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La puerta de la fe está siempre abierta

Por Josep Maria Riera Munné
Publicado el 13 de junio de 2012
 

 

 

 

 
Mn. Josep Maria Riera Munné
Doctor en Teología y economista
 
 
Hoy es necesario un compromiso «a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver
a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe» (cf. Carta Apostòlica Porta fidei [PF], n.7).

El nombre de la Carta Apostólica, con la que Benedicto XVI convoca la Iglesia a vivir un Año de la fe, es bastante

elocuente y claramente inspirado. La puerta abierta significa una invitación, una posibilidad nueva, una llamada a confiar en la bondad de quien invita a entrar, un espacio nuevo que se nos ofrece, un encuentro con Dios por su Palabra hacia su Vida. «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará; entrará y saldrá, y hallará pastos» (Jn 10, 9). El encuentro con Jesús es «la puerta de la fe», que introduce en la comunión con Dios y permite la entrada a su Iglesia. Y siempre está abierta (cf. PF, n.1). Una invitación no es nunca una imposición, una invitación a la amistad con Jesucristo, lo es a seguirlo como camino (cf. Jn 14, 6); a abrirse a la verdad escuchada de su voz (cf. Jn 18, 37); a participar en su vida divina: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

La puerta abierta de la fe es un llamamiento a quienes tienen anhelos de liberación, de libertad: «quien entre por mí...; entrará y saldrá», se podrá mover con gran facilidad, ligereza y libertad de movimientos; «y encontrará pastos», quedará saciado y nunca defraudado de haber dado este paso de entrar. Es un camino lleno de luz y de alegría, y que llena el corazón de entusiasmo. Vale la pena atravesar la «puerta de la fe»: Jesucristo, que nos dice: «Creed en mí.» (Jn 14,1).

El contexto de referencia del título que toma la Carta Apostólica es muy alentador. Nos explican los Hechos de los Apóstoles que, después de que el Espíritu Santo habiera segregado aPablo y Bernabé de la primera comunidad de los fieles cristianos de Antioquía de Siria, para ser enviados (cf. Hch 13, 2), y producida la ruptura con los judíos de la sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo y Bernabé dijeron valientemente: «era a vosotros a quienes había  que predicar primero la palabra de Dios, pero como la rechazáis,... nos volvemos a los gentiles»(cf. Hch 13, 46); al final del primer viaje apostólico, «bajaron a Atalía. De allí hicieron vela hacia Antioquia, (de donde habían salido). Una vez llegados, y reunida la iglesia, contaron todo lo que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe.» (Hch 14, 25-27). A resultas de este golpe de audacia apostólica, guiados por el Espíritu Santo, se convocó el llamado Concilio de Jerusalén (cf. Hch 15), que resolvió para siempre la universalidad del mensaje cristiano y de la misión apostólica.

El gran paso adelante de la misión «ad gentes»: «Te he puesto como luz de las naciones, destinado a llevar la salvación hasta el extremo de la tierra» (Hch 13,47; Is 49, 6), es el mismo paso adelante que inspiró el Concilio Vaticano II y que ahora mueve el reto de la Nueva Evangelización que pretende Benedicto XVI. «Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él... (Cf. Jn 4, 14). Debemos sentir de nuevo el gusto de alimentarnos de la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y del Pan de la vida, ofrecido como sostén...» (PF, n. 3). El pozo es el lugar del trato con Jesús: por la Palabra y el Pan; la oración y la frecuencia de los sacramentos.

El día 11 de octubre de 1962, entonces festividad de la Maternidad de María, se inauguraba solemnemente el Concilio Vaticano II y, pasados 50 años, aquellos «textos dejados en herencia por los Padres conciliares... no pierden su valor ni su esplendor. Hay que leerlos de manera apropiada y hacer que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, (...) Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (PF, n.5).

