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Evolución y Creación en el Magisterio de la Iglesia. E.Cases

Por Enric Cases
Publicado el 31 de agosto de 2009
 
El evolucionismo ha sobrepasado los límites propios de la ciencia para convertirse frecuentemente en ideología y, ahora mismo, parece que está volviendo a sus dimensiones reales. No es una finalidad propia de la Iglesia definir la validez o la no validez de las cuestiones científicas, que tienen una autonomía específica. Pero en la medida que afecten a cuestiones de fe, enseña en qué sentido se han de entender para delimitar su relación con la fe.
En primer lugar, hay que hacer una distinción entre dos términos muy importantes: Creación y Creacionismo. La Iglesia defiende la creación del Universo por un Dios Creador omnipotente. No mantiene, pues, la tesis del creacionismo, que es una teoría antigua que sostiene que las especies animales han sido creadas tal como existen actualmente, en una interpretación literal de la Biblia. Es preciso hacer otra aclaración diferenciando Creación  de Diseño Inteligente por el mismo motivo. El Diseño Inteligente afirma que ciertas características del Universo y de los seres vivos se explicarían mejor por una causa inteligente que no por un proceso indirecto de selección. Se trata de una teoría científica de la cual la Iglesia, como es lógico, tampoco dice nada. La tercera distinción pertinente se refiere a Evolucionismo y Evolución. Las teorías de la evolución intentan explicar datos a partir de ciertas hipótesis, que cambian con el paso del tiempo. El evolucionismo también es una ideología que quiere dar una explicación global del universo y del hombre. La Iglesia no aprueba los evolucionismos, si niegan la existencia del alma y de su inmortalidad o la existencia de un Dios Creador. En cambio, no debe decir nada sobre la ciencia de la evolución, salvo aprovechar los avances para iluminar verdades sobre el hombre y el cosmos con nuevas luces, aunque esta actividad es más bien tarea de los teólogos y no del Magisterio eclesial.
Entrando en las afirmaciones magisteriales sobre la evolución, es preciso decir que tienen dos vertientes: por un lado las que se refieren a la interpretación bíblica, y por otro las que directamente se refieren a la evolución.
 
