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Diumenge VI de Pasqua (cicle A): l'autèntic amor es manifesta amb obres

Ens estem acostant a la festa de Pentecosta i la litúrgia comença a preparar-nos a ella. La primera lectura, treta dels Fets dels apòstols, ens parla de l'Esperit Sant. En Samaria molts han acollit el missatge cristià. Dos apòstols vénen de Jerusalem per confirmar-los en la fe i no triguen a adonar-se d'una cosa: les persones han estat regularment batejades; però, no mostren cap dels signes que solien acompanyar a la vinguda de l'Esperit Sant: alegria, entusiasme, fets prodigiosos...

Ofrecemos los siguientes documentos para preparar homilías de calidad : "La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento." (Papa Francisco, “La Alegría del Evangelio”, n. 135).

Misa del día

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Is 48, 20

Con voz de júbilo, anúncienlo; que se oiga. Que llegue a todos los rincones de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con incansable amor estos días de tanta alegría en honor del Señor resucitado, y que los misterios que hemos venido conmemorando se manifiesten siempre en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 8, 5-8. 14-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. La multitud escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los milagros que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos, lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados quedaban curados. Esto despertó gran alegría en aquella ciudad.

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. Éstos, al llegar, oraron por los que se habían convertido, para que recibieran el Espíritu Santo, porque aún no lo habían recibido y solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos, y ellos recibieron el Espíritu Santo. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20.

R/. Las obras del Señor son admirables. Aleluya.

Que aclame al Señor toda la tierra. Celebremos su gloria y su poder, cantemos un himno de alabanza, digamos al Señor: “Tu obra es admirable”. R/.

Que se postre ante ti la tierra entera y celebre con cánticos tu nombre. Admiremos las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres. R/.

Él transformó el Mar Rojo en tierra firme y los hizo cruzar el Jordán a pie enjuto. Llenémonos por eso de gozo y gratitud: el Señor es eterno y poderoso. R/.

Cuantos temen a Dios, vengan y escuchen, y les diré lo que ha hecho por mí. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su gracia. R/.

SEGUNDA LECTURA

Murió en su cuerpo y resucitó glorificado.

De la primera carta del apóstol san Pedro: 3, 15-18

Hermanos: Veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta cristiana de ustedes, pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado. Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 14, 23

R/. Aleluya, aleluya.

El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él. R/.

EVANGELIO

Yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 14, 15-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Suba hasta ti, Señor, nuestra oración, acompañada por estas ofrendas, para que, purificados por tu bondad, nos dispongas para celebrar el sacramento de tu inmenso amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 14, 15-16

Si me aman, cumplirán mis mandamientos, dice el Señor; y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Abogado, que permanecerá con ustedes para siempre. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que, por la resurrección de Cristo, nos has hecho renacer a la vida eterna, multiplica en nosotros el efecto de este sacramento pascual, e infunde en nuestros corazones el vigor que comunica este alimento de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo (Hch 8,5-8.14-17)

1ª lectura

Este Felipe no es el Apóstol (Hch 1,13) sino uno de los Siete, elegidos para la atención de los necesitados (Hch 6,5). El Evangelio rebasa las fronteras de Judea porque «en medio del infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 18). El éxito de la predicación en Samaría es la primera consecuencia de la persecución: «La religión fundada por el misterio de la Cruz de Cristo no puede ser destruida por ningún género de crueldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados» (S. León Magno, In natali Apostolorum Petri et Pauli 6).

Los Apóstoles guían la primera expansión de la Iglesia fuera de Jerusalén (v. 14).

La Tradición ha visto en los vv. 15-17 una primera manifestación del sacramento dela Confirmación: «Los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cfr Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (cfr Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la Tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (Pablo VI, Divinae consortium naturae).

Pedro y Juan no actúan en virtud de una fuerza independiente que posean o controlen, sino en dependencia del poder divino (vv. 15.17). Los cristianos alcanzan los milagros mediante la súplica a Dios y nunca por gestos o fórmulas mágicas. San Lucas señalará de nuevo las diferencias entre el milagro cristiano y la magia al narrar los episodios del mago Elimas (13,6ss.), la adivina de Filipos (16,16ss.) y los hijos del sacerdote Esceva (19,13ss.).

Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones (1 P 3,15-18)

2ª lectura

La coherencia de vida será ocasión de que quienes calumnian puedan rectificar (v. 16). Con palabras de Isaías referidas a Dios, se manda glorificar –literalmente, «santificar»– a Cristo Señor (v. 15), es decir, tributarle el culto sólo debido a Dios, aun en medio de las contrariedades: «¿Qué cosa es glorificar a Cristo en nuestros corazones sino sentir, por muy incomprensible que sea la gloria, su santidad en lo íntimo del corazón? ¡Qué gran fortaleza para vencer dan a los que tienen esperanza los fulgores inestimables de la santidad» (S. Beda, In 1 Epistolam Sancti Petri, ad loc.).

Os dará otro Paráclito (Jn 14,15-21)

Evangelio

Jesús anuncia que, tras su resurrección, enviará el Espíritu Santo a los Apóstoles, que les guiará haciéndoles recordar y comprender cuanto Él les había dicho. El Espíritu Santo es revelado así como otra Persona divina con relación a Jesús y al Padre. Con ello se anuncia ya el misterio de la Santísima Trinidad, que se revelará en plenitud con el cumplimiento de esta promesa.

El auténtico amor ha de manifestarse con obras (v. 15). «Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama» (S. Juan Crisóstomo, In Ioannem 74). Por eso Jesús quiere hacernos comprender que el amor a Dios, para serlo de veras, ha de reflejarse en una vida de entrega generosa y fiel al cumplimiento de la voluntad divina: el que recibe sus mandamientos y los guarda, ése es quien le ama (cfr v. 21).

Paráclito (v. 16) significa «llamado junto a uno» con el fin de acompañar, consolar, proteger, defender... De ahí que el Paráclito se traduzca por «Consolador», «Abogado», etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de «otro Paráclito» (v. 16), porque el mismo Jesús es nuestro Abogado y Mediador en el cielo junto al Padre (cfr 1 Jn 2,1), y el Espíritu Santo será dado a los discípulos en lugar suyo cuando Él suba al cielo como Abogado o Defensor que les asista en la tierra.

El Paráclito es nuestro Consolador mientras caminamos en este mundo en medio de dificultades y bajo la tentación de la tristeza. Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

Acerca de las palabras: “si me amáis, observad mis mandatos”, hasta: “permanecerá con vosotros y estará dentro de vosotros”

En la lectura del evangelio hemos oído estas palabras del Señor: Si me amáis, observad mis mandatos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador para que esté con vosotros eternamente: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conoceréis, porque morará con vosotros y estará dentro de vosotros. Muchas son las cosas que hay que indagar en estas breves palabras del Señor; pero mucho es para nosotros buscar todas las cosas que hay que buscar en ellas o hallar todas las cosas que en ellas buscamos. No obstante, prestando atención a lo que nosotros debemos decir y vosotros debéis oír, según lo que el Señor se digna concedernos y de acuerdo con nuestra capacidad y la vuestra, recibid, carísimos, lo que nosotros os podemos decir, y pedidle a Él lo que nosotros no os podemos dar. Cristo prometió el Espíritu Santo a los apóstoles, pero debemos advertir de qué modo se lo ha prometido. Dice: Si me amáis, guardad mis mandatos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, que es el Espíritu de verdad, para que permanezca con vosotros eternamente. Este es, sin duda, el Espíritu Santo de la Trinidad, al que la fe católica confiesa coeterno y consustancial al Padre y al Hijo, y el mismo de quien dice el Apóstol: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. ¿Por qué, pues, dice el Señor: Si me amáis, guardad mis mandatos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, cuando dice que, si no tenemos al Espíritu Santo, no podemos amar a Dios ni guardar sus mandamientos? ¿Cómo hemos de amar para recibirlo, si no podemos amar sin temerlo? ¿O cómo guardaremos los mandamientos para recibirlo, si no es posible observarlos sin tenerle con nosotros? ¿Acaso debe preceder en nosotros el amor que tenemos a Cristo, para que, amándole y observando sus preceptos, merezcamos recibir al Espíritu Santo a fin de que no ya la caridad de Cristo, que ha precedido, sino la caridad del Padre se derrame en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado? Perversa es esta sentencia. Quien cree amar al Hijo y no ama al Padre, no ama verdaderamente al Hijo, sino lo que él se ha imaginado. Porque nadie, dice el Apóstol, puede pronunciar el nombre de Jesús si no es por el Espíritu Santo. ¿Y quién dice Señor Jesús del modo que dio a entender el Apóstol sino aquel que le ama? Muchos lo pronuncian con la lengua y lo arrojan del corazón y de sus obras, conforme de ellos dijo el Apóstol: Confiesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Luego, si con los hechos se niega, sin duda también con los hechos se habla. Nadie, pues, puede pronunciar con provecho el nombre del Señor Jesús con la mente, con la palabra, con la obra, con el corazón, con la boca, con los hechos, sino por el Espíritu Santo; y de este modo solamente lo puede decir el que ama. Y ya de este modo decían los apóstoles: Señor Jesús. Y si lo pronunciaban sin fingimiento, confesándolo con su voz, con su corazón y con sus hechos; es decir, si con verdad lo pronunciaban, era ciertamente porque amaban. Y ¿cómo podían amar sino por el Espíritu Santo? Con todo, a ellos se les manda amarle y guardar sus mandatos para recibir al Espíritu Santo, sin cuya presencia en sus almas no pudieran amar y observar los mandamientos.

