Tres veranos en un campo de trabajo de Costa de Marfil
Hace ya tres veranos que vengo acompañando a un grupo de voluntarios catalanes a un campo de trabajo en medio de la selva de Costa de Marfil. A la vuelta disfrutamos reuniéndonos para intecambiar recuerdos, experiencias, impresiones y fotografías; pero a las pocas semanas estamos ya haciendo planes para volver de nuevo; se nos ha
metido dentro aquello que algunos dicen "el mal de África", pero que yo le llamo "el grito de Manaboué".
Manaboué es un pueblecito –"village"– simpático y algo atípico, en plena selva ivoriana; tiene unos 250 habitantes, ellos dicen que son 500 aunque nunca llegué a ver tantos. Posee una estructura moderna, y fue construido no hace demasiados años por un prohombre del país en torno a un pozo, con cierta planificación. Desde el aire se ven dibujados un conjunto de caminos y placitas, bastante extensos, cubiertos de hierba natural. Cerca del pozo hay algunas casas muy sencillas de cemento –donde nos alojamos nosotros–; el resto son cabañas típicas, de barro con un esqueleto de troncos y techo de paja: son tan bonitas como incomodas. Del pozo, bombeando con el pie, se saca agua durante todo el día, para la limpieza, para cocinar y para apagar la sed de sus habitantes. Además, la aldea tiene la fortuna de disponer de un grupo electrógeno propio que por la noche ilumina ligeramente todo el entorno; de día lo paran. Sin lugar a duda es una mejora cualitativa muy grande respecto a los otros pueblos del entorno, la mayoría de los cuales no tienen luz.
Ahora, cuando me siento a escribir sobre el campo de trabajo que, verano tras verano, vamos haciendo en Costa de Marfil, me encuentro con la dificultad de querer decir demasiadas cosas a la vez. Son muchos los recuerdos que me vienen a la cabeza y demasiado los sentimientos que me conmueven. No sé por dónde tirar para ser objetivo, nada me parece suficiente ni bastante expresivo de la realidad que allí se vive, realidad que nos alecciona y abre los ojos a un nuevo mundo.
Por esta razón empiezo transcribiendo los relatos de dos voluntarios que compartieron conmigo el campo del último verano.
El primero es de Juan, un joven abogado, que ha participado por tercera vez en esta aventura. Él mismo, con buen humor, después de su segunda aventura encabeza su relato con el título de Porqué veraneo en Manaboué?, y dice así:
¿Porqué veraneo en Manaboué?
"Los dos últimos veranos los he pasado en un poblado perdido en la selva de Costa de Marfil, y posiblemente también pasaré los siguientes. No me es nada fácil contar qué me mueve a volver a Manaboué, año tras año, en vez de veranear en cualquier pueblo de la Costa Brava. Pero lo puedo intentar:
Normalmente en verano, después de vivir un año de largas jornadas laborales, uno desea descansar: eso es posible
si se dispone de una buena cama con sábanas limpias, y unas persianas que no dejen entrar la luz del sol hasta media mañana. En Manaboué, en cambio, se duerme sobre colchones puestos en el suelo, confiando en que los mosquitos,las arañas y las ratas no se atrevan a atravesar el mosquitero que nos protege. Así y todo, a las cinco de la mañana un gallo interrompirà nuestro descanso con su quíquiriquic. Y ni que decir tiene que este tipo de despertadores no tienen la clásica opción de "10 minutos más" que tienen todos los Nokia.
Cuando llega el verano, después de un año de estrés, todo el mundo quiere tranquilidad: aquí puedo encontrar infinitos rincones donde relajarme con el último álbum de Café del Mar. Allí sales de casa y la banda sonora es el griterío de los niños. Si te sientas, no pasan tres segundos sin que te estén rodeando dispuestos a no detenerse hasta conseguir que les hagas caso.