El Magisterio y el libro del Génesis
Los tres primeros capítulos del Génesis hablan de la Creación del Universo (Gen 1,1-2,4a), del hombre (Gen 1,6; 2,4a-3,35) y del pecado original (Gen 3), y es importante saber captar el sentido pleno de estos textos, además del sentido literal y del espiritual.
Si repasamos las manifestaciones magisteriales sobre estos tres importantes capítulo, encontramos que, por lo que se refiere a la evolución cósmica, la Iglesia ha hecho muy pocas manifestaciones. Pero ante los métodos racionalistas y modernistas de interpretar la Biblia, sí que hay muy claras enseñanzas. El año 1893 el Santo Padre León XIII publicó la encíclica Providentissimus Deus, en la que recomienda prudencia e insiste en el carácter inspirado de los libros sagrados y recuerda las consecuencias que ello comporta respecto a la inerrabilidad y la santidad.
El año 1943, Pío XII, en la Encíclica Divino Afflante Spiritu, animaba a integrar las verdaderas aportaciones de la crítica literaria, probadas a través de la arqueología y la exégesis, en una interpretación auténticamente católica de la Biblia. Estas dos encíclicas fueron glosadas por el papa Juan Pablo II, poniendo de manifiesto su relación y complementariedad (ver a continuación).
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Juan Pablo II y la interpretación de los primeros capítulos del Génesis
Juan Pablo II, en un discurso pronunciado el 23 de abril de 1993, refiriéndose a las encíclicas Providentíssimus Deus  y Divino Afflante Spiritu, afirmaba: «Los dos documentos manifiestan la preocupación por dar respuesta a los ataques contra la interpretación católica de la Biblia, pero estos ataques no iban en la misma dirección. Por un lado, la Providentíssimus Deus quiere proteger la interpretación católica de la Biblia contra los ataques de la ciencia racionalista; por otro, la Divino Afflante Spiritu se preocupa más por defender la interpretación católica ante los ataques de los que se oponen al uso de la ciencia por parte de los exegetas y quieren imponer una interpretación no científica, llamada espiritual, de la Sagrada Escritura. Este cambio radical de perspectiva se debía, evidentemente, a las circunstancias. La Providentíssimus Deus fue publicada en una época marcada por ásperas polémicas contra la fe de la Iglesia. La exégesis liberal alimentaba en gran medida estas controversias, porque hacia servir todos los recursos de las ciencias, desde la crítica textual hasta la geología, pasando por la filosofía, la crítica literaria, la historia de las religiones, la arqueología y otras disciplinas. Por el contrario, la Divino Afflante Spiritu tenía presente el peligro de rehusar los conocimientos legítimos que aportaban estos métodos». Por ello Juan Pablo II continúa afirmando que: «La Iglesia no tiene miedo a la crítica científica. Pero no se fía de las opiniones preconcebidas que pretenden fundamentarse en la ciencia, pero que, realmente, no hacen otra cosa que apartar subrepticiamente la ciencia de su propio campo». En la Divino Afflante Spiritu , Pio XII reivindicó el fuerte vínculo de estos dos procedimientos y remarcó, por una parte, el alcance teológico del sentido literal, definido metódicamente. (Enchiridion biblicum, 251); y por otra afirmó que, para que pueda ser reconocido con el sentido de un texto bíblico, el sentido espiritual ha de presentar garantías de autenticidad. No basta con la simple inspiración subjetiva. Hace falta poder demostrar que se trata de un sentido «querido por Dios mismo», de un significado espiritual «dado por Dios» al texto inspirado (Enchiridion biblicum, 552-553).
En definitiva, en esta época se sigue el consejo que León XIII dio a los miembros de la Comisión Bíblica: «No consideren ajeno a su campo de trabajo ninguno de los hallazgos de la investigación diligente de los modernos; por el contrario, estén al tanto de estos descubrimientos para poder adoptar sin demora todos aquellos aspectos útiles que aporta la exégesis bíblica en cada momento» (Vigilantiae, Enchiridion Biblicum, 1, 40).
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La Pontificia Comisión Bíblica (PCB), en respuesta del 30-VI-1909, dice que no se puede poner en duda «la creación de todas las cosas por Dios al principio de los tiempos». Mantiene firme, pues, la fe en Dios Creador, sin manifestar ninguna incompatibilidad con las teorías sobre la génesis del universo; especialmente, las que admiten un inicio temporal del universo. El año 1948, la PCB, por encargo del papa Pío XII y en respuesta al cardenal Suhard, arzobispo de París, se reafirma en lo que ya había dicho, explicando en qué sentido es preciso interpretar los primeros capítulos del libro del Génesis:
«Estas formas literarias no responden a ninguna de nuestras categorías clásicas y no se pueden juzgar a la luz de los géneros literarios grecolatinos o modernos. No se puede, pues, negar ni afirmar de manera global la historicidad de todos aquellos capítulos... Si se declara a priori que estos relatos no contienen historia en el sentido moderno de la palabra, se dejaría entender fácilmente que no la contienen de ninguna manera, mientras que, de hecho, refieren en un lenguaje simple y figurado, adaptado a la inteligencia de una humanidad menos avanzada, las verdades fundamentales propuestas por la economía de la salvación y, al mismo tiempo, la descripción popular de los orígenes del género humano y del pueblo escogido».
Pocos años después, el Papa Pío XII, en la encíclica Humani generis se refería a esta carta, recordando que «los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerden con el método histórico utilizado por eminentes historiadores grecolatinos y modernos, pertenecen sin embargo al género histórico en sentido verdadero, que los exegetas han de investigar y precisar, y que los mismos capítulos, en un estilo sencillo y figurado, adaptado a la mente del pueblo poco culto, contienen las verdades principales y fundamentales en que se basa nuestra propia salvación, y también una descripción popular del origen del género humano y del pueblo escogido».
El Concilio Vaticano II, en la Dei Verbum, ha reiterado esta doctrina, diciendo: «Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano, por lo tanto el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y lo que Dios quería dar a conocer con dichas palabras. Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuanta, entre otras cosas, los “géneros literarios”» (DV 12).
Un documento de la Pontificia Comisión Bíblica publicado el año 1993 (en el centenario de la Providentissimus Deus) y el discurso previo de Juan Pablo II (ver resumen cinco párrafos antes), insisten en la valoración de toda la panoplia de métodos, siempre con la aceptación debida a la Autoridad de la Iglesia.
En resumen, la cuestión bíblica del Génesis no ofrece ningún problema, porque supera la lectura literal, y el sentido plenior no rechaza la evolución. Otra cosa son las interpretaciones que ofrecen muchas ideologías que hacen un uso abusivo de la ciencia.
 