No nos queda más que decir que el que ama tiene consigo al Espíritu Santo, y que teniéndole merece tenerle más abundantemente, y que teniéndole con mayor abundancia, es más intenso su amor. Ya los discípulos tenían consigo al Espíritu Santo, que el Señor prometía, sin el cual no podían llamarle Señor; pero no lo tenían aún con la plenitud que el Señor prometía. Lo tenían y no lo tenían, porque aún no lo tenían con la plenitud con que debían tenerlo. Lo tenían en pequeña cantidad, y había de serles dado con mayor abundancia. Lo tenían ocultamente, y debían recibirlo manifiestamente; porque es un don mayor del Espíritu Santo hacer que ellos se diesen cuenta de lo que tenían. De este don dice el Apóstol: Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado. Y no una, sino dos veces les infundió el Señor manifiestamente al Espíritu Santo. Poco después de haber resucitado, dijo soplando sobre ellos: Recibid al Espíritu Santo. ¿Acaso por habérselo dado entonces no les envió después también al que les había prometido? ¿O no es el mismo Espíritu Santo el que entonces les insufló y el que después les envió desde el cielo? De aquí nace otra cuestión: por qué esta donación, que hizo manifiestamente, la hizo dos veces. Quizá en atención a los dos preceptos del amor: el amor de Dios y el amor del prójimo; y para que entendamos que al Espíritu Santo pertenece el amor, hizo esta doble manifestación de su donativo. Y si otra causa hubiera de buscarse, no por eso hemos de prolongar esta plática más de lo conveniente, con tal que tengamos bien presente que, sin el Espíritu Santo, nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y que tanto menos podremos hacerlo cuanto menos de El tengamos, y que lo haremos con tanta mayor plenitud cuanto más de Él participemos. Por consiguiente, no sin motivo se promete no sólo al que no le tiene, sino también al que le tiene: al que no le tiene, para que le tenga, y al que ya le tiene, para que le tenga con mayor abundancia. Porque, si uno no pudiera tenerle más abundantemente que otro, no hubiera dicho Elíseo al santo profeta Elías: El Espíritu, que está en ti, hágase doble en mí.

Cuando Juan Bautista dijo que Dios no da el Espíritu con medida, hablaba del mismo Hijo de Dios, al cual no le fue dado con medida, porque en El habita toda la plenitud de la Divinidad. Ni aun el hombre Cristo Jesús sería el mediador entre Dios y los hombres sin la gracia del Espíritu Santo, pues El mismo afirma que en Él tuvo su cumplimiento aquel dicho profético: El Espíritu del Señor ha venido sobre mí; por lo cual me ha ungido y me ha enviado a evangelizar a los pobres. La igualdad que tiene con el Padre, no la tiene por gracia, sino por naturaleza; pero la elevación del hombre a la unidad de persona en el Unigénito no es efecto de la naturaleza, sino de la gracia, como lo atesta el Evangelio, diciendo: Mas el Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en El. A todos los demás se les da con medida, y después de dado se les vuelve a dar, hasta llenar en cada uno la medida de su perfección. Y por esta razón exhorta el Apóstol a no saber más de lo que conviene saber, sino saber con moderación según la medida de la fe que Dios ha distribuido a cada uno. No se divide con esto el Espíritu; se dividen los dones dados por el Espíritu, porque hay diversidad de dones, pero el Espíritu es siempre el mismo.

