dando sentido», que no significa «hacerlo enfáticamente, ni declamando, sino marcando bien las pausas necesarias; como cuando se lee un texto para tres o cuatro personas que están escuchando. Por eso convendrá que hagáis un poco de ejercicio leyendo una epístola, un evangelio, un prefacio…»[12] Son consejos también para todos los que intervienen en la liturgia de la Palabra, porque la Escritura pide esas atenciones de parte de todos: no se lee, pues, como si se tratase de un texto ajeno, o de una simple información a transmitir, sino desde un corazón caldeado por el cariño, por la escucha atenta, por el hambre de saciarse de toda palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3). Por eso «el sursum corda, una antiquísima fórmula de la liturgia, ya debería ser antes del Prefacio, antes de la liturgia, el “camino” de nuestro hablar y pensar. Debemos elevar nuestro corazón al Señor no solo como una respuesta ritual, sino como expresión de lo que sucede en este corazón que se eleva y arrastra hacia arriba a los demás»[13].

Para comprender la Escritura

«La Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor»[14]. La Escritura suscita un pensamiento vivo y personal, lleno de admiración; no anula nuestra inteligencia, sino que la solicita y la ilumina: «antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119 [118],105); ella da al mundo y a las cosas su verdadera dimensión, contrarrestando la miopía con la que el pecado desdibuja la realidad. La Palabra de Dios «entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12). Por eso, quien conoce y medita la Biblia, aunque cuente solo con una preparación académica modesta, tiene la sabiduría que otros quizá no encuentran en sus estudios. «Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos» (Jn 9,39).

Los acontecimientos narrados en la Biblia tienen, desde la fe, un sentido que trasciende la categoría de los simples hechos históricos: a través de las acciones y las vicisitudes del Pueblo de Dios, se trata sobre todo de lo que el Señor obra en él y por él; nuestra Madre lo expresa con nitidez: «ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo» (Lc 1,49). También los sucesos de la historia del mundo, y de nuestra historia personal, encuentran luz en la Escritura: «No hay ante ella criatura invisible, sino que todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuenta» (Hb 4,13). La Palabra de Dios envuelve e ilumina nuestra vida; por eso la oración y el apostolado encuentran en ella su medio natural.

Sin embargo, el medio natural no es siempre el de más sencillo acceso: aunque Dios nos ha creado para vivir con Él, «el camino que conduce a la vida» es estrecho (cfr. Mt 7,14). No debería extrañarnos que a veces algunos pasajes de la Escritura nos puedan resultar oscuros o difíciles. Benedicto XVI contaba en una ocasión que un amigo suyo, «tras haber escuchado predicaciones con largas reflexiones antropológicas para llegar juntos al Evangelio, decía: A mí no me interesan estas consideraciones; yo quiero entender lo que dice el Evangelio». Y apostillaba el Papa: «Me parece que, a menudo, en lugar de largas reflexiones, sería mejor decir (…): este Evangelio no nos gusta, somos contrarios a lo que dice el Señor. ¿Pero qué quiere decir? Si yo digo sinceramente que a primera vista no estoy de acuerdo, ya hemos puesto atención: se ve que yo quisiera, como hombre de hoy, entender lo que dice el Señor. Así podemos entrar de lleno en el núcleo de la Palabra»[15].

Si, como sostienen los neurólogos, apenas utilizamos un pequeño porcentaje de las capacidades de nuestro cerebro, se puede decir análogamente que la Escritura está dotada de una riqueza y una profundidad inagotables: «en todo lo perfecto he visto límite, pero tu mandamiento es infinito» (Sal 119 [118], 96). Por eso ya los Padres de la Iglesia distinguían varios sentidos en un mismo texto; más tarde, en época medieval, se desarrolló y consolidó la doctrina de los cuatro sentidos de la Escritura: literal, alegórico, moral y anagógico. El sentido literal, fundamento de todos los demás[16], no se reduce al significado directo que las palabras tienen para el lector: es necesario comprenderlo en el contexto de la época en que fue escrito para evitar lecturas aparentemente fieles pero distorsionadas. A su vez, la articulación de este sentido con los demás requiere con frecuencia la orientación de un lector experto, con el conocimiento que da el estudio. Por eso resultan muy útiles, y a veces imprescindibles, las ediciones de la Escritura que cuentan con buenas introducciones y notas de comentarios, así como otros libros de teología bíblica y de comentario de la Biblia. Los índices de citas de la Sagrada Escritura que se recogen al final de muchos de estos libros, y en particular en el Catecismo de la Iglesia Católica, permiten aproximarse a los diversos pasajes con más profundidad[17].