El Magisterio y la biología evolutiva
En relación con la biología evolutiva, el año 1950, en la memorable encíclica Humani generis, Pío XII manifestaba que no veía oposición entre la fe y las investigaciones sobre la evolución, si bien recomendaba «la máxima moderación y prudencia» en las afirmaciones científicas no probadas. Es preciso recordar que entonces el evolucionismo no era sino una hipótesis aun pendiente de comprobación. En este mismo sentido, el año 1986, en una de sus catequesis, Juan Pablo II decía que la teoría de la evolución no se contradice con la verdad revelada, siempre que se entienda de manera que no deje de lado la causalidad divina.
Pío XII, en el número 29 de la encíclica Humani Generis (12 de agosto de 1950), afirma «El magisterio de la Iglesia no prohíbe el que –según el estado actual de las ciencias y la teología– en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, la doctrina del evolucionismo sea objeto de estudio, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente –pero la fe católica nos hace defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios–...»
El número 30 de este mismo documento, trata la doctrina cristiana del monogenismo, afirmando que «los fieles cristianos no pueden adoptar la teoría según la cual después de Adán hubo en la tierra hombres auténticos que no procedían del mismo protopariente por generación natural, o bien que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, ya que no se ve claro que esta sentencia pueda compaginarse con todo lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado realmente cometido por un solo Adán, individualmente y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por generación, es inherente a cada uno de los hombres como propio»
Así, pues, teniendo en cuenta estos textos y una respuesta de la Pontificia Comisión Bíblica, de 30 de junio de 1909, en que se alude a alguno de estos temas, y que no tienen el mismo peso, los puntos de doctrina que un cristiano ha de mantener firmemente para poder aceptar la teoría de la evolución aplicada al hombre son éstos: la peculiar creación del hombre por parte de Dios, la formación de la primera mujer a partir del primer hombre, la creación inmediata del alma humana por parte de Dios, la unidad del linaje humano.
La Iglesia no ha limitado nunca la libertad de investigación en el campo de la ciencia de la evolución. Sus afirmaciones positivas siempre se han referido a aspectos no científicos, como el origen del espíritu, el cual por su propia naturaleza queda fuera de las investigaciones físicas y químicas. Cuando Pío XII afirmó en la encíclica Humani Generis que «no se ve claro como se puede explicar el dogma del pecado original con la evolución», no había los datos de que actualmente se dispone en el campo experimental, y los estudios bíblicos eran bien diferentes de los actuales, por ejemplo, aunque también hoy en día no parece fácil explicar la sombra del mal que todos los hombres llevamos encima.
 