Con estas palabras: Yo rogaré al Padre y Él os dará otro paráclito, declara que también Él es Paráclito, que en latín quiere decir abogado. Y de Cristo se ha dicho que tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, justo. Y en este sentido dijo que el mundo no era capaz de recibir al Espíritu Santo, conforme lo que estaba escrito: La prudencia de la carne es enemiga de Dios, porque no está ni puede estar sometida a la ley; como si dijera que la injusticia no puede ser justa. Llama mundo en este lugar a los amadores del mundo, cuyo amor no procede del Padre. Y, por lo tanto, el amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es contrario al amor de este mundo, que tratamos de disminuir y desterrar de nosotros. El mundo, pues, no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce, porque el amor mundano no tiene esos ojos espirituales, sin los cuales no es posible ver al Espíritu Santo, que es invisible a los ojos de la carne.

En cambio, dice: Vosotros lo conoceréis, porque permanecerá con vosotros y estará dentro de vosotros.

Estará dentro de ellos para permanecer con ellos; no permanecerá con ellos para estar en ellos, porque primero hay que estar en un lugar para permanecer en él. Pero para que entendiésemos que, al decir que permanecerá con vosotros, no era una permanencia semejante a la de un huésped en la casa, explicó esa permanencia añadiendo que estará dentro de vosotros. Es invisiblemente visible y no podemos conocerlo si no está dentro de nosotros. De este modo vemos dentro de nosotros nuestra propia conciencia; vemos el rostro de los otros, pero no vemos el nuestro; vemos, en cambio, nuestra conciencia y no vemos la de los otros. Pero la conciencia no tiene existencia fuera de nosotros, y el Espíritu Santo existe también sin nosotros y se da para estar dentro de nosotros. No obstante, no podemos verlo y conocerlo como debe ser visto y conocido si no está dentro de nosotros.

Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 74, 1-5, BAC Madrid 1965, 335-41.

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FRANCISCO – Homilía del 6 de mayo de 2013

No se puede entender la vida del cristiano sin el Espíritu Santo

“El Espíritu Santo es nuestro amigo y compañero de camino y nos dice dónde está Jesús”. El papa subrayó la importancia del examen de conciencia en la vida de todo cristiano.

El santo padre ha hablado sobre el Espíritu Santo, que es “justamente Dios, la Persona Dios, que da testimonio de Jesucristo en nosotros”. Ha indicado también la protección del Espíritu Santo que “Jesús llama Paráclito”, “o sea aquello que nos defiende”, que “siempre está a nuestro lado para sostenernos”.

A continuación ha recordado que “no se puede entender la vida cristiana sin la presencia del Espíritu Santo: no sería cristiana. Sería una vida religiosa, pagana, piadosa, que cree en Dios, pero sin la vitalidad que Jesús quiere para sus discípulos. Y aquello que da la vitalidad es el Espíritu Santo, presente”. Y ha añadido que el Espíritu “da testimonio” de Jesús para que nosotros podamos darlo a los demás”.

Sobre la primera lectura ha recordado que “hay una cosa bella: aquella mujer que escuchaba a Pablo, que se llamaba Lidia. De ella se dice que el Señor le abrió el corazón para que se adhiriera a las palabras de Pablo. Esto es lo que hace el Espíritu Santo: nos abre el corazón para conocer a Jesús. Sin Él no podemos conocer a Jesús. Nos prepara al encuentro con Jesús. Nos hace ir por el camino de Jesús. El Espíritu Santo actúa en nosotros durante todo el día, durante toda nuestra vida, como testimonio que nos dice dónde está Jesús”.

El papa Francisco ha animado a la oración refiriéndose a ésta como “el camino para tener en cada momento” la gracia de la “fecundidad de la Pascua”. Se ha detenido también a hablar sobre el examen de conciencia “que los cristianos realizan con respecto a la jornada que han vivido” y ha afirmado que es “un ejercicio que nos hace bien porque es tomar consciencia de aquello que el Señor ha obrado en nuestro corazón”.