Según las palabras del beato Juan XXIII, el Concilio quería «transmitir pura y íntegramente la doctrina, sin atenuar ni deformarla», comprometiéndose a hacer que «esta doctrina cierta e inmutable, que debe ser fielmente respetada, sea profundizada y presentada de la manera que corresponda a las exigencias de nuestro tiempo» (Discurso de apertura del Concilio Vaticano II).

El Santo Padre Benedicto XVI, se ha comprometido a buscar una comprensión adecuada del Concilio, rechazando como errónea la llamada «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura», que magnificaba el cambio y la novedad como grandes aportaciones, como si la Iglesia y la vida cristiana necesitaran un cambio radical, una catarsis, abandonando todo lo que se había transmitido hasta entonces como auténtico patrimonio de la fe. Se debe procurar la comprensión del Concilio que Benedicto XVI ha llamado como «"hermenéutica de la reforma", de la renovación en la continuidad, del único sujeto-Iglesia que el Señor nos ha dado, es un sujeto que crece y se desarrolla en el tiempo, pero siendo siempre el mismo y único sujeto del Pueblo de Dios en camino» (Discurso a la Curia romana, 22.XII.2005).

El Sínodo de Obispos, instrumento de colegialidad surgido del Concilio para llevar a la práctica de manera cuidadosa y oportuna las sugerencias conciliares, ha tratado hasta ahora las numerosas cuestiones que manifiestan las preocupaciones de la Iglesia de hoy, surgidas del Concilio y de sus textos, muchas veces puestos al día y renovados, habiendo pasado algunos años, por las exhortaciones apostólicas postsinodales, y por algunos documentos y encíclicas papales. Un vistazo a los sínodos convocados nos mostrará las preocupaciones de la Iglesia en su misión en el mundo de hoy. Conviene que tengamos una noción de todas estas iniciativas doctrinales, pastorales y de gobierno colegial en la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Recordémoslo:

En 1967, fue convocado el primer Sínodo sobre La preservación y el fortalecimiento de la fe católica, su integridad, vigor y desarrollo, y su coherencia doctrinal e histórica, donde se manifiesta un primer interés por recoger los rasgos más significativos del evento conciliar, y empezar a llevar a la práctica de manera serena sus sugerencias. Poco después, en 1971, se trató de El sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo. Dos temáticas de viva actualidad, con el comienzo de una especial efervescencia clerical de consecuencias entonces impensables, la preocupación por la justicia era muy cercana a la publicación de la encíclica de Pablo VI, Populorum progressio, el mes de marzo de 1967, de notable eco y novedad en los planteamientos de la doctrina social de la Iglesia.

En 1974 se convocó un Sínodo sobre La Evangelización en el mundo moderno, que dio paso a una nueva forma de resumir las sugerencias de los padres sinodales en un documento papal, nunca suficientemente valorado, pero lleno de aciertos, la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, de Pablo VI (diciembre de 1975). Acto seguido, y como complemento de las preocupaciones evangelizadoras, en 1977, fue el Sínodo sobre La catequesis en nuestro tiempo, que tuvo como fruto la Catechesi tradendae, de Juan Pablo II.

Otro acontecimiento relevante, del año 1980, fue el Sínodo de La familia cristiana, que nos ofreció uno de los documentos más inspirados y adecuados para la formación cristiana de los laicos adultos: la Familiaris Consortio, también de Juan Pablo II. El siguiente tema sinodal afrontó, en 1983, la cuestión quizás más dañada por aquel entonces de la práctica cristiana: La penitencia y la reconciliación en la misión de la Iglesia, con el magnífico resultado esclarecedor, en aquellos momentos y siempre, sobre este sacramento, que es urgente volver a apreciar y recuperar. La Reconciliatio et Poenitentia lo intentaba.