En la Sagrada Escritura ningún texto se puede aislar del conjunto, que tiene su unidad en el Verbo de Dios. «En efecto, por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua»[18]. El Nuevo Testamento se lee por eso a la luz del Antiguo, y el Antiguo teniendo a Cristo como clave de interpretación, según la famosa fórmula de san Agustín: el Nuevo está escondido en el Antiguo, y el Antiguo se manifiesta en el Nuevo; Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet[19]. Escribe Santo Tomás de Aquino que el corazón de Jesús «estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías»[20]. Por eso, cuando el Resucitado se aparece a los discípulos, escribe san Lucas que «les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras» (Lc 24,45). Así hace también Jesús con nosotros, cuando dejamos que nos acompañe en el camino de nuestra vida, por nuestra escucha atenta, por nuestra búsqueda sincera; de la mano de los santos, y de tantos hermanos en la fe, hallamos en la Escritura «la voz, el gesto, la figura amabilísima de nuestro Jesús»[21].

Texto: Guillaume Derville

Foto: thoroughlyreviewed.com

Fuente: opusdei.es


[1] San Jerónimo, Epist. 53, 5 (PL 22, 544).

[2] Francisco, Carta ap. Misericordia et misera, 20-XI-2016, 7.

[3] San Josemaría, notas de una meditación, 1-IV-1962, en En diálogo con el Señor, 46 (AGP, biblioteca, P09).

[4] La Torah (en hebreo, “instrucción, enseñanza, ley”) es el corazón de la Biblia Hebrea, y está compuesta por los libros del Pentateuco (en griego, “cinco estuches”): Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

[5] Se trata de una expresión repetida por los salmos; cfr., por ejemplo, Sal 9,11; 40 [39],17; 70 [69],5.

[6] Cfr. Concilio de Trento, Sesión IV (8-IV-1546), DS 1501-1504.

[7] San Agustín, Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5, 6 (PL 42, 176), citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 119.

[8] «Ait enim Cavensis episcopus: Evangelio Ioannis non credo, quia ab ecclesia sit receptum, sed quia Ioannis est. Cui hoc esse haereticum responsum est»: Concilio de Trento, Diariorum, Actorum, Epistularum, Tractatuum nova Collectio, Herder, Friburgo 1901, vol. 1, 480.

[9] San Hilario de Poitiers, Liber ad Constantium Imperatorem, 9 (PL 10, 570).

[10] Francisco, Misericordia et misera, 7.

[11] Francisco, Misericordia et misera, 6.

[12] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-II-1956, en Crónica, II-1993, 195s. (AGP, Biblioteca, P01).

[13] Benedicto XVI, Discurso, 31-VIII-2006.

[14] Francisco, Misericordia et misera, 7.

[15] Benedicto XVI, Discurso, 26-II-2009.

[16] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 1, a. 10, ad 1.

[17] Por otro lado, según la voz autorizada de quien coordinó los trabajos de elaboración del Catecismo, los nn. 101-104 constituyen una breve summa metodológica para una auténtica lectura teológica de la Escritura. Cf. J. Ratzinger, ¿El Catecismo de la Iglesia católica está a la altura de la época? Meditaciones diez años después de su promulgación, en Caminos de Jesucristo, Ediciones cristiandad, Madrid 2004, p. 144.

[18] Catecismo de la Iglesia Católica, 112 (cfr. cfr. Lc 24,25-27.44-46; Concilio Vaticano II, Const. Dei Verbum, 12).

[19] San Agustín, Quaestiones in Heptateuchum, 2, 73 (PL 34, 623).

[20] Santo Tomás de Aquino, Expositio in Psalmos 21, 11 (citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 112).

[21] Javier Echevarría, “Introducción” a Mientras nos hablaba en el camino, 17 (AGP, biblioteca, P18).

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