El santo padre quiso pedir “la gracia de acostumbrarnos a la presencia de este compañero de camino, el Espíritu Santo, de este testimonio de Jesús que nos dice dónde está Jesús, cómo encontrar a Jesús, qué cosa nos dice Jesús. Tenerle una cierta familiaridad: es un amigo”. Y recordando las palabras de Jesús ‘No, no te dejo solo, te dejo a Éste’, ha proseguido “Jesús nos lo deja como amigo”.

Para finalizar ha invitado a que “antes que termine la jornada tengamos la costumbre de preguntarnos: ‘¿Qué cosa ha obrado el Espíritu Santo en mí, hoy? ¿Qué testimonio me ha dado? ¿Cómo me ha hablado? ¿Qué cosa me ha sugerido?’. Ya que el Espíritu Santo es “presencia divina que nos ayuda a ir adelante en nuestra vida de cristianos. Pidamos hoy esta gracia. Y esto hará que, como lo hemos hecho en la oración, en cada momento tengamos presente la fecundidad de la Pascua”.

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BENEDICTO XVI – Regina Coeli 2011

La alegría del Evangelio

¡Queridos hermanos y hermanas!

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que, tras una primera violenta persecución, la comunidad cristiana de Jerusalén, exceptuando los apóstoles, se dispersa en las regiones circundantes y Felipe, uno de los diáconos, llega a una ciudad de Samaria. Allí predicó a Cristo resucitado, su anuncio estuvo acompañado por numerosas curaciones, así que la conclusión del episodio es muy significativa: “Y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hch 8,8). Cada vez nos impresiona esta expresión, que en esencia nos comunica un sentido de esperanza; como si dijera: ¡es posible! Es posible que la humanidad conozca la verdadera alegría, porque allá donde llega el Evangelio, florece la vida; como un terreno árido que, llegado por la lluvia, rápidamente reverdece. Felipe y los demás discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, hicieron en los pueblos de Palestina lo que había hecho Jesús: predicaron la Buena Noticia y realizaron signos prodigiosos. Era el Señor el que actuaba por medio de ellos. Así como Jesús anunciaba la venida del Reino de Dios, los discípulos anunciaron a Jesús resucitado, profesando que Él es Cristo, el Hijo de Dios, bautizando en su nombre y expulsando toda enfermedad del cuerpo y del espíritu.

“Y hubo una gran alegría en aquella ciudad”. Leyendo este pasaje, espontáneamente se piensa en la fuerza sanadora del Evangelio, que a lo largo de los siglos ha “lavado”, como río beneficioso, a tantas poblaciones. Algunos grandes Santos y Santas han llevado esperanza y paz a ciudades enteras −pensemos en san Carlos Borromeo en Milán, en la época de la peste; en la beata Madre Teresa de Calcuta; y en tantos misioneros, cuyos nombres Dios conoce, que han dado la vida por llevar el anuncio de Cristo y hacer florecer entre los hombres la alegría profunda. Mientras los poderosos de este mundo buscaban conquistar nuevos territorios por intereses políticos y económicos, los mensajeros de Cristo iban por todas partes con el objetivo de llevar a Cristo a los hombres y a los hombres a Cristo, sabiendo que sólo Él puede dar la verdadera libertad y la vida eterna. También hoy la vocación de la Iglesia es la evangelización: tanto de las poblaciones que todavía no han sido “regadas” por el agua viva del Evangelio; como de aquellas que, aun teniendo antiguas raíces cristianas, necesitan linfa nueva para dar nuevos frutos, y redescubrir la belleza y la alegría de la fe.

Queridos amigos, el beato Juan Pablo II ha sido un gran misionero, como documenta también una muestra preparada estos días en Roma. Él relanzó la misión ad gentes y, al mismo tiempo, promovió la nueva evangelización. Confiamos la una y la otra a la intercesión de María Santísima. Que la Madre de Cristo acompañe siempre y en todas partes el anuncio del Evangelio, para que se multipliquen y se amplíen en el mundo los espacios en los que los hombres reencuentran la alegría de vivir como hijos de Dios.

