"Me pongo por modelo las enseñanzas de Cristo sobre el amor, y eso me llena de satisfacción"... "Os afligiréis por mi muerte, pero me matarán porque afirmo la verdad". (Tolstoi)
El pasado 20 de noviembre hizo cien años que murió el gran escritor ruso León Tolstoi. Aristócrata, conde, hombre de gran cultura, buen intelectual y exquisito prosista; imaginativo y exaltado a la vez. Por otra parte, debido a diferentes turbulencias
vitales e influencias doctrinales, fue discutido e incomprendido; discutido con razón por algunas de sus ideas utópicas rouseaunianas, y a veces incomprendido por otras un poco estrafalarias. Ahora bien, siempre aceptado como "uno de los grandes novelistas" de todas las épocas. Tuvo un extraño comportamiento familiar en momentos determinantes de su larga vida: abandonó a su mujer y la familia para ir a convivir y trabajar con los campesinos de la Rusia profunda trabajando como uno más, de sol a sol, en medio del campo. Antes, ya había montado una escuela, con una pedagogía particular, en su casa, para los campesinos más ignorantes. Decía: "¿No es para mí un deber sagrado trabajar por la felicidad de estos 700 esclavos, de los cuales tendré que responder ante Dios?" Se consideró un maestro, un profeta de un "renovado" cristianismo: siempre muy hecho a su manera, y por eso mismo fue excomulgado por la iglesia ortodoxa. Fue derivando, poco a poco, hacia la idea de que la iglesia-institución no era la verdadera heredera de los mandamientos de Cristo. En uno de sus "diarios" escribe: "Una conversación me llevó a una idea grande, inmensa, a la realización de la que me siento capaz de consagrar mi vida... La idea es fundar una nueva religión que corresponda al nivel del desarrollo de la humanidad, una religión de Cristo, pero purificada de la fe y de los misterios..."
Fue, desde entonces, un "misionero" individualista, un "profeta inconformista" de una "nueva religión" de claro fundamento cristiano. Practicó al mismo tiempo una especie de socialismo utópico, pero siempre alejado de las corrientes socialistas oficiales. Vivió "su" fe, siendo anticapitalista y pacifista. Buscó siempre la bondad y el bien, en el ejercicio de la caridad con los rusos más indigentes.
A él le debemos colosales obras como "Guerra y paz", "Ana Karenina" –en la que describe magistralmente el adulterio y hacia dónde conduce una relación adúltera–, "Resurrección" –para mi gusto una obra maravillosa y muy sugerente, por el amor que muestran los protagonistas–, "El Padre Sergio", "Sebastopol", "La verdadera vida", "Los cosacos", "Destino de una mujer de pueblo", "La muerte de Ivan Ilich", "Hadjí-Murat", "Katia”, "El diablo", "El dominio de las tinieblas"..., aparte de los múltiples cuentos y traducciones que también hizo. Contamos con sus memorias, aunque inacabadas y un poco noveladas. En sus obras "Sonata a Kreutzer" y "La novela del matrimonio"-a pesar de su boda religiosa-ortodoxo con Sofía, con quien tuvo con doce hijos y, después muchos nietos-presenta una desenfocada y contraria visión del matrimonio y de la familia como obstáculos para alcanzar la plenitud o perfección cristiana, es decir como una institución contraria al perfeccionamiento moral total. No fue extraño, pues, que después de cincuenta años, casado con Sofía Behr –que le ayudó siempre en todo momento, yendo tras él con toda fidelidad, haciéndola sufrir mucho–, él con ochenta y dos años la dejó en nombre de aquel "nuevo y apasionado cristianismo" para vivir en celibato y en pobreza junto a los más necesitados: las pobres familias rurales y los campesinos. Por ello, se le ha definido como "un aristócrata con alma de campesino" debido a la solidaridad que mostró con los campesinos.

Había asumido, como decía, una peculiar concepción del cristianismo bastante diversa a la de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Aunque se inspiró siempre en el Sermón de la Montaña –amar al prójimo, tanto amigos como enemigos; perdonar a todos, no matar, ni espiritual ni materialmente a nadie, no hablar mal de los demás, no cometer adulterio; vivir un desprendimiento total en el seguimiento de Cristo, etc.–, Tolstoi se convierte así en un "misionero" de nuevo cuño que mantiene una visión peculiar del cristianismo, pero su mensaje es claro a través de las diversas obras y vida: el precepto del amor. En un lugar escribió: "Me pongo por modelo las enseñanzas de Cristo sobre el amor, y eso me llena de satisfacción; quiero y me encuentro bien, no necesito nada
ni nadie para vivir esta doctrina (como se ve no necesita de la iglesia institucional); afirmo que debemos de volver al auténtico cristianismo, al contenido de los evangelios sin intermediarios, y me veo en el deber de rechazar dos mil años de Historia... Sólo me interesa la naturaleza, aunque sea una naturaleza idealizada que no se corresponde con la real."