El Magisterio más reciente
La encíclica Fides et Ratio remarca la armonía de la ciencia y la fe, según los métodos propios de cada una. «La Sagrada Escritura contiene, de manera explícita o implícita, una serie de elementos que permiten obtener una visión del hombre y del mundo de un gran valor filosófico. Los cristianos han ido tomando conciencia progresivamente de la riqueza que hay en estas páginas sagradas. De estos textos se deduce que la realidad que experimentamos no es el absoluto; no es increada ni tampoco se ha engendrado ella misma. Sólo Dios es el Absoluto. De las páginas de la Biblia, se desprende, además, una imagen del hombre como una imago Dei, que contiene indicaciones precisas sobre su ser, su libertad y la inmortalidad de su espíritu. Como que el mundo creado no es autosuficiente, cualquier falsa percepción de autonomía que ignore la dependencia esencial de toda criatura hacia Dios –incluido el hombre– lleva a situaciones dramáticas que destruyen la búsqueda de la armonía y del sentido de la existencia humana. Incluso el problema del mal moral –la forma más trágica de mal– se trata en la Biblia, que nos enseña que el mal moral no se puede reducir a una cierta deficiencia debida a la materia, sino que es una herida causada por una manifestación desordenada de la libertad» (FR 80).
Juan Pablo II, en un discurso del año 1985, declara que «cualquier otra enseñanza sobre el origen y la constitución del universo [ha sido creado por Dios] es ajena a las enseñanzas de la Biblia». Esta afirmación también la aplica a la antropología: reconoce que hay «argumentos significativos a favor» de la Evolución, siempre que se mantenga que «el alma espiritual del hombre es creada directamente por Dios». Curiosamente, precisa la forma «alma espiritual», y esto no excluye otras formas inmateriales que surgen de la materia. El 22 de octubre de 1996, Juan Pablo II dirigiéndose a la Academia Pontificia de las Ciencias, fue más explícito: «la teoría de la evolución es más que una hipótesis». Esto no quiere decir que se acepte de manera acrítica todo lo que se diga sobre la cuestión, sino que a veces lo que parecía contrario a la fe se puede aceptar críticamente.
Las declaraciones de Juan Pablo II de octubre de 1996 hacen que la opinión de la Iglesia se oriente a aceptar el evolucionismo como una teoría bastante comprobada «por diversas disciplinas del saber» (n. 4). Aunque, inicialmente, pueda parecer que la Iglesia no debería pronunciarse sobre un tema científico, «el Magisterio está directamente interesado en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre» (n. 5). Esto quiere decir que no se trata de una simple cuestión opinable, como pasa con muchas otras investigaciones científicas, sino que el enfoque con que se encare el evolucionismo y, concretamente, el origen del hombre, afecta profundamente a la noción misma de persona humana, y esto, a su vez, tiene repercusiones en un amplio abanico de aspectos éticos, sociológicos, etc., de profunda trascendencia moral.
El Santo Padre, después de reconocer los argumentos significativamente válidos del evolucionismo, señala de manera insistente que se trata de una teoría, y delimita el valor epistemológico de cualquier teoría: una interpretación (no un hecho) homogénea con numerosos datos, que permite relacionarlos entre sí y dar una explicación. Cualquier teoría se ha de verificar con nuevos datos y, en ese caso, hace falta reformarla para que se adapte mejor a la realidad. Además, en el caso del evolucionismo, a los datos procedentes de la observación, se añaden ciertas nociones filosóficas que se quieren integrar, en un conjunto unitario, dentro de la parte más científica (cfr. n. 4)
De manera que la primera puntualización pontificia es que, actualmente, aunque la Evolución sea la teoría científica que encaja mejor con los datos observados, no se puede entender como intangible, ya que, por su propia naturaleza, puede convenir que sea revisada o perfeccionada.
La segunda aclaración que hace el Santo Padre es la distinción entre Evolución y evolucionismos. De hecho, como también se tienen en cuanta nociones filosóficas para integrarlas en la teoría, no habrá una única hipótesis evolucionista, sino tantas como posiciones filosóficas se tomen como punto de partida (cfr. n. 4)
Esto es lícito –simplemente, porque lo exige el pluralismo humano–, pero conviene destacar que la existencia de diversos evolucionismos no es una cuestión científica, sino de pensamiento filosófico. Seria falsear la ciencia –aunque se ha hecho no pocas veces– querer exponer, como una única explicación científica posible, una teoría que incluye posiciones intelectuales meta-científicas. Un científico honrado expondrá con claridad los datos observables y la teoría que los explica, y también fijará adecuadamente los límites de su interpretación o indicará los casos en que, además de sus datos, hace servir argumentos no científicos.
El Santo Padre señala, por poner un ejemplo, las teorías evolucionistas que consideran que el espíritu humano nace de las fuerzas interiores de la materia viva, o que solamente es un epifenómeno de ella. Estos evolucionismos son incompatibles con la doctrina católica, pero no porque no acepten la evolución y sus principios científicos –que en ellos mismos no fundamentan esta forma de afirmaciones–, sino porque son incapaces de servir como base de la dignidad de la persona humana y son incompatibles con la verdad sobre el hombre (cfr. n. 5)
En definitiva, la Iglesia acepta un evolucionismo que se limite a la explicación científica teórica de las observaciones naturales, sin incluir en las hipótesis explicativas cuestiones relativas a la creación del mundo o del espíritu del hombre, que son aspectos metafísicos, en el sentido propio de la palabra, es decir, que se hallan más allá de los métodos físicos. El momento del tránsito hacia un mundo espiritual no es –por su propia naturaleza– objeto de la observación experimental; cuando se investiga el origen del hombre, se ha de tener en cuenta la existencia de una discontinuidad ontológica (cfr. n. 6) en relación con el resto de seres materiales. Este salto o ruptura de la continuidad es rechazado por los que estudian la evolución sólo como una cuestión material, pero hace falta aceptarlo como una realidad existencial, aunque no pueda someterse a un análisis físicoquímico.
Mas allá de la teoría científica y de las premisas filosóficas, los creyentes disponemos de la revelación divina como fuente de conocimiento. Esta sabiduría enriquece enormemente los planteamientos humanos y respeta la autonomía lógica del intelecto del hombre. Por ello el Santo Padre cierra su discurso citando la vida entendida como un don sobrenatural de Dios que Cristo nos comunica. Aquí, el término vida, utilizado por san Juan en sus escritos, abarca la trascendencia propia de la «eterna felicidad divina» comunicada a los hombres por la infinita liberalidad de un Dios que se califica como un Dios vivo, según uno de los títulos más bellos que nos proporciona la Sagrada Escritura (cfr. n. 7).
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Benito XVI: Evolución y pecado original
 