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Hacerse paráclitos

Nos estamos acercando a la fiesta de Pentecostés y la liturgia comienza a prepararnos a ella. La primera lectura, sacada de los Hechos de los apóstoles, nos habla del Espíritu Santo. En Samaria muchos han acogido el mensaje cristiano. Dos apóstoles vienen de Jerusalén para confirmarles en la fe y no tardan en darse cuenta de una cosa: las personas han sido regularmente bautizadas; pero, no muestran ninguno de los signos que solían acompañar a la venida del Espíritu Santo: alegría, entusiasmo, hechos prodigiosos... Entonces, los apóstoles realizaron un gesto que preanunciaba nuestro actual sacramento de la confirmación: «Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo».

En el Evangelio, Jesús habla a los discípulos del Espíritu con el término característico de Paráclito: «Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad».

Poco después del fragmento de hoy, vuelve de nuevo sobre el mismo tema diciéndoles: «Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».

Paráclito es un término griego que significa: o bien consolador o bien defensor o bien ambas cosas a la vez. Aplicado al Espíritu Santo este título constituye el arribo de un tema presente en toda la Biblia. En el Antiguo Testamento Dios es el gran consolador de su pueblo, el que proclama: «Yo, yo soy tu consolador» (al pie de la letra en la versión de los Setenta, ¡tu Paráclito!) (Isaías 51,12), aquel que «consuela como una madre» (Isaías 66, 13). Esta consolación de Dios o este «Dios de la paciencia y del consuelo» (Romanos 15,5) se ha «encarnado» en Jesucristo, que se define indirectamente como el primer consolador, defensor o Paráclito.

Es él quien clama en el Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y fatigados, y yo os daré descanso» (Mateo 11,28). El Espíritu Santo siendo en esto, como en cualquier otro ámbito, quien continúa la obra de Cristo y quien lleva a cumplimiento las obras comunes de la Trinidad, no podía no definirse, también él, como el Consolador, «defensor, que esté siempre con vosotros», como lo define Jesús.

Pero, todo esto no basta para explicar por qué Juan en su Evangelio insista tanto en el título de Paráclito. Eso debe su origen y su importancia asimismo en la experiencia. La Iglesia entera después de Pascua ha hecho una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor y aliado en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos y en la vida de cada día.

En los Hechos leemos: «Las iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; pues se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación (paraclesis) del Espíritu Santo» (Hechos 9, 31).

Paráclito, he dicho, puede significar dos cosas: defensor y consolador. En los primeros siglos, cuando la Iglesia está en estado de persecución y hace la experiencia cotidiana de procesos y condenas, se ve en el Paráclito sobre todo al abogado y al defensor divino contra los acusadores humanos. Él se ha ejercitado Como el que asiste a los mártires y ante los jueces en los tribunales; el que pone en su boca la palabra que nadie está en disposición de contradecir.

Saliendo de la era de las persecuciones se traslada el acento y el significado predominante del Paráclito llega a ser el de consolador en las tribulaciones y en las angustias de la vida. San Buenaventura pone en comparación entre sí a la consolación de los hombres y la del Espíritu Santo y ve tres diferencias fundamentales entre las dos.

«La consolación del Espíritu es verdadera, perfecta y proporcionada. Es verdadera, porque usa la consolación allí donde ha de aplicarla, esto es, en el alma, no en los instintos de la carne, lo cual es lo opuesto de cuanto hace el mundo, que consuela la carne y aflige al alma, semejante en esto a un hospedero malo, que cuida al caballo y desatiende al caballero.

Es perfecta, porque consuela en cada tribulación; no como hace el mundo, que, al dar una consolación, proporciona dos tribulaciones, como uno que remienda un viejo gabán cerrando un agujero y abriendo otros dos. Es proporcionada, porque allá donde hay una mayor tribulación aporta una mayor consolación; no como hace el mundo que consuela y lisonjea en la prosperidad y en la adversidad irrita y condena».

Ahora, debemos sacar de nuestra contemplación del Paráclito una consecuencia práctica y operativa. En efecto, no basta estudiar el significado del término Paráclito y ni siquiera honrar e invocar al Espíritu Santo con este nombre. ¡Es necesario que nosotros mismos lleguemos a ser paráclitos!

