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¿Tiene sentido hablar hoy de castidad y pureza?

Por Josep Àngel Colomés
Publicado el 26 de septiembre de 2011

Diría que tiene más sentido que nunca. No en vano, curiosamente, en la defensa de esta virtud se han puesto de acuerdo Jesús y todos los santos habidos y por haber.

En un artículo sobre Josefina Vilaseca, Mn. Josep M. Montiu afirma: "En un clima social más casto, menor número de abortos provocados. Y, a un clima social más opuesto a la castidad, mayor número de abortos provocados. Así pues, existe una clara relación entre muerte y sociedad contraria a la castidad. Todo esto es fácilmente constatable".
Y fijémonos si lo es, que cada año en España abortan más de 100.000 personas. Si en 1998 hubo 53.843 abortos, en 2008, 10 años más tarde, la cifra se disparó hasta los 115.812. En la Europa de los veintisiete se produjeron 1,2 millones de abortos en 2008, uno cada 26 segundos. En el mundo, más de 46 millones de abortos cada año. Una auténtica barbaridad.
Y todo ello en el seno de una sociedad en la que el tema de la sexualidad se trata en muchos entornos diferentes, en muchos medios de comunicación, pero de una manera poco edificante, más bien inmoral. En nuestra sociedad, hay poca formación afectiva. Nunca o casi nunca se habla de castidad, cuando en el diccionario de la Enciclopedia explica que "fue ya en el mundo antiguo un valor social y religioso". Por algo será.
De hecho, entendemos por castidad "la positiva integración de la sexualidad en la persona. La sexualidad se convierte verdaderamente en humana cuando se integra de una manera adecuada en la relación de persona a persona. La castidad es una virtud moral, un don de Dios , una gracia, un fruto del Espíritu Santo", nos dice el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.
Y llegados a este punto, impacta esta relación entre "muerte y sociedad contraria a la castidad". Poca gente presta atención. El aborto, sin embargo, provoca secuelas de por vida. Y mientras unos se ríen de la castidad, otros pasan dramas en clínicas abortivas y a lo largo de sus días. Cada aborto es una derrota. No representa un descanso para la persona sino una traición; siente que ha cometido un asesinato en toda regla.
Conservar la pureza, vivir en castidad hoy, es para el joven y no tan joven casi un acto de heroísmo. La presión social en contra de esta virtud es extremadamente grande a pesar del valor que tiene. San Juan María Vianney, sin embargo, da la siguiente receta justo después de una breve introducción:

"No podemos comprender el poder que un alma limpia tiene sobre el buen Dios: ella obtiene de él todo lo que quiere. Un alma pura está junto a Dios como un niño junto a su madre: la acaricia, la abraza, y su madre le devuelve sus caricias y abrazos. Para conservar la pureza se necesitan tres cosas: presencia de Dios, la oración y los sacramentos".

Josefina Vilaseca, Fernando Saperas, Gianna Beretta y todos los santos han defendido la pureza. Algo bueno debe tener esta virtud cuando se han puesto de acuerdo en defenderla san Agustín, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, santa Teresita junto con actores como Eduardo Verástegui. Algunos de ellos, después de haber caído en la desgracia de la impureza, conociendo esta triste realidad, se levantaron hacia la castidad y la santa pureza.

Caer en la impureza es fácil en nuestra sociedad, levantarse es querer recuperar la forma digna de vivir el cuerpo humano. Mons. Xavier Novell explica que la impureza lleva a una especie de vacío. Una muestra clara de que el libertinaje no es bueno, es que no contribuye a la felicidad, más bien lo contrario. Es más, las relaciones sexuales desordenadas provocan heridas en el alma. No aportan la unidad de vida que deseamos, sino la tristeza que no queremos. Por ello, en el seno de la Iglesia, el tesoro de la confesión encamina a la persona a volver a empezar, a curar estas heridas.

Dice Benedicto XVI en "Luz del mundo":

"Una y otra, el hombre vuelve a apartarse de su fe, quiere sólo volver a ser él mismo, y se convierte en pagano en el sentido más profundo de la palabra. Pero también una y otra vez, se pone de manifiesto la presencia divina en el hombre. Esto es la lucha que atraviesa la historia entera. Como ya dijo San Agustín: la historia universal es una lucha de dos formas del amor. Del amor a sí mismo hasta la destrucción del mundo, y el amor hacia el otro hasta la renuncia de sí mismo. Esta lucha, que siempre estuvo visible, sigue en curso también en la actualidad".

En definitiva, hoy tiene sentido hablar de castidad y pureza porque la formación en estas virtudes y la lucha por preservarlas son fuente de vida, amor y felicidad.

José Ángel Colomés

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