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La próxima crisis de abusos

Por Michael Cook
Publicado el 28 de Marzo de 2010

Michael Cook, Editor de Mercatornet

18:03:10

En los medios de comunicación internacionales los abusos sexuales debidos a sacerdotes católicos en Europa parece un Watergate: crímenes sensacionales, encubiertos durante décadas, periodistas obstinados, negativas por parte de los representantes oficiales, medias disculpas, hilos que llevan a madrigueras de contradicciones y obstrucción.

Hacía una semana el New York Times presentaba como titular: "El escándalo de abusos en Alemania se acerca al Papa". Incluso,  el Times ha abierto un blog para el seguimiento y comentario del desarrollo de la historia.

Día a día el alboroto se va haciendo mayor. A principios de semana, el ateo favorito de los medios, Christopher Hitchens recogió un haz de textos de prensa amarillenta y los colgó en el diario on line Slate. "Toda la carrera del Papa huele mal a su alrededor".

Benedicto XVI publicará mañana una carta a los obispos católicos de Irlanda sobre el horrible escándalo que ha tenido lugar allí. Por supuesto, esto dará lugar a más  especulaciones que girarán en torno a si los abusos sexuales en Alemania serán el Watergate del Papa, si él se verá forzado a renunciar, si la Iglesia Católica tendrá que abandonar la tradición del celibato de los clérigos.

No hay duda que el escándalo de los clérigos que han abusado sexualmente de niños es una realidad que merece la calificación de diabólica. Hay que admitirlo con humildad y valentía por parte de los obispos de la Iglesia Católica. Los clérigos responsables deberían ser castigados. Los superiores que les encubrieron deberían renunciar.

No hay duda de que el Papa Benedicto XVI está dispuesto a tomar una línea dura. Al fin y al cabo, fue él quien estableció unas instrucciones precisas y que las ha reforzado, todo lo contrario de lo que dice el Hitchens. Más de una vez ha hablado de la "profunda vergüenza" que siente por la revelación de que algunos sacerdotes han traicionado su vocación y han abusado de niños inocentes. Al dirigirse a los obispos americanos en 2008 habló, no sin un poco de sarcasmo, de que la crisis había sido "tratada muy mal en algunas ocasiones".

Pero no hay que perder de vista que estos escándalos tienen que ver con sacerdotes que incurre en esta grave ofensa hace varias décadas. Los nombres de aquellos tiempos están siendo utilizados para desviar la atención de la crisis que está teniendo lugar ahora mismo, una crisis que los medios de comunicación no quieren mirar, de manera similar como los obispos hicieron hace 30 años, una crisis en la que los medios tienen un papel bien activo.

La Canciller alemana Angela Merkel lo presentó correctamente esta semana. Denunció el abuso sexual de los menores como un "crimen abyecto", pero se negó a señalar de manera especial la Iglesia Católica. "No simplifiquemos excesivamente las cosas", dijo. "Podemos apuntar a la idea de compensaciones, pero la cuestión principal es que se trata de un reto de gran importancia para nuestra sociedad".

La historia de fondo que no se da a conocer es que nos encontramos ante la negación de la existencia de un estímulo ampliamente difundido, deliberado, y sistemático para que la gente no controle su sexualidad. Es como si el Ministerio de la Salud contratara verdugos para sustituir a los  cirujanos. O como si el Ministerio de Defensa dejara que se oxiden sus tanques. Hay unos principios fundamentales de una sociedad, como son el control de la sexualidad, la fidelidad en el matrimonio, la educación de los hijos que están siendo socavados. La lista de políticos descubiertos con los pantalones caídos, el tsunami de la pornografía, un sexo disparado en los jóvenes que están en entre los diez y los veinte años, son señales claras de las consecuencias de la creación de una cultura hipersexualizada.

Tomamos por ejemplo una noticia de esta semana. Una empresa australiana ha vendido por 335 millones de dólares a uno de los gigantes farmacéuticos estadounidenses, la licencia de un desodorante axilar, en que se ha incluido testosterona para elevar la actividad sexual. O la otra noticia de que la International Planned Parenthood Federation ha distribuido un panfleto a todo color entre las niñas scouts, donde se las anima a practicar mil maneras de actividad sexual. O el gobierno del Reino Unido, que da directrices de educación sexual para niños de 5 años.

Si fuera un sacerdote que hubiera sugerido estas iniciativas, en estos momentos serían proclamadas como un intento de seducción de menores. Y en realidad lo son, y una seducción por una vida de explotación comercial. ¿Qué clase de sociedad estamos creando, si estimulamos a los niños a tener el sexo como una especie de diversión y los hombres a mantenerse en un estado permanente de excitación? El sexo no es un juego. Sin un nivel moral claro, el sexo no es otra cosa que una pasión natural que puede llegar a convertirse en una adicción inhumana. ¿Hay alguien que puede creer de verdad que dentro de 30 años habrá menos abusos sexuales después de haber dado clases a los niños de qué hay que hacer para masturbarse?

Entre todas las instituciones sociales, parece que sólo la Iglesia se da cuenta que está fermentando una crisis que tendremos que tragarnos los próximos años.

Como dijo Benedicto XVI a los obispos americanos, "Los niños merecen crecer con una comprensión saludable de la sexualidad y de su lugar idóneo en las relaciones humanas. Deben estar libres de las manifestaciones degradantes y de la manipulación cruda de la sexualidad que resulta tan extendida hoy en día. Tienen derecho a ser educados en valores morales auténticos arraigados en la dignidad de la persona humana... ¿Qué sentido tiene hablar de protección de la infancia, cuando la pornografía y la violencia pueden ser vistas en casi todos los hogares por los medios de comunicación disponibles hoy en día?".

Bien en contra de la impresión que transmiten los medios de comunicación, se puede afirmar que la Iglesia Católica ha tenido mucho éxito al enseñar a sus sacerdotes cómo controlar y canalizar su sexualidad. Hay 400.000 sacerdotes célibes en todo el mundo. El número de los que han sido acusados de mal comportamiento sexual es una fracción muy escasa, aunque el Papa piensa sin duda que un solo caso ya es excesivo. Es cierto que tanto los obispos como los sacerdotes han de rasgar sus vestiduras como señal de vergüenza por los crímenes de sus colegas. Pero eso no les debe frenar de ninguna manera su deber de prevenir el mundo de la próxima crisis de abusos.

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