Tolstoi nunca hará teología: los conceptos de la Redención, del Verbo encarnado, de la gracia, de la Resurrección de Jesús, etc., no le preocupan nada. No le interesará ni la divinidad de Cristo ni otras cuestiones. Sólo mira hacia Jesús, que es amor. Tolstoi ama al hombre reflejado en Cristo, y estima el Cristo –gran maestro, para él– reflejado en el hombre. Sólo la caridad, la donación a los demás hasta los límites más intensivos, como querrá mostrar con hechos, es valiosa. En él imperará el sentimiento, el corazón, la estimación, el perdón
El mismo Soloviev consideró a Tolstoi como una especie de heterodoxo de "buena voluntad" que influyó en el pensamiento de una parte de la Rusia cristiana. Y le tachará de cristiano un poco arbitrario y un poco maniqueo, en el conocido libro "Los tres diálogos y el relato del Anticristo". Algunos la intentaron aprovechar –según y cómo les conviniera por algunas razones más bien políticas–, como fueron por ejemplo, socialistas y anarquistas. Antes de morir Tolstoi expresaba así en "El evangelio abreviado. Cap. XI.": "Os afliafligiréis por mi muerte, pero me matarán porque afirmo la verdad. Mi muerte es necesaria para afirmar la verdad. Mi muerte, por la que yo nunca renunciaría a la verdad, os fortalecerá y entenderéis entonces qué es la mentira y qué es la verdad y también qué es lo que realmente brota de la comprensión de la mentira y de la verdad ". Su visión cristiana se traslucía no sólo en su comportamiento de misionero solidario con los pobres, sino también en el abandono de la familia para poder ser un "hombre mejor".
Un conocido relato, muy autobiográfico, –ya que Tolstoi residió un tiempo en el monasterio de Optina para buscar sosiego y paz–, el escritor describe la vida de un monje católico-griego que había ingresado en el citado monasterio ruso. En el relato narra que este monje fue atacado por una enfermedad grave desconocida, terrible y espantosa. Quedó casi paralítico, tumbado en su cama en su celda. Tenían que ayudarle en todo, hacerle todos los servicios y trabajos. Mientras tanto, él sufría grandes dolores, pero los ofrecía en forma de oración, llevados por el amor que tenía a Dios y al prójimo. No asistía, como es lógico, al Oficio Divino ni a los demás deberes cotidianos.
Era, pues, un "hombre inútil"... y unos monjes –hermanos suyos– decían que tenía que irse del monasterio. Que aquella casa no
era un hogar para enfermos inútiles. Otros, en cambio, con más caridad, opinaban que era un monje enfermo y que era un santo. Todos, al final, lo vieron tan tranquilo, tan paciente y tan alegre que, de hecho, les estaba dando un gran ejemplo de vida santa. Así se ganó el cariño de todos los religiosos y su fama llegó a todas partes de la gran Rusia. Entonces empezaron a llegar peregrinos de muchos lugares para verlo, para pedirle consejos, para fortalecer el ánimo, para imitarlo en los momentos difíciles. Y escribe Tolstoi: "Si estás enfermo, aparta de tu mente el pensamiento de que eres un inútil. Ayudar a los demás se puede hacer desde un lecho de enfermo, Porque también tú eres Cristo clavado en la Cruz. Tú haces como él, sufres, amas y redimes al mundo. Tu misión es altísima, es una tarea redentora. Y esta es tu vocación intransferible".
¿Cómo murió nuestro Tolstoi? Viejo y entregado a los demás; cumplida su misión lejos de la familia, que ya no quería ver, en una estación de tren, en Astopovo; envejecido y enfermo grave. Llevaba así a cabo su concepción específica del verdadero cristiano, entregado a los pobres, los indigentes; olvidado de su alto rango de conde, de aristócrata, sin envanecerse de su obra literaria. Admirado por otros escritores de su tiempo, como Turguenev –quien lloró desconsoladamente su muerte, a pesar de haberse peleado con él–, Gorki, etc. De eso hace cien años, pero su obra literaria le ha llevado a la "inmortalidad literaria"
Josep Vall i Mundó