En verano, después de pasar un año con cuatro cafés diarios en despachos que parecen peceras, uno busca paz y bienestar: una piscineta con el nivel justo de cloro, una playa con agua clara (igual hay que salir de la provincia de Barcelona), una ducha a la temperatura que más te apetezca (ahora frío, ahora caliente, o, mejor, un poco templada). En África tengo cubos, normalmente llenos de agua, y, en todo caso, siempre con bichos. Coges tu cubo, entras en un cuartito mal iluminado, y vas vaciando el cubo sobre la cabeza mirando de reojo los lagartos y los gusanos y bichos qué comparten el lugar.
Cuándo viene el verano, cansado de un año de hablar de ajustes contables, buscas otros temas de conversación más interesantes. Quedas con los amigos en que te cuenten anécdotas y te hablan de las últimas novedades del
cine, los mejores conciertos del año, e incluso si te apetece hablas de Montilla. No niego que a costa de Ivori podría seguramente hablar de muchas más cosas si supiera francés.
En verano, después de un año ante el Excel (con un poco de suerte empiezas el año con Excel 2003 y lo acabas con Excel para Windows Vista, pero en el fondo, en el fondo es el mismo) buscas divertirte: cine, karts, painball, discotecas súper fashions y no tan súper fashions... Vamos, que veraneando en Cataluña puedes incluso, iescaparte a Port Aventura! En el poblado de la selva el deporte de moda son las baletes. Y yo, que no tengo fama de divertido, me aburrí de las baletes a los ocho años. No hablo de los tiradores, los "tirachinas", pues en Manaboué no son un juego sino una herramienta de trabajo.
En verano te gusta comer bien. En Barcelona: paellas, barbacoas, pizzas, pasta... no hay límite: puedes comer el mismo día comida tailandesa y cena mejicana. En la selva tienes arroz, carne, pescado y albóndigas, también tienes arroz, carne, pescado y albóndigas... y también tienes arroz, carne, pescado y albóndigas... y creo que nada más. En realidad cuatro productos combinados en comidas y cenas de dos en dos dan para diversas combinaciones: en la universidad me enseñaron la forma de calcular el número exacto, pero cuando el pescado y las albóndigas son integrables, por mucho que los combines todo acaba siendo lo mismo. De los 63 kilos que pesaba al salir de Barcelona el 12 de agosto de 2007 en un solo mes se convirtieron en 55.
Es indudable que normalmente en verano buscamos muchas cosas que en un campo de trabajo son difíciles de
encontrar.Sin embargo encontramos algo que no buscábamos. Descubres a fondo el sentido de la dignidad humana. El valor de dar, servir y querer. La alegría de compartir y ser útil. Y concluyes que todo aquello, todo lo que el verano te ofrece en Barcelona está bien, pero no vale gran cosa, y que sin todo eso uno puede llegar a pasárselo mejor.”
El segundo relato es de Ángel, lo escribe después de su primera experiencia, y ya se ve que cambia el pragmatismo de Juan por una prosa poética que le sale de muy adentro. Lo titula, como queda claro: "Manaboué son...". Veréis que entre paréntesis he puesto algunas pequeñas aclaraciones terminológicas, para hacerlo más comprensible.
Manaboué son...
"MANABOUÉ son sus danzas, sus mujeres esperando cualquier pretexto para cantar, con sus hijos encima de sus hombros.
MANABOUÉ es el color rojizo de su tierra, el canto de un gallo a cualquier hora intempestiva de la madrugada, es la tibia agua de un cubo para la ducha.
MANABOUÉ son sus habitantes ancianos bebiendo 'cutucú' (bebida muy alcohólica –de unos 70 grados– que destilan de las palmeras) por la noche a la luz de una candela, y de niños bebiendo 'bangi´ (o vino de palmera: gracias a Dios tiene menos grados que el anterior) a todas horas.
MANABOUÉ son niños (y niñas), y más niños, chavales andrajosos y no demasiado limpios, que ríen, que juegan, que trabajan y cuidan de sus hermanos, niños avispados, vivaces, anárquicos y despiertos, niños que disfrutan del fútbol.
MANABOUÉ son unos pies descalzos, excursiones entre cocoteros.
MANABOUÉ es cacao, fruta de la pasión, aceite de palmera.
