Es uno de los tantos caminos para eliminar o paliar necesidades urgentes.
La recogida o recaudación de víveres para el banco de alimentos, la aportación de donativos durante la larga maratón de TV3 para la investigación de trasplantes y regeneración de tejidos, los diversos encuentros benéficos –conciertos, subastas, encuentros culturales, etc.– nos han mostrado el talante generoso de la sociedad civil hacia
los más necesitados. Todo ello ha dejado bien patente que nuestra sociedad, –los ciudadanos de a pie y de extracciones muy distintas– han tomado en serio el compromiso de ayuda con los menos favorecidos materialmente –indigentes, parados, familias que no pueden terminar el mes, etc.– y con todos aquellos enfermos que quedarían en una situación de desahucio en cuanto a su salud, si no recibieran órganos de un prójimo generoso.
Es sólo uno de los tantos caminos para eliminar o paliar necesidades urgentes en un mundo que está abocado a entenderse, si quiere sobrevivir con dignidad. No podemos hablar de sociedad de bienestar puramente material si no lo vemos como una cuestión de amor y de justicia que se pone en práctica de manera desinteresada y absolutamente voluntaria. Esta es la buena solidaridad humana. Muchas veces nos hemos culpado de egoísmos personales y estructurales. Lo hemos hecho también hipócritamente. Ahora se ha visto que los ciudadanos de buen corazón, durante las vacaciones o fiestas de Navidad, nos lo han desmentido. Podemos aún contar con mucha gente que vive la hermosa ternura de corazón, que mira el "rostro del otro" y que se compadece ante la pobreza y la enfermedad.

Un antiguo Padre de la iglesia –Juan Crisóstomo– escribía: "No hacer participar a los pobres de nuestros propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino que son los suyos". Es lo que hace calladamente tanta gente que colabora en muchas iniciativas solidarias: sucede con Cáritas, variadas ONGs, instituciones conocidas del Raval y otras tan queridas como pueden ser, a modo de ejemplo, el Cottolengo de Barcelona, etc. Son el contrapeso moral de un consumismo decepcionante.
Y, por ello, está siempre el niño indefenso que gime de hambre, un enfermo que siente decaer en cama las fuerzas
de su cuerpo, un anciano que se ve marginado por sus propios parientes... Muchos de ellos sólo "soportados" en nuestra sociedad acomodada o productiva. Debemos hacer más.
Por otro lado –este es el gran contraste– se multiplican los estafadores, quienes sin ningún tipo de pudor pregonan sus ganancias, banqueros, políticos que deben cesar por razón de negocios sucios e inconfesables, directivos de Cajas que se blindan con retiros millonarios, empresas con un trasfondo dudoso... Mientras seguimos viendo por las calles personas que piden limosna, que buscan en los contenedores, que duermen en un portal... ¿Nos inquieta la pobreza? ¿Nos sorprenden las noticias de los escándalos financieros? ¿Aportamos algo para poder reparar las injusticias? Pues, sí. Vemos que muchos conciudadanos son solidarios cuando se llama a su puerta. Y esto supone una gran satisfacción en unos momentos en que quizá no lo esperábamos. Los valores como la caridad, la compasión, el saber compartir... se mantienen vivos.
Me ha venido a la cabeza –de repente– la todavía "desconocida figura", en algunos aspectos, de Verdaguer, el universal y genial escritor. Quizás, para algunos mosén Cinto se pudo "pasar o extralimitarse" cuando acogió todo tipo de pobres en el Palau Moja, cuando se
solidarizó con las víctimas del terremoto de Andalucía, cuando visitó los cientos de indigentes de Barcelona...
La proximidad a los pobres, su sensibilidad hacia los más necesitados se afinó cuando volvió de Tierra Santa. Tenemos, por ejemplo, una narración –La "Almoina devuelta" (Limosna devuelta)– que muestra su espíritu solidario con su agradecimiento a un pobre, tal como podemos leer en sus obras completas. Mosén Cinto explica que bajo el más meridional de los seis colinas que bajan del Tibidabo, en Sant Martí de Provençals, vivía un valenciano, llamado el moro, al que él le llevaba una ayuda y que "había librado de las garras del prestamista, o sea, del usurero". El pobre tenía colgada en la pared una guitarra y quiso tocarle una pieza. Entonces el escritor dice que interpretó "la canción más bonita que en los mejores tiempos había tocado en las tardes de luna bajo las rejas de su pueblo". Verdaguer se emocionó: "Yo había ido a hacerle una pequeña limosna y él me la había hecho a mí..., la de la alegría de su corazón".
En otra narración –"Lo cornamusaire" (El tocador de la cornamusa)– escribe mosén Cinto: "Atravesando la Rambla, enfila la calle Tallers, por lo lado de la ciudad en la que se ven más cerca el verdor de los campos y el azul de las montañas" ... "Pasando Talleres arriba, vi salir un gallego de barba blanca y figura venerable, tocando maravillosamente la cornamusa adornada". Verdaguer se dio cuenta que un rico o vividor insultó al músico mendigo. Pero este siguió haciendo lo mismo como si nada. Y Verdaguer comenta, conmovido: "Su serenidad imperturbable me dejó avergonzado y confundido, más y mejor que si hubiera leído un capítulo de la 'Imitación de Cristo´".

Esta sensibilidad no la ha perdido nuestro pueblo, gracias a las profundas raíces cristianas que mantenemos, tal vez sin saberlo. Son estas raíces las que nos mueven a la solidaridad mencionada en la pasada Navidad, en tiempos económicamente difíciles como los actuales. Nos damos cuenta enseguida que muchos están peor y que nos necesitan. Todo esto nos llevaría a hacer consideraciones sobre quién es pobre y quién es rico, si nos sentimos aludidos cuando se habla de bienes superfluos, de bienes convenientes y de bienes necesarios. ¿Reaccionamos
con sensibilidad como han hecho tantos conciudadanos nuestros? ¿Nos mantenemos en la postura cristiana del amor, la comunión y la compasión? ¿Procuramos ser cada día más solidarios? ¿Nos hemos apartado del embrutecedor consumismo en los pasados días de Navidad, Año Nuevo y Reyes? ¿Hemos procurado vivir una bien entendida austeridad?
Tendremos que hilar cada día más fino, para llegar a estas metas, en nuestras manifestaciones personales y familiares, no tendremos que ceder ante las tentaciones de dispendios –no digo gastos– escandalosos o excesivos, dando lo poco o mucho que podamos poseer. A nuestro lado hay siempre un hermano –un rostro– que nos pide ayuda, porque pobre o enfermo no se vale por sí mismo. Le debemos extender la mano y tocar la suya que bien extendida nos "mira" con un corazón roto por el dolor.
iBienvenida sea toda clase de solidaridad!
Josep Vall i Mundó