En un discurso reciente (3.XII.2008), Benito XVI hablaba del pecado original, la evolución y la salvación con una gran profundidad y humildad: «...Pero, como hombres de hoy, debemos preguntarnos: ¿Qué es el pecado original? ¿Qué enseñan san Pablo? ¿Qué enseña la Iglesia? ¿Es sostenible también hoy esta doctrina? Muchos piensan, a la luz de la historia de la evolución, que no habría ya lugar para la doctrina de un primer pecado, que después se difundiría en toda la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, también la cuestión de la Redención y del Redentor perdería su fundamento. Por tanto: ¿existe el pecado original o no?
 
Para poder responder, debemos distinguir dos aspectos de la doctrina sobre el pecado original. Existe un aspecto empírico, es decir, una realidad concreta, visible –yo diría tangible– para todos; y un aspecto misterioso, que concierne al fundamento ontológico de este hecho. El dato empírico es que existe una contradicción dentro de nuestro ser. Por una parte, todo hombre sabe que debe hacer el bien e íntimamente también lo quiere hacer. Pero, al mismo tiempo, siente otro impulso a hacer lo contrario, a seguir el camino del egoísmo, de la violencia, a hacer sólo lo que le agrada, aun sabiendo que así actúa contra el bien, contra Dios y contra el prójimo.
San Pablo, en su carta a los Romanos, expresó esta contradicción en nuestro ser con estas palabras: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rm 7, 18-19). Esta contradicción interior de nuestro ser no es una teoría. Cada uno de nosotros la experimenta todos los días. Y, sobre todo, vemos siempre cómo en torno a nosotros prevalece esta segunda voluntad. Basta pensar en las noticias diarias sobre injusticias, violencia, mentira, lujuria. Lo vemos cada día: es un hecho.»
 

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¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica?
El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 283) hace un buen resumen de las enseñanzas de la Iglesia sobre la búsqueda científica del origen del mundo: «La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores. Con Salomón, éstos pueden decir: “Fue Él quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto existe, quien me dio a conocer la estructura del mundo y las propiedades de los elementos... porque la que todo lo hizo, la Sabiduría, me lo enseñó” (Sb 7, 17-21)»
Más concretamente afirma (n. 284): «El gran interés que despiertan estas investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios».

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Enric Cases
Doctor en Teología y licenciado en Ciencias Químicas

 


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