Si es verdad que el cristiano debe ser un alter Christus u otro Cristo, es asimismo verdadero que debe ser «otro Paráclito». Éste es un título para imitar y para vivir, no sólo para comprender.

Mediante el Espíritu Santo ha sido derramado el amor de Dios en nuestros corazones (cfr. Romanos 5, 5); esto es, bien sea el amor con que somos amados por Dios bien sea el amor por el que somos hechos capaces, a nuestra vez, de amar a Dios y al prójimo. Aplicada a la consolación (la forma que toma el amor ante el sufrimiento de la persona amada) la palabra del Apóstol viene a decimos una cosa importantísima: que el Paráclito no se limita a darnos algo de consuelo, como un deleite, sino que nos enseña el arte de consolar.

En otras palabras, no sólo nos consuela sino que también por nuestra parte nos hace capaces de consolar a los demás. Nos lo explica bien san Pablo. Él escribe: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!» (2 Corintios 1, 3-4).

La palabra griega, de la que proviene el nombre Paráclito, vuelve a aparecer en este texto, al menos, cinco veces, bien como verbo bien como sustantivo. Contiene lo esencial para una teología de la consolación.

El consuelo verdadero viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero, no se detiene en él. Su fin último es logrado cuando quien ha experimentado el consuelo se sirve, a su vez, de él para consolar a otros.

Pero, ¿consolar cómo? Aquí está lo importante. Con la consolación misma con que él ha sido consolado por Dios; con un consuelo divino, no humano. No contentándose con repetir inútiles palabras de circunstancias, que pronto abandonan el terreno que encuentran «¡ ánimo, no te desanimes; verás que todo se resolverá según lo mejor!»), sino «para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Romanos 15, 4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, puestos en un clima de oración, son capaces de realizar junto a la cabecera de un enfermo con la fe en la presencia del Espíritu. Es Dios el que está consolando a través de ti.

En un cierto sentido, hasta el Espíritu Santo tiene necesidad de nosotros para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero, no tiene boca ni manos ni ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos y nuestra boca.

Nuestra alma puede hasta desear hacer una sonrisa o una caricia (a un niño, a la mujer o al marido); pero, de por sí no puede conseguirla; tiene necesidad que la mano traduzca en acto su deseo. Como el alma actúa, se mueve, sonríe, a través de los miembros de nuestro cuerpo, así el Espíritu Santo actúa con los miembros de «su» cuerpo, que es la Iglesia.

Cuando el Apóstol les exhorta a los cristianos de Tesalónica diciendo: «Consolaos mutuamente» (1 Tesalonicenses 5, 11) es como si nos dijese: «Haceos paráclitos» los unos de los otros. Si el consuelo, que recibimos del Espíritu, no pasa de nosotros a los demás, si queremos guardarlo egoístamente sólo para nosotros, el consuelo bien pronto se corrompe.

He aquí, por qué una hermosa plegaria, atribuida a san Francisco de Asís, dice:

«Que yo no busque tanto

el ser consolado, cuanto el consolar;

ser comprendido, cuanto comprender;

ser amado, cuanto amar...»

A luz de lo que os he dicho, no es difícil descubrir quiénes son hoy los paráclitos en tomo a nosotros. Son los que se inclinan sobre los enfermos terminales y los enfermos del SIDA; los que se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos; los voluntarios, que dedican su tiempo a visitas a los hospitales. Los que se dedican a los niños, víctimas de abusos de todo género, dentro y fuera de casa. Paráclitos son igualmente quienes se hacen paladines de los derechos de los menores amenazados, al igual como ciertas poblaciones indias de la América latina, o que se hacen voz de quienes no la tienen.

Nosotros, los sacerdotes y religiosos, todos debemos ser paráclitos, esto es, instrumentos de consolación del Espíritu, sobre todo de quien viene la palabra de Dios, de la esperanza y del perdón sacramental. Es a nosotros, sacerdotes y predicadores, a los que hoy se dirige de un modo del todo particular el mandamiento, que Dios daba a sus profetas en el Antiguo Testamento: «Consolad, consolad (parakaleite) a mi pueblo» (Isaías 40,1).

Terminemos nuestra reflexión, recitando juntos los primeros versículos de la Secuencia de Pentecostés, en donde el Espíritu Santo es invocado como «perfecto consolador»:

«Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos».


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