MANABOUÉ es la 'patam' (cobertizo que en los momentos de sol te libra de morir chamuscado y en los de lluvia
ahogado por el agua), el patriarca (la persona más vieja del poblado, que es quien tiene la máxima potestad), las dos "nouvels" (como mínimo dos, son las frases que tiene uno que decir al llegar a un sitio, a la autoridad que te recibe).
MANABOUÉ es el trabajo de médicos y dentistas, de una furgoneta que se desliza de forma lastimosa por los caminos profundamente deteriorados que unen los pueblos.
MANABOUÉ es la fiesta de agradecimiento, con sus cabras como regalo a tan preciado servicio.
MANABOUÉ son sus vestidos llenos de color, sus casas de ladrillo, sus instrumentos artesanos.
MANABOUÉ es Dani, Matteo y la misión (personas con nombre propio, algunos de ellos sacerdotes que trabajan por aquellos lugares), gente que ofrece su vida para ayudar a los otros, para aportar un rayo de esperanza a una vida cuando la ausencia de futuro oscurece toda luz.
MANABOUÉ son los "Drogba" (futbolista "idolatrado" en todo el país), las pequeñas motos silbando entre sus bosques (sólo hay una), los camiones como improvisados medios de transporte y los animales moviéndose por la calle.
MANABOUÉ es una escuela pintada por una sola cara, un autobús que llega tarde, un encargado que olvida el mando de la antena de teléfono en una noche de excesos.
MANABOUÉ es un sol que quema, a pesar de estar tapado en época húmeda, es una fina lluvia durante todo el día, o una tormenta durante algunas horas.
MANABOUÉ es un baño improvisado, un agujero en el suelo, unos cubos por ducha. Litros de "Relec" (repelente de mosquitos, muy preciado) y un mosquitero, o aparatos espanta mosquitos para los más sofisticados. Lujosas camas con colchón que muestran tendencia a perder la verticalidad, así como insectos por todos lados.
MANABOUÉ son 30 chicos venidos de Cataluña. Unos disfrutan como criaturas de su nueva aventura, otros sufren al ver las desigualdades de este mundo, otros juegan con los niños, otros dan clases de construcción y gestión constructiva, otros sufren una cura de humildad.
Todos viven algo que no olvidarán nunca.
MANABOUÉ también son 15 universitarios ivoiranos (los que se añadieron a nuestra expedición), el futuro de un país que pide una oportunidad. Gente preparada, inteligente y amable, ansiosa por demostrar que no todo está perdido. Chicos que a pesar del gran desafío que tienen delante están dispuestos a ofrecer su talento y esfuerzo para hacer de su patria un lugar del que sus hijos se sientan orgullosos.
MANABOUÉ es momento de reflexión, de desnudar el corazón y coger aire.
MANABOUÉ es el silencio y el espejo, el ruido y la esperanza.
MANABOUÉ es capilla del alma."
Ya veis que no es fácil describir qué es y qué supone este poblado, pequeño y pobre lugar que se llama Manaboué, ni lo que hacemos allí ni lo que nos mueve a hacerlo. La dificultad no radica en la descripción física del pueblo o de nuestra actividad, sino expresar aquello que se nos clava por dentro, aquello que algunos dicen con añoranza "el mal de África", y que yo le llamo "el grito de Manaboué"
Hablamos ahora de nuestra actividad
Nuestro trabajo abarca diferentes ámbitos; desde el médico y odontológico, que no se limita sólo a las personas de Manaboué sino que se extiende por toda la comarca, recorremos los pueblecitos –uno a uno cada día– para atender
a todos los enfermos que requieran nuestros servicios, que no son pocos. Cada año atendemos a unos 2.000 pacientes en el ámbito médico, y unos 700 en el odontológico. Sin lugar a duda hay mucho trabajo por hacer.
Otro grupo se dedica a trabajar en el campo educativo, dando clases a los niños y niñas de Manaboué y alrededores, combinando la catequesis con clases de castellano, manualidades, etc. Y por la tarde, nunca falta el complemento deportivo y lúdico bajo un perfil más educativo que competitivo. Otro grupo dedica sus mejores esfuerzos a la construcción de edificios para la mejora básica de la formación humana de sus habitantes, especialmente los niños, como ha sido hasta ahora la construcción del comedor y los lavabos de la escuela, de manera que su calidad de vida educativa disponga de los elementos absolutamente básicos.
En medio de estos trabajos, que nos parecen muy importantes, hemos ido añadiendo, con la ayuda de algunos seminaristas venidos también con nosotros desde Cataluña y contando con algún otro seminarista ivoirano, una pequeña colaboración en la tarea de formación cristiana y catequética que hacen los misioneros, quienes viven a pocos kilómetros del pueblo. La labor es grande y los resultados también lo son, gracias a Dios y al trabajo heroico e incansable de estos hombres que viven allí todo el año. Bastantes personas de Manaboué están recibiendo formación cristiana y se preparan para el sacramento del bautismo. El último curso cinco personas de Manaboué se han incorporado a la iglesia católica, y otro pequeño grupo ha recibido la primera comunión. Entre los diecisiete monaguillos que formaban parte del grupo de chicos –entre 10 y 15 años– que me ayudaban con gran seriedad,
cada mañana a las 7.30, la Santa Missa (ciertamente alguno de ellos de vez en cuando se dormía), sólo uno había hecho ya la primera comunión, otros tres estaban bautizados, y del resto la gran mayoría han comenzado ya la catequesis –después de pedirlo con insistencia– porque también quieren ser bautizado.
A pesar de que nuestra estancia no es demasiada larga, todos los que vamos como voluntarios volvemos con el corazón tocado por la grandeza de aquellas personas. Tienen en el alma un muy profundo sentido de agradecimiento, un don constante que toca la trascendencia y una delicadeza sublime por lo divino y para las cosas y personas sagradas.
Para acabar, una pequeña anécdota que puede ayudarnos a entender quizás un poco más "el grito de Manaboué". Uno de los últimos días quise invitar a los esforzados y constantes monaguillos a una pequeña merienda en reconocimiento de su valiosa ayuda. En uno claro entre árboles, junto a un pequeño río que hace la delicia de la chiquillería, saqué de la mochila unos paquetes de galletas y un tarro de "choconut" que ya desde el primer momento, sólo verlo, produjo un estallido de satisfacción en todos los presentes. Fue difícil conseguir que se pusieran en fila, para pasar de uno en uno delante de nosotros. Con un sencillo cuchillo untábamos las galletas con
la preciada crema de chocolate y así la fila (o lo que aquello fuera) iba dando tumbos, hasta que logramos limpiar el bote. Ya podéis imaginar los intentos de meter la mano dentro del tarro de "choconut", de lamer el cuchillo e incluso de hacerse con la galleta de otro: todo muy propio de niños, y más todavía cuando este tipo de comidas son tan excepcionales. El chocolate gusta a todos los niños. Y no es difícil imaginar cómo llegamos a quedar todo llenos de chocolate, monaguillos, voluntarios y cura. En medio del revuelo me fijé cómo ponía, uno de los pequeños monaguillos, un poco de chocolate –todo el que consiguió– en una hoja de árbol, y la guardaba como un tesoro de forma muy discreta. Al volver al poblado, todos cantando con un aire especialmente festivo (una merienda de este tipo no se tiene con mucha frecuencia, por no decir nunca), aquel monaguillo de la hoja con chocolate al pasar cerca de su cabaña, se acerca con agilidad a su hermano pequeño que se había quedado en casa, y medio a escondidas, pensando que nadie lo veía, le dio la hoja enchocalatada. Me vinieron ganas de darle un tarro entero de chocolate, pero –como nos pasaba tan a menudo– no teníamos más. Si Dios quiere, volveremos el verano próximo y traeremos más "choconut".
¿Entendéis ahora qué es eso que algunos dicen "el mal de África" y que yo le llamo "el grito de Manaboué?
Mn. Emili Roure i Boada