A los 20 años del Concilio, en 1985, se convocó el Sínodo extraordinario, para evaluar su recepción. De allí surgió la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica (1992), redactado en colaboración con todo el episcopado mundial, para ofrecer al pueblo de Dios un compendio de la doctrina católica y una referencia segura a los catecismos locales. Además, el Sínodo acertó al calificar como núcleo de las enseñanzas del Concilio, la «eclesiología de comunión», con una amplia repercusión posterior de esta perspectiva.

En adelante, desde 1987, fueron planteadas cuestiones de renovación, según el Concilio, de los diversos miembros de la Iglesia. Primero, los laicos: La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, con un resultado lleno de futuro, que sitúa a los cristianos laicos en la Iglesia como líderes de la misión apostólica, en la profética exhortación Chritifideles laici. A continuación, la preocupación recayó, en 1991, en La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, con uno de los documentos papales más comprometidos e impregnados de los dones del Espíritu: la Pastores dabo vobis. No podía faltar, a continuación, en 1994, la preocupación por La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, que fue plasmada en la Vita consecrata, buscando la renovación de la vida religiosa. Finalmente, los padres sinodales reflexionaron sobre ellos mismos, y en 2001 se trató de El Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, que tuvo como resultado la exhortación Pastores gregis de Juan Pablo II, como un intento de aclarar aún más los contornos de la figura y la tarea del obispo en la Iglesia, y la colegialidad y el cariño sinodal en el gobierno de la Iglesia como trasfondo.

Los últimos acontecimientos sinodales han preocupado, en 2005, de La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia, con una exhortación apostólica llena de sugerencias para mejorar la piedad eucarística, Sacramentum caritatis (2007), a cargo de Benedicto XVI, y el año 2008, la urgente necesidad de exponer con claridad pedagógica la riqueza doctrinal de la Constitución Dei Verbum: La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, que ha tenido como resultado la muy reciente y madura exhortación Verbum Domini, también de Benedicto XVI.

Además, han sido convocados muchos otros sínodos continentales, con exhortaciones apostólicas que resumen las orientaciones pastorales para las Iglesias locales de aquellos continentes, con un notorio interés práctico para el gobierno de estas Iglesias y para las conferencias episcopales correspondientes.

Ahora, en el año 2012, como evento inicial del Año de la fe, Benedicto XVI ha convocado el sínodo episcopal sobre La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, para celebrar los 50 años de la inauguración solemne del Concilio Vaticano II, y para dar un gran impulso de salida a la Nueva Evangelización, como proyecto central de la vida de la Iglesia hoy, con el deseo de comprometer a la totalidad de los cristianos.

Son muchos los tesoros que el Espíritu Santo dejó a la Iglesia y al mundo durante el Concilio Vaticano II. Hagamos un somero repaso, que no quiere ser exhaustivo ni ordenado, sino significativo.

«Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II» (PF, n.11). No olvidemos, de paso, el nuevo Código de Derecho Canónico (1983), también fruto de los proyectos conciliares, que ha impregnado del espíritu del Concilio el aspecto institucional de la Iglesia.

Las consecuencias de la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la reforma litúrgica, son inmensas. Ahora toca hacer de esta reforma ­–sin duda, la mas completa en la historia de la Iglesia–, la celebración sacramental gozosa de la fe en todas partes. Una misión que nos obliga a leer de nuevo el documento, como un texto precioso, y a procurar conocer mejor todos sus frutos, principalmente la Instrucción General del Misal Romano y los rituales de los diversos sacramentos, todos renovados.

Con la constitución dogmática Lumen gentium, el Espíritu Santo proclama en la Iglesia de Jesucristo y en el mundo la «llamada universal a la santidad» (cap. V), como comprensión profunda de la vocación bautismal cristiana. Esta vocación bautismal se realiza en la «comunión de los fieles», uno de los aspectos centrales del misterio de la Iglesia: la asamblea del pueblo de Dios congregada en torno al Señor. La Iglesia de Jesucristo, como misterio de comunión de los hombres con Dios y los hombres entre sí, por Jesucristo, es el núcleo del mensaje conciliar, como ya hemos recordado. Este misterio de comunión, que es la Iglesia de Jesucristo, se manifiesta en sus dos aspectos: como «comunión de los fieles» y como «comunión de las Iglesias». Así la Iglesia, hecha a imagen de la comunión trinitaria de Dios, por Jesucristo, derrama por el Santo Espíritu la salvación de Dios a los hombres y al mundo.

En la constitución dogmática Dei verbum, la Iglesia contesta a una pregunta siempre inquietante y actual: ¿cómo saber que la transmisión de la fe es totalmente fiel y completa en la Iglesia de hoy y de todas partes, con el anuncio de la Palabra de Dios y la celebración de los Sacramentos? ¿Realmente, con su misión, la Iglesia transmite todo lo que es y cree? La Dei verbum lo expone de manera compacta y ordenada como nunca se había hecho: hace ver que Dios ha puesto la garantía de la transmisión de la fe en la Iglesia: en las fuentes de la Revelación, que se concretan en la Tradición viva de la fe, transmitida directamente y con un contenido definitivo para la predicación apostólica. Vale la pena explicar con detenimiento y de manera comprensible esta cuestión, que viene desgranada en la primera parte del Catecismo.

Desde el anuncio de la convocación del Concilio, el beato Juan XXIII explicó su intención de lograr un cambio radical en las relaciones con las otras comunidades cristianas separadas de Roma. En el ecumenismo, decía, no debemos seguir hablando más de todo aquello que nos separa, sino que debemos procurar hablar de todo aquello que nos une, que es mucho más. Esto llevó a cambios prácticos de bastante relieve, como el de no hablar de «herejes» o de «cismáticos», para pasar a tratarnos como «hermanos cristianos», ya que, aunque separados, tenemos un mismo bautismo y , muchas veces, una única fe y unos mismos sacramentos. La obra maestra del Concilio llamó Decreto Unitatis redintegratio. Después, con los años, Juan Pablo II renovó el documento con la magisterial encíclica Ut unum sint (l995). Fruto de este propósito, vivimos momentos de una acción renovada del Espíritu Santo hacia la unidad.

En la historia de nuestro mundo, y también de la Iglesia han sido frecuentes terribles violencias entre personas «cargadas de razón», muchas veces proclamando los derechos de la verdad sobre el error y en nombre de una pretendida defensa de los derechos de Dios ante los no fieles. Aunque es poco honesto juzgar la historia desde una perspectiva actual –nos lo explicó un documento sobre el perdón, del Jubileo del año 2000–, podemos decir con claridad que toda violencia en defensa de unos pretendidos derechos de Dios y de la verdad es un contratestimoniatge patente. El Concilio supo explicar al mundo, y ha sido una visión nueva adquirida formidable, que la verdad religiosa de cada uno y de las religiones, tiene derecho a ser acogida, vivida y proclamada privadamente y públicamente, con total libertad, mientras no se impida el mismo derecho por parte de los otros, pero nunca puede ser impuesta por cualquier tipo de fuerza, o violentada, porque la verdad se defiende por sí misma. Nuestro mundo tiene abierto en esta enseñanza conciliar el camino del «diálogo religioso», como promotor de la convivencia y de la paz. La libertad religiosa, tal como es expuesta en la Declaración del Concilio Dignitatis humanae, es un hito fundamental de la cultura que la Iglesia ha sabido dilucidar, y ha convertido esta libertad en un derecho humano primero y esencial, patrimonio de la humanidad. Por ello, el respeto de los derechos humanos en todo, comienza por un respeto institucional y práctico del derecho de libertad religiosa, hoy día tan maltratado.

La Constitución pastoral Gaudium et spes ha sido punto de llegada y, también, de partida de una Iglesia de Jesucristo que se abre al tercer milenio, con la conciencia clara de que su vitalidad está ligada a una Nueva Evangelización, que implica a los cristianos laicos de una manera consciente y activa. Esto es imposible sin una conciencia clara de la vocación bautismal, como llamada a la santidad y a la misión apostólica. Las grandes luces del documento están contenidos ya en los primeros capítulos, dedicados a una concepción «antropológica» de marcado carácter personalista, arraigada en la dignidad de la persona a imagen de Dios y llamada a la filiación divina en Jesucristo. Es una obra maestra de los textos del Concilio, y una exposición cuidadosa y bien resumida de los aspectos sociales de la fe o Doctrina Social de la Iglesia. El otro acierto que vertebra el documento es su carácter «cristológico», que en el número 22, tiene uno de los textos más famosos y repetidos del Concilio: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece bien en el misterio del Verbo encarnado».

Pablo VI impuso al Concilio el silencio sobre algunas cuestiones relativas al matrimonio y las nuevas prácticas anticonceptivas, en relación con el carácter sagrado de la vida humana, que en aquellos momentos eran muy discutidas. Poco después, intervino con autoridad magisterial y profética, con la encíclica Humanae vitae (1968), que ocasionó una contestación fortísima y bien conocida, y un enfrentamiento especialmente duro de la Iglesia con el proceso de secularización de Occidente. Esta cuestión venía ligada a otra que el Concilio también quiso dejar para afrontarla posteriormente: la renovación de los fundamentos de la teología moral, que fue emprendida por Juan Pablo II en una de sus más grandes encíclicas, sin duda: la Veritatis splendor (1983). La deriva de la anticoncepción, ha llevado a una situación de conmoción de los fundamentos de la moralidad que espera la lucidez de nuevos tiempos y nuevas generaciones.

El Decreto Ad gentes corona las tareas conciliares en los planteamientos doctrinales, y en la orientación de la Iglesia hacia su misión principal, que es el anuncio y el testimonio de la fe de Jesucristo por parte de todos sus fieles. La encíclica de Juan Pablo II Redemptoris missio (1990), es una clara puesta al día de este gran decreto del Concilio, que convoca a toda la Iglesia a la misión apostólica con la Nueva Evangelización.

No es un hito accesorio del Concilio el Decreto Christus Dominus. Quiere complementar la exposición doctrinal del Concilio Vaticano I sobre la figura del Santo Padre, con una descripción de la figura del Obispo como representante de Cristo, que tiene la plenitud del sacerdocio con los tres oficios de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia, tanto en su universalidad, por ser miembro del Colegio Episcopal, como en una porción del Pueblo de Dios concreta, en calidad de jefe de la Iglesia local encomendada, o en otros oficios episcopales encomendados. De ahí han surgido formas de regir la Iglesia más sinodales, que tienen unas grandes perspectivas, también ecuménicas, referentes a la práctica de la colegialidad episcopal en el gobierno.

Podríamos seguir hablando largamente del significado lleno de contenido de esta convocatoria del Año de la fe mediante la Carta Apostólica Porta fidei. Sin embargo, sí que hay que añadir que, con una Nota posterior de la Congregación de la Doctrina de la Fe, se han dado abundantes sugerencias para poner en pie toda la Iglesia con la iniciativa del Papa, especialmente relacionada con la dinámica de una Nueva Evangelización. Las sugerencias y orientaciones afectan a toda la Iglesia, a las Conferencias episcopales, a las Iglesias locales, parroquias, congregaciones religiosas, movimientos y todo tipo de estamentos eclesiales.

Cada iniciativa del Año de la fe busca favorecer el dichoso redescubrimiento y el renovado testimonio de la fe. Las indicaciones aquí ofrecidas –dice la Nota de la Congregación de la Doctrina de la Fe– tienen el objetivo de invitar a todos los miembros de la Iglesia a un compromiso para que este año sea una ocasión privilegiada para invitar a compartir lo más valioso que tiene un cristiano: Jesucristo, Redentor del hombre, Rey del Universo, «iniciador y consumador de nuestra fe» (Hb 